Erika Denise Golia
Resumen
En el presente ensayo, se analiza la evolución de la carrera espacial desde el lanzamiento del satélite Sputnik por parte de Rusia, que marcó el inicio de una competencia en la que Estados Unidos ha tenido un rol preponderante. Se examinan los programas y proyectos espaciales desarrollados bajo las administraciones estadounidenses, desde Kennedy hasta Trump, y se destaca cómo el avance en tecnologías misilísticas ha puesto en evidencia vacíos en el marco regulatorio internacional sobre actividades espaciales. En la actualidad, China y la Unión Europea han emergido como actores significativos, mostrando un creciente interés en el espacio ultraterrestre. Para Rusia y Estados Unidos, los primeros países en incursionar en este ámbito, el espacio reviste una importancia estratégica clave, dada su capacidad de realizar ataques preventivos. Actualmente, Estados Unidos, China y Rusia lideran el desarrollo de nuevas tecnologías enfocadas en la militarización del espacio. Este escenario plantea, por un lado, amenazas para la seguridad global, especialmente por el aumento de la basura espacial; pero, por otro lado, ofrece ventajas estratégicas relacionadas con la vigilancia y la defensa de los Estados. A pesar de los avances notables de China en capacidades satelitales y de la Unión Europea en tecnologías espaciales, Estados Unidos mantiene un liderazgo indiscutido, basado en tres líneas de acción clave que subrayan su predominio en la militarización del espacio.
Palabras clave
Política espacial, carrera armamentística, supremacía, derecho internacional, espacio exterior, militarización del espacio, sistemas militares, espacio ultraterrestre.
Abstract
This essay analyzes the evolution of the space race starting with the launch of the Sputnik satellite by Russia, which marked the beginning of a competition where the United States has played a prominent role. The study reviews the space programs and projects undertaken during U.S. administrations from Kennedy to Trump, emphasizing how advancements in missile technologies have exposed gaps in the international regulatory framework for space activities. Currently, China and the European Union have emerged as significant actors, showing increasing interest in outer space. For Russia and the United States, the first countries to venture into this field, space holds critical strategic importance due to their capacity for preemptive attacks. Today, the United States, China, and Russia are at the forefront of developing new technologies aimed at the militarization of space. This context presents both threats to global security —particularly due to the growing issue of space debris— and strategic advantages related to the surveillance and defense capabilities of states. Despite the remarkable progress of China in satellite capabilities and the European Union in space technologies, the United States maintains undisputed leadership, based on three key lines of action that reinforce its dominance in space militarization.
Keywords
Space policy, arms race, supremacy, international law, outer space, militarisation of space, military systems, outer space.
Introducción
En el presente ensayo, se analizan los acontecimientos que marcaron el inicio de la carrera espacial, poniendo especial énfasis en los proyectos desarrollados por Estados Unidos desde finales de la década de 1950 hasta el año 2021. También se examina el marco normativo del derecho internacional en materia espacial, detallando las disposiciones más relevantes. En este contexto, se concluye que la normativa jurídica vigente resulta desactualizada, pues no aborda adecuadamente la cuestión de la militarización del espacio.
Uno de los principales motivos para estudiar este tema radica en comprender cómo las potencias espaciales buscan mantener su primacía en el sistema internacional, asegurando la capacidad de neutralizar el control de las comunicaciones, la inteligencia y la vigilancia de sus adversarios (Pérez Gil, 2020).
Asimismo, la militarización del espacio representa una amenaza para la seguridad global, entre otros factores, debido a la creciente acumulación de basura espacial. Sin embargo, los satélites ofrecen ventajas estratégicas significativas, tales como la vigilancia y la defensa de los Estados (Ruiz y Gómez, 2020). La carrera espacial pone de manifiesto cómo la competencia entre potencias estimula la innovación, impulsando importantes avances en la exploración del espacio profundo. En este contexto, actores emergentes como la Unión Europea y China enfrentan el desafío de desarrollar frentes estratégicos para consolidar su supremacía espacial, con especial énfasis en la colonización de la Luna y Marte (Fermín Romero, 2024). En la actualidad, el panorama refleja un escenario complejo, con Estados Unidos, Rusia, China y la Unión Europea en una competencia constante por la supremacía espacial, enmarcada en avances tecnológicos y científicos de vanguardia (Fermín Romero, 2024).
Marco normativo sobre el espacio exterior
Para el año 1961, las Naciones Unidas comenzaron a elaborar normativa internacional destinada a regular el uso del espacio ultraterrestre. Según Ruiz y Gómez (2020), se establecieron ciertas conductas para garantizar que las actividades en el espacio se desarrollaran de manera pacífica y en beneficio de todos los pueblos, sin importar su nivel de desarrollo económico o tecnológico (ONU, 2002; Ruiz y Gómez, 2020). Este marco normativo inicial fue impulsado por la Comisión sobre la Utilización del Espacio Ultraterrestre con Fines Pacíficos y su Subcomisión de Asuntos Jurídicos, organismos responsables de estructurar un cuerpo de reglas internacionales (Ruiz y Gómez, 2020).
En 1963, la Asamblea General aprobó la Declaración de los Principios Jurídicos que deben regir las actividades de los Estados en la exploración y utilización del espacio ultraterrestre (ONU, 2002; Ruiz y Gómez, 2020). Posteriormente, estos principios fueron consolidados en el Tratado del Espacio Exterior, aprobado en 1966 y vigente desde 1967, también conocido como la “carta magna del espacio”. Este tratado establece las normas fundamentales para la exploración y el uso pacífico del espacio, incluyendo la Luna y otros cuerpos celestes (Resolución 2222 XXI, ONU, 2002; Ruiz y Gómez, 2020).
A pesar de estos avances, el desarrollo de tecnologías misilísticas por parte de un selecto grupo de países evidenció vacíos y lagunas en la regulación de las actividades espaciales. Durante la Guerra Fría, comenzaron a regularse las actividades relacionadas con armamentos en el espacio. Inicialmente, Estados Unidos y Rusia se disputaron la dominación del espacio, pero actualmente China también muestra un interés estratégico creciente en esta zona. Según Rosario Fernández García (2011), tres elementos destacan como fundamentales en la importancia estratégica del espacio: la existencia de recursos (órbitas y frecuencias) esenciales para aplicaciones civiles y militares; la estabilidad del medio, evitando que los desechos espaciales inutilicen áreas críticas; y la seguridad en el control de activos espaciales, vinculada al ciberespacio.
En el contexto actual, la regulación internacional se ha mostrado insuficiente frente a una posible carrera armamentista. Según Francisco Hernández Fernández (2021), el derecho internacional carece de un tratado vinculante que regule específicamente el uso de armas en el espacio. La militarización del espacio, aunque costosa, representa una amenaza significativa a la paz y la seguridad internacionales. El régimen jurídico vigente, basado en principios y declaraciones que constituyen soft law, no ha logrado adaptarse a los avances tecnológicos y misilísticos. Aunque la Asamblea General de las Naciones Unidas ha adoptado diversas resoluciones y principios relacionados con el espacio, estas no son vinculantes, y el desarrollo de normas adecuadas sigue siendo una tarea pendiente (Francisco Hernández Fernández, 2021).
El Tratado del Espacio de 1967 establece una distinción entre el espacio ultraterrestre y los cuerpos celestes, siendo estos últimos los que deben ser explorados y utilizados exclusivamente con fines pacíficos. Sin embargo, este tratado omite regular aspectos críticos como la militarización pasiva, permitiendo actividades no agresivas como el reconocimiento, la vigilancia y las comunicaciones militares (Cesáreo Gutiérrez Espada, 2006; Julio Rivera Alejo, 2013). Estas omisiones reflejan el contexto de la Guerra Fría, cuando las superpotencias buscaron evitar limitaciones a sus actividades espaciales, manteniendo regímenes informales para el reconocimiento y la vigilancia mutuos (Gutiérrez Espada, 2006; Julio Rivera Alejo, 2013).
A lo largo de los años, se intentó ampliar las prohibiciones. Por ejemplo, los acuerdos SALT-II de 1979 entre Estados Unidos y la Unión Soviética buscaban restringir el desarrollo de sistemas FOBS, satélites equipados con armas nucleares. Sin embargo, estos acuerdos no fueron ratificados por Estados Unidos, lo que evidencia la falta de compromiso y eficacia de los esfuerzos multilaterales en este ámbito (Cesáreo Gutiérrez Espada, 2006).
Una de las lagunas principales que se destacan en el vacío normativo es que la desnuclearización del espacio ultraterrestre era total, ya que el Tratado no contemplaba el hecho de los ingenios balísticos cuya trayectoria se desarrolla parcialmente a través del espacio exterior (Cesáreo Gutiérrez Espada, 2006).
A lo largo de la historia, hubo un intento de ampliar la prohibición debido a que, por ejemplo, el texto normativo no prohibía el ensayo de sistemas FOBS, los cuales son satélites provistos de armas nucleares.
Haciendo foco puntualmente en el juego de Estados Unidos frente a esto, según los acuerdos SALT-II del año 1979, concertados tanto por dicho país como por la Unión Soviética, prohibía el ensayo, desarrollo y despliegue de armas nucleares de sistemas FOBS. Estos acuerdos no fueron ratificados por Estados Unidos, ya que se llegó a la conclusión por parte de ambos países de que la prohibición no les obligaba a destruir ni a desmantelar tales sistemas, los cuales poseían ambos países (Cesáreo Gutiérrez Espada, 2006).
Desde una mirada basada en los hechos actuales, se hace más evidente que nunca la llamada de atención a los riesgos y las amenazas que pueden identificarse tanto en, como desde y hacia la actividad espacial. Es por esto por lo que la proliferación de los activos espaciales supondrá disponer de nuevas capacidades que pondrán a prueba nuestra habilidad para coexistir en ese “marco global”, acordado en los tratados suscritos para el uso pacífico del espacio, ante un nuevo escenario, de emergentes nuevos riesgos y amenazas, de diversa naturaleza (Jaimen Sánchez Mayorga, 2023).
La realidad de nuestros días abre paso hacia un nuevo orden en el uso del espacio, que cambia el efecto de la facilidad del acceso a él, para dirigirnos hacia la era de la habitabilidad en el espacio (Jaimen Sánchez Mayorga, 2023).
El rol desarrollado por el derecho internacional desde el comienzo de las actividades espaciales ha sido insuficiente ante la potencial militarización. Hay que tener en cuenta, tal como afirma (Julio Rivera Alejo, 2013), que el contexto en el que nació el derecho espacial era realmente complejo; en el momento de la Guerra Fría, no era claro prever el desarrollo tecnológico en el plano militar y los riesgos que, derivados de este, son amenazas para la actualidad.
En un principio, la declaración de su artículo IV establece el uso del espacio “exclusivamente para fines pacíficos”, así como “la desmilitarización de los cuerpos celestes al prohibir el establecimiento de bases militares, instalaciones y fortificaciones, pruebas de cualquier tipo de armas y la realización de maniobras militares en los cuerpos celestes” (Julio Rivera Alejo, 2013). Sin embargo, por un lado, el tratado impedía la militarización “activa” del espacio, dejaba la puerta abierta a su militarización “pasiva”, esto es, al uso del espacio para funciones militares no agresivas como pudieran ser las comunicaciones, el reconocimiento, la vigilancia y la alerta (Sebesta, 2019: 27-28; Julio Rivera Alejo, 2013).
Con respecto a la desmilitarización del espacio per se, el Tratado guarda silencio. Esta omisión intencionada tiene sentido debido al contexto de la Guerra Fría, en el cual nació el tratado, en el que las dos potencias de la época buscaron eludir de mutuo acuerdo toda limitación al potencial uso militar del espacio, más allá de las restricciones impuestas para la Luna y el resto de los cuerpos celestes, estableciéndose un régimen informal paralelo al tratado por el que las dos superpotencias admitían de forma tácita su derecho a cometer actividades militares de reconocimiento y vigilancia. En definitiva, a espiarse mutuamente (Gutiérrez Espada, 2006: 110-113; Julio Rivera Alejo, 2013).
Se puede afirmar, para concluir el tema respecto al derecho espacial, que sus muchas lagunas han eludido la cuestión de la militarización del espacio, ya que, además de las actividades militares satelitales tradicionales, es posible desplegar en el espacio todo tipo de armas que no sean nucleares o de destrucción masiva, lo que incluye la posibilidad de colocar en órbita nuevos tipos de armas (Julio Rivera Alejo, 2013). Haciendo especial foco en Estados Unidos, la negativa de tal país a actuar en pro de la no militarización del espacio parece lógica a la vista de los hechos que traiga consigo la búsqueda por parte de China de entrar en la carrera por la militarización y el control del espacio.
Estados Unidos en la carrera espacial
A lo largo de su historia, Estados Unidos ha desarrollado una amplia variedad de programas y proyectos enfocados en el ámbito militar espacial. A finales de la década de 1950, el país dio inicio a sus primeros proyectos militares en el espacio. Con el fin de la Guerra Fría y el comienzo de la globalización, se produjo un giro hacia las tecnologías de la información, lo que incrementó la demanda de sistemas espaciales para comunicaciones, navegación y exploración (Pérez Gil, 2020). Durante este período de hegemonía imperfecta, Estados Unidos fortaleció su dominio en el espacio, priorizando la explotación pacífica de este ámbito (Pérez Gil, 2020).
En el último año de la década de 1990, la NASA inició un programa de vehículos espaciales no tripulados con la misión principal de destruir satélites adversarios (Pérez Gil, 2020). Con la administración Clinton, en 1996, y tras el fin de la Guerra Fría, la Iniciativa de Defensa Estratégica (SDI) fue desmantelada, y se adoptó un enfoque distinto para el control del espacio, renunciando a desplegar armas en este ámbito (Ruiz y Gómez, 2020). Bajo esta administración, también se implementó el Proyecto de Defensa Nacional Antimisiles (NMD), un sistema defensivo contra misiles balísticos intercontinentales (Sebaste, 2010; Gutiérrez Espada, 2006; García Cantalapiedra, 2008; Ruiz y Gómez, 2020).
En 2001, la administración de George W. Bush implementó una nueva política espacial que promovía la militarización activa del espacio. Ese mismo año, Estados Unidos se retiró del Tratado de Misiles Antibalísticos (ABM) con el objetivo de avanzar en el desarrollo del NMD (Gutiérrez Espada, 2006; Ruiz y Gómez, 2020). La nueva Política Espacial Nacional enfatizaba que “la libertad de acción en el espacio es tan importante para Estados Unidos como su supremacía naval y aérea” (Gutiérrez Espada, 2010).
En 2005, Estados Unidos lanzó un proyecto secreto denominado Experimento de Navegación y Orientación Automatizada en el Espacio Cercano, que incluyó el desarrollo de microsatélites autónomos capaces de detectar e inspeccionar otros objetos en el espacio (Pérez Gil, 2020). Durante la administración de Bush, la política espacial se basó en tres principios fundamentales: garantizar la libertad de acción de Estados Unidos en el espacio, rechazar las capacidades espaciales hostiles de sus adversarios, y oponerse a cualquier régimen legal que limitara su libertad de acción en el espacio (U.S. Office of Science and Technology Policy, 2006; Ruiz y Gómez, 2020).
En 2010, la administración de Barack Obama presentó una nueva Política Espacial Nacional. Esta promovía la cooperación internacional en actividades espaciales, planteaba la posibilidad de nuevos acuerdos internacionales de control de armas si estos eran efectivos y compatibles con la seguridad nacional, y mantenía los sistemas de armas espaciales existentes, además de fomentar el desarrollo de nuevas capacidades (Gutiérrez Espada, 2010; Ruiz y Gómez, 2020). Entre 2014 y 2016, se lanzaron varios satélites del Programa de Conciencia de la Situación Espacial Geosíncrona (GSSAP) para mejorar la vigilancia espacial (Pérez Gil, 2020). En 2016, Obama presentó un informe al Congreso con propuestas para reforzar la seguridad espacial y aumentar la financiación de programas avanzados, incluyendo aviones extraatmosféricos (Pérez Gil, 2020).
La administración de Donald Trump continuó con estas iniciativas. En 2017, reinstauró el Consejo Nacional del Espacio, que había sido disuelto en 1993, como señal del liderazgo estadounidense en este ámbito (Pérez Gil, 2020). Durante su mandato, se completó la quinta misión del programa de aeronaves no tripuladas de la Fuerza Aérea, y aterrizó el X-37B tras 780 días en órbita. Además, DARPA financió el desarrollo del avión XS-1, diseñado para ejecutar misiones espaciales de manera más rápida y eficiente (Pérez Gil, 2020).
En 2019, Trump consolidó el programa espacial militar con la creación de la Fuerza Espacial de Estados Unidos, priorizando el desarrollo de aeronaves espaciales y sistemas de defensa antimisiles. En 2020, el país implementó actualizaciones en sensores e interceptores, fortaleciendo su capacidad de contraataque y disuasión frente a amenazas potenciales. Para finales de 2021, se preveía el lanzamiento de una nueva flota del X-37B (Ruiz y Gómez, 2020). Durante este período, también se acordaron tácticas con los países de la OTAN para responder ante agresiones a satélites o ataques con misiles de gran altitud (Ruiz y Gómez, 2020).
El continuo desarrollo de tecnología espacial y misilística por parte de Estados Unidos tiene un objetivo claro: mantener su superioridad y primacía en el espacio. Como señala Pérez Gil (2020), estos avances incluyen aviones espaciales equipados con armamento avanzado, como láseres y armas diseñados para inutilizar o destruir satélites y otros activos orbitales en caso de conflicto. Este esfuerzo refuerza la posición estratégica de Estados Unidos en un entorno espacial cada vez más competitivo.
La importancia del espacio y su creciente militarización
El espacio ultraterrestre ha adquirido una importancia estratégica indiscutible en el sistema internacional. Actualmente, solo Estados Unidos y Rusia poseen la capacidad de llevar a cabo ataques preventivos en este ámbito. Las grandes potencias compiten por mantener su primacía, buscando garantizar que, en caso de conflicto, puedan neutralizar los sistemas de comunicaciones, inteligencia y vigilancia de sus adversarios (Pérez Gil, 2020).
La militarización del espacio ya es una realidad. Estados Unidos, China y Rusia invierten significativamente en programas espaciales y en el desarrollo de tecnologías avanzadas, como satélites no convencionales y aviones espaciales (Pérez Gil, 2020). Según Friedman, las guerras del futuro se librarán en el espacio, ya que los conflictos estarán dirigidos a inutilizar los sistemas espaciales que proporcionan capacidades bélicas fundamentales, como la navegación y las comunicaciones (Pérez Gil, 2020).
Esta creciente militarización representa una amenaza para la seguridad global. El despliegue de armas en el espacio podría alterar el equilibrio estratégico entre los Estados, desatando una carrera armamentista por su control (Rivera Alejo, 2013). Además, otro problema crítico es la acumulación de basura espacial. Según Rivera, de los 8700 artefactos espaciales lanzados en los últimos cincuenta años, solo el 6 % permanece en funcionamiento. Una mayor militarización, acompañada de pruebas y lanzamientos de armas espaciales, agravaría considerablemente esta problemática (Rivera Alejo, 2013).
Desde el lanzamiento del Sputnik, el inicio de la carrera espacial incentivó a las potencias a desarrollar capacidades para acceder a las órbitas terrestres y operar en ellas. Actualmente, esta competencia se ha transformado en una lucha por dominar el espacio ultraterrestre y defender los activos espaciales allí desplegados. Además de su valor militar, los satélites proporcionan ventajas estratégicas esenciales para la vigilancia y la defensa de los Estados (Ruiz y Gómez, 2020).
En el ámbito civil, el espacio desempeña un rol crucial. La economía global depende de sistemas espaciales para garantizar la continuidad de servicios clave, como las comunicaciones, el transporte terrestre, naval y aéreo, las operaciones bancarias y las redes eléctricas. Este creciente uso explica el aumento sostenido del número de satélites en las últimas décadas (Jordán, 2023). No obstante, desde una perspectiva militar, el Tratado del Espacio Exterior de 1967, aunque prohíbe el despliegue permanente de armas nucleares en órbita terrestre y cuerpos celestes, no restringe el empleo del espacio para fines de inteligencia, comunicaciones o geolocalización, facilitando así su militarización pasiva (Jordán, 2023).
La historia y los acontecimientos actuales confirman que el espacio ya está militarizado. Según sir Halford Mackinder, quien controle el espacio dominará la World Island y, por ende, la Tierra en un conflicto bélico (Pérez Gil, 2020). Ruiz y Gómez (2020) refuerzan esta idea al describir el espacio ultraterrestre como un verdadero teatro de guerra. La normativa internacional asumió erróneamente que las intenciones de los países en el espacio eran pacíficas, pero los desarrollos en misiles y tecnología espacial han demostrado lo contrario (Soles & Hernández, 2020; Ruiz y Gómez, 2020).
Desde la Guerra Fría, el desarrollo militar en el espacio no se ha detenido. La exploración, la inversión y la búsqueda de supremacía espacial son impulsadas por el interés de demostrar poderío militar y capacidad destructiva (Ruiz y Gómez, 2020). Actualmente, el ritmo acelerado de estos avances supera las normativas existentes, lo que convierte al espacio en un escenario operativo para posibles conflictos armados (Ruiz y Gómez, 2020). Aunque los discursos oficiales promueven el uso pacífico del espacio, la militarización ha sido un componente estratégico desde el inicio de la carrera espacial, subrayando la necesidad urgente de revisar y actualizar el marco normativo global (Paolini, 2015; Ruiz y Gómez, 2020).
La búsqueda de supremacía espacial
La necesidad de un uso pacífico del espacio, junto con la concientización de su importancia como ámbito para la seguridad, la prosperidad y el avance científico, es un punto de consenso en los documentos estratégicos de Estados Unidos y otras potencias mundiales (Javier Jordán, 2023). Sin embargo, el destacado desarrollo económico estadounidense ha generado una particular dependencia de las infraestructuras que orbitan la Tierra (Javier Jordán, 2023). Es fundamental señalar que, desde el inicio de la carrera espacial, el contexto ha cambiado significativamente debido a la creciente participación de nuevos países, empresas y programas internacionales en la exploración y uso del espacio ultraterrestre (Javier Jordán, 2023).
Estados Unidos ha ratificado cuatro de los cinco tratados de la Comisión de las Naciones Unidas sobre los usos pacíficos del espacio ultraterrestre (Naciones Unidas, 2002; Javier Jordán, 2023). Sin embargo, no es firmante del Acuerdo que debe regir las actividades de los Estados en la Luna y otros cuerpos celestes de 1984 (Javier Jordán, 2023). A pesar de ello, la importancia militar del espacio para Estados Unidos es indiscutible, como lo demuestran documentos clave como la Estrategia Nacional para el Espacio (NSfs) de 2018, la Estrategia Nacional de Defensa (NDS) de 2018 y la Estrategia Espacial de Defensa (DDS) de 2020. Este último documento destaca cómo Rusia y China buscan socavar la ventaja militar estadounidense mediante doctrinas, organizaciones y capacidades diseñadas para competir efectivamente en el dominio espacial (Javier Jordán, 2023).
En su obra “Competición entre grandes potencias y militarización en el espacio exterior”, Javier Jordán (2023) enfatiza que el objetivo de la estrategia norteamericana es incrementar su presencia en el espacio. Este poder se define como la capacidad de desarrollar actividades diplomáticas, informativas, militares y económicas en tiempos de paz y guerra, destinadas a alcanzar los objetivos nacionales. La finalidad última de esta estrategia, según Jordán (2023), es obtener superioridad. Al analizar este concepto, resulta relevante recurrir a la teoría del realismo ofensivo de Mearsheimer, quien plantea que las grandes potencias buscan garantizar su seguridad maximizando su poder relativo frente a los demás actores (Mearsheimer, 2003; Javier Jordán, 2023).
Para fortalecer su dominio en el espacio, Estados Unidos, China y Rusia han creado fuerzas espaciales como organismos institucionales dedicados a la defensa de sus intereses en este ámbito. Estos esfuerzos buscan desarrollar capacidades estratégicas que les permitan obtener ventajas decisivas en caso de un conflicto internacional (Ruiz y Gómez, 2020). En el actual contexto internacional, marcado por una carrera armamentista en el espacio, Rusia y China trabajan activamente para superar las capacidades estadounidenses, reconociendo la relevancia estratégica del dominio espacial, que crece año tras año.
De acuerdo con Mearsheimer (2003) y Javier Jordán (2023), en un entorno de competencia por la supremacía, Estados Unidos, China y Rusia buscan maximizar su poder relativo. Esta búsqueda inevitablemente genera tensiones y recelos entre los competidores, particularmente en el caso de Rusia y China. Estados Unidos, en línea con su estrategia de control del espacio, se retiró en 2001 del Tratado sobre Defensa Antimisiles Balísticos y rechazó respaldar el Tratado para Prevenir una Carrera de Armamentos en el Espacio Exterior (PAROS) (Javier Jordán, 2023).
La superioridad estadounidense en el espacio se basa en el volumen de recursos invertidos en este ámbito. Según datos del International Institute for Strategic Studies (2020), Estados Unidos opera 140 satélites militares, que incluyen 45 dedicados a comunicaciones, 17 a ISR (inteligencia, vigilancia y reconocimiento), 27 a inteligencia electrónica y de señales, y varios más para geolocalización, meteorología y alerta temprana (Javier Jordán, 2023). Además, cuenta con el minitransbordador espacial no tripulado X-37B y con empresas líderes como SpaceX, United Launch Alliance, Astra y Rocket Lab. Estas compañías han creado un ecosistema de innovación que refuerza el poder espacial estadounidense (Javier Jordán, 2023).
Por último, Estados Unidos dispone de capacidades ASAT (antisatélite) destructivas, que incluyen sistemas diseñados para identificar objetivos en el espacio ultraterrestre (Agrawal & Fernengel, 2019; Javier Jordán, 2023). Estas capacidades refuerzan su liderazgo y subrayan su posición dominante en la militarización del espacio. El aporte de Javier Jordán Enamorado y Josep Baqués Quesada (2018) en el ensayo “Robots, ciberguerra y militarización del espacio” es fundamental para entender las tres líneas de acción de la doctrina estadounidense para neutralizar las capacidades espaciales enemigas:
- Ataque a infraestructuras terrestres: destruir los recursos terrestres que sostienen el programa espacial del adversario.
- Guerra electrónica: interferir en los enlaces entre satélites enemigos y sus estaciones de recepción terrestre.
- Ataque directo contra satélites en órbita: aunque efectiva, esta estrategia es menos atractiva debido a los problemas de eficiencia y eficacia y al riesgo de generar restos espaciales que podrían dañar satélites aliados o neutrales (Sheehan, 2009).
Según Fermín Romero (2024), la carrera espacial actual se caracteriza por la formación de dos bloques principales. Por un lado, Estados Unidos y sus aliados, como la NASA, lideran el esfuerzo occidental. Por otro lado, China y Rusia han establecido una colaboración estratégica a través de la Estación Internacional de Investigación Lunar, operada conjuntamente por la CNSA y Roscosmos. Esta competencia no solo impulsa la innovación, sino que también ha llevado a avances significativos en la exploración del espacio profundo.
La supremacía en el espacio, particularmente en la colonización de la Luna y Marte, depende del desarrollo y la integración de frentes estratégicos, como sistemas de soporte vital, biotecnología, robótica, inteligencia artificial, cómputo cuántico y ciberseguridad. Tanto China como Estados Unidos reconocen la importancia de estas áreas para asegurar su posición en la carrera espacial (Fermín Romero, 2024).
La investigación y el desarrollo en estas áreas es crucial para transformar en realidad el sueño de los asentamientos humanos permanentes, primero en la Luna y posteriormente en Marte. Así, el espacio se consolida como un eje estratégico de la competencia entre grandes potencias, marcando una nueva etapa en la carrera espacial (Fermín Romero, 2024).
Conclusiones
El análisis presentado permite concluir que el espacio ultraterrestre se ha convertido en un ámbito estratégico indispensable para las grandes potencias, no solo por su importancia en comunicaciones y redes globales, sino también como un espacio crítico en términos militares. La inversión de las grandes potencias, como Estados Unidos, China y Rusia, se enfoca en desarrollar tecnologías avanzadas para mantener su superioridad y garantizar su seguridad frente a posibles conflictos (Pérez Gil, 2020).
El marco normativo internacional, establecido durante la Guerra Fría, presenta serias lagunas frente a los nuevos retos tecnológicos y estratégicos. Como señala Hernández Fernández (2021), es imperativo actualizar estas regulaciones para garantizar un uso sostenible y pacífico del espacio. Sin embargo, las actividades recientes demuestran que la militarización es un fenómeno en expansión, resultado de tres factores principales: la búsqueda de soluciones a problemas militares, los avances tecnológicos y la competencia internacional (Jordán, 2023).
La supremacía en el espacio, como lo afirma Pérez Gil (2020), representa una ventaja estratégica crítica en el sistema internacional. La máxima de Friedman, que predice que las guerras del futuro comenzarán con ataques a sistemas espaciales, subraya la relevancia del control sobre este dominio. Aunque Estados Unidos sigue liderando en capacidades espaciales, otras potencias buscan limitar su hegemonía, equilibrando las fuerzas o desarrollando contramedidas. Por último, la militarización del espacio no solo amenaza la estabilidad estratégica, sino también la seguridad global, debido al incremento de basura espacial y el desequilibrio que puede generar en las relaciones internacionales. Es fundamental garantizar que el espacio sea utilizado en beneficio de la seguridad internacional, asegurando que los Estados puedan desarrollar sus intereses nacionales de manera pacífica y responsable (Rivera Alejo, 2013).
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