Silencios en las representaciones sobre floricultores de origen japonés en Escobar, Argentina (siglo XX)
Chie Ishida
Introducción
La figura del japonés en Argentina ha sido imaginada, relatada y representada con una cierta distancia desde la escena política. Las calificaciones como sumiso, silencioso, de perfil bajo, tanto en el sentido positivo como negativo (peyorativo), connotan una personalidad opuesta a las del “típico argentino”, e implicarían la inhabilidad o inadaptabilidad del japonés en asumir la ciudadanía argentina. El japonismo —gramática de representaciones de lo japonés— en Argentina gira en torno a este eje de la apoliticidad.
Los estereotipos capturan imaginariamente a individuos diversos en una simple figura y les asignan unos límites característicos. En algunos casos, además, las propias personas a las que esos estereotipos se refieren apelan a ellos y los reproducen para ser juzgadas de esa manera cuando el imaginario les resulta favorable. Así, el objeto del discurso puede ser también el sujeto del mismo.
Este capítulo explora el vínculo entre el japonismo argentino y una de las ocupaciones que ha sido considerada típica de la inmigración japonesa en Argentina, especialmente en la localidad de Escobar (Provincia de Buenos Aires): la floricultura. Planteamos que existe un vínculo entre los discursos acerca de la índole étnico-cultural del japonés en general y sobre los japoneses escobarenses en particular, en términos de habilidad para expresar belleza de la naturaleza. A su vez, sugerimos que esta conexión imaginaria funciona en relación con el distanciamiento de la política (la actitud apolítica como un segundo imaginario) de parte de los propios japoneses. Presentado de manera coloquial, el enunciado que sintetiza la cuestión que aquí tratamos sería: “son buenos manejando las flores y las plantas (en cambio, no en otras cosas como hacer política)”.
En Escobar la imagen del pueblo japonés está ligada a la floricultura, una actividad que creció a lo largo del siglo XX y llegó a ser de las más importantes. En este partido la población japonesa ha logrado insertarse firmemente en la comunidad local. Este hecho reviste especial interés por cuanto, a nivel general de la colectividad japonesa en Argentina, no es común escuchar hablar de su interacción o intercambio social con otros grupos no japoneses. Prueba de ello es la afirmación de que los japoneses en Escobar son una excepción respecto del ideario de hermetismo étnico, ya que nunca quedaron “aislados”. En este punto, es verdad que no se encuentra registro de que tuvieran problemas para mezclarse con los “criollos”, sea en el ámbito laboral como en otros contextos sociales (el matrimonio, por ejemplo). Más bien, por el contrario, han sido reconocidos como parte importante de la comunidad local. Y sin embargo, ese alto nivel de inserción no se ha extendido al campo político. Esto no es casual, ya que existía un pacto interno de la comunidad japonesa que prohibía o restringía la participación en actividades políticas.
Para comprender mejor qué nos dice este tabú respecto de las reproducciones del discurso japonista en Argentina y qué rol juega en ello la presunta aptitud del japonés para la agricultura recurriremos, en primer lugar, a los aportes teóricos de Bruno Latour y Aníbal Quijano.
Latour, uno de los antropólogos contemporáneos que han puesto sobre el tapete el concepto la naturaleza no como un elemento diferenciador de las culturas no occidentales, propone en su libro Nunca fuimos modernos una revisión que facilite ubicarnos a nosotros, los “modernos”, sin separarnos epistemológicamente de los “primitivos” (Latour, 2012). Según el autor, la modernidad se basa en la división de lo natural y lo social: en este dualismo, la modernización como sinónimo de civilización significaba salir de la naturaleza, de modo que cuanto más civilizado, más alejado de la naturaleza. Sin embargo, como señala el título de su libro, el pensamiento occidental nunca ha sido moderno, en el sentido de que sí necesita de la naturaleza como el otro que lo constituya, respecto del cual separar su identidad.
Resulta pertinente combinar esta visión de la división sociedad/naturaleza con el debate del orientalismo, en particular con su versión argentina. Si el relato, la construcción del mito, acerca de la identidad nacional argentina se funda en la operación militar contra la barbarie premoderna –y en este sentido la “Conquista del Desierto” no sería tanto una colonización invasora hacia afuera como una limpieza interna(GASQUET 2007: 11-18)–, frente a este relato la inmigración oriental aparece como una anomalía patente, concreta, para la imaginación nacional, ya que la limpieza hubiera acabado con la otredad racial, con la presencia premoderna. Los rasgos no occidentales, entonces, demarcarían la frontera nacional-racial, (re)encontrada adentro.
Afirma Aníbal Quijano que el pensamiento científico del siglo XIX concebía la razón en progreso de Oriente a Occidente:
En Europa están en formación, o ya están formadas, las instituciones modernas de autoridad: los Estados-nación modernos y sus respectivas identidades. Pero en la no-Europa sólo son percibidas las tribus y las etnias como el pasado “pre-moderno”, pues ellas serán reemplazadas en algún futuro por Estados-nación “como en Europa”. Europa es civilizada. No-Europa es primitiva. El sujeto racional es europeo. La no-Europa es objeto de conocimiento (Quijano 2007: 113).
De acuerdo con este dualismo eurocéntrico, la razón política (o el gobernar el estado nacional) cae en el lado del Occidente, porque del otro lado “sólo son percibidas las tribus y las etnias como el pasado”.
Es este el racismo que se importó y se heredó en la América Latina, el cual ha sentado la base de prácticas discursivas y de conductas inconscientes en la esfera pública. Es el racismo en práctica, en términos de Gassan Hage, que se produce y reproduce mediante comunicaciones entre distintos grupos y con esto fortalece sentidos de pertenencia asimétricos entre grupos hegemónicos y oprimidos en una sociedad (Hage, 1998).
Estamos de acuerdo con Hage en que la nacionalidad, una vez que salimos del ámbito jurídico-administrativo, ya no es algo que “se tiene o no se tiene”, sino algo que se acumula y se reparte en forma desigual según el grupo al que uno se encuentra clasificado. Es ahí donde funciona el racismo, sin malicia por parte del ejecutante. En otras palabras, el racismo en práctica es el fundamento de construcción de la nacionalidad (en su aspecto no legal). Aquellos a quienes se les observa menos nacionalidad acumulada (es decir, se les atribuye más etnicidad que nacionalidad) son acusados de falta de integración.
Si la nacionalidad se acumula y se reparte a través de comunicaciones cotidianas en el espacio público (el término “público” podemos sustituirlo en este contexto por “nacional”), de suerte que las personas de minorías se sienten responsables de su bajo nivel de integración, ¿qué pasaría en las comunicaciones en la esfera privada, en este caso incluida dentro de una comunidad étnica?
1. La inmigración japonesa y el japonismo argentino
1.1 Ya no somos solo tintoreros o floricultores
En junio de 1984 el diario argentino La Nación entrevistó a un joven periodista, José Horacio Mito, de ascendencia japonesa, director del periódico comunitario nikkei,[1] Somos Nisei. El término “nisei” significa “segunda generación” en idioma japonés[2] y se utiliza ampliamente en las comunidades de inmigrantes en América del Norte y del Sur para diferenciar a los hijos nacidos en la tierra americana de sus padres nacidos en Japón. Podría parecer que Mito se presentaba ante los lectores argentinos como un nuevo referente de los “hijos de japoneses” en Argentina. Sin embargo, en la entrevista declara con un tono de descontento: “Que sepa que el nisei se ha integrado a la sociedad como muy pocos inmigrantes lo han hecho. Que el japonés no es sólo el tintorero o el floricultor”[3]. Esto confirma que existía en la sociedad argentina un estereotipo en torno al japonés –incluyendo a la siguiente generación— que lo conectaba con ciertas ocupaciones; algo que quizás molestaba a algunos jóvenes descendientes que desempeñaban su propia carrera en la sociedad fuera del círculo étnico.
Según los estudios sobre la inmigración japonesa en Argentina, las décadas de los setenta y ochenta del siglo pasado son calificadas como “la época de los nisei” (Gavirati, 2007)(M. Higa, 2003). Como se pone de manifiesto en la entrevista mencionada, aquellos argentinos descendientes de japonés, adolescentes en esa época insistían en separarse a sí mismos de sus progenitores: ya no eran japoneses como sus padres, sino que formaban parte de la nación argentina.
Muchos de ellos, además, no habían aprendido el idioma de sus padres. Con anterioridad a esa época, era común que los descendientes nacidos en Argentina hablaran japonés como su lengua materna y que se reconocieran a sí mismos como japoneses, o Nihon-jin. También era algo habitual aceptar que los identificaran con sus padres inmigrantes bajo el rótulo del japonés, sin diferenciación con sus padres. Incluso los propios japoneses solían tratar de mantener la buena imagen estereotipada: ser tintoreros o floricultores eran los típicos trabajos a los que se dedicaban los inmigrantes japoneses y contribuían a sostener esa imagen de los japoneses inocuos en Argentina.
Para una mejor comprensión de esta cuestión es preciso, por un lado, destacar que las comunidades japonesas en el continente americano tenían que lavarse de la imagen infame del invasor difundida a raíz de las políticas colonialistas del Imperio Japonés, ya que durante la Segunda Guerra Mundial el gobierno japonés se refería a estos inmigrantes como “pioneros del progreso de la nación japonesa”, donde progreso significaba la expansión, paralelamente al movimiento de los colonos que se instalaron en Manchuria[4]. Bajo esta circunstancia, transmitir la inocuidad del japonés a la próxima generación de inmigrantes y conservarla como rasgo distintivo se convirtió en una misión tanto para las políticas exteriores del estado japonés de posguerra, como para las comunidades en las Américas que sobrevivieron la Guerra como una estrategia existencial. La presencia de japoneses en estas sociedades no debía, en modo ninguno, ser signo de motivos políticos (Ishida, 2013b, capítulo 2) (véase también la nota al pie número 4).
Asimismo, interesa hacer un breve repaso por las condiciones que rodearon el proceso migratorio japonés en la Argentina del siglo XX.
1.2 Argentina, el mito de la nación europea
La difusión del discurso de autorreconocimiento argentino como “crisol de razas” corresponde a la época del “aluvión” de inmigrantes (1880-1914) y describe a la nación argentina como país de inmigrantes europeos; por tanto, no abarcaba como parte componente a la población “oriental”, ni tampoco a la indígena y la mestiza[5]. De hecho, como señala Alejandro Grimson al desmontar uno de los mitos de la sociedad argentina, la presencia de la población no europea no había sido reconocida como un hecho social sino hasta la última década del siglo XX (Grimson 2012: 85-102). La ilusión de “país europeo” empezó a ser cuestionada desde adentro recién con la recuperación de la democracia. La crisis económica de aquella época –extendida a todo el continente–, obligó a miles de personas a salir del país para sobrevivir; luego, el país recibió una nueva oleada de inmigración, pero esta vez no por barco sino a través de las fronteras terrestres, desde los países limítrofes, o por vía aérea desde Asia del Este (Grimson & Jelin, 2006). Hasta la década de 1980, los inmigrantes japoneses quedaban fuera de la narrativa nacional y eran casi los únicos orientales en medio de una sociedad orgullosamente blanca (Cf. Kim 2010)(cf. Ko 2014)
Esta identidad nacional de profundo arraigo en Occidente no ha provocado una discriminación significativa hacia los inmigrantes japoneses, ni en forma violenta de parte de los vecinos ni a nivel institucional de parte del Estado(J. Higa, 1993: 68)(M. Higa, 2000: 1); en especial si lo comparamos con lo que ocurrió en Perú y en Estados Unidos alrededor de la Segunda Guerra Mundial.
La idea de que en Argentina no existe la discriminación racial ha sido parte del sentido común en la comunidad japonesa, o incluso un hecho histórico para aquellos que sabían de las experiencias de sus contrapartes en otros países, sobre todo entre inmigrantes de la primera generación. Esto no quiere decir que no existiera el racismo contra el pueblo japonés, pues, en efecto, hay testimonios que dan cuenta de experiencias de ser o sentirse discriminados. En todo caso, podría decirse que el racismo toma una forma particular hacia los “japoneses”, que resulta en algún sentido indulgente (Ishida, 2017). Si bien no aparecen como el grupo discriminado (como los pueblos originarios o la gente llamada “cabecita negra”), esto se debe más bien a que se han invisibilizado (Gómez, 2011) dentro del espacio nacional argentino, como estrategia para evitar ser víctimas del racismo violento que sí existe (que se remonta a la Conquista)[6].
En relación con esto, es interesante destacar que la inmigración japonesa no llegó a formar un barrio étnico, cuya presencia sea llamativa y evidente a ojos de los demás, como sí sucedió con Little Tokyo en Los Ángeles y con Liberdade en Sao Paulo. En Argentina, salvo el caso de las “colonias”[7], en las ciudades donde viven los japoneses y sus descendientes ni las residencias ni los negocios están reunidos en un barrio particular, sino que se encuentran dispersos entre los no japoneses y, en este sentido, son invisibles en tanto colectivo. En contraste, a nivel individual, sus rasgos físicos sobresalen en cada rincón de esta metrópoli, “París de Sudamérica”, por lo escaso del número de los asiáticos[8].
Muchos porteños seguramente se han cruzado alguna o varias veces con un japonés o un descendiente en su vida cotidiana, como compañero de clase o de trabajo, en un colectivo, en la calle, o en un negocio. Sin embargo, muchas veces fueron vistos como “japonés” o “chino”, un estereotipo cerrado sobre los orientales, calificados colectivamente, y raras veces los habrán reconocido como parte de la diversidad de argentinos. Esta visión hacia el japonés perdura en la actualidad, aunque cada vez en menor medida, quizás sostenida por esa combinación mencionada de alta visibilidad como individuos y baja visibilidad como colectivo.
Frases típicas como “no quieren integrarse a la sociedad” podrían albergar en cierto sentido parte de la verdad histórica. Una encuesta realizada en la comunidad japonesa en 1986 señala que la taza de endogamia llegaba a 99% entre los inmigrantes nacidos en Japón, y 97.5% entre los hijos de inmigrantes (Maletta & Lepore, 1990: 438). Esto habría podido causar la impresión de un grupo hermético, pero no es fácil decir si la alta tasa de endogamia es un factor o el resultado de otra cosa. Además, dicha encuesta se realizó con ayuda de las asociaciones japonesas y habría sido difícil contar con datos de personas de ascendencia japonesa que no estaban en contacto con ningún organismo japonés.
Retomando el planteo inicial, una noción estereotipada sobre el oficio de un grupo de minoría probablemente fomenta la imagen de su exclusividad, implicando la imagen de la mayoría en una forma inversa: “ellos siempre hacen lo mismo que nosotros no hacemos”. A su vez, es preciso volver a insistir sobre este punto: aquello que los japoneses floricultores hacen es trabajar con la naturaleza, lo cual podría servir para naturalizar aún más este imaginario étnico.
1.3 Panorama de la comunidad japonesa y sus asociaciones
La inmigración japonesa en Argentina comenzó oficialmente en 1908 y continuó hasta los años 70, con una interrupción a causa de la Segunda Guerra Mundial[9]. En base a los datos de pasaportes expedidos por el Ministerio de los Asuntos Extranjeros de Japón, se calcula que el número de japoneses que emigraron a Argentina asciende a 12.066, incluyendo aquellos que partieron de Okinawa durante la ocupación militar estadounidense (de 1945 a 1972). Otro estudio presentado en 1998 muestra que en su momento se contaban en el país alrededor de 33.000 personas de origen japonés, independientemente del lugar de nacimiento (Maeda, 1998: 233). Estas cifras coinciden grosso modo con el número estimado por las asociaciones de la comunidad (FANA 2005: 489).
La densa concentración en el Gran Buenos Aires, similar a la población total del país, es una tendencia constante a lo largo de la historia. No obstante, si comparamos la proporción entre la Capital Federal y la Provincia de Buenos Aires, el número varía según el período. En la capital se encontraba el 54% de todos los japoneses en la etapa temprana de inmigración (1914) mientras en la provincia sólo el 12%. Hacia 1980 la cifra se invierte: 54% se radica en la provincia y sólo el 33% en Capital (Onaha, 2002: 137). Esta distribución geográfica y el crecimiento de la población de la provincia (mayoritariamente en el Conurbano) muestra a las claras la gran desproporción de la población total en el país.
Si bien el porcentaje poblacional nunca ha llegado a un 0.001% del total, los inmigrantes japoneses han formado diferentes tipos de asociaciones, como Kenjin-kai (por prefectura de dónde venían) y, en el caso de Okinawa, Sonjin-kai (por municipalidad dentro de la prefectura de Okinawa). También existen organizaciones por ocupación, por escuela de idioma japonés, federaciones de esas escuelas en cada zona de país, entre otras. La más importante es Nihonjin-kai, o Asociación Japonesa. Con presencia en cada localidad y en la Capital, la Asociación Japonesa en Argentina (AJA) fue fundada en 1917 como el núcleo de todos los japoneses en Argentina y también como representante de todas las instituciones al estar en comunicación con el gobierno japonés en el período de preguerra.
Aparte de AJA, dentro del Gran Buenos Aires hay varias Nihonjin-kai locales que tienen más miembros y actividades que otras: Asociación Japonesa de Burzaco (cuya sede y su escuela japonesa están ubicadas en el partido de Lomas de Zamora), Asociación Japonesa de Sarmiento (en el partido de José C. Paz), Asociación Japonesa de Seibu (en el partido de Morón), Asociación Japonesa de Escobar (en el partido de Escobar), Asociación Japonesa de Florencio Varela (en el partido de Florencio Varela), y Asociación Japonesa de La Plata, entre otras[10].
Estas asociaciones locales tomaron forma y se desarrollaron rápidamente durante los años cincuenta y sesenta del siglo pasado, algunas desde antes, de acuerdo con el crecimiento de la urbanización y como un resultado de la llegada de nuevos inmigrantes durante la posguerra (FANA 2004).
Una de las particularidades de la inmigración japonesa en Argentina es que el lugar de origen de la gran mayoría es Okinawa. La proporción estimada de los descendientes de okinawenses oscila entre el 65 y el 80%, según suele decirse. Esta tendencia parece más marcada en la Ciudad de Buenos Aires.
Con respecto al oficio, en sus primeros años los inmigrantes conseguían trabajos obreros en fábricas o como servicio doméstico, ya que eran más accesibles para los recién llegados sin conocimiento del idioma. En particular, el servicio doméstico fue requerido tanto por los japoneses inmigrantes, porque podían aprender el idioma y las costumbres del país a través del trabajo, como por los argentinos patrones, por la reputación del “mucamo japonés” o “jardinero/quintero japonés” que se iba difundiendo en aquella época entre la clase alta, de que tenía características favorables, al punto de que podría decirse que era una moda[11](M. Higa, 1999). El oficio de jardinero y quintero, como retomaremos luego, se vincula con el de floricultor por cuanto implica trabajar con la naturaleza; en particular, con la tierra y lo que crece en ella.
La ausencia de un barrio étnico reconocido tiene mucho que ver con el patrón de sus procesos migratorios. La forma dominante desde Japón hacia Argentina es conocida como yobiyose, o “llamada”. Primero, un miembro de la familia (en muchos casos el padre o el hijo primogénito) va solo para que pueda encontrar trabajo con mayor facilidad; una vez radicado con una vida más o menos estable, él llama a otros miembros de su familia, a veces a sus vecinos y amigos también. Podía incluso recibirlos bajo su cuidado, garantizando las primeras necesidades para empezar una nueva vida desde cero. No era fácil migrar con toda la familia desde el principio, en parte porque no hubo un plan de inmigración constituido oficialmente entre los gobiernos hasta la época de posguerra. Este tipo de aumento paulatino de la población mediada por lazos personales impidió formar su propio barrio que contara con casas, tiendas de cosas diarias, o centro de ayuda mutua, de manera aislada.
Gran parte de los residentes de origen japonés en el área metropolitana de Buenos Aires, en su mayoría okinawenses, se ha dedicado a la tintorería como su trabajo familiar. Desde la década de 1910 hasta casi el fin del siglo XX, dicha ocupación era casi monopolio de los inmigrantes japoneses en las grandes ciudades de todo el país (Higa 2000: 2). Como contraparte de la tintorería en las ciudades, en el área rural del Gran Buenos Aires, el cultivo de flores se volvió un típico trabajo de los japoneses, así como el cultivo de verduras. El éxito en estas ocupaciones, que se convirtieron en “típicas japonesas”, tiene como base, según Marcelo Higa, el servicio doméstico de la época anterior, pues jugó un rol fundamental para que se consolidara la imagen de los japoneses en relación a valores como “silencio, respeto, higiene, honestidad, trabajo, abnegación, etcétera” (Higa 1999). Los inmigrantes mismos supieron aprovechar de alguna manera este “capital simbólico acumulado”, o “prejuicio positivo”, cuando iniciaban más tarde su propio trabajo independiente, justamente la tintorería (a continuación del mucamo) y la floricultura (del jardinero y el quintero empleado en forma doméstica[12]) (Higa, 1999).
Cabe enfatizar que estos hechos muestran ya en esas etapas tempranas la existencia del reconocimiento de parte de los sectores dominantes de la sociedad que asociaban al “japonés” con características positivas como la limpieza y la delicadeza, que también podrían asociarse con la floricultura. Del mismo modo, como se describe a lo largo de este libro, el vínculo entre japonismo y belleza de las flores es un tópico clave, que las élites porteñas también habían recibido vía Europa. La belleza japonesa, a veces feminizada y elogiada exóticamente, ¿estará ahora situada más cerca de la capacidad de cultivar y cuidar la belleza natural? Para responder este interrogante, debemos acercarnos a la meca de la industria floral: Escobar.
2. Escobar, la Capital de la Flor
Escobar es una de las regiones más pobladas de la Provincia de Buenos Aires. Establecida como partido en el 1959 (Gil, 2009) es también una de las ciudades típicas y recientes del “cinturón verde”, perteneciente al tercer cordón del actual Gran Buenos Aires[13]. Ubicada a 50 kilómetros al norte de la Ciudad de Buenos Aires, estaba conectada con la Capital por el ferrocarril, que aún hoy sigue en servicio; actualmente, la Ruta Panamericana conecta también ambos territorios.
Durante las décadas de 1940, ´50 y ´60 las actividades económicas en Escobar estaban concentradas en la agricultura, en particular la producción de flores[14]. Como consecuencia, durante ese período, ocupó la mayor parte de toda la producción nacional de flores en el país[15], lo cual significó un buen incentivo para sus habitantes, que planearon un evento de escala nacional que tematizara las flores en esta ciudad. En 2005, entre los 28 partidos en la Provincia de Buenos Aires, Escobar ocupaba el quinto lugar en terrenos dedicados a flores de corte y era el primero en producir plantas de interior[16]. Así ha adquirido la fama como la “Capital de la Flor”. La inmigración japonesa ha participado activamente en tal logro, junto con otras colectividades como la italiana, portuguesa y española, desde las épocas más tempranas, cuando la ciudad era un pueblo con escasos habitantes.
2.1 El comienzo y la época temprana de la comunidad japonesa en Escobar
Podría decirse que el asentamiento del colectivo japonés en Escobar no siguió un camino muy común. No se trató de un proyecto institucional ni fue resultado de las decisiones individuales acumuladas, sino fue una idea presentada y dirigida por una persona.
Escobar es el área más conocida y avanzada en la producción de flores. Como adelantábamos en la introducción, hay opiniones acerca de que la comunidad japonesa de Escobar es distinta de las otras por varias razones: la escasa población okinawense, la alta presencia de japoneses como grupo en la localidad, el alto nivel de preservación del idioma japonés entre los descendientes. Asimismo, en Escobar se ha establecido una reputación especial del japonés en relación con la floricultura, de gran importancia a fin de analizar el rol del discurso japonista y descubrir lo que no se representa en el mismo.
En 1925, cincuenta años después de la construcción de la estación de tren en 1875, un joven inmigrante agrónomo oriundo de Hokkaido (norte de Japón), Kuhei Gashu, estaba buscando un terreno adecuado para construir una colonia japonesa de floricultura en alguna parte del área suburbana, pues en general allí se encontraba tierra más fértil a menor precio de venta que en otros sitios cerca de la ciudad. Gashu se dedicó por años a las investigaciones sobre la tierra, visitando distintas regiones con el objetivo de encontrar un lugar apto para radicarse y tener su vivero propio. Mientras tanto manejaba un vivero de rosas en un lugar alquilado en el área metropolitana[17].
La idea de construir una colonia de floricultores no tuvo amplia aceptación al principio, ya que muchos trabajaban en invernaderos en las ciudades por la conveniencia del transporte. Sin embargo, Gashu confiaba en su idea y prosiguió la búsqueda, hasta que por fin concluyó que Escobar era el mejor lugar.
Al mismo tiempo que elaboraba la campaña para trasladarse allí, él mismo creó un vivero de flores en el área e invitó a su yerno paisano, quien había pisado esta tierra también como inmigrante, para que empezara su trabajo y su nueva vida allí como productor de flores. En 1929 tuvo lugar el primer asentamiento de un japonés en Escobar[18].
Ese mismo año también se mudaron otros tres japoneses floricultores. Uno de ellos tres, Suejirō Hisaki, llegó a Escobar no por mediación de Gashu, sino por una conexión personal que había conseguido por su cuenta[19]. A estos pioneros siguieron muchos otros que fueron conformando una colonia que en el plazo de diez años contaba cien personas (véase el cuadro 1)[20]. Es por ello que 1929 se toma como el nacimiento de la comunidad japonesa en Escobar. En esta primera fase, se dedicaban a la floricultura 43 entre los 3888 japoneses en Argentina, según datos de 1930 (Club Belén, 1980: 30).
Cuadro 1. Población japonesa en Escobar entre los años 1939 y 1997
| Año | 1939 | 1949 | 1959 | 1969 | 1979 | 1989 | 1997 |
| Número | 104 | 139[21] | 412 | — | 352[22] | — | —[23] |
Elaborado por la autora.
Fuente: Club Belén (1960; 1980), Escobar Nihongo Gakuen (1992).
Cuadro 2. Número de los floricultores en Escobar
1929 | 1939 | 1949 | 1959 | 1969 | 1979 | 1989 | 1997 | |
Total | 7 | 43 | 95 | 165 | 210 | 250 | 250 | 215 |
Japoneses | 3 | 23 | 50 | 80 | 100 | 120 | 115 | 95 |
Elaborado por la autora.
Fuente: Zaia Hokkaidōjin kai (1997).
Como mencionamos antes, una característica de la comunidad nipona en Escobar es su origen. Hay concentración de inmigrantes que provienen de la prefectura de Hokkaido, sobre todo entre los primeros que llegaron a radicarse en esta zona; por otra parte, había muy pocos oriundos de Okinawa, en comparación con el promedio de todo el país. La alta concentración del dosanko –expresión que designa a la gente originaria de Hokkaido— en esta localidad suele explicarse por el hecho de que el propio fundador, Gashu, era uno de ellos, y su conexión funcionó como la base que trajo a muchos otros de la misma prefectura, facilitando también hacer nuevas relaciones matrimoniales de la misma manera.
Además de ello, Hokkaido tenía el Shokumin Gakkō, el colegio nacional de técnicas para educar y entrenar futuros colonos que se requerían en diferentes lugares de Asia del Imperio Japonés. Algunos egresados de dicho colegio tenían el deseo de emigrar a América. Tal era el caso de Hisaki, a quien estimulaban también Gashu y sus colegas que venían antes escribiéndole cartas desde el otro lado del planeta[24].
Con respecto al otro aspecto poblacional, durante nuestra estadía de trabajo de campo tanto en la Ciudad de Buenos Aires como en Escobar era habitual escuchar decir que “no hay okinawenses en Escobar”, lo cual en realidad no es cierto, pues sí hay inmigrantes de Okinawa en esa localidad[25], aunque su proporción es muy limitada en comparación con otras localidades[26].
Esta relativa ausencia de los okinawenses —el grupo “menos japonés” en el sentido histórico, discriminado en el contexto nacional japonés, y al mismo tiempo el grupo mayoritario dentro del contexto nipo-argentino— puede haber sido un elemento para que Escobar pareciera distinta de otras comunidades japonesas en Argentina.
2.2 Club Belén: la asociación japonesa de Escobar
Como suele ocurrir, muchos de los inmigrantes japoneses desearon que sus hijos aprendieran el idioma y la cultura de su origen, y al mismo tiempo que se integraran en la sociedad local como argentinos. Como parte de esos esfuerzos se construyó una escuela japonesa para que todos los hijos de los japoneses de la zona pudieran aprender el idioma.
Las asociaciones japonesas en las zonas de Gran Buenos Aires suelen encargarse o al menos respaldar la administración de la escuela japonesa de la región. Donde hay asociación japonesa, hay una escuela japonesa. Pero en el caso de Escobar fue un poco diferente: primero se formó la sociedad cooperativa de los floricultores, Kaki Engei Dōgyōsha Kumiai –generalmente llamada simplemente el Kumiai– y fue esta asociación profesional quien administró financieramente la escuela japonesa en Escobar en sus primeros pasos.
El Kumiai se formó en 1933, con Suejirō Hisaki como su primer presidente. Esta asociación es una rama de la Federación de Sociedades Cooperativas de Floricultores, que en ese momento tenía su sede en Capital[27]. Aunque el Kumiai servía en el ámbito laboral, tal como indica su nombre, también jugaba un papel fundamental en otros aspectos de la vida comunitaria de sus socios; en concreto, las funciones que ahora asume la Asociación Japonesa de Escobar (AJE) estaban en manos del Kumiai, pues casi todos los japoneses de esta región eran floricultores, y no hacía falta crear otra institución entre los mismos miembros.
Recién en la época de la posguerra se creó la institución precursora de AJE para tomar el lugar de Kumiai en asuntos no relacionados con la floricultura. En esa época, cada vez más japoneses llegaban a instalarse en Escobar y entraban en otros campos que no eran del negocio de flores. En 1955, la Cooperativa se transformó en el Club Belén (Club Belén 1980: 12-13), que toma su nombre de la ciudad Belén de Escobar. La decisión de no elegir un nombre japonés tuvo que ver con la intención de evitar cualquier inconveniencia o peligro que pudiera provocar en un contexto en el cual Japón se había convertido en el país enemigo de todo el mundo[28]. Treinta años más tarde, en 1985, se cambió el nombre y comenzó a llamarse Asociación Japonesa de Escobar (AJE), bajo la idea del entonces comité a cargo de que sería mejor expresar hacia afuera de la comunidad que se trataba de japoneses, aunque los mayores la siguen llamando el club hasta hoy en día.
Con el transcurso del tiempo, AJE fue perdiendo peso en la comunidad, igual que en otras regiones del país. Un nisei, nacido a mediados de los ´50, cuenta que “la Asociación Japonesa era muy importante en la época de nuestros padres. Pues ahora estamos más integrados”[29], como si dijera que la asociación era necesaria porque no estaban integrados. Sin embargo, sus actividades no dejan de reunir gente nikkei, cuya mayoría hoy son los descendientes de tercera y cuarta generación. Muchos jóvenes de esta generación también trabajan para la Fiesta Nacional de la Flor junto con sus padres.
2.3 Las relaciones étnicas y la Fiesta Nacional de la Flor
El Kumiai era una asociación étnico-ocupacional establecida a raíz de la necesidad de la ayuda mutua, lo cual no significa que los japoneses fueran marginalizados o discriminados por otros grupos migratorios ni por los argentinos criollos. Al contrario, siempre había colaboraciones cuando era necesario y lograban relaciones amistosas con las comunidades de otros inmigrantes o los argentinos criollos —“gaijin”, en su lenguaje[30].
Es el caso de Suejirō Hisaki, quien se instaló en Escobar en 1929 y empezó la gestión de su vivero en colaboración con Arturo Sanginetti, de origen italiano, propietario del terreno en su momento. Hisaki lo había conocido cuando estaba buscando terreno en Escobar, y llegó a compartir la visión del negocio con él. Esto nos muestra que la diferencia étnica no fue obstáculo para comenzar un negocio juntos. No es el único caso. Es posible encontrar otros ejemplos en la historia de la Escuela Japonesa en Escobar. Desde el comienzo contaba con personal de origen europeo como profesores de español, de quienes los padres expresaban buenas impresiones. Además, el terreno de la escuela había sido ofrecido por uno de los clubes de deporte más populares en la zona.
Un japonés inmigrante de posguerra contó en entrevista:
los japoneses tienen muy buena fama acá en Escobar, y yo nunca tuve problemas en comunicarme con los argentinos pese a que mi español era muy mal. En Capital seguramente va a ser más difícil comunicarme con alguien que no tenga ningún conocido japonés[31]
El caso más notable y evidente se encuentra en la gestión de la Fiesta Nacional de la Flor. Telmo Hisaki y Tetsuya Hirose son dos de las personas más sobresalientes entre los nisei de la comunidad en Escobar, porque han desempeñado el cargo más importante de dicho evento, como presidente de la Comisión Directiva de la Fiesta (Hisaki desde 1996 hasta 2003, y Hirose desde 2004 hasta la actualidad, 2021). Ambos nacieron en la segunda mitad de la década de 1930 y pertenecen al grupo más veterano entre los nisei en Escobar.
Según Telmo, el hijo de Suejiro, no fue mera coincidencia que los dos estén casados con mujeres sin ascendencia japonesa, algo que estaba muy lejos de lo común en aquellos tiempos. Lo que se implica en esta afirmación es que el matrimonio mixto y la alta posición a la que llegaron tienen mucho que ver con el grado de la integración de los japoneses en la sociedad escobarense[32]. Es cierto que no hay casos equivalentes a su desempeño.
En la siguiente sección vamos a describir este evento que tematiza la flor como evidencia de la exitosa inserción de la comunidad japonesa en el ámbito social y, al mismo tiempo, de la ubicación del japonés por fuera de lo político. De este modo podremos observar cómo funciona la gramática del japonismo en este contexto para establecer y mantener la posición étnica utilizando esa imagen relacionada con la naturaleza.
2.4 Origen y desarrollo de la iniciativa “Ciudad Capital de la Flor”
Gracias a La Fiesta Nacional de la Flor[33] Escobar ha sido conocido no sólo dentro del Gran Buenos Aires sino también a nivel nacional. La importancia de este evento para el pueblo escobarense se pone de manifiesto al decir que:“hablar de la Fiesta Nacional de la Flor significa hablar de toda la gente de Escobar” (Larrondo, 2007: 15).
La Fiesta se origina en la idea que propuso un floricultor local llamado Arturo Brosio, en abril de 1964. Brosio, entonces presidente del Rotary Club, comentó en una reunión a los socios que el 80% de los canastos de flores que ingresaban al Mercado Central de Buenos Aires salía de Escobar, por lo cual –insistió él— esta localidad merecía ser reconocida como el sitio para conmemorar la floricultura (Gil 2009; Club Belén 1980:62).
Su propuesta fue aceptada sin oposición y pronto se formó la Comisión Directiva de la Asociación Fiesta de la Flor en junio del mismo año, con Arturo Brosio como presidente[34]. Seis de los dieciocho integrantes de la Comisión eran de la colectividad japonesa: tres issei (Hideo Fuke, Minoru Nakanishi, Teijo Yoshida) y tres nisei (Telmo Hisaki, Tetsuya Hirose y Alejandro Watanabe).
Uno de dos vicepresidentes de la Comisión era Hideo Fuke, inmigrante oriundo de Hokkaido que había llegado a Argentina en 1936 bajo la custodia de Kuhei Gashu; además, había egresado del mismo colegio secundario, el Hokkaido Shokumin Gakko (Club Belén 1980: 26). Fuke recuerda que, al elegir a los integrantes de la comisión, trataron de incluir el mayor número posible de nisei, considerando el carácter nacional del festival (Club Belén 1980: 63).
La Primera Fiesta de la Flor se celebró en octubre de 1964 con la ayuda institucional del Rotary Club local y autorizada como festival nacional por un decreto firmado por el presidente de la República, Arturo Illia[35]; en aquel momento estaba programada solo por cinco días.
Según consta en las memorias de Fuke, entre los 46 programas organizados para la primera edición, las más importantes eran las exhibiciones competitivas de productos de flores, pues a ello era que apuntaba el fundador Brosio como el motivo principal para organizar el festival. La administración de esta actividad se la dejaron a los miembros “japoneses” (término que englobaría a los argentinos nikkei) de la Comisión, nombrando a Fuke como la persona a cargo. El sector de la venta de flores, que era una de las tres actividades principales aparte de la exhibición[36], quedó prácticamente a cargo del Club Belén (es decir, de la comunidad japonesa) bajo la condición de que dividieran las ganancias por la mitad entre el Club y la Comisión, tomando la forma de coadministración (Club Belén 1980: 63).
El festival terminó con gran éxito: las exhibiciones atrajeron a numerosas personas hasta llenar el sitio, y se dijo que era casi imposible ver todas las actividades por la cantidad de gente que acudió. Las ganancias llegaron a 800.000 pesos, que luego fueron donados al hospital de la ciudad. Se vio que la participación japonesa tuvo bastante popularidad: en las competiciones de plantas, los productores japoneses recibieron la mayor parte de los principales premios. De este modo, la capacidad de este grupo étnico para expresar la belleza de la naturaleza a través de las flores se vio socialmente reconocida.
A su vez, en el programa de la Reina Nacional de la Flor y el desfile de carrozas, donde las candidatas de belleza realizaron desfiles cada una en la carroza decorada con flores de su propia agrupación, la representante del grupo japonés, Esther Yoshimiya, se quedó con la corona, y la Carroza del Club Belén también ganó el primer lugar (Club Belén 1980: 63-64).
En este punto cabe preguntarnos: ¿podría remitir este hecho al discurso japonista que haga asociación de la belleza de las mujeres japonesas? Desde ya, la idea de la belleza como un rasgo distintivo de las mujeres es también sesgada por una mirada hegemónica masculina. Añadamos a ello que su representación mediante la flor, así como la cristalización de la idea de la belleza de la naturaleza, tiene antecedentes en la corriente pictórica japonista.
En 1968, la asociación obtuvo la personería jurídica por la municipalidad. Y el siguiente año, la recién reformada Sociedad Civil Fiesta de la Flor consiguió el terreno de seis hectáreas para establecer el predio de la “Ciudad Floral de la República Argentina”, que actualmente contiene pabellones que cubren cinco mil metros cuadrados[37]. Según aclara Telmo, que en 1996 se convirtió en el primer presidente japonés, en el mandato de su antecesor el festival prosperó notablemente y creció “sin techo” (Larrondo 2007: 13-14)[38]. Desde entonces, la Fiesta fue desarrollando sus ediciones hasta la 57ª en el año 2020, expandiendo su escala cada vez más.

Fuente: Fotografía de la autora.
2.5 Participación japonesa en la sociedad: el caso del Jardín Japonés de Escobar
Como hemos visto, la población japonesa no encontró obstáculos para participar en las actividades sociolaborales de la región ni para integrarse a la sociedad local. La floricultura y la Fiesta de la Flor se lo han facilitado. La presencia del japonés en este campo ha logrado una importancia indudable en comparación con otras comunidades inmigrantes. Esto se refleja en la reputación de la calidad de sus productos: el triunfo de la comunidad japonesa en el concurso de la carroza de flor del primer año no era casualidad ni suerte, sino el comienzo de su larga carrera en la actividad más espectacular de la Fiesta. Un residente de Escobar comentaba el entusiasmo y la pasión que solía atraer la competencia histórica entre el club de floricultores de Loma Verde (parte del partido de Escobar) y el Club Belén en el desfile de carrozas, utilizando la metáfora de “River y Boca”[39].
Otra prueba de la aceptación de la inmigración japonesa por la comunidad local es el jardín japonés de la ciudad de Escobar. Fue Suejiro Hisaki quien presentó e impulsó la idea de construir un jardín de estilo tradicional japonés para expresar agradecimiento a la población y a las autoridades locales, sobre todo a sus actitudes amistosas hacia los japoneses durante la Segunda Guerra Mundial (Club Belén 1980). La propuesta obtuvo consentimiento de otros japoneses como una buena oportunidad de tener un monumento simbólico y también para celebrar en forma conjunta la apertura con la sexta edición de la Fiesta de la Flor y el 40° aniversario del asentamiento de la inmigración japonesa en la zona.
Había otro factor favorable para este planteo: Hisaki había traído en 1966 a un joven inmigrante, Yasuo Inomata, ingeniero agrónomo recibido de la Universidad de Agricultura de Tokio, quien era profesional de diseño paisajista. Inomata había construido y expuesto un mini-jardín japonés en la Fiesta de la Flor del año siguiente (1967, la cuarta edición), lo cual llamó atención del intendente local, tanto que le comentó al diseñador su deseo de tener un monumento parecido para la ciudad.
Dadas las condiciones favorables, en 1969 se construyó el primer jardín japonés tradicional en Argentina, diseñado por Inomata, justo al lado de la plaza principal de la ciudad de Escobar en conmemoración del 40° aniversario de la inmigración japonesa. La ceremonia de su donación a la municipalidad se celebró en el día de inauguración de la Sexta Fiesta Nacional de la Flor, con la presencia del gobernador de la provincia de Buenos Aires y el embajador de Japón, entre otros (Club Belén 1980: 38-39, 65).
Se observa que los logros de la comunidad japonesa fueron posibilitados de una manera institucional. Por una parte, los japoneses trabajaban y aparecían ante los ojos de otros residentes como un colectivo étnico en nombre de la asociación, el Club Belén. Si bien resaltaban de vez en cuando individuos destacados (como Kuhei Gashu, Suejiro y Telmo Hisaki, Tetsuya Hirose, Yasuo Inomata, sólo para recordar a los referidos en este texto), siempre se los veía como representantes de la comunidad, y ellos mismos se presentaban así. Por otra parte, obtenían apoyos o auspicios de parte de otras instituciones fuera de la comunidad japonesa, incluso de la autoridad local, cuando se necesitaba.
En cuanto a la vida social en Escobar, “los japoneses” han obtenido una reputación por sus trabajos de floricultura y su presencia como grupo étnico se conectaba a su ingenio para tratar la belleza de la naturaleza. Sin embargo, esto no quiere decir que la etnicidad no tuviese ningún sentido para los nikkei como grupo minoritario. Al contrario, la ascendencia japonesa, inevitablemente declarada como fenotipo y discursivamente asociada a ciertas capacidades personales, a veces les resultaba a los nikkei una traba al pisar dominios públicos como político. Veremos un ejemplo.
3. La producción del sentido étnico y la apoliticidad de los japoneses
3.1 Los japoneses no se meten en política
En una mesa redonda integrada por trece inmigrantes jisshusei (practicantes) que se radicaron en Escobar como floricultores después de la Guerra, organizada para el proyecto del libro memorial para celebrar el 50° aniversario del asentamiento de la inmigración japonesa en Escobar (Club Belén 1980), surgió el tema de la política de una manera no necesariamente esperada. La secuencia empezaba con una pregunta referida a los descendientes:
Moderador: ¿Qué piensan ustedes en cuanto a la educación de los hijos?
Participante anónimo (PA): En Argentina necesitamos sí o sí representantes políticos nikkei, así como en Hawaii o en Brasil. Creo que ya tenemos que dejar de concentrarnos solo en actividades económicas.
PA: Respecto a ello, me comentaba varias veces el concejal Giordano por qué no mandamos representantes a la asamblea de la ciudad.
PA: Saben que uno de nuestros mayores (japoneses, dai sempai) insistía fuertemente en que no nos metiéramos en política.
PA: Pero mirá, si pasa algo, nuestro futuro estará en manos de los políticos. Necesitamos ser representados de alguna manera.
PA: A ver, los nisei, ¿cómo los deberíamos educar, como nikkeijin, o como argentino? Digo, ¿como argentino nikkei, o como nikkeijin nacido en Argentina?[40]
PA: Muchos de los nisei nacidos en Escobar hablan y actúan como japonés, en cambio los de Capital son más argentinos.
PA: Los nisei escobarenses serán reservados y tímidos ante los gaijin porque crecen en el ambiente del Club Belén.
PA: Por ahora aún somos pocos y no llegaremos a tener representantes políticos. Cincuenta años más tarde, quizás habrá unos. (Club Belén 1980: 83-84)
Aquí se lee que, de manera inversa, se sentían obligados (o al menos esperados) concentrarse solo en actividades económicas. En efecto, “no te metas en política” es uno de los mandatos que se escuchaban muy frecuentemente en la colectividad japonesa, no sólo en Escobar sino también en otros lugares de Argentina[41]. “Perfil bajo” se había establecido como una idiosincrasia típica del japonés, así como la “timidez”, “silencio” y “obediencia”, que se conectaba normalmente con la “bondad”(Ishida, 2017). Los propios japoneses asumían ese estereotipo y lo reproducían desde las instituciones, tratando de no complicarse en un espacio no japonés y de evitar que sus miembros se involucraran en los asuntos políticos[42](Gómez, 2011).
Se comprende así lo inusual de que le preguntaran a un japonés por su interés en la política, ya que en otras zonas donde lo habitual es pensar que los japoneses son “cerrados” y que “no se integran a la sociedad”, sería más raro que se hubiera dado una situación semejante.
Desde este punto de vista, en las conversaciones citadas arriba vemos reflejado el sentido definitivo de ser (llamado) “japonés” para quienes viven en Argentina. Si los hijos de japoneses en Escobar se veían “más japoneses” que los de Capital–“lo normal”— y por ello parecerían más reservados que los argentinos “gaijin” debido al entorno de la comunidad, podría decirse que esta generación había heredado la japonesidad, junto con el trabajo familiar, de manera más exitosa que en las comunidades de otras regiones. Siendo buenos floricultores, los japoneses habían llegado a ser buenos ciudadanos en Escobar y en Argentina.
3.2. Japoneses, haciendo política
Pero, ¿de qué japonesidad estamos hablando cuando decimos que se transmitió a sus hijos con éxito? Nos referimos aquí a la cuestión de la producción del sentido étnico en torno a “lo japonés”, por medio de lo que representa su trabajo, la floricultura. No obstante, la transmisión en realidad generaría una resistencia o negación de parte de los presuntos herederos, como ya vimos en la cita de aquella mesa redonda[43].Y no debemos olvidarnos de lo que probablemente queda fuera de la representación.
En este punto quisiéramos hacer mención a los diecisiete detenidos-desaparecidos de la comunidad japonesa en Argentina. La película documental Silencio roto (2015)[44] cuenta las historias de los 17 detenidos-desaparecidos de origen japonés durante el terrorismo de Estado y el movimiento de los familiares en la época pos-dictatorial. El tema tuvo impacto en el público argentino en general y demostró, al mismo tiempo, que el japonés era el último entre los argentinos de distintas ascendencias al que se imaginaría involucrándose en la militancia política, mucho menos en la época más agitada de la historia del país.
Cada vez va cobrando mayor visibilidad la existencia de esta agrupación de familiares que luchan por la memoria de los desaparecidos nikkei. Según cuenta el artículo elaborado por una integrante del grupo, hasta ahora no se ha podido contactar con familiares de uno de los 17, Emilio Yoshimiya. Este nombre nos hará recordar a otra Yoshimiya de Escobar, la primera Reina de la Flor en la Fiesta, Esther. De hecho, las dos personas aparecen en el registro de los egresados de la Escuela del idioma japonés de Escobar; Esther en la promoción de 1952 y Emilio, la de 1959 (Escobar Nihongo Gakuen, 1992). Los materiales del Club Belén niegan que estos dos fueran hermanos, pero cuentan por lo menos que ambos eran nisei que tenían un padre japonés[45].
La figura de estos jóvenes descendientes de inmigrante del mismo apellido en la misma comunidad étnico-local parece emblemática del contraste de imaginarios que hemos podido ver hasta aquí; por un lado está la reina de la flor, la belleza representante de los japoneses de la comunidad local, de sus logros asociados con la fama japonesa para tratar con las flores; por otro lado, el detenido-desaparecido, la representación de la militancia política, la rebeldía contra el autoritarismo, que podría considerarse como la antítesis de aquella buena reputación en su momento. El contraste es trágicamente elocuente sobre lo que queda fuera del complejo japonés-floricultor, produciendo al mismo tiempo la imagen positiva de ser japonés y la limitación opresiva de poder ser argentino para quienes son “descendientes de”. Pero las formas por las que quedan registrados los dos nombres en la historia argentina nos hacen rastrear, aunque en distintas direcciones, las huellas de la lucha por la integración y lo compleja que resulta esta tarea en la sociedad argentina.
3.3. Debate: el japonismo y lo que no se representa
Volvamos a las palabras de Horacio Mito que habíamos leído en la primera sección de este capítulo: “Que (se) sepa (…) que el japonés no es sólo el tintorero o el floricultor”. Este manifiesto, publicado en uno de los diarios con más historia y más tiradas a nivel nacional, en sí es una antítesis de la imagen típica del japonés de perfil bajo, silencioso, y obediente, tal como era los militantes políticos nikkei que fueron detenidos-desaparecidos por la última dictadura. Y quizás su aparición en La Nación y su mensaje se dirigía a los lectores argentinos como el sector dominante de la sociedad, y al mismo tiempo, a la comunidad étnica a la que él pertenecía. En otros términos, no son dos cosas distintas. Es el japonismo argentino lo que había venido acumulando las condiciones que los rodeaban a los nisei y los nikkei, cuyo objeto discursivo–el japonés— también ha sido el sujeto del mismo. Una de esas condiciones era la prohibición (de mayor o menor medida) de acercarse al dominio político.
Una vez, el antropólogo Alejandro Grimson atraía la atención sobre el hecho de que, hacia la década de 1940, con Juan Domingo Perón en la presidencia, en Argentina ya era un tipo de tabú hablar abiertamente de los temas étnicos/raciales en el ámbito político, una situación que continuó hasta recientemente (Grimson, 2006: 73). Aparentemente, cualquier persona podría haber entrado al mundo político, fuera de dónde fuera, o de qué ascendencia fuera. Pero una vez entrada, tendría que ser un argentino más. Si es así, este “tabú” sería prácticamente una barrera para los “japos”, ya que era difícil que éstos fueran visto como un argentino más (Ishida, 2017). El tener cara de japonés directamente era ser japonés, antes de ser argentino. Es esta ecuación lo que les funcionaba de límite en participar en actos políticos (además del contexto histórico del estado de Japón).
Entonces, la táctica de los inmigrantes japoneses era “concentrarnos solo en actividades económicas” y no meterse en políticas, para establecerse en la sociedad ya instalada en un imaginario eurocéntrico. La reputación acerca del pueblo japonés en ámbitos laborales relacionada a la bondad/inocuidad, representada en la floricultura en caso de la localidad de Escobar, era una consecuencia indirecta del discurso japonista, nutrido en la tierra argentina. Existen antecedentes notables de jardineros / paisajistas japoneses en México y Colombia que tuvieron acceso a Presidentes de esos países, por su rol en el embellecimiento de sus propiedades o los espacios públicos. En el caso de Argentina, los llamados japoneses podrían mantener su propia posición dentro de la configuración del racismo criollo (Guber 1999): podían sobrevivir en Argentina sin ser blanco de discriminación, a cambio de no dejar vivir a sus hijos con libertad de pensamiento y actitud.
Si retomamos la charla en la mesa redonda, nos damos cuenta de una preocupación expresada por uno de los participantes. Comentaba; “si pasa algo, nuestro futuro estará en manos de los políticos. Necesitamos ser representados de alguna manera”. Su inquietud, o hasta sería miedo quizás, de no ser representado en la sociedad donde vive, le impulsaba a insistir en contra de respetar el mandato de “no meterse en política”. Aquí está claro que puede ser un problema no poder participar en la política porque, si no es representado políticamente, puede parecer que no exista. Es por eso que se tenía que manifestar que el japonés ya no solo era el floricultor.
Al mismo tiempo, un jisshusei presentaba su visión de “cincuenta años más tarde” donde habría representantes políticos japoneses. ¿Será difícil imaginar que alguno de esos futuros políticos de origen japonés sea floricultor?
Conclusiones
En este capítulo hemos cuestionado cómo se ha generado y funcionado un aspecto del japonismo, entendido como gramática de representaciones de lo japonés, que se observaba en el siglo XX en Argentina: el aspecto que permita vincular a la vocación relacionada a la naturaleza (floricultura) y una serie de características y capacidades (apoliticidad). Y para ello, hemos recorrido la historia de la comunidad japonesa en Escobar y su desarrollo en la industria de flores en la localidad.
No cabe duda de que la conexión entre la profesión y la etnicidad es una consecuencia de las condiciones histórico-sociales de un país, y no existe lógica que las conecte por sí mismas. Por un lado, la figura del “japonés-floricultor” difundida en Escobar es el resultado de los trabajos acumulados por los mismos floricultores japoneses de la zona. Por otro, es posible rastrear una suerte de antecedentes en los trabajos desempeñados por japoneses vinculados a la tierra, o mejor dicho, a la naturaleza, desde los primeros tiempos de la historia migratoria japonesa en Argentina y en otras partes de América (véase la nota a pie 11). Podría decirse que el ser floricultor, como vocación japonesa distintiva, fue favorecido por el pensamiento y los discursos del japonismo argentino.
Fue favorecido, pero al mismo tiempo fue condenado a no ser otro. Quedó fuera de ese complejo japonés-floricultor (y japonés-tintorero en Capital), oprimido de alguna manera, el poder ser un argentino más: en otras palabras, la libertad y la autonomía. Esto lo examinamos con el ejemplo del detenido-desaparecido, el que se presentó rompiendo el mandato japonés.
Consideramos que tanto el hecho de tomar parte activa en la producción y reproducción del discurso japonista, como el hecho de resistirse a ello, pueden entenderse en términos de una lucha por la integración a la sociedad argentina, y no como un intento de distanciarse de ella, ni de encerrarse la comunidad japonesa en sí misma.
Agradecimientos
Agradezco a Magdalena Villaverde y a lxs autores de este libro por sus comentarios, correcciones y sugerencias para el borrador de este capítulo. También quiero expresar mi agradecimiento a todos aquellos que aceptaron la entrevista y que brindaron su colaboración, en mayor o menor medida, a mi investigación en Argentina. Especialmente quiero agradecer al Sr. Tetsuya Hirose, el actual presidente de la Sociedad Civil Fiesta de la Flor, al Sr. Yasuo Inomata, y al Sr. Humberto Koike, y a sus familias, por la enorme y valiosa ayuda que me brindaron durante y después de mi estadía en Escobar. No solo resultó imprescindible para la realización de mi investigación, sino también permanece como uno de los más lindos recuerdos de mi trabajo de campo.
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- Nikkei es el término de la comunidad japonesa que indica a los descendientes de japonés en sustantivo, o a cosas relacionadas a éstas en adjetivo, surgido alrededor de la década de 80. En su primer momento se utilizaba a las personas de segunda generación, nisei, para distinguirlas de sus padres japoneses, pero gradualmente se iba ampliando su uso y actualmente puede ser más abarcativo para incluir también la primera generación (también por su origen de que deriva de una palabra japonesa nikkeijin, que sí abarca emigrantes japoneses y sus descendientes nacidos en el extranjero desde el punto de vista de Japón hacia el exterior.↵
- Aquí Mito se presenta a sí mismo como “nisei” a pesar de que pertenece a sansei o la tercera generación. Hay quienes consideran que “nisei”no necesariamente tenía que ser hijo/hija de japoneses como originalmente se entendía este concepto en japonés, y por ello fue adquiriendo otra implicación, de “no japonés, sino descendiente de él” o “más argentino que japonés”. En la actualidad, el término nikkei ocupa ese lugar (Ishida 2013).↵
- Somos Nisei, número 5, agosto de 1984, página 3.↵
- Estos llamados “pioneros del progreso de la nación” que vivían en Estados Unidos, al haber viajado a Japón y participado como invitados en el festival Kaigai Doho Tokyo Taikai en la conmemoración del 2600 aniversario del Imperio de Japón en el año 1941, se volvieron sospechosos de espías del gobierno japonés, y las autoridades estadounidenses los detuvieron muy poco después del Ataque a Pearl Harbor (AZUMA, 2008: 1221). Más tarde, durante la ocupación de Japón por el Comandante supremo de las Potencias Aliadas, aún se evitaba entre políticos discutir la apertura de la emigración al exterior por motivo de no provocar el sospecho de la continuación del militarismo (Ishida, 2013b: 39).↵
- “Razas” en ese dicho significaba solamente “razas europeas” (Caggiano, 2005).↵
- Es importante señalar el efecto paradójico que este tipo de racismo produce, pues el hecho de que no parezca abiertamente ofensivo ni suela causar daños evidentes dificulta acusarlo como tal, luchar contra su expresión, como sí ocurre en Estados Unidos por las características que allí asume (Ishida, 2017).↵
- En el lenguaje inmigrante japonés, “colonia” se refiere a aquellas comunidades establecidas a partir de la inmigración planeada en base a acuerdos entre los gobiernos, que no existió hasta la reapertura de la migración japonesa después de la Segunda Guerra. Allí suelen mantener el idioma y las costumbres japonesas en mayor grado que en otros lugares del país.↵
- Esta tendencia ha ido cambiando en forma gradual especialmente en Buenos Aires desde fines de los ochenta y de manera más marcada en los noventa, por un rápido crecimiento de la inmigración desde Corea del Sur y China.↵
- Para un panorama de la historia de la inmigración japonesa en Argentina, véase(Laumonier, 2002).↵
- En este ensayo no vamos a tratar acerca de las asociaciones de otras provincias. Sólo mecionar que en las provincias de Córdoba (Córdoba), Santa Fe (Rosario) y Misiones (Posadas, Oberá) se encuentran las asociaciones japonesas más grandes.↵
- Un reconocimiento similar del trabajo de jardinero como propio del inmigrante japonés se encuentra también en otros países del continente, por ejemplo en Estados Unidos. Este punto se desarrollará más en el capítulo de Gavirati de este mismo volumen, con los casos ejemplares de jardineros en México y Colombia que tenían llegada a los presidentes de esos países en su función de jardineros / paisajistas.↵
- Higa afirma que algunos jardineros y quinteros que trabajaban en la ciudad alrededor de la década de 1910 empezaron a desempeñarse en el cultivo de flores y hortalizas en los suburbios en la misma época en que comenzaban a hacerlo en la tintorería (M. Higa, 1999).↵
- Diego Adrián Fernandez: “La Ciudad y sus vecinos de la Provincia,” Caminando Buenos Aires, https://bit.ly/32jj7Pm (consultado el 17 de noviembre de 2021).↵
- “Reseña Histórica”, El Sitio de Escobar. https://bit.ly/3l34rKX (consultado el 7 de septiembre de 2021). No fue sino hasta la década de 1960 que su producción principal empezó a ser reemplazada por la de verduras (Benecia, 1995: 103).↵
- “Reseña Histórica,” El Sitio de Escobar.↵
- Buenos Aires, Dirección Provincial de Estadística y Dirección de Economía Rural. Censo Hortiflorícola de la Provincia de Buenos Aires 2005. https://bit.ly/3CGqT2t (consultado 28 de marzo de 2016).↵
- En cuanto a los emprendimientos agrícolas a cargo de japoneses, en general se había adelantado ya la producción de verduras pero no había en la horticultura una persona equivalente al rol que ocupó Gashu en la floricultura (FANA, 2004: 167-185).↵
- Kuhei Gashū, “Hanseiki wo Kaerimite” (Club Belén, 1980: 9). En ese momento Gashū todavía vivía en Capital; unos años después se mudaría a Escobar.↵
- Suejiro Hisaki, “Kaisō Gojūnen Omoide no Arekore” (Club Belén, 1980: 14).↵
- Este año y el siguiente son los que registran el mayor número de ingresos a Argentina antes del comienzo de la Segunda Guerra, con un total de 430 y 489 respectivamente. Este aumento se explica, en parte, por las políticas y el movimiento anti-japonés en Estados Unidos, Brasil y Perú (Club Belén,1980: 29).↵
- Durante esta década no hubo ingreso de japoneses al país por causa de la guerra.↵
- Corresponde a más de 160 familias (Club Belén, 1980: 4). ↵
- Contaba con 170 familias(Zaia Hokkaidōjin kai, 1997: 8).↵
- Telmo Hisaki, hijo de Suejirō, entrevista con la autora, octubre de 2010.↵
- El primer profesor japonés de la escuela japonesa en Escobar fue un okinawense, egresado de la Escuela Normal de Okinawa. (Escobar Nihongo Gakuen, 1992: 52). Según consta en los registros, de las 160 familias japonesas radicadas en Escobar solamente seis provenían de Okinawa; la mitad de ellas se dedicaba a la tintorería (Club Belén, 1980: 116-123).↵
- Otra excepción sería el área de La Plata: alrededor de la ciudad se encuentran algunas colonias de japoneses trasladados de Paraguay, donde hubo inmigración enviada por el gobierno y casi no existió inmigración okinawense.↵
- Ese mismo año se estableció el Instituto Floricultor Gashū (Club Belén,1980: 109).↵
- Telmo Hisaki, entrevista con la autora.↵
- Testimonio de un nikkei escobarense en la entrevista con la autora, octubre de 2010.↵
- Término que se utiliza para designar a aquellos “no japoneses” desde una perspectiva racial-fenotípico. Literalmente significa “personas de afuera” en idioma japonés. En el lenguaje de la comunidad japonesa se refiere a los argentinos occidentales.↵
- Entrevista anónima con la autora, octubre de 2010.↵
- Respecto a esto, Gil indica la alta tasa de la “auto-reproducción de la comunidad” en su patrón matrimonial (Gil 2009).↵
- La Fiesta de la Flor se celebra anualmente, desde la última semana de septiembre hasta mediados de octubre, en el “Predio Floral” ubicado en Mateo Gelves 1051, Belén de Escobar, construido específicamente para el evento. La última edición en 2020 se realizó virtualmente a causa de la pandemia Covid-19. https://www.fiestadelaflor.org.ar/info (visitado el 17 de noviembre de 2021).↵
- Cada uno de los miembros fundadores colaboró con donación de mil pesos para los gastos inmediatos. “Fiesta de la Flor, su origen”. El Sitio de Escobar.
https://bit.ly/3oUsLzN (visitado el 27 de abril de 2021).
Este texto fue presentado originariamente en 1983 para el 25° aniversario del Rotary Club de Escobar.↵ - El decreto fue sancionado sin dificultad, porque Brosio consiguió ayuda del secretario del Ministerio de Agricultura y Ganadería, quien tenía una relación amistosa con Brosio (Larrondo 2007: 21).↵
- Otras dos son la elección de la Reina de la Flor y el desfile de carrozas. Esta composición de cuatro programas principales básicamente se mantiene hasta la actualidad.↵
- Este predio tuvo varias renovaciones y cambios de infraestructura hasta la acutlidad, y unos últimos se realizaron el año 2021 ante la realización de la 58ª edición que se celebrará entre el 1 y el 11 de octubre). “El predio floral de Escobar se prepara para recibir una nueva edición de la fiesta nacional”, Quepasaweb. https://bit.ly/3xiT4TT (visitado el 30 de septiembre de 2021).↵
- El crecimiento de este período se explica en parte por la condición histórica: la coincidencia con el desarrollo del mercado doméstico nacional. ↵
- Testimonio de Guillermo Saller, citado en Larrondo (2007: 27).↵
- En este contexto, el primer caso significa educar como “argentino” y el segundo, como “japonés”, en el sentido de sustantivo en ambos casos.↵
- Con respecto a este discurso normativo entre los inmigrantes japoneses en Argentina, véase (Ishida, 2015).↵
- Para aclarar, no es cierto que no hubiera personas de origen japonés en escenas políticas. Efectivamente la presencia japonesa en la política nacional se registra ya en la década de 1950, la segunda época del gobierno peronismo, lograda por los hijos de Kuhei Gashu. Según el estudio de Rein, esto fue facilitado por la política de inclusión y reconocimiento de la diversidad étnica de dicho gobierno (Rein et al., 2019). Pero justamente aquí podemos comprobar que eran casos excepcionales, leyendo estas líneas por Rein. “Los hermanos Gashu adquirieron gran prominencia, en gran medida debido a la ausencia de presencia política de argentino-japonés hasta la década de 1950” (Rein et al., 2019: 114).↵
- Recordemos también que los participantes eran japoneses de Japón, nuevos inmigrantes (shin issei) que tendrían sus propios hijos en Argentina. Es decir, la transmisión no es solamente entre padres e hijos sino también sería cuestión de la época.↵
- Dirigida porPablo Moyano, basada en la idea original e investigación de Karina Graziano.↵
- El apellido Yoshimiya es ampliamente conocido por Tadao Yoshimiya, el pionero del cultivo y de la mercantilización de cortes de rosa, y también era uno de los dirigentes de la asociación y de la escuela japonesa en Escobar. Su hermano menor Noboru también se dedicaba al cultivo de rosas junto con Tadao. Según el registro del Club Belén, Noboru tenía cuatro hijos, dos varones y dos mujeres (Club Belén, 1980, 116), pero no se encuentran sus nombres en este ni en otros materiales.↵






