Una imagen vale más que mil palabras. A veces nos resulta difícil explicar cómo son las cosas y acudimos a una imagen, a una comparación. Las imágenes tienen una viveza y una espontaneidad de la que carece el discurso racional. Por eso, aunque sea propio del ser humano el articular pensamientos a través de palabras y razonamientos, aquello que expresamos a través de imágenes y dibujos permite aflorar ese mundo interior de lo “no-necesariamente racional” que conforma también nuestro modo de ser y actuar.
Si nos preguntan qué es la empresa –así, en general–, es posible que demos alguna de las definiciones estándar que encontramos en los manuales de Economía de la Empresa o en libros de Dirección de Empresas. No todos daremos la misma definición. Para algunos –con una visión economicista– la empresa será un engranaje más o menos sofisticado que busca transformar de forma eficiente unos inputs en unos outputs para satisfacer unas determinadas necesidades con el objetivo de maximizar el valor económico para el dueño del capital. Otros –con una visión más legalista– hablarán de una serie de relaciones contractuales entre diversos agentes que permiten coordinar los factores de producción de una forma más eficiente que el mercado. Otros –con una visión más humanista– hablaremos de una comunidad de personas unidas por el objetivo común de contribuir al desarrollo de las personas y de las sociedades a través de la producción eficiente de bienes y servicios. Puede haber otras muchas definiciones –y visiones– de lo que es la empresa. Lo cierto es que, según la imagen que tengamos de la empresa, será muy distinta la idea que tengamos del papel que juegan los diversos agentes que se relacionan con ella, así como de sus obligaciones y responsabilidades.
Más difícil será todavía si nos piden que definamos a la empresa en la que trabajamos. Podemos quedarnos en una descripción objetiva de qué productos comercializa, cuánto vende o cuánta gente emplea; podemos acudir a la misión o a la visión de la empresa tal como se enumeran en sus documentos oficiales… Pero todo esto nos dirá muy poco de la realidad de la empresa. Cuando bajamos al plano existencial –cómo es para mí la empresa en la que trabajo–, las respuestas serán necesariamente muy distintas. Cada uno de nosotros tenemos nuestra idea de lo que es mi empresa, donde se mezclan los aspectos objetivos con otros aspectos emocionales, afectivos, subjetivos. Pero es esa idea que cada uno de nosotros tenemos –y que no necesariamente será la misma para todos– la que marca cuál es la relación real con mi empresa, mi grado de compromiso, de identificación con lo que ella me da, así como el grado de sacrificio, de entrega que estoy dispuesto a darle.
Dice una máxima filosófica clásica que el actuar sigue al ser. Dependiendo de cómo sea la empresa para mí, mi actuar hacia ella será distinto. Por tanto, una reflexión sobre el actuar humano en la empresa debe venir precedida de una reflexión sobre la naturaleza de esa empresa en la que el actuar humano acontece. Dicho en otras palabras, siendo la ética la ciencia que versa sobre el actuar humano, una reflexión sobre la ética de la empresa debe venir precedida por una reflexión ontológica sobre qué es la empresa. Toda ética exige una ontología, porque la definición de lo que es ético o no dependerá de la imagen que tengamos de ese ser que actúa o del marco social en el que esa acción tiene lugar.
Y si vamos al caso concreto de esa empresa, cómo se viva la ética en esa empresa –no cómo se defina en los códigos de conducta o en los canales de comunicación, sino cómo se viva en el día a día de quienes actúan en su nombre– dependerá de cómo sea esa empresa y de cómo sea percibida por quienes la conforman. Cualquier actuación sobre la conducta ética de sus empleados debe partir de una verificación previa de cómo esos empleados perciben a la empresa. Sin ese proceso previo, puede darse una falta de encaje entre la conducta ética que se quiere promover y la percepción que tengan los empleados de hasta qué punto la empresa está legitimada para pedirles esa conducta. Si ese encaje no se da, cualquier programa de capacitación en ética está condenado al fracaso, porque se encontrará con el escepticismo de quienes perciben una falta de coherencia entre lo que se pretende hacer y lo que en realidad sucede.
Si bien es cierto que el actuar sigue al ser, cuando se trata de seres humanos –y de realidades humanas–, la frase inversa también es cierta: el ser sigue al actuar. Cada ser humano llega a ser la realidad que es a través de las acciones que lleva a cabo. Cada uno de nosotros tenemos nuestra biografía, un sucederse de acontecimientos, de decisiones y acciones, a través de los cuales llegamos a ser quienes somos, únicos e insustituibles. De modo análogo, puede decirse también que las realidades humanas –la empresa, en el tema que nos ocupa– tienen su biografía, su historia, hecha a partir de un sucederse de decisiones y acciones que las hacen ser lo que son. Son esas historias que se transmiten de unos a otros las que –junto con otros aspectos más formales y estructurados– configuran ese imaginario colectivo que nos ayuda a perfilar una imagen, una idea compartida de lo que es la empresa y de lo que nos cabe esperar en nuestra relación con ella. Definir procesos y mecanismos que ayuden a aflorar esa idea compartida es un ejercicio que aporta un gran valor a la configuración de la empresa como una comunidad de personas que persiguen un objetivo común, porque ayuda a que se manifiesten muchos supuestos implícitos que, en último término, pueden actuar como inhibidores en la implementación de políticas de conducta ética en la empresa. Este es el desafío al que se enfrenta la profesora María Marta Preziosa.
Este libro tiene dos partes diferenciadas, pero relacionadas. La primera parte tiene un tono más filosófico. A través de la tradición aristotélico-tomista se nos invita a reflexionar sobre la naturaleza de la empresa, utilizando como marco de referencia el esquema de las causas del ser. Es un enfoque que –a pesar de la larga tradición en la que se sustenta– no deja de ser novedoso en su propuesta de aplicarlo al mundo de la empresa. Quizás nunca nos hayamos planteado cuál es la causa final o la causa material de la empresa. Y, en cambio, intentar reflexionar sobre la empresa desde estas claves interpretativas puede aportar luces nuevas a nuestro modo de entender qué es –o qué debe ser– la empresa.
La segunda parte del libro tiene, por su parte, un carácter más experimental. A partir de la experiencia en programas de capacitación ética en empresas, se propone un método de observación y representación de la mentalidad compartida en una empresa a través de una serie de dinámicas de grupo, apoyadas en los aportes teóricos de ciencias como la etnografía y la lingüística. Si la primera parte es más conceptual y normativa, esta segunda parte es más experimental y descriptiva. En la primera parte, la reflexión ontológica y etiológica sobre la empresa ayuda a entender cómo la mentalidad compartida puede ser un factor de unidad y de consistencia interna en la empresa, en la medida en que una idea compartida de la empresa que esté de acuerdo con lo que la empresa quiere ser aporta una unidad en torno a unos objetivos comunes, mientras que una ruptura entre la mentalidad compartida y los objetivos de la empresa –provocada por unas decisiones mal tomadas, o sistemas de gestión mal diseñados o mal implantados– puede provocar disonancias que mermen la unidad y, en consecuencia, la eficiencia de la empresa. En la segunda parte, en cambio, la descripción de un método de trabajo en torno a la mentalidad compartida permite visualizar cómo se consigue aflorar las presunciones y creencias implícitas de quienes trabajan en la empresa y cómo este proceso puede ser útil de cara a eliminar barreras que limiten la acción conjunta en la consecución de los fines de la empresa. De ahí que –como decíamos antes– sean dos partes que, a pesar de tener enfoques distintos, se complementan y refuerzan, en la medida en que, desde lógicas y discursos distintos, centran su atención en la mentalidad compartida y en su rol como generadora de una dinámica positiva en el trabajo en la empresa.
En el fondo, las dos partes del libro responden a las dos almas de su autora. Por una parte, una sólida formación filosófica, arraigada en la tradición clásica y proyectada, al mismo tiempo, a la discusión de cuestiones de actualidad; y, por otra parte, una amplia experiencia en la capacitación profesional –en especial en temas de ética empresarial– y en el uso de metodologías de dinámicas de grupo para gestionar procesos de cambio y generar aprendizajes positivos en los participantes.
Sirviéndonos de una imagen –así empezábamos y así acabaremos– María Marta Preziosa nos conduce con igual maestría y dominio tanto por los difíciles senderos de montaña hasta alcanzar la cima de una visión filosófica insospechada, como por los sinuosos recodos de nuestra interioridad para aflorar nuestros juicios y nuestros prejuicios –aspiraciones y miedos, oportunidades y amenazas– de nuestro trabajo en la empresa. Una tarea necesaria y apasionante.
Joan Fontrodona
Profesor ordinario de Ética Empresarial
IESE Business School, Universidad de Navarra








