A lo largo de estas páginas hemos desarrollado una serie de cuestiones que han contribuido a fundamentar nuestra tesis. A través de estas la idea que ha prevalecido y a la que intentamos dar forma es el circuito de retroalimentación existente entre la medicina popular y la académica en la provincia de Buenos Aires desde mediados del siglo xix hasta casi mediados del siglo xx. Por ello mismo hubo tres conceptos claves para el armado y desarrollo de esta idea.
En el título de este libro decidimos emplear tres conceptos para definir qué y cómo lo abordaríamos: representaciones, discursos y prácticas de un arte de curar. A esto nos referimos cuando hablamos de la medicina popular. Son tres nociones que nos permiten comprender y analizar un objeto complejo como lo es este tipo de práctica médica. Esto no fue arbitrario y durante la lectura de esta investigación han quedado plasmadas las distintas posturas, reacciones y miradas que suscitó el curanderismo en la población durante un periodo de poco más de setenta años.
Cuando decidimos el título e incluimos la idea “arte de curar” podía parecer casi literario, sin embargo, posee una explicación que en la introducción no hemos profundizado y que luego de la lectura de los capítulos creemos que para el lector sería mejor explicitarla. Decidimos esto dado que en la coyuntura en la que se enmarca esta tesis la medicina parecía más un arte que una ciencia. Ha quedado claro, ya desde el primer capítulo, que la medicina académica en principio se encontraba alejada de los fundamentos de lo hoy considerado científico. Es más, las prácticas e ideas que circulaban a través de la corporación médica en varias ocasiones eran muy similares a los tratamientos de los curanderos, esos enemigos que buscaban aniquilar.
Es decir que el talento más que el conocimiento acumulado parecía ser la norma entre los médicos, lo que convertía sus diagnósticos y aciertos en un arte más que en una ciencia. En otras palabras, demostramos cómo las diferencias entre la medicina académica y la popular por momentos resultaban endebles y casi inexistentes. Asimismo, lo que indicamos es que la medicina popular era una práctica que se perfeccionaba conforme avanzaba el tiempo. No encontramos, como sería lo esperado en un proceso de medicalización, un retroceso o desaparición de las prácticas, creencias e ideas. Por el contrario, observamos una readaptación de estas de acuerdo con las necesidades y coyunturas de los lugares y personas.
Todo lo que hemos recabado y analizado se corresponde con representaciones formuladas por observadores de las prácticas de la medicina popular y sus agentes. Esta investigación tiene una particularidad: solo usamos las imágenes y representaciones que se realizaron sobre el curanderismo y quienes lo practicaban o consumían. Es así como toda la información que hemos empleado es a través de intermediarios: médicos, docentes, funcionarios judiciales, testigos de los hechos e incluso los mismos curanderos; todos los documentos que empleamos se caracterizan por la mediación. Cuando analizamos el discurso de los informantes de los maestros en la Encuesta Nacional de Folclore desconocemos qué dijeron en verdad, cuáles fueron sus palabras, cómo les preguntaron, en qué circunstancias lo hicieron y cuáles fueron sus reacciones, pues solo tenemos las notas e informes de los maestros. Estos eran los que más allá de las recomendaciones del Consejo de Educación decidían cómo y a quiénes preguntar.
La Encuesta a la que hacemos mención nos muestra una fotografía de cómo los docentes percibían a la medicina popular. Lo que analizamos son sus representaciones, sus imágenes, recortes de la realidad de la que formaron parte. En principio, cuando decidimos realizar esta tesis, en vista de la vacancia existente en la historiografía argentina sobre un tema importante para comprender el proceso de medicalización, pensamos ingenuamente que encontraríamos la “voz” de los curanderos. Eso fue un error.
A medida que avanzamos en la recolección y procesamiento de datos percibimos que con lo recabado no podríamos hallar un testimonio directo sin intermediación. Es decir que solo teníamos representaciones de la medicina popular y sus agentes. Los testimonios de los acusados de ejercicio ilegal de la medicina son lo más cercano a los pensamientos y acciones de los llamados curanderos. Esto implicó replantear toda esta investigación, pues nuestro objetivo principal era poder analizar a través de los ojos de estos personajes el contexto en el que se dio la medicalización. Dado que ya había sido estudiada, en particular para las grandes urbes del país, era necesario realizar una investigación que contemplara otras zonas, especialmente las más ligadas a los entornos rurales; empero, como demostramos aquí, esta labor no resultó sencilla debido a la dispersión y calidad de la documentación. Como señalamos, teníamos como fin estudiar los testimonios directos de los médicos populares, pero por problemas metodológicos esto no fue posible.
Por este motivo decidimos emplear la categoría de representación como una imagen reconstruida y mediada por diferentes factores. Lejos estamos con la documentación empleada de llegar a aprehender el discurso de estos miembros de la cultura popular. Pudimos apreciar durante la lectura y análisis de la documentación cómo en realidad más que comprender a los curanderos analizábamos las imágenes que se elaboraban sobre ellos desde distintas instituciones y actores. Esto derivó en una modificación de la metodología que hizo que algunas de las cuestiones que pretendíamos discutir no fueran posibles, pero abrían otras líneas interpretativas.
Entonces nos preguntamos, independientemente de algunos dichos e interpretaciones sobre la medicina popular que otros investigadores habían señalado, cómo se la percibía y representaba en diversos ámbitos entre 1870 y 1944. Esta inquietud nos llevó a la concreción de cuatro capítulos que lejos están de zanjar el tema, sino que lo que hacen es abrir un campo de trabajo que los historiadores hemos relegado en los últimos años: las prácticas médicas en un contexto de medicalización. En este sentido entendemos que el libro Saberes, terapias y prácticas médicas en Argentina (1750-1910) de María Silvia Di Liscia (2002b) fue determinante para el abordaje de esta temática. Sin embargo, luego de sus aportes, pareciera que la medicina popular dejó de ser un tema atractivo para la academia. Sin querer ser autorreferencial, nuestros primeros trabajos junto con algunos publicados por otros colegas entre 2016 y el corriente año han roto con la idea de que no había nada más que investigar sobre la temática.
Las imágenes y representaciones que nos devuelven los documentos se hayan lejos de mostrar una armonía y un camino sencillo para los médicos que buscaban hacerse del monopolio de la salud en la provincia. Al analizar este proceso no pudimos soslayar la heterogeneidad de imágenes que nos devuelven los documentos. Cuando comprendimos que no podríamos analizar la “voz” de los médicos populares pensamos que hallaríamos una serie de reconstrucciones de los curanderos unívoca de parte de los actores que los retrataron. Esto no fue así.
Luego de transcurridos los años que nos llevó esta investigación entendimos que la medicina popular despertó intereses distintos y percepciones que no se correspondían con los preconceptos que nosotros como investigadores traíamos. El estado sanitario que se nos presentó distaba de un ambiente de concordia y acuerdo, por lo menos entre los médicos y funcionarios estatales. Esto mismo lo reflejamos constantemente en la tesis: la tensión entre el deber ser y el ser. Lo mismo ocurría con las representaciones sobre los médicos populares. El deber ser de los médicos implicaba que los demonizaran; en cambio, algunos rompían con este mandato y, si bien no aceptaban totalmente a la medicina popular, veían en ella elementos útiles para la cura de enfermedades. En definitiva, las representaciones oscilaron de acuerdo con los sujetos que las construían, seguramente basadas en sus propias experiencias personales y en el clima de época en el cual estaban inmersos.
En relación con esto último vemos que los discursos de época se tornan interesantes para comprender la complejidad de la situación sanitaria de la población. Al igual que con las representaciones, pensamos apriorísticamente que las líneas discursivas de los médicos – como agentes sanitarios–, los oficiales de justicia, los maestros, los intelectuales y la prensa tendrían un sesgo similar. Al leer y trabajar con la documentación rápidamente salimos del error.
Las ideas que circularon durante el periodo que abarca esta investigación han sido variadas y hasta contradictorias. Hemos apreciado desde condenas acérrimas contra el curanderismo hasta casos en los que prácticamente se lo idolatraba, pasando por posturas más moderadas. Al igual que ocurre con las representaciones, el análisis de los discursos de la época nos permite reconstruir y a la vez deconstruir las ideas de algunos de los personajes acerca de la medicina popular.
En oportunidades, el análisis de los discursos encuentra su mayor riqueza en aquello que no se menciona. En los escritos que analizamos percibimos la admiración y el rechazo de ciertos sectores, como el médico, hacia los agentes de la medicina popular. Parcamente ciertos médicos apuntaron al curanderismo e hicieron de él uno de los enemigos por vencer. En sus dichos se puede apreciar cómo responsabilizaban a estos de ser la principal causa de los problemas sanitarios.
El discurso desde la medicina era prácticamente unívoco, sin embargo, hubo casos en los que se rompió con la idea de que la medicina popular era perniciosa. Esto se dio, como acreditamos, conforme avanzaban los siglos xix y xx, pues ciertos sectores de los claustros científicos veían que algunos de los conocimientos populares podían resultar útiles para el desarrollo de la farmacia y de la medicina clínica en general.
En principio, entonces, se dio un fenómeno de condena y persecución discursiva a fin de poder consolidar el monopolio de la salud y de la curación en disputa con estos personajes. Las desacreditaciones fueron constantes, pero inmersas en un clima que en lugar de favorecer a los médicos parecía perjudicarlos. Nos referimos a las epidemias y la mortandad que estas trajeron consigo. En un contexto caótico en el país, las instituciones (que todavía se estaban conformando), la afluencia de inmigrantes, el hacinamiento y la profusión de enfermedades favorecieron discursos que buscaban desacreditar a la medicina popular.
Aunque el contexto favoreció el surgimiento de críticas, estas no se dieron en todos los sectores. Por ejemplo, en el ámbito de la cultura y la ciencia antropológica en formación percibían a la cultura popular como algo que debía preservarse, si bien era considerada como un símbolo de atraso e involución. Aquí introdujimos otro concepto que a lo largo de nuestra tesis se halla presente: la cultura popular. Este término, como el de sectores populares trabajado por Leandro Gutiérrez y Luis Alberto Romero (2007), si bien es útil para analizar ciertas cuestiones como arte, canciones e incluso la medicina, recorta el objeto y hace partícipe solamente a un grupo de personas y omite a otras. Mediante nuestro trabajo, lejos de separar lo docto de lo popular, intentamos analizarlo como dos mundos en contacto constante. Es por ello que acudimos al término circularidad cultural, que pensamos más adecuado para entender el proceso, como lo ha manifestado Peter Burke (2008: 169). La deconstrucción de los hechos y acontecimientos mediante el análisis de los discursos y las representaciones nos permiten, en parte, explicar la percepción del mundo que tenían los protagonistas de las historias que buscamos reconstruir (Seixas, 2008: 181). El desafío para quienes abordamos estas cuestiones es no caer en la falacia de que la documentación es la panacea que dará respuestas a todos nuestros interrogantes.
En las páginas que precedieron esta reflexión dejamos explicitado que realizamos una interpretación de discursos e imágenes que nos transmiten los documentos. Asimismo, entendemos que evitamos caer en la tentación de afirmar fehacientemente que nuestras ideas son un reflejo fiel de lo que sucedió en los años que decidimos trabajar. Es por ello que hemos sido cuidadosos al alegar que la documentación que analizamos no es la verdad absoluta y que está sujeta a nuevas interpretaciones.
Analizamos a lo largo de esta investigación casos que serían excepcionales, puesto que la norma sería acatar la ley, sin embargo, percibimos que esas anormalidades eran más normales que lo esperado. Es por esto que recurrimos constantemente al excepcional normal de Edoardo Grendi (1977: 512) que tuvo su máxima expresión con el Menocchio de Carlo Ginzburg (1976). Intentamos, a través del análisis de las fuentes, explicitar esto: cómo lo anormal terminaba siendo algo habitual.
La anomalía que representaba la medicina popular para algunos era la normalidad para otros. El horror que para algunos médicos y periodistas representaba que personas “cultas” acudieran a personajes cuyos conocimientos ellos ponían en duda es el mejor ejemplo de la circulación de saberes entre las esferas de lo docto y lo popular. Como lo ha señalado Ginzburg (1991:69), las estructuras en las que se enmarcan las acciones, discursos y prácticas –esas que intentamos reconstruir– son casi inconscientes. Entonces ese segundo nivel, el estructural, nos lleva a replantearnos cómo nuestros personajes, pequeños ejemplos de un circuito más macro se insertan y forman parte de un contexto sin resultar ilógicos o fuera de lugar. Seguimos entonces lo manifestado por Peter Burke: concentrarnos en las tradiciones eruditas y su interacción con las denominadas populares (Burke et al., 1991: 155) y analizar cómo se dan las relaciones entre ambas. Una forma de apreciar esto es a través de las prácticas que hacen a los dos mundos.
Es así como llegamos finalmente al tercer y último concepto de nuestro título, las prácticas. Si retomamos lo que señaló Ginzburg, estas son el mecanismo para poder desentrañar las sociedades que nos proponemos estudiar. En el caso de la medicina popular esto no resulta sencillo de apreciar con toda la documentación debido al sesgo de cada una en particular.
Los recortes periodísticos, como los escritos de la mayoría de los médicos, tienden a ridiculizar las prácticas, pero sin describirlas o analizarlas. Es por ello que necesitamos analizar otra documentación como la folclórica o la judicial, en las cuales los detalles y las distintas prácticas eran anotados para ser preservados como parte de la cultura o evidencia en una causa por ejercicio ilegal de la medicina. Estas prácticas de las que dimos parte en varios capítulos –especialmente el tres y el cuatro– nos abren un abanico de posibilidades de análisis. Si bien algunas se repetían, lo que nos permiten es comprender la dinámica de comportamiento de la sociedad que analizamos a lo largo de un periodo superior a los setenta años.
Por prácticas entendemos desde una oración rezada a una deidad hasta la preparación de una infusión, la atención de un parto o un aborto. Este último componente de la tríada nos permite comprender y reconstruir el estado sanitario de la provincia en diferentes ubicaciones. Los procedimientos nos permitieron adentrarnos en la mente de las personas, entender cuáles eran las enfermedades que las azotaban y las medidas preventivas y paliativas utilizadas. Apreciamos mediante la descripción de las enfermedades y las curas las distintas emociones de algunos de los personajes: desde el miedo hasta la alegría. Incluso logramos reconstruir algunos rasgos de la vida cotidiana de la población, especialmente en la campaña bonaerense. Los testimonios, los silencios y las descripciones de los lugares ayudan a recrear un escenario sencillo, pero a la vez complejo. El análisis de las prácticas nos demuestra el grado de avance de la medicina académica entre la población como así también sus propios adelantos científicos.
Sobre esto último el análisis de los testimonios y de las prácticas nos permitió vislumbrar el grado de diferencia entre la medicina académica y la popular. Quedó demostrado que el intento de parte de los médicos de diferenciarse de los curanderos a través de sus conocimientos no fue suficiente. Por el contrario, hasta avanzado el siglo xx, y de no ser por la bacteriología, era difícil distinguir un tipo de medicina de otra. Las prácticas que plasmamos en esta pesquisa, las de la medicina popular, nos remiten a un tipo de conocimiento en extinción, que desde algunos sectores se intentó evitar. Un ejemplo de esto es el uso de plantas medicinales durante nuestro corte temporal, algo que con el paso de los años se ha ido perdiendo y que desde aproximadamente hace unos veinte años se ha visto revitalizado en la Argentina.
Destacamos entonces nuevamente el concepto de Di Liscia (2002: 5) sobre prácticas médicas para este periodo. Esta historiadora, al igual que nosotros, piensa a la medicina académica –con sus conocimientos y prácticas– y a la popular como variantes de un concepto mayor. Pensar ambas medicinas de este modo permite romper con los prejuicios presentes en la documentación y en la de los propios investigadores. Podemos analizarlas a la luz de esta idea como mecanismos necesarios para salvaguardar a la salud de la población en distintas circunstancias.
Es decir que las prácticas, los discursos y las representaciones forman una tríada para poder explicar el funcionamiento de la sociedad bonaerense. A lo largo de los capítulos, como detallaremos a continuación, realizamos una investigación que nos permitió vislumbrar y analizar la relevancia de las prácticas de la medicina no oficial o popular para la población. En paralelo, remarcamos cómo los canales oficiales y extraoficiales se distanciaban, pero por momentos se encontraban y generaban puntos de encuentro, pero también de conflicto. Ese conflicto, la necesidad de un cambio, pero también de mantener un statu quo por parte de los dos tipos de medicinan, hizo que la medicalización no fuese el proceso simple que se esperaría, como así tampoco la desaparición de la medicina popular o su readaptación generó el estado sanitario ideal que los médicos auguraban. Los cuatro capítulos y la introducción de este libro se basaron en estas cuestiones. Seguidamente realizaremos un análisis pormenorizado de cada uno de los cuatro capítulos y cómo se articularon para demostrar esto mismo.
En principio mediante el análisis de fuentes documentales y trabajos de otros historiadores en el capítulo uno reconstruimos el sistema sanitario de la Argentina y de la provincia de Buenos Aires en el periodo contemplado en esta tesis. Este apartado es probablemente el más exhaustivo en la reconstrucción del escenario en el que se dieron los casos que analizamos. Su objetivo principal fue posicionar al lector en un clima de época que le permitiese adentrarse y empezar a comprender la relevancia de la medicina popular en el estudio del surgimiento y consolidación de la medicina académica como saber y profesión.
Los trabajos de otros investigadores y la documentación no son inéditos; en cambio, su interpretación sí lo es. A lo largo de las primeras páginas del libro contextualizamos el proceso de medicalización haciendo hincapié en los contratiempos que surgieron para el posicionamiento de la medicina académica como monopolio del arte de curar. Para ello hicimos uso de dos escalas geográficas: la nacional y la provincial. Al ser este un capítulo introductorio no abordamos todas las temáticas que podrían analizarse, sino que en algunos casos las mencionamos y en otros profundizamos en el análisis. Por ello mismo nos referimos a las enfermedades sociales, a la eugenesia, al higienismo y a la bacteriología, entre otras. Todo ello ayuda a configurar el estado sanitario del país, pero específicamente el de la provincia de Buenos Aires.
Nos centramos especialmente en la cuestión institucional. No puede soslayarse que el periodo que abarca esta tesis tiene como punto de partida los años en los que se llevó adelante el proceso de organización nacional y posteriormente de la provincia. En estos años fue cuando se construyeron las instituciones y las leyes que darían forma al sistema sanitario a nivel nacional y provincial. La sanción de la ley sobre el ejercicio de la medicina en 1877 en la provincia implicó la creación de un marco regulatorio que determinaba la legalidad e ilegalidad de prácticas ligadas a la salud de la población, pero la creación de instituciones no fue la solución para la regulación del llamado arte de curar. En este sentido en la documentación analizada, al igual que en los trabajos de otros historiadores, las tensiones y conflictos en el seno de la incipiente corporación médica lejos estuvieron de desaparecer. La conflictividad entre las distintas posturas de los médicos como así también las tensiones y superposiciones jurisdiccionales entre nación, provincia y municipios contribuyeron a que el proceso de medicalización fuese lento. Acerca de este tema nos explayamos y remarcamos cómo junto a la escasez de recursos de infraestructura, económicos y humanos la llegada de la medicina académica a todos los rincones de la provincia no fue uniforme.
El proceso de consolidación del Estado que mencionamos tuvo en la medicalización una de las herramientas para intentar ejercer un control social de la población. La vacunación, la higiene, la profilaxis y la denuncia a los médicos que carecían de título son algunos de los mecanismos propiciados desde las instituciones a fin de generar una raza sana que trabajase y generase riquezas.
Es decir que el rol de los médicos sería en cierta forma trascendental para la concreción de un proyecto de país. Sin embargo, como demostramos, las distintas dificultades sumadas a las controversias en el seno de la corporación médica ralentizaron el proceso. Las luchas intestinas entre los médicos sobre cómo se debía obrar respecto de las enfermedades que asolaban a la población, junto con sus propias ideas de cómo debían aplicarse las políticas públicas al respecto, propiciaron diferencias acerca de qué hacer para afianzarse como monopolizadores del arte curar.
En un sector importante de la corporación médica se desarrolló un discurso, desde las revistas que lo agremiaban, que buscaba destruir a la medicina popular. Percibían en esta práctica una competencia para sus propios intereses. Los médicos en el discurso contaban con el apoyo del Estado; ejemplo de esto fue la ley de 1877, aunque en la práctica no se dio ese acompañamiento. Esto se debió a la escasez de recursos para monitorear el área de la provincia, como así también las cuestiones más ligadas a las prácticas de la población, pero también a la inacción de los organismos de control, que no poseían las herramientas suficientes.
Se debe tener en cuenta que nos hallamos en una época en la cual las epidemias, junto a la mortandad, formaban parte de la cotidianeidad de la población, ya fuese en grandes urbes, pequeñas localidades o en la misma zona rural. En lo discursivo las epidemias junto con el curanderismo fueron los principales antagonistas de una corporación de médicos en construcción, unos médicos que percibían al curanderismo como una amenaza casi tan importante como las enfermedades infectocontagiosas que pretendían derrotar. El “gusano roedor” de Montes de Oca es una de las metáforas más claras para entender el discurso denostador de los médicos.
En síntesis, en el primer capítulo abordamos y analizamos en qué forma la construcción de un sistema sanitario en distintos niveles tuvo dificultades para constituirse por motivos económicos, políticos, sociales y hasta culturales. Las palabras de los detractores de la medicina popular nos señalaban los intentos por generar un cambio en las prácticas de la población en general e instaurar sus ideas sobre cómo cuidar a las personas. Este primer apartado sirvió para presentar lo problemática que fue para la medicalización la medicina popular y para entender que la una y la otra en este periodo eran indisociables y se retroalimentaban.
En el capítulo dos, a diferencia del primero, nos adentramos en el mundo de las representaciones mediante tres fuentes documentales que aportan un caudal de información considerable: los expedientes judiciales, la prensa y los relevamientos censales. A través de estos documentos hallamos cómo la cuestión cultural tenía una relevancia imposible de ignorar en la medicina popular y en el éxito o no de la medicina académica. Las imágenes que nos presentan estos documentos son complejas. Por un lado, hallamos los deseos de una corporación médica que en la denuncia de los médicos populares buscaba una forma de reafirmación de su autoridad. Por el otro, hallamos una parte de la sociedad que no diferenciaba entre la medicina académica o popular y que indistintamente llamaba a sus agentes “médicos”. Estas dos cuestiones se reflejan en los expedientes judiciales, la documentación más cercana a lo que podríamos llamar la “voz” de los curanderos y sus clientes.
Mediante el análisis de los escritos de carácter judicial pudimos reconstruir las motivaciones que impulsaron a los consumidores de la medicina popular. Básicamente destacamos dos causales: la necesidad y la tradición, como lo atestigua el título del capítulo. En este demostramos, por medio del entrecruzamiento de la documentación, la necesidad que tenían las personas en el interior de la provincia de Buenos Aires de poder hacer frente a las enfermedades; debían elegir entre morir o ser asistidas por un agente no diplomado.
La realidad que se nos presenta es la de una sociedad colapsada por epidemias y que carecía de recursos humanos y económicos para poder hacerles frente. Esto es lo que se desprende al analizar los datos cuantitativos de los censos, en los cuales se aprecia cómo los médicos populares superaban en número a los médicos universitarios en las últimas décadas del siglo xix. A esto debemos sumarle las declaraciones de los mismos clientes, que en ocasiones afirmaban que carecían de dinero para poder pagar los honorarios de los galenos o que estos estaban muy lejos, pues en el poblado en que habitaban no había.
La accesibilidad a la medicina es un tema que atraviesa todo el periodo, como así también lo supera. Indefectiblemente la situación económica de la población, en conjunción con el hecho de que el Estado estaba en formación, contribuyó a que personajes sin titulación pudieran ejercer la medicina casi sin dificultades. El control social de la población al cual hicimos mención en el capítulo anterior se plasma en este a través de las denuncias, ya no solo penales, sino también en los artículos de la prensa vernácula. Al leer los artículos e incluso las declaraciones testimoniales arribamos a la conclusión de que la misma medicina académica fue inoperante para poder ganar clientela. La dispersión de los médicos, sus tarifas elevadas y la escasa diferencia entre sus conocimientos y la de los curanderos fueron causales para que la población se decantara por una solución más cercana a sus posibilidades.
Otra de las cuestiones que abordamos es el peso de la cultura, de la tradición, al momento de elegir un tipo de asistencia u otra. En la documentación analizada era imposible no notar cuán importante fue el factor cultural para el desarrollo y pervivencia de la medicina popular en la sociedad bonaerense. Hallamos que la transmisión oral de diferentes prácticas y creencias crearon una serie de representaciones sobre lo que era estar enfermo, la enfermedad y quiénes podían curarla.
Este capítulo indefectiblemente nos retrotrae a algunas de las cuestiones que analizamos al principio de estas reflexiones: la importancia de lo cultural para analizar el comportamiento de los agentes de la medicina. Por medicina nos referimos tanto a la popular como a la académica, puesto que la aceptación o rechazo de una u otra implicaba una concepción de lo que era la medicina y su ámbito de injerencia. La reproducción social de una u otra práctica estaba directamente ligada a modificaciones o pervivencias de las formas de pensar y actuar de la población.
Esto derivó en que distintas formas de concebir y practicar la medicina coexistieran en un mismo espacio geográfico sin encontrarse o colisionar. Si esto hubiese sido la norma no tendríamos registro de las prácticas, discursos o representaciones que analizamos en esta investigación. La documentación y los registros que tenemos de los protagonistas existen porque hubo conflictos que se dirimieron en el fuero criminal de la Justicia. Por esto mismo nuestro ámbito de trabajo resultó acotado si tenemos en cuenta que las personas que participaban de este tipo de prácticas en su mayoría no dejaron ningún registro escrito salvo las menciones judiciales o tal vez periodísticas. Es decir que las representaciones y los discursos que analizamos en este apartado son solo una pequeña porción de la realidad que pretendemos explicar.
Esto no quiere decir que nuestro análisis no es representativo, al contrario, pensamos que los ejemplos inéditos que aquí analizamos contribuyen a recrear un espacio complejo en materia sanitaria.
A medida que avanzamos en los capítulos pudimos apreciar las diferentes formas en las que la medicina popular influenció a la sociedad y cómo desde la medicina académica y otros sectores como la prensa se buscó terminar con esto. La prensa ha resultado ser decisiva para contrastar los motivos que impulsaban a la gente a acudir a los curanderos. En sus publicaciones hallamos críticas al sistema sanitario, a los médicos, a las autoridades y a la población en general. Los periodistas, a diferencia de lo que percibimos en las fuentes judiciales, recreaban un mundo en el que la idea de ciencia, conocimiento y progreso quedaba lejos por las costumbres de la población y la inoperancia de los agentes estatales para erradicarla. En pocas palabras no creían que las condiciones cambiaran prontamente y que las prácticas bárbaras fuesen erradicadas.
En relación con esto último es que en el capítulo tercero nos detuvimos a analizar las distintas prácticas curativas que se detallaban en los expedientes judiciales y en otros documentos. El mecanismo para poder analizar las prácticas fue utilizar las enfermedades para poder comprender los distintos tipos de prácticas de acuerdo con las patologías.
La lectura pormenorizada de expedientes, tesis de medicina y fuentes periodísticas nos permitió entender que algunas patologías eran las más estudiadas debido al interés que despertaban en la comunidad médica y también en el plano de la opinión pública. Como ya mencionamos nuestro periodo abarca una serie de años en los que las epidemias causadas por enfermedades infectocontagiosas eran habituales. Las enfermedades y el tratamiento de estas nos permiten analizar cómo la sociedad y sus instituciones hacían frente a los flagelos. Asimismo, permiten reconstruir la estructura social y los aspectos de la cotidianeidad sin las cuales eso no hubiera sido posible. Las creencias, las prácticas y las patologías nos describen a las sociedades y a los individuos que las integran.
Es por eso que empleamos a las enfermedades como excusa para adentrarnos en el mundo de las prácticas de la medicina popular. Pero no elegimos cualquier enfermedad, usamos al empacho como puerta para adentrarnos en las diferentes formas de abordar e intentar curar a los enfermos. Básicamente hallamos tres tipos de prácticas ligadas a dos cosmovisiones distintas.
La primera era la transmisión de conocimientos de forma oral. Estos básicamente se basaban en propiedades curativas de plantas, aceites, tisanas, infusiones y cataplasmas, entre otras. Las formas de preparar las plantas y de emplear partes de animales, como la grasa de potro o iguana, tienen su origen en la herbolaria y medicina importada de Europa y la empleada por los indígenas en América. El empacho por ejemplo era curado con paico o yerba de pollo, hierbas que los americanos conocían y que se empleaban para tratar infecciones, inflamaciones y trastornos del tracto digestivo. Es decir que las formas de curar guardaban relación con conocimientos de carácter empírico adquiridos durante años de ensayo y error.
En este punto hasta casi entrado el siglo xx no había distinción entre la medicina académica y la popular, pues, como señalamos, varios de los remedios eran compartidos por una y otra. La diferencia sustancial radicaba en la forma de apropiación de los conocimientos y esto hacía de una más científica que la otra. Además, podemos aseverar que los conocimientos empíricos de distintos sectores fueron la base en la que se asentó la farmacia y la farmacología en el siglo xx. En este sentido rescatamos la figura de Juan Domínguez, que a diferencia de varios colegas investigó la farmacopea popular para intentar dotarla de un grado de cientificidad del que carecía hasta el momento. De una forma similar ocurrió con el empacho: médicos en la Universidad de Buenos Aires investigaron sus causas y posibles curas prestando especial atención a las distintas técnicas, especialmente a la llamada “tirar el cuerito”. El interés por esta patología tenía su razón de ser en cómo las indigestiones e infecciones gastrointestinales eran una de las principales causas de la mortalidad infantil. La importancia de la salud de los infantes era fundamental para el desarrollo de una población y una raza sana, uno de los objetivos del Estado y de la corporación médica.
La segunda práctica es la relacionada con la religiosidad y el pensamiento mágico. En pocas palabras, la idea de que un ente o fuerza maligna podía causar una enfermedad justificaba el empleo de oraciones y fórmulas religiosas para llegar a una cura. Los ejemplos más representativos en esta zona son el ojeo y el daño. Aquí, a diferencia de la metodología anterior, imperaba la idea de que una persona solamente con los conocimientos era incapaz de curar el daño si no era asistida por el poder de Dios. Con esto nos referimos a que existía una creencia en un poder sobrenatural capaz de curar a una persona independientemente del mal que lo aquejase. Es en este tipo de práctica en la que se percibe con mayor claridad la relevancia de las cuestiones culturales. En el caso de la provincia de Buenos Aires lo que se dio fue el empleo de fórmulas y oraciones existentes desde la etapa colonial que se creían que podían curar a una persona.
El uso de la religión y la religiosidad en nuestro continente ha sido detallado en trabajos que ya hemos mencionado especialmente para la etapa colonial. Sin embargo, para el periodo que abordamos pocos han ahondado en la cuestión desde la historia y esto ha sido relegado al campo de la antropología, como explicamos en la introducción. La novedad que aportamos con los casos analizados es cómo el empleo de la religión o la religiosidad de parte de los agentes no eran percibidos por ellos como un ejercicio de la medicina. Al contrario, veían en su accionar una retribución a las personas del don que Dios les había confiado. Esta práctica es la que percibimos más ligada a lo cultural, a una concepción específica de lo que es la enfermedad y cómo debe ser abordada y por quiénes.
Finalmente, aunque no lo detallamos específicamente, en el capítulo existió una forma que combinaba tanto la empiria como la religiosidad, que daba forma a una hibridación. Nos referimos a la creencia de que tomando ciertas hierbas y combinándolas con rezos era posible vencer a las enfermedades. En otras palabras, la tradición herbolaria y la religión eran las bases prácticas de la medicina popular sobre la cual descansaba la salud de la población, especialmente la de los infantes.
Más allá de esto existían otras prácticas populares ligadas a un campo más específico que decidimos analizar, como lo fue la salud femenina ejemplificada en la atención de partos y prácticas de abortos, temas que ganaron interés por parte de los médicos, especialmente como indicamos ya para poder generar personas sanas que poblasen todo el territorio.
En los capítulos dos y tres entonces demostramos cómo los canales informales del ejercicio de la medicina en sus diversas formas se encontraban con cuestiones de índole legal. Es decir que lo que hicimos fue comparar la tensión entre el deber ser (discursos jurídicos) y el ser (prácticas). En otras palabras, a través de los procesos judiciales, podemos reconstruir las tensiones entre el mundo legal y los procesos políticos, sociales, económicos y culturales, en este caso ligados a la salud de la población. Empero, en el último capítulo de este libro dejamos por un momento a la Justicia y nos adentramos en el mundo de la cultura popular propiamente dicha mediante el empleo de fuentes folclóricas.
Retomamos en este último capítulo el concepto de cultura popular y las representaciones sobre la medicina popular. Finalmente, en estas últimas hojas nos dedicamos ya no a analizar a los médicos, abogados, perjudicados y clientes del curanderismo, sino a reconstruir las representaciones que desde la intelectualidad se construían y a qué intereses respondían.
Continuamente a lo largo del capítulo tomamos a la cuestión cultural como una de las razones por las cuales el curanderismo perduraba. Esto mismo nos lo posibilitó el análisis de los primeros folcloristas del siglo xix en la región pampeana como así también aquellos que abordaron la misma temática en el siglo xx. Las contradicciones constantes entre el deber ser y el ser que aparecían en la documentación judicial y las de los médicos también se ven reflejadas en estos escritos. Por un lado, hallamos intelectuales indignados con las prácticas de la medicina popular que solo veían rasgos de la incultura de los aborígenes y de ciertas tradiciones hispánicas. Pero, por el otro, existía un interés por preservar esa cultura, pues se la consideraba un claro reflejo de la identidad del país.
El folclore en la Argentina, al igual que en el resto del mundo, estaba ligado a la construcción de la nacionalidad, por lo que la preservación de sus tradiciones, por más incultas que fuesen, debía realizarse. Es por ello que en los escritos que analizamos percibimos contantemente esa dicotomía. Indefectiblemente, con el avance de la ciencia –deseado pero lento–, en la población del país era factible que esas tradiciones desaparecieran, por lo que se consideraba imperante conservarlas.
Ya aclaramos que el folclore abarcaba un sinnúmero de prácticas, creencias y discursos y que nosotros solo nos centraríamos en los ligados a la salud. Con esto queremos decir que junto con las fuentes judiciales y teniendo en cuenta el proceso de intermediación entre las prácticas, los discursos y las personas esta documentación es lo más cerca de lo que estaremos de los sectores populares y su cultura.
Como bien señalamos esta documentación nos dice varias cosas sobre las personas a las que se les atribuyen los conocimientos y creencias, pero mucho más de quienes las recabaron. Es así como la Encuesta Nacional de Folclore nos refleja esa dicotomía entre preservar y aniquilar prácticas y creencias consideradas bárbaras. Los maestros e incluso los mismos ideólogos están inmersos en esta diatriba. Hallar el punto medio entre lo que sería la preservación e instaurar el reino de la ciencia y la sapiencia no resultaba sencillo.
Es por eso que pensamos que este capítulo es el ideal para concluir el libro, ya que cierra un círculo que iniciamos con las instituciones y lo culminamos con las prácticas y las representaciones. Es en estos escritos folclóricos en los que podemos apreciar las tensiones entre las aspiraciones de un sector de la sociedad y la realidad misma. Lo mismo que buscaban los médicos –erradicar la medicina popular– ocurría con los intelectuales, aunque hubo diferentes posturas, como bien señalamos.
Finalmente, este trabajo nos ha dejado nuevos interrogantes que intentaremos develar en el futuro. Lo que investigamos es solo una parte de lo que transcurría en las zonas rurales de la provincia, por lo que quisiéramos continuar ampliando el espacio geográfico y la coyuntura temporal a otros departamentos judiciales y localidades, así como también privilegiar una aproximación microhistórica a fin de poder restituir los contextos relacionales en los que prácticas de medicina popular tuvieron lugar en pequeñas aldeas de la geografía bonaerense.








