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De lo duro y de lo blando

Envejecimiento, intimidad y masculinidad en la configuración de los cuidados entre varones de Buenos Aires

Santiago Canevaro y María Victoria Castilla

Introducción

Durante mucho tiempo, encontramos escindidos los estudios sobre la intimidad y la masculinidad. En parte, esto era así puesto que si por un lado el análisis de la intimidad tendía a centrarse en cuestiones referidas a la privacidad y representaciones de la sexualidad, la sensualidad, los afectos o los secretos, y por ende a aspectos que tenían que ver con el universo femenino, por el otro los estudios sobre la masculinidad tendían a focalizarse en aspectos del ámbito público. Por suerte, en las últimas décadas, numerosas investigaciones e investigadores han evidenciado un cambio de paradigma al posicionar a los varones y a la masculinidad en el centro de dicho proceso.

Inscripto dentro de una problemática general que ha cobrado principal relevancia en los últimos años sobre la constante imbricación entre la intimización de la vida pública y la mercantilización de la intimidad y los afectos que impregna la política, el Estado, la vida social y la construcción de subjetividades (Illouz, 2007), la masculinidad y la intimidad ya no aparecen como dimensiones opuestas. Aunque las investigaciones que buscan analizar la potencia de dicha imbricación y superposición ha comenzado a proliferar no solo por el Norte Global (Seidler, 2006) sino por nuestros continentes, existe una dimensión que ha quedado claramente sobrerrepresentada y es la de los cuidados (Canevaro y Castilla, 2021). En general asociada con una línea de trabajo vinculada al feminismo, las políticas públicas y el género, los cuidados han quedado relacionados con un espacio (hogar), con un sujeto (mujer) y con un escenario (urbano) (Castilla, Kunin y Blanco Esmoris, 2021).

A lo largo de éstas últimas dos décadas, desde nuestros distintos ámbitos de investigación hemos abrevado en escenarios más bien híbridos y descentrados para pensar ambas dimensiones de análisis. Todo este proceso no debe ser aislado de los procesos de transformación más generales, de aquello que se llamó como pasaje de la sociedad industrial a la postindustrial (Boltanski y Chiappielo, 2002) o de un capitalismo material a un capitalismo afectivo (Hardt, 1999). El cambio de un tipo de sociedad a otro se correlaciona con un cambio demográfico con un descenso sostenido de las tasas de natalidad acompañado de un incremento en la esperanza de vida y en los porcentajes de personas mayores en las poblaciones. Esto ha traído como consecuencia que los varones tengan que “aprehender” a humanizarse y socializarse en el “trabajo emocional” (Hochschild, 1979) y en los trabajos de cuidado (Castilla, 2020) para desarrollar sus labores.

Muchos varones deben enfrentar en sus trabajos, como en otras intervenciones públicas (líderes comunitarios, por ejemplo), conocimientos y saberes específicos relacionados con el manejo de las emociones, los sentimientos y la escucha, entre otras categorías. Tanto los encargados de edificio como los presidentes de organizaciones barriales realizan tareas de cuidado –doméstico y comunitario– que pueden ir desde escuchar a los adultos mayores que son sus empleadores u otros miembros de la comunidad, darles su opinión, sufrir por su situación y desamparo hasta sentir su ausencia. Saber escuchar pero también saber abrirse, comunicar lo propio y ser receptivo a lo ajeno forma parte de la agenda de los varones con quienes hacemos trabajo de campo.

En los siguientes apartados, utilizaremos la herramienta de la historia de vida de dos varones que transitaron el pasaje de actividades laborales atravesadas por el esfuerzo y el desgaste físico que requerían cuerpos jóvenes y fuertes a actividades de cuidado, atención y contención que si bien requieren energía y esfuerzo, pueden ser adaptadas a cuerpos marcados por el desgaste que acarrea el envejecimiento[1]. Este cambio en las actividades laborales no se corresponde con uno semejante en las obligaciones pautadas en los contratos laborales, sino que fue acompañando el propio proceso de envejecimiento y desgaste que lentamente iba limitando las intervenciones.

De arreglar el calefón a tomar el té

Jorge tiene 62 años, dos hijas, está separado y trabajó como albañil y de seguridad privada antes de comenzar a trabajar en un edificio de ocho pisos en el barrio de Flores en 1985. En ese momento tenía 25 años y venía de trabajar como seguridad privada en una fábrica de plásticos en Munro. Cuando le recomendaron este trabajo, le dijeron que tenía muchas cosas positivas: horario fijo, buen sueldo, vivienda, tareas determinadas y horas libres para realizar changas por la tarde. El primo que se lo recomendó por intermedio de un amigo le dijo que era “para hacer de todo”. Jorge también había trabajado como albañil y sabía que se podía “dar maña” para hacer tareas de plomería, electricidad y albañilería. Durante los treinta y siete años que lleva en el edificio, Jorge realizó arreglos y changas para los residentes del edificio, que lo contrataban de manera privada. Aunque también se encargaba de los arreglos de las zonas exteriores y del garaje del edificio, durante los horarios de la siesta y los sábados por la tarde se organizaba para realizar las tareas privadas en los departamentos del edificio. En 2010, y con 50 años de edad, recuerda que tuvo una charla con el administrador en donde le manifestó su cansancio. Este le dijo que podía “terciarizar” todas las tareas que venía haciendo solo dentro del edificio. A partir de ese momento, Jorge fue el nexo entre los propietarios e inquilinos con la administración para los arreglos que solicitaban tanto dentro de sus viviendas como fuera de ellas.

Cuando se le consulta sobre esta nueva realidad de mediador entre los “servicios” externos y los residentes, comenta que esto lo ha aliviado y que ahora se la pasa “tomando tés” y “comiendo masitas”, en alusión a que es frecuentemente invitado a concurrir a hogares de adultos mayores que viven solos en el edificio donde trabaja. El transcurrir de los años no solo se dio en Jorge sino también en los propietarios o inquilinos del edificio, quienes ahora, en su mayoría, son personas mayores de 60 años. Esto que refiere Jorge forma parte del fenómeno de envejecimiento poblacional, el cual en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires es el más marcado del país. Este incremento de la longevidad incide en los modos en que se organizan los cuidados social-, económica- y políticamente, modela las propias experiencias y sentidos del cuidado y conforma un lazo entre la economía moral y la economía política (Buch, 2015). Tanto en la Argentina como en la región latinoamericana, la familia o los allegados son fundamentales en la provisión de los cuidados, junto con otros agentes como la comunidad, el Estado y el mercado. No obstante, también existen agentes híbridos que no pueden pensarse solo como parte del mercado ni tampoco solo como allegados.

Como ya se ha evidenciado, este envejecimiento y el incremento de personas con enfermedades crónicas o con discapacidades han generado nuevas y crecientes necesidades de cuidados que no pueden ser atendidas únicamente desde el marco familiar y la implicación de las mujeres (Bodoque Puerta, Roca Escoda y Comas d’Argemir, 2016). En el caso de los varones encargados de edificios, el aumento de las demandas de cuidado que no pueden ser satisfechas por las familias y que no están contempladas en los contratos de los cuidados tercerizados en el mercado abre una posibilidad de reconversión de actividades más afines a las posibilidades de los encargados. Así es que Jorge, cuando hace referencia a las personas mayores a las que asiste en su trabajo cotidiano, las asimila con su propia realidad con 62 años y con las “pocas mañas” que le quedan.

Jorge cuenta que el trabajo que tiene hoy en día es “más tranquilo” que antes, que tenía que estar como un “bombero, apagando los incendios y los miles de quilombos del edificio”, porque afirma tiene muchos problemas en su edificación. En los últimos años, solo se dedica a llevar “los servicios, sea de la luz, el gas, el cable hasta el departamento de cada uno y de baldear la vereda por las mañanas”. Jorge está esperando los siguientes tres años para cumplir los 65 años y poder jubilarse. En algún momento, cuando tuvo un problema de salud que lo llevó a tener que hacerse muchos estudios, pensó en “largar todo”, pero manifiesta que hubiese sido “tirar todo por la ventana”. Al mismo tiempo, en la actualidad afirma que sigue en el trabajo por algunos “amigos” que tiene en el edificio y en el barrio.

En sus palabras lo manifiesta de la siguiente manera:

Acá tenés ya un vínculo, con muchos porque los conozco y los veo más que a mi propia familia, me conocen, me invitan, charlamos, los escucho. Después está en vos no meterte demasiado porque no podés salir o te hace mal […]. Yo me llevaba de diez con una señora que falleció hace algunos años y eso fue un golpazo para mí, porque yo me había separado y vivía solo en el departamento, mis hijos se fueron con su mamá a provincia y con ella habíamos hecho como una amistad”.

El cambio en el tipo de tareas que revela Jorge se correlaciona con lo descrito en la literatura académica que ubica en los años 1970 (en los países del Norte Global), pero sobre todo a partir de los años 1990 en nuestro continente, el momento en que lo afectivo e inmaterial comenzaron a tomar, en el ámbito del trabajo, un carácter inédito (Hardt, 1999). “Capitalismo cognitivo”, “capitalismo estético” o “capitalismo emocional” (cf. Illouz, 2019; cf. Altomonte, 2020) son denominaciones que buscan dar cuenta de estas mutaciones vinculadas con el lugar central de la esfera de servicios y el papel protagónico del conocimiento y de lo cognitivo –esto es, de las llamadas habilidades blandas– en la economía.

Específicamente, Eva Illouz habla de una progresiva “emocionalización del lugar de trabajo” al proceso por el cual los trabajadores comienzan a tener consecuencias en los “criterios de evaluación del trabajo en términos de satisfacción emocional, manejo emocional y expresividad emocional” (2019, p. 20). Para la socióloga franco-israelí, las emociones se convirtieron en un elemento central del proceso de producción, y para dar cuenta de ello acuñó la expresión de emodities o commodities emocionales. Siguiendo los interesantes aportes que Abramowski reconoce en el estudio de Presta, estamos asistiendo a “un proceso de objetivación de las cualidades subjetivas y afectivas que ahora aparecen como una fuerza productiva del capital” (Presta, 2018, p. 171, en Abramowski, 2021, p. 390). Interesa remarcar, además, que las emociones se valoran como la expresión auténtica del yo y, al mismo tiempo, se convierten en “habilidades separables para vender en los mercados laborales” (Altomonte, 2020, p. 11). En consonancia, Jorge reconoce que gran parte de su trabajo hoy en día con los propietarios jubilados del edificio pasa por “enfriarles la cabeza”, una tarea que combina el hecho de “escucharlos y tranquilizarlos” porque revela que en general están pensando en alguien del edificio o algún familiar que se quiere “avivar” con ellos o están “enojados con la política, los políticos”. Jorge cuenta que es muy bueno contando chistes y que muchas veces eso los “saca de la mala onda” y le permite entablar otro vínculo.

La referencia a estas actividades como trabajo se anida con el hecho de que Jorge vive en el mismo edificio donde trabaja porque resulta difícil distinguir entre las actividades de cuidado contempladas en su jornada laboral y por las que recibe un salario y las actividades de cuidado no remunerado atravesadas por lógicas de intimidad, reciprocidad, afectividad y obligación moral. Así, Jorge, desde que se separó de su mujer –que ahora vive en un edificio cercano, a unas diez cuadras–, comenta que pasa más tiempo entre la portería y la casa de dos de los residentes adultos mayores.

En la ciudad de Buenos Aires, en el año 2021, el 39,8% de las personas vivían en hogares unipersonales, lo cual representa un aumento del 52,5% con respecto al año 2002. Este tipo de hogares cuenta con un predominio femenino (59,3%), el 34,4% de estos hogares está compuesto por mujeres de 60 años o más y la zona norte de la ciudad concentra el mayor porcentaje de este tipo de hogares (con el 56,5% del total de los hogares), lo que se corresponde con el hecho de que más de la mitad de los hogares unipersonales (54,0%) se encuentra en los quintiles más altos como el 4 y el 5 (GCBA, 2021).

Ya sea que reciban con frecuencia la visita de sus familiares más cercanos o allegados/as o no, los modos de resolver situaciones asociadas a sus dependencias o de cuestiones emergentes de la vida cotidiana suelen resolverse con vecinos/as, con personal contratado y con los encargados de los edificios. Estos últimos cumplen múltiples funciones que no siempre se enmarcan dentro de lo que su contrato especifica. Ellos navegan en la propia espesura de la intersección entre el trabajo de cuidado remunerado y el cuidado no remunerado. Dentro del primer conjunto, se encuentra la limpieza de los espacios comunes de los edificios, el arreglo de electrodomésticos en los hogares o pequeños arreglos de plomería o electricidad. Dentro de segundo conjunto, ellos hablan con las personas residentes y atienden, acompañan, contienen y asisten frente a situaciones de enfermedad o accidentes domésticos, comparten momentos, escuchan, aconsejan, cuidan las pertenencias o abrazan, sobre todo, a las personas mayores, quienes pasan muchas horas del día y de la semana en sus viviendas.

Desde acompañarlos para ver partidos de fútbol, programas de preguntas y respuestas y de política hasta jugar al bingo, desayunar, merendar, almorzar o cenar, todas estas forman parte de las actividades y tareas que realiza junto a los residentes adultos mayores del edificio donde trabaja. Jorge usa una expresión indicativa cuando dice que hoy en día le “hierve” bastante la cabeza porque siente que a muchos los tiene “a cargo” ya que son personas que tienen escasa o nula relación con sus familiares más cercanos, pero también porque tienen problemas de salud que requieren desde llamar a la farmacia y abrirles a quienes traen la comida hasta intervenir ante alguna situación de riesgo de salud que debió sortear. Cuando lo consulto por esas situaciones donde considera que se vio superado, enumera el caso de la pérdida de gas en el departamento de una mujer de más de noventa años que casi termina con su vida y de otra situación en donde debió intervenir porque el nieto de una mujer adulta le sacaba dinero y la amenazaba con golpearla. Estas transformaciones sociolaborales que viven los varones encargados de edificios en sus trabajos revelan el pasaje de un tipo de sociedades: es la tarea de volverse empáticos con la situación de quienes viven solos una nueva cualidad que se espera en sus desempeños. La nueva realidad laboral lleva a que sus trabajos contengan un componente relacional mayor y de reglas emocionales que deben conocer para saber moverse. En la mayor parte de los trabajos asistimos a una proliferación de conocimientos y saberes vinculados con el manejo de las relaciones cara a cara, personales y emocionales.

De las máquinas al cuidado comunitario

Renato tiene 59 años, emigró a la Argentina desde Bolivia en 1984 y trabajó hasta los primeros años de la segunda década del siglo xxi en el mantenimiento de maquinarias textiles. Se levantaba a las 5 de la mañana y trabajaba en una fábrica hasta las 3 de la tarde y luego hacía trabajos particulares en casas y otras fábricas haciendo mantenimiento. Menciona que durante muchos años no vio a sus 5 hijos de lunes a viernes y que solo los veía despiertos los fines de semana. Cuando salía a trabajar, estos estaban durmiendo y cuando llegaba a su casa ya estaban durmiendo nuevamente.

Su esposa se encargaba de todas las actividades de cuidado, atención y contención de sus hijos. Renato se refiere a estos años como de mucho sacrificio “por sus hijos”, que se sacrificó bastante en los horarios de trabajo, trabajando “muchas, muchas horas” para darles “las oportunidades” de estudio, alimentación y vivienda que él no tuvo. Según Renato, la mujer es “naturalmente, físicamente distinta al hombre”. Los varones tienen una constitución física más fuerte, pueden realizar mayores esfuerzos físicos y tienen una tendencia natural a cuidar a la mujer ya que no puede “hacer lo mismo que nosotros, no puede estar levantando cosas pesadas, tirándose hasta el piso o ese tipo de ejercicios que son torpes”. Por ello, a los hijos varones “hay que prepararlos, hay que tirarlos al piso, hay que darles una patada con la pelota, con fuerza. Que sientan, que sientan todo eso, como varones”.

Este modo de crianza atravesado por supuestos genéricos naturalizados es reflejo del modo en que en la región se concibe a la familia nuclear y al padre patriarcal, ambos producto de la modernización económica y del Estado de bienestar (Milanich, 2017). En este imaginario, la masculinidad tradicional fue construida principalmente sobre la base de negaciones –principalmente, no ser mujer– y se refiere a la virilidad, a la sexualidad y al uso de la fuerza (Garriga Zucal, 2014). No obstante, en las ciencias sociales hay consenso sobre el hecho de que este modelo de paternidad estaba –y aún está– atravesado por desigualdades económicas, sociales y raciales, resultando inaccesible para muchos varones (Castilla, 2018; Bourgois, 2010).

Atravesado por la precariedad de su inscripción socioeconómica, los fines de semana para Renato no eran para relajarse y descansar –como podía suceder con otros trabajadores de sectores medios–. Los sábados y domingos los aprovechaba para estar con su familia, a la vez que se encargaba de mejorar la vivienda y el barrio. Rellenaban las zonas de lagunas e inundables con basura y escombros que traían con carros tirados a caballo y tendía la red de agua. Recuerda que se fueron conectando de los caños principales tendidos por la empresa distribuidora para hacer derivaciones hacia diversas zonas del barrio que luego se ramifican en caños más pequeños hacia los hogares. Luego, en la medida en que llegaban habitantes al barrio, se conectaban y “estiraban así” el tendido. Comenta que entre vecinos se preguntaban: “Che, ¿vos tenés agua?”, “tenemos que ir a traer desde allá”, “¿por qué no traemos un caño?” y “listo, y así. Traemos un caño, ¿vamos a romper?”, “rompamos”, así, “hagamos”, “y había que hacerlo”.

Las redes de vecindad, muchas veces devenidas en vínculos afectivos y de compadrazgo, fueron esenciales en el acceso a los bienes y servicios –que en ese primer momento no podían describirse como “públicos”, sino más bien de gestión comunitaria (Lomnitz, 1973)–. Con el transcurso del tiempo, el creciente incremento poblacional del barrio trajo problemas en los suministros de estos bienes (agua y electricidad). Por ello, se organizaron los y las vecinas para exigirle a la municipalidad por las necesidades que iban surgiendo asociadas al “despelote” que se generaba “en los cables y con el agua” ya que “uno que llegaba, se conectaba y otro y otro y así bajaba la presión del agua en las casas”. En la actualidad, las casas tienen conexión brindada por la empresa distribuidora del servicio.

Renato señala que ahora a sus 63 años ya no trabaja como técnico en el mantenimiento de maquinaria en fábricas ya que su edad no se lo permite. No tiene la fuerza ni la destreza necesaria para ello. Desde hace más de 10 años se desempeña como presidente de la colectividad boliviana y organiza asambleas y petitorios al municipio. Realizó un proyecto que presentó al municipio en el que solicitó “un jardín de infantes, un parque recreativo para los niños, una sala de primeros auxilios… muchas cosas…”, todo para que se pueda cubrir desde la infancia, desde los chicos hasta los mayores, y hasta la tercera edad, tanto para varones como para mujeres. Las demandas de Renato contemplan actividades para las personas mayores, tanto recreativas como de accesibilidad o salud.

El cambio de la autoprovisión comunitaria del agua y la electricidad a la organización de las demandas para que la empresa distribuida otorgue estos servicios fue acompañando las trayectorias de vida de Renato y muchos otros vecinos. Lo que podían hacer de jóvenes cuando recién llegaban al barrio se dificultaba con el pasar de los años que trajo aparejado el propio envejecimiento. Este envejecimiento forma parte de un fenómeno mayor que contempla a toda la sociedad y, como señala Comas (2021), obliga a elaborar nuevas categorías para dar cuenta de la especificidad de cada momento de la vida adulta, sobre todo, posterior a los 65 años.

Estas denominaciones dan cuenta de la presencia posible de cuatro generaciones en las familias, situación que ha generado una verdadera revolución en las dinámicas sociales y familiares con dinámicas intergeneracionales inéditas y cambios en los roles de género (Comas, 2021). Un ejemplo de los cambios en las actividades genéricas es el paso que relata Renato de la construcción del tendido de la red de agua y de electricidad a la gestión de las demandas comunitarias. Tanto uno como lo otro, entendemos, forman parte del gran conjunto de cuidados comunitarios, entendidos como trabajo y servicio, necesidad y derecho –interdependiente de otros derechos para la sostenibilidad de la vida– y parte importante de la economía popular, social y solidaria. Incluye tanto a las personas dependientes, por su edad o por sus condiciones/capacidades (niños y niñas, personas mayores, enfermas o en situación de discapacidad), y también a las personas que podrían autoproveerse dicho cuidado (CEPAL, 2022).

Este tipo particular de cuidados entreteje identidades masculinas y relaciones sociales de género que son ideológicas y políticas (Castilla, 2020) que no solo están conformadas por las actividades invisibilizadas por el modelo patriarcal de la división sexual del trabajo, sino que también incluyen ciertos conjuntos de actividades considerados por los propios padres como de cuidado, como por ejemplo el tendido de red de agua potable para el barrio o la gestión de los reclamos hacia las distintas instancias del gobierno. Este tipo particular de acciones que conforman el conjunto de cuidados se encuentra en consonancia con los modelos de masculinidad tradicionales, mediados por los sentidos sociales y simbólicos propios de los sectores vulnerables y atravesados por los discursos de poder (Castilla, 2020).

Si bien el surgimiento de la tercera edad se encuentra asociado a la institucionalización de la jubilación –que, en su mayoría, se inicia entre los 60 y 65 años, en los barrios pobres este momento no constituye un punto de inflexión en sus vidas debido a que sus trayectorias laborales estuvieron atravesadas por la informalidad, la falta de derechos laborales y de servicios sociales que garanticen dicha jubilación y el acceso a servicios de salud y bienestar. Esto se correlaciona con el hecho de que el perfil de las personas mayores varía mucho como efecto de las desigualdades sociales, lo que afecta la disponibilidad de recursos económicos y culturales. Los sectores de población más pobres envejecen en peores condiciones de salud y no se envejece igual siendo varón o siendo mujer ya que los roles de género a lo largo de la vida establecen desigualdades que se reproducen y acrecientan en la vejez.

Algunas reflexiones finales

Los cuidadores varones mayores desempeñan un papel cada vez más importante en los diversos tipos de tareas y trabajos que se podrían asociar con el cuidado informal; no obstante, han recibido poca atención en los estudios en las ciencias sociales. Al comienzo de este artículo, revelamos el escaso análisis que conectaba cuestiones vinculadas a la intimidad, los afectos y las emociones con los estudios de la masculinidad. En tal sentido, evidenciamos que la nueva realidad para los varones en sus universos laborales y cotidianos supone un conjunto de requerimientos y reglas que se vinculan con atributos afectivos y lógicas emocionales que deben movilizar y en las que se inscriben sus realidades laborales y comunitarias. Los modos en que los varones se relacionan con los cuidados son variados y cambian con el tiempo, y los marcos interpretativos y morales acerca de su participación están atravesados por eventos de los propios cursos de vida y están situados en un nexo de privilegios de género y desigualdades relacionadas con la edad que pueden ser mitigadas o atenuadas por otras diferencias sociales.

Ellos pueden ser empujados al cuidado (en sus diversas maneras) por circunstancias personales como enfermedades u otras dependencias de sus parejas u otros familiares o allegados o por circunstancias estructurales como no poder pagar los servicios de atención en el mercado. También los cuidados pueden convertirse en oportunidades cuando los propios procesos de envejecimiento van delimitando las posibilidades de continuar realizando tareas con un alto desgaste físico. Los encargados de edificios, representados por la presentación del caso de Jorge y el de Renato, que pasó de trabajar como técnico de maquinarias textiles y construir la red de tendido eléctrico y de agua para su barrio y hogar, al llevar adelante actividades de cuidado comunitario, ambos son ejemplos de esas oportunidades. A la luz de la creciente igualdad de género, a nivel de políticas y en el lenguaje cotidiano, y la mayor esperanza de vida, particularmente entre los varones, los temas de cuidado se están volviendo más relevantes en la vida de los varones mayores (tanto de quienes cuidan como de quienes son cuidados). Los casos de varones que presentamos están inscriptos en un momento de su etapa en el ciclo vital claramente específico, pero también el contexto socioeconómico, cultural y demográfico que los enmarca es novedoso, lo que requiere de una mayor agudeza en las preguntas que nos hagamos y por ende de una mayor apertura para analizar las realidades que los circundan, que se nos aparecen como novedosas por lo descentrado de sus prácticas y lugares disruptivos que adquieren en una realidad fragmentada.

A raíz de estas realidades es que abrimos nuevas preguntas para una agenda de investigación que pueda contemplar la posibilidad de que estos varones puedan ser vistos como quienes cuestionan cierto mainstream respecto al rol, las tareas y la legitimidad que tienen en sus lugares de trabajo, tanto en sus barrios como en sus hogares. Cabe también preguntarnos por los límites y las posibilidades que los propios feminismos encuentren para esta nueva posición del varón que se realiza y es legitimada por la apropiación y el uso de herramientas y sentidos que históricamente habían sido sostenidos por las mujeres.

Bibliografía

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  1. En concreto, el uso de la historia de vida se vuelve esencial ya que posibilita analizar la interacción entre la trayectoria específica de cada una y el contexto social de la cual forma parte (Mallimacci y Giménez Beliveau, 2006); es decir, permite establecer una articulación entre la biografía individual con los patrones históricos y sociales que lo explican (Camargo, 1984). Por lo tanto, es una herramienta valiosa para comprender la dinámica de las relaciones sociales constituida por alguien a lo largo de su vida. Así, en la parte biográfica, a los varones se les pedía que hicieran un relato libre sobre su trayectoria de vida y en particular sobre sus experiencias laborales cuando se consideró oportuno. Asimismo, las entrevistas realizadas siguieron un guion predeterminado, lo que sirvió para guiar la conversación, ya que nuevas preguntas podían ser realizadas en función de las respuestas que daban determinados aspectos de sus vidas y de sus experiencias laborales, importantes para alcanzar los objetivos de la investigación en la que se inscribe el presente artículo.


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