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2 Militares en la diplomacia en las relaciones del México posrevolucionario con Japón

Introducción

Durante el periodo de entreguerras fueron designados como representantes diplomáticos en la Legación de México en Japón cuatro militares. Uno de ellos fue el coronel Manuel Pérez Romero. Inicialmente fue despachado como “agente confidencial” en Washington (del 18 de junio al 30 de octubre de 1913) y en Japón, para que posteriormente fuera acreditado como enviado extraordinario y ministro plenipotenciario del 5 de febrero de 1916 al 2 de noviembre de 1919 en ese mismo país asiático. Presentó sus cartas credenciales el 8 de marzo de 1916 ante funcionarios de la Cancillería japonesa, las cuales fueron objeto de revisión posterior, para poder entregar la versión final ante el emperador para el mes de octubre del mismo año.

Otro fue el general Eduardo Hay Fortuño (Eduardo Leonardo Francisco de Sales Guadalupe del Sagrado Corazón de Jesús Hay Fortuño), quien fue cercano a Francisco I. Madero y se unió a las fuerzas constitucionalistas. También fue acreditado como “agente confidencial” en varios países, para después ser designado ministro en Italia y posteriormente en Japón, donde estuvo sólo 7 meses (del 7 de mayo de 1924 al 23 de diciembre de 1924). El diplomático mexicano entregó sus cartas credenciales el 21 de junio de 1924, después de su responsabilidad en Tokio, y fue designado ministro de la Legación mexicana en Chile y Bolivia.

El general Francisco Javier Aguilar González llegó en el Asama Maru en febrero de 1935 a Japón junto a su esposa e hijos (Carlos, Eugenio y Graciela) para suceder al ministro Miguel Alonzo Romero como representante diplomático de México en ese país asiático. La experiencia diplomática previa había sido como agregado militar en la Embajada de Estados Unidos y en las Legaciones de Italia y Suecia. Como representante diplomático mexicano estuvo desde el 4 de enero de 1935 hasta el 18 de agosto de 1938, presentando sus cartas credenciales ante el emperador Showa el 14 de marzo de 1935.

Por último, el general José Luis Amezcua Figueroa, quien fue ministro residente en Tokio del 1 de enero de 1941 hasta el 8 de diciembre de 1941, cuando se interrumpen las relaciones diplomáticas de México y Japón por el inicio de la Guerra del Pacífico. El ministro Amezcua vivió una de las etapas más críticas de las relaciones bilaterales entre México y Japón.

El caso del general Francisco Aguilar González merece una atención especial, ya que no se ha documentado con detalle su gestión como responsable de la Legación mexicana en Japón. De hecho, es más conocido por el caso de la llamada “maleta mexicana” (que supuestamente recibió cuando era el representante diplomático mexicano ante la República de Vichy), en la que estaban una serie de negativos de Robert Capa y otros fotógrafos que habían documentado la Guerra Civil Española. Fue como resultado de su descubrimiento por sus descendientes que se pudo dar a conocer al mundo. Asimismo, hay otra línea de investigación que involucra al diplomático mexicano, más oscura y que lo relaciona, de acuerdo con la Oficina de Inteligencia Naval, con actividades de contrabando de alcohol y drogas hacia los Estados Unidos desde los años treinta y con la participación en una red de espionaje a favor de los nazis y japoneses.[1]

Por su parte, Pérez Romero ejemplifica el despliegue de acciones diplomáticas zigzagueantes dentro de un contexto bilateral accidentado frente a los vaivenes políticos en México y las incertidumbres marcadas por el entorno internacional, particularmente las tensiones entre Washington y Tokio. El diplomático mexicano, educado en la Universidad de Stanford, California, tenía que enfrentarse con un gobierno errante que buscaba afianzarse en el poder, lo que implicaba cambios reiterados en los responsables de la cartera de Relaciones Exteriores.

Asimismo, Eduardo Hay Fortuño estuvo encargado por un par de meses de la Legación de México en Japón después del gran terremoto de Kanto de 1923. Luis Rubalcava había solicitado el cambio debido a las condiciones difíciles en ese país asiático después de ese siniestro. Es posible que, con poco conocimiento del proceso de reconstrucción de Tokio y Yokohama, Eduardo Hay haya decidido asumir esa responsabilidad diplomática ya que desde la época de la Revolución mexicana había conocido a miembros de la Armada Imperial que habían ido a México en el buque acorazado Izumo, a cargo del capitán Moriyama Keizaburō en 1914, en el preludio de la caída del gobierno de Victoriano Huerta. No obstante, las condiciones de Japón no fueron las que el nuevo funcionario mexicano esperaba.

En ese sentido, este capítulo busca explorar el contexto y los aspectos claves de la gestión diplomática de Pérez Romero, Hay Fortuño y de Aguilar González, en tres momentos diferentes de la historia de México y de los nexos binacionales con Japón. No obstante, el común denominador de los tres diplomáticos fue el hecho de que habían sido todos militares participantes en la Revolución mexicana y tenían conexión con Francisco I. Madero o incluso lazos familiares. El presente capítulo tiene como meta reconstruir algunos momentos claves del ejercicio diplomático de los tres responsables de la Legación de México en Japón. En todos los casos hay diferencias importantes en función de las condiciones internacionales prevalecientes, además de las condiciones políticas en el país, lo que va a definir la agenda bilateral que llevaron, desde la implementación de acciones intensas y altamente demandantes hasta otras de un corte más protocolario con tintes utilitarios y de frugalidad o abiertamente superficiales.

Una diplomacia acuciante

En el capítulo anterior se analizaron los detalles de la llegada del coronel Manuel Pérez Romero como agente confidencial y los problemas de la Legación mexicana que estaba casi en el abandono, además de las reacciones del abrupto cese del personal diplomático y consular acreditado en Tokio y Yokohama. Después de salvar esos momentos críticos, el ya reconocido enviado extraordinario y ministro plenipotenciario de México en Japón se concentró en atender el tema del aprovisionamiento de armas y pertrechos militares (después de “resolver” los asuntos pendientes con la Mitsui Bussan), asunto en el cual la marina imperial desempeñó un papel clave en la colaboración técnica japonesa para la manufactura de armamento.

Como ya se apuntó, el nombramiento oficial como representante diplomático en calidad de ministro responsable de la Legación mexicana en Japón se hace a partir del 5 de febrero de 1916, con una asignación de 15 dólares diarios.[2] Sin embargo, Manuel Téllez (en ese momento secretario de la Legación y encargado de negocios) solicitaba instrucciones a la Cancillería mexicana sobre la necesidad de consultar al gobierno japonés, antes de su regreso a Tokio, sobre su decisión para ser considerado persona grata.[3]

Ante el desatino anterior, cuando Pérez Romero arribó a Japón como “agente confidencial”, Tokio nunca lo reconoció oficialmente como un representante del gobierno mexicano, sumado a las experiencias de que la Cancillería japonesa había negado el exequátur a los cónsules Juan T. Burns y José Pinal y Blanco. Ahora, Téllez insistía en que de no hacerlo sería un problema y lo expresaba de la siguiente manera:

pues que el no hacerlo así sería quebrantar un uso internacional y exponerse a cometer una descortesía en la persona del Emperador, quien es el llamado a sancionar o rehusar el agreement de los jefes de las misiones extranjeras que se acreditan ante su corte, lo cual en las actuales circunstancias podría tener enfadosos resultados.[4]

La nota de advertencia surtió efecto ya que la Cancillería mexicana hizo consultas a la Legación japonesa en México (Iwasaki Mitsuo era el encargado de negocios). Empero, esa información no fluía de manera asertiva en Tokio. Téllez entró en un aparente estado de pánico ya que, a través de un amigo de Pérez Romero, se había enterado del próximo retorno a Yokohama vía San Francisco, el cual especulaba (si hubiera tomado el buque Tenyo Maru) arribaría el 11 de abril.[5] No obstante, los cálculos del diplomático fueron erróneos y el nuevo ministro mexicano no llegó para esa fecha. Las notas periodísticas de la prensa japonesa enfatizaban el hecho de que después de haber sido objeto el coronel Pérez Romero de un frío trato por parte de Kasumigaseki (lugar donde están las oficinas del Ministerio de Asuntos Exteriores), el diplomático mexicano había expresado cierto disgusto.[6]

En una suerte de frenética sincronía, Iwasaki notificó justo el 11 de abril a Cándido Aguilar, responsable en ese momento de la SRE, que Tokio había otorgado el beneplácito al futuro representante diplomático de México en Japón. De hecho, el viaje de regreso se postergó, ya que el navío que tomaría desde San Francisco, el Chiyo Maru, naufragó por las costas de Hong Kong,[7] lo que le obligó a dirigirse a Seattle y a su vez a Victoria, Canadá, donde tomó el Empress of Asia. Arribó a Yokohama el 28 de mayo.

La llegada de Pérez Romero permitió, después de dos años, normalizar el funcionamiento de la representación diplomática mexicana. Se designó oficialmente como primer secretario a Manuel Téllez y se autorizó el traslado de Enrique Palazuelos como tercer secretario para ser acreditado en China, para cubrir la plaza de Pablo Herrera de Huerta, además del nombramiento de León de Frago, como agregado naval.[8]

De hecho, Pérez Romero antes de su salida de México tuvo la oportunidad de entrevistarse con el nuevo encargado de negocios de la Legación de Japón en México, Ōta Tamekichi, el cual fue recibido por el presidente Carranza, y también ofreció una recepción al diplomático mexicano antes de su partida a Tokio.[9] Asimismo, calificaba a su contraparte como una “persona afable y fina”, lo que le permitiría “estrechar nuestras relaciones íntimamente como se desea”.[10] En efecto, una mayor cercanía con Japón estaría direccionada a los esfuerzos para fortalecer sus capacidades de manufacturas de armas y municiones, además de buscar oportunidades de negocios para el capital japonés en México.

Otra vicisitud surgió con la entrega de las cartas credenciales: el texto en francés reflejaba inconsistencias que no eran concordantes “con el espíritu de la Constitución” japonesa, por lo que solicitaban su corrección, dado que bajo ese formato no las podría recibir el emperador de Japón. En específico, frases tales como: “El gobierno del Imperio del Japón del que vuestra Majestad es digno mandatario” y “Las relaciones de armonía que siempre han existido entre las naciones de las que nosotros somos los mandatarios generales”[11] eran imprecisas, por lo que el Ministerio de Asuntos Exteriores solicitaba al diplomático mexicano sus correcciones, si bien al mismo tiempo le garantizaba que para fines prácticos tendría el reconocimiento gubernamental como representante de México en Japón. Al final, sería a mediados de octubre de 1917 cuando el emperador Yoshihito recibiría las cartas credenciales del representante mexicano.[12]

Al superar esos reiterados problemas dentro del protocolo japonés, el ministro mexicano ya tenía la oportunidad de seguir concentrándose en la encomienda que le había encargado el presidente Carranza. Lo anterior no fue desatendido por los servicios de inteligencia de Estados Unidos para seguir sus gestiones en Tokio, de manera directa o a través de intermediarios como Ōnodera Toshio, quien había sido un periodista acreditado en México durante el periodo de Huerta, y ahora trataba de cerrar un acuerdo para la compra de rifles máuseres de 7 mm y cartuchos, los cuales eran difíciles de conseguir por dos razones: por un lado, la imagen deteriorada de México por el asunto con Mitsui Bussan, por el otro, el embargo de venta de pertrechos militares que había decretado Tokio en el marco de la Primera Guerra Mundial. Por esas razones, se cambió el plan para que con el apoyo de las Fuerzas Armadas japonesas se pudiera instalar una fábrica de armas y cartuchos en México.[13]

Ōnodera fue muy activo en presentar propuestas de negocios al gobierno carrancista. Manuel Téllez reenviaba una oferta para la adquisición del buque S. S. Sakura Maru (su fecha de botadura fue el 6 de junio de 1908), propiedad de la Asociación Imperial Marina, con un valor de un millón quinientos mil yenes.[14] A pesar de que en las informaciones de parte del secretario de la Legación referían que era un barco de guerra, en realidad era de pasajeros, con una capacidad para 368 personas. Al parecer, Ōnodera le había solicitado a un alto funcionario de la administración carrancista que explorara esa posibilidad pero sin el conocimiento de otras áreas del gobierno. Después de insistentes comunicaciones, y el retraso de la necesaria respuesta desde Querétaro, Cándido Aguilar notificó a Téllez que “no existían las condiciones de celebrar contratos para la adquisición de buques”.[15]

En ese marco, tanto la prensa estadounidense como el mismo gobierno insistían en el tema de la existencia de un “tratado secreto” de carácter ofensivo entre México y Japón. El sensacionalismo se multiplicaba ante la revelación del Telegrama Zimmerman, interceptado por la inteligencia británica, que se atribuía al ministro de Asuntos Exteriores de Alemania, Arthur Zimmerman, donde se ofrecía una triple alianza entre Alemania-Japón y México, según la cual este último país tendría apoyo financiero y la devolución de sus territorios perdidos a mediados del siglo XIX. Cándido Aguilar, al ser consultado por el embajador Henry P. Fletcher, negó cualquier conocimiento de esa propuesta y lo mismo hizo Japón e incluso la misma Alemania.[16] Independiente de su veracidad, lo anterior fue capitalizado por el gobierno de Carranza en sus estrategias internacionales vis a vis Washington, mostrando cercanía con Tokio y Berlín.

Empero, el traducir esas estrategias en acciones viables marcaba una gran distancia. El mismo Pérez Romero le escribía a Carranza para comunicarle, con un atisbo de frustración, que no había dejado de insistir en el cumplimiento de la misión encargada:

No he descansado un solo momento para llevar a feliz éxito la misión que tuvo Ud. A bien encomendarme, pero he tropezado con un obstáculo inmenso, y es, los compromisos contraídos con anterioridad con los aliados que han hecho materialmente imposible obtener luego lo que se sirvió encomendarme, pero no por ello he dejado de continuar gestiones activas, valiéndome de cuanto recurso está a mi alcance, esto, en lo que se relaciona con implementos listos para su uso inmediato.[17]

Ya se ha mencionado el hecho de que para Carranza era clave un suministro de armas o tener el know how para su manufactura. Cada vez más el gobierno constitucionalista se enfrentaba a serias disyuntivas ante la insurrección interna del bloque revolucionario que logró derrocar a Huerta, así como a las amenazas potenciales de Washington que ponían en vilo el resguardo de la soberanía nacional y el proyecto carrancista. Incluso, el diplomático mexicano buscó realizar ofertas de negocios para que el capital japonés invirtiera en la industria siderúrgica nacional, buscando que esa producción de fierro y acero pudiera servir para la manufactura de armas en el mercado mexicano e incluso para otros países de América Latina.[18] Es claro que los esfuerzos del ministro mexicano no se limitaron, pero todos se toparon con el problema de gobernabilidad del régimen carrancista, la inestabilidad interna y la vigilancia constante de Estados Unidos de los movimientos de Japón en México.

Otro tema que requirió la atención focalizada de Pérez Romero fue el extraño nombramiento de Juan T. Burns como cónsul general de México en Yokohama. Burns había estado previamente como representante consular en Nueva York, donde se le acusó de traficar con pasaportes y tenía una demanda legal pendiente en los Estados Unidos. Sin embargo, el trasfondo de la situación fue que el representante consular había sido muy vocal en denunciar que muchos mexicanos fueron ilegalmente enrolados en las oficinas de reclutamiento militar al entrar los Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial. Incluso apuntaba que sus compatriotas habían sido hostigados, señalando el caso de Jesús Martínez, acreditado como vicecónsul mexicano,[19] que prácticamente estaba siendo obligado a ingresar al ejército.

Burns emprendió una acalorada defensa del funcionario mexicano (seguramente había nacido en Estados Unidos de padres mexicanos) por el hecho de que en ese momento desempeñaba una actividad oficial dentro del servicio exterior mexicano. Lo anterior causó molestia al gobierno estadounidense por el amplio manejo mediático y por el envío de “cartas descorteses”. Martínez, al negarse a realizarse el examen médico, fue sentenciado por la violación de la ley de reclutamiento.[20]

En ese contexto, Burns fue llamado a la Ciudad de México para entrevistarse con el subsecretario de Relaciones Exteriores, Ernesto Garza Pérez, a partir de lo cual se decidió retirarlo de ese cargo[21] y enviarlo a Japón con fecha del 25 de diciembre de 1917.

Burns era oriundo de Chihuahua y había estudiado en Estados Unidos en la Universidad de Notre Dame, fue secretario particular de Abraham González cuando fue gobernador provisional, posteriormente fue escribiente en el Consulado mexicano en El Paso, Texas, luego obtuvo el nombramiento de cónsul general en Galveston (encargado de la compra de armas y municiones con un presupuesto de 671 mil dólares), antes de ocuparse como responsable de la oficina consular en Nueva York a partir del 1 de marzo de 1916. De manera adicional al tema de Martínez, se reportaba que el gobierno de Estados Unidos había detectado, de manera subrepticia, el despacho de armamento (el cual declaraba como maquinaria) en el puerto de Veracruz, lo cual contravenía las políticas de embargo en el marco del ingreso de Washington a la Primera Guerra Mundial; como resultado de esa operación ilegal estuvo detenido.[22]

Ante la ya citada supuesta venta ilegal de pasaportes estuvo inmerso en un proceso judicial, el juez a cargo le solicitó una fianza de 10 mil dólares, la cual se pagó a cargo de los haberes del Consulado mexicano en Nueva York.[23] Es probable que durante su liberación, Juan T. Burns saliera a México con el pretexto de que había sido llamado por la Cancillería mexicana. Para el verano de 1920, había prescrito la imputación, ya que su abogado, de apellido Newman, había recolectado el cheque, del cual solicitaba deducir 4 mil dólares por sus honorarios.[24]

No obstante, Estados Unidos siguió monitoreando los movimientos de Burns. Inicialmente se filtró a la prensa que había sido designado como cónsul general en Hamburgo. Incluso hubo una noticia falsa sobre que viajaba rumbo a Europa y había sido detenido su barco en las islas Canarias por los ingleses.[25] En un documento interno de la oficialía mayor de la SRE se refrendaba ese nombramiento con fecha del 10 de noviembre de 1917.

No obstante, a Burns le fue encargado por Venustiano Carranza dirigirse a Japón junto con una comitiva encabezada por el general Benjamín Bouchez,[26] que llegó con el teniente coronel Emilio Cirlos, José Pinal y Blanco y otras personas. Se embarcaron en el vapor Anyo Maru en un puerto mexicano y al pasar por Estados Unidos, Burns no desembarcó, para evitar una posible captura.[27] El grupo de mexicanos arribó a Japón a principios de febrero de 1918.[28]

Como se analizó en el primer capítulo, José Pinal y Blanco se había quedado finalmente como encargado provisional del Consulado General de México en Yokohama después de la negativa de entregar la oficina por parte de Joaquín Enrique Cerecero; posteriormente se trasladó al Consulado Kobe (que había abandonado Manuel Téllez) y regresó a México en julio de 1917 para informar a la Cancillería mexicana sobre “asuntos reservados”, los cuales se derivaron de un encuentro con Suzuki Akiyuki, en ese momento exdirector de la Escuela Militar de Tokio. En esa conversación aparentemente se abordaron temas “delicados” para las relaciones entre México y Japón, pero se hacía mención a la Cancillería mexicana de que prefería comunicarlos verbalmente por temor a que su despacho fuera interceptado por los Estados Unidos, por lo que solicitaba una licencia para ausentarse de Kobe.[29]

Durante ese periodo se cerró la agencia consular mexicana en Yokohama, asumiendo Manuel Téllez esas funciones administrativas, que en ese momento estaba también acreditado como encargado de negocios de la Legación mexicana en Tokio. Ante esa situación, la Cancillería mexicana consideró que mandaría de nuevo a Pinal y Blanco a Japón, pero en una comisión, ya que desde el 20 de octubre había sido designado cónsul general en Vancouver, sin embargo nunca tomó a su cargo esa representación consular mexicana.[30]

El Departamento de Estado hizo todo lo posible ante el gobierno japonés para que le negara a Juan T. Burns el reconocimiento de persona grata ya que lo consideraba técnicamente como fugitivo. Lo cual tuvo el efecto esperado: Pérez Romero informaba a la Cancillería mexicana que se había reunido con el ministro de Asuntos Extranjeros, Motono Ichiro, y con otro alto funcionario de esa dependencia, en dicha reunión le externaron la preocupación de los problemas de Burns en Estados Unidos y que ese personaje había hecho en público y en privado diversas expresiones “anti-americanas”, por lo que

… en vista a estos antecedentes y teniendo en cuenta que la situación internacional del Japón es en la actualidad sumamente delicada, y el hecho de que el Imperio y los Estados Unidos forman parte de la Entente en la guerra europea, el gobierno imperial se veía en la penosa pero imprescindible necesidad de considerar que los señores Burns y Pinal y Blanco no le son personas gratas.[31]

Los funcionarios japoneses le solicitaban de manera confidencial y privada a Pérez Romero evitar gestionar el exequátur para dichas personas. El diplomático mexicano cuestionó hasta qué grado llegaban las presiones de Washington para afectar el nombramiento de representantes diplomáticos de naciones amigas, a lo que le respondieron que esos casos eran excepcionales. Lo anterior lo refrendaba posteriormente el nuevo viceministro de Asuntos Extranjeros, Hanihara Masanao, el cual consideraba que la permanencia de Burns “daría lugar a dificultades que deseamos evitar”.[32]

Es claro que había una serie de señales encontradas. Por una parte, no era clara la llegada de Burns a Japón (incluso su propio hermano Archivaldo Burns se sorprendió al enterarse de que estaba en Tokio),[33] junto a una comitiva de militares mexicanos que tenían la misión de tratar el tema de la fábrica de fusiles y cartuchos; además de tener dos propuestas de nombramientos en dos consulados distantes: uno en Europa y el otro en Asia. Incluso, quizá la comunicación no era clara con la Cancillería mexicana ya que el 16 de febrero llegaba un telegrama de Cándido Aguilar instruyéndole que se dirigiera a Alemania.[34] El mismo día, Burns enviaba un mensaje cablegráfico indicando que el exequátur no era posible obtenerlo por la “presión yanqui”; consultaba si procedería a donde había sido nombrado y requería, para ese efecto, viáticos.

Por otra parte, la presencia de Burns en Tokio fue objeto de suspicacias, de modo que fue vigilado por la policía japonesa por ser sospechoso de desarrollar alguna “comisión secreta”, ya que no se explicaba su permanencia en Japón, sin ninguna representación oficial de naturaleza diplomática. El coronel Pérez Romero no dejaba de manifestar lo extraño de que Burns también estuviera propuesto para el Consulado General en Hamburgo. El diplomático mexicano refería que la prensa mexicana había cubierto ampliamente esa noticia y que la llegada de Ōta Takemichi, encargado de negocios de la Legación japonesa en Alemania, seguramente había informado de ese hecho al Ministerio de Asuntos Extranjeros.[35] Con todo, se puede formular la siguiente pregunta: ¿por qué el gobierno mexicano buscaba que fueran reconocidos como persona grata en Japón tanto Burns, que ya tenía un nombramiento en Alemania, como José y Pinal, que ya estaba designado en Canadá, para que el primero se hiciera cargo del Consulado General en Yokohama y el segundo en Kobe?

Quizá fue una estratagema para justificar por parte del gobierno constitucionalista su presencia en Japón como integrante de una delegación que estaba negociando inicialmente un acuerdo para la venta de rifles y municiones y, posteriormente, buscar la transferencia de tecnología japonesa para su fabricación en México. En ese caso, fue solamente un medio administrativo para justificar viáticos y pasajes a dos cónsules en activo bajo licencia para desempeñar una comisión encargada por el mismo presidente Carranza. Cualquiera que sea la respuesta, el hecho fue que para Japón se trató de un movimiento muy extraño y, sumado al problema de Burns en Estados Unidos, decidió no otorgarles su beneplácito.

No obstante, Burns no tuvo la misma suerte ya que trató infructuosamente de salir de ese país asiático vía el puerto de Tsuruga, pero las autoridades consulares rusas le negaron la visa para Vladivostok.[36] Los Estados Unidos presionaron para evitar que Burns saliera de Japón por otras rutas alternas para Europa. La propuesta de hacerlo vía Busan tampoco tuvo éxito e incluso la posibilidad de una ruta directa a Salina Cruz no fue posible, la misma suerte la tuvo con otros viajes propuestos vía países europeos.

La Cancillería mexicana tuvo que hacer una reingeniería financiera en términos presupuestales para seguir pagando su remuneración, se rescindió su nombramiento en Hamburgo para después acreditarlo como cónsul general con comisión en Japón, con fecha retroactiva al 31 de enero de 1917[37] y con vigencia hasta el 1 de enero de 1920, debido a que ya no había “en el presupuesto de egresos vigente, partida a la cual pueda cargarse los sueldos”.[38]

Después de la salida de Pérez Romero de Japón, el tema de Juan T. Burns fue heredado al nuevo ministro Juan B. Rojo, el cual solicitaba reiteradamente recursos para que regresara a México. Ante ese escenario, el diplomático mexicano también requería su retorno al país vía Europa para evitar pasar por los Estados Unidos.[39] Por fin, el 14 de abril de 1920 logró salir de Japón por el puerto de Kobe con dirección al canal de Suez.

La suerte de Burns fue muy azarosa después de su postergado retorno a México y de estar en Japón en calidad de residente incómodo por dos años. De manera posterior haría un relato (en el cual omitiría algunos aspectos sobre cómo fue su salida de Estados Unidos) que refería de la siguiente manera:

Inmediatamente de mi remoción, es decir en noviembre de 1917, el señor Presidente ordenó que se me trasladara al Imperio del Japón, con el carácter de cónsul general comisionado en aquel país, para intentar una propaganda comercial a fin de obtener del Japón una corriente de importación de mercancías, maquinaria, etc., que en aquella época se nos negaba por Europa y los Estados Unidos. Hube de permanecer en aquel lejano Imperio por dos años, sin poder desempeñar ninguna de mis comisiones, y sin siquiera haber podido obtener mi exequátur, debido a las falsas sospechas que ocasionó mi viaje al Japón, inmediatamente después de mis labores en Nueva York; pero sobre todo a la presión inopinada de parte de la Embajada americana en Tokio.[40]

Los problemas se acumulaban para el ministro Pérez Romero, sumado al caso de Burns estaba el de José Pinal y Blanco, a quien también se había negado el exequátur. El otrora protegido de Manuel Téllez (véase capítulo 1) y subalterno de Joaquín Enrique Cerecero cuando era responsable del Consulado General de México en Yokohama resultó que se asoció con el agregado naval, León del Frago, para sacar provecho personal de las negociaciones con algunas compañías japonesas, con las cuales el ministro mexicano estaba tratando de cerrar algunos acuerdos; en ese sentido apuntaba que

Suplicaría que el Sr. Pinal y Blanco fuese destituido en lo absoluto por ser indigno de pertenecer al cuerpo consular toda vez que sabiendo la difícil situación internacional por que atraviesa el país y la política de Estados Unidos para cohibir a México que haga operación alguna con otros países y especialmente con Japón, se pusiera en unión del Sr. León del Frago, a hacer ofrecimientos del hierro y acero de México a las casas japonesas, valiéndose hasta de nombre apócrifo para que no pudiese ser descubierto.[41]

El diplomático mexicano apuntaba que temía que esas actitudes de Pinal y Blanco y León del Frago pudieran minar los esfuerzos que había realizado con el debido sigilo para poder cumplir el proyecto de venta o intercambio de materiales en el marco de los difíciles asuntos que se le habían confiado a su persona como responsable de la Legación mexicana en Japón.[42] La respuesta de la SRE fue contundente: mandó a llamar a los dos a la Ciudad de México,[43] y a Pinal y Blanco le fue comunicado su cese el 12 de julio de 1918.

Dentro de ese torrente de situaciones, sumado a las demandas interpuestas por Joaquín Enrique, como se analizó en el capítulo anterior, el coronel Pérez Romero, después de formalizar su acreditación como enviado extraordinario y ministro plenipotenciario de México en la República de China, en tanto concurrente desde Japón, logró focalizarse en otros temas, como avanzar en la negociación de la Convención para el Libre Ejercicio de las Profesiones de Médico, Farmacéutico, Dentista, Partero y Veterinario (firmada el 26 de abril de 1917), que entró en vigor el 11 de agosto de 1917. De hecho, la Legación japonesa en México había hecho la propuesta el 12 de octubre de 1914 al responsable en turno de la Cancillería mexicana, misma que aceptó abrir las conversaciones sobre ese tema. Después del intercambio de borradores, logró concluirse dos años y medio después.

Ese instrumento permitió el ingreso de personal médico proveniente de Japón, al que después de una certificación y revalidación por la Universidad Nacional Autónoma de México, se le permitía el ejercicio profesional en el territorio nacional. Después de operar por más de una década, fue denunciado por México ante el incremento de la oposición del personal del sector salud mexicano, pero mantuvo como salvaguarda la permanencia de los médicos y dentistas japoneses que ya estaban residiendo en diferentes partes del territorio nacional, a quienes se permitió el ejercicio médico sin mayores requisitos.[44]

El ministro mexicano solicitó licencia para regresar a México a finales del mes de febrero de 1918 debido a una enfermedad de su esposa, que permanecía en la Ciudad de México.[45] No obstante, a su arribo (primero en Vancouver, Canadá, y posteriormente en Estados Unidos) empezaron a circular noticias sensacionalistas, de acuerdo con un supuesto informante cercano a Carranza, sobre que la llegada del diplomático Pérez Romero se justificaba por el hecho de ser alguien de extrema confianza del mandatario mexicano y por su probada honradez, así llevaría a Tokio la cantidad de 6 millones de dólares para depositarlos en bancos japoneses, ante el peligro de que la situación internacional y las tensiones con Washington se agravaran y que el dinero que supuestamente tenía en Cuba y en Estados Unidos pudiera ser confiscado.[46] Esa clase de notas carentes de veracidad eran frecuentes.

Por último, el coronel fue llamado por la Cancillería mexicana en el verano de 1919,[47] lo cual despertó muchas especulaciones, como la de suceder a Ignacio Bonillas[48] como embajador de México en Estados Unidos o incluso ser nombrado secretario de Relaciones Exteriores.[49] Ninguna de las dos cosas sucedieron y Pérez Romero ya no retornó a Tokio, sino que fue sustituido, como ya se apuntó, por Juan B. Rojo como responsable de la Legación de México en Japón.

La diplomacia pecuniaria

El general Eduardo Hay Fortuño estudió ingeniería en la Universidad de Notre Dame en Estados Unidos. Durante el movimiento maderista, llegó a ser jefe del Estado Mayor de Francisco I. Madero y durante la batalla de Casas Grandes, el 20 de febrero de 1911, fue herido de gravedad en varias partes de su cuerpo, a causa de lo cual perdió el ojo derecho. Después del término de la administración de Porfirio Díaz Mori, hizo su primera incursión al servicio exterior mexicano al ser nombrado visitador de consulados en Europa.

Imagen 1. Pasaporte de Eduardo Hay Fortuño

Fuente: AHD-AHGE. L-E-434-131, folio 131.

Después de la “decena trágica” y el ascenso de Victoriano Huerta al poder, regresó a las actividades de insurgencia contra el dictador ocupando, con el grado de general brigadier, el puesto de jefe del Estado Mayor del general Ramón F. Iturbe, que se encontraba en Sinaloa. Con el triunfo del carrancismo, se le designó agente confidencial en Estados Unidos, Brasil, Perú, Colombia, Chile, Ecuador, Argentina y Venezuela. También entre diciembre de 1918 y 1923 fue responsable de la Legación de México en Italia.

Mientras, el ministro Luis Rubalcava solicitaba, con cierta premura, al presidente Álvaro Obregón su traslado a algún país europeo, debido a las condiciones complejas que existían en Tokio por la recuperación de la ciudad después del gran terremoto de Kanto del 1 de septiembre de 1923. El diplomático logró su objetivo al ser designado enviado extraordinario y ministro plenipotenciario de México en Holanda a mediados de agosto de 1924.[50] Su relevo llegó, por acuerdo presidencial, al ser nombrado Eduardo Hay el 17 de marzo de 1924. Japón previamente había expresado su beneplácito pero presentó sus cartas credenciales al príncipe regente, Hirohito, el 21 de junio del mismo año.[51]

A finales de mayo de 1924 llegó el general Hay a Japón. En uno de sus iniciales discursos públicos, reiteraba el hecho de los vínculos de amistad entre ambos pueblos, y que bajo su nueva responsabilidad realizaría todo lo posible para fortalecerlos aún más.

El nuevo ministro lo expresaba de la manera siguiente:

… podré considerar como una agradable obra el trabajar con todo mi entusiasmo en todo aquello cuyas tendencias sean la intensificación de las amistosas relaciones entre los países bordeados por el Pacífico y, muy especialmente, entre Japón y México, pues la exquisita cortesía y la simpática acogida que se me ha hecho por aquellas personas a quienes he tenido el gusto de conocer desde mi llegada al Japón, me dan ánimo para creer que para llegar al buen éxito de la misión a mí confiada, bien puedo contar con la colaboración de elementos de tanta valía, y tal ayuda, sin duda dará por resultado la intensificación de las relaciones intelectuales y comerciales que, felizmente, existen entre Japón y México.[52]

No obstante, en su alocución también hacía mención del hecho de que México estaba enfrentando serios “problemas económicos del trabajo”, pero que el país podría ser un proveedor de materias primas y al mismo tiempo un mercado potencial para los productos industriales japoneses. El ministro omitió la mención de que, justo en esos momentos, prácticamente se estaban concluyendo las negociaciones de otro tratado bilateral de comercio y navegación que suprimiría al de 1888. Tampoco era muy claro qué tipo de circunstancias económicas complejas estaban pasando en el país. Es posible que pudiera referirse a las vicisitudes derivadas del largo proceso de recuperación de la economía mexicana durante el periodo posrevolucionario.[53]

El mismo argumento de la “difícil situación de la economía mexicana” lo refirió en una comida que le brindó la Sociedad Japonesa de América Latina. El argumento del general Hay versaba sobre la poca posibilidad de aceptar grandes flujos de migrantes japoneses por la prevalencia de “serios trastornos no sólo en los establecimientos industriales en las ciudades sino también en los campos de producción agrícola, minera y petrolera”, por lo que el “elemento obrero” ha sido afectado y ante esa situación, los posibles inmigrantes japoneses en México encontrarían una situación menos favorable a la que ya gozan estando en Japón. En ese sentido, continuaba el ministro mexicano afirmando que, ante el desconocimiento del idioma español y la ausencia de capital, se podrían exponer al nulo éxito de esa iniciativa.[54]

Es indudable que los obligados aplausos de la audiencia no correspondieron al poco alentador contenido del discurso del funcionario, al ser extremadamente sincero sobre la poca voluntad del gobierno mexicano para ampliar el flujo migratorio, en el contexto de mayores restricciones existentes en Estados Unidos y particularmente en California. Lo anterior, frente a las prácticas sociales japonesas de la comunicación indirecta, seguramente incomodó a sus anfitriones. Incluso, refería que sus palabras habían obedecido al deseo de que “Japón no iniciara hacia México movimientos emigratorios condenados a fracasar”.[55]

En tanto el nuevo ministro era objeto de actos protocolarios y reuniones de bienvenida en Tokio donde expresaba, sin filtros, sus opiniones de manera abierta; la representación mexicana recibía un requerimiento de cobro por facturas pendientes durante su gestión como ministro en Italia, mismas que reconoció parcialmente, ya que la mayoría de los artículos habían sido para la Legación mexicana. El diplomático mexicano argumentaba que incluso se habían emitido en meses posteriores después de dejar su cargo. Con molestia, el funcionario apuntaba que su relevo se había negado a pagarlas remitiéndolas a la SRE, por lo que esas acciones las consideraba como críticas a su gestión diplomática.[56] Al final, la Cancillería mexicana liquidó la deuda pendiente. No obstante, el departamento de contabilidad y glosa de la SRE, después de revisar las cuentas entregadas por el exministro en Italia, advertía adeudos y gastos no justificados de acuerdo con la normatividad, incluso una sobreasignación de gastos de representación.[57] El funcionario las justificaba también por el gran número de invitaciones de que fue objeto, las cuales representaron “fuertes gastos” relacionados con su condición de ministro.

Casi al mismo tiempo, a finales del mes de septiembre, mandaba una carta al presidente Álvaro Obregón en la que solicitaba un cambio de adscripción. Las razones las justificaba en que durante su larga trayectoria revolucionaria como legislador y servidor público su conducta se había caracterizado por su “estricta honradez”, ya que nunca había sido tentado a hacer “negocitos” que le hubieran permitido amasar una gran fortuna a costa de la nación. Asimismo, compartía al Ejecutivo mexicano el hecho de que debido a diversas enfermedades (su esposa había sido operada del apéndice, su hijo, Eduardo, de la nariz y él de las várices, sumado el padecimiento crónico de su hija Marta) y a la destrucción de sus pertenencias en su casa por los zapatistas durante su ausencia de México, nunca pudo hacer “una economía”.[58]

El general Hay continuaba su detallada explicación al mandatario, reiterando que incluso durante su gestión diplomática en Italia tampoco pudo hacer “economía” debido a las erogaciones que implicaba la organización de recepciones y banquetes para funcionarios y diplomáticos, incluso el pago de la servidumbre necesaria para mantener el “decoro nacional”; además afirmaba haber financiado una revista bilingüe con un costo de 400 a 500 pesos mensuales.

Ante ese lóbrego panorama, el recién llegado ministro apuntaba que su arribo a Tokio le había permitido, por fin, hacer alguna “economía”, pero como resultado del terremoto de 1923 existía todavía una gran carestía de productos. Esa situación se agravaba por la decisión del gobierno japonés de imponer un incremento del impuesto del 5 por ciento a las mercancías provenientes de otros países, las cuales eran esenciales para todo extranjero que radicara en Tokio. Incluso apuntaba que evitó salir de la capital a pesar de las altas temperaturas en lugar de pasar el resto del verano en algún balneario, como lo hacían otros diplomáticos.

Con gran dramatismo, compartía al Ejecutivo mexicano que tenía un terreno, que había pagado en abonos,[59] en “Chapultepec Heights” (posteriormente renombrada “Lomas de Chapultepec”, por la prohibición decretada por Plutarco Elías Calles de usar palabras en inglés en anuncios mercantiles), y que su ilusión era construir algunas “piezas necesarias” para poder habitar con su familia a su regreso (que especulaba podría ser pronto ante la aparente incertidumbre de si Plutarco Elías Calles como el próximo presidente siguiera confiando en sus servicios) a la Ciudad de México. De paso aprovechaba para informarle sobre los temas pendientes de la Legación de México en Italia, que no sólo eran las citadas facturas sino también algunos gastos y pagos que se habían acreditado durante su gestión diplomática en Italia.

A pesar de los últimos meses que le restaban a la gestión de Obregón, el presidente giró instrucciones a la Cancillería mexicana para atender la solicitud de revisión de las cuentas del general Hay, mismas que no fueron canceladas en su totalidad, sino que quedó un saldo en su contra que debía de reembolsar.

De manera opuesta a lo que pensaba el general Hay Fortuño, al presentar su renuncia a su cargo como responsable de la Legación de México en Japón por la llegada de la nueva administración de Plutarco Elías Calles, esta no fue aceptada y fue refrendado su apoyo para que el diplomático continuara en sus funciones.[60] Incluso su petición de traslado a otra sede diplomática fue atendida y la Cancillería mexicana solicitó inicialmente a Cuba que diera el beneplácito correspondiente, el cual fue concedido sin ningún problema.[61] No obstante, hubo un cambio posterior y finalmente se le acreditó a la Legación de México en Chile y Bolivia.

La salida de Tokio del funcionario mexicano fue agendada para inicios de febrero de 1925. La justificación de su partida ante las autoridades japonesas fue la ya citada enfermedad de su hija, lo que hacía inviable su retorno a Japón, por lo que la Cancillería mexicana le había ofrecido otro puesto diplomático en un lugar “con un clima más favorable”.[62] Dada su trayectoria como funcionario público después de su nombramiento en algunos países latinoamericanos (incluyendo Guatemala), logró su designación como cónsul general en París, para después ser elegido secretario de Relaciones Exteriores por el presidente Lázaro Cárdenas.

El diplomático del cielo

El general Francisco Javier Aguilar González tenía un lazo sanguíneo con la familia de Francisco I. Madero puesto que era su sobrino, hecho que capitalizó al máximo y le permitió obtener grandes beneficios personales. Al egresar del colegio militar, fue escolta del “apóstol de la democracia” y posteriormente se integró al servicio exterior mexicano como agregado militar en Suecia, cuando su pariente, Julio Madero, era el ministro residente. De ahí se proyectó su carrera diplomática estando acreditado en Estados Unidos, pero también la militar, puesto que llegó a ser general brigadier.[63]

Después de ser designado como enviado extraordinario y ministro plenipotenciario de México en Japón, arribaría a Yokohama en la segunda semana de febrero de 1935. En sus primeras entrevistas a la prensa japonesa refería que:

Ya que mi predecesor Alonzo Romero ha contribuido al estrechamiento de las relaciones cordiales entre el Japón y México durante su larga estancia de cinco años en este país, yo continuaré esta labor con la colaboración de la Sociedad México-Japonesa.[64]

Asimismo, ante el periódico Yomiuri, declaró que ambos países tenían buenas relaciones y que no había ningún problema entre ellos, por lo que trabajaría en estrechar aún más los lazos de amistad. Asimismo, expresaba su profundo interés sobre cómo Japón (por ser un país pequeño) había logrado una sólida presencia a nivel internacional. Aguilar se mostró dispuesto a conocer más a fondo la historia japonesa, su desarrollo industrial y su agenda internacional. Además se comprometió a trabajar para el fortalecimiento comercial entre los dos países.[65]

Sin embargo, el nuevo representante mexicano no tardó mucho en ganar notoriedad. Ante el Ministerio de Asuntos Exteriores de Japón, solicitaba las gestiones para hacer un vuelo como piloto desde Haneda hasta Madrid. Esa petición causó sorpresa no sólo por su inusual presentación sino también por sus motivaciones. En reuniones públicas o en la prensa argumentaba que era piloto aviador por diversión y por deporte:

Yo soy un militar y un piloto aviador, pero no un piloto militar. En lo que respecta a la aviación, incluso no soy un buen piloto y lo hago por deporte. Yo no bebo alcohol (cuando no me ofrecen nada, por supuesto). No juego al bridge y póker, pero debo de tener una salida para mis energías. Así que les propongo decirles un plan que he tenido en mente desde hace tiempo. Estoy interesado en la aviación como un deporte y como un medio para fortalecer el progreso del mundo y como un veloz medio de transporte que a su vez generará un gran entendimiento de las personas, de los lugares y países. Pero no estoy interesado en la aviación como un medio de destrucción o de hacer más efectivas las hostilidades entre las personas.[66]

De acuerdo con su itinerario, volaría de Tokio a Manchuria, después a China (Pekín, Shanghai y Nanking), Siam, India, Persia, Palestina y Egipto para después llegar a España, que según el diplomático mexicano era la “madre patria” y la fuente de la cultura y civilización que lo unía a través de nexos sentimentales, económicos y políticos.[67] Aguilar compartía esa noticia y sobre todo sus justificaciones en el Club Pan-pacífico de Tokio, añadiendo que tendría un copiloto japonés, Ano Katsutaro, como un símbolo de la amistad entre los dos pueblos.

A través de la Legación mexicana, gestionó ante las autoridades japonesas los permisos necesarios. El ministro Aguilar apuntaba que las facilidades y cortesías dispensadas por el gobierno mexicano a un grupo de diplomáticos japoneses que recientemente habían visitado México y las buenas relaciones de amistad entre los dos países habían sido aspectos claves para obtener la respuesta positiva de las autoridades de Japón. Incluso se ufanaba de haber logrado algo “muy especial” debido a su habilidad personal, y que no comprometía en nada alguna concesión presente o futura por parte del gobierno mexicano hacia Tokio. La modestia no era un atributo del diplomático mexicano ya que, incluso, hacía mención de la admiración hacia su persona por su “carácter y jerarquía militar” por parte de los japoneses.[68]

El 10 de abril de 1936, enviaba una notificación a Arita Hachirō, ministro de Asuntos Exteriores, donde reiteraba y detallaba las razones por las que deseaba visitar los lugares ya citados. Además, compartía el hecho de que tenía una licencia de piloto privada de turismo expedida en México (la de Estados Unidos la había perdido a inicios de ese mismo año por no haber podido refrendarla) y que había incluso solicitado los permisos de importación para traer su propio avión (Stinson Reliant con un motor de 225 caballos de fuerza y cuatro plazas con matrícula mexicana X-BABB) hasta Tokio, el cual había comprado en los Estados Unidos por un valor de 10 mil dólares. Por último, informaba que debido a las condiciones meteorológicas y climáticas, consideraba hacer su viaje en el mes de octubre del mismo año.[69]

El Ministerio de Asuntos Extranjeros le notificó que habría que hacer gestiones con el Ministerio de Comunicaciones, por lo que habría que realizar un trámite específico de acuerdo con los procedimientos en materia de aviación civil en Japón.[70] La burocracia japonesa se apresuraba a tratar de encontrar un espacio, dentro de la normatividad existente, ante la desconcertante petición de un miembro del cuerpo diplomático que estaba acreditado y que traería su propio avión para hacer un vuelo de larga distancia. En primer lugar, dentro de la ley de aviación civil aplicable en Japón se tenía que esclarecer si México era miembro del convenio internacional de aeronáutica, lo cual se pudo comprobar sin problema. Al mismo tiempo, se aplicaría el criterio sobre que la nacionalidad del propietario sería la misma de la aeronave y se establecía la autorización del uso de aviones de procedencia extranjera para la transportación del dueño o los que posean los permisos respectivos con fines exclusivos para usos civiles.

De acuerdo con Aguilar, el vuelo transcontinental redundaría en el prestigio internacional de México, teniendo en cuenta varias dimensiones: a) la diplomática, por realizar visitas de cortesía en las regiones y países que visitaría en su itinerario; b) la de carácter político-social, al poder realizar una observación directa y “objetiva” de los sistemas de gobierno, de sus culturas e historia; c) la militar e histórica, al conocer los territorios de los antiguos imperios y las estrategias bélicas de esas civilizaciones; d) la de tipo económico, al conocer los sistemas financieros, comerciales y agrícolas de los países que conocería en su travesía; y e) la de naturaleza internacional, al conocer el sistema de transportación, comunicaciones, turismo e incluso visitar la sede de la Sociedad de Naciones en Ginebra. Por último, refería que lo motivaba no el lograr una hazaña personal o un récord en el terreno de la aviación sino mostrar al mundo un México desbordante de vitalidad, de “iniciativas audaces y pletórico de energía”, donde virtualmente se convertiría en un heraldo.[71]

No obstante, el diplomático mexicano cambiaría los planes –sin notificar a México–, dado que el viaje lo haría en solitario, por lo que Ano ya no lo acompañaría en su trayecto, si bien aceptaría la compañía de un piloto del ejército o de la Armada Imperial durante su viaje dentro del territorio japonés.[72] La Cancillería japonesa tardó en dar una respuesta a ese tema en particular, se limitó, en una primera instancia, a acusar de haber recibido la documentación probatoria de su licencia como piloto civil, la certificación del tipo y capacidades de su aeronave. Asimismo, se agregaba que se consultaría con los Ministerios de Guerra y de Marina para dar una opinión al respecto,[73] a lo cual ambas dependencias respondieron que no tenían intenciones de proveer un oficial de acompañante.[74] Era claro que un vuelo en el espacio aéreo tanto en Japón como en Manchuria, así como en la misma China, era un tema sensible para su seguridad; en particular, un extranjero podría conocer facilidades militares y aéreas, además de puntos estratégicos que eran claves dentro de sus planes de expansión en el continente. No obstante, al parecer la petición del ministro Aguilar no generaba ningún problema.

¿Por qué el intempestivo cambio de planes? La Cancillería japonesa no requirió hacer uso de informantes o de los servicios de inteligencia del gobierno japonés para saber las motivaciones del “Loco Aguilar” (como era conocido por sus amigos y sus compañeros del ejército en México), ya que él mismo se encargaba de expresarlo abiertamente. Se podría suponer que cuando se enteró del “asedio de Madrid” (que finalmente se concretó a finales de noviembre de 1936), que comprometía la permanencia en ese lugar de la Segunda República, el ministro mexicano, de manera impetuosa, supuestamente había decidido sumarse a la ayuda para contener a los fascistas. El general mexicano que tenía (de acuerdo con un diplomático ecuatoriano) una “personalidad rebosante de ingenio, buen humor y simpatía”,[75] se encargó de expresar en todas las reuniones con el cuerpo diplomático acreditado en Tokio su intención de viajar a Madrid para aparentemente prestar auxilio a los republicanos.

En ese contexto, el avión Stinson Reliant llegó al aeropuerto de Haneda para la realización de las pruebas técnicas y de navegación, las cuales inicialmente resultaron exitosas.[76] La aeronave fue armada por la Tokyo Hikoki Seisakujo y sería oficialmente “bautizada” por el príncipe Takamatsu, hermano menor del emperador Shōwa. No obstante, al efectuar otras pruebas un mes después, el 7 de julio, en un día con mucha lluvia, Aguilar junto con su hijo Eugenio tuvieron un accidente debido a que el piloto perdió el control de la aeronave al aterrizar y se estrelló contra una pared de concreto del hangar de la Compañía Japonesa de Transporte Aeronáutico.[77] Ambos salieron ilesos, salvo algunos golpes en la cara y en el cuerpo; los dos fueron internados en un hospital.[78]

Imagen 2. Avión Stinson Reliant siniestrado

Fuente: AHD-AHGE, expediente III/313.1(52-0)/1.

Aquí terminaba su intención de hacer un vuelo transcontinental, aunque ante la prensa refrendaba su deseo de retomar su plan. De acuerdo con el peritaje, publicado en los diarios japoneses, una de las válvulas fue la posible causa del accidente. No obstante, la versión de Aguilar fue que en su último vuelo de práctica (después de tres realizados incluso acompañado por su esposa) al aterrizar cometió un “error de altura” que provocó que volara muy bajo, y luego la citada colisión, en la que se desprendieron las dos ruedas del tren de aterrizaje.

Aquí se abren muchos espacios de interpretación. Por un lado, el gobierno japonés atribuyó la raíz del percance a un problema del motor y no a la posible impericia del piloto que Aguilar había declarado. Por el otro, cómo podría explicarse que una aeronave relativamente nueva (ya que la había comprado durante su adscripción en Estados Unidos como agregado militar) pudiera tener un fallo de esa naturaleza.

De manera independiente de las posibles causas, lo anterior permite hacer una serie de inferencias. En primer lugar, ¿las intenciones del general Francisco J. Aguilar realmente estaban motivadas por un firme deseo de colaborar con los republicanos españoles? Si hubiera sido así, quizá se identificaría con un acto solidario que se sumaba a las acciones del presidente Lázaro Cárdenas en su apoyo (humanitario, financiero y con armas) para la Segunda República. En segundo lugar, pudo haber sido simplemente un ardid publicitario, ya que la prensa japonesa siguió muy de cerca ese hecho inusitado de que un diplomático extranjero emprendiera un viaje en una aeronave desde Tokio hasta Madrid. Aguilar se esmeraba en comunicar que iría a España para ayudar a contener el avance del fascismo, lo cual alimentaba su notoriedad y su amplio ego.

Otra interrogante paralela es cómo un funcionario público acreditado en el exterior podría tener los suficientes recursos económicos para pagar el flete del avión hasta Yokohama, y posteriormente transportarlo al aeropuerto de Haneda. De igual forma, es interesante la reacción del gobierno japonés que dio entrada a su petición de viaje sin compañía de otro piloto para que cruzara su territorio y las zonas de control político y militar en el este de Asia.

Bajo esa argumentación se abre una amplia gama de posibles especulaciones ligadas a la obtención de recursos financieros a través de actos de corrupción. Después de terminar su asignación como agregado militar en la Embajada de México en Estados Unidos, fue nombrado como responsable de la dirección de aplicación aeronáutica de la Secretaría de Guerra. Durante su gestión se filtró la noticia, a través de una sesión del Congreso estadounidense, de que los representantes de la Curtiss-Wright Airplane Corporation habían pagado comisiones a Aguilar, y a otros dos generales mexicanos, para concretar una supuesta compra de aeroplanos por parte del gobierno de Abelardo L. Rodríguez.[79] Las acciones poco transparentes del diplomático mexicano incluso fueron documentados hasta su última adscripción como embajador en Argentina en 1958, cuando se le acusó de contrabando usando la valija diplomática.[80]

Por último, el general Francisco J. Aguilar pudo haber sido colaborador de los servicios de inteligencia japoneses y nazi, como argumenta Cedillo, por lo que Tokio le facilitó las gestiones para su viaje sin ningún contratiempo. Incluso, más bien, el gobierno japonés no tuvo más remedio que aceptar esa estrambótica petición por considerar a México como un buen amigo, o por la supuesta cercanía que, afirma Villoro, tenía con el emperador Hirohito (misma que no existen evidencias en los archivos japoneses) por el hecho de que quedó sorprendido de Aguilar por haber domado un caballo de su escuadra imperial.[81] De manera independiente de lo anterior, es un hecho que el mal aterrizaje en condiciones climáticas adversas tuvo como efecto secundario que el gobierno japonés se salvara de que el ministro mexicano realmente hiciera el viaje, lo cual evitaba también futuras solicitudes similares.

Lo cierto es que Aguilar ya no volvió a insistir con viajar a Madrid, quizá para salvarse de lo bochornoso de su accidente. El general mexicano comunicaba a la prensa que haría el vuelo, junto a otro piloto, de Londres a Tokio debido a la profundización de la guerra civil en España y que el plan de vuelo comprendía a Francia, Turquía, Indochina y China para llegar a Japón.[82] Los deseos de realizar esa travesía quedaron solamente en la mente del “diplomático del cielo”, quien posteriormente vendió su nuevo Stinson Reliant. Quedó solamente en los registros en Japón el haber sido el primer extranjero al que se le permitió tener su propia aeronave para fines particulares.[83]

Al margen de ese suceso, el ministro Aguilar manifestó un gran interés sobre los cambios en el Pacífico en el marco del incremento de las tensiones entre Japón y Estados Unidos. Por lo que envió varios reportes a la Cancillería mexicana en los que presentaba sus opiniones sobre los movimientos geopolíticos en el tablero de ajedrez mundial. Para el general mexicano, la política de la Casa Blanca en el Pacífico era un tanto “ilógica” para reaccionar ante el “despertar” del letargo japonés, su acelerada occidentalización ha representado una suerte de “boomerang” y ha implicado profundizar una política intervencionista y de mayor penetración en esa área geográfica.[84]

Aguilar consideraba que, a través de la revisión de los factores económicos, se encontrarían los indicadores claves para comprender la posición internacional de Estados Unidos con Japón. Para 1935, Japón ocupaba el tercer lugar entre los socios comerciales de Estados Unidos en términos de importaciones, mientras que Washington se posicionaba como el primero, lo que generaba una balanza comercial deficitaria para Tokio.

El responsable de la Legación de México en Japón seguía argumentando que, a pesar de esa interrelación económica, las decisiones de Estados Unidos eran para contener el avance japonés. Por un lado, al negar el reconocimiento de “igualdad racial”, que incluso fue desestimado a pesar de haber sido aliado durante la Primera Guerra Mundial. Por el otro, al construir un andamiaje jurídico o demandas unilaterales desfavorables para Japón; como el caso de los resultados de la Conferencia de Washington de 1921-1922, o el caso de la negativa, por medio de la doctrina Stimson, de reconocer el avance de la empresa imperialista de Japón en nuevos territorios, como Manchuria y otras partes de China.[85]

Las anteriores acciones se complementaron con iniciativas económico-financieras, como la aplicación de aumento de tarifas arancelarias por las acusaciones de prácticas desleales de Japón y otros tipos de restricciones a las importaciones japonesas. Además de otras políticas que implicaban la restricción de la inmigración japonesa al territorio estadounidense, convocar un frente para contener el avance de Tokio en China y el despliegue de las capacidades navales de Estados Unidos en el Pacífico como mecanismo de contención.

Imagen 3. Francisco Aguilar y su esposa

Fuente: Boletín de la Sociedad México-Japonesa, 1 de marzo de 1936.

El cerco diplomático y económico tuvo resultados. Japón anunció el 27 de marzo de 1933 su retiro de la Sociedad de Nacionales, con la histórica retirada de la sala de Matsuoka Yōsuke después de conocer la abrumadora votación de la Asamblea General (42 naciones a favor y 1 en contra) sobre la responsabilidad japonesa del “Incidente de Manchuria” y la negativa de reconocer el gobierno títere de Manchukuo. Lo anterior, de acuerdo con el diplomático mexicano, derivó en la denuncia de los tratados navales con Estados Unidos e Inglaterra, y la profundización de su política anexionista en el marco de la Guerra de los 15 años con China.

El ministro Aguilar concluyó su extenso reporte a la SRE argumentando:

Existe pues una pugna abierta entre los dos países, los Estados Unidos y el Japón, en la que manifiestamente son los primeros quienes tienden a sobreponerse al segundo. Que esta pugna resulte a la postre en un conflicto armado, más o menos remoto entre las dos potencias es eventualidad muy posible y hasta probable. Que en caso de guerra entre los Estados Unidos y el Japón nosotros no podríamos estar del lado del Japón es obvio.[86]

El general suponía que de surgir un conflicto era improbable un ataque de Japón al territorio estadounidense (esa apreciación fue errónea, teniendo en cuenta la incursión en Pearl Harbor el 6 de diciembre de 1941), y que se agudizaría la guerra económica a través del despliegue de sanciones o bloqueos comerciales para ejercer su aislamiento con la ayuda de Inglaterra y otros países europeos, pero también de las naciones latinoamericanas, que en diferentes grados se sumaron a esa iniciativa de Washington.

Ante ese hecho, Aguilar reflexionaba sobre el papel que podía desempeñar México ante la búsqueda de fuentes alternas de aprovisionamiento de materias primas y otros productos. Por ejemplo, para la industria textil japonesa el algodón en rama era un elemento crítico, que representaba entre el 25 y el 30 por ciento de sus importaciones. Asimismo, otros productos minerales y el petróleo, así como cereales, café y tabaco, podían ser suministrados por México y otros países latinoamericanos.[87]

El ministro Aguilar no logró hacer el viaje transcontinental en avión antes citado, pero lo pudo llevar a cabo por mar y tierra. Durante la presentación de sus cartas credenciales ante el gobierno chino, que ya se había instalado en Nankín, la sede de los poderes del Estado, aprovechó para solicitar sus vacaciones, que le permitieron trasladarse a Singapur, a la entonces Ceylán y también a Bombay. El diplomático mexicano, junto a su familia, se dirigió a la ciudad de El Cairo, Palestina y Jerusalén, para después dirigirse a Beirut, Atenas, Roma Génova, Marsella y Gibraltar. Luego tomaron un buque a Nueva York para llegar, haciendo escalas en varias ciudades estadounidenses, a la Ciudad de México a principios de julio de 1937.[88]

Al concluir la gestión diplomática de Francisco J. Aguilar como responsable de la Legación de México en Japón, informó a la Cancillería mexicana que le fue conferida una condecoración del “Gran Cordón del Tesoro Sagrado” por parte del emperador Hirohito por sus meritorios servicios para fortalecer los lazos de amistad nipo-mexicanos.[89] Para aceptarla, gestionó los permisos ante el Senado de la República, y su autorización se expidió el 3 de noviembre de 1938.

El 15 de septiembre zarpó de Yokohama, junto a su familia, en el Asama Maru. Antes de su salida declaraba que lamentaba irse de Japón y extrañaría la amabilidad de su pueblo. También refrendaba su deseo de hacer gestiones ante el gobierno de Lázaro Cárdenas para el envío de una misión comercial de parte de México[90] a Japón ante las crecientes oportunidades de negocios. En 1948, Aguilar regresaría a la región asiática como ministro de la Legación de México en China durante la administración de Miguel Alemán Valdés. Sin embargo, su gestión diplomática fue muy breve, de un poco más de seis meses.

Reflexiones finales

Sin lugar a duda, las gestiones diplomáticas del coronel Manuel Pérez Romero, Eduardo Hay Fortuño y el general Francisco J. Aguilar González fueron completamente disímbolas. El primero arribó a Tokio con una agenda crítica para buscar reactivar el suministro de armas para el gobierno de Carranza, que se enfrentaba a una insurrección interna de las otrora fuerzas aliadas que lograron el exilio de Victoriano Huerta. Además, sumado al caos en el que se encontraban las representaciones diplomáticas y consulares mexicanas en Japón, puede considerarse que las condiciones no fueron las óptimas, por lo que hubo muchas decisiones erróneas que violentaban las prácticas y el protocolo japoneses. La comunicación era, en muchos sentidos, accidentada dados los constantes cambios de responsables o encargados de despacho de la SRE.

Cuando se logró el reconocimiento del gobierno constitucionalista por parte de Estados Unidos y posteriormente de Japón, se permitió la designación oficial de Pérez Romero como ministro plenipotenciario y enviado extraordinario, lo cual le permitió desempeñar sus funciones con mayor asertividad y rangos de certeza. En ese sentido, logró el acuerdo para la asesoría con la Armada Imperial para la manufactura de rifles y pertrechos militares, asimismo se concentró en buscar opciones de negocios para inversionistas japoneses en México, incluso buscó ampliar la conectividad marítima directa con Japón ampliando la frecuencia de las empresas navieras de sus servicios de buques.[91]

En cambio, la muy breve gestión diplomática de Eduardo Hay estuvo más bien marcada por el deseo de ahorrar recursos financieros de manera personal. Con gran desconocimiento llegó un año después del gran terremoto de Kanto; la fase de rehabilitación urbana y económica de Tokio apenas se estaba iniciando, por lo que se había provocado un virtual éxodo de diplomáticos ya que sus representaciones diplomáticas y consulares no estaban todavía reconstruidas, incluso se había reducido su número ante los decesos de algunos de ellos durante el macrosismo. Así que la posibilidad de hacer una “economía”, como lo confesó abiertamente el presidente Obregón, fue poco viable.

En abierto contraste, las funciones diplomáticas del general Aguilar estuvieron plagadas de frivolidad. En primer lugar, la insistencia de hacer un vuelo transcontinental desde Tokio hasta Madrid ante la aparente aquiescencia del gobierno japonés. Segundo, si bien las contradicciones nipo-estadounidenses escalaban y la expansión militarista de Japón se concentraba con China en el marco de la guerra de los 15 años, no había temas sensibles que afectaran la relación bilateral con el México posrevolucionario que ya había logrado estabilidad política. Tercero, no había asuntos pendientes o disrupciones en la gestión de la Legación mexicana en Tokio ya que el ministro Miguel Romero Alonzo había realizado una conducción efectiva.

A pesar de las imputaciones de que Aguilar fue cooptado por los servicios de inteligencia nazi y de los mismos japoneses, no es posible comprobarlo solamente con las fuentes de contraespionaje de Estados Unidos, pero tampoco se puede negar de manera absoluta, debido al carácter personal y la ambición que el diplomático mexicano demostró a lo largo de su presencia en el servicio exterior mexicano. Con esos atributos no hubiera sido muy difícil convencerlo para operar a favor de Japón, como lo hicieron otros altos funcionarios mexicanos, por ejemplo Francisco J. Múgica e incluso otros militares, como el general Juan Barragán.


  1. Juan Alberto Cedillo. Los nazis en México. La Operación Pastorius y nuevas revelaciones de la infiltración al sistema político, Penguin Random House, 2013, pp. 69-72.
  2. Archivo Histórico Diplomático Genaro Estrada (AHD-AHGE). “Borrador de Cartas credenciales del Ministro Manuel Pérez Romero”, 5 de febrero de 1916, expediente L-E-1032, folio 56.
  3. AHD-AHGE. “Oficio de Carlos Téllez al Secretario de Relaciones Exteriores”, 20 de marzo de 1916, L-E-1032, folio 81.
  4. Idem.
  5. AHD-AHGE. “Oficio de Carlos Téllez al Secretario de Relaciones Exteriores”, 27 de marzo de 1916, expediente L-E-1032, folio 87.
  6. AHD-AHGE. “カランサ政府代表者. ロメロ氏再び渡来. Chuo Shinbum”, 22 de marzo de 1916, L-E-1032, folio 89.
  7. AHD-AHGE. “Oficio de Manuel Pérez Romero a Cándido Aguilar”, 16 de mayo de 1916, L-E-1032, folio 115.
  8. AHD-AHGE. “Oficio de Manuel Pérez Romero a Secretario de Relaciones Exteriores”, 31 de mayo de 1916, L-E-1032, folio 123.
  9. “El Encargado de negocios del Japón Ofrecerá un Banquete”, El Pueblo, 22 de abril de 1916, p. 1.
  10. AHD-AHGE. “Oficio de Manuel Pérez Romero a Secretario encargado del despacho de Relaciones Exteriores”, 14 de abril de 1916, expediente L-E-1032, folio 108.
  11. AHD-AHGE. “Memorándum”, 29 de junio de 1916, expediente L-E-1032, folio 125.
  12. “Nuestro Ministro en Japón, recibido por el Emperador”, El Pueblo, 19 de octubre de 1917, p. 1.
  13. Véase Carlos Uscanga. “La Armada Imperial japonesa en México: ¿búsqueda de una alianza militar o despliegue de estrategias geopolíticas”, Estudios de Asia y África, vol. 56, núm. 3, 2021, pp. 560-570.
  14. AHD-AHGE. “Comunicación de Manuel Téllez a Secretario encargado del despacho de Relaciones Exteriores”, s/f, expediente 17-8-288, folio 2.
  15. AHD-AHGE. “Comunicación de Cándido Aguilar a Manuel Téllez”, 11 de abril de 1916, 17-8-288, folio 6.
  16. Barbara W. Tuchman. The Zimmerman Telegram: America enters the War, 1917-1918, Random House, 2014, pp. 153-167.
  17. Centros de Estudios de Historia de México (CEHM). “Carta de Manuel Pérez Romero a Venustiano Carranza”, 16 de julio de 1916, Fondo XXI, Legajo 9847, Carpeta 88.
  18. CEHM. “Comunicación de Manuel Pérez Romero al Subsecretario de Relaciones Exteriores: Exportación de Acero a Japón”, 22 de noviembre de 1917, Fondo XXI, Legajo 13497, Carpeta 119.
  19. “Declaraciones de nuestro cónsul en la C. de Nueva York”, El Demócrata, 3 de octubre de 1917, p. 1.
  20. “El vice Cónsul, Jesús Martínez, fue sentenciado por violación de la Ley de Reclutamiento”, El Pueblo, 4 de noviembre de 1917, p. 4.
  21. “A Remoción del Señor Juan T. Burns, como cónsul de Nueva York”, El Pueblo, 14 de noviembre de 1918, p. 1.
  22. AHD-AHGE. “Juan T. Burns. Antecedentes”, s/f, expediente 1-16-29 (II), folios 35 y 36.
  23. “La Comisión mexicana se dirige al Japón desde la Capital”, El Heraldo de México, 17 de enero de 1918, pp. 1 y 6.
  24. AHD-AHGE, “Jerome S. Hess al cónsul general Ramón P. Denegri”, 20 de junio de 1920, expediente 1-16-29 (II), folio 206.
  25. “Fue detenido por un barco de guerra inglés el vapor en el que viajaba nuestro cónsul en Hamburgo”, El Pueblo, 11 de enero de 1918, p. 1.
  26. AHD-AHGE, “Mensaje de Pérez Romero a Secretario de Relaciones Exteriores”, 11 de febrero de 1918, expediente 1-16-29 (II), folio 102.
  27. “Una Misión diplomática mexicana que va al Japón”, El Imparcial de Texas, 17 de enero de 1918, p. 1.
  28. AHD-AHGE, “Mensaje de Pérez Romero a Secretario de Relaciones Exteriores”, 18 de febrero de 1918,1-16-29 (II), folio 105.
  29. “Mensaje de José Pinal y Blanco al encargado del Despacho de Relaciones Exteriores”, 9 de mayo de 1917, expediente 4-20-13 (II), folio 229.
  30. AHD-AHGE, “Memorándum”, 23 de abril de 1919, 4-20-13 (I), folio 133.
  31. Ibidem, folio 108.
  32. AHD-AHGE. “Mensaje de Juan B. Rojo a Hilario Medina Secretario de Relaciones Exteriores”, 29 de marzo de 1920, expediente 5-4-13, folio 227.
  33. AHD-AHGE. “Mensaje de Archivaldo Burns a Secretario de Relaciones Exteriores”, 14 de marzo de 1918, expediente 1-16-29 (II), folio 126.
  34. AHD-AHGE. “Telegrama”, 16 de febrero de 1918, expediente 1-16-29 (II), folio 103.
  35. AHD-AHGE. “Mensaje de Manuel Téllez a Secretario de Relaciones Exteriores”, 27 de mayo de 1918, 1-16-29 (II), folio 135.
  36. AHD-AHGE. “Telegrama”, 16 de febrero de 1918, expediente 1-16-29 (II), folio 103.
  37. AHD-AHGE. “Nombramiento de Juan T. Burns como Cónsul general comisionado en el Japón”, 15 de octubre de 1919, 1-16-29 (II), folio 178.
  38. AHD-AHGE. “Memorándum”, 18 de febrero de 1930, 1-16-29 (II), folio 194.
  39. AHD-AHGE. “Carta de Juan B. Rojo a la Secretaría de Relaciones Exteriores”, 29 de marzo de 1920, expediente 5-4-13, folio 225.
  40. AHD-AHGE. “Mensaje de Juan T. Burns a Secretario de Relaciones Exteriores”, 19 de octubre de 1925, expediente 1-16-29 (II), folio 220.
  41. AHD-AHGE. “Mensaje de Manuel Pérez Romero a Secretario de Relaciones Exteriores”, s/f, 1-16-29 (II), folio 111.
  42. AHD-AHGE. “Asunto Casa F, Vera y Cía.”, s/f, expediente 1-16-29 (II), folio 113.
  43. AHD-AHGE. “Telegrama de Cándido Aguilar a la Legación de México en Japón”, 27 de marzo de 1918, expediente 4-20-13 (I), folio 145.
  44. Mario Aoyama Kosaka. “Denuncia de la Convención para el libre ejercicio de las profesiones de México, farmacéutico, dentista, partero y veterinario, celebrada entre México y Japón”, México Shimpo, 25 de octubre de 1930, p. 1.
  45. AHD-AHGE. “Comunicación de Manuel Pérez Romero al subsecretario de Relaciones Exteriores”, 21 de enero de 1918, expediente L-E-1032, folio 189.
  46. “Al Japón desea mandar Carranza su dinero”, La Prensa, 13 de marzo de 1918, p. 1.
  47. “El Ministro Mexicano en el Japón llamado a México”, Evolución, 18 de junio de 1919, p. 1.
  48. “Carranza nombrará su nuevo Embajador en los Estados Unidos”, El Heraldo de México, 9 de octubre de 1919, p. 1.
  49. “Irá a México el Ministro en el Japón y se dice no regresará más”, La Prensa, 15 de agosto de 1919, p. 1.
  50. AHD-AHGE. “Memorándum”, 15 de agosto de 1924, expediente 18-370 (I), folio 144.
  51. AHD-AHGE. “Notificación de Luis Rubalcava a Secretario de Relaciones Exteriores”, 15 de marzo de 1924, expediente L-E-435 (II), folio 90.
  52. AHD-AHGE. “Notificación de Eduardo Hay a Secretario de Relaciones Exteriores”, 4 de julio de 1924, L-E 435 (II), folio 103.
  53. AHD-AHGE. “Banquete ofrecido por la Asociación Pan-Pacific”, 4 de julio de 1924, expediente L-E-435 (II), folios 102-103.
  54. AHD-AHGE. “Banquete ofrecido por la Sociedad Japonesa de la América Latina”, 2 de julio de 1924, expediente L-E-435 (II), folios 107-109.
  55. Ibidem, folio 109.
  56. AHD-AHGE. “Extracto”, 2 de julio de 1924, L-E-435 (II), folio 126.
  57. AHD-AHGE. “Relación de las cantidades”, 29 de septiembre de 1924, expediente L-E-435 (II), folios 138-141.
  58. AHD-AHGE. “Carta de Eduardo Hay al Presidente Álvaro Obregón”, 29 de septiembre de 1924, L-E-435 (II), folio 136.
  59. Entre 1922 y 1923 el precio de venta, en función del terreno, oscilaba entre los 2 a 6.55 pesos oro por metro cuadrado; se podía pagar a plazos sin intereses con un anticipo del 20 por ciento con mensualidades a 5 años. Véase María del Carmen Collado Herrera. “Chapultepec Heights: un negocio urbano en la ciudad de México posrevolucionaria”, Antropología, núm. 72, 2003, pp. 42-51.
  60. AHD-AHGE. “Telegrama de la SRE a Eduardo Hay”, 2 de diciembre de 1924, expediente L-E-437 (IV), folios 111 y 112.
  61. AHD-AHGE. “Mensaje del departamento diplomático a Eduardo Hay”, 22 de diciembre de 1924, expediente L-E- 437 (IV), folio 122.
  62. AHD-AHGE. “Mensaje de Eduardo Hay al Secretario de Relaciones Exteriores”, 21 de enero de 1925, L-E- 437 (IV), folio 132.
  63. AHD-AHGE. “Oficio de Carlos Téllez al Secretario de Relaciones Exteriores”, 27 de marzo de 1916, expediente L-E-1032, folio 87.
  64. “Llegada del Ministro General Aguilar a Japón”, Nippu Jiji, 12 de febrero de 1935, p. 1.
  65. “Arriba el nuevo enviado Ministro general Francisco Aguilar”, Yomiuri shinbum, 22 de Febrero de 1935, p. 2.
  66. “Mexican Minister Tells Flight plan”, The Japan Advertiser, 7 de marzo de 1936, p. 1.
  67. Ibidem.
  68. AHD-AHGE, “Proyecto de viaje en avión por el Ministro de México”, 9 de mayo de 1936, expediente III/313.1(52-0)/ 1, folio 3.
  69. Japan Center for Asian Historical Records (JACAR). “Comunicación de Francisco J. Aguilar a Arita Hachirō”, 10 de abril de 1936, Ref. B10074802000, folios 422-423.
  70. JACAR. “Comunicación del Ministerio de Asuntos Extranjeros a Francisco J. Aguilar”, 11 de mayo de 1936, Ref. B10074802000, folio 429.
  71. AHD-AHGE. “Oficio para Eduardo Hay, Secretario de Relaciones Exteriores, 16 de mayo de 1936, expediente III/313.1(52-0)/ 1, folios 5-11.
  72. JACAR. “Comunicación de Francisco J. Aguilar al Ministerio de Asuntos Extranjeros”, 27 de mayo de 1936, Ref. B10074802000, folio 443.
  73. JACAR. “Comunicación del Ministerio de Asuntos Extranjeros a Francisco J. Aguilar”, 13 de julio de 1936, Ref. B10074802000, folio 453.
  74. JACAR. “Comunicación del Ministerio de Asuntos Extranjeros a Francisco J. Aguilar”, 6 de julio de 1936, Ref. B10074802000, folio 465.
  75. Jorge Carrera Andrade. “Gomenasai: tres años en el Japón”, AFESE, núm. 11, 1987, p. 9.
  76. JACAR. “Comunicación de Francisco J. Aguilar al Ministerio de Asuntos Extranjeros”, 11 de junio de 1936, Ref. B10074802000, folio 449.
  77. “Mexican Flier in Air Crash”, The New World Sun Daily, 8 de julio de 1936, p. 1.
  78. “Mexican Flier, son hurt in Japan Crash”,The Nippu Jiji, 7 de julio de 1936, p. 1.
  79. “Revelaciones en la venta de aeroplanos a México por una empresa americana”, La Prensa, 12 de septiembre de 1934, p. 2.
  80. Martín Houseman. “No es un asunto de ópera cómica”, El Informador, 16 de diciembre de 1958, p. 1.
  81. Juan Villoro. “La maleta perdida”, El Periódico, 25 de julio de 2008. Consultado en https://www.elperiodico.com/es/actualidad/20080725/juan-villoro-relata-hallazgo-siete-7202.
  82. “Mexican Minister to Japan Plans London”, Tokyo Hop in Spring, 21 de octubre de 1936, p. 1.
  83. Tamotsu Murayama. “Interviews The Mexican Minister”, The New World-Sun Daily, 1 de octubre de 1938, p. 1.
  84. AHD-AHGE. “Informe Especial Reservado”, 27 de junio de 1936, expediente L-E-2-334, folios 154-155.
  85. AHD-AHGE. “Informe Especial Reservado”, op. cit., folio 158.
  86. Ibidem, folio 159.
  87. Ibidem, folio 160.
  88. “El panorama social del lejano Japón”, El Nacional, 8 de julio de 1937, p. 5.
  89. “Mexican Envoy to Japan is Honored”, The Nippu Fiji, 13 de septiembre de 1938, p. 1.
  90. “Mexican Envoy Recalled Home”, The New World-Sun Daily, 14 de septiembre de 1938, p. 1.
  91. “No irán a nuestro país los colonos japoneses”, Época, 2 de noviembre de 1919, p. 1.


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