La experiencia porfiriana de pluralidad de billetes privados no fue, en sentido estricto, un caso de banca libre; aunque, en términos más laxos, puede decirse que constituyó un sistema de banca libre con competencia restringida. Los bancos emitían billetes y creaban depósitos convertibles en metálico (monedas de plata u oro) y todos ellos sin excepción enfrentaron por lo menos un rival.
El sistema estuvo conformado por dos bancos privilegiados –el Nacional y el de Londres–, ubicados en la capital del país, y una veintena de bancos localizados en los estados provinciales. Los primeros contaban con redes de alcance nacional, en tanto los segundos, con redes de alcance regional o local. Además, uno de los bancos privilegiados –el Nacional– era el agente financiero del gobierno.
Al igual que en la mayoría de los países, el régimen monetario en México transitó del bimetalismo (patrón plata de facto) al patrón oro. Bajo el patrón plata, el sistema monetario no se encontraba en una zona estable, debido a la baja persistente del precio de la plata (mercancía) en los mercados internacionales desde los años 1870. Esta tendencia bajista se acentuó en la década de 1890 y estuvo acompañada de fuertes oscilaciones en dicho valor.
Con la entrada al patrón oro en marzo de 1905, el sistema monetario porfiriano comenzó a transitar en una senda de equilibrio, pudiendo incluso sortear el embate de la crisis de 1907 sin salir de la regla de la convertibilidad. La particularidad estaba en el tipo de patrón oro adoptado, el cual se alejaba del modelo clásico. En este sentido, el nuevo peso oro mexicano era el dinero de alto poder; pero no existía libre acuñación y exportación del oro. El viejo peso plata continuaba formando parte del circulante con poder liberatorio ilimitado, aunque ya no era el dinero de alto poder y solo representaba un compromiso de pago en oro. No existía un mecanismo de ajuste automático, es decir, no funcionaba el mecanismo de Hume. La Comisión de Cambios era la que garantizaba el cumplimiento de la regla de convertibilidad, actuando como un dealer en el mercado; vendía y compraba giros sobre el exterior en oro, de modo de mantener la estabilidad del tipo de cambio. Este organismo del gobierno contaba con un Fondo metálico, parte colocado en el país y parte en el exterior.
El sistema bancario de emisión tardó más de tiempo en encontrar la senda del equilibrio. En el período que va desde la sanción de la ley bancaria de 1897 hasta la reforma monetaria de 1905, los bancos regionales/locales expandieron de manera significativa el otorgamiento de crédito a través de la emisión de billetes. Este crecimiento en la cuota de mercado de la banca regional, sin embargo, ocultaba algunos vicios que comprometían la estabilidad del sistema. En efecto, los bancos de la Península de Yucatán (y muy probablemente también el de Jalisco) asumieron una conducta subóptima desde el punto de vista de la maximización del beneficio del banco, con motivo de socorrer financieramente a empresas relacionadas con sus accionistas. Además, todos los bancos regionales/locales, en general, tenían la práctica de la renovación permanente de los créditos cada seis meses, convirtiendo sus carteras en poco líquidas (inmovilizadas).
Con la entrada al patrón oro en marzo de 1905, los bancos regionales/locales vieron frenada la expansión de la emisión de billetes y del crédito, desapareciendo así uno de los vicios. No obstante, dichos bancos registraron niveles de liquidez preocupantemente bajos en un escenario donde la desconfianza dominara, lo que también ponía en riesgo la estabilidad del sistema. Esto obedeció a que el dinero de alto poder (el oro) se concentró en las arcas de los bancos privilegiados –en particular, en el Nacional– y los bancos regionales/locales no usaron como dinero de alto poder los billetes de aquéllos. En Escocia, por ejemplo, el oro también se concentró en los bancos privilegiados, pero el resto de los bancos (de responsabilidad ilimitada) solo mantenía como reservas los billetes de aquéllos (e incluso los billetes del Banco de Inglaterra). Ello hacía que cualquier corrida que comenzaba en los bancos pequeños, de responsabilidad ilimitada, podía ser frenada por las entidades privilegiadas e incluso por el Banco de Inglaterra.
Asimismo, la práctica de la renovación permanente de los créditos no desapareció con la puesta en vigor del patrón oro. La regulación del sistema estaba a cargo del Estado y recién las normas se hicieron cumplir con la reforma de la ley bancaria en 1908. El sistema, además, no generó mecanismos de autocontrol, como ocurrió en los Estados Unidos con las clearing houses; en este sentido, el Banco Central Mexicano no cumplió con la función de supervisar el comportamiento de sus miembros.
Como era de esperar, el embate de la crisis de 1907 fue más fuerte en los bancos regionales/locales que en los capitalinos. No obstante, el propio sistema logró generar múltiples mecanismos de “escape” ante tal situación de estrés. El objetivo fue salvar a los bancos en problemas, a fin de evitar el colapso del sistema del que todos formaban parte. Así, se hicieron tres salvatajes, dos a los bancos de la península yucateca y uno al resto de los bancos regionales/locales. El primero fue protagonizado por el Banco Nacional, que actuó como un dealer de última instancia, tomando posesión de los activos rescatados de los bancos Yucateco y Mercantil de Yucatán. El segundo consistió en un acuerdo de todos los bancos para cumplir con la función de prestamista de última instancia, debido al defalco del Banco Yucateco. El último salvataje se llevó a cabo a través de la creación de la Caja de Préstamos –el primer banco agrícola–, que tuvo la tarea de absorber los créditos a largo plazo que se encontraban inmovilizados en las carteras de los bancos regionales/locales; es decir, la Caja de Préstamo también actuó como un dealer de última instancia, tomando posesión de los activos rescatados de los bancos regionales/locales. De esta suerte, se pudo sortear la crisis sin quiebras y sin colapsos de capital.
En cuanto a los bancos privilegiados, el gran ganador fue el Nacional, que vio incrementar sus tenencias de oro en plena crisis. Esto se explica por la inyección de dinero que hizo el Estado, a través de la cancelación de sus créditos. Tener el privilegio de ser el agente financiero del Estado marcó la diferencia en el tablero con respecto al Banco de Londres.
Traspasada la crisis, el sistema bancario de emisión sufrió una transformación. La línea divisoria entre bancos capitalinos y bancos regionales/locales fue reemplazada por una nueva entre el Banco Nacional y el resto de los bancos (incluido el de Londres). Por una parte, el Banco Nacional se convirtió en el gran repositorio de dinero metálico (oro y plata) y en el gran productor de dinero fiduciario (billetes); por otra, los restantes bancos (incluido el de Londres) se fueron transformando más en bancos comerciales de depósitos que de emisión de billetes.
Además, los bancos regionales/locales dejaron de mostrar las debilidades del pasado. Asimismo, aun cuando su número se redujo, pudieron mantener en conjunto una alta cuota en el mercado de créditos. Ello fue posible gracias a la gran expansión de los depósitos que experimentaron. El público confió en guardar sus ahorros en dichas entidades: la mitad de los depósitos del sistema eran pasivos de los bancos regionales/locales.
Bajo una nueva fisonomía y sin los vicios del pasado, el sistema bancario de emisión operó con bajos riesgos de liquidez y crediticio, encontrando así la senda del equilibrio.
De esta suerte, el patrón oro y la pluralidad de billetes privados se encontraron funcionando en zonas de equilibrio, logrando la tan deseada estabilidad macroeconómica.








