Los modos de “estar en casa” para las clases medias urbanas del Gran Buenos Aires durante el confinamiento por el COVID
María Florencia Blanco Esmoris
Un recibidor que se vuelve un espacio de desinfección, ambientes para el ocio y el entretenimiento que se tornan un salón de clase, una oficina que se convierte en un gimnasio y muebles heredados que se venden para poder sobrellevar la crisis son algunas imágenes de la metamorfosis que experimentaron las viviendas entre las familias de clase media durante la pandemia. Es decir, la espacialidad y la materialidad de la casa delinearon límites y posibilidades a los deseos y las necesidades de las personas durante las etapas de confinamiento experimentadas a razón del virus SARS-CoV-2 en donde el malestar, la tristeza, la impotencia, el desgano, la alegría, la esperanza y la felicidad fueron algunos de los sentires que conmovieron a mis interlocutoras e interlocutores en un contexto incierto donde, cuando fue posible, seleccionaron qué y cómo cambiar el espacio doméstico para lidiar con un contexto incierto.
La crisis sanitaria a razón del virus SARS-CoV-2 aceleró decisiones, forzó procesos, rompió estabilidades, puso a prueba nuestras subjetividades y, aún en la actualidad, nos exige reimaginar el sentido de lo posible y de lo habitable. Desde distintos ángulos, gran parte de la ciudadanía, en varios puntos de América Latina, percibió la afectación y el arrojo hacia la construcción de “otras normalidades” así como de (novedosas) tácticas de convivencia en un mundo percibido con mayores fragmentaciones y, entre algunos sectores, menores apoyos. En las metrópolis, el sentido y la experiencia en la ciudad pareció reemplazarse por la casa, en medio de una fuerte polisemia práctica, en donde la morada perdió cualquier manto de romantización e incluso pareció humanizarse: cuyo resultado fueron viviendas que se vieron “afectadas”. En este escenario, una semántica de la higiene, de la salud y del cuidado (de sí y de otros/as) se volvió legible como parte de un canon otro de necesidades, derechos y urgencias que no se hicieron esperar entre la ciudadanía. En efecto, vivir con y vivir entre el COVID-19, fueron nominaciones propias de una normalización cotidiana que incluyó incertidumbres y tensiones.
En la Argentina, la experiencia del Aislamiento Social, Preventivo y Obligatorio (ASPO) y sus efectos, sucedidos a causa de la expansión del virus COVID-19, implicaron más de 100 días de confinamiento intermitente con salidas limitadas a “lo indispensable”[2]en el AMBA. Esto último se tradujo en una presencia extendida en la casa, una yuxtaposición de tareas y una adecuación de la espacialidad y el mobiliario, entre otros (Blanco Esmoris, 2020). Con base en esta vivencia, identifiqué que se configuraron nuevos sentidos, prácticas y clasificaciones en torno a la vivienda y al habitar[3] vinculadas con dimensiones tanto sanitarias y de salud como socioeconómicas en el marco de la vida cotidiana.
Entre algunas familias de clase media urbanas, el permanecer “puertas adentro” produjo un fenómeno paradojal caracterizado por la presencia de redes sociales y medios digitales como artefactos vitales que gestionaban comunicaciones oficiales y familiares a la vez que canalizaban emociones de distinto tipo entre las personas. De esta manera, estos bienes se vislumbraron como puentes entre dominios de la vida social, produciendo lo que Marina Ariza (2016) reconoce, retomando a Lara y Enciso, como “emocionalización de la vida pública”[4]. En esta reflexión, abordo cómo los sentidos y los afectos (como el malestar, la tristeza, la impotencia, la incertidumbre, la alegría y la esperanza) parecen encarnarse en el espacio donde variados clivajes como estar/cuidar, desprenderse/acumular, hacer/no hacer y descansar/trabajar se expresan en la vivienda. El material empírico movilizado es aquel que, sobre todo, surge del confinamiento acontecido en 2020 y 2021, para algunas familias de las clases medias urbanas[5], ubicadas en el municipio de Morón (Gran Buenos Aires, Argentina)[6].
Como desprendimiento de una investigación de enfoque etnográfico, procuro entender los clivajes que asume la vida doméstica bajo lógicas de espacialización de los afectos y afectación de los espacios.
Metodología y contexto de la investigación
Inicialmente, el estudio se llevó a cabo con un diseño de tipo cualitativo con enfoque etnográfico (Peirano, 1995) aplicando técnicas como entrevistas no directivas mediante sistemas de videollamadas, pues, en el marco del confinamiento, dicho enfoque se nutrió de aportes de la etnografía digital (o aquello que se conoce como netnografía) para lograr comunicarme con mis interlocutoras/es dadas las limitaciones en la movilidad y el desplazamiento. Por tanto, el abordaje considera la experiencia compleja de conocer cómo se articulan modos de ser y estar en vidas que oscilan entre modalidades online y offline. Un conjunto de estudios (Miller y Slater, 2000; Di Próspero y Daza Prado, 2019) me posibilitaron identificar las interacciones de mis interlocutores/as en las redes sociales compartiendo una suerte de “copresencia digital” (Di-Próspero, 2017). Específicamente, mi interés estuvo centrado en comprender los sentidos y prácticas de las personas en sus rutinas en pandemia.
Este artículo se organiza y retoma resultados de dos estudios: uno prepandemia y otro durante la pandemia. El primero se realizó entre 2015-2019 en el marco de mi tesis doctoral, donde desarrollé una investigación de enfoque y método etnográfico junto a cuatro familias de clase media[7] que residen en el municipio de Morón (Gran Buenos Aires [GBA], área que designa la zona circundante a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires –CABA–). Este municipio resulta significativo por ser un punto neurálgico de comunicación en la zona oeste del Área Metropolitana de Buenos Aires (Sáez, 2010) y donde he construido lazos significativos para llevar adelante esta etnografía. Para este escrito, específicamente retomo aportes de mi trabajo con dos familias, que tienen como jefas de hogar a Gloria y a Rosa[8]. Tal investigación tuvo como propósito indagar los sentidos que adquiere el habitar, la vivienda y la circulación diaria de las personas para comprender de qué modo tales decisiones se plasman en sus ambientes sociomateriales y afectivos más próximos. La segunda, también de recopilación de fuentes primarias de datos, tuvo lugar entre los meses de marzo y agosto del año 2020, en el marco de las distintas fases del ASPO hasta la llegada del DISPO en el mes de agosto. Complementariamente, se trabajó con material de las fases de confinamiento en 2021, donde establecí diálogo y vínculo con las familias con las que había trabajado en mi investigación doctoral mediante soportes digitales. Mi primera investigación me permitió dar sentido histórico y contexto a las experiencias y a las situaciones compartidas conmigo en contexto de confinamiento.
Sobre el recorte geográfico, puedo decir que el municipio de Morón se encuentra ubicado en el denominado conurbano bonaerense –en alusión a los cordones circundantes a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA)– que, según el Censo 2010 (INDEC), cuenta con 321.109 habitantes y una superficie de 56 km. Compuesto por cinco localidades (Haedo, Villa Sarmiento, Castelar, El Palomar, Morón cabecera), a menudo es una transición para llegar a “la capital” o adentrarse en otras zonas del oeste de la provincia. Para entonces, en esta zona, solo un 4,72 % de la población tenía necesidades básicas insatisfechas (NBI) (Censo 2010)[9].
#EstarEnCasa: entre el límite y la posibilidad
Si la vida cotidiana no puede mostrarse directamente, ¿cómo nos enfrentamos a ella? El problema de lo que no puede mostrarse o se muestra a través de otras formas que no sean la de la revelación es complejo y tiene que ver con la característica particular de la vida cotidiana, a saber, que su propia ordinariez la oculta a la vista pero no puede ser desenterrada para revelar algo como si estuviera oculto.
Das, 2018, p. 538 (traducción propia)
En América Latina, cada país experimentó de manera desigual y diversa el modo de enfrentar al virus COVID-19, a la vez que se topó con las fragilidades propias de cada sociedad (Álvarez y Harris, 2020). Cierto es que para muchos/as la extensión de la pandemia y las posteriores medidas gubernamentales trastrocaron el mundo tal como lo conocíamos. Considerando que, en América Latina, el 70% de la población reside en ciudades de 20.000 habitantes o más (Comisión Económica para América Latina y el Caribe [CEPAL], 2020), el riesgo de un tipo de sobreconcentración de contagio sobrevoló y organizó muchas de las prescripciones para la evitación de la propagación del virus centradas en la limitación de la circulación a partir de permanecer en la vivienda. En la Argentina, en su artículo sobre las relaciones de parejas de jóvenes gays durante el confinamiento, Maximiliano Marentes (2020) llama la atención sobre la aceleración de etapas/fases en las relaciones amorosas de jóvenes gays, quienes vivieron “convivencias arrebatadas”, donde el “arrebatar”, en el marco de otros procesos sociales, puede causar disrupción en la consolidación de una pareja o un proyecto común. Ahora bien, esto último no vino con las garantías de acceso a servicios de infraestructura básicos y las condiciones mínimas de habitabilidad en la vivienda (Blanco Esmoris y Labiano, 2020). ¿Cómo, mediante qué acciones y qué desafíos conllevo la permanencia prolongada de las personas en sus casas?
En la Argentina, en marzo de 2020, se anunció un Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio (ASPO) dispuesto por el Poder Ejecutivo de la Nación (decreto 297/2020)[10]. El famoso ASPO, también implementado provisoriamente en mayo de 2021, se extendió entonces hasta agosto de dicho año –con avances y retrocesos en sus diversas fases y permisos a lo largo y ancho del país– y alteró nuestros modos de estar en casa a la vez que implicó una presencia intensiva en espacios donde antes muchas/os solo estábamos unas horas. En este escenario, la intimidad pareció redefinirse bajo otros criterios (ahora vinculados a cuestiones de salud y de higiene) y límites (entre lo íntimo, lo familiar y lo profesional) cada vez más porosos y menos claros.
En medio de la pandemia, entrar a una casa ajena se mostró como un evento en sí mismo, como un acontecimiento con características formalizadas que a simple vista podrían rememorarnos prácticas ritualizadas del orden cotidiano. “La casa” en términos materiales, simbólicos y afectivos se tornó una preocupación constante dadas las medidas de reclusión aplicadas a gran escala. Entre quienes tuvieron la posibilidad de permanecer cumpliendo esta estrategia de limitación de la circulación, la reescritura constante de la convivencia social, entendida esta última como un tipo de construcción y de aprendizaje en donde se elaboran y consensúan normas comunes, fue un permanente desafío.
Puedo decir que a raíz del COVID-19 y la posterior medida del ASPO, mi trabajo de campo se “reactivó”. Si bien mi etnografía había concluido entre finales de 2019 e inicios de 2020, mis interlocutoras comenzaron a escribirme para comentarme cómo estaban lidiando con el confinamiento, específicamente, con los cambios en la dinámica familiar y en sus casos. Así, casa como materialidad, como proyecto, como derecho, como sueño y como imposibilidad fueron algunos de los ecos resonantes de una pandemia que no dio tregua. El carácter excepcional de la situación provocó que los sociólogos se orientaran (una vez más) a pensar qué tipo de prácticas, discursos y representaciones surgían sobre un “estar” intensivo en el espacio doméstico.
Desde hace tiempo desde las ciencias sociales en general y desde la antropología en particular, la pregunta y el debate sobre la noción de espacio movilizan a autores/as de distintos puntos del globo (Rapoport, 1978; Augé, 1993; De Certeau, 1996; Mandoki, 2006, entre otros/as). A saber, este interrogante se ha articulado con diversas inquietudes vinculadas con procesos de construcción identitaria y de memoria, mecanismos de integración colectiva, acontecimientos y rituales, la elaboración de una proyección del yo o la constitución de la vida cotidiana y la convivencia.
Según Michel De Certeau:
El espacio sería un lugar animado por el conjunto de movimientos y acciones que en él se despliegan, es existencia, es un lugar “practicado” –lo que implica que son los habitantes, los caminantes, los practicantes quienes transforman en espacio la geometría de los lugares. En definitiva sería la acción, la práctica humana asociada lo que permitiría distinguir un espacio de un lugar (De Certeau en Urrejola Davanzo, 2005, p. 7)[11].
En mi caso, parte de esta reflexión sobre el espacio doméstico la vengo elaborando desde mi tesis doctoral[12], en donde entendí que observar y registrar la casa implicaba una mirada atenta sobre el parentesco (Carsten y Hugh-Jones, 1995), sobre su arquitectura (Cieraad 2002, 2006), los artefactos y el confort (Miller, 2001, 2008), la autoconstrucción y las transformaciones edilicias (Motta 2014), la producción de estilos de vida, (Arizaga 2005, 2017), los criterios de emplazamiento y selección de una casa (Cosacov 2016), la mirada atenta a los procesos constructivos (Barada, 2018) y el modo en que la política se imprime en la casa (Pacífico, 2019), por tan solo nombrar algunos aspectos. Estos son algunos de los trabajos internacionales y locales que marcan el ritmo de una literatura que tomó protagonismo en los últimos años (Samanani y Lenhard, 2019)[13].
Un proceso mediante el cual interaccionan los lugares y los cuerpos: se produce un conjunto de vivencias que muchas veces son compartidas[14]. La posibilidad de establecer una continuidad exitosamente afectiva, es decir, que produzca algún tipo de emocionalidad afectiva positiva como causa o efecto, se encuentra desigualmente distribuida, tal como se percibió en el contexto de confinamiento.
En parte, la pandemia expresó eso, cómo la materialidad de la vivienda puso un límite espacial a las posibilidades de cuidar(se) y también de poder vivir y sentir en un contexto de circulación restringida. Aun en las limitaciones las personas llevaron adelante prácticas, manifestaron afectos diversos y reflexionaron sobre la metamorfosis espacial y material que iban viviendo. Al mismo tiempo que yo experimentaba el confinamiento dialógicamente, intercambiábamos sobre los sentidos diversos y los planos en que parecía pronunciarse el “ser afectado” (Favret-Saada, 2013): mis interlocutoras en sus casas y yo en mi casa a la vez que procurando analizar este fenómeno. Consejos, ideas y modos de resolver situaciones concretas se volvieron parte de nuestro intercambio cotidiano y me permitieron un acercamiento sensible a las muchas formas en que se cristalizan afecto y afectación.
Espacialidades afectivas: tristeza, nostalgia y alegría
A Gloria y a Ariel[15] los conozco desde hace mucho tiempo, porque con Gloria somos exalumnas de la misma escuela, también en el mismo municipio en donde hago mi trabajo etnográfico y donde practicamos hockey juntas. Cuando inicié mi investigación doctoral en 2015, estaban casados y tenían dos hijos y una hija, y transitaban entre lo que se conoce como la “etapa de expansión” (familia nuclear con núcleo conyugal e hijos/as entre seis y 12 años) y la “etapa de consolidación” (familia nuclear con núcleo conyugal e hijos/as entre 13 y 18 años). Gloria trabajaba cuidando y criando a sus hijos, y Ariel trabajaba en una empresa de la industria del hormigón construida con sus hermanos. Cuando comencé mi estudio, toda la familia se había mudado hacía unos pocos años a su casa propia que habían construido a tan solo unas cuadras de la estación de Haedo, en lo que se conoce como Haedo Chico (municipio de Morón).
Apenas entraba a su vivienda, a primera vista recién habitada, me sorprendió lo espaciosa, abierta y luminosa que era. De estilo contemporáneo, con una fachada de cemento alisado, esta casa de dos plantas era la más alta de la cuadra. Entre sus características se destacaban sus grandes ventanales, la predominancia del color blanco, la apertura propuesta por unos open planes concept (concepto abierto) y la flexibilidad de sus ambientes, que permitían convertir una sala de estar en una oficina con tan solo mover algunos muebles. Para Gloria, su casa era “su todo”. Ambos disfrutaban de la casa y consideraban que les daba “bienestar”; asimismo, siempre ponderaban positivamente “las bondades” de tener una casa con todo a la vista y con los espacios abiertos.
Por ejemplo, entre marzo y agosto de 2020, permanecieron todos en la casa. Siempre nos mandábamos mensajes de WhatsApp, ella me daba ideas sobre cómo ordenar y clasificar algunos objetos y bienes de la casa mientras me contaba cómo iba su día a día. Para Gloria, emprendedora y madre, “estar en casa” fue percibido y experimentado de diversas maneras.
Extraño ciertos silencios, el tiempo para mí que tenía algunas mañanas ahora es como estar a disposición las 24 h […] a veces mientras mis hijos están en algún zoom de la escuela me voy un rato afuera al patio, e incluso ordenando me metí un rato al cuartucho de los juguetes a estar tranquila… no digo que haya llorado pero a veces estoy desbordada (mensaje de audio de WhatsApp de Gloria, junio de 2020).
Parte de resignificar la espacialidad tiene que ver con nuevos usos y afectos movilizados. Gloria iba al cuartucho, pequeña habitación en la planta baja, contigua a la escalera en donde su hijo menor guarda juguetes; para poder estar sola y tranquila, procesando ciertos malestares, como la tristeza o sentirse sobrepasada por la incertidumbre misma del contexto en general y por la dinámica cotidiana de repliegue. Antes casi ni iba, o si iba era para ordenar y limpiar; sus espacialidades habitadas empezaron a ser otras. Incluso, poco a poco, entendió por qué su hijo Santiago pasaba tanto tiempo ahí en ese umbral entre la planta baja y la alta, cerca de la cocina pero lo suficientemente reparado para poder tener “su lugar” en el marco de un layout espacial donde todo era abierto y presumiblemente compartido.
Me encanta estar con la familia, no se eh… compartir cosas diferentes con mis hijos y mi hija, que vean aquello que antes no veían… igual… como que me la paso en casa ordenando y haciendo todo para todos… digo me volví más visible… no que no lo era antes sino que como que ven ese detrás de escena… las cosas no se hacen por arte de magia […] antes por lo menos organizábamos con las madres un pool, había cumples, fulbito, una cuidaba en el parque… ahora como que estamos más solas (mensaje de audio de WhatsApp de Gloria, julio de 2020).
Ojo, trabajo en mi emprendimiento cuando lo necesito pero como que no es lo mismo… no sé cómo explicarlo (mensaje de audio de WhatsApp de Gloria, julio de 2020).
El fragmento del diálogo con Gloria no se trató de que la familia no supiera lo que ella hacía sino que efectivamente pudieran notar eso que ella hacía para que todo el andamiaje del hogar funcionara y en lo que sus hijos/a, por ahí, no reparaban. Por ejemplo, siguió con una enumeración de actividades respecto de quién se ocupaba del aprovisionamiento, de que sus uniformes estuvieran limpios –aun para las videollamadas–, de los regalos, de los pagos, de cuidar el jardín y de muchas otras tareas que parecían resolverse “por arte de magia”, que eran parte del trabajo asumido por Gloria. Asimismo, había arreglos y ensamblajes de cuidado que sacaban la centralidad de la vida del hogar nuclear y se desplazaba a otras espacialidades como la plaza o una canchita de la sociedad de fomento[16]. De igual manera, con énfasis, aparece la tecnología con una intensiva y continuada presencia en la casa amén el confinamiento[17].
Esos quehaceres que anteriormente realizaba en su casa, a solas, o con compañía por franja horaria de sus hijos/as, ahora los hacía con la presencia de ellos, a la que se le añadían otros pedidos, otras demandas.
Es difícil porque todo es con la gente que te rodea […] digo te peleas, te reís, sufrís, todo ahí, juntitos y como que a veces canalizas mal las cosas, te peleás con quien no tenés que hacerlo […] o viste eso que antes no era un conflicto y que ahora sí lo es. Por ejemplo, el otro día mi hijo dejó la ropa tirada, no está bueno pero una cosa es que deje la ropa tirada un rato y otra es cuando queda dos días y al otro día mi hija tiene una videollamada ahí y todo queda a la vista, todo se escucha, no hay puertas […]. No está bueno, no sé si es que estoy más intolerante o qué, pero como que no es lo mismo, cuando vamos a la cama esto lo venimos hablando con Ariel –su marido– (videollamada por WhatsApp con Gloria, mayo de 2020).
Como vemos, Gloria señala el modo en que las tensiones se calibran de manera desigual en el confinamiento. Un diseño y una arquitectura de la casa que era percibida en términos positivos se tornaba ahora un impedimento para desarrollar tiempos “para sí” en medio de una movilidad restringida. Conflictos que cambian de contenido y argumento, confusiones con distintas personas de la familia, los problemas de una casa que se vuelve cada vez más pública y abierta y sobre la que los/as observadores pueden emitir alguna opinión o juicio de valor. De igual manera, entre otras de mis interlocutoras, la convivencia, que parecía más una coexistencia, se enfrentaba con hostilidades nunca vistas y expresadas como limitantes en la morada.
Espacialidades afectadas: malestar, (des)posesión y esperanza
Cuando inicié mi trabajo de campo en 2015, Rosa (58 años) y Oscar (61 años)[18] se encontraban en lo que los estudios sociodemográficos llaman “etapa de nido vacío” (que alude a una pareja mayor sin hijos/a viviendo con ellos). Ellos organizaban sus tiempos de acuerdo con el trabajo, el ocio, realizando salidas esporádicas con alguna pareja amiga y sus quehaceres en la casa. Entre idas y venidas, procuraban mantener “a flote” su casa localizada en El Palomar (a menos de dos kilómetros de la estación de ferrocarril en Haedo), zona que Rosa insistía en llamar “Haedo Norte”. La “casa propia” de Rosa y Oscar, donde antaño criaron a su hijo Franco (profesor de Educación Física, de 27 años) y a su hija Carla (estudiante universitaria, de 26 años), se caracterizaba por la presencia de puertas y paredes que dividían tanto los ambientes como las funciones de las habitaciones. Se trataba de una construcción de al menos tres décadas donde materiales como madera maciza, la chapa y el PVC irrumpían dentro de una espacialidad fragmentada de la que paulatinamente me manifestaron querer irse.
Estoy todo el día con mi marido, antes él se iba todo el día a la oficina y yo bueno hacía las cosas de la casa y después me iba a vender mis productos… no estábamos juntos día y noche […] ahora la dinámica es otra. Yo noto que discutimos muchísimo, hay bastante tensión y eso que como los chicos se fueron de casa, estamos solos, digo tenemos cuartos, podemos estar lejos uno del otro si lo necesitamos, pero es como que ninguno tiene su lugar. Antes nos llevábamos muy bien, imaginate las décadas que llevamos juntos, pero esto es intenso, gracias a Dios que tengo cuartos y puertas, te digo, vos sabés, yo odiaba eso y ahora qué bien que nos vino (llamada telefónica con Rosa, mayo de 2020).
Rosa destaca positivamente su casa y el modo en que la fragmentación espacial le posibilitó sobrellevar de alguna manera su vida e intimidad, incluso en situaciones de profundo malestar. Esta microgestión de las rutinas no implicó que no se produjeran tensiones –en su caso, con cierta recurrencia–, pero sí posibilitó que cada uno tuviera un espacio específico para desarrollarse y así, por qué no, pensar que el lazo podía seguir vigente en un futuro cercano, produciendo una suerte de esperanza.
Del mismo modo, la merma del trabajo de Oscar produjo que la familia tuviera que tomar ciertas decisiones con relación a objetos y posesiones que hacían a la decoración de su vivienda y a la espacialización de ambientes en su interior, como el living diario.
No salgo de casa y no vendo productos, pero bueno al menos ya vendí el mueble de mi mamá por Mercado Libre […] me dolió en el alma pero no puedo más. Veremos cómo sigue todo esto […] la pandemia me está hundiendo (Rosa, mensaje escrito, agosto de 2020).
La venta como medio de despojo a la vez que de generación de ingresos marcó con crudeza los efectos de la pandemia tanto sobre la espacialización de actividades como sobre aquellas materialidades cotidianas que hacían posible la vida en común. El dolor apareció como parte de una gramática del afecto que actualizó dimensiones vinculadas a la posición social de Rosa. La desigualdad hizo eco en esa posibilidad de construir un sentido de esperanza, paradójicamente, teniendo menos. La acritud se enunció en la marca dejada en el piso por el oscuro y pesado mueble de roble que pertenecía a la madre de Rosa y del que ella tuvo que desprenderse, sintiéndose la impotencia de ella en cada una de sus palabras que se quebraban entre mensajes de audio de WhatsApp que iba cortando para recomponerse.
A modo de cierre
¿Bajo qué coordenadas podemos comprender los sentidos profundos que asume la articulación de afecto-espacio en la vida social?
A partir de la etnografía pude comprender el modo en que los afectos son anclados espacialmente. Dicho anclaje no es lineal ni estático, sino que es dinámico y en disputa, e implica a actores sociales más allá y más acá de los confines de la vivienda. La vida puertas adentro conllevó una presencia intensiva y sostenida en los hogares, en donde las personas tuvieron que rever si tanto los espacios como el mobiliario les eran efectivamente funcionales y ergonómicos al pasar mayor cantidad de tiempo en su morada.
Extrañar los silencios, el espacio para sí y la sensación de estar abrumada configuraron el paisaje de emociones de Gloria en una vivienda cuyo layout modernista, con espacios polifuncionales y abiertos, explicitaban la falta material y espacial de separar tareas y obligaciones. En este sentido, su sensación de tener que aclararme que eso no implicaba no disfrutar del espacio familiar me posibilita inferir cierta presión que experimentaba Gloria al identificar necesidades propias como significativas. Por su parte, Rosa sentía que el diseño de su casa, basado en un tipo de fragmentación de ambientes, posibilitó transitar el confinamiento sin profundizar conflictos con su pareja y tener cada cual espacios para sí, abriendo camino a un pasaje que fue del malestar a la esperanza.
En este marco de intercambio con Gloria y con Rosa, yo misma me vi afectada por cada uno de los sentires de mis interlocutoras: incertidumbre, impotencia, nostalgia y alegría como parte de ese canon. Incluso percibí nuevas dimensiones analíticas que anteriormente no habían llamado mi atención y que ellas percibían como vitales: orientadas al consumo, a la decoración y a otros servicios.
En consecuencia, la casa permite atender modulaciones del anclaje de la vida afectiva entre las clases medias[19]. Queda entonces estar más atentes a estas dimensiones, incluso sobre aquellas que pueden a priori parecer banales y superficiales, pues allí descansan las gestiones de lo contingente que ofrecen claves para comprender los sentidos que encierran lo adecuado para las personas: sus usos, consumos y principios que organizan tanto su habitar como sus efectos en la dimensión afectiva de la vida.
Bibliografía
Álvarez, P. y Harris, P. (2020). “COVID-19 en América Latina: retos y oportunidades”. Revista Chilena de Pediatría, 91(2), pp. 179-182. https://tinyurl.com/4rcfbsw9
Ariza, M. (Coord.) (2016). Emociones, afectos y sociología. Diálogos desde la investigación social y la interdisciplina. UNAM.
Arizaga, C. (2005). “La construcción del gusto legítimo en el mercado de la casa”. Bifurcaciones, (5), pp. 1-12. https://tinyurl.com/bdfej3by
____ (2017). Sociología de la felicidad. Autenticidad, bienestar y management del yo. Editorial Biblos.
Augé, M. (1993). “Los ‘no lugares’. Espacios del anonimato. Una antropología de la sobremodernidad”. Gedisa.
Barada, J. (2018). Entre casas, departamentos y viviendas: una etnografía de las relaciones entre los pastores y el estado desde la producción de arquitectura doméstica en un pueblo puneño. Antropofagia.
Blanco Esmoris, M. F. (2020). “Dinámica y cautiva: la cultura material de la casa. Una mirada etnográfica sobre el habitar en Haedo, Provincia de Buenos Aires”. Atlántida, Revista Canaria de Ciencias Sociales, 11, pp. 165-182. https://tinyurl.com/5t2fv977
Castilla, M. V.; Kunin, J. y Blanco Esmoris, M. F. (2020). “Entramar los cuidados en pandemia: nuevas miradas descentradas, otras agendas posibles”. Papeles de trabajo, La revista electrónica del IDAES, vol. 14(26), pp. 81-100.
Carsten, J. y Hugh-Jones, S. (1995). “Introduction”. En J. Carsten y S. Hugh-Jones (Eds.), About the House (pp. 1-46). Cambridge University Press.
Censo Nacional de Población y Vivienda. 2010. Argentina.
Cieraad, I. (2002). “Out of my kitchen! Architecture, gender and domestic efficiency”. The Journal of Architecture, 7(3), pp. 263-279.
____ (Ed.) (2006). At home: An anthropology of domestic space. Syracuse University Press.
CEPAL (Comisión Económica para América Latina y el Caribe) (2020). “Distribución Espacial de la Población y Urbanización en América Latina y el Caribe (DEPUALC)”. https://tinyurl.com/v375bu8y
Cosacov, N. (2016). “El papel de la familia en la inscripción territorial. Exploraciones a partir de un estudio de hogares de clase media en el barrio de Caballito, Buenos Aires”. Población.
Cosse, I. (2008). “El modelo conyugal en la ciudad de Buenos Aires de la segunda posguerra: el compañerismo de complementariedad y el impulso familiarista”. Trabajos y Comunicaciones, (34), pp. 63-94.
Das, V. (2018). “Ethics, self-knowledge, and life taken as a whole”. HAU: Journal of Ethnographic Theory, 8(3), pp. 537-549.
Di Próspero, C. (2017). “Antropología de lo digital: construcción del campo etnográfico en co-presencia”. Virtualis, 8(15), pp. 44-60.
Di Prospero, C. y Daza Prado, D. (2019). “Etnografía (de lo) digital Introducción al dossier”. Etnografías Contemporáneas, 5(9). Disponible en https://tinyurl.com/3b74unv7
De Certeau, M. (1996). La invención de lo cotidiano. Univ. Iberoamericana. México.
Favret-Saada, Jeanne (2013). “Ser afectado”. En Avá (23).
Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INDEC). Disponible en: https://tinyurl.com/y4z7na8p
Jelin, E. (1998). Pan y afectos. La transformación de las familias. Fondo de Cultura Económica.
Knitter, B. y Zemp, M. (2020). “Digital family life: A systematic review of the impact of parental smartphone use on parent – child interactions”. Digital Psychology, 1(1), pp. 29-43.
Mandoki, K. (2006). Prácticas Estéticas e Identidades Sociales. Siglo XXI.
____ (2018). “Lugaridad: notas sobre una causa perdida”. En Astrágalo, Cultura de la Arquitectura y la Ciudad, 24, pp. 41-52.
Marentes, M. (2020). De convivencias arrebatadas: parejas en tiempos de coronavirus. Documentos de investigación, investigaciones sobre COVID-19, IDAES UNSAM.
Martínez, M., Pérez, W. y Solano, D. (2011). “Impacto de los medios masivos de comunicación en la dinámica familiar”. Cultura Educación y Sociedad-CES, 2(1), pp. 111-118.
Miguez, E. (1999). “Familias de clase media: la formación de un modelo”. En F. Devoto y M. Madero (Dir.), Historia de la vida privada en Argentina. La Argentina plural (1870-1930) (pp. 22-46). Santillana.
Miller D. y Slater D. (2000). The Internet: an ethnographic approach. Oxford: Berg.
Miller. D. (Ed.). (2001). Home Possessions. Material Culture behind Closed Doors. Berg.
____ (2008). The Comfort of Things. Polity Press.
Motta, E. (2014). “Houses and economy in the favela”. Vibrant–Virtual Brazilian Anthropology, 11(1). https://tinyurl.com/ws73maau
Palacios, F. (2020). “Miradas etnográficas del envejecer en la pandemia”. Antropología Americana, 5(10), pp. 139-162.
Pacífico, F. (2019). Producir la política desde las casas. Etnografía de procesos de organización colectiva de mujeres titulares de programas estatales [tesis de doctorado, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires].
Peirano, M. (1995). A favor da etnografía, Río de Janeiro. Relume Dumará.
Rapoport, A. (1978). “Aspectos humanos de la forma urbana. Hacia una confrontación de las Ciencias Sociales con el diseño de la forma urbana”. Gustavo Gili.
Roig, A. (2020). “Enlazar cuidados en tiempos de pandemia. Organizar vida en barrios populares del AMBA”. En Cuidados y mujeres en tiempos de COVID-19. La experiencia en Argentina, CEPAL (Comisión Económica para América Latina y el Caribe) (pp. 67-95).
Samanani, F. y Lenhard, J. (2019). House and Home. Cambridge Encyclopedia of Anthropology. https://tinyurl.com/4h3fdedj
Saez, G. L. (2010). Morón, de los orígenes al bicentenario. Argentina, Municipalidad de Morón.
Sibilia, P. (2017). La intimidad como espectáculo. Fondo de Cultura Económica.
Simonetta, M. (2019). La exaltación del populismo penal. Análisis de la política de seguridad del gobierno del presidente Mauricio Macri durante los años 2015- 2019 [tesina de grado en Ciencias Políticas, UNR, Argentina].
Urrejola Davanzo, L. (2005). “Hacia un concepto de Espacio en Antropología. Algunas consideraciones teórico-metodológicas para abordar su análisis”. Universidad de Chile. https://tinyurl.com/2vps8dz2
Visacovsky, S. (2008). “Estudios sobre ‘clase media’ en la antropología social: una agenda para la Argentina”. Avá Revista de Antropología, 13, pp. 9-37.
Wahren, P.; Harracá, M. y Cappa, A. (2018). “A tres años de Macri: balances y perspectivas de la economía argentina”. Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica. Disponible en: https://tinyurl.com/v2b4zpt2
Documentos
Decreto 297/2020
Decreto 677/2020
- Agradezco los generosos y valiosos comentarios de los y las colegas que formaron parte de la mesa “Intimidades descentradas: cuidados, pandemia y espacialidades en disputa” – Simposio “Pensar los Afectos” (2022)- así como de la coordinadora, Dra. Valeria Llobet, que permitieron enriquecer este trabajo.↵
- Medida reglamentada mediante el decreto 297/2020 y publicada en el Boletín Oficial el 19/3/2020. En el artículo dos, precisa “[…] solo podrán realizar desplazamientos mínimos e indispensables para aprovisionarse de artículos de limpieza, medicamentos y alimentos”.↵
- Habitar es apropiarse de un espacio; algunos trabajos sobre los modos de habitar establecen un vínculo entre habitar y construir (Heidegger, 1989), habitar y enraizar (Bollow, 1993) y habitar y mostrar y mostrar-se (Yory, 1999). Esta agenda se vio revitalizada recientemente con los aportes de Tim Ingold (2000), quien reflexionó sobre el habitar entendido en el marco de flujos entre humanos y materiales.↵
- “De acuerdo con Lara y Enciso (2013, p. 102), el término refiere al papel cada vez más decisivo que desempeñan las emociones en la transformación de la vida pública y sus subsistemas; en particular en los medios de comunicación, salud y la esfera jurídica” (Ariza, 2016, p. 10).↵
- A los fines de esta reflexión, utilizaré el concepto de clases medias y de sectores medios de manera indistinta. Al respecto, como lo han destacado numerosos/as investigadores/as, la categoría de clase media a menudo ha sido problemáticamente empleada como objetiva e universal y, en efecto, ha tendido a homogeneizar las características de acuerdo a los criterios del investigador y/o experto/a (Visacovsky, 2008). Esto no significa que su alusión o referencia no tenga efectos o que dicha clasificación no sea utilizada como parámetro clasificatorio. Por tanto, y considerando el rol procesual, dinámico y situado de la categoría, posteriormente proveo algunos elementos metodológicos específicos vinculados a las características que presentan estas familias para considerarlas como parte de esta clase social.↵
- Para este escrito recupero registros de mi investigación etnográfica doctoral, realizada entre 2015-2019 y notas y conversaciones a distancia, llevadas adelante durante el año 2020 mediante plataformas digitales. Más detalles en el apartado metodológico. ↵
- La delimitación de estas familias surge a partir de ciertos observables (como la extensión de la vivienda, su ubicación, la provisión de servicios, vestimenta, entre otros) fueron complementados con dimensiones como educación, ocupación e ingresos. Asimismo, poseen los servicios de infraestructura básicos (agua potable, gas natural, luz eléctrica) en la vivienda y en el barrio (alumbrado, recolección de residuos y pavimentación de calles), cuestiones de caracterización indicadas en otros trabajos de mi autoría (Blanco Esmoris, 2020).↵
- Cabe destacar que, complementariamente a la estrategia etnográfica, se consultaron archivos locales (el Archivo Histórico de Morón) e información de naturaleza cuantitativa (específicamente, estadísticas vinculadas al espacio urbano, la vivienda y el consumo), así como también con relación al ASPO.↵
- Es menester señalar que en este municipio y en otros de la provincia de Buenos Aires y del país, en el período comprendido entre 2015-2019, las personas vieron erosionadas y degradadas sus condiciones de vida. En la Argentina, a finales de 2015, Mauricio Macri, referente de la fuerza política Cambiemos, asumió la presidencia de la Nación. Durante su mandato, se llevaron adelante diversas medidas que provocaron trastrocamientos y retrocesos en materia social y de derechos (Simonetta, 2019) que impactaron fuertemente en las posibilidades de “vivir bien” y de manera adecuada. Estos antecedentes sin duda son significativos para entender el contexto de gestión gubernamental de la pandemia, que encuentra en el Ejecutivo nacional desde el año 2019 al presidente Alberto Fernández.↵
- Durante más de 200 días, en la Provincia de Buenos Aires avanzaron y retrocedieron las fases del ASPO hasta establecerse el DISPO (Distanciamiento Social, Preventivo y Obligatorio) mediante el decreto 677/2020 vigente desde el 17 de agosto.↵
- Por su parte, Marc Augé (1993) remite a la noción de lugar y no así de espacio en alusión al simbolismo encarnado en él, de acuerdo con lo explicitado por Urrejola Davanzo (2005). Augé remarca que el concepto de espacio es “falto de caracterización conceptual” y, por tanto, fácilmente aplicable a superficies “no simbolizadas” debido a que resulta ser una categoría más abstracta que la de “lugar” y se aplica indiferentemente a muchas utilizaciones conceptuales.↵
- Investigaciones de corte socio-antropológico e histórico han dado cuenta de la dimensión moral con relación a la vida cotidiana y a la construcción de modelos familiares legítimos que se tornaban inteligibles en los límites del hogar (Jelin, 1998; Miguez, 1999; Cosse, 2008, entre otros aportes). Estos estudios indicaron que tales precisiones no son homogéneas ni ahistóricas, sino que deben ser contextuales y situadas.↵
- En la antropología social, tanto la pregunta por el hogar (home) como por la casa (house) siempre ha quedado relegada a un segundo plano, en tanto accesorio o elemento ad hoc a objetos “más relevantes” como podría ser el parentesco, la magia y religión y el simbolismo (Samanani y Lenhard, 2019).↵
- Por su parte, Rapoport (1978), más que hablar de “espacios” o “lugares”, se refiere a “ambientes construidos” (Urrejola Davanzo, 2005). Con tal objetivo, se centra en la dimensión cualitativa del espacio, vale decir, a los aspectos psicológicos y socioculturales que definen un espacio y a los grupos que los habitan y que trascienden los elementos “puramente ecológicos u objetivos” del espacio habitado. Rapoport considera tres aspectos interrelacionados que según él configurarían el espacio del ambiente habitado: aspecto cognitivo (vinculado con la percepción), aspecto afectivo (asociado a sentimientos y sensaciones) y aspecto conactivo (referido a las prácticas). En este marco, el espacio social, como ambiente construido, refiere a los modos en que es apropiado, entendido y significado socialmente y configura un tipo de identidad social.↵
- Como para que el lector o la lectora se haga una imagen vívida de la casa y de estas personas, cabe decir que Gloria medía un metro cincuenta, era delgada y tenía pelo lacio color nuez. Ariel, con una estatura apenas mayor que Gloria, también era delgado, tenía barba y su cabello era corto y de color negro. En ese entonces, ambos tenían 39 años. En su casa, Gloria vestía “ropa cómoda” –jogging o jean y alguna camiseta– y Ariel lo hacía distendido, optando por alguna camiseta excepto que tuviera una reunión de importancia. Ariel se iba a trabajar bien temprano por la mañana y Gloria se quedaba con sus dos hijos e hija en casa, encargándose de sus rutinas escolares y extraprogramáticas.↵
- Esta dimensión vinculada a los cuidados y el modo en que relaciones y afectos se articulan en la dinámica cotidiana pudo ser elaborada gracias a un virtuoso diálogo con Victoria Castilla y Johanna Kunin que implicó repensar y descentrar(nos) de la espacialidad “usual” y “normalizada” imputada a los cuidados. Tales elaboraciones están plasmadas en el artículo de elaboración colectiva con estas colegas: “Entramar los cuidados en pandemia: nuevas miradas descentradas, otras agendas posibles” (Castilla et al., 2020).↵
- En dichos ensamblajes, intervienen también diversos artefactos y bienes que hacen posible responder a una demanda de cuidado que, con frecuencia, se vincula con el monitoreo propio y de otros/as. “A la presencia de celulares, tabletas electrónicas y laptops se suman las pantallas y cámaras en la casa –para el seguimiento y la observancia para seguir “cuidando” con o sin presencialidad, igual “estando”-. Como señala un estudio, dichos dispositivos se han transformado en “nuevos agentes de socialización” (Martínez, Pérez y Solano, 2011) que habitan con nosotres (Blanco Esmoris, 2020). La construcción y persistencia en el “lazo social” en los cuidados se ve ligeramente afectado por la incorporación de estos bienes (Knitter y Zemp, 2020). En estas experiencias colectivas para la gestión de los cuidados, advertimos cómo se ponen en escena diversas espacialidades, así como otros bienes y artefactos. Cierto es que estos cuidados colectivos han sido de relevancia en tiempos de pandemia y los sectores medios también han elaborado estrategias de acompañamiento digital –educativo, de ocio y dispersión–, apoyo económico, emocional, gestiones burocráticas para con la tercera edad, así como la resolución de problemas y conflictos”. “Algunos trabajos (Christakis, 2018; McDaniel, 2019) señalan que el monitoreo de les padres y madres –parental monitoring– viene con distracciones, producidas por el uso de la tecnología de estes adultes, en donde la presencialidad no asegura el “estar ahí” cuidándoles” (Castilla et al., 2020).↵
- Si a simple vista algo destacaba a Rosa, eso era su tupida cabellera de rulos color rojo que contrastaba con la tonalidad clara de su piel. Su metro setenta de altura y la ropa deportiva que la vestía a diario no pasaban desapercibidos cuando transitaba con su bicicleta haciendo compras por el barrio y sonriendo a vecinos/as que se cruzaba en el camino. Siempre con su riñonera cruzada en el pecho, cargaba “lo justo y necesario”, sea para realizar la venta de productos estéticos de su marca o para hacer algún mandado. Oscar, por su parte, era de porte robusto y con los años ha perdido su cabello; a diferencia de Rosa, él solía vestir un jean azul desgastado y una camisa blanca, pues pasaba casi todo el día trabajando en su imprenta que quedaba en CABA. Sin embargo, cuando llegaba a su casa, se sacaba “este uniforme” y se vestía con unos shorts y una remera para distenderse en su morada.↵
- En definitiva, cualquier tipo de análisis e interpretación respecto a la espacialidad requiere necesariamente de una perspectiva transdisciplinaria que convoque no solo a quienes trabajan sobre las formas de habitar, que involucra al menos dimensiones socioculturales y afectivas, sino a quienes se orientan a mirar aspectos tocantes a la construcción y al diseño.↵








