El abordaje de la trama de sentidos en los estudios urbanos del Área Metropolitana de Mendoza
Javier Ignacio Frias
Introducción
Desde finales de la década del 70, las ciudades latinoamericanas vienen siendo testigo de importantes transformaciones como producto de la flexibilización de los mecanismos de planificación urbana y el reposicionamiento del mercado como coordinador central de la producción de la ciudad (Abramo, 2012). Los cambios en los estilos de vida y en las formas de ocupación del suelo dinamizados por las nuevas relaciones entre sector inmobiliario, Estado y sociedad civil dieron lugar a formas de territorialidad exacerbadas (Prévôt Schapira, 2001), que desnudaron un acrecentamiento de la brecha urbana entre los distintos grupos socioeconómicos.
Si la reflexión urbana ha tendido a concentrarse mayoritariamente en el análisis de los aspectos morfológicos y materiales de la ciudad, la constatación de una reducción en la escala de la segregación, que muestra ciudades menos polarizadas a nivel macro, pero con una intensificación de las barreras físicas y simbólicas a nivel micro, volvió patente la necesidad de impulsar nuevas aproximaciones al hecho urbano. Como expresan Bayón y Saraví (2013), lo que ha cambiado en las últimas décadas no es simplemente la “ecología” de la ciudad, para usar la famosa tópica de la Escuela de Chicago, sino la propia experiencia del espacio vivido, hoy atomizada en diferentes modos de habitar que conviven y se tensionan al interior de las metrópolis.
Así, amparada en el doble impacto del “giro espacial” y el paradigma constructivista e impulsada por el auge de los estudios culturales, la pregunta por los imaginarios urbanos ofreció en las últimas décadas una vía renovada para problematizar la reproducción de las desigualdades en la ciudad (Vera, 2019). Contra las miradas de tipo cartográfico, el estudio de los imaginarios permitía recuperar una aproximación a las fronteras socioespaciales anclada en la experiencia polisémica de la ciudad como “lugar practicado” (De Certeau, 2000). Para estos enfoques, en la configuración del entramado urbano ya no solo intervienen los artefactos y las prácticas objetivas de los agentes, sino también un conjunto de narrativas y representaciones que están en permanente disputa y que tienen grados variables de efectividad sobre la producción social del espacio.
Pese a estas promesas, distintos autores reconocen que el aporte de los enfoques representacionales ha corrido una suerte dispar, tanto por la flexibilidad teórico-metodológica a la que ha sido sometido el concepto de “imaginarios urbanos” (Hiernaux, 2007), como por las dificultades operativas que ha supuesto su estudio por fuera de las grandes metrópolis de América Latina (Vera, 2019).
En una década en que el interés por los imaginarios urbanos parece haberse apagado (Girola y Alba, 2018), resulta pertinente revisitar ahora aquellos itinerarios de investigación, repasar los tópicos principales y reconocer tanto sus hallazgos como sus cuentas pendientes. ¿Cuáles son las preguntas que siguen vigentes con relación al vínculo entre morfología, prácticas espaciales y tramas de sentido? ¿Qué consensos teóricos y epistemológicos existen al interior de los estudios sobre los imaginarios urbanos? ¿Ha producido la apuesta por la urdimbre simbólica toda su productividad analítica o se trata de un enfoque aún en construcción?
En este trabajo procuramos realizar una aproximación a la temática de los imaginarios urbanos haciendo pie en la forma en que han sido tratados en las investigaciones dedicadas al Área Metropolitana de Mendoza (AMM). Para ello, en la primera parte de nuestro recorrido, repasamos los debates teórico-metodológicos sobre la cuestión de los imaginarios urbanos para luego detenernos en los análisis de las representaciones particulares que sostienen la experiencia fragmentada de la ciudad contemporánea. En un tercer momento, examinamos la bibliografía especializada referida al AMM buscando formas de acceso, tratamientos implícitos y aspectos vacantes en el abordaje de los mundos de sentido. Finalmente, cerramos destacando las potencialidades del estudio de los imaginarios urbanos como vía fructífera para repensar las distintas fronteras que modelan la vida cotidiana en el AMM.
Los pliegues de la ciudad: prácticas del habitar e imaginarios urbanos
Cuando Michel de Certeau (2000) acuñó la metáfora del palimpsesto para caracterizar la confección rugosa de la trama metropolitana, su intervención perseguía un propósito claro: destrabar ángulos para pensar la ciudad que habían permanecido oscurecidos por el dominio de los aspectos físico-cuantitativos en la investigación urbana. Según este autor, la disposición morfológica de la ciudad no tiene efectos causales por fuera de la fluidez de las prácticas que allí tienen lugar. Asomaba, en sus reflexiones, un interés por los pliegues, esto es, por la experiencia urbana entendida como los modos de hacer, sentir y significar la vida en la ciudad.
No obstante, no sería hasta la década del noventa cuando la propuesta de interpretar el fenómeno urbano desde sus representaciones ganara volumen en América Latina. Los esfuerzos pioneros corresponden a los trabajos de Armando Silva (2006) y Néstor García Canclini (2005), bajo la convicción de que, como por esos años postulaba Bourdieu (2007), las asimetrías sociales objetivadas en el espacio se expresan, en buena medida, bajo la forma de categorías de percepción, clasificaciones y estructuras mentales. Argumenta García Canclini:
No solo hacemos la experiencia física de la ciudad, no sólo la recorremos y sentimos en nuestros cuerpos lo que significa caminar tanto tiempo o ir parado en el ómnibus, o estar bajo la lluvia hasta que logremos conseguir un taxi, sino que imaginamos mientras viajamos, construimos suposiciones sobre lo que vemos, sobre quiénes se nos cruzan, las zonas de la ciudad que desconocemos y tenemos que atravesar para llegar a otro destino, en suma, qué nos pasa con los otros en la ciudad (García Canclini, 2005, pp. 88-89).
Desde aquellos años, los problemas comunes que arrastra este campo de estudios es la ambigüedad teórica a la que ha sido sometida la noción de “imaginarios” y las dificultades metodológicas que esa indefinición ha supuesto en la práctica de la investigación empírica. De acuerdo con Lindón y Hiernaux, en los últimos años la referencia a los imaginarios urbanos se ha constituido “en una expresión paraguas bajo la cual se pueden cobijar planteamientos muy heterogéneos y, muchas veces, escasamente espaciales” (Lindón y Hiernaux, 2008, p. 8). Es por eso por lo que, para García Canclini (2007), la cuestión imaginal de la vida urbana remite no tanto a un objeto rigurosamente acotado, sino más precisamente a una “problemática”.
En efecto, lo que nuclea a esta variedad de aproximaciones es una veta de trabajo compartida: el reconocimiento de que la ciudad es algo más que un mapa o, lo que es lo mismo, la ponderación de que sobre la geografía “plana” de la ciudad se sobreimprimen una serie de relieves sociales en los que el espacio urbano aparece constantemente “recreado” por los agentes que lo habitan.
“La ciudad se vuelve densa al cargarse con fantasías heterogéneas”, escribe García Canclini (2005, p. 97). Si, apelando a la imagen de Lacarrieu (2007), la comprensión de los procesos de significación había quedado muchas veces opacada por la “pesadez” de la ciudad física, lo que reunía a los estudiosos de los procesos simbólicos era la presunción de que, como subrayaron Bayón y Saraví (2013), la segregación se refuerza cuando el análisis incorpora los patrones socioculturales que gobiernan la interacción con el “otro” y la experiencia del lugar. En la fórmula de Gravano (2016), no se trataba, entonces, de analizar únicamente cómo se vive en la ciudad, sino de pensar, también, cómo se vive la ciudad, cómo se la siente, cómo se la huele, cómo la imaginan sus habitantes.
Ahora bien, al margen de la diversidad de perspectivas que han hecho pie en esa premisa investigativa, existen algunos supuestos comunes que han vertebrado este campo de estudios. Por caso, un consenso extendido en los trabajos dedicados a la temática es que los imaginarios aluden a “matrices” o “entramados” de sentido socialmente construidos (Santillán, 2019). De ello se desprende que, por un lado, no se trata de ficciones o fantasías aleatorias, sino de estructuras de significación que proveen esquemas generales de comprensión sobre la ciudad y sus otros, y, por otro, que, si bien refieren a aspectos subjetivos, no son elaboraciones individuales, sino formas de subjetividad socialmente organizadas.
Existe también acuerdo respecto del carácter performativo que lo imaginal posee en relación con las pautas que regulan la vida metropolitana. Como explica Lindón (2017), los imaginarios urbanos son “actantes”, es decir, la puesta en circulación de esos esquemas de interpretación tiene un efecto sobre la sociabilidad urbana: inducen modalidades de construcción y patrones de movilidad, promueven usos y apropiaciones del espacio particulares y alteran la naturaleza de los vínculos con los diferentes en la ciudad.
Por esta razón, los autores que se inscriben en esta línea de trabajo advierten que la dimensión imaginaria no debe ser confundida con lo “falso” o lo “inventado” (Girola y Alba, 2018). Como sugiere Silva (2006), no son verdades científicas, sino sociales; en cuanto matrices de sentido, forman parte de la realidad cotidiana de los agentes, y el desafío de la investigación no consiste tanto en develar la adecuación de esas estructuras mentales a la dinámica objetiva del espacio urbano, sino en desentrañar su operatividad, es decir, el modo en que impregnan de sentido las distintas formas de vida que conviven en la ciudad. De esta manera, otra idea repetida en los tratamientos del tema es la interpretación de lo ficcional como sutura o sedimento de lo social; los imaginarios sellarían, así, la fractura que produce lo desconocido, intentan estabilizar el fluir en constante transformación de la experiencia metropolitana (García Canclini, 2005).
En la óptica de Santillán (2019), la vaguedad con la que usualmente se ha empleado el término “imaginario”, lejos de constituir un obstáculo, explica el éxito que ha alcanzado dicha perspectiva en décadas recientes. En una línea similar, para Girola y Alba (2018), la variedad de acepciones que se ciernen sobre ese concepto no es un síntoma de imprecisión teórica, sino más bien un indicio de su riqueza explicativa.
En virtud de esa fertilidad, Paula Vera (2019) apela al esquema tripartito de Lefebvre para distinguir tres grandes modos de encarar el estudio de los imaginarios urbanos. En primer lugar, estaría el punto de vista de la ciudad vivida (o imaginarios desde la ciudad), lugar de aterrizaje de los imaginarios urbanos en los ya mencionados trabajos de Armando Silva y Néstor García Canclini, y centrado en los procesos de significación que ponen en juego los agentes en su habitar cotidiano por la ciudad. Un segundo grupo sería el referido a la ciudad percibida (o imaginarios sobre la ciudad), abocado a rastrear las maneras de imaginar la ciudad en las representaciones artísticas y culturales. Finalmente, los análisis de la ciudad concebida (o imaginarios de la ciudad), interesados en conocer las miradas metropolitanas globales que subyacen en los discursos de la arquitectura, la política y la planificación urbana.
Gravano (2005), por su parte, elige diferenciar los imaginarios según sus fuentes de producción, discriminando entre imaginarios institucionales, imaginario erudito o académico, imaginarios del sentido común e imaginario mediático. El mismo ejercicio realizan Girola y Alba (2018) respecto del objeto de representación que se indaga. Así, para el caso de México, encuentran dos vías dominantes: trabajos que exploran un lugar geográfico específico (un barrio, una ciudad, una región) o investigaciones enfocadas en fenómenos particulares que ocurren a través del espacio urbano. Aun cuando los autores aclaran que en la práctica investigativa estas líneas de trabajo no aparecen nítidamente diferenciadas, sino que dialogan entre sí a partir de sus propias fronteras difusas, se trata de principios de ordenación que muestran la multiplicidad de recortes posibles al interior del tema.
Un factor adicional que contribuye a la ambigüedad conceptual y metodológica de los imaginarios urbanos es su alto grado de abstracción. Mientras que Hiernaux (2007) destaca que la dimensión imaginaria supone algo más específico que la cuestión de la subjetividad, para Lindón (2017) tampoco debe confundírsela con los significados inmediatos de las prácticas espaciales, pues los imaginarios refieren a mundos de sentido más amplios. Por ese estatuto epistemológico, los estudiosos del fenómeno advierten que las construcciones ficcionales no anclan en una situación particular, sino que tienen la capacidad de desplazarse en el tiempo y en el espacio, e incluso en la relación que une lugares y sujetos, tal como mostró Wacquant (2007) al examinar la “desposesión simbólica” que pesa sobre los habitantes de los barrios marginales parisinos.
En esa línea, Ariel Gravano (2016) agrega que las imágenes que se producen históricamente alrededor de un territorio nunca desaparecen del todo, sino que se superponen. A la manera de lo que el autor llama un “palimpsesto urbano”, la ciudad va “entramando imágenes de sí misma que siguen dejando huella y sirven de superficie rugosa para la re-escritura de imágenes ulteriores” (Gravano, 2005, p. 27).
En la búsqueda por definir niveles de análisis para lo simbólico, algunos autores proponen diferenciar a los “imaginarios”, como esquemas de interpretación más generales, de las “representaciones”, como la forma en que estos se concretan (Girola y Alba, 2018). Por fuera de lo conceptual, en nuestra óptica resultan más sugerentes las apuestas por detectar los mecanismos de manifestación de lo imaginario. Al respecto, Vera reconoce al menos tres procesos en que el tejido imaginal se torna accesible al interior de la experiencia urbana: la encarnadura, la presentificación y la subjetivación.
La encarnadura es el proceso de materialización de los imaginarios urbanos a partir de su acoplamiento o inserción en algún objeto, elemento o artefacto. […]. La presentificación refiere al soporte cultural, social y estético a partir del que los imaginarios son fundidos en producciones que “hablan” de lo urbano. […]. La subjetivación alude a los estilos de vida que se despliegan a partir de determinada imaginería sobre lo urbano. Se vincula con lo sensorial, lo íntimo, lo individual, lo grupal, lo perceptivo y lo corporal, puesto en acto en y con la ciudad (Vera, 2019, p. 23).
El valor de esta propuesta es que intenta dar respuestas al que probablemente sea el principal punto de debilidad de la perspectiva de los imaginarios urbanos, el vinculado a su “aterrizaje” (Hiernaux, 2007, 2008). En efecto, un reconocimiento al que suscribe el grueso de los trabajos sobre las representaciones de lo urbano es la necesidad de atravesar el análisis de los procesos simbólicos con el abordaje de la materialidad en que estos se desenvuelven.
Si desde Armando Silva se ha postulado que “la relación entre cosa física, la ciudad, vida social, su uso, y representación, sus escrituras, van parejas, una llamando a lo otro y viceversa” (Silva, 2006, p. 26), la ausencia de un itinerario sistemático de investigación que busque indagar cómo los entramados de sentido prefiguran prácticas espaciales sigue siendo la gran deuda pendiente de esta perspectiva.
La dispersión imaginaria de la ciudad fragmentada
Si bien, desde su consolidación, el análisis empírico de los imaginarios metropolitanos se ha ramificado hasta incluir enfoques, metodologías y recortes de investigación muy diferentes, es posible establecer núcleos de sentido transversales. ¿Cuáles son los principales registros simbólicos que organizan la vida urbana contemporánea según estos desarrollos?
Durante la década del noventa, uno de los ejes que dominó la indagación de los imaginarios urbanos fue el referido a la presunta desaparición de la ciudad en su sentido tradicional (Hiernaux, 2006). Con la figura del flâneur como símbolo que condensaba un modo de vida típicamente urbano, estos trabajos se preguntaron si, con la notable expansión de las metrópolis y el surgimiento de una “economía de la presencia” que desdibujó al espacio público como lugar de lo impredecible, lo que se erigía era una anticiudad, un proceso de desurbanización, o una manera novedosa de ser urbanita.
Más inclinado sobre esta última hipótesis, Hiernaux propone una mirada desencializadora del ethos urbano para entender las ciudades contemporáneas como realidades polisémicas en las que se escenifican diversos imaginarios en disputa con eficacia dispar sobre los modos de producir y habitar el espacio. En concreto, en las últimas décadas, el autor identifica una matriz simbólica dominante en la producción social del espacio que denomina “imaginario suburbano” y que pondera los beneficios de una vida segura, en contacto con la naturaleza y sin perder las ventajas de la relativa cercanía a la ciudad consolidada. Contra ese modelo asomarían, centralmente, dos “imaginarios de la resistencia”: por un lado, el del “retorno al centro”, como la predilección de algunos segmentos sociales (estudiantes, trabajadores autónomos, impulsores de industrias creativas, etc.) que buscan residir en lugares social y culturalmente “vivos”; por otro lado, el de la “ciudad de cristal”, que representa la búsqueda de seguridad y confort bajo una nueva relación con la naturaleza en la que el ideario del jardín propio es reemplazado por el paisaje abierto que habilitan las torres en altura (Hiernaux, 2008).
Santillán (2019) encuentra que otro clivaje recurrente de los imaginarios urbanos en la actualidad es el que vincula los nuevos productos urbanos como barrios cerrados, shopping malls, autopistas e hipermercados con la diseminación microscópica de la “ideología neoliberal”. En estas lecturas, el neoliberalismo ya no es un simple régimen económico, sino un productor de estilos de vida que promueve la dinámica fragmentada y excluyente de la ciudad contemporánea. Si el mérito de estos planteos es el de reducir la distancia entre subjetividad, prácticas y forma urbana, su riesgo latente, a nuestro juicio, es el de convertir la noción de “neoliberalismo” en una categoría omniexplicativa bajo la cual se asimilan procesos socioespaciales muy diferentes entre sí que tienen capacidad variable para explicar los cambios en la dinámica urbana.
A su vez, en los últimos años, se han vuelto preponderantes los estudios que indagan la sensación de inseguridad y los lazos de desconfianza como fronteras simbólicas crecientemente influyentes en la estructuración de la vida cotidiana de las ciudades. Un campo propicio para el desarrollo de esta línea han sido las investigaciones dedicadas a examinar las estrategias y cosmovisiones que están en la base de los procesos de segregación residencial, evidentes, sobre todo, a partir del auge de las urbanizaciones cerradas a lo largo y a lo ancho de la región.
Por el lado de los estudios de caso, nos interesa hacer mención a dos trabajos puntuales que son ilustrativos de la productividad del enfoque imaginal cuando se lo encara desde el ida y vuelta entre representaciones y experiencias. En esa clave, el trabajo de Cervio (2019) propone analizar, para la Ciudad de Buenos Aires, la cuestión de la inseguridad como “práctica del sentir”. Así, la autora detecta que el miedo al delito es un potente organizador de la sociabilidad porteña en la medida en que actualiza en los ciudadanos criterios sobre los modos de circulación deseables. Pero, además, un hallazgo sumamente relevante en su estudio es que, en la evaluación de las percepciones, contra un abanico de variables, es la dimensión territorial la que mejor explica la polarización en el sentimiento de inseguridad. Esto es, la Ciudad de Buenos Aires “‘amarra’ geo-referencialmente las diferencias de clase”, de manera que configura casi una cartografía de las emociones o un orden territorializado de los sentires en la ciudad (Cervio, 2019, p. 85).
El artículo de Cosacov (2017), por su parte, sugiere el camino inverso: tomar una práctica y rastrear los núcleos de sentido que la moldean. Investigando una protesta de vecinos del barrio de Caballito (Buenos Aires) contra la instalación de proyectos inmobiliarios en altura, la autora descubre un universo de representaciones sumamente complejo. Según su argumento, los vecinos ven en las torres procesos de especulación y modos fáciles de ganar dinero, a los que confrontan con una “cultura del esfuerzo” de la que ellos serían portadores como habitantes legítimos del barrio. Y esta ética del sacrificio no se piensa desde una visión individual del ascenso social, sino que reivindica un Estado que antaño acompañaba la “cultura del trabajo” y ahora solo garantizaría negociados. De esta forma, Cosacov vislumbra en la protesta la puesta en escena de un relato moral que funciona como principio de diferenciación respecto de otros caminos considerados inadmisibles. Como afirma la autora, se trata de prácticas a través de las cuales los vecinos no solo construyen a los “otros”, sino que negocian su propia identidad de “clase media”.
Este conjunto de anotaciones permite avanzar en una caracterización más robusta de la problemática que nos convoca. En primer lugar, uno de los elementos que emergen como trasfondo de los debates acerca de los imaginarios urbanos contemporáneos es la descomposición de los grandes discursos o de las visiones totalizadoras de la ciudad (Hiernaux, 2008). Lo que se ha debilitado es la ciudad como “comunidad imaginada” (Márquez, 2003), y en su reemplazo aflora una atomización de mundos vividos que dan consistencia a la idea de diferentes ciudades dentro de una misma ciudad[1].
En segundo plano, y como ejemplifica el trabajo de Cosacov, resulta indispensable despegar el análisis de los imaginarios urbanos de toda tentativa que lo asocie a una mera recopilación de anécdotas (Vera, 2019). Si, de acuerdo con García Canclini (2005), la urbe es un objeto relativamente enigmático para los agentes que la habitan, el abordaje de la dimensión imaginaria no puede agotarse en un ejercicio puramente descriptivo; por el contrario, implica asumir “que lo fantasioso no existe como pura invención o puesta en marcha de la creatividad”, sino como sedimento invisible que da sentido a situaciones de conflicto social y que el investigador debe recomponer (Santillán, 2019, p. 112).
Por otra parte, también parece necesario evitar las dos formas de reduccionismo con que suele responderse a la pregunta de cómo cristalizan determinadas imágenes colectivas acerca de la ciudad: una explicación demasiado “verticalista” que reifica a los imaginarios como el resultado unilateral de las representaciones del espacio que instalan los sectores de poder, y otra de tipo “pluralista” en la que esas ficciones son el fruto del deambular inestable y contingente de los agentes por el espacio (Segura, 2009).
De igual manera, si la apuesta constructivista procuró romper con el “simulacro teórico” de la ciudad-panorama proyectada por urbanistas y planificadores (De Certeau, 2000) para reconstruir las texturas de lo urbano presentes en la multiplicidad de itinerarios que se entretejen al ras del suelo, hoy parece apropiado reconocer el riesgo opuesto, es decir, la sobreestimación del plano imaginario, cultural y subjetivo de la experiencia metropolitana que afinca en algunas lecturas excesivamente textualizantes de lo social (García Canclini, 2007). En tal sentido, urge recordar, como reclama Segura, que “la implicancia recíproca entre representaciones y ciudad […] no supone identidad entre ambos términos” (Segura, 2015, p. 35).
Coincidiendo con esa advertencia, Gorelik (2004) sostiene que en los últimos años el pensamiento técnico ha internalizado las críticas a las miradas proyectivas de la ciudad y celebra la dimensión anárquica del “espacio vivido” como justificación de las asimetrías urbanas. En sus palabras, “el caos vital de la sociedad urbana legitima el caos vital del mercado como único mecanismo de transformación de la ciudad, y el motivo cultural de la diferencia y la fragmentación legitima el motivo político de la desigualdad” (Gorelik, 2004, p. 8).
Resulta, entonces, fundamental reconstituir las relaciones complejas entre estructuras de significación y prácticas espaciales para rearmar el sentido global de la sociabilidad urbana. Desafío para el que, según nuestro juicio, el concepto bourdieano de habitus sigue teniendo notable operatividad. Pues, entendido como un “saber con el cuerpo”, el habitus emana como una razón práctica que incorpora las reglas implícitas, los códigos y los imaginarios bajo los cuales se habita.
Siguiendo en este punto a Ángela Giglia (2012), creemos que la ventaja de esta noción es la de marcar que los esquemas simbólicos no son simplemente herramientas cognitivas, sino también regulatorias. Habitar es estar ubicado, afirma la autora; es decir, reconocer el orden socioespacial y cultural que rige un lugar y saber cómo actuar en él. Y es por eso por lo que la pregunta por lo que hacemos en la ciudad involucra, simultáneamente, una pregunta por las operaciones simbólicas a partir de las cuales nos movemos e interactuamos en el espacio.
Fronteras simbólicas en el Área Metropolitana de Mendoza
A pesar de que en las últimas décadas la producción científica en torno a las problemáticas urbanas del Área Metropolitana de Mendoza ha sido sumamente prolífica (Bernabeu, Navarrete y Ávila, 2019), la revisión de esos trabajos expone una ausencia notoria de líneas de investigación dedicadas a explorar los aspectos simbólicos de la ciudad, déficit que confirma las dificultades existentes a la hora de trasladar la reflexión sobre los imaginarios a escalas urbanas de rango intermedio (Gravano, 2016; Vera, 2019).
Ese carácter vacante de una indagación sistemática sobre los componentes subjetivos de la ciudad vivida explica, de algún modo, que, en gran parte de los estudios urbanos locales, los elementos representacionales aparezcan apenas someramente bosquejados, sea como una dimensión constitutiva de las transformaciones físicas y morfológicas de la ciudad, o, en clave más determinista, como el reflejo simbólico necesario de la producción neoliberal del hábitat urbano que se constata desde finales del siglo xx.
No obstante, el repaso por la bibliografía especializada arroja algunas aproximaciones significativas que, de manera particular, han dirigido la mirada hacia las construcciones de sentido. Uno de los puntos de anclaje de ese interés ha sido la problematización de la relación entre lugares, actores y discursos asociados a la inseguridad o el miedo al delito.
Desde este encuadre, el trabajo de Marsonet (2010) propone rastrear los imaginarios sociales que se derivan del crecimiento de respuestas territoriales contra la inseguridad urbana en la primera década del siglo xxi. Su análisis expone una correspondencia de sentidos entre relatos mediáticos, narrativas políticas y símbolos urbanísticos-paisajísticos que ha ido modelando un tipo de ciudadanía temerosa y dejando marcas indelebles que obstruyen el acceso democrático a la ciudad.
Tosoni (2011), por su parte, repasa la construcción discursiva del barrio La Gloria como zona “peligrosa” y analiza los efectos de esas representaciones en la vida cotidiana de los vecinos desde las oposiciones categoriales adentro/afuera, mismidad/otredad, interior/exterior y centro/periferia. Recuperando a Bourdieu, la autora entiende que los lugares y los beneficios que estos procuran son el resultado de luchas, por lo que pondera las estrategias que utilizan los residentes para sortear los obstáculos materiales y simbólicos. Así, en su descripción, la experiencia del barrio abriga una tensión entre los estigmas territoriales que soportan sus habitantes y las apuestas prácticas, artísticas y comunicacionales que desarrollan para resignificarlo.
Un curso similar sigue la propuesta de Bravo (2012), dedicada a comprender los procesos identitarios que se ponen en marcha a través del proyecto de la Biblioteca Popular Pablito González, también en el barrio La Gloria. El autor demuestra que la reivindicación y promoción de una serie de las manifestaciones culturales y expresivas persigue un horizonte simbólico: cambiar la forma en la que los vecinos del barrio se ven a sí mismos. Explica Bravo:
Se trata de una disputa por el sentido de lo que ser pobre significa, de lo que es posible hacer desde esa definición, de las características que posee ese nosotros construido, de su historia (lo que supimos ser), su presente (lo que somos) y su futuro (lo que podemos ser) (Bravo, 2012, p. 56).
Otro de los ejes que han sido permeables a la pregunta por lo simbólico ha sido el estudio del surgimiento y la consolidación de las urbanizaciones cerradas en el tendido metropolitano de Mendoza. En esa línea se destaca el libro Como una gran pecera, que elige detenerse en el caso del megaemprendimiento “El Torreón”, en el departamento de Maipú, para indagar las características del proyecto y los esquemas de sentido que lo promueven (Molina, 2013).
Uno de los aportes más valiosos de la obra es que, a pesar de la sospecha de que la generalización de barrios cerrados ha supuesto una homogeneización estética y operativa del paisaje urbano global, el autor identifica la construcción ficcional de una “mendocinidad poblana” como baluarte para el posicionamiento del emprendimiento en el mercado. En la narrativa empresaria y en los relatos de sus residentes, “El Torreón” se estructura como la espacialización de un campo simbólico: la edificación de una “comunidad de vida” sostenida sobre los pilares de la seguridad y la imagen de la familia nuclear.
La hipótesis más fuerte que presenta el libro de Molina es la que sostiene que la segregación socioespacial interioriza en los ciudadanos un “código psicológico binario” que se manifiesta en la alta regulación y protección puertas adentro, y en la interpretación de lo externo como realidad extraña, incierta e imprevisible. En un tono menos conclusivo, el trabajo de Roitman (2005) podría respaldar esa presunción, pues en sus entrevistas advierte que la oposición adentro/afuera es un clivaje que organiza gran parte de los discursos de los residentes y vecinos de barrios colindantes a urbanizaciones cerradas.
El mérito de esta autora es el de presentar el florecimiento de las gated communities, no como efecto puro de dinámicas estructurales ligadas a la condición del suelo urbano como factor de valorización, sino también como resultado de las predisposiciones subjetivas y estrategias de diferenciación que los agentes despliegan sobre el espacio. En efecto, al igual que lo que se ha señalado para otras ciudades del país, Roitman encuentra en la búsqueda de sentido de comunidad, estatus y relaciones socialmente homogéneas, junto a las demandas socialmente más aceptadas de seguridad y armonía con la naturaleza, las razones centrales que motorizan estos nuevos patrones de asentamiento de la población (Roitman, 2011, 2017).
Desde nuestra óptica, el aspecto más interesante que surge del abordaje de la autora se encuentra en la detección de un tipo de discriminación que operaría de abajo hacia arriba, en la que los residentes de barrios exclusivos se sienten juzgados por tener más privilegios. De acuerdo con Roitman (2005), ello explica el hecho de que muchos de sus entrevistados reconozcan la búsqueda de estatus como uno de los motivos por los que la gente elige vivir en el barrio, pero nieguen que ese sea su caso en particular, o que se describan a sí mismos como personas de clase media y relaten que, por lo general, evitan decir dónde viven para no explicitar su condición social. La pregunta que cabe hacerse, en este punto, es si esta especie de “culpa de clase” puede atribuirse a la persistencia deslucida de un imaginario igualitario que en la Argentina encarna bajo el modelo moral del “país de clase media”, de la movilidad social ascendente, o si aquello exigiría otras lecturas a la luz de las transformaciones simultaneas de la estructura social y del régimen urbano en los últimos años[2].
De cualquier manera, con el ojo puesto en los estilos de vida resultantes de los enclaves fortificados, Roitman suma argumentos al diagnóstico de otros estudios urbanos de la región acerca de lo que más arriba hemos llamado la “crisis de la ciudad”, en el sentido de un repliegue de los imaginarios tradicionales y de las narrativas totalizantes que esa idea articulaba en el pasado. En concreto, analizando cómo se mueven los habitantes de urbanizaciones cerradas, la autora detecta una nueva concepción de la ciudad como finalidad puramente utilitaria, un espacio urbano que ha ido perdiendo sus funciones sociales para transformarse en un mero proveedor de servicios desde la óptica de sus habitantes (Roitman, 2011).
Desde el estudio de los procesos de segregación, pero con la mirada centrada en la experiencia de los sectores subalternos, Dalla Torre y Ghilardi han avanzado en el reconocimiento de la dimensión simbólica de las desigualdades en la ciudad (Dalla Torre y Ghilardi, 2013, 2019; Ghilardi y Dalla Torre, 2016; Ghilardi, 2017). Bajo la categoría de “fronteras simbólicas”, sugieren que la producción de estilos de vida compartimentados se asienta no solo sobre barreras físicas como muros, rejas, cercos eléctricos o autopistas, sino también mediante pautas culturales que diferencian a los grupos sociales entre sí.
De acuerdo con estos autores, para que el concepto de “frontera simbólica” abrigue la polisemia de lo representacional, es menester asumir que aquella no implica necesariamente separación, sino también intercambio (Dalla Torre y Ghilardi, 2019). Las fronteras establecen una diferencia a partir de la cual se ordenan prácticas y experiencias, pero no se trata de una operación puramente excluyente; por el contrario, reconstruir esos límites supone siempre rearmar la tensión entre lo que estos incluyen y lo que dejan afuera, entre lo que unen y lo que separan (Segura, 2006). Y ello porque, como recuerdan Segura y Ferretty (2011), la vida urbana se constituye también por la diversidad de prácticas sociales que buscan disolver o cuestionar esas barreras.
Dentro del registro cotidiano de la “ciudad de fronteras”, uno de los hallazgos más interesantes de los autores consiste en la detección de dinámicas de encapsulamiento que subyacen a las percepciones de los sectores populares. Así, estudiando las estrategias de los habitantes de un asentamiento informal al sur de la Ciudad de Mendoza, destacan que la escasez de recursos sociales y culturales se traduce en manifestaciones de rechazo que niegan importancia a la posibilidad de apertura y vinculación del barrio con el resto del entorno urbano (Dalla Torre y Ghilardi, 2013).
En último lugar, existe un grupo importante de trabajos que, sin estudiar de manera específica la filiación simbólica del espacio urbano, aluden a estas tramas significativas desde consideraciones y matices variados. Entre esos planteamientos, puede mencionarse el descubrimiento de desacoples entre las mejoras materiales de un barrio periférico y la persistencia de sus representaciones estigmáticas (Saenz, 2000), el análisis de la estetización del paisaje y la captación de ese capital simbólico por parte de los desarrolladores de urbanizaciones cerradas en el periurbano (Bernabeu y Martín, 2019) o de edificios de lujo en el fenómeno del “regreso al centro” (Navarrete, Ávila y Bernabeu, 2017), el examen de los procesos de memoria y disputa por los sentidos que activa la lucha por los terrenos de la ex-Estación del Ferrocarril Gral. San Martín (Salomone y Marsonet, 2011; Salomone, 2012) y la atención puesta en las representaciones que se derivan de la intervención estatal sobre los usos legítimos del espacio público (Rizzo, 2011), el desarrollo y la promoción de proyectos inmobiliarios en vacíos urbanos (Quiroga Ríos y Magallanes, 2021) o el reposicionamiento de la Ciudad de Mendoza como polo de atracción turística (Morgani y Raffani, 2012).
Este conjunto de investigaciones, con sus respectivos intereses, estrategias metodológicas y premisas analíticas, demuestran la amplia productividad potencial que los estudios sobre imaginarios urbanos tienen para el Área Metropolitana de Mendoza. Antes que un diagnóstico general sobre la urdimbre imaginal que entreteje las prácticas cotidianas en el Gran Mendoza, los trabajos que hemos reseñado moldean provisoriamente un abanico de formas de aproximación a un objeto rico en ángulos y aristas. No se trata de un bloque compacto de lecturas, sino de un itinerario en construcción a partir del cual se abren interrogantes sumamente auspiciosos para el estudio de la sociabilidad urbana en las próximas décadas.
Conclusiones
Si, de la mano de Georg Simmel, la sociología se adentró tempranamente en la reflexión sobre los efectos sociales de la ciudad sin hipostasiar el alcance explicativo de la dimensión espacial[3], la “pesadez” material de la metrópoli no tardaría en redundar en una preeminencia de los acercamientos geográfico-morfológicos sobre el fenómeno urbano. Pasado ya el interés inicial que motivó la emergencia de un campo de estudios abocados a indagar los imaginarios que se producen a través del espacio y en relación con él, nos parece que el principal mérito de esa intervención sigue siendo su gesto de advertencia: aquel que reclama que la ciudad no se agota en el mapa, o, para tomar una distinción ya clásica, que lo urbano desborda contantemente a la ciudad y no se confunde con esta aun cuando forma y experiencia mantengan entre sí relaciones de mutuo condicionamiento.
El hecho urbano está constituido de paisajes y texturas, fijación y movimiento, materia y símbolo. Los practicantes ordinarios de la ciudad, sugiere De Certeau (2000), no están meramente localizados, sino que se espacializan; con su fluir cotidiano, recrean el espacio, participan de “un ‘texto’ urbano que escriben sin poder leer” (De Certeau, 2000, p. 105). Es por eso por lo que los imaginarios urbanos son, antes que nada, un lente, un ángulo de acceso a ese “texto”. A partir de esta “problemática”, ya no solo vale la pena preguntar dónde viven los agentes, sino también qué es lo que hacen mientras atraviesan y utilizan la ciudad y se apropian de ella y en qué modos de clasificación y representaciones cimientan sus itinerarios relativamente protocolizados; cómo viven en la ciudad y cómo viven la ciudad, según la síntesis de Ariel Gravano.
Pese a la dispersión teórico-metodológica que ha caracterizado a esta línea de investigación desde su nacimiento, a lo largo de este capítulo hemos repasado una serie de puntos de anclaje compartidos que dan consistencia a la temática. Entre ellos, identificamos una idea común de los “imaginarios” como esquemas o matrices de sentido socialmente organizados. Estos suponen construcciones más amplias que los significados inmediatos de las prácticas, tienen efecto performativo sobre la vida en la ciudad y se desplazan en el tiempo y el espacio dejando huellas sobre las que luego se montan nuevas representaciones del espacio urbano.
También encontramos un consenso generalizado acerca de que el carácter ficcional de los imaginarios no remite al orden de lo falso; no son explicaciones racionales de lo que acontece, sino signos que sirven para estabilizar simbólicamente el carácter altamente enigmático de la experiencia metropolitana. Y señalamos que es precisamente esa “funcionalidad” la gran materia pendiente reconocida por los estudiosos en esta temática. La ligazón entre representaciones y prácticas urbanas emerge como el desafío más importante que enfrentan estos enfoques, pues la pregunta por los imaginarios urbanos es indisociable del interés por conocer y explicar cómo las construcciones simbólicas operacionalizan formas de vida particulares sobre el espacio.
Además, entendemos que ese puente es una vía para contrarrestar el reduccionismo subjetivista que caracterizó el “clima de época” de las ciencias sociales tras el auge de los estudios culturales en la década del 90. En ese sentido, tomarse en serio la metáfora del “palimpsesto” implica promover la articulación de distintas temporalidades, escalas y dimensiones analíticas para restituir la trama compuesta que une paisajes físicos, usos del espacio y densidad imaginaria.
Y esta necesidad es mucho más patente hoy, pues lo que emerge del bagaje imaginario de la ciudad contemporánea es un decaimiento de las narrativas totales sobre la ciudad y una dinámica urbana atomizada en diversas “culturas del habitar” (Giglia, 2012). Al proceso de insularización de la trama metropolitana, le corresponde una ciudad de imaginarios fragmentados (Márquez, 2003) que es menester reconstruir en cuanto prefiguran mundos vividos con su propia inercia y su respectiva conflictividad.
En relación con el Área Metropolitana de Mendoza, y a diferencia de lo que ocurre con otras temáticas en dicha zona de estudio, identificamos la vacancia de un programa de investigación empírica dedicado al abordaje específico de los imaginarios. No obstante, destacamos aportes relevantes en torno a la construcción del sentimiento de inseguridad, a los estigmas territoriales y a las estrategias que utilizan los excluidos para sortear esos obstáculos simbólicos, y a los factores subjetivos que impulsan el acelerado crecimiento de las urbanizaciones cerradas en la periferia del Gran Mendoza.
Consideramos que estas investigaciones son demostrativas de la productividad potencial de lo simbólico como forma de acceso a la ciudad. A partir de ellas, maduran una serie de preguntas: para empezar, ¿hay imaginarios urbanos específicamente locales?, ¿qué lugares y atributos del AMM funcionan como barreras simbólicas?, ¿qué diferencias existen entre las representaciones del espacio urbano que elaboran los distintos grupos sociales?; por otro lado, ¿las categorías adentro/afuera siguen siendo socialmente relevantes para explicar la vida en las urbanizaciones cerradas en un contexto en que estas se han consolidado como opción residencial?, ¿hay un imaginario igualitarista que presiona sobre la autopercepción de los habitantes de esos barrios exclusivos?; finalmente, ¿quiénes son los segmentos que protagonizan el crecimiento en altura sobre el centro de la ciudad?, ¿imaginan el departamento como vivienda transitoria o son portadores de lo que Hiernaux llama el imaginario de la “ciudad de cristal”?
Si las transformaciones territoriales de las últimas décadas expresan, al menos turbiamente, la emergencia de una nueva cuestión social, la perspectiva centrada en los imaginarios tiene el valor de indagar un rostro muchas veces soslayado de esa metamorfosis: las “fronteras simbólicas”, o bien las diferentes ciudades que van cristalizando en la experiencia fragmentada del espacio y en las tramas de sentido que la sostienen.
Como remarca Ramiro Segura (2015), ese vuelco hacia la experiencia de ninguna manera supone un retorno solapado del “individuo”. Antes bien, implica retomar una comprensión de la vida urbana que entienda las representaciones y las prácticas como instancias constitutivas de la vida social y no como simple actualización de dinámicas estructurales que se despliegan al margen de ellas. En definitiva, se trata de un regreso a la pregunta por las tensiones entre espacio y sociedad que procura tomarse en serio sus relaciones recíprocas: lo que hacemos a través de la ciudad, lo que hacemos por la ciudad y, sobre todo, lo que hacemos con lo que la ciudad hace de nosotros.
Bibliografía
Abramo, P. (2012). La ciudad com-fusa: mercado y producción de la estructura urbana en las grandes metrópolis latinoamericanas. Revista EURE, 38(114), 35-69.
Bayón, M. C. y Saraví, G. A. (2013). The cultural dimensions of urban fragmentation: Segregation, sociability, and inequality in Mexico City. Latin American Perspectives, 40(2), 35-52.
Bernabeu, M. M. y Martín, F. (2019). El periurbano recreado. Urbanizaciones cerradas como nuevos híbridos en el paisaje hídrico del Área Metropolitana de Mendoza, Argentina. Quid 16: Revista del Área de Estudios Urbanos, (11), 55-85.
Bernabeu, M. M., Navarrete, M. J. y Ávila, A. L. (2019). La ciudad como objeto de investigación: un recorrido por los estudios urbanos sobre el Área Metropolitana de Mendoza. Boletín de Estudios Geográficos, (112), 47-81.
Bourdieu, P. (2007). Efectos de Lugar. En P. Bourdieu (dir.). La miseria del mundo (pp. 119-124). Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.
Bravo, N. (2012). El barrio como razón de ser y hacer. La biblioteca popular Pablito González, del estigma a la organización. En Bravo, N., Salomone, M. y Liceaga, G. (Re)inventarse en la acción política (pp. 17-59). Mendoza: EDIUNC.
Cervio, A. L. (2019). ¿Qué te pasa, Buenos Aires? La inseguridad como una “práctica del sentir” porteño. Revista Brasileira de Sociologia da Emoção, 18(52), 75-90.
Cosacov, N. (2017). Construyendo un barrio “de clase media”. Narrativas, moralidades e identidades de clase media en disputas urbanas en un barrio de Buenos Aires. En Boy, M. y Perelman, M. (coords.). Fronteras en la ciudad: (Re) producción de desigualdades y conflictos urbanos (pp. 96-127). Buenos Aires: Teseo.
Dalla Torre, J. y Ghilardi, M. (2013). Segregación socio-espacial en la periferia del área metropolitana de Mendoza, Argentina. Las estrategias de los excluidos urbanos. Revista Eletrônica da Associação dos Geógrafos Brasileiros, (17), 8-38.
Dalla Torre, J. y Ghilardi, M. (2019). Situaciones de segregación y fronteras simbólicas intraurbanas en el Área Metropolitana de Mendoza. En Salizzi, E. y Barada, J. (comps.). Fronteras en perspectiva / perspectivas sobre las fronteras (pp. 25-56). Buenos Aires: Editorial de la Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires.
De Certeau, M. (2000). La invención de lo cotidiano. I. Artes de hacer. México: Universidad Iberoamericana.
García Canclini, N. (2005). Imaginarios urbanos (3° ed.). Buenos Aires: Eudeba.
García Canclini, N. (2007). ¿Qué son los imaginarios y cómo actúan en la ciudad? Entrevistado por A. Lindón. Eure, 33(99), 89-99.
Ghilardi, M. (2017). Cercanía espacial y desigualdad social: las fronteras urbanas en el Área Metropolitana de Mendoza. En Braticevic, S., Rascovan, A. y Tommei, C. (comps.). Bordes, límites, frentes e interfaces. Algunos aportes sobre la cuestión de las fronteras (pp. 230-246). Buenos Aires: Editorial de la Facultad de Filosofía y Letras, UBA.
Ghilardi, M. y Dalla Torre, J. (2016). La segregación y el derecho a la ciudad en el Área Metropolitana de Mendoza, Argentina. Congreso Internacional Madrid. Contested Cities (pp. 1-12).
Giglia, A. (2012) El habitar y la cultura: perspectivas teóricas y de investigación. Barcelona: Anthropos.
Girola, L. y Alba, M. (2018). Capítulo 8. México. Imaginarios y representaciones sociales. Un estado del arte en México. En Aliaga Sáez, F. A., Maric Palenque, M. L. y Uribe Mendoza, C. J. (eds.). Imaginarios y representaciones sociales: Estado de la investigación en Iberoamérica (pp. 349-424). Bogotá: Universidad de Santo Tomás.
Gorelik, A. (2004). Imaginarios urbanos e imaginación urbana: Para un recorrido por los lugares comunes de los estudios culturales urbanos. Bifurcaciones, (1), 1-10. Obtenido de bit.ly/3pKrzz7.
Gravano, A. (2005). Apertura. En Gravano, A. (comp.). Imaginarios sociales de la ciudad media. Emblemas, fragmentaciones y otredades urbanas. Estudios de Antropología Urbana (pp. 10-23). Tandil: REUN.
Gravano, A. (2016). Tres hipótesis sobre la relación entre sistema urbano e imaginarios de ciudades medias. En Gravano, A., Silva, A. y Boggi, S. (eds.). Ciudades vividas: sistemas e imaginarios de ciudades medias bonaerenses (pp. 69-90). Buenos Aires: Café de las ciudades.
Hiernaux, D. (2006). Imaginar la ciudad. ¿Hiperurbanización sin ciudad? Revista Cidades, 3(5), 67-80.
Hiernaux, D. (2007). Los imaginarios urbanos: de la teoría y los aterrizajes en los estudios urbanos. EURE, 33(99), 17-30.
Hiernaux, D. (2008). De los imaginarios a las prácticas urbanas: construyendo la ciudad de mañana. Iztapalapa, Revista de Ciencias Sociales y Humanidades, (64-65), 17-38.
Lacarrieu, M. (2007). La “insoportable levedad” de lo urbano. Eure, 33(99).
Lindón, A. (2017). La ciudad movimiento: cotidianidades, afectividades corporizadas y redes topológicas. Inmediaciones de la Comunicación, 12(1), 107-126.
Lindón, A. y Hiernaux, D. (2008). Los imaginarios urbanos de la dominación y la resistencia. Iztapalapa, Revista de Ciencias Sociales y Humanidades, (64-65), 7-14.
Márquez, F. (2003). Identidad y fronteras urbanas en Santiago de Chile. Psicologia em Revista, 10(14), 35-51.
Marsonet, P. S. (2010). La construcción de imaginarios sociales a partir de la proliferación de respuestas territoriales a la inseguridad urbana y las posibilidades de ejercer el derecho a la ciudad. El caso del Gran Mendoza, 2000-2010. En vi Jornadas de Sociología de la UNLP.
Molina, A. (2013). Como una gran pecera: urbanizaciones cerradas, ciudadanía y subjetivación política en el Gran Mendoza. Mendoza: Ediunc.
Morgani, R. y Raffani, M. (2012). Mendoza y los orígenes de la ciudad neoliberal. Tiempo y Espacio, (28), 55-75.
Natanson, J. y Rodríguez, M. (2016). La indomable. En Vanoli, H., Semán, P. y Trímboli, J. ¿Qué quiere la clase media? (pp. 9-16). Buenos Aires: Capital Intelectual.
Navarrete, M. J., Ávila, A. L. y Bernabeu, M. M. (2017). El regreso a la ciudad construida en Mendoza. ¿Quiénes regresan y quiénes se van? Montevideo: ponencia presentada en el xxxi Congreso ALAS, “Las encrucijadas abiertas en América Latina. La sociología en tiempos de cambio”.
Prévôt Schapira, M.-F. (2001). Fragmentación espacial y social: conceptos y realidades. Revista Perfiles Latinoamericanos, (19), 33-56.
Quiroga Ríos, J. y Magallanes, R. M. (2021). Lógicas de intervención estatal en vacíos urbanos ferroviarios: los casos de Pro.Cre.Ar Ciudad y Distrito Sustentable, Mendoza Argentina. Huellas, 25(2), 11-30.
Rizzo, P. (2011). El espacio público urbano. Boletín de Estudios Geográficos, (100), 9-30.
Roitman, S. (2005). Who segregates whom? The analysis of a gated community in Mendoza, Argentina. Housing Studies, 20(2), 303-321.
Roitman, S. (2011). Distinción social y hábitat residencial en América Latina. REVISTA INVI, 26(73), 17-71.
Roitman, S. (2017). Splintering (sub) urbanism and social differences: Gated communities as the driver for suburban change in Chacras de Coria (Mendoza, Argentina). Revista INVI, 32(90), 159-182.
Sáenz, A. (2000). Algunas reflexiones teóricas a partir del análisis territorial de un barrio periférico de la ciudad de Mendoza, Argentina. Scripta Nova. Revista Electrónica de Geografía y Ciencias Sociales, 4.
Salomone, M. (2012). Territorio y política: Disputa social y memoria histórica. La defensa de la estación del ferrocarril como espacio público, Mendoza 2006-2008. Cuadernos de la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales-Universidad Nacional de Jujuy, (41), 145-175.
Salomone, M. y Marsonet, P. (2011). Territorio urbano: espacio para la vida vs. espacio para el capital. La disputa por los terrenos del ferrocarril en Mendoza. Herramienta, 15(48), 153-175.
Santillán, A. (2019). Imaginar fronteras, reconstruir desigualdades. Reflexiones a propósito de Quito. En Vera, P., Gravano, A. y Aliaga, F. (eds.). Ciudades (in)descifrables. Imaginarios y representaciones sociales de lo urbano (pp. 107-119). Bogotá: Universidad Santo Tomás.
Segura, R. (2006). Segregación residencial, fronteras urbanas y movilidad territorial. Un acercamiento etnográfico. Cuadernos del IDES, (9), 3-24.
Segura, R. (2009). La persistencia de la forma (y sus omisiones). Un estudio del espacio urbano de La Plata a través de sus ciudades análogas. Cuadernos de Antropología Social, (30), 173-197.
Segura, R. (2015). Vivir afuera: antropología de la experiencia urbana. San Martín: UNSAM Edita.
Segura, R. y Ferretty, E. (2011). El cuerpo y la ciudad. Espacio público, fronteras urbanas y prácticas corporales. Educación Física y Ciencia, (13), 165-168.
Silva, A. (2006). Imaginarios urbanos (5° ed.). Bogotá: Arango Editores (versión digital, sin numeración de páginas).
Simmel, G. (1986). El espacio y la sociedad. En Sociología 2. Estudios sobre las formas de socialización (pp. 643-740). Madrid: Alianza.
Tosoni, M. (2011). Efectos del Barrio La Gloria. Experiencias del lugar y estrategias simbólicas de los sectores populares en el Gran Mendoza. Cuadernos de Antropología Social, (34), 29-50.
Vera, P. (2019). Imaginarios urbanos: dimensiones, puentes y deslizamientos en sus estudios. En Vera, P., Gravano, A. y Aliaga, F. (eds.). Ciudades (in)descifrables. Imaginarios y representaciones sociales de lo urbano (pp. 13-40). Bogotá: Universidad Santo Tomás.
Wacquant, L. (2007). Los condenados de la ciudad. Guetos, periferias y Estado. Buenos Aires: Siglo xxi Editores.
Wortman, A. (2007). Construcción imaginaria de la desigualdad social. Buenos Aires: CLACSO.
- Si puede hablarse de una “crisis de la ciudad”, es en el sentido estricto de un declive de los imaginarios tradicionales que la sostenían. Nos apresuramos a aclararlo para evitar cualquier asociación de este planteo con las lecturas que, a finales de siglo, interpretaban los nuevos estilos de vida urbanos en la dirección de una muerte paulatina de la ciudad a secas.↵
- Aun cuando los imaginarios de las clases medias se han fragmentado en las décadas recientes (Wortman, 2007), el interrogante por develar es si hay un ideario de clase media que opera sobre las prácticas del sentir en la ciudad. En otros términos, si se sigue apelando al mito del “país de clase media” –incluso por la negativa, como apuntan Natanson y Rodríguez (2016)–, es plausible, entonces, que aquello todavía represente un clivaje legítimo para definir y juzgar modos de vida.↵
- En una de sus obras, leemos, por ejemplo: “El espacio es una forma que en sí misma no produce efecto alguno” (Simmel, 1986, p. 664).↵






