María Cristina Rosas
Introducción
Es lugar común asumir que el terrorismo constituye una amenaza a la seguridad. Esta percepción se ve alimentada por el hecho de que, como método que emplea la violencia con fines políticos, el terrorismo opta por canales distintos a los institucionales para dar a conocer la “agenda” de sus promotores. Curiosamente, sin embargo, el terrorismo no es solo el patrimonio de los inconformes, de organizaciones extremistas o de la delincuencia organizada. Diversos gobiernos han recurrido al terror para salvaguardar no la seguridad nacional, sino la de un régimen, fracturando a la sociedad, suprimiendo el disenso y eliminando a adversarios políticos. Por otro lado, los gobiernos enfrentan la consigna de combatir el flagelo sin negociar con terroristas, enviando a la sociedad el mensaje de que, si tienen alguna inconformidad, debería canalizarla a través de las instituciones existentes sin recurrir a la violencia.
Al terrorismo se lo enfrenta como el problema en sí, no en sus raíces. Estas son tan diversas que se podrían llenar muchas páginas explicando las motivaciones, razones y fundamentos que lo originan. Si bien sería difícil llegar a un consenso sobre las causas, en general se acepta que el terrorismo se construye sobre la base de una serie de contradicciones sociales, por lo que no es el problema. Asimismo, a pesar de ser una acción con objetivos políticos, quien perpetra un acto terrorista generalmente es tratado como delincuente, no como preso político.
El fin de la Guerra Fría llevó a que los países del mundo redefinieran las amenazas a la seguridad internacional. Estados Unidos, por ejemplo, en aquel histórico discurso de George Bush padre en noviembre de 1990 al calor de la incursión bélica de Irak sobre Kuwait, señalaba la ausencia de democracia como uno de los mayores flagelos para la seguridad mundial. Se refirió también al narcotráfico, las migraciones indocumentadas e incluso hubo una mención a la agenda ambiental. Todo esto ocurría mientras la URSS entraba en un proceso de implosión que sellaría el fin del conflicto Este-Oeste, lo que sugiere que Washington preparaba el terreno para un mundo postsoviético.
El problema con la agenda sugerida por Bush es que parecía reemplazar la confrontación Este-Oeste con el conflicto Norte-Sur, en el que el Sur se perfilaba como la gran amenaza para la seguridad del Norte. La ausencia de democracia, el narcotráfico, las migraciones indocumentadas y el deterioro ambiental eran problemas, según Bush, causados por los países en desarrollo, con lo cual negaba implícitamente la complicidad del Norte en su existencia. Por ejemplo, si bien gran parte de los estupefacientes se producen en países en desarrollo, su principal consumidora es la sociedad estadunidense. La democracia, de la que tanto se ha vanagloriado el vecino país del norte por largo tiempo, tiene altibajos, por ejemplo, en la forma de la elección indirecta de su presidente, mediante un colegio electoral, o de cara a la polarización política, el racismo y la exclusión. En fechas más recientes, el asalto a la democracia fue instigado por el entonces presidente Donald Trump, quien desconoció la victoria electoral de su adversario, Joseph Biden, en los comicios de 2020. No solo eso: Trump convocó a las masas a tomar el Capitolio en un acto oprobioso que dañó profundamente las instituciones que hicieron posible, previamente, la victoria del controvertido empresario.
Respecto a la migración indocumentada, otro espinoso tema en la agenda estadunidense, se sabe que esta ha subsidiado la economía de ese país con mano de obra barata en diversas ramas de la economía, lo que ha posibilitado, de paso, que Estados Unidos sortee, por ahora, el envejecimiento de su población, tema apremiante en Europa y Japón. En lo que hace al deterioro ambiental, en los tiempos de Bush padre, Estados Unidos era quien más contaminantes responsables del efecto de invernadero generaba. Hoy, junto con la República Popular China (RP China), mantiene el camino hacia la depredación del planeta en medio de pronósticos muy sombríos sobre el aumento de la temperatura terrestre, muy por encima de lo que impediría una catástrofe global.
Con este telón de fondo, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) se dio a la tarea de proponer un concepto amplio de seguridad en el que incorporaría los temas que, aunque siempre habían estado presentes, no se hicieron visibles en medio de la vorágine militar, política y militar de la Guerra Fría. La propuesta del PNUD es que el malestar de la sociedad obedece a la imposibilidad de satisfacer sus necesidades de vida más elementales –i. e. la falta de acceso a servicios educativos, sanidad, empleos, alimentos, la violencia, el racismo, la discriminación, etcétera–, lo que a su vez tiene el potencial de convertirse en amenaza a la seguridad.
El PNUD, surgido el 22 de noviembre de 1965 en la llamada “década para el desarrollo”, así proclamada por la Organización de las Naciones Unidas (ONU), es un programa que se propuso visibilizar la problemática del desarrollo en momentos en que diversos territorios accedían a la independencia política, pero se topaban con la enorme dependencia económica a la que se veían condenados debido a la desigual distribución de la riqueza a escala planetaria. El PNUD ha sido clave en el desarrollo del concepto de desarrollo humano para medir el bienestar social al margen de criterios reduccionistas, como el ingreso per capita o el producto interno bruto (PIB). El desarrollo humano ha servido para empoderar temas como los derechos humanos, el ambiente, los asentamientos humanos, la situación de la niñez, la participación y bienestar de la mujer; tópicos, todos ellos, abordados en sendas cumbres internacionales celebradas especialmente en los años 90 del siglo pasado.
Fue en preparación para una de estas cumbres, la de desarrollo social celebrada en Copenhague en 1995, que el PNUD preparó, en su Informe sobre desarrollo humano de 1994, una propuesta conceptual conocida como seguridad humana, la cual constituye un nuevo paradigma para los estudios en materia de seguridad.[1] La seguridad humana, concepto ligado estrechamente al de desarrollo humano, coloca a las personas en el centro de su análisis. El malestar que puedan enfrentar en terrenos como la salud, la alimentación, el ambiente, la economía, más la violencia en sus diversas manifestaciones, constituyen elementos que atentan contra su seguridad.
Si bien la seguridad humana es un concepto inacabado y que sigue siendo debatido, tiene la virtud de haber colocado en el centro de sus preocupaciones:
- la relación estrecha entre seguridad y desarrollo;
- la reafirmación de que los seres humanos tienen derechos que deben ser respetados y protegidos;
- la participación social para gestionar tanto la agenda de seguridad como la de desarrollo;
- la relevancia de las instituciones para establecer, en conjunto con las sociedades, agendas apropiadas para cumplir con los objetivos tanto de la seguridad humana como del desarrollo humano;
- el reconocimiento de que la seguridad no es un fin en sí mismo, sino un medio para llegar al desarrollo humano pleno.
Teniendo esto en mente, el objetivo de la presente reflexión es caracterizar la agenda de seguridad internacional en el marco de la seguridad humana, y la manera en que amenazas como el terrorismo y ahora las pandemias y epidemias se han perfilado en el siglo XXI como los principales flagelos. Se revisará el alto perfil de que han gozado estos temas en detrimento de una visión global sobre las amenazas, riesgos y vulnerabilidades a la seguridad y se advierten los peligros de una visión sesgada que genera políticas especialmente reactivas y socialmente costosas.
La seguridad humana y la seguridad internacional
El concepto de seguridad humana, pese a su visibilización tan clara al finalizar la Guerra Fría, no data de esos tiempos. Con motivo de las dos guerras mundiales del siglo XX, en especial tras la segunda de ellas, se reconoció que la protección de las personas es un principio central de las relaciones internacionales, por lo que la Carta de las Naciones Unidas asumía como prioritario en sus propósitos y principios:
Realizar la cooperación internacional en la solución de problemas internacionales de carácter económico, social, cultural o humanitario, y en el desarrollo y estímulo del respeto a los derechos humanos y a las libertades fundamentales de todos, sin hacer distinción por motivos de raza, sexo o religión.[2]
Los dramáticos acontecimientos generados en ese contexto bélico hicieron de la protección de las personas un tema de singular relevancia, tópico que estuvo latente a lo largo de la Guerra Fría pero que saltó al protagonismo a su término. Aquí, a pesar de que se reconoce que la existencia de armas de destrucción en masa atenta, por ejemplo, contra la supervivencia de la humanidad, también es verdad que millones de seres humanos en todo el mundo tienen legítimas preocupaciones respecto a su supervivencia ante desafíos cotidianos. En palabras del PNUD:
En última instancia, la seguridad humana es el niño que no murió, la enfermedad que no se propagó, el empleo que no fue suprimido, la tensión étnica que no derivó en la violencia, el disidente que no fue silenciado. La seguridad humana no es una preocupación con armas –es una preocupación con la vida y la dignidad humanas.[3]
El desarrollo humano, según el PNUD, tiene cuatro características, a saber: la erradicación de las carencias; la libertad para desarrollar y realizar el potencial de las personas; la erradicación de la injusticia y de la violación del imperio de la ley; y la libertad para contar con un trabajo digno, sin explotación. Por ende, la seguridad humana propone el cumplimiento de las metas del desarrollo humano. Cualquier omisión amenazaría la seguridad de las personas. De ahí la importancia de reivindicar la relación intrínseca entre seguridad y desarrollo.
La seguridad humana consta de siete componentes, a saber:
- seguridad económica;
- seguridad alimentaria;
- seguridad y salud (seguridad sanitaria);
- seguridad ambiental;
- seguridad personal; y
- seguridad de la comunidad.[4]
Si bien estos siete componentes efectivamente contienen aristas fundamentales de la agenda del desarrollo que claramente inciden en la seguridad, hay otras que en aquel momento (1994) no fueron contempladas puntualmente, por ejemplo, la equidad de género y la protección de las mujeres, la seguridad hídrica, la seguridad energética, la ciberseguridad y la seguridad cultural, entre otras. Con todo, siendo la seguridad humana una propuesta conceptual en construcción, cada vez más voces especializadas apuntan a complementar y sumar a este concepto temas de la agenda internacional que son crecientemente relevantes y por lo mismo deben ser incorporados.[5]
La seguridad humana posee una dimensión internacional debido a que los desafíos que enfrentan las sociedades fácilmente desbordan las fronteras nacionales, o bien a que los sucesos en alguna comunidad, por remota que sea, tienen repercusiones globales. La pandemia generada por el SARS-CoV-2, agente causal del covid-19, y la viruela símica son ejemplos de ello en el terreno de la salud. Un terremoto devastador como el que impactó a Haití en 2010 no solo destruyó vidas humanas y edificaciones,[6] también generó emergencias sanitarias[7] y migrantes “ambientales”, muchos recibidos en México[8] y Estados Unidos.[9] Con ello queda de manifiesto que las consecuencias de los flagelos identificados en la agenda de seguridad humana no tienen efectos unívocos y que, en realidad, generan consecuencias para los demás componentes. Por ejemplo, en sociedades con una escasa gestión integral del riesgo, cuando acontecen fenómenos naturales, los impactos son severos y pueden desencadenar crisis sanitarias, exacerbamiento de la delincuencia organizada, violencia, crisis económicas, alimentarias, etcétera.
Por ello es tan importante contar con una visión integral de los desafíos a la seguridad humana, toda vez que una respuesta unidimensional operaría como paliativo y no posibilitaría la sostenibilidad en el mediano y largo plazo. En el siglo XXI, el mundo ha transitado de considerar al terrorismo como la máxima amenaza a la seguridad internacional a colocar en su lugar a la pandemia del SARS-CoV-2. En ambos casos, se ha privilegiado la atención a un solo tema, dejando de lado los diversos desafíos que enfrenta el mundo y cuya desatención amenazan tanto al desarrollo como a la seguridad. Los recursos destinados a luchar contra el terrorismo a menudo se han usado para buscar a organizaciones delincuenciales y terroristas, y menos para atender las causas que han llevado a que diversas comunidades se radicalicen.[10] Con la pandemia ha pasado algo semejante: los gobiernos del mundo han destinado toda la atención al SARS-CoV-2, descuidando otros desafíos, como la seguridad económica, la crisis ambiental, los conflictos armados, etcétera, y se debieron enfrentar las consecuencias de ello.
De cómo el terrorismo devino en la mayor amenaza a la seguridad internacional en el siglo XXI
Como se puede observar en el cuadro 1, el terrorismo ya había sido identificado por el PNUD en su Informe sobre desarrollo humano de 1994 como una amenaza a la seguridad personal. Si bien a la fecha no existe una definición de consenso aceptada por la comunidad internacional para caracterizarlo, el terrorismo es reconocido como un tipo de violencia que impacta en el bienestar de las sociedades y en sus estructuras de organización política.
Cuadro 1. Algunas amenazas a la seguridad humana
Tipos de seguridad | Ejemplos de amenazas |
| Seguridad económica | Pobreza persistente, desempleo |
| Seguridad alimentaria | Hambre, hambruna |
| Seguridad sanitaria | Enfermedades infecciosas mortales, alimentos no seguros, desnutrición, falta de acceso a cuidados sanitarios básicos |
| Seguridad ambiental | Degradación ambiental, agotamiento de recursos, fenómenos naturales, contaminación |
| Seguridad personal | Violencia física, delitos, terrorismo, violencia doméstica, mano de obra infantil |
| Seguridad comunitaria | Tensiones étnicas, religiosas o causadas por otras identidades |
| Seguridad política | Represión policial, abusos de los derechos humanos |
Fuente: Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo.
El terrorismo tiene una finalidad política. Suele apostar a atemorizar a las sociedades, sea mediante la violencia física o la psicológica. Tiene víctimas, lamentablemente, inmediatas, pero ellas no son las destinatarias fundamentales de estas acciones. El terrorismo se apoya en los medios de comunicación, dado que una difusión amplia de los hechos hace aparecer mayor el desafío que plantea quien lo reivindica.
El hecho de que no exista una definición aceptada de común acuerdo por las naciones del mundo conduce al problema de que el concepto puede mutar conforme a intereses instrumentales particulares. Así:
Hoy en día, terrorismo es un término de uso corriente que conlleva una carga valorativa negativa de carácter absoluto. Se estima que el terrorismo no se justifica bajo ninguna circunstancia y, de hecho, es objeto siempre de la más enérgica condena. Incluso aquellos que son acusados de practicar el terrorismo no se llaman a sí mismos, ni a la violencia que cometen, terroristas, confirmando o implícitamente aceptando, de este modo, la irrecuperable connotación negativa de esta palabra. Esto no ha sido siempre así (…) los revolucionarios que se embarcaron en acciones de asesinato político a partir de fines del siglo pasado, y los autores que propugnaban tales estrategias, las justificaban abiertamente y no esquivaban el uso de expresiones derivadas del concepto de terror.
En estas circunstancias, y contándose, desde el punto de vista valorativo, con el término “terrorismo” que implica una condena absoluta pero sin una realidad suficientemente definida a la cual aplicarla, el resultado era previsible: la condena a priori que la sola expresión “terrorismo” envuelve, se ha utilizado tanto contra conductas inequívocamente condenables, como en contra de otras formas de acciones armadas o de violencia política que se busca deslegitimar, independientemente de si tales conductas pueden ser, de acuerdo al derecho internacional y a la ética política, condenables en algunos casos y aceptables en otros. Este desarrollo se explica porque el problema de la violencia política, en general, y del terrorismo, en particular, es una de las grandes cuestiones de ética política de nuestra época. En este sentido está a la par con ciertos temas que periódicamente surgen en la arena internacional y ocupan la atención de la comunidad internacional por muchas décadas. El tema de la abolición de la esclavitud tuvo ese status desde fines del siglo XVIII y durante el siglo XIX. En este siglo lo tienen, en sentido positivo, temas o nociones tales como la independencia y autodeterminación de los pueblos, la igualdad (o si se quiere, en sentido negativo, el rechazo a la discriminación), y los derechos humanos, noción esta última que, por su amplitud, se puede entender que abarca también las anteriores. En sentido negativo han adquirido ese status prácticas o nociones tales como el genocidio y el apartheid. La condena es, en estos casos, absoluta, es decir no se justifican dichas prácticas en ninguna circunstancia ni bajo pretexto de salvaguardar ningún otro valor. Similar condena absoluta se da respecto de prácticas violatorias de los derechos humanos como la tortura y el encarcelamiento por razones de conciencia.[11]
Existe una conexión clara entre las sociedades y el terrorismo, sea porque aquellas son victimadas, o bien porque podrían apoyarlo ante la imposibilidad de acomodar sus necesidades en el seno de un Estado y de los canales institucionales que posee. En el primer caso, es claro que debido a la violencia inherente al terrorismo, muchas sociedades suelen reprobarlo, como quedó de manifiesto en el caso de los quebequenses y canadienses en los años 70 del siglo pasado ante los actos perpetrados por el Front de Libération du Quebec.[12] En este caso, los quebequenses buscaron reivindicar su causa a través de los canales institucionales existentes, aun cuando subsiste la problemática de las relaciones entre esta provincia y el resto de Canadá en diversos temas.[13]
La violencia que caracteriza al terrorismo hace difícil que la lealtad de las fuerzas armadas y la policía hacia el gobierno sea puesta en duda. En el mejor de los casos, quienes perpetran acciones terroristas obtienen el reconocimiento en el mundo para su causa, así como concesiones veladas de parte de los gobiernos afectados directamente por sus acciones, porque a la hora de ponderar los costos de la violencia muchos terminan por “negociar.” La negociación, sin embargo, dependerá de las demandas: por ejemplo, la petición de un sistema electoral más representativo y la autonomía regional podrían ser aspectos razonables a los ojos de las autoridades frente a la fundación de un Estado como el Kurdistán[14] o de un califato.[15]
Las acciones terroristas, entonces, permiten a los perpetradores propagar su agenda –la que podría generar simpatías en el mundo para su causa, además de garantizar la adhesión y el consenso de sus militantes, quienes aspiran a que se produzcan resultados concretos, físicos y visibles; propiciar una respuesta inusitada de parte del gobierno que la sociedad no esté de acuerdo en avalar, disminuyendo con ello el apoyo popular hacia las autoridades; y propiciar la ingobernabilidad, el desorden y el caos, con lo que debilitaría al sistema existente, aunque si el terrorismo es de izquierda esto podría dar pie a acciones contraterroristas de derecha– y viceversa. La ingobernabilidad también podría dar pie a un efecto multiplicador tras el primer ataque: si a la entidad vulnerada fue posible golpearla, otros grupos o actores inconformes podrían recurrir al terror para reivindicar sus demandas en un efecto copycat.[16] El terrorismo de sustento religioso ha estado presente a lo largo del siglo XXI, pero el terrorismo político sigue presente.
La respuesta del Estado ante el terrorismo debe ser contundente dado que las instituciones que lo gobiernan han sido puestas en tela de juicio. Puesto que la autoridad de los gobiernos emana, en principio, de la sociedad, el argumento de que el terrorismo constituye una amenaza a la seguridad nacional se sostiene a partir de la premisa de que existen canales institucionales que deberían ser empleados para que los inconformes expresen su sentir y sus demandas.[17] Por lo tanto, en el momento en el que se hace uso de la violencia con fines políticos, la convivencia social es sacudida y el disfrute de los derechos humanos suele interrumpirse, ello en el nombre de la seguridad nacional.
Terrorismo y salud pública
Además de ser un tipo de violencia con fines políticos, el terrorismo también y sobre todo es un asunto de salud pública. En primer lugar, este tipo de violencia atenta contra la vida y la salud física y mental de las personas, dado que procura generar miedo, especialmente en la población civil. Pero los impactos del terrorismo también se hacen sentir en las medidas desarrolladas por los Estados para enfrentarlo, sea la restricción de las libertades, la canalización de fondos que estaban asignados a otras carteras, la justificación de costosas guerras, etcétera.
En uno de los primeros libros dedicados a revisar los impactos del terrorismo en la salud pública, los autores se preguntan si la lucha contra el terrorismo ha ayudado a fortalecer el sistema de salud de Estados Unidos. La obra, publicada en 2002, afirma que es verdad que ha mejorado la preparación ante emergencias de salud pública y que desde 2001 se tienen mejores mecanismos de respuesta ante la gripe pandémica. Sin embargo, ello ha operado en contra del abordaje de la problemática derivada de enfermedades crónico-degenerativas no transmisibles y de las mejoras en el saneamiento, por ejemplo, el acceso al agua potable.[18] El problema, sin embargo, es que la salud pública se politizó tras los ataques con esporas de ántrax que padeció Estados Unidos inmediatamente después de la destrucción de las torres gemelas del World Trade Center en Nueva York y del impacto de un avión en el Pentágono. Fue muy difícil disociar ambos eventos, cuyos perpetradores, ahora se sabe, fueron distintos. Con todo, la visión de que virus, bacterias o toxinas podrían ser manipulados a gran escala para hacer daño a Estados Unidos u otros países se impuso por encima de una visión integral sobre la salud púbica, lo que explica los estragos generados en Estados Unidos y el mundo por la pandemia del SARS-CoV-2.
La mayoría de los ataques terroristas producen un aumento de demanda de atención sanitaria urgente, especialmente durante la fase aguda del incidente, debido al número de personas directamente heridas o afectadas. Pero también producen un aumento de la demanda de asistencia sanitaria a medio y largo plazo debido a las complicaciones o secuelas de los afectados por el incidente. El patrón de modificación de la demanda de cuidados de salud tras un incidente terrorista es variable. Por ejemplo, en Israel tras los ataques con misiles SCUD durante la guerra del Golfo en 1991 aumentaron las consultas urgentes y disminuyeron las programadas, el número de consultas de medicina general se redujo a la mitad pero el de consultas de salud mental aumentó. De hecho, el estrés producido por los incidentes terroristas hizo que las consultas por problemas médicos triviales disminuyeran mientras que las consultas por problemas psicopatológicos como ansiedad o somatización aumentaron. [Un] estudio (…) realizado en víctimas del terrorismo en España ha encontrado un aumento de la frecuencia de trastornos del ánimo y de trastornos de ansiedad con respecto a la población general, además de un aumento en el abuso de alcohol entre las víctimas directas. En este sentido, el riesgo de trastornos mentales es mayor cuando el atentado ha sido por bomba, que es el tipo de atentado terrorista más frecuente a nivel global.[19]
En 2023 hubo 8.352 víctimas fatales a causa de 3.350 actos terroristas en el mundo. El 87 por ciento de las defunciones provocadas por el terrorismo ocurrieron en 10 países, dos de Medio Oriente (Israel y Siria) y seis de África (Burkina Fasso, Malí, Nigeria, Níger, Somalia y Camerún), uno en el sur de Asia (Pakistán) y otro en el sureste asiático (Myanmar), siendo Burkina Fasso quien encabezaba la lista en ese año –dos de cada 10 víctimas del terrorismo en el mundo fueron burkineses.[20] Como se puede apreciar en el gráfico 1, existe una clara vinculación entre terrorismo y conflictos violentos. Los países del gráfico 1, salvo excepciones, cuentan con sistemas precarios de salud, resultado de conflictos prolongados que han, o bien dilapidado sus recursos, o bien los han canalizado a la guerra, no a la construcción de la paz. Según el índice sobre seguridad en salud global, Somalia figura en la posición 195, la última en el ránking mundial. Burkina Faso –actualmente el país más golpeado por el terrorismo en el planeta– está en la 138.ª posición; Malí en la 144.ª; Níger en la 147.ª; Camerún en la 149.ª; Pakistán en la 130.ª; Nigeria en la 86.ª; Myanmar en la 85.ª; Siria en la 192.ª; e Israel en la 53.ª[21]
Gráfico 1. Países con más víctimas fatales resultado de actos terroristas en 2023 (porcentaje) (los 10 países referidos representaron el 87 % de las víctimas fatales por actos terroristas)

Fuente: Institute for Economics and Peace (2024). Global terrorism Index 2024. Sydney, IEP. Disponible en https://www.visionofhumanity.org/wp-content/uploads/2024/02/GTI-2024-web-290224.pdf.
En 2024 el terrorismo ha estado muy presente en el mundo, animado por el número récord de procesos electorales que se llevan a cabo en los diversos continentes. Además del conflicto entre Israel y Hamás que se desarrolla desde el 7 de octubre de 2023 y que constituye el acto terrorista más letal en el mundo –desde el 11 de septiembre de 2001– de parte de Hamás al provocar 1.200 muertos, no se puede dejar de lado el ataque contra el Crocus City Hall cerca de Moscú el 22 de marzo, que produjo la muerte de 137 personas y que se atribuyó el Estado Islámico justo después de los comicios presidenciales que dieron a Putin otra victoria para mantenerse en el poder. Otros hechos que se han ventilado ampliamente en los medios incluyen el atentado a tiros contra el primer ministro de Eslovaquia; las amenazas que el Estado Islámico ha realizado contra Francia –reconocidas por el presidente Macrón, quien elevó a alerta máxima la seguridad del país–; el asesinato de turistas catalanes en Afganistán; los ataques islamofóbicos en Alemania; y de manera más reciente, otro ataque en Rusia, esta vez en Daguestán, justo el día en que los rusos ortodoxos celebraban Pentecostés. El ataque produjo 19 víctimas fatales y 12 heridos.
Es innegable también el impacto de la pandemia del SARS-CoV-2 en el terrorismo. Según el Instituto de Economía y la Paz, especialmente en Occidente, las restricciones a la libertad de movimiento, el cierre de fronteras, la suspensión de reuniones y eventos masivos y el peligro de la enfermedad para la vida de las personas explicarían la reducción de actos terroristas y, por ende, de heridos y víctimas fatales. Cabe destacar que mientras que en 2020 y 2021 el terrorismo cobró las vidas de alrededor de 15 mil personas,[22] el SARS-CoV-2 provocó, según estimaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS) entre el 1 de enero de 2020 y el 31 de diciembre de 2021, alrededor de 15 millones de defunciones.[23] Así, el SARS-CoV-2 ha probado ser más letal, por mucho, que el terrorismo, y como se puede observar en el gráfico 2, los países más golpeados por esta enfermedad son distintos de los mostrados en el gráfico 1 –sin por ello sugerir que en Afganistán, Burkina Faso, Irak, Níger, Malí o Somalia la pandemia estuvo ausente. Simplemente hay que tomar en cuenta que el flujo de información en naciones como las descritas es difícil en medio de los conflictos y la violencia imperantes, que han vulnerado las instituciones y su infraestructura, por ejemplo la empleada para proveer servicios de salud.
Gráfico 2. Países con el mayor número de defunciones provocadas por el SARS-CoV-2 (al 29 de julio de 2022)

Fuente: Statista, Organización Mundial de la Salud.
El SARS-CoV-2 generó una suerte de depresión global en la población, ello sumado a las malas noticias, la crisis económica y el desempleo desencadenados por el cierre de fuentes de trabajo. Se observa un resentimiento de las sociedades contra las autoridades por las cuarentenas, el encierro, las actividades en línea, lo que se combina con la desinformación, las noticias falsas y los movimientos antivacunas. Todo ello genera ventanas de oportunidad para el extremismo y para el reclutamiento de posibles militantes/afiliados por parte de organizaciones terroristas.[24] Con el tiempo se verá si ello genera nuevos tipos de terrorismo o si este repunta en las regiones en las que, por ahora, parece que ha dado tregua.
Un tema a ponderar es que, visto que el SARS-CoV-2 ha sido tan letal, por mucho, más allá de los ataques terroristas –medido esto en términos de las defunciones que generan–, ello podría llevar a que grupos terroristas o delincuenciales consideraran manipular deliberadamente virus, bacterias o toxinas para hacer daño y reivindicar sus respectivas agendas. Si bien el expertise requerido es sumamente sofisticado para generar un agente biológico, verificar su estabilidad, dispersarlo –sin que quien lo haga se contamine– y hacer las reivindicaciones respectivas, los cruces entre terrorismo y guerra biológica se han producido a lo largo de la historia y, de manera más reciente, a principios del presente siglo en Estados Unidos. El informe sobre seguridad en salud global, por más cuestionables que sean sus resultados al colocar a Estados Unidos como el país con “más seguridad en salud”, es lapidario al afirmar que ninguna nación del planeta está preparada para futuras pandemias –como tampoco para la que recién ocurrió. Más grave es que el informe prácticamente presenta la receta para un desastre mayúsculo al señalar que
- la mayoría de los países, incluyendo los de altos ingresos, no han canalizado recursos financieros para fortalecer su preparación ante epidemias y pandemias;
- la mayoría de los países muestran mejoras magras o ninguna en mantener un sistema de salud robusto, capaz y accesible para la detección y respuesta ante brotes;
- los riesgos políticos y en materia de seguridad se han incrementado prácticamente en todos los países, y aquellos que tienen menos recursos son los que mantienen las mayores brechas en preparación y gestión del riesgo;
- los países siguen negando las necesidades de protección y preparación de poblaciones vulnerables, exacerbando el impacto de emergencias de salud pública; y
- los países no están preparados para prevenir eventos biológicos globales catastróficos que podrían causar un daño mayor que el covid-19.[25]
El SARS-CoV-2 también ha dejado atrás la atención que otras enfermedades venían recibiendo antes de su arribo. Afganistán, para citar el caso del país que hasta no hace mucho era el que más víctimas fatales derivadas de actos terroristas presentaba, tiene igualmente la mayor cantidad de casos de poliomielitis dado que las talibanas, antaño, se opusieron ferozmente a la inmunización de los infantes,[26] si bien a partir de noviembre de 2021 llegó a un acuerdo con Naciones Unidas y el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) para inocular a 10 millones de niños de menos de 5 años.[27] Sin embargo esta nueva noticia contrasta con el dramático incremento del sarampión, la tuberculosis, las enfermedades crónico degenerativas no transmisibles, etcétera, ello sin dejar de lado el surgimiento y resurgimiento de otras, como la viruela símica, que encontraron espacios de propagación cuando los sistemas de salud consideraron al SARS-CoV-2 como la única amenaza a la salud púbica y descuidaron la vigilancia epidemiológica.
Bioterrorismo: ¿realidad o ficción?
En febrero de 1999, el Centro Johns Hopkins de Estudios de Defensa Civil de Estados Unidos realizó un juego de guerra biológica en Crystal City, Virginia. El simulacro se llevó a cabo a lo largo de ocho horas con la participación de personas vinculadas a los servicios de salud, la policía, militares y funcionarios judiciales del vecino país del norte. En el ejercicio
… el Vicepresidente de Estados Unidos pronuncia un discurso en una prestigiada universidad local ubicada en una ciudad ficticia llamada Northeast. Es el 10 de abril. 11 días después, una estudiante de 20 años que asistió a la conferencia llega al área de urgencias del hospital universitario con síntomas similares a los de la gripe: fiebre alta, dolores musculares, fatiga, dolor de cabeza. Es enviada de vuelta a su casa conforme a la vieja máxima: descanse y tome muchos líquidos. Dos días después regresa al hospital, esta vez luchando por su vida. Un intendente que hizo la limpieza tras el discurso del Vicepresidente se presenta con los mismos síntomas. A las 6 en punto de esa noche, el 13 de abril, el experto en enfermedades infecciosas del hospital anuncia cautelosamente la atroz conclusión: ambos pacientes tienen viruela.
Dado que la viruela fue erradicada oficialmente en 1977 y las muestras remanentes de la enfermedad existen únicamente en Atlanta y Siberia bajo llave, puede haber solo una conclusión: alguien ha robado muestras de laboratorio del virus y las ha liberado a propósito en un ataque bioterrorista dirigido contra el Vicepresidente de Estados Unidos.
Bajo este escenario 15 mil personas mueren de viruela en un lapso de dos meses y la epidemia se escapa de control en 14 países. Todos los suministros mundiales de la vacuna se acaban y llevará años fabricar lo suficiente como para salvar a la humanidad. La economía mundial se dirige al colapso ya que las naciones cierran sus fronteras y se hunden en el aislamiento, impidiendo a todos los estadunidenses el ingreso al país. En la ciudad de Northeast reina el caos absoluto y la Guardia Nacional impone la ley marcial sobre sus dos millones de residentes. De manera similar, la autoridad del gobierno se quiebra o se convierte en un control de tipo militar en todas las ciudades de mundo a medida que la viruela reclama vidas y enfrenta a los aterrorizados ciudadanos unos contra otros. Mientras tanto, de regreso en Northeast, un máximo experto en viruela garabatea proyecciones en la parte de atrás de un sobre y gentilmente lo desliza frente al gobernador del estado: en el término de 12 meses habrán muerto 80 millones de personas en el mundo.[28]
El terrorismo biológico, al igual que el terrorismo químico y el cibernético constituyen medios no convencionales del empleo de la violencia con fines políticos. En los tres casos, el factor sorpresa es aún mayor que el que generan ataques convencionales como la colocación, por ejemplo, de un explosivo en un avión, o bien secuestros/asesinatos de figuras públicas prominentes. Cuando la secta Verdad Suprema colocó paquetes con gas sarín en el metro de Tokio el 20 de marzo de 1995, el daño que generó a la sociedad japonesa fue mucho mayor que las 13 víctimas fatales y los más de 6.000 lesionados que produjo. Estudios realizados por expertos revelan que los supervivientes padecen efectos somáticos y psicológicos de largo plazo.[29] Lo sucedido en el metro de Tokio arroja importantes lecciones para las políticas de salud pública y de seguridad. Una respuesta rápida puede reducir sustancialmente el daño causado. Pero también la prevención es importante y es aquí donde aún falta un enorme trabajo por realizar.
Desafortunadamente, la utilización de armas biológicas y químicas a escala global ya no es, hoy en día, una amenaza teórica sino una realidad cuyo potencial destructivo es extremadamente elevado, de modo que debería ser posible que se reconozcan por parte de los sistemas de salud pública como potenciales agentes de bioterrorismo:
además del bacilo de ántrax se encuentran la infección por yersinia pestis (plaga o peste), la variola mayor (viruela), la toxina botulínica (botulismo), la infección por francisella tularensis (tularemia), y las fiebres hemorrágicas ocasionadas por los filovirus (Marburgo y ébola) y por el grupo de los arenavirus como Lassa (fiebre de Lassa) y el virus de la fiebre hemorrágica argentina.[30]
Seguridad humana y reglamento sanitario internacional
Uno de los detonantes para replantear la vigilancia epidemiológica en el mundo del nuevo siglo fue el contexto de septiembre-octubre de 2001, cuando en Estados Unidos, tras los atentados perpetrados con aviones en Nueva York, Washington D. C. y Pensilvania, fueron liberadas esporas de ántrax en paquetes postales dirigidos a figuras públicas y que provocaron la muerte de algunas personas.[31] El uso de agentes químicos, biológicos o toxinas para hacer daño resurgió como una preocupación para la seguridad nacional estadunidense que, de manera previsible, reforzó la conexión entre salud pública y seguridad a nivel nacional y global.
Además, las enfermedades por zoonosis también se manifestaron con especial crudeza. Como es sabido, hasta ahora se han identificado siete tipos de coronavirus: cuatro de ellos (HCoV-229E, HCoV-OC43, HCoV-NL63 y HCoV-HKU1) son muy comunes y algunos están presentes en el resfriado cotidiano junto a otros agentes patógenos como los rinovirus, por lo que se estima que una proporción muy alta de la población ha desarrollado defensas frente a ellos estando mayoritariamente inmunizados.[32] Además de estos cuatro coronavirus, han aparecido de forma más reciente otros tres, de los que el SARS-CoV-2 es el más famoso si bien sus otros dos hermanos debutaron en el presente siglo encendiendo las alertas de la comunidad científica, debido a la incidencia y distintos grados de letalidad: se trata del SARS-CoV y del MERS-CoV.
El SARS-CoV apareció en la provincia de Guangdong en la RP China en noviembre de 2002. En ese tiempo, el sistema de salud del país asiático se encontraba muy centralizado, existía un conocimiento escaso sobre el tratamiento de enfermedades infecciosas y tampoco había una estrategia adecuada para comunicar información a la población. Las autoridades centrales tuvieron dificultades con las entidades locales, quienes no asumieron la responsabilidad para enfrentar la crisis sanitaria. La propagación del virus procedió con celeridad, llegó a Hong Kong en febrero de 2003 y de ahí a Singapur, a Canadá –en especial a Toronto– y a Estados Unidos, mientras que las autoridades callaron sobre el desarrollo del brote, ocultaron evidencias y afirmaron que tenían todo bajo control. Ante la falta de información creció el pánico en la población, y debido el creciente número de defunciones y la presión internacional, el gobierno de Beijing aceptó la crisis. Esta ciudad, por cierto, sufrió especialmente ante la enfermedad y su alcalde fue destituido, al igual que el ministro de Salud.[33] La economía, de todas maneras, se vio duramente golpeada y el PIB del gigante asiático perdió entre 1 y 2 puntos porcentuales en 2003[34] a causa de la epidemia.[35]
Adicionalmente, tras lo sucedido en la RP China con la epidemia de SARS-CoV, se corroboró que un país aisladamente no podría responder a los desafíos de salud pública en el siglo XXI. Por ello el 23 de mayo de 2005 fue aprobado el reglamento sanitario internacional por la Asamblea Mundial de la Salud.
A diferencia de su antecesor de 1969 –que pedía a los Estados notificar a la comunidad internacional solo casos de tres enfermedades, esto es, cólera, peste y fiebre amarilla–, el nuevo reglamento sanitario internacional, en vigor a partir del 15 de junio de 2007, es un ambicioso entramado que comprende dos vertientes: seguridad sanitaria mundial –alerta y respuesta ante epidemias y/o pandemias– y la respuesta mundial de salud pública a la aparición natural, la liberación accidental o el uso deliberado de agentes biológicos y químicos o de material radionuclear que afecten a la salud, y otras afines.[36]
Es de destacar en el nuevo reglamento sanitario internacional el cambio en la terminología y más importante, en el paradigma. Según el reglamento: “para cumplir integralmente con los requisitos de advertencia y alerta tempranas del reglamento sanitario internacional, es preciso fortalecer y desarrollar la vigilancia sistemática, o basada en indicadores, y la vigilancia basada en eventos”.[37]
En este sentido, el reglamento sanitario internacional de 2005 se propone llevar a cabo una visión integral amplia que incluye
enfermedades o pautas de morbilidad desconocidas, inusuales o imprevistas de todos los orígenes (es decir, biológico, químico, radionuclear), así como los peligros que podrían entrañar un riesgo para la salud humana, como las olas de calor, los fenómenos naturales o los alimentos contaminados.[38]
No sobra decir que, para cumplir con las disposiciones del reglamento sanitario internacional, los 194 miembros de la OMS[39] tendrían que reestructurar considerablemente sus sistemas de vigilancia de salud pública.
Como se explicaba, la ahora denominada vigilancia de salud pública, según el flamante nuevo reglamento, tiene dos objetivos principales, a saber:
- medir la carga de morbilidad, incluida la vigilancia de las tendencias de la morbilidad y mortalidad, a fin de guiar eficazmente los programas de control y la asignación de recursos correspondiente; y
- detectar anticipadamente los eventos de salud pública que requieren investigación y respuesta rápida, a fin de asegurar que los eventos de todos los orígenes se detecten y controlen rápidamente. El mecanismo organizado para alcanzar este objetivo se denomina de alerta temprana[40] y respuesta.[41]
Conforme a ello, los nuevos sistemas de alerta temprana y respuesta deben estructurarse como una suerte de red de redes que vayan desde el ámbito internacional, pasen por el nacional y lleguen al local. Asimismo, la detección precoz de los riesgos de salud pública debe efectuarse de manera expedita para evitar que el problema se desborde.[42]
El cambio de paradigma a partir de la entrada en vigor del reglamento sanitario internacional de 2005 es evidente:
- de considerar a un puñado de enfermedades incorpora todas las amenazas posibles a la salud pública;
- en lugar de tomar medidas preconcebidas o predefinidas, ahora las respuestas se deben adaptar al riesgo; y
- se pasa del control de las fronteras a la contención local, esto es, en el lugar en que se origina.[43]
A fin de determinar si un evento es de importancia internacional para la salud pública, es importante resolver el algoritmo de decisión, el cual deberá plantearse a partir de las siguientes preguntas:
- ¿Tiene el evento una repercusión grave para la salud pública?
- ¿Se trata de un evento inusitado o imprevisto?
- ¿Existe un riesgo significativo de propagación?
- ¿Existe riesgo de restricciones internacionales a los viajes y el comercio?
Si la respuesta es afirmativa por lo menos a dos de las cuatro preguntas señaladas, entonces se debe proceder a la notificación a la OMS.[44] Si se decide notificar a la OMS, corresponde a esta validar, a partir de la evidencia recibida, las recomendaciones médicas. Es muy importante recordar que el reglamento sanitario internacional es un acuerdo voluntarioso, es decir, no constituye un tratado jurídicamente vinculante y depende de la buena fe de los miembros de la institución seguir o no sus lineamientos. Evidentemente, no notificar un evento de importancia internacional en materia de salud pública puede tener importantes efectos económicos y políticos –ocurrió en la RP China ante el SARS-CoV y de nuevo de cara al SARS-CoV-2. Pero notificarlo también trae aparejadas consecuencias para el país, localidad o región en donde se produce el evento. Notificar o no notificar: ese es el dilema que el reglamento sanitario internacional no ha logrado sortear al día de hoy.
México, por ejemplo, que estrenó el flamante nuevo reglamento sanitario internacional al notificar sobre el A H1N1 en 2009, pagó las terribles consecuencias de la estigmatización ante la enfermedad; el cierre de actividades económicas; la interrupción del turismo; el confinamiento de mexicanos en el extranjero, a quienes se recluyó ante la sospecha de que portaran la terrible enfermedad; y, en general, la percepción de que la gripe mexicana era un monstruo al que había que excluir con medidas de castigo, no así de cooperación. Es verdad que México recibió la cooperación de diversos países del mundo, encabezados por Estados Unidos –preocupado por la vecindad geográfica con el país donde se originó el brote–, pero también es cierto que el precio que pagó México seguramente ha sido un disuasor para que otros países apliquen el reglamento sanitario internacional ante eventos de salud pública que acontezcan en sus territorios. La RP China no informó a tiempo sobre el nuevo coronavirus y ello contribuyó a la propagación de la enfermedad. Sin embargo, a Beijing no se le aplicó sanción alguna por ello, como tampoco a México se le premió por haber invocado el reglamento.
Actualmente el reglamento sanitario internacional se encuentra en revisión, esto por el impacto del SARS-CoV-2 en el mundo. El Grupo de Trabajo sobre el Fortalecimiento de la Preparación y Respuesta de la OMS frente a Emergencias Sanitarias presentó ante la 77.ª Asamblea Mundial de la Salud sus propuestas para enmendar el actual reglamento sanitario internacional de 2005. Entre los cambios que se antojan necesarios es dar el debido no solo al bioterrorismo, sino a las enfermedades nuevas, surgidas naturalmente, y a las enfermedades crónico-degenerativas no transmisibles, las que consumen vidas y generan discapacidades año con año en el mundo. Por poner un ejemplo: las defunciones generadas por el SARS-CoV-2 hasta el 10 de marzo de 2023 –fecha en que se dejó de reunir información por el Johns Hopkins Coronavirus Resource Center– son 6.881.855, equivalentes a la población de El Salvador. A ello hay que sumar las secuelas de la enfermedad para quienes la sobrevivieron, de las que cada vez se tiene más información sumamente preocupante. El SARS-CoV-2 es una enfermedad viral, pero no se puede dejar de lado que en el mundo 7 de cada 10 defunciones se producen por enfermedades crónico-degenerativas no transmisibles, encabezadas por la cardiopatía isquémica, diversos tipos de cáncer y la diabetes mellitus. Desafortunadamente, el SARS-CoV-2 ha hecho que los sistemas de salud posterguen la atención a estas y otras enfermedades, lo que tendrá consecuencias para la salud pública en los años por venir.
La revisión del reglamento sanitario internacional también debería llevar a que se aprueben zanahorias y garrotes para los países que lo cumplan y para los que lo desafíen, respectivamente. Como se explicaba, México, que logró mantener a raya al A H1N1, pagó un precio muy alto por ello, lo que presumiblemente desincentiva a otros países a seguir esa ruta. Lo acontecido con la RP China ante el SARS-CoV-2 se puede explicar a partir de la experiencia mexicana.
Consideraciones finales
En tiempos de recesión y/o crisis económica, la tentación a sacrificar partidas presupuestales a favor del desarrollo es alta. Ocurrió tras la crisis de 2008, lo que llevó a castigar el presupuesto en salud en muchas partes del mundo por considerar que los recursos canalizados al sector son un gasto, no una inversión. Esa visión debe cambiar: a la salud se la aprecia en ausencia, pero obviar su importancia tiene, como lo ha mostrado el SARS-CoV-2, consecuencias devastadoras en todos los ámbitos de la vida de las sociedades.
Evitar el sobredimensionamiento es otra lección que arroja la actual pandemia. Se prevé que, al menos por un tiempo, el tema de la salud ocupe una atención prioritaria en las agendas nacionales e internacional, lo que podría llevar a cometer el mismo error que tras el 11 de septiembre de 2001: al considerar que un solo tema es lo único que importa en el mundo, se pierden de vista vulnerabilidades, flagelos, riesgos y amenazas que pueden impactar de forma muy desfavorable en la agenda internacional. Ocurrió con la terrorización de la agenda global y todo parece indicar que volverá a ocurrir ahora con su epidemiologización.
Es también cierto que, pasado un tiempo, especialmente en períodos interpandémicos, se produce el síndrome del olvido, porque desafortunadamente muchos tomadores de decisiones tienen horizontes políticos cortos y si el país en que gobiernan carece de proyecto de nación, es muy fácil que cuando se produzca un cambio de gobierno, cambien las prioridades. En este sentido es importante para un país como México –aunque no es el único caso– desarrollar un proyecto de nación que permita contar con políticas de Estado, no solo de gobierno, de manera que cuando haya un cambio de gobierno, el proyecto se mantenga y se dé continuidad a las políticas. Esto es crucial para el sector salud pero también para todos los demás ámbitos de la vida nacional.
El padre de la epidemiología moderna, el checo Karol Raska, escribía en 1969 que
la evaluación sistemática es parte integrante de todo programa de inmunización y en ella deben emplearse los datos obtenidos en las actividades de vigilancia. Por otra parte, durante la realización de campañas de inmunización debe mantenerse una vigilancia de todos los efectos secundarios y complicaciones producidos por la vacunación. Todas las contraindicaciones deben ser respetadas. Debe prestarse especial atención a los estudios detallados, tanto los clínicos como de laboratorio y epidemiológicos de las enfermedades en personas vacunadas (aislamiento e identificación de agentes etiológicos, investigaciones serológicas de sueros que actúan en combinación, etc.). Como ya se dijo, la metodología de la vigilancia epidemiológica y los elementos empleados en los programas de inmunización presentan grandes variaciones en las siete infecciones que se han elegido como tema de este trabajo, dadas sus distintas ecologías. La metodología de la vigilancia depende también de la situación epidemiológica del país (etapa del programa de control), de los países vecinos (riesgo de introducción de la infección) y de la rapidez con que los servicios de salud sean capaces de enfrentarse al problema (reconocimiento temprano y rápida implantación de eficaces medidas de control).[45]
Rasca resumía así las consideraciones a ponderar para la aplicación de la vacuna contra la viruela, que en 1980 se convirtió en la primera y, a la fecha, única enfermedad erradicada a través de la inmunización. Los planteamientos de Rasca sugieren mirar el bosque, no solo el árbol, lección que debe ser reaprendida en el momento actual, máxime cuando el mundo está procediendo a la más ambiciosa campaña de inmunización de la historia contra el SARS-CoV-2.
Walter Ledderman señala, citando al historiador médico Laín Entralgo, que la Guerra de Cien Años (1337-1453) terminó con la peste bubónica, pero generó, entre otras consecuencias político-sociales:
- una enorme recesión en Europa, demográfica y, ciertamente, económica;
- una exaltación de ciertas prácticas religiosas viciosas, como las procesiones de flagelantes, con un claro contenido social: la muerte nivela a ricos y a pobres. Los flagelantes divulgaron la noticia falsa de que los judíos provocaban la peste, lo que llevó a que miles de ellos fueran asesinados; y
- ante la percepción de la fugacidad de la vida, muchos privilegiaron los placeres mundanos con fiestas, celebraciones, incluso privilegiando noticias “alegres”.[46]
Si no se hubiese incluido la fuente de esta referencia, se podría pensar que las consecuencias citadas se refieren a la pandemia actual. El SARS-CoV-2 ha generado una recesión económica y, previsiblemente, implicará un retroceso en la esperanza de vida a escala global. Asimismo, la práctica de buscar culpables ha sido ejemplificada especialmente por Estados Unidos –sobre todo en los tiempos de Donald Trump–, empecinado en denostar el trabajo de la OMS –que de todos modos debe mejorar– y en echar la culpa a la RP China, incluso bautizó a la enfermedad como el virus chino. Además, el impacto del confinamiento en las sociedades es muy visible. La resistencia a aislarse lleva a muchos a “celebrar la vida”, a hacer reuniones, a salir a la calle y a desafiar a las autoridades, lo cual los expone a un contagioso virus potencialmente mortal.
La llegada de las vacunas contra el SARS-CoV-2 es una medida de respuesta encaminada a poner fin a esta crisis. En un escenario optimista donde los efectos secundarios de vacunas liberadas por razones de emergencia y seguridad nacional sean mínimos, gran parte de los seres humanos podrán contar con los anticuerpos para que el contagioso coronavirus se convierta en una enfermedad endémica más sobre la que el mundo habrá logrado imponerse. Sin embargo, si los sistemas de salud son precarios, si el analfabetismo en salud es amplio, si los movimientos antivacunas siguen creciendo, si la cooperación internacional no prospera, si los objetivos de desarrollo sostenible no reciben el apoyo deseado, si la desigualdad y la pobreza en el mundo no son combatidos, si los conflictos armados se mantienen o surgen otros más, si el deterioro ambiental progresa, y si el divorcio entre las agendas de seguridad y desarrollo se mantiene, el mundo se mantendrá vulnerable y muy desprotegido ante la(s) pandemia(s) que viene(n). La salud no es solo la ausencia de enfermedades. La OMS la caracteriza como un estado de completo bienestar físico, mental y social, de manera que seguramente se habrá ganado la batalla contra el SARS-CoV-2, pero en el mediano y largo plazo se podría perder la guerra por la salud a un costo enorme para el mundo.
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- Organización de las Naciones Unidas (1945). Carta de las Naciones Unidas. Nueva York, ONU, p. 3.↵
- PNUD, Ibid. ↵
- PNUD, op. cit., p. 28.↵
- Para un análisis detallado acerca de estos nuevos temas de la seguridad humana, véase María Cristina Rosas (2020). La seguridad humana sostenible: ¿paradigma para la seguridad nacional de México en el siglo XXI? En María Cristina Rosas (coord.), La seguridad extraviada: apuntes sobre la seguridad nacional de México en el siglo XXI, México, Centro de Análisis e Investigación sobre Paz, Seguridad y Desarrollo Olof Palme A. C./Facultad de Ciencias Políticas y Sociales-Universidad Nacional Autónoma de México, pp. 31-100.↵
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- Elizabeth Hinton acusa que la lucha contra la pobreza, que es un tema que requiere una gestión de mediano y largo plazo, ha sido sustituida por la lucha contra la delincuencia organizada, la que da resultados, aparentemente, inmediatos, por ejemplo, cuando se captura al líder de un organismo delincuencial, un capo de la droga o cuando se encarcela, como ocurre en El Salvador, a quienes se percibe como delincuentes, pandilleros y criminales. Véase Elizabeth Hinton (2017). From the War on Poverty to the War on Crime: The Making of Mass Incarceration in America. Boston, Harvard University Press.↵
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- Un fascinante recuento acerca de por qué Canadá no logra cumplir con las metas de reducción de emisiones contaminantes tiene que ver con las fracturas imperantes en su federalismo, con un Quebec que favorece la energía hidroeléctrica y una Alberta empecinada en el empleo de hidrocarburos. Véase Douglas MacDonald (2020). Carbon Province Hydro Province: the Challenge of Canadian Energy and Climate Federalism. Toronto, University of Toronto Press.↵
- David Simpson (2019). States of terror: History, Theory, Literature. Illinois, University of Chicago Press.↵
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- Institute for Economics and Peace, op. cit., p. 14.↵
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- Ello se suma al hecho de que una de las vacunas existentes, que ya ha sido desaconsejada por la propia OMS, provocaba la enfermedad. Se trata de la vacuna oral poliovirus o Sabin, la cual se elabora con tres tipos del virus de la polio atenuados y que al ser introducida al organismo, en algunos casos, produce la enfermedad.↵
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- Los Centros para la Prevención y el Control de las Enfermedades de EE. UU. (CDC) identificaron 22 casos confirmados y sospechosos de ántrax a causa del ataque perpetrado a través del sistema postal estadunidense. Se identificó a 11 pacientes con ántrax por inhalación, de los cuales cinco fallecieron, y 11 más con ántrax cutáneo, que sobrevivieron. Se enviaron cinco cartas desde Trenton, en Nueva Jersey, y una de ellas contenía 2 gramos de material equivalente a 100 billones de esporas de ántrax, consideradas como armas biológicas.↵
- Ismael Mingarro (24 de marzo de 2020). Los siete tipos de coronavirus que infectan humanos. National Geographic. Disponible en https://tinyurl.com/mrx4d445. ↵
- María Cristina Rosas (21 de diciembre de 2020). China y el coronavirus. Etcétera. Disponible en https://www.etcetera.com.mx/opinion/china-coronavirus-pandemia/. ↵
- David Stanway (22 de enero de 2020). La sombra del SARS: China aprendió por las malas cómo lidiar con una pandemia. Reuters. Disponible en https://lta.reuters.com/article/idESKBN1ZL1PJ. ↵
- El SARS-CoV afectó principalmente a los familiares de los pacientes y el personal médico. En febrero de 2003, la enfermedad se propagaba por el mundo. A finales de ese mes, en Hong Kong y Vietnam había brotes del SARS-CoV. El 10 de marzo, en el Hospital Wales en Hong Kong, 18 personas del personal médico informaron de casos del SARS-CoV. A los pocos días, más de 50 personas del personal médico del hospital se habían contagiado. A mediados de marzo, en Singapur y Canadá se encontraron pacientes con SARS-CoV, y el 12 de marzo la OMS emitió una alerta sanitaria. A partir de ese momento un total de 32 países y regiones del mundo informaron de casos confirmados por pruebas de laboratorio. De noviembre de 2002 a agosto de 2003, se notifican un total de 8.422 casos, 916 defunciones, siendo la tasa de mortalidad promedio de los casos notificados del 9,3 por ciento. De las defunciones registradas, 349 se produjeron en la RP China y 299 en Hong Kong.↵
- OMS (2007). Informe sobre la salud en el mundo 2007. Un porvenir más seguro. Protección de la salud pública mundial en el siglo XXI. Ginebra, Organización Mundial de la Salud. Disponible en https://www.who.int/whr/2007/07_report_es.pdf?ua=1. ↵
- WHO (December 2010). Protocol for Assessing National Surveillance and Response Capacities for the International Health Regulations (2005). Geneva, World Health Organization. Disponible en https://www.who.int/ihr/publications/who_hse_ihr_201007_en.pdf?ua=1.↵
- Organización Panamericana de la Salud y Organización Mundial de la Salud (2015). Detección temprana, evaluación y respuesta ante eventos agudos de salud pública: puesta en marcha de un mecanismo de alerta temprana y respuesta con énfasis en la vigilancia basada en eventos, versión provisional. Washington D. C., OPS/OMS. Disponible en https://www.who.int/ihr/publications/WHO_HSE_GCR_LYO_2014.4es.pdf?ua=1. ↵
- No se pierda de vista que, en abril de 2020, el entonces presidente de EE. UU. Donald Trump anunció que retendría el financiamiento a la OMS y en mayo señaló que la Unión Americana “terminaría” su relación con el organismo. El retiro se haría efectivo el 6 de julio de 2021. Cabe destacar que si bien la OMS carece de disposiciones para el retiro de sus miembros, cuando EE. UU. ingresó a la institución en 1948 el Congreso de ese país aprobó una resolución que faculta a los estadounidenses a desligarse de la institución. El actual presidente estadunidense, Joe Biden, dio marcha atrás con lo hecho por Trump y ha apoyado a la OMS a pesar de las controversias que subsisten respecto a la RP China y el origen del SARS-CoV-2.↵
- Mecanismo establecido para detectar lo antes posible cualquier acontecimiento anormal o cualquier alteración de la frecuencia habitual o habitualmente observada de un fenómeno.↵
- Acción de salud pública a raíz de la detección de un riesgo para la salud pública (por ejemplo, seguimiento del evento, información al público, investigación sobre el terreno o aplicación de cualquier medida de control o mitigación). La naturaleza de la respuesta tendrá que adaptarse a la naturaleza del riesgo para la salud pública. ↵
- María Begoña Adiego Sancho (s/f). El reglamento sanitario internacional. Aragón, Instituto Aragonés de Ciencias de la Salud. Disponible en http://www.ics-aragon.com/cursos/salud-publica/2014/pdf/M3T07.pdf. ↵
- Ibid.↵
- María Begoña Adiego Sancho, op. cit., p. 7.↵
- Karol Raska (mayo 1969). La vigilancia epidemiológica y su papel en los programas de inmunización. Boletín de la Oficina Sanitaria Panamericana. Disponible en https://iris.paho.org/bitstream/handle/10665.2/14525/v66n5p450.pdf?sequence=1. ↵
- Walter Ledderman (2003). El hombre y sus epidemias a través de la historia. Revista Chilena de Infectología, vol. 20. Disponible en https://scielo.conicyt.cl/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0716-10182003020200003.↵








