La teoría moderna de banca libre
A.1. El modelo
El origen de la teoría moderna de banca libre se remonta a la obra de Hayek, la Desnacionalización del dinero, de 1978. En este escrito, el autor propone eliminar el monopolio de la emisión de dinero fiduciario y el curso legal; es decir, propone abolir el sistema de banca central. En su lugar, plantea la creación de un sistema de libre competencia entre bancos privados emisores de dinero fiduciario, que ofrezca al público la posibilidad de un poder adquisitivo constante, sin convertibilidad ni curso legal.
Si bien la propuesta no tuvo buena acogida en el ámbito académico, estimuló la producción de nuevos trabajos que proponían examinar las experiencias históricas de regímenes de bancos privados emisores de dinero fiduciario en condiciones de libre competencia. Esto resucitó los viejos debates del siglo xix y comienzos del xx sobre banca central versus banca libre.
En la teoría moderna de banca libre, existe una pluralidad de bancos privados que emiten billetes y crean depósitos convertibles en dinero externo. Este dinero es seleccionado por el mercado como referencia de máxima liquidez;[2] o sea, es aquel que se encuentra en la cúspide de la jerarquía del dinero, la forma última de dinero en la economía. Su oferta no está controlada por los bancos ni por el Estado, por lo que no se encontrará en los pasivos de ninguna entidad de la economía doméstica.
En conformidad con el principio de la maximización de beneficios, los bancos privados tenderán a emitir una cantidad finita de billetes, debido a que el costo marginal de obtener dinero externo es creciente, lo que surge de tres tipos de costo que el banco enfrentará en su negocio: costes de operaciones, de tasas de interés pasivas y costes de liquidez. Ello se debe a que, para mantener la demanda del público sobre sus pasivos, el banco estará obligado a demostrar cierta capacidad de respuesta a sus tenedores de billetes, así como convertir su marca en algo atractivo para el público demandante de billetes; esto se realizará a través de la diferenciación y de las inversiones que hagan del banco una entidad respetable y confiable. Además, ante una expansión de la emisión de billetes, los bancos activarán un mecanismo conocido como efecto reflujo[3], el cual se basa en que los saldos emitidos por encima del óptimo serán saldos adversos de la compensación bancaria.[4] Este efecto, por su parte, descansa en cuatro proposiciones fundamentales: (i) la demanda total de billetes de banco tiene un límite y, traspasado este límite, el público tiende a desprenderse de los excesos; (ii) la mayor parte de los billetes excedentes terminan en manos de bancos distintos a los que los han emitido; (iii) los bancos receptores devolverán los billetes a sus emisores a través del sistema de compensación bancaria; y (iv) los billetes emitidos en exceso y presentados a la compensación corresponderán precisamente a aquellos bancos que han intentado aumentar su cuota de mercado siguiendo una política de crédito diferente al conjunto; dicho de otro modo, sin su respaldo correspondiente de demanda de sus pasivos. Esta proposición (iv), a su vez, se apoya en la presunción de que los tenedores de billetes discriminan entre las emisiones de las distintas entidades bancarias.[5]
Cabe señalar que, en un sistema de banca libre maduro, la circulación del dinero externo es mínima entre el público, quedando integrado en las reservas líquidas que sostienen los bancos para hacer frente a los saldos adversos de la compensación bancaria. Consecuentemente, en un sistema de banca libre maduro, la convertibilidad de dinero interno (billetes y depósitos) en dinero externo puede no ser un recurso utilizado por el público, funcionando únicamente en el sistema de compensación bancaria, aunque no deja de formar parte de la estricta disciplina que el sistema necesita mantener para encontrar un equilibrio de mercado.
En un sistema de banca libre como el descripto hasta ahora, el equilibrio a largo plazo se define como aquel estado en el que se deberían dar las siguientes condiciones: a) la demanda de reservas bancarias líquidas es igual a la existencia de dinero externo; b) la oferta de dinero interno (billetes de banco y depósitos) es igual a su demanda; y c) hay un único nivel de precios en el que ambas condiciones de equilibrio se satisfacen.[6]
Pues bien, bajo estas condiciones, la oferta de dinero interno se acomoda a los cambios de la oferta de dinero externo y a los cambios de la demanda de dinero, a fin de garantizar el equilibrio monetario a largo plazo.[7]
A.2. Consideraciones particulares
En la actualidad, no está en discusión la cuestión de si un sistema de banca libre tiende a producir necesariamente una fuerte inestabilidad cíclica, como ocurría en los viejos debate del siglo xix y comienzos del siglo xx. No obstante, y a pesar de ello, hay tres temas que ameritan que se les preste atención; estos son el temor a la sobreemisión, la necesidad de supervisión y la viabilidad de un prestamista de última instancia ante una situación de estrés de liquidez.
El temor a la sobreemisión
Los críticos de la Banca Libre expresan que es el propio proceso de maximización el que presiona a los bancos a sobreemitir, debido a que un banco entra en competencia con otros e intenta aumentar su cuota de mercado a través de una política expansiva. De allí que se abre el interrogante de si la propia lógica de una empresa no lleva a la desestabilización.[8]
White aduce que, en caso de que un banco sobreemita, se pone en marcha el proceso de ajuste, el cual puede realizarse por medio de diferentes mecanismos: uno rápido, en el que el público inmediatamente se da cuenta del exceso de emisión y devuelve el sobrante de billetes; un segundo mecanismo en el que se depositan en otros bancos y son estos últimos quienes lo devuelven; y un último mecanismo, en el que el ajuste se hace a través de los precios en el mercado de bienes. En este último caso, el retorno de los billetes se demora. No obstante, independientemente del camino, el ajuste deberá castigar a aquellos bancos más arriesgados mientras beneficia a los más prudentes.[9] Como puede observarse, el principio de la discriminación está implícito en el análisis de White.
Empero, los críticos del sistema sostienen que, al no existir información perfecta, el público puede no reaccionar con la velocidad suficiente para que la disciplina surta efecto. La falta de información sobre el motivo de las fluctuaciones del mercado –expresan– puede provocar que los bancos más conservadores pierdan participación de mercado, y, por tanto, el dinero “bueno”, emitido por los bancos conservadores, podría ser desplazado por el dinero sin respaldo, emitido por los bancos más arriesgados.[10]
Selgin, por su parte, da una respuesta a este cuestionamiento expresando lo siguiente: dado que el público tiene una preferencia específica por la composición de la cartera que desea mantener, una expansión de la emisión provocará un reajuste de dicha cartera, lo que activará el reflujo de billetes hacia los bancos indisciplinados.[11] Nuevamente aquí aparece el principio de la discriminación, aunque el autor aclara que dicho principio no es tan obvio. En este sentido, Selgin expresa que los bancos buscan diferenciarse entre sí para aumentar la concentración del mercado y ejercer cierto poder monopólico, incrementando así sus ganancias. Esto le permite al público determinar sus propias preferencias entre los bancos, en tanto que los precios de mercado, establecidos por las tasas de interés activas y pasivas, servirán como indicadores simplificados de la situación de los bancos.[12] Entonces, si se produce un exceso de emisión que modifique la composición de la cartera del público de manera significativa, los bancos más conservadores podrán bajar sus tasas de interés activas y, de esta forma, incrementar sus créditos, mientras que los bancos que hayan expandido sus billetes en exceso tendrán que reducir sus créditos, a través de un aumento de sus tasas de interés activas, para evitar ser desplazados del mercado. Así pues, el equilibrio en el mercado como un todo tenderá a reequilibrarse.[13]
Con ello, los costos marginales crecientes –que los defensores de la Banca Libre advierten– están poniéndole un límite a la expansión de dinero interno, si bien es cierto que, ante la ausencia de discriminación, se provocaría el fallo del mecanismo de premio y castigo que disciplina al mercado.[14] Pero basta con que el público pueda establecer unas preferencias (discriminar) y exista convertibilidad para que el sistema pueda coordinar las acciones del público y los bancos, asignando los recursos entre los bancos más responsables y aquellos que no lo son.[15] Este es un postulado esencial para que el sistema tienda al equilibrio.
La necesidad de supervisión
Goodhart plantea que se requiere supervisar al mercado, a fin de evitar que tanto la oferta (bancos) como la demanda (público) tomen decisiones que atenten contra su propio bienestar o la viabilidad del sistema. Del lado de los bancos, se plantea un problema de free rider de la información. Si, por ejemplo, los bancos más tradicionales llevan una política conservadora que estimule la confianza del público, una parte de la banca puede tomar ese clima de confianza como una oportunidad para expandirse hasta que la información correcta llegue a los tenedores de billetes y depósitos, lo que dificultaría la discriminación mediante la reputación. Del lado del público, las personas pueden tomar malas decisiones o decisiones muy riesgosas por falta de consciencia o preferencias por el riesgo, afectando la posición financiera de los bancos. Consecuentemente, es de interés tanto de la oferta como de la demanda que existan mecanismos de supervisión. Estos mecanismos proporcionan certidumbre sobre el estado del mercado, así como mejor información para discriminar a los bancos y al público de una forma más eficaz.[16]
En conformidad con lo anterior, cabe preguntarse si la supervisión debe dejarse a la acción voluntaria de los banqueros o debe realizarla el Estado. Goodhart responde a este interrogante diciendo que dependerá del tamaño y dinámica propia del mercado; estos elementos –expresa– determinarán si la supervisión será llevada adelante por una autoorganización o se realizará mediante la ley. No obstante, Goodhart pone de manifiesto que el problema de dejar a los bancos comerciales que se autogestionen es que las reglas pueden ser tan duras que, en vez de servir para estabilizar y reducir los costos de información, sirvan para restringir la competencia. De ahí que el autor propone que, a la hora de pensar en un mecanismo de supervisión, este sea un órgano público e independiente de las decisiones políticas.[17]
La experiencia de los Estados Unidos a mediados del siglo xix nos proporciona evidencia de cómo el sistema generó mecanismos de autocontrol a través de las clearing houses, esto es, asociaciones privadas e independientes de bancos. En un principio, dichas asociaciones sirvieron para que sus miembros se reunieran y cambiaran los cheques y billetes de sus clientes, reduciendo así los costos de las transacciones interbancarias. Empero, la entrada a estos clubes de bancos no era sin costos; sus miembros debían cumplir una serie de requerimientos, tales como reservas mínimas, capital mínimo, control de las tasas de interés, pagos de suscripción y auditorías externas. De esta forma, el sistema empezó a crear organismos destinados a regular y supervisar el comportamiento de los bancos, cuyo objetivo era reducir los problemas derivados de la información asimétrica, que se generaban por no contar con un mecanismo de precios eficiente.[18] Ahora bien, los estudios sobre la experiencia americana revelan que se trató de un sistema de banca libre con competencia perfecta, lo cual falsea la proposición de Goodhart acerca de que la autosupervisión pone un límite a la competencia.
La viabilidad de un prestamista de última instancia ante una situación de estrés
Goodhart sostiene que, en momentos en los que la liquidez escasea, el rol de un prestamista de última instancia se hace necesario para mantener con vida el sistema de Banca Libre.[19] Esta proposición resulta –a priori– no cuestionable, puesto que se trata de sistemas de reservas fraccionarias. Consecuentemente, la pregunta es si se debe dejar que el propio sistema genere los mecanismos de escape ante situaciones de estrés o si se necesita que la función de prestamista de última instancia se lleve a cabo por un organismo público e independiente de las decisiones políticas.
Goodhart claramente se inclina por esta última alternativa. Expresa que la experiencia histórica nos dice que fue la propia banca privada la que pidió, a veces con insistencia, la intervención del gobierno, siendo que, en las crisis de liquidez que se presentaban, solo un banco público que prestara sin limitaciones podía salvar al sistema.[20] Además, Goodhart añade que los bancos que competían entre sí en la emisión de billetes encontraron cada vez más dificultades para ejercer, por sí mismos, la función que se asignaba a un prestamista de última instancia. Ciertos bancos privados que habían ido adquiriendo una posición hegemónica –argumenta–, debido a su particular relación con el gobierno, comenzaron a destacar sobre los demás, dado que a los ojos de estos aquella relación los calificaba para situarse por encima de los conflictos de interés que se suscitaban entre los competidores. Con el tiempo –continúa el autor–, se fue entendiendo que aquella función era cada vez menos compatible con el carácter de bancos privados, ya que a menudo se veían obligados a renunciar a la optimización de beneficios (que todo banco privado debe perseguir), en pos de la preservación del sistema; hecho que exigía prestar sin límite en las crisis financieras.[21]
Sin embargo, las experiencias emblemáticas (Escocia y Estados Unidos) de Banca Libre no confirman los argumentos de Goodhart, y tampoco lo hace la experiencia del México porfiriano, estudiada en el presente libro.
En el caso de los Estados Unidos, las clearing houses desempeñaron un papel central como prestamista de última instancia; su primera actuación como tal fue en la crisis de 1857. Estas entidades emitieron “certificados de préstamo”, que entregaban a los bancos con problemas de liquidez (los deficitarios), exigiéndoles como garantía parte de sus portafolios valorados con descuento. Dichos certificados terminaban en manos de los bancos superavitarios, que proveían de liquidez. Estos agentes tenían incentivos para recibir los certificados porque, si el banco deficitario no llegaba a cumplir su compromiso de pago, ellos se quedaban con el colateral; y, en el peor de los casos, si el banco deficitario quebraba y su portafolio se desvalorizaba, el certificado era un pasivo de la clearing house, lo que implicaba que la pérdida se socializaba entre todos los miembros del club. Es importante señalar que, mientras que las dificultades permanecían, las clearing houses no dejaban que los bancos quebraran; y, si posteriormente no cumplían con sus compromisos de pago con el resto de los miembros, eran castigadas con la expulsión del club.[22] Esto muestra que las clearing houses cumplieron eficazmente su función de prestamistas de última instancia y de supervisión, evitando la quiebra del sistema y dejando que el mercado expulsara a los jugadores ineficientes una vez que el costo de hacerlo no pusiera en peligro la continuidad del modelo.
En el caso escocés, los bancos privilegiados –que tenían una relación estrecha con el gobierno– fueron los que cumplieron el rol de prestamista de última instancia. Empero, refutando la tesis de Goodhart, White prueba que el papel que desempeñaron los bancos privilegiados en momentos de estrés (como fue la quiebra del Ayr Bank en 1772[23]) no resultó incompatible con la maximización de beneficios. En efecto, White muestra que la intervención de los jugadores privilegiados evitó trasladar el costo de la quiebra a los tenedores de billetes y depositantes, al mismo tiempo que dichos jugadores se vieron recompensados por tal actuación con una ampliación de la circulación de sus propios billetes y un aumento en la confianza del público.[24]
Este fenómeno de salvataje por medio de los mismos jugadores del sistema también fue observado para el caso de México. La crisis de 1907 fue más fuerte en los bancos ubicados fuera de la capital del país. El rescate de los bancos en dificultades se hizo en dos etapas. Un primer salvataje fue realizado por el Banco Nacional, que, como los bancos privilegiados de Escocia, actuó como un dealer de última instancia, absorbiendo los activos rescatados de los bancos Yucateco y Mercantil de Yucatán. El otro rescate consistió en un acuerdo de todos los bancos para cumplir con la función de prestamista de última instancia, debido al desfalco del Banco Yucateco. De alguna forma, la banca se autoorganizó para actuar de manera tal que se salvara el sistema. La Caja de Préstamo –primer banco agrícola– también actuó como un dealer de última instancia, tomando posesión de los activos rescatados de los bancos regionales/locales. De esta suerte, se pudo sortear la crisis sin quiebras y sin colapsos de capital. En cuanto a los bancos privilegiados, el gran ganador fue el Nacional, ya que fue el banco que concentró las reservas de oro en plena crisis. Al igual que lo que White destaca sobre el resultado de los bancos privilegiados de Escocia, el Banco Nacional de México acabó fortalecido con la crisis.
En síntesis, la Banca Libre y el mercado (como asignador de riesgos) cuentan con herramientas que permiten al sistema encontrar una senda de equilibrio. El miedo a la sobreexpansión de una empresa maximizadora no se justifica, ya que los bancos enfrentan costos crecientes y existen mecanismos de recompensa/castigo que se activan con el efecto reflujo, expulsándolos del mercado si fuera necesario. Además, es posible generar mecanismos de supervisión de forma autoorganizada, que eviten excesos que lleven a una falta de liquidez del sistema. Está en el interés de los mismos bancos (y del público) que todos sigan reglas comunes, de modo de reducir los costos de información y evitar desvíos de la política de emisión que pueda poner en riesgo al sistema. Y, por último, la existencia de bancos privilegiados o asociaciones de bancos pueden generar mecanismos de préstamos (de “escape”) a otros bancos o miembros del club con problemas de liquidez, siendo esto no necesariamente opuesto al principio de la maximización de beneficios. Al actuar como dealer de última instancia, un banco puede perfectamente salvar a otro banco sin sacrificar la maximización de beneficios. Por el contrario, es posible que se vea favorecido, al ganar cuota de mercado y reputación en el mercado que incremente su demanda de pasivos.
- Este anexo fue escrito juntamente con Mariano Radusky.↵
- White, Free Banking in Britain, p. 1.↵
- White, Free Banking in Britain, pp. 4-5.↵
- Esto es una extensión de la regla de reservas en exceso al caso de un sistema de bancos de emisión. Esta regla se aplica a un sistema convencional de bancos de depósitos y establece que un banco individual no puede expandir sus préstamos e inversiones a menos que tenga reservas en exceso a sus necesidades de liquidez.↵
- Selgin, The Theory of Free Banking, p. 43; y White, Free Banking in Britain, pp. 13-15.↵
- Selgin, The Theory of Free Banking, p. 46.↵
- White, Free Banking in Britain, pp. 9-10.↵
- Goodhart, The Evolution of Central Bank, pp. 47-48.↵
- White, Free Banking in Britain, pp. 13-15.↵
- Goodhart, The Evolution of Central Bank, pp. 47-48.↵
- Selgin, The Theory of Free Banking, p. 42.↵
- Selgin, The Theory of Free Banking, pp. 37-43.↵
- Selgin, The Theory of Free Banking, p. 39.↵
- Selgin, The Theory of Free Banking, p. 43.↵
- Selgin, The Theory of Free Banking, pp. 44-45.↵
- Goodhart, The Evolution of Central Bank, pp. 59-64.↵
- Goodhart, The Evolution of Central Bank, pp. 70-73.↵
- Gorton, “Clearinghouses and the Origin of Central Banking in the United States”, pp. 279-280. ↵
- Goodhart, The Evolution of Central Bank, p. 53.↵
- Goodhart, The Evolution of Central Bank, pp. 77-78.↵
- Goodhart, The Evolution of Central Bank, p. 53.↵
- Gorton, “Clearinghouses and the Origin of Central Banking in the United States”, pp. 280-282.↵
- Ayr Bank, antes de entrar en dificultades financieras, concentraba un tercio de los billetes en circulación.↵
- White, Free Banking in Britain, pp. 26-29.↵








