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De “víctimas” a “sobrevivientes”

Narrar y denunciar el abuso sexual en la infancia

Eyal Rajzman[1]

Durante las últimas décadas en Argentina la problemática del abuso sexual en la infancia (ASI) ha ido adquiriendo notoriedad en la agenda pública mediante la aparición de noticias, informes nacionales e internacionales y la paulatina centralidad que han ido adquiriendo los movimientos feministas y sus reclamos sobre violencia de género y sexual. Este marco favoreció el surgimiento de un campo específico de activistas que luchan contra el abuso sexual en la infancia. Entre ellos ocupan un lugar central las víctimas directas, personas adultas que han sufrido este tipo de hechos durante su infancia. También podemos encontrar a sus familiares, grupo en el cual ocupan un lugar especial las autodenominadas “madres protectoras”. Se trata de las madres de niños abusados que, apoyadas sobre la total confianza en la palabra de sus hijos –que suele ser puesta en duda en el debate público o judicial–, se han lanzado a demandar justicia. Por último, también forman parte de ese universo especialistas y profesionales, especialmente provenientes del ámbito de la psicología y del derecho.

Este capítulo analiza el trabajo colectivo impulsado por los integrantes de la Red por la Visibilización del Abuso Sexual. Considerando que los “procesos de victimización” (Barthe, 2023) son tanto procesos reflexivos como colectivos y que están orientados a la responsabilización, me propongo seguir el camino que realizan quienes pasan de ser “víctimas” que luchan por alcanzar “justicia” a ser “sobrevivientes” que buscan ofrecer un testimonio público a fin de visibilizar el ASI. Abordo la necesidad que expresan estas personas por “romper el silencio” y el lugar que juegan las emociones y nociones del campo de la psicología, como la de “trauma”, en ese proceso que, según Fassin (2023), pasó de ser un signo de infamia en el pasado a una fuente de reconocimiento en el presente. Aquí sugiero que el hecho de dar testimonio de las experiencias traumáticas, como producto institucional y como dispositivo cultural específico centrado en la relevancia otorgada al evento crítico (Latté, 2023), puede ser movilizado como parte de la denuncia de la “revictimización”, pero también como un recurso para promover la lucha contra el ASI. En este escenario el pasaje de “víctimas” a “sobrevivientes” da cuenta de un cambio categorial en el marco de una lucha pública, que coloca a los activistas al mismo tiempo –y al modo de las dos caras de Jano– de cara al pasado, así como frente al futuro: como víctimas inocentes en virtud del hecho sufrido y como sobrevivientes “empoderados” frente a la lucha que promueven.

Me baso en el análisis de los materiales de campo producidos en el marco de mi propia investigación llevada adelante en un campo particularmente sensible. A causa del trabajo de visibilización del ASI que esas personas llevan adelante conté con la posibilidad de analizar múltiples fuentes disponibles públicamente tales como producciones audiovisuales, libros, notas periodísticas, entrevistas en medios de comunicación, actos públicos, etc. Sin embargo, por momentos me encontré con personas que no estaban dispuestas a realizar entrevistas, ya sea por el momento emocional que estaban atravesando o simplemente porque preferían mantener su historia en la privacidad. No obstante ello, una de las cuestiones que me conmovió y llamó la atención desde el inicio de mi investigación de campo fue la relevancia otorgada a “contar la historia” públicamente, en actos, entrevistas, charlas, etc., cada vez que ello fuera necesario. Fue este extrañamiento en relación a algo que para ellos resultaba muy natural, lo que me impulsó a preguntarme de qué se trataba el activismo contra el abuso sexual en la infancia.

La justicia como “máquina de impedir”: las denuncias de la Red por la Visibilización del ASI

La Red funciona como un nodo que conecta organizaciones que trabajan sobre la problemática del Abuso Sexual en la Infancia. No tiene una estructura formal, comisión directiva o puestos jerárquicos, sino que su liderazgo va cambiando de acuerdo a la capacidad de organizar y movilizar que van mostrando diferentes actores. Tal como me planteó la cuestión uno de sus integrantes: “depende de quién esté dispuesto a empujar el carro”. Así, la composición de la red es fluida y las agrupaciones que la componen varían en el tiempo. En el período en el que fue realizado el trabajo de campo del cual surge este capítulo, La Red agrupaba múltiples organizaciones pequeñas y grandes, en su mayoría de la Ciudad de Buenos Aires y del conurbano bonaerense, pero también de otros lugares del país como Olavarría en la provincia de Buenos Aires o Capilla del Monte en Córdoba. Algunas, como Red Viva, se enfocan principalmente en realizar acompañamiento legal y psicológico, otras sólo se enfocan en la asistencia psicológica como la asociación Pablo Besson o el grupo de pares Hablando A.S.I., dedicado a brindar un espacio para poder charlar y compartir emociones. A su vez participan organizaciones como Mamá en Línea que se dedica específicamente al abuso sexual a niños y niñas por medio de internet, que recibe el nombre de “grooming”, con el objetivo de alertar a la sociedad sobre estos peligros e impulsar leyes específicas sobre el tema. Por último, también existen otras organizaciones, más pequeñas y en general no dedicadas específicamente a la problemática del ASI. Entre ellas se encuentra Espíritu de Aventura, organización liderada por un pastor del culto evangélico que, al conocer distintos casos de abuso que ocurrieron en centros de atención para niños, decidió sumarse al acompañamiento y la lucha pública. Este también es el caso de La Metamorfosis de la Mariposa, una compañía artística en la cual trabaja Marina,[2] una de las personas que dirigían La Red al momento de realizar mi trabajo de campo, a quien me referiré más abajo.

Para los integrantes de La Red el sistema judicial es un espacio determinante, dado que ven en éste el medio para canalizar y solucionar sus demandas. El objetivo de obtener justicia para sus casos particulares los mueve en su lucha diaria, ya que la consideran una forma de sanar o reparar los crímenes sufridos y por sobre todo, como argumentan ellos mismos, “determina socialmente cómo te van a mirar”. Es decir, obtener justicia se presenta como una forma de demostrar la veracidad de los crímenes que han sufrido y legitimar su posición de víctima frente a la justicia y el Estado, pero también frente a la sociedad.

No obstante ello, al entrar en este sistema muchos han encontrado un espacio hostil y complicado de transitar que frustra sus expectativas de justicia. Puntualmente, las víctimas y los familiares señalan que han tenido que enfrentar obstáculos en distintos momentos del proceso penal. Algunas de estas trabas mencionadas por los integrantes de La Red son: la negativa de la policía a tomarles la denuncia, el archivado de casos –sea por falta de pruebas, de testigos o por la prescripción de los crímenes– y la obligación de repetir una y otra vez el relato de episodios traumáticos frente a operadores judiciales. Estas cuestiones, experimentadas como verdaderos maltratos, son vistas como prácticas orientadas a disuadirlos de obtener justicia. Por esos motivos, la relación con el sistema judicial se presenta como una experiencia violenta, una “ruta crítica” o “una máquina de impedir”, como ellos mismos lo definen. Además, estas “trabas” son entendidas por los activistas como las responsables parciales de la invisibilización de la problemática del ASI, ya que creen que la falta de justicia contribuye a minimizar el reconocimiento público de la magnitud del problema. Estas cuestiones funcionaron como una “cadena de equivalencias entre sus reclamos insatisfechos” (Barros, 2008),[3] a partir de la cual las víctimas –guiadas por una particular sensibilidad legal (Geertz, 1994)– fueron construyendo un problema común.

En conjunto, las organizaciones que conforman La Red llevan adelante distintas demandas, entre las que se pueden distinguir dos líneas de acción simultáneas. En una primera línea buscan influir en la forma en que se dan los procesos penales y así ampliar la proporción de juicios que obtienen una condena favorable. Para esto, realizan tareas de acompañamiento legal a las víctimas que se acercan pidiendo ayuda. También ejercen presión a través de denuncias públicas que tienen como objetivo señalar procesos penales que consideran que no son imparciales, que tienden a encubrir o a dejar sin condena a los victimarios. Así es como la Red expone en actos y otros medios de comunicación las injusticias y maltratos habituales. Una segunda línea de acción se basa en exigirle al Estado el tratamiento de la problemática mediante la creación o aplicación de leyes y políticas públicas. Específicamente, en distintas ocasiones han intentado impulsar normativas que ponen el foco tanto en la prevención de los crímenes, destinando recursos económicos para difundir y educar sobre el tema, así como también en la atención física, legal y psicológica de víctimas y familiares.[4] Entre estas demandas, también han exigido en repetidas ocasiones el cumplimiento adecuado de la Ley de Educación Sexual Integral (E.S.I.), política en la cual ven el potencial de influir positivamente tanto en la prevención así como en el tratamiento judicial de los crímenes.

A partir de lo desarrollado, podemos considerar a los miembros de La Red como actores que buscan problematizar el ASI en los términos que proponen Oszlak y O’Donnell (1995). Es decir, buscan instalar el tema en la agenda como un problema social con el fin de lograr que sea debatido políticamente y que se destinen recursos con el fin de combatirlo. Por estas razones, La Red define su activismo en términos de “visibilizar” un fenómeno que se encuentra invisibilizado política, social y judicialmente.

“Romper el silencio”: de la culpabilización de las víctimas a la voz de los sobrevivientes

La Red está compuesta por muchas personas que fueron víctimas de abuso sexual durante su infancia, pero no todas tienen el mismo grado de involucramiento en la causa pública. Algunas sólo participan de “grupos de pares” y otras asisten a los actos en calidad de participantes sin involucrarse en aquella organización. Marina es una de las personas que tiene un alto grado de compromiso con La Red.

Marina se crió en un pueblo de Santa Cruz, lugar donde durante muchos años ocurrieron los abusos por parte de su progenitor y otros familiares. Sin embargo, a los dieciocho años, como muchos jóvenes del interior, vino a Buenos Aires a continuar sus estudios. Detalla que una instancia clave del “proceso de sanación” de una víctima es el momento en el cual comienza a recordar los abusos sufridos en su infancia y cuando lo cuenta por primera vez a otra persona. En su caso, la distancia geográfica con su hogar de origen le permitió comenzar a recordar todos esos años de sufrimiento.

Habitualmente los abusadores logran mantener en secreto los delitos que fueron cometidos en el ámbito privado coaccionando a las víctimas de diversas maneras, entre ellas por medio de los sentimientos de vergüenza, culpa y responsabilidad por los crímenes padecidos. Estas emociones son explicadas por las víctimas como las causantes del silencio que hace posible sostener la posición de dominación de los perpetradores. A lo largo de sus trayectorias ellas trabajan por superar la vergüenza y la culpa que los ubicaban en posiciones de pasividad, impidiendo el reconocimiento de lo sucedido. Entonces se hace necesario “trabajar la culpa”, como me planteaba una integrante de La Red hasta llegar a entender que las víctimas no son responsables por aquello que les sucedió. Si los sucesos sufridos en su infancia son vistos como un “antes y un después” en sus vidas, también lo es la posibilidad de reconocer lo sucedido:

Para un individuo, es central reconocer que ha sido abusado sexualmente, las secuelas que le ha dejado y todas las consecuencias en su vida adulta que tiene el abuso sexual (…) todos han tenido un antes y un después de haber podido reconocer: tu vida cambia completamente. La forma en la que te ves a vos mismo, que ves tus relaciones, tu dinámica, incluso tus elecciones laborales, todo cambia cuando reconocés que fuiste abusado sexualmente (Entrevista a Marina, 16/07/2014).

Un paso fundamental en el proceso de reconocimiento de la situación de abuso sería “romper el silencio”, de ahí la relevancia de los “grupos de pares”. Estos ámbitos son definidos como un espacio anónimo donde nadie tiene más conocimiento o estatus que otros. Allí la ayuda mutua y la escucha contribuyen al “proceso de sanación”: “con los años hemos aprendido que es tan sanador el hablar, como el escuchar lo que los compañeros y compañeras tienen para compartirnos”.[5] Esta idea que propone compartir y narrar lo sufrido como parte de un proceso “sanador” es la razón por la que los activistas les dan importancia a estos lugares. Estos grupos tienen como efecto el de vincular los relatos, los sentimientos y las experiencias de unos con otros. Este proceso implica una cierta reflexividad que implica “mirar el pasado con los ojos del presente” (Barthe, 2023), proceso que no ocurre en soledad, sino que se da en el marco de la interacción con otros actores sociales tales como otras víctimas y especialistas en el tema que las acompañan. Poner en palabras y hacer público lo sucedido, contárselo a otros, apropiarse y movilizar conceptos, emociones, etc., lleva a distanciarse de ciertos sentimientos que obstaculizan la acción y permite disputar las posiciones de dominación ejercidas por los abusadores.

En esos espacios las víctimas de ASI pueden rememorar lo sucedido y trabajar sobre las secuelas que dejaron esos hechos en sus vidas adultas. Y si hay secuelas, esto es posible porque estas personas continuaron viviendo aun después de lo sucedido:

las secuelas del abuso sexual infanto-juvenil son similares a las secuelas de los acontecimientos más graves que le pueden pasar a un ser humano, como una catástrofe natural, estar preso en un campo de concentración o cosas similares. Cuando alguien se salva de una catástrofe natural o de un campo de concentración, quiere decir que sobrevivió a un hecho sumamente dramático del que es difícil salir (Entrevista a Marina, 16/07/2014).

Al igual que las víctimas de algunas de las catástrofes más grandes de la historia, quienes sufrieron el ASI también lograron salir adelante, refugiarse de la tragedia, escapar del desastre.

Elsie Rockwell (2009) llama categorías sociales a aquellas que aparecen recurrentemente en los discursos locales, cuyo significado tiene un peso importante en ciertos medios sociales y señala cierto conocimiento y aptitudes propios de quienes pertenecen a un cierto universo. En ese sentido, el término “sobreviviente” se ha impuesto en la práctica cotidiana de las personas que se mueven en este campo de la lucha contra el ASI. La forma de entender la noción de “sobreviviente” guarda relación con su oposición a la categoría de “víctima”:

sos sobreviviente de un delito gravísimo, del cual cuesta mucho salir. Ese término se utiliza sobre todo para no utilizar tanto el término “víctima” porque “víctima” dentro de la estructura del abuso sexual en la infancia es un término muy lapidario y puede dificultar mucho el proceso de curación (Entrevista a Marina, 16/07/2014).

Marina es una de esas sobrevivientes que logró “salir adelante”. Tiempo después de llegar a Buenos Aires, de “romper el silencio” y de avanzar en su “proceso de sanación”, ella denunció a sus abusadores y decidió no regresar nunca más al pueblo ni tener contacto con su familia. Ellos habían sido tanto los perpetradores de los abusos como los que con más fuerza se habían esmerado en ocultar lo que dentro de su hogar ocurría, en imponer el silencio.

El pasaje que va del silencio a la palabra, de la pasividad a la acción, de la narración a la denuncia, de la noción de “víctima” a la de “sobreviviente”, forma parte central del testimonio en tanto dispositivo cultural. Ana, una activista de La Red que fue invitada en varias oportunidades a emisiones de radio y televisión, en uno de estos programas comentaba: “Es una manera de transformar mi historia (…) exponerme, contarlo y volver a contarlo… y yo digo, yo ya no soy víctima, pude transformarme: soy sobreviviente”. Así, hablar y narrar, pero ya no en los grupos de pares sino en nuevos espacios como un programa de televisión y a través de otros dispositivos como el libro autobiográfico, por ejemplo, adquiere centralidad como forma de transformar su posición, al mismo tiempo que da visibilidad a sus denuncias.

En cuanto a estas narraciones públicas del dolor íntimo, la organización “Adultxs por los Derechos de la Infancia”, que formó parte de La Red, ha publicado el libro titulado “Somos Sobrevivientes: crónicas de abuso sexual en la infancia”, en conjunto con distintos escritores distinguidos. En el prólogo de este libro, Fabián Martínez Siccardi, un premiado novelista argentino, escribe (2021):

Rodeado de pares que habían pasado por situaciones equivalentes, en esa liturgia de contar y de escuchar, el dolor individual se volvía colectivo y los sobrevivientes parecían comprenderse sin lástima ni recelos. Y sucedió algo más: en ese coro de historias, muchas contadas acaso tantas veces, se hizo evidente el poder del acto de narrar (Martínez Siccardi, 2021: 11-12)

Como sostiene Martínez Siccardi allí la narración “duele y cura, advierte y denuncia, redime y conecta transformando lo individual en colectivo (…)” (2021: 13). Es por esto que este libro, que exterioriza historias de sufrimiento y dolores posteriores, no sólo tiene un objetivo terapéutico para los miembros de esa agrupación. En cambio, en estos contextos la narración de los hechos forma parte de procesos subjetivos enmarcados en un proyecto colectivo. Es decir, siguiendo la propuesta de Gandsman (2013), podemos pensar que si bien los testimonios suelen ser presentados como relatos individuales y subjetivos de sus experiencias, sus narraciones personales están moldeadas como parte de una producción institucional que genera una narrativa respecto de ser “sobreviviente” y es desde ese lugar que dan sentido a sus experiencias. En ese marco, ofrecer públicamente el testimonio, denunciar lo sufrido, contribuye a “empoderarse” como sobreviviente de ASI, tal como señalaba Cecilia:

Me abrió la cabeza y me pude entender y dejar de culparme, dejar de avergonzarme… y pasar a moverme, y a denunciar, a visibilizar y a no callar. (…) cuando alguien se acerca con un tema parecido, yo intento que lo pueda sentir, lo pueda reproducir. Es importante. Eso te empodera. Te pone en otro lugar y te posiciona como luchadora y como “vamos para adelante” (Entrevista a Cecilia, 25/01/2018).

Estos discursos de los activistas de la Red son movilizados como forma de generar empatía e identificación con su sufrimiento, de un modo similar al que han puesto en juego los integrantes del movimiento de derechos humanos en nuestro país. En estos nuevos espacios y como parte de este proyecto colectivo, estas narraciones buscan hacer audibles las demandas colectivas impulsadas por los sobrevivientes. Es decir, hacer públicas sus historias funciona como un recurso que demanda al Estado el reconocimiento como víctimas y le exige el tratamiento de la problemática del abuso.[6]

Como puede observarse por lo dicho hasta aquí, no siempre las emociones favorecen la acción, la palabra y la denuncia sino que, por el contrario, desde la perspectiva de las personas involucradas, pueden obstaculizarla. Por esto, no deben ser consideradas a priori como un valor que legitima el activismo, sino que las mismas están siempre sometidas a un debate sobre las formas diversas que pueden asumir (Zenobi, 2014). En el caso de los sobrevivientes de ASI, vergüenza y culpa son presentadas como emociones que imponen pasividad. Por el contrario, a partir de “romper el silencio”, que sería el primero de los pasos, ellas plantean una transformación que haría posible movilizar otras emociones que crean lazos comunes y motorizan sus denuncias. Entonces, resulta fructífero retomar los aportes de Myriam Jimeno (2010) sobre el rol de las emociones en la conformación de movimientos de víctimas. En sus análisis sobre las movilizaciones contra la violencia en Colombia, sostiene que en la categoría de víctima se constituye como un mediador simbólico entre las experiencias subjetivas particulares y los procesos sociales más generales. Señala que el testimonio personal y la expresión pública de las emociones llevan a la creación de “comunidades emocionales” y permiten la identificación entre sujetos con trayectorias diferentes. Siguiendo lo propuesto por la autora, planteo que aquí es el término “sobreviviente” el que funciona como mediador simbólico que permite condensar las variadas y distintas trayectorias particulares, adquiriendo una relevancia política y habilitando la conformación de un movimiento más amplio.

Dejar de ser víctimas y convertirse en sobrevivientes viene acompañado de una reconfiguración de las emociones que ahora pasan a ocupar un nuevo y renovado lugar y se convierten en un recurso para dar voz a sus reclamos y para fortalecer la búsqueda de reconocimiento por los crímenes padecidos. Ser “sobreviviente” permite a los activistas de La Red sintetizar las distintas experiencias bajo un símbolo común que, utilizando un lenguaje emocional, se torna político a través de la articulación de sus historias en una causa común. En esta instancia la culpa y la vergüenza han sido superadas, y tal como han señalado distintas autoras (Fernández Álvarez, 2017; Freire, 2011), la expresión de las emociones funciona como un recurso socialmente aceptado orientado a legitimar sus demandas. Es este “giro” en relación a su experiencia emocional lo que hace posible que se expresen a través de la denuncia y el reclamo público. De este modo, la expresión de las emociones puede funcionar como una fuerza que moviliza y permite incidir en formas de construcción del poder (Pita, 2010).

“Poner en palabras”: el trauma psíquico como testimonio y como fuente de reconocimiento

En el año 2013 conocí por casualidad a algunos miembros de La Red en un evento llamado la “Marcha de las Putas”, que consistía en la realización de una marcha hasta el Congreso de la Nación y de la organización de una serie de actividades con el fin de denunciar la violencia sexual y la “cultura de la violación”. En ese año, cuando todavía no se había conformado La Red y los movimientos feministas recién comenzaban a adquirir fuerza, este evento y otros similares funcionaron como espacios de encuentro para personas que habían sufrido distintas experiencias de violencia sexual y que buscaban espacios para movilizarse. Entre las actividades que se desarrollaron, hablaron distintas víctimas de ASI. Entre ellas estaba Marina, quien ya había atravesado aquel primer momento de “romper el silencio” y aquí estaba contando públicamente su historia.

Marina se presentó como cantante, artista y sobreviviente de abuso sexual en la infancia, y comenzó a narrar su historia, relatando brevemente cómo durante su infancia y adolescencia había sido abusada por su progenitor, cómo esto fue ocultado por toda su familia y naturalizado por la gente que los rodeaba. Asimismo, relató consecuencias de esto tales como depresión, adicciones, entre otros múltiples padecimientos que atravesó. Ese primer encuentro que tuve con víctimas de abuso y con la historia de Marina me impresionó. A lo largo de mi trabajo de campo pude comprobar que estas narraciones no eran algo ocasional o excepcional. Si bien no todos los sobrevivientes de ASI están dispuestos a contar públicamente sus historias y hay personas más reservadas, en repetidas ocasiones tuve la posibilidad de escuchar esta clase de relatos en actividades realizadas por La Red en espacios públicos, en plazas o en calles con mucha circulación. Al tomar contacto con este campo de activismo, quien se acerca pasa rápidamente a conocer los hechos de abuso y los problemas con los que se enfrentan quienes lo conforman. Y también es inevitable asombrarse con la facilidad y fortaleza que se muestran al relatar públicamente estas cuestiones. De hecho, eso fue lo primero que llamó mi atención y me conmovió. Esto me condujo a preguntarme por qué estas personas elegían contar esas experiencias frente a un auditorio público. ¿Por qué narrar abiertamente una y otra vez lo sufrido?

Didier Fassin y Richard Rechtman (2009), en su trabajo sobre la construcción y difusión del concepto de trauma en la sociedad actual, sostienen que el trauma es uno de los mayores significantes de nuestra época. Este término, utilizado para reunir una multiplicidad de síntomas, es visto como la marca presente que fue producida por un evento trágico del pasado. Para los autores, este concepto se ha convertido en parte central de un lenguaje común para expresar el sufrimiento. En este caso, haciendo uso del lenguaje propio de la psicología, quienes han sufrido ASI dan sentido a los padecimientos atravesados durante su vida en términos de traumas.[7] Quienes han sufrido ASI han realizado terapias psicológicas de distintas corrientes a lo largo de sus vidas. Entre sus palabras suelen estar presentes términos tales como “represión”, “estar en shock” o “suceso traumático”, que son comúnmente usados por ellos para hablar de los efectos y consecuencias del abuso.

En su carácter de artista Marina canaliza sus experiencias personales a partir de múltiples expresiones: escribe libros, poesías, compone música, canta, baila y hace pinturas y collages. Estas obras muchas veces abordan sus vivencias como sobreviviente de ASI. En su libro “El Abrazo Conjunto: libro de recursos artísticos para sobrevivientes de violencia sexual en la infancia y adolescencia”, escribe cómo se manifiestan los padecimientos traumáticos que sufren las víctimas de abuso apelando a nociones psi como la de “represión”:

los recuerdos reprimidos bloqueados llegan en forma de re vivencias, pueden ser experiencias muy fuertes y avasalladoras, lo bloqueado surge con ímpetu, con todos los años de represión, como si recién hubiera ocurrido. Recordar sintiendo los olores, sabores, el miedo, la sensación en el cuerpo, la percepción íntegra del acontecimiento, como si estuviera pasando (Blanca, 2019: 30-31).

Como señala Marina, las víctimas ya adultas suelen padecer el miedo constante a que vuelvan a ocurrir los abusos, reviven sensaciones o recuerdan fragmentos de esas memorias bloqueadas y reprimidas. En esa línea, durante la entrevista que le realicé, ella marcaba las conexiones entre las experiencias atravesadas por los sobrevivientes de ASI y los de otros sucesos trágicos:

es una secuela muy típica de abuso sexual infanto-juvenil, esto de revivir constantemente el hecho, el suceso traumático. Justamente, como les pasa a las personas que estuvieron en campos de concentración o quien fue víctima de un suceso natural que sueña, tiene pesadillas, tiene miedo de que le vuelva a pasar, los recuerda constantemente y demás… los sobrevivientes de abuso sexual tardan años en poder dejarlo y verlo como algo que ya pasó y que no va a repetirse necesariamente (Entrevista a Marina, 16/07/2014).

Estos recuerdos no forman parte sólo de un pasado doloroso, sino que tienen consecuencias en la vida adulta. Esas consecuencias se manifiestan como marcas ineludibles que perturban la “normalidad” con la que se espera que se desarrolle la vida. Es decir, sostienen que el abuso sexual deja marcas que son ineludibles y siguen presentes durante toda la vida. En ese sentido, en un pasaje de su libro, Marina poéticamente escribe “ojos que no ven, corazón que siente igual”, resaltando cómo los abusos sufridos son algo que está presente y que marca todos los aspectos de la vida, incluso cuando no se recuerdan.

Una respuesta a aquella pregunta planteada más arriba sobre por qué narrar abiertamente lo sufrido fue dada por Ana en uno de los programas de televisión[8] a los que fue invitada. Con su pañuelo rojo que decía “Yo sí te creo”,[9] Ana se sentó frente a la presentadora y fue interpelada para contar su historia. Dijo que ella consideraba que es posible sanar las heridas generadas por los abusos sufridos, pero que para eso era necesario “poner en palabras”:

Ana –… es una manera de transformación … ponerle palabras a lo que muchas mujeres y varones viven en la infancia y que a veces por auto protección negamos, porque también socialmente todavía es un tema muy tabú. Nos cuesta mucho. Una forma de transformar mi historia es luchando, exponiéndome, hablando de lo que yo viví para que otras personas también lo puedan hacer.

Presentadora –¿Te cuesta hablarlo, revivirlo cada vez que lo contás?

Ana –Cada vez menos. Para mí la palabra tiene un poder transformador. Entonces, cuando yo lo cuento habilita a que mi propia historia y la historia de otras personas también transformen.[10]

Como vemos, las narraciones del trauma que ponen en juego ideas acerca del “tabú”, del “poner en palabras” y de la “transformación”, juegan un papel central a la hora de acercar sus historias a otras víctimas y a la sociedad en general con el fin de visibilizar la problemática. Fassin y Rechtman sostienen que el trauma “no es solamente la consecuencia de una experiencia intolerable, sino también un testimonio en sí mismo, un testimonio de lo que le ha pasado al ser humano (…)” (Fassin y Rechtman, 2009: 20). De esta forma, podemos hablar de una “traumatización de la experiencia”, es decir, el trauma psíquico permite dar testimonio de las experiencias del pasado como marcas presentes dejadas por esos eventos dolorosos. Por otra parte, cabe recordar que, como han señalado Mariano Plotkin y Sergio Visacovsky (2007), en nuestro país la importante difusión y aceptación del psicoanálisis llevó a que éste sea “diseminado como un artefacto cultural polisémico”. Esto provocó que muchos de sus conceptos se fueran incorporando al lenguaje cotidiano, aunque no necesariamente conservando sus significados originales. Siguiendo esta lógica, los sobrevivientes de abuso movilizan estos términos que no se ajustan necesariamente a sus definiciones técnicas o clínicas, para explicar sus experiencias y sus padecimientos.

Soledad Gesteira (2016; 2019), en su investigación sobre personas que buscan su origen biológico sostiene que a partir de estos relatos los activistas logran “construir un relato, que con las sucesivas narraciones puede modificarse y complejizarse” (Gesteira, 2019: 28). Es decir, que a partir de relatar repetidas veces se construye un testimonio coherente que adquiere vital importancia para mostrar el sufrimiento. Lejos de resultar en situaciones de incomodidad, exponer la intimidad de sus padecimientos y del trauma, lo silenciado, es una herramienta, un recurso.

En un contexto en el que desde la Red se denuncia la invisiblización, los obstáculos y las deficiencias de los procesos judiciales, los testimonios de los sobrevivientes, la narración pública de los abusos sufridos, así como los traumas padecidos, adquieren relevancia. Según señala Barthe (2023) la victimización es un proceso colectivo ya que en él intervienen distintos actores que promueven o relativizan las reivindicaciones de estos grupos. Más aun, el autor señala que los efectos de la relativización, esto es, de la puesta en duda de la condición de víctima, pueden conducir a una “victimización secundaria”. Es decir, el no reconocimiento puede amplificar y radicalizar el sentimiento de quienes sufrieron el daño y la violencia e impulsar las denuncias de quienes dirigen sus críticas a las instituciones que relativizan su situación.

En el caso aquí trabajado el sistema judicial actúa como relativizador de las víctimas que componen La Red. Así, frente a aquello que ellos ven como sospechas y descreimiento por parte de un poder judicial, que se les presenta como distante y poco receptivo, los activistas hacen uso de sus traumas como testimonios y como forma de hacerse oír y validar sus reclamos hacia el Estado. Aquí resulta útil volver a la propuesta de Fassin y Rechtman (2009) que sostienen que el lenguaje de la psicología y el trauma, se presentan como una forma de comprender y dar sentido a la propia experiencia a lo largo de una vida, pero, al mismo tiempo, en un contexto caracterizado como poco receptivo o incluso en el que el ASI es invisibilizado, el lenguaje del trauma movilizado en sus relatos públicos, medios de comunicación, libros, etc. forma parte del modo en que desde La Red exigen reconocimiento de su voz pública.

De todos modos, cabe dar un paso más y ampliar la problematización de estas formas de enunciación pública del sufrimiento. Al analizar este tipo de narraciones movilizadas por víctimas de accidentes industriales en Francia, Stéphane Latté (2023) busca cuestionar el carácter espontáneo que suele atribuirse a la conformación de grupos de activistas que han atravesado acontecimientos trágicos y fortuitos. El autor sostiene que la fuerza del evento hace que ubiquemos nuestra mirada en el sufrimiento y en la solidaridad entre las víctimas que surgirían por haber atravesado los mismos hechos. Pero destaca que esto es un producto de la construcción colectiva que convierte un suceso determinado en términos de un “evento crítico” con consecuencias dolorosas.[11] Así es como los abusos sufridos en el ámbito íntimo y privado cobran centralidad en tanto acontecimientos que, desde la posición de los propios protagonistas, explicarían el activismo y la solidaridad entre ellos.[12] Latté destaca que el “lenguaje del psicotraumatismo” es parte de los dispositivos que contribuyen a darle fuerza al evento crítico como hecho disruptivo que conduciría al compromiso con una causa. El autor advierte que estos discursos son movilizados en contextos específicos que les imponen ciertas normas de enunciación ajustadas a las expectativas sociales y culturales relacionadas con las víctimas, su sufrimiento y su inocencia.

Reflexiones finales: de víctimas a sobrevivientes, las dos caras de Jano

A lo largo de este trabajo hemos abordado el activismo de quienes sufrieron abuso sexual en la infancia, sus estrategias y argumentos, en un contexto en el que abundan los obstáculos y la falta de reconocimiento. En este marco la justicia ocupa un rol ambiguo para ellos. Por un lado, representa una institución frente a la que buscan reconocimiento y validación de su condición. Al mismo tiempo, se presenta como un actor al que es necesario discutir, disputar e impugnar. En efecto, si bien algunos trabajos han mostrado la centralidad del Estado en la oficialización de la condición de víctima mediante la emisión de certificados y documentos (Zenobi, 2011) que ofrecen a un grupo determinado la posibilidad de ser así reconocido (Sarti, 2009; 2011), en este capítulo he destacado que desde la mirada de quienes conforman este campo de activismo, el Estado es visto como un actor que puede negar la condición de víctima o de sobreviviente por lo que es necesario luchar por alcanzar ese reconocimiento público y oficial. Como resultado de esto, víctimas y familiares, ven la necesidad de movilizarse.

Como primer paso en ese camino, quienes integran La Red entienden que es necesario superar ciertas emociones negativas por otras que hacen posible levantar la voz y denunciar, “romper el silencio”. Este proceso va de la mano con la movilización de nociones de la psicología tales como “trauma”, “represión”, “proceso psíquico”, etc. Tal como plantea Didier Fassin, “en una economía moral contemporánea en la que el sufrimiento puede ser la base del reconocimiento social” (Fassin, 2023: 54), la puesta en juego de estos términos es un recurso socialmente validado que contribuye a comprender y explicarse la propia situación tanto como a generar adhesión, empatía y legitimidad.

Esas narraciones personales de sufrimiento y superación, que delimitan un antes y un después en virtud del abuso como “evento crítico” (Latté, 2023), dan sentido a lo que significa ser “sobreviviente”, al mismo tiempo que contribuyen a darle voz a los reclamos. Paradójicamente, la denuncia contra el Estado es movilizada a través de relatos acerca de la propia historia, cuestión que, en otros contextos, es denunciada como “revictimización”. En efecto, contar la propia historia puede ser parte de una revictimización que es considerada como parte del “maltrato” judicial cuando esto ocurre como exigencia del propio proceso penal, pero, en cambio, contar públicamente estos sucesos una y otra vez, dar su testimonio, forma parte constitutiva del “proceso de sanación” tanto como de la denuncia que impulsan estos activistas. Entonces el valor otorgado a “poner en palabras” y narrar el sufrimiento, debe ser entendido en el contexto en que ello ocurre. Es decir, “poner en palabras” no siempre significa lo mismo, sino que depende de dónde, cuándo y frente a quiénes se realiza.

Distintos autores han señalado la importancia de la figura de la víctima en el panorama contemporáneo, destacándola como un actor colectivo que adquiere centralidad a partir del reconocimiento de sus padecimientos. No obstante, tal como señalan Diego Zenobi y Maximiliano Marentes (2020), ser o no ser víctima no es una cuestión evidente, por el contrario, debe ser entendido como un producto social y político en el cual intervienen un conjunto de agentes que pueden promover o impugnar esta categoría. En este punto resulta útil volver a la propuesta desarrollada por Yannick Barthe (2023), que propone comprender la victimización como un proceso reflexivo a través del cual un individuo o un grupo se reconocen a sí mismos y son reconocidos por otros de ese modo. Este proceso reflexivo supone “problematizar ciertos aspectos de su existencia, su identidad y su pasado” (op. cit.: 315). Es decir, identificarse como víctima implica una cierta reflexividad siempre realizada desde el presente que mira hacia el pasado. Siguiendo estos lineamientos, podemos observar que, en este caso, el pasaje de “víctimas” a “sobrevivientes” da cuenta de una posición activa contrapuesta a la supuesta pasividad asociada a la categoría de “víctima”. Recuperando el hecho de que se trata de un cambio categorial que se da en el marco de una lucha pública, puede verse que este proceso no se limita a una reflexividad que mira hacia el pasado sino que, al mismo tiempo –y al modo de las dos caras de Jano– sitúa a los activistas de la Red de cara al futuro. En efecto, mientras que la posición de víctima es reclamada en el ámbito judicial como forma de reconocimiento de los padecimientos particulares sufridos en el pasado, nombrarse colectivamente como “sobrevivientes” responde a la necesidad de presentarse de una forma “empoderada” y activa en el espacio público donde se despliegan, hacia el futuro, la movilización y la lucha.

Referencias bibliográficas

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  1. Licenciado en Ciencias Antropológicas, Instituto de Ciencias Antropológicas (ICA), Facultad de Filosofía y Letras (FFYL), Universidad de Buenos Aires (UBA).
  2. Con el objetivo de mantener una distancia entre el discurso expresado por mis interlocutores y mi análisis sobre ellos, es que decidí mantener el anonimato de las personas con las que trabajé y dialogué en esta investigación. Es por esto que el nombre de Marina y el de los otros integrantes fueron cambiados, aunque los nombres de las organizaciones y los libros escritos por ellos fueron conservados con la expectativa de que este trabajo pueda contribuir a visibilizar sus historias y su tarea.
  3. Mercedes Barros (2008), en su análisis sobre la conformación del movimiento de derechos humanos en Argentina, propone que los familiares de detenidos-desaparecidos no confluyeron en una causa común tanto por el hecho de la desaparición en sí misma o por alguna condición a priori, sino a causa de las experiencias de rechazo y la falta de respuesta por parte de la justicia y el gobierno militar frente a sus reclamos. Es esta “cadena de equivalencia entre sus reclamos insatisfechos” la que les permitió trazar un paralelismo entre sus distintos casos particulares y a partir de allí agruparse.
  4. Este tipo de acciones puede ser ejemplificada con el proyecto de ley desarrollada e impulsada por La Red en el 2014 en la cual propusieron la creación de una secretaría de abordaje integral del Abuso sexual Infanto-Juvenil (A.S.I.J). No obstante, este proyecto no logró tener sanción en ninguna de las cámaras.
  5. Fuente: página web de la agrupación “Adultxs por los derechos de la infancia”. Disponible en: http://adultxsporlosderechosdelainfancia.com/grupo-de-pares/
  6. Cabe señalar que por medio de este libro esta agrupación logró ser recibida por miembros del gobierno y por el entonces presidente de la nación. Fuente: “El presidente recibió sobrevivientes de abuso sexual durante su infancia”, Argentina.gob.ar (19/11/2021). https://www.argentina.gob.ar/noticias/el-presidente-recibio-sobrevivientes-de-abuso-sexual-durante-su-infancia
  7. En su investigación etnográfica sobre el maltrato infantil en Argentina en la que analiza el papel de la pediatría, el derecho y el psicoanálisis, Julieta Grinberg advierte que “varios autores han señalado que las violencias sexuales producen traumatismos irreversibles y que ello ha llegado a ser en la actualidad una verdad indiscutible” (Grinberg, 2015: 20).
  8. Fuente: El diario de Mariana (25/07/19). Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=OxYKUNMfjCk
  9. Este pañuelo evoca diversos pañuelos que a lo largo de la historia argentina han influido en la agenda de derechos humanos, y se han convertido en símbolos políticos de un particular valor local en nuestro país. La consigna “Yo Sí te creo” forma parte de una campaña que realizaron en el año 2018 que ponía el foco en la importancia de creer en la palabra de niños, niñas y adultos que denuncian ASI.
  10. Fuente: “La dura historia de Ana”, El diario de Mariana (25/07/2019).
  11. Por esta razón el autor propone recuperar otro tipo de solidaridades preexistentes (territoriales, por ejemplo) o trayectorias de militancia que pueden explicar el compromiso público de algunas víctimas.
  12. A diferencia de otros movimientos de víctimas y familiares de nuestro país como los conformados por las víctimas de violencia policial (Tiscornia, 2008; Pita, 2010) o las tragedias de AMIA, Cromañón (Zenobi, 2014) y Once, en el caso de las víctimas de ASI la figura del victimario no recae en el Estado, sino en personas vinculadas al ámbito privado y cercano a las víctimas. Esta particularidad refuerza la necesidad de exponer estos “eventos críticos” como forma de trasladarlos del ámbito privado en el que ocurrieron, al ámbito público.


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