Carlos Marichal
En la presente obra, Mónica Gómez convoca a explorar la historia de la banca y la historia monetaria para entender aspectos claves del funcionamiento de los sistemas financieros del pasado, pero también del presente. Su mirada se centra en un tema que ella ha estudiado en profundidad: la historia bancaria de México durante el último cuarto del siglo xix y el primer decenio del siglo xx, período tradicionalmente conocido como el porfiriato, reflejo del poder ejercido por el presidente autócrata, Porfirio Díaz, quien impuso un régimen político estable pero muy poco democrático, que fue acompañado por un importante proceso de expansión económica que resultó decisivo en el despegue del capitalismo en el país. Una de las facetas más llamativas de esta época fue el establecimiento en México de un sistema bancario nacional y regional que operó bajo la modalidad de circulación de la pluralidad de billetes por parte de las entidades bancarias privadas, que se multiplicaron a lo largo de un cuarto de siglo. Debe agregarse que las propuestas de interpretación y análisis contenidas en este libro no son simplemente de interés para entender un caso nacional, sino que ayudan a enriquecer la historia de esta temprana época de globalización económica al ahondar en las relaciones entre banca, política monetaria y crisis financieras. Además, a partir de un estudio histórico y empírico detallado, contribuye a alimentar una serie de debates teóricos fundamentales sobre la génesis y funcionamiento de los sistemas financieros modernos.
El estudio del surgimiento de un sistema de bancos en México con características bastante singulares reclama una exploración de su trayectoria institucional, su impacto sobre las políticas monetarias, su organización empresarial y el grado muy desigual de la competitividad de las distintas entidades bancarias. Estos son problemas claves que aclara el presente libro con base en un análisis cuantitativo de los balances de los bancos, que son recopilados y analizados con prolijidad, y expuestos en tablas sencillas, ordenadas cronológicamente y por entidad regional. A su vez, el texto ayuda a entender los principales cambios que se experimentaron por subperíodos, a partir del análisis de las políticas monetarias en el siglo xix, el tránsito al patrón oro, el desempeño de la banca durante la crisis financiera de 1907 y en los años que precedieron al estallido de la Revolución mexicana en 1910. Desde el punto de vista del andamiaje teórico, la autora se apoya en una rica literatura cuyas aportaciones merecen ser utilizados más intensamente por los especialistas en las historias y las trayectorias de las finanzas en Latinoamérica. Por ejemplo, destila los conceptos más importantes de los excelentes trabajos sobre el funcionamiento del patrón oro clásico, tal como han sido desarrollados por autores tan destacados como Arthur Bloomfield, Michael Bordo y Barry Eichengreen. A su vez, en el caso de la discusión sobre la banca libre en el siglo xix, revisa a fondo las propuestas de Adam Smith al respecto, pero sobre todo los trabajos señeros de analistas como Lawrence White, George Selgin y Charles Goodhart. Finalmente, y de manera complementaria, introduce en los debates de la historia bancaria las propuestas novedosas del economista financiero Perry Mehrling con base en su concepto de jerarquía de dinero. Todo ello hace de la presente obra una combinación de historia y teoría financiera muy sugerente.
El libro comienza con una sintética revisión de las políticas monetarias en México durante el siglo xix, tema clave para entender el contexto de las finanzas y el despegue de la temprana banca. Desde la época de la independencia, el flamante gobierno mexicano adoptó el mismo patrón bimetálico que había prevalecido durante la colonia, siendo refrendada en la Constitución de 1857 y en algunas disposiciones posteriores. Debe aclararse que hasta la creación del primero banco comercial en el país, el Banco de Londres y México, fundado en 1864, solo circulaba moneda metálica, que se acuñaba en casas de moneda en varios Estados, las que generalmente eran arrendadas a particulares que tenían la prerrogativa de acuñar plata y oro, si bien se disponía que el gobierno federal fuera responsable de supervisar los estándares de cada establecimiento. Hacia 1867, la autora indica que había once casas de monedas abiertas, las cuales estaban situadas en la ciudad de México, Zacatecas, Oaxaca, Chihuahua, Durango, Guadalajara, Guanajuato, San Luis Potosí, Culiacán, Hermosillo y Álamos. A partir de 1894, en cambio, el gobierno federal comenzó a rescindir los contratos de arrendamiento y a clausurar las casas del interior del país, por lo que “para 1905, quedaba solo la casa de la ciudad de México bajo el control del gobierno.” Esta tendencia hacia la centralización era indispensable para poder poner en marcha una verdadera política monetaria por parte del Estado porfiriano, que fue ratificada a partir del establecimiento del patrón oro en 1905.
En tanto México era uno de los mayores productores de plata en el mundo durante el siglo xix, el circulante de metálico estuvo compuesto sobre todo por los famosos pesos de plata y sus fracciones de uno, dos, cuatro u ocho reales, aunque para las transacciones menudas inclusive se utilizaban medios reales. De allí que, pese al régimen de patrón bimetálico, la economía mexicana operaba en la práctica dentro de lo que podría denominarse un patrón plata de facto, como lo califica la autora del libro que prologamos, debiendo notarse que el patrón plata caracterizó a muchas otras economías en el mundo como las de China o la India, al menos hasta fines del siglo xix. No obstante, a partir del año 1870 los precios internacionales de la plata, con relación al oro, descendieron y se hizo cada vez más complicado mantener la convertibilidad con el metal áureo en los niveles habituales y seculares. De allí que finalmente el zar de las finanzas mexicanas –en los dos últimos decenios del porfiriato– José Yves Limantour resolvió presionar por la adopción del patrón oro, el cual se pudo implementar en 1905, después de un período de intensos debates entre políticos, banqueros y funcionarios de alto nivel que se reunieron en diversas comisiones de expertos hasta llegar a un acuerdo aceptable para las partes.
El tema principal del libro de Mónica Gómez, sin embargo, no es simplemente el estudio del sistema monetario de México en el tránsito del siglo xix al xx, sino la reconstrucción y análisis de las políticas referentes a la emisión y circulación de billetes bancarios. El uso de dichos instrumentos se aceleró a partir de la década crucial de 1880-1889, cuando comenzó a emerger un sistema bancario, sobre todo a raíz de la fundación del Banco Nacional de México (Banamex), que se convirtió en una pieza clave de las finanzas privadas y públicas. Al mismo tiempo, unos siete bancos también circulaban billetes bancarios, aunque en volúmenes bastante menores. Debe subrayarse que estos billetes no eran emitidos por el gobierno ni por un banco central, sino por los bancos comerciales privados, ya que se trataba de un sistema de pluralidad de emisión de billetes privados que operaba con base en reglas definidas por las condiciones de cada concesión bancaria. Dicha circunstancia es revisada por la autora en función de las teorías sobre la banca libre, que tuvieron su punto de partida en los escritos de Adam Smith, pero continuaron durante el siglo xix y dieron pie a amplios y agitados debates teóricos y políticos en muchas naciones, especialmente en el mundo atlántico.
Los abogados de la banca libre sostenían que este sistema aseguraba la estabilidad monetaria en tanto cada banco era obligado por sus propias reglas a respaldar cualquier nueva emisión de billetes con reservas de metálico, en una razón establecida en los estatutos de cada entidad. Por ello, argumentaban que la sobreemisión no debía convertirse en un problema frecuente. En contraste, los abogados de la existencia de un banco único de emisión –en diversos países– consideraban que la forma de asegurar el equilibrio monetario consistía en que existiera un virtual monopolio de la emisión, fuese por un poderoso banco con privilegios especiales o por la propia Tesorería del respectivo gobierno. Recuérdese, por ejemplo, que en el caso del sistema más atomizado de bancos emisores del mundo, que era el de los Estados Unidos, se resolvió establecer un sistema con una fuerte regulación gubernamental de la circulación de los billetes bancarios a partir de la guerra civil de 1861-1865, para solventar los gastos de esa tremenda conflagración bélica.
En cambio, en México, desde 1880 –que fue verdadera coyuntura de despegue de la banca comercial privada–, las autoridades bancarias y gubernamentales estaban divididos en sus opiniones sobre cuál sería el mejor sistema que debiera adoptarse. Los directivos del Banco Nacional de México sostenían que esta entidad debía contar con un monopolio de la emisión, en buena medida por su estrecha alianza con el gobierno, ya que colaboraba en la gestión de muchos aspectos claves de las finanzas públicas. No obstante, los demás bancos emisores, aunque eran menos poderosos, se opusieron a este predominio y abogaron por la pluralidad de la emisión con suficiente fuerza para lograr que dicho sistema se pudiera sostener hasta la Revolución mexicana.
¿Qué implicaba el sistema de pluralidad de emisión y cómo operaba en México durante el porfiriato tardío? Estas son preguntas esenciales que Mónica Gómez analiza en los apartados del capítulo tercero, que aborda el último período bajo el patrón plata 1897-1905. En estos años se autorizó la apertura de 21 nuevos bancos de emisión en igual número de Estados en la forma de empresas privadas bajo la forma de sociedad anónima, lo que desembocó en un sistema bancario ya bastante complejo, que requirió un manejo sofisticado tanto desde el punto de vista de la supervisión bancaria como de la práctica en cada entidad para asegurar cierto grado de estabilidad financiera. En verdad, estos bancos de emisión cumplían con los principios básicos del modelo de banca libre, en particular de la convertibilidad de los billetes de banco en moneda metálica, fuese oro o plata, y con reembolso a la vista. Un segundo principio consistía en que debía alentarse la libre competencia entre las entidades bancarias, pero en este caso la autora hace notar que debido a la desproporción entre los dos mayores bancos comerciales de la capital y las limitaciones establecidas para los bancos regionales no había condiciones homogéneas en la operación de las entidades financieras. De allí que Mónica Gómez se pregunta si la banca de emisión porfiriana era realmente una banca libre. Su respuesta es que, pese a que la banca de emisión porfiriana estaba compuesta por una pluralidad de bancos, no correspondía estrictamente a un régimen de banca libre debido al peso exorbitante de los dos mayores con sede matriz en la capital del país, con amplias redes de sucursales, en contraste con los restantes bancos (una veintena) en los diferentes Estados de la república mexicana, con un número limitado de sucursales y oficinas, además de restricciones a la circulación de sus billetes bancarios.
Para ilustrar estos puntos, el libro proporciona una serie de gráficas comparativas muy ilustrativas de la organización geográfica de las entidades que revelan el predominio de Banamex y Banco de Londres, entidades que podían establecer sucursales en todo el territorio nacional, y cuya emisión de billetes tendía a ser de carácter nacional. En contraste, los bancos en los Estados exhibían mayores restricciones, ya que sus billetes no tenían circulación legal, fuera de determinados espacios regionales. Las gráficas son complementadas por una serie de mapas del conjunto de entidades bancarias que constituyen una verdadera novedad en la literatura. Además, su virtud consiste en que han sido elaboradas a partir de una exhaustiva revisión de las fuentes más confiables que incluyen el Diario Oficial de la Federación (1890-1896), las Memorias de las Instituciones de Crédito (1897- 1910) y las Actas del Consejo de Administración del Banco Nacional de México, por no hablar de múltiples y otras fuentes complementarias, que hablan de lo profundo de la investigación que sustenta el texto.
En el tercer capítulo, titulado “El comportamiento bancario bajo el patrón plata, 1897-1905”, se analiza el comportamiento del sistema de pluralidad de bancos de emisión bajo el patrón plata a partir de la sanción de la importante ley bancaria de 1897, diseñada por Limantour y sus colaboradores. Para entender sus implicaciones, y siguiendo a las novedosas propuestas teóricas del economista Perry Mehrling sobre las formas de concebir la jerarquía del dinero en términos abstractos, la autora analiza el comportamiento de tres grupos de bancos: el Banco Nacional de México, el Banco de Londres y México y los bancos regionales o locales. El capítulo sintetiza las particularidades del funcionamiento de estas entidades entre 1897 y 1905 a partir de la propuesta teórica de la jerarquía del dinero para el período en que regía el patrón plata. Se argumenta que el dinero de alto poder era la plata en forma de metálico que cada banco guardaba como reserva y para respaldo de la emisión de sus billetes bancarios en circulación, que constituían un segundo peldaño de la jerarquía del dinero. En tercer y cuarto lugar en la jerarquía dineraria, figuraban los billetes de otros bancos y los depósitos. En todo caso, la plata tendía a concentrarse en los bancos privilegiados, ubicados en la capital del país; en particular, en el Banco Nacional, agente financiero del gobierno. Sin embargo, los billetes del Banco Nacional no solían ser utilizados por las demás entidades, “lo cual sugiere que Banamex no operaba aún como una especie de banco central, sino más sencillamente como un gran banco cercano al gobierno que disponía de formidables reservas en metálico”, como afirma la autora.
Pese al predominio de Banamex y del Banco de Londres, las entidades provinciales incrementaron prodigiosamente sus operaciones de crédito, que alcanzaron una fuerte expansión del crédito entre 1897 y 1905, pasando de apenas del 10% del crédito total extendido a más de 40% del crédito extendido por el conjunto de los bancos, lo que habla de un considerable dinamismo regional económico. Por otra parte, debe tenerse en cuenta que la amplificación de la circulación de los billetes de los bancos regionales fue facilitada, en buena medida, por la creación del Banco Central Mexicano en 1903, que operaba como una especie de clearing house para el canje de los billetes emitidos por los diferentes bancos en las diversas zonas del país, permitiendo canjear de manera bastante eficiente los billetes que llegaban a las cajas de otras entidades a raíz de múltiples transacciones comerciales y financieras.
En el cuarto capítulo del libro se estudia el régimen monetario y bancario durante la transición al patrón oro entre 1905 y 1906. Se analiza la manera en que el cambio en las reglas monetarias provocó modificaciones en el comportamiento de las diferentes entidades bancarias. Mónica Gómez sostiene que a partir de la adopción del patrón oro en marzo de 1905, el metal áureo –que era ahora la unidad de cuenta– se convirtió, en efecto, en el dinero de alto poder dentro del sistema bancario, de acuerdo con la teoría moderna de la jerarquía del dinero. La plata perdía su predominio como moneda de reserva, pues aunque seguía utilizándose como medio de pago con poder liberatorio ilimitado, y seguía constituyendo un componente importante de las reservas de los bancos, se situaba en una situación claramente inferior al oro. En tanto Banamex fue el banco que pudo acumular mayores reservas en oro, se produjo una tendencia de aumento en la emisión y circulación amplia de sus billetes, a expensas en buena medida de los bancos regionales, que seguían teniendo altas reservas en plata y tendieron a restringir sus emisiones. La autora sostiene que, de este modo, la puesta en práctica del patrón oro introdujo el elemento “disciplinador” de la emisión que necesitaba la banca regional/local. Empero, afirma que el sistema mexicano no generó un mecanismo de autocontrol como sucedió en los Estados Unidos con las clearing houses.
El quinto capítulo del libro ahonda en los años 1907-1908, que la autora califica como de “estrés bancario”, especialmente por los efectos de la crisis financiera que estalló en los Estados Unidos en mayo de 1907, que se profundizó en el otoño del mismo año, afectando a las economías vecinas, Canadá y México. El episodio más conocido del impacto de la crisis en la economía mexicana fue su incidencia sobre los precios de henequén, que bajaron abruptamente debido al desplome de la demanda estadounidense, afectando severamente a grandes casas exportadoras de Yucatán y, por ende, al Banco Mercantil de Yucatán y al Banco Yucateco que tenían en sus portafolios hipotecas de haciendas henequeneras por más de 9 millones de pesos. Debido a los peligros de un pánico financiero, intervino el Ministerio de Hacienda y Crédito Público, que instó al Banco Nacional de México a que contribuyera con un fuerte rescate para ambos bancos que, luego, fueron fusionados en una nueva entidad denominada Banco Peninsular de Yucatán, que sobrevivió a las tormentas comerciales y financieras.
Mónica Gómez aprovecha este episodio para realizar una muy sugerente interpretación que permite observar que la crisis también afectó a muchos de los demás bancos regionales, que experimentaron una reducción de sus emisiones pero también curiosamente aumentaron sus créditos en meses posteriores. Lo explica argumentando que ello se explica, en buena medida, por el papel de la Caja de Préstamos para Obras de Irrigación y Fomento de la Agricultura, fundada en 1908, que sirvió como dealer de última instancia en los mercados financieros al comprar parte de la cartera de créditos de los bancos regionales que tenían problemas, proporcionando los fondos de liquidez que evitaron un derrumbe. Adicionalmente, otro aporte del capítulo consiste en demostrar que, después de la crisis de 1907/1908, el sistema bancario mexicano experimentó una mayor concentración a favor del Banco Nacional, que siguió siendo de lejos la mayor entidad, seguido por Banco de Londres hasta los inicios de la Revolución mexicana.
El penúltimo y sexto capítulo del libro que prologamos revisa el desempeño comparativo de los bancos mexicanos en los dos años que precedieron el estallido de la gran Revolución mexicana. Un primer punto que demuestra la autora es que se produjo una mayor concentración del dinero de alto poder –o sea, reservas de oro– en las arcas del Banco Nacional de México, que pasaron de un 42% de las tenencias totales en el sistema bancario mexicano hasta alcanzar cerca de 60% del conjunto de reservas del metal amarillo en los años de 1909/1910. Como resultado, los bancos regionales perdieron peso relativo, lo cual también contribuyó a una baja en la circulación de sus billetes. La autora comprueba que “al final del período, el 46% de los billetes en circulación pertenecían al Nacional, versus el 37% de la banca regional/local”. Es difícil sacar conclusiones políticas de estas tendencias, pero sugiere que para muchos actores contemporáneos era factible vincular la concentración del poder económico con la autocracia política, lo que podría haber incrementado el descontento de diversas élites regionales que luego encabezaron las protestas contra don Porfirio y protagonizaron el cambio de régimen en 1910. La autora es prudente y no hace afirmaciones en este sentido, pero yo pienso que su trabajo abre nuevas ventanas para repensar no solo la historia bancaria y financiera de México, sino también sus vínculos con la historia política.
En todo caso, el presente libro de Mónica Gómez aclara problemas absolutamente esenciales para entender el funcionamiento del primer sistema bancario de México que, pese a grandes desafíos, logró una considerable estabilidad en los tres decenios previos a la revolución. Además, demuestra que es de gran utilidad aplicar tanto teorías clásicas sobre banca libre como los aportes más recientes sobre la jerarquía del dinero para explicar los instrumentos y políticas que se pusieron en marcha para transitar de un régimen de patrón plata “de facto” al patrón oro, así como a través de coyunturas de crisis financieras. Deja abierta la pregunta de si se trataba de un sistema de banca libre exitoso o si debe definirse como un sistema de pluralidad de emisión que logró la estabilidad económica a partir de un conjunto de equilibrios que permitieron sortear las complejas dinámicas que eran propias de un sistema en el que dominaban dos bancos capitalinos, pero que permitían la supervivencia de dos decenas de bancos regionales. No menos importante son las reflexiones en este texto sobre los primeros antecedentes de la banca central a principios del siglo xx, que se visibilizaron en la coordinación y entrelazamiento de la banca privada y las conductas de entidades públicas como la Comisión de Cambios o la Caja de Préstamos para Obras de Irrigación y Fomento de la Agricultura, por no hablar de la importancia de las estrategias bancarias impulsadas por el Ministerio de Hacienda y Crédito Público. En resumidas cuentas, se trata de un libro que aclara muchos aspectos fundamentales de la historia financiera mexicana y los relaciona con un elenco notable de teorías económicas que siguen debatiendo y explorándose hoy en día.
14 de marzo, 2022








