El aislamiento de los suboficiales
de la Armada Argentina
María Jazmín Ohanian
Introducción
Los buques de guerra de las Fuerzas Armadas son lugares confinados que fuerzan a una estrecha asociación entre sus tripulantes por su necesidad de ser autosuficientes: la ayuda externa no suele estar disponible cuando se navega en el mar, sea en situación de paz o de combate. Por eso, defender el territorio marítimo nacional demanda un adiestramiento constante que no es únicamente militar y técnico sino que es fundamentalmente social (Ohanian, 2023). Quienes se incorporan a la Armada tienen que aprender a vivir juntos para afrontar la soledad de un mar inmenso, incontrolable, desconocido, peligroso, imprevisible, indomable y bélico.
Los “navales” o “marinos”, como se llaman a sí mismos, son los custodios del agua; ese es su hábitat natural. Ser “hombre de mar” es, tal como me lo explicaron los suboficiales de la Armada Argentina[1], “una forma de vida” en la que todos dependen de quien tienen al lado y esa dependencia se construye con la confianza. Ello engendra un sentimiento mayor de comunidad que no existe en otras fuerzas militares (Bóveda, 2016, p. 71) como lo son el Ejército o la Fuerza Aérea. Es una particularidad del mundo naval militar que, para que los procesos de navegación sucedan exitosamente, es necesaria la intervención de todos los miembros del equipo a través del uso interrelacionado de las habilidades (Otamendi, 2012, p. 97). Esta cualidad singular de la relación entre la tripulación no es una “obligación forzada”, sino una responsabilidad que se alimenta de una confianza, porque la navegación en un buque de guerra es una situación de riesgo constante donde todos –que viven el aislamiento–tienen que proteger la vida del otro. Y este aislamiento se ejercita desde el primer día de escuela.
La formación militar de los suboficiales de la Armada Argentina comienza con un período de internado, donde los jóvenes aspirantes navales (futuros suboficiales) dan sus primeros pasos de socialización. Durante dos años conviven en la Escuela de Suboficiales de la Armada (ESSA) con sus compañeros de promoción. Para la institución, “la escuela es el hogar” (ARA, 1974, p. 36) y el internado es una práctica particular, ya que en su mayoría se forman para habitar juntos –y aislados– en el mar.
La propuesta de este capítulo es pensar cómo se construye la intimidad y lo privado en la escuela militar dedicada a formar a los futuros suboficiales de la Armada Argentina ubicada en la Base Naval Puerto Belgrano (Bs. As.). ¿Qué pasa cuando las prácticas cotidianas y las mismas relaciones sociales están completamente reglamentadas por una institución total? ¿Cómo aprenden a compartir la “intimidad” durante el aislamiento?
Esta atención sobre la institucionalización de la vida privada parte de una investigación pensada en y desde la etnografía. La premisa de esta perspectiva de conocimiento es aprehender la realidad en términos que no nos son propios (Guber, 2005) y conocer y teorizar los fenómenos sociales desde el punto de vista de sus protagonistas. Durante el trabajo de campo tuve encuentros y realicé entrevistas semiestructuradas con suboficiales instructores de la ESSA y con oficiales con cargos de dirección. La selección de mis interlocutores fue siguiendo criterios de oportunidad y conexión personal, donde algunas de las personas que conocí me referían a otros suboficiales. Para complementar el análisis de mis notas de campo, realicé un análisis del Manual del alumno editado por la Armada Argentina (1974). Allí aparece la institucionalización del mundo privado a través de la reglamentación de la limpieza, la conducta, los saludos, el comportamiento, la disciplina, la salud y el “ser alumno” en diversos momentos y espacios estandarizados durante el internado tales como el recreo, el dormitorio, los baños y el comedor.
Para dar cuenta de cómo se regula y se vive la intimidad dentro de la Escuela de Suboficiales de la Armada, este texto está organizado en tres apartados. En el primero, presento las herramientas conceptuales para pensar la intimidad (Zelizer, 2005; Neiburg, 2003; Abramowski y Canevaro, 2017) en instituciones de encierro (Goffman, 2007); en el segundo apartado, describo algunas pautas de conducta en la vida cotidiana de los aspirantes para luego desplegar, en el tercer y último apartado, algunas reflexiones sobre cómo la Armada Argentina administra y gestiona la vida privada, cotidiana, naval y militar de sus integrantes.
I. Las “vidas integradas” en instituciones totales
La intimidad se identifica con algo que sucede en las situaciones sociales de la vida privada, en oposición a lo que sucede en la vida pública. Es común que esta dicotomía se acompañe con la separación entre la vida familiar, las amistades y la pareja, en contraposición a lo que sucede con relaciones laborales, de estudio o profesionales. Lo que la diferencia es que en las primeras los partícipes de la intimidad son seleccionados y la información que se comparte custodia su circulación, mientras que en las segundas los vínculos son producto de situaciones despojadas de selectividad y de resguardo en la interacción. La intimidad aparece entonces como un espacio social reservado, confidencial, duradero y personal en oposición a la vida pública: una vida fugaz con más cálculos racionales que emocionales.
Siguiendo la invitación analítica de Ana Abramowski y Santiago Canevaro (2017), en este texto privilegio la descripción densa para evitar reforzar binarismos conceptuales y del sentido común, sea con la vida privada y la vida íntima como con la comparación entre la vida civil y la militar. “Ir más allá de los dualismos” (2017, p. 15), como proponen los autores, permite descartar límites prefijados e identidades congeladas para pensar a las personas con sus propias contradicciones, sensibilidades y desórdenes de sus propias formas de llevar adelante los lazos sociales.
Quien también propuso un camino para evitar estos “dualismos extremos” (2005, p. 30) en relación con lo íntimo y lo público fue la socióloga estadounidense Vivian Zelizer. En sus estudios sobre la economía y sus valoraciones sociales, mostró cómo dos esferas que aparentemente tienen una frontera indisoluble cuentan en realidad con una constante fluidez de relaciones, cualidades y moralidades. En su búsqueda por desarmar la economía como un compartimento separado del resto de la vida social, Zelizer (2005) se enfocó en mostrar que los reduccionismos que plantean esferas claramente separadas no responden a la “negociación” que las prácticas cotidianas tienen a la hora de establecer límites dinámicos entre lo público, lo privado y lo íntimo. Explica que la intimidad puede ser entendida como relaciones sociales que dependen de “diferentes grados de confianza” porque se nutren de conocimientos, secretos, rituales y recuerdos compartidos que no son accesibles para todas las relaciones. Pero aunque parezca que esta división pueda corresponder a “esferas separadas”, la intimidad construye, junto a otras actividades sociales, vidas integradas:
En un sentido amplio, las personas crean vidas integradas gracias a la diferenciación de sus múltiples lazos sociales, estableciendo límites entre los distintos lazos a través de sus prácticas cotidianas, y sustentando esos lazos por medio de actividades conjuntas, que incluyen actividades económicas, pero negociando de una manera constante el contenido exacto de los lazos sociales importantes (Zelizer, 2005, p. 33).
La multiplicidad de vínculos sociales que los humanos tienen cuenta con obligaciones, derechos y significados diferentes y construyen símbolos y códigos distinguibles del resto con variadas “intensidades afectivas”. Para la socióloga, “en casi todos los escenarios sociales encontramos una mezcla de vínculos con estas diferencias” (Zelizer, 2005, p. 33). Cierto es que su estudio no se centraba en sujetos cuyas vidas están reguladas por una institución donde el aislamiento genera una ausencia de división entre lo público y lo privado, una homogeneidad de códigos morales y donde toda práctica o relación social íntima o afectiva está legalmente administrada y gestionada.
El sociólogo Ervin Goffman (2007) analizó la rutina de la vida social de grupos de personas aislados del resto de la sociedad y formalmente administrados por una “institución total”. Enfermos hospitalizados, presos o integrantes de las Fuerzas Armadas conforman, para quienes allí comparten una rutina diaria de encierro, un lugar de residencia y de trabajo a la vez. Esto genera, en palabras del autor, un “mundo propio con tendencias absorventes” (2007, p. 17) que limita la interacción social con quienes están por fuera de la frontera espacial. Todo lo que pasa ocurre en el mismo lugar: allí son las mismas personas las que duermen, trabajan y descansan. Goffman explica que este quiebre de barreras con la vida moderna, donde cada acción se desarrolla en un espacio diferente, es una de las características centrales de las instituciones totales. También muestra que todas las actividades están “estrictamente programadas” y se deben desarrollar junto a otros miembros de quienes se requiere que “hagan juntos las mismas cosas” (2007, p. 19). Es un manejo formal planificado de todas las necesidades humanas que busca regular las conductas para homogeneizarlas.
El ingreso a las instituciones totales, como lo son las Fuerzas Armadas, cuenta con ritos de iniciación que se caracterizan por el “despojo de formas sociales previas” (Goffman, 2007, p. 22) y por una modificación de su imagen habitual para modificar su “yo”. Por un lado, el alojamiento estrecho obliga a compartir baño, cuarto, comedor y cualquier otro espacio de trabajo o recreación. A su vez, el iniciado comienza a pedir permiso para actividades que antes le resultaban poco premeditadas. Goffman explica que esta obligación impone un rol de sometimiento (2007, p. 51) frente a la autoridad, que decide cuándo la persona fuma, se baña, hace pis, habla por teléfono, duerme, trabaja, descansa, se corta el pelo, lee un libro o se retira del establecimiento. Estos son aspectos de un mecanismo de producción de identidad individual y colectiva con dinámicas propias que dependen de los objetivos de cada institución. Y son las autoridades de cada “institución total” las que construyen sus propias normas de intimidad; estos es, desarrollan y administran distintas formas de vivir un tipo particular de relación social. Y los militares no son la excepción.
A pesar del avance en los estudios sociales sobre Fuerzas Armadas en la Argentina (Badaro, 2006, 2008, 2009; Frederic, 2013; Guber, 2009, 2016, 2022; Masson, 2010; Ohanian, 2017, 2022a, 2022b, 2023; Soprano, 2010, 2012, 2016), la intimidad todavía no ha sido objeto de indagación. Existe todavía una ausencia en pensar cómo se regula la vida privada o la socialización en el interior de una institución de formación militar naval. En el próximo apartado, describo cómo las vidas sociales de los aspirantes se integran y se gestionan dentro de la Escuela de Suboficiales de la Armada para convertirse en los futuros protagonistas del combate naval.
II. La intimidad rutinaria del aislamiento naval y militar
La actual Escuela de Suboficiales de la Armada se encuentra ubicada en la Base Naval Puerto Belgrano, en el Partido de Coronel Rosales (Provincia de Buenos Aires), vecina de Punta Alta (los separa, literalmente, las vías del tren) y a 24 km de la ciudad de Bahía Blanca. Es la base naval más grande del país: ocupa una superficie de 186 km². En la actualidad, cuenta con la Flota de Mar, la Base de Infantería de Marina, el Arsenal Naval, los Dique Seco de Carena N.° 1 y 2 –donde se reparan las embarcaciones–, varios talleres generales, un taller de electrónica, barrios militares de oficiales y suboficiales, el Casino de Suboficiales y otro de Oficiales, la iglesia Stella Maris, el Comando de Operaciones Navales, el Hospital Naval, el Hotel de Puerto Belgrano, la Casa de Señores Jefes, la sede de la revista Gaceta Marinera, una biblioteca, el Museo de Infantería de Marina, la Escuela de Oficiales de la Armada y la Escuela de Suboficiales de la Armada. También cuenta con una escuela pública primaria, una imprenta, una sede del Banco Nación, una gran cantidad de cajeros, un museo y 26 buques que tienen asiento en los muelles y amarres de Puerto Belgrano. Como me comentó un suboficial, “la raíz de la Armada es Puerto Belgrano”. Y es un mundo en sí mismo.
La tarea de la Escuela de Suboficiales de la Armada es formar a los futuros suboficiales de la Armada Argentina, según lo indica su página web, “en los aspectos ético-morales, militar, académico y psicofísico, a fin de lograr su aptitud como marinos, técnicos, combatientes y por sobre todo como Hombres y Mujeres de Honor al servicio de la Patria”. Para poder ingresar a la escuela y formarse como “hombres y mujeres de honor”, hace falta ser argentino, mayor de 18 años o contar con consentimiento por escrito del padre y de la madre, no tener más de 24 años, ser soltero/a, haber aprobado el secundario o estar cursando el último año, aprobar el examen de ingreso a la Escuela de Suboficiales y no contar con antecedentes penales ni haber sido dado de baja de establecimientos militares.
Quienes aprueban una evaluación inicial comienzan a ser “postulantes” y se inician en el Período Selectivo Preliminar (PSP), formación de cinco semanas de duración con un régimen de internado (incluye comida y cobertura social) donde son nuevamente evaluados luego de llevar a cabo una extenuante y exigente preparación física y académica. El puntaje de corte y la cantidad de postulantes que pasan de una etapa a la otra depende de las necesidades operativas anuales de la Armada, aunque, en general, esa necesidad no llegue a cubrirse.
Los buses llegan en febrero a la ESSA de distintos puntos del país con alrededor de 700 hombres y mujeres para iniciar el PSP. En un especial publicado en La gaceta marinera (2020), el medio de comunicación institucional de la Armada, se los ve bajar con su bolso con la expectativa de superar el desafío, que termina a inicios de marzo. Algunos visten traje, otros lo hacen de manera más informal y hay muchos que complementan su primera presentación con un corte de pelo prolijo y al ras, mientras que las mujeres asisten con el cabello recogido. Se ven distintos cuerpos, estaturas, gestos y tonos de piel. Tienen por delante dos meses iniciales de convivencia con gente que no conocen, para aprender técnicas que nunca usaron y para poner a prueba el rendimiento físico. El tiempo en aislamiento que compartirán será fundamental para ejercitar y asimilar un nuevo tiempo colectivo, recíproco y bélico: el tiempo suboficial. Estando allí no salen ni reciben visitas hasta su finalización, situación que sucede con una gran celebración en la ESSA donde se recibe a los familiares de los nuevos aspirantes.
De los 700 ingresantes en 2020, fueron 468 los que aprobaron este primer período de formación (PSP) e ingresaron a una nueva etapa de aislamiento de dos años de duración como aspirantes navales. A partir de este momento, adquieren estado militar al estar incorporados oficialmente a la Armada y comienza su vida sujeta a los deberes y derechos propios de una institución militar[2]. También comienzan a recibir una mensualidad hasta su egreso como cabo segundo (entre uno y dos años) con un título superior no universitario (técnico) o un diploma de reconocimiento. Es el Consejo de Dirección el que determina qué postulantes podrán convertirse en aspirantes para integrar el cuadro permanente de la Armada Argentina y comenzar a habitar las aulas, los patios y la rutina propia de la vida cotidiana de la Escuela de Suboficiales de la Armada.
Un día común en la vida de los aspirantes comienza con un desayuno a las 6 de la mañana. Antes de asistir al comedor, deben acomodar sus habitaciones y vestir su uniforme pulcro y prolijo con indicaciones institucionales concretas sobre cómo hacerlo que más adelante detallaré. A las 7 de la mañana comienzan sus clases hasta las 13 h, momento en el que se presentan en el comedor para el almuerzo. A las 15 h regresan a las aulas hasta que terminan sus clases –a las 18 h– y cuentan allí con un recreo de 20 minutos para comenzar el período de “estudio obligatorio” de 18:20 a 20 h sin supervisión de docentes. A las 20 h se sirve la cena y a las 22 h se apagan las luces para dormir. Esta rutina se repite de lunes a viernes, y es el sábado el día permitido para salir de franco para aquellos que tengan hospedaje fuera de la base naval; deben retornar el domingo por la noche. Los aspirantes viven en la escuela un cronograma de vida muy estricto para prepararlos para los tiempos de guardia que deberán cumplir estando embarcados en un buque de guerra.
La rutina arriba descrita, así como también los permisos de recreación y la exigencia de limpieza, están reglamentadas en un manual de alumno repleto de derechos y obligaciones para la convivencia en la ESSA. Cuando ingresan, los aspirantes reciben documentación con información sobre su nuevo rol en la institución militar y uno de los documentos que reciben es el Manual del alumno, un cuadernillo de 130 páginas que edita la Armada Argentina desde 1947 y que, aunque ha cambiado algunas de sus normativas, se mantiene vigente.
El ejemplar que llegó a mis manos fue editado en 1974 y contiene, en sus 34 capítulos, toda la información necesaria sobre deberes y conductas que se esperan de quien ingresa al mundo militar. Estas son tan diversas que incluyen cuestiones relativas a lo que podría entenderse como la “dimensión profesional” vinculadas a preceptos morales sobre el honor y la lealtad, al ejercicio de la disciplina frente a la jerarquía, al cuidado del uniforme y los equipos, al respeto por las guardias y los turnos rotativos de trabajo y a los créditos necesarios para la aprobación de cada uno de los cursos. En este texto me centro en el otro tipo de capítulos, dedicados a lo que podría llamarse la “dimensión social”, en los que se detalla la norma sobre distintos aspectos de la socialización de los alumnos, sean estos en el aula, el comedor, el polígono de tiro, en sus habitaciones o en los vestuarios. Es un manual que establece la regulación de la vida privada en todos los espacios habitados en todo momento para todos sus miembros.
Las primeras reglas aparecen con el alba. El despertar sucede en los dormitorios compartidos y el horario para hacerlo, así como también la forma estandarizada para levantarse de la cama, está regulado milimétricamente. Las habitaciones se dividen por género y son pequeñas y poco confortables. Suelen estar preparadas para seis u ocho personas. Cuando visité las instalaciones de los aspirantes por primera vez, aunque estaban sin gente, no ingresé a ninguna de ellas para respetar la privacidad de sus ocupantes. Desde afuera pude ver colchones apoyados en la ventana, algunas toallas colgadas y un desorden visual. El suboficial que me acompañó en el recorrido me indicó que los huéspedes de esas habitaciones tendrían una sanción por semejante caos. Y la sanción seguramente sería perder lo más valioso que tienen: su tiempo libre.
Al despertarse, el orden es lo primero que hay que respetar:
Al primer toque de diana [despertador militar colectivo], los Alumnos saldrán rápidamente de sus camas, sacarán sus sábanas, mantas y almohadas, y doblarán el colchón hacia la cabecera, colocando sobre él las prendas en el siguiente orden para su ventilación: hacia la cabecera la almohada, en el espacio que queda, la colcha, encima las frazadas y luego la cama (ARA, 1974, p. 65).
Luego de acomodar el espacio, se deben desvestir con rapidez y en silencio y colocar las prendas en el orden en que se desvisten. Esta costumbre tiene el objetivo de ejercitar que puedan vestirse en pocos segundos sin confundir prendas a oscuras, situación muy probable que puede vivirse cuando se navega y se atraviesan situaciones de emergencia que demandan vestirse rápido y en silencio para escuchar todas las indicaciones.
La vestimenta de los aspirantes, como también la de los suboficiales, siempre es un uniforme. La norma N.° 28 del manual indica que no se permite usar anillos, excepto de compromiso, ni tampoco collares o aros que no sean los reglamentarios. Tampoco pueden utilizarse anteojos contra el sol sin prescripción médica y no está permitida la barba ni los bigotes, y la patilla “no puede pasar la comisura de los párpados” (ARA, 1974, p. 111).
Cuando los aspirantes abandonan los cuartos, con la ropa ordenada y la cama organizada, deben ir al baño colectivo (los masculinos separados de los femeninos) para comenzar los rituales reglamentarios de limpieza, que tienen horarios y turnos establecidos. Cuentan con inspecciones diarias en las que se controlan el baño, la limpieza de dientes, las uñas cortas, la afeitada al ras y la vestimenta. La boca debe lavarse al levantarse y antes de acostarse y luego de las dos comidas principales. La indicación es que se realice con “cepillos de crin no muy duros para no lastimar las encías” (ARA, 1974, p. 110). Las duchas se utilizan al final del día y es obligatorio su uso y solo contarán con el horario establecido por la autoridad sin posibilidad de bañarse en otro momento. Aunque son colectivos, los aspirantes evitarán las reuniones dentro de los baños porque allí no se puede hablar para economizar agua y tiempo, ambas cuestiones muy cuidadas en la vida a bordo.
El desayuno, el almuerzo y la cena se sirven en el comedor y su concurrencia es obligatoria porque, según la institución, es “un acto de servicio” (ARA, 1974, p. 62) y no pueden faltar sin autorización. El comedor de los aspirantes tiene siete mesas rectangulares de casi tres metros de largo que son mixtas: aspirantes hombres y mujeres de 1.° y de 2.° año cuentan con la libertad para sentarse donde quieran. Hay dos televisores y dos mesas de ping pong: una para 1.° y otra para 2.° año. Allí entran unas 300 personas. No hay menú para elegir y no están permitidas las reuniones de sobremesa pues, dada la capacidad del comedor, es necesario mantener un ritmo adecuado en su funcionamiento para que todos puedan comer. Y la regulación también está en cómo se come:
Tendrán en cuenta que en el comedor es donde resalta en forma más notoria su educación y buenos modales. Evitaran los ruidos innecesarios al comer o emplear los útiles de rancho. Es un deber de los Alumnos, no dar a conocer en sus actos o murmuraciones, desagrado por la calidad y cantidad de los alimentos que se le sirven, pues con ellos manifiestan la falta de educación y espíritu militar (ARA, 1974, p. 62).
El inicio de las clases sucede puntualmente y todos los aspirantes deben estar en el aula correspondiente. Al terminar de cursar, no hay un momento para actividades libres porque eso no existe, sino que aparece un horario autorizado por instructores que puede ser utilizado como refuerzo de estudio en la biblioteca o de esparcimiento en el Casino de Aspirantes, espacio exclusivo para ese fin. La normativa N.° 14 es la que reglamenta los comportamientos y objetos autorizados para ambos fines: está prohibido introducir en la escuela instrumentos musicales, tocadiscos o periódicos, revistas, novelas o libros que no sean para estudio. Fuera de los textos de estudio, la norma indica que se podrán leer únicamente los libros, diarios y revistas autorizadas por el jefe de curso y que compra la Comisión de Casino y solamente podrán ser leídos en las horas y lugares establecidos. En el Casino pueden realizar actividades diversas: escuchar música, leer diarios, revistas y libros de la biblioteca o autorizados, prácticas de juegos permitidos y recibir visitas los domingos y feriados (de 14 a 18 h). En su tiempo en el Casino tampoco pueden usar juegos de azar ni utilizar el celular, salvo horario indicado para hacerlo bajo supervisión.
Para la institución, existe un tiempo planificado para la conversación y para la creación de intimidad entre alumnos. Cada una de las asignaturas está separada por un recreo de diez o quince minutos que puede ser utilizado para ir al baño o para generar lazos sociales porque, tal como lo expresa el manual en su normativa N.° 11,
[los recreos] representan los momentos de confianza e intimidad entre los alumnos, es donde deberán procurar que el trato entre ellos sea cordial y atento, guardándose aquellas consideraciones mutuas que corresponden entre personas educadas (ARA, 1974, p. 64).
El recreo aparece así como el espacio reglamentado para fortalecer relaciones íntimas, de confianza. Pero esto no es tan tajante ni exclusivo como el documento lo demanda. El manual indica que, durante las 24 horas del alumno, las conductas, el comportamiento y la interacción social entre los habitantes de la escuela están totalmente reguladas. El trabajo de campo me permitió entender que la socialización que los aspirantes navales experimentan mientras conviven dos años aislados en la ESSA es un aprendizaje diario que excede las normas descriptas en el Manual del alumno.
El antropólogo argentino Federico Neiburg (2003, p. 290) explica que la intimidad evoca un “espacio social envuelto en una atmósfera de autenticidad” en el que se generan “lazos de estrecha familiaridad”. Su propuesta es valiosa porque la atención está puesta en los sentimientos asociados a las experiencias y sentidos que ese espacio social genera sin la necesidad de expresarlo en términos de privado y público. La regulación extrema de la vida privada en la institución total no es total y no anula la posibilidad de generar lazos de “familiaridad” porque, aunque sufran las sanciones por incumplir el silencio en las habitaciones o por demorarse en las duchas, los jóvenes aspirantes encuentran grietas en su rutina reglamentada para conversar distendidos en el comedor, discutir sobre fútbol en sus habitaciones y hacer chistes por las tonadas características de las distintas provincias nacionales de origen. En la Escuela de Suboficiales de la Armada Argentina, los alumnos generan sus propios espacios de socialización dentro del aislamiento compartido y viven, así, una intimidad particular.
III. Reflexiones finales
En este texto presenté una caracterización de la vida cotidiana de los aspirantes navales dentro de la Escuela de Suboficiales de la Armada y puntualicé en la normativa que busca regular la vida social. Pero ante esta exigencia de conducta o de sometimiento (Goffman, 2007) no hay conflictos, ni disputas, ni reclamos, sino que los propios aspirantes lo viven como un rasgo o cualidad del estilo de vida del militar de la Armada y buscan espacios disponibles para fortalecer lazos de “familiaridad” o de cercanía afectiva.
Las Fuerzas Armadas cuentan con la potestad y la capacidad de regular la vida social de sus miembros sea en tierra como en el mar. La convivencia aislada de los aspirantes y la administración de los detalles de la vida cotidiana durante el internado es un principio de organización de la vida social. Entiendo que la regulación de la vida de los aspirantes genera un tipo de intimidad colectiva que no produce la pérdida de la individualidad sino que potencia la constitución de lazos sociales confiables para poder vivir el aislamiento en el mar. Allí, en los buques de guerra, no hay diferencia entre el ámbito laboral y el de la privacidad, no se termina la guardia y se regresa al hogar, sino que ambos se viven en el mismo lugar. Para los suboficiales, el mar es su hogar, y para la Armada, la escuela también lo es.
La regulación de la vida cotidiana y de las relaciones sociales no convierte a los aspirantes en carentes de intimidad, sino que experimentan una colectiva. Este tipo de relación social es la que permite la aislada vida naval y militar.
Bibliografía
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Fuentes utilizadas
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La Gaceta Marinera (2020)
- Las vinculaciones interpersonales propias de todo el ambiente naval-militar están normadas por posiciones jerárquicas (Otamendi, 2012, p.100). A mayor jerarquía, mayor cargo y mayor responsabilidad. La carrera profesional militar argentina, a diferencia de la tropa voluntaria o el servicio militar obligatorio –suspendido en la actualidad–, está conformada por dos escalafones distintos –respetando la verticalidad estructural– que clasifican a todos sus miembros en “oficiales” y en “suboficiales”.↵
- Ley para el personal militar N.° 19.101, derogada en 1972.↵








