Pablo Uriel Rodríguez
Quizás el mayor error de entre todos los que un prologuista puede llegar a cometer sea el de pretender que las palabras preliminares que se le encomiendan tienen como cometido autorizar al autor. Equivocación que, en este caso particular, sería superlativa, pues el pensador del cual se ocupa el presente libro tomó la meditada y paradójica decisión de ser un autor sin autoridad sobre sus escritos. Kierkegaard socavó su autoridad autoral multiplicando las posiciones de enunciación y colocando su propia voz entre una pluralidad de voces. Quienes se dedican al estudio de su obra mantienen viva la discusión en torno al propósito que opera por detrás de esta elaborada estrategia literaria. Algunos consideran que la tentación de un sentido unificado es la irónica trampa en la cual caen de manera inevitable sus lectores; el atractivo señuelo astutamente dispuesto por quien, en definitiva, se ha limitado a ofrecer la proliferación y dispersión de puntos de vista que procuran asir el significado siempre escurridizo de la realidad humana. Otros, en cambio, aseguran la existencia de un polo que aglutina la fragmentación; algo así como un centro de gravedad en el que, a la postre, convergen todas las concepciones de la vida que se dan cita en la extensa obra del danés. Y, si esta segunda alternativa fuese la que más se ajusta al propósito de Kierkegaard, irrumpiría entonces un nuevo dilema, el de identificar el locus de esta última palabra: ¿es la firma “S. Kierkegaard” el correctivo definitivo a todos los pseudónimos, o ese privilegio es propiedad de alguno de sus personajes? El que estas palabras sean tan solo preliminares me ahorra la vergüenza de aventurar respuestas probablemente incapaces de resolver los interrogantes planteados. En todo caso, lo que Kierkegaard nos ha dicho sobre la autoridad se resume en la idea de que nadie puede autorizarse a sí mismo. Por este motivo, un prologuista sería presa de la más peligrosa insensatez si quisiese autorizar al autor del libro sin antes haberse asegurado de que él mismo está autorizado a ello.
A quien, habiendo recibido una fuerte impresión por el título de este libro, tras abrirlo se haya topado con estas palabras, seguramente este rodeo por el concepto de “autoridad” le podrá resultar una demora innecesaria y por completo ajena al presumible contenido de la obra que tiene entre sus manos. Sin embargo, la impaciencia, en esta ocasión, es una mala consejera. Me atrevo a decir que el nombre de Kierkegaard tiene un indudable valor para la deliberación ética por el hecho de haber sido uno de los primeros pensadores en formular la pregunta que está a la base de nuestra actual reflexión filosófica, y no solo filosófica, en torno a la existencia y la acción humanas: ¿qué autoridad tiene un yo sobre sí mismo?
La intervención teórica de Kant en el campo de la reflexión filosófica sobre la moral consistió en reemplazar los cuestionamientos clásicos “¿Qué quiero en la vida?” y “¿Cómo he de obrar para alcanzarlo?” por el interrogante “¿Qué debo hacer?”. Kierkegaard, por su parte, estimó que, antes de enfrentarse con la pregunta kantiana, era necesario despejar la incógnita que la antecede e indagar quién es el que está interesado en definir su deber. Al poner el eje en el sujeto de la obligación ética, el danés se vio conducido hacia un problema fundamental: “¿Puedo hacer lo que debo hacer?”. Célebre es la sencilla y contundente respuesta con la que Kant había despachado esta pregunta: la garantía de que el individuo tiene el poder para realizar aquello que debe realizar es, justamente, el hecho de que debe realizarlo. Tal vez, esta rápida respuesta kantiana haya sido lo que motivó a Kierkegaard a escribir en una nota personal de mediados de 1840 que el pensamiento de la modernidad “se introduce en la genuina contemplación antropológica”, pero no se adentra en ella (cf. Pap. iii, A 3). Algo similar se jugaría en el reproche tantas veces repetido por algunos de los pseudónimos: el sistema carece de una ética. Lo que se echa de menos es un examen minucioso sobre la situación fáctica del sujeto moral. Estudio que Kierkegaard concibe impostergable puesto que, en definitiva, la tarea ética no se le impone a la razón práctica (ser ideal), sino a un existente concreto (ser real).
La investigación de la especialista Yésica Rodríguez tiene como objetivo una reconstrucción crítica del pensamiento ético de Kierkegaard. A mi entender, su trabajo se deja guiar por el problema de la autoridad del yo sobre sí mismo. En este sentido, la autora vendría a afirmar que la obra pseudónima del danés contiene dos respuestas sucesivas a esta cuestión (las dos éticas de las que nos habla el título). La primera de ellas todavía permanecería dentro del campo de especulación moderno, aunque rozando sus límites (lo que el título signa con el término “apropiación”); la segunda operaría por fuera de la modernidad (lo que el título refiere con la palabra “abandono”) e inauguraría una nueva imagen de la subjetividad humana.
La primera parte del libro invita a sus lectores a reconocer dos cosas. Primero: la autora nos llama la atención sobre el hecho de que ya el mismo Kant situó su pensamiento en la dirección escogida por Kierkegaard. En este sentido, y en apoyo a la hipótesis de lectura de Yésica Rodríguez, vale recordar que, en sus Lecciones de Lógica, el pensador alemán condujo la pregunta “¿Qué debo hacer?” al terreno de una discusión filosófica que debería versar no solo sobre la esencia, sino también sobre la existencia del ser humano. Segundo: la especialista argentina sostiene que el danés, en su lectura del autor de las tres críticas, logró trascender las mediaciones académicas y familiares para conectar, a contrapelo del ambiente intelectual de su época, con la orientación antropológico-existencial de la filosofía práctica de Kant. Para Rodríguez, el juez Guillermo, el pseudónimo B que encarna la concepción ética de la vida en la segunda parte de O lo uno o lo otro (1843), sería el fruto de la sensibilidad de Kierkegaard a ese otro Kant injustamente olvidado por las interpretaciones corrientes de su pensamiento. El pseudónimo ético habría encontrado en el existencialismo avant la letre del filósofo alemán la caja de herramientas para desarrollar su propósito de exponer la emergencia y la constitución de un agente práctico capaz de asumir obligaciones morales y regular su vida en función de normas ético-cívicas.
Démosle la razón a la autora: el juez Guillermo permanece junto a Kant en la convicción del carácter finito de la subjetividad humana frente a la tesis idealista de la autoproducción absoluta del yo. El pseudónimo B ciertamente niega ser el autor de su existencia: el sí mismo no se pone, ni se crea a sí mismo. No obstante, esta recusación de la autoría es acompañada, como tesis suplementaria, por la idea de que el sí mismo se elige a sí mismo. La categoría predilecta del ético, la célebre autoelección, define un gesto emancipatorio llamado a corregir la existencia impropia de la personalidad estética. Para el juez Guillermo, la existencia propia del yo es aquella en la que este llega a ser propietario de sí mismo al colocar las diversas facetas de su realidad personal bajo la conducción de su libertad y sin incurrir en un rigorismo negador de lo sensible. De acuerdo con esta concepción de la vida, el yo posee la suficiente autoridad sobre su existencia como para alcanzar un saber transparente de sí mismo y asumir el dominio sobre aquellos aspectos que, al margen de su voluntad, constituyen su subjetividad. La terapéutica ético-existencial se fundamenta sobre el supuesto de que el individuo es capaz de gobernarse y de que le bastan sus facultades para ser amo de sí mismo. En la expresión griega de Platón (“tò kreítto hautoû”: República, 430e) que resuena en la obra del danés, esto significa que el yo es más fuerte que sí mismo. Ahora bien, a decir de un comentario privado de 1850, el gran problema del sistema ético elaborado por Kant radicó, justamente, en abrazar dicha posibilidad. La moral kantiana descansa sobre la idea de que la fuerza de la que disfruta el ser humano como agente práctico de carne y hueso iguala la fuerza que detenta como legislador moral (cf. Pap. X2 A 396), ergo el yo se entrega a sí mismo a la ley bajo el supuesto de estar en condiciones de cumplirla. Tan solo un par de meses después de publicar O lo uno o lo otro, el danés escribía en su primer discurso edificante que “un ser humano puede ser todo lo fuerte que quiera, pero ninguno es más fuerte que sí mismo” (SKS 5, 27).
La segunda parte del libro de Yésica Rodríguez se consagra a analizar a este individuo que es más débil que sí mismo. La autora desarrolla su análisis a través de una lectura conjunta de dos de las más emblemáticas obras pseudónimas de Kierkegaard: El concepto de la angustia y La enfermedad mortal. Ambos trabajos son calificados por sus respectivos autores, Haufniensis y Anti-Climacus, como “escritos psicológicos”. “Psicología”, aquí, es el nombre con el que Kierkegaard se refiere a esa “genuina contemplación antropológica” que la filosofía moderna no llegó a desarrollar y él se impone como obligación intelectual. Tanto para Haufniensis como para Anti-Climacus, la psicología es el discurso que tiene como objetivo hacer consciente al individuo de aquellas marcas de su subjetividad (lenguaje, sexualidad, temporalidad) que trazan las condiciones reales de su actividad libre, es decir, la psicología mapea el territorio concreto de la acción ética. Al igual que el juez Guillermo, los pseudónimos psicológicos parten en sus investigaciones de un yo que no se ha creado a sí mismo. Pero lo que a ellos les interesa es mostrar las dificultades con las que tropieza el individuo a la hora de consumar el movimiento ético de autoelección. Angustia y desesperación son las reacciones que se apoderan del yo cuando este se advierte dado a sí mismo y compelido a ser ese ser determinado que él es y sin poder ser, realmente, otro. Quizás el principal límite revelado por el discurso psicológico sea el de la relativa efectividad de todo saber de sí mismo: la toma de consciencia de los factores que sujetan el ejercicio de la libertad del yo y que influencian en su existencia no es suficiente para que dicho yo sea capaz de alterar el patrón de su conducta o superar su malestar existencial. Es por ello por lo que la autora sostiene que los tratados sobre la angustia y la desesperación nos devuelven el reflejo de un “yo frustrado” –me permito agregar– por un déficit de autoridad sobre sí mismo. El yo no posee una autoridad absoluta sobre sí mismo porque el origen de esta no reside en él.
El creciente interés suscitado por la obra de Søren Kierkegaard en Argentina aún no encuentra un adecuado y proporcional correlato en la cantidad de publicaciones dedicadas al danés. Alcanzan los dedos de las manos para contar los libros de Kierkegaard y sobre él a cargo de especialistas de nuestro país. Entre las apariciones de los últimos años editadas en sellos nacionales, podemos mencionar algunas traducciones (el Johannes Climacus o el dudar de todas las cosas, producto del trabajo de la Dra. Patricia Dip, y El libro de Adler, por cuenta de la Lic. Anna Fioravanti) y algunos estudios que aclaran aspectos generales y específicos de su obra (Teoría y praxis del amor y Kierkegaard de Dip y El itinerario de la libertad y El poder de la libertad de la Dra. María José Binetti). A esto podrían sumarse algunos textos publicados por editoriales extranjeras (las traducciones de El Instante, Para un examen de consciencia y algunos tomos de los Diarios de Fioravanti y Binetti, por un lado, y el estudio El idealismo de Kierkegaard de Binetti, por el otro). El libro de la doctora Yésica Rodríguez viene a equilibrar la relación entre las necesidades del público y la producción intelectual nacional. Su gran mérito es el de satisfacer una triple exigencia. En primer lugar, la demanda de los lectores con inquietudes religioso-confesionales. Si bien el trabajo de la autora es, en su origen y sus pretensiones, filosófico, sus páginas procuran una expresión secular de algunas de las principales ideas teológicas del danés. En este sentido, el libro es un aporte a la generación de un lenguaje compartido para la discusión entre posiciones religiosas, agnósticas y ateas. En segundo lugar, el libro también responde a los intereses del público filosófico profesional. Una de las virtudes de la investigación de Rodríguez es la de determinar, por medio de una discusión constante con la bibliografía especializada reciente, la posición precisa de Kierkegaard en relación con la historia de la filosofía moderna en general y el idealismo en particular. El intento de confrontar la ética de Kant con el pensamiento del danés ha de ser valorado en toda su magnitud, ya que echa luz sobre el actual debate en torno a los límites del proyecto moderno y sus continuamente anunciadas “refutaciones” y “superaciones”. Por último, el análisis de la psicología del danés interpela a una comunidad psicoanalítica siempre en busca de su árbol genealógico. La reconstrucción que Rodríguez realiza de la “teoría de la subjetividad frustrada” del danés es la invitación a un enriquecedor diálogo interdisciplinario que, de consumarse, quizás permita vislumbrar los posibles efectos concretos de la palabra filosófica.
Sin más dilaciones, dejemos que estas palabras sean entregadas por su autora al examen al que, de seguro, las someterán sus lectores.
Junio de 2022








