La medicalización en la Argentina ha sido objeto de estudio y de un interés renovado desde fines de la década de los ochenta. Este proceso inaugurado a mediados del siglo xix y que continuó durante el siglo xx fue analizado profusamente por la historia de la salud y la enfermedad. El papel de los médicos, su relación con el estado, los intentos de instauración de una hegemonía profesional y la diferenciación de otras profesiones afines constituyen las temáticas que con mayor énfasis han sido trabajadas. Las obras sobre el surgimiento de la medicina y del sistema sanitario en nuestro país son un tema reciente en la historiografía argentina. La mayoría de ellas se dedica exhaustivamente a explicar el surgimiento de la medicina académica (González Leandri, 1996, 1999, 2005, 2013; Di Lisicia, 2002; Armus, 2002; 2007), pero pocos trabajos hasta ahora han tomado a la medicina popular como objeto de análisis (Agostoni, 2014; Di Liscia, 2014), salvo los recientes artículos sobre la provincia de Córdoba (Rivero, Carbonetti, Rodríguez, 2017; Rivero y Valandía, 2018) o Santa Fe (Allevi, Carbonetti y Sedrán, 2018). La corriente surgida hacia fines de los años ochenta del siglo xx trajo consigo una revisión de un cúmulo de temas relacionados con la salud y la enfermedad, como así también el descubrimiento de nuevas problemáticas de investigación: la demografía histórica relacionada con la mortalidad causada por las enfermedades infectocontagiosas (Armus, 2000, 2007; Carbonetti, 2011; Álvarez, 2010; Molinari, 2016). También existen investigaciones centradas en la cuestión social (Suriano, 2000; Lobato, 1996, 2000) y la historia de las profesiones relacionadas con la salud y la medicalización y sus avatares (Zimmerman, 1995; Di Liscia, 2002; González Leandri, 1996, 1999, 2005, 2013; Biernat-Cerdá y Ramacciotti, 2011), entre otras preocupaciones. En otros casos apuntan a la historia de género, la puericultura, la maternidad y el aborto (Nari, 1996, 2004; Barrancos, 1991, 1996, 2005; Biernat-Ramacciotti, 2011, 2008, Di Liscia, 1999; Di Liscia, 2002; Ledesma Prieto, 2015; Martin, 2018; Gil Lozano, 2000; Morales, 2006) como temáticas de interés para la medicina, pero no como un ámbito de injerencia de la medicina popular excepto para la Colonia (Ramírez Hita, 1995; Silverblatt, 1995; Pizzo, 2004). Aunque la historia de la medicina popular, contrapunto indispensable para comprender el proceso de medicalización, recién se ha constituido en objeto de estudio hace pocos años.
La bibliografía existente sobre la medicina popular se ha focalizado básicamente en tres problemas: a) la visualización de prácticas y creencias de la cultura popular; b) su rol secundario respecto de los procesos de profesionalización de la medicina y la monopolización de un saber a partir de la construcción del Estado moderno; c) el desafío que representa la medicina popular en el presente y su abordaje desde distintas disciplinas. A continuación, explicamos estos tres ejes.
a) Visualización de prácticas y creencias
El problema de lo popular fue motivo de estudio, en principio, de la antropología, y fue definido como una forma de acercamiento a lo folclórico, una forma de conservación de un cúmulo de tradiciones de ciertos “sectores” que encerraban tres características: manualidad, oralidad y tradición, nociones que aún hoy en día se encuentran presentes en el imaginario social. Los primeros en abordar estas cuestiones fueron los folclorólogos y antropólogos, que veían la necesidad de preservar esa información que era pasible de desaparecer.
Algunos de los aportes significativos al momento de analizar la medicina popular y sus representaciones provienen de la historia cultural. Hacia la década de los ochenta, el quiebre con la escuela de los Annales y sus mentalidades dio lugar a una new cultural history que primaba lo individual por sobre las series y estadísticas propias de la tercera generación de los Annales. Entre los mayores detractores de la tradición francesa podemos nombrar a la microhistoria, con Carlo Ginzburg y Giovanni Levi como máximos referentes; a la historia cultural británica de Geoffrey Lloyd, en la década de los noventa, quien propone reemplazar a la mentalidad con estilos de racionalidad; y la nueva tradición norteamericana encarnada en la figura de Robert Darnton. La novel concepción buscaba romper con los modelos y estructuras que dominaron tanto a la historia como a la antropología. En este sentido, Roger Chartier invita a repensar un debate ya señalado por Carlo Ginzburg en la década de los ochenta acerca de lo docto y de lo popular: en qué medida se diferencian y se encuentran en las sociedades ambos componentes y cómo se interrelacionan. El verdadero problema, afirma Chartier (2007), es comprender cómo se enlazan las relaciones complejas entre las formas impuestas y las prácticas, algo que pretendemos realizar al analizar la medicina popular. En este libro buscamos examinar la brecha entre la práctica y la norma, que en ocasiones podría ser más amplia de lo esperado por ciertos sectores.
Entender la distancia entre la norma y la práctica permite analizar y dar visibilidad a las desviaciones, las resistencias. Para este autor el nodo central “está en los mecanismos que permiten a los dominados interiorizar su propia inferioridad o ilegitimidad en cuanto a las lógicas gracias a las cuales una cultura dominada llega a conservar algo de su coherencia simbólica” (Chartier, 2007: 39). En esos intersticios de resistencia es donde podríamos ubicar a la medicina popular, que pugna por no ser desterrada por la nueva medicina académica. Es aquí en donde la idea de circularidad cultural de Ginzburg, que contempla un proceso de retroalimentación continua entre lo culto y lo popular, permite comprender cómo a mediados del siglo xix se desarrolló el proceso de medicalización.
A nivel local, el trabajo de Juan Pablo Bubello (2010) es uno de los pocos ejemplos, junto con los de Farberman (2005, 2010), que demostró interés por parte de la historia sociocultural acerca de la medicina popular y el curanderismo (estos dos conceptos los desarrollamos con mayor detenimiento en las páginas subsiguientes). Judith Farberman (2005) dedica uno de sus capítulos a esta temática y señala a la hibridación cultural como un factor clave en el análisis del curanderismo durante la Colonia. Esto mismo era también afirmado por Luis Millones para el Perú colonial (2002). El concepto de hibridación es clave cuando se analiza la medicina popular, pues, como ha señalado Renaldo Maduro (1982), las diferentes tradiciones (indígenas, africanas, europeas, criollas) convergen en un sistema de creencias y prácticas empleadas para la curación de enfermedades de diferentes orígenes: infecciosas, mentales y religiosas. En el trabajo de Bubello vemos cómo el proceso de modernización desató una lucha legal y cultural contra saberes tradicionales, como lo fue el curanderismo en la Argentina desde 1850, destacando el discurso racional y antiesotérico.
Dentro del campo de la historia social podemos mencionar los trabajos de Hugo Nario (1976), Juan José Santos (2008) y Astrid Dahhur (2012) sobre uno de los casos de curanderismo más resonantes en la ruralidad bonaerense. Si bien los tres poseen enfoques diferentes y objetivos disímiles, el eje de las investigaciones fue el caso del renombrado curandero Solané, acusado de planear matanzas de inmigrantes. El trabajo de Dahhur profundiza más en las influencias a nivel cultural y sanitario que poseían los curanderos en sociedades rurales de fines del siglo xix, destacando el rol de la religiosidad en su accionar. En un trabajo reciente sobre Chile de fines del siglo xix, María José Correa Gómez (2015) desarrolla un estudio mediante el empleo de fuentes judiciales, con el que desanda el derrotero judicial de un supuesto médico que empleaba la religiosidad y su devoción hacia Santo Domingo de Guzmán. Mirta Fleitas (2007) trabajó un caso interesante en la provincia de Jujuy en el cual un curandero, “Mano Santa”, se encontró en el epicentro de una revuelta popular en 1929. Su análisis desglosó otra faceta íntimamente relacionada con el curanderismo y su protección, la política, destacando la ecléctica clientela que poseía el curandero: desde personas que no tenían acceso a la medicina académica como aquellos que sí. En todos estos trabajos una de las constantes fue la gravitación de la religiosidad en el modus operandi de los sanadores populares.
A pesar de estos ejemplos son los estudios antropológicos y folclóricos los que dieron un vasto conocimiento empírico a la medicina popular. En varios trabajos la noción de religiosidad y religión están presentes y apuntan a una de las líneas de la medicina popular. La mención de la religión lleva a plantear cuál es el peso que se le atribuye a esas prácticas y allí encontramos una bibliografía que busca analizar el rol de la creencia en las prácticas de sanación y curación (Levi-Strauss, 1995; Oliweski, 2010, 2016; Nebreda, 1992; Campos Navarro, 2005; Idoyaga Molina, 2008a, 2008b, 2011; Arteaga, 2010; 2012a, 2012b; Dahhur, 2015). En Argentina, en algunas provincias, el interés por estas prácticas ha sido mayor. Armando Vivante y Néstor Palma (1971), centrándose en el noroeste argentino, profundizaron sus estudios alrededor del “daño” y las diferentes formas de ejercerlo. El caso de Cristina Bianchetti (1982) percibe a la enfermedad como la presencia de ciertos elementos malignos que actúan como castigo o de una acción. Su investigación acerca de algunas de las definiciones de las enfermedades más comunes en la Puna jujeña ha sido retomada por historiadores en función de dotar de marcos conceptuales a sus trabajos (Farberman, 2005; Bubello, 2010; Dahhur, 2012). En el mismo proyecto se encontraba el trabajo de Graciela Torres, quien destacó la dualidad en el curandero para poder ejercer tanto el bien como el mal, idea retomada por Oscar Pralong en Chaco (1999).
En Tucumán (Oliweski, 2010, 2012) y en Santa Fe (Leal, 2014) el peso de la religiosidad en el tratamiento del ojeo, el susto y el empacho tiene sus orígenes en tradiciones tanto peninsulares como indígenas, y, en ocasiones, padecimientos como el daño pueden ser considerados como un ejemplo perfecto de sincretismo cultural y religioso. El análisis de este tipo de patologías es clave en dos cuestiones en el desarrollo de esta tesis. En primer lugar, por la circulación de estas mediante migrantes internos (personas del norte del país que viajan a la provincia de Buenos Aires en busca de trabajo) y la reproducción de sus tradiciones en la llanura pampeana. Y en segundo lugar, para ahondar en la relación establecida desde ciertos sectores entre superstición, medicina popular y religiosidad en un clima de secularización y avance científico desde el último tercio del siglo xix.
La bibliografía antropológica existente es muy amplia (Amezcua Martínez, 1992; Berenzon y Saavedra, 2002; Blanco Cruz, 1992; Duke, 2002; Enguía y Martínez, 1983-84; Ortega López, 2006; Villar Dávila et al., 2007), sin embargo, en principio queremos resaltar a nivel local las investigaciones de Raúl Ortelli (1966), Hugo Ratier (1972) y Félix Coluccio (2003), quienes analizan no solo a los médicos populares, sino también el entramado religioso que se genera a su alrededor y la significación para aquellos que acuden a ellos y al binomio salud-enfermedad (Valderrama, 2014). Estos tres investigadores, mediante un trabajo documental exhaustivo, sirvieron a otros al momento de analizar la actuación de ciertos curanderos de renombre, como la Madre María, Pancho Sierra o el mismo Tata Dios de Tandil. La idea subyacente en estos trabajos es algo que Ginzburg remarcó en dos oportunidades (1976, 1989): la necesidad de creer de los seres humanos. Esta concepción filosófica es clave en varios sentidos al momento de abordar un problema de investigación como la medicina popular, sus detractores y defensores, tal como ha señalado Diego Armus, (2002) para aprehender a la historia de la salud y la enfermedad desde los enfermos.
Por otro lado, el trabajo clásico de Claude Lévi-Strauss y una reformulación posterior de Jesús Nebreda (1992) acerca del complejo chamanístico aplicado a la medicina popular actual apunta a un sistema de elementos imprescindibles para que se den en un lugar determinado. Es necesario que haya alguien que requiera el servicio, alguien que lo dispense y posea el conocimiento y/o poderes para sanar y, por último, un contexto o ambiente que favorezca a estas prácticas. Estos trabajos aportan a nuestra investigación conceptos claves para comprender a la medicina popular de mediados del siglo xix y principios del xx, tales como mestizaje cultural, circularidad cultural y superstición, como así también resaltan el lugar ocupado por la religiosidad en la medicina popular, que merece abordarse en profundidad.
b) Proceso de profesionalización de la medicina
Desde mediados de los ochenta algunos historiadores en la Argentina comenzaron a interesarse por las epidemias, las enfermedades y el desarrollo de políticas sanitarias en los incipientes Estados nacionales del siglo xix. Es importante remarcar que en esta investigación nos inclinamos por un enfoque relacionado con la historia sociocultural de la salud. Sobre esto Armus ha desglosado esta línea investigativa en sus numerosos trabajos (2000, 2002a, 2002b, 2014). Pero también a lo largo de las páginas de esta tesis encontraremos referencias a las otras dos tendencias investigativas: políticas públicas e historia de la ciencia.
Diego Armus (2002a, 2014) ha definido tres perspectivas: la nueva historia de la medicina, la historia de la salud pública y la historia sociocultural de la enfermedad. Numerosos trabajos han oscilado entre estas tres líneas investigativas, como así también entre los tres niveles de estudio, pero no debemos descartar el peso de la antropología médica en los estudios sobre el curanderismo. En su trabajo, María Silvia Di Liscia (2002) avanza sobre la diversidad de prácticas curativas en la Argentina desde la Colonia hasta principios del siglo xx. De este modo, por medicina popular define a aquellas construcciones conceptuales producto de los especialistas médicos que desde el siglo xix estudiaron con diferentes objetivos los saberes de lo que consideraban sociedades exóticas o atrasadas, en otros países o en regiones rurales del propio país. Esta definición es trascendental pues engloba la dicotomía entre lo culto y lo popular como dos esferas antagónicas que no entraban en contacto. Esta enunciación ha sido aceptada por varios investigadores de manera inconsciente al no profundizar sus estudios acerca de la cuestión sanitaria en la provincia de Buenos Aires y remitirse solo a lo que serían los intentos de institucionalización de la medicina académica, la epidemiología, la historia de las profesiones y el universo de lo femenino.
La profesionalización de la medicina tuvo su mayor exponente en los estudios de Ricardo González Leandri (1996, 1999, 2005, 2013) para la provincia de Buenos Aires y particularmente la ciudad de Buenos Aires. González Leandri dedica uno de los capítulos de su libro Curar, persuadir y gobernar (1999) a aquellos especialistas en salud no titulados y que representaban un mundo de “profesionales” que estaban condenados a desaparecer desde la óptica de la incipiente corporación médica inaugurada en 1852. Los “curanderos”, como los llama ahí, son los actores secundarios de una obra compleja y larga, como lo fue la profesionalización de la actividad médica en la Argentina.
A través de la historia de género se penetra en el campo de la obstetricia, los partos y quienes estaban habilitados para asistir los alumbramientos en un contexto en el que se intentó extirpar a los curanderos de la región, aunque el trabajo de Susana Ramírez Hita (1995) podemos señalarlo como una salvedad. Sin embargo, hasta el momento, a pesar de que las mujeres en el ámbito doméstico de mediados del siglo xix y hasta el siglo xx eran poseedoras de saberes médicos, no encontramos trabajos que lo acrediten. Una excepción es un breve apartado en el trabajo de María Mónica Bjerg (2004), que en su reconstrucción de la vida de una de las primeras pioneras danesas en la zona de Tandil a fines del siglo xix destaca los conocimientos de las curanderas indígenas en la zona rural. Marcela Nari (2004: 143) destaca el descrédito que sufrían los conocimientos sobre partería y puericultura a principios del siglo xx, en el que los médicos atribuían ciertas prácticas a la ignorancia de las madres. Restaría conocer los argumentos de estas mujeres acerca de por qué oficiaban de parteras o practicaban abortos y para ello es imprescindible emplear testimonios de fuentes judiciales, que a pesar de la mediación de las que son víctimas nos pueden acercar a comprender la psiquis de estas clientas. Para un periodo posterior al nuestro, Agustina Cepeda (2011, 2018) analiza las connotaciones judiciales de los casos de aborto en la ciudad de Mar del Plata de mediados del siglo xx, especialmente el rol de los peritos médicos y la construcción de una cultura jurídica sobre los partos y abortos.
Una compilación de Armus de 2002, Entre médicos y curanderos, reunió una serie de trabajos que hacían hincapié en la cultura de la salud y la enfermedad. Los trabajos agrupados (particularmente dos de ellos: el de David Sowell, sobre un curandero en Colombia a fines del siglo xix, y el de Paul Farmer, sobre el empleo de la brujería para el tratamiento del SIDA en Haití) marcan el recorrido de las personas y las sociedades al momento de afrontar las enfermedades. Y recupera algo que en la Argentina ha sido objeto de estudio de la antropología, que es el peso de estos curanderos en las sociedades donde se desempeñaban, como así también el rol de los aspectos religiosos y de los sistemas de creencias. Es así que esta compilación destaca la diversidad de prácticas médicas en las cuales se engloban las de las medicinas académicas como las no institucionalizadas y un mundo de grises por explorar en América Latina. Así también lo propone Ignacio Bejarano (2002) sobre la posible combinación de los saberes tradicionales con los académicos en lo que respecta a la atención sanitaria de la población de la Jujuy actual.
En un trabajo más orientado a la demografía histórica, Adrián Carbonetti, María Laura Rodríguez y M. Marta Andratta (2013) realizan un estudio con base en las estadísticas del Censo Nacional de 1869, en el que analizan desde una perspectiva cuantitativa la presencia de los curanderos en el interior del país, particularmente en la campaña. El análisis de estos investigadores resulta un aporte significativo, sin embargo, el empleo de los datos censales sin contrastarlos con otro tipo de documentación no permite apreciar la complejidad de las prácticas médicas existentes. Esta línea interpretativa ya había sido inaugurada por Carbonetti con anterioridad (2009), cuando decidió analizar al curanderismo a través del Censo Nacional de Población de 1869 prefiriendo un enfoque cuantitativo por sobre uno que combinara los datos cualitativos y los censales. Pensamos que hacer esto arroja solo resultados parciales y no representativos de lo que era el fenómeno en el país.
Una de las compilaciones más recientes (2014) es la editada por Carolina Biernat y Karina Ramacciotti. La colección de artículos reunidos por las investigadoras repasa algunos de los temas y debates más importantes de los últimos años en la historia de la salud y la enfermedad. Algunas de las temáticas abordadas son las políticas públicas y la conformación de planes de salud en diferentes países latinoamericanos. El surgimiento de nuevos campos profesionales relacionados con la salud, asistentes sociales, enfermeros, odontólogos y demás complejizan al campo. Particularmente sobresale el artículo de Claudia Agostoni, quien apunta a una revisión de aquellas historias épicas acerca de los inicios de la medicina y propone no verlas bajo un lente desdeñoso, sino retomarlas como una fuente que debe ser analizada. Esta misma idea la lleva a resaltar la heterogeneidad de prácticas curativas, institucionalizadas o no, existentes en América Latina, que restan ser estudiadas (Agostoni, 2014: 39). Destaca la vacancia de investigaciones sobre el ámbito rural latinoamericano y los diferentes campos de la salud y la enfermedad del siglo xx (Agostoni, 2014: 33). Sobre esta última cuestión creemos que debemos ser cautos, pues la presencia de médicos populares se extiende hoy en día en los ámbitos rurales americanos.
c) El desafío que presenta la medicina popular y su abordaje
Una última postura es la que se ha dado en la medicina y ciertas ramas de la antropología que buscan visibilizar a la medicina popular como una realidad en varios países e inclusive en la Argentina. El problema central que comparten estos trabajos es la búsqueda de comprensión del fenómeno de la medicina popular (Heimerdinger, 2001) y consecuentemente la adecuación de los sistemas de salud de Latinoamérica para una medicina más intercultural.
Una de las preocupaciones existentes es la regulación de la medicina en América Latina y el Caribe. Gustavo Nigenda (1999) junto a otros tres investigadores se centran en tres cuestiones: lo legislado, lo que está en proceso de legislación y lo no legislado sobre la medicina tradicional. Hacen hincapié en la integración, la coexistencia y la tolerancia y arriban a la conclusión de que la inexistencia de un conjunto de leyes que regulen a los practicantes de la medicina tradicional favorece la discrecionalidad con la que se manejan ciertos organismos gubernamentales al momento de tratar estos temas.
Otros facultativos en México han desarrollado investigaciones respecto del “daño” y concluyen en que el empleo de la magia en las curaciones de ciertos males guarda relación con las concepciones sobre la salud y la enfermedad de cada cultura. Las concepciones del padecimiento varían según las culturas (Gallardo Arias, 2004).
Desde una perspectiva diferente, algunos investigadores consideran al curanderismo como un mal social que debe ser eliminado. En Estados Unidos la problemática del curanderismo se ha empezado a investigar de la mano de algunos médicos que han publicado sus experiencias al tratar las consecuencias de ciertas prácticas curanderiles propias de la comunidad hispana como el “espanto” (DeBellonia et al., 2008), a las que denominan “mala praxis”.
Existen diferentes concepciones sobre la medicina popular. Algunos investigadores la percibirán como una amenaza para su labor y para la salud de la población. Otros la verán como una mera superstición, y por último estarán quienes consideran que es necesario estudiarla para comprender el fenómeno, como así también conseguir desentrañar sus secretos en materia de efectividad (Mantegazza, 1854). Ejemplo de esto último son las investigaciones del médico y antropólogo Roberto Campos Navarro (2008, 2010), quien en la UNAM se encuentra a cargo de una asignatura en el primer año de la carrera de Medicina en la cual los usos de la medicina tradicional son el eje del programa. De esta forma este docente busca junto a otro grupo de profesionales una medicina más holística en México. La idea es la conformación de una medicina que conjugue las diferentes tradiciones médicas del México actual buscando “un pluralismo médico” que persigue luchar contra la enfermedad que atañe a varias zonas del planeta (Perdiguero, 2006: 33).
Los estudios en el campo de la medicina y la antropología muestran la creciente circulación de tradiciones y enfermedades a lo largo de los países en los siglos xx y xxi. Para algunos, los casos de inmigrantes que se debaten entre la medicina tradicional y la práctica médica académica son luchas que se dan entre las diferentes tradiciones en lugares en donde no era habitual presenciar estas cuestiones, como las grandes ciudades norteamericanas (López Castro, 1998). Lo que se manifiesta en estos casos son diferentes concepciones de la salud y la enfermedad, como así también disímiles formas de afrontarlas.
La idea de la instauración de un modelo médico hegemónico en la medicina de Menéndez se nos presenta como la conceptualización teórica más fuerte para comprender el accionar de la medicina racional-científica sobre la medicina tradicional o popular. Se define como popular al
… conjunto de prácticas, saberes y teorías generados por el desarrollo de lo que se conoce como medicina científica, el cual desde fines del siglo xviii ha ido logrando establecer como subalternas al conjunto de prácticas, saberes e ideologías teóricas hasta entonces dominantes en los conjuntos sociales, hasta lograr identificarse como la única forma de atender la enfermedad legitimada tanto por criterios científicos como por el Estado (1988, p. 451).
El modelo médico hegemónico de Menéndez esbozado en México en los años ochenta nos sirve de punto de partida para profundizar en un problema que no ha sido lo suficientemente trabajado en los últimos años. Este es la resistencia y los mecanismos de adaptación de la medicina popular frente a la medicalización surgida a mediados del siglo xix en la Argentina. Hasta el momento los trabajos de otros investigadores se han centrado en el éxito de la medicalización frente a las prácticas de la medicina popular; sin embargo, la revisión de diversas fuentes, varias inéditas, nos lleva a aventurar que esta no fue tan exitosa como el Estado y ciertos médicos lo hacían parecer. En cambio, proponemos emplear el denominado “modelo médico alternativo subordinado”, de carácter altamente heterogéneo, que tiene como elementos básicos una concepción globalizadora de los padecimientos y problemas, una tendencia al pragmatismo, ahistoricidad, legitimación grupal o comunal de las actividades curativas e identificación con una determinada racionalidad técnica y simbólica (Menéndez, 1992: 102-104).
En línea con lo planteado por Claudia Agostoni (2014), entendemos que es necesario internarnos a estudiar las situaciones sanitarias en el ámbito rural de América Latina, puesto que la mayoría de los estudios han versado sobre las grandes urbes, salvo excepciones (Di Liscia, Bassa y Billorou, 2005; Di Liscia, 2007; Bohoslavsky-Di Liscia, 2008). En este libro pretendemos brindar un aporte a la historia de la salud y la enfermedad en las zonas rurales, en particular de la provincia de Buenos Aires.
Los médicos populares, agentes de la medicina popular, forman parte de la escenografía de los estudios de la salud-enfermedad, pero no son protagonistas. Por este motivo, resultará un aporte importante indagar en prácticas no oficiales de curación y el intento de deslegitimación del que fueron víctimas por una corporación médica incipiente en el siglo xix y más consolidada en el siglo xx. Se parte del supuesto de que la medicina popular es un fenómeno extendido e importante para un sector poblacional considerable durante un periodo previo a la medicalización en la Argentina, e inclusive durante esta. Consideramos que la concepción del Estado como una máquina o aparato represivo que despliega exitosamente sobre el interior su capacidad de intervención y coerción institucional (Weber, 1979: 92) encuentra límites para nuestra investigación. Entendemos que esta línea de pensamiento fue la que impulsó los estudios acerca de la institucionalización de la medicina a partir de la década de los ochentas en el siglo xx. Basamos nuestra afirmación en que el Estado en las zonas marginales no solo espacialmente, sino también por la existencia de porosidades y espacios de circulación de ideas e individuos dependía menos de una estructura burocrática más allá de la presencia de una normativa institucional (Plotkin-Zimmerman, 2012: 16-17), por lo que los intersticios en los que se colaba la medicina popular no eran excepcionales. En ese sentido, nos preguntamos qué se decía sobre la medicina popular, si se la atacaba o defendía y finalmente de qué manera quienes practicaban este tipo de arte de curar reaccionaban ante los intentos de parte del Estado y la corporación médica de erradicarlos.
En esta investigación nos proponemos ahondar en las distintas concepciones de la “medicina popular” desde la ciencia, la justicia y el folclore. Para ello tomamos como punto de partida la sanción de la ley de ejercicio de la medicina en la década de los setenta del siglo xix en la provincia de Buenos Aires. Esta ley fue pionera en lo referente a la salud pública y sería adoptada años después a nivel nacional. A pesar de esto, los cambios surgidos a lo largo del tiempo en materia de salud y las profesiones ligadas a ella hicieron que la legislación se modificara para adaptarse a los tiempos nuevos. Así surgió la ley 4534 de 1936, que regulaba las profesiones médicas y ramas afines. El motivo de selección de estas dos leyes radica en un motivo sencillo. En primer lugar, decidimos emplearlas como puntos de partida y culminación para esta investigación, y aunque esta decisión podría parecer arbitraria tiene como justificación la coincidencia con la consolidación del Estado a fines del siglo xix, la proliferación de epidemias a lo largo de la provincia de Buenos Aires y la construcción de la corporación médica. Todo ello apuntaba a los intentos por establecer un marco regulatorio de la actividad, normas que excluían a los llamados curanderos o médicos populares y los relegaban a la categoría de ilegales bajo el delito de ejercicio ilegal de la medicina.
Definimos a la medicina popular como un conjunto de conocimientos, prácticas y creencias que no se encontraban institucionalizadas, por lo que no gozaban de la aprobación de la medicina colegiada. En esta definición incluimos al curanderismo como una de sus variantes, la cual entendemos que se diferenciaba del conocimiento empírico por el empleo de fórmulas y rituales cuasi religiosos para la curación de enfermedades.
Entendemos por medicina tradicional al conjunto de saberes y prácticas médicas transmitidas y generadas en diferentes culturas, tales como la acupuntura, la herbolaria y hasta el curanderismo, que entran en confrontación con la medicina racional institucionalizada de Occidente. Elaboramos estas definiciones basándonos en trabajos contrapuestos, como son los de Reinaldo Maduro (1982), María Silvia Di Liscia (2002) y Denise Oliszewski (2010). Con base en esta definición concebimos por curanderismo a una variante de una práctica terapéutica no hegemónica con una fuerte connotación social y cultural existente en América Latina y países hispanos que combina conocimientos de diferentes tradiciones médicas y que incluso puede apelar a la religiosidad. Más allá de esta conceptualización debemos aclarar que en este trabajo de investigación medicina popular y curanderismo serán empleados como sinónimos cuando sean utilizados como palabras nativas. Nos basamos en la documentación analizada a fin de evitar problemas metodológicos, puesto que en los expedientes judiciales, las revistas médicas y los periódicos se toman como sinónimos.
El término curanderismo, particularmente en las fuentes judiciales y médicas, usualmente es empleado para denominar a toda práctica considerada ilegal de la medicina, pues quienes la ejercen carecen de un título para ello. Los ataques a este tipo de medicina fueron producto de una medicina occidental institucionalizada que desde mediados del siglo xix intentaba monopolizar el conocimiento para convertirse en hegemónica.
La combinación de tradiciones será fundamental para comprender algunas de las ideas y comportamientos de estos “profesionales”, que podían variar sus métodos de acuerdo con los conocimientos que podían ir recolectando. La idea de circularidad cultural de Ginzburg es relevante al trabajar este tema, pues no podemos definir que una práctica o conocimiento pertenece exclusivamente a una esfera social; por el contrario, estas pueden circular, ser modificadas, resignificadas y adaptadas a las necesidades de los sectores sociales que se las apropian. En la historiografía argentina quienes han trabajado sobre el mentado curanderismo durante la Colonia han apelado al concepto de circularidad cultural y a una necesidad de profundización de los estudios sobre los sectores populares (Romero, 1990). Además, debemos hacer mención a la idea de intermediación cultural al momento de trabajar fuentes de pretendido origen popular, como nos proponemos hacer en este libro. Este concepto lo retomamos de Farberman (2010), quien al analizar la Encuesta Nacional de Folclore de 1921 para Santiago del Estero y los trabajos de Orestes Di Lullo señala a la mediación cultural como la única forma de acceder a la cultura popular debido a que estos agentes no producían directamente sus documentos. En la mayoría de los estudios de este periodo se trabaja con elementos que han sido mediados por otros sujetos que no pertenecían a la misma órbita cultural.
A su vez, consideramos que tanto la “medicina académica” –aquella cuyos conocimientos se aprendían dentro de una institución reglada y reconocida por el Estado– como la medicina popular en la provincia de Buenos Aires, en este periodo, se encontraban inmersas en un sistema de circularidad cultural. Esto significa que el empleo de ciertas técnicas dependía en varias ocasiones de la enfermedad por tratar, como así también de la disponibilidad de recursos al momento de tratar a un enfermo y de préstamos entre ambos campos del saber. El avance del positivismo, ciertas políticas públicas y las nociones de progreso y civilización en la provincia desde mediados del siglo xix no garantizaron un éxito de la medicina académica. Por esto mismo tuvo que hacer frente a resistencias no solo de los curanderos, sino también de ciertos jueces, abogados, maestros y miembros de las poblaciones que en situaciones excepcionales podían denunciar estas prácticas.
En términos de definición del periodo considerado, nuestra investigación coincide en su inicio con el proceso de organización nacional, en el que el nuevo orden político marcaría los vaivenes de la política (Bragoni-Míguez, 2010) y de las corporaciones médicas surgidas a partir de 1852 (González Leandri, 1999, 2006). Por eso afirmamos que a la medicalización y a la consecuente persecución de la medicina popular en la Argentina es imposible desligarlas de las coyunturas políticas, económicas y sociales. En primer lugar, los médicos buscaban el apoyo por parte del Estado para lograr el monopolio de la actividad médica y el Estado necesitaba los conocimientos médicos y científicos para solucionar las diversas crisis epidémicas que azotaban a varias ciudades y zonas rurales, como la fiebre amarilla, el cólera, el sarampión, la poliomielitis y la lepra, entre otras. La medicina, entonces, era una herramienta no solo de control social ya a fines del siglo xix y principios del xx (Suriano, 2000; Salvatore, 2001) y un medio de afianzamiento de la inclusión social a través de las políticas sanitarias (Suriano, 2000), sino también un mecanismo para lograr el progreso económico (Foulcault, 2008) ansiado por la clase dirigente. En este contexto, desde la medicina académica se intentó consolidar un monopolio en el ejercicio del arte de curar mediante alianzas con el Estado a la vez que se producía un ataque sistemático a los llamados “curanderos”, una de las formas en las que figuran en la documentación los médicos populares.
En principio nos preguntamos por qué la medicina popular fue prácticamente soslayada desde la historiografía argentina, salvo contadas excepciones (Di Liscia, 2002; Bubello, 2010), siendo un campo de estudio prácticamente exclusivo de la antropología urbana e indígena. La lectura de varias investigaciones y nuestra propia experiencia en el archivo nos llevó a la conclusión de que la fragmentación y dispersión de las fuentes podría haber sido una razón. Sin embargo, es factible que muchos historiadores imbuidos en un clima de época de recuperación de la democracia en los años 80 y de deterioro del sistema de salud público durante los 90 decidieran profundizar en cuestiones relacionadas con la institucionalización de la salud e indefectiblemente soslayaran esferas de conocimiento que no eran consideradas racionales desde la medicina académica, como atestiguan los dichos de los médicos. Esto mismo nos llevó a cuestionarnos la efectividad de la medicalización, pues notamos una vacancia en estudios sobre la medicina popular. Si bien se ha constatado el avance de la medicina en diferentes campos, entendemos que hubo momentos en que los grises predominaron, por lo que la medicina no pudo ser hegemónica por completo, y es algo que nos proponemos demostrar.
Partimos de la hipótesis de que la medicalización en el interior de la provincia de Buenos Aires no fue un éxito en el periodo estudiado y que lo que en verdad se dio fue una circulación de saberes entre la medicina popular y la académica. Esto se vio favorecido por una ineficiencia desde los controles del Estado, como así también de la medicina académica para hacer frente a las enfermedades y demandas de la sociedad.
En paralelo, lo que se da es un discurso de ataque y erradicación de la medicina popular supuestamente esgrimido por el Estado y la corporación médica. Este ataque no fue monolítico, pues existían médicos que se veían seducidos por ciertas prácticas de la medicina popular mientras que otros no. Asimismo, otros agentes del Estado encargados de hacer cumplir la ley y sancionar a aquellos que ejercían la medicina sin titulación, en el momento de analizar los casos, no hallaban delito alguno, basándose en que eran prácticas habituales y que no incurrían en daño. Es así que encontramos en el interior de la provincia una convivencia entre dos prácticas médicas –la popular y la académica– que por momentos colisionan y en otros intercambian saberes y prácticas. Este fue un proceso que no solo involucró algunos ataques, sino también estrategias de asimilación de los médicos populares y sus conocimientos como táctica para absorber a los clientes de sus competidores y viceversa, generándose una circulación cultural y de saberes continuos. Es decir que, en lugar de una desaparición de la medicina popular debido a la medicalización, lo que se dio fue un proceso de retroalimentación entre la medicina popular y la hegemónica con diversas consecuencias. También la idea de equiparar a la medicina popular como un símbolo de barbarie desarrollada por algunos médicos a fines del siglo xix, como fue el caso de José Ramos Mejía, colisionó ya a fines del siglo xix y principios del xx con el folclore, que buscaba preservar la tradición local frente al avance del cosmopolitismo. Como veremos, la idea de que la ley sobre el ejercicio de la medicina sería un elemento de combate y represión exitoso para eliminar las prácticas “populares” resultó errónea, pues desde diferentes sectores se buscó preservar o comprender la lógica de la medicina popular en lugar de su aniquilación. Las fuentes que analizamos en este libro nos permiten complejizar entonces un universo sobre la salud y la enfermedad que ha sido dividido en blanco y negro. Sin embargo, aquí buscamos los grises, que permiten comprender más acabadamente el universo que implican las prácticas curativas no institucionalizadas, tales como “tirar el cuerito” hasta atender un parto o curar un resfrío.
Las hipótesis subsidiarias a la principal apuntan a que la existencia de curanderos y su accionar son necesarios para la configuración y consolidación de un discurso “hegemónico” científico desde el Estado en formación a mediados de la década de los 50 en el siglo xix. El fortalecimiento de la corporación médica y sus discursos fundadores serían imposibles de entender y llevar a cabo sin un enemigo al cual derrotar. Frente al avance de las enfermedades infectocontagiosas a fines del siglo xix, imposibles de erradicar por falta de conocimientos, se buscó un culpable externo como causa principal de tales males. Así, la culpabilidad recaía en los llamados “curanderos”. No obstante ello, todos los cambios culturales son lentos en su modificación, por lo que conjeturamos que en más ocasiones de las pensadas aquellos que debían reprimir a la medicina popular en diferentes esferas contribuían a su pervivencia y reproducción debido a sus propias convicciones o por las circunstancias en que se daban los casos. Por otra parte, el Estado, responsable de regular el accionar de los profesionales de la salud, no podía hacer esa tarea por la carencia de recursos materiales y profesionales, en la que producía un déficit para la atención de la población.
Este libro está articulado en cuatro capítulos en los que demostramos la complejidad de la medicina popular como objeto de estudio, así como relativizamos la idea de un discurso hegemónico en su contra durante un periodo de medicalización. El primer capítulo reconstruye el espectro sanitario e institucional a nivel nacional y de la provincia de Buenos Aires mediante el análisis de revistas publicadas por las asociaciones médicas, comunicaciones de médicos y organismos oficiales. Apuntamos a la relevancia de la medicina académica en el control social de la población (por lo que era imperativo ejercer el monopolio) y cómo las propias limitaciones de los médicos, como el sistema sanitario y los conflictos internos, favorecían la presencia de los médicos populares.
En el capítulo dos seguimos la línea del anterior y sondeamos mediante documentación de carácter judicial los motivos por los cuales las personas recurrían a los médicos populares. Profundizamos en la falta de médicos diplomados, las tarifas altas y aspectos ligados directamente a lo cultural de la población independientemente de las carencias materiales. En relación con esto analizamos los límites que se intentaron instaurar mediante la sanción de leyes y cómo esto tampoco desalentó el consumo de la medicina popular. El reflejo del fracaso lo tenemos en las denuncias por ejercicio ilegal de la medicina, en las que se manifiestan los motivos de la persecución de los médicos populares desde ciertos sectores. Asimismo, intentamos entender los motivos por los que existía y se propagaba la medicina popular según la prensa escrita.
En el tercer capítulo nos centramos en los tratamientos y enfermedades analizando fuentes periodísticas, judiciales y médicas. Allí examinamos qué tipo de tratamientos se dispensaban según las enfermedades, discriminando entre los que empleaban pócimas, emplastos y tisanas de aquellos que apelaban a la religiosidad, y el empleo del agua como agente sanador y curativo de las personas. En este capítulo abordamos tanto las tradiciones ligadas al conocimiento empírico como al de la creencia en factores sobrenaturales que podían generar enfermedades y curas. Prestamos especial atención a los padecimientos ligados a los niños como lo es el “empacho”.
Finalmente, en el cuarto y último capítulo abordamos textos folclóricos, especialmente la Encuesta Nacional de Folclore de 1921, en la que se aprecia la contradicción sobre las percepciones acerca de la medicina popular. Por un lado, desde la medicina y organismos del Estado se la perseguía y se buscaba desterrar sus conocimientos de la población. Y por el otro, desde el mismo Estado se pretendía preservar sus conocimientos como acervo folclórico representativo de la argentinidad frente al avance del cosmopolitismo. En esta última sección hacemos hincapié nuevamente en los puntos de contacto entre la cultura docta y la popular y señalamos cómo ambas se retroalimentan de una u otra forma en la figura de la medicina popular.
En síntesis, este libro se propone contribuir a los debates en torno a la medicalización de la sociedad en la provincia de Buenos Aires entre 1870 y 1944 prestando especial interés al fenómeno de la medicina popular. Pretendemos dar cuenta de la compleja realidad existente en materia sanitaria en el interior de la provincia de Buenos Aires al emplear documentación de orígenes y sesgos distintos. Es así como buscamos visibilizar cómo la enfermedad y sus tratamientos podían circular por dos canales distintos –el oficial y el popular– sin llegar en ocasiones a encontrarse, pues tenían esferas de injerencia distintas. Aunque, como comprobaremos, hubo momentos en los que se encontraron y generaron intercambios y hasta colisionaron, lo que produjo una lucha entre ambos por el monopolio del ejercicio de la medicina. Este libro, finalmente, contribuirá a explicar las dinámicas existentes entre la medicina popular y la oficial apuntando a que no siempre fueron tan antagónicas como se las presenta, sino que en verdad su relación era más simbiótica que contradictoria. Esto mismo entendemos era un reflejo de la sociedad que las cobijaba a ambas.








