Trayectorias entre “el movimiento” y “la política”
Abril Joskowicz[1]
El miércoles 22 de febrero del 2012 a primera hora de la mañana, la formación “chapa 16” del Ferrocarril Sarmiento realizaba su recorrido habitual desde la estación Moreno hacia la estación Once de Septiembre. Al llegar a esa estación terminal y comenzar su entrada al andén, la formación iba a una velocidad más elevada de la habitual. Aunque estaba cada vez más cerca del paragolpes de contención ubicado al final de las vías, la velocidad no disminuía: el tren no frenaba. Mientras algunas personas comenzaron a gritar al advertir la situación, se escuchó un fuerte estruendo, el aire se llenó de polvo naranja y humo, un fragmento de hormigón salió volando por los aires y las ventanas de los vagones estallaron, rompiéndose en pedazos.
En las horas posteriores al choque del tren contra el paragolpes de contención, se desplegó un operativo de emergencia en la estación, a través de dispositivos estatales como el Sistema de Atención Médica de Emergencias (SAME), la Dirección Nacional de Emergencias Sanitarias (DINESA), la policía y los bomberos, que llegaron a la escena para intervenir en la situación. El hecho dejó un saldo de 789 heridos y de 52 fallecidos.[2] La noticia de lo sucedido se difundió rápidamente y familiares y amigos que tenían conocidos que viajaban en ese horario comenzaron a buscar información sobre ellos.
En los días siguientes, algunos familiares de las personas fallecidas comenzaron a comunicarse entre sí: padres, madres, hermanos empezaron a contactarse. Habían intercambiado números de teléfono durante las largas esperas en hospitales y morgues. Esos espacios por los que circularon aquellos días se habían constituido inadvertidamente en puntos de contacto que terminarían contribuyendo a que se articulara una red de afectados, el llamado “Movimiento de Familiares y Amigos de Víctimas y Heridos de la Tragedia de Once”. Con el correr del tiempo este colectivo denunciaría por lo sucedido al Estado y a los empresarios que gestionaban el ferrocarril.
En este capítulo me propongo analizar las trayectorias de los referentes del movimiento de víctimas de la Tragedia de Once, poniendo especial atención en sus compromisos públicos. Tal como plantea Latté (2023) los eventos críticos no implican necesariamente una revelación y conversión total sino, más bien, la continuidad de ciertas relaciones sociales, trayectorias y prácticas, bajo nuevas condiciones que delimitan nuevas formas de intervención. En este caso se observa cómo ciertos saberes y experiencias de militancia previas permitieron que algunos familiares se constituyeran en portavoces visibles del movimiento. Al mismo tiempo, la condición de víctima se reveló como una puerta de entrada al mundo de la política profesional, habilitando nuevas trayectorias, formas de intervención y articulación pública. Aquí muestro el carácter contextual de “política” (Balbi y Boivin, 2008) como una categoría que puede ser movilizada para hacer referencia tanto a la “corrupción” –cuando se trata de acusar a los responsables del hecho–, así como a la posibilidad de promover el bien común y “cambiar las cosas desde adentro”. De este modo, este texto problematiza la relación entre las “víctimas” y la “política”, mostrando cómo estas categorías se transforman en el curso de una lucha colectiva.
Un acto ¿político?
El 22 de febrero de 2022 llegué a las 7:45 de la mañana a la estación Once de Septiembre para asistir al acto de conmemoración de la “Tragedia” de Once. En 2012, el choque de la formación “chapa 16” del tren Sarmiento en esa estación había provocado la muerte de 52 personas y más de 700 heridos. Expectante por el evento que se realizaría, fui siguiendo las publicaciones de Instagram del “Movimiento de Familiares y Amigos de Víctimas y Heridos de la Tragedia de Once”. Algunas convocaban a la población a participar del acto con la gráfica “2+2+2+2+2 = 10 años de dolor y búsqueda de justicia”; otras invitaban a enviar adhesiones: “Acompañanos! Sin banderas políticas ni gremiales”.
Durante distintos momentos de mi trabajo de campo observé el esfuerzo colectivo de los integrantes del movimiento por distanciarse de “la política”, ya que, según me dijeron, “la política vuelve oportunista al dolor” (Diario de campo, conversación con familiar, febrero 2022). Para los familiares, los principales responsables de lo sucedido fueron tanto los empresarios de la empresa Trenes de Buenos Aires (TBA), concesionarios de la línea Sarmiento, así como diversos funcionarios políticos a quienes acusaban de “corrupción”. Como comenta Pereyra (2013), la corrupción se instaló como lenguaje político desde los años 1990 y, de forma recurrente, la actividad política aparece asociada a este término. En este marco, los escándalos vinculados a la corrupción resuenan especialmente en distintos sectores sociales atravesados por una profunda desconfianza hacia la esfera política. Así, en este caso, “la política” se presenta como el ámbito encarnado por quienes provocaron la muerte de seres queridos. De ahí que el discurso público se sostenga en rechazos, críticas y denuncias hacia ese universo.
Al llegar a la estación, todo parecía funcionar como si se tratara de un día normal. Los pasajeros iban y venían como siempre y nada parecía indicar que en ese mismo espacio se desarrollaría un acto. Me pregunté si tal vez me había equivocado de día: esperaba encontrarme con un despliegue más notorio y disruptivo en el espacio. Un rato después, noté que había un grupo de personas amontonadas cerca de uno de los andenes, acompañadas por cámaras y micrófonos. Un oficial de la policía, encargado de controlar el acceso al evento, me preguntó si asistía a la conmemoración y me permitió pasar por el molinete de la estación sin pagar. Todo esto marcaba una gran diferencia con los actos conmemorativos a los que estaba habituada a asistir, en general de carácter contencioso, tenso, en conflicto con las autoridades o con aquellos actores que representan a quienes se considera responsables de la desgracia. Aquí, en cambio, todo parecía desarrollarse en términos más “institucionales” o “no confrontativos”.
Minutos después de mi llegada, en el andén de la estación –el mismo en que se produjo el choque de la formación chapa 16 contra el paragolpes de contención–, un gran número de personas formó un círculo. Los familiares de las víctimas se encontraban en el centro, de espaldas a la vía del tren, luciendo remeras con las caras de los fallecidos. Frente a ellos, un grupo de periodistas ocupaba un espacio considerable: relataban y documentaban cada momento del acto. También estaban presentes otros familiares de víctimas, entre ellos algunos padres de la tragedia de Cromañón, incendio ocurrido durante un recital de rock en el año 2004; Viviam Perrone, cuyo hijo fue atropellado, abandonado y posteriormente fallecido, junto a otras integrantes de Madres del dolor –una asociación civil nacida en el 2004 conformada por madres que perdieron a sus hijos en diferentes delitos–, Carolina Píparo, quien en el 2010 fue asaltada y baleada a la salida de un banco, lo que provocó la muerte de su bebé en gestación; y Matías Bagnato, que sufrió el asesinato de sus padres y hermanos en 1994, entre otras víctimas y familiares presentes.
En este marco, y considerando la mirada sobre “la política” que solía difundirse desde el movimiento, me sorprendió encontrar que en el acto había numerosas e importantes figuras políticas. A ambos lados del círculo, se ubicaban representantes de diferentes partidos políticos opositores al gobierno de ese entonces, encabezado por Cristina Fernández de Kirchner. Allí había integrantes tanto del partido de centroderecha Cambiemos así como de otros de izquierda como el Movimiento Socialista de los Trabajadores (MST) y el Partido Obrero. Además, el orador invitado para ese día era un periodista argentino reconocido en los medios de comunicación argentinos por su postura pública de oposición y crítica al gobierno nacional.
A las 8:30 en punto el periodista anfitrión dio inicio al acto conmemorativo pronunciando unas breves palabras con las que agradecía a los familiares por la invitación y al público presente. Tres minutos después, como en cada aniversario, sonó la sirena que marcaba el inicio del minuto de silencio. Bajo el ruido opaco y constante, algunos familiares se abrazaron entre sí, otros lloraron mientras miraban hacia el frente y algunos dirigieron su mirada hacia el suelo. Una vez finalizado el minuto de silencio, dos familiares se ubicaron en el centro del círculo y comenzaron a leer los nombres de las víctimas fallecidas mientras los presentes gritaban “¡justicia!” tras cada uno. Ese momento me recordó a los actos que se realizan cada 24 de marzo, Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia. Ese día se conmemora en Argentina a las víctimas de la última dictadura militar con una gran concentración en Plaza de Mayo en la que se recuerda a los desaparecidos con el grito de “¡Presente!”. En este caso, la modalidad y el ímpetu eran los mismos, pero con la palabra “¡Justicia!”.
Cerca de las 8:45 Paolo Menghini y María Luján Rey –padres de Lucas Menghini Rey, un joven fallecido en el choque del tren– tomaron la palabra para leer el documento elaborado desde el movimiento. Ambos son reconocidos como los portavoces más destacados del colectivo:
Hace 10 años este lugar se llenaba de gritos de auxilio, de sirenas, de pedidos desesperados. Una tragedia previsible, anunciada, a la que el abandono nos había arrastrado, se hacía presente generando un dolor definitivo e inmenso. ¿Quién no recuerda adonde estaba aquella agobiante mañana de febrero de 2012? Cada uno de ustedes, cada uno de nosotros podríamos relatar con detalles cada minuto de ese siniestro día, aquel que divide en dos no solo nuestra vida, sino la del país. Una historia marcada por el dolor y por hechos que nos marcaron a fuego (Recorte del documento leído en la conmemoración, 2022).
El discurso leído y el acto en su conjunto permiten observar un modo particular de hablar, de ocupar el espacio público y de vincularse con distintas figuras, que el movimiento de familiares fue construyendo a lo largo de los diez años transcurridos entre la Tragedia y esta conmemoración. La escena del acto condensa distintos aspectos que me propongo explorar en este capítulo: la relevancia del evento disruptivo, las relaciones entre familiares, sobrevivientes, políticos y medios de comunicación, en un escenario donde el sufrimiento y el dolor aparecen como emociones movilizadas (Zenobi, 2020).
Un “nuevo todo”: sin venganza, con justicia
Entre quienes participaron de las primeras reuniones del colectivo, dos figuras adquirieron visibilidad desde el inicio: María Luján Rey y Paolo Menghini, padres de Lucas, uno de los 52 fallecidos. Su historia personal y la forma en que se hizo pública tuvieron un papel clave en la conformación del grupo y en su aparición en los medios de comunicación.
Lucas era un joven de 20 años de estatura mediana y cabello ondulado y oscuro, vivía en San Antonio de Padua, una ciudad situada en el partido de Merlo, en la zona oeste del área metropolitana de Buenos Aires, junto a su padre. Su madre y su hermana también residían en Padua en una casa cercana. El Chimu, como lo llamaban, trabajaba en un call center de la calle Mitre, a unas quince cuadras de la estación Once, y ese 22 de febrero, como todos los días, tomó el tren para ir a trabajar.
Cuando María Luján y Paolo recibieron la noticia de que el tren Sarmiento había chocado, intentaron comunicarse con su hijo, pero no obtuvieron respuesta. Al igual que otras familias, ese día ellos recorrieron la estación, los hospitales y las morgues. Esa misma noche, el operativo en el tren se dio por finalizado, pero Lucas seguía sin aparecer. Paolo y María Luján decidieron continuar buscándolo. Para difundir su búsqueda hablaron con medios de comunicación difundiendo imágenes y características de Lucas. Luego de recorrer varios hospitales y escuchar hipótesis sobre dónde podría estar su hijo, llegaron a la conclusión de que el tren no se había terminado de revisar correctamente. Así fue que, dos días después, a partir de la intervención del juez de la causa, el tren fue reabierto y el cuerpo de Lucas fue hallado entre la tercera y cuarta formación de vagones. La noticia generó un enorme impacto público.
El suspenso y el dramatismo implicados en la búsqueda de Lucas hicieron que María Luján y Paolo fueran conocidos públicamente de manera muy veloz y, al principio, involuntaria. Ellos fueron quienes impulsaron las primeras convocatorias a otros familiares, con el fin de realizar los primeros encuentros entre los afectados por el suceso. Tal como señala Hernández (2020) muchos se habían conocido durante la búsqueda por hospitales y morgues judiciales, contextos en los cuales intercambiaron contactos e información.
La primera reunión se realizó en las escalinatas de la catedral metropolitana. En ese primer encuentro –al que asistieron entre diez y quince familias– se presentaron públicamente de cara a la sociedad como un colectivo. En esa ocasión, Paolo tomó la palabra y expresó su intención de no “dejarse llevar” por “banderas políticas partidarias”: “Tenemos una sola bandera y ninguna otra, la del luto y la de la búsqueda de la verdad […] como ciudadanos debemos creer en la justicia”.[3] Desde ese momento, María Luján y Paolo se consolidaron como figuras públicas a través de su participación en diversos programas televisivos y notas periodísticas y progresivamente se convirtieron en las caras más visibles del movimiento de familiares. Según un integrante del colectivo: “María Luján y Paolo son los portavoces del grupo por la presencia que ellos tienen en los medios, que, en principio, es por el cómo y el cuándo se encontró a Lucas” (Hernández, 2020: 291). Sin embargo, como se verá, no fue solo la trágica historia de Lucas lo que convirtió a este padre y a esta madre en líderes del movimiento y en figuras públicas.
En el caso de Paolo, esta no era su primera experiencia en espacios organizativos orientados a promover algún tipo de demanda. El comenzó a trabajar en 1994 en la Televisión Pública y, según sus propias palabras, en el año 2012 “ya tenía 17 años de experiencia en el ámbito gremial de la prensa” (Diario de campo, conversación con Paolo Menghini, 02/2022). Había participado de asambleas y conocía perfectamente cómo funcionaba la dinámica de un colectivo cuando tenía que defender sus derechos:
Al canal tuvimos que defenderlo muchísimas veces de las privatizaciones y el colectivo de prensa es muy fuerte, trabajamos muchísimo durante muchísimos años, lo seguimos haciendo, entonces yo sabía cómo armar una asamblea, como organizarla (Diario de campo, conversación con Paolo Menghini, 02/2022).
Además de saber cómo convocar a una asamblea, él sabía redactar discursos y leerlos en público, también “manejar los tiempos”, esto es, calcular cuál era el momento adecuado para darles una mayor difusión. Aquella experiencia gremial acumulada se reactualizó y se vio reflejada en el marco del “movimiento”. Allí Paolo puso en práctica técnicas y dispositivos ya conocidos por él, tales como la definición de estrategias a fin de convocar a cada acto y organizar cuestiones prácticas que podían contribuir a darle un cierto orden y eficacia a las interacciones grupales, como la elaboración de una lista de oradores o la realización de minutas:
Éramos dos o tres personas que nos poníamos como cabeza de la reunión que entre todos veíamos cuáles eran los ítems que teníamos que tratar ese día, organizábamos una lista de oradores, por ejemplo, que a nadie se le había ocurrido (Diario de campo, conversación con Paolo Menghini, 02/2022).
Paolo conocía el lenguaje de “la política” y se manejaba en él con naturalidad. Sin embargo, ahora, los comunicados no reclamaban un salario digno, los actos ya no se trataban del colectivo de prensa y sus compañeros no eran los de siempre. Su condición de trabajador de la televisión pública fue esencial para que el movimiento contara con la colaboración de sus compañeros del canal para difundir todo lo relativo a la tragedia en sus primeros días y en particular la búsqueda de Lucas. Su experiencia sindical previa allí contribuyó a dinamizar la organización del colectivo de familiares. En ese camino, él se transformó en un referente del movimiento a partir de un recorrido previo que le otorgó herramientas para asumir su lugar como familiar de una víctima demandando justicia. Así fue como aquellos conocimientos y saberes se vieron reformulados y entrelazados con el lenguaje del dolor en su nuevo rol.
En diferentes contextos y situaciones los grupos de familiares de víctimas que se conforman para reclamar justicia deben lidiar con las diversidades ideológicas, de orígenes, trayectorias y afinidades personales. En ese sentido es que se suele promover un trabajo de homogeneización que busca integrar a individuos heterogéneos en un grupo sostenible en el tiempo. En aquellas primeras reuniones del colectivo Paolo se mostraba preocupado por algunos aspectos concretos, relativos a las formas de organizarse, a fin de no repetir lo que veía como debilidades o flaquezas de otros grupos similares:
La cosa se ponía un poco más compleja porque se ponían un poco más beligerantes en el accionar y nosotros decíamos, no podemos ser tan tontos de no aprovechar la experiencia de esos grupos como los familiares de AMIA, de Cromañón, de Kheyvis, de ECOS, para las cosas positivas que son la enorme mayoría, pero también vimos las flaquezas de esos grupos y lo que les había pasado, entonces dijimos, a nosotros esto no nos puede pasar. Matémonos, peleémonos durante cuatro horas a los gritos, pero encontremos un punto común (Diario de campo, conversación con Paolo Menghini, 02/2022).
Uno de los temas centrales con los que debieron lidiar a lo largo de ese proceso fue el de las emociones, que como hemos visto anteriormente, se torna una cuestión central en este tipo de movimientos. Tener la “cabeza fría” y evitar “dejarse llevar por los impulsos” aparece como una forma “propositiva” de participar:
Muchas veces disentíamos en la manera, en los lugares, en las condiciones que se planteaban. Cuando vos estás en esta situación tenés dos posibilidades: dejarte llevar por lo que sentís o tener la cabeza fría para decidir qué es lo mejor cuando vos decís ‘aunque yo quisiese hacer tal cosa sé que lo mejor para el colectivo es hacer tal otra’, ahí te estas poniendo en un lugar que es propositivo (Cuaderno de campo, conversación con familiar, 02/2021).
La necesidad de autocontrol aparece en un contexto en el que las emociones pueden adoptar formas que son vistas como negativas:
El odio es como una plantita que va creciendo… que es mezcla de tristeza, de desazón, de soledad, de angustia, esa mezcla horrorosa que se nos arma, si vos la dejas crecer va a crecer. […] vas a empezar a revolear piedrazos para donde salga. Entonces, es lo que tenés que dominar, porque el odio es un sentimiento absolutamente humano, el problema es que hacés con ese odio, o sea lo tenés que manejar porque además el odio te mata (Cuaderno de campo, conversación con familiar, 02/2021).
Es en este contexto en el que, ya no entre los integrantes del colectivo sino hacia afuera, en relación a la denuncia de los responsables del hecho, la cuestión emocional reaparece bajo una tensión particular. Como comentan Vecchioli y Rebollar (2017) en los movimientos de víctimas la cuestión de las emociones es un tema central y muchas veces puede tomar la forma de una oposición entre “venganza” y “justicia”. Allí aparece la reivindicación de la “acción pacífica” como parte central de su lucha. En los discursos públicos, esa diferencia se hace explícita. En el acto de conmemoración de los diez años de la Tragedia que describimos más arriba, Paolo decía:
Junto con nuestro dolor comenzó nuestra búsqueda de justicia […] La bandera que encabeza nuestro pedido no es la bandera del rencor ni la venganza. Es la de todos los hombres y mujeres de bien de este país, la de la justicia, la verdad y la memoria, la de la lucha para que las víctimas que han dejado la vida en ese tren, descansen en paz (Discurso de Paolo, acto de conmemoración, 2013).
Los familiares expresan el dolor, la angustia y el sufrimiento en cada discurso, pero evitan hacerlo desde la “venganza”, como decía Paolo. Esa “pacificación” no es natural ni espontánea: es el resultado de un trabajo colectivo orientado a producir una imagen de víctima “pacífica”, “racional”. Paolo tuvo un rol clave en ese proceso. Un integrante del movimiento recordaba:
En el primer acto, el primer mes […] ya tenía contacto con Paolo y le digo –¡Cortamos las vías, prendemos fuego todo! y él me dijo –No… en cada acto que hagamos no va a haber nada de eso (Cuaderno de campo, conversación con familiar, 03/2022).
Las características que tomó aquel acto conmemorativo “ordenado”, “pacífico” que describí más arriba, y que contrasta con el estilo de otras formas de movilización impulsadas por causas similares, no fue un producto natural, esperable ni espontáneo. El límite entre la “bronca” y el reclamo “ordenado” no está dado de antemano, sino que se negocia y se define al interior del grupo. Se espera que el dolor experimentado sea expresado adecuadamente y no traspase los límites del comportamiento “racional” demostrando la intención de buscar justicia a través de los mecanismos legales e institucionales preestablecidos.
Como parte de este proceso colectivo, la “crisis personal” y “absoluta” generada por el evento disruptivo y la muerte, es encauzada en el marco de un diálogo colectivo, contribuyendo al funcionamiento y sostenimiento del movimiento. Como me relataba uno de los familiares presentes en los primeros encuentros del grupo, se trató de un camino que fue desde lo personal hacia un “nuevo todo”:
Nos presentamos y pudimos más o menos saber cómo nos llamábamos… y ese no es un detalle menor porque es muy fundacional reconocernos por quién perdimos, porque nosotros en función de lo que nos había pasado perdimos la individualidad. No lo digo como un hecho negativo, perdimos la individualidad para ser parte de un colectivo, (…), que estaba compuesto por personas en una situación de crisis personal absoluta, que se desprendían de todo para formar un nuevo todo (Cuaderno de campo, conversación con familiar, 02/2022).
Pero la conformación de ese “nuevo todo”, tenía otros desafíos por delante, además de la cuestión relativa al manejo de lo emocional. Entre quienes denunciaban a empresarios y políticos a los que acusaban de “corruptos”, la política era considerada como un tipo de práctica que enfatizaba en las diferencias y que, por lo tanto, generaba divisiones. Entonces, del mismo modo que ocurrió con la “venganza”, “la política” también fue objeto de un trabajo colectivo.
En el año 2015 María Luján Rey, madre de Lucas, publicó un libro testimonial titulado “Desde mis zapatos”, un relato en primera persona donde narra el día anterior al choque de Once y en el que recorre cronológicamente los pasos, los hechos y los procesos que vivió tanto a nivel personal como colectivo, hasta el año 2015. Este tipo de publicaciones, al igual que los documentales u otros dispositivos culturales, funcionan como testimonios públicos de las víctimas y de sus allegados, y son valorados como herramientas de compromiso y como mecanismos a través de los cuales se pretende generar empatía y adhesión a una causa (Gandsman, 2013). En el libro de María Luján se propone una idea del movimiento de familiares como un espacio afirmado sobre el dolor y la búsqueda de justicia, que debe ubicarse más allá de las posibles divisiones o diferencias políticas: “nuestra lucha es bajo la bandera del luto y de la justicia, y que no permitiremos nunca que nuestro dolor, nuestro reclamo y nuestro esfuerzo sea objeto de pujas partidarias o gremiales” (Rey, 2015: 87). Así fue que, como parte de la vida cotidiana del movimiento se promovió el intercambio y la elaboración alrededor de las diferencias, especialmente cuando se trató de comunicar públicamente en entrevistas o discursos las posiciones sobre la Tragedia:
Cada palabra que nosotros decimos tanto en un comunicado como de manera particular en entrevistas, fue todo siempre consensuado, nosotros tenemos distintas ideas políticas, tenemos distintas ideologías, pero tenemos una idea en común, que es lograr la justicia completa (Cuaderno de campo, conversación con familiar, 04/2022).
Resumiendo, a través de un trabajo colectivo de homogeneización que implicó lidiar con la situación de crisis a través de elaboraciones en torno de la “venganza” y la “política”, los familiares construyeron una causa pública. Al hacerlo demandaron justicia, no sólo por sus casos particulares, sino, más bien, por la Tragedia de Once como una causa de carácter general (Vecchioli y Rebollar, 2019).
María Luján Rey: de la “lucha personal” a la política profesional
María Luján Rey y Paolo siempre estuvieron al frente de la organización de las reuniones, los actos y los comunicados oficiales del “Movimiento de Familiares y Amigos de Víctimas y Heridos de la Tragedia de Once”. Sus compañeros los reconocen como el “sostén del equipo” y destacan que gran parte de lo conseguido a lo largo de los años se debe, en parte, gracias a ellos. Sin embargo, si bien ambos son reconocidos de ese modo, el camino de María Luján fue algo distinto al de Paolo. Ese recorrido está narrado en el libro “Desde mis zapatos”, al que me referí más arriba. Al editar el libro, María Luján esperaba que el mismo fuera “una manera de generar conciencia, de que los familiares de Once no sean vistos como raros, de despertar ganas de acompañar a gente común y corriente a la que la vida se le dio vuelta de un día para otro”.[4]
El libro está estructurado a partir de una temporalidad marcada por la Tragedia: comienza con el día anterior al choque del tren. Justamente, aquella expresión “la vida se dio vuelta de un día para el otro” permite entender el cambio que experimentó María Luján Rey en relación a su contacto con “la política”. A diferencia de Paolo, antes de la Tragedia ella no había participado de encuentros o espacios políticos. Sin embargo, con las primeras reuniones y actos del movimiento comenzó a destacarse por sus intervenciones públicas y a ser convocada por distintos medios para entrevistas. En el libro recuerda ese momento como “el principio” de su exposición pública. María Luján recuerda que en esos primeros días “veía periodistas por todos lados. Cámaras, móviles, micrófonos. Algunos me preguntaban a mí y yo solo quería encontrar a mi hijo. No tomé conciencia de las dimensiones, no pensaba en esos momentos que alguien me vería en un noticiero, o me escucharía en una radio” (Rey, 2015: 27). En esa etapa inicial, en la que todo estaba comenzando para ella, esa situación le generaba nervios y vergüenza; su inexperiencia le generaba dudas sobre las respuestas que podía dar a los periodistas:
Recuerdo que, en un principio, el miedo me invadía. Temor a no estar a la altura de las preguntas, temor a mi vulnerabilidad, temor a la mirada pública. […] Me veía interrogada por cuestiones ajenas a mi lucha, intentando obtener alguna declaración referida a la realidad del país como si mi opinión por las paritarias docentes, por ejemplo, fuera de interés de alguien (Rey, 2015: 104).
El lugar que esta madre comenzaba a ocupar en esta etapa ya no era el de una familiar vinculada exclusivamente a la Tragedia, sino que ella comenzaba a ser interpelada en relación a cuestiones más amplias que excedían la lucha por esa causa.
Poco a poco María Luján fue tomando contacto con diferentes actores que pertenecen al mundo de la política. Su primer acercamiento fue como asesora del entonces diputado Gustavo Vera, quien trabajaba vinculado a movimientos sociales y a la ONG La Alameda, principalmente con temas asociados a la trata de personas, la explotación infantil y el lavado de dinero. Sin embargo, ese paso fue breve, al poco tiempo se alejó al percibir que el diputado tenía vínculos con el espacio político al que consideraba responsable de la Tragedia, y que había sido señalado durante el juicio, particularmente en la figura del exsecretario de Transporte.
Un tiempo después, ella fue convocada por la entonces gobernadora de la provincia de Buenos Aires, María Eugenia Vidal, para sumarse a la Dirección Técnica y Social de la gobernación bonaerense. Sus primeras tareas estuvieron relacionadas con canalizar los reclamos ciudadanos que llegaban a la gobernadora a través de redes sociales. En ese rol, actuaba como intermediaria entre las demandas de la población y los funcionarios políticos. Según sus palabras, era una forma de darle sentido a la experiencia que había vivido en los últimos años y se sentía cómoda haciéndolo.[5] En efecto, se trataba de un rol que ella misma había ocupado hasta hace no mucho, durante sus años de participación en el movimiento de familiares, donde había aprendido a vincularse con políticos, y a “representar la voz del movimiento” frente a funcionarios.
Durante ese período también fue una de las caras visibles en la elaboración y sanción de la ley 27.372, conocida como “Ley de Derechos y Garantías de las Personas Víctimas de Delitos”. La norma establece, entre otros puntos, la participación de las víctimas ante solicitudes de prisión domiciliaria, la creación de una comisión bicameral de concientización y promoción de sus derechos, y el acceso a tratamiento psicológico continuo para quienes hayan atravesado delitos, entre muchas otras cosas.
A esta primera etapa del camino que había comenzado María Luján, le siguió otra que se inició con la finalización del juicio por el choque del tren.[6] Luego de que los acusados fueron declarados culpables, María Luján comprendió que algo había cambiado. Para los familiares del movimiento, la sentencia representaba la concreción del objetivo por el que habían luchado durante tantos años. A partir de allí, su incorporación a la política partidaria marcó, según sus propias palabras, el cierre de una etapa y el inicio de otra. Ella explicó que para tomar la decisión de aceptar una candidatura había esperado la conclusión de los juicios y la condena de todos los responsables de la Tragedia. Así fue como en este contexto se dio el punto más alto de su recorrido en política cuando, en el año 2019, se postuló como diputada nacional representando al partido “Cambiemos”. Durante su campaña, en un programa de televisión, desarrolló esta idea:
Muchas de las cosas que no me gustan y quiero cambiar tengo que hacerlas desde adentro. Muchas veces me han ofrecido y siempre dije que no porque entendía que tenía que separar mi causa personal, la Tragedia de Once, con elegir un espacio político en el que poder participar. Por respeto a mis compañeros de lucha, por respeto a los familiares. Porque no todos pensamos igual, no todos tenemos la misma mirada del país, entonces cuando todos los responsables de la Tragedia de Once están condenados, dije bueno ahora sí es el momento de que de este paso más.[7]
A partir del lugar que ocupó en el movimiento junto a Paolo, su figura pública como familiar de una víctima se consolidó y fue el puntapié inicial para su integración a la política partidaria. Su presencia y sus preocupaciones en ese ámbito retoman las temáticas abordadas y reclamadas por familiares de víctimas. Desde entonces, María Luján expresó que su objetivo era volcar toda su experiencia acumulada a lo largo de los años y transformarla en un aporte para el “bien común”:
Pensar qué hubiera querido Lucas de todos nosotros me ayuda a levantarme cada día y tratar de transformar el dolor que uno siente en algo que sirva para todos de una u otra manera, transformarlo en cambios para el bien común.[8]
Entre los proyectos que impulsó, se destacan su propuesta para eliminar los micros de dos pisos, retomando la preocupación que había generado la tragedia del colegio ECOS –cuando un ómnibus repleto de adolescentes chocó en la ruta y fallecieron doce personas– y, ya en el contexto de la pandemia por COVID-19, una iniciativa para establecer la obligatoriedad de testeos de detección del virus al personal de transporte.
La especificidad de María Luján como figura política está marcada inevitablemente por su recorrido en el movimiento de familiares de la Tragedia de Once como familiar de una víctima de un suceso trágico. Esto se refleja en sus proyectos legislativos, elaborados desde su función como diputada. Pero, en rigor, se observa un pasaje desde la “causa personal”, como ella misma se refiere a la Tragedia de Once, hacia una noción más amplia de “bien común”, que se habilita a partir de su decisión de “meterse en política”, una vez concluida la principal causa judicial, con los responsables ya condenados. Este recorrido muestra que los modos en que se concibe “la política” no son unívocos ni lineales. Política puede significar tanto “corrupción” así como “la posibilidad de hacer algo”, “cambiar las cosas”, etc. Estas variaciones de significado están dadas en función del modo en que las personas movilizan esa categoría en contextos espaciales y temporales variables, de acuerdo con sus trayectorias, valores e intereses. De allí que sea necesario tratar a “política” desde una perspectiva situada puesta en juego por actores concretos en situaciones concretas (Balbi y Boivin, 2008).
Cierre: una tragedia dentro de otra tragedia
La escena descripta al inicio de este capítulo en la que se mezclan familiares de víctimas, funcionarios políticos, dirigentes gremiales y periodistas, expresa la ambigüedad que supone este tipo de movimientos en los que las tensiones entre sufrimiento y política aparecen como algo recurrente y suele esperarse que el dolor permanezca “no contaminado” por “la política”. Sin embargo, al observar de cerca las trayectorias de quienes encarnaron la voz pública del movimiento, se advierte una relación más compleja entre una y otra cuestión. Si bien en el marco del colectivo “política” fue movilizada como una categoría amenazante, potencialmente contaminante, años después, en otros espacios y en otro contexto temporal inaugurado por la finalización del juicio principal, la “política” representó una oportunidad de “transformar la realidad desde adentro”. Tratándose de un acto conmemorativo realizado diez años después del “inicio” de María Luján en el mundo de la política profesional, es dable pensar que la presencia de numerosas figuras políticas en aquel evento no respondió únicamente al impacto público del hecho o a la solidaridad, sino que dio cuenta de vínculos individuales y colectivos construidos a lo largo de varios años. Así es que la política no aparece únicamente como un espacio valorado negativamente, sino también como una práctica legítima, transformadora, en la que el compromiso con el “bien común” trasciende la lucha por una causa particular.
Tal como plantea Latté (2023) los eventos críticos no implican necesariamente una revelación y conversión total sino, más bien, la continuidad de ciertas relaciones sociales, trayectorias y prácticas, bajo nuevas condiciones que delimitan nuevas formas de intervención. En este caso, las trayectorias de María Luján y Paolo no responden a una única forma de luchar por su causa pública. Tal como ocurre en otros casos, para algunas personas el evento trágico resignifica saberes y compromisos previos; para otros, las nuevas formas de hacer abren caminos antes impensados, como llegar a ocupar una banca en el parlamento. El caso de Paolo muestra una figura que se transforma en víctima referente del colectivo a partir de un recorrido previo que le otorgaba algunas herramientas para organizar la demanda y modelar el espacio colectivo. La experiencia previa y los saberes acumulados oficiaron como apoyo de ciertas orientaciones, como parte de una tarea de homogenización –un esfuerzo siempre abierto y nunca acabado–, que incluía una cierta “pacificación”. Paolo transitó desde la militancia gremial hacia el movimiento de familiares. María Luján, en cambio, resaltando desde el inicio cierta distancia con “la política”, se aproxima más a la figura de la “activista accidental” (Hyatt, 1991), cuya condición de víctima operó como un capital simbólico que habilitó una trayectoria de creciente visibilidad e inserción, proyectándose desde el movimiento hacia la política profesional.
María Luján y Paolo tuvieron su propia tragedia dentro de otra tragedia. La búsqueda de Lucas se presentó como un rasgo particular que fue movilizado más allá de ellos mismos por un conjunto de actores más amplios tales como políticos, periodistas, otros damnificados, etc. Fue en ese contexto que la trayectoria previa de Paolo y el camino en ascenso que comenzaría a transitar María Luján cobraron relevancia y las formas de vincularse con “el movimiento” y con “la política” se vieron reconfiguradas.
Referencias bibliográficas
Balbi, F. A. y Boivin, M. (2008) “La perspectiva etnográfica en los estudios sobre política, Estado y gobierno”. Cuadernos de antropología Social, (27), pp.7-17.
Gandsman, A. (2013) “Narrative, Human Rights and the ethnographic reproduction of conventional knowledge”. Anthropologica, 55(1), pp. 127-140.
Hernández, C. (2020) “Familiares en acción. La tragedia de Once y la cuestión ferroviaria metropolitana en la escena pública”. En Pita, M. V. y Pereyra, S. (eds.). Movilización de víctimas y demandas de justicia en la Argentina contemporánea”. Buenos Aires: Teseo Press.
Hyatt, S. (1991) “Accidental Activists: Women and Politics on a Council Estate”. Annual meeting of the American Anthroplogical Asociation, Chicago.
Latté, S. (2023) ““Las movilizaciones de víctimas y la “fuerza del evento” Una crítica etnográfica a las teorías de la acción colectiva basadas en el acontecimiento””. En Zenobi D. (comp.). Víctimas: debates sobre una condición contemporánea. Buenos Aires: Teseo.
Rey, M. L (2015) Desde mis zapatos. Diario de una madre después de la tragedia de Once. Argentina: Grupo Planeta.
Vecchioli, V. y Rebollar, A. (2019) “El activismo de las víctimas y sus repertorios de movilización”. En Loeza Reyes, L. y López Pacheco, J. (coords.). Derechos Humanos y conflictos por la justicia en América Latina. México: UNAM Ediciones.
Weed, F. J. (1990) “The victim-activist role in the antidrunk driving movement”. Sociological Quarterly, 31(3), pp. 459–473. DOI: https://doi.org/10.1111/j.1533-8525.1990.tb00339.x
Zenobi, D. (2020) “Antropología política de las emociones”. The Journal of Latin American and Caribbean Anthropology, 25(1), pp. 123–144. DOI: https://doi.org/10.1111/JLCA.12446
- Licenciada y Profesora en Ciencias Antropológicas, Instituto de Ciencias Antropológicas (ICA), Facultad de Filosofía y Letras (FFyL), Universidad de Buenos Aires (UBA).↵
- El movimiento de Familiares y Amigos de Víctimas y Heridos de la Tragedia de Once representa a los muertos con un 51. Dentro de la imagen del 1 se observa un +1. El mismo refiere a que una de las mujeres fallecidas estaba embarazada y su marido consiguió que la justicia elevara el número de muertes de 51 a 52. De aquí en adelante se utilizará el número 52 que es el que refieren los familiares.↵
- Fuente: “Marcha en plaza de Mayo para exigir justicia por la tragedia del tren en Once”, La Nación (02/03/2012).↵
- Fuente: “María Luján Rey: ‘La vida de mi hijo se la llevó la corrupción’”, La Nación (2015).↵
- Fuente: “Perdió a su hijo en Once y ahora trabaja con Vidal”, Diario Perfil (2017).↵
- En el año 2014 se dictaron las primeras sentencias y veintiuna personas fueron condenadas incluyendo a directivos de la empresa concesionaria TBA como a funcionarios públicos. En 2018 se realizó un segundo juicio y se absolvió del estrago ferroviario al principal acusado, el exministro Julio De Vido, aunque fue condenado por administración fraudulenta.↵
- Fuente: entrevista en programa televisivo “La noche de Mirta Legrand”, Canal 13 (29/06/2019).↵
- Fuente: “Tragedia de Once: ‘cada aniversario es un poco revivir aquel día’, expresó María Luján Rey”, Revista Parlamentario.com (22/02/2022).↵






