La trayectoria de un inmigrante italiano y su familia durante la segunda posguerra
Enzo Martinez[1]
Introducción
Este artículo analiza la trayectoria migratoria del italiano Juan Carlos Ciancarelli (en adelante, JCC) y su inserción como médico en La Pampa a fines de la década de 1960, en un escenario de expansión de las capacidades sanitarias del joven Estado provincial. La historia de esta migración comienza con una huida de la Roma ocupada por las fuerzas del Eje, bombardeada entre 1943 y 1944, y marcada por una guerra civil cuyas disidencias ideológicas atravesaron a la sociedad italiana y a los recuerdos de JCC. Termina entre las sombras del caldenal, en suelo pampeano, donde la figura de aquel médico egresado de la Universidad de La Plata, luego de un breve paso por Bernasconi, se asienta en Caleufú (aproximadamente en 1969), en un hospital de asistencia a zonas rurales y localidades vecinas del norte provincial. En el desarrollo de este camino migratorio, transita la vida de una familia de cuatro integrantes, cuyos miembros experimentan trayectorias divergentes entre sí. En este texto, se analizan las tramas de estas vidas migrantes, enmarcadas y atravesadas por procesos históricos internacionales, nacionales y provinciales.
La trayectoria migratoria es reconstruida desde el testimonio del propio JCC, su triangulación con otras fuentes y con el conocimiento existente sobre la inmigración italiana de posguerra. En ese cruce, es posible observar un conjunto de aristas problemáticas, tan relevantes para el análisis de la migración como para los procesos históricos en cuestión. El relato presenta a una familia de cuatro integrantes (JCC junto a su padre, su madre y su hermana) que deciden migrar desde la provincia de Roma (Italia) a la Argentina, una vez finalizadas las guerras que tuvieron en vilo al pueblo latino entre 1943 y 1945. Si bien la fecha y el año de migración no se han podido determinar con exactitud, sabemos que el viaje ocurrió entre 1947 y 1949, cuando JCC tenía entre 6 y 7 años. Además de una reconfiguración de la vida familiar, el caso presenta tres trayectorias de vida distintas: (i) de la madre, ex empleada del Ministerio del Interior Italiano; (ii) del padre, ex soldado italiano durante la guerra (iii); y la de JCC, quien transita por las vías de la educación pública argentina y logra desarrollar su vida como profesional de la salud.
El capítulo se estructura de la siguiente manera. En primer lugar, el relato está enmarcado dentro del proceso inmigratorio italiano de posguerra, cuyas características lo diferencian de etapas migratorias precedentes. En ese ejercicio, se coloca el foco sobre las acciones que llevan adelante los Estados (italiano y argentino) y los organismos multilaterales, los cuales dan forma a las dinámicas migratorias del período y se inmiscuyen de forma directa en este caso. En segundo lugar, se analizan las condiciones de salida de Italia, los motivos de expulsión del país europeo, las posibles razones para elegir Argentina como país de arribo y los roles que asumieron cada uno de los actores adultos. En tercer lugar, se observan las nuevas dinámicas familiares y las posibilidades de elección y de desarrollo laboral/profesional de cada uno de los tres actores en Argentina. Allí, la mirada se detiene en el rol de la mujer, que se dirime entre la figura pública de una burócrata italiana y una vida laboral y maternal, recluida a los límites del hogar, bajo un gobierno peronista que reproduce símbolos contradictorios acerca de la feminidad. Por último, se pone el foco sobre el cruce de caminos entre la vida de aquel médico, migrante italiano, y el desarrollo del Estado pampeano en una de sus capacidades más importantes: el servicio de sanidad.
La inmigración italiana después de “la gran oleada”
Como se conoce, la profusa inmigración italiana a la Argentina constituye un proceso que se remonta al siglo XIX y que ha estado atravesado por distintas etapas, signadas por cambios cuantitativos (concernientes a la cantidad de inmigrantes) y cualitativos (referentes a los formatos y contextos de inmigración). Si bien hay incursiones previas, desde la crisis de 1875 hasta 1914 (año en que inicia la primera guerra mundial), se produce el aluvión más excelso de italianos e italianas al país sudamericano, en lo que se denomina la “gran oleada”. Durante los años 20, la vía migratoria retoma una parte de aquella intensidad y, durante la década siguiente, el caudal permaneció en niveles bajos, alejados de las masividades de las décadas precedentes. Finalmente, la Segunda Guerra Mundial representó un quiebre en los flujos migratorios de Italia hacia Argentina.
La posguerra fue una etapa de nuevo auge de la emigración italiana hacia distintos puntos de la América Latina, pero Argentina siguió siendo un destino preferencial para los emigrantes italianos. Desde 1946 (año siguiente a la finalización de la guerra) hasta 1951, el destino sudamericano acogió el 76,2 % (equivalente 346.153 personas) del total de inmigrantes italianos que partieron hacia América Latina en dicho período (Scarzanella, 2018). Además del incremento en la cantidad de personas, la migración ítalo-argentina de posguerra comportó características distintas de las que tuvo en etapas precedentes. La principal diferencia radicó en la posición activa que encarnaron, tanto los gobiernos argentino e italiano, en cuanto a políticas de incentivo y regulación migratoria.
Como ha expresado Fernando Devoto (2008), “para los gobiernos italiano y argentino la inmigración aparecía como una necesidad y para esto último, a la vez, como un gran instrumento propagandístico” (p. 392). Por un lado, el gobierno de De Gasperi (1945-1953) veía en la emigración la posibilidad de descomprimir los mercados de trabajo, en un contexto de elevadas tasas de desempleo. Por el otro, la inmigración se integró como una parte insustituible de los proyectos peronistas de industrialización y transformación productiva en tanto proveedora de mano de obra calificada. En cualquier caso, este período se caracterizó por el incremento de los controles selectivos de parte de todos los países latinoamericanos y por el fomento de una inmigración cualificada, acorde a los objetivos propuestos para la planificación del desarrollo económico y social, como veremos en el siguiente apartado.
La activa presencia del Estado y la reducción de la migración “libre” influyeron sobre la composición del flujo migratorio. En primer lugar, en este período, se destaca la mayor presencia de trabajadoras y trabajadores cualificados, como resultado de las políticas selectivas que se esparcen por toda América Latina. En segundo lugar, se destaca la mayor presencia de familias, gracias a las políticas de reunificación familiar impulsadas por ambos Estados, y por las instituciones internacionales de migración. En tercer lugar, se destaca la importante presencia de mujeres, a diferencia de etapas previas en el flujo migratorio ítalo-argentino. Por último, en cuanto a las procedencias regionales, se sabe que existen una mayor cantidad de migrantes del sur italiano (Scarzanella, 2018).
La diplomacia migratoria ítalo-argentina durante la segunda posguerra y la política migratoria del peronismo
La activa presencia estatal en la vía migratoria ítalo-argentina de posguerra estuvo definida por un conjunto de acciones diplomáticas bilaterales o multilaterales, sobre todo en la medida en que mediaron instituciones de cooperación multinacionales. Una parte importante de la bibliografía que abordó esta temática estuvo vinculada con las investigaciones, históricas y judiciales, sobre la acción de nazis y fascistas. Allí, el énfasis fue colocado sobre la inmigración de refugiados, criminales de guerra, funcionarios y otros actores de relevancia, así como sobre las redes y la acción política de estos en el ámbito local. Desde esa línea, se ha puesto de relieve que la “vía italiana” a la Argentina fue uno de los canales preferidos para la escapatoria de este tipo de migrantes (Klich, 1994; Senkman, 1995; Devoto, 2000)[2]. La creación de la Comisión para el Esclarecimiento de las Actividades del Nazismo en la República Argentina (CEANA) en 1997[3] dio a luz fuentes desconocidas y generó una serie de fructíferas discusiones y diálogos que ampliaron el conocimiento sobre esta vía de migraciones (Devoto, 2000).
La consolidación de la vía de ingreso estuvo relacionada con una extendida diplomacia ítalo-argentina entre los gobiernos de De Gasperi y Perón, donde proliferaron una serie de acuerdos y de programas que actuaron como marco legal y administrativo del flujo migratorio. Como se mencionó antes, luego de la guerra, el gobierno italiano buscó impulsar la migración como una de las salidas a la crisis social y económica que enfrentaba el país. Según Primiceri (2016), la emigración masiva era vista como una forma de quitar presión sobre los mercados de trabajo frente a las altas tasas de desempleo vigentes. En ese sentido, los partidos políticos de centro y derecha veían en esta acción gubernamental un alivio, ya que la crisis se visualizaba como terreno fértil para el ascenso del comunismo.
El escenario auguraba una explosión social inminente y la acción del Partido Comunista (PC) italiano (uno de los partidos comunistas más fuerte de la Europa occidental, con posibilidades reales de ganar en un proceso eleccionario) no pasaba desapercibida[4]. El gobierno de centroderecha utilizaba la política de impulso a la emigración como una herramienta de descompresión social para obtener el apoyo de los Estados Unidos mediante el poderoso Plan Marshall, y del resto de Europa (Scarzanella, 2018). De esta manera, Italia obtuvo fondos del European Recovery Program (en adelante, ERP) para financiar una serie de incentivos a la migración, mientras los Estados Unidos financiaron la reconstrucción de la flota mercante italiana (Scarzanella, 2018). Los fondos obtenidos de la ERP fueron administrados por dos instituciones creadas previamente: el Istituto Nazionale di Credito per il Lavoro all’Estero (ICLE) y el Istituto Agronomico per l’Africa Italiana (IAAI). Si bien el gobierno italiano intentó conducir la cuestión de la emigración mediante instituciones multilaterales como la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte), o apoyando iniciativas de la OIT (Organización internacional de los Trabajadores) y la OIR (Organización Internacional de los Refugiados), sus mejores resultados los obtuvo mediante la firma de acuerdos bilaterales con países europeos, pero también con países de América del Sur[5].
Entre estos últimos, se enumeran tres acuerdos de relevancia: dos con Argentina (1947 y 1948) y uno con Brasil (1950), complementados, en cada caso, con acuerdos comerciales. En el caso de Argentina, la cuota de importación de trigo fue un factor de peso en las negociaciones para la recepción de emigrantes, y también la promoción estatal del traslado de industrias italianas a suelo argentino. Si bien la radicación de empresas extranjeras constituye un proceso que se extiende desde finales del siglo XIX –con etapas de auges y altibajos (Lluch y Lanciotti, 2018)–, en 1948, se impulsaron un conjunto de políticas para la regulación del ingreso de capitales extranjeros. En ese sentido, se conformó la Comisión Nacional de Radicación De Industrias (CONRI), que tuvo a su cargo la radicación de más de 50 industrias italianas (Bertagna, 2014). Se constituyó, así, uno de los mecanismos de inmigración habilitados por el gobierno peronista en el marco de la industrialización dirigida por el Estado.
De cualquier forma, el primer peronismo no mantuvo una política migratoria única en el tiempo; el primer gobierno atravesó cambios que influyeron de manera especial en la emigración italiana. El cambio más importante se dio con la salida de Santiago Peralta de la Dirección de Inmigración (en 1947) y, junto con él, el descarte de un conjunto de políticas “eugenésicas” centradas en criterios raciales y étnicos para la selección migratoria. Peralta era un ex militante radical personalista, doctor en Filosofía y Letras; se formó como técnico antropólogo en la Universidad de Berlín (que más tarde tuvo una conexión especial con el Instituto Ibero Americano del Tercer Reich) desde 1934 (Biernat, 2005). Durante su mandato, insistió en una serie de acciones tendientes a fijar criterios físicos, étnicos y religiosos como método para diferenciar la migración “deseable” de la “indeseable”, resultantes en las “Instrucciones de difusión al personal” (1946) (Biernat, 2005). Si bien la legislación migratoria no fue alterada, la figura de Santiago Peralta, entre 1946 y 1947, acumuló el poder necesario para establecer criterios migratorios eugenésicos bajo un conglomerado de teorías sui generis, “pseudoantropológicas, y perentorias afirmaciones sobre razas fuertes y razas flojas” (Imbelloni, 1947, en Biernat, 2005). Incluso, bajo un aura de moralidad incuestionable y conocimiento teórico excluyente, Peralta tuvo a su cargo la creación y puesta en funcionamiento del Instituto Étnico Nacional, dependiente de la Dirección de Migraciones[6].
En 1947, las disidencias a las políticas de Peralta se visibilizaron mediante la presentación del “Proyecto de Ley de Bases para solucionar los problemas de inmigración y colonización”, surgido entre las posturas menos convencidas de la apertura (Ministerio del Interior y el de Relaciones Internacionales) y la de aquellos que veían en la llegada de inmigrantes un proceso deseable. El proyecto asumió una postura “economicista” y estaba subordinado a los planes de industrialización del peronismo. Sin embargo, como demuestra Biernat (2005), los criterios selectivos seguían impregnados de antiguos estereotipos y lugares comunes de la inmigración colonizadora, de manera que “el italiano” continuaba siendo un inmigrante deseable por católico y latino, antaño visualizado como inmigrante con cualidades agrícolas, forjador de “la pampa gringa” (Devoto, 2000).
El mencionado proyecto generó un importante debate, no solo porque contradecía el lineamiento ideológico proyectado por Peralta, sino porque también quitaba a la Dirección de Migraciones el control exclusivo de las migraciones (Biernat, 2005). Proponía la creación de la Delegación Argentina de Inmigración en Europa (DAIE) y la Comisión de Recepción y Encauzamiento de Inmigrantes (CREI), ambas bajo la órbita del Instituto Argentino de Promoción del Intercambio (IAPI). Este hecho generó un entramado burocrático que fue motivo de debates en el seno del gobierno y del que incluso se expidió el Consejo de Defensa Nacional. A partir de 1947, fue nombrado Pablo Diana como director de Migraciones, dependencia que pasó a formar parte de la Secretaría de Trabajo y Previsión, lo cual representó un cambio notorio de perspectiva sobre la cuestión migratoria. De esta manera, la repartición quedaba englobada en los planes industrialistas gubernamentales con criterios de selectividad, en gran medida, ligados a las aptitudes del trabajo en la fábrica. A ello, se suman las importantes relaciones diplomáticas que mantenían Argentina e Italia, desde las que se generaron mecanismos de apertura y circulación empresarial hacia la Argentina.
Huida y elección. El peso de la decisión materna
Motivos para emigrar
El punto de partida en el relato de JCC es, por un lado, la Roma de intranquila paz en los días de una guerra todavía distante de la capital italiana y, por el otro, la imagen de una madre a cargo de sus dos hijos (una niña bebé y JCC con 5 años), con un marido reclutado en el frente de batalla y ante importantes decisiones por tomar. El rasgo central en esta trayectoria migratoria es la figura materna, quien toma la decisión fundamental de viajar a Argentina y se encarga de realizar los trámites correspondientes en medio de la huida a los bombardeos que caen sobre la ciudad. “Siempre estábamos los cuatro juntos [incluyendo a su padre] pero durante la guerra éramos mamá, mi hermana y yo”, recuerda con emoción JCC.
La figura de la madre, en el centro de la escena familiar, está entrelazada al rol de jefa de hogar que mantuvo antes de emigrar. Durante la década de 1940, la mujer en cuestión fue empleada administrativa en el Ministerio del Interior italiano, en tiempos de la dictadura de Benito Mussolini. A pesar de que JCC reconoce la cercanía ideológica (más no la pertenencia orgánica) de su madre con el partido fascista, destaca que esta ingresó al cargo burocrático por criterios meritocráticos, luego de haber rendido un exigente concurso. “Allí se entraba por concurso abierto y usted, para ir al baño, tenía que anotar en un cuaderno a la hora que iba al baño y a la hora que volvía”, comenta JCC. En este caso, el trabajo de la madre aseguraba a toda la familia un buen pasar económico: “Mi mamá tenía un buen pasar; prácticamente no se pasaba necesidad”, recuerda.
Aquella mujer forma parte de la escena central en la salida de la familia de la Roma bombardeada entre julio de 1943 y junio de 1944, mientras se mantuvo ocupada por las fuerzas del Eje[7]. Cuando el conflicto escaló en la capital italiana, la mujer pidió licencia de sus funciones y decidió dejar la ciudad.
Tuvimos que escapar de Roma, irnos a un pueblo [Genazzano] porque empezaron a bombardear. A Roma empezaron a lo último a bombardear, y fuimos a un pueblo […] que está en la montaña y que, como esos pueblos de antes, tiene la fuente para ir a buscar el agua […]. De noche, desde ese pueblo y desde esa montaña, se veía como bombardeaban…
Siguiendo el relato, la madre ratificó con su propio esfuerzo físico la decisión de partir:
Mi mamá llevaba a mi hermana en brazos y una valija y yo llevaba una valijita chica. Tuvimos que cruzar un campo porque las vías estaban bombardeadas. Y cuando llegamos a ese tren […] ¡estaba así de gente! [hace el gesto de lleno]. Recuerdo siempre que se encontró con mi papá que había pedido licencia calculo yo y me pasaron por la ventana porque ya por la puerta no se podía subir.
Mapa N° 1: Ubicación de Genazzano. Región del Lacio, Provincia de Roma

Fuente: elaboración propia.
El relato de JCC no se detiene en el período de tiempo que va desde el fin de los bombardeos en Roma (1944) y el fin de la Segunda Guerra Mundial (1945). A la imagen de la huida familiar a Genazzano, le sucede el fin de la guerra y la decisión de emigrar. Sin embargo, un breve recuerdo (un comentario al pasar) nos habla, de forma somera, pero sugerente, de los vestigios de la guerra civil italiana y de las disidencias ideológicas subyacentes. Entre las imágenes de su infancia latina, JCC destaca una figura relevante: su tío, el hermano de su madre, comunista y combatiente partissano.
Pero mire cómo es la vida… mi mamá estaba con Mussolini, o sea, no era fanática, pero estaba en el empleo y le gustaba también el partido ese, y el hermano de ella estaba en la guerrilla, en la montaña. Era partissano…
En relación con esa figura, aparece un recuerdo vívido de aquella atmósfera de violencias internas: una vez finalizada la guerra,
[el tío] me vino a buscar en un camión. Yo era chico… era un Ford Canadá 80 y yo nunca me voy a olvidar que tenía el fusil de lado con ametralladora y me decía “vení que te llevo a dar una vuelta”.
Aquella violencia intrínseca a la primera mitad del siglo XX europeo fue, sin duda, la motivación principal para emigrar. “Mi mamá no quería que los hijos de ella pasaran otra guerra”, explica JCC y, de esta manera, remite a una idea que prevalece entre distintos emigrantes europeos de posguerra: el escenario de una guerra próxima, inminente, anclada a una concepción cíclica del tiempo que circula entre escenarios de paz y de guerra, sin fin. Entre los argumentos de salida, atribuidos a la voluntad materna, JCC dice: “eso [la guerra] ya le había pasado al hermano de papá que murió en la guerra anterior, en la del 14. Así que se vino [en referencia a su madre] para la Argentina”. En este caso, la posibilidad latente de un nuevo escenario bélico prevalece incluso sobre la estabilidad laboral y económica (dentro de lo que cabe en el escenario de crisis que se vivía en la Italia de posguerra).
El hermano de mi mamá, cuando fui a Roma, me decía: “tu mamá fue loca, porque con lo que ella ganaba acá mantenía tres familias”. Porque tenía un puesto lindo. Y papá, no… Papá, pobre, se la pasó en la guerra los cinco años.
¿Por qué Argentina? Posibles razones para la elección de Argentina como destino
Si bien los motivos para emigrar están clarificados en el relato, las razones de elegir Argentina como destino no resultan para nada transparentes si tomamos en consideración que la familia no tenía vínculos con migrantes anteriores asentados en el país. Partiendo de la base de este desconocimiento, es posible (y necesario) realizar un conjunto de inferencias sobre la elección de la madre, relacionadas a las condiciones estructurales de la vía migratoria durante el período en cuestión.
Entre las varias diferencias que tiene la inmigración italiana de posguerra con respecto a la gran oleada del siglo XIX y principios del siglo XX, se puede observar que la tasa de migración femenina es alta y alcanza los niveles del componente masculino. Un abultado porcentaje de migrantes son mujeres que viajan a un país donde el peronismo, por un lado, se aferra a los estereotipos patriarcales ligados a la familia católica (Caimari, 1994), mientras, por otro, enaltece la figura descollante de Eva Perón; cimiento de un movimiento en el cual, entre sus componentes “heréticos” (James, 2006), podrían enumerarse algunas transformaciones de relevancia para la vida femenina.
Al respecto, habría que imaginar en qué medida los cambios sociales pudieron volverse atrayentes para las mujeres migrantes. Entonces, cobra sentido la pregunta que Scarzanella se ha realizado sobre: “¿qué brinda a las mujeres extranjeras la Argentina de Evita, cómo les resulta la así llamada “abanderada de los humildes”, la mártir de una revolución que se consumió –como dice su mito– defendiendo a los obreros, las mujeres, los niños?” (2005, p. 2). Ante la amplitud del interrogante reconoce, en primer lugar, que los alicientes de la migración a Argentina estuvieron relacionados en gran medida a las reunificaciones familiares, la cual era una política de Estado tanto para Italia como para Argentina y para las distintas entidades de financiamiento a la inmigración. Sin embargo, Scarzanella también enumera una serie de expectativas y atracciones que podrían ser de influencia para esta decisión; pistas, en este caso, para comprender la voluntad materna en cuestión.
En primer lugar, las representaciones sobre la mujer argentina a partir de la figura de Evita (ampliamente conocida en Italia por sus actividades durante su estadía romana en 1947) podían proyectar imágenes positivas sobre la figura femenina[8]. Una mujer en representación de una nación, abanderada de la Tercera Posición (de la que la Argentina peronista hacía gala) y considerada “embajadora de la paz” frente al papa Pío XII. Ninguna invitación más prometedora para una madre que no quería que sus hijos vivieran “otra guerra”.
En segundo lugar, Scarzanella (2005) menciona las políticas sociales del peronismo como un motivo de relevancia para decidir por Argentina como destino de inmigración. Entre las más importantes, está el derecho laboral, ampliamente progresista, que, además de equiparar sueldos entre la mano de obra femenina y masculina, estipulaba períodos de descanso pre y posparto (30 y 45 días, respectivamente) y pausas diarias de amamantamiento. De hecho, en Argentina, las políticas conferidas a la maternidad antecedían a los gobiernos peronistas y estaban nucleadas en la Dirección de Maternidad e Infancia Argentina, creada en 1937.
Por último, dentro de este compendio de alicientes, Scarzanella (2005) destaca las (ya conocidas) políticas que garantizaban un rápido acceso a la vivienda. Durante la primera presidencia peronista, el Banco Hipotecario Nacional impulsó una política crediticia para la adquisición de hogares sin precedentes, guiada por objetivos sociales y destinada a solucionar las inequidades generadas por el mercado de crédito convencional (Gómez, 2021). Entre 1946 y 1949, la cantidad de créditos de “fomento a la vivienda” otorgados por el Hipotecario se multiplicó en más de treinta veces. Durante el período, la asignación del crédito por parte de la empresa pública estuvo mediada por dos medidas resonantes: (i) la configuración de préstamos con cobertura del valor total de la vivienda, y (ii) la eliminación del requisito de tener depósitos previos en la entidad bancaria (Gómez, 2021). Independientemente de si fue una motivación para elegir Argentina como destino, según el relato de JCC, esta fue la vía que posibilitó a la familia el acceso a la vivienda al poco tiempo de haber arribado a Buenos Aires; el entrevistado cuenta que sus padres rápidamente accedieron a un crédito hipotecario “de los que daban antes”.
Sin embargo, a pesar de la influencia de la madre sobre las decisiones correspondientes a la migración, JCC recuerda que “mamá lloraba mucho, cuando estaba acá extrañaba allá”. También su padre, muchos años después de haberse instalado en Argentina, confesó a familiares que “soñaba con volverse a Italia”. De alguna manera, la migración pesaba sobre las identidades y las expectativas de aquellos adultos.
Arribo y desarrollo familiar
“Fue el primer barco, el Santa Fe, que llegó a la Argentina; nos recibió Perón y Evita”, cuenta JCC sobre su viaje. Si bien no se puede corroborar que haya sido efectivamente el “primer barco” de italianos que arribó al puerto de Buenos Aires al finalizar la Segunda Guerra Mundial, el Santa Fe efectivamente fue uno de los navíos que cruzó el Atlántico hacia la Argentina entre los años 1947 y primera mitad de la década de 1950. El 17 de junio de 1947, operado por la empresa Río de la Plata S. A., el navío oficializó su primer viaje completo entre el Mediterráneo y Buenos Aires, en el cual llegó el primer contingente de inmigrantes transportados por cuenta del IAPI[9].
Una vez en Argentina, la familia pasó algunos días en el hotel de inmigrantes, donde el padre comenzó la búsqueda laboral. Al poco tiempo, se asentaron en el sur del conurbano bonaerense, en una localidad correspondiente al partido de Quilmes, denominada Don Bosco. Un poco más tarde, se convirtieron en propietarios mediante el crédito hipotecario antes mencionado. De esta manera, la migración de la familia en cuestión se relaciona, en ciertos sentidos, con la diplomacia Argentina-Italia y con las políticas peronistas revisitadas. Incluso, recuerda JCC, “Le dieron un ramo de flores a mi hermana para que se lo entregara a Evita aunque esta no quiso, tenía vergüenza… y no, no hubo caso”.
Imagen N° 1: Barco Santa Fé en Swansea, tres años
antes de ser desguazado (28/05/1971)

Fuente: Historia y Arqueología Marítima (HISTARMAR).
Las trayectorias laborales del padre y la madre en Argentina fueron disímiles y no se conectan de manera lineal con la situación anterior a la guerra. El padre tuvo éxito rápidamente en la búsqueda de trabajo; fue contratado en el Aeródromo militar de Quilmes. “Con los antecedentes que él tenía lo tomaron en seguida”, dice JCC en referencia a la participación de aquel en las batallas de la Segunda Guerra Mundial. Más tarde, fue contratado por una empresa de cemento armado. JCC recuerda al padre siendo el encargado de hacer encofrados en distintas obras, y resalta la ampliación de la fábrica Bagley, donde aquel obrero italiano trabajaba en las alturas[10]. “Sin embargo, el sueño de él era tener su carpintería, porque el padre de él había sido carpintero”, cuenta JCC, aunque no deja en claro si finalmente lo consiguió.
Para la madre italiana, las vías laborales se bifurcaron de manera rotunda con las de su marido y fueron opuestas a su trayectoria anterior en la burocracia del Estado italiano: “Mamá trabajó, pero en casa. Era muy inteligente. Ella trabajaba allá [Italia] en la oficina y tomó examen, pero otro trabajo no sabía y eso acá no le servía”. De esta manera, JCC da cuentas de una mujer a quien la migración la recluyó en el trabajo reproductivo[11], intradoméstico, sin la posibilidad concreta de insertarse en un trabajo asalariado. En un primer momento, el relato la sitúa en la soledad del hogar, alejada de otros vínculos o actividades sociales diferentes a las de la gestión del hogar y los cuidados. Según JCC, su madre aprendió el castellano con el libro “Upa!” y “Billiken”; “ahí, me contaba ella, salía la zanahoria [en referencia a una imagen de la revista] y aprendía la palabra […] Iba al supermercado y compraba zanahoria”[12]. Luego, desde la soledad del hogar, la mujer se convirtió en modista autodidacta, “comprando la revista de moldes. Le digo que a los dos años la veía a usted y le hacía un vestido en el día, ¡pero bien, eh!”, dice JCC. Más tarde, la mujer puso un kiosco en su casa, donde además vendía ropa. Como se aprecia, aquella madre reconfiguró su nueva vida posmigratoria en función de trabajar para el hogar y desde el hogar, como una forma posible de articular trabajo remunerado y no remunerado.
La vida de JCC en Argentina comienza con su escolaridad y las carencias lógicas que tuvo al afrontarla. Al llegar, recuerda haber estado internado en un colegio de monjas (no recuerda cuál era), donde aprendió el castellano, aunque lo hicieron repetir un grado. Luego, continuó sus estudios en el colegio salesiano Don Bosco por dos años y finalizó la escuela primaria en el Colegio N° 1 de Quilmes. Completó sus estudios secundarios en el Colegio Nacional de Quilmes. A sus 18 años, comenzó la carrera de Medicina en la Universidad Nacional de La Plata, aunque no se mudó a la capital bonaerense y eligió viajar todos los días desde su casa en Quilmes. Si bien no queda claro cuál fue el nivel máximo de instrucción de sus padres, es importante resaltar que JCC fue el primer egresado universitario por ambas ramas familiares. Su vocación por la medicina desde pequeño, el haber compartido la carrera con un amigo de la secundaria y la cercanía a la casa de estudios lo impulsaron a estudiar. Luego de recibido, JCC comenzó a especializarse en cirugía mientras, en paralelo, tenía un consultorio en su casa.
Camino a La Pampa
“Un gerente del laboratorio Lederle me dijo: ‘mirá, se va un médico en Bernasconi, en La Pampa. ¿Por qué no va?’”; de esta manera, JCC recuerda el motivo de su primera incursión en la joven provincia. Sin embargo, el paso por Bernasconi, en el sureste pampeano, duró poco tiempo. Luego de esta breve experiencia, el joven médico recibió un ofrecimiento para incorporarse en la Armada Argentina, en la actual Delegación Naval de Bahía Blanca. Recuerda que esta fue una propuesta de trabajo importante, con comodidades (entre ellas, una casa en Ingeniero White y un chofer personal) y un salario superador respecto de todos los trabajos que había desarrollado hasta el momento; incluso, la Armada le ofrecía la posibilidad de seguir perfeccionándose en cirugías. JCC viajó los 165 km que unen Bahía Blanca y Bernasconi, pero el contrato no se cerró; “Dios no quiso”, dice entre risas y un dejo de satisfacción al recordar que podría haber sido médico en el conflicto armado con Chile y más tarde en la guerra de Malvinas. Las risas nerviosas se dilatan y JCC cierra aquel relato con una conclusión sobre su vida:
Como siempre las balas me pasaban a la par. Cuando me fui a despedir de Salud Pública, me dijeron: “che, no te vayas. Nosotros tenemos un pueblo, Caleufú, que no tiene médico. Quedate, aunque sea tres meses”. Dije ¿3 meses? ¡Basta, me voy! […] ¡12 años estuve!
De esta manera, el médico recuerda su asentamiento definitivo en La Pampa, ahora en el norte de la provincia. Según sus registros, llegó en 1969 a la localidad y se desarrolló como médico del Hospital Luis A. Petrelli. El recuerdo de sus primeros años está rodeado de malas relaciones con los militares, en referencia al gobierno interventor del Estado provincial pampeano a cargo de Helvio Guozden.
La llegada de JCC a la provincia se da al final de una década en la que el Estado provincial llevó a cabo un conjunto de políticas activas en materia de salud. Entre ellas, se destacan, por un lado, la creación e incorporación de hospitales regionales comunitarios al sistema de salud y, por el otro, la creación del Servicio Médico Previsional (SEMPRE). Por otra parte, la década es también el escenario de una expansión de la cartilla de profesionales. Entre 1956 y 1966, la cantidad de médicos en la provincia se incrementó más de un 100 %: pasó de 83 a 213 (Di Liscia, 2021)[13]. Esta expansión en materia de sanidad estuvo vinculada, en primer lugar, a la acción de planes gubernamentales (como el fallido proyecto de hospitales de comunidad) que enfocaron este aspecto desde una gama variopinta de perspectivas sobre el desarrollo social y económico (Lluch, 2017; Di Liscia, 2021). En segundo lugar, se vinculó con el crecimiento en tamaño, organización y visibilidad del Colegio Médico en La Pampa (2021).
Durante el relato de JCC, “salud pública” aparece como un actor institucional decisivo para que el médico se quedara en la provincia, ofreciéndole a este un nuevo cargo (ahora en Caleufú). Para 1969, la Subsecretaría de Salud Pública estaba incorporada dentro del Ministerio de Asuntos Sociales. La repartición, a cargo de Julio A. Calcagno, estaba encargada de realizar el traspaso de los establecimientos sanitarios nacionales y su personal a la administración del Estado provincial; durante este período, también coordinó el programa piloto de hospitales de comunidad (Di Liscia, 2021) que, más tarde, terminó fracasando[14]. De esta manera, “salud pública” era un actor institucional gravitante en el despliegue sanitario de un Estado provincial con menos de dos décadas de vida. En alguna medida, el marco del asentamiento de JCC en Caleufú está dado por la elaboración y desarrollo de las capacidades estatales provinciales, en articulación/tensión con otros actores privados de relevancia, como los Colegios (en especial, el Colegio Médico).
La vida profesional de JCC, después de su asentamiento en el norte pampeano, se vio envuelta en las dinámicas de la ruralidad. Caleufú contaba, desde 1948, con un importante Hospital Rural, centro de atención no solo para la localidad, sino también para una amplia zona que comprendía Arata, Pichi Huinca y La Maruja. El centro brindaba los servicios de internación y maternidad, y contaba con un total de 16 camas. Durante gran parte de la década de 1970, JCC era el único médico de la institución y atendía en el único consultorio externo, durante las mañanas (Otero, 2011). Según sus recuerdos, una de las funciones primordiales que desarrolló en el hospital era la atención de partos; de acuerdo con el testimonio de Nilda Nobo (trabajadora del hospital), eran entre cuatro y cinco al mes (Otero, 2011). Pero, además, JCC desplegó en el hospital algunas de las habilidades adquiridas en su residencia ya que, por un lado, se atendían cirugías de urgencia con baja complejidad (apendicitis, por ejemplo) y, por el otro, se recibían médicos foráneos (de Castex y General Pico), quienes realizaban distintos tipos de operaciones (Otero, 2011).
Una vez que el Hospital se provincializó y pasó a formar parte de la Subsecretaría de Salud, a inicios de la década de 1970, se dieron algunos cambios cualitativos que transformaron el centro médico. Se creó un sistema integrado de salud, con nuevos profesionales en las especialidades de odontología y bioquímica y se habilitó un consultorio externo, que extendía los servicios a horarios de tarde. También, en esta época, ingresaron dos enfermeras diplomadas (Eva Soave y Marta Pratto) y se anexó una ambulancia, cuya mejora en el transporte modificó la conexión con los otros centros asistenciales de complejidad (Otero, 2011). Cabe recordar que el hospital fue el único centro de atención sanitaria de la localidad hasta 1980, cuando se creó una clínica privada. En ese sentido, JCC formó parte central en el proceso de cambios de la sanidad en Caleufú y la zona.
Dos reflexiones finales
Una madre y un hijo migrantes. Dos facetas de la movilidad social en el tercer cuarto del siglo XX argentino
En su justa medida, la trayectoria migrante de JCC se convierte en un caso desde el cual es posible observar ciertas dinámicas familiares, los roles asumidos y las posibilidades de elección para los distintos actores, frente a la reconfiguración de la vida que significó el proceso migratorio. En principio, el relato presenta un caso con dos facetas de un mismo proceso. Por una parte, se encuentra la imagen de un hogar originario (en Roma), donde prevalece una mujer inserta en el mundo del trabajo asalariado, poseedora de un capital cultural[15] específico y habilidades probadas en la labor administrativa. Durante el relato de JCC, se retrata a aquella madre como una mujer que asume la jefatura del hogar ante la ausencia de un marido reclutado, toma decisiones que definen el destino de la familia en la urgencia y las respalda con su propio cuerpo. Su relevante vida pública en la Italia de preguerra termina en la reclusión del mundo doméstico, en el sur del conurbano bonaerense, abocada, en gran parte de su tiempo, al trabajo reproductivo. Al parecer, la migración desprendió a aquella mujer de las redes de contención de familiares o vínculos con los cuales distribuir una parte de la gestión de los cuidados y de las tareas intrahogar. Los trabajos que llevó adelante más tarde estuvieron asociados a su permanencia en el hogar.
Por otra parte, emerge la imagen de un marido cuyo capital cultural acumulado pudo ser inferior al de su esposa (si consideramos los cinco años que pasó en la guerra), pero que contó con la posibilidad de incorporarse rápidamente en un rubro de complejidad como el aeronáutico. De alguna manera, la trayectoria del padre se completa con la posibilidad del hijo varón de estudiar y seguir una carrera universitaria de alto estatus social, como la medicina. Ambas facetas forman parte de una sociedad en donde el pleno empleo y las garantías de la movilidad social son características principales.
En la Argentina de Evita, y en su posteridad, la imagen de una madre migrante desclasada y recluida a los confines hogareños, por un lado, y la de un hijo que bebió de las mieles del ascenso social, por el otro, completan un cuadro más complejo. El caso permite revisar y reconocer las dinámicas de la familia frente a un proceso donde, en parte, se libera a la figura femenina del yugo del hogar, mientras, por otra parte, se refuerzan los sentidos tradicionales del patriarcalismo.
El valor de la llegada a La Pampa
¿Qué significó, para aquel joven médico inmigrante, su arribo a la provincia pampeana? Podría pensarse en el desembarco de JCC en La Pampa como el arribo a un espacio donde la figura del médico tenía un valor agregado, en relación con el proceso de transición política que experimentaba el servicio de salud pampeano. Las demandas del servicio más importante para la vida humana estaban siendo asumidas, cada vez en mayor medida, por un Estado provincial emergente. Como se explicó, hacia el final de la década de 1960, la provincia estaba en el proceso de tomar a su cargo los distintos canales por los cuales se atendía la salud de la población. En ese sentido, la acción de la Subsecretaría de Salud Pública fue clave para el traspaso de los hospitales nacionales a la esfera de la provincia, y también lo fue a la hora de comenzar a pensar en las primeras políticas sanitarias autónomas del Estado provincial. En el interior de ese proceso, es posible imaginar que el cúmulo de responsabilidades asumidas y la extensa actividad en un entorno rural hicieron de JCC un actor fundamental para la comunidad.
A manera de hipótesis, el escenario puede construirse sobre dos sentidos vinculados. Por un lado, la figura del médico y del centro asistencial local representaron una forma particular de la presencia estatal mediante la cobertura de un derecho social básico, esencial para el bienestar comunitario. Por el otro, en la estima social por la figura del profesional de la medicina, la trayectoria (migrante) de JCC halló el resultado palpable de un camino de movilidad social ascendente. En alguna medida, sobre el guardapolvo de aquel médico de pueblo inmigrante, descansaba la investidura de un Estado provincial joven, cuyas “capacidades” estaban desplegándose.
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Fuentes
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- IEHSOLP- CONICET, UNLPam.↵
- Esta rama se vincula con estudios precedentes sobre las actividades, redes y difusión ideológica fascista durante las décadas de 1920 y 1930 en Argentina y en América del Sur. Véase Scarzanella (2007).↵
- Decreto presidencial N° 390/97, creación de la “Comisión para el esclarecimiento de las actividades del nazismo en la República Argentina”. En: servicios.infoleg.gob.ar↵
- “Ningún plan de desarrollo podría evitar esta amenaza a corto plazo, se deben fomentar de todos los modos las expatriaciones” (Scarzanella, 2018). ↵
- Ambas organizaciones finalizaron sus actividades migratorias en 1951, cuando se creó la CIME (Comité Intergubernamental para los Movimientos Migrantes desde Europa), financiada y tutelada por Estados Unidos, a la cual Italia se incorporará a pesar de ciertos desacuerdos. ↵
- Decreto nº 9435 del 30/03/1946. En: servicios.infoleg.gob.ar↵
- Existe una profusa bibliografía sobre los periplos de la Roma en guerra que no será abordada en este capítulo.↵
- “Evita era un personaje que las italianas conocían desde antes de su partida y era un personaje controvertido. Periódicos y revistas habían dado amplio espacio a su estancia romana en el ‘47.” (Scazanella, 2005, p. 4).↵
- Acta No. l de la Río de la Plata S. A. de Navegación de Ultramar (3 de septiembre de 1947). Véase en “Fundación Histarmar – Historia y Arqueología marítima” (http://www.histarmar.org/index.htm). Ver también Buque argentino Santa Fe, con 940 inmigrantes italianos llegando al puerto de Buenos Aires. Año 1954. Documento fílmico, Archivo General de la Nación (AGN). En: https://www.facebook.com/watch/?v=1553386488019895 ↵
- “Mi papá era de esos tipos que no tenía miedo. Cuando hicieron la Bagley […] él tuvo que hacer el encofrado arriba para el tanque de agua” (JCC). El histórico edificio de la fábrica Bagley, ubicado entre la calle Gral. Hornos y la avenida Montes de Oca, en Barracas (Ciudad Autónoma de Buenos Aires), fue ampliado y modificado en 1949, cuando se eliminó todo vestigio del antiguo edificio construido con ladrillo visto (Lopatín, Lopatín y Cohen, 2008). ↵
- El concepto de trabajo reproductivo aquí utilizado corresponde a aquellas tareas “no remuneradas” que garantizan el cuidado, la supervivencia y el bienestar del hogar (DNEIG, 2020). En este sentido, es el producto de la separación entre la producción material y la reproducción humana en dos esferas diferenciadas, inherente a la sociedad capitalista (Carrasco, 2016; D’alessandro, 2017).↵
- “Mamá lloraba mucho, extrañaba”, dice el entrevistado.↵
- “La mayoría eran varones y su titulación era sólo en medicina. Entre las especialidades predominaba la cirugía; se concentraban en las áreas urbanas más importantes y un porcentaje destacado ejercía su labor profesional desplazándose entre diversas localidades” (Di Liscia, 2021).↵
- En 1969, el proyecto de hospitales de comunidad aparecía como una idea novedosa a nivel nacional. “El hospital sería arancelado, con el cobro de honorarios de servicio médico de acuerdo a la categoría del paciente, con excepción de los indigentes. La administración, incluidos los fondos, estarían a cargo de un director, de representantes corporativos y de las ‘fuerzas vivas’ locales” (Di Liscia, 2021). ↵
- El concepto de capital cultural se utiliza en los términos de Pierre Bourdieu. Según Bourdieu (1987), la acumulación del capital cultural “exige una incorporación que, en la medida en que supone un trabajo de inculcación y de asimilación, consume tiempo […]. El capital cultural es un tener transformador en ser, una propiedad hecha cuerpo que se convierte en una parte integrante de la “persona”, un hábito. […] Puede adquirirse, en lo esencial, de manera totalmente encubierta e inconsciente y queda marcado por sus condiciones primitivas de adquisición; no puede acumularse más allá de las capacidades de apropiación de un agente en particular; se debilita y muere con su portador (con sus capacidades biológicas, su memoria, etc.)”.↵






