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Cuando hablan las mujeres

Andrea Rocha

Hoy podemos definir “patriarcado” como un sistema de relaciones sociopolíticas basadas en diferentes instituciones, instaurado por varones para oprimir a las mujeres.

Históricamente, el patriarcado fue parte del sistema dominante en cada comunidad, en cada hogar, en cada rancho; no se puede hablar de cambios cuando hay toda una sociedad “formateada” según este sistema, por costumbre, por culturas.

Como campesina puedo reconocer mis raíces patriarcales; lo que hoy puedo contar enmarca la vida cotidiana, el empoderamiento absoluto del varón, hombre de la casa, patrón, señor.

Evidentemente, cada una de nosotras está atravesada por situaciones de violencias que nos marcan y hasta nos obligan a convivir con este sistema patriarcal que nos sofoca.

Las campesinas pueden convertirse en productoras a muy corta edad; más allá de que nunca fue un trabajo remunerado, no tenían derecho a disponer ni tomar decisiones sobre la venta de la producción, y era el hombre quien decidía qué se compraba con ese dinero, sin tener en cuenta, muchas veces, las necesidades de las mujeres y los niños. El patriarcado en los campesinos se declara con total naturalidad.

Escuchando relatos, se puede ver con claridad cómo las mujeres estaban subordinadas al mando de un hombre, ya fuese padre, abuelo, tío, hermano. Un jornalero salía al amanecer a cumplir con su trabajo en una estancia; volvía al anochecer, mientras que la esposa y los hijos cumplían con los quehaceres de la casa: lavar la ropa, cocinar, dar de comer a los animales, ir al corral y atender a los cabritos, corderos y lechones. Y es que la vida en el campo transcurre así, la rutina que no permite descanso alguno. En tiempos de siembra, se hacía con arado de mansera[1], mientras la mujer y los niños “aventaban”[2] la semilla si era pasto, forraje; si era maíz o zapallo, se sembraba contando pasos para determinar la distancia entre semilla y semilla. Quizá resultaba un trabajo cotidiano y autosustentable para la familia.

Pero, volviendo al lugar que ocupa el patriarcado en nuestras comunidades campesinas, podemos ver quién disponía del dinero de la venta de animales o de algún remanente de lo que se cosechaba. El apunte con que contaba una familia campesina escribe primero: harina, grasa, levadura, yerba, azúcar, etc. Pero para el hombre la prioridad era: tabaco, papel y algún vino en la cantina, que era propiedad del dueño del campo y empleador.

Noches interminables para la esposa e hijos, que esperan para alimentarse y que están esperanzados por una mejor calidad de vida, mientras los vicios e incontrolables derroches que nunca el campesino pudo medir no reconocen el valor del trabajo de una familia que resiste a la miseria y a la violencia.

Un hombre alcohólico y violento, mujer sumisa y obediente, que soporta en silencio cada humillación, cada insulto que va en ascendencia.

No era común hablar de violencia; claro estaba que la manipulación machista declaraba que esta solo era para cuidar, proteger, demostrar autoridad y generar miedo. Esto debía ser aceptado voluntaria u obligatoriamente.

Con el paso del tiempo, cada momento toma sentido, no es fácil reconocer cómo vivieron nuestras abuelas, tías, madres, que con naturalidad resistían la violencia, sosteniendo una familia numerosa, atravesada por muchas necesidades económicas. Pero esto llevó a que hoy en día muchas mujeres tengan sus propios emprendimientos para subsistir.

Hoy se advierte que las mujeres campesinas se posicionan como productoras independientes. Ello les permitió contar con autonomía en su trabajo y disponer de libertad en sus decisiones. El cambio en sus prácticas y en sus modos de autopercibirse favoreció su incorporación en las organizaciones sociales. Esos ámbitos les han permitido no solo contar con espacios para capacitaciones que favorezcan mejoras en sus tareas, sino también participar en encuentros de género y conocer la postura de las mujeres entre el ayer y hoy. La ventaja de estar organizadas y ser parte de cada espacio, la contención en caso de violencias o necesidades legales son el principio organizativo de la ucan[3], que cuenta hoy con un espacio para albergar a mujeres con o sin niños en situación de violencia. Esta casa lleva el nombre “Alicia Castillo” –que fue una referente en la solidaridad y el acompañamiento–, uno de los primeros comedores que hubo en Sebastián Elcano. A pesar de su humildad y de todas las necesidades que atravesaba su familia, Alicia Castillo siempre fue muy activa como mujer, madre luchadora; sabía de la pobreza y la vivía a diario. Cabe destacar que no hay diferencias de religión cuando se trata de ayudar a los demás. Alicia era la esposa de un pastor evangélico, y en el salón de ceremonias no solo asistían los fieles, sino también niños, que iban a merendar, a clase de guitarra, de canto o de percusión, mientras que las mujeres y madres de los niños elaboraban masas y dulces caseros.

La casa refugio está ubicada en Sebastián Elcano, un pueblo de 3.800 habitantes que se encuentra a 170 km aproximadamente de Córdoba capital. El pueblo cuenta con varios dispensarios, una comisaría, una escuela primaria y una secundaria. La principal actividad económica en la localidad es la agricultura, seguida por la ganadería. El acceso norte es por la ruta provincial 21, mientras que el acceso sur es por la ruta 32, que atraviesa el pueblo

Fue ella, Alicia Castillo, quien gestionó para la Unión Campesina del Norte un espacio propio. Es por eso por lo que el día 25 de noviembre de 2020 logramos inaugurar la casa de la mujer campesina “Alicia Castillo”. La casa campesina es un lugar en construcción permanente, siempre hay algo para hacer y aprender. Fue ahí cuando una compañera dijo que ya no serían más jornaleros, sino campesinos y campesinas unidos. “La Unión hace la fuerza”, por lo cual quedó así el nombre de Unión Campesina del Norte. Esta organización fue tratando de organizar a campesinos en cuestiones más comunitarias y, al mismo tiempo, buscaba llegar a una mejor producción de majada (cabras-ovejas).

Es un honor y un compromiso con una gran mujer poder y lograr llevar adelante este espacio. Allí nos capacitamos de manera que podamos acompañar a la mujer que lo necesite, que podamos atender las situaciones de violencia que, en nuestro norte cordobés, se hacen notar cada vez más. Quizá esas violencias estuvieron siempre presentes en cada hogar, pero hoy se visibilizan más. Por otro lado, a pesar del vandalismo y los robos sufridos, nuestra casa sigue funcionando para albergar a mujeres que deben salir de sus hogares hasta que, con asesoramiento legal, puedan lograr una mejor calidad de vida. Hoy contamos con más de veinte mujeres que asisten a trabajar y sentirse parte del espacio.

La pandemia nos encontró con las dificultades que ya venían, pero, de a poco, las mujeres nos habíamos ido dando cuenta de nuestros derechos. Eso nos permitió afrontar la crisis sanitaria tratando de colaborar entre todas. Así nos fuimos percatando de la necesidad de reunirnos y sentirnos parte de un espacio común.


  1. Pieza que tiene el arado en la parte trasera para que el labrador lo dirija.
  2. Echar al viento algo, especialmente los granos que se limpian en la era.
  3. ucan: Unión Campesina del Norte. El nombre fue asignado por una campesina de la Victoria Oeste, hace más de 20 años.


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