SpaceX y la competencia por la influencia en la arena tecnológico-internacional
Francisco Marchetta
Resumen
El sistema internacional del siglo xxi se caracteriza por la presencia de diversos actores que participan en la esfera de poder, incluyendo Estados, empresas multinacionales y organizaciones internacionales. En este contexto, los avances tecnológicos han facilitado la aparición de nuevos actores y han intensificado la competencia por la influencia en diversas áreas, como la política, la economía y el espacio. Aunque los Estados han sido tradicionalmente los actores predominantes en el sistema internacional, otros actores han ganado cada vez más influencia, utilizando sus recursos para moldear las relaciones internacionales. Este escrito se propone detallar la dinámica contemporánea de poder, tomando como ejemplo a SpaceX, la tecnología que ofrece y su creciente influencia en la competencia por el poder, y cómo esto tiene implicancias en escenarios como la guerra de Ucrania. A medida que el equilibrio mundial cambia, es importante comprender la interacción entre tecnología y poder, así como la influencia que ejercen en la arena internacional.
Palabras claves
Poder, actor internacional, influencia, Estados, empresas; tecnología, SpaceX, Estados Unidos, Ucrania, China.
Abstract
The international system of the 21st century is characterized by the presence of diverse actors participating in the sphere of power, including states, multinational companies, and international organizations. In this context, technological advances have facilitated the emergence of new actors and intensified competition for influence in various areas, such as politics, economics, and space. While states have traditionally been the dominant actors in the international system, other actors have gained increasing influence, using their resources to shape international relations. This essay aims to detail the contemporary dynamics of power, taking SpaceX as an example, the technology it offers, and its growing influence in the competition for power, as well as how this has implications in scenarios like the war in Ukraine. As the global balance of power shifts, it is crucial to understand the interaction between technology and power, as well as the influence they exert in the international arena.
Keywords
Power, international actor, influence, states, companies, technology, SpaceX, United States, Ukraine, China.
El poder y sus dinámicas actuales
La premisa de que los seres humanos están determinados por naturaleza a perseguir el poder y mantenerlo es algo sobre lo que existe un consenso filosófico. Nicolás Maquiavelo en su obra El Príncipe (1532), explicando las relaciones belicistas entre los ducados italianos, sostiene que la adquisición de territorio y control político es natural y común, ya que todos los hombres lo hacen siempre que pueden. Thomas Hobbes, en el Leviatán (1651), justifica la necesidad de un poder superior que pueda evitar que los seres humanos se enfrenten en una lucha constante de todos contra todos, producto del estado de naturaleza inherente a la condición humana. La razón de esto es que cada individuo tiende a buscar todo aquello que pueda garantizar su propia supervivencia, y a rechazar todo aquello que pueda dañarla, lo que conduce inevitablemente a una situación de conflicto generalizado. Friedrich Nietzsche, a través de su novela Así habló Zaratustra (1883), ahonda en las motivaciones intrínsecas de la persona y su deseo latente por el poder, aseverando que, donde se halle un ser vivo, allí habrá voluntad de poder. Siglos de historia han pasado entre los filósofos mencionados y aun así pervive la misma idea en todos: “el hombre posee una tendencia natural a conquistar y mantener el poder, el cual está presente en todo tipo de relaciones sociales”.
Más allá de las concepciones del término, desde un sentido práctico, ¿cómo definimos al poder? Robert Dahl brinda una explicación sobre el poder que puede resumirse de la siguiente manera: “A tiene poder sobre B en la medida en que puede conseguir que B haga algo que de otra manera no haría” (Dahl, 1957, citado por Moisés, 2013).
El fenómeno del poder no es una mera abstracción ya que desempeña una función social, así lo explica Naim Moisés:
Su papel no es sólo garantizar la dominación o establecer una relación de vencedores y vencidos, sino que además organiza comunidades, sociedades, mercados y el mundo […] si obedecieran a un poder común, podrían orientar sus esfuerzos a construir la sociedad en vez de destruirla. Durante el período en el que los hombres viven sin un poder común que intimide y organice, se encuentran en la condición que denominamos guerra (Moisés, 2013: 34).
Michel Foucault (1977) adhirió a esta noción y anticipa esta racionalización del poder, señalando que este no es una entidad que se posee, sino una relación que se ejerce. Esto implica que el poder se manifiesta a través de las relaciones sociales, evidenciando su naturaleza dispersa y en constante movimiento. Foucault también aclara que el poder no se ejerce únicamente de manera vertical, de arriba hacia abajo, sino que puede invertirse y subvertirse (Foucault, 1977). En ciertos casos, quienes obedecen eligen asumir ese papel, reconociendo su propia incapacidad para dirigir o entendiendo que otra persona podría hacerlo mejor, lo cual daría como resultado mayores beneficios, al menos por el momento.
Siguiendo con la concepción realista de pensamiento, Hans Morgenthau concibe a la función social del poder como un medio para mantener la estabilidad y el equilibrio entre los distintos actores y fuerzas en el ámbito internacional (Morgenthau, 1949). El autor sostiene que la política internacional se rige por la lucha de poder, que a su vez es una herramienta esencial para alcanzar la consecución de los intereses nacionales como la supervivencia.
Entonces, el poder ya no es solo una pulsión instintiva individual de cada hombre, sino una herramienta, un medio para un fin. Desde la óptica internacional, dicho fin es mantener la estabilidad y el equilibrio entre los Estados, utilizando el poder de manera responsable y ética para proteger sus intereses nacionales, evitando la inestabilidad y los conflictos (Morgenthau, 1949).
En el mundo contemporáneo, el poder ya no es monopolio exclusivo de los Estados nacionales, se encuentra disperso en una variedad de actores no estatales como empresas multinacionales, organizaciones no gubernamentales, medios de comunicación, redes sociales, etc. Joseph Nye clasifica este fenómeno como “dispersed power” (Nye, 2011). Cada vez son más los actores no estatales con capacidad de influir en las decisiones de otros y que poseen una amplia capacidad de impacto en la política internacional. La dispersión no solo afecta al tipo de actor que detenta el poder, sino también al tipo de poder que posee. Ya no se puede medir únicamente en términos militares o económicos, sino que se debe considerar una amplia gama de factores que componen al poder, incluyendo la cultura, la información y la tecnología. Es por eso por lo que Nye establece una distinción conceptual entre dos tipos de poderes. El hard power se refiere a la capacidad de un actor para utilizar la fuerza o la coerción para obtener lo que desea, y el soft power se refiere a la capacidad de un actor para influir en las decisiones y acciones de otros actores a través de medios no coactivos, como la persuasión, la atracción o la cultura (Nye, 2005).
Si bien los Estados ejercen ambos tipos de poder, el primero es competencia tradicional de estos. En la actualidad, emergen actores no estatales, como empresas, organizaciones no gubernamentales, medios de comunicación, influencers y celebridades, que utilizan su poder e influencia en la sociedad para ejercer soft power en favor de sus intereses y objetivos. Estos actores pueden tener una gran capacidad para moldear la opinión pública y la percepción internacional, e incluso, en algunos casos, pueden ser más efectivos que los propios gobiernos. Esta idea es respaldada por autoras como Martha Finnemore y Judith Goldstein, las cuales examinan cómo los actores no estatales pueden contribuir a la diplomacia pública y el ejercicio del soft power en la política internacional (Finnemore y Goldstein, 2010). Otros, como Alexander Wendt, argumentan que los actores no estatales pueden influir en la estructura de poder en la política internacional y en los intereses nacionales de los Estados (Wendt, 1992). Por todo esto, Naim Moisés afirma:
El poder blando de la cultura está desplazando al poder duro de los ejércitos […] el poder se está dispersando cada vez más y los grandes actores tradicionales como los gobiernos, ejércitos, empresas y sindicatos se van enfrentando a nuevos y sorprendentes rivales, algunos mucho más pequeños en tamaño y recursos […] en pocas palabras, el poder se está degradando. Ya no es lo que era, en el siglo xxi el poder es más fácil de adquirir, más difícil utilizar y más fácil de perder; desde las salas de juntas a las zonas de combate y hasta el ciberespacio; las luchas de poder son tan intensas como lo han sido siempre pero cada vez dan menos resultados (Moisés, 2013: 8-9).
Esta desarticulación no implica necesariamente el caos. Por el contrario, el sistema tiende a ordenarse. Según Gramsci (1981), la hegemonía es un proceso mediante el cual los grupos dominantes establecen su autoridad no solo a través de la coerción directa, sino también a través de la construcción de consensos, la influencia de las instituciones y la cultura. Este tipo de poder no se limita únicamente a los asuntos interpersonales o domésticos, sino que también se extiende a las relaciones internacionales, donde las potencias dominantes imponen su visión del mundo y sus intereses sobre otros actores. De esta forma, la dominación va más allá de la coerción directa y adopta un enfoque más “seductor” para los actores menos capaces que se alinean.
Las empresas, actores no estatales con capacidad de blindaje
Si bien la preponderancia en la arena internacional sigue siendo de los Estados, estos no son ajenos a los intereses de los “nuevos” actores. Esther Barbé explica que en la actualidad estamos atravesando una degradación de los traditional powers que se asientan en la soberanía y el control territorial, haciendo alusión a los Estados, actor internacional por excelencia. La autora afirma que la globalización, la interdependencia y los nuevos desafíos a la seguridad han llevado a un cambio en el equilibrio del poder hacia actores no estatales y redes transnacionales (Barbé, 2009).
Autores como Nye sostienen que los actores no estatales juegan un papel cada vez más relevante en la definición de la agenda de los Estados, modificando el equilibrio de poder y la dinámica de la cooperación internacional (Nye, 2011). Las ONG movilizan a la opinión pública y los medios sobre temas como derechos humanos y medio ambiente, presionando a gobiernos y empresas para que actúen (Giddens, 2001). Por otro lado, Giddens destaca el papel de las empresas multinacionales, que, con su poder y sus recursos, a menudo rivalizan con los Estados. Estos actores pueden tomar decisiones que influyen en los intereses nacionales, como invertir o desinvertir, y presionar a los gobiernos para que adopten políticas que beneficien sus intereses o perjudiquen a sus competidores.
El capítulo anterior concluye que el poder tiende a conservarse, quienes ya lo detentan utilizan los mecanismos del sistema para afianzarse y convertir al poder en un ámbito reducido y limitado. Por eso, Naim Moisés utiliza el concepto de “barreras”, proveniente de la economía, para explicar cómo los actores tradicionales crean mecanismos para conservar el poder. Las “barreras”, figurativamente, son un recinto pequeño, cerrado y estable que los protegen (Moisés, 2013).
Esta idea es contraria al estado ideal de la economía clásica, el cual se denomina “estado de competencia perfecta”. Para definirlo, Mankiw propone un escenario en el que hay muchos compradores y vendedores pequeños en relación con el mercado, por lo que ninguno tiene poder para fijar los precios. Además, se presume que existe una libre entrada y salida en el mercado, de manera que cualquier empresa puede entrar o salir a voluntad. El modelo también asume que los bienes son homogéneos, idénticos en calidad y características. También supone que los compradores y vendedores tienen acceso a toda la información relevante sobre el mercado, por lo que los precios al consumidor permanecen en un margen estandarizado (Mankiw, 2017).
Tradicionalmente, esto no sucede. Un ejemplo claro es el dominio de las compañías de aviones Airbus y Boeing en el mercado de vuelos de larga distancia, mientras que las empresas más pequeñas se ocupan de los vuelos de corta distancia. Un nuevo emprendedor en el mercado de vuelos tiene perspectivas menos atractivas en comparación con un emprendedor en el mercado textil. En el sector textil, con un pequeño taller y talento, es posible competir con grandes marcas o, al menos, encontrar un nicho en el que prosperar (Moisés, 2013). En cambio, la industria aeronáutica requiere una gran inversión de capital, tecnología avanzada, maquinaria especializada, habilidades técnicas específicas y materiales de excelente calidad. La industria textil, en contraste, se orienta a la producción de bienes de consumo de menor costo y menor complejidad tecnológica. Además, la demanda en ambos sectores es completamente distinta. Por lo tanto, la industria aeronáutica, por naturaleza, presenta una arena de competencia más reducida y con más obstáculos o barreras para nuevos competidores. En este contexto, la sofisticación del producto ofrecido por una empresa se convierte en el blindaje más fiable para mantenerse como un actor que detenta poder.
La escalera de la innovación y el desarrollo científico
A pesar de lo expuesto, no necesariamente los sistemas son indefectibles. ¿Cómo entonces se explicaría la ascensión de nuevas empresas innovadoras que, en un corto lapso, lograron posicionarse por encima de empresas que llevaban largos periodos siendo predominantes? W. Chan Kim y Renée Mauborgne, en su libro Estrategia del océano azul, publicado en 2005, proponen una metodología llamada “lienzo de la estrategia del océano azul”, que incluye la identificación de las características clave de la industria, la exploración de nuevos clientes y mercados, la creación de una propuesta de valor única, la determinación de los costos y la implementación de una estrategia de ejecución efectiva. La idea central de los autores es que, en lugar de luchar por un espacio en un mercado existente y saturado (un océano rojo), la estrategia del océano azul busca crear una nueva demanda en un espacio sin explorar (un océano azul) a través de la innovación (Kim y Mauborgne, 2005).
Este mismo concepto puede trasladarse a la arena internacional. Robert Gilpin sostiene que el sistema internacional está en constante cambio y que el poder de los Estados varía con el tiempo. La aparición de nuevos actores en el sistema internacional es un proceso natural que altera la distribución de poder, creando nuevas posiciones asimétricas (Gilpin, 1981). Por ejemplo, la invención y el uso de la bomba atómica, por parte de los EE. UU. en 1945, una tecnología de alcances destructivos sin precedentes, no solo permitieron a Estados Unidos acabar la guerra con la derrota del Imperio japonés, sino que también ayudaron a consolidar al país como una superpotencia mundial por sobre sus pares europeos, similares en poderío hasta el momento.
Los Estados, cada vez más interconectados e interdependientes, encuentran en el campo científico-tecnológico una nueva arena de competición. En su búsqueda por maximizar su poder en el sistema internacional, consideran este campo como una vía para adquirir y mantener una ventaja en áreas de importancia estratégica, como la defensa y la seguridad nacional. Autores como Kenneth Waltz respaldan esta postura, argumentando que los Estados están interesados en maximizar su poder en el sistema internacional, donde la tecnología juega un papel crucial. Esta tecnología puede proporcionar ventajas militares y económicas que los Estados buscan adquirir y mantener para garantizar su seguridad (Waltz, 1979).
Lieber y Darryl también afirman que, en su búsqueda de maximizar su poder y asegurar su supervivencia, los Estados recurren a la tecnología como un medio para lograr esos objetivos, ya sea mediante su uso en la guerra o en la economía. Invirtiendo grandes cantidades de recursos en investigación y desarrollo tecnológico, buscando adquirir y mantener ventajas tecnológicas sobre otros Estados (Lieber y Darryl, 2017).
Tras la Segunda Guerra Mundial, bajo la premisa de que los resultados obtenidos en la guerra tuvieron base en el desarrollo científico que avanza “sin fronteras” hacia la inalcanzable satisfacción de demanda militar, se determina una política científica de “financiación sin límite”. Franklin D. Roosevelt solicitó a un grupo de científicos, entre ellos Vannevar Bush, un informe que acabaría llamándose Science, the endless frontier. En un punto específico del informe, se explica que las instituciones políticas y empresariales han sabido conjugar el intervencionismo económico con la promesa de beneficios ilimitados de la ciencia, su visión normativa sobre el progreso, y el mito de la no interferencia de la política en el desarrollo de la ciencia y la tecnología (Guston & Brown, 2009, citado por Andoni Eizagirre, 2015).
Esta relación entre gobierno nacional y empresariado privado en industria de defensa no es algo nuevo. Para citar un caso, la producción armamentística durante la guerra civil estadounidense (1861-1865), cuando la fábrica de armas Remington en Nueva York y la fábrica de armas Colt en Connecticut no solo suministraron armamento a la Unión, sino que también trabajaron con el gobierno para mejorar y desarrollar nuevos diseños y tecnologías de armamento. El fenómeno es el mismo en un contexto diferente, la estrategia es orientar el desarrollo científico a las prioridades del mercado, aprovechando los mecanismos de inversión que aseguren el conocimiento mediante el sistema productivo.
SpaceX, la coprotagonista de una historia de guerra
En los apartados anteriores, se ha analizado la evolución del poder en el contexto actual, el rol emergente de las empresas como actores clave y la innovación tecnológica como una política estratégica de los Estados. Un ejemplo concreto de esto es lo que ocurrió tras la caída de la URSS, cuando los países del bloque oriental quedaron sin financiamiento para el desarrollo aeroespacial. EE. UU., su contraparte occidental, al perder a su adversario, disminuyó su interés en este campo ya que, con los menores esfuerzos, se alzaba como vencedor, y redujo hasta la actualidad el presupuesto destinado a la NASA. Esta situación abrió una ventana de oportunidad para nuevos actores no estatales como las empresas privadas. La ONG Space Foundation sostiene que desde entonces el “ecosistema espacial” se ha expandido más allá de la industria aeroespacial tradicional (Muegge y Reid, 2019).
En 2002, el empresario informático cocreador de PayPal, Elon Musk, fundó SpaceX, una empresa creada con el objetivo de facilitar los viajes espaciales. Desde su fundación, la compañía ha desarrollado una serie de cohetes y naves espaciales que buscan replicar la efectividad de las naves convencionales, pero a un menor precio. En 2006 obtuvo su primer contrato con la NASA, y posteriormente, en 2008, lanzaron el cohete Falcon 1, siendo el primero en ser desarrollado de manera público-privada. A partir de este éxito, SpaceX, la NASA y el Departamento de Defensa de los Estados Unidos comenzaron a trabajar estrechamente en la carrera aeroespacial.
Ahora bien, ¿por qué Estados Unidos, país que detenta la hegemonía espacial desde la “guerra de las galaxias” en 1983, permite que exista un nuevo participante en el espacio exterior? Según Karen L. Jones, autora de “Public-Private Partnerships: Stimulating Innovation in the Space Sector”, la economía espacial, anteriormente dominio exclusivo de países desarrollados, ha evolucionado rápidamente hacia un ecosistema complejo de entidades públicas y privadas a partir de una trayectoria exitosa de asociación que pretende extender hacia la industria aeroespacial (Jones, 2018). La autora también explica que el gobierno tomó la decisión de unirse a SpaceX sobre la base de tres objetivos:
- Efficiency Gains: mejorar la gestión de operaciones y aprovechar las eficiencias impulsadas por la rentabilidad que el sector privado ofrece en términos de horarios, costos, experiencia y tecnología de última generación.
- Reduce Life Cycle Costs: buscar alternativas de menor costo a lo largo del ciclo de vida de un activo como la tecnología.
- Transfer Risks: los riesgos operativos y de ejecución de proyectos se trasladan del gobierno al sector privado, que a menudo está mejor capacitado para controlar los costos y gestionar inconvenientes.
Dichos objetivos, esencialmente económicos, son refrendados por las palabras de Michael Griffin, NASA Administrator 2018-2020: “Government must understand what motivates industry and assume an MBA perspective […] what is acceptable in terms of risk, payback, and overall capital investment?” (Jones, 2018).
En el siglo xxi, ya no se percibe al adversario de la misma manera que durante la Guerra Fría, los presupuestos del Estado en términos de defensa son más limitados, las empresas reemplazaron a los Estados en la vanguardia tecnológica, y el eje de importancia se ha orientado a nuevos puntos estratégicos como el ciberespacio y las comunicaciones. Es por ello por lo que el gobierno de EE. UU. decidió optar por un acuerdo public-private partnership, adaptándose a las nuevas condiciones contemporáneas, mejorando incluso los resultados. Por ejemplo, Space Foundation afirma que en el año 2022 se lanzaron al espacio más naves que en los primeros 52 años de la era espacial. Un informe reciente del Bank of America (BofA) explica que el crecimiento multimillonario en esta industria se debe al fin del “monopolio gubernamental sobre el espacio” (Rogers, 2010).
La participación de una empresa espacial privada es poco habitual en los conflictos armados. Sin embargo, SpaceX rompe con esa norma en la guerra ruso-ucraniana iniciada el 20 de febrero de 2022. Mykhailo Fedorov, viceprimer ministro y ministro de Transformación Digital de Ucrania, recurrió a las redes sociales para incitar al CEO de SpaceX a activar Starlink, una división de SpaceX que proporciona Internet satelital. “Mientras intentas colonizar Marte, ¡Rusia intenta ocupar Ucrania! Le pedimos que proporcione a Ucrania estaciones Starlink”, escribió Fedorov en Twitter el 26 de febrero. Momentos después, Elon Musk respondió por el mismo canal: “El servicio Starlink ahora está activo en Ucrania”. Desde la primera entrega el 28 de febrero de 2022 hasta principios de junio del mismo año, ya se habrían entregado más de 15.000 kits Starlink a Ucrania (Duffy, 2022; Federov, 2022; Ricque, 2022, citado por Manhães y Vilar Lopes, 2022). Este es un claro ejemplo de lo rápida y efectiva que puede ser la acción de las empresas en su cometido.
El programa Starlink de SpaceX distribuye Internet de banda ancha por todo el mundo a través de una constelación de satélites situados en órbita terrestre baja. La integración entre satélites y operaciones militares permite crear multiplicadores o potenciadores de la fuerza mediante comunicaciones globales; información para servicios meteorológicos, de inteligencia, vigilancia y reconocimiento; datos para posicionamiento, navegación y cronometraje; y sistemas de alerta temprana. En Ucrania particularmente, funcionan para el mantenimiento y la mejora de las capacidades de mando, control, comunicaciones, ordenadores, inteligencia, vigilancia y reconocimiento. Dándole al país defensor una amplia ventaja por sobre el agresor ruso (Dolman, 2018; Harding, 2013; Hays, 2009, citado por Manhães y Vilar Lopes, 2022).
Desde el 2021, China acusa al jefe de SpaceX de estar llevando a cabo una “guerra espacial”, después de que uno de los satélites Starlink pasara bastante cerca de la Estación Espacial China. Por lo tanto, su participación en Ucrania representa una formalización de algo que ya sucedía. Según el gigante asiático, las capacidades clave de Starlink de cobertura global ininterrumpida, red de alta velocidad con proyección de 1 Gb/s, baja latencia, alta capacidad de soporte de datos de cada satélite individualmente, bajo costo debido a la reutilización de cohetes de lanzamiento y la propulsión utilizada por los satélites en el espacio, alta tolerancia a errores y sólida maniobrabilidad orbital, representan una amenaza para su seguridad nacional (Cowhig, 2022, citado por Manhães y Vilar Lopes, 2022). Por lo tanto, el país del dragón, respondiendo a la vanguardia adoptada por su contraparte occidental, se propone reforzar la I+D en sus sistemas espaciales con el objetivo de responder al poderío de SpaceX-USA y contrarrestarlo (Manhães y Vilar Lopes, 2022), nuevamente extendiendo así la lucha por el poder a una nueva arena, la aeroespacial.
Conclusiones
En la era contemporánea, el poder ya no se limita solo a los Estados. Con el avance de la globalización, han surgido nuevos actores con influencia similar y, en algunos casos, superior a la de los Estados. Empresas como SpaceX son un ejemplo de actores con capacidad de movilizar recursos a nivel mundial, lo que les confiere una amplia cuota de poder. Sin embargo, no tienen ese contrapeso de un sistema de gobierno, que sí poseen los Estados. Aunque la imagen pública es importante, no es equiparable al nivel de apoyo popular que un gobierno necesita para llevar a cabo su agenda. Por esta razón, es crucial prestar atención a estos actores que se movilizan a voluntad del propietario y tienen una gran capacidad de influencia, pero que compiten en condiciones diferentes a las del resto de los actores internacionales.
Esto no es necesariamente algo malo, existen empresas como Microsoft, que, a través de su programa AI for Earth, invierte en tecnología de inteligencia artificial para combatir el cambio climático, proteger la biodiversidad y mejorar la gestión del agua, entre otras cosas. Estas empresas movilizan recursos en apoyo al humanitarismo de manera efectiva, a menudo obteniendo resultados superiores a los de los Estados, que, por desavenencias políticas, acaban por deteriorar las posibilidades de ayuda.
Reiterando la idea del poder como un medio, se destaca la perspectiva opuesta que lo considera un fin en sí mismo, una fuerza que, impulsada por un deseo insaciable, conduce a la autodestrucción. Esta tensión también se refleja en el ámbito de la tecnología, ¿acaso podemos asignar el mismo grado de responsabilidad a Robert Oppenheimer, el padre de la bomba atómica, que a Henri Becquerel, Marie y Pierre Curie, descubridores de la radiación?; ¿acaso los hermanos Wright, creadores del primer avión, son responsables de las incalculables vidas perdidas por los aviones de guerra?
En este contexto, la tecnología actúa como una herramienta de poder sin valor intrínseco; adquiere su significado según el fin para el que se utiliza. Puede servir tanto para dominar como para mejorar la vida, resolver problemas y promover el bienestar. Por ejemplo, la tecnología médica salva vidas y mejora la salud, mientras que las energías renovables protegen el medio ambiente. Además, los avances tecnológicos no solo generan nuevas herramientas, sino que también perfeccionan las existentes. Por ejemplo, los satélites desarrollados por SpaceX, más económicos y eficientes que sus predecesores, permiten que más personas accedan a servicios de alta calidad a un precio asequible en contextos civiles y domésticos. Al mismo tiempo, estas redes satelitales pueden ser empleadas en aplicaciones militares, como en Ucrania, donde su fiabilidad es crucial para operar sistemas de misiles y proporcionar canales de comunicación seguros para las tropas. Este doble uso destaca la versatilidad y el impacto de la tecnología en diferentes ámbitos. Personas bien intencionadas emplean la tecnología para lograr avances humanitarios exponencialmente similares al alcance destructivo de los usuarios malintencionados.
Por esta razón, se debe poner énfasis en la importancia de utilizar la tecnología de manera ética y responsable. No podemos condenar el avance tecnológico por temor a la tecnología, nuestra preocupación debe dirigirse hacia las personas hostiles que la utilizan. Clausewitz, acertadamente, afirmó que el valor de la tecnología no radica en sí misma, sino en la aplicación que de ella hagan los hombres que luchan (Clausewitz, 1832). Desde una perspectiva realista, el ejercicio del poder es un juego de suma cero. Tanto las armas automáticas como la bomba atómica o una red satelital de calidad han demostrado ser ventajas significativas en la detención del poder, abriendo así una nueva arista en el ámbito de la competición por el poder a nivel internacional: la tecnología.
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