Julián Barbieri
No se puede entender hasta el fin El Capital de Marx, y en especial su primer capítulo, sin haber estudiado y entendido toda la Lógica de Hegel. ¡Por consiguiente, ninguno de los marxistas ha entendido a Marx pasado medio siglo!
Lenin, Cuaderno filosóficos
Prefacio a sendos prefacios
“[E]l método dialéctico es el único que marcha, cancelando los supuestos, hasta el principio mismo, a fin de consolidarse allí. Y dicho método empuja poco a poco al ojo del alma, cuando está sumergido realmente en el fango de la ignorancia, y lo eleva a las alturas (…)” (Platón, República).[1] Ascenso dialéctico realizado “(…) con Ideas mismas y por medio de Ideas.” (Ibid., p. 336) [2]
El párrafo citado, perteneciente a la República de Platón, asevera con pompa laudatoria las bondades metódicas del estilo intelectivo del afamado griego. Su rigor conceptual recorre un sendero ascendente alejándose de entidades sensibles en favor de entes ideales y valores de hábitat suprasensible, para hallar en la cumbrera de su escarpado ascender, el espacio inespacial de un fundamento incondicionado y Absoluto (anhypótheton)[3] dispuesto para la contemplación, la “Idea del Bien”.[4] Eidos supremo aportante de “la verdad a las cosas cognoscibles”[5] (fundamento gnoseológico), el “poder de conocer”[6] (fundamento teleológico) y erigiéndose en “artesano” de todo lo que “es”, como ser, “la tierra y el cielo, los dioses y cuanto hay en el cielo y en el Hades bajo tierra”[7] (fundamento ontológico).
Destaco, ad hoc a mi argumentación ulterior, una de las características de aquel Eidos, la aportación de un impulso (“poder”) para encaramarse en esa “marcha” desde lo múltiple y fragmentario hasta la totalidad orgánica y unitaria propia del mundo inteligible presidido, recordemos, por la mentada “Idea del Bien”. ¿Qué es ese “poder”? La “belleza extraordinaria”[8] conforma uno de los excelsos atributos del Absoluto eidético, y como bien lo sentenció Hölderlin, “(…) a menudo los sabios terminan prendados de lo bello”.[9] Por lo expresado, el poderoso prendado ante “lo bello” lo ejerce el “amor”, siendo su impulsivo arrojo aquello que nos hace marchar hacia la Idea suprema aspirando a su conocimiento desde la más supina condición y en reparo de tal carestía.[10]
Pues bien, lo analizado contiene dos conceptos de los que me serviré para justificar mi tratamiento de la Lógica de Hegel, a saber, belleza y amor. Como se sostuvo en la exegesis de sendas obras de Platón, el Absoluto no habita en el amor (siempre menesteroso) sino en la belleza cuando ésta se desarraiga de lo sensible para encomendarse a los arquetipos eidéticos, y en grado sumo al Eidos de los Eidos, la “Idea del Bien”. Claro es, en nuestro caso no ascenderemos al Absoluto, sino que partiremos de su misma geografía ideal expuesta en cada dialectización de la Ciencia de la Lógica. Arquitectura laberíntica que afrentaría el orgullo del mismo Dédalo y que en mi propuesta de tratamiento no pretendo ofrecer transitar, sino solo dejar al lector de este capítulo en su pórtico, al simple fin de seducirlo con el deseo sapiente de conocer su belleza metafísica para así tentarlo a ingresar. Si quien aguarda en su interior tras tal acto temerario es el hijo de Pasífae obligándolos a desistir (o ser devorado), o el mismo Teseo dispuesto a vuestro auxilio, dependerá solo del poder amoroso que haya despertado en el lector con la breve exposición de un petit fragmento de tan vasto sistema filosófico, esto es, los prefacios a la aludida obra del “oscuro” de Núremberg.
La Lógica como episteme del Logos
Prefacio a la primera edición (Núremberg, 1812)
El epígrafe que presenta este capítulo oficia tanto de admonición epistemológica como de prolegómeno teorético al magnum opus de Karl Marx. Por lo primero Vladímir Ilích Uliánov parece seguir el dictum platónico, memorado por Proclo,[11] para los aspirantes a la Academia, advirtiéndoles con una inscripción en el frontispicio del afamado edificio que su ingreso requiere una profusa gnosis de un aspecto de las ciencias formales, la γεωμετρία. Para el ruso, lo geométrico es reemplazado por lo lógico no solo como sermoneo enciclopedista, sino como necesaria propedéutica academicista para entender el diseño racional que vertebra la lógica de das Kapital.[12] Sin embargo, la valía pedagógica de lo segundo amerita una mayor explicación en relación ya no a la obra del materialista sino del idealista, para en simultáneo bien apreciar el interés que despertó en el epígono soviético del materialismo dialéctico.
En el primer párrafo del prefacio a su Ciencia de la Lógica Hegel esboza la problemática que enmarca su labor especulativa. Apremio situacional acaecido en el cuarto de siglo que antecedió a la publicación de la obra mentada (1812), y que describió como el de una “completa transformación” tanto en la “manera de pensar”[13] (revolución copernicana –1781/1787–) como en el grado elevado al que ha arribado la “autoconciencia del espíritu”[14] (conciencia fenomenológica -1807-).[15] Eventos que a pesar de su envergadura filosófica han tenido una “escasa influencia sobre la forma de la lógica”.[16] ¿Por qué? Justamente porque la lógica ha quedado entrampada en su raíz formal, carente de contenido, sin calado metafísico y por tanto sin dimensión ontológica. Si bien las categorías hegelianas son, al igual que las kantianas, “formas puras del pensamiento”, aquellas están grávidas de los modos tanto del pensar como del ser: “Son algo así como pensamientos objetivos que contienen la realidad misma en su esencia necesaria”.[17] Siguiendo a Ernst Bloch, la lógica de Hegel es las veritas ante rem, sin atavíos cósmicos y materiales, pero sirviendo como sistema de condiciones de realidad desde el “reino de las sombras”[18], empero,
[n]o es que estas sombras sean sombras de muertos, como las del Hades de los griegos, posterior a la vida; esto convertiría la lógica, en rigor, en algo aposteriorístico, abstraído a posteriori de la existencia sensible. Haría de las categorías universalia post rent, (…) Hegel, como apriorista que es, enseña sus categorías como un prius lógico del universo y, por tanto, como universalia ante rem o como un Hades inicial y no final. (Bloch, 1983, p 152)[19]
De esta forma la gnoseología (logos del gnoson) deviene en ontología (logos del on), la lógica trascendental (subjetiva) en lógica inmanente (objetiva) y el hiato entre pensamiento y ser en el correlato pensamiento-ser. Se entiende así la apología del revolucionario marxista a la obra de Hegel como prolegómeno comprensivo al capítulo primero[20] del Capital de Marx, al considerar que la Ciencia de lógica brindó el marco metodológico (Dialéctica) y epistemológico (Categorías) que obraron de condición conceptual para la crítica de la economía capitalista.
Ciñéndome ahora a la letra de la propuesta hegeliana, la misma entrelaza un sentido restaurador con otro renovador en relación con el problema de la metafísica como disciplina y necesidad existencial. El primero evocado con nostalgia y enfado, ya que su antigua presencia especulativa fue “(…) totalmente arrancad[a] de raíz y ha desaparecido del conjunto de las ciencias”.[21]
El segundo como un deber de época para una nación, siendo su carencia tan perniciosa como lo serían las pérdidas de sus instituciones jurídico-políticas:
Si es asombroso que, por ejemplo, hayan llegado a ser inservibles para un pueblo su ciencia del derecho, sus principios, sus costumbres morales y virtudes, del mismo modo debe ser no menos asombroso que un pueblo pierda su metafísica, y que el espíritu, que se ocupaba de su esencia pura, ya no tenga una existencia real en él.[22]
El dual citado de la expresión “pueblo” (Volk) en relación a la metafísica indica el sitial de su realidad, la inmanencia socio-histórica en la figura del “Espíritu” (Geist). Claro es, la forma de dicha impregnación sensible de lo metafísico no obedece a una perspectiva sustancialista (dogmática) sino relacionista (dialéctica) acerca de lo real. Relaciones espirituales entreveradas en el microcosmos del espíritu objetivado, a saber, el “Derecho abstracto” (Rechts abstrakt), la “Moralidad” (Moralität) y fundamentalmente la “Eticidad” (Sittlichkeit), donde las nucleares relaciones sociales (“Familia”) junto con las mediadas por intereses económicos e individuales (“Sociedad civil”) y el prius superador-contenedor (“Estado”)[23], conforman el entramado intersubjetivo que hace devenir a una mera agregación de hombres en ciudadanos connacionales. Lo expuesto permite entrever no solo el compromiso con la realidad histórica y nacional que Hegel asigna a la semántica de su Lógica especulativa[24], sino también la consideración sacral teñida de laicidad que infunde a su restauración metafísica,
(…) ya que ésta cumple las funciones que él, de joven, asignaba a la Volksreligion, aunque desde luego depuradas ahora de las efusiones cordiales y sentimentales propias de los escritos de juventud (…) Las comparaciones y metáforas que el Hegel maduro utiliza dejan bien a las claras este revestimiento ‘religioso’ de la metafísica.[25]
Por otro lado, los aspectos doctrinales de la filosofía kantiana (y con mayor énfasis crítico puesto en los kantianos[26]), su talante “exotérico” enemigo del “pensamiento especulativo” merced a la prosternación cognitiva ante el imperativo gnoseológico fundamental, consistente en negar al “intelecto [el ir] más allá de la experiencia”[27], conforman la vanguardia del eclipse de la Razón en favor del entendimiento escindidor y dualista. Sus efectos perniciosos, sin embargo, no se acotan al área sugerida, sino que impregnan la “pedagogía moderna” junto con la “vida pública y privada”[28]/[29] haciendo de la comunidad humana una sociedad de tenderos y mercachifles, cuyo pragmatismo angosta los horizontes de sentido en un más acá individual y autorreferencial.
Volviendo a la quaestio metafísica, la restauración de ésta no implicó un retorno al wolffismo, cuya metafísica general parte de la escisión entre pensamiento y objeto (hiato negado justamente por Hegel mediante su propuesta especulativa de la Lógica, consistente en la identidad pensamiento-ser / sujeto-objeto), sino retomar aquella “transformación” en la “manera de pensar” anunciada con encomio en el primer párrafo del prefación, es decir, la entronización del Idealismo de la identidad, herencia a preservar del verdadero kantismo[30], entiende Hegel. Labor espiritual que demanda en lo funcional una consagración similar a los de los extintos “ermitaños” (eremitas), que vivían “sacrificados por su pueblo” y en desmedro de los bienes terrenos.
Claro es, este tipo de sujeto deberá trocar su objeto de reflexión de lo divino a lo humano, bebiendo para ello del cáliz rebosante de su totalidad[31], es decir, del mundo sociohistórico en su más alta expresión, la comunidad (Gemeinde). Con otras palabras, lo que Hegel persigue con su propuesta es un cambio del sujeto histórico, como también, del contenido de la metafísica, o mejor tal vez, del continente que su viraje deberá asumir como propio del arraigo en lo manifiesto, a saber, el concepto de lo histórico, lo político, lo social, lo religioso, en síntesis, verse en su objetivación. Logrado tal cometido filosófico el χωρισμός (khorismós) de herencia platónica será superado en su hiato dualista, en la escisión entre lo sensible e inteligible, alcanzando así una “una espiritualización de la lógica”.[32]
A pesar de tal propuesta, la época dista del logro de tan alta empresa especulativa, ya que ancla su interés en las luminarias del mundo sensible refrendado por el sensualismo alegre de su consumo acrítico “(…) ahuyentada esta oscuridad, es decir la incolora ocupación del espíritu retraído en sí mismo y que se consideraba a sí mismo”.[33] Este mundo anodino de variopintas coloraciones floreales “(…) entre las cuales, como se sabe, no hay ninguna que sea negra”,[34] no será impugnado en su realidad sino en el olvido de su arché, la cual aborrece la luz diurna en aprecio a la nocturna oscuridad, empero, dicha negación debe ser interpretada como negatividad, y por tanto, como conteniendo en su superación aquello que se niega, ya que lo negado “(…) debe seguir existiendo justamente como apariencia inmediata sin ser suprimido por esa negación esencial; más bien al contrario: queda asumido (aufgehoben) por ella”.[35]
¿Qué decir ahora de la lógica como disciplina, es decir, la lógica formal? En lo que respecta a su lugar en el universo del saber Hegel entiende, no con falta de ironía[36], que se ha superado aquel “prejuicio” didáctico acerca de que “(…) con ella se podía aprender a pensar”.[37] Finalidad entremezclada con el sentido de utilidad, ambos desdeñados por Hegel.
Empero, a efecto mismo de aquella “utilidad formal” que se le endilga ha logrado conservar un espacio disciplinar en el diseño curricular del Gymnasium.[38] Destino aún más indigno que el anterior, sostiene, ya que equivale a dejarla sobrevivir muerta entre las demás ciencias, al yacer entre estas, horras de sentido sociohistórico. Es válido aclarar que su “forma y contenido” siguen siendo el del antaño heleno, pero perviviendo éste “empobrecido” por la tradición que lo preservó durante el medioevo, la escolástica. Si antes ponderó a Kant por su subjetivación del Idealismo, ahora recupera al Aristóteles que tematiza el Ser, la realidad, la ousia, el devenir, las causas y principios, en definitiva, la cuestiones que el estagirita expone formalmente desde el libro Alpha al Nu en su Metafísica. Claro es, sendas figuras deben ser completadas en la grandeza de su pensar dejando “traslucir” en la ontología del presente el “nuevo espíritu” de bicípite semblante: especulativo en lo teorético (Idealismo alemán) y revolucionario en su praxis real (Revolución Francesa). La incomprensión de tal mandato filosófico conduciría al equívoco de pretender reverdecer la hojarasca seca (restaurar el wolffismo), o con mayor absurdo, no comprender que son “(…) hojas secas que caen empujadas por los nuevos brotes, que ya surgen sobre sus raíces”.[39] / [40]
Le roi est mort, vive le roi… El albur ontológico ante el interregno provocado por la muerte de la metafísica dogmática será subsanado con el vitoreo de la monarca sucesora, la metafísica idealista. Antes reconocida en el kantismo, ahora también en su raigambre más berlinesa en la figura de Johann Gottlieb Fichte.[41]
Sus detractores[42]/[43]comienzan a rendir pleitesía a “(…) las nuevas y contrarias representaciones y se las apropiaron (…) aceptando en sus discursos los nuevos modos de representación”[44]. “Discurso” y “representación”, lenguaje y pensamiento, son anudados por Hegel de la siguiente manera, el lenguaje no es un instrumento ni un mero medio al servicio del pensamiento, sino su connatural marcación, el estilo expresivo de la reflexión, el sino de la dialéctica.
Por otro lado, el comienzo de la época idealista parte del final de su propio proceso de fermentación “con que se inicia una creación nueva”.[45] Para Hegel,[46] el trascendentalismo de Kant fue aquel fermento cuyo influjo tuvo un primer calado en el fanatismo subjetivista de Fichte, quien se mostró hostil con “(…) la amplia sistematización del principio anterior”[47]. Beligerancia fichteana que desbordó el ámbito teorético con su vacuo “formalismo” para hacer yacer en la llanura de la praxis real la cimiente intelectual del fanatismo revolucionario en clave jacobina.[48]
Empero, en la crítica a Fiche subyace un doble reconocimiento en cuanto a su labor histórica, a saber: a la manera bestial del “León” nietzscheano en el Zaratustra,[49] la abstracción formalista fichteana hizo tabula rasa frente al pasado dogmático “con fanática hostilidad”, para en simultáneo, “afirmar el principio en su intensidad no desarrollada aún”.[50]
El ímpetu del leonino “yo quiero” Fichte lo expresa con su “yo soy yo”, sin embargo, en Nietzsche las variopintas formas de la metafísica occidental son el objeto de su vilipendio, mientras que en Fichte el problema no radica en la pervivencia de principios metafísicos sino justamente en la necesidad de establecer uno nuevo, absoluto e incondicionado para en simultáneo colocarlo como fundamento de la conciencia teórica como también práctica.[51] Menester epistemológico cuya rúbrica formalista lo hizo menesteroso de absolutez, por lo que Hegel sostendrá que su enmiendo epistémico implicará dinamizar aquel Principium mediante su propio devenir, esto es, hacerlo Ciencia. El Principio principia su desarrollo mostrándose solo como tal al inicio, para continuar principiando todo su despliegue, de ahí que surja la necesidad especulativa de “transformarlo en ciencia[52]”.[53]
Hecho que hace evidente el descuido en el que ha incurrido la filosofía precedente (Wolff y Leibniz, incluso Kant y Fichte), el cual no solo supone una indolencia intelectual sino también epocal, considerando que para nuestro autor la filosofía no es más que la propia época hecha pensamiento. Crítica que lo obligó a postular ciertas precauciones para su empresa ya que,
[l]a filosofía, si tiene que ser ciencia, no puede, como lo he recordado en otro lugar, tomar en préstamo para este fin sus métodos de otra ciencia subordinada, como sería la matemática, ni puede tampoco contentarse con las aserciones categóricas de la intuición interior[54], ni puede servirse del razonamiento fundado sobre la reflexión exterior[55] (ver nota 52).
Métodos que parten de la escisión entre pensamiento y ser, siendo justamente ello lo que se quiere superar mediante su identificación: “Solamente la naturaleza del contenido puede ser la que se mueve en el conocimiento científico, puesto que es al mismo tiempo la propia reflexión del contenido, la que funda y crea su propia determinación”.[56]
En su Lógica, el pensamiento es contenido y el contenido se hace pensamiento en el final del proceso de su propio despliegue, logrando así recuperar lo escindido en una unidad contenedora de los diversos momentos.
A continuación, Hegel presenta escuetamente (y con cierta bondad didáctica, no exenta de dificultades comprensivas…) la silogística que atraviesa la concepción epistémica de su Lógica, la que no con poca obviedad enlaza sistémicamente tres momentos: primero signado por la inmediatez e indiferenciación abstracta, atinente al entendimiento (“intelecto”); el segundo, estadio de la mediación, la diferenciación concreta propio del concebir dialéctico (“razón negativa”)[57]; y finalmente el tercero, donde “la razón es espíritu [razón positiva], que está por encima de los dos, como razón inteligente, o intelecto razonante”,[58] es decir, la creadora de “lo universal, y en el comprende lo particular”.[59] La peregrinación filosófica transita el sendero del entendimiento abstracto, la razón dialéctica y la razón especulativa, desembocando con este último estadio en un tipo de racionalidad que contiene superando, y en simultáneo constituyendo, “las cualidades tanto de la razón dialéctica como del intelecto”.[60] Negatividad que en lo lógico excede los réditos epistemológicos de lo negativo por su carácter contenedor de lo negado, pero simultáneamente preserva el talante dialéctico tanto por mostrarse resolutiva de las contradicciones en una unidad superadora, como también, por preservar el cauce lógico en su devenir si consideramos que lo sintético obra de proemio para una nueva tesis. Tal vez por esta superioridad ante lo intelectivo y dialéctico Hegel afirmó que “la razón es espíritu” por justamente estar por encima de entrambos estadios epistemológicos (“razón inteligente”, entendimiento-afirmativo; “intelecto razonante”, dialéctico-negativo)”.[61] De esta forma, Hegel evita caer en el hiato dicotómico inmediato-mediato, universal abstracto-particular concreto, entendimiento-razón en el que incurre Kant, para destacar entonces su inconmovible unidad en der Geist.
“Este movimiento espiritual, que en su simplicidad se da su determinación y en ésta se da su igualdad consigo mismo, y representa al mismo tiempo el desarrollo inmanente del concepto, es el método absoluto del conocimiento, y al mismo tiempo, el alma inmanente del contenido mismo”.[62] La inmanencia atribuida tanto al despliegue del “concepto” como al “contenido” conocido advierte sobre el tipo de procedimiento en el que obra su Lógica, sin supuestos o teleologías foráneas a su condición de pensar puro. La “Idea absoluta”, su última dialectización, en su misma definición en el enfoque de la Enciclopedia permite comprender dicha condición incondicionada: “(…) en ella no hay ningún pasar ni ningún presuponer, ni hay en general ninguna determinidad que no sea fluida y transparente, es para sí la forma pura del concepto que intuye su contenido como ella misma”.[63] La conversión de la Razón en la “Idea absoluta” ofrece el último término de la gramática hegeliana en la Ciencia de la Lógica, cerrando las articulaciones en su misma idealidad y conformándose como único armazón posible para cualquier realidad posible en tanto posible. Idea creadora anterior a su creación, lo que la posiciona como presupuesto de todo lo creado, a saber, la “Naturaleza” y el “Espíritu”.[64] El enfoque Fenomenológico da cuenta de tal sendero dialéctico, pero invirtiendo las postas de la camina especulativa, ya que se parte de la “Naturaleza” mientras que el “Espíritu” oficia de mediación para, finalmente, arribar a la Ítaca de la experiencia, el “Saber absoluto” (“Lógica”).
La “conciencia”, ahora indica Hegel, será un punto de transformación merced al influjo del movimiento que sobre ella gana su agite por la experiencia: “La conciencia, como espíritu que se manifiesta, y que en su camino se libera de su carácter inmediato y concreto exterior, deviene puro conocimiento que se da por objeto a sí mismo esas puras esencias, tales como están en sí y para sí. Son los pensamientos puros, o sea el espíritu que piensa su propia esencia”.[65] El tránsito de la “certeza sensible” al “saber absoluto”, del universal abstracto al universal concreto, de la onto-génesis a la logo-génesis culmina con el espíritu que es él mismo en su otro, siendo ese otro de sí su “propia esencia”. “Esencia” que conforma el campo semántico esencial y previo de las realidades ónticas (lo atinente a la “naturaleza” y el “espíritu”) y que hace al contenido no objetual de la Ciencia, considerando que no es externo o mera representación (objeto) ya que ésta (la representación) no tiene lugar en el estadio del “saber absoluto”, por justamente haberse consumado la identidad entre pensamiento y ser como epílogo de la alteridad. A su vez, el conocimiento de las “puras esencias” es en el estado de su verdad, esto es, “tales como están en sí y para sí”.
El “en sí” equivale a lo óntico (“Doctrina del Ser”), el “para sí” a lo que está en acto, manifiesto o fenoménico (“Doctrina del Concepto”), mientras que “[l]o esencial queda entonces tácitamente aludido por la conjunción copulativa ‘y’, que une y, a la vez separa, ambos dominios (lo en sí y para sí)” (“Doctrina de la Esencia”).[66] En cuanto al “espíritu” Hegel afirma que “[s]u propio movimiento representa su vida espiritual, y es aquél por cuyo medio se constituye la ciencia, y del cual ésta es la exposición”.[67] El devenir del “espíritu” representa lo subjetivo en el mismo acto de pensar su esencia (propio de lo Lógico), siendo lo objetivo la exposición científica de esa misma “vida espiritual” a partir de sus esencialidades (perteneciente a la Lógica). Ahondando en esta singular y fundamental distinción entre (a) lo Lógico (das Logische) y (b) la Lógica (die Logik) pueden destacarse las siguientes disimilitudes:
- La inherencia entre pensamiento y realidad, escindibles solo por un acto de abstracción racional, donde las categorías no son simples modos merced a los cuales se manifiesta la actividad del entendimiento[68] sino “determinaciones del pensamiento”[69] y por tanto determinaciones de la realidad[70] (efecto de la mentada identidad pensamiento-realidad), hacen a la definición de lo Lógico. De ahí que lo formal propio del pensar y lo estructural atinente a la realidad[71] se consustancien en una unidad como realidad pensante, donde la categoría se define en el hecho lógico de que “(…) autoconciencia y ser son la misma esencia; la misma no en la comparación, sino en y para sí”[72], tal como lo expresa en la Fenomenología. Apotegma de lo Lógico: “lo que es racional es real”[73] y por tanto contenido esencial.
- La Lógica será significada por Hegel de múltiples maneras, a saber: como un instrumento de cariz epistemológico que permite el escrutado de las leyes y principios del pensar puro; como una reflexión especulativa acerca de las categorías de lo real en tanto pensamiento; una investigación acerca del “Ser” en su identidad con el “Pensar” desde sus atributos universales y abstractos. Por lo definido, adviértase, su noción de la Lógica será ontológica por justamente sobrepasar aquella Wissenschaft el campo meramente formal del conocimiento lógico (como ser los juicios, conceptos y principios propios de la lógica matemática o simblica), para entonces abocarse al estudio de las categorías y esencias que actúan como reflejos arquitectónicos de la realidad en su identidad con el pensamiento. Apotegma de la Lógica: “lo que es real es racional”[74] y por tanto cognoscible científicamente.
En cierre sintético entre ambos términos, destaco como distingo esencial lo siguiente: la Lógica es la ciencia de lo Lógico, siendo entonces este último el contenido que la primera debe investigar y articular dialécticamente. Lo Lógico es lo real estructurado por categorías puras, mientras que la Lógica es el sistema orgánico de relaciones dialécticas que permiten la intelección de lo Lógico. La Lógica desentraña intelectualmente el pensamiento inherente en lo real, lo Lógico entraña la inherencia entre pensamiento y realidad.
Prefacio a la segunda edición (Berlín, 1831-1832)[75]
El fechado dual de este segundo prefacio denota la distinción entre redacción y publicación (póstuma), considerando que su escritura (7 de noviembre de 1831)[76] fue prácticamente en la coyuntura mortuoria del autor (14 de noviembre). Por otro lado, el malestar orgánico que lo aquejó desde tiempo atrás se conjugó con la pesadumbre ante su época y el Estado prusiano que solo lo acogió en lo académico (Rector de la Universidad de Berlín desde 1929), no así en la consideración de sus escritos políticos o mismo como publicista del régimen (ver nota 75). Ello permite echar luz interpretativa acerca de la exhortación al alumnado que asiste a sus cursos sobre la necesidad de retirarse al ostracismo teorético y desdeñar las cuestiones políticas de su tiempo, algo que se muestra a contrapelo de su propio dictum: “Por lo que concierne al individuo, cada uno es, sin más, hijo de su tiempo; y, también, la filosofía es el propio tiempo aprehendido con el pensamiento”.[77]
Exhorto que lo obligó, al final de este segundo prefacio, a confesar lo trunco de lo exhortado en su propia persona, casi a modo de disculpas por los yerros humanos del maestro ante sus discípulos, reconociendo que ante la
(…) la magnitud de la tarea, [consagrase a la revisión de su Ciencia] tuvo que darse por satisfecho con lo que pudo hacer, en la situación de una necesidad exterior, de la inevitable distracción debida a la magnitud y la multiplicidad de los intereses de la época e incluso con la duda de que el tumultuoso ruido del día y la ensordecedora locuacidad de la imaginación, que se jacta de limitarse a esto, deje todavía lugar para el interés dirigido hacia la serena calma del conocimiento puramente intelectual.[78]
Volviendo a su pesadumbre, los veinte años que separan la redacción de sendos prefacios estuvieron munidos de acontecimientos que no solo asaltaron su conciencia teórica sino también su sensibilidad humana. Narraré a continuación los principales hechos: la armonía status quista restaurada tras el Congreso de Viena (1815), será chirriada en sus pretensiones absolutistas por una serie de rebeliones sociales (1820 y 1830[79]) que manifestaran lo inacabado y esclerosado del proceso de cambio iniciado por la Revolución francesa (1879); La segunda revolución industrial comienza a poner pie en el continente con su consecuente proceso de pauperización social y desarrollo del maquinismo; En la Prusia de Federico Guillermo III las reformas jurídicas prometidas (1813), consistentes en dotar de una Constitución a su reino, son refrenadas por el mismo Monarca[80]; El nacionalismo evocador de la unidad alemana inspirado en el ideal romántico de la “germanidad” como fundamento de la conciencia nacional, tuvo una primera manifestación nominal en la figura de un enemigo[81] de Hegel, Jakob Friedrich Fries, quien desde las épocas de Jena (1815) se mostró partícipe, e incluso ideólogo, de las nuevas fraternidades estudiantiles (las Burschenschaften) reivindicativas y promotoras de aquella patriotería teutona. De hecho, dos años después (1817) Fries participó activamente en los festejos de Wartburg (Wartburgfest), que incluyeron la quema de libros considerados antipatrióticos (triste antecedente para la posterior quema de libros en la Bebelplatz de Berlín en 1933…), adicionando a su prédica nacionalista el antisemitismo: “(…) esta declaración fue finalmente la gota que colmó el vaso de la paciencia de Hegel. Ya era bastante intolerable que Fries continuara atacando todo lo que Hegel consideraba ser un enfoque ‘científico’ –wissenschaftlich– de las cuestiones sobre religión y moralidad, y que continuase compitiendo con él por la influencia en los círculos filosóficos alemanes”.[82] El hecho excederá la mera antipatía personal e ideológica, considerando que en el mismo año Hegel publicó su Enciclopedia de las ciencias filosófica en compendio (1817), donde atacó el kantismo de Fries por confundir el trascendentalismo con una suerte de psiquismo antropomórfico[83]; en relación de afinidad trágica con esta crispación ideológica que se diseminó en aquella fragmentada región, evocada categorialmente desde la metafísica sociohistórica de la “germanidad”, el pasaje a la praxis por lo políticamente nonato (la sustancia nacional vertida en el cáliz del Estado) comenzó a cosechar sus primeras víctimas: “El 23 de marzo de 1819 fue asesinado el ultrarreaccionario dramaturgo August von Kotzebue”.[84] El hecho luctuoso, cometido por el estudiante Karl Sand (quien será condenado a la decapitación por tal acto -1820-) en afinidad con las ideas nacionalistas de la cofradía estudiantil de las Burschenschaften, generó una reacción por parte del Rey de Prusia (avivada aún más por la prédica reactiva de Metternich, siempre dispuesto a atrasar el reloj de la historia para las vetustas monarquías europeas) despertando en el territorio del reino una “caza de brujas” en su aquelarre natural, las universidades. Designados bajo el mote de “Demagogos” (subversivos en lenguaje reaccionario del siglo XX) los pensadores reformistas (nacionalista y constitucionalista) serán objeto de repulsa por el poder político (los significan como jacobinos alemanes), no así el social, siendo sometidos al escarnio público por profesar ideas que atentan contra el orden restaurado en la figura de la monarquía prusiana. Situación político-académica que afectó a Hegel desde múltiples aristas, destacándose entre ellas el hecho de que uno de sus alumnos en Heidelberg, Gustav Asverus, fue detenido por presuntos lazos (nunca demostrados) con Karl Sand,[85] lo que en concatenación con distintos efectos devenidos de aquella causación original pusieron a Hegel en la mira del Estado policial como un plausible “Demagogo” más. Los decretos de Karlsbad (1819) tradujeron en modo represivo la respuesta del poder ante la coyuntura que lo desafió, haciendo de la coerción, la censura y la persecución académica la nueva legalidad imperante. Desde entonces y hasta su muerte, aquella descripción de la situación de la Universidad alemana en general y la de Berlín en particular dejó de ser la propia de una “flor de invernadero”[86], es decir, protegida de las inclemencias políticas que la circundaban, para paulatina y sostenidamente quedar inmersa su floración intelectual en el invierno de la injerencia y persecución estatal. Jacques D’Hondt bien reseña[87] sumariamente más de treinta hechos de naturaleza sociopolítica que afectaron la vida del filósofo, tanto en lo biográfico como en lo bibliográfico, en los últimos catorce años de su vida (1817-1831). Finalmente, la unilateralidad epistémica-teológica ofendió la sensibilidad teorética del filósofo merced a la pseudo-absolutez que define la pretensión de totalidad de entrambos ámbitos de la cultura humana: “Esta relación entre el pensar y la representación, afectada ésta contradictoriamente de exterioridad -cada ciencia es distinta a otras- y de pretensiones de unicidad -cada ciencia (o régimen político, o confesión religiosa) se tiene por la ciencia-, es justa mente el gran tema del Prólogo (…)”.[88] “Exterioridad” hiperfactualista y “unicidad” dogmática, formalismo positivista y “positividad”[89] sentimentalista conforman la dupla que vicia la relación entre el concepto y su manifestación (pensamiento-representación), de ahí el interés del autor por enmendar tal yerro mediante la elevación del conocimiento al estatus de Wissenschaft.
Adentrándonos ahora en los aspectos filosóficos centrales de este segundo prefacio, destaco como obligado tratamiento primario la relación que establece Hegel entre pensamiento y lenguaje: “Las formas del pensamiento están ante todo expuestas y consignadas en el lenguaje del hombre”.[90] Relacionismo onto-espistémico consistente en atribuir la dimensión denotativa al pensamiento dejando la connotativa al lenguaje, es decir, el pensamiento anuncia al lenguaje mientras que éste revela apelativamente al pensamiento. Invirtiendo el curso del primer sendero que propone al fin de comprender el vínculo entre pensamiento y lenguaje afirmó, escasos renglones más adelante, lo siguiente: “(…) lo que el hombre convierte en lenguaje y expresa con él, contiene escondida, mezclada o elaborada una categoría”.[91] Lo expresado niega la distinción, de antigua prosapia filosófica, entre dos partes del discurso, esto es, “categoremático” y “sincategoremático”, tal como, entre otros, lo explicó Guillermo de Ockham: “Los términos categoremáticos tienen una significación definida y segura, así como el nombre ‘hombre’ significa todos los hombres y este nombre ‘animal’ todos los animales (…) Pero los términos sincategoremáticos -tales como ‘cada’, ‘ninguno’, ‘alguien’, ‘todo’, ‘además’, ‘sólo’, ‘en tanto’ y los de este estilo- no tienen significación definida y segura, ni significan cosas distintas de las cosas significadas por los categoremáticos”.[92] En oposición al planteo ockhaniano Hegel consideró al lenguaje únicamente como categoremático por encontrarse ontológicamente entreverado con lo lógico, “(…) formando algo así como una doble hélice de pensamiento abajado a lenguaje y de representaciones lingüísticas peraltadas a determinaciones lógicas”.[93] Una extensión crítica al ámbito teológico, ensayada en el anterior párrafo de este escrito desde el concepto de “positividad” (ver nota 89 y su correspondencia en el cuerpo del texto), permite vislumbrar su cuestionamiento al Ancien Régime del entendimiento desde el asalto a su Bastilla formalista, la lógica formal. En ella se aquerencia el dualismo cuerpo-alma perteneciente a la tradición cristiana desde la dualidad pensamiento-lenguaje. Me extiendo en lo aseverado: así como la “positividad de la religión cristiana” condujo a la reificación de las almas merced a la exigencia del acatamiento autoritario de mandatos vacuos carentes de toda corporeidad por su connatural pecaminosidad; el formalismo tautológico de la lógica convencional osificó el lenguaje por su constitutiva contingencia (cual pecado gnoseológico) haciendo de aquella “actividad inmanente” del pensamiento (el lenguaje) el sombrío montículo de “huesos sin vida de un esqueleto”.[94]
Cabe preguntarse entonces lo siguiente: ¿Cómo superar la teología estatutaria que anquilosa los estatutos lógicos? Mediante una regresión a la teología arcaica de la Hélade como base semántica para una nueva relación entre pensamiento y lenguaje. En la poesía homérica la comunicación con las almas muertas en el oscuro Hades requiere que éstas embeban la sabia de los cuerpos vivos, su sangre,[95] tal como lo narró aquel egregio poeta en su Odisea: “Aplacada con preces la noble nación de los muertos, sacrifica un cordero y la oveja con él, negros ambos, orientando el testuz hacia el Érebo; aparta tú el rostro con la vista en las aguas del río y, entonces, la turba hasta ti llegará de los hombres privados de vida (…) A un tiempo, del costado sacando tú mismo la aguda cuchilla quedarás impidiendo a los muertos, cabezas sin brío, acercarse a la sangre hasta haberte instruido Tiresias”.[96] Para Hegel, las determinaciones del pensamiento no son formas vacuas sino contenidos tendidos en el Hades de la existencia histórica de los hombres, a la espera de ser examinados y trasladados a la conciencia por aquel fluido viviente, el lenguaje. Karl Rosenkranz, uno de sus discípulos, bien diferenció la lógica clásica de la hegeliana desde las mentadas alusiones al inframundo según entrambas tradiciones religiosas, la pagana y la cristiana. Desde su perspectiva los conceptos en la lógica convencional no cohabitan en “(…) un Hades en el que flotan almas ávidas de vida, sino [en] un cementerio en el que los huesos de los cadáveres de los conceptos están arrojados al azar”.[97] Concluyendo: en su Lógica lo lógico no es una sustancia inerte, pétrea y formal, dispuesta para reglar argumentos desde tablas de verdad o silogismos vaciados de contenido, muy por lo contrario, “(…) lo lógico es más bien lo sobrenatural, que penetra en toda relación o actividad natural del hombre, en su manera de sentir, considerar, desear, necesitar, en sus impulsos, y lo convierte sobre todo en algo humano, aun cuando sólo fuese de una manera formal, proporcionándole representaciones y fines”.[98] El lenguaje especulativo encuentra, para el autor, en la lengua alemana el “sello de formas objetivas” que lo hacen apto como ningún otro para vivificar con sus oposiciones intra-vocablos las categorías ávidas de vida merced a su potencia evocativa bifronte.
“El Oscuro” de Éfeso, desde la exégesis de Hegel, fue quien prematuramente expresó dicha simiente especulativa en su concepción del Logos,[99] al punto de considerar que “(…) Heráclito es el primer pensador en quien nos encontramos con la idea filosófica en su forma especulativa (…) Divisamos, por fin, tierra; no hay, en Heráclito, una sola proposición que nosotros no hayamos procurado recoger en nuestra Lógica”.[100] De la plétora polisémica que define la expresión λόγος (Logos) me serviré solo de tres significados a los fines de aproximar[101] la concepción heraclítea con la hegeliana ad hoc a la comprensión del talante especular del lenguaje en el germano: “palabra”, “reunión”[102] e “inteligencia”.[103] El lenguaje en Hegel, cual logos heraclíteo, permite expresa (“palabra”) la relación (“reunión”) entre las cosas en su idealidad (lo Lógico), su modo de ser en sí, haciéndolas inteligibles a la conciencia humana (“inteligencia”). Lo expresado revela un límite connatural al pensamiento relacionado con su impotencia para poder expresar el pensar, lo que sugiere una necesidad, a saber, la del lenguaje como consignatario (“consignadas”[104] -Consignar: niederlegen-) del pensamiento. Podría sostenerse entonces que el lenguaje recibe la riqueza del pensar como consignación que administrará mediante la articulación lingüística de las palabras que lo componen, permitiendo así comunicar lo proveniente de aquella abstracta y lógica geografía eidética. Sumando a lo proferido dos aspectos más de su inescindible vínculo con el pensar: anamnesis e interiorización. Sobre lo segundo pondero la semántica del término desde su acepción como verbo pronominal (interiorizar), considerando que desde ella bien se comprende el sentido (uno más) que Hegel le atribuye al lenguaje: entrar en uno mismo. En la Ciencia de la Lógica el sendero de tal interiorización va desde la “Doctrina del Ser” hasta la “Doctrina del Concepto”, es decir, desde el lenguaje natural como aquello dado hasta el último recoveco de su propia interioridad, “la idea absoluta”. De esta forma el lenguaje obra de catalizador de lo lógico (pensar), y en tal acción no solo manifiesta el Ser en tanto pensamiento, sino que recuerda[105] la morada donde aquel Ser habita. Una comprensión más acabada de lo narrado puede esbozarse desde el tándem representación-lenguaje a partir de la figura retórica del quiasmo.[106] Toda representación, de necesario tramado subjetivo, interioriza una impresión (lo dado) para simultáneamente ser la misma exteriorizada mediante una expresión lingüista, depósito de lo lógico: “En todo aquello que se le convierte en algo interior, y principalmente en la representación, en lo que hace suyo, ha penetrado el lenguaje; y lo que el hombre convierte en lenguaje y expresa con él, contiene escondida, mezclada o elaborada una categoría; tan natural es al hombre el elemento lógico, o para decirlo mejor, tan propio es de su naturaleza misma”.[107] Ampliando lo ya tematizado anteriormente, la “categoría” (nominación atinente a la “lógica del ser”) cumple el rol de la mediación entre lo interno (impresión) y lo externo (expresión). Sitial donde aquellas “determinaciones del pensamiento” (es decir, del Ser) son constitutivamente afectadas merced a su inherencia con lo real (son también determinaciones de la realidad -dada la identidad especulativa entre Razón y realidad-), de allí que las denomine en otros pasajes como “momentos”[108] queriendo así destacar la fluidez y maleabilidad ontológica que las horada según la coyuntura histórica o roces con la materialidad a las que permanecen necesariamente adheridas. Es propio entonces de lo Lógico esta fluctuación y devenir continuo, al estilo de una bacanal tumultuosa donde la ebriedad particulariza a cada comensal para, simultáneamente, “(…) cada miembro, al disociarse, se disuelve inmediatamente por ello mismo, este delirio es, al mismo tiempo, la quietud translúcida y simple”.[109] El Logos es entonces una identidad dialéctica entre la forma y el contenido al que la primera se halla en adherencia, de ahí que sea lo Lógico el métier propio de la razón filosófica: “Es en este elemento, en efecto, que todas las determinaciones del pensamiento deben encontrar su lugar, él es la categoría única, el Ser que es el sí y que se especifica en una multiplicidad de categorías, cada una de las cuales, al ser una posición del sí, se muestra al mismo tiempo como negación y contradicción”.[110] El apriorismo de Hegel, a diferencia de Kant, no se arraiga en la cabeza del filósofo sino en la misma existencia, donde la arbitrariedad subjetiva es subsanada por la objetividad científica de las determinaciones del Ser en tanto pensamiento, realidad, en definitiva, el Absoluto.
A continuación, Hegel realiza un trazado dicotómico entre dos modos cognitivos, a saber, el sensus communis y el conocimiento filosófico. Lo anunciado puede resumirse desde los siguientes pares de opuestos en estilo ascendente, es decir, el pasaje de uno a otro es considerado como un progreso: de lo “conocido” a lo “reconocido”[111], de lo consabido a lo sabido, de los objetos lógicos a lo lógico de los objetos, de lo fundado a su fundamento. Cabe aclarar el significado del cambio en los pares de opuestos. Si bien aludo al mismo como un progreso, el estilo itálico en dicha palabra apunta ahora a que no debe ser entendido en un sentido intensivo (acotándolo solo a cierto género de entes y discriminando a los “inferiores”, al modo de Platón en el paradigma de la “línea”[112]) sino coextensivo (ampliándolo a la totalidad de los entes -sensibles, ideales y valores-, dado que lo que es “(…) se dice en muchos sentidos”[113], según Aristóteles). Por otro lado, el sentido de la expresión “reconocido” (Anerkennung -reconocimiento-) remite al conocimiento de algo por lo que es, como también, alude a uno de los “aspectos constitutivos de la memoria en cuanto le son dados los objetos como ya antes conocidos”.[114] En la obra en cuestión, lo sabido es lo reconocido tras haber sido consabido en la forma de sentido común, aspecto sensible que no debe ser omitido en el proceso del conocer, como tampoco el conocimiento tiene que angostarse pasivamente sobre aquel estadio sensible de lo real sino que debe profundizar en aquello que es, en su dimensión lógica, perteneciente por legalidad epistémica a la Wissenschaft. A su vez, el sabedor filosófico nada agrega a la cosa conocida, muy por el contrario, la reconoce respetando su propia realidad tal como “es”, de ahí que lo que modifica con su intelección no es la cosa sino el aspecto actitudinal frente a lo cósico. Esta democratización epistemológica de los objetos cognoscibles presupone igualarlos (y no jerarquizarlos) en su relevancia para la conciencia filosófica, conocer la racionalidad de su realidad, la sustancia lógica de los entes y no la mera forma lógica de las entidades formales o materiales. Como efecto de esta sedición contra el entendimiento al estilo kantiano al Absoluto le es negada su trascendencia, considerando que todo trascender presupone lo trascendido como soporte, verdad y completitud, hincándolo entonces en la inmanencia cuyo trascender no consiste en migrar la actividad de la Razón a geografías abstractas sino inmigrar al terruño concreto de su hábitat para alcanzar así la preciada identidad especulativa entre el sujeto (Pensamiento) y el objeto (Ser). El actual prefacio (1832) viene a cumplimentar “didácticamente” con el desiderátum de la totalidad lógica; ser presentada en un sistema de relaciones dialécticas exponiendo “(…) los momentos generales del camino del reconocimiento a partir de lo conocido, y las relaciones del pensamiento científico con este pensamiento natural”.[115]
Ya adentrándose en las condiciones históricas e intelectivas que abrieron las posibilidades para entender el actual advenimiento de lo Lógico como tema de su Ciencia, Hegel pasa a otorgar a Platón y Aristóteles la dignidad de haber separado primariamente la forma (“determinaciones del pensamiento”) de la materia (el primero escindiéndola, el segundo desde la co-presencia) liberándolas de aquella materialidad en las que permanecen “(…) hundidas en una intuición y representación conscientes de sí mismas, así como en nuestro deseo y voluntad, o más bien, en la representación del deseo y de la voluntad (pues no hay deseo o voluntad humanos sin representaciones)”.[116] Como dato sociológico, sostiene Hegel, el necesario requerimiento para consagrarse a la “exigencia” de la “contemplación” per se de lo necesario demanda la liberación de las necesidades de la existencia, como lo indicó el estagirita[117] en relación al conocimiento de las formas matemáticas por parte de los sacerdotes egipcios, dejando así en evidencia el talante antropológico que signa indeleblemente al espíritu humano: ser un zoo metafísico. De esta forma Hegel aúna la necesidad-exigencia de la intelección lógica, de imperio e imperativo humano, con la carestía de las necesidades-situaciones físicas que dificultan la contemplación, logrando así el clímax ideal para ingresar a “(…) las silenciosas regiones del pensamiento que ha vuelto a sí mismo y que existe sólo en sí mismo”. Espacio inespacial donde “(…) se callan los intereses que mueven la vida de los pueblos y de los individuos”.[118] El sujeto social que debía consagrarse a la vida teorética, para Aristóteles, era el mismo filósofo en su virtuosa ociosidad; Hegel, en cambio, centra en el mundo escolar de la “juventud” el momento propicio para la intelección especulativa, asignándole a tal labor pedagógica una función propedéutica para la posterior vida adulta: “En la vida se pasa al empleo de las categorías; se las hace descender del honor de ser consideradas por sí mismas, a fin de que sirvan en la actividad espiritual del contenido viviente, en la creación e intercambio de las representaciones que a ellas se refieren”.[119] Curiosa paradoja, lo inútil es la condición de lo útil siendo su utilidad concreta lo aprendido de la abstracta inutilidad… Pasaje de lo incondicionado a lo condicionado, de lo conocido en sí al conocimiento de las representaciones grávidas de intuiciones sensibles, y por tanto, afectadas por la contingencia y particularidad del mundo humano. Expresado en lenguaje dialéctico, el destino de lo en-sí es su para-sí, es decir, descender de su honorífico Parnaso categorial al llano de las necesidades humanas.
Una lectura sociopolítica de tal apología de la praxis puede fundamentarse una vez más recurriendo al contexto de producción de este prefacio, la persecución estatal de los profesores “demagogos”, relacionándolo con la vindicación encomiasta que dirige al pasaje en acto de las potencias anidadas en las “determinaciones del pensamiento”, una vez que el educando arribó a la “conciencia lógica”: “(…) luego tiene que seguir la seriedad de la vida y la actividad para los verdaderos fines”.[120] El uso de expresiones como “seriedad” y “verdaderos fines” sugieren cautelosamente[121] lo excepcional de la empresa histórica que le atribuye a la Bildung menuda en lo Lógico como hacedora de una “conciencia lógica” (forma idealista -y reformista- de la materialista conciencia revolucionaria marxista-leninista), siendo ésta (Logik) la antesala crítica para la transformación reformista de la reaccionaria Monarquía prusiana en Monarquía constitucional, junto con la anhelada unidad alemana.
Vale preguntarse, a continuación de lo mentado, acerca de la valía para la existencia empírica de los hombres de tales “categorías”. Respuesta dual: “abreviaturas” y relaciones.[122] Por lo primero permiten tanto sintetizar como simplificar la multiplicidad en la unicidad (la unidad de lo diverso), la infinidad de particularidades (propias de la “existencia exterior” y plétora de actividades) en una universalidad que las contenga; por lo segundo, “(…) sirven también para la más exacta determinación y hallazgo de relaciones objetivas[123]”.[124] Los epítomes (“abreviaturas”) permiten establecer conceptos empíricos que hacen posible la vida material, las “relaciones objetivas”, de naturaleza formal, facilitan el establecimiento de lazos lógicos entre los objetos haciendo descender las “determinaciones del pensamiento” a simples medios de las condiciones materiales de la existencia, “(…) entonces el pensamiento en general se convierte en algo subordinado con respecto a las otras determinaciones espirituales”.[125] La identidad entre ser y pensamiento es rebajada al servilismo de “nuestros impulsos, intereses” y demás impulsos de mundo de nuestras sensaciones, disponiendo el ser en contrariedad con el pensar: “Semejantes determinaciones del ánimo y del espíritu nuestro se nos presentan pronto como particulares, en oposición a la universalidad cuya conciencia logramos y en la que hallamos nuestra libertad; y por eso estimamos que nos encontramos más bien aprisionados en estas particularidades y dominados por ellas”.[126] ¿Qué hacer ante su imperio? Retornar a la soberanía del “pensamiento” empero de manera relativa, esto es, el “concepto” de las “cosas” le es asequible en su sentido al “pensamiento” sin por ello hacerse este dominador de los conceptos poniéndolos “a nuestro servicio”, muy por el contrario, “(…) nuestro pensamiento debe ceñirse a ellos, y nuestro albedrío o libertad no pueden dirigirlos a nuestro antojo”.[127] Dos naturalezas se le presentan al ser en tanto pensamiento como infranqueables, a saber, (a) en lo subjetivo tanto pensar como en lo objetivo elaborar el concepto de las cosas, (b) en lo propositivo “sobrepasar la naturaleza de las cosas”.[128] Sin embargo, de la determinación de la cosa, de su naturaleza determinante, puede el pensamiento mostrarse independiente ya que aquella “no es más que los conceptos que de ella tenemos”; más adelanta refrendará esta fe idealista (Absoluto) sosteniendo que dichas cosas “no son en sí mismas sino objetos del pensamiento”.[129] La crítica a Kant resuena en tales afirmaciones en el siguiente sentido, para el königsberguense el médium entre nosotros y las cosas es la “condición formal a priori” del “sentido interno”, el “tiempo”[130] (trascendentalismo dualista); en el berlinés (el aquí y ahora de la redacción de este segundo prefacio), por lo contrario, es el “pensamiento” (logicismo monista): “La realidad no está hecha de mundos impenetrables, sino de lo contrario. Realidad y pensar no son dos mundos, son dos facetas del único mundo. El pensar está siempre presente en la realidad; pero hay niveles de interpenetración”.[131] Penetración reciproca que se hace evidente al considerar la “actividad del pensamiento” entramada “inconscientemente” con nuestras representaciones, “fines, intereses y acciones”.[132]
¿Qué decir de dicha actividad pensante ante las “categorías”, es decir, las “determinaciones del pensamiento”? Están sin ser, son sin estar, están en el contenido, pero “no son el contenido mismo”.[133] Serían lo universal (“concepto”) que engloba lo particular (“cosa”) fundamentándolo, al punto de que aquella infinita particularidad solo podría ser por estar grávida de universalidad. El ejemplo que ilustra su concepción remite a la relación entre individuo y especie: “(…) cada individuo humano tiene en sí una peculiaridad infinita, el prius de todo su carácter, esto es, el de ser hombre”.[134] En lo epistemológico se arribará al “alma en sí”, el “puro concepto”, el “pulso vital” tanto de los objetos como del “pensamiento subjetivo de ellos” mediante la abstracción de toda representación (por su empírico preñasen); labor teorética que enmarca el sentido de la Ciencia de la lógica, en sus palabras, “llevar a la conciencia esta naturaleza lógica”[135] de lo real en tanto pensamiento. Tarea que en su direccionalidad circular[136] supondrá no solo conocer sino conocerse, si consideramos que las determinaciones fundamentales de la realidad son simultáneamente del pensamiento. Ello implica que los objetos no son en si la realidad, sino que la realidad verdadera (Wirklichkait) no es la mera realidad sensorial (y mucho menos la de la sustancia inerte) sino la intersubjetividad, la del sujeto viviente en su mundo de pertenencia.
Ya a modo de cierre destaco lo que Hegel indica como las características epistémicas de lo que debiera oficiar de punto de partida de su Ciencia de la lógica: “(…) lo más universal y vacío”.[137] El principio leibniziano de identitatis indiscernibilium[138], en tanto mismidad indiferenciada, define el primer peldaño de la escalinata dialéctica. La primera palabra del glosario lógico deberá servirse entonces de la noción más simple, indeterminada e inmediata: “Ser”. Paradojal punto arquimédico, por cierto, considerando que su única apoyatura lógica será su antónimo ontológico, la “Nada”. Incipit logos…
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- Ibid., 510 b – 511 b [pp. 335-337].↵
- Ibid., 505 a [p. 327].↵
- Ibid., 508 e [p. 333].↵
- Ídem. ↵
- Ibid., 596 c [p. 459].↵
- Ibid., 509 a [p. 333].↵
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- El acicate teleológico que anima la “marcha” hacia el Bien metafísico se sustancia en el “amor” (Éros) como impulso sacrificial (Alcestis) y sentimiento de penuria (Alcibíades), siendo la necesidad de subsanarla (la falta) aquello que tracciona la aspiración a lo bello ideal, tal como lo expresa el autor en el Banquete: el amor “(…) desea aquello de lo que está falto y no lo desea si no está falto de ello” (Platón; Banquete, 200 a-b [Gredos, Madrid 1988, p. 241]). En la obra, la erótica del ascenso tiene entonces al amor como empuje valiéndose solo inicialmente de los cuerpos bellos para, mediante su negación por incompletitud (continuidad de la carencia), seguir elevándose hasta lo bello en sí: “(…) empezando por las cosas bellas de aquí y sirviéndose de ellas como de peldaños ir ascendiendo continuamente, en base a aquella belleza, de uno solo a dos y de dos a todos los cuerpos bellos y de los cuerpos bellos a las bellas normas de conducta y de las normas de conducta a los bellos conocimientos, y partiendo de éstos terminar en aquel conocimiento que es conocimiento no de otra cosa sino de aquella belleza absoluta, para que conozca al fin lo que es la belleza en sí” (Ibid., 211 c [p. 264]).↵
- Cf. Proclo; Commento al I libro degli elementi di Euclide, Giardini, Pisa 1978, parte I, cap. 1. Diógenes Laercio pone en boca de Jenócrates, discípulo de Platón y sucesor de Espeusipo en la dirección de la Academia, la misma admonición para alguien que pretendía mantener una plática con él: “A uno que no había aprendido ni música ni geometría ni astronomía, y quería tratar con él, le dijo: ‘Márchate, que no tienes agarraderas para la filosofía’”. Laercio, D.; Vidas de los filósofos ilustres, Alianza, Madrid 2007, p. 199 [libro IV, 10].↵
- Cf. Spirkin, A. G.; Materialismo dialéctico y Lógica dialéctica, Colección 70, México 1969, pp. 5-16; Zeleny, J.; La estructura lógica de El capital de Marx, Grijalbo, México 1978, parte I, 6 y 7, parte II, 1.↵
- La fecha a la que remite Hegel como inicio de tal “transformación” del “pensar” es 1787, año de publicación de la segunda edición (la primera -1781- pasó inadvertida para el público culto de la época) de la Crítica de la Razón pura, tras la “popularización” que de tal obra hizo Karl Leonhard Reinhold con sus Cartas sobre la filosofía kantiana (1786).↵
- Hegel, G. W. F.; Ciencia de la Lógica, Solar, Argentina 1993, p. 35 [trad. Augusta y Rodolfo Mondolfo].↵
- Para este caso la datación remite a la publicación de su Fenomenología del Espíritu, obra cuyo cierre (“Saber absoluto”) tiende puentes sistémicos con la Ciencia de la Lógica como expresión acabada de tal absolutez autoconsciente: “Antes de que los hombres hayan estado maduros para hacer una Ciencia de la Lógica, es preciso que hayan digerido el total de la experiencia humana y eso es la Fenomenología del Espíritu”. Gaete, A.; La Lógica de Hegel, Edicial, Buenos Aires 1995, p. 27.↵
- Ídem. ↵
- Colomer, E.; El pensamiento alemán de Kant a Heidegger, Herder, Barcelona 2006, p. 330.↵
- Hegel, G. W. F.; op. cit., p. 76.↵
- Bloch, E.; Sujeto-Objeto. El pensamiento de Hegel, FCE, México 1983, p. 152.↵
- “La Mercancía” (Cap. I), “Forma simple o singular del valor (A), “Forma total o desplegada del valor” (B), “Forma general del valor” (C), “Forma dinero” (D) y “El carácter fetichista de la mercancía y su secreto”. Este punteo del capítulo I de El Capital lo tomo del índice de la edición de Siglo XXI, México 2008, pp. 379-380. Adviértase la recurrencia de la expresión “forma” en las subtitulaciones del capítulo en cuestión, en clara ascendencia semántica al concepto de “forma” elaborado por Hegel en su Ciencia de la lógica. La dialectización de las mismas, su despliegue a través de contradicciones internas que migran espiraladamente de lo abstracto a lo concreto permiten comprender la dinámica que estructura la lógica del Capital.↵
- Hegel, G. W. F.; op. cit., p. 35.↵
- Ídem. ↵
- Cf. Hegel, G. W. F.; Filosofía del Derecho, Claridad, Buenos Aires 1968, §§ 34-104 “Derecho abstracto”; §§ 105-114 “Moralidad”; §§ 142-360 “La ética” [Eticidad].↵
- Compromiso fundamentado metafísicamente y proyectado políticamente como delineo aglutinante de todo un pueblo bajo la figura de la Nación primordial, como reservorio de una lengua, tradición e historia común. Esta metafísica nacional bregó por la conformación de un Estado-Nación que tiempo después (1870) Karl Rosenkranz trató de desvincular de su deriva nacionalista, merced al efluvio militarista que impuso Bismarck al proceso de unificación alemana (1871) (Cf. Rosenkranz, K.; Hegel als deutscher Nationalphilosoph (Leipzig 1870)). Intento desvinculador trunco ya que décadas después (1935) encontró en la época más oscura de Heidegger su entusiasmo nacionalsocialista: “Nos hallamos entre las tenazas. Nuestro pueblo, por encontrarse en el centro, sufre la mayor presión de estas tenazas, por ser el pueblo con más vecinos y por tanto el más amenazado y, con todo ello, el pueblo metafísico. Pero este pueblo sólo convertirá en destino esta destinación, de la que estamos seguros, cuando encuentre en sí mismo una resonancia, una posibilidad de resonancia para este destino, al comprender de manera creadora su propia tradición” (Heidegger, M.; Introducción a la metafísica, Gedisa, Barcelona 2001, p. 43). En minúscula defensa del “maestro de Alemania” (Safranski dixit) la “resonancia” por la que brega no es la de la Wehrmacht ni la de una alada Blitzkrieg, sino mediante potencias “espirituales” de teutona originalidad: “(…) en la medida en que la gran decisión sobre Europa no debería tornarse por la vía de la destrucción, sólo puede tomarse esta decisión por medio del despliegue de nuevas fuerzas históricas y espirituales, desde el centro” (Ibid). ↵
- Duque, F.; En “Estudio preliminar” a la publicación de la Ciencia de la Lógica de Hegel por el traducida y analizada, UAM y ABADA, Madrid 2011, p. 39.↵
- La alusión genérica a los seguidores del pensador de Königsberg, objeto de vilipendio por Hegel al considerarlos como co-responsables del confinamiento de la metafísica a regiones esotéricas del pensar, se concentra en distintas figuras del mundo académico europeo, como lo son Jakob Friedrich Fries en Alemania, Pierre Jean Georges Cabanis en Francia e incluso un crítico de Kant, Christian Gottlieb Selle, también alemán. En todos vale la acusación de confundir el concepto de experiencia en Kant con el más grosero empirismo, cayendo en un reduccionismo psicológico ajeno a los postulados del idealismo trascendental. (Cf. Duque, F.; op. cit., p. 41 / Sobre Selle en particular, y su “realismo trascendental”, del mismo autor en su “estudio preliminar” a la obra de Kant, Los progresos de la metafísica desde Leibniz a Wolff, Tecnos, España 2011, Cap. V, § 23).↵
- Hegel, G. W. F.; Ciencia de la…, p. 35.↵
- Ibid., p. 36.↵
- Incluye en esta jibarización del pensamiento especulativo a la teológica (deudora de la metafísica) la cual abandonó su consagración intelectual a los misterios para “(..) ocuparse de los sentimientos, de las consideraciones práctico-populares y de la erudición histórica”. Ídem. ↵
- Esta valoración del Idealismo subjetivo iniciado por Kant (a ser ampliado por Hegel al Absoluto) será objeto de recurrente reconocimiento por él. En el mismo año y ciudad de redacción de este prefacio (Núremberg, marzo de 1812) y en un informe pedagógico enviado al Consejero Escolar Superior del Reino de Baviera, Inmanuel Niethammer (23 de octubre), Hegel vuelve a rendir loa al idealismo de la identidad que subsume lo metafísico en lo lógico en casi los mismos términos: “Según mi concepción de lo lógico, lo metafísico queda incluido totalmente en él. Respecto a esto, puedo citar a Kant como precursor y autoridad. Su crítica reduce lo que hasta entonces ha valido como metafísico a una consideración del entendimiento y de la razón” (Hegel, G. W. F.; Escritos pedagógicos, FCE, Madrid 1991, p. 136). Por otro lado, entre los tres niveles educativos que contienen la estructura del Gymnasium (su duración total era de 9 años), el espacio académico que le asigna al dictado de la Lógica especulativa es en la “Clase media” (Mittelklasse).↵
- La paráfrasis que ensayo parte del citado que hace Hegel, en el final de la Fenomenología, de un poema de Schiller (“La amistad”): “[‘solamente’] del cáliz de este reino de los espíritus reboza para él su infinitud” (Hegel, G. W. F.; Fenomenología del Espíritu, FCE, México 1971, p. 473). Una sucinta hermenéutica de este, con relación a lo sostenido en el cuerpo del texto, habilita a entender aquel “reino” espiritual como el de la comunidad humana, diversa y plural que alcanzan su realización como “(…) unidad en el reconocimiento mutuo” (Valls Plana, R.; Del yo al nosotros, PPU, Barcelona 1994, p. 375). Consumándose así el pasaje del “calvario” histórico del Absoluto (enfoque fenomenológico) al sistema metafísico de la absolutez que lo transversa (enfoque lógico), siendo el “cáliz” el espacio simbólico donde la totalidad (“infinitud”) se sorbe (autoconciencia) tras su extenso periplo de autodesarrollo y superación dialéctica. ↵
- Hyppolite, J.; Genesis y estructura de la Fenomenología del Espíritu de Hegel, Península, Barcelona 1974, p. 520.↵
- Hegel, G. W. F.; Ciencia… p. 36.↵
- Idem. ↵
- Duque, F.; op. cit., p. 43.↵
- Lo sarcástico del comentario alude a uno de los maestros de Kant, Johann Heinrich Lambert, quien propone en una de sus obras de mayor renombre no solo la reducción formal de los términos lógicos a los matemáticos (cuya denominación disciplinar actual será la de “lógica simbólica”) sino la edificación de una teoría del conocimiento dividida en cuatro partes, siendo una de estas la que se consagrará al desarrollo del arte de pensar (Dianoiología) (Neues Organon, oder Gedanken über die Erforschung und Bezeichnung des Wahren (Leipzig, 1764)). Hecho tan absurdo como creer, sostiene Hegel, “(…) que mediante el estudio de la anatomía y fisiología pudiera aprenderse a digerir y moverse” (Hegel, G. W. F.; op. cit. pp. 36-37).↵
- Ibid., p. 36.↵
- El resultado desfavorable de la batalla de Jena (1806) para el ejército prusiano ante la Grande Armée excederá los aspectos militares del hecho, extendiéndose a un replanteo general de la cultura germana y sus instituciones educativas. En este último sentido la fundación de la Universität zu Berlin (1810) manifiesta el nuevo espíritu de cambio, como también en el área preuniversitaria desde ese mismo año se establecen exámenes estatales para profesores de enseñanza media y en 1812 (año del prefacio, recordemos) se reglamentó el Abitur como forma de acreditar un conocimiento suficiente para ingresar a la Universidad: “Gracias a esta acreditación, las escuelas secundarias elevaron su posición sobre las escuelas latinas corrientes, y adquirieron el carácter de pre-universidades. Se les dio el nombre de Gymnasium, y su currículum, cada vez más estandarizado, empezó a convertirse en un prerrequisito para acceder a muchos puestos importantes, así como en una medición convencional del grado de formación recibido” (Ringer, F.; El ocaso de los mandarines alemanes, Pomares-Corredor, Barcelona 1995, pp. 37-38). Hegel, durante su estancia en Núremberg fue rector del Gymnasium (1808-1815) y redactor de informes (como el de Niethammer en 1812) sobre la enseñanza de la filosofía en dicha institución, incluyendo la lógica formal como parte de dichas enseñanzas (Cf. Pikard, T.; Hegel, Acento, Madrid 2002, p. 22; Cf. Hegel, G. W. F.; Escritos… p. 106). Tiempo después (1822) mantuvo su posicionamiento favorable hacia aquel tipo de disciplina formal en el Gymnasium como propedéutica a la lógica especulativa: “También recomen -daba la enseñanza de la lógica formal (…) su opinión era que los estudiantes debían aprender primero a razonar correctamente antes de que pudieran apreciar los aspectos ‘especulativos’ de la lógica en sus años de universidad” (Pikard, T.; op. cit., p. 639).↵
- Ibid., p. 37.↵
- La alusión botánica remite, como símil histórico, a die Kultur marchita (el polifacético semblante del Ancien Régime con sus múltiples sostenes culturales –teológicos, políticos, éticos, económicos y obviamente metafísicos–). ↵
- Once años antes (1801) de la redacción de este prefacio, Hegel le reconocía a Fichte el encarnar la “época” en relación a su filosofía revolucionaria, al punto que sus adversarios se prosternaban ante sus fundamentos filosófico: “(…) la filosofía de Fichte ha causado tanta sensación y ha hecho Época de tal modo que incluso aquellos que se declaran sus enemigos y se esfuerzan en construir sistemas especulativos propios acaban cayendo en el Principio de dicha filosofía, sólo que cada vez más impura y confusamente, sin hallar modo alguno de defensa contra esto”(Hegel, G. W. F.; Diferencia entre el sistema de filosofía de Fichte y Schelling, Alianza, Madrid 1989, p. 32).↵
- Se refiere a los siguientes filósofos alemanes: Carl Leonhard Reinhold (1757-1823), Christoph Gottfried Bardili (1761-1808) y Friedrich Heinrich Jacobi (1743-1819). Cf. Duque, F.; op. cit., p. 45, nota 68.↵
- La semejanza criticista ante un lenguaje y pensamiento rupturista tuvo antecedentes pasados y futuros en la Alemania de Hegel. Por lo primero puede citarse la crítica irónica a la crítica severa y dogmática de los detractores de Baruch Spinoza ensayada por Moses Mendelssohn en Jerusalem, oder über religiöse Macht und Judentum (1783), a quien alude como un “perro muerto” (a Spinoza) sin con tal expresión sumarse a su defenestración sino condenar el ostracismo que le impuso la comunidad judía de Ámsterdam al filósofo neerlandés por su radicalidad intelectual y separación de la ortodoxia religiosa. Marx, muy a posteriori (1873) de la redacción de la Lógica de Hegel, recuperó la expresión de Mendelssohn, pero para defender al mismo Hegel de sus detractores del momento –los menciona genéricamente como “epígonos” y serían Eugen Dühring, Rudolf Haym, Ludwig Büchner y Friedrich Lange– justamente en su lenguaje: “(…) cuando trabajaba en la preparación del primer tomo de ‘El Capital’, los irascibles, presuntuosos y mediocres epígonos que llevan hoy la voz cantante en la Alemania culta, dieron en tratar a Hegel (…) como a un ‘perro muerto’. Me declaré abiertamente, pues, discípulo de aquel gran pensador, y llegué incluso a coquetear aquí y allá, en el capítulo acerca de la teoría del valor, con el modo de expresión que le es peculiar” (Marx, K; El Capital. Crítica de la economía política (tomo I), Siglo XXI, México 2008 [Epílogo a la segunda edición] p. 20). Válido es aconsejarle a quien ya no puede ser aconsejado (Marx), que quien coquetea mucho con un “modo de expresión” (lenguaje) termina prendado del pensamiento que lo estimula (dialéctica) aunque invierta sus postulados.↵
- Ídem. ↵
- Hegel, G. W. F.; Ciencia…, p. 37.↵
- En realidad, quien anuncia la primera “necrológica” del kantismo fue Schelling, justamente en la misma coyuntura mortuoria del prusiano oriental (1804): “Aunque muerto a una avanzada edad, Kant no ha perdurado” (Schelling, F. W. J.; “Kant (1804)” en Schelling (antología de obras del autor por José Luis Villacañas Berlanga), Textos Cardinales / Península, Barcelona 1987, p. 165). Temeraria sentencia que bien describe la madurez de alguien cuya sustancia filosófica surgió de lo fermentado y ahora pretende catalizar una nueva reacción enzimática superadora del fermento iniciador. Con otros términos, si el criticismo (Kant) no solo transformó el pensamiento, sino que sepultó con tal transformación el dogmatismo (wolffiano-leibniziano), el ahora de Schelling proclama el fin de tal periodo transformador y, por tanto, la superación (re-transformación) del criticismo por el Idealismo (Schelling): “Él [Kant] constituye los límites de dos épocas en la filosofía: de una que se ha cerrado para siempre [dogmatismo] y de otra que él ha preparado negativamente (Idealismo) con su sabia limitación a su propósito meramente crítico” (Ibíd., p. 169). Algo así como quedarse con lo vivo de lo muerto, esto es, aceptar el Absoluto sin las limitaciones acerca de su conocimiento y alcance.↵
- Idem. ↵
- Fichte representa para Hegel el idealismo de la identidad indiferenciada, la razón (“entendimiento”) de Estado que conduce al estado de la sinrazón, el terrorismo de la subjetividad sin mundo empero enfrentada a toda mundanidad: “(…) el huir de todo contenido como de un límite, es aquello en lo cual la voluntad se determina, o lo que es considerado por la representación como la libertad, constituye la libertad negativa o libertad del entendimiento. Es la libertad del vacío, que elevada a forma real y a pasión, esto es, permaneciendo meramente teorética, en religión, se convierte en el fanatismo de la pura contemplación india; pero que si se vuelve a la realidad, en política como en religión, es el fanatismo de la destrucción de todo orden social existente, la eliminación de los individuos sospechosos de un sistema, como el aniquilamiento de toda organización que quiera resurgir” (Hegel, G. W. F.; Filosofía del Derecho… p. 47 [§ 5 obs.]). Rousseau, Robespierre y Fichte son las figuraciones históricas del tipo coercitivo de eticidad que Hegel enfrenta, a los fines de evitar una politización de la sociedad civil que redundaría en la anulación del individuo. La vacuidad formalista sería el síntoma epistemológico de la morbilidad del cuerpo sociopolítico. ↵
- De las metamorfosis (3) antropo-zoológicas del “espíritu” (Geist) en la aludida obra de Nietzsche, destaco una ad hoc a la relación sugerida en el cuerpo de esta nota con la filosofía de Fichte, la del “León”. En el vitalista, las leoninas fuerzas son estériles en lo axiológico, pero fecundas en el plano negacionista: “Crear valores nuevos –tampoco el león es aún capaz de hacerlo: mas crearse libertad para un nuevo crear –eso sí es capaz de hacerlo el poder del león” (Nietzsche, F.; “De las tres transformaciones” en Así hablo Zaratustra, Alianza, Madrid pp. 31-32). Su libertad negativa es libertad de algo, pero no para algo, es un querer sin un saber, una salida de la alienación sin tras ello reconocer una salida: “Pero todavía hay demasiada lucha y demasiada defensa en ese ‘yo quiero’. Todavía hay demasiada porfía y demasiado endurecimiento en sí mismo. La nueva voluntad es todavía, ella misma, querida; no posee aún la auténtica soltura del querer creador, de una nueva proyección de valores nuevos” (Fink, E.; La filosofía de Nietzsche, Alianza, Madrid 2000, p. 84). En el idealista la fuerza muta en fanatismo y el león en filosofo (él), quien deberá cumplimentar la primera tarea tras el final del dogmatismo, esto es, establecer un principio (fundamento) absoluto para la ciencia a partir de su ecuación especulativa fundamental: yo = yo. En su Ética así lo expresa: “Yo soy Yo o que soy consciente de mí, tan cierto es que esto y aquello es cierto para mí y necesariamente existente en mí y para mí: y así la ciencia de la ética, que aquí hemos de erigir, está firme sobre el fundamento que comparte con toda la filosofía” (Fichte, J. G.; Ética, Akal, Madrid 2005, p. 89). Como lo sugiere Hegel en el prefacio de su Lógica (y acá en el cuerpo de esta nota al pie), Fichte fue un buen destructor de lo putrefacto no así constructor de lo venidero, ya que su yoico Principio de la ciencia reviste aspectos monádicos en anterioridad a su despliegue. De León tiene sus formalistas colmillos, como también, su auto centrada afirmación lógica carente de la necesaria materialidad creadora. ↵
- Hegel, G. W. F.; Ciencia… p. 38.↵
- Cf. Cruz, J. C.; Fichte. La subjetividad como manifestación del absoluto, EUNSA, España 2003, p. 97.↵
- Una primera comprensión acerca del sentido que le asigna Hegel al concepto de ciencia bien es expuesta por Heidegger (desde el enfoque fenomenológico, cercano semánticamente al lógico) con los siguientes comentarios: “La filosofía es la ciencia, porque quiere la voluntad de lo absoluto, es decir, lo quiere a éste en su absolutez. Queriendo de esta manera, quiere contemplar lo ente en cuanto ente. Queriendo así, la filosofía quiere su esencia. La filosofía es la ciencia. (…) La filosofía, en cuanto conocimiento absoluto, no es de ningún modo la ciencia por el hecho de que aspire a que su procedimiento sea exacto y sus resultados determinantes y, por ende, aspire a volverse ella misma igual a aquello que por su esencia y rango yace por debajo de ella: la investigación científica” (Heidegger, M.; Caminos de bosque, Alianza, Madrid 1995, pp. 125-126). Lo expuesto demarca la distinción entre la noción moderna de ciencia y la ciencia especulativa presentada por Hegel. La primera construye las condiciones ideales de la experiencia concibiendo el devenir de la naturaleza como inmerso en una estructura matemática (concepción galileana); la segunda sobrepasa el mero fenómeno merced a la “voluntad de lo absoluto”, no pretende conocer para transformar y dominar la experiencia sino “contemplar” el “ente” en su generalidad. ↵
- Hegel, G. W. F.; op. cit., p. 38.↵
- Hegel se muestra crítico del intuicionismo intelectual como una forma de traslación del misticismo a la filosofía. Entre sus blancos a tal actitud se hallan Jacobi, Schelling (“pistoletazo”) y el mismo Fichte (cf. Dotti, J. E.; Dialéctica y derecho, Hachette, Buenos Aires 1983, pp. 33-34, 40).↵
- Idem. ↵
- Idem. ↵
- Este momento negativo es el propio de la contradicción, la negación dialéctica, enfrentada con lo afirmativo del “intelecto”. En vínculo con la filosofía de Kant se puede establecer una relación de subsidiaridad con los aspectos generales de las antinomias de la razón. Sin embargo, Hegel le cuestiona al autor de estas la limitación e ingenuidad con que trabaja dichas contradicciones antinómicas, considerando que el ciudadano de Königsberg acota lo contradictorio a la mera razón, sin advertir que las contradicciones son predicaciones de lo real e histórico, el “espíritu”: “Hay una excesiva ternura para el mundo en este [acto] de alejar la contradicción de él, y trasladarla en cambio al espíritu, a la razón y dejarla subsistir allí sin solución. En efecto, es el espíritu el que es tan fuerte como para poder soportar la contradicción, pero es también aquél que la sabe solucionar” (Hegel, G. W. F.; op. cit., p. 306). Solución asequible para una racionalidad especulativa arraigada en el mundo del espíritu. De esta forma, y desde la hermenéutica de Hegel acerca de las antinomias de Kant, habría en él una suerte de escapismo ante las contradicciones del mundo real por atribuir lo contradictorio a la razón cuando quiere ir más allá de la experiencia posible. A la inversa, siguiendo a Jorge Dotti, “[l]a tarea de Hegel es precisamente presentar una mediación (dialéctica) que revele la actividad de lo absoluto en su plenitud, por encima de la ceguera metafísica de las antinomias intelectuales [Kant] y de la incapacidad de la intuición inmediata” [Jacobi] (Dotti, J.; op, cit., p. 34).↵
- Hegel, G. W. F.; op. cit., p. 39.↵
- Ibid., p. 38.↵
- Idem. ↵
- Idem. ↵
- Ibid., p. 39.↵
- Hegel, G. W. F.; Enciclopedia de las Ciencias filosóficas, Alianza, Madrid 2005, §237 [296].↵
- Didácticamente me valgo de estas dos nominaciones (“Naturaleza” y “Espíritu”) propias del enfoque Enciclopédico para graficar el a posteriori creado desde el a priori creacionista connatural a su Lógica. Hegel, G. W. F.; op. cit., §245–§376 [303-430]; §377-§577 [433-606], respectivamente.↵
- Hegel, G. W. F.; Ciencia… p. 39.↵
- Duque, F.; op. cit. p. 52.↵
- Hegel, G. W. F.; op. cit., p. 39.↵
- Para Kant las categorías (“conceptos puros del entendimiento”) no determinan la realidad ni se consustancian con ella sino que constituyen el objeto, es decir, son conceptos primitivos que condicionan tanto el conocimiento (son sus condiciones de validez objetiva) como la experiencia (son su condición de posibilidad): “(…) toda síntesis, por medio de la cual es posible la percepción misma, está sometida a las categorías; y puesto que la experiencia es un conocimiento por medio de percepciones conectadas, las categorías son condiciones de la posibilidad de la experiencia, y tienen, por tanto, validez a priori, también con respecto a todos los objetos de la experiencia” (Kant, I.; Crítica de la Razón pura, Colihue, Buenos Aires 2007, p. 226 [I, parte segunda, analítica trascendental, libro I, § 26, B161]).↵
- Hegel, G. W. F.; op. cit., pp. 47-48.↵
- El idealismo romántico, y Hegel en particular, recuperaron el concepto tradicional y realista de las categorías como determinaciones del ser-pensamiento (y en simultáneo determinaciones de la realidad), destacándose entre sus primeras acuñaciones la sostenida por el estagirita: “(…) se dice que son por sí mismas todas las cosas significadas por las distintas figuras de la predicación: en efecto, cuantas son las maneras en que esta se expresa, tantas son las significaciones del ser. Ahora bien, puesto que, de los predicados, unos significan que es, otros una cualidad, otros una cantidad, otros alguna relación, otros un hacer o un padecer, otros donde y otros cuando, ‘ser’ significa lo mismo que cada uno de ellos” (Aristóteles; Metafísica, Gredos, Madrid 1994, pp. 224-225 [L. V, 1017a 25-28]). Las “categorías” son entonces determinaciones pertenecientes al “ser” mismo, de las cuales se sirve el pensamiento para poder conocerlo y expresarlo mediante el reflejo de estas en el acto del pensar. ↵
- Leibniz puede ser tomado, dentro de la tradición germana, como el iniciador del intento por establecer una suerte de arquitectónica de la razón como objeto propio de la lógica, preludiando así el posterior trascendentalismo tanto en la vertiente más primigenia (Kant) como en aquellos, como Fichte y Hegel, que acentuarán la interpretación psicológica-trascendental de lo lógico (Cf. Leibniz, G. W.; Nuevos ensayos sobre el entendimiento humano, Nacional, Madrid 1983, pp. 425-434, 579-605 [L. IV, cap. 1 y 17]).↵
- Hegel, G. W. F.; Fenomenología… p. 145.↵
- Hegel, G. W. F.; Filosofía del Derecho… p. 34 [Prefacio]. ↵
- Idem. ↵
- La distancia temporal entre la publicación de ambos prólogos, veinte años, obliga a describir el disímil contexto de producción de estos como canon hermenéutico para su comprensión. En el primero Hegel era Director de un Bachillerato en una ciudad provinciana (Núremberg), en el segundo Rector de una Universidad en el corazón de Prusia, Berlín. En 1812 su interés pedagógico no excede el ámbito del Gymnasium o, a lo sumo, el ministerial en su cartera educativa, en 1831 termina de decantar en su conciencia lo infructuoso de su pedagogía política frente a los poderes públicos, los que ni siquiera lo consideraran como publicista del régimen -(Cf. Hegel, G. W. F.; “Carta a Niethammer” (octubre de 1812), en Escritos… pp. 106-107)-, como lo señala Habermas: “La potentísima glorificación hegeliana de Prusia, (…) no encontró ningún lugar en el periódico gubernamental prusiano”(Habermas, J.; Teoría y praxis, Tecnos, Madrid 1987, p. 147).↵
- Cf. Chatelet, F.; Hegel según Hegel, Laia, Barcelona 1973, p. 82.↵
- Hegel, G. W. F.; Filosofía del derecho… p. 35 [Prefacio].↵
- Hegel, G. W. F.; Ciencia… p. 55.↵
- La animadversión de Hegel con la “Revolución de Julio” en la Francia de 1830 trasluce dos aspectos de su pensamiento en el final de su vida intelectual. Por un lado, el desdén ante el catolicismo por ser un modo de religiosidad que en lo político conduce no a la emancipación sino al servilismo, por otro lado, si bien es cierto que Hegel ha repensado su prisma de lo histórico en su época juvenil, donde, siguiendo a George Lukács, es “(…) un rasgo esencial de la filosofía idealista el sobrestimar desmedidamente el papel histórico de la religión”; a pesar de ello, “(…) en sus cursos de Berlín sobre la filosofía de la historia [1822-1831, publicación póstuma en 1837] vuelve a tomar el mismo planteamiento, precisamente en los lugares que se refieren ya a la revolución de julio de 1830” (Lukács, G.; El joven Hegel y los problemas de la sociedad capitalista, Grijalbo, España 1970, p. 48). Planteo que hace de la Reforma la necesaria antesala espiritual para una auténtica Revolución: “La abstracción del liberalismo, pues, partiendo de Francia recorrió el mundo románico, pero éste, debido a su servilismo religioso, se vio aherrojado a una falta de libertad política. Pues es un falso principio eso de que las cadenas que atan al derecho y a la libertad pueden ser cortadas sin que haya a la vez una liberación de la conciencia, como lo es también eso de que puede haber revolución sin una reforma” (Hegel, G. W. F.; Filosofía de la Historia, Zeus, Barcelona 1970, p. 470).↵
- Repulsa jurídica que del lado austriaco hacia empatía con Metternich, quien no quería por razones de naturaleza geopolítica (preservar la influencia de Austria en el escenario de la Europa central) una Alemania post-napoleónica reconstruida bajo la ratio constitucionalista, como tampoco unificada. ↵
- Enemistad que venía de antaño (1804), desde su época de Jena cuando compitió con Fries (otro Privatdozent como él) por un cargo rentado en la Universidad y que no lo obtuvo. Mas luego, la crítica a Fries al idealismo post-kantiano, y por extensión a Hegel, expresada privada y públicamente acentúo aún más la discordia entre ambos. Cf. Pinkard, T.; op. cit., pp. 164-165; 294-295.↵
- Ibid., p. 504.↵
- En la obra mencionada en varias ocasiones Hegel cuestiona la filosofía de Fries desde lo aludido en el cuerpo de esta nota: “(…) la superficialidad etiquetaba como escepticismo a la pobreza de pensamiento que se tiene por inteligente y por fino criticismo racional, y elevaba su petulancia y vanidad a la misma altura que su vaciedad de ideas” (Hegel, G. W. F.; Enciclopedia… p. 83 [Prólogo 1817]); “En tiempos pasados fueron apartadas de Dios las llamadas representaciones antropomórficas de toda clase en tanto que finitas y, por ende, indignas del infinito (…) Pero ahora, finalmente, también las determinaciones del pensamiento en general han sido explicadas como antropomorfismos y el pensar como la actividad del finitizar únicamente” (Ibid., p. 165 [§ 62, obs.]). Felix Duque (op. cit., p. 36, nota 45) entiende que alude al concepto de conocimiento de Fries (que hace iniciar la actividad cognoscente de la “observación de nuestro propio conocer” –System der Logik, 1837–) cuando en la misma obra expresa la siguiente crítica: “Pero la investigación del conocimiento no puede acaecer más que conociendo. Con este, así llamado, instrumento, la investigación no significa otra cosa que conocerle. Y querer conocer antes de conocer es tan insensato como el sabio propósito de aquel escolástico de aprender a nadar antes de echarse al agua” (Ibid., p. 112 [§ 10]).↵
- Pinkard, T.; op. cit., p. 551.↵
- Agrava aún más la situación para Hegel los vínculos que nuestro autor tuvo con el padre del Joven (otrora abogado de Hegel en diversas cuestiones legales), como también, afinidades del joven estudiante con familiares de él. Adicionando a todo ello la crítica pública de Hegel al arbitrario encarcelamiento, llegando incluso a interceder con diversos actores políticos del régimen en pos de su liberación. Cf. Pinkard, T.; op. cit., pp. 552- 555.↵
- La expresión la tomo del estudio que realizó Joseph Ben-David sobre las distintas universidades europeas. En el caso alemán, la Universität zu Berlin fue fundada (1810) por los hermanos Humboldt en afinidad intelectual con su primer rector, Fichte, quienes “(…) no consideraron la posibilidad de que pudieran producirse conflictos entre el Estado y la universidad sobre cuestiones políticas prácticas. Veían al Estado como representante de su propia idea de la cultura (Bildungsstaat), y entre el Estado y la universidad sintieron que sólo podía haber una división del trabajo, pero no un conflicto de intereses sobre temas básicos. La armonía preestablecida entre el Estado y la universidad prevista por esta visión sólo podía mantenerse en tanto: a) el gobierno estuviera por encima de las luchas de partidos y los choques entre intereses económicos en el país, y b) la universidad permaneciera también completamente aislada de los conflictos y los intereses sociales” (Ben-David, J.; El papel de los científicos en la sociedad, Trillas, México 1974, p. 94 y especialmente nota 46). El crimen mencionado en el cuerpo del texto junto con el compromiso de varios Privatdozenten y parte del alumnado (las Burschenschaften) con los ideales reformistas rompió dicha “armonía preestablecida”.↵
- Cf. D’ Hondt, J.; Hegel, TusQuets, Buenos Aires 2013, pp. 284-287.↵
- Duque, F.; op. cit., p. 56.↵
- La expresión “positividad” la tomo de un texto juvenil de Hegel (1795-1796), queriendo aludir con ello a la religión cristiana en su carencia de racionalidad en favor de un sentimentalismo místico y, coligado a ello, al carácter heterónomo, exterior y autoritario del seguimiento de sus principios por parte de la grey que la constituye: “(…) una religión [Cristianismo] que o no se postula por la razón y hasta entra en conflicto con ella o, concordando con ella, exige sin embargo ser creída sólo en base a la autoridad” (Hegel, G. W. F.; “La positividad de la religión cristiana” en Escritos de juventud, FCE, México 1978, p. 79).↵
- Hegel, G. W. F.; Ciencia… pp. 41-42.↵
- Ibid., p. 42.↵
- Ockham, G.; Suma de Lógica, Norma, Colombia 1994, p. 23 [Cap. 4].↵
- Duque, F.; op. cit., p. 58.↵
- Hegel, G. W. F.; op. cit., p. 41.↵
- Cf. Vidal-Naquet, P.; El mundo de Homero, FCE, Buenos Aires 2001, p. 17.↵
- Homero, Odisea, Gredos, Madrid 1993, pp. 261-262 [X, 525-538].↵
- Rosenkranz, K.; Hegel als Deutscher Nationalphilosoph, Wissenschaftliche Buchgessellschaft, Darmstadt (Alemania) 1965, p. 125.↵
- Hegel, G. W. F.; op. cit., p. 42.↵
- Cf. Mondolfo, R.; Heráclito, Siglo XXI, México 2007, pp. 325-326.↵
- Hegel, G. W. F.; Lecciones sobre la historia de la filosofía (Tomo I), FCE, México 1995, p. 258.↵
- Tal como originariamente lo hizo el socialista alemana Ferdinand Lassalle en su libro Die Philosophie Herakleitos des Dunklen von Ephesos (1858), Georg Olms, Deutschland 1973, pp. 322-325 [§ 14]. Exegesis que posiciona al mismo Heráclito como “precursor de Hegel”. Cf. Mondolfo, R.; op. cit., p. 51.↵
- Se ha debatido la plausibilidad filológica de entender el origen de la expresión λόγος como una derivación de λέγειν, (“hablar” o “contar” una historia): “A este efecto se ha indicado que el sentido primario de λέγειν es ‘recoger’ o ‘reunir’: se ‘recogen’ o ‘unen’ las palabras como se hace al leer (légère, lesen) y se obtiene entonces la ‘razón’”. Cf. Ferrater Mora, J.; Diccionario de Filosofía, Sudamericana, Buenos Aires 1964, voz: Logos [pp. 87-88].↵
- Ídem. ↵
- Hegel, G. W. F.; Ciencia… p. 42. El infinitivo de la expresión sugiere una circularidad dialéctica, considerando que lo puesto es depositado para ser retirado por uno mismo o por otro. En lo jurídico se recalca aún más su talante circular, según la definición dada por la RAE: “Persona que recibe en depósito, por auto judicial, el dinero que otra consigna”.↵
- Si bien presente la cuestión del “recuerdo” en Hegel desde la noción platónica de anamnesis, el sentido que le asigna Hegel tiene diferencias no menores con la noción del griego. En Hegel el “recuerdo” no es reminiscencia de entidades ideales preexistentes sino un proceso orgánico de relaciones dialécticas, una activa reflexión (y no pasiva contemplación de un Eidos) de la autoconciencia sobre sus propios contenidos. En síntesis, para Platón el alma preexiste en una mundanidad inteligible y en tal estadio deberá ser contemplada en su pétrea eternidad, para Hegel el espíritu existe en un mundo donde la co-presencia de lo formal con lo material remite, al acto intelectivo, a un activismo dialéctico en pos de lograr la gnosis más acaba, el Absoluto. ↵
- Cf. Duque, F.; op. cit., pp. 65-66.↵
- Hegel, G. W. F.; op. cit., p. 42.↵
- Cf. Ibid., pp. 49-50.↵
- Hegel, G. W. F.; Fenomenología… p. 32.↵
- Hyppolite, J.; Lógica y existencia, Universidad Autónoma de Puebla, México 1987, p. 113.↵
- Lo que, como el mismo lo sugiere, fue ya asentado en la Fenomenología del espíritu. Cf. op. cit., p. 23.↵
- Cf. Platón; República, 509d-511e [Gredos, Madrid 1988, tomo IV, p. 334-337].↵
- Cf. Aristóteles; Metafísica, L. IV, Γ, C.2, 1003a-b35 [Gredos, Madrid 1994, pp. 162-166].↵
- Abbagnano, N.; Diccionario de filosofía, FCE, México 1993, voz: Reconocimiento [p. 994].↵
- Hegel, G. W. F.; Ciencia…, p. 44.↵
- Idem. ↵
- Aristóteles; Metafísica, A, I, 981b 20-25.↵
- Hegel, G. W. F.; op. cit., p. 45.↵
- Idem. ↵
- Ídem. ↵
- Durante la década del 20 Hegel acompañó, con las limitaciones propia de una coyuntura represiva, los movimientos contestatarios de los profesores “demagogos”, los liberales constitucionalistas e incluso los Burschendchaftler (ver nota 85 y pp. 18-19), sin embargo, “[e]vitaba en la medida de lo posible despertar sospechas entre los policías y los jueces, empezando por hacerles completamente incomprensibles sus explicaciones especulativas. En este sentido no necesitaba hacer demasiados esfuerzos. Para disculparle sus partidarios siempre podían entresacar de sus obras citas salvadoras, párrafos compensadores” (D’ Hondt, J.; op. cit., p. 262). Hegel no solo se vale de la oscuridad de su dialéctica especulativa para ocultar el sentido transformador de su pensamiento, sino también de un lenguaje críptico que no deja entrever la racionalidad de su sistema ni las implicancias sociales y políticas (al menos al punto de hacerlo sospechoso ante la autoridad estatal) que se desprenden de sus concepciones filosóficas. Karl Marx fue el que, entre los jóvenes hegelianos, alertó sobre la estrategia del ocultamiento que se deja traslucir en las obras de Hegel, entre las que destaca el sistema y prosa de la Fenomenología del espíritu, donde yace “la crítica oculta” (Marx, K; Manuscritos de economía y filosofía, Alianza, Madrid 2003, p. 186), es decir, en ella está presente el tema de la recuperación (Aneignung) de las fuerzas humanas enajenadas teniendo como sitial teleológico la reconciliación total del hombre en “(…) el día espiritual del presente” (Hegel, G. W. F; Fenomenología, p. 113). ¿Qué yace oculto en dicha crítica? Algo que hoy bien puede ser advertido pero que en aquellas primeras décadas del siglo XIX solo puede ser sugerido o intuido por su siempre oscura pluma, a saber, “una primera teoría de la revuelta social”. Cf. Barbieri, J.; La cuestión social desde tres perspectivas dialécticas: Hegel, Marx y Adorno, Biblos, Buenos Aires 2020, pp. 35-37.↵
- Hegel, G. W. F.; Ciencia… p. 45.↵
- El substancialismo kantiano hace devenir la substancia en categoría, entendiéndola como una ley de enlace de nuestras representaciones cuya operatoria la realiza en entendimiento: “(…) las categorías, por medio de la intuición, no nos suministran conocimiento alguno de las cosas, salvo solo mediante la aplicación posible de ellas a la intuición empírica, es decir, ellas solo sirven para la posibilidad del conocimiento empírico. Pero este se llama experiencia” (Kant, I.; Crítica de la Razón pura, FCE, México 2009, Parte 2, Libro primero, secc. 2, § 22, [p. 174, B148]). En contraposición a dicho posicionamiento, el relacionismo hegeliano entiende que la postura de Kant, por su negación de lo en sí cognoscible y su afirmación de lo fenoménico como lo único cognoscible, entrañan un relativismo gnoseológico que inhibe la concepción de la filosofía como ciencia de la totalidad. Para ello, el pensamiento de la realidad cambiará el sentido del absoluto como substancia, en pos de un nuevo absoluto como conjunto de relaciones. El ser parmenídeo (ser-en-sí) se disuelve en el ser heraclíteo (ser-en-relación), haciendo de la substancia un momento efímero de las relaciones, esto es, una intersección momentánea y abstracta entre las relaciones concretas. La relación como concreto inteligible no es un accidente sino la naturaleza verdadera de las cosas. En definitiva, las relaciones son la condición de posibilidad de la totalidad y, por ende, de la concepción hegeliana de la filosofía como episteme. Cf. Podetti, A.; Comentario a la introducción a la Fenomenología del espíritu, Biblos, Buenos Aires 2007, pp. 70-71.↵
- Ibid., p. 46.↵
- Idem.↵
- Idem. ↵
- Ibid., p. 47.↵
- Idem. ↵
- Idem.↵
- Cf. Kant, I.; op. cit., Parte I, Libro primero, secc. 2, § 6 [p. 82, B50].↵
- Gaete, A.; op. cit., p. 26.↵
- Hegel, G. W. F.; op. cit., p. 48.↵
- Idem. ↵
- Idem. ↵
- Ibid., p. 49.↵
- En su consideración del Absoluto en la Fenomenología (p. 16) se destaca la circularidad espiralada que define su episteme: “De lo absoluto hay que decir que es esencialmente resultado, que solo al final es lo que es lo que es en verdad, y en ello precisamente estriba su naturaleza, que es la de ser real, sujeto o devenir de sí mismo”. La dialéctica es sistemática y el sistema es dialéctico. Todo el sistema se va desplegando en dos figuras geométricas, el círculo y el espiral. La circularidad indica que el sistema es sujeto en el sentido de subjetivarse, es decir, hacerse al salir y retornar; espiralado por no reiterar, cual lago heraclíteo, sus momentáneos bañados sino ir desarrollándose en cada superación, propio de lo dialéctico.↵
- Hegel, G. W. F.; Ciencia… p. 52.↵
- Cf. Leibniz, G. W.; op. cit., Parte II, cap. XXVII, § 3 [pp. 268-269]. En la Enciclopedia (§ 117) Hegel reconoce la valía del principio de Leibniz interpretando que la distinción entre dos individuos es formal e intrínseca (no material), es decir, eidética y no hilética. Fundamenta su exégesis del filósofo de Hannover no desde los Nuevos ensayos sino desde la Monadología (§ 9).↵






