Estudios desde México y la Argentina
Tania Porcaro[1], Dolores Camacho[2] y Alejandro Benedetti[3]
Este libro nace del encuentro entre dos equipos de investigación, el grupo Frontera sur: territorio, sociedad e historia del Centro de Investigaciones Multidisciplinarias sobre Chiapas y la Frontera Sur (UNAM) y el Grupo de Estudios sobre Fronteras y Regiones del Instituto de Geografía de la Universidad de Buenos Aires (GEFRE/UBA). Así, se empieza a consolidar un vínculo interinstitucional que surge del interés compartido por explorar qué se está produciendo en términos de investigación, con qué metodologías y bajo qué lineamientos teóricos, más allá de las fronteras de los propios países y terrenos de estudio de las/os investigadoras/es de estos dos grupos. Las fronteras de México y Argentina. Diálogos para una producción de conocimientos latinoamericanos situados es una obra colectiva que se suma a la “Colección Fronteras”[4] coordinada por el GEFRE y se plantea como un primer momento de un diálogo entre ambos países que aspiramos a sostener en el tiempo, a través de investigaciones compartidas y comparativas.
En este caso, el foco está puesto en las relaciones que se desarrollan en las fronteras norte de la Argentina y sur de México, es decir, lugares de la región latinoamericana distantes entre sí, pero con muchos elementos en común. Estas fronteras están marcadas por procesos socioeconómicos complejos, como el empobrecimiento de sus poblaciones, la estigmatización derivada de miradas centralistas en ambos países y un incremento en los niveles de violencia vinculada a la circulación de personas y bienes catalogados como ilegales. Este esfuerzo conjunto busca no solo profundizar en el conocimiento de estas realidades, sino también contribuir al debate académico y político sobre las fronteras en contextos de desigualdad, marginalización y conflictividad.
El resultado son nueve capítulos que surgen de un ejercicio de reflexión colectiva desarrollado en el seminario permanente Estudios de las fronteras: reflexiones y experiencias desde la frontera Sur, que realizamos durante 2024, entre investigadoras/es del CIMSUR (México) y el GEFRE (Argentina). Los trabajos que aquí se presentan profundizan en conflictos por la tenencia de la tierra, explotaciones agrícolas que responden a modelos en tensión, nuevos proyectos o procesos de valorización económica, cambios y problemáticas asociadas a las movilidades de personas y bienes, así como proyectos de integración y cooperación que ponen en entredicho los postulados del desarrollo. Todas estas miradas tienen a las fronteras en el centro y discuten su producción de diferentes maneras, ya sea como márgenes de los Estados, como reservorios de recursos o como territorios construidos por medio de prácticas que las atraviesan, en diálogo con las diferentes teorías que se han ido construyendo para pensarlas.
Fronteras latinoamericanas
Los estudios sobre fronteras en Latinoamérica se han multiplicado desde inicios de la década de 2000, suscitados por la necesidad de comprender diferentes prácticas que constituyen el foco de atención de políticas públicas, acuerdos internacionales, agendas mediáticas y ciertos sectores sociales de los centros nacionales, pero que, a la vez, marcan profundamente la vida de las personas que habitan los bordes de las naciones. Migraciones, desplazamientos por razones ambientales, movilidades rutinarias o estacionales, tránsito de mercancías, controles estatales más restrictivos o discriminatorios, infraestructuras para la integración de mercados nacionales, expansión de cultivos industriales y nuevos extractivismos son diferentes modos de producción de alteridad, diferenciación y discontinuidad que adquieren renovados impulsos en la actualidad latinoamericana.
La configuración de las fronteras como un objeto de interés académico en esta región puede situar sus inicios en torno a la década de 1990, con los tratados y acuerdos comerciales y arancelarios, como el TLCAN (hoy T-MEC) en el norte y el Mercosur en el extremo opuesto. En ese contexto, se comenzaron a pensar las fronteras en el marco de procesos de integración económica, comercial y de infraestructura (Ibarra, 1997; Trinchero y Leguizamón, 2009), como así también, a observar las repercusiones de las políticas públicas y el ordenamiento territorial en las comunidades locales y en la construcción de identidades nacionales (Vila, 2003). Con todo ello, las periferias de los territorios nacionales lograron instalarse en el centro del debate académico (Grimson, 2000).
Los atentados terroristas de 2001 en los Estados Unidos, sin embargo, sumaron o reorientaron el análisis hacia una nueva agenda dominada por la noción de seguridad y centrada en la administración y control estatal de los flujos de personas, mercancías e informaciones por los territorios nacionales (Hernández Hernández y Dorfman, 2020). Desde la década de 2010, a la par de los cambios en los marcos políticos y las relaciones internacionales, se fueron ampliando y multiplicando los estudios que buscaban dar cuenta de las repercusiones de las políticas de reforzamiento de los controles fronterizos en los tránsitos cotidianos y migratorios en los diferentes países del subcontinente.
El caso paradigmático de la región para este campo de estudios ha sido la frontera norte de México, en contacto con los Estados Unidos. Allí es donde, en palabras de Fábregas Puig (2015), termina América Latina entera, donde se produce la colindancia del desarrollo y el subdesarrollo, o bien, cobra visibilidad la separación entre el sur y el norte global. En cambio, las otras fronteras, las que se producen en el encuentro y desencuentro entre los Estados latinoamericanos, permiten reconocer otras expresiones de las relaciones de poder, de las asimetrías, de las políticas de fragmentación e integración y de las prácticas de vinculación e intercambio. El estudio de estas otras fronteras, de manera articulada o conjunta, permite reconocer procesos y prácticas comunes a este recorte particular del espacio global. Entender las especificidades de las fronteras producidas en Latinoamérica contribuye a poner en perspectiva el modo en que diferentes procesos multiescalares se están desarrollando en estas latitudes. También, habilita el reconocimiento de prácticas específicas que no encuentran paralelismos en otros ámbitos. La consideración de las fronteras latinoamericanas como un recorte significativo permite construir teorías sustantivas y conocimientos situados para interpretar aquellos procesos sociales, en un diálogo más fructífero con las abundantes teorías y sistematizaciones empíricas que se producen en el contexto europeo y norteamericano.
Una de las características más notables y comunes a las fronteras latinoamericanas puede reconocerse en la intensidad de los tránsitos, las movilidades y las relaciones transfronterizas a lo largo del tiempo. Historias culturales, laborales, comerciales y familiares han ido articulando grupos humanos, redes, caminos, ideas compartidas y proyectos a lo largo del tiempo gracias a —y a pesar de— la existencia de límites internacionales (Tapia Ladino, 2017). Las experiencias y problemáticas cotidianas de muchos espacios fronterizos se vinculan con el constante cruce de personas, por tierra y ríos, para llevar y traer mercaderías, por motivaciones laborales o vínculos familiares, o para tener acceso a la salud o a la educación. Todo esto redunda en la generación de oportunidades económicas y culturales, por lo que la frontera deviene un recurso en la estrategia de vida de amplias poblaciones.
Desde el inicio del siglo XXI, la incidencia de las políticas estadounidenses ha definido diferentes ámbitos fronterizos latinoamericanos como sitios de terrorismo y criminalidad, instalando nociones sobre la peligrosidad y la inseguridad, y legitimando la producción de tecnologías, acciones y discursos punitivistas. Bajo este paradigma, muchas fronteras latinoamericanas aparecen como ámbitos propicios para el crecimiento de grupos de criminalidad organizada que, no obstante, despliegan sus prácticas en los más amplios y diversos territorios. En los últimos años, muchas fronteras latinoamericanas se han visto transformadas por el incremento notable de los flujos migratorios de largo alcance, que inciden también en la creación de imaginarios sobre las mismas como amenaza. Frente a ello, las administraciones gubernamentales incrementan los dispositivos de control y vigilancia sobre las personas que, al moverse, buscan mejorar sus condiciones de vida.
Gran parte de las fronteras estatales latinoamericanas han atravesado, también, procesos y condicionamientos históricos de marginalización, definiendo muchas veces condiciones de vida más precarias que en las áreas centrales de cada país. Allí, los discursos y prácticas de técnicos gubernamentales y de organismos internacionales han insistido a lo largo de las décadas sobre la necesidad de incidir en su desarrollo. En muchas de estas fronteras habitan pueblos originarios de asentamiento prehispánico, cuyas prácticas materiales, lingüísticas y productivas compartidas se han visto transformadas por diferentes procesos de avance de las estructuras de poder colonial, de la estatalidad nacional, de las empresas extractivistas y de flujos globales que se insertan en las tramas de relaciones de cada región. Muchos de estos espacios latinoamericanos se han constituido, desde la visión central y la lógica del capital, en reservorios o fronteras de recursos, a través de prácticas de vaciamiento o invisibilización de sus poblaciones y de valorización económica de sus tierras, minerales o biodiversidad. Allí han sucedido, con frecuencia, procesos de expansión e intensificación de la producción primaria y extractiva, así como desplazamientos forzados de importantes sectores de la población por motivos económicos, ambientales y políticos. Hoy, los mares son los nuevos ámbitos de creación de fronteras extractivas y de recursos, donde se están expandiendo las nociones y prácticas de apropiación, control, vigilancia y explotación que, en los últimos dos siglos, estuvieron más visiblemente focalizadas en los espacios terrestres.
Los procesos de fronterización, securitización, expansión y transfronterización adquieren algunas especificidades en Latinoamérica, donde las propias zonas adyacentes a los límites gozan aún de una gran relevancia y significatividad, a diferencia de lo que ocurre, por ejemplo, en el ámbito europeo donde las fronteras se han dislocado, vernaculizado o externalizado (Jones y Johnson, 2014). La creación de pertenencias, marcaciones y estigmatizaciones, los mecanismos de expulsión, violencia y segregación, las relaciones de intercambio, cooperación y solidaridad, dan cuenta de procesos que adquieren particularidades en los diferentes contextos espacio-temporales de Latinoamérica. Sin negar la heterogeneidad de las fronteras y la singularidad de cada recorte espacio-temporal (Fábregas Puig, 1990; de Vos, 1993; Grimson, 2005), el análisis combinado de estos espacios permite reconocer procesos generales y comunes en la producción social y espacial de unidad y alteridad, de ordenamiento y diferenciación, de regímenes de interacción, que van marcando la vida en estas fronteras.
La mirada de largo plazo nos ayuda no solo a comprender mejor la actualidad, sino también a reconocer que muchos espacios fronterizos latinoamericanos tuvieron historias comunes y procesos semejantes. Trascender el nacionalismo metodológico nos permite evidenciar que estas interacciones responden a fenómenos de mayor alcance, pero también habilita el reconocimiento de novedosas agencias locales, valorizando las estrategias de acción que transforman las relaciones socioespaciales en recursos y oportunidades para el sostenimiento de la vida. Atar lazos entre la producción académica de distintos países favorece la construcción de una teoría latinoamericana para la comprensión de nuestras fronteras, y genera un mejor posicionamiento para dialogar con los estudios que se proponen desde otras coordenadas geográficas.
Existen algunos antecedentes relevantes de estudios combinados o comparados sobre las fronteras de Latinoamérica. Entre las publicaciones de FLACSO, destacan Fronteras: rupturas y convergencias (Carrión y Llugsha, 2013) y El sistema fronterizo global en América Latina: un estado del arte (Zepeda, Carrión y Enríquez, 2017). En la introducción de la segunda obra, centrada en los circuitos de drogas, ilegalidad y violencia, los autores observan que, a pesar de estar fuertemente vinculadas entre sí, no existen investigaciones de las fronteras dirigidas a identificar las conexiones existentes o los circuitos económicos que las unen, en el contexto de una economía mundial estrechamente articulada (Carrión y Enríquez, 2017). Señalan la necesidad de trascender los marcos nacionales o los estudios bilaterales, para dar cuenta de las conexiones transnacionales, desde un enfoque de sistemas fronterizos.
Otro ejemplo importante es el libro Puentes que unen y muros que separan: fronterización, securitización y procesos de cambio en las fronteras de México y Brasil (Hernández Hernández, 2020). En el capítulo introductorio, Hernández Hernández y Dorfman (2020) sostienen que los estudios sobre fronteras marcan desplazamientos teóricos y enfoques pertinentes que contribuyen a comprender las transformaciones que se suscitan en estos ámbitos, en México y Brasil. Destacan la importancia del estudio de las regiones fronterizas, donde ponen de relieve las interacciones sociales, culturales y económicas, la movilidad y los intercambios que trascienden la demarcación limítrofe, pero también la centralidad que adquiere el enfoque securitario, que torna más restrictivos y vigilados estos espacios e influye en las relaciones entre países vecinos. Tal como exponen los autores, es necesario
(…) seguir aportando al estudio de las fronteras, que actualmente atraviesan transformaciones y nuevos fenómenos coyunturales que demandan miradas renovadas y enfoques de estudio situados, hacia una mejor compresión de la manera en que se articulan las tensiones, relaciones y nuevos paradigmas en los escenarios fronterizos latinoamericanos. (Hernández Hernández y Dorfman, 2020, p. 38)
También es destacable el trabajo de Rodríguez Ortiz (2020), Los estudios sobre fronteras internacionales desde una perspectiva comparativa, que pone en tensión el espacio fronterizo que define el sur y el norte global en dos contextos: el de México con los Estados Unidos, por un lado, y del continente europeo respecto de África y Medio Oriente, por el otro. Si bien trasciende el espacio latinoamericano, esta metodología le permitió observar algunas constantes en los procesos de borderización y globalización, una convergencia en las políticas públicas de diferentes partes del mundo, pero también una vía alternativa para diseñar otros modelos de sociedad que permitan descentrar los imaginarios acerca de la unicidad del conocimiento, a partir de las voces locales y la suma de saberes múltiples. La autora insta a provocar “un enfoque pluriverso desde el sur con encuentros dialógicos y creativos con el norte que nos permitan delimitar nuestras propias fronteras, las fronteras de nuestros saberes sincréticos y mestizos” (p. 40).
En línea con las obras precedentes, el presente libro parte de la convicción de que la puesta en diálogo de la producción académica de diferentes países, aún fuertemente enclaustrada en los marcos nacionales, es una tarea necesaria para identificar la singularidad del ámbito latinoamericano, reconocer los emergentes de su historia en común, de las instancias creadas para el diálogo y la cooperación, así como del posicionamiento de la región entre las fuerzas mundiales que modelan las sociedades en la actualidad.
La producción de conocimiento sobre fronteras en México y la Argentina
En el ámbito latinoamericano, México y la Argentina, junto con Brasil, son destacados centros de producción de estudios sobre fronteras, con un creciente interés académico por ampliar continuamente este campo. En la búsqueda por contribuir a una mejor comprensión de la región latinoamericana, el libro que aquí presentamos se propone acercar la producción académica de los campos de estudios sobre fronteras de México y de la Argentina. El primero goza de una extensa tradición y de un abundante corpus de estudios. Sin embargo, el principal foco de atención ha sido la frontera norte con los Estados Unidos. En cambio, las fronteras que miran hacia el sur latinoamericano, en particular hacia Guatemala y Belice, han recibido relativamente una menor atención (Fábregas Puig, 2015). De todos modos, este espacio fronterizo ya ha concentrado un número importante de antecedentes relevantes y un creciente interés, en especial desde la década de 2010, a partir de la implementación de políticas públicas de reforzamiento de controles y la aparición de las caravanas migrantes. En la Argentina, por su parte, se ha producido un número más acotado de estudios que, desde los años 2000, se orientaron a pensar la producción de fronteras desde miradas críticas (Benedetti, 2007; Salizzi et al., 2019). Mientras que, en la etapa signada por el militarismo bélico hasta la década de 1980, la atención pública se focalizaba particularmente en la frontera oeste con Chile, hacia el cambio de siglo han sido las fronteras del norte las que han generado una mayor preocupación mediática, política y académica.
Gran parte de la producción académica sobre fronteras entre Estados nacionales en estos dos países ha puesto su atención sobre las formas de vida locales, las estrategias que desarrollan las personas que habitan y transitan estos espacios, los recursos que elaboran, las narrativas que crean y los vínculos que tejen en su interacción constante con la otredad y con los diferentes mecanismos de control y vigilancia. Estos estudios parten de diferentes disciplinas, como la sociología, la historia, la antropología y la geografía, entre otras, conformando un repertorio amplio y variado para entender las fronteras como espacios de vida. Creemos que esta forma de ver y pensar las fronteras latinoamericanas distinguen esta óptica de la de otros ámbitos de producción académica y es una de las líneas que permite trascender los lenguajes y miradas punitivistas tan generalizados, así como generar una mejor comprensión de las prácticas y procesos que allí se despliegan.
Los estudios en México: las fronteras del sur y su vinculación con Centroamérica
México comparte fronteras con tres países, donde se contabilizan 3.152 km en la línea terrestre con los Estados Unidos, al norte, y 1.149 km con Belice y Guatemala, al sur (Secretaría de Relaciones Exteriores, s./f.). Además, cuenta con 11.122 km de costa marítima (Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales, s./f.), que tradicionalmente no suele estudiarse desde una perspectiva fronteriza. Dada la importancia geopolítica de la frontera de México con los Estados Unidos, la mayor cantidad de estudios se ha centrado en ella. Fue allí donde surgió la primera institución de estudios en 1982, el Centro de Estudios Fronterizos del Norte de México, que luego se convertiría en El Colegio de la Frontera Norte. Con ello se generó un campo de conocimiento específico sobre fronteras, en el que se abordan temáticas muy diversas como migración, población, ciudades de frontera, cultura transfronteriza, asimetrías e integración económica, disputas y acuerdos por el agua, problemas ambientales, entre otras.
Las fronteras del sur mexicano, en cambio, no tuvieron el mismo tratamiento geopolítico. Sin embargo, Fábregas Puig (2011) advierte que, desde los años ochenta, adquirieron mayor importancia debido a múltiples proyectos económicos del gobierno mexicano, como el turismo —en el caso del Caribe— y la exploración de yacimientos petroleros, además de la creciente llegada de personas desplazadas por los conflictos armados en Centroamérica. Desde la década de 1990, se ampliaron progresivamente los estudios y centros de investigación dedicados a comprender las características y procesos propios de este espacio fronterizo. Ello queda en evidencia con la creación del Colegio de la Frontera Sur en 1994. Más tarde, el Centro de Investigaciones Humanísticas de Mesoamérica y el Estado de Chiapas, creado en 1985 bajo la órbita de la UNAM, se reorientó en 2015, para enfatizar el interés por el estudio de la frontera, con el nombre de Centro de Investigaciones Multidisciplinarias sobre Chiapas y la Frontera Sur.
Una buena parte de los trabajos disponibles sobre esta región subraya que la frontera de Chiapas con Guatemala no significó una mayor discontinuidad espacial para las poblaciones locales a lo largo de los siglos XIX y XX, debido a su cercanía cultural e histórica. Son destacables los orígenes comunes que unen a un espacio frecuentemente concebido como compartido y articulado, donde la vida cotidiana se ha mantenido con una amplia convivencia, acuerdos y conflictos locales sin mayor interés para el gobierno central. Esta situación cambió hacia finales del siglo XX, cuando el gobierno mexicano se interesó por los recursos económicos de la zona, creó nuevas infraestructuras para controlar el comercio e implementó nuevas medidas de seguridad para el control de la movilidad de personas. Estos cambios llevaron a que el territorio fronterizo adquiriera mayor interés en las investigaciones sociales, incrementándose notablemente la producción académica.
Andrés Fábregas Puig es reconocido como uno de los iniciadores de los estudios académicos de carácter antropológico sobre lo que comenzó a denominarse como frontera sur (Fábregas Puig et al., 1985; Fábregas Puig 1990, 1994, 1997, 2005; Fábregas y González, 2014), junto con los trabajos pioneros que, desde la historia, elaboró Jan de Vos (1993, 1994, 2002). Un importante número de estudios se ha orientado a reflexionar sobre la configuración política de lo que hoy conocemos como el estado de Chiapas y su vinculación con Guatemala y con México, durante el proceso de surgimiento y consolidación de los Estados nacionales, de diferenciación territorial, demarcación limítrofe y colonización (Castillo, Toussaint y Vázquez, 2006; Fenner, 2015; Méndez, 2018; Vázquez, 2018; Torras, 2019). Otros temas centrales en el análisis de esta frontera han sido la presencia de diferentes poblaciones indígenas y las implicancias de los procesos de nacionalización (Limón, 2008; Hernández, 2012; Lomelí, 2021; Toledo Pineda y Coraza de los Santos, 2019), además del refugio de personas por los conflictos armados en países centroamericanos (Kauffer, 1997; Pérez Mendoza, 2023). La frontera como frente de expansión agrícola en Chiapas, a través de diferentes cultivos, también ha sido tempranamente examinada por de Vos (1993) y, más recientemente, por Castellanos (2024), junto con las disputas por los recursos naturales y el cambio climático (García y Kauffer, 2011; Kauffer, 2011; Ruiz de Oña, 2021).
La integración fronteriza y los programas de desarrollo regional también han sido el foco de indagación de algunos trabajos (Ordóñez, 1994; Barajas, Ortiz y Kosygina, 2021). Con el cambio de siglo aparecieron nuevos estudios que dieron cuenta de la incidencia de las políticas públicas, pero ahora de carácter securitario y migratorio, en función de las presiones de los Estados Unidos para la contención de lo que consideraban amenazas terroristas (Castillo, 2005; Villafuerte y García, 2008; Villafuerte, 2017; Canales y Rojas, 2018; Ramos Rojas, Coraza de los Santos y Martínez, 2018; Castillo Ramírez, 2022). En los últimos años, y especialmente a partir de las caravanas migrantes y la pandemia de COVID-19, se observa un nuevo énfasis en las investigaciones multidisciplinarias que analizan la vida cotidiana, las relaciones transfronterizas, el intercambio comercial, el trabajo transfronterizo, las migraciones y la violencia asociada a grupos de criminalidad organizada. En ellas se evidencian las conexiones y redes que vinculan a México, no solo con Centroamérica, sino cada vez más con Sudamérica y con otras partes del mundo, dado que Chiapas se convirtió en un nodo central de los flujos hacia los Estados Unidos.
Desde una perspectiva situada y un enfoque centrado en la vida cotidiana, muchos trabajos han observado las distintas formas de relacionamiento construidas a lo largo del tiempo, donde las movilidades laborales, comerciales, familiares y migratorias articulan un espacio de vida transfronterizo entre Chiapas y Guatemala (Fenner et al., 2020; Villanueva y Fernández, 2020; Camacho, 2021, 2024; Camacho, Ruiz de Oña y Torres, 2021). Las migraciones y movilidades laborales transfronterizas, así como la conformación de familias transnacionales, también han sido temas extensamente analizados por diferentes autores y enfoques (Martínez 1994; Ramos Rojas, 2016; Barrientos Arana, 2020; Nájera Aguirre, 2021). Particular atención han recibido las prácticas de comercio transfronterizo, focalizando en las personas que trabajan llevando y trayendo mercaderías y su vínculo con las estrategias estatales de control y vigilancia (Ruiz Juárez, 2013; Ruiz Juárez y Martínez Velasco, 2015; Galemba, 2021), evidenciando la conformación de órdenes locales que habilitan, legitiman y sostienen estas prácticas y redefinen las nociones de legalidad y formalidad (Rojas Pérez y Fletes-Ocón, 2017).
Otros trabajos se han orientado a reconocer los relatos, las experiencias, las emociones y los significados que construyen las personas que realizan movilidades de largo alcance, en su tránsito por la frontera sur (Bueno Amaral y Coraza de los Santos, 2020; Porraz Gómez, 2020). Finalmente, algunos trabajos han comenzado a analizar temáticas conflictivas emergentes en los últimos años, como la instrumentalización de personas jóvenes como parte de las prácticas delictivas del narcotráfico (Patricio y Cerino, 2022) y la violencia y la situación de las mujeres en esta zona fronteriza (Anguiano y González, 2015; Cruz Hernández, 2024; Villanueva, 2024).
Las contribuciones reseñadas no agotan la extensa producción académica existente. Sin embargo, constituyen un repertorio bibliográfico de reciente publicación, a través del cual es posible observar las relaciones transfronterizas, la vida cotidiana, las prácticas y actores locales, las movilidades y los sujetos móviles, las distintas formas de cruce y las estrategias de vida que desarrollan en su itinerancia.
Los estudios en la Argentina: las fronteras del norte y la proyección sudamericana
La Argentina comparte su línea fronteriza con cinco países. La más extensa, de 5.308 km, es la frontera que se extiende al oeste con Chile (Instituto Geográfico Nacional, 2020). Allí se ha centrado buena parte de las disputas geopolíticas y los estudios clásicos sobre la temática. Los vínculos con Brasil y Uruguay al este, a lo largo de 2.019 km, han estado mayoritariamente orientados por políticas de cooperación económica y comercial, reforzadas por la creación del Mercosur. En cambio, las fronteras del norte del país, con 2.441 km compartidos con Bolivia y Paraguay, han sido marcadas por una agenda mediática y política guiada por miradas estigmatizantes, securitarias y punitivistas, principalmente a partir de la influencia estadounidense sobre el peligro del terrorismo internacional. Por su parte, la costa marítima de 4.725 km, que se acerca a los 16.000 km si se considera el espacio antártico e insular, apenas comenzó a ser incorporada a los estudios fronterizos en los últimos años.
Desde comienzos de la década de 2000, las fronteras interestatales en la Argentina han recibido un creciente interés académico, principalmente desde la antropología, la historia y la geografía. Las nuevas investigaciones, influenciadas por corrientes críticas, han desafiado las perspectivas tradicionales que naturalizaban la frontera como una entidad fija, una realidad natural y evidente, proponiendo en su lugar una visión que la entiende como resultado de procesos sociales, históricos y de negociación.
Una obra que abrió nuevos rumbos fue la compilación publicada por Grimson (2000), desde la antropología, trabajando las fronteras como espacios complejos de interacción y conflicto. Los aportes desde la historiografía también han sido fundamentales para comprender la formación de ciertas regiones transfronterizas (Bandieri, 2001; Conti y Lagos, 2002). En geografía, diferentes trabajos han cuestionado las visiones estáticas de la frontera y, en su lugar, las conceptualizan como espacios activos de interacción, encuentros y desencuentros (Barros y Zusman, 2000; Hevilla y Zusman, 2008), y como procesos sociales en el marco de la producción de la territorialidad estatal (Benedetti y Salizzi, 2014; Zusman y Hevilla, 2014; Benedetti, 2018;). Otros trabajos han avanzado en el análisis de las políticas públicas nacionales orientadas a la frontera y las relaciones fronterizas, de carácter migratorio o securitario (Linares, 2017a; Calderón, 2019; Benedetti y Salizzi, 2020; Domenech, 2020).
A pesar de la extensa trayectoria, no se han institucionalizado en la Argentina centros de investigación que tengan a las fronteras como principal tema de estudio. La creación del Grupo de Estudios sobre Fronteras y Regiones en 2013, en el Instituto de Geografía de la Universidad de Buenos Aires, tuvo como objetivo reunir a diferentes investigadoras/es, sistematizar los conocimientos existentes y promover una agenda académica centrada en las fronteras. Este grupo ha contribuido con diferentes aportes teóricos, metodológicos y empíricos especializados en las fronteras, algunos de los cuales fueron reunidos en diferentes libros (Braticevic et al., 2017; Salizzi y Barada, 2019; Gilhardi y Matossian, 2020; Porcaro y Silva Sandes, 2021; Porcaro, Salizzi, Martirén y Lanteri, 2022; Benedetti, 2023; Benedetti y Renoldi, 2023).
En los últimos años, nuevas miradas han favorecido la multiplicación de los estudios sobre fronteras, aunque tendieron a circunscribirse a casos puntuales y segmentos específicos. En particular, el norte del país ha concentrado un gran número de estudios fronterizos. A pesar de los numerosos puntos en común, las díadas Argentina-Bolivia y Argentina-Paraguay se han mantenido relativamente autónomas en las tradiciones académicas de cada región. Una parte de los trabajos allí desplegados han reconstruido las historias regionales de formación de estas fronteras, los procesos de delimitación y circuitos comerciales que articulaban los espacios fronterizos más allá del límite durante la emergencia de los Estados nacionales, la propiedad, el dominio y la tenencia de la tierra, como así también la incidencia de las guerras de frontera (Brezzo, 2004; Benedetti, 2005; Teruel, 2006; Capdevila, 2009; Maeder, 2010; Conti, 2011).
Otras investigaciones sobre este sector se enfocaron tempranamente en el estudio de los frentes de expansión agraria en el contexto de la integración regional (Trinchero y Leguizamón, 2000) y, más recientemente, en los complejos agroindustriales en el Gran Chaco (Salizzi, 2024). También han sido relevantes los trabajos sobre poblaciones indígenas que habitan estas fronteras, la imposición de nociones e imaginarios nacionales, las implicancias culturales de la frontera en las celebraciones y festividades, los cambios introducidos a partir de la instalación de obras de infraestructura, sobre sus territorios y concepciones y las transformaciones en las prácticas de movilidad y relaciones transfronterizas (Karasik, 2000; Trinchero, 2000; Gordillo y Leguizamón, 2002; Gordillo, 2010; Sadir, 2014).
Una particularidad de estos espacios fronterizos del norte es el desarrollo de grandes complejos urbanos binacionales. Estas ciudades, que tienen un mayor peso demográfico en el lado paraguayo o boliviano en comparación con el argentino, se vienen conformando como importantes centros logísticos que, de manera creciente, concentran mercaderías procedentes desde Asia-Pacífico, que ingresan por puertos y luego son distribuidas hacia la Argentina y Brasil. Esto fomentó el crecimiento comercial de muchas ciudades y su desarrollo urbanístico, lo que ha motivado una producción bibliográfica especializada en, por ejemplo, La Quiaca-Villazón (Benedetti, 2015; López, González y Bergesio, 2021), Yacuiba-Profesor Salvador Mazza (Souchaud y Martin, 2007) y Bermejo-Aguas Blancas (Jerez, 2005; Souchaud, 2007; Benedetti, 2021). Curiosamente, la región urbana de Asunción-Clorinda no ha recibido mucha atención académica, a diferencia de la correspondiente a Posadas-Encarnación (Grimson, 1998; Linares, 2009; Brites, 2018) o la zona trifronteriza del Iguazú, sobre la cual la bibliografía es más que abundante (Schweitzer, 2009; Giménez Béliveau y Montenegro, 2010).
Diferentes trabajos se han orientado a estudiar las formas actuales de habitar y transitar las fronteras del norte, reconociendo la centralidad de las diferentes formas de movilidad, las trayectorias que realizan los sujetos en sus prácticas habituales, las experiencias vividas, las redes y circuitos que tejen y las infraestructuras de movilidad transfronteriza (Benedetti y Salizzi 2011; Renoldi, 2013). Una de las prácticas características y más estudiadas de la frontera compartida por la Argentina con Paraguay y Bolivia es el comercio popular y cotidiano, por medio del tránsito de mercaderías con o sin registros estatales. Esta práctica constituye una fuente de trabajo clave en las fronteras interestatales, donde las personas protagonistas, que reciben diferentes denominaciones, como paseras, chiveros y bagayeras, mantienen cotidianamente encuentros conflictivos con las autoridades de control y vigilancia (Diez y Carísimo, 2012; Cossi, 2016; Linares, 2017b; López, 2017; Martens y Veloso, 2019). Los estudios reconocen las estrategias, experiencias, emociones y actitudes implicadas en sus prácticas y sus cuerpos, discutiendo las nociones de identidad, estigmatización, estatalidad e ilegalidad. De este modo, proponen un corrimiento de la perspectiva del Estado nacional, para observar los fenómenos desde la mirada nativa (Renoldi, 2015).
En los últimos años, muchos trabajos han examinado las políticas securitarias que ha implementado el Estado argentino, las estrategias de militarización y criminalización, con especial énfasis en aquello que los discursos mediáticos y políticos comenzaron a denominar como frontera norte (Grimson y Renoldi, 2019; López, 2019; Navarro-Conticello y Benedetti, 2020; Renoldi, Frederic y Benedetti, 2020; Renoldi y Millán, 2021; Yufra y Karasik, 2020). Algunos trabajos han avanzado en la reflexión sobre las prácticas y discursos de la criminalidad en relación al tráfico de sustancias ilícitas y terrorismo (Bello Arellano, 2013; Martens et al., 2022). También han observado el modo en que las agencias de vigilancia y control, emanadas de políticas e imaginarios que configuran a las fronteras como problemas de seguridad nacional, se imprimen en las experiencias, cuerpos y sentimientos de las personas que las transitan (Renoldi, 2006; Renoldi, Millán y Carísimo, 2017). Asimismo, diferentes textos se han focalizado en los tránsitos migratorios, donde el cruce fronterizo se ubica como un espacio de emoción en el centro de la experiencia humana, reconociendo tensiones y obstáculos institucionales y sociales para entender las relaciones, percepciones y prácticas vividas por la población migrante (Palau Viladesau, 1998; Karasik y Benencia, 1999; Sassone, 2004).
Propósito y estructura del libro
Las prácticas observadas y los argumentos esbozados por los trabajos reseñados en las fronteras del sur de México y del norte de la Argentina reconocen numerosos puntos en común. Procesos históricos, políticas públicas, formas de producción y de circulación han delineado numerosas similitudes en la formación de estos territorios fronterizos y en sus prácticas contemporáneas, aunque también señalan particularidades y divergencias. El análisis conjunto pone de relieve la necesidad de una teoría sustantiva para comprender los procesos de producción de fronteras en este sur global y entablar diálogos con otras perspectivas que emergen en ámbitos distantes. Evidenciar la frontera como estrategia, como recurso, como oportunidad, como espacio otro, como práctica cotidiana y como espacio de vida, son algunos de los elementos clave del conocimiento situado en la espacialidad latinoamericana.
Consideramos que el diálogo entre estos estudios es fundamental para la construcción de marcos teóricos, conceptuales y metodológicos críticos desde el sur, que tomen como punto de partida las realidades locales, recuperando las voces, imaginarios, lenguajes y estrategias de sus protagonistas. En esta línea, a través de los capítulos subsiguientes, esperamos contribuir a fortalecer las articulaciones entre las academias argentina y mexicana en el armado del campo latinoamericano de estudios fronterizos.
Los primeros dos capítulos recuperan la formación histórica de las fronteras nacionales entre finales del siglo XIX y comienzos del XX, y permiten establecer algunos diálogos con relación a los nuevos regímenes de propiedad y los conflictos por el acceso a la tierra en el marco de los nacientes estados. En el capítulo “La frontera argentino-boliviana a comienzos del siglo XX. Una mirada desde la historia”, Ana Teruel examina la formación de la moderna frontera entre los territorios de la Argentina y Bolivia, a partir de la fundación de dos ciudades limítrofes en las primeras décadas del siglo XX. En una propuesta que busca superar el análisis partido por las líneas nacionales y cuestionar la noción de marginalidad, la autora propone concebir la frontera como concepto-objeto-región. De este modo, revisa la constitución de esa frontera como una región, reconociendo la centralidad adquirida a partir de la conformación de polos económico-productivos y los problemas consecuentes de acceso a la posesión y propiedad de la tierra de las comunidades que allí habitaban.
El trabajo de Amanda Torres Freyermuth, “La muerte de Paulino Meoño: conflicto por tierras en la frontera Chiapas-Guatemala, 1879”, recupera un conflicto por el deslinde de terrenos superpuesto a una disputa por la soberanía territorial, en una zona fronteriza que se encontraba en proceso de delimitación y demarcación. El capítulo permite reflexionar acerca de las tensiones entre la apropiación privada y la apropiación nacional, la soberanía y la propiedad, evidenciando la conflictividad multiescalar existente entre comunidades locales y autoridades nacionales de ambos países en el ejercicio de la territorialidad.
Los dos capítulos siguientes examinan las implicancias de diferentes explotaciones agrícolas en la formación de fronteras económicas, que se configuran a partir de modelos productivos y sistemas tecnológicos particulares, afectan a zonas concebidas como poco productivas o escasamente desarrolladas. El capítulo de Oscar Sánchez Carrillo, “Ganarse la vida a destajo en el surco. El trabajo embridado de jornaleros indígenas mayas en la frontera agrícola del noroeste de México”, nos trae al presente para evidenciar los vínculos entre dos zonas y modelos agrarios diferentes. Estudia la movilidad de trabajadores agrícolas a través de la figura de los intermediarios laborales, quienes aseguran la disponibilidad de fuerza de trabajo entre las comunidades campesinas e indígenas del sur, para garantizar la productividad de la agricultura industrial del norte de México, que abastece al sur estadounidense.
En “El laboratorio: palma africana y modernidad en la colonización del Papaloapan, México”, Antonio Castellanos Navarrete analiza la introducción de la palma en una zona tropical de México como un proyecto estatal para modernizar al campesinado, hacia la segunda mitad del siglo XX. A través de un estudio de caso, revisa el desarrollo de una finca como un laboratorio de modernidad, modelado por la racionalidad técnica y los discursos desarrollistas de empresarios y políticos de la época.
Seguidamente, dos capítulos estudian otros modelos económico-productivos que tensionan con los procesos de fronterización y transfronterización entre Estados nacionales y comunidades situadas: el turismo y la pesca marítima. El trabajo de Celia Ruiz de Oña Plaza y Víctor Manuel Velázquez se titula “Certificando los mares entre México-Guatemala: fronterización, soberanía desafiada y legalidad extraterritorial en la pesca del atún”. Los autores examinan la actividad pesquera en la costa marítima, a partir de la presencia de flotas internacionales y la implementación de certificaciones ecológicas transnacionales. Las conciben como un mecanismo de gobernanza extraterritorial que redefine la gestión de la frontera, desafía la soberanía estatal y pone en evidencia las dinámicas de poder que se tejen en el marco de las nuevas fronteras oceánicas.
En el capítulo “Relaciones transfronterizas, turismo y vida cotidiana. Una revisión de estudios sobre la frontera México-Guatemala y Argentina-Paraguay”, Tania Porcaro reconstruye un estado del conocimiento actual sobre el papel de las fronteras nacionales en los procesos de valorización turística de las últimas décadas, en esos dos espacios fronterizos. Identifica diferentes casos en los que las prácticas turísticas interfieren de distintas maneras con las relaciones transfronterizas de la población local, promoviendo, revalorizando o restringiendo los vínculos. Al examinar el modo en que la bibliografía aborda esta temática, observa que, a pesar de enmarcarse en procesos de valorización similares, las estrategias nacionales y locales de participación en el turismo varían significativamente en los dos recortes de estudio. También difieren los marcos analíticos utilizados para su análisis, donde la perspectiva local, el enfoque situado y la vida cotidiana predomina en el sur mexicano, mientras que las miradas supranacionales, sobre la base de la integración y el desarrollo, están más presentes en el norte argentino.
Los siguientes dos capítulos examinan las movilidades transfronterizas de personas y objetos, con especial atención en jóvenes y mujeres, observando las nuevas economías y nuevos negocios que genera su tránsito entre Estados nacionales. En el capítulo “Repensar la economización de la crisis de refugio y asilo de jóvenes centroamericanos/as desde zonas urbanas de las fronteras sur y norte de México”, Iván Porraz Gómez y Matthew Furlong ponen en diálogo estos dos recortes a partir de la noción de frontera vertical hemisférica, que busca describir el corrimiento de los controles migratorios de Estados Unidos hacia el interior de México. Los autores proponen revisar las experiencias de jóvenes migrantes entre el sur y el norte del país, considerando la criminalización, la precarización, la economización y la obrerización de la juventud centroamericana en estos tránsitos.
El capítulo de Andrea López, “Dinámicas fronterizas de cruce, reglamentación y economía popular. Circuitos de ropa usada proveniente de la frontera La Quiaca (Argentina)/Villazón (Bolivia)”, revisa los circuitos de movilidad que crea el tránsito de ropa usada desde Norteamérica hacia Sudamérica. Se centra en las normativas que regulan su circulación en la Argentina, las dinámicas fronterizas que se activan en el cruce y las prácticas de comercio enmarcadas en la economía popular en la capital de Jujuy, a partir del trabajo de mujeres vendedoras en ferias urbanas.
En el último capítulo, “Asimetrías e integración regional en las fronteras de México-Estados Unidos y México-Guatemala”, María del Rosio Barajas Escamilla realiza un ejercicio comparativo entre el norte y el sur de México, centrándose en el análisis de los programas de integración transfronteriza y los niveles de desarrollo. La autora expone las asimetrías económicas que existen en las relaciones entre Estados Unidos y México y entre México y Guatemala, y examina los factores causales del escaso desarrollo alcanzado. Además, sostiene que las asimetrías constituyen elementos importantes para que no se haya logrado impulsar el crecimiento económico en el sur, y para que este no se traduzca en desarrollo social y urbano, en el norte.
Con este libro esperamos contribuir a generar debates amplios sobre las fronteras latinoamericanas y brindar algunos marcos descriptivos y explicativos que contribuyan a una mejor comprensión y orientación sobre el devenir de esta región. Entendemos que son necesarios mayores esfuerzos para recuperar y fomentar la realización de estudios en los países limítrofes, como Guatemala, Paraguay y Bolivia, para evitar imponer una mirada sesgada hacia los espacios fronterizos desde los países que tienen un mayor peso académico o económico, y valorar, así, otras miradas posibles sobre las mismas fronteras. Reconocemos también la necesidad de avanzar con aportes que busquen trascender los estudios puntuales, recomponer procesos y prácticas comunes, sopesar los conocimientos existentes e identificar áreas de vacancia significativas que nos permitan avanzar en la comprensión de estos ámbitos particulares de la vida social.
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