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La Pampa y la migración venezolana

Relatos de un éxodo reciente (2010-2020)

María Dolores Linares[1]

Introducción

Como hemos visto en los capítulos precedentes, el espacio que hoy ocupa la provincia de La Pampa tiene una larga trayectoria en la recepción de migrantes provenientes de distintas latitudes del mundo. Desde fines del siglo XIX y a lo largo de todo el siglo XX, en mayor o menor medida, La Pampa constituyó un lugar de destino para personas en movilidad internacional. Y el siglo XXI no es una excepción. Somos testigos, desde hace casi diez años, de un fenómeno de emigración masiva desde la República Bolivariana de Venezuela hacia el resto del mundo, pero, especialmente, hacia los países sudamericanos, que ha llegado también a La Pampa. En este capítulo, abordaremos esta migración reciente con el desafío de distinguir, a través de la síntesis de dos experiencias migratorias analizadas en función de tres ejes, las particularidades de este colectivo y las posibles vinculaciones con trayectorias migratorias pasadas.

El éxodo venezolano comenzó a observarse en los primeros años del milenio, pero adquirió masividad recién a partir del 2013 y se agudizó entre el 2016 y 2018, período en que arribaron a la Argentina decenas de miles de personas oriundas de ese país. Según algunos autores, la emigración venezolana puede ser periodizada a partir de diferentes hitos político-económicos ocurridos en Venezuela, que dieron origen a distintas “oleadas” migratorias –podríamos decir contingentes, también–, compuestas por perfiles de migrantes determinados y dirigidas hacia destinos específicos.

En ese sentido, la primera tuvo lugar luego de la asunción del presidente Hugo Chávez Frías y estaba compuesta por profesionales de clase alta e investigadores que partieron, mayoritariamente, hacia los Estados Unidos de América, España y Francia (Freitez, 2011; Panadés Inglés, 2011; Ledezma y Mateo, 2006; Requena y Caputo, 2016; Romero, Rondón y de Abreu, 2016). La segunda ola migratoria se originó a partir del 2007 y estuvo conformada por ciudadanos pertenecientes a las clases medias y altas, profesionales y empresarios que decidieron abandonar el país y mudar asimismo sus empresas, generando una notoria fuga de capitales. La asunción del presidente Nicolás Maduro (2013-presente) inició la tercera ola, compuesta por ciudadanos de clase media, en su mayoría con estudios universitarios y terciarios, que deciden partir de su país en busca de mejores condiciones para desarrollar sus profesiones. Según sus posibilidades, eligieron los destinos tradicionales o los países sudamericanos. La cuarta ola, finalmente, se observa desde el año 2016 y estaría conformada, según Koechlin, Vega y Solórzano (2018), por ciudadanos de clase media y baja en busca de trabajo o ingresos para sobrevivir. En este caso, la emigración está dirigida hacia los países cercanos.

Por esta razón, según la Plataforma de Coordinación Interagencial para Refugiados y Migrantes de Venezuela (RV4, https://www.r4v.info/), de los 7.320.225 de migrantes y refugiados venezolanos en el mundo, 6.136.402 residen en América Latina y el Caribe. Entre los países que mayor cantidad de migrantes de Venezuela han recibido –según fuentes nacionales de cada país relevadas entre 2021 y 2023– , se encuentran: 1) Colombia (2.500.000 personas relevadas en 2022); 2) Perú (1.500.000, según datos de febrero de 2023); 3) EE. UU. (545.200 en el año 2021); 4) Ecuador (502.000 migrantes relevados en 2022); 5) Brasil (449.000 según registro del 2023); 6) Chile (que contabilizaba 444.400 en diciembre de 2021); 7) España (438.000 en enero de 2022); y 8) Argentina: 220.600 (según fuentes del RENAPER, DNP y DNM de agosto 2022). De acuerdo con estos datos, entonces, la Argentina se ubicaría en el sexto lugar entre los países sudamericanos como destino de la emigración venezolana (RV4).

Ahora bien, si tenemos en cuenta no ya los datos totales finales, sino la evolución en el arribo de personas desde Venezuela hacia la Argentina y, luego, a La Pampa, podremos comprender la magnitud del fenómeno en términos de su masividad y de su llegada reciente. De esta manera, mientras en 2016 se resolvieron alrededor de 13.000 radicaciones de ciudadanos y ciudadanas venezolanas, en 2018, estas habían aumentado a más de 70.000. A partir de 2019, fue descendiendo la cantidad de trámites iniciados por personas de esa nacionalidad, con una desaceleración fuerte durante el 2020, producto de la pandemia (se cerraron fronteras, se suspendió la atención y se prorrogaron los trámites en la DNM). En 2021, se observa un repunte en las radicaciones, que se explica por la necesidad de cubrir el retraso del 2020, para reestabilizarse en 2022.

En la Pampa, mientras tanto, se evidencia un comportamiento similar al registrado a nivel nacional, con unos totales absolutos muy menores, debido a la escasa población nativa y migrante, en general. De hecho, si bien, según el Censo nacional del 2010, solo el 1,08 % de la población de La Pampa había nacido en el extranjero (mientras que, a nivel nacional, la población extranjera llegaba al 4,5 %), a partir del 2016, comenzó a recibir una importante cantidad de migrantes provenientes de Venezuela, como lo muestra el Cuadro N° 1.

Cuadro N° 1: Radicaciones resueltas en Argentina y en La Pampa, totales y de personas venezolanas. Años 2016-2022
Años/Radicaciones2016201720182019202020212022
Radicaciones resueltas totales224.324223.016230.523168.40589.020199.704150.827
Radicaciones venezolanos/as13.01431.43470.80965.23734.653102.08239.714
% venezolanos/as sobre el total6%14%31%39%39%51%26%
Radicaciones resueltas totales La Pampa286353793310196247222
Radicaciones venezolanos/as La PampaSin datosSin datos3071187111479
% venezolanos/as sobre el total La PampaSin datosSin datos38,7%38%36%46%35%

Fuentes: elaboración propia a partir de DNM Estadísticas (http://www.migraciones.gov.ar/accesible/indexA.php?estadísticas), del Portal de datos migratorios de la Argentina de la OIM (https://argentina.iom.int/es/portal-de-datos-migratorios-en-la-argentina) y de la Nota DNM N° 62913506-2023.

Luego de este panorama general de la emigración venezolana en el mundo, en la Argentina y en La Pampa, en este capítulo, vamos a recuperar los testimonios de dos personas migrantes que han elegido una ciudad pampeana como destino en los últimos diez años. La interpretación de los relatos se organizará a partir de tres ejes que, si bien son teórico-conceptuales, nos permitirán situar cronológicamente parte de la experiencia migratoria de estas personas seleccionadas. Estos ejes serán: motivaciones de la migración y selección de La Pampa como destino; inserción laboral en La Pampa; y, finalmente, la vida entre el “acá y allá” que, junto con el primer eje, nos acercará a la discusión sobre los grises entre la migración forzada y la voluntaria.

Como veremos en el próximo apartado –y retomando cuestiones ya planteadas en la introducción y en capítulos anteriores–, el relato sobre las trayectorias migratorias apela a la memoria, a las emociones, a las experiencias vividas y a las expectativas pasadas y futuras. En la conversación, la vida no se presenta nunca como un “todo” ordenado, hay quiebres o rupturas, puntos de inflexión que direccionan las trayectorias vitales en otras direcciones de las previstas. La migración como fenómeno social está llena de puntos de inflexión, en tanto quiebre en sí misma. Si bien a través del discurso se ordenan esos factores, los ejes seleccionados nos servirán para mostrar esos quiebres en donde se bifurcan los caminos que llevaron, finalmente, a La Pampa.

Con el objeto de organizar este capítulo, comenzaremos describiendo la estrategia metodológica y la selección de los casos. Posteriormente, se presentarán tres apartados en función de cada eje analizado. Para finalizar, se retomarán algunas pistas de análisis en función de los relatos recuperados.

Historias de vida, migración y después: relatos de dos mujeres venezolanas en La Pampa

En estas páginas, podremos leer extractos de las biografías de María del Carmen y Marisa, dos mujeres que salieron de Venezuela, hace entre cinco y seis años, y que ahora viven en la capital de La Pampa, Santa Rosa. Sus historias, sin embargo, no se cruzan, no se conocen entre sí. Son parte del gran colectivo migratorio venezolano que arribó a la Argentina en estos últimos años.

Este nuevo fenómeno comenzó a ser estudiado en el país muy tempranamente desde distintas disciplinas y a partir de diferentes metodologías de abordaje. Los primeros trabajos dieron cuenta de su inserción espacial urbana, concentrada en las grandes ciudades (Biderbast y Nuñez, 2018), y de las problemáticas de la inserción laboral por estar aún en la etapa de primer establecimiento (Pedone y Mallimaci, 2019; Pacecca y Liguori, 2019; Pedone et al., 2019). Otros análisis iniciales indicaron la alta incidencia de migración cualificada (Sala, 2019), las motivaciones que originaron sus trayectorias migratorias (Linares, 2020) y sus altos niveles de participación política y asociatividad (Ruiz Durán, 2020). Sobre este tema, también profundizaron en una publicación reciente Mercedes Botto y Julieta Nicolao (2023) y, a medida que este colectivo ingresa en una etapa de estabilización, también avanzaron los análisis sobre el proceso de inserción laboral (Penchaszadeh, Debandi y Nicolao, 2022). Por último, otro grupo de trabajos analizaron las respuestas de los Estados nacionales sudamericanos y de la Argentina en particular en términos de políticas migratorias y de inclusión social (Linares, 2021; Golbert y Botto, 2021; Cerrutti y Penchaszadeh, 2023).

De esta manera, en el marco de trabajos anteriores sobre migración venezolana en La Pampa (Linares, 2020, 2021), se realizaron 15 entrevistas en profundidad a migrantes de Venezuela, cada persona con algo para contar sobre su trayectoria espacial (de dónde salieron, por dónde pasaron), sus motivaciones y sus anhelos. Se buscaba, en esa oportunidad, conocer algunas generalidades sobre aquel nuevo fenómeno que se estaba observando, también, en la provincia de La Pampa. Y, entre esas 15 personas, estaban los relatos de María del Carmen y de Marisa.

Para precisar nuestra perspectiva analítica y conceptual, diremos brevemente que, cuando hacemos referencia a las trayectorias migratorias, estamos hablando de caminos que comprenden procesos espaciales integrados a la vida social y a la historia de las y los sujetos. Dentro de estos recorridos –que implican también el paso de una posición social a otra, según Pizarro y Ciarallo (2023)–, encontramos las trayectorias laborales que, en el caso de los y las migrantes, están constituidas por la experiencia laboral en el lugar de origen y por el tipo de inserción en el mercado de trabajo en el país de destino.

Por otro lado, analizamos estas trayectorias a partir de la ya clásica perspectiva de las redes sociales migratorias (Massey et al., 1993; Arango, 2003). Los y las sujetos migrantes y sus grupos familiares son entendidos, entonces, como agentes productores y reproductores de lazos, relaciones e información necesaria para la movilidad espacial. Las relaciones directas e indirectas tejidas en torno a la red –definidas por parentesco, amistad, afinidad o relaciones clientelares– permiten el acceso a información, contactos para la inserción laboral o alojamiento en el lugar de destino; elementos que coadyuvarán en la inserción dentro de la sociedad “receptora” y a la reproducción de los flujos migratorios (Garduño, 2003).

En general, las redes se caracterizan por ser mixtas, es decir, están compuestas por connacionales de las personas migrantes, así como de personas nacidas en el país de destino (Bastia, 2007; Camacho, 2010). Pedone (2010) advierte que el análisis de la red social permite observar las relaciones de poder construidas en su interior a través del entramado de relaciones verticales u horizontales. Las relaciones horizontales se caracterizan por la solidaridad, la cooperación y la ayuda, y se desarrollan, generalmente, entre parientes y amigos. Por su parte, las relaciones verticales se estructuran a partir de alguna relación de poder asimétrico, entre paisanos o nacionales del país de destino, vinculada a la obtención de empleo o vivienda, por ejemplo.

Sobre los casos seleccionados para este artículo: ¿por qué elegir esos relatos y no otros? Porque las experiencias de estas dos mujeres condensan –aunque no exhaustivamente– las problemáticas de la feminización de las migraciones. Esto quiere decir que, en sus dos trayectorias, encontramos claros ejemplos de las voluntades, los sacrificios y los desafíos que deben afrontar las mujeres en sus proyectos migratorios. Esto no significa que los hombres no pongan en juego, cuando migran, motivaciones y sacrificios. Pero poner el foco en la diferencia de género nos permite observar que su decisión de migrar –y de cómo migrar– está atravesada por otros factores que complejizan las trayectorias por el solo hecho de ser mujeres: la familia y los cuidados de niños y ancianos, el rol asumido en la reunificación familiar, los peligros a los que se exponen en sus viajes solas, etcétera. Vale decir, a modo de ejemplo: no es lo mismo el relato de un hombre cruzando solo un paso fronterizo terrestre en medio de la selva amazónica que el de una mujer joven con un bebé de menos de dos años en sus brazos. La experiencia sin duda es distinta, y también lo es para quien escucha.

A partir de las entrevistas en profundidad mediante el método biográfico, se obtiene un resultado que, uno podría suponer, constituye información. Sin embargo, el resultado no es solamente información, desde una perspectiva constructivista, la entrevista es un producto único, la síntesis de una relación: aquella que se establece entre el sujeto –o persona– que pregunta y la persona que responde. Como indican algunas autoras (Arfuch, 1995; Guber, 2014), esa relación se construye a partir de la confianza, de la predisposición, del espacio donde se realice la conversación y de las personalidades de ambas partes. Por esa razón, es único el producto: es la conversación que tuvieron esas dos personas (y no otras) ese día (y no otro), en ese lugar (y no cualquier otro). El resultado, entonces, no es la información que brinda la persona que responde, sino también la que brinda la persona que pregunta y todos los silencios en el medio, las risas, los gestos, lo no dicho.

Retomando las aclaraciones realizadas en la introducción sobre la relación entre historia y memoria, los acontecimientos a escala “macro” que se presentan en nuestros casos –los fenómenos políticos, económicos y sociales–, que se relatan cuando se habla de trayectorias migratorias, lo hacen atravesados por los recuerdos –y los olvidos– de las personas entrevistadas. Por esta razón, no nos centramos en la “veracidad” de un hecho –si el desabastecimiento de medicamentos fue en tal o cual año, por ejemplo–, sino en cómo fue vivenciado por las migrantes.

Y, en esta oportunidad, tenemos las experiencias de Marisa y de María del Carmen. Marisa llegó a Argentina en 2017 y viene desde Anaco (Estado Anzoátegui, Venezuela), aunque era originaria de otra ciudad. En ese momento, ella contaba con 34 años, estaba casada y tenía dos hijos, uno adolescente y un bebé de menos de dos años. Cuando realizamos la entrevista, en 2018, estaba trabajando en el rubro gastronómico y, con su familia, alquilaban una casa en un barrio de clase media de la capital provincial. María del Carmen, por su parte, llegó a La Pampa en 2018, sola. Venía de San Mateo (Estado de Aragua), estaba separada y había dejado en Venezuela a sus dos hijos, un varón de 18 y otro de 10. Al momento de la entrevista, a seis meses de su llegada a La Pampa, soñaba con poder reunirse con ellos. Tenía trabajos precarios y vivía en una habitación prestada. En 2023, al momento de realizar una segunda entrevista, tenía un emprendimiento propio que empleaba a más de diez personas y había podido traer a sus dos hijos a vivir con ella, en una casa alquilada. Como se indicó antes, vamos a recorrer sus relatos a partir de tres ejes, que nos ayudarán a comprender las continuidades y rupturas en sus historias de vida.

De origen venezolano, La Pampa como destino

Los relatos sobre la decisión de migrar permiten observar claramente, en la experiencia de las personas venezolanas, el juego de escalas entre los “factores de expulsión”, a nivel macro, y las decisiones tomadas en función de evaluaciones de cada grupo familiar. Las evaluaciones, como veremos, no eran solamente en términos de costos-beneficios, sino en función del factor temporal: el tiempo parecía acabarse en el país de origen, la carencia era la moneda corriente y la migración aparecía como la única salida posible.

Primero se vino mi esposo. La idea era venirnos juntos, pero yo para ese entonces estaba embarazada. Comenzamos a vender nuestras cosas en Venezuela –porque para venirte para un país como este y como cualquier otro tienes que desprenderte de muchas cosas, ¿eh?–. Lo que ha sido, como quien dice, parte de tu esfuerzo, todo, todo… desde mi casa, el carro de mi esposo, la heladera, cocina, lavadora, todo tuvimos que vender para podernos venir. Porque teníamos que comprar dólares para podernos venir. El tiempo fue pasando y el carro de mi esposo no se vendió a tiempo, yo llegué a tener las 28 semanas. Y no me dejaban viajar. Decidimos que mi esposo se viniera solo, en principio. Bueno, la partida fue muy muy muy… nos pegó muchísimo, tanto a él como a mí, porque yo estaba embarazada y me quedaba sola con mi hijo mayor, ¿eh? En un país donde la situación era incierta en ese momento, imagínate. Seguíamos viviendo en Anaco mi esposo se vino y bueno, yo me quedé a “echar pa adelante”, a sacrificarme. El 2 de noviembre vino él a Argentina y […] el 22 de diciembre yo di a luz a mi bebé […]
Era más o menos como para los últimos días de abril o primeros días de mayo y ya a mi hijo no le quedaban más pañales y no se conseguían […] era descabellado, la inflación era tan, tan grande y además la escasez […] cada día la cosa se estaba poniendo más difícil y así como yo hui, como quien dice, huyeron y están huyendo más –porque cada día salen más venezolanos de Venezuela–. Porque a una familia normal no le alcanza ni para enterrar un familiar, ni las medicinas se consiguen. Yo lo llamaba a mi marido y le decía: ¡estoy loca por irme de aquí, a Argentina! No aguanto el hambre, la escasez de medicina, ya mi hijo no tiene pañales, no tiene leche, ¡¡¡cómprame los pasajes rápido!!! (Marisa, entrevista presencial, Santa Rosa, 2018)

Hay que tener en cuenta que, como dijimos en la introducción, para 2016, 2017 y 2018, la emigración desde Venezuela se estaba volviendo masiva: todas las personas sabían de gente que había migrado. A través de las experiencias de familiares, amigos, amigas, conocidos y conocidas, los potenciales emigrados recopilaban información sobre diferentes lugares, trayectorias, costos y posibilidades laborales en el exterior. El “quiebre” en la trayectoria vital planeada hasta entonces estaba a la vuelta de la esquina: migrar era, cada vez más, una opción promisoria. María del Carmen no fue la excepción:

Yo tenía una hermana que se fue y ¡no dijo nada! Mi sobrina se fue en noviembre del año 2017, no dijo nada a nadie, simplemente se fue. Que le vaya bien, Dios la bendiga, pero no se despidió ni nada y nos quedamos sorprendidos todos. Y en abril del año siguiente sale del país mi hermana con mi otra sobrina, su otra hija, se fueron a Perú. […]
Yo soy de las que decía que no, que yo de mi país no me iba a ir. Que yo no dejaría solos a mis hijos como esos papás que dejan esos niños solos. Yo soy la que decía eso. Pero tristemente me pasó que tuve que hacerlo. […]
La situación estaba intensa, empezaron a subir las cosas, demasiado exorbitantes los precios. Yo empecé a sentirme ahogada, ahogada en Venezuela. […] Y le dije a mi mamá: hay que tomar una decisión, tengo que salir del país porque no vamos a poder vivir, en algún momento vamos a terminar comiéndonos entre nosotros, porque nosotros no somos de los que estamos haciendo trampas […]. Contacté a un grupo de personas que estaban fuera del país, familiares y no familiares, a ver si me podían prestar dólares para salir del país. […] pero no sabía cómo hacer, entre la depresión de no tener dinero y la de no saber qué hacer… […] Yo ya tenía tres meses sin comida en mi casa. Mandaba a los chicos para lo de mi mamá y me decía a mí misma: -ya no sé qué hacer! Yo quiero salir, ¡yo quiero salir! […] Llamé como a 10 personas para pedirle 300 dólares, la última que llamé fue a la chica de acá [La Pampa] que estaba justo de vacaciones. Ella me dijo que no, y casi se me cae el mundo. Me dijo que no, ¡que me iba a comprar el pasaje entero! […] Y yo le dije: -tu eres de Buenos Aires? No –me contestó ella– yo soy de La Pampa. Así que ahí googlié Santa Rosa y busqué imágenes, vi la catedral y cuando la vi por primera vez aquí me dio una cosa en el estómago, porque yo le dije a mi hijo que viera los lugares donde yo iba a estar. Para que [se le corta la voz]… para que cuando lo buscara en el google se acordara que su mamá estaba allí. Le decía: -ven hijito, vamos a buscar. Lo sentaba en mi falta y le mostraba la catedral. Y me decía: – Es rara la catedral, ¡¡es muy rara!! (María del Carmen, entrevista presencial, Santa Rosa, 2018).

Estos relatos –que detectamos como experiencias compartidas por otros compatriotas de Venezuela– nos muestran que la migración aparecía como una manera de evitar una situación que atravesaban o que temían atravesar en el futuro cercano, como la falta de alimentos, de medicinas o de productos de higiene. La carencia y la desesperación vivida apuraban, en ambos casos, el proyecto migratorio: para ellas, había que salir de Venezuela lo antes posible, “como sea”.

El “como sea” implicó, en un caso, vender todos sus bienes muebles e inmuebles para conseguir el dinero necesario o pedir dinero prestado a personas conocidas o amigas. Otras personas entrevistadas, que salieron de su país muchos años antes, intentaban “no quemar las naves” vendiendo sus propiedades, pensando en la posibilidad de alquilarlas y obtener un ingreso o, también, en el retorno. Pero, a medida que nos acercamos al 2016 o 2018, la mayoría de estas personas no dudaban en deshacerse de sus bienes en función de financiar sus viajes. Esto fue así porque, por un lado, se iban convenciendo en la escasa posibilidad de retorno y, por el otro, por haber sido testigos de numerosas ocupaciones ilegales de viviendas que quedaban desocupadas posmigración en Venezuela.

En estos casos analizados, el “como sea” también resultó en dolorosos y prolongados desmembramientos familiares: mientras el marido de Marisa migró a la Argentina, ella se quedó con su hijo mayor y embarazada del segundo, a “sacrificarse” sola con sus hijos. María del Carmen emprendió su viaje también sola, dejando a sus dos hijos al cuidado de sus abuelos. Hay que aclarar que esos fenómenos de separación familiar no son aislados. De hecho, estos casos son representativos, teniendo en cuenta la migración venezolana reciente: muchas de las personas entrevistadas en La Pampa –y también en otros lugares de la Argentina– pasaron por experiencias similares. En ese sentido, hay que aclarar que, en la mayoría de los casos donde padre y madre conviven en Venezuela, son las mujeres quienes asumen la responsabilidad absoluta del cuidado de menores, ya sea al migrar o al quedarse en su país. Solo encontramos un caso en que, estando en pareja, fue la mujer quien migró primero sola y dejó a los hijos al cuidado de su pareja. Esta decisión fue fundamentada, en aquel caso, en términos meramente económicos: el marido todavía conservaba, en Venezuela, un empleo muy bien pago mientras que ella estaba desempleada y lista para partir en busca de posibilidades.

Para terminar con este apartado, nos preguntamos ahora: ¿qué razones tuvieron para elegir a la Argentina y, sobre todo, a La Pampa como destino migratorio? En los relatos que veremos aquí, se cruzan factores relacionados a los deseos, las posibilidades/dificultades y las oportunidades. Sobre los deseos, en general y en esos casos en particular, la Argentina no aparece como primera opción. Como vimos en la introducción, la opción preponderante se inclina a países del norte desarrollado, como España o Estados Unidos o, si no se puede, a países sudamericanos que sean geográficamente cercanos, lo que abarataría el viaje y permitiría mayor contacto con el país de origen. En cuanto a las posibilidades y dificultades, debemos tener en cuenta que la migración hacia la Argentina es muy costosa, ya sea el viaje por tierra o por avión, pero luego, una vez en el país, los trámites para regularizar su situación documentaria son factibles. En otros países más cercanos, como Ecuador o Perú, conseguir “los papeles” para radicarse de manera legal es una tarea muy dificultosa (Cerrutti y Penchaszadeh, 2023). Las personas entrevistadas indican que, en estos países, además, hay un alto grado de xenofobia dirigida especialmente a las personas venezolanas.

En este sentido, resulta interesante notar que los estereotipos y los prejuicios construidos (o, mejor aún, en construcción) sobre las y los venezolanos eluden las marcas negativas con las que tradicionalmente se ha discriminado a ciertos colectivos migrantes en Argentina. Son las poblaciones de países limítrofes y de Perú las que, hace ya más de medio siglo, sufren de discriminación y xenofobia en la Argentina (Halpern, 2009). De hecho, se pueden rastrear diferentes criterios de selectividad y exclusión en la política migratoria que han sostenido, históricamente, las ideas del buen y mal migrante según sus características (laborales, de origen, género, sanitarias, ideológicas, etcétera) (Devoto, 2003; Biernat, 2007; Pereira; 2019).

Las representaciones sobre las y los migrantes venezolanos parecen, por el momento, estar más vinculados a la idea del migrante “deseable” por su alto nivel de calificación o, como relatan las personas entrevistadas, por su buen trato con la gente. En general, han experimentado algún tipo de discriminación positiva a la hora de buscar trabajo por la valoración de su acento –descripto como cálido y agradable–, porque son considerados cordiales y dispuestos al trabajo. Finalmente, teniendo en cuenta el factor de las oportunidades, observamos que la constitución de redes sociales migratorias –que pueden ser de “paisanos” o mixtas– son las que terminan inclinando la balanza hacia la Argentina y, en particular, hacia La Pampa.

Lo primero que pensamos fue ir a Ecuador. Primero, porque nos quedaba más cerca. Segundo, porque tengo una amiga que vive en Ecuador, que es ecuatoriana. Pero los trámites migratorios ecuatorianos son muy costosos y piden muchos papeles, y la idea era venirnos lo más rápido posible. Por eso cambiamos la brújula y dijimos: no, vamos a buscar otro lugar. Yo me puse en contacto con una amiga, que también vive ahora aquí en Santa Rosa, La Pampa, y ella me dijo que estaba en General Acha, que le gustaba el sitio, que era un pueblo –me dijo que era como un pueblo– y dijo que estaba bien. Bueno, yo lo conversé con mi esposo y le pareció bien. Ella nos puso en contacto con una persona de acá que fue quien la ayudó a ella a venir para acá. Es un gran amigo, en verdad lo quiero muchísimo. Nos pusimos en contacto con él y él nos ayudó a venirnos acá a Santa Rosa. Realmente muy bueno, aparte de eso mi amigo es argentino. (Marisa, entrevista presencial, Santa Rosa, 2018).

Dos ejemplos de redes migratorias

En el caso de Marisa, junto con su marido, formaron un nodo más en una red que ya se había puesto en marcha cuando “un amigo argentino” –que llamaremos Carlos para simplificar el relato y mantener el anonimato– ayudó al arribo, instalación e inserción laboral de una amiga venezolana y su familia. Carlos no solo le dio trabajo al marido de Marisa en Santa Rosa, sino que pasó a buscar a Marisa y a sus hijos al Aeropuerto Internacional de Ezeiza, en Buenos Aires, y los trajo a La Pampa. Si bien el lazo originario entre Carlos y la amiga de Marisa comenzó siendo horizontal, podría considerarse, al mismo tiempo, como vertical. Es que, aunque en el relato se observa un genuino agradecimiento hacia Carlos, se evidencia su posición en tanto “nacional” como una distinción que denota una relación de poder/saber: Carlos aparece como quien conoce la ciudad, el país, informa sobre las diferencias entre Buenos Aires y La Pampa, los recoge en los aeropuertos, por ejemplo. La amistad construida también engloba una relación laboral, existe préstamo de dinero o pasajes, aunque siempre dentro de un deseo de fraterna ayuda.

Es interesante notar, aquí, que esta red no terminó en Marisa y su familia: gracias a ellos, llegaron a Santa Rosa otras familias venezolanas, a quienes asistieron con información, alojamiento y comida hasta que pudieron establecerse. Los siguientes nodos formados a partir de las relaciones directas de Marisa con sus compatriotas se manifiestan como horizontales, primaban allí las relaciones familiares o de compadres y comadres, que habitaban en sus hogares hasta que consiguieran vivienda propia. En los relatos sobre cómo se construyen estas relaciones horizontales con los compatriotas, se denota la alegría y el orgullo de poder colaborar con sus proyectos migratorios y de sentirse un eslabón de importancia en las “cadenas”, según sus palabras.

En el caso de María del Carmen, la activación de una red mixta fue crucial:

En Venezuela, en el año 2013, conocí a una mujer que fue a una expedición pedagógica. Ella es educadora y fue con otros chicos de Buenos Aires. Ella es de acá y yo vivo con ella actualmente todavía. Y yo la conocí a ella allá y apenas nos presentamos tuvimos como un click de amistad y nos quedamos conectadas. Esos cinco días bastaron para tener una amistad prolongada por redes sociales, por Facebook, por WhatsApp. […] Ella fue la amiga que cuando le pedí prestado los 300 dólares me dijo: no es que no te quiera prestar, es que yo te voy a comprar el pasaje, ¿a dónde te vas a ir? Le dije que me iba a Perú porque yo había hablado con mi hermana y entonces me dijo: No no, no, yo te compro el pasaje y tú te vienes para acá, para mi casa. Mira, eso fue el sábado 7, el 8 ella ya había reservado el avión. (María del Carmen, entrevista presencial, Santa Rosa, 2018).

En el relato de María del Carmen, también se advierte una red, originada por ella y totalmente casual: en la desesperación por salir de Venezuela, hizo uso de una red de contactos dispersos por el mundo para que la ayudaran con su proyecto migratorio. Una amiga, pampeana, le financió el pasaje y le brindó alojamiento hasta que pudo afrontar los costos de un alquiler. En ambos casos, una vez que la decisión sobre el destino migratorio se inclinó hacia la Argentina y hacia La Pampa, comprobamos que se utilizaron las redes virtuales, especialmente las plataformas como Facebook y WhatsApp, con el fin de obtener información. Estas redes facilitaron la búsqueda de información sobre los trámites en la Dirección Nacional de Migraciones, sobre oportunidades de empleo y de alojamiento. Siguiendo a Pedone (2010), estas dos migrantes armaron redes mixtas, formada por relaciones verticales y horizontales, cuya configuración de los posicionamientos sociales a su interior estuvo determinada, fundamentalmente, por la categoría de nacionalidad y las relaciones de amistad y laborales, como veremos a continuación.

Llegar y trabajar: urgencias y desafíos de una migración cualificada

En general, la migración venezolana se caracteriza por ser cualificada: los primeros análisis arrojan que más de un 60 % tienen estudios superiores o universitarios completos, al que se le suma un 25 % más que tienen estudios universitarios incompletos (Cerrutti y Penchaszadeh, 2023). Sin embargo, muy pocas personas consiguen trabajo acorde a su profesión. En un primer momento, el del primer establecimiento, las personas migrantes buscan desesperadamente conseguir un trabajo –cualquiera sea– para lograr sobrevivir. Los primeros empleos suelen ser, entonces, precarios, informales o temporales. Unos pocos, luego de muchísimos trámites para convalidar sus títulos universitarios (con requisitos muy difíciles de cumplir), logran encontrar un trabajo “en lo suyo”. En los casos de María del Carmen y de Marisa, su inserción laboral precaria y temporal no significó, en esa etapa de primer establecimiento, una frustración con respecto a los proyectos y expectativas previas a la migración. En general, ese desclasamiento experimentado (Pacecca y Liguori, 2019) se comprendía como una situación transitoria que, luego, sería superada por una etapa más estable en términos laborales.

Trabajaba en Venezuela como asistente administrativa, en una empresa de venta de productos al por mayor. […] Llegué hasta el quinto semestre universitario en Seguridad e Higiene Industrial, pero no lo terminé. […] Antes de venir me comencé a meter en grupos de Facebook: “venezolanos en Argentina”, “una mano de pana”, “venezolanos en Córdoba”, “venezolanos en La Plata”, hay varios. […] Comencé a meter papeles por internet en páginas como Manpower […]. El primer trabajo lo conseguí por el dueño del taller donde trabajaba mi esposo, su cuñado tiene una parrilla: comencé cocinando y de bachera [lavacopas] […] Yo me saqué el famoso “chip venezolano” que dice “no, no voy a ir a trabajar pasando coleto [trapo], porque en Venezuela no lo hacía” […]. Yo ese chip lo dejé en Venezuela y desde antes de salir me dije: voy a ese país a hacer lo que sea, con tal de crecer, de vivir bien, de que mis hijos tengan una buena calidad de vida, que puedan comer todos los días un buen plato de comida, que pueda comprarles un par de zapatos cada tres o cuatro meses ¿Me entiendes? Cosas que allá no podía hacer. (Marisa, entrevista presencial, Santa Rosa, 2018).

Marisa se encontraba en la situación de no tener que sostener su hogar sola, ya que su marido también trabajaba. Claro que, como ella, en aquel momento, lo hacía en empleos informales. Para María del Carmen, la perspectiva no era la misma: su amiga la ayudaba con el alojamiento y la comida, además de facilitar contactos para que consiga insertarse laboralmente, aunque no en su profesión. Pero ella debía enviar dinero –el poco que ganara– a Venezuela, donde todavía estaban sus hijos, y le quedaba muy poco resto para poder alquilar una vivienda propia y cumplir el sueño de la reunificación familiar.

Yo fui funcionaria en el ámbito de educación. Primero estudié Administración de Empresas y daba clases de matemáticas. Después estudié una Tecnicatura en Construcción Civil y entré en el Instituto de Educación. Ese instituto era de adultos porque estaba dando clases de construcción civil […] Al llegar [a La Pampa], por el contacto de la gente donde estoy viviendo, me ofrecieron cuidar a una señora. Pero antes me llamaron para hacer sándwich de miga. Pero, por ser inmigrante siempre, como tienes un desconocimiento total de leyes y de todo, te tratan de embromar siempre. ¿En qué sentido? Bueno, te quieren pagar dos pesos por un sándwich, entonces yo trabajaba todo el santo día y ¡ganaba 200 pesos! No, ¡no puede ser! Luego me llamaron para cuidar a una persona mayor. […] es muy poco lo que puedes ahorrar, pero sí se puede salir adelante, depende la cantidad de responsabilidad que tengas en Venezuela, depende la cantidad de familia que tengas bajo tu responsabilidad para mandarle dinero. Yo conozco una persona aquí que tiene su hijo y su mamá allá y no les manda mucho, sólo para el hijo un poquito y ya está. […] yo mando casi todo el sueldo porque me encanta, necesito saber que mis hijos… necesito que coman, necesito que se alimenten, que estén sanos. (María del Carmen, entrevista presencial, Santa Rosa, 2018).

Como dijimos, obtener estos trabajos para los que estaban sobrecalificadas no significaba una frustración, ya que eran un medio para lograr sus objetivos, que estaban bien claros desde el principio. Todo el dinero que se ganaba estaba destinado a cumplir las metas: ese camino truncado por la migración había dado paso a otra trayectoria que, esta vez, no debía de cambiar de rumbo por un tiempo. De hecho, frente a la pregunta de si pudieron ir o si pensaban ir a Venezuela a visitar a su familia, sus respuestas dejaban en claro las prioridades de aquel entonces:

No he regresado a Venezuela ni voy a hacerlo tampoco. Le voy a tramitar los documentos a mis hijos para que ellos se vengan, pero yo no voy a regresar. La tranquilidad de aquí no la cambio por nada. En serio, traería a mi familia, pero esta tranquilidad y calidad de vida, yo no la conocía. No quiero irme, tengo que estabilizarme primero yo, tener un lugar, un espacio, pues todavía no lo he hecho […] la gente con quienes vivo me han regalado una cocina, una nevera. Debo comprarme una cama, ir juntando para independizarme. (María del Carmen, entrevista presencial, Santa Rosa, 2018).
Son como escalones… cuando tú llegas a un país de éstos, tú llegas es con la idea de trabajar para comprarte tus cosas, ¿me entiendes? Para comprarte una heladera, una cocina, un lavarropas, una moto –como yo, que me quiero comprar una moto–. Cosas, pues un comedor… este comedor, tu no me lo estás preguntando, pero este comedor donde estamos es prestado. Yo me quiero comprar un comedor nuevo. Entonces, ¿qué pasa? Que si yo gasto el dinero 50.000 de los pasajes para irme a Venezuela con mi esposo y mis hijos para ver a nuestra familia, entonces nos descapitalizamos. Y, cuando regresemos otra vez, vamos a tener que comenzar desde cero porque no tenemos nada de plata guardada. (Marisa, entrevista presencial, Santa Rosa, 2018).

Los objetivos eran claros y las mujeres entrevistadas tenían una hoja de ruta. Eventualmente, alcanzaron sus objetivos: Marisa consiguió un trabajo formal que mantiene desde hace más de 5 años y María del Carmen puso un emprendimiento que le da trabajo a más de diez personas y pudo traer a sus hijos. Primero compró los pasajes para su hijo mayor, que vino solo, y luego tuvo que emprender la travesía para ir a buscar a su hijo menor, de lo que hablaremos en el próximo y último apartado.

Venir, volver, quedarse, vivir entre el “acá y allá”: dilemas de una migración entre forzada y voluntaria

Como hemos visto en los capítulos precedentes, la decisión de migrar implica, para el sujeto y el grupo familiar, poner en marcha una serie de dispositivos materiales, simbólicos y emocionales que permitan llevar una vida entre el “acá y allá”. El desarraigo experimentado al dejar su lugar de origen, vender sus cosas e irse lejos de su familia se manifiesta de muchas maneras y varían según la forma en que las personas hayan dejado su tierra.

Son numerosos los trabajos de investigación que analizan esto a través de dos grandes categorías que pretenden revisar las motivaciones de la movilidad espacial: la migración forzada o la voluntaria. Serían voluntarias cuando los sujetos migrantes, motivados por mejorar sus condiciones de vida o por conocer otras condiciones, toman la decisión de desplazarse hacia un destino específico (Castles, 2003). La migración forzada, por otro lado, implica tanto una coacción externa directa (traslados obligados) para el desplazamiento, así como una decisión tomada —en un abanico de opciones reducidas— por temor a perder la vida o la libertad. En este último caso, la migración no responde a los beneficios esperados en el país de destino, sino al miedo de permanecer en el país de origen.

Entre los extremos de migración voluntaria y forzada existen, en realidad, una serie de “grises” que complejizan el análisis. El fenómeno migratorio venezolano, ¿se trata de una migración forzada por persecución política, étnica o religiosa, respondiendo a la noción de exilio que retoma García (2017)? ¿Se debe abordar entonces en términos de exilio y refugio, como lo hacen Guardia (2007) o Roniger (2010), o podrían comprenderse también a través del concepto migración por violencia que propone Casasfranco (2002)? Desde el punto de vista jurídico y político, ¿se consideran como refugiados según la Declaración de Cartagena de 1984 (Acosta, Blouin y Freier, 2019)? Más allá de la categoría legal o política en donde las queramos ubicar, las migraciones forzadas tienen una característica en común: los y las migrantes se han sentido obligados a abandonar su lugar de residencia por algún motivo. Podría tratarse de una migración forzada “económica por supervivencia”, en palabras de Mármora (2004).

Podemos coincidir con la Plataforma RV4 o con Cerrutti y Penchaszadeh (2023) y establecer que existen casos de migración de personas venezolanas que son voluntarias y otras que son forzadas. O diferenciar, como lo hacen Páez y Vivas (2017), entre perfiles de migrantes según los momentos de su salida. Para estos autores, las personas que migraron entre el 2000 y el 2012 pueden comprenderse como migrantes voluntarios, en búsqueda de nuevas oportunidades, mientras que quienes lo hicieron luego del 2015 pueden calificar como migrantes por desesperación, forzados por las condiciones objetivas de existencia.

Para no construir una representación de la persona migrante como débil, victimizado o despojado de la opción de subjetivación, Mezzadra (2005) propone centrarse en la subjetividad migrante para explorar la “riqueza” de la que son portadores y su capacidad de agencia. Tomar como eje la experiencia del sujeto migrante “no equivale a borrar las causas ‘objetivas’ del origen de la migración, tampoco significa olvidar el modo en que su condición está profundamente caracterizada por circunstancias de privación material y simbólica” (Mezzadra, 2005, p. 46). La tensión entre la libertad de circulación del migrante y los condicionantes externos le permiten proponer la categoría de derecho de fuga, que evita el reduccionismo sobre los migrantes en general y busca comprender las estrategias individuales de cada sujeto para huir de las causas objetivas que lo condicionan. Por esta razón, teniendo en cuenta las palabras de los y las protagonistas, propusimos el término migración por privación (Linares, 2020), retomando aquel de migración por carencia acuñado por Cozzani de Palmada hace casi dos décadas (2005).

En los casos de Marisa y de María del Carmen, resulta evidente que ejercieron su derecho a la fuga. Para el grupo familiar de Marisa, la mejor estrategia consistió en que el marido migre primero, que se establezca, mientras ella se quedaba con sus hijos a “echar pa’delante”, según sus palabras. Esto quiere decir que ella se quedaba a esforzarse, a luchar aún contra todas las adversidades, hasta lograr su objetivo. Esto no quiere decir que ese período en Venezuela no haya sido angustiante. Su situación, al igual que la de María del Carmen, era desesperante:

Yo lloraba todas las noches. Es una situación desesperante abrumante, no hay ánimos de nada […] no es una cosa que la haces en búsqueda de caminos nuevos de vida, de un sueño americano, lo haces porque queremos vivir mejor, porque ya en Venezuela no se puede vivir. (Marisa, entrevista presencial, Santa Rosa, 2018).

Frente a esos condicionamientos, frente a la privación a la que era sometida, ella planificó su gran momento. Iba a dejar Venezuela, como muchos otros compatriotas, por vía terrestre hasta Brasil y en avión, desde Manaos hasta Argentina. Su huida debía estar cronometrada: debía calcular tiempos, presupuesto del viaje (incluyendo comidas, alojamientos e imprevistos para ella y sus dos hijos), documentación y seguridad. La experiencia, aunque peligrosa, fue para ella exitosa:

Fue un tramo mixto, como quien dice, porque me vine en colectivo y en avión. Me vine con mis hijos por Puerto La Cruz, que es Venezuela, del Estado Anzoátegui, hasta Boa Vista, Brasil. En Boa Vista tomé otro colectivo hasta Manaos y en Manaos tomé un avión hasta Ezeiza, Buenos Aires […]. Y fueron tramos que me sucedieron que jamás los voy a olvidar porque el jalo que a ti no te imaginas que nunca te va a pasar, ¿no? […] El viaje en general fue perfecto, aparte de que yo me preparé muy bien, ¿me entiendes? Me preparé bien para el viaje porque traía un bebé de cinco meses, entonces yo quería que todo saliera bien. Yo decía: dios mío, tengo todo, me tiene que salir bien, tengo que llevar suficiente alimento, suficiente compota para que el niño no llore, para que el niño se sienta bien, para que el niño no se agite. Para el camino traía pan con fiambre, con queso, para comer mi hijo mayor y yo. Y, cuando parábamos, comíamos, almorzábamos comidas del lugar donde nos paráramos, pues. (Marisa, entrevista presencial, Santa Rosa, 2018).

Marisa se subió a un colectivo en Puerto La Cruz, Venezuela, y, luego de más de 14 horas de viaje, llegó a Boa Vista, ya en Brasil. Allí, cambió su dinero, bolívares a reales brasileros, y siguió camino hacia Manaos en colectivo, otras 10 horas de viaje. El avión que tomó en Manaos hizo escala en Brasilia y ella manifestó su sorpresa por la extensión del país: “oh… que Brasil es súper grande, ¿no es así? Yo eso tampoco me lo imaginé: ¡6 horas montados en un avión de Manaos a Brasilia!” (Marisa, Santa Rosa, 2018).

Para María del Carmen, la estrategia consistió en venir sola, establecerse, luego traer a sus hijos y, finalmente, a sus padres. En 2018, su vida estaba entre el acá y el allá:

Desde que me preguntaron por primera vez, si iba a volver, yo dije que no. Mi mamá también lo sabe. Mi mamá me lo preguntó y ella sabe que lo que yo determino, lo determino y ¡listo! “Tu te vas y no vienes más”, me dijo así. Me lo dijo mirándome a los ojos y mi papá también, estaba viéndome a los ojos cuando me dijo: “sé que es la última vez que te veo, hija” y me abrazó. Y ellos no son de abrazar ni decir te amo, nunca, nunca me había abrazado mi papá y me dijo: “es que la última vez que te veo”. Porque mi papá casi no ve y él, por teléfono, me escucha, pero no me ve. Entonces también lo entendí, ya he llorado todo eso. Ya lo he llorado, es como un luto. Es un luto muy fuerte. Tengo la esperanza de traérmelos. Pero está rudo mi papá, está rudo traérmelo porque él es muy cerrado, pero mi mamá sí, tengo la esperanza de traérmela. Primero a mis hijos, después a ellos, progresivamente. Pero de volver, no. (María del Carmen, entrevista presencial, Santa Rosa, 2018).

Un año después de su arribo, recibió a su hijo mayor. Pero, al menor, debía ir a buscarlo ella. Las cosas no salieron como ella esperaba:

Salí de Santa Rosa el 25 de diciembre del 2019 y fui en avión hasta Boa Vista. En Boa Vista, nunca llegó el transporte que me tenía que ir a buscar, me mandaron a otra persona, desconocida, ese transporte se accidentó y tuve que dormir en Boa Vista en la casa de una extraña que ni idea quién era: supuestamente era la esposa del señor que debía llevarnos. Fue una locura esa noche. Al mediodía siguiente, tampoco nos llevaron. Así que tuve que ir a la terminal de Boa Vista y tomé un colectivo. Llegué a la frontera con Venezuela a las 6 de la tarde y fue una locura. Dormí esa noche en Santa Elena de Uairén, que es frontera con Venezuela y fue horrible el lugar, fue espantoso, ahí sí me dio terror. Era asqueroso, ahí sí que no dormí, era un stress terrible, me podrían haber robado o peor. Por suerte no pasó nada, pero fue el lugar más horrible que he visto. Al día siguiente una persona nos llevó, no el transporte que yo había contratado, que no apareció… ¡menos mal que no pagué por adelantado! Salimos a las 4 de la mañana, rodamos sin parar prácticamente, yo era la única mujer en el viaje. Todos desconocidos, no sabía si se llegaba o no se llegaba. A las 12 de la noche y el tipo se desvió porque iba a llevar a otra persona, luego tuvo un accidente, así que varados hasta las 10 de la mañana. Llegamos a las 5 de la tarde a otro lugar y de ahí, que ya era el 30 de diciembre, llegué a las 10 de la noche a mi casa. Tomando prácticamente sólo agua todos esos días.
De vuelta, me vine directo con mi hijo. Hicimos un solo tramo directo hasta Boa Vista, llegué un día antes, fuimos a un hospedaje y al siguiente día me vine en avión con mi hijo.
En ese viaje vi a mis papás, después de más de catorce meses sin verme. Yo sabía que… yo quería traérmelos, ellos estaban muy contentos porque yo estaba organizando las cosas para traérmelos. Pero en 2020 cayó la pandemia y todo se pudrió: no había posibilidad de entrar ni de salir. Cuando los vi, yo no sé por qué, pero sabía que era la última vez que los iba a ver. Mi papá fallece el 12 de septiembre del 2020, por COVID-19. Y mi mamá falleció el 3 de abril del 2023. (María del Carmen, entrevista presencial, Santa Rosa, 2023).

Tanto Marisa como María del Carmen se expusieron a diferentes peligros cuando debieron atravesar la frontera entre Venezuela y Brasil, justo en los períodos de mayor tránsito migratorio, entre el 2018 y 2019. En esos momentos de la conversación, había silencios que parecían, por un lado, querer reconstruir una cronología de la travesía: a qué hora, de qué día, cuánto tardó el trayecto, a dónde nos llevaron primero y cómo seguimos después de eso. Por otro lado, algunos silencios hablaban de vulnerabilidades escondidas: las cosas que podrían haberles pasado en esos trayectos, solas, con hijos pequeños. Son conscientes de esos riesgos tomados, pero prefieren remarcar los logros cumplidos: la buena planificación, la capacidad económica para afrontar los viajes y la fortaleza para atravesar medio continente con el fin de lograr la reunificación familiar, que fue su responsabilidad.

Desgraciadamente, el objetivo de María del Carmen de traer a sus padres quedó trunco por la pandemia de COVID-19. Sus progenitores fallecieron a causa de las consecuencias de esa enfermedad en su salud. Ella gestionó su vida entre el aquí y el allí gracias a las facilidades de las nuevas tecnologías hasta que, en Venezuela, ya no le quedó nadie. Pero, finalmente, ambas reconstruyen sus trayectorias de vida, luego de los puntos de inflexión a partir de estrategias para acortar las distancias entre el acá y allá: si extrañan paisajes de Venezuela, intentan viajar por Argentina; si extrañan sus comidas, las recrean aquí, con los ingredientes que consigan. Valoran su nueva tierra y extrañan su lugar de nacimiento, transitando, así, su condición migrante.

Palabras finales

En este capítulo, retomamos las experiencias de dos mujeres venezolanas para comprender, a partir de sus relatos, algunas de las particularidades de este colectivo migratorio y las posibles vinculaciones con trayectorias migratorias pasadas. En ese sentido, podemos decir que las dos trayectorias analizadas se englobarían dentro de la oleada migratoria que comienza a partir de 2016, caracterizadas por la necesidad de escapar de una situación económica, política e institucional inestable en el país de origen. Las marcas de la desesperación son visibles en los relatos sobre el desabastecimiento y el hambre. Si bien no se estaba hablando de un enfrentamiento bélico, como en otros casos analizados en capítulos precedentes, la privación de alimentos, medicinas y elementos de higiene básicos generaba, emocionalmente, una angustia similar. Sus vidas, tal como las conocían hasta aquel entonces, estaban signadas por la incertidumbre y debían buscar una solución. Para ellas, fue la migración, como un derecho a ejercer para fugarse de esas condiciones y condicionantes, para reanudar desde cero una trayectoria vital que les permitiera desarrollarse.

Estas trayectorias de una migración cuasi forzada, cuasi voluntaria, terminaron en La Pampa, gracias a las redes sociales puestas en juego al momento de decidir la salida de Venezuela. Como se trataba de destinos abiertos, a definir según posibilidades y oportunidades, La Pampa apareció cumpliendo, en estos dos casos, con las condiciones suficientes. Gracias a contactos, compatriotas o argentinos, pusieron en marcha un mecanismo basado en solidaridades cruzadas, que terminó abriéndoles la puerta a posibilidades de financiamiento de pasajes, de alojamiento y de posibles empleos.

En este sentido, la inserción laboral del primer año de establecimiento en la provincia se caracterizó por ser informal, precaria y temporal, como en otros lugares del país. Sin embargo, estos trabajos les permitieron, a Marisa y a María del Carmen, trazarse una nueva trayectoria y transitarla, cumpliendo, poco a poco, sus objetivos.

Finalmente, estos relatos también nos hablaron de la condición migrante, ese estar todo el tiempo entre dos espacios, extrañando lugares y personas y construyendo hogar allí donde se elige. Un esfuerzo constante por mantener lazos a la distancia, por facilitar los contactos, por no extrañar tanto. Una condición marcada por la voluntad de afirmar un camino, un derecho a irse, pero atravesado por la melancolía. Una condición que es característica también de la migración forzada.

En estas páginas, fueron las mujeres las protagonistas. Pudimos ver su capacidad de agencia al decidir migrar y las formas de hacerlo. Pudimos observar su orgullo al decir que se esforzaron por cuidar a sus hijos, por mantener a la familia a la distancia, por, al final, lograr la reunificación. También relataron con satisfacción cómo consiguieron sus primeros empleos, esos que las pudieron colocar en la senda de sus objetivos. Pudimos también entrever los silencios que no dicen sus padecimientos, las noches de angustia en soledad, los miedos y los peligros a los que se expusieron en sus travesías. Finalmente, se trató de la historia sobre la dignidad de estas mujeres, una dignidad construida en torno y gracias a sus trayectorias migratorias.

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  1. CONICET – IEHSOLP.


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