Propuesta de nuevos marcos teóricos y metodológicos en lo internacional
Julio Ramón Lascano y Vedia
Introducción
El nuevo orden global encuentra al sistema internacional y a los Estados con algunas características nuevas y propias, distintas a lo vivido en la historia mundial, en razón de la conflictividad de los relacionamientos y las pujas de poder internacional, ligadas a fenómenos de poder y liderazgos políticos. En estos tiempos contemporáneas avistamos un nuevo orden mundial afectado al interior de los Estados, los fenómenos de poder, con afectación económica y social directa de las unidades de existencia colectiva –que son las sociedades y comunidades mismas–.
El diagnóstico no es novedoso respecto de la dinámica y los cambios en las relaciones internacionales. La velocidad de los cambios es, sin dudas, cada vez mayor. Los efectos de las nuevas tecnologías también. Y las afecciones en los órdenes institucionales y políticos en lo global conllevan una impresión de tecnología mayor a la anunciada a fines de los años noventa.
Las guerras y conflictos crecientes se suman y desdibujan unos a otros por la velocidad, irracionalidad o falta de negociaciones entre comunidades Estados y sus líderes. Los conflictos semejan a una edad media y unas cruzadas renacidas, pero bajo los códigos de ambiciones económico-financieras que han superado los marcos clásicos, porque les suman ideologismo, religiosidad y discriminación fascista.
Sumado a ello, hay problemáticas del pendiente reparto de las riquezas en el orden mundial que no se halla contenido en un esquema internacional de cooperación multilateral, tan útil y deseado en el siglo XX. Y tan desorientado y falto de valor en su accionar en este siglo XXI. En lo personal, siempre abogaremos por el mejor sistema multilateral de cooperación, pero conscientes de que, para crear y recrear tal sistema, debemos comprender su profunda crisis interna, sistémica y de escaso peso internacional.
La terminología referida a la globalización, desde fin de la década de los noventa y hasta la actualidad, jugó un importante rol en los factores de poder del sistema internacional. Tanto en lo que se denomina globalización negativa como la llamada globalización positiva.
En razón del desarrollo de las nuevas tecnologías, el mundo se halla absolutamente conectado y comunicado, tal como se previera en el pasado siglo cuando comenzamos a percibir los beneficios positivos de la globalización. Esta globalización y acercamiento de la ciudadanía mundial o achicamiento del mundo no fue nunca considerada como una panacea de beneficios para la humanidad, ni para los países ni para el mismo sistema internacional. Aunque significó una importante transformación en la evolución de la humanidad y su permanente búsqueda de paz y cooperación mundial luego de atravesar tan terribles guerras en el siglo XX.
Una visión positiva de la globalización se refirió a la extensión de la revolución tecnológica seguida a la revolución industrial encabezada por los Estados Unidos, luego de transitar la caída del muro de Berlín. La revolución tecnológica y la aparición y desarrollo acelerado de las nuevas tecnologías han sido de fuerte incidencia como fenómeno en los regímenes políticos de los países del planeta. También puede señalarse que ha sido importante la influencia de los Estados Unidos, y su abanderamiento en la democracia y la libertad, para la promoción de nuevos regímenes republicanos y democráticos en los países en vías de desarrollo. Y ni debe dudarse que Estados Unidos fue determinante en el diseño y la dinámica de la política internacional de los Estados y el sistema internacional, incluidas las teorías y métodos aplicados al sistema de cooperación internacional de la posguerra fría.
El derrame positivo de la globalización alcanzó innumerables rincones de la tierra antes excluidos de las posibilidades mínimas de desarrollo de la mano de un amplio sistema de cooperación internacional. Al mismo tiempo, la globalización generó la aparición en el comercio mundial de la República Popular China, rémora política del sistema comunista que muchos analistas ingenuos llegaron a estimar en dilución, desde la ignorancia y el desconocimiento de la importancia del mandato y destino manifiesto de Oriente en pueblos ancestrales que vivieron miles de años en guerras y conquistas por política, por comercio y por expansionismo territorial, como son Mongolia, China y Japón.
China no solo aprendió en tiempo y forma –y lo consolidó en este siglo– a conformar en su economía y con Occidente un formato propio de industria neocapitalista dirigida por el secretariado del Partido Comunista, sino que además promovió la generación de ricos que lograron por primera vez en su historia generar una importante presencia transaccional económica global. Ello lo pudo hacer sin una política mejorada en su régimen democrático, dejando ese desafío para los reduccionistas ideológicos que no creían posible que el régimen chino, con dictadura comunista, pudiera ordenar el trabajo y la producción y dedicarse a la captación de mercados mundiales de altísimo interés con bajísimos costos, como los mismos Estados Unidos y gran parte de la Unión Europea.
Para un análisis científico social apropiado dejamos aparte la cuestión de la democracia y los derechos humanos en el país, en tanto es una dictadura socialista conocida y aceptada –con restricciones semánticas de muchos– por todo el mundo. La gravedad del anacrónico sistema político chino en el siglo XXI le permite al país y a su dirigencia comunista confraternizar con todas las Naciones Unidas, el comercio regulado por la Organización Mundial del Comercio OMC, así como avanzar estratégicamente con inversiones de capital chino en varios continentes, como señalamos. También Latinoamérica está en tal mapa expansivo chino, con diversos proyectos e inversiones en la región. Es el caso de Argentina y su regionalidad rioplatense en la Hidrovía Paraná-Paraguay, y un observatorio base en el sur argentino.
La globalización positiva tocó sus propios límites pasada la década del noventa. El sistema de apoyo financiero internacional, afectado por ciertos fracasos de sus recetas en países socialistas y en países paupérrimos que no lograron resultado alguno para su crecimiento, se vio obligado a realizar revisiones en esas recetas que, de todas maneras, hasta la fecha no alcanzan a ser de suficiente eficiencia para el crecimiento y desarrollo de los países en vías de desarrollo y los países pobres. Aunque sin duda, estos países en el continente asiático, latinoamericano y africano pudieron en muchos casos ingresar a un sinnúmero de beneficios de la expansión del sistema comercial y financiero internacional, y mantienen la esperanza de ser países periféricos que puedan beneficiarse de su relativa inserción en el concierto internacional.
En paralelo, la expansión económico-comercial y financiera generada por la globalización, que ha aumentado en el presente siglo a las grandes fortunas del planeta, así como ha generado un volumen superior en las transacciones comerciales mundiales entre ciertas potencias puntuales como Estados Unidos, China, India. Esta expansión se mostró insuficiente para un mayor crecimiento de los demás países en desarrollo, y generó insatisfacciones que se manifestaron en el crecimiento de los problemas de deuda pública, dificultades para la modificación de modelos económicos hacia sistemas más desarrollistas y liberales, y estancamientos en nuevos estamentos de pobreza.
Es así que el relato de la globalización, en su funcionamiento político y económico, se redujo y no logró un costado positivo firme al encontrarse con escollos propios de planteos más ideológicos que científicos. Al tiempo nos ha dejado una realidad burbuja, donde más del 30 % del planeta se encuentra abocado al negocio financiero mundial entre países ricos, burbuja que se halla por encima de los problemas económicos de infraestructura reales atinentes a economías de escala, industrias de punta y comercio global ordenado. Al momento de un análisis científico del panorama internacional, deben estudiarse los importantes cambios acontecidos en el presente siglo a partir de la nueva dinámica del sistema generada por los factores de poder del sistema, como los Estados nacionales, las organizaciones internacionales, las ONG, los grupos privados con capacidades multinacionales, los negocios financieros y la incidencia de las mayores bolsas del mundo; todo ello en conjunto ha generado un nuevo mapa en la mundialización de la economía y la geopolítica mundial.
En definitiva, al fin de los noventa la globalización fue juzgada más por sus faltas y defectos que por sus beneficios. Porque con sus límites y pretendidos progresos indefinidos encontró límites naturales y humanos, que generaron el surgimiento de nuevas problemáticas mundiales que complicaron los albores del siglo XXI: nuevas amenazas a la paz y seguridad internacional, nuevas guerras convencionales y de frontera, la violenta aparición del terrorismo fundamentalista amenazando a Occidente, el fenómeno del crimen organizado y el narcotráfico, el cambio climático y una fuerte afectación al sistema de organismos internacionales y al sistema multilateral en general.
Estimamos que ante la fragilidad de la globalización y un nuevo conjunto de conflictos, enfrentamientos y dilemas, todo ello también afectó la política y la institucionalidad de los Estados en el mundo. Por ello vemos ahora claramente la fragilidad de los sistemas políticos, lo que se visualiza en muchos regímenes de Occidente, Oriente, África y América Latina. Esta fragilidad política institucional y democrática es una señal o alerta a tener en consideración.
Asistimos ahora a un clima de desconfianza en los regímenes políticos, hacia los sistemas democráticos y, con ello, a la búsqueda de alternativas neodictatoriales o neofascistas que reaparecen en el escenario político de manera abrupta y violenta, nublando las transparencias buscadas por la democracia y las luchas en favor de los derechos humanos.
Esto demuestra que en este siglo XXI la democracia, para tonificarse, renacer y consolidarse, requiere más que nunca de pensar y estudiar métodos y teorías en defensa de la institucionalidad y los mismos regímenes democráticos, que han garantizado los mejores años de libertad e igualdad a la humanidad moderna y contemporánea.
Casi como algo naturalizado, el escenario que prioriza el eficientismo y los resultados del crecimiento, y no el desarrollo de las sociedades, aparece dañando el Estado de derecho, las instituciones políticas republicanas de las democracias son cuestionadas, y contrapuestas propuestas y soluciones facilistas que ofrecen sacrificar todo Estado de derecho y las libertades del hombre prometiendo beneficios económicos y sociales rápidos. Estos nuevos fascismos, aunque parezcan aislados del sistema internacional, en general conllevan a los países y sus pueblos altos costos en la defensa de sistemas democráticos, impiden los proyectos de desarrollo económico regionales y locales, afectan derechos cívicos y humanos y suelen complicar la importancia de la seguridad social de los Estados, quitando así garantías jurídicas al ciudadano, aportante y trabajador de una vida. Sin saber que ello es lo que requiere un Estado democrático, más allá del régimen democrático.
El siglo XXI es el siglo de la explosión de las nuevas tecnologías, también nominadas TIC. Las TIC alcanzan la significación de una revolución única e inédita que también ofrece importantes beneficios para el mejoramiento de la calidad de vida humana, y el perfeccionamiento del sistema electoral y político democrático en funcionamiento en el mundo. Las nuevas tecnologías y la sociedad de la información, planificada por las más importantes empresas del mundo referentes en comunicación e información y sostenidas tanto por los Estados occidentales como por las Naciones Unidas, constituyen un nuevo eje de planificación y pensamiento para la defensa de los sistemas institucionales y la proyección del mejoramiento de la calidad de vida a partir de sus derivados de la cibernética, ciberseguridad, salud global informatizada y la temida inteligencia artificial.
El estudio y la socialización del conocimiento de los sistemas de control y vigilancia motores de las nuevas tecnologías son un punto central en el estudio académico que, pensamos, puede colaborar en un ordenamiento político mundial más estable y en un nuevo sistema de cooperación mundial. Por ello la política exterior de los Estados y las diplomacias de los Ministerios de Relaciones Exteriores de cada país necesitaría abocarse a la actualización profesional de estas cuestiones para que la negociación profesional del presente y próximo futuro se concentre en la necesidad de programas para el sostenimiento y la consolidación de regímenes políticos liberales sanos y democracias eficientes.
Pensamos que la afectación de las TIC y la inteligencia artificial no han sido ni son solo patrimonio de la educación o la salud, sino de la vida del ciudadano del mundo en general. Y en el orden interno y exterior, cuando nos toca en política internacional repensar la inserción internacional, las alianzas estratégicas y las negociaciones internacionales y jurídicas. La inteligencia artificial se encuentra ya aplicada a esta dinámica que aplica la diplomacia en el mundo, y también se desarrolla velozmente en el sector privado de la economía y finanzas mundiales.
También nuestro país debiera acompañar una política estratégica con programas para la aplicación de nuevas tecnologías en las burocracias y en la política, para que estas absorban lo mejor del sistema junto al sector privado, a quien este siglo debe el alto nivel de desarrollo en la temática. Diplomacia pública, diplomacia digital e inteligencia artificial, sumados a la actividad del diseño de la política del país en el orden externo e interno.
Los embajadores 4.0 no solo deben estar actualizados y contestes a la aplicación de las nuevas tecnologías, sino que deben convertirse en herramientas de negociación en favor de un nuevo pensamiento de las relaciones exteriores que analice científicamente el nuevo ordenamiento, dinamismo y desplazamientos del mundo de este siglo, y las directivas emanadas del poder de los grandes grupos y potencias estatales.
Plantear una escuela de estudio académico con teorías y metodologías para repensar las ciencias políticas, el rol del Estado, la vida colectiva y social y las relaciones internacionales, la economía y la política exterior es una necesidad imperiosa del nuevo siglo. Más por su conflictividad, dinámica de avances y atrasos del humanismo, las religiones, los pensamientos xenófobos y las anacrónicas ideologías. Porque al fin de siglo las guerras, el hambre, el fracaso de las organizaciones internacionales y las actualizadas ideologías libertadoras mostraron fracasos y debilidades, fragilidades que aún en este siglo no han sido abordados con estudios académicos de excelencia, y certidumbres que brinden soluciones pragmáticas, estratégicas e inteligentes.
Tenemos la certeza de estar condicionados por marcos teóricos para analizar la realidad mundial y de los Estados, como son: las teorías idealistas, la globalización positiva, el progreso indefinido, el neorrealismo liberal, el desarrollismo y neodesarrollismo, el nacionalismo, el independentismo, el realismo perisférico y el realismo absoluto, el centralismo y la planificación, el constructivismo, el autonomismo estratégico, la interdependencia compleja, la posglobalización, el posmodernismo, y así; un sinnúmero de replanteos que no consiguen salir de los mismos planteos politológicos y económicos donde el ser humano, aunque considerado centralmente, dista de ser el eje central del pensamiento, el Estado parece nunca satisfacer la vida y la cohesión social, y las fuerzas de los recursos, armas y poblaciones en tamaño y número generan una geopolítica mandante que no permite una ecuación científico-pensante para desatar el nudo de un mejor ordenamiento social, nacional o mundial.
En este siglo, que procura volver a centrar la discusión del orden mundial a partir de la defensa de los intereses nacionales, los desafíos de la inserción internacional y regional, la globalización y transaccionalidad económica, la geopolítica y seguridad internacional y regional, se aboca al estudio y análisis realistas de la incidencia de los factores de poder reales de los Estados y emprendimientos privados, un análisis de las políticas de inversiones adecuadas, políticas ligadas a las cuestiones tecnológicas y de inteligencia artificial, estudios de lineamientos relacionados con la defensa y soberanía territorial, políticas de selección de agentes y capacitación en la gestión pública para la comprensión y asunción de decisiones bajo parámetros convenientes en la realidad internacional.
Este es el desafío presente, el ordenamiento existente muta velozmente y con nuevas reglas de juego político y económico en continua formación y cambio, deberíamos estudiarlo con cientificismo y pragmatismo adecuados en la estrategia nacional y las relaciones internacionales.
Orden mundial, política exterior y democracias
Al pensar en este nuevo ordenamiento, debemos incidir con metodología científica que atraviese el panorama internacional considerando no solo la política internacional, las políticas exteriores de los Estados y los factores de poder en auge –finanzas y grupos privados mundiales– sino que debe incluirse en esta nueva realidad el estudio de factores del orden de la política interna de cada sistema, Estado y organismo. Y el peso que tiene sobre la conflictividad social y política del siglo XXI la posmodernidad y su consecuente revisión de valores y principios a partir de la posmodernidad, superada en tiempos contemporáneos por el egotismo y el yoísmo.
Representatividad y democracias cuestionadas
La representatividad de la política y los políticos está cuestionada en una gran cantidad de países que habían logrado en el pasado siglo, con muchos sacrificios, alcanzar sistemas institucionales estables, regímenes políticos representativos y Estados democráticos en muchos casos.
Cuando seguimos y analizamos estos fenómenos de manera global, buscamos señales que nos demuestren que el mundo de las libertades y regímenes democráticos ha alcanzado un estadio de mayor representatividad, sean reinados constitucionales, neoparlamentarios o democracias directas.
Debiéramos asistir a un panorama con un mundo más democrático y en un continente y país que consoliden su desarrollo, crecimiento y paz bajo sistemas republicanos y democráticos, en el orden político institucional.
Pero el estado de la democracia en el mundo y la representatividad política están en crisis de manera objetiva. A fines del siglo XX en Occidente, primero en Europa y luego también en países de Asia y de América Latina, el concepto de representatividad política fue jaqueado porque se vio rápida y directamente afectado por la problemática de las faltas de liderazgos mayoritarios y la falla de las alianzas políticas que garantizan la representatividad de los pueblos gobernados, al elegir sus coronas, presidencias, primeros ministros o jefes de gabinete.
En muchos de estos casos el eficientismo y el crecimiento económico han sido utilizados como argumentos de valor suficiente para no estar tan preocupados por la falta de representatividad política de tales países. Las soluciones más pragmáticas y de carácter neodemocráticas buscaron gobiernos técnicos o gobiernos de alianzas que con apenas una minoría gobernante pudieran cubrir la falta de representatividad y de liderazgos políticos legítimos en número. La eficiencia es lo que importa, señalan, la legitimidad se relativiza. Son sin duda algunos gobiernos con representatividad débil y de escasa estabilidad. En definitiva, la estabilidad institucional y de representatividad solo cobra importancia si las economías y finanzas del país se mantienen, aguantan o muestran desarrollo en algunos sectores de los pueblos de cada Estado.
No es necesario explicar lo frágil de esta ecuación, pues tal como juego de dominó, si la eficiencia y la eficacia económica yerran o no alcanzan, desarman no solo la demanda económico-social del país, sino que, además, ponen en juego la estabilidad institucional.
A causa de ello en Occidente y Oriente se desarrollan en las academias múltiples cursos de “liderazgo político” para que con esto puedan darse formatos de representatividad política y gobernanza que vuelvan a generar institucionalidad y estabilidad en los sistemas de gobierno estatal. Son buenas y óptimas iniciativas de aliento político, pero escasas de certidumbre y con el riesgo de confrontar las mismas crisis, o nuevas crisis de representatividad en el caso de que se piense que con mejores líderes políticos se alcanzan mayores bases de representatividad. Ojalá así fuera, pero la realidad en la historia de la gobernanza de los Estados muestra que esta no ha sido una regla política.
Nicolás Maquiavelo soñaba, a través de sus grandes obras y escritos, con la generación de normas, reglas y características de los príncipes que se convirtieran en garantes de la mejor gobernanza de los Estados. La modernidad asistió a extensas pruebas sobre estas verdades, unas exitosas y muchas fallidas. En ciencia política, la exactitud no es una regla de oro y las zonas grises responden al humanismo propio de la política y al ejercicio de gobernar. La representatividad suficiente –más o menos amplia– deriva aún de la suma de factores de poder que llevan al gobernante al poder. Factores de poder objetivos, factores económico-sociales y, en parte, factores que hacen al liderazgo político.
Las democracias como régimen y sistema están en jaque y cuestionadas a su vez. El mundo no aceptó nunca en su historia contemporánea que los sistemas democráticos fueran garantía del funcionamiento de un Estado democrático, un régimen más liberal o regímenes eficientes para la economía y bienestar de los pueblos. En los continentes asiático y africano, milenarias culturas de reinados y monarquías se han democratizado en formatos de gobernabilidad sin modificar sus sistemas electivos ni las normas básicas de convivencia, incluso entre clases sociales, castas, tribus o religiones diversas. A ello se sumó que en la historia contemporánea el socialismo y el comunismo se presentaron en sociedad con un largo alcance y éxito en el pasado siglo, y perduran como garantía de creencias propias sobre la defensa de lo absoluto de la gobernanza, la centralidad, el depósito de la representatividad en secretariados, partidos y otros formatos donde el socialismo pudo generar bases a medida para el gobierno de numerosos pueblos. En el mundo son muchas las dictaduras ancestrales, religiosas o socialistas más novedosas. Ni el fracaso del sistema soviético al caer el muro de Berlín en 1989 y desarmarse por completo el estado de países comunistas socialistas dejó de lado la existencia de sistemas de gobierno planificados y centrales con credos del comunismo. En estos países, habitantes del cincuenta por ciento de la humanidad actual, la representatividad política la dirige la sabia casta política que se arroga la comprensión e inteligencia democrática de sus pueblos. En estos países no existen dudas de que su desarrollo y crecimiento económico no está ligado ni al sistema democrático ni al alcance de la representatividad. En estos pueblos las medidas de condena son dictadas centralmente y obedecidas en su enorme mayoría. Los cuestionamientos, reacciones humanitarias, y revoluciones a los sistemas no han logrado doblegar aún la fuerza del centralismo comunista. Ello se ha consolidado en muchos casos en razón de resultados económico-comerciales exitosos dentro del propio sistema socialista. Oriente tiene en China, Vietnam, Corea del Norte y hasta en la lejana Cuba defensores del socialismo comunista al que aplauden por sus ecuaciones económico-sociales.
A ello debemos agregar los países que tampoco adoptaron en siglos los regímenes representativos y democráticos en tanto pudieran interrumpir sus tradiciones de gobierno, sus gobiernos fundamentalistas religiosos y hasta sus creencias ideológicas. Países árabes, africanos, de Medio Oriente, y hasta asiáticos, son países ancestrales que han sumado algunos formatos occidentales en su formato gubernamental sin dejar las costumbres de sus reinados y castas sociales vigentes en el pueblo. Las riquezas naturales en muchos casos han actuado como factores de poder en países de esta naturaleza, desde el petróleo hasta los minerales estratégicos, han colaborado y colaboran aún con la centralización del poder político económico, y con ello en reforzar dictaduras que por más que evolucionan en sus balanzas y servicios como países menos pobres o neodesarrollados, no saldrán de la ecuación autoritaria de poder.
La representatividad y la democracia no son condición alguna para formar parte del ordenamiento mundial, y ni siquiera del sistema de Naciones Unidas que se armó y rearmó en el siglo XX bajo un formato igualitario de representatividad, donde el equilibrio pasa por el veto de los miembros permanentes del Consejo de Seguridad, y no por andamiajes y clivajes referidos a la democracia, el humanismo o las libertades de los pueblos y Estados miembros del sistema.
Por su parte el llamado “estado de la democracia en el mundo contemporáneo”, de acuerdo con algunos estudios abocados a los problemas de democratización y de institucionalización de los Estados, lamentablemente, podría estar sufriendo un proceso de retroceso global real. Las advertencias sobre la fragilidad del sistema democrático de estos análisis indican que la población que vive en una democracia ha pasado de ser más del 50 % de la población global a menos del 20 % en los últimos años.
Esta fragilidad democrática, calculada por las consultoras especializadas en medir índices democráticos de los Estados, también indica de manera escalonada que, desde 1920 y hasta 2021, se pasó de la afectación a los sistemas democráticos del orden del 3 %, a momentos drásticos fascistas en los años 40, que llevaron la fragilidad democrática al 40 y 60 % de afectación negativa, y elevaron la fragilidad de la democracia entre los años 2020 y 2021 en números que casi alcanzan el 60 %.[1]
En el análisis de Gianfranco Pasquino en Nuevo curso de ciencia política se describe la democracia contemporánea y su problemática en el mundo contemporáneo. Luego de años de estudios sobre democracia de Norberto Bobbio y Gianfranco Pasquino, este último indica su tesis referida a que la única democracia posible ante la fragilidad política de la representación política y “partidocrática” –es decir, centrada en partidos– es aquella a la que denomina democracia moderna: “… que implica que se constituya en un sistema con capacidad de amplia participación política, transparencia en la gobernanza y sentido de beneficios sociales que alcancen la salud y seguridad social de los ciudadanos de cada país”.[2]
Hacemos propia esta interpretación de Pasquino que da sentido a la democracia contemporánea y que se sostiene por sus vigentes virtudes y esquema de acción. Además, sus estudios avalan científicamente la fragilidad de la representatividad política y la democracia contemporánea, y es de los pocos intelectuales que consigue concluir en estas necesidades para la reconstrucción del régimen y el sistema democrático, y nos brinda una fórmula adecuada a las realidades del presente siglo, sesgado por estas crisis políticas que reconoce como crisis de orden global.
Aquellos que relativizan la peligrosidad de los sistemas centralizados, autoritarios y dictatoriales, a la hora de señalar que las relaciones internacionales pueden soslayar la representatividad política y el régimen y forma de vida democráticos, no han hecho un estudio profundo de la historia y suelen ser negadores seriales de lo importante que es el cuidado del ser humano y su casa común.
Que se promueva la política internacional para el crecimiento de los negocios y comercio internacional para favorecer la inserción y el mejor desarrollo de un Estado o una región, y que se defiendan intereses nacionales y estratégicos en la política exterior de un Estado, no implica contradicción alguna con la cuestión de la aceptación del riesgo de perder el humanismo y espíritu de libertad que son perfeccionados por los sistemas más representativos y de vida democrática. Mezclan y hacen ideología. Una farsa sencilla y de poco análisis y seriedad.
El egotismo y la representación democrática
En lo relativo a la representación política y el sistema democrático y sus fragilidades, estimo que es necesario un estudio científico de los procesos democráticos que sin duda fueron y son fuertemente afectados por el egotismo y el racionalismo individualista
El egotismo, según la Real Academia Española, “es el prurito de hablar de sí mismo” y en psicología y en psicopolítica funciona como un “sentimiento exagerado de la propia personalidad”. El egotismo aplicado al poder consiste en potenciar los sistemas de poder ligados principalmente por intenciones privadas, y así visualizar al individuo que se organiza socialmente a través de acuerdos privados e intereses particulares.
Como se ve en este punto, estamos acordes con la teoría y metodología de la nueva Escuela Euroamericana de política y economía fundada por los académicos Victor Aloé y Julio Lascano y Vedia, al considerar clave el estudio siempre de carácter científico de las realidades políticas contemporáneas.
Con base en ello el racionalismo ilustrado demostró interés por identificar procedimientos útiles basados en los derechos innatos individuales, postulados naturales y universales, un individualismo egótico para confrontar la revolución contra el absolutismo y la fundamentación científica del gobierno.
La revolución egótica y el pensamiento individualista contienen, como pensamiento filosófico y político, una contradicción elemental, que consiste en apoyarse en el racionalismo y el idealismo sin explicitaciones científicas. Llevan esta forma de pensamiento extrema a convertirse en solamente una proposición ideológica, sin basamento científico alguno.
Pero el ideologismo y el egotismo han tenido sus límites naturales y la ciencia los ha podido detener y reproponer en momentos cúlmines. Por ejemplo, al finalizar la Primera Guerra Mundial, el presidente de Estados Unidos Wilson propuso un pensamiento idealista liberal y sobre todo aspiracional. Deseado, pero desconectado de la realidad, que imponía la realidad y ergo las ciencias sociales que la estudian.
Considerando este egotismo como un movimiento de pensamiento y producción de poder organizado a partir de la consideración del ego como fuente y origen de todo lo social, su razonamiento filosófico coloca al “yo” en el centro de toda vida colectiva y social posible, y pergeña desde este individualismo la organización del orden político.
El proceso de transformación radical de la organización de las producciones de poder del orden político desde el siglo XVI en el campo político y social, y la reforma protestante tuvieron una fuerte incidencia en el racionalismo individualista durante más de tres siglos. La Revolución francesa de 1789 significó un proceso de organización de la vida en sociedad, y condición provisoria necesaria para posibilitar su vigencia, hasta tanto la ciencia pudiera explicitar todos los fenómenos reales, especialmente los decisivos para la vida colectiva, según el paradigma del conocimiento y no de la especulación. Es que la ideología de la ilustración fue basada en una tesis de los derechos humanos universales, en una antropología del hombre racional. Estos derechos fueron postulados como innatos al ser humano y desde ellos se procuró organizar la sociedad civil, algunos derechos entregados al pacto social rousseauniano con la intención de superar los conflictos que generaba tener que cumplir con los lemas de libertad, igualdad y fraternidad.
Este racionalismo ilustrado, nacido de los derechos individuales surgidos de la naturaleza humana, fue utilizado para crear acuerdos y postulados universales, para superar los problemas propios de la revolución y el absolutismo.
El conjunto de principios que la ilustración determinó para la organización civil y política permitió armar un esquema de convivencia revolucionario pero ordenado bajo el terror y el orden público. La revolución francesa y sus principios no generaron que estos principios anunciados en ambas cámaras derivaran en una organización republicana acordada en principios democráticos.
Por ello es importante recordar que el nacimiento de los principios universales de los derechos humanos y el individualismo fue concomitante en la historia y en el proceso social con la necesidad de crear un esquema republicano con ciertas reglas democráticas.
La democracia griega, evolucionada en el tiempo, se ve comprometida con el racionalismo individualista y con la consolidación de la Revolución francesa. De la conjunción de esta historia nacen derechos universales naturales y principios egóticos individualistas consolidados.
La democracia, sabemos, es un régimen político. Aspiracionalmente la sociedad contemporánea debiera buscar un estado democrático de la vida colectiva más que un régimen político. El régimen político puede existir tanto en Estados y organizaciones sociales neoplanificados como en Estados ultraliberales, si se trata de acomodar los derechos humanos e individuales a la modernidad y al mundo contemporáneo.
Porque el egotismo llegó para quedarse. Su marca responde a una cosmovisión propia individual liberal que difícilmente se erradique de la voluntad de los regímenes occidentales que ostentan ser regímenes estatales democráticos.
Es necesario considerar lo dicho sobre la fragilidad contemporánea de la representación política y los sistemas democráticos, más los elementos históricos y politológicos acarreados por el egotismo y su afección a los sistemas de poder y los esquemas de vida colectiva. La Escuela Euroamericana nos da precisiones científicas que desde la filosofía política y la historia nos permiten comprender qué ha sucedido para que nos encontremos en este sistema de fragilidad democrático. Y para dónde debemos llevar las causales de las crisis democráticas.
Científicamente, reconocidas las causas será más sencillo marcar una ruta académica y de análisis para comprender las problemáticas propias y las afecciones que dañaron y aún lastiman la representación política y el sistema de vida democrático.
Lo mismo acontecerá con las afecciones de las nuevas tecnologías y la inteligencia artificial. La ciencia nos brinda formatos de estudio para comprender cómo influyen en nuestro sistema democrático de vida y los formatos gubernamentales y políticos, que pueden intentar mejorar las fragilidades que parecen inevitables.
Orden mundial y posglobalización
El siglo XX en la historia moderna y contemporánea es el resultado de la historia de cientos y miles de acuerdos y pactos que permitieron avanzar el sistema de convivencia entre tribus, sociedades y Estados desarrollados bajo un equilibrio de poderes, de guerras y conflictos, hacia la construcción paulatina de un sistema de alianzas solidarias y pacíficas, que alejaban la fatídica historia de guerras y confrontaciones de príncipes, reinos y Estados, para dar paso a pactos de cooperación internacional y una convivencia pacífica.
El orden mundial del siglo XX se construyó atravesando grandes y sangrientas guerras y genocidios. Los Estados y sus gobiernos se confrontaron en dos grandes guerras mundiales, soportaron el flagelo mundial del dominio comunista soviético, contiendas ideológicas y de fronteras que dejaron millones de humanos muertos en trincheras, campos de batalla y lugares de tortura y exterminio que colocaron al ser humano al borde de la locura e incomprensión misma del concepto de convivencia humano-cristiana.
Es así que tales pensamientos idealistas y libertarios no lograron solucionar la conflictividad del sistema internacional entre las dos guerras mundiales del siglo pasado. Sin embargo, mucho se aprendió de ello, cuando vemos que la propuesta de posguerra de la segunda gran conflagración mundial no conlleva en su escrito y proposición estas aspiraciones, sino que propone un esquema de paz y seguridad internacional, bajo el cerrojo realista de un sistema de cuidado y defensa de esta propuesta, explicitada como lo reza el artículo 7 al proponer las fuerzas de Cascos Azules como garantes del sistema de paz. Pero además en la Carta de San Francisco que plasma este sistema de las Naciones Unidas para proponer paz y seguridad internacional con carácter realista, agrega un contenido más que se aleja de todo esquema aspiracional. La Carta propone que ella envuelva a todos los países y ciudadanos del mundo. No hace distinciones ideológicas, ni religiosas. No importa si son comunistas o socialistas o liberales, no importa si son democráticos o autoritarios. Todos estos términos son dejados de lado para poder explicitar la importancia de generar un sistema único, sin grietas debidas a las ideologías mundiales que tanta frustración provocaron en los largos años de guerras.
Ello permitió al mundo acordar la paz y la seguridad, incluso comprendiendo en ese entonces los sistemas no occidentales, socialistas y dictatoriales que se sumaron al concepto de la construcción de un mundo único. El arribo de China al estado de potencia a fines del pasado siglo y en el presente mucho debe a esta invitación abierta, que hizo que, a pesar de una estructura comunista y estatista, el capitalismo permeara en su economía y sobre todo en el comercio exterior del país.
Cuando pensamos en democracia no es menor que tomemos conciencia política y moral de que la Carta de Naciones Unidas no posee en su texto la palabra democracia, así como tampoco ningún término ideológico o de gobierno excluyente de los ciudadanos del mundo y sus Estados.
Esa Carta de las Naciones Unidas tiene una clara vocación inclusiva en toda su interpretación, sin ideologías al momento de terminar la Segunda Guerra, tanto en relación con los regímenes de los Estados nacionales como con diversas internacionales políticas que sostenían partidocracias ideológicas internacionalizadas.
Para sostener estos principios generales y amplios del pacto de San Francisco, el sistema internacional buscó un ordenamiento de equilibrio de poder y de contención durante la Guerra Fría, para finalmente sumar la cooperación planteada en el sistema nacido de las Naciones Unidas. Todo ello avalado por la amplitud de la misma Carta, que se apoyó claramente en un orden internacional subsecuente. Un orden que atravesó delicados momentos de equilibrios y diversas amenazas y conflictos. Durante la llamada Guerra Fría, el sistema de equilibrio de poder plasmado en el funcionamiento de las Naciones Unidas y en la realidad política mundial basada en un esquema bipolar pudo permanecer siempre en alerta y contención por los equilibrios pactados por los bloques occidental y socialista, que extremaron el orden global.
Con la caída del muro de Berlín, este equilibrio y sistema de cooperación con base en las amenazas –y detente– logró mantenerse muchos años después de la Gran Guerra, y se terminó recién desdibujando en sistema internacional cuando el comunismo finalmente llegó a su fin absoluto al disolverse la Unión Soviética. El comunismo quedó relegado, a una situación no central ni de poder, permaneciendo intacto como dictaduras sistémicas en China, Cuba y Corea del Norte. La caída del régimen comunista socialista también se precipitó la final de la década del ochenta, en razón de las mismas contradicciones políticas y económicas, sumadas a las falsedades ideológicas mantenidas por pactos dictatoriales.
Esto asimismo permitió el crecimiento inmediato del poder unipolar, el crecimiento estratégico militar y económico de los Estados Unidos y los países occidentales abrazados por el Plan Marshall y las futuras organizaciones que contuvieron al continente en sus economías, su integración y próximo desarrollo.
Con ello también creció y se fortaleció el sistema de los organismos económicos y financieros y las políticas dirigidas por Estados Unidos, los aliados de la Organización del Atlántico Norte, la Comunidad Económica Europea y el Japón, aliado fundamental de Occidente desde el fin de la Segunda Guerra. Para la década del noventa se generó así, de manera impulsiva, veloz y creciente, la llamada globalización, que fue ayudada por el crecimiento industrial de Occidente, la inclusión del Sudeste Asiático y las políticas de Washington, que permitieron expandir el sistema bancario y financiero internacional y el comercio internacional, desde los organismos de las Naciones Unidas y a partir del apoyo del nuevo Occidente unipolar y expandido de manera aparentemente progresiva e infinita. El nacimiento de potencias en Oriente y la generación del sistema de integración europeo daría mayor equilibrio mundial al mismo crecimiento agigantado de la potencia norteamericana en la segunda mitad del siglo XX.
Este cambio en la configuración de poder del orden de posguerra dio paso a la gran industrialización y tecnologización mundial de la mano de Estados Unidos, la Comunidad Europea, Japón y el Sudeste Asiático, con resultados positivos para las economías de millones de ciudadanos de países en desarrollo.
Sin embargo, con el paso del tiempo el fracaso de las recetas estrictas diseñadas por algunos organismos económicos multilaterales y lo amplio del sistema de préstamos financieros para el crecimiento global tocaron un límite, lo que provocó exclusiones graves que afectaron a diversos Estados en vías de desarrollo y pobres, dejaron fuera del juego mundial a muchos Estados pobres, excluidos socialmente de todo panorama mundial de desarrollo. En parte debido a la globalización mundial positiva acontecida a fines del siglo XX en el orden político y económico mundial, pero sobre todo debido a los avances derivados de esta en la revolución de las tecnologías, la sociedad de la información y la sociedad de las comunicaciones.
En paralelo a la Guerra Fría, los años del gran desarrollo económico americano, europeo y asiático, se iba gestando, por parte de las mentes dedicadas al pensamiento filosófico y politológico, la disciplina de las relaciones internacionales y el estudio académico de la política internacional, que generarían un marco teórico y de ideas alrededor del nuevo rol del mundo occidental, de las libertades y la democracia, de los derechos humanos, y de la formulación y diseño de políticas públicas exteriores y herramientas de la diplomacia profesional que se ajusten a ese nuevo orden mundial. Esta disciplina nacía con el objeto de la defensa de los intereses nacionales, regionales, de integración y mundiales, a través de la misma generación y desarrollo de las Naciones Unidas.
Durante las guerras, América Latina se vio beneficiada en el pasado siglo en razón de sus capacidades autonómicas, neutralistas y de asociativismo estratégico con los Estados Unidos y con la propia región. Algunos gobiernos, incluso, buscaron combatir el crecimiento del imperio creciente del norte, todo lo cual permitió su relativo desarrollo regional, mejorado en América Latina, la subregión, y al tiempo generó su endeudamiento mundial producto de malas administraciones e incapacidades propias en la conducción dirigencial ligadas a programas estatistas, direccionales, que desde el desarrollismo y el liberalismo extremo dieron lugar a caóticas administraciones en países claves en el desarrollo del continente. Brasil, Colombia, Chile y la misma Argentina atravesaron estos períodos.
Estos países sufrieron fuertes golpes a sus democracias y sistemas republicanos e institucionales a razón de influencias equívocas externas al espíritu americanista, y ligadas a proyectos socialistas o estatistas que ahogaron las economías y desequilibraron la institucionalidad.
Para la década de los ochenta y noventa, estos rumbos se reencausaron y tanto la globalización mundial financiera económica y política como los sobreendeudamientos abismales de las economías latinoamericanas afectaron a estos países, que finalmente eligieron retornar al rumbo del regionalismo abierto liberal, hacia un realismo periférico en el orden político. A pesar de ello, estos regímenes y pensamientos políticos más liberales permitieron que los gobiernos se volcaran en su mayoría a sistemas institucionales basados nuevamente en principios y preceptos democráticos que, con más o menos populismo, vienen navegando el equilibrio de sus estabilidades y riquezas proyectadas de manera zigzagueante.
Aparentemente, en nuestro continente se han generado nuevos formatos dirigenciales que, al momento de gobernar, parecen caminar con una mayor conciencia en la problemática de América Latina, la necesidad de consolidar la región y subregión, realizar estrategias y alianzas con capitalismos estables y en desarrollo. Ello a partir de nuevos paradigmas y programas que procuran mantenerse alejados de dibujos ideologizantes y socializantes, apoyarse en el orden electoral y en el formato de gobierno con democracias fortalecidas y repúblicas consolidadas en sus poderes, y los derechos humanos y civiles crecientes de sus sociedades. Pero esta afirmación ha de tomarse con relativismo, y por ello decimos “aparentemente”.
Debe entenderse que esta nueva ola globalizante, donde los poderes de Estados Unidos y China determinan los destinos del planeta con el G20, el G5 o de manera unilateral, dejando para Europa un rol de revisión de sus alianzas y fortalezas, determina cambios permanentes en los lineamientos económicos y comerciales del resto del mundo, ha condicionado los sistemas políticos de países no democráticos y con sistemas republicanos de relativo funcionamiento, y ha generado una fuerte incertidumbre mundial en el siglo XXI, más a partir de las guerras que surgen tanto en el campo clásico como en el tecnológico de punta, y que generan a su vez cambios en la infraestructura, rutas y destinos del comercio mundial. En este sentido, por más esfuerzo económico-financiero que un país de América Latina haga, y obediencia financiera internacional que mantenga, están jaqueados de manera externa en un modo superior a los condicionantes de la segunda posguerra del pasado siglo. Hay más imprevistos, hay una dinámica de poder internacional creciente, y hay dependencias político-económicas que afectan economías y estabilidades políticas en las repúblicas del continente, especialmente en Latinoamérica.
La Argentina recorre el siglo XXI en este 2023 con los primeros cuarenta años de sistema democrático. Con la tarea pendiente de consolidar institucionalmente la república que correctamente está escrita y diseñada en la Constitución nacional, donde se plasman los valores y principios republicanos históricos y, desde la reforma de 1994, también las normas y principios que establecen una convivencia política de las democracias y sus valores directamente derivados de este acuerdo constitucional.
Cuando hablamos de política exterior y democracia, en la actualidad se nos hace imperativo reflexionar sobre la necesidad de vincular de manera más real e institucional lo interno a lo externo a efectos de formular una política exterior bajo las matrices institucionales de su orden interno constitucional y político del país real federal.
La democracia argentina, si bien está consolidada en un régimen político desde hace cuarenta años, no ha generado un Estado democrático ni institucionalmente ordenado. Muchos elementos políticos han extremado el parecer de los gobernantes, los partidos y representantes de la política y las ideas de un pueblo acostumbrado a reconocerse por la fortaleza de su clase media, que está golpeada desde por lo menos el inicio del siglo XXI. Y con ello la institucionalidad se ha ido dañando, porque los errores provenientes de malas administraciones, corruptelas y falta de transparencia han afectado la credibilidad del pueblo en el sistema institucional. Entendemos, como ha pasado en países más desarrollados o consolidados, que el funcionamiento de la justicia de manera ordenada y con demostraciones de poder judicial pleno independiente son parte del inicio de una solución para recobrar la confianza en el sistema político en general, y en el sistema institucional en particular.
Luego también, la correcta formulación de una política exterior debe, sin dudas, considerar el peso de los recursos y ejes de riqueza reales y potenciales: el enorme litoral marítimo, las reservas petrolíferas y gasíferas, el litio, por nombrar solo algunos. Aunque no nos cabe duda de que el más extenso y poderoso recurso de nuestro país, y así lo visualizan las potencias, es el agua, de deshielos, de ríos y del mar argentino. Un Atlántico Sur que espera ser parte de la explotación que beneficie la economía y desarrollo argentino. Por ello también la necesidad de avanzar en negociaciones que busquen soluciones para el desarrollo de las Islas Malvinas y el acceso a la Antártida, considerando el resguardo soberano previsto constitucionalmente. Estos recursos posicionarían al país como un actor clave con el cual establecer relaciones estratégicas que le permitan posicionarse mejor.
Nuevos desafíos para la formulación de la política exterior
La inserción internacional y los intereses nacionales
Pensando en un país como la República Argentina, el primer estudio que parece necesario, desde el orden científico académico y diplomático, se refiere a la urgencia de repensar y elaborar lineamientos para la inserción internacional del país al mundo y retomar con más certeza y pragmatismo cuáles constituyen los principales intereses nacionales al momento de diseñar una agenda exterior.
Por ello debemos reflexionar cuáles fueron las afecciones que generaron en nuestra historia las posiciones ideológicas aislacionistas. Si bien no provenimos de una cultura aislacionista sino más bien pacífica y abierta al mundo, hemos caminado la cornisa de nacionalismos fascistas y ciegos que nos dejaron abiertos a críticas difíciles de desarmar, como fueron los casos de las posiciones neutrales nacionalistas ante las guerras mundiales, la iniciativa de la Guerra de las Malvinas y el espíritu de rebeldía ante el mundo financiero internacional reflejado en la frase de “vivir con lo nuestro” que promocionaron un par de presidentes de cortos mandatos a principios del siglo XXI. Son advertencias para no caer en tales errores y reforzar en la promoción de nuestra imagen un aperturismo y universalismo vocacional que sea acorde a nuestra historia.
Por ello cuando la formulación y el diseño de la política internacional y las políticas exteriores de los Estados son redactados por personalidades científicas y académicas logran una excelencia superior a la que puede conllevar la letra escrita de un actor parcial de la guerra y la paz, un líder carismático o un seductor primer ministro. Para que la letra de una propuesta de paz y seguridad mundial sea científica y académica necesita la intervención de la excelencia de los estudios, que aplican métodos que las ciencias políticas sociales, la historia, la economía pueden brindar al momento de generar documentación de valor nacional o universal. Cuando Henry Kissinger señala que los países expresan en sus propuestas el sentido mismo de los intereses de los Estados, muestra acabadamente que es el pensamiento de una persona que con experiencia y gobernanza logra además imprimir academia y ciencia en sus propuestas. Dejando de lado ideologismos sencillos para buscar la centralidad de las cuestiones mundiales.
No obstante, aquello que los estudiosos y analistas aconsejan es pensar en las alianzas estratégicas que descarten las posiciones nacionalistas aislantes, que no caben más en la historia argentina, ni en tiempos militares que tanto daño causaron, ni en los tiempos de democracia, donde la oportunidad de un modelo más sano republicano brinda grandes oportunidades para mostrarse como un aliado confiable y jurídicamente viable. Hoy el comercio de Estados y empresas tecnológicas y de servicios necesita socios con altos recursos humanos, como los profesionales argentinos, para desarrollar el total de sus capacidades.
Las relaciones internacionales, en esta era de la posglobalización, han sido fuertemente afectadas por la revolución de las nuevas tecnologías, las inconsistencias del sistema financiero internacional y también el nacimiento de una revolución cultural de mentalidades posmodernas democráticas que no se ajustan a parámetros ni a valores clásicos o previsibles. Es este nuevo mundo, han aparecido nuevas reglas de juego abiertas y dinámicas para el posicionamiento de novedosos actores en la política internacional y la gobernanza global. Se abrieron nuevos espacios impuestos por los Estados, las ONG, las fundaciones, las empresas trasnacionales, los unicornios,[3] y la ciudadanía en roles activos.
Nuestra política exterior ha estado lamentablemente muchos años estigmatizada. Mantener un largo y desgastante tiempo el conflicto por las Islas Malvinas es un estigma, sea que se malvinice o se desmalvinice la política exterior, como les gusta señalar a algunos analistas o políticos, sin rigor científico alguno. Ese no constituye el elemento central ni es serio al momento de abordar la cuestión.
Argentina afrontó una dura guerra con el Reino Unido en 1982, cuyo fin y resolución dejaron pasar los dictadores del momento. La propuesta de Belaúnde Terry, presidente del Perú, de declarar la paz y colocar tres banderas en las Islas, no cabe duda que se hubiera constituido en la mejor solución para el diálogo bilateral y la búsqueda de la soberanía en las Malvinas. La tozudez de los militares descartó la negociación, y la paz.
Pensar en sentarnos de manera bilateral y negociar con el Reino Unido constituye sin duda alguna el inicio de la solución que el país debe procurar, más allá de seguir aprovechando positivamente los endosos multilaterales de las Naciones Unidas y los organismos y parlamentos mundiales y regionales.
Cuando la cuestión de Malvinas sea puesta en mesa de negociaciones con todos los elementos políticos, comerciales, geopolíticos y estratégicos, podremos salir del aislamiento que nos impide avanzar en la política internacional en tantos ámbitos. Negociar la cuestión de las Malvinas, como indican el mandato de las Naciones Unidas y nuestra Constitución nacional, es el camino, y debe ser dinámico y realizado con inteligencia estratégica. Ello a su vez ayudará a que la política internacional del país pueda avanzar en innumerables proyectos de relacionamiento y crecimiento en negociaciones bilaterales y regionales que nos pueden beneficiar en lo estratégico, lo comercial, lo logístico y lo tecnológico. Se puede mantener una política de Estado como la cuestión Malvinas sin que ello tape la visión para comprender que es hora de insertar el país sin estigmas en el mundo desarrollado. Y que nos abramos a nuevos mercados donde las inversiones y asociaciones respecto de la inteligencia y nuevas tecnologías nos esperan más allá del comercio de alimentos y agronegocios natural a nuestros lineamientos de exportaciones.
La agenda exterior que debemos proponer tiene que considerar la búsqueda de soluciones a las causas que son parámetros de los últimos gobiernos en lo exterior, como Malvinas y los derechos humanos, para que sean insertadas en un estudio y seguimiento estratégico e inteligente a partir de negociaciones que mantengan en cuidado la soberanía de Malvinas y el prestigio de la política de derechos humanos. Que respondan a los nuevos formatos de negociación y a los crecientes intereses multilaterales y bilaterales en estas cuestiones tan delicadas y de valor.
Quien trabaje con lineamientos correctos en estos dos ejes podrá comenzar a delinear lo que se necesita para que el país crezca estratégica y económicamente, instalando una nueva agenda externa que contenga los aliados estratégicos comerciales y las nuevas tecnologías sin dejar de lado estas políticas de Estado que hacen a Malvinas y los derechos humanos.
Poseemos la ventaja natural y geoeconómica que ha hecho que países como el nuestro siempre favorezcan políticas en favor de un sistema de cooperación internacional que considere los parámetros de esta nueva gobernanza global, que no formule ni diseñe políticas con diagnósticos anacrónicos o errados, nacionalistas o aislacionistas.
Por el contrario, Argentina es un país en nada aislacionista, incluso en comparación con vecinos regionales, que puede aprovechar un mayor universalismo y apertura –como el caso del Uruguay– en la política internacional regionalista, de manera abierta y participativa. Y desde la región también mirar el mercado mundial con la objetividad que da formular una política práctica e inteligente. Desde la diplomacia clásica y con los roles que juegan la diplomacia de cumbres, la diplomacia comercial y empresarial, la paradiplomacia, la diplomacia parlamentaria y la diplomacia digital.
Todo ello con una diplomacia que se vea represtigiada por su institucionalidad republicana y democrática. Incorporar en la formulación de políticas las alianzas comerciales estratégicas y las nuevas tecnologías; siempre profundizando la institucionalidad republicana y el Estado de derecho, que tanto prestigio generan en el orden mundial.
Con un estudio apropiado de la historia mundial y propia, y la aplicación de normas científicas en la ciencia política y la política internacional, se nos facilita la tarea de proponer una formulación o diseño de la política exterior que ayude al país a cumplir el objetivo de la reinserción estratégica con crecimiento y desarrollo. Por ello para la formulación de la política exterior entendemos que nuestros intereses nacionales han de reflejarse en la defensa de la institucionalidad y la democracia, la vocación integracionista regional, el espíritu abierto a la inserción en el mundo de manera estratégica, el acercamiento a los mercados estratégicos, el desarrollo de la innovación científica y tecnológica, el apoyo a las causas multilaterales que hacen al cambio climático y la desnuclearización mundial, y la voluntad sistemática de políticas de pacifismo y negociación en los conflictos territoriales –extraños y propios, como Malvinas– y la defensa de los derechos humanos en el mundo.
La guerra permanente y el terrorismo internacional
Solo el sistema democrático ha atravesado miles de años de la coexistencia humanitaria en tiempos de guerra y tiempos de paz, mostrando las más de las veces que sus principios y valores se han ajustado para negociar con más facilidad la paz en tiempos de guerra, funcionando como un instrumento natural de las relaciones internacionales.
Los fenómenos referidos a la guerra permanente y el terrorismo internacional están instalados en las relaciones internacionales y por tanto también en las políticas públicas, tales como la política exterior y la herramienta diplomática.
Naciones Unidas anuncia una tabla anual de las guerras y conflictos existentes en el planeta, que actualmente indica que son 65. Las ONG no coinciden con este dato, y señalan que son casi el triple de esta cifra. Nuestro mayor organismo mundial carece de datos ciertos y de rigor científico para señalar y certificar las cifras sobre guerras existentes.
Científicamente se podría acertar más sobre las amenazas a la paz y seguridad internacional de contar con más certidumbre en los datos brindados por organismos y en la publicidad de datos presupuestarios afectados a los armamentos por las potencias y desplazamientos estratégicos en aguas, cielo y espacio exterior, donde existen movimientos latentes permanentes. Debemos conformarnos con decir que no estamos a años luz de una gran guerra, de características inteligentes y tecnológicas, que en nada tendría relación con las pasadas dos guerras mundiales, que constituyeron descarnados conflictos de expansión solucionados con miles de muertes y batallas primitivas sumadas a la insanía de los sucesos del fascismo, el nazismo y la expansión territorial buscada por las mismas anacrónicas aspiraciones territoriales de ciertos pueblos europeos.
Actualmente, el desarrollo de guerras visibles, como son el enfrentamiento entre Rusia y Ucrania desde 2022, el recrudecimiento del conflicto árabe israelí en la franja de gaza ligado a las facciones extremas del nacionalismo palestino y a su vez del islamismo, y los combates misilísticos entre los hutíes en Yemen y los buques de guerra americanos por el control del mar rojo, se muestran como los más graves y peligrosos de la paz mundial. En la lista de visibilidad de los medios no se contabilizan las confrontaciones potenciales permanentes entre la Corea del Norte y Estados Unidos, entre las dos Coreas, las amenazas latentes de invasión a Taiwán en la Isla de Formosa por parte de China, o las potenciales guerras del espacio misilísticas que preparan Rusia y Estados Unidos, de dimensiones mucho más alarmantes.
Las guerras son más menos expuestas, más o menos visibles y más o menos difundidas. También más o menos confusas. Pero entre todas constituyen un estado de “guerra permanente”, donde además actúan ejércitos regulares, ejércitos mercenarios y múltiples armamentos tecnológicos, de largo alcance y en su mayoría invisibles a las cámaras televisivas.
Desde ya que este conflicto no solo afecta a la región europea, asiática o de Medio Oriente. Afectan también a nuestra región; en primer lugar, por ser partes del continente americano, donde se halla Estados Unidos, que sin duda constituye la cabeza principal del poder y armamentos mundiales. La Argentina interpreta en su política internacional que no está directamente involucrado en los conflictos, pero no ha salvado al país de los gravosos atentados a la Embajada de Israel de 1992 y a la Asociación Mutualista Judía en Argentina en 1994. Y el conflicto árabe israelí conllevó el secuestro de cientos de argentinos israelíes que se asentaban en la Franja de Gaza, territorio palestino en la geopolítica israelí, con dominación directa de extremismos religiosos como Hamás y Hezbolá.
Debe por tanto comprenderse que se quiera o no, la inserción en el mundo, donde nuestro país siempre participó de manera activa más allá de su territorialidad periférica, nos convierte en partícipes directos de estos conflictos de los que no seríamos parte en principio, y de los que preferimos considerarnos neutrales.
Pero la guerra no pide permisos ni acuerdos particulares para introducir en el conflicto a Estados y organismos, para involucrar a etnias, razas o religiones. Su globalización es automática y siempre implica que los terceros Estados tal vez reciban beneficios o afecciones graves de las guerras, al igual que todos los países del sistema.
Entendemos que debe ser una premisa la aceptación científica de que en el nuevo ordenamiento mundial existe el facto de la “guerra permanente”, que aparece como dicho, como una síntesis explicativa académica que facilita la comprensión del conjunto de guerras y conflictos que existen en el escenario global de manera silenciosa, tecnológica, sin fronteras ni banderas, y de manera constante y prácticamente permanente. La guerra permanente per se constituye de manera latente un escenario eventual de guerra global mundial, sin consideraciones ideológicas, sino por la expansión misma del fenómeno y el fracaso de los intentos de las comunidades organizacionales estatales o societarias para generar órganos de control de la paz y seguridad mundiales.
Los Estados y pueblos contemporáneos en este siglo mantienen conflictos de todo tipo y estilo: clásicos, nacionalistas, religiosos, fundamentalistas, étnicos, fronterizos, de terrorismo, por narcotráfico, por poder y gobiernos, y hasta guerras civiles. Conflictos que parecen acrecentarse y que deben tenerse en cuenta ordenadamente y con la mayor información científica posible, al momento de plantearnos la generación de un diseño de política exterior más o menos autónomo, más estratégico y pragmático.
El mundo gobernado por absolutismos y dictaduras convive con los conflictos y la guerra permanente y sus componentes ideológicos sin mayores pruritos morales y con una dinámica de alianzas estratégicas cambiante y creciente. Mientras tanto, Occidente y los llamados países republicanos liberales realizan esfuerzos muy particulares en el orden nacional e internacional para que uno de los parámetros que consideramos útiles para un mejor ordenamiento mundial y un mayor equilibrio y pacifismo sea la institucionalidad de los Estados.
Para Occidente el respaldo ante la guerra permanente es la carrera por el poder reposado en un supuesto mandato moral, que debe procurar y mejorar la transparencia y la fortaleza de los sistemas de representación política y formas de gobierno democráticas. Occidente siente la obligación o se justifica éticamente en la necesidad de moldear institucionalismos liberales que puedan confrontar las inmoralidades del mundo duro y dictatorial, más si en ellos existen sesgos comunistas o socialistas que amenazan los derechos humanos de la población mundial.
Cuando aparece el sistema institucional republicano y democrático, que proviene del racionalismo ilustrado, el liberalismo y la Revolución francesa, consolida el argumento moral e histórico para confrontar sistemas que no se ajusten a los parámetros de la civilización occidental. Se toma conciencia histórica y politológica de que la democracia es la forma de gobierno que con más eficiencia sanea y favorece el sistema internacional y el orden mundial.
Desde un punto de vista politológico, la consolidación de las repúblicas, las democracias y los sistemas de libertad y defensa de los derechos humanos ha constituido en la historia moderna y contemporánea un tópico estratégico que favorece la paz mundial, la cooperación internacional y facilita la búsqueda de soluciones a los conflictos mundiales.
A estos estadios de armonía institucional brindados por el liberalismo y las repúblicas democráticas, que terminan constituyendo un bloque desde el siglo XX, se le sumaron hacia finales de la centuria elementos que en principio debían perfeccionar estos objetivos de paz y seguridad mundial, pero a través de constituciones y regímenes políticos democráticos, como han sido las nuevas tecnologías y la inteligencia artificial.
La historia de la humanidad debe ahora navegar en el mundo contemporáneo bañado por los beneficios de las nuevas tecnologías que incorporan a diario bienestar en las sociedades de la información y las comunicaciones.
Las nuevas tecnologías afectaron fuertemente el ordenamiento mundial, tanto en
Oriente como en Occidente, tanto en las repúblicas como en las dictaduras, tantos en las democracias como en los regímenes autoritarios. También en la acción del terrorismo mundial.
El terrorismo y los formatos extremos fundamentalistas, socios de guerras santas que abonan al concepto de guerra permanente de manera extrema, son formatos donde el fin justifica los medios y la humanidad es lo último en la consideración de las ideas propias. Los extremismos siempre son causa y consecuencia de la guerra permanente. Bajo seguimiento del sistema internacional y las potencias, sabemos que ello está íntimamente ligado con las ideologías, las religiones, las etnias, los nacionalismos y las fronteras, los negocios del narcotráfico y el comercio de materiales y armas estratégicas mundiales.
A la carrera armamentista mundial clásica, satelital y de drones, y a los gigantescos presupuestos militares de las potencias aplicados a estas guerras, debemos hoy en día sumar el extremismo fundamentalista y el narcoterrorismo, que aportan al desarrollo de guerras en silencio y generan miles de muertes por atentados extremistas anónimos. El mundo sufre de este flagelo que invade las guerras vigentes que hemos mencionado. América Latina ha comenzado en la Conferencia de Bridgetown promovida en el año 2003 a estudiar sus componentes de seguridad internacional y hemisférica. Para este año se indicaba en las conclusiones de la conferencia que América Latina, si bien podría considerarse un continente de paz para las guerras clásicas, por el contrario acumulaba todos los esquemas de inseguridad referidos al narcoterrorismo, contrabando de armas, contrabando de drogas, trata de blancas, narcotráfico, minería ilegal. Luego de diez años, la Conferencia de 2023 realizó una revisión de los datos de aquella primera instancia y aún Latinoamérica concentra el 35 % mundial de los delitos que se apoyan en el narcoterrorismo. Una problemática propia que nos afecta en la subregión y en el país. Una paz relativa al momento de analizar con cientificismo las cifras que nos atraviesan en el narcotráfico y terrorismo mundial.
Asimismo, como hemos dicho, nos conviene tener en el recuerdo de los fenómenos de inseguridad que atañen a la región y al país, que específicamente la Argentina fue objetivo directo de esta carrera, cuando por su política de posicionamiento internacional en la década del noventa fue víctima de la explosión a la Embajada de Israel en 1992 y del atentado contra la Asociación Mutual Israelita en Argentina en 1994. Ello obligó al reconocimiento por parte del expresidente Menem de la responsabilidad en decisiones que pudieron haber provocado tales reacciones a partir del envío de fragatas a la Guerra del Golfo en 1991. Además, se debió recorrer años de investigaciones judiciales internacionales, aún infructuosas, para entender que, en la agenda de asuntos estratégicos e internacionales, los asuntos atinentes al orden externo en regiones o ámbitos de accionar extremista poseen costos altísimos para países que no están preparados para participar de ello, como Argentina.
Nuestra política exterior nacional ha sufrido duros vaivenes por su ideologización innecesaria en vez de consolidar sus lineamientos virtuosos. El trabajo de formulación desde elementos de estudio objetivos y el realismo pragmático de una diplomacia pueden ser los principios para remediar las afecciones que sí se han sufrido a raíz de los vaivenes de la política internacional.
Democracia e integración en la política exterior
La Argentina incorporó en la carta constitucional el sistema democrático en 1994. Antes de eso la Ley Sáenz Peña, y la normativa posterior a ella, consolidó y amplió el sistema democrático electoral de representación. Desde 1983, finalizados los sistemas de gobierno militaristas, la Argentina incorporó en su práctica política y su cultura cívica la forma de gobierno democrático y una forma de vida de calidad democrática que busca la armonía de la sociedad civil, incluso en el disenso partidario o de órdenes internos que hacen a la vida política nacional.
Argentina supuestamente goza de las ventajas de no pertenecer por voluntad propia al club de países involucrados en lo que llamamos guerra permanente o círculo permanente de terrorismo internacional en sus expresiones más violentas. No obstante, la inserción internacional que el país desarrolla como interés primario de su agenda externa, y sus relativos neutralismos señalados, nos dejan siempre al borde de estar afectados por el sistema internacional y su nuevo panorama de conflictos y guerras permanentes, así como por las acciones del terrorismo internacional y regional.
La Argentina de los años setenta fue víctima de confrontaciones de la sociedad, de guerras y grietas ideológicas y guerrillas, que enfrentaron ideas y pensamientos políticos nacionalistas, socialistas y de extrema derecha, apoyadas por sistemas internos y externos; todo lo cual puso en jaque a nuestro sistema democrático.
La represión del Estado fue inconmensurable. Los miles de desaparecidos fueron una causa nacional con repercusiones mundiales. El país resistió largos años, entre 1976 y 1983, soportando sistemas fictos institucionales hasta llegar a la salida democrática electoral, que permitió avanzar en reinstaurar la institucionalidad republicana y democrática.
Con estos hechos ligados a la violencia en su historia política interna y en su devenir e imagen internacional, la Argentina se fue fortaleciendo y se convirtió en un país líder y ejemplar en materia de derechos humanos, tanto en el continente como en el mundo, así como ante los organismos internacionales, ONG y foros mundiales, lo que sigue vigente en la actualidad. Esto permitió asumir en la agenda de política exterior la causa de los derechos humanos y mostrar al mundo que nuestra democracia se puede insertar a partir de valores éticos.
La democracia comenzó a ser un valor más real y un reclamo permanente de la sociedad hasta su inclusión en letra escrita en la Constitución nacional en el Congreso Constituyente de Santa Fe en 1994. El espíritu democrático presente en la Argentina a partir de 1983, y despojado de la influencia castrense recién para el año 1994, cuando los indultos buscan acabar con las grietas ideológicas derivadas de las guerras externo-internas de los años setenta, es un espíritu realista que comienza a reconocerse como un Estado autónomo, y a explicitarse como parte de su continentalismo histórico y un esquema de desafío sudamericano histórico.
Al movilizarse el país en conjunto con el mundo occidental democrático y demás culturas políticas diferentes, se reforzaron vínculos que comprometieron a la sociedad argentina con un régimen democrático y con la búsqueda de un Estado democrático más pleno. A fin de los años ochenta y especialmente en la década del noventa, se comenzó a comprender la necesidad de integración regional para el crecimiento, el desarrollo y la consolidación institucional del orden interno y externo, relacionamiento político y construcción de políticas comerciales y de integración regional e internacional.
A diferencia de la Unión Europea, que nació de la comunidad económica por necesidades de reestructuración económico-comercial y financiera, y de la mano de los Estados Unidos, el proceso del Mercosur tuvo un origen dominantemente político e identitario. Los países sintieron la necesidad de regionalizarse para fortalecer y proteger de manera nacionalista sus economías y desarrollos. Luego, con los años, comenzó a desarrollar los institutos políticos que heredó de la Aladi (Asociación Latinoamericana de Integración), motorizó los ACE (Acuerdos de Complementación Económica) que aún están vigentes en el continente y le permiten al Mercosur construir políticas productivas integradas y, finalmente, expandió un paraguas comercial proteccionista. Este fue útil en los años 80 y 90 y en el presente siglo, y por razones tanto internacionales como de la propia subregión, requiere de revisiones que enfoquen una asociación de políticas más aperturistas y con aranceles externos de mayor accesibilidad entre la región y las restantes alianzas del mundo, e incluso potencias mundiales.
Brasil y Argentina fueron objeto de estudio durante años por analistas locales que buscaban alianzas políticas mayores, que trataron de escudriñar en causas de historia política, guerras o problemas de frontera y absurdas competencias comerciales. Pero en los años ochenta el canciller y el cuerpo diplomático profesional avanzaron más profundamente. Pergeñaron la alianza del programa de integración con Brasil y dieron lugar al nacimiento de un esquema funcional de relaciones económicas regionales e internacionales. El Mercosur, nacido en esos años, le debe a tal programa su idea madre e impulso motor. La integración de los cuatro países fundadores y sus asociados llegó para constituirse en el pilar de la política exterior argentina cuando hablamos de inserción internacional. No se hizo con un esquema proteccionista, pero sí cayó en este problema en los tiempos actuales.
La posible apertura comercial no debiera pensarse en favor de la Unión Europea o de otra alianza específica, sino como una capacidad propia de expansión y generación de alianzas estratégicas que pudieran abarcar el mercado del norte de Estados Unidos, Canadá y México, países miembro del BRICS como India, Brasil y Sudáfrica, y también países de la Unión Europea, incluido el exeuropeísta Reino Unido.
Si el Mercosur supo crecer de manera orgánica e institucional, alimentándose en su estructura compuesta por Secretaría, Consejo y Comisión, Tribunal de Controversias y Parlamento del Mercosur (Parlasur), puede perfectamente replantearse nuevos objetivos de perfeccionamiento en sus políticas comerciales, de promoción y aduaneras.
Hasta ahora el mejor resultado institucional de la región ha sido el Mercosur. Quién sabe, en un replanteo pragmático y no ideológico puedan generarse alianzas estratégicas con la Alianza del Pacífico, con el Sudeste Asiático, los países del Acuerdo Europeo del Libre Comercio, con Islandia, Liechtenstein Noruega y Suiza, con México y Estados Unidos, y hasta con la misma Unión Europea.
Así como nació el Mercosur, con ese espíritu y valor regional, institucional y comercial, es plausible una diplomacia profesional continua, siempre con un análisis coyuntural y propositivo para que el Mercosur no solo se mantenga en pie, sino que se fortalezca a través de su mayor inserción en el mundo actual. Con estudios y acuerdos, sin ideologías.
Inserción económica y promoción comercial
El primer cuadro positivo para poder planificar o diseñar políticas de crecimiento y desarrollo se apoya en la institucionalidad, el Estado de derecho y las garantías jurídicas que un país brinda a los demás Estados componentes del sistema económico comercial mundial. Elementos primordiales para consolidar un sistema democrático republicano son que el desarrollo de su orden político interno sea transparente, funcional y brinde mayor calidad de vida, y que se apoye en un poder judicial independiente y en organismos de control y auditorías que garanticen el funcionamiento estatal.
Por su parte, en el orden político externo la política internacional de insertar el país al mundo ha conllevado siempre premisas referidas a la promoción de exportaciones y la generación de inversiones directas e indirectas que apuntalen el desarrollo de las industrias y la producción nacional.
Hemos señalado que la transaccionalidad económica mundial revolucionó los parámetros contemporáneos, que en el pasado siglo se procuró regular a través de Bretton Goods y los organismos financieros para dirigir y equilibrar las balanzas, déficit, equilibrios fiscales, intercambios y cooperación internacional.
Tanto el Fondo Monetario Internacional como el Banco Mundial y la Organización Mundial del Comercio, aún vigentes en sus regulaciones y contratos con los Estados, buscaron estos equilibrios y crecimientos, y reglamentar con premios y castigos las inconstancias del sistema comercial y monetario mundial. Al finalizar el siglo veinte este sistema de apoyo financiero mundial se vio muy comprometido por la imposición de recetas ortodoxas que no estuvieron a la altura de comprender la extensión de los problemas de los países en desarrollo y la multiplicación de la pobreza y el hambre en el mundo.
Considerando entonces que la política internacional debiera diseñarse con parámetros reales e inteligentes es importante comprender que los organismos jugarán un rol primordial en las negociaciones con los Estados para que estos se emprolijen y desarrollen gradualmente, pero que existen otros organismos y grupos de interés que en el actual escenario internacional juegan un rol de altísima importancia para las economías estatales. Desde las alianzas estratégicas con potencias que sostienen pactos políticos preferenciales, pasando por las resoluciones del G20 que desarrolla y dicta políticas que involucran a todos sus componentes, y las políticas regionales que con alianzas estratégicas pueden producir crecimientos de sectores económicos inesperados en países no expectables de crecimiento.
La promoción comercial es un paso de las relaciones económicas internacionales que se complementa con la inteligencia comercial, las oportunidades comerciales, la marca país y su desarrollo exterior, y las políticas y lineamientos que acompañan a las misiones comerciales y empresariales a los efectos de captación y oferta de inversiones en sectores primarios de agronegocios o negocios de punta como la energía: gas, petróleo y litio, el litoral marítimo y las capacidades del Atlántico Sur, la diplomacia de innovación científica y el know how nacional de alto prestigio.
El conjunto de una estrategia económico-comercial puede permitir una mejor inserción, más rápido crecimiento y desarrollo, producción, consumo, empleo y seguridad social. Con reglas jurídicas claras para las inversiones. Y el entendimiento de que el sector privado, nacional o transnacional juega un rol de peso propio que merece cada vez más espacio en la agenda económico-comercial externa. Porque al momento de la formulación de la política exterior significa la incorporación principal de las relaciones económicas internacionales a la promoción comercial; tanto desde el Estado y lo público como desde el sector privado de las grandes y medianas empresas y las pymes en general. Ello es la comprensión del objetivo pragmático para el que debe diseñarse política exterior en pensamiento y ejecución.
En este sentido parece justo destacar que la década del noventa, más allá de la formulación ideológica del realismo periférico, fue la que permitió el más eficiente desarrollo de estas políticas internacionales económico-comerciales desde el poder ejecutivo y desde la diplomacia profesional. Las reformas impulsadas por el canciller Guido Di Tella[4] y su equipo político y profesional de la diplomacia dieron el lugar merecido a la formulación de una política exterior abocada a la diplomacia comercial y empresarial. Incluso la creación de centros comerciales en las principales ciudades del exterior como San Pablo, Nueva York, Los Angeles, Miami, Santa Cruz de la Sierra, Shanghái, Barcelona y Milán constituyó una acertada idea que aún funciona desde el punto de vista comercial, gracias también a la condición de que están a cargo de agentes consulares diplomáticos.
El país fortalece sus instituciones y capacidades plenas en razón de una ordenada política exportadora y de inversión directa de capitales extranjeros. Ello ha de permitir que se eleve la calidad de vida de su pueblo. Cuanto mayor profesionalismo exista en la aplicación de estas políticas, los agentes del Estado, el cuerpo diplomático, son el mejor ejemplo que países de nuestra talla necesitan para estas políticas públicas, profesionales y capacitados es la clave. Capacitados en negociaciones económicas internacionales, captación de mercados e inversiones, estudios de mercados y promoción e inteligencia comercial.
Toda diplomacia comercial debiera ahondar el espíritu de federalismo económico, que constituye otra de las herramientas que colaboran con nuestro sistema constitucional federal. Sistema histórico, que atiende las necesidades cada vez más urgentes de las economías regionales, de cada provincia, de cada municipio. Llevar la política exterior y las relaciones económicas al interior del país y hacerlas conocer el mundo constituye una herramienta útil y concreta al momento de mejorar las exportaciones e inversiones, y al momento de mejorar la imagen institucional y virtuosa del país.
Las nuevas tecnologías: conocimiento, comunicación y diplomacia
La tecnología es hoy en día una herramienta fundamental en toda nueva diplomacia. Puede entenderse mejor su funcionamiento ya que la tecnología acompaña en la política exterior al sistema comunicacional, particularmente aplicado a la misión de promoción de comercio e inversiones.
Hemos visto que lamentablemente en este siglo lejos estamos de que las nuevas tecnologías constituyan una herramienta de alcance mundial; todavía es parte de un club de pocos, “un club cerrado en el sistema global”.[5]
Consideramos que los beneficios de las nuevas tecnologías para la población mundial aún poco tienen que ver con la “calidad de vida mejorada de los pueblos”, tanto en países europeos como en los países africanos afectados letalmente por la pobreza, la falta de salud y educación, sumado a los conflictos religiosos y demás litis que aparecen multiplicadas a mayor velocidad. Falta mucho para estos elementos se vinculen.
La Sociedad de la Información y el nuevo orden
En el siglo XX la UNESCO, a través del conocido Informe Mac Bride,[6] propuso, impulsó y fomentó el nacimiento de la Sociedad del Conocimiento, y se inició el proceso de intervención de las Naciones Unidas en los Estados y las empresas con el objeto de extender de manera democrática y justa la información y las comunicaciones.
La globalización y la transnacionalización económica, de la mano de las grandes corporaciones de nuevas tecnologías, transformaron este proceso y lo convirtieron en un proceso no socializante, sino abierto y liberalizado al nuevo devenir del poder de las potencias y las empresas mundiales dominantes en materia de comunicación, información y big data.
Para el año 2017, según el Informe de Medición de la Sociedad de la Información de la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT), “en el mundo se calcularon por encima de 3.500 millones de usuarios de Internet, el 48 por ciento de la población mundial”.[7] En este mismo informe se indica también que en la última década el crecimiento es acelerado y a gran escala:
… en 2005 los usuarios conectados eran el 15.8 % de la población mundial; en 2010 eran el 28.9 %; y en 2015 eran el 43.2 %. Otros estudios recientes indican que en 2019 el número de usuarios de Internet eran 4.000 millones, y en 2021 llegarían a 4.500 millones de personas en el mundo.
La expansión mundial de Internet desde los noventa a la actualidad era un compromiso de una mayor democratización de la comunicación: más usuarios conectados significarían más presencia, votos y voces, mayor diversidad, alternativas a la concentración mediática y al discurso unificado. Pero este discurso cayó ante el realismo del nuevo siglo XXI con la recolocación de los valores utilitarios de la información y otras nuevas tecnologías. Existen diferentes movimientos sociales y medios de comunicación contrahegemónicos del mundo que utilizan la red no controlada por estos rebeldes democratizadores, para difundir sus ideas, organizarse, intercambiar información. Pero más allá de la existencia de pensadores y personas en desacuerdo con el actual sistema centralizado de control de la información, debe tomarse nota de un crecimiento exponencial de grandes empresas del área de las tecnologías de la información y comunicación (TIC) durante los últimos años que ha derivado en una fuerte concentración del poderío en Internet. A este conglomerado también se lo conoce como La Red o GAFAM.[8] Sobre esta problemática de concentración de la información, su control y el de las comunicaciones, Ignacio Ramonet escribió que “la Red está a punto de sufrir una violenta centralización en torno a colosales empresas privadas: las llamadas GAFAM, las empresas estadounidenses a escala planetaria y que acaparan las diferentes facetas de la Red”.[9]
Las Naciones Unidas han propuesto dentro de su Agenda 2030 el objetivo (ODS) de asegurar el acceso a Internet a una mayor cantidad de personas. Empresas como Google y Facebook han asumido este desafío y ya han puesto en marcha proyectos como globos aerostáticos o drones que brindan conectividad en puntos remotos, alcanzando a 4.000 millones de personas en todo el mundo, según las estimaciones del propio Mark Zuckerberg.[10]
En esta cuestión, la crítica general a las empresas radica en qué harán con los datos de estos millones de usuarios. Siguiendo con la línea expuesta por Ramonet, “sin dudar en absoluto de la intención de estos gigantes de la Red de mejorar el destino de la humanidad, podemos preguntarnos si no lo motivan también consideraciones comerciales, puesto que la principal riqueza de estas empresas es el número de conectados”.[11]
Lo que pide las Naciones Unidas, la UIT y las empresas respecto del control de la Sociedad de la Información coincide en el objeto de disminuir la brecha digital al aumentar la cantidad de navegadores internautas en todo el planeta. Generar un acceso mayor a la información online, mayor cantidad de conexiones y el uso de los beneficios que ofrece Internet para todos los habitantes del mundo. Pero la realidad del mundo actual indica que solo un grupo pequeño de empresas, con sede en la primera potencia mundial, controlan la información y datos, realizan importantes negocios comerciales de publicidad, marketing y juegos, y obtienen cada día que pasa más datos personales individuales de cada uno de sus millones de usuarios. Con facilidad en su control y sin normas consensuadas mundialmente al respecto.
Las nuevas tecnologías informativas: poder y control
En el estudio de la cuestión de las nuevas tecnologías es importante comprender acabadamente la problemática de la concentración de poder y control de las TIC por parte de las empresas multinacionales, y las delicadas cuestiones políticas, gubernamentales, económicas, culturales, educativas y morales de allí derivadas. Cuestiones de política interna y cuestiones de política internacional. Para ello también haremos cita del mayor experto de big data mundial, Martin Hilbert, investigador de la Universidad de California-Davis y experto en redes digitales, que dijo: “La verdadera fuente de poder de las redes ha sido llevarnos a nuestro narcisismo, enojo, ansiedad, envidia, incredulidad, y por cierto, a nuestra lujuria” y agrega:
El crecimiento de la digitalización siempre fue exponencial, pero la pandemia lo aceleró con esteroides. (…) las personas no saben cómo lidiar con el poder de los algoritmos, los gobiernos no saben cómo usarlos en favor de la población y las empresas se resisten a adoptar pautas éticas efectivas. Eso debiera preocupar especialmente a América Latina, porque son líderes en el uso de redes sociales.[12]
Siguiendo las dramáticas pero sinceras declaraciones de Hilbert, nos podemos concientizar de que la posesión por parte de compañías de la información de los ciudadanos del mundo es el único poder creciente, y creciente con poder total. De las diez empresas del mundo tasadas a un precio más alto, cinco son proveedoras de información. Al respecto Hilbert reflexiona que “Tenemos tantos datos y tanta capacidad de procesarlos, de identificar correlaciones, que podemos hacer a la sociedad muy predecible. Y cuando puedes predecir, puedes programar”.[13] Hillbert además de experto informático es conocido por haber creado el primer estudio que se dedica a calcular cuánta información hay en el mundo en las redes.
No obstante lo dicho, entendemos que la tecnología, utilizada de manera responsable y benévola, puede considerarse una herramienta revolucionaria en el sistema económico comercial mundial, puede realizar un programa de democratización del sistema comunicacional e informativo mundial que contemple desigualdades sociales y necesidades económicas.
Las nuevas tecnologías son una benefactora directa en ámbitos laborales y productivos en el mundo de las comunicaciones, los transportes, el comercio y alimentos, que son a su vez una cadena que se nutre a diario de los favores de las TIC. El mundo financiero paralelo a los negocios y el comercio internacional también debe su momento de gloria a la tecnología aplicada a ellos. Las criptomonedas y los modelos virtuales de cobro y pago están organizados bajo un mundo tecnológico y de big data, y estas son necesarias también para el funcionamiento del nuevo sistema económico-comercial mundial.
El Informe Mac Bride, que dio origen a los principios democratizantes de la comunicación y el conocimiento, padeció defectos ideologizantes y socializantes que no pudieron (o no se esforzaron) en integrarse a los parámetros de la nueva globalización tecnológica positiva y a los parámetros liberales impuestos por el mundo de los noventa dominado por la potencia unipolar norteamericana.
Con la Sociedad de la Información, si bien el poder y el control parecen residir solamente en los cinco grandes y los Estados Unidos, no cabe duda que los monopolios tecnológicos del presente siglo son un desafío permanente para prolongar estos monopolios. La ampliación, distribución y extensión más democrática de la comunicación y la formación pudiera esperar para que los procesos políticos e institucionales, y los avances de los sistemas democráticos institucionales de Occidente y sus repúblicas democratizadoras en otros continentes del Sudeste Asiático, América Latina y hasta en partes del África, constituyan una masa crítica demandante de estas necesidades y participen de a poco y en tiempos a venir de los beneficios del sistema de nuevas tecnologías.
Tenemos conciencia de que, en este proceso de democratización de nuevas tecnologías, la política exterior y la diplomacia no pueden ni deben estar ausentes de esta fuerza sanadora de las repúblicas e igualadora de las sociedades. Las negociaciones en materia tecnológica se verán siempre beneficiadas por profesionales y técnicos en el tema. Y la mayor cantidad de cumbres y conferencias sobre estas cuestiones hace que la diplomacia pueda insistir en el perfeccionamiento y democratización del poder, que es transversal a los Estados y regímenes políticos, y transversal a las transnacionales económicas. Constituye una clara situación de interdependencia compleja.
Por ello, gracias a la ciencia y no al debate ideológico acontece que la diplomacia clásica, la diplomacia del comercio internacional y la nueva diplomacia tecnológica y digital pongan a la política exterior de los Estados a trabajar y profundizar sobre estas cuestiones, y llevarlas a mesas de negociaciones.
Los profesionales y expertos en negociaciones no pueden encabezar delegaciones si no están al tanto de lo que la tecnología les brinda como beneficios y, en gran medida, como ventajas. El sistema comunicacional e informativo utilizado por la misión diplomática y los profesionales ha revolucionado las relaciones internacionales. Y busca acciones comunes en todo esquema de acción que permitan que las nuevas tecnologías sean absorbidas por la diplomacia más actualizada y tecnificada, incluso por las negociaciones más secretas o confidenciales de instancias multilaterales, de cumbre o bilaterales.
De manera científica, Juan Archibaldo Lanús señala los efectos de las nuevas tecnologías:
el nuevo escalón de la revolución tecnológica que se inicia a fines de la década de los años 70, sobre todo en el ámbito de las comunicaciones, transportes, inteligencia artificial y biotecnología, influye en la gestión de las administraciones públicas y privadas, y en el proceso de integración del mundo y en los modos y oportunidades de producir y comerciar bienes y servicios. Está produciéndose una “desterritorialización” que cambia la noción del tiempo y el espacio. En segundo lugar, observo una revalorización del individuo frente a concepciones que enfatizaron la sociedad y la nación. Por un lado la primacía de su inteligencia y aptitudes constituyen un valor cualitativo fundamental para la competitividad internacional y por otro lado sus derechos humanos considerados como formando parte de un derecho universal han limitado el poder tradicional de la autoridad del Estado (…) Un tercer fenómeno es la emergencia de una conciencia ecológica que estuvo ausente durante muchos siglos del pensamiento occidental más representativo y sin duda, una problemática raramente abordada por los intérpretes de la tradición judeo cristiana (…) Como cuarto factor que está vulnerando las bases del funcionamiento del sistema internacional, cabe consignar el cambio de percepción sobre el rol del Estado y el concepto de la soberanía como frontera entre lo nacional y lo que no lo es; entre lo interno y externo de una sociedad (…) Una quinta observación debe hacerse en relación con la seguridad dentro del sistema internacional. Bajo este aspecto debe considerarse la perspectiva de funcionamiento de la garantía de la “seguridad colectiva” frente a amenazas de quebrantamiento de la paz y a la cuestión del desarme”.[14]
Con estas precisas aserciones concluimos que los recursos humanos, cuanto más calificados, pueden brindarse como formadores y moldeadores de políticas al servicio de las nuevas tecnologías. Son una herramienta fundamental del Estado, y son distintivos en el panorama internacional. También la diplomacia argentina se inserta en este proceso. Por ello formular política exterior comienza por entender que cuando esta es ordenada, relanzada en su misión de relacionamiento económico comercial, es el pilar para la proyección y el desarrollo nacional, y que es necesario asimilar las nuevas tecnologías como desafío y beneficio para democratizar y profundizar herramientas de cooperación internacional, además de colaborar en la democratización global para que el sistema de información pueda alcanzar mejor sus metas inserto en programas que armonicen la distribución mundial en asuntos de comunicación, información y big data.
Diseño de una agenda exterior a partir de los nuevos desafíos
Una vez analizado el nuevo orden mundial y los nuevos desafíos que constituyen la formulación de la política exterior de un Estado, se hace necesaria la búsqueda de un diseño de agenda que permita definir lineamientos y ejes del posicionamiento internacional del país.
Hemos señalado la conveniencia, como se realiza en los Estados desarrollados, de contar con científicos, intelectuales y diplomáticos abocados al estudio académico y con experiencia en la función y políticas públicas o del sector privado, que habrán de dedicarse al diseño de la agenda exterior del país. De ellos debe surgir la delineación de los intereses nacionales, las prioridades, la inclusión de ciertos axiomas por lógica histórica, pertenencia cultural, practicismo del esquema de la acción y oportunidad, así como beneficios para la más amplia inserción internacional.
Sabemos que en la política exterior y en la diplomacia los lineamientos debieran surgir del Poder Ejecutivo y a partir de un cierto consenso interno de los científicos intelectuales y diplomáticos que elaboran la política exterior y sus criterios en la diplomacia.
Estos lineamientos deberán ser siempre indicados e instruidos de manera jerárquica a los agentes gubernamentales y diplomáticos que aplican las políticas exteriores, y las ejecutan para obtener resultados concretos.
Por ello es importante que al momento del diseño se consideren los principales intereses nacionales, los elementos primordiales para la inserción internacional del país, las metas de corto y mediano plazo, y una lógica y práctica visión estratégica.
A modo de síntesis, me permito indicar cuáles son los principales nuevos desafíos a que nos hemos referido y que considero se deben concientizar y afrontar con rigor científico en la política internacional; ello además a efectos de evitar vaivenes y afecciones provenientes de estos cambios de una política internacional cuya virtud ha de ser la constancia y la prudencia. A saber:
- Marco teórico de análisis de las relaciones internacionales: existencia de un consenso científico sobre la necesidad de repensar las teorías clásicas y en desuso aplicadas en la política internacional.
- Metodología de las relaciones internacionales: las metodologías utilizadas en los diseños de política exterior también pertenecen a encuadres históricos que han quedado vetustos en razón de los cambios del orden mundial y los avances en las ciencias sociales.
- Diagnóstico relativo al orden mundial contemporáneo: deben aplicarse normas científicas, históricas, políticas y de economía que permitan una mejor visualización del panorama internacional. Conciencia de la financiarización del orden mundial.
- La Constitución nacional y las instituciones son el basamento interno y externo del país, carta y bases que permiten encuadrar la formulación de una política exterior en el marco de un sistema democrático republicano.
- Consideración de la influencia del egotismo individualista que influye en la elaboración de parámetros para aplicar en la política interna e internacional.
- Consideración de un nuevo escenario de posglobalización político y económico y la influencia de la posmodernidad cultural.
- Definición de intereses nacionales primarios y objetivos estratégicos, favorecimiento de la inserción internacional.
- Incorporación en la agenda externa del concepto de guerra permanente y las afecciones del terrorismo internacional en la región y el país.
- Priorización de las relaciones económicas internacionales y las políticas para las exportaciones y la captación de inversiones internacionales.
- Democracia e integración; necesidad de estudiar formatos de mejoramiento del Mercosur y alianzas estratégicas virtuosas para la región.
- Incidencia de las nuevas tecnologías en la política exterior, la inteligencia artificial.
- Sociedad de las Comunicaciones y Sociedad de la Información en la política internacional.
- Elementos de poder y control de las nuevas tecnologías que afectan las relaciones internacionales.
Hasta aquí hemos enumerado los principales objetos de estudio que consideramos deben analizarse científicamente para la incorporación posterior en la política internacional y la agenda externa que debe elaborar el país.
Diseño técnico de los lineamientos de la agenda exterior
A partir del trabajo científico, teórico y metodológico con nuevos parámetros, la política internacional puede entonces dedicarse a la formulación de una agenda exterior que contenga las políticas públicas y de orden privado de mayor beneficio para el país.
En esta agenda exterior, entendemos que deben volcarse los intereses nacionales, las políticas de Estado y los “lineamientos” –políticas concretas de la política internacional. Los lineamientos que entendemos se deben instruir para la agenda exterior han de ser:
- Procurar el respeto a la soberanía nacional, el respeto al derecho internacional, una diplomacia con premisas de pacifismo, la generación de garantías jurídicas para las inversiones extranjeras, una política de promoción e inteligencia comercial, la incorporación de nuevas tecnologías en el sistema diplomático –técnico, logístico y de capacitación–, una iniciativa de negociaciones bilaterales para la cuestión Malvinas, una política activa en el Atlántico Sur y la Antártida, y una política de defensa universal de los derechos humanos.
- Priorizar lineamientos para la inserción internacional en el orden político, jurídico y en lo económico-comercial, en la innovación científica y la diplomacia digital.
- Conllevar lineamientos para la promoción del Estado de derecho y el sistema democrático, sustentados por los fundamentos del orden jurídico nacional e internacional.
- Ser resultante de directivas de una conducción unívoca y jerárquica del Poder Ejecutivo, asistida por un canciller, y sustentada en pasos previos de orden intelectual, académico, científico y diplomático.
- No puede ser ideológica y debiera ser preferentemente pragmática. Tiene como objetivo el ordenamiento y síntesis de los lineamientos de la política exterior y apunta a un diseño pragmático que favorezca la inserción internacional e integración regional, siempre evitando tentaciones aislacionistas y evitando cualquier tipo de ideología.
- Conviene que contenga niveles de priorización de alianzas pétreas, alianzas estratégicas, alianzas especiales y a través de círculos de prioridad, urgencias y cortos y largos plazos.
- Requiere un armado de considerandos políticos, comerciales, económicos, estratégicos, tecnológicos y culturales en la relación con cada país y en el orden multilateral. Sin consideraciones ideológicas que desvíen los intereses nacionales.
- No puede considerar como elemento ni científico ni pragmático a los relacionamientos por amistades, ideologías, xenofobias o religiones.
Cuando se realiza el diseño técnico de la agenda exterior debe tomarse la decisión respecto a la influencia negativa de los paradigmas de supuestas amistades personales, ideologías políticas o religiosas.
Muy en particular poseen peso las absurdas expresiones comunicacionales que pregonan las ventajas por amistades e identidad de pensamientos ideológicos o políticos. Ello particularmente daña por seguro el relacionamiento en la región, para empezar; y luego puede extenderse a importantes relaciones externas.
Estos relacionamientos caprichosos y personales, las más de las veces basados en desinformación y frivolidades relativas a las características de sus líderes o pueblos, aquello que los hace “parecidos”, hacen mucho daño al relacionamiento institucional externo. Además, no constituyen una ecuación que planteamos para dotar de mayor excelencia a la política exterior y la diplomacia profesional, sino que suele actuar de manera ideológica y política, y eso, lo vivimos, perjudica los intereses del país.
- La agenda exterior debe priorizar el campo de la diplomacia económico-comercial y la diplomacia empresarial, primaria en la consideración de exportaciones, inteligencia comercial y captación de inversiones.
- Debe atender a la influencia de las nuevas tecnologías en la política y la diplomacia, tanto en el sistema de comunicaciones como en el formato de las negociaciones y en el sistema de información.
- Es conveniente que contenga una planificación estratégica y una planificación institucional, tanto a corto como a largo plazo. Incluso esta agenda debiera construirse en paralelo a un gabinete de planificación y de crisis, que
ordena y permite planificar prioridades, y a quien ejecuta la política exterior de la Cancillería le facilita, además, el armado de un gabinete institucional para planificación, y que se conforme este gabinete institucional también para emergencias, crisis y casos de afección a los intereses nacionales en todos los órdenes.[15]
- La cuestión de las urgencias es demandante y agobiante, pero no debiera estar por encima de la planificación estratégica y la planificación institucional, que requieren el seguimiento de los lineamientos de la política exterior, y es esta planificación la que brinda una mejor visión global y estratégica.
Conclusiones
La primera conclusión hace al convencimiento de que las relaciones internacionales en el nuevo orden mundial requieren de una urgente revisión y repensamiento de sus principios tradicionales.
La ciencia nos da la verdad, y solo a partir de allí y alejándonos de estudios y análisis ideológicos es que podemos superar este nuevo panorama internacional, para abocarnos a un estudio académico y diplomático, donde lo científico regule las leyes reales que rigen los Estados, el poder, las riquezas, las ambiciones y demás condicionantes y determinantes que actúan sobre la formulación de políticas internacionales.
A partir de una adecuada elaboración y formulación, el tomador de decisiones puede instruir los tiempos, formas y oportunidades para ejecutar la agenda exterior del país. Que ha de ser aplicada por la diplomacia en todos sus formatos y extensiones contemporáneos.
Una diplomacia que en el actual panorama internacional actúa como instrumento de diálogo y paz que debe buscar la generación de nuevos vasos comunicantes que puedan recuperar elementos de cooperación y solidaridad en donde las ideologías realistas colocan muros para la convivencia internacional dominada por los poderes de las potencias.
La comunidad internacional, en este crítico momento de incertidumbres, posmodernidad cultural, posglobalización negativa y debate sobre los beneficios y problemáticas de los regímenes políticos democráticos, requiere de manera urgente reformas del sistema internacional de las Naciones Unidas, que cumple ochenta años con un inicio en equilibrio y Guerra Fría y un pasar actual dinámico, en que muchos Estados hace rato que no respetan sus normativas, ni resoluciones, ni declaraciones.
Sumado a ello se requiere de una concientización para el estudio académico científico de la política y la economía, con el objeto de generar nuevas reglas y variables para la formulación de políticas internacionales. Porque también han fracasado demasiadas teorías y metodologías aplicadas en las relaciones internacionales, y es momento de generar un espacio superador en el orden científico e intelectual que genere las verdades que rigen el sistema internacional, y que pudieran aventajar a la política exterior de cada Estado.
Las comisiones, consejos y centros especializados también consideramos que se han anquilosado y requieren de una revolución en los estudios internacionales. Que no contengan altísima cantidad de ideología y un sinnúmero de grupos y subcomisiones de estudio que solo continúan relatos, en muchos casos hasta guiados por información derivada de medios o sitios digitales, en nada especializados.
Propongo entonces que, superadas esas instancias, revisemos los nuevos desafíos que han dañado al sistema internacional y a los que no se presenta atención alguna. Para que con la concentración de estudios de política y economía de excelencia se pueda generar una nueva escuela de estudios en la materia y la apertura de espacios en favor del diálogo con objetivos diplomáticos de paz y solidaridad; la generación de lineamientos que colaboren en sanar el sistema de cooperación internacional y fortalezcan las fragilidades políticas y económicas que amenazan a las democracias en el mundo.
Es tiempo de que, en el mundo de la política y las relaciones internacionales, se busquen de manera científica, y con excelencia y profesionalismo, los distintos valores y variables que están en juego en la constitución del actual ordenamiento internacional, en favor de la democracia, la integración, el desarrollo y el medio ambiente. Para que países como el nuestro puedan también aggiornar su política exterior a nuevas instancias y formas, que le permitan generar diplomacia eficiente que priorice la inserción internacional. Una diplomacia que, con rigor científico y académico, y con ejecución de excelencia profesional, incluya objetivos y lineamientos para el crecimiento y desarrollo nacional en el orden internacional.
Los resultados vendrán en favor del desarrollo del país en la medida que se realice una apuesta segura a las relaciones económicas y comerciales, la promoción amplia del sector privado y la transaccionalidad económica, la promoción de exportaciones e inversiones, la definición de una marca nacional con indicadores genuinos, la promoción de la cultura y la producción cultural, la integración regional y las nuevas alianzas estratégicas abiertas al mundo. Todo ello derivará en la generación de mayor cantidad de puestos de trabajo genuinos y empleos. Procurando ser parte de una ecología integral, una casa propia con un orden mundial más justo.
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- En la década de los 90, el entonces canciller de la nación, Guido Di Tella, impulsó la creación de la Fundación Exportar, que creaba los centros de promoción comercial en los principales consulados argentinos en el extranjero. Se incorporaron funcionarios del Ministerio de Economía y se los asimiló a la diplomacia. La misión primordial de Cancillería era el diagnóstico, prospección, propuestas y políticas en el orden comercial y a favor de las inversiones. ↵
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- El Informe Mac Bride, también conocido como “Voces múltiples, un solo mundo”, es un documento de la UNESCO publicado en 1980 y redactado por la comisión presidida por el irlandés Sean Mac Bride, ganador del Premio Nobel de la Paz. El objetivo del informe era analizar los problemas de la comunicación en el mundo y las sociedades moderas, particularmente de la comunicación de masas y la prensa internacional, y entonces sugerir un nuevo orden comunicacional para resolver estos problemas y resolver la paz. ↵
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- Ignacio Ramonet, 2016, El imperio de la vigilancia. Ed. Capital Intelectual, p. 17.↵
- Entrevista de Daniel Hopenhayn a Martin Hilbert para BBC. 20 de octubre de 2020. Disponible en https://www.bbc.com/mundo/noticias-54484758. ↵
- Entrevista de Daniel Hopenhayn a Martin Hilbert para The Clinic. 19 de enero de 2017. Disponible en https://www.theclinic.cl/2017/01/19/martin-hilbert-experto-redes-digitales-obama-trump-usaron-big-data-lavar-cerebros/.↵
- Juan Archibaldo Lanús, 1996, Un mundo sin orillas. Ed. Emecé, pp. 28, 29 y 30.↵
- Julio Lascano y Vedia, 2009, Política y diplomacia. Hacia una política institucional. Editorial Mi Llave.↵








