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“Venimos a trabajar…”

Experiencias de españoles
en los inicios de General Acha
a través de las revistas comerciales

Selva Olmos[1]

Introducción

Llegamos aquí siendo niños de 16, de 15, hasta de 12 años. Aquí nos hicimos hombres sin más auxilio que el recuerdo de los padres lejanos y la práctica de los principios morales que aprendimos en el hogar de la vieja España; esa España de los hombres leales, austeros, sobrios y trabajadores.

  

Revista 60° aniversario Ruíz Pérez, 1945

El presente artículo busca reunir una serie de historias de vida de españoles, hombres y mujeres, que llegaron al entonces Territorio Nacional de La Pampa a fines del siglo XIX y primeros años del XX, más precisamente a la zona del recién fundado pueblo de General Acha, en el departamento Utracán. Dicha población, erigida en 1882, al calor de la conquista militar de los territorios indígenas y la incorporación de tierras productivas a la economía internacional, ofició de capital del Territorio hasta 1904. En esos primeros tiempos, junto al repoblamiento conformado por argentinos primero e inmigrantes europeos después, se organizaron las esferas administrativas y comerciales, se establecieron los servicios de transporte y correo, y surgieron los espacios de sociabilidad y esparcimiento. Ese contexto, donde la presencia estatal era aún débil, se transformó en lugar de atracción para aquellos comerciantes que, asentados en provincias vecinas, lograron percibir el atractivo de una zona en construcción. Fue así que, en 1885, se fundó en este pueblo el primer almacén de ramos generales de La Pampa, denominado “Casa Bella Vista”. Y, en 1915, hizo lo propio “La Moderna”. Ambas firmas fueron cimentadas por agentes cuyas experiencias de vida como inmigrantes españoles inspiraron este trabajo.

El punto de partida para este estudio fue el acceso a dos fuentes originales y de gran valor histórico para General Acha, como son: la colección de revistas de la casa comercial La Moderna, que cubre los años 1934-1951ca., y el libro por el 60 aniversario de la Casa Ruíz Pérez (ex Casa Bella Vista), realizado en 1945. Ambas cuentan con la redacción del entonces maestro de escuela Reinaldo E. Prandi[2]. En nuestro caso, recopilamos entrevistas realizadas por Prandi a antiguos pobladores achenses entre los años 1936 y 1943, así como algunas editoriales de obituarios donde el maestro narró la historia de vida de personajes destacados de la sociedad achense de esos años. Socios, empleados y clientes, productores ganaderos especialmente, de las casas de negocios conforman un entramado de experiencias que tienen elementos en común y donde las redes sociales, laborales y comerciales quedan en evidencia.

Hemos ordenado nuestro análisis en torno a tres ejes. El primero aborda los motivos de la emigración que, si bien carecemos de información suficiente para analizar situaciones personales y familiares en el contexto de origen, los propios testimonios arrojan alguna luz sobre la importancia de las redes familiares y cadenas migratorias a la hora de emigrar. Es por esto que podemos observar dos grupos bien definidos en estos migrantes: por un lado, los que llegaron en la segunda mitad del siglo XIX y atravesaron ciertas experiencias, en especial laborales, antes de decidir asentarse en La Pampa; y los que, en función de los primeros, se trasladaron directamente desde España a General Acha con un empleo fijo o porque contrajeron nupcias. En esa línea, y como segundo eje, hallamos en varios casos que el arribo a La Pampa fue el resultado de una migración por etapas, donde el destino final no fue programado de antemano (Linares, 2016; Sassone, 2018).

Lo que reflejan estas trayectorias es un peregrinaje que se origina en el norte de España y llega a la frontera bonaerense como primer lugar de asiento. Allí, factores como el trabajo, la posibilidad de acumulación de capital, la información y los contactos resultaron fundamentales para continuar el camino hacia La Pampa. Y el tercer elemento de análisis es la movilidad social y económica que lograron estos actores, basada en la puesta en funcionamiento o el empleo en casas comerciales de renombre, o en explotaciones ganaderas. Sin embargo, y a pesar de que, según sus propias voces, prevalecen conceptos como “esfuerzo”, “sacrificio”, “honradez” y “trabajo”, para narrar sus experiencias de vida en la zona de General Acha, nuevamente es el peso de las redes y los vínculos sociales los que favorecen los procesos.

Los estudios sobre inmigración en nuestro país cuentan con una amplia y vasta trayectoria y son la base para nuestro artículo. No obstante, consideramos que poner el foco en un espacio como el pampeano entre fines del siglo XIX e inicios del XX, y en trayectorias individuales y familiares, puede alentar al replanteo de viejas problemáticas que permitan avanzar en nuevas direcciones, encontrar paralelismos con otras experiencias de inmigración y, a la vez, sumar a los estudios regionales y locales, especialmente.

La salida y la llegada… Inmigración española y redes familiares

Pocos años ha, en 1860, en este país comían pan solamente los ricos y la carne era tan deseada como hoy la apetecen los pescadores de las Rías Bajas. Las patatas eran desconocidas en 1848 […] Otro, en tiempo ya posterior, viene a Oviedo a pie a llevarse una fanega de maíz a cuestas y deja a sus hijos esperando el alimento, recorre veinte kilómetros de ida y otros tantos de vuelta, en un día, y tiene que pasar la barca del Nalón con el saco a la espalda por carecer de los cuatro cuartos para pagar al barquero si suelta el saco al pasar al río pues de este modo solo paga dos. […] Hoy ya no ocurre esto, ya la vida es muy otra. Ya no se transportan fanegas de maíz al hombro. Todo el mundo viaja. Apenas se hila, apenas se teje… […]. Desapareció totalmente la lepra, las gentes se vacunan, se lavan todos los días, cambian de ropa todos los domingos. […] Si recorriésemos, no España sino Europa entera, es posible [que] no encontrásemos localidad alguna que sufriese una transformación tan honda y tan radical como la acaecida en este país en tan breve tiempo.

  

Viyao Valdéz, María de la Purificación, 1920

La descripción antropológica que hiciera de Asturias esta maestra nacida en 1892 da cuenta de las transformaciones socioculturales que acontecieron en la región a partir de la industrialización. Durante la segunda mitad del siglo XIX, cuando los protagonistas de nuestras fuentes emigran hacia Argentina, el norte de España estaba atravesando ese proceso de cambios entre una sociedad tradicional rural a otra moderna. De ahí que las interpretaciones históricas sobre las causas de los movimientos migratorios de esa época han virado entre las posturas pesimistas y las optimistas, así como entre las que ponen el foco en los factores de expulsión o, al contrario, los de atracción. Básicamente, entre aquellas miradas que apuntaron a las situaciones de miseria y pobreza en Europa, y aquellas que enfatizaron las ansias de mejorar las fortunas.

Para los primeros, las migraciones españolas a ultramar se vinculan a la crisis agropecuaria que afectó a la periferia europea (sur y este del continente), a fines del siglo XIX, más precisamente desde los años de 1870, a raíz de la caída de los precios internacionales y la competencia externa. Y dicha crisis tuvo su origen en la expansión de la oferta de productos agropecuarios de los espacios nuevos como Argentina, Australia, Canadá o Estados Unidos. Estos países comenzaron a producir materias primas de origen agropecuario a bajo costo y en tierras aptas, lo que condujo al descenso de los precios internacionales y, como resultado, comprometieron la producción agropecuaria de una parte importante de Europa. A su vez, la mejora en los medios de comunicación, fruto de los avances de la revolución industrial, y la demanda de trabajo en dichas latitudes debieron ser fuentes de atracción para las poblaciones campesinas afectadas por las vicisitudes. Al respecto, la corriente neoclásica, optimista, halla como causa que la emigración es el resultado de la construcción de un mercado de trabajo trasatlántico libre en el siglo XIX, poco o nada regulado por políticas públicas y la variable clave es el diferencial de salarios que orienta a los individuos a maximizar sus oportunidades laborales emigrando donde los salarios son más altos[3].

Estas explicaciones macroestructurales comenzaron a mostrar debilidades cuando la perspectiva micro demostró que las decisiones de emigrar eran acotadas al ámbito cercano de la familia o la aldea, donde migrar hacia otro país era una alternativa más dentro de otras. En esa línea, se asumió que, en las migraciones, intervinieron un conjunto de factores y dimensiones de la realidad que se yuxtaponían con diferentes comportamientos de los sujetos y, en la base de esas lógicas, estaban las cadenas migratorias y las redes sociales. Sin perder de vista el contexto, los nuevos estudios tuvieron en cuenta que las decisiones de migrar no eran tomadas de forma individual y aislada por los actores, sino por unidades mayores de gente con vínculos parentales o de espacios sociales cercanos.

Es en las cadenas migratorias donde se activan los mecanismos de cooperación y reciprocidad, aspectos sostenidos por una red social que se expresa en la propia cadena. Así, resulta que los presuntos migrantes obtenían información sobre las oportunidades que se ofrecían en otros lugares y eran provistos, a su vez, de pasajes y empleo por medio de vínculos con migrantes anteriores. De ahí que pueden existir diferentes tipos y niveles de cadenas, ya sean unifamiliares o ampliadas, de paisanaje, étnicas o profesionales, pero donde también surgían relaciones de poder expresadas en vínculos de verticalidad y jerarquía. Para que exista una cadena, debe haber un espacio social de origen, un eslabón de partida o preemigración y, por tanto, otro de llegada. En esta racionalidad social compleja, la población migrante buscaría, así, lugares donde hallar capital social, de manera que los procesos migratorios sean autosostenidos y se autoperpetúen a través de las redes sociales[4].

De hecho, la decisión de migrar se tomaba en el seno de la familia o en el espacio social cercano; y se requería de un cierto caudal de recursos para hacerlo, situación que se resolvía en la propia red de vínculos. Se trataba, entonces, de una emigración que afectaba a familias extensas o nucleares, que se encontraban en un lugar intermedio dentro de la estratificación social de los ayuntamientos y, por lo general, poseían ingresos complementarios o los derivados de la producción agrícola (De Cristóforis, 2016). Los estudios acuerdan que la mayoría de los migrantes llegaron por sus propios medios, teniendo en cuenta la cooperación de la red social a la que pertenecían; y no por la dispensa de pasajes subsidiados por parte del Estado argentino. En realidad, la política de ayuda estatal fue efectiva durante el período 1887-1890, cuando se entregaron boletos gratis, lo que hizo que la inmigración sea importante en 1889, pero con un límite en la crisis de 1890 (Moya, 2004). En líneas generales, los nuevos abordajes complejizaron la mirada del fenómeno migratorio al centrarse en los sujetos y en las estrategias que pusieron en práctica. En ese camino, se derribaron ciertas imágenes clásicas al poner el foco en las redes sociales transoceánicas y su valiosa contribución en la difusión de información sobre los desafíos y oportunidades, en la asistencia y la inserción económica en un medio nuevo, pero donde el capital social resultó fundamental para la emergencia de nuevas redes pluriétnicas.

En otro orden, tradicionalmente, la inmigración transoceánica de la segunda mitad del siglo XIX ha sido abordada como una cuestión masculina. Ello, reforzado por los números que indican un alto índice de masculinidad en las primeras migraciones, en su mayoría sujetos jóvenes y concentrados en la edad activa. Muchos migrantes lo hicieron respondiendo a la gestión de algún familiar o paisano que los convocaba para algún trabajo, pero esos llamados estaban dirigidos especialmente hacia los varones. Se buscaba atraer a los hombres en primera instancia, y ello puede estar relacionado con una fuerte expectativa de retorno por parte de los migrantes. De ahí que encontramos a los que regresaron para casarse y aquellos que lo hicieron ya en la madurez de la vida y con la acumulación de cierto capital. Pero nuestras fuentes dan cuenta también de la participación de mujeres en estos procesos y, si bien aparecen acompañando a sus hijos, esposos y hermanos, su papel ha sido fundamental en las decisiones de los viajes: “La venia de la madre, de la que iba a arrancársele otro pedazo de corazón, como lo era este otro queridísimo hijo José, fue concedida con el penosísimo tributo de un mar de lágrimas…” (Ruíz Pérez, 1945, p.15).

Los casos abordados en función de nuestras fuentes comprenden a una de las migraciones más numerosas que llegó a Argentina, los españoles, que, junto a los italianos, reunieron alrededor del 80 % del total de los inmigrantes transoceánicos. Sin embargo, el espacio de origen de estos agentes se acota a algunas regiones del norte de ese país, como Asturias, Cantabria, Navarra, León y Palencia. Algunos análisis acuerdan que lo que tenían en común las comunidades de la primera etapa de emigración española era una ubicación estratégica sobre el mar, a lo largo de los canales de transporte e información. Y eso determinó que la emigración siguiera una dinámica desde la costa hacia el centro de ese país (Moya, 2004)[5].

En los siguientes apartados, intentaremos observar cómo operaron las cadenas migratorias en estas contingencias y en las propias decisiones de los sujetos a la hora de emigrar, el peso de los vínculos familiares y los mecanismos de poder y jerarquía dentro de los grupos. A la vez, resulta importante destacar que, al trabajar con documentos de prensa que buscan resaltar el éxito económico de determinados personajes de la sociedad achense, estas experiencias no hacen a todo el grupo de españoles que puedan haber arribado a la zona. No obstante, arrojan luz sobre los mecanismos sociales y económicos que desplegaron los actores con narraciones en primera persona.

Españoles en General Acha de los inicios

Mis abuelos habían llegado a principios de siglo desde Guipúzcoa, y se habían radicado en Chascomús. Desde allí llegaron mi padre y mi madre a la zona del Valle Argentino. El gobierno les había dado una chacra a cada uno, todas de igual tamaño (…) me acuerdo de todos los que vivíamos ahí… Vanoli, Promencio, Agustín Domínguez, Bonifacio Martín, Estancia el Madrigal de Ysequilla y Pérez, Sabarot, José Larrañaga.

    

Blanca Larrañaga de Culla, Rev. del Centenario, 1982

Los orígenes de General Acha se vinculan a la campaña militar que realizó el Estado argentino a fines del siglo XIX, con la intención de incorporar tierras productivas al modelo aperturista de agroexportación y a expensas de las comunidades originarias allí asentadas. Para su financiamiento, y a partir de la Ley Avellaneda (N° 817/76), que promovía la inmigración y la colonización, el Estado puso en práctica una importante legislación sobre tierras que derivó en la apropiación del recurso previo a la propia expedición. Los propietarios rurales, especialmente del área bonaerense, adquirieron importantes extensiones en La Pampa, cercana a sus propiedades originarias y, a partir de allí, se inició una rápida organización y valorización del espacio productivo[6].

La localización del poblado de General Acha respondió a la disponibilidad de agua buena, un valle promisorio, montes de caldén y nutridas vías de comunicación cuyas bases eran las rastrilladas indígenas. La fundación tuvo lugar el 12 de agosto de 1882 por parte del general Manuel Jorge Campos, jefe de la Frontera Sur, Tercera Brigada de la Tercera División del Ejército, compuesta por los cuerpos que ocupaban la línea de Carhué. El primer poblamiento estuvo constituido por los miembros de la propia expedición, indígenas, especialmente ranqueles, que fueron trasladados de manera forzada para tal efecto, pobladores de las provincias limítrofes y algunos europeos. Dos años después de su fundación, General Acha fue designada capital del Territorio Nacional de La Pampa y entonces asiento de la gobernación, distinción que gozó hasta principios de siglo, cuando la capital se trasladó a Santa Rosa. Esto hizo que, para 1883, ya existieran algunos comercios, se habían creado las principales instituciones y surgieron órganos de prensa. Hacia 1888, cuando se realizó la primera división administrativa del Territorio, el pueblo quedó dentro del 8° departamento, que se organizó, a su vez, sobre la sección catastral IX, producto del proceso de mensura iniciado en 1882.

A General Acha hay que entenderla en su espacio rural, conformado por el valle donde se asienta el poblado, y que dio lugar a la explotación agrícola en chacras y quintas, pero, además, con importantes explotaciones extensivas dedicadas a la ganadería. A fines del siglo XIX, la economía pastoril era dominante en La Pampa, especialmente de ovinos y vacunos criollos, y estaba destinada a los mercados de Chile y las provincias limítrofes. Cuando se repuebla la zona, el método de acceso a la tierra posiblemente más extendido era el arriendo ganadero, pues era la vía que encontraba aquel que llegaba con un pequeño capital de gozar del usufructo de estas tierras y, si podía, lograr algún nivel de acumulación. Para 1896, llegó a General Acha el ferrocarril, que aportó a la dinámica de la actividad ganadera, embrión de la actividad productiva y comercial que dio forma a la economía local (Olmos, 2020).

Para 1895, el pueblo, entonces capital, contaba con 883 habitantes de los 25.914 que reunía el Territorio y era una de las únicas siete poblaciones que reportó el censo de ese año. El flujo migratorio ultramarino aún era minoritario en La Pampa y, de ellos, predominaban los italianos y españoles[7]. Estos últimos, igualmente, representaban la mitad del total de inmigrantes transoceánicos. Esta etapa temprana de las migraciones se caracterizó por tres rasgos: predominio de la población rural sobre la urbana; fuerte contenido criollo; y un altísimo índice de masculinidad. Hacia 1914, la población achense había ascendido a 3.266 habitantes en un contexto marcado por un claro aumento de los grupos migrantes extranjeros y un notable equilibrio entre los sexos. Ese año, el porcentaje de extranjeros en La Pampa fue del 36,5 % y, para 1920, esta población ya se había estancado (30,2 %), producto de las dificultades de la Primera Guerra Mundial en la región pampeana como por las mejores opciones en otras partes del país (Di Liscia y Lluch, 2008).

Rostros y trayectorias españolas

La totalidad de los inmigrantes españoles cuyas experiencias recabamos de las revistas comerciales de General Acha llegaron del norte de España. Los testimonios emanados de los suplementos de casa La Moderna indican que sus referentes arribaron, en su mayoría, de Asturias. El primero fue el propio fundador de la empresa, Ramón Otero Coya, y luego algunos familiares. Entre sus clientes comerciales, encontramos quienes dicen provenir de Navarra, Salamanca o León. Los miembros de la Casa Ruíz Pérez, por su parte, llegaron al país desde Cantabria y un empleado desde Palencia. No obstante, habrá vínculos entre ambos grupos una vez en La Pampa y una forma de cadena migratoria similar.

Ramón Otero Coya (1867-1930) era originario de Anayo, Piloña, en la provincia de Asturias. Llegó a Argentina con 14 años en 1881. Era hijo de José Ramón Otero Alonso, oriundo de Sietes, provincia de Oviedo, y de Ramona Coya y Coya, nacida en Anayo. Desconocemos sus motivaciones, pero un relato de su nieta Marcelina Hopff (2001), nos brinda alguna luz sobre sus raíces: “era gente sencilla, trabajadores de la tierra, dueños de pequeños latifundios que ellos mismos trabajaban” (p. 5). Luego de un paso por la provincia de Buenos Aires y por Quemú Quemú, en La Pampa, como empleado de comercio, en el 1900, fundó junto a un señor de apellido Pérez Martínez un almacén rural llamado La Asturiana en el departamento pampeano de Lihue Calel. En 1908, vino a ese lugar a trabajar Sebastián Benito Coya Alonso, nacido en Llares, Piloña, alentado por su primo hermano Ramón Otero. En 1909, hicieron lo propio, su esposa, Aurora Fresno, y su pequeño hijo Emilio. En 1915, la firma comercial se amplió con la apertura de una sucursal en General Acha, la casa La Moderna, y, en 1927, arribó, desde Viyao, Asturias, Joaquín Alonso Peláez:

Un mocetón que traía en su robustez física y en la nobleza de su espíritu, todo el caudal con el que debía abrirse paso […] Ya sabía bastante de trabajos de almacén, especialmente en la sección ferretería. Allí, como empleado de almacén, lo ubicaron sus primeros patrones Ibarra, Otero y Cía. (La Moderna, 1943)

En los tres casos, observamos lazos familiares (familia Coya y Alonso, por las ramas materna y paterna de Ramón Otero) y un origen espacial común en las aldeas vecinas de Piloña en Asturias. Este proceder reafirma los estudios de Fernando Devoto, donde da cuenta de que la mayoría de los inmigrantes eran atraídos por sus paisanos, que financiaban la experiencia migratoria y los integraban a través de redes personales en el mercado de trabajo. Y ello permite demostrar, por ejemplo, el escaso éxito que tuvo la Oficina de Trabajo en Buenos Aires, pues los inmigrantes llegaban con pasajes de llamada costeados por amigos o parientes (Devoto, 2002).

En el caso de la firma Ruíz Pérez, la casa comercial tuvo su origen como Casa Bella Vista de la sociedad Ysequilla y Pérez. Evaristo Ysequilla era originario de Liendo en la provincia de Santander, Cantabria. Nacido en 1852, era hijo único de los esposos Ysequilla-Pérez, y llegó solo a la Argentina en 1868, con 16 años. Primero, trabajó como empleado de comercio en Balcarce y, luego, montó una confitería en Dolores, provincia de Buenos Aires. En 1872 y con 16 años, recaló en estas tierras José Gregorio Pérez. Había nacido en 1856 en Liendo, Santander, y era hijo de un primo hermano de Ysequilla. Se asentó en Saladillo; de hecho, logró fundar un comercio propio, pero su padre definió su destino y el de Ysequilla, pues: “En un viaje que hiciera don Evaristo Ysequilla a España, el padre de José Gregorio pidióle que trabajara junto al hijo”. Así lo cumplieron y “ambos jóvenes, unieran sus destinos comerciales y se produjera, años más tarde (en 1885), la histórica marcha al desierto, cara al porvenir, para colocar los cimientos de la Casa Bella Vista”. Además, Ysequilla se casó en Argentina con la hermana de José Gregorio, Agapita Pérez Martínez. Vale decir que, en el origen de la firma, se refuerzan los vínculos parentales y comerciales a través de los socios fundadores. De una forma u otra, estos inmigrantes terminaron extendiendo las redes familiares de este lado del océano.

Once años después, también vino al país el hermano menor de José Gregorio, Miguel Pérez Martínez, nacido en 1868 en Liendo, “permaneció junto a sus padres, estudiando y secundándoles en sus labores, hasta 1883”. En ese lapso, se embarcó solo en el vapor Albriñuelas, y se radicó en Saladillo, donde trabajó con su hermano hasta la partida a La Pampa en 1885, cuando tenía 17 años. En la Casa Bella Vista, se convirtió en habilitado[8] hasta 1894, que se retiró y se estableció con un negocio propio en Chillén y luego en Toay, pero continuó vinculado a la firma como socio.

Hacia 1893, y con 12 años, arribó Miguel Ruíz Pérez. Era natural de Liendo, Santander, hijo de Don José Ruíz Pérez y doña Calixta Pérez Martínez: “iniciado desde los puestos más humildes, cimentó su capacidad para el trabajo y la dirección de la Casa, puesto que ocupó entre 1911 y 1938, año en que pasó a ser Socio Camanditario”. Se casó en España con Raquel Diego González, nativa de Victoria, provincia de Álava, pero vivieron en General Acha hasta su fallecimiento en 1943. En 1904, también llegó su hermano José Ruíz Pérez, nacido en Liendo en 1891. Lo hizo directamente a General Acha. La pluma del maestro Prandi deja entrever la importancia de la familia y la información en las decisiones de emigrar, pero, en especial, la seguridad en las posibilidades de trabajo y el éxito económico:

En su casa paterna de Liendo, España, alameda de plantas, bordeada de jardines y huertas, expresamente construida para disfrutar en ella todo el confort imaginable, vivían abuelos, padres e hijos de la familia Ysequilla, Ruíz y Pérez. Familias de antaño, unidas siempre con ese amor y con esa armonía y respeto entre padres e hijos, difícilmente repetidos en los tiempos modernos. En las tertulias de familia se hablaba de las tierras de América, de la amada Argentina y de cuanto venía premiando esta el esfuerzo y los sacrificios de los familiares llegados a sus lares para honrarla con el trabajo y la conducta. (Ruíz Pérez, 1945)

Sobre la decisión de viajar de José, los documentos hacen especial mención a sus padres y abuelo pues él, al igual que antes su hermano, contaba con apenas 12 años y estaba cursando los estudios primarios cuando emprende el viaje hacia Argentina, siguiendo los pasos de Miguel:

El día de la partida, dióle la madre su beso de despedida y, sin querer verlo alejarse, para que sus ojos llenos de lágrimas no guardaran la amargura de ese desprendimiento, ni el hijo sufriera viéndola llorar, ocultóse en su alcoba… Los dos viajeros, padre e hijo, dejaban la casa; detrás de ellos, agobiado por los años, de nieve la cabeza, agrietado el rostro, el abuelo José, para despedirlos en la verja… Y aquí la profecía del abuelo que el propio José Ruíz Pérez nos relata emocionado: “Envolviéndome el cuello emocionado con su brazo, díjome mi abuelo estas palabras que no olvido jamás: Trabaja, cumple, pórtate bien, porque… tú llegarás a ser un día el director y dueño de la Casa a donde vas a hora”. ¡El tiempo consagró la profecía del anciano abuelo! (Ruíz Pérez, 1945)

Imagen N° 1: Evaristo Ysequilla y José Gregorio Pérez

Fuente: Ruiz Pérez, Cía. (1945), Libro 60° aniversario. A la memoria de nuestros fundadores y al pueblo de General Acha: 1885-1945. Buenos Aires: Artes Gráficas, p. 108.

Entre los empleados de la firma, cabe mencionar a Fidel Alcalde, quien emigró desde Palencia directamente a General Acha. Era hijo de Froilán Alcalde y Paula Diez. Su primer trabajo fue como cadete de tienda, con la firma López Ruíz y Pérez. A los dos años, en enero de 1911, ingresó a la Casa Bella Vista, con el cargo de cadete de tienda y auxiliar de escritorio, hasta ser jefe. Por su parte, el 28 de septiembre de 1912, tan solo ocho días después de arribar al puerto de Buenos Aires, llegó a General Acha José Luis Aguilera, nacido en Liendo en 1897. Sus padres eran José Aguilera y Dionisia González. Una carta que le envió a Miguel Ruíz Pérez fue la palanca para realizar el viaje y asegurarse un trabajo: “Si es para trabajar, tiene en esta Casa un lugar que te espera…”. Y en esas condiciones empezó a trabajar Don José, en su modestísimo puesto de “aprendiz de mostrador de almacén”.

La revista La Moderna nos presenta otros casos, a través de entrevistas u obituarios, de quienes eran clientes de esa casa comercial en los años de 1930 y 1940 que, si bien no se explayan en detalles, dejan entrever la complejidad de situaciones que vivieron estos españoles a la hora de su viaje a estas tierras. Un caso particular es el del español Manuel Vega, nacido en Senaya, Oviedo, quien tuvo un primer paso por General Acha hacia 1884. Pero recién se asentó definitivamente en la localidad en 1891 cuando tenía 22 años, “acompañado por sus abuelos”, y llegó para trabajar en un comercio de ramos generales llamado “La Perla” que pertenecía a la firma Ysequilla y Pérez, donde se desempeñó como empleado de escritorio. Y, un tiempo después, en sociedad con un señor de apellido Gándara, lo compró. Manuel Vega es un importante referente de los españoles en General Acha porque, además de su actividad comercial, ocupó varios cargos públicos.

En cuanto a los productores agropecuarios, por ejemplo, sobre Lorenza Iraola, la revista narra que:

Siendo joven señorita llegó, doña Lorenza, a nuestro país procedente de España; la esperaban, con los brazos abiertos, sus buenos hermanos Victoriano, José y María Iraola. Se sumaba a ellos para trabajar honestamente como ellos y asegurarse el porvenir con el trabajo que a todos dignifica.

Por su parte, otro productor rural, Fermin Murillo, nacido en Pamplona en 1881:

Siendo niñito arribó a las playas argentinas en compañía de su señora madre María Joaquina Sandueta de Murillo. Aquella santa mujer, al regresar a España, dejólo aquí solito con la consigna sacrosanta de bastarse a sí mismo en las sendas del trabajo y de la conducta rectilínea.

En cambio, Agustín Domínguez, natural de la aldea Alija de los Melones, en León, y quien fue un reconocido productor rural e industrial achense, llegó a nuestro país con 33 años, ya casado, con María Antonia Fernández y con hijos.

En las historias mencionadas, observamos cómo las cadenas migratorias estuvieron basadas en los lazos familiares, primeramente, pero también en ese espacio social definido por la comunidad de vecinos y amigos de las aldeas cercanas y la búsqueda de beneficios para sus miembros. En esas lógicas, ocupan un lugar especial la información que circulaba y la asistencia, donde unos daban trabajo y otros acompañaban en el viaje, por ejemplo. Así, vemos casos donde las madres o abuelos acompañaron el viaje y luego regresaron a España. Pero lo que es más significativo, en algunas de estas experiencias que tratamos, es el papel de los comercios como baluartes de la inmigración y de las cadenas familiares. De hecho, la llegada temprana de Ysequilla y luego su sobrino Pérez a Dolores o Saladillo, mucho antes de la Ley Avellaneda y seguramente alentados por otros inmigrantes previos, nos habla de la importancia de los mecanismos espontáneos en la base del fenómeno inmigratorio de ultramar. En ningún testimonio se evidencia la asistencia del Estado para el arribo. Son los hermanos, tíos, esposos o futuros esposos quienes esperan, reciben y solventan el viaje.

Esta mirada micro de la inmigración española posibilita, además, visibilizar la práctica del retorno. Y es el caso de los dos socios fundadores de la casa Bella Vista, tanto Ysequilla como Pérez, quienes, después de haber montado una empresa y con un importante capital, regresaron a España a vivir sus últimos años. El primero falleció en 1918 y el segundo en 1913. Consideramos que, en estas decisiones, deben haber influido también sus esposas y, a pesar de sus hijos argentinos, el regreso al terruño ha pesado más a la hora de decidir el retiro. Ysequilla había tenido dos hijos, de los cuales el varón, Evaristo, falleció con solo dos años, y su hija, María Luisa, se casó con Carlos Pereda Avendaño. Una fuente de septiembre de 1950, emanada del Colegio María Auxiliadora de General Acha, da cuenta de una carta enviada por María Luisa desde España con motivo del aniversario de la institución. En tanto su socio y pariente, José Gregorio Pérez, se casó con Cipriana Avendaño Castillo y tuvieron cinco hijos: José, Celina, María Teresa, Nélida y Paz. Desconocemos el destino de los descendientes, pero sabemos que continuaron con negocios en la zona.

En este punto, y al observar las familias de estos españoles ya en suelo argentino, surge otro factor, como es el peso de las cadenas migratorias en la elección matrimonial. Sergio Maluendres (1994), en su estudio sobre leoneses y piamonteses de Trenel entre 1911 y 1940, atiende a los niveles de endogamia (uniones matrimoniales de integrantes de la misma nacionalidad) y afirma que los casamientos están determinados por los lugares concretos de procedencia más que por la nacionalidad. Entre los españoles del norte que poblaron General Acha y se mencionan en nuestras fuentes, hallamos una variedad de situaciones, pero donde los matrimonios acontecen dentro de la misma procedencia española.

Podemos citar, como ejemplos, a Ramón Otero Coya, que se casó con Justina Portas, oriunda de Buenos Aires; José Gregorio Pérez, que contrajo matrimonio en Argentina con Cipriana Avendaño Castillo; su hermano, Miguel Pérez Martínez, hizo lo propio con María Tort, natural de Corrientes e hija de españoles de Cádiz; José Ruíz Pérez se casó, en 1930, con María Luisa Fernández, nativa de Bahía Blanca; Manuel Vega hizo lo propio en Carhué con la mendocina Sinforosa García; o Fidel Alcalde, cuya unión fue con Josefa Arrarás. Luego están aquellos que llegaron casados desde su patria, como Sebastián Benito Coya (con Aurora Fresno), Miguel Ruíz Pérez (cónyuge de Raquel Diego González, oriunda de Victoria, provincia de Álava) o Agustín Domínguez, que se casó con María Antonia Fernández, en León, en 1891. En el caso de Lorenza Iraola, halló en otro vasco, Miguel Garciarena, a su compañero de vida. Pero el matrimonio de Evaristo Ysequilla con Agapita Pérez Martínez, hermana de su socio e hija de su primo hermano, José Gregorio Pérez, es el más elocuente: “Era primo hermano de don Julián Pérez, padre del cofundador de la casa Bella Vista, don Gregorio Pérez, con cuya hermana, doña Agapita Pérez Martínez, casó en Argentina”.

Para Maluendres (1994), estas redes de sociabilidad de origen paisano van dando lugar a la formación de otros tipos de redes que se anudan con integrantes de la región de origen primero y con connacionales después. Lo cierto es que, al observar en las fuentes los listados de hijos e hijas de estos españoles y para la época en que fueron relevadas, donde muchos ya estaban también casados y casadas, se termina armando una red de gran magnitud donde estas familias pioneras de General Acha quedan emparentadas. Y es que la llegada a un pueblo incipiente a fines del siglo XIX y el desarrollo de actividades que posibilitaron una movilidad económica y social ascendente hizo que estos actores busquen, sino en coterráneos, en otros y otras, varones y mujeres, de un sector social similar, a sus parejas, para así asegurar y acrecentar su capital social. Lo que se observa es la influencia de las redes sociales premigratorias en la forma de habitar y contraer matrimonio en ámbitos nuevos donde, paulatinamente, van a ir surgiendo nuevas redes sociales pluriétnicas.

Una primera etapa en la provincia de Buenos Aires

Los jóvenes Ysequilla y Pérez, radicados respectivamente en Dolores y Saladillo, hermosas poblaciones de la provincia de Buenos Aires, donde habían acumulado, granito a granito, un modesto capital, lo suficiente para vivir bien y aumentarlo sin las angustias y las privaciones de los primeros días del arribo al país, resolvieron afrontar otra etapa de su porvenir, poniéndose en marcha rumbo a esta Pampa.

    

Libro Ruíz Pérez, 1945

Durante el siglo XIX, el área pampeana, pautada por sus capacidades productivas, evidenció una serie de cambios que sentaron las bases de un nuevo orden económico que la incorporó al mercado internacional como proveedora de materias primas de origen agrario y receptora de flujos de capitales, mano de obra y tecnología, conformando una economía y sociedad plenamente capitalista. La demanda sostenida de productos agrícola-ganaderos del mercado internacional alentó, a su vez, la expansión de la frontera hacia el interior de los territorios ocupados por pueblos indígenas y la incorporación de esas tierras al crecimiento productivo. Así, confluyeron procesos que combinaron la transferencia de tierras públicas a privadas y el desarrollo de un activo mercado de tierras; la organización de colonias de agricultores, en su mayoría extranjeros; la introducción de nuevas actividades, como el mejoramiento de los rodeos o la agricultura y ganadería mixta; el avance del ferrocarril y la introducción de nuevas tecnologías, como los molinos, alambrados o maquinarias agrícolas.

En la provincia de Buenos Aires, hacia fines de los años de 1820 y en medio del auge saladeril, algunos estancieros criollos y extranjeros que habían acumulado fondos en actividades comerciales o financieras deciden dedicarse a la cría de ovejas, en tanto requería menos inversión inicial que la ganadería vacuna. Para mediados de siglo, esta iniciativa se convirtió en una fiebre del lanar al incrementarse la demanda de lana por parte de los países industriales y, con ello, el aumento de los precios del producto. Para el quinquenio 1860-1865, las exportaciones de lana de nuestro país constituyeron el 46,2 % del monto total; en 1881, el 54,8 % y, todavía en 1891, las lanas argentinas conformaban cerca del 20 % de la producción lanar mundial y el 40 % de la importación europea (Barsky y Djenderedjian, 2003). Los estancieros bonaerenses respondieron a esta coyuntura a través del aumento y la mejora de los stocks ovinos, que desplazaron a los bovinos hacia zonas de nueva colonización. Por su parte, la mano de obra especializada para ello estuvo asegurada con la presencia creciente de extranjeros de origen irlandés, también ingleses, vascos y escoceses, que, en muchos casos, lograron desarrollarse como productores independientes y acumular capital en un contexto de crecimiento económico[9].

En consecuencia, este desarrollo capitalista puso en marcha una serie de políticas de avance sobre la frontera con el indígena que iniciaron mucho antes de la concreción del Estado nacional. Ya en la primera mitad del siglo XIX, durante el período rosista, se establecieron fortines y se crearon los pueblos de Azul, Tapalqué y Tandil, contribuyendo al asentamiento de fuerzas militares, tribus de indios amigos y estancias criollas en la frontera. Para 1860, la línea de frontera llegaba hasta Junín, Bragado, 25 de Mayo, Azul y Tandil, y existían enormes áreas bajo control indígena, con quienes se había roto el delicado equilibrio logrado por la política de negociaciones de Juan Manuel de Rosas. El recién creado Estado nacional, con el fin de asentar su control sobre territorios que se suponía formaban parte de la república, concretó una línea de fortines entre 1875 y 1876 como respuesta a las grandes invasiones indígenas. Así, la línea fronteriza llegó, en el oeste, hasta Trenque Lauquen, Guaminí, Carhué y Puán, poblaciones que quedaron conectadas con Bahía Blanca en el sur, y los ganados se concentraron en los partidos de Tres Arroyos, Juárez, Necochea, Olavarría y Tapalqué.

Por esta época, a su vez, las líneas férreas avanzaban en la provincia y, junto con ellas, la instalación de líneas de telégrafo. En esto, jugaron un papel central los comerciantes británicos de Buenos Aires, quienes comprendieron las ventajas de afianzar sus casas comerciales en el interior de la provincia o bien de aprovechar las concesiones de explotación de este medio de transporte. Para mitad de la década de 1860, el Ferrocarril Sud había llegado a Chascomús y, desde allí, se dividió en dos ramales: uno llegó a Las Flores en 1872 y otro a Dolores en 1874, continuando hasta Azul y Ayacucho. En tanto, el Ferrocarril Oeste se extendió desde la ciudad de Buenos Aires hasta Bragado en 1877 y alcanzó Pergamino en 1883, San Nicolás en 1884 y Junín en 1885. El ferrocarril, además de imprimir agilidad y beneficios en los costes de transporte de los productos, aportó mejoras cualitativas de importancia al dinamizar las zonas alcanzadas por su hinterland.

En los últimos años de la década de 1870, el Estado nacional decidió llevar adelante una política de fuerte ofensiva militar contra los indígenas y asegurar, así, su control sobre todos los territorios hasta el sur patagónico, que reclamaba, a su vez, Chile. La expedición, cuyos alcances se concretaron definitivamente hacia 1884, cuando la Ley N° 1.532 creó los Territorios Nacionales, dispuso millones de hectáreas para su aprovechamiento productivo. En ese contexto, se creó el Territorio Nacional de La Pampa, cuyas tierras fueron privatizadas antes de la campaña y, hacia 1882, además de fundarse los dos primeros pueblos por parte del ejército nacional, Victorica y General Acha, inició la mensura de las tierras y las divisiones administrativas.

La puesta en producción del espacio pampeano fue, entonces, una prolongación de la frontera bonaerense a través de la economía pastoril, cuya base económica la constituían, en principio, los vacunos y lanares. Este proceso incentivó la llegada de migrantes, en un principio casi exclusivamente argentinos, y se pusieron en funcionamiento las esferas comerciales, administrativas y judiciales. En la década de 1890, el ingreso del ferrocarril al espacio oriental de La Pampa provocó un efecto dinamizador, pero a la vez diferencial en el espacio. Ello, sumado al ingreso masivo de migrantes transoceánicos y la subdivisión de las propiedades rurales (mediante el arriendo y la venta), impulsó la expansión cerealera y el mejoramiento de los planteles a inicios del siglo XX[10].

Detrás de estos procesos, se combinaron diferentes formas de ocupación y estrategias organizativas en un universo signado por la diversidad. Existe una posición compartida por muchos historiadores que han estudiado la expansión de la frontera ganadera bonaerense hacia el oeste y es que las tierras fértiles pampeanas atrajeron a millones de extranjeros, pero, para fines del siglo XIX, era prácticamente inaccesible la propiedad de este recurso en la provincia de Buenos Aires (Barsky, 1997). No obstante, investigaciones sobre productores pampeanos, inmigrantes, han demostrado la heterogeneidad de situaciones en materia de acceso a la tierra desde fines de siglo XIX, donde la búsqueda era de la propiedad de las haciendas y no de la tierra exclusivamente. Así, propiedad y explotación resultan factores diferentes de análisis (Olmos, 2006).

Sobre los extranjeros que llegaron a La Pampa en los primeros años, hay dos cuestiones que resulta central entender. La primera es que muchos de ellos, en especial aquellos que no venían con un trabajo fijo, tuvieron una estadía previa en una o más zonas de la provincia de Buenos Aires que resultó determinante para su posterior arribo a este espacio. Muchos comenzaron realizando trabajos ocasionales como dependientes en casas de comercio o peones de estancia y terminaron como habilitados en alguna explotación agropecuaria, lo que les permitió reunir cierto capital para trasladarse a un área nueva. Una majada de ovejas y un pedazo de tierra en arriendo en La Pampa era el acceso seguro a una explotación familiar[11].

De hecho, en el censo de 1923, de un total de 5.127 habitantes que contabilizó el departamento Utracán, el 22,5 % eran originarios de la provincia de Buenos Aires. Esto acompaña el total de La Pampa, donde el 23 % de los censados eran nacidos en la provincia limítrofe. Para la época, todavía era alto el número de bonaerenses. Y la segunda cuestión que surge de nuestro análisis es que no todos los extranjeros venían a trabajar la tierra. Varios de los testimonios narran que encontraron en el comercio, ya sea como dependientes o como propietarios de pequeños comercios, un espacio para su desarrollo. Y, en ese sentido, creemos que el hecho de poseer algún conocimiento, saber leer y escribir en español o realizar cálculos matemáticos, operó como ventaja en un área y época donde esos saberes escaseaban.

Españoles en camino hacia La Pampa: etapas y trayectorias

Según las fuentes, Evaristo Ysequilla llegó a Balcarce, en el sudeste de la provincia de Buenos Aires, en 1868 y fue contratado como empleado de comercio. Por esa época, el pueblo aún no se había fundado, pues se trataba de una zona de colonización nueva que crecía a expensas del boom del lanar, pero, por el censo que al año siguiente se realizó bajo la presidencia de Sarmiento, sabemos que había más de 4.000 habitantes en la zona, tomando como referencia los partidos de Balcarce, General Pueyrredón y General Alvarado. La localidad recién se fundó en 1876 y, en ese momento, el español ya estaba instalado más al norte, en la zona de Dolores, de más antigua población. Había logrado fundar un comercio de confitería. Lo llamativo es que luego abandona Dolores para ir hacia General Acha y lo hace en tiempos en que llega a esta población la línea del Ferrocarril Sud (año 1874), que habría conllevado efectos benéficos para el comercio y el desarrollo productivo de la zona. Seguramente la fuerte presión ejercida por su primo, quien por esos años se convirtió además en su suegro, y una percepción comercial de mejores posibilidades económicas en La Pampa direccionaron el traslado hacia el oeste en 1885.

El proyecto de Ysequilla fue compartido con José Gregorio Pérez, quien también al llegar a nuestro país, con 16 años, se desempeñó como dependiente de un comercio en Saladillo desde 1872. Su primer patrón fue Alejandro Posada, quien figura como uno de los españoles que, en 1859, ya estaba radicado con un comercio en Saladillo antes de la propia fundación del pueblo en 1863 (Gardey, 2013). La zona inició con una dinámica de poblamiento “blanco” en tiempos de Bernardino Rivadavia, cuando algunos cruzaron la frontera del río Salado, y tuvo la particularidad de que el partido se creó mucho tiempo antes que el propio pueblo, respondiendo al pedido de vecinos y estancieros.

Para la época en que arribó José Gregorio Pérez, el área estaba en pleno crecimiento. El hecho es que este inmigrante, “imitando a su primo Ysequilla, ya en ascendente y próspera marcha comercial”, montó su propio negocio de confitería y cigarrería en Saladillo, llamado El león de oro y, en 1883, recibió la llegada de su hermano Miguel Pérez Martínez, quien emigró para trabajar como empleado en el comercio. Esta decisión parece demostrar la pujanza que ofrecía la inversión comercial en la época y zona. Unos meses después, en septiembre de 1884, se inauguró el ferrocarril en la localidad, pero, por pedido de su padre, ambos marcharon hacia General Acha y llegaron antes que Ysequilla, para fundar la que sería la casa Bella Vista. Desconocemos la decisión que tomó respecto a su emprendimiento, pero todas las posibilidades son dignas de un contexto que parecía promisorio.

El fundador de La Moderna, Ramón Otero Coya, arribó al país en 1881 con 14 años y se desempeñó como empleado de comercio en Las Flores, provincia de Buenos Aires. Luego, se trasladó a Quemú Quemú en La Pampa, donde, según relatos familiares, trabajó “en lo que conseguía”, hasta que, en el 1900, inició su propio comercio en el oeste de la provincia.

En ese contexto, pero con otra actividad, están los que, en la frontera, realizaron tareas agrícolas y ganaderas y siguieron el mismo camino en La Pampa. Es el caso de Bonifacio Martín:

Nativo de la provincia de Salamanca, España, arribó a nuestro país en octubre de 1906. Tras una breve estadía en Pehuajó, aquel mocetón guapo, emprendedor y lleno de ansias de superación, en las lides del trabajo honesto, sentó sus reales en esta Pampa, donde contrajo enlace con su compañera de todas las horas, doña Salvadora Prieto, dedicándose a las tareas agrícolas ganaderas. (La Moderna, Tomo 5, 1943)

Otro ejemplo es el de Fermín Murillo, que emigró desde Pamplona y se radicó en Bahía Blanca, “trabajando con don Pedro Erize, como ‘mensual’”. De allí, se trasladó a La Pampa como habilitado con su suegro, Ángel Elizondo, y con don Bernardo Iracet. A los tres años, logró independizarse y se radicó, en 1908, con tres mil ovejas, en el lote 5 del Décimo Departamento.

Por su parte, Lorenza Iraola arribó a Argentina para reencontrarse con sus hermanos. Narró que su primer lugar de afincamiento fue en “campos de Terrero”, en la zona de Guaminí. Luego, ya casada, la familia se radicó en Macachín; hacia 1898, se afincaron en el establecimiento Maracó y luego en General Acha:

Siendo joven señorita llegó, doña Lorenza, a nuestro país procedente de España; la esperaban, con los brazos abiertos, sus buenos hermanos Victoriano, José y María Iraola. Se sumaba a ellos para trabajar honestamente como ellos y asegurarse el porvenir con el trabajo que a todos dignifica. Cuando cumplía sus 25 años de edad, contrajo enlace con don Miguel Garciarena, el cual trabajaba como puestero en una gran estancia denominada “Campos de Terreros” en la provincia de Buenos Aires. Allí tuvieron los seis primeros hijos e hicieron su regular capital hasta trasladarse a Guaminí para reunirse con don Cristóbal Garciarena, hermano de Miguel, hombre de fortuna y de prestigio en aquella zona provincial. Transcurridos casi diez años, asegurados ya económicamente y con siete hijos más, nacidos en Guaminí, viniéronse a la Pampa radicándose en Macachín donde nació la última hija. Después de cinco años de estadía en la zona de Macachín, viniéronse en 1898 a Maracó y de allí, a los quince años, el feliz matrimonio dejó en manos de sus hijos la administración de sus campos y haciendas, para radicarse en la quinta del suburbio achense donde pasaron sus años de bien ganado descanso. (La Moderna, Tomo 2, 1937)

Estudios previos demuestran la importancia de las casas consignatarias de hacienda y los grandes comercios en general, como garantes de información y contactos para acceder a la tierra en un área nueva y marginal[12]. Esas tierras pampeanas pertenecían, en su mayoría, a propietarios bonaerenses y los comercios operaban como intermediarios entre los agentes de ese espacio rural en expansión. En realidad, lo que realizaban era el contacto entre sus propios clientes, donde unos poseían tierras y otros haciendas, pues muchos extranjeros consiguieron con la habilitación el mecanismo para trasladarse a La Pampa con un capital. Las casas comerciales alquilaban tierras, establecían contactos, otorgaban créditos para arrendamientos a cambio de las ventas de lana o hacienda, y se aseguraban además un beneficio. Entonces, y más allá de las trayectorias individuales, estos españoles llegaron a una zona de frontera, llevaron adelante procesos de acumulación de capital, establecieron contactos, donde el acceso a la información fue determinante, y desde ahí tomaron rumbo para La Pampa. Si bien la disponibilidad de tierras que existía antes de 1850 entró en retroceso después de esa fecha, estos inmigrantes supieron aprovechar, por ejemplo, los pueblos en formación de la llanura bonaerense, las posibilidades que brindaban las casas comerciales y las oportunidades de trabajo y de empresas.

Españoles en La Pampa y movilidad social ascendente

Hacia dónde se encaminaron esos dos hombres? Hacia Buenos Aires acaso, en cuya urbe sobraban allá por 1885, las oportunidades para los negocios fáciles, fructíferos y brillantes? […] No! Esos dos hombres dieron la espalda a la ciudad, olvidaron la existencia cómoda, sin peligros, sin azares, y pusieron cara al desierto. Allí no había nada, ni nadie; apenas, en cuadras mal sostenidas y en rancheríos más que modestos, algunos gloriosos batallones con sus dignos jefes, que acaban de poner sus armas en pabellón después de correr a los indios hacia el sur.

    

Libro 60° aniversario Ruíz Pérez, 1945

Para 1883, tan solo un año después de ser fundada, en General Acha ya funcionaban una panadería, dos fondas y posadas, una carnicería y dos almacenes tiendas. La localidad se erigía como capital del Territorio y, entonces, atrajo a aquellos agentes que, asentados en otras provincias, percibían el futuro alentador de instalar un comercio en el área. Por su parte, en el campo, se experimentaban los comienzos de un boom lanar cuando los rebaños llegados del oeste bonaerense desplazaron de la franja oriental a los vacunos criollos. Junto con ellos arribaron los productores, tanto argentinos como inmigrantes europeos que, luego de un paso por estancias de la provincia de Buenos Aires, lograron vía la mediería un capital en hacienda que les posibilitaba arrendar campos en La Pampa. Por otra parte, las fértiles tierras del valle achense dieron lugar a la proliferación de chacras y quintas dedicadas a la agricultura.

Como comentamos anteriormente, corría 1885 cuando los españoles Evaristo Ysequilla, de 33 años y 17 de residencia en el país, y José Gregorio Pérez, de 29 años y 13 de residencia aquí, fundaron la casa Bella Vista. Los motivó la experiencia previa en el rubro comercial en Balcarce, Dolores y Saladillo, pero, sobre todo, el pedido del padre de José Gregorio, Julián Pérez, primo hermano de Ysequilla: “trabajar juntos, ayudarse y compartir la tarea que supone abrirse camino en la vida, con la honestidad aprendida y practicada en las rodillas de padre y madre, en el distante hogar de la vieja España”. Esos parientes españoles podrían haber continuado sus actividades individuales en la provincia de Buenos Aires, pero el poder de las redes parentales fue el que les impuso trabajar juntos y se decidieron, entonces, por un pueblo nuevo donde la presencia estatal era incipiente y la imagen de La Pampa era la de un desierto en el que todo estaba por hacerse: “En los últimos días del mes de abril de 1885 terminaban los preparativos para el viaje de resultados inciertos, penoso por unánimes referencias, peligroso…”.

Según las fuentes, un viaje hacia estos lares requería el uso de caballos, carros, galeras o diligencias, con el alojamiento en postas desde las entonces puntas de rieles que operaban en Pigüé, Carhué, Puán o Arroyo Corto y con una duración de varios días. Los primeros en llegar a General Acha fueron los hermanos Pérez, José Gregorio y Miguel, quien tenía 17 años. Lo hicieron en diligencia, “con ocho caballos de tiro, repuestos en cinco postas, durante tres días”. Pocos días después, arribó “de a caballo!” Evaristo Ysequilla, que se hallaba en Buenos Aires, realizando las compras para montar el comercio: “Una carreta cargada al tope con artículos de almacén, ferretería, tienda…, en un viaje de 22 días, había traído las mercaderías más o menos suficientes”.

La descripción que realiza Prandi de la construcción del edificio de la casa de negocios también nos habla de la presencia de inmigrantes, sobre todo españoles, en los tiempos iniciales de General Acha:

Se la construyó con paredes de ladrillo asentadas en barro…; empleándose maderamen expresamente traído de la provincia de Buenos Aires; modelado, para puertas y ventanas, por los vecinos Yzuzquiza y Moyoa, dos vascos establecidos con taller de carpintería, frente al actual Hotel París. Los trabajos de albañilería estuvieron a cargo de don Cirilo Paoli, pioneer, […] La carpintería interior, la realizó el vecino don Vicente Larrañaga. En la fábrica de adobes y ladrillos; Alduden, Eccizabarrena, Ruíz, Barrena, Gavino, García. (Libro Ruíz Pérez, 1945)

Ysequilla y Pérez lograron convertir su almacén en lo que Andrea Lluch (2018) denomina un verdadero factótum, por la variada fisonomía comercial a la que sumó otras funciones a causa de la precariedad institucional de la zona. La casa era la habilitada del Estado nacional para sueldos y aprovisionamiento, depositaria exclusiva de depósitos judiciales y administradora de fondos de instituciones que se estaban organizando. Entre sus primeros clientes, figuran: el ejército, los “indios ranqueles”, el gobernador Juan Ayala, la Iglesia, el Consejo Escolar, la Sociedad Española y varios vecinos, donde destaca el propio fundador del pueblo, el general Manuel Jorge Campos.

Imagen N° 2: casas comerciales Ruíz Pérez y La Moderna, General Acha

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Fuente: Fototeca Bernardo Graff, Archivo Histórico Provincial.

Apenas cinco años después de la inauguración, Ysequilla pasó de ser socio activo a comanditario y se integró Miguel Pérez, hermano de José Gregorio, quien, además, mantuvo intereses comerciales en otros almacenes de la zona. Para principios del siglo XX, ambos fundadores se retiraron, pero continuaron como socios comanditarios. Lo que se inicia es un proceso donde se van incorporando nuevos socios, la mayoría españoles, que forman parte de la misma red social de los fundadores, a la par que la empresa cambia su razón y crece en importancia y capital. Quienes integran la conducción de la casa presentan dos características pautadas; han tenido un comienzo como empleados en la firma, donde los años de experiencia y seguramente el cultivo de valores como la confianza los posicionan en los cargos, pero, en especial, se trata de españoles con vínculos familiares con los propios socios. Como lo expresa Lluch (2018), estas trayectorias refuerzan la “alianza familiar” como clave para explicar el gerenciamiento de la empresa. A modo de ejemplo, las trayectorias de José Luis Aguilera y Fidel Alcalde son elocuentes en ese aspecto:

Y en esas condiciones empezó a trabajar Don José, en su modestísimo puesto de aprendiz de mostrador de almacén. A poco de andar, entre ese laberinto de almacenes, sentó fama de ejecutor, “Véalo a Aguilera que él lo arregla todo”. Estas palabras se las oímos muchas veces a Don Miguel Ruíz Pérez. Nada de extraño que en 1922, Don José fuera ya habilitado de la Casa; y que en 1927 ingresara en la firma como “Colaborador”; y que hoy lo veamos Socio Activo del rubro actual “Ruiz Pérez y Cía.”, trabajando siempre a la par de los demás, acompañado de su digna esposa, doña Juanita Mondragón, y de sus cuatro hijos: José Luis, María Teresa, Miguel y María Rosa. […]
En noviembre del año 1909 llegó a nuestro país, radicándose directamente en General Acha donde se inició en las tareas del comercio, como cadete de tienda, con la firma López Ruíz y Pérez. A los dos años, en enero de 1911, ingresa en la Casa Bella Vista, con el cargo de cadete de tienda y auxiliar de escritorio, hasta llegar a jefe. En el año 1922 es ya habilitado, en 1927 ingresa en la firma como Socio Colaborador y hoy Socio Activo del rubro actual Ruiz Pérez y Cía. Hombre eminentemente bueno, sencillo, humilde hasta la admiración […] De su matrimonio con su respetable señora esposa, doña Josefa Arrarás, cuatro retoños complementan su dilecto hogar: Beatriz Clotilde, Fidel Hugo, Jorge Héctor y Horacio Omar. (Ruíz Pérez, 1945)

La sociedad se denominó, así, Ysequilla y Pérez; Pérez Hnos. y Cía.; M. Pérez y Cía. Y, para 1945, según el libro del 60° aniversario, la empresa llamada Ruíz Pérez y Cía. había diversificado actividades hacia las explotaciones rurales y manejaba seis establecimientos de campo en la zona de General Acha, en su mayoría arrendados. Estos estaban poblados de planteles de ovinos, vacunos y yeguarizos, muchos eran trasladados luego a zonas de invernada; también desarrollaban cultivos de alfalfa y centeno para pastoreo, y tenían, anualmente, una importante producción de lana.

La trayectoria de esta empresa muestra, entonces, las posibilidades que tuvieron aquellos que llegaron a la zona a fines del siglo XIX portando un pequeño capital. Pero, además de las estrategias comerciales que pusieron en funcionamiento, rescatamos especialmente la selección de la parentela para componer la sucesión del negocio. Con un entrenamiento previo en los puestos de aprendices o ayudantes, quienes dirigieron la firma se fueron ganando los cargos en una red familiar que era, a su vez, comercial. Esa red, con origen en el norte de España, alimentaba a la empresa con recursos frescos y ávidos de reproducir las trayectorias de sus parientes (Lluch, 2018). “Venimos a trabajar… Todo lo que ustedes ven lo hemos obtenido con el trabajo honrado y con no pocos sacrificios”, estas fueron las palabras con que los descendientes recordaron los comienzos en el 60° aniversario de la casa.

De igual manera, la casa La Moderna fue obra del asturiano Ramón Otero Coya, quien contaba con la experiencia comercial desempeñada en Las Flores y Quemú Quemú antes de fundar el almacén La Asturiana en el lote 8, fracción A, de la X sección del Departamento Lihue Calel. En 1915, La Asturiana giraba bajo la razón social de Pérez, Martínez y Cía. y Ramón Otero era el socio comanditario, mientras que Francisco Pérez Llana y Pedro Martín Vega eran los socios activos. En ese momento, deciden ampliar el radio de acción y fundar la casa La Moderna en General Acha (Lluch, 2018). La investigadora afirma que estos tipos de comercios fueron los más importantes de La Pampa y de General Acha, no por su cantidad, sino por su capital social y, en especial, por las múltiples funciones que cumplieron. Lluch identifica cuatro rasgos que definen su importancia: la amplia variedad de artículos para la venta –incluso se convirtieron en agencias de distintas marcas–; su área de operación, que estaba unida con zonas de economía agrícola-ganadera; su funcionamiento como centros de servicios; y, por último, la concesión de crédito, proveniente de distintas vías y por medio de diferentes mecanismos, a sus clientes.

En ambos casos, estas empresas diversificaron sus actividades y se convirtieron en grandes productores rurales. Por ejemplo, Otero entabló sociedades con otros agentes y adquirió grandes extensiones de campo; entre ellas, la sociedad Coya y Otero, que funcionaba con su primo español Sebastián Coya y Alonso. Como lo relató el propio Sebastián a la revista La Moderna en 1938:

Trabajé en La Asturiana de repartidor; fui cocinero, durante un año, en Agua Blanca. En 1917 compré ovejas y me establecí en Casa de Piedra, lote 20; estuve unos tres años en las sierras; hice mucha plata, a puro trabajar, en esas cuarenta leguas que sujetaba en mis puños y en mi voluntad de acero.

El hecho es que Sebastián Coya manejaba los campos que en sociedad tuvo con la familia Otero: “desde El Veraneo, unas diez leguas más o menos de aquí [General Acha], con veintidós leguas a mis órdenes, los lotes 6, 15, 19, 20, 22 y dos leguas del 21”. Al fallecer Ramón Otero en 1930, Sebastián siguió cuidando de los intereses de su esposa Justina Portas, ahora su socia, heredera y cesionaria de sus hijos[13]. Si bien su primera inserción laboral en La Pampa fue como peón de una casa de comercio rural de propiedad de su primo, logró cierta movilidad económica que le permitió convertirse en criador de ovinos en esa zona, y luego, a través de su participación en sociedades consecutivas, obtener un ascenso social y económico que incluyó, además, la propiedad de la tierra (Olmos, 2020).

Los anteriores son solo algunos ejemplos de movilidad social y económica de españoles en tierras pampeanas y, en ellos, podemos observar la importancia de las redes sociales en la formación de empresas y sociedades económicas. Otros labraron sus fortunas de forma privada, ya sea en el comercio o en la ganadería, pero siempre hubo algún agente que, a partir de vínculos laborales o sociales, otorgó habilitación de haciendas, brindó créditos, información o la posibilidad de establecer contactos. La importancia de las redes comerciales y familiares resultó fundamental en los orígenes y desarrollos de estos capitales de españoles en tierras pampeanas. Así, Miguel Pérez Martínez, por ejemplo, cuando se retiró de la casa Bella Vista en 1894, donde era habilitado, estableció un negocio en Chillén, luego en Toay y una sucursal en Quehué. En 1900, integró la firma Pérez Hnos. y Cía., propietaria de Bella Vista, fue socio comanditario de otras tres firmas y, hacia 1945, era socio de varias sociedades agrícolas ganaderas. O sea, siguió vinculado a la empresa y a la familia, pero en otro nivel de negocios y zona.

Al igual que el comercio, las actividades rurales, especialmente las ganaderas, fueron un medio de movilidad económica y social ascendente para muchos inmigrantes que llegaron con un capital, generalmente en hacienda, a arrendar campos en la zona. La acumulación fue el resultado de las etapas previas en la provincia de Buenos Aires, tal como lo explicamos en el apartado anterior. Este tipo de estrategias, que hace a las trayectorias de vida de muchos inmigrantes, han sido abordadas por ciertos estudios que lograron apartar aquella imagen tradicional de inmigrantes con escaso éxito económico medido por el acceso a la propiedad de tierra[14].

Una entrevista que le hiciera Prandi en 1937 a Fermín Murillo en su estancia El Lucero refleja el proceso de acumulación a través de etapas en su migración, hasta llegar a General Acha. De hecho, él y su esposa se determinan por el asentamiento en la zona urbana recién en su retiro:

Tranquilo, reposado, modesto, nos hizo su biografía: español, natural de Pamplona. [nacido en 1881] Siendo niñito arribó a las playas argentinas en compañía de su señora madre […] Radicóse en Bahía Blanca, trabajando con don Pedro Erize, como “mensual”. De allí a la Pampa, habilitado, con su señor suegro don Ángel Elizondo y don Bernardo Iracet. A los tres años se independizó radicándose, en 1908, con tres mil ovejas en el lote 5 del Décimo Departamento. Catorce años de lucha tesonera lo hicieron de bronce. El año 10 [1910] lo castigó con la pérdida de la mitad de su capital. El año 17 radicóse en La Asturiana, hasta el 19. El año 20, cuando la baja, radicóse en el lote 6. El año 23, el famoso año de la célebre nieve, se puso cara a cara con la adversidad. Por los años 27 y 28 contempló el cuadro desconcertante de 5 mil ovejas muertas. Hombre de lucha, se paró con dignidad sobre las ruinas para triunfar sobre ellas. La consigna de su santa madre, el temple acerado de su virtuosa esposa, su entereza, le hicieron triunfar y vencer. Entre sus amigos de verdad, nos dice don Fermín, lo nombra a su consignatario don José Ottaceli; es tanta su gratitud hacia él que lo consagra con estas palabras: “Ese consignatario fue para mí un padre”. Hoy, con sus 55 años honradamente vividos, frente a 35 mil hectáreas que arrienda, llenos de campos de hacienda y de “frutos de su trabajo”, con el tesoro de sus hijos ejemplares, siéntese justamente con derecho al descanso y a la consideración de cuantos saben valorar esta victoria obtenida a puro brazo y a puro corazón. Pero… estos hombres de acero no descansan. Quieren morir en su ley: la del trabajo y la del ejemplo. El hijo mayor, Ángel, es su brazo derecho. Lo fueron y lo son todos ellos. Así nos lo afirma “Doña María” [Elizondo], la señora madre, argentina, nacida en Mar del Plata y cuyos 54 años de edad no han logrado borrar en su persona dinámica, enérgica y resuelta las características de su prosapia vasca. (La Moderna, 1936)

En esa línea, otro caso que podemos exponer como ejemplo de movilidad social exitosa es el de Agustín Domínguez. La revista La Moderna, en una entrevista que le hicieran en 1943 cuando tenía 75 años, lo describe como: “El ‘peón’ de la hora inicial, el industrial, ‘el rey del ladrillo’, el agricultor, el ganadero, el ‘pioneer’, mejor dicho, se vanagloria de haber trabajado siempre”. Este español es otro ejemplo de movilidad social y económica ascendente pues, de trabajar en relación de dependencia, construyó un capital basado en tierras en el Valle Argentino, cerca de General Acha, propiedades urbanas, y diversificó actividades hacia la producción industrial. En 1939, la misma revista hizo mención de la inauguración de un fabuloso edificio que Domínguez inauguró con destino a la industria panaderil.

Sobre Lorenza Iraola, la fuente narra que, una vez casada con Miguel Garciarena, con 25 años, después de una primera etapa en los “campos de Terrero” en Guaminí, donde eran “puesteros”, y luego en Macachín, alrededor de 1913, “el feliz matrimonio dejó en manos de sus hijos la administración de sus campos y haciendas, para radicarse en la quinta del suburbio achense donde pasaron sus años de bien ganado descanso”. Los apellidos Iraola como Garciarena son tradicionales en la zona hasta la actualidad y estimamos que los descendientes Garciarena tienen su origen en dicha pareja. Pero la cita que sigue deja en claro cómo esta matrona española conformó, junto a su marido, una de las familias más extensas de la localidad, lo que hace que, en el tiempo, la red de vínculos parentales se amplíe a miembros que, al identificarlos, sabemos que administraban importantes casas comerciales, casas funerarias y de transporte, había constructores de renombre y varios eran propietarios de campos en la zona:

Fallecido su esposo, don Miguel Garciarena, el 25 de marzo de 1916 a la edad de 76 años, doña Lorenza vivió bajo el cariñoso cuidado de sus hijos […] Noble y recta y con esa hermosa severidad, para todo lo que se relacione con las buenas costumbres, que adorna a la estirpe vasca, había hecho de su hogar un templo de trabajo y de respeto […] Muere a los 87 años de edad, enlutando a numerosísima prole […] Sus hijos: María, (fallecida), Estefanía, Ángela (fallecida), Antonia, Ventura (fallecido), Cristóbal, Tomás, José Francisco, Vicente, Genaro (fallecido), Claudia (fallecida), Manuel (fallecido) y Lucía. Sus hijos políticos: José Crespo, Domingo Burgos, Juan Langof, David Ottovini, Clara Escalá, Mercedes Gallero, Gregorio Blanco, Petronila Rica, Estefanía González y Luis Pordoy (fallecido). Nietos: por los esposos Crespo: José Miguel, Francisca, Rosa, Elisa, Albino y Olimpia. Por los esposos Burgos: Micaela, Juana, Lucía, Domingo, María Ernestina, José, Miguel, Estefanía y Ancelmo. Por los esposos Langof: Juan, María Antonia, Guillermo, Antonio, Matilde, José y Ángel Tomás. Por los esposos Ottoboni: María Esther, Elida Juna, Rolando, Aníbal y Alcides Antonio. Por los esposos Blanco: Miguel, Elva, Luis y Josefa. Hijos de José Garciarena: Lucila Haydée, José, Martín, Mercedes Josefa, Arturo, Irma Mariana, Ernestina Lorenza, Inés Lucía y Horacio. Hijos de Vicente Garciarena: Vicente, Carmen, Julia, María Esther, Juanita, Elida Nilda y Miguel Ángel. Hijos de Manuel Garciarena: Estefanía. Nietos políticos: Martín Gallero, Fabián Di Nardo, Bernardo Fourcade, Rafael Muzopappa, Bernardo Arregui, Lorenzo Alzugaray, Natalia Feito, Lilia Feito y 23 bisnietos. (La Moderna, Tomo 2, 1937)

Cuando Prandi narra la llegada de Lorenza a Argentina, dice que lo hizo para acompañar a sus hermanos, que ya se encontraban trabajando en la provincia de Buenos Aires. El hecho es que esta mujer inmigrante es una muestra de trayectorias rurales exitosas donde al capital económico se suma el capital social, que es muy amplio. El caso, como tantos otros, sirve para cuestionar la reducción de la imagen femenina como simple asistente o acompañante en la emigración. Su familia extensa con múltiples vínculos sociales, su poder en el seno familiar y la administración de las explotaciones rurales hacen de Lorenza un ejemplo de movilidad social y económica ascendente. Si bien faltan estudios al respecto para nuestra área, algunos trabajos dan cuenta de estas experiencias que permiten repensar las migraciones más allá de las motivaciones originales[15]. A modo de ejemplo, las palabras de María Elizondo, esposa de Fermín Murillo, con quien tuvo 12 hijos, sobre lo que llama los “años malos” en una entrevista que le hiciera el maestro Prandi para La Moderna:

Hemos pasado miseria y hemos afrontado todos los calvarios. Los hijos nos costaron sacrificios. No he conocido sirvienta en mi casa. En años angustiosos esquilaba yo misma hasta caer rendida al pie del animal. La carne, el aceite, las comodidades más primordiales nos faltaron más de una vez; cuando el temporal arreciaba nos sobró brazo y corazón. Hoy, educados los hijos con maestro particular, sin deber nada a nadie y encaminadas las cosas como para que los hijos recojan la herencia preciada, pienso y le digo a Fermín que debiéramos levantar anclas y cobijarnos en el remanso de la ciudad. (La Moderna, 1936)

Algunos de los migrantes españoles de nuestras fuentes, en especial los dueños de las casas comerciales, a la par de sus actividades económicas o profesiones, también ocuparon lugares destacados dentro de las instituciones de General Acha: “Durante esos sesenta años hicimos algo más que comprar y vender. Estuvimos presentes en cuantas ocasiones lo necesitó General Acha” (Libro Ruíz Pérez, 1945). De hecho, cuando en 1888 se constituyó la primera Comisión Municipal, Evaristo Ysequilla fue electo vocal de esta y depositario del tesoro municipal, en tanto, en 1886, ejerció como juez de paz suplente. Junto a su esposa, formaron parte del grupo de vecinos que atendieron a la salud de General Acha, especialmente como integrante de la Comisión de Caballeros, que se pusieron a la tarea de construir el primer hospital de la localidad. En los años de 1880 y 1890, integró la comisión directiva de la Sociedad Española y, en el edificio de la Casa Bella Vista sobre calle Don Bosco, funcionaban las oficinas del Consulado Español.

Esta asociación, fundada el 13 de junio de 1886, fue la primera de su tipo en el Territorio Nacional de La Pampa. En principio, su fin fue el socorro mutuo; luego, se agregaron las actividades culturales, en especial la organización de romerías y las actividades benéficas o filantrópicas (Anechinni, 2020). Miguel Pérez Martínez, en tanto, ocupó por muchos años el cargo de vicecónsul de España, con jurisdicción en La Pampa y Río Negro. Miguel Ruíz Pérez siguió los pasos de su antecesor y fue presidente del Concejo Municipal entre 1913 y 1914, luego concejal hasta 1915. En la misma línea, Manuel Vega fue vocal de la primera comisión de la Sociedad Española, presidente municipal, encargado escolar, ocupó cargos en la mayoría de las instituciones del medio y participó de la Defensa Agrícola hasta su retiro en 1922. Fidel Alcalde fue concejal municipal y miembro directivo de varias instituciones locales.

Al respecto, y tan importante como el accionar de estos varones, fue el rol de sus esposas, algunas también inmigrantes, en la sociedad achense. En los primeros tiempos, cuando espacios como la salud pública no eran el reclamo principal de los funcionarios y no había un presupuesto para instituciones de este tipo, fueron las “damas” filántropas, nucleadas en la Sociedad de Beneficencia, las que administraron la salud de la localidad y, en 1901, dieron forma al primer hospital local que cubría un área territorial importante. Entre ellas, se destacan Agapita Pérez de Ysequilla, Cipriana Avendaño de Pérez, María Tort de Pérez, Justina Portas de Otero y María Luisa Fernández de Ruíz, quienes, en ese orden y en diferentes años, ejercieron la presidencia de la Sociedad de Beneficencia. Ellas se ocupaban de socorrer a los enfermos y difuntos sin recursos que formaban parte de los grupos más vulnerables, especialmente niños, extranjeros e indígenas, en épocas donde la presencia estatal respecto a la cuestión social era débil y recaía, entonces, en estas mujeres que disponían de contactos para obtener los medios necesarios para tal fin.

Estos españoles y españolas de los que da cuenta la prensa comercial conformaban asimismo el grupo de “notables” del pueblo, concurrían al Club Social, del que eran socios fundadores, las veladas teatrales y cinematográficas organizadas por la Sociedad de Beneficencia, los torneos de té, las kermeses, los vermouth a beneficio, las reuniones del Lawn Tennis Club, la Sociedad Española o el Hotel París. Dichas recreaciones eran retratadas en la revista La Moderna, donde queda claro que, en los años de 1930 a 1950 inclusive, la sociabilidad urbana transitaba por carriles diferenciados de acuerdo con la clase social. Por un lado, los circuitos de diversión popular en bares y fondas de “las afueras” y, por otro, las veladas más selectas donde concurrían hacendados, comerciantes de renombre, damas de beneficencia, profesionales y cierta elite intelectual, como directivos de escuelas o periodistas (Laguarda y Prina, 2020). De hecho, y con motivo de un aniversario del fallecimiento de Ramón Otero, la revista de su empresa expresó: “El comerciante, el hacendado, el amigo, el benefactor, el patriota, el alma de incontables progresos en instituciones y cosas del medio en que actuaba, hicieron de este hombre ejemplar una personalidad respetadísima y profundamente querida” (La Moderna, Tomo 5, 1943). Coincidimos en que esta no fue la trayectoria de la totalidad de los españoles que se establecieron en General Acha, pero los casos que presentamos permiten seguir arrojando luz a cuestiones que hacen a la conformación de la sociedad pampeana en la época territoriana.

Reflexiones finales

Una pregunta que atraviesa los abordajes sobre las trayectorias de inmigrantes a nuestro país es respecto a los motivos del viaje y las formas que tomó esa travesía hasta el lugar definitivo, en este caso, un pueblo recién fundado en lo que los contemporáneos llamaban el desierto pampeano. Más allá de las explicaciones que se han barajado sobre el aluvión migratorio de fines del siglo XIX en sentido general, y del accionar de las fuerzas de expulsión como de atracción, otros factores entran en juego cuando se atiende a los sujetos que emigraron en forma particular. Y, en ese sentido, adherimos a los análisis que hallaron en las cadenas migratorias y las redes sociales las respuestas a estos interrogantes. En esta ocasión, nutridos de la posibilidad de acceder a las revistas comerciales de la época, pudimos indagar en algunos intersticios de los procesos que dan cuenta los estudios más macro, establecer analogías con otros casos y poner en valor ciertos elementos, pero sin perder de vista el contexto que rodea las experiencias.

Seguramente, muchos españoles que llegaron a Argentina buscaron revalorizar su oficio al dejar atrás una España proletarizada a partir del capitalismo industrial u obtener un cierto nivel de ahorro y luego retornar a su país. Las trayectorias abordadas en nuestro capítulo dan cuenta de múltiples experiencias, donde el peso de la familia y la comunidad de origen fue determinante como centro de decisión a la hora de emigrar. Por ejemplo, pudimos reparar en el peso de las órdenes impartidas por un adulto de la familia que no migró a otros descendientes que habían podido concretar su comercio y cómo su poder de decisión en la familia extensa hizo que dos trayectorias de vida giren hacia nuevos destinos. En ese punto, las redes sociales se hicieron efectivas al otro lado del mar y los comercios, en tanto posibilidad laboral, operaron como puntos nodales en estas redes extendidas, donde los que llegaron contaban con 12 o 16 años, sin cualificación alguna, pero con la virtud de que podían aprender y adaptarse al trabajo que la red familiar les ofrecía, sumado a otra ventaja como era el idioma y el hecho de que muchos estaban alfabetizados.

Pero los que llegaron primero fueron los abridores de surcos, los que asistieron a los nuevos migrantes y permitieron así el flujo de las cadenas migratorias en la seguridad de la base social y familiar. Las mujeres, por su parte, si bien no arribaron en igual número que los varones para la primera época, fueron fundamentales en estos procesos porque tomaron decisiones, acompañaron los viajes y también migraron, en muchos casos, como parte central de una estrategia familiar que depositaba en la endogamia las bases para reproducirse en el tiempo y en tierras nuevas. Otra vez, las relaciones de poder y las decisiones familiares resultaron centrales en estos mecanismos migratorios.

En ese sentido, nuestras fuentes permitieron observar lo que ciertos estudios sociológicos definen como una emigración por etapas, sobre la certeza de que esos españoles que arribaron primero en la cadena mostraron un importante grado de movilidad geográfica y se trasladaron de zona de acuerdo con las posibilidades económicas. El espacio elegido fue la frontera bonaerense a través de los distintos escalafones comerciales, ya sea como dependientes, habilitados o propietarios. Y, en algunos casos, pudimos observar una estrategia económica de anticipación, pues se situaron en los pueblos antes de concretarse su fundación. Pero no todos los recién llegados se ocuparon en el comercio, muchos lo hicieron en el trabajo de las haciendas y en calidad de puesteros primero, lo que, por medio de la habilitación, les permitió el traslado a La Pampa con un capital, generalmente en ovejas. En este raid en etapas de los productores rurales, fue determinante el acceso a la información y los contactos generados a través del vínculo con comerciantes, muchos españoles, donde ambos agentes se complementaban para rentabilizar capital y, así, prosperar.

Desde ya que la totalidad de las trayectorias que presentan las fuentes que abordamos muestran un significativo proceso de movilidad social ascendente y, por eso, son retratados en estas revistas. En cuanto a los comerciantes como Otero, Ysequilla o luego Ruíz Pérez, diversificaron empresas, además de lograr comercios promisorios, y compraron o arrendaron tierras que dedicaron a la agricultura y ganadería. Esa posición les habilitó ocupar puestos importantes en las instituciones de un pueblo recién fundado y, junto a sus esposas, cumplir roles filantrópicos y cubrir, así, la falta de asistencia estatal atendiendo a la cuestión social. En un contexto de frontera y en un pueblo nuevo, eran depositarios del tesoro municipal, formaban parte de las comisiones fundadoras de todas las instituciones sociales, culturales o deportivas del pueblo, organizaban reuniones para solventar los gastos de estas, gestionaban recursos en otros ámbitos estatales y, en ese camino, también creaban vínculos y relaciones jerárquicas de poder.

Las historias de vida que brevemente presentamos en este artículo son solo algunos de los múltiples casos de inmigrantes españoles que poblaron la zona de General Acha y el tema requiere futuros abordajes que expliquen y profundicen la complejidad de los procesos. De igual manera, definimos a estas experiencias en los términos de redes migratorias solventadas por la importancia del capital social y despliegue de estrategias económicas como aquellos mecanismos que estuvieron en la base de las decisiones de traslados de varones y mujeres, en la concreción de empleos y capitales, en la conformación de nuevas familias y hasta en el retorno a España con un cierto nivel de acumulación logrado en La Pampa.

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  1. IESH- UNLPam.
  2. El primer redactor de la revista La Moderna fue Pedro Lima Roelandt y, en la década de 1950, el director era Cesáreo Gómez. Ellos, como Prandi, eran los hombres de letras de la localidad. En el caso de Prandi, además de maestro, fue director de la Escuela N° 11 en dos períodos, 1928-1933 y 1947-1956; también director de la Escuela N° 19 y presidente de la comisión de la Biblioteca Florentino Ameghino entre 1935 y 1948. A su pluma se debe la autoría de libros y revistas de aniversarios de otras instituciones de General Acha como, por ejemplo, los colegios salesianos.
  3. Sobre las causas del fenómeno inmigratorio europeo y las diferentes explicaciones al respecto, véase por ejemplo: Martínez Carrión (1986), Hobsbawm (1998), Míguez (2001), Devoto (2002), Fernández (2004), De Cristófori (2016), entre otros.
  4. Son múltiples los estudios que abordan la inmigración ultramarina desde los conceptos de cadenas migratorias y redes sociales. Al respecto, véase, Otero (1992), Maluendres y otros (1995), Zeberio (1998), Moya (1999 y 2004), Devoto (2002), Pedone (2002), De Cristóforis y Fernández (2008), entre otros trabajos.
  5. La inmigración española goza de importantes abordajes en trabajos como los de: Sánchez Albornoz (1998), Fernández y Moya (1999), De Cristóforis y Fernández (2008), entre otros.
  6. La historia de General Acha, desde sus orígenes hasta la primera década del siglo XXI, se halla narrada en Martocci, Olmos y Sánchez (2020).
  7. Sobre los inmigrantes en General Acha, véase Minetto (2020).
  8. La habilitación era un contrato por el cual un capitalista –dueño de un comercio– asociaba a un empleado que aportaba su trabajo para hacer marchar la empresa. Pero fue también una estrategia de organización interna de las estancias ganaderas de la provincia de Buenos Aires ante la expansión del ovino a partir de mediados del siglo XIX. Para estimular el interés por los rebaños a su cargo y atraer mano de obra con mayores aptitudes, como la de vascos o irlandeses, se contrataba a los puesteros ofreciéndoles participación en los resultados de su labor, bajo diferentes formas de aparcería. Anualmente, se repartían las utilidades, correspondiendo al socio trabajador una porción de estas que oscilaba entre el 10 y el 50 %, aunque más frecuentemente entre el 25 y el 33 %. La habilitación se convirtió en el camino que llevaba al empleado a ser dueño de su propio “boliche” o de un rebaño de ovejas (Sábato y Romero, 1992).
  9. Sobre la expansión del lanar en la provincia de Buenos Aires, véase Sábato (1989).
  10. Para observar estos procesos, véase Maluendres (1995), Lluch (2008) y Lluch y Olmos (2010).
  11. El caso de Macario Russo, italiano de Episcopía, que llegó al país alrededor de 1880, realizó trabajos de alambrador en el tendido del ferrocarril hacia el sur y, luego, en una estancia de la zona de Sauce Grande, cercana a Bahía Blanca, donde la habilitación en ovejas le permitió el traslado a La Pampa en 1893. Ver Olmos (2006).
  12. Olmos (2006).
  13. Sobre la experiencia de Justina Portas como heredera de tierras, véase Olmos (2023).
  14. Para el caso de los españoles en algunos partidos del sur de la provincia de Buenos Aires, véase: Álvarez y Zeberio (1991) o Zeberio (1998); también Reguera (1999) y, para La Pampa, Olmos (2006).
  15. Véase Olmos (2023).


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