Juliana Inda
Resumen
Esta investigación se centra en estudiar la política exterior del presidente estadounidense Barack Obama frente al suceso denominado como Primavera Árabe, que comenzó en el norte de África y Oriente Próximo hacia fines de 2010. Se buscará, en primer lugar, describir las causas que provocaron estas rebeliones, para luego comprender su impacto en los Estados Unidos de América y la consecuente respuesta de Obama ante los sucesos. A su vez, se buscará comprender si, en su política exterior, existió correlación entre lo discursivo y la práctica, a partir del análisis de los discursos enunciados antes de que las rebeliones árabes estallasen.
Palabras clave
Obama, Estados Unidos, Primavera Árabe, política exterior, Oriente Próximo.
Abstract
This research focuses on studying the foreign policy of US President Barack Obama in the light of the event known as the “Arab Spring”, which took place in North Africa and the Near East in 2010 onwards. It will first seek to describe the causes that triggered these rebellions, in order to later understand their impact on the United States of America, and Obama’s subsequent response to these events. At the same time, we will seek to understand whether there was a correlation between discourse and practice in his foreign policy, based on the analysis of his speeches, made before the Arab rebellions broke out.
Keywords
Obama, United States, Arab Spring, foreign policy, Near West.
La Primavera Árabe
Se conoce como Primavera Árabe una serie de manifestaciones y protestas populares de carácter político que se sucedieron en Medio Oriente a finales del 2010, en regímenes de afán represivo. Según Nathaly S. Veintimilla Jaramillo,
la “Primavera Árabe” supuso el derrocamiento de algunos gobiernos existentes, estableciendo un quiebre el sistema establecido hasta el momento, y en donde el pueblo supo valer sus demandas, aunque en ningún momento se debe entender como un proceso de transición democrática (Veintimilla Jaramillo, 2015: 15).
Esta autora expone que los acontecimientos que se produjeron fueron parte de un
conjunto de violentas transformaciones políticas y sociales que comenzaron a gestarse en Túnez y Egipto, para luego expandirse al resto de los países que conforman las regiones del Magreb y del Máshreq. Existe un largo debate en torno a la fecha en que comenzó a gestarse la “Primavera Árabe”: algunos prefieren fijarla en octubre de 2010, cuando el campamento establecido en Gdeim Izik por civiles prosaharauis fue violentamente abortado por el gobierno marroquí, mientras, otros se remontan a la irrupción del Movimiento Verde como respuesta al fraude electoral en las presidenciales de Irán, en junio de 2009 (Veintimilla Jaramillo, 2015: 13).
Estos hechos se caracterizaron por surgir desde de protestas populares –lo cual era poco habitual en el mundo árabe–, que fueron en aumento y alcanzaron a varios Estados de Oriente Próximo y África. Posteriormente, los eventos se dieron de distintas formas en los Estados: en países como Túnez y Egipto, las rebeliones lograron derrocar al gobierno en unas pocas semanas, mientras que en Libia esto se logró recién a los seis meses, y en Siria, a pesar de que se lograron algunas reformas, no se consiguió deponer al gobierno vigente.
Las movilizaciones populares se desataron por motivos de diversa índole. Con base en lo esclarecido por Nathaly S. Veintimilla Jaramillo (2015), se expondrán algunas de las razones que las provocaron.
Por un lado, se observan motivaciones de índole económica: estos países árabes se encontraban atravesando una gran crisis económica. Esto produjo que gran parte de la población no lograse satisfacer sus necesidades básicas a causa del elevado precio de alimentos y de otros bienes. A su vez, la desigualdad en estas sociedades era una constante.
Por otro lado, existieron factores políticos, tales como el alto nivel de corrupción, ineficiencia y afán represivo de los regímenes de la zona, que constantemente se encargaron de silenciar a su población, y la existencia de las dictaduras de partido único. Estas cuestiones eran estructurales en las sociedades árabes.
En cuanto a las manifestaciones, puede observarse que tuvieron como protagonistas a los jóvenes, que se movilizaron visibilizando las pocas expectativas que tenían de poder desarrollarse a futuro, comprobable al observar los altos índices de desocupación.
Volviendo a los hechos, la denominada Primavera Árabe comenzó en Túnez, que se encontraba bajo el gobierno dictatorial de Zine El Abidine Ben Ali. Todo comenzó en la ciudad de Sidi Bouzid, el 17 de diciembre de 2010, cuando un vendedor ambulante llamado Mohamed Bouazizi fue despojado por la policía de sus mercancías y cuentas de ahorros, y acto seguido se inmoló en forma de protesta. Ante esta situación, el resto de la población salió a las calles para manifestarse y mostrar su repudio al gobierno de Ben Ali.
Lo que sucedió en Túnez fue reproducido en varios de los países del mundo árabe. En Egipto la población se manifestó en contra de Hosni Mubarak (que llevaba 30 años en el poder), quien terminó renunciando en febrero del 2011; también en Libia protestaron contra Muamar Gadafi (42 años en el poder). En este país incluso se produjo una intervención extranjera liderada por la OTAN; en Siria las protestas fueron contra Bashar al-Assad (15 años entonces, tras suceder a su padre, que gobernó por 29 años), lo cual derivó en una guerra civil; en Yemen, la población se expresó contra Ali Abdullah Saleh (21 años entonces), quien, luego de las protestas, abandonó el poder en el año 2012; por último, en Baréin, que se encontraba bajo el gobierno del sultán de Omán Qabus bin Said Al Said y del rey Hamad bin Isa Al Jalifa, también se produjeron manifestaciones en busca de una reforma del sistema político, para hacer que este fuera más democrático.
Barack Obama en la Casa Blanca y el desafío en Medio Oriente
Cuando la Primavera Árabe se produjo en los países de Oriente Medio, en los Estados Unidos de América, gobernaba Barack Hussein Obama, quien fue el primer afroestadounidense en llegar a la presidencia, habiendo sido nominado por el Partido Demócrata. Obama asumió en el año 2009, y, ya desde los comienzos de su mandato, anunció su intención de dar un “giro hacia el Pacífico” en lo que respectaba a la política exterior de su gobierno.
Basándonos en lo expuesto por Juan Tovar Ruiz (2014), en la política exterior de la administración Obama hacia los países de Oriente Medio, pueden distinguirse dos etapas. El punto de quiebre entre estas dos etapas es el surgimiento de la Primavera Árabe. Tomando esta distinción, nos enfocaremos, en primer lugar, en comprender la política exterior ejercida hasta antes de la Primavera Árabe. Luego, en otro apartado, analizaremos su política exterior a partir de la Primavera Árabe, vislumbrando continuidades y rupturas.
La política exterior estadounidense antes de la Primavera Árabe
Obama, ya cuando era candidato presidencial, quiso distanciarse de la política exterior ejercida por su predecesor, George W. Bush, principalmente en lo que se refiere a la imposición de la democracia liberal mediante el uso de la fuerza, como ya se había visto en países como Afganistán e Irak. En sus discursos electorales, a la hora de exponer su postura respecto a la política exterior del país, siempre puso foco en buscar una conciliación con los enemigos de los Estados Unidos, darle mayor importancia a la región de Asia y el Pacífico, y también fortalecer el proceso de paz en Oriente Próximo, a partir de una estrategia multilateral que reforzase las alianzas, e incluso negociando directamente con países como Irán o Siria, y rechazando, tal como se mencionó anteriormente, la imposición del modelo de democracia liberal por la fuerza (Tovar Ruiz, 2014).
Un discurso reconocido de Obama fue el pronunciado el día 4 de junio de 2009 en El Cairo, llamado “Remarks by the President at Cairo University”, de vital importancia para comprender cuál era su visión respecto a la región del Próximo Oriente. Este se produjo en un determinado contexto: aún se vivía una tensión entre los Estados Unidos y la sociedad musulmana, como consecuencia del ataque a las Torres Gemelas del 11 de septiembre y la posterior reacción de EE. UU. bajo la administración de Bush, que se tradujo en la conocida “guerra contra el terror”, que se trató de una campaña llevada adelante por Estados Unidos con el objetivo de terminar con el terrorismo internacional.
En este discurso, primero se ocupó de abordar las relaciones de EE. UU. con los países musulmanes. Se hizo presentar con su nombre completo, Barack Hussein Obama, con el objetivo de recordar a la audiencia cuáles eran sus raíces y vínculos familiares con el mundo musulmán. En segundo lugar, habló de la necesaria cooperación entre iguales. Por último, hizo un análisis de las cuestiones más controvertidas en el mundo musulmán (Bermúdez Vázquez, 2017).
En este discurso, el presidente expresó una actitud conciliadora: expuso la necesidad de “reconciliar” el islam con los Estados Unidos. El presidente se encargó de señalar cómo el islam y los valores sostenidos por su país (como la democracia y los derechos humanos) pueden ser compatibles entre sí. Es por esto por lo que hizo énfasis en que se debe luchar contra los estereotipos negativos del islam, y en particular luchar contra los “extremismos”, palabra que él utiliza para no emplear el término “terrorismo”.
A su vez, Obama se encarga de aclarar que los Estados Unidos no impondrán ninguna forma de gobierno mediante el uso de la fuerza, a pesar de considerar que la democracia es compatible con los valores del islam. Esto lo vinculó con los conflictos que aún se mantenían en Afganistán e Irak.
Por último, para comprender la visión de Obama respecto a esta región durante sus primeros años de mandato, debemos tener en cuenta el documento de su administración que refiere a la Estrategia de Seguridad Nacional, publicado en el año 2010. En lo que respecta a la región del Próximo Oriente, bajo su gobierno se le da una gran importancia al mantenimiento de alianzas fuertes con sus aliados, principalmente con Estados como Egipto, Jordania o los Estados de la Organización para la Cooperación en el golfo pérsico. A su vez, menciona el apoyo hacia aquellas organizaciones civiles de la región que defienden la propagación de los derechos humanos a nivel universal, así como también apoyan al multilateralismo. También le da mucha importancia a la retirada de Irak y la necesidad de combatir a Al-Qaeda, buscando prevenir que se produjeran ataques en suelo estadounidense y que esta organización adquiriese armas de destrucción masiva. En este documento también se aclara que combatir a Al-Qaeda bajo ninguna circunstancia significa llevar adelante una guerra contra el islam, sino que la guerra es contra una red terrorista (Tovar Ruiz, 2014).
La política exterior estadounidense durante la Primavera Árabe
El 19 de mayo de 2011, en la sede del Departamento de Estado en Washington, Barack Obama recitó un discurso, “Remarks by the President on the Middle East and North Africa”, en donde dio a conocer su punto de vista respecto a los acontecimientos producidos en el marco de la denominada Primavera Árabe. “Este discurso puede considerarse una segunda etapa en la política de la Administración Obama hacia la región, abiertamente distinta de la planteada en el famoso discurso de El Cairo de 2009” (Tovar Ruiz, 2014: 39).
En esta conferencia se encarga de mencionar algunos de los acontecimientos más relevantes de la Primavera Árabe, comenzando por la inmolación de Mohamed Bouazizi en Túnez, siguiendo con la expansión de las protestas a lo largo del mundo árabe.
También expuso su visión respecto a la situación de la región, calificándola de insostenible, debido a que en estos Estados no se respeta la autodeterminación de los individuos.
En cuanto a lo general, Obama expone que los Estados Unidos de América rechazan la violencia y la represión contra los sectores sociales que se manifiestan pacíficamente y que, por otro lado, defienden los valores vinculados a los derechos humanos, que considera que son valores universales y no de determinadas culturas, por lo cual podrían ser compatibles con el islam. A su vez, en su discurso alienta a que se lleven a cabo reformas políticas y económicas en la región basadas en las aspiraciones de los pueblos, que se sintetiza en la frase “It will be the policy of the United States to promote reform across the region, and to support transitions to democracy”. En concordancia, termina por enunciar un paquete de medidas de ayuda dirigidas a Túnez y Egipto, con el objetivo de mejorar sus economías (Soriano Díaz, 2017).
Al momento de comentar la situación de cada país en particular, el presidente menciona los casos en los cuales la transición ha requerido del uso de la fuerza (el caso libio, en donde intervino la OTAN); por otro lado, también menciona el caso de Siria, y expone que el presidente Asad tendría dos opciones: o liderar la transición o marcharse.
Según Tovar Ruiz (2014), lo relevante de este discurso es que en este pueden observarse contradicciones estadounidenses en cuanto a cómo actuar en el proceso de cambio. Estas contradicciones refieren a que los Estados Unidos no tuvieron una misma respuesta para todos los países que atravesaron la llamada Primavera Árabe, sino que su accionar fue variando.
En el caso de Túnez, país en donde comenzó la Primavera Árabe, se logró producir una transformación política, por lo cual la oleada de protestas alcanzó su objetivo. En este país, los Estados Unidos no tenían grandes intereses, por lo cual rápidamente se apoyó el proceso de transición y se condenaron los actos represivos por parte del gobierno de Zine El Abidine Ben Ali. Incluso, concluida la transformación, para mostrar apoyo se entregó al país una ayuda económica simbólica de 39 millones de dólares y referencias al mutuo reconocimiento inicial como Estados independientes y soberanos (Tovar Ruiz, 2014).
Muy distinta fue la reacción de la administración hacia el caso de Egipto, debido a que se trataba de un Estado cuyo statu quo regional era de vital importancia para los intereses estadounidenses, por lo cual el apoyo hacia las transformaciones en el país no fue manifestado de inmediato. Hosni Mubarak había sido considerado un aliado importante desde hacía mucho tiempo. En primer lugar, por el apoyo que le había brindado a Estados Unidos en distintos conflictos, como el de la guerra del Golfo, y, a la vez, por ser aliado de países relevantes en la región tales como Arabia Saudita o Israel. Por último, también tenía un rol central en el proceso de paz en Oriente Próximo. Agustín Galli en su texto considera que “la Alianza entre los Estados Unidos y Egipto era fundamental: controla el Mar Rojo, parte del Mediterráneo oriental, y despliega su influencia en la región desde Siria hasta Yemen” (Galli, 2013: 13). Esta influencia es ejercida desde el punto de vista cultural, pero también desde el religioso.
Tovar Ruiz (2014) cree que Obama les dio su apoyo a las protestas masivas en la plaza Tahrir una vez que fue evidente la incapacidad del presidente egipcio para hacerles frente, y luego de haberse producido cierto debate hacia dentro de la administración, e incluso con cierta oposición por parte del Congreso estadounidense. Originalmente, la administración había buscado que los derechos y las libertades públicas de la población fueran respetados sin que esto implicase la salida del presidente egipcio. Sin embargo, la figura de Mubarak se vio cada vez más debilitada, por lo que, finalmente, Obama apoyó su salida, e incluso, en su libro, A Promised Land (Obama, 2020), Obama narra que incluso llegó a solicitarle al propio presidente egipcio su renuncia, en una conversación que mantuvieron cuando viajaba en el avión presidencial. La decisión tomada por los Estados Unidos también tuvo como consecuencia la oposición de algunos de sus aliados, como los saudíes.
Otro caso importante fue el de Libia. La importancia de este caso radica en que, a diferencia de lo sucedido en el resto de los países, se produjo una intervención militar conducida por la OTAN. En este país, las protestas fueron reprimidas por el gobierno de Gadafi, y posteriormente se terminó desatando una guerra civil en el territorio. Ante esto, se produjo una intervención y se estableció una zona de exclusión aérea. Esta acción, en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, contó con la abstención de Alemania y de los países del BRIC. Sin embargo, la Resolución 1973/2011 de ONU autorizó a los países a tomar todas las medidas necesarias para acabar con la situación. La iniciativa de participar en este conflicto fue europea: fue el presidente francés Sarkozy quien se destacó. La intervención en Libia también fue muy debatida hacia el interior de la administración Obama. A pesar de que en un inicio el presidente no estaba de acuerdo con intervenir, posteriormente terminó por alinearse a la postura de Susan Rice y Samantha Power, quienes eran sus asesoras en materia de política exterior, y sostenían una postura liberal intervencionista.
Obama justificó la intervención en un discurso pronunciado el 28 de marzo de 2011 en la National Defense University, en Washington D. C., denominado “Remarks by the President in Address to the Nation on Libya”. Los argumentos principales fueron, por un lado, la necesidad de impedir que la represión de Gadafi hiciese que el resto de dictadores se mantuvieran por la fuerza. Por otro lado, anunció que buscaba impedir que ocurriera un genocidio. A su vez, aclaró que, con base en lo sucedido anteriormente en Afganistán e Irak, rechazaría la presencia de tropas sobre el terreno, como también la imposición de un nuevo tipo de régimen, si así ocurriese (Tovar Ruiz, 2014).
Tovar Ruiz (2014) considera que las contradicciones de la política exterior estadounidense se hacen evidentes al atender los casos de Baréin, Siria o Yemen. En el caso de Yemen, la administración Obama presionó para lograr la salida del presidente Ali Abdullah Saleh, en un contexto en donde había inestabilidad, ataques separatistas, y la creciente presencia de Al-Qaeda. Por otro lado, en Baréin, los intereses estadounidenses eran importantes: se trataban de intereses de seguridad vinculados a las monarquías del golfo y de Irán. A su vez, en este país, Estados Unidos tenía la base de la quinta flota estadounidense. Es por esto por lo que la administración no estaba dispuesta a dejar caer el reinado de Baréin, por lo que las protestas de la población no lograron más que un respaldo verbal y relativo del gobierno estadounidense.
Distinto ha sido el caso de Siria, que se veía respaldada por Rusia, que no estaba dispuesta a dejar caer al gobierno de Asad ya que sus intereses se veían comprometidos. La represión empleada por la administración Siria para repeler las protestas condujo al pedido por parte de Obama para que Asad liderase una transición en el país, y posteriormente se retirase. A pesar de que, hacia adentro de la administración Obama, surgieron debates respecto a si se debía armar a los rebeldes sirios, la idea de intervenir militarmente Siria no prosperó en Naciones Unidas, ya que fue posterior a la controvertida intervención en Libia, y además había una gran oposición por parte de Rusia y China.
Tomando lo expuesto por Tovar Ruiz (2014), podría decirse que la solución diplomática del caso sirio ha permitido “volver a marcar un cambio en la política exterior de la Administración o, si se quiere, un retorno a los orígenes de la misma” (p. 45). En sus orígenes, Obama, si bien no deja completamente de lado la defensa de valores como la democracia y los derechos humanos, reconoce los límites de los Estados Unidos, entendiendo qué es lo que verdaderamente puede conseguir en lo que respecta a las transformaciones regionales.
Autores como Ramón Luis Soriano Díaz (2014) consideran que, en las rebeliones producidas en el marco de la Primavera Árabe, Obama aplicó los mismos criterios. Según este autor, estos criterios fueron las siguientes: el rechazo de la violencia y la opresión contra las aspiraciones de cambio de las sociedades civiles; la no interferencia directa en el desarrollo de las rebeliones (con la excepción de Libia), principalmente porque Obama rechazaba el accionar llevado a cabo por el presidente Bush y los neoconservadores estadounidenses, en donde se intervenía en los cambios de regímenes políticos con el objetivo de convertir tiranías en democracias; por último, el apoyo a los rebeldes en su defensa de los derechos humanos, coincidentes con los valores americanos, que Obama concreta en las libertades y la democracia.
Igualmente, a pesar de que esos tres criterios han sido utilizados en los distintos casos de la Primavera Árabe, el autor sostiene que esto no se tradujo en un programa político claro y firme, ni en una ayuda real a los disidentes en sus luchas por unas nuevas democracias. Por el contrario, se produjeron actuaciones puntuales y dispersas, al ritmo de los acontecimientos.
Por último, Soriano Díaz (2014) agrega que estos criterios respecto a las rebeliones de la Primavera Árabe se contradicen con la política pragmática y realista que Obama planteó al inicio de su mandato.
Conclusión
Lo estudiado muestra que la política exterior de la administración Obama hacia la región de Oriente Próximo ha cambiado durante el transcurso de su mandato. Mientras que, en un primer momento, el presidente demócrata buscó diferenciarse de las políticas llevadas por su antecesor, Bush (principalmente a partir del uso del diálogo como herramienta fundamental, y sosteniendo la no intervención para modificar regímenes por la fuerza), posteriormente esta postura se debilitó ante el estallido de las revueltas producidas en el marco de la Primavera Árabe. El dilema se produjo porque, en casos como el de Egipto, el cambio del statu quo afectaba los intereses vitales de Estados Unidos.
El caso de Libia es uno de los más interesantes al momento de observar cambios en la política exterior de Obama, ya que fue la única ocasión en la que se produjo una intervención militar. Como se mencionó anteriormente, la iniciativa no fue estadounidense, pero igualmente significó una ruptura en el accionar de Obama, al mostrarse a favor de la postura liberal intervencionista.
Siguiendo lo expuesto por Tovar Ruiz (2014), su política exterior fue “no coherente, repleta de contradicciones y dobles estándares” (p. 48). Podría decirse que, en la política exterior de Obama, prevalecieron los intereses nacionales de Estados Unidos, calculándolos sobre la base de las circunstancias del momento, es decir, el hecho y el lugar concretos, la situación de cada Estado de la región. Tomando lo señalado por Ramón Luis Soriano Díaz (2014), podemos sostener que, durante la Primavera Árabe, Obama tuvo como prioridad el control de la región y su estabilidad, junto con los intereses estadounidenses. Es por esto por lo que, en cada caso concreto, se actuó con la pretensión de control y dominio de Estados Unidos en la región, y a su vez, al momento de ayudar a líderes o a grupos, se lo hizo pensando en que el éxito de este grupo en el conflicto pudiera generar una situación política favorable a los intereses estadounidenses.
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