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Género, ambiente y feminismos

Perspectivas plurales desde mujeres diversas

Edith Carolina Pineda Pinzón

Introducción

Género y ambiente constituyen dos campos de estudio ampliamente desarrollados por diversos sectores académicos, sociales e institucionales. Ahora bien, su articulación ha despertado gran interés en las ciencias sociales durante los últimos años. Desde distintas disciplinas se han abordado cuestiones relativas a: las maneras de habitar y transformar el espacio desde los distintos géneros; los efectos que los proyectos de desarrollo generan sobre los cuerpos de las mujeres, las familias, los territorios o las comunidades; el lugar que ocupan las mujeres en los conflictos socioambientales y las afectaciones diferenciadas sobre las mujeres de problemáticas globales como el cambio climático. Estos abordajes han configurado un campo de reflexión autónomo en el cual se han propuesto marcos teóricos y enfoques diversos que retoman debates sobre el desarrollo, las desigualdades, la acción colectiva o los derechos.

Igualmente son numerosas las experiencias sociales de denuncia, movilización e incidencia en las definiciones de las agendas de los organismos supranacionales y en la construcción de políticas públicas locales y regionales que se apoyan en esta articulación. Los Estados tienden cada vez más a convocar la participación de distintos sectores para la formulación e implementación de programas y políticas dirigidas al logro de la igualdad de género en todos los ámbitos de acción institucional, incluyendo la gestión ambiental. De hecho, dicha igualdad se ha convertido en uno de los principios presentes en los procesos legislativos y de formulación de políticas ambientales como explicita la Ley 27621 de 2021 “Ley Para La Implementación de la Educación Ambiental Integral en La República Argentina” y su correspondiente formulación del documento de “Estrategias para la Educación Ambiental Integral en la República Argentina (ENEAI, 2021)[1].

De acuerdo a Ley 27621, la educación ambiental entendida como proceso permanente, integral y transversal, debe estar fundamentada, entre otros, en el: “Principio de igualdad desde el enfoque de género: debe contemplar en su implementación la inclusión en los análisis ambientales y ecológicos provenientes de las corrientes teóricas de los ecofeminismos” (Honorable Congreso de la Nación Argentina, 2021). La formulación de este principio resalta la existencia de diversas corrientes teóricas que aportan en el análisis de la relación género y ambiente.

En este texto consideramos al género como una categoría de análisis fundamental para comprender las relaciones de poder en distintos contextos. En ese marco, los feminismos aportan miradas críticas, éticas y políticas que propenden por la transformación estructural de dichas relaciones. Las perspectivas feministas acotadas a las relaciones sociedad/naturaleza configuran los denominados ecofeminismos. La producción de conocimiento desde los feminismos ha ido de la mano con los procesos de acción colectiva de defensa de los bienes naturales, especialmente en América Latina. Academia y acción social se entretejen y retroalimentan; se trata de la acción y reflexión de mujeres con diversas historias de vida, perspectivas y trayectorias. Mujeres académicas, activistas, indígenas, campesinas, docentes, etc., posicionaron la necesidad de pensar y comprender las problemáticas ambientales integrando un enfoque de género, es decir, analizando las maneras como se presentan violencias, discriminaciones, desigualdades y afectaciones diferenciadas a partir de valoraciones dicotómicas de lo femenino y masculino.

En este capítulo abordaremos algunos elementos de reflexión sobre la relación entre género y ambiente desde los ecofeminismos desarrollados en la región. En los siguientes apartados presentamos elementos generales sobre el género y ambiente como campo de estudio a partir de las dos dimensiones enunciadas: a) el desarrollo de marcos teóricos ecofeministas que permiten centrar preguntas y perspectivas para el análisis de la relación entre género y ambiente; b) la acción colectiva y el protagonismo de las mujeres en conflictos socioambientales en la región y su relación con la construcción de marcos de análisis desde denominados feminismos comunitarios y populares.

Relaciones de género y feminismos: una introducción

En este apartado queremos situar algunos elementos en torno al género y los estudios feministas que nos permiten hilar los principales debates de los ecofeminismos en la región. En primer lugar, abordamos el género como categoría de análisis y las implicaciones ético-políticas de los planteamientos feministas. A partir de estos elementos, en un segundo momento presentamos los aportes feministas a la configuración de la relación entre género y ambiente como un campo de estudio autónomo. Finalmente, nos detenemos en los ecofeminismos.

El género es una categoría compleja que se ha construido desde la academia para abordar cuestionamientos centrales sobre las relaciones de poder que se sustentan múltiples desigualdades (Lagarde, 1996). Siguiendo a Scott, la categoría de género “nos obliga a historizar las formas en las cuales el sexo y la diferencia sexual han sido concebidos” (Scott, 2011, p. 100). En tal sentido, aquí nos proponemos abordarla fundamentalmente como pregunta abierta sobre cómo se establecen los significados de lo femenino y lo masculino y cómo se reproducen lógicas de violencia y discriminación que agudizan desigualdades. El género como categoría de análisis nos permite centrar la atención en la manera como se producen, reproducen o modifican las relaciones de poder entre sexos, cuestionando la permanencia de un discurso hegemónico de la modernidad occidental basado en la exclusión, opresión e inferiorización de lo femenino (Lagarde, 1996; Puleo, 2000).

Por su parte, el análisis de estas relaciones desde los estudios feministas se caracteriza por estar animado por una ética y una filosofía política que necesariamente incluye el abordaje crítico sobre el poder entre los sexos y la denuncia de la exclusión e inferiorización de las mujeres (Lagarde, 1996; Puleo, 2000). Si bien el género puede abordarse de manera descriptiva, constatando las diferenciaciones y formas sexuadas de la cultura, la perspectiva feminista “contiene de manera explícita una crítica a los aspectos nocivos, destructivos, opresivos y enajenantes que se producen por la organización social basada en la desigualdad, la injusticia y la jerarquización política de las personas basadas en el género” (Lagarde, 1996: 16)

En esa dirección crítica, algunas corrientes de los estudios feministas mostraron las limitaciones de los primeros feminismos o denominados ‘feminismos hegemónicos’ emergidos en Europa y Norteamérica. Los principales vacíos identificados estaban relacionados con la comprensión de las mujeres desde una mirada homogénea de ‘mujer blanca occidental y heterosexual’ (Collins, 2017; Jabardo Velasco, 2008; Lugones, 2008). La ausencia de análisis sobre las desigualdades y violencias vividas por mujeres por ser negras, indígenas, pobres o con diversas elecciones sexuales fue un elemento central para la ampliación de los marcos conceptuales feministas hacia el cruzamiento con análisis de raza, clase o diversidades en la sexualidad.

En los años noventa los movimientos de mujeres negras en Estados Unidos y autoras como Hill Collins y Bell Hooks, cuestionaron la universalización de la categoría de mujer y revisaron las maneras como estaban representadas las mujeres negras en los discursos dominantes y dentro de los mismos feminismos (Jabardo Velasco, 2008, Lozano, 2016). En sentido similar, desde América Latina surgieron críticas hacia los presupuestos de los primeros estudios feministas resaltando la relevancia de asumir los análisis de género desde la heterogeneidad de las mujeres.

En la región, este llamado a considerar la raza dentro de los estudios feministas se nutrió con los análisis sobre la ‘colonialidad del poder’ entendida como categoría que refiere a las relaciones de poder producidas a partir de la de la conquista de América entre fines del siglo XV y principios del siglo XVI, desde la cual se impone una clasificación racial/étnica de la población que opera en todos los ámbitos de la vida social (Lugones, 2008; Mendoza, 2010; Quijano, 2019). La colonialidad configuró “una concepción de la humanidad, según la cual la población del mundo se diferencia en inferiores y superiores, irracionales y racionales, primitivos y civilizados, tradicionales y modernos” (Quijano, 2019: 94)[2].

La atención a la colonialidad desde los estudios feministas ha derivado en un nuevo campo de discusión desde la ‘interseccionalidad’ (Collins, 2017; Lugones, 2008; Mendoza, 2010) en el cual confluye el género con otras dimensiones de la vida social ya mencionadas (raza, orientación sexual) y otras no mencionadas aún (edad, por ejemplo). Los avances de este campo, el de la interseccionalidad, no solo han reforzado una mirada que articula las distintas dimensiones de manera situada, sino que amplía las líneas de reflexión hacia problemáticas de grupos poblaciones subordinados históricamente, poniendo en el centro del análisis las situaciones de opresión que viven las mujeres desde sus diversidades o pertenencias comunitarias. Pensar al género desde la interseccionalidad es fundamental para comprender los desarrollos conceptuales vinculados con las problemáticas ambientales.

Los feminismos, su articulación con el ambiente y los ecofeminismos

Es amplia la literatura sobre los desarrollos conceptuales feministas que se han ocupado de la relación entre género y ambiente. Data de los años sesenta con estudios pioneros en Norteamérica y Europa, que luego se nutrieron desde diversas corrientes y miradas emergentes de América Latina. En la región, el campo creció en los últimos años de la mano de la expansión de acciones colectivas locales y globales de defensa de los bienes naturales articuladas con luchas y reflexiones feministas (Svampa, 2021).

Diana Ojeda aporta una interesante revisión de la genealogía de los estudios sobre la relación género y ambiente, abarcando distintas temáticas y niveles de análisis. Los tres ejes propuestos por la autora nos pueden ser útiles para aproximarnos a la pluralidad de estos desarrollos teóricos: a) naturaleza, cultura y poder; b) ecología política feminista y c) justicia ambiental (2011). Si bien su clasificación no es exhaustiva, tal como advierte la autora, si nos permite aproximarnos a la complejidad de temas y perspectivas implicadas en la relación entre género y ambiente.

Tomando el primer eje configurado por la interrelación entre naturaleza, cultura y poder, Ojeda destaca los trabajos sobre la configuración y jerarquización de dualismos que sustentan la subordinación de la naturaleza, las mujeres y los sujetos colonizados, así como las miradas críticas a la manera en la que las ideologías del progreso y el desarrollo justificaron el abuso de la naturaleza y los estudios sobre la configuración de geografías y cuerpos como sitios de acumulación, mercantilización y recreación (2011). Los cuestionamientos generados alrededor de los dualismos y jerarquías derivados del pensamiento occidental moderno aportan elementos para comprender la naturaleza como una esfera política construida socialmente y las diferentes formas de relacionarse ella como producto de la socialización diferenciada para hombres y mujeres.

Para la autora, un segundo eje lo constituyen los estudios desde la ecología política feminista[3], la cual ha tenido un amplio desarrollo conceptual en los últimos años y especialmente desde América Latina. Desde este eje el análisis se centra en los lugares diferenciados que ocupan los hombres y las mujeres, así como en las relaciones de poder que dan forma al uso, acceso y control de los recursos y las maneras como se generan y reproducen (Ojeda, 2011). En este sentido, se encuentran trabajos sobre el desigual acceso a la tierra, el agua o los alimentos y el vínculo entre movilizaciones basadas en género y en el ambiente desde la cuales se identifican resistencias, estrategias, respuestas o negociaciones en las que las mujeres tienen un papel protagónico.

Finalmente, ubicando la justicia ambiental como un tercer eje, Ojeda delimita los trabajos que se enfocan en la distribución desigual de los beneficios y de los peligros ambientales, los estudios sobre movilizaciones por mejores condiciones ambientales, acceso a bienes esenciales y al “derecho fundamental a permanecer libres de destrucción ambiental” (Ojeda, 2011: 71).

Estos tres ejes nos aproximan a las distintas perspectivas analíticas y metodológicas que se ocupan de la relación entre género y ambiente. Corrientes como los ecofeminismos, la ecología política feminista y la justicia ambiental, presentan diferentes énfasis y anclajes conceptuales que dibujan fronteras disciplinares. Sin embargo, en muchos casos estas diversas perspectivas dialogan desde las preguntas por las relaciones entre cuerpos y territorios, las diversas concepciones de la naturaleza y las críticas a los postulados binarios propios de la modernidad. En general, y con distintas visiones, el análisis feminista de problemáticas ambientales ha permitido la comprensión de las desigualdades de género y la interseccionalidad entre dimensiones como la clase, la raza, la colonialidad como se desarrolla más adelante.

De todas estas corrientes, proponemos profundizar aquí en los denominados ecofeminismos, como corriente pionera en la articulación entre feminismos y ecología, con incidencia y distintas apropiaciones en los estudios de la región. El término ecofeminismo surge en la década de los setenta con el trabajo de la francesa Francoise D´Eaubounne y el encuentro de movimientos sociales de Europa, India y Estados Unidos que cuestionaron los efectos diferenciados de un modelo de dominación y acumulación desmedida. Desde distintas perspectivas, estos movimientos denunciaban la existencia de un modelo económico depredador e insustentable para con el ambiente explicitando las problemáticas presentes en las relaciones entre las personas y con la naturaleza (Herrero, 2015; Migliaro González & Rodríguez Lezica, 2020; Svampa, 2015).

Dentro de los ecofeminismos se inscriben numerosas corrientes que van “desde el feminismo diferencialista o identitario, que naturaliza la relación entre mujer y naturaleza, hasta el ecofeminismo constructivista, que concibe esa relación como una construcción histórico social, ligada a la división sexual del trabajo” (Svampa, 2015: 130). En este crisol de perspectivas se han caracterizado dos líneas principales de los ecofeminismos: esencialista y constructivista (Cavana et al., 2004; Herrero, 2015).

En la línea esencialista se ubican los trabajos de autoras como Vandana Shiva y María Mies[4] que reivindican la tendencia a la preservación de la naturaleza por parte de las mujeres explicada por su capacidad biológica reproductiva y ante los efectos negativos generados por el modelo desarrollista, fundamentalmente patriarcal, que somete y domina a la naturaleza y a las mujeres. Shiva y Mies cuestionan las desigualdades fundamentadas en categorías binarias occidentales “que consideran que la naturaleza es externa y es vista como recurso de cuantificación, extracción, posesión y destrucción asociadas a lo femenino” (Ulloa, 2020: 81). Ante esta naturalización de la relación de las mujeres con la naturaleza y de su papel como cuidadoras, las corrientes constructivistas proponen una correlación entre el lugar protagónico de las mujeres en la defensa de la naturaleza con la asignación de roles y funciones que originan la división sexual del trabajo, la distribución del poder y la propiedad en las sociedades patriarcales (Herrero, 2015, p. 3). En esta corriente se encuentran los trabajo de autoras de distintas trayectorias como Bina Agarwal (1998), Donna J. Haraway (1984), Alicia Puleo (2000, 2002) o Yayo Herrero (2015). Agarwal, por ejemplo, resalta las bases materiales del vínculo entre mujeres y naturaleza caracterizando un ‘ambientalismo feminista’ y señalando una doble dimensión del lugar de las mujeres en virtud del género: como víctima de la degradación ambiental y como agente de protección y regeneración socioambiental (Agarwal, 1998). Por su parte, Donna Haraway (1984, párr. 25) enfatiza la necesidad de comprender la idea de ‘mujer’ como construcción histórica, atravesada por dominaciones de raza, género, sexualidad y clase. Y advierte que esto no implica una unidad esencial de las mujeres, sino que dichas construcciones conceptuales presentan múltiples identidades que parecen contradictorias, parciales, estratégicas o marginadas.

Si bien entre las dos corrientes señaladas, feminismo esencialista y constructivista, hay un acuerdo en la existencia de una mayor participación protagónica de las mujeres en la protección y defensa ambiental, los desencuentros están en la comprensión del vínculo mujeres/naturaleza. Sin duda son relevantes los aportes de las corrientes esencialistas en cuanto los análisis sobre: a) la manera como el pensamiento moderno occidental produce valoraciones dicotómicas desde las cuales naturaleza y mujeres ocupan un lugar subordinado; b) los efectos diferenciados sobre las mujeres generados por la consolidación del modelo de desarrollo capitalista, así como sus violencias y desigualdades; c) la visibilidad y el fortalecimiento de acciones locales y de redes de acción transnacional de defensa.

Ahora bien, más allá de estas contribuciones, nos situamos en los análisis desarrollados desde las perspectivas constructivistas, considerando que nos permiten comprender de manera integral la complejidad de dimensiones culturales, sociales, políticas y económicas que configuran la relación género/ambiente.

Tal como plantea Silvia Federicci, el lugar protagónico de las mujeres en la mayoría de los procesos colectivos de defensa de la tierra y de los bienes naturales se puede explicar en gran medida por una doble condición histórica: por un lado, las mujeres han tenido una mayor responsabilidad en la reproducción de la vida lo cual las ha puesto en mayor relación con el mundo natural (Navarro Trujillo & Composto, 2014). En este sentido y en línea con el ecofeminismo constructivista, el vínculo entre mujeres y naturaleza no sólo está dado por su capacidad de gestar, sino principalmente por la responsabilidad otorgada en la economía familiar para garantizar los alimentos, la medicina y los cuidados. Estas tareas generadas por la división sexual del trabajo han conllevado a la relación particular de las mujeres con la tierra, las semillas, las plantas, el agua o los bosques con los que cuentan en sus territorios y de los cuales se proveen para la preparación de alimentos y el cuidado en general. Aquí consideramos la naturaleza como una construcción discursiva, un ´tópico del discurso público y lugar común’ en palabras de Haraway (2017: 123) una construcción social, como se ha abordado en otros capítulos de este libro. En tal sentido, el vínculo entre mujeres y naturaleza es también un constructo en el cual confluyen valoraciones de lo femenino, epistemologías plurales y relaciones de poder con actores delimitados y disputas concretas en y por los territorios.

Por otro lado, Federecci plantea, como segunda condición histórica, el que las mujeres han tenido menor acceso al ingreso monetario por lo cual acceder a bienes naturales es estratégico para garantizar procesos de subsistencia en situaciones de ajustes estructurales y empobrecimiento (Navarro & Composto, 2014). Asimismo, las mujeres se ven afectadas en mayor medida con la implementación de proyectos de desarrollo (extractivismo o agroindustria, por ejemplo) que limitan o transforman el acceso a recursos esenciales para la satisfacción de necesidades individuales y comunitarias. Ante la amenaza a la salud o la supervivencia, han liderado procesos de recuperación de tierras, la defensa de fuentes hídricas, la conformación de reservorios de semillas y distintas estrategias para oponerse al avance de proyectos o lograr cambios institucionales en relación con los derechos.

Desde distintos lugares, las mujeres han liderado denuncias, protestas y acciones judiciales que en muchos casos articulan escalas locales, nacionales y globales constituyendo redes con otros actores sociales e institucionales, como veremos en los casos referenciados más adelante. A la vez han abierto la reflexión y construido categorías que retoman preguntas por las identidades, las estructuras culturales y las relaciones de poder por las cuales las mujeres se ven afectadas en mayor medida por los proyectos desarrollistas. En este sentido, las mujeres, tanto activistas como académicas han sido agentes fundamentales en la construcción de perspectivas de análisis de las distintas problemáticas ambientales que se retroalimentan y enriquecen con corrientes ecofeministas y feministas de otras geografías.

Mujeres en conflictos socioambientales: algunos casos emblemáticos en la región

De acuerdo con Svampa (2021), los diversos casos de luchas feministas locales han potenciado las acciones y las demandas de poblaciones indígenas, campesinas y movimientos sociales que disputan la expansión de procesos y proyectos de desarrollo extractivistas en territorios específicos (proyectos como minería a cielo abierto, agronegocios, explotación hidrocarburífera o megarepresas[5]. Estos feminismos vinculados con los procesos de luchas territoriales por los bienes de la naturaleza y los territorios han posicionado cuestionamientos estructurales frente a las relaciones patriarcales y coloniales del desarrollo extractivista (Svampa, 2021).

En este sentido, podemos encontrar que gran parte de las disputas por el agua, los bosques, la contaminación ambiental, la defensa de los ecosistemas y los territorios ante proyectos extractivistas han tenido como protagonistas a mujeres campesinas, indígenas y de sectores urbanos populares a lo largo de la región. Si bien las experiencias son innumerables, tomamos algunos casos emblemáticos que nos permiten ilustrar las reflexiones propuestas.

Un caso emblemático es el de las mujeres indígenas del municipio de Cherán en México, quienes en el año 2011 lideraron el levantamiento de la comunidad para defender el bosque, el agua y el territorio ante el avance de la deforestación y violencia. En este proceso las mujeres se enfrentaron a actores armados que talaban el bosque, “esos cuerpos, esas mujeres, encendieron el fuego de una de las historias de insurgencia más trascendentes que han sucedido en México en los últimos años” (Rea, 2022: 142). La tala de los bosques, la presencia de actores armados y de narcotráfico en Cherán alteró la vida de la comunidad en cuanto amenazó su concepción del bosque como espacio común, fuente de vida y de comunalidad. El bosque, además de sus significados culturales y espirituales (espacio de encuentro, lugar heredado ancestralmente, lugar de conexión con los espíritus ancestrales) provee bienes materiales fundamentales como el agua y la energía (leña), en tal sentido: “los árboles son la garantía de la proliferación del resto de seres animales y vegetales, de la cohesión de la tierra, de la atracción del agua en el subsuelo y el cielo, por igual. A sus pies, bajo su sombra, entre sus raíces y en sus troncos, la vida se recrea y encuentra sustento” (Alvarado Pizaña, 2018: 145).

Desde esta comprensión del bosque, la tala acompañada por la presencia de actores armados y lógicas de narcotráfico afectaban a las mujeres amenazando el acceso a bienes básicos para la reproducción de la vida, la salud y la seguridad de la comunidad. Las mujeres se ven más afectadas en cuanto “son (…) quienes sustancialmente organizan las economías de sustento, la mayoría de las veces sin acceso a un ingreso y porque están situadas en la primera línea de defensa de la vida, por su relación más próxima a los medios de subsistencia” (Navarro Trujillo, 2019:. 25). Ellas fueron las primeras en llamar al levantamiento contra los actores externos que alteraban sus vidas y lideraron un proceso que logró fortalecer la organización comunitaria, el tejido social, el sistema de gobierno propio y fundamentalmente el lugar de las mujeres en los procesos de gestión del territorio (Alvarado Pizaña, 2018; Parra García & López Nájera, 2020, Redies, 2018).

Un segundo caso a señalar es el de Berta Cáceres, mujer indígena del pueblo Lenca en Honduras, quien lideró la oposición al proyecto hidroeléctrico de Agua Zarca a implementar en el territorio de la comunidad, denunciando la afectación que estos proyectos generaban sobre los ríos y la vida de las comunidades (Homand, 2016; Parodi et al., 2022). La lucha de Berta Cáceres constituye también un referente central de la acción de las mujeres en el marco de conflictos socioambientales, obteniendo reconocimiento internacional por su trabajo de defensa de derechos humanos, como es el caso del ‘premio Goldman’ o conocido también como ‘Nóbel medioambiental’ otorgado en el año 2015. Berta además planteó constantemente el respeto por las diversas elecciones en la sexualidad, la defensa de derechos y necesidad de avanzar hacia la participación de las mujeres en los espacios de decisión y organización comunitaria (García Rojo, 2018) y “a través de su historia se hizo más visible el rol político de las Defensoras en los territorios” (Parodi et al., 2022: 10). Ante la criminalización por parte de las instituciones y las amenazas constantes de actores paramilitares, Berta acudió a medidas cautelares por parte de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) para que el Estado le garantizara protección. Sin embargo, fue asesinada en el año 2016 por su labor como defensora del agua, los territorios y los derechos de las comunidades indígenas.

Berta denunciaba que las afectaciones de los proyectos hidroeléctricos sobre las comunidades implicaban disputas por la tierra, reconocimiento de derechos ancestrales de las comunidades indígenas y respeto al derecho a consulta reconocido por los marcos normativos internacionales. Represar el río implicaba una limitación en el acceso al agua para la producción y la vida de las comunidades. Por otro lado, la implementación de estos proyectos afectaba los vínculos culturales y espirituales construidos por la comunidad como parte de su identidad y lazos colectivos.

Berta profundizó en el análisis de las problemáticas ambientales. Las acciones emprendidas a lo largo de su vida por la defensa de los territorios y particularmente de los ríos, se fundamentó en el cuestionamiento permanente de las desigualdades y afectaciones generadas por los proyectos desarrollistas sobre las comunidades. También sus narrativas situaban su relación con la naturaleza desde la espiritualidad; sin embargo, sus análisis, más que un discurso ideológico de vínculo esencial con la naturaleza, dan cuenta de la integración de dimensiones culturales y la construcción de un sentido de lo comunitario que fundamenta las estrategias de acción y denuncia socioambientales. Con frases como ‘me lo dijo el río’ para indicar la existencia de una comunicación con la naturaleza, Berta recreaba un vínculo espiritual-colectivo con el territorio que está en la base de la supervivencia física y cultural de la comunidad indígena. A su vez, en los discursos de Berta se puede ver la denuncia de desigualdades derivadas de la división sexual del trabajo y la asignación de roles de género dentro de la vida colectiva, desigualdades expresadas en la sexualidad y la lucha por la soberanía también de los propios cuerpos de las mujeres (Cáceres et al., 2021).

El caso de Berta Cáceres nos permite ilustrar la existencia de sistemas de producción de conocimiento generados desde la propia acción y las estrategias comunitarias en el marco de conflictos socioambientales. Berta se posicionó narrativamente en la interseccionalidad entre las relaciones de género, etnia y colonialidad llevando sus análisis a los espacios locales, regionales e internacionales en los cuales participaba.

En tercer lugar, es referente la experiencia del Colectivo Madres del Barrio Ituzaingó Anexo de la Provincia de Córdoba, Argentina. Este colectivo nació en el año 2002 ante afectaciones a la salud derivadas del uso prolongado de insumos químicos industriales. Este caso, al contrario de los anteriormente señalados, se sitúa en un contexto urbano y tiene como principal fundamento la defensa de los derechos a la salud y a un ambiente sano[6]. Las mujeres, con apoyo de distintos sectores, hicieron relevamientos de enfermedades frecuentes y contaminación del agua. Asimismo, lograron que se realizaran análisis epidemiológicos para detectar el nivel de plaguicidas presente en la sangre de infantes, que se elaboraran normativas municipales para declarar emergencia sanitaria en la zona y que se prohibieran las fumigaciones aéreas sobre la zona urbana de la ciudad de Córdoba (Virga & Giannoncelli, 2022).

Las Madres de Ituzaingó en articulación con distintos sectores (académicos y sociales) adelantaron múltiples acciones jurídicas y de movilización social ante los efectos nocivos generados por las fumigaciones, los desechos químicos industriales y la contaminación del agua en la zona (Arancibia, 2020; Rulli, 2009; Virga & Giannoncelli, 2022). Estas acciones conllevaron al reconocimiento nacional e internacional del colectivo de mujeres como referente de la defensa del territorio, la salud y la vida. A partir de esta experiencia se constituyeron espacios de asambleas en contra de la implementación de agroquímicos y su articulación en redes y campañas contra las fumigaciones.

Es central resaltar en este caso la manera como las mujeres lograron generar redes y espacios de confluencia de múltiples actores alrededor de la producción de conocimiento sobre el ambiente y los efectos de la contaminación sobre la salud y la vida comunitaria. A partir de la interlocución con organizaciones, académicos, entidades y otras experiencias territoriales de defensa del ambiente se han generado debates alrededor del carácter de la ciencia, el lugar del conocimiento científico y del diálogo de saberes en el abordaje de conflictos socioambientales. La acción colectiva protagonizada por las mujeres incluyó la movilización de distintos tipos de conocimiento (registros experienciales, estudios ambientales, epidemiológicos y clínicos) que llevó a la conformación de una red de investigadores, científicos y trabajadores de la salud que plantearon cuestionamientos a los discursos de la inocuidad de los agrotóxicos (Arancibia, 2020).

Estos casos no representan la totalidad de estrategias, dinámicas y disputas que podemos encontrar. Los señalamos aquí como una manera de ejemplificar y resaltar algunos elementos de la acción y producción de conocimiento desde mujeres activistas que tienen en común la denuncia a múltiples violencias (colonial, patriarcal, capitalista, ambiental) expresadas a través de afectaciones a la salud, discriminaciones éticas y disputa sobre los territorios. Se trata de acciones destinadas a proteger territorios habitados en los que se generan procesos productivos y de trabajo a través de los cuales las comunidades acceden, usan, se benefician o transforman la naturaleza. En este sentido, la participación protagónica de las mujeres en los conflictos socioambientales rurales o urbanos está vinculada con la resolución de necesidades materiales, culturales y espirituales. A la vez, estas experiencias han sido fundamentales en la ampliación de marcos conceptuales para comprender la relación género y ambiente desde perspectivas situadas y multiescalares.

Sin duda, los estudios feministas regionales sobre género y ambiente se encuentran en permanente construcción a partir de la interlocución entre acción y reflexión, entre activismo y academia; “en constante cambio y renovación, en una construcción continua y abierta, no exenta de contradicciones, precisamente porque responde a nociones de vida, cuerpos y territorios”(Coba et al., 2022: 50) Es así, que los casos descritos y todas aquellas experiencias de acción protagónica de las mujeres en relación con la defensa del ambiente son fundamentales para comprender la emergencia en la región de corrientes como los feminismos ‘populares’ y ‘comunitarios’. Sobre los debates principales de estos feminismos nos referiremos en el siguiente apartado.

Feminismos populares y comunitarios

En los últimos años se han desarrollado en la región perspectivas que abordan la relación entre feminismos y ambiente con énfasis en la diversidad cultural, la colonialidad y la defensa del territorio. Tal es el caso de los denominados feminismos comunitarios y feminismos populares, que, si bien dialogan y se nutren con planteamientos de los ecofeminismos y de distintas trayectorias feministas, se configuran como nuevas perspectivas analíticas. Emergen en los debates y estrategias de acción colectiva local, como los descritos en el apartado anterior. Dan cuenta de las desigualdades que viven las mujeres indígenas, campesinas o de sectores urbanos, de la construcción de distintas territorialidades y concepciones sobre la naturaleza y de los impactos de género que tienen los proyectos de desarrollo implementados en los territorios.

La noción de feminismos ‘comunitarios’ fue posicionada por mujeres indígenas como una manera de resignificar los planteamientos feministas desde la identidad indígena. En este sentido se plantea un cuestionamiento a aquellas primeras corrientes feministas que universalizaron una idea de mujer blanca, occidental. Como referentes de este feminismo podemos citar a las bolivianas Julieta Paredes y Adriana Guzmán, así como a Lorena Cabnal y Lolita Chávez en Guatemala. Se trata de un corriente de pensamiento que, dentro de los feminismos, construye sus propios análisis, propuestas y conceptualizaciones para denunciar las maneras como las mujeres sostienen sobre los cuerpos y sobre sus vidas toda la carga del ‘sistema patriarcal’, entendido éste como “el sistema de todas las opresiones, todas las explotaciones, todas las violencias y discriminaciones que vive toda la humanidad y la naturaleza” (Paredes, 2012: 197).

Desde esta corriente, las luchas colectivas por los territorios se deben plantear desde el cuerpo de las mujeres, esto es, desde el ser mujer desde la comunidad y a la vez la construcción de la comunidad desde los cuerpos sexuados (Cabnal & ACSUR-Las Segovias, 2010; Cano, 2017; Paredes, 2010). Los feminismos comunitarios emergen en el activismo de mujeres indígenas ante la implementación de proyectos de desarrollo y se posicionan desde la interseccionalidad entre colonialidad, raza, clase y género, en tal sentido se nutre con postulados de los ecofeminismos constructivistas.

Es un feminismo que busca “reinterpretar las realidades de la vida histórica y cotidiana de las mujeres indígenas, dentro del mundo indígena” (Cabnal & ACSUR-Las Segovias, 2010: 12)e integra las luchas por el respeto de la diversidad y la transformación de las relaciones de poder dentro y fuera de las comunidades. Tal como lo describe Lolita Chávez Ixcaquic, integrante de la Red de Sanadoras Ancestrales del Feminismo Comunitario del pueblo K’iche’s de Guatemala: “Asumimos que somos feministas comunitarias porque lo hemos tejido desde los territorios, desde la sanación y las redes de vida. Nuestras exigencias de justicia y los mecanismos propios de la protección que construimos tienen miradas plurales y diversas”(Parodi et al., 2022: 42).

En estas miradas plurales desde la identidad indígena se encuentran reflexiones alrededor de los conflictos territoriales vinculados con la explotación de la naturaleza a través de proyectos de desarrollo, así como sobre los roles y relaciones de género en los procesos comunitarios. El feminismo comunitario propone revisar y trasformar las concepciones de una ‘naturaleza feminizada’, violentada y explotada históricamente; a la vez, las relaciones actuales -y ancestrales- entre hombres y mujeres al interior de las comunidades y las cosmovisiones, transformando la existencia de un “imaginario heterosexual cosmogónico y una sexualidad normada” al interior de su comunidad. (Cabnal & ACSUR-Las Segovias, 2010). Lo individual no puede escindirse de lo colectivo, convoca a comprender el racismo como una opresión histórica y estructural que ha naturalizado los cuerpos de las mujeres indígenas como racializados y subordinados también al interior de las mismas comunidades (Cabnal & ACSUR-Las Segovias, 2010; Lugones, 2008).

En esta posición está presente la defensa del cuerpo como primer territorio, vinculada a la defensa de la tierra y la naturaleza como territorio fundamental para la vida, de la cual emerge la tríada cuerpo-territorio-tierra, como fundamental para revelar las opresiones históricas que viven los pueblos ancestrales y dentro de ellos de manera particular, tal como afirma Cabal (2010), las que viven las mujeres, en cuanto el cuerpo de mujer solo es posible en la relación con la tierra y el territorio en el cual se dignifica la existencia.

Si bien desde otras corrientes feministas mencionadas se aborda la relación cuerpo/naturaleza/territorio, la perspectiva dada desde los feminismos comunitarios visibiliza las intersecciones con expropiaciones coloniales tanto del cuerpo como del territorio. A la vez, presenta de manera clara el lugar dado al territorio desde la mirada de los pueblos indígenas -espacio que dignifica y permite la vida plena- y sobre todo se plantea como una reflexión y construcción de conocimiento desde el interior de las comunidades. En este sentido, las conceptualizaciones generadas desde el feminismo comunitario se entienden como respuesta a necesidades de las comunidades, tal como lo expresa Julieta Paredes: “una epistemología de la necesidad podríamos decir también. Es decir, para nosotras las teorías han de servirnos, ser útiles, para las luchas contra este sistema de opresiones, sino, son palabras que no sirven” (2012: 196).

Así como el concepto de feminismos comunitarios emerge en las luchas indígenas, podemos referir brevemente también la noción de ‘feminismos populares’ como otra corriente feminista desarrollada en la región. Nace en las acciones colectivas y luchas territoriales desde la reflexión y debates de mujeres activistas en diálogo con feministas de distintas trayectorias que “implican una ampliación de las temáticas de discusión respecto del feminismo liberal clásico, pues se busca debatir sobre tierras, territorios, cuerpos y representaciones” (Svampa, 2015: 129).

Los feminismos populares se vinculan con las experiencias de acción colectiva feminista, urbanas y rurales, que disputan los territorios, la salud y la defensa de los bienes de la naturaleza desde la crítica al modelo de desarrollo capitalista, al patriarcado y a la colonización: “Estamos hablando de feminismos que luchan organizadamente por el socialismo, feminismos revolucionarios y en revolución, que se reconocen como clasistas, y exigen que las fracciones organizadas de la clase obrera asuman la lucha para transformar la opresión patriarcal y colonial” (Korol & Castro, 2016: 20).

En este sentido, se plantean en la misma línea con la propuesta de feminismos comunitarios. Podríamos diferenciarla en cuanto la denominación de lo ‘popular’ abarca a distintos grupos de mujeres, no solo de comunidades indígenas. Por tanto, más que distintas corrientes podemos situar los feminismos comunitarios y populares como aquellos producidos alrededor de experiencias de luchas territoriales de mujeres rurales y urbanas como los descritos en el apartado anterior referido a las acciones colectivas, en los cuales se cruzan análisis derivados de los conceptos de raza, clase y colonialidad descritos a lo largo del capítulo.

Desde estas corrientes -feminismo comunitario y popular-, la diversidad y pluralidad es la clave para comprender la lucha de las mujeres y los avances conceptuales alrededor de la categoría de género y su articulación con el ambiente. La noción de ‘interseccionalidad’ señalado en apartados anteriores, constituye el hilo conductor de las distintas conceptualizaciones, propuestas y acciones, imbricando las demandas denominadas ‘antipatriarcales’ con cuestionamientos a las desigualdades generadas desde el capitalismo y la colonialidad. En este sentido, resaltamos la relación entre academia y movimientos sociales como un escenario que, consecuente con la perspectiva feminista, tiene una base ética política que ha permitido el debate, la reflexión y la construcción de categorías y conceptualizaciones que nos aportan marcos amplios para comprender los conflictos socioambientales en la región. Se trata de una relación que tiene implicaciones éticas, políticas, metodológicas, y epistemológicas anclada en “un proceso reflexivo, de coproducción de conocimiento y de rendición de cuentas entre la academia y la militancia social” (Coba et al., 2022: 63).

Estos distintos feminismos han emergido en los movimientos sociales, en la articulación entre distintos sectores y actores, en el intercambio de experiencias, en el debate de asambleas, en los espacios de formación comunitaria, en las acciones y estrategias adelantadas a lo largo y ancho de la región. Sin embargo, estos feminismos no deben entenderse como ruptura con otras corrientes de los ecofeminismos, “los feminismos populares marchan muchas veces en la misma dirección que otras corrientes del feminismo, nacidas y crecidas en distintas geografías. El diálogo no jerárquico es parte de la propuesta feminista” (Korol & Castro, 2016: 16).

Se trata más de la retroalimentación desde distintos enfoques y experiencias que genera conocimiento ‘útil’ para las acciones de defensa y la construcción de estrategias y propuestas dirigidas a atender necesidades concretas. De acuerdo con estos distintos postulados feministas, las múltiples violencias, discriminaciones y desigualdades que atraviesan a las mujeres (mujeres diferentes, plurales) requieren ser abordadas desde enfoques multidimensionales situados y articulados al activismo generado desde lo local que avance en la transformación de las relaciones sociales y con la naturaleza.

Reflexiones finales

Los apartados anteriores presentaron una mirada general sobre la articulación entre dos campos de estudio y categorías con relevancia en las agendas políticas y sociales actuales: el género y el ambiente. Propusimos comprender esta relación desde los principales debates desarrollados por los estudios feministas, identificando distintas corrientes de pensamiento y señalando una correlación entre la teoría y la acción social. Los feminismos presentados han ampliado el campo sobre género y ambiente posicionando la pluralidad y la diversidad de las mujeres, situando el vínculo de las mujeres con la naturaleza como una construcción cultural derivada de la división sexual del trabajo y la asignación de roles de género. Los aportes de los estudios feministas en general han sido fundamentales para cuestionar la naturalización de relaciones de poder que reproducen desigualdades de género y cómo estas se articulan con las desigualdades ambientales.

Desde las perspectivas feministas presentadas, consideramos que los abordajes sobre género y ambiente no pueden desligarse de la interseccionalidad como enfoque que integra el análisis de la colonialidad, la raza, consideraciones de clase y de diversidad sexual. La interseccionalidad constituye una mirada integral que nos permite hacer énfasis en la coexistencia de múltiples opresiones y violencias sobre las mujeres, así como en la construcción de estrategias de acción colectiva que estén dirigidas a la defensa de la tierra, el territorio y la naturaleza.

Los feminismos comunitarios y populares hacen parte de una línea de pensamiento crítico que articula acción y producción de conocimientos. Desde luchas territoriales locales las mujeres indígenas y campesinas han denunciado las desigualdades y opresiones (dentro y fuera de las comunidades); así como los impactos de las problemáticas ambientales sobre el cuerpo de las mujeres, la vida y el territorio.

Desde los distintos feminismos se ha señalado que la presencia de factores que deterioran el aire, el agua, los suelos o los bosques conlleva afectaciones para la vida de toda la población, pero son las mujeres las que soportan una mayor carga. Esta mayor afectación o carga dentro de los conflictos socioambientales tiene que ver con las responsabilidades culturales asignadas dentro de la economía familiar y del cuidado y las limitaciones que enfrentan en cada caso para resolver necesidades básicas individuales, familiares o comunitarias como el acceso a alimentos, salud, educación e ingresos monetarios.

En los territorios rurales las mujeres han defendido la tierra, el río, o los bosques para garantizar la producción, la reproducción y la permanencia como comunidades; articulando demandas respecto a las violencias que se entretejen por las desigualdades de género. En las zonas urbanas, las mujeres han defendido el aire, el agua, el suelo ante presencia de agroquímicos para garantizar la vida y la salud tanto de ellas como de quienes deben cuidar. Muchas mujeres (activistas, académicas, campesinas, indígenas, jóvenes, madres, docentes, etc.) son protagonistas de acciones colectivas que constituyen estrategias para la defensa de la naturaleza, los territorios, la vida de quienes los habitan; a la vez ponen en evidencia la necesidad de cambios en las relaciones de poder, demandando igualdad y participación real en las decisiones colectivas. Por otra parte, desde distintos escenarios (territoriales, académicos, institucionales) las mujeres han generado conocimientos sobre el territorio, la naturaleza, las relaciones de subordinación y explotación subyacentes en los conflictos ambientales, así como sobre el lugar de las mujeres en las acciones colectivas vinculadas a conflictos socioambientales.

En este sentido, la relación entre academia y la acción colectiva ha tenido momentos de encuentro y desencuentro. Tal vez hayan sido los desencuentros, sobre todo, los que pueden haber conllevado a la necesidad de integración de las corrientes teóricas académicas y las reflexiones que emergen desde las luchas concretas de la región. Es así que academia y activismo han generado una correspondencia que, desde nuestra perspectiva, es importante resaltar y profundizar como un escenario de movilización y diálogo de conocimientos diversos que aportan marcos de análisis para comprender los conflictos socioambientales.

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  1. Este enfoque de las políticas concuerda con los lineamientos de Tratados Internacionales adoptados por el país, tales como la Declaración y Plataforma de acción de Beijing de 1995, el Plan de Acción de género del CDB del año 2008, el Acuerdo de Escazú que entró en vigor en el año 2021, entre otros.
  2. La categoría de colonialidad fue propuesta por el sociólogo peruano Aníbal Quijano (1988, 1992 y 2000).Para Quijano, con la conquista de América se crea la noción de ´raza´ que configura una estructura cultural, una matriz de pensamiento, valores y prácticas que deriva en una posición subalterna de los pueblos colonizados (Quijano, 2019).Para feministas como María Lugones (2008) y Breny Mendoza (2010), los estudios sobre la colonialidad deben integrar la categoría género.
  3. La ecología política feminista se constituye como un campo propio con distintas trayectorias en el marco de la ecología política. Sobre el tema puede consultarse el trabajo de Astrid Ulloa (2020).
  4. Para profundizar en los planteamientos de Vandana Shiva y María Mies puede consultarse, por ejemplo, “La Praxis del ecofeminismo: biotecnología, consumo y reproducción” (1998).
  5. Svampa plantea la idea de ‘giro ecoterritorial’ para referir la potenciación de las luchas tradicionales por la tierra, adelantadas en las últimas décadas por movimientos indígenas, campesinos, ONG ambientalistas, movimientos sociales, redes críticas de intelectuales y expertos. La autora plantea la noción de ‘feminismos ecoterritoriales’ para caracterizar las acciones colectivas desarrolladas en los últimos años en Latinoamérica.
  6. En esta línea hay otras experiencias que muestran que las poblaciones que viven situaciones de pobreza y marginación en los centros urbanos son quienes en mayor medida enfrentan problemáticas de contaminación ambiental con efectos en la salud. A la vez, son las mujeres quienes se ven más afectadas en tanto cuidadoras de quienes enferman, ven deteriorada su propia salud a la par que deben resolver el acceso a alimentos, a educación y a atención sanitaria de la familia con limitaciones socioeconómicas. Se pueden consultar casos como el de la Agrupación Mujeres de Zonas de Sacrificio en Resistencia de Puchuncaví-Quintero” en la zona de Valparaíso en Chile (Carrasco Carreño et al., 2019; Svampa, 2021) o el de la cuenca Matanza-Riachuelo en Buenos Aires ( Marziotta, 2018; Fernández Bouzo, 2018; Svampa, 2021).


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