Hard power, diplomacia científica y la relación con Argentina (2021-2024)
Nevia Vera
Resumen
La ciencia y la tecnología (CyT) han sido elementos fundamentales para avanzar los objetivos de hard y soft power estadounidenses desde mediados del siglo xx. La investigación científico-tecnológica y la innovación juegan un rol fundamental en la economía del país, y en la difusión de su cultura y las vinculaciones cooperativas (conocidas como “diplomacia científica”). En los últimos años, la agenda científica y tecnológica ha cobrado relevancia frente a la puja de poder con China. Este ensayo se propone efectuar un breve recorrido por las características más salientes de la política científico-tecnológica estadounidense entre 2021 y 2024 como elementos tanto de hard como de soft power, para entender cómo se imbrica en su agenda de política exterior general y analizar resumidamente su impacto en los vínculos con Argentina. Se concluye que el desarrollo científico-tecnológico ha vuelto a convertirse en una pieza clave de la política exterior estadounidense en sus dos aspectos, y se sostiene que, aunque existen algunos desacuerdos, sobre todo en sectores científico-tecnológicos fundamentales para Argentina, en la relación entre ambos países en este sector prima la cooperación.
Palabras clave
Estados Unidos, Argentina, ciencia y tecnología, diplomacia científica, cooperación.
Abstract
Science and technology (S&T) have been essential in advancing US hard and soft power objectives since the mid-20th century. Scientific and technological research and innovation play a fundamental role in the country’s economy and the diffusion of its culture and cooperative links (known as Science Diplomacy). In recent years the scientific and technological agenda has gained relevance in the face of the power struggle with China. This essay aims to briefly review the most salient features of US S&T policy between 2021 and 2024 as elements of both hard and soft power, to understand how it fits into its overall foreign policy agenda. It also analyzes the strategy’s impact on US ties with Argentina. The essay concludes that both aspects of scientific and technological development have become once more a central piece in US foreign policy, and that, although there are some disagreements, especially in critical scientific-technological sectors for Argentina, cooperation prevails in the relationship between the two countries.
Keywords
United States, Argentina, science and technology, science diplomacy, cooperation.
Ciencia y tecnología en las políticas doméstica y exterior de Estados Unidos
La centralidad de la ciencia y la tecnología (CyT) en la dinámica actual de las relaciones internacionales es más que evidente. De hecho, se han convertido en un activo central de hard y soft power (poder duro y blando o suave)[1] y, en consecuencia, del diseño de políticas públicas desde los proyectos enmarcados en la llamada Big Science (como el Proyecto Manhattan) a mediados del siglo xx.
Su importancia fue reconocida tempranamente por Estados Unidos, incluso desde mucho antes de convertirse en la potencia hegemónica a partir de la posguerra de la Segunda Guerra Mundial, pero con mucha más fuerza desde ese momento. De hecho, como indica Whitesides (2019), la preeminencia y el liderazgo científicos y tecnológicos norteamericanos datan de la Segunda Guerra Mundial, cuando, en el escenario doméstico, el Gobierno Federal financió y sostuvo redes de colaboración académica e industrial, mientras que en el internacional ofreció asistencia agrícola, industrial y médica a los aliados, cultivando la incorporación de la esfera científica a la diplomática:
Al final del conflicto, los responsables políticos comprendieron que la ciencia era fundamental para la seguridad, la prosperidad y el prestigio nacionales; a partir de entonces, todas las administraciones trataron de maximizar el potencial científico estadounidense y comprendieron las ventajas del liderazgo científico en el extranjero (pp. 299-300).
Esta tendencia se vio reforzada durante la Guerra Fría cuando Estados Unidos se sirvió de la CyT tanto en sus aspectos de hard power –incrementando sus capacidades militares y económicas a través de la aplicación de innovaciones científicas y tecnológicas al desarrollo industrial–, como soft power –fortaleciendo los aspectos científicos y tecnológicos en sus relaciones con aliados y adversarios–. Así, pueden contarse los increíbles logros de la CyT norteamericana en esta época, desde los desarrollos en términos de aplicaciones civiles de la energía atómica, hasta la llegada del hombre a la Luna en 1969, pasando por sus contribuciones en organismos de gobernanza global y regional dedicados a la regulación del sector.
Estos hitos se fueron reflejando en las estructuras organizacionales domésticas, que acompañaron el desarrollo de la CyT en general y que pusieron en evidencia la articulación existente entre actores públicos y privados del sector. Algunas de las instituciones más relevantes son la National Science Foundation (NSF) –una agencia independiente establecida en 1950 por el Congreso para promover y financiar investigaciones científicas e ingenieriles a nivel federal–, el National Institute of Health, la Comisión de Energía Nuclear nacional, la Administración Nacional Aeronáutica y del Espacio (NASA) o los propios Departamento de Energía (que posee casi una veintena de laboratorios) y Departamento de Defensa (Placencia, Sundaram y Dos Santos, 2021; Mervis, 2021).
Además, en la década de 1970, al reconocer la necesidad de una mayor coordinación de la política federal en CyT, se estableció una de las oficinas más importantes para el asesoramiento científico y tecnológico en el país, la Oficina de Política Científica y Tecnológica de la Casa Blanca (OSTP)[2] (The White House, 2023). Esta asesora a quien ocupe el cargo presidencial en asuntos vinculados a la CyT, trabajando en conjunto con otras agencias gubernamentales, con el Congreso e incluso con socios extragubernamentales como la academia, la industria, la sociedad civil y organizaciones filantrópicas a nivel doméstico e internacional.
Ahora bien, algunas tendencias registradas en los últimos años señalan que en 2019 Estados Unidos dio cuenta del 27 % del total de la inversión en I+D –investigación + desarrollo a nivel mundial, seguido de China con el 22 %, Japón con 7 %, Alemania con 6 % y Corea del Sur con 4 % (National Science Board, NSB, 2022). Dinámicas similares se han visto en otros indicadores, como, por ejemplo, en publicaciones: mientras que seis países producen la gran mayoría de publicaciones científicas, China lleva la delantera con el 23 % de ellas, seguida por Estados Unidos (16 %), India, Alemania, Reino Unido y Japón en proporciones muy distantes (NSB, 2022).
Lo que estas tendencias ponen en evidencia es que
- si bien Estados Unidos aún lleva la delantera en el área, está siendo alcanzado por China (y en algunos aspectos, como los indicadores bibliométricos, superado);
- que algunos socios claves y tradicionales de Estados Unidos (como países europeos y asiáticos) han quedado muy relegados; y
- que hay un claro desplazamiento de la centralidad de la CyT y la innovación desde Occidente hacia Asia.
Como es de suponerse, esta situación de bipolaridad científico-tecnológica presenta grandes desafíos para Estados Unidos, tanto en el plano doméstico como en el internacional, al generar posibles efectos en su competitividad y poner en peligro su primacía global.
Así, en el ámbito interno, la necesidad de contener el ascenso chino se ha reflejado en el incremento de inversión en el sector de CyT e innovación: mientras que en 2011 la inversión en este sector representó un 2,75 % con relación al PBI, en 2020 reflejó un aumento al 3,44 %. En millones de dólares corrientes, la inversión estadounidense en CyT para el 2020 fue de 720.880 dólares frente a los 420.126 de 2011. Por su parte, la inversión en CyT per cápita aumentó de 1.370 dólares corrientes en 2011 a 2.189 en 2020 (RICyT, 2023).
A su vez, desagregar las fuentes de financiamiento del sector puede ayudar a comprender mejor la relevancia que CyT han adquirido con el tiempo y cómo se ha sostenido a lo largo de diversas administraciones, transformándose en una verdadera política de Estado: el financiamiento del sector por parte del Gobierno Federal se incrementó en términos absolutos entre 2010 y 2019, y sigue representando nada menos que una quinta parte de la inversión nacional total en CyT (National Science Board, 2022). En la misma línea, el informe del NSB señala que el Gobierno Federal se mantiene como el principal inversor (41 %) en el sector de la ciencia básica, y como la mayor fuente de recursos para I+D en el sector académico (50 %). No obstante, otros actores intervienen en la inversión en ciencia básica, como empresas (31 %), gobiernos estatales y organizaciones sin fines de lucro (16 %), y el área de educación superior (13 %)[3].
En resumen, el sostenimiento de un rol relevante del Gobierno Federal y de los estatales en el financiamiento del sector de CyT e I+D evidencia la importancia que tal área posee para el país. En efecto, el Departamento de Defensa emitió a fines de 2022 un documento titulado International Science and Technology Engagement Strategy, que afirma que este organismo se ha recostado históricamente en su capacidad tecnológica para sostener la ventaja militar estadounidense a nivel global, y que, en el actual escenario de pujas competitivas y de globalización del conocimiento científico-tecnológico, es necesario reforzar las capacidades domésticas utilizando recursos globales (Departamento de Defensa de Estados Unidos, 2022). En este marco el documento alienta al país a establecer asociaciones con aliados internacionales claves para hacer frente a la amenaza representada por Rusia y China, como estrategia para reforzar las propias capacidades defensivas.
De hecho, estos puntos clave fueron resaltados por el secretario de Estado Antony Blinken en una alocución ofrecida en mayo de 2024 en San Francisco, California. En este discurso, titulado “Technology and the Transformation of US Foreign Policy”, Blinken afirmó que estamos atravesando una revolución tecnológica que, al tiempo que se constituye en el epicentro de la competencia con los rivales geopolíticos del país, también plantea una oportunidad histórica para la seguridad, la estabilidad y la prosperidad de la economía y la democracia estadounidenses y los pueblos del mundo (Departamento de Estado de Estados Unidos, 2024).
Efectivamente, como señala Blinken, el mundo está experimentando una revolución tecnológica que se sustenta en algunas dinámicas novedosas que se han hecho más visibles en las últimas décadas. En primer lugar, asistimos a la emergencia de nuevas tecnologías fundacionales de propósito general con impacto en diversas áreas y que son fundamentales tanto para la competitividad nacional como para la seguridad de Estados Unidos: la microelectrónica, la computación avanzada y las tecnologías cuánticas, la inteligencia artificial, la biotecnología, las telecomunicaciones avanzadas y las tecnologías limpias para la transición energética. Todas ellas tienen además la particularidad de estar convergiendo, y de funcionar sobre la base de semiconductores, punto nodal de las disputas comerciales y tecnológicas entre Estados Unidos, China y Rusia. En segundo término, se identifica una creciente necesidad de entender a las tecnologías no solo en sus aspectos artefactuales, sino además en una variedad de dimensiones relacionadas, como la formación de recursos humanos, la infraestructura y el conocimiento vinculados, y las normas y reglas propias de su gobernanza.
Este último punto se vincula especialmente con el hecho de que CyT son, en efecto, instrumentos de hard power, pero también herramientas privilegiadas para ejercer soft power, vinculado a la persuasión y habilidad negociadora necesarias al momento de establecer normas y estándares, de formar recursos humanos cualificados, o de atraerlos para nutrir los propios aparatos productivos. En este sentido, de acuerdo al mencionado informe del NSB (2022), Estados Unidos es el país que más títulos de doctorados en ciencia e ingeniería otorga, y, de entre ellos, una gran proporción es destinada a estudiantes internacionales: en 2020 estos últimos fueron más de 300.000. Como menciona un reciente artículo, “aprovechar el talento tecnológico mundial en Estados Unidos ha sido históricamente nuestra superpotencia” (Wilson Center, 2022).
Asimismo, no se debe dejar de lado el rol que en términos de soft power juegan programas como las Becas Fulbright (entre otras), que comenzaron a implementarse a escala global a partir de 1946, y que el Bureau of Educational and Cultural Affairs (BECA) describe como “el principal programa de intercambio educativo y cultural internacional del gobierno de Estados Unidos” (BECA, 2023). El programa, que cuenta con 160 países socios, “construye conexiones duraderas entre el pueblo de Estados Unidos y el de otros países, fomentando el entendimiento mutuo entre naciones, haciendo avanzar el conocimiento entre comunidades y mejorando vidas en todo el mundo” (ídem).
En definitiva, CyT son la combinación perfecta de hard and soft power at play: generación de capacidades científicas y tecnológicas para incrementar el poder material doméstico y lograr una mayor proyección internacional, pero también para atraer estudiantes de todo el mundo, y permitir la identificación del país como una meca de conocimiento (aunque en este punto sea necesario tener en cuenta que tal ventaja podría verse comprometida, como reconoce el Wilson Center, debido al decreciente otorgamiento de visas H1B –aquellas destinadas a profesionales con trabajos especializados–, creando un gap que está siendo reemplazado por otras grandes potencias como China).
Por todo lo anterior, la estrategia científica-tecnológica en la agenda de política exterior estadounidense (y en realidad en la de cualquier país) es central, tanto en sus aspectos más conflictivos como en aquellos más cooperativos, es decir, en términos de su diplomacia científica, aunque sus límites en la actualidad parecieran estar difuminándose cada vez más. En este sentido, la utilización de la diplomacia científica por parte de Estados Unidos para establecer vínculos internacionales no es nueva. De Greiff (2014) sostiene que este tipo de práctica diplomática –antes englobada en lo que se conocía como “diplomacia cultural”– fue corriente en el siglo xx como parte de la “política del buen vecino” y de los intentos norteamericanos por trazar relaciones cooperativas con los países latinoamericanos y caribeños y por ejercer influencia sobre ellos.
En la actualidad el país implementa su diplomacia científica por medio de varios instrumentos, instituciones y asociaciones no gubernamentales, y a través de la cooperación con sus socios y aliados en diversas áreas, pero también por medio de iniciativas federales específicas como la de los Science Envoys. Este programa ha permitido desde 2010 el envío de 23 cohortes de científicos/as, ingenieros/as, ganadores/as de Premios Nobel, y asesores/as estadounidenses a regiones como África, Medio Oriente, Asia Central y del Sudeste, y América del Sur (Departamento de Estado de Estados Unidos, 2023). Su objetivo es el de “aprovechar su experiencia y sus redes para establecer contactos e identificar oportunidades de cooperación internacional sostenida”, al tiempo que se fortalece la cooperación bilateral en sectores científico-tecnológicos y se potencian objetivos de política pública como el de alcanzar una mayor paridad de género en ciencias.
Si bien, por la limitación propia del ensayo, no es posible profundizar en los detalles organizacionales del sector[4], es necesario mencionar la oficina encargada de la diplomacia científica dentro del gobierno federal: aquella de Cooperación Científica y Tecnológica (OCCT) que tiene como misión fortalecer “la cooperación internacional en [CyT] en áreas que favorecen los intereses de Estados Unidos […], promover la reciprocidad, extender las normas y principios del país y proteger la propiedad intelectual de estadounidenses” (OCCT, 2023). Asimismo, monitorea tendencias internacionales en el sector a fin de mantener la ventaja competitiva del país a escala global. A su vez, la implementación de programas de capacitación de jóvenes y fortalecimiento de sistemas de innovación en países en desarrollo impulsada por la oficina permite que los “Estados Unidos tengan acceso a los mejores investigadores, infraestructura y oportunidades en el exterior” (OCCT, 2023).
Otras agencias importantes son el Bureau of Oceans and International Environmental and Scientific Affairs, que busca expandir ecosistemas en CyT e innovación para “apoyar las prioridades de política exterior y económica” norteamericanas; la Office of the Science and Technology Adviser to the Secretary of State, basada en trabajos anticipatorios acerca del impacto de la CyT –especialmente emergente– en la agenda de política exterior; la Office of Space Affairs, y finalmente, un sector dedicado a la inteligencia artificial.
En definitiva, lo anterior evidencia la centralidad que la CyT tiene para Estados Unidos, tanto como instrumento para nutrir su hard power –fortaleciendo sus propias capacidades competitivas en materia económica y coercitivas en lo militar– y como herramienta de soft power –difundiendo sus propios valores, normas e instituciones democráticos y liberales, instituyéndose como meca del avance científico-tecnológico y generando influencia–. De hecho, un indicador de la relevancia que reviste la CyT como instrumento de diplomacia científica en la agenda más amplia de política exterior estriba en que, durante la primera década del siglo xxi, Estados Unidos duplicó el número de acuerdos de cooperación en CyT y los recursos federales destinados a ella (Vera y Colombo, 2020). La siguiente sección analiza lo sucedido con este sector durante la administración Biden.
Ciencia y tecnología como hard y soft power en la administración Biden (2021-2024)
Como sostuvo A. Blinken en el discurso mencionado, el gobierno de Joe Biden ha hecho “inversiones históricas” en términos de mejora de la competitividad tecnológica norteamericana, lideradas por dos leyes fundamentales (aunque no las únicas): la Inflation Reduction Act (IRA) y la Chips and Science Act (CHSA), que suponen los montos de inversión más grandes desde el New Deal (Departamento de Estado de Estados Unidos, 2024).
La CHSA fue directamente influenciada por el contexto más amplio de la puja económico-política con China, a quien Estados Unidos considera su amenaza estratégica más importante. Busca incrementar la inversión en la producción de semiconductores para ponerse a la delantera en la generación de tecnologías claves frente a China, restablecer el liderazgo norteamericano, y reducir la dependencia de proveedores externos (The White House, 2023), para lo cual se planea una inversión mayor que la que demandó el Proyecto Manhattan.
A su vez, esta ley posee un capítulo internacional en la forma del International Technology Security and Innovation Fund (ITSIF), un fondo que procura orientar inversiones a la creación de cadenas globales de suministro de semiconductores que sean seguras y resilientes frente a shocks externos como los generados por pandemias, pero también frente a disrupciones originadas en la competencia geotecnológica. De hecho, el propio ITSIF en su página web anuncia: “Cuando un solo país intenta controlar […] las cadenas de suministro de semiconductores, dispone de los medios para manipular o interrumpir servicios esenciales, infraestructuras críticas y cadenas de suministro con sólo pulsar un botón”. Por lo cual, “si los adversarios dominan estos sectores, estarán en mejores condiciones de exportar prácticas autoritarias y socavar la gobernanza democrática”. De esta forma,
la [CHSA] permite inversiones estratégicas estadounidenses en estos sectores críticos [para] introducir en el mercado mundial nuevos proveedores fiables de tecnologías de la información y la comunicación y capacidad de producción de semiconductores, de modo que beneficien directamente a Estados Unidos y a nuestros aliados y socios (Departamento de Estado de Estados Unidos, s/f).
Para alcanzar estos objetivos, el Departamento de Estado ha orientado inversiones estratégicas a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) y a algunos países de América Latina que forman de la America’s Partnership for Economic Prosperity (APEP)[5] a través de este fondo. En otras palabras, la CHSA y el ITSIF pusieron en marcha un creciente proceso de near-shoring y friend-shoring de las cadenas globales de suministros (es decir, de reubicación de eslabones tecnológicos estratégicos) para asegurar la producción de circuitos integrados, fundamentales para la economía, la industria y la CyT norteamericanas y globales.
Por su parte, la IRA, de agosto de 2022, hace fuerte hincapié en las tecnologías verdes, la producción de energía limpia y la lucha contra el cambio climático, de forma tal de “impulsar economía global de energía limpia hacia adelante” (The White House, 2022). Esta ley es complementaria de la anterior en el sentido de que impulsa la industria y la investigación en tecnologías verdes nutriéndose de la endogenización, el near-shoring y friend-shoring de la producción de semiconductores garantizados por la CHSA (IRA Guidebook, 2023: 46).
Ahora bien, mientras que lo anterior puede englobarse en una estrategia de utilización de CyT para metas vinculadas al hard power, ciertamente su uso como herramienta de soft power –en la forma de diplomacia científica– mantiene vigencia. De hecho, según Mónica Medina, secretaria asistente del Bureau of Oceans and International Environmental and Scientific Affairs: “Nuestra misión es impulsar la política exterior mediante la diplomacia científica y la cooperación internacional […]. Cuando innovamos y colaboramos más allá de las fronteras, la [CyT] pueden impulsar la paz, resolver problemas globales y promover el crecimiento económico” (Departamento de Estado de Estados Unidos, 2023).
El próximo apartado analiza cómo han sido las relaciones entre Estados Unidos y Argentina en el sector CyT, en particular si han primado la conflictividad o los beneficios de la diplomacia científica.
Las relaciones científico-tecnológicas con Argentina: más cooperación que conflicto
La política científica y tecnológica en Argentina ha sufrido numerosos vaivenes en el siglo xxi, y, aunque pareció estabilizarse y priorizarse a partir del año 2020 (con la elaboración del Plan de CyT 2030, la promulgación de la Ley de Financiamiento de la CyT, la rejerarquización del Ministerio de CyT –MINCyT– y la duplicación del salario de investigadores/as, entre otras iniciativas), lo cierto es que las problemáticas macroeconómicas del país han dificultado políticas sostenidas en el tiempo. Por ejemplo, mientras que, como se dijo, Estados Unidos invierte el equivalente al 3,44 % de su PBI en CyT, Argentina solo ha aprobado recientemente la Ley 27.614/21, que, de cumplirse, permitirá un incremento progresivo en la inversión en CyT hasta llegar al 1 % del PBI en 2032. A su vez, dicha meta solo refleja la inversión estatal deseada en materia científico-tecnológica en el país, pero el aporte privado se sigue sosteniendo en niveles muy bajos incluso en comparación con otras naciones latinoamericanas (RICyT, 2023). Además, desde fines de 2023 y a lo largo de 2024, el sector CyT ha sufrido un continuo desfinanciamiento debido a que hubo una devaluación de más del 100 %, mientras que el presupuesto para el sector científico-tecnológico permaneció siendo prácticamente equivalente al de 2023, por lo cual los científicos/as han experimentado un enorme deterioro de sus ingresos.
A pesar de esta enorme diferencia en términos de la relevancia de la CyT para cada país, en materia de colaboración científico-tecnológica, Estados Unidos y Argentina son históricos cooperantes. Esto se refleja, por ejemplo, en el éxito sostenido que han mostrado las Becas Fulbright: tras su implementación en 1956 en el país, el Programa ha beneficiado a casi 10.000 argentinos/as (Infobae, 28/04/2021). Adicionalmente, entre las áreas de cooperación en CyT más relevantes para los dos países, destacan los sectores nuclear, espacial, biotecnológico, oceánico y antártico, y ambiental. Allí, el Environmental, Science and Technology Counselor (ESTC) de la Embajada estadounidense en Argentina se encarga de tender y sostener puentes entre diversas agencias norteamericanas y locales (Embajada de Estados Unidos en Argentina, 2023).
De hecho, a principios de marzo de 2020, a pocos meses de asumir un nuevo gobierno en Argentina, su ministro de CyT, R. Salvarezza, se reunió con el embajador estadounidense E. Prado, quien además estuvo acompañado por el asesor en CyT para el secretario de Estado norteamericano. En dicha reunión se volvieron a destacar como ejes claves de la cooperación el espacial, el nuclear, el de salud, biotecnología y energías renovables. También se buscó afianzar la cooperación a través de la reedición de encuentros de una Comisión Mixta, se elogiaron los recursos humanos nacionales, el rol jugado por las Becas Fulbright cofinanciadas con el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), y la relevancia de la vinculación con empresas estadounidenses. La nota de prensa emitida posteriormente por el MINCyT afirma que
el historial de colaboración con los Estados Unidos presenta numerosos casos de éxito, como son el de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA), […] y el de la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE), que trabaja junto con la NASA (MINCyT, 9/03/2020).
En efecto, gran parte de la cooperación entre ambos países es llevada a cabo por agencias especializadas como CNEA o CONAE. En materia nuclear Argentina coopera con la potencia del norte desde mediados de la década de 1950. De acuerdo a Di Lorenzo (2022), el Departamento de Energía fue la cuarta institución con la que el sector atómico argentino mantuvo más actividades de cooperación entre 2006 y 2018. En cuanto a lo espacial, Argentina se ha recostado en el socio norteamericano para el lanzamiento de sus satélites y planea seguir haciéndolo.
Por otro lado, un trabajo reciente que explora la diplomacia científica entre Estados Unidos y el MINCyT muestra que, si bien no se registra una agenda tan variada y abarcadora con este organismo en los últimos seis años –al menos en términos de acuerdos formales–, parecería haber habido una expansión de actividades de colaboración argentino-estadounidenses canalizadas a través del ministerio entre 2022 y 2023. En efecto, en 2022 se impulsó la firma de la Declaración de la Alianza Atlántica para Investigación e Innovación Oceánicas –un mecanismo de apoyo al proyecto argentino Pampa Azul– en Washington. En 2023 MINCyT participó de un seminario sobre política digital e inteligencia artificial coorganizado entre la Cancillería Argentina y el Departamento de Estado estadounidense, y en encuentros con representantes de NASA. Con esta última además se reafirmaron acuerdos de cooperación y se decidió el ingreso de Argentina a los Acuerdos Artemisa[6] (Prieto, Vera & Guglielminotti, 2024).
Sin embargo, la relación científica y tecnológica entre ambos países no ha estado exenta de algunos conflictos, aunque limitados, ya que en la actualidad esta relación está teñida por, y enmarcada en, la visión estratégica que Estados Unidos mantiene acerca de la CyT y su rol en la disputa geotecnológica con China. De hecho, podría especularse que el aumento de actividad conjunta entre ambos países en materia de CyT entre 2022 y 2023 correlaciona directamente con el marcado avance de China en esta agenda (Prieto, Vera & Guglielminotti).
Es que para Estados Unidos mantener alejados de la región latinoamericana a China y a Rusia (a quien considera aliado del coloso asiático) es una cuestión de seguridad nacional, e implica evitar el involucramiento de aquellas grandes potencias en diversas áreas –entre ellas, la de CyT–. Por ello vio con recelo la posible instalación de una cuarta central nuclear (Atucha III) comprada a China (Acosta y Vera, 2023). Y aunque tal acuerdo quedó trunco, en especial con la asunción del gobierno del libertario J. Milei (cuya política exterior está explícitamente alineada a Washington), tal suceso generó grandes discusiones en la prensa argentina acerca de las dificultades de tener una agenda autónoma de cooperación en CyT.
Esta discusión además fue reavivada recientemente a partir de declaraciones emitidas por diversos funcionarios del gobierno argentino sobre los posibles usos militares de una Estación Espacial Terrena china instalada en la Patagonia para observación del espacio profundo. Si bien este conflicto fue solucionado de forma expedita luego de una inspección a la estación que disipó las dudas, puso nuevamente en agenda el dilema nacional de la dependencia tecnológica y la posición argentina en la disputa global entre los dos polos de poder dominantes. Otra área donde la incidencia del gigante asiático es vista con sospecha es la de reservas de litio de las provincias del norte del país (Reingold, 2022), lo cual no es de extrañar si nos remitimos a los objetivos de la IRA descrita anteriormente y al rol que allí juega el desarrollo de tecnologías de transición energética.
Sin embargo, es necesario tener en cuenta que, en materia científico-tecnológica, Argentina se precia de tener vastos vínculos con una gran variedad de socios, algo que, como país en desarrollo, ha sido visto por gran parte de la comunidad científica como una forma de diversificar contrapartes, abrir nuevos mercados y explorar opciones de asociación que le permitan disminuir su dependencia y su posición periférica. Y en este sentido, independientemente de las relaciones exteriores argentinas con otras grandes potencias, Estados Unidos es –y seguirá siendo– un aliado clave.
Reflexiones finales
En un contexto de emergencia de nuevas tecnologías y de ascenso de nuevas grandes potencias, CyT se convierten en epicentro de dinámicas de conflicto por el control de las nuevas dimensiones económicas, comerciales y militares de la tecnología (aspectos de hard power), y de las posibilidades de cooperación, principalmente bajo la forma de estrategias de diplomacia científica, fundamental para expandir influencia y ganar aliados (herramientas de soft power). Este escrito buscó hacer una exploración parcial y no exhaustiva de las instituciones, políticas, prácticas y estrategias que Estados Unidos ha impulsado en los últimos años en materia de CyT (tanto en sus aspectos de hard como de soft power) para responder a las dinámicas globales cambiantes, y en menor medida procuró vincularlas con la agenda de CyT argentina.
En este recorrido se pudo apreciar que la relación científico-tecnológica entre Estados Unidos y Argentina en los últimos años ha contenido elementos conflictivos y cooperativos, aunque estos últimos han predominado, puesto que ambos países han priorizado sus intereses comunes en CyT, resolviendo sus desacuerdos de manera rápida. Hacia esta última dirección –la cooperación– debería seguir moviéndose la asociación entre ambos, sin olvidar que Argentina, como país periférico en desarrollo, está buscando –con éxito sinuoso– la forma de superar sus problemas estructurales. Así, Estados Unidos debe posicionarse como socio estratégico indiscutido para la resolución de problemáticas vinculadas a los problemas energéticos, de pobreza, hambre, climáticos, y de mejora de calidad de vida y recursos humanos. En todo ello, la CyT son hilos conductores fundamentales, y su abordaje de forma colaborativa, también.
Referencias bibliográficas
Acosta, C. y Vera, N. (2023) “Cooperación nuclear argentino-brasileña en el contexto de puja hegemónica entre China y la Alianza Atlántica: ¿un camino posible a la autonomía?”. En López, M. P. (comp.). Ciencia, tecnología y cooperación internacional en clave de desarrollo. Reflexiones sobre Argentina y América Latina. Tandil: CEIPIL – UNICEN, pp. 165-208.
Bureau of Educational and Cultural Affairs (2023). Fulbright program Overview. Consultado en marzo de 2023. En lc.cx/1fDtPQ.
De Greiff, A. (2014). La norteamericanización de la tecnociencia en América Latina: diplomacia científica y hegemonía cultural. En Kreimer, P.; Vessuri, H.; Velho, L. y Arellano, A. (coords.). Perspectivas latinoamericanas en el estudio social de la ciencia, la tecnología y la sociedad. Siglo xxi Editores, pp. 194-207.
Department of Defense (2022). International Science and technology engagement strategy. A unified approach to strengthen and attract new partners. EE. UU.: DoD.
Departamento de Estado de Estados Unidos (2024). Technology and the Transformation of US Foreign Policy. En lc.cx/qM4wtv.
Departamento de Estado de Estados Unidos (2023). Science, technology and innovation. En lc.cx/F3GfTu.
Departamento de Estado de Estados Unidos (s/f). The US Department of State International Technology Security and Innovation Fund. En lc.cx/KXqDF7.
Di Lorenzo, D. (2022). Política y gestión de la internacionalización de la investigación en la Comisión Nacional de Energía Atómica (2006-2018). Tesis de posgrado. UNSAM.
Embajada de Estados Unidos en Argentina (2023). Environment, Science and Technology section. Consultado en 2023. En lc.cx/YTW-9i.
Inflation Reduction Act Guidebook (2023). Building a clean energy economy: a guidebook to the inflation reduction act’s investments in clean energy and climate action. Washington D. C.: The White House.
Infobae (2021). Fulbright celebra 65 años acercando a Argentina y Estados Unidos. Infobae (28/04/2021). En lc.cx/nc1wOv.
Medina, M. (10/02/2023). U.S. Science Envoys: Advancing U.S. Foreign Policy Through Science Diplomacy. U.S. Department of State. En lc.cx/Np_9NF.
Mervis, J. (2021). Biden proposes $250 billion investment in research. Science (21/03/2021). En lc.cx/scfWQy.
MINCYT (2020). Argentina afianza lazos de cooperación científica con Estados Unidos. MINCYT (09/03/2020). En lc.cx/-2Zq2j.
National Science Board (2022). The state of US Science and Engineering 2022. Science & Engineering Indicators. En lc.cx/9p2MCg.
Nye, J. (2003). Propaganda isn’t the way: Soft Power (10/01/2003). Belfer Center. lc.cx/FQ2MzJ.
Office of Science and Technology Cooperation (2023). About us. U.S. Department of State. En lc.cx/xBC_Ql.
Office of Science and Technology Policy (2023). The White House. En bidenwhitehouse.archives.gov/ostp.
Placencia, D., Sundaram, P. y Dos Santos, S. (2021). Science and technology cooperation: A key strategy for U.S. engagement in Latin America. Global Americans. En globalamericans.org/science-and-technology-cooperation-a-key-strategy-for-u-s-engagement-in-latin-america.
Prieto, J.; Vera, N., y Guglielminotti, C. (2024). Geopolitics and Science and Technology Cooperation in Argentina, Chile and Colombia: An Analysis of Diplomacy for Science Dynamics. En Echeverría-King, L.; Pantovic, B.; Piñeros-Ayala, R.; Figueroa, P. y Flores-Zamora, A. (eds.). Developments and Approaches in Science Diplomacy: Latin America and the Caribbean. IGI Global, pp. 160-199.
Red Iberoamericana de Indicadores en Ciencia y Tecnología –RICYT- (2023). Estados Unidos 2011-2020. En lc.cx/0HKyWf.
Reingold, J. (2022). El cambio climático acelera la geopolítica del litio en Argentina. El Dipló Cono Sur. En lc.cx/ONPnBR.
The White House (2022). Remarks by National Security Advisor Jake Sullivan at the Special Competitive Studies Project Global Emerging Technologies Summit. En bostonglobalforum.org/news/remarks-by-national-security-advisor-jake-sullivan-at-the-special-competitive-studies-project-global-emerging-technologies-summit.
The White House (2023). The Build Back Better Framework.
U.S. Science Envoy program (2023). Office of Science and Technology Cooperation. En lc.cx/hcbrBc.
Vera, N. y Colombo, S. (2020). Reflexiones en torno a la Cooperación Internacional en Ciencia y Tecnología y la Diplomacia Científica: los casos de Estados Unidos y la República Popular China. En López, M. P. (comp.). Perspectivas sobre la cooperación internacional en ciencia, tecnología y universidad: políticas, prácticas y dinámicas a principios del siglo xxi. Tandil: UNICEN, pp. 13-38.
Whitesides, G. (2019). Science and American Foreign Relations since World War II. Cambridge University Press.
Wilson Center (2022). On the horizon 2022: Science and Technology. En lc.cx/1Q18mk.
- Se define como “poder duro” a la utilización de medios coercitivos materiales (como los militares o los económicos) para la obtención de las metas de un país. Para Nye (2003), implica el uso tanto de palos como de zanahorias (coerción e incentivos). Por su parte, el poder blando o suave es aquel que descansa no en medios coercitivos, sino en aquellos persuasivos como la diplomacia, la difusión de la cultura, la historia, etc.↵
- Esta oficina se encuentra compuesta por seis equipos que implícitamente responden a las prioridades de la agenda científico-tecnológica de Estados Unidos. Además del equipo correspondiente al U.S. Chief Technology Officer, están los de clima y ambiente, salud, energía, seguridad nacional, y ciencia y sociedad. ↵
- En este sentido, es importante resaltar que la inversión en ciencia básica es fundamental para el avance de la CyT, pero generalmente conlleva riesgos y pocas ganancias. Por ello suele estar fundada en inversiones estatales que permitan generar conocimiento que más tarde pueda ser aplicado a desarrollos tecnológicos. Lo que puede concluirse de estos datos es que el Gobierno Federal estadounidense aún está dispuesto a apostar a inversiones de alto riesgo en términos de desarrollo de ciencia básica y trabajar con el sector público y privado para convertir ese conocimiento en eventuales desarrollos tecnológicos. En este punto también cabe aclarar que esta apreciación corresponde a una visión lineal de la CyT y que existen corrientes que cuestionan su direccionalidad. ↵
- Una primera aproximación a este tema puede encontrarse en Vera y Colombo (2020). Allí también se detallan otras oficinas y algunos instrumentos destinados a fortalecer la cooperación internacional en CyT. ↵
- La APEP consiste en una iniciativa impulsada para contrarrestar la creciente influencia china en la región latinoamericana y caribeña, a través de la canalización de inversiones mayoritariamente privadas hacia infraestructura de conectividad digital y de transición energética, y a través de la relocalización de eslabones claves de la cadena global de semiconductores. Forman parte de ella doce países: Estados Unidos, Canadá, Costa Rica, Perú, Chile, Uruguay, México, Barbados, República Dominicana, Colombia, Ecuador y Panamá. ↵
- Los Acuerdos de Artemisa forman parte del Programa Artemis, que busca generar un marco de cooperación para futuras misiones de exploración de la Luna, Marte, y otros con fines de explotación civil de minerales en el espacio.↵






