De las disciplinas aristotélicas
a las tradiciones en pugna
Federico E. López
El egoísta lógico tiene por innecesario contrastar el propio juicio apelando al entendimiento de los demás, exactamente como si no necesitase para nada de esta piedra de toque (criterium veritatis externum). Pero (…) no podemos prescindir de este medio para asegurarnos de la verdad de nuestros juicios (…).
Inmanuel Kant, Antropología en sentido pragmático
Introducción
Basta con echar una mirada a la forma en que se “argumenta” en la actualidad, tanto en los medios de comunicación tradicionales como en las redes sociales, para comprender que nuestras prácticas argumentativas están en problemas. En tal contexto, una profunda reflexión sobre ellas resulta una tarea urgente. Si en 1798 el filósofo alemán Inmanuel Kant se preocupaba por el “egoísmo lógico”, que entendía como la creencia según la cual no es necesario cotejar o contrastar las propias opiniones con las de los demás, la situación resulta todavía más crítica en el presente: ya no alcanza con confrontar nuestras ideas con otras personas, puesto que la fragmentación social y los así llamados filtros burbuja, hace que establezcamos vínculos, tanto en la vida real como en la virtual, mayoritariamente con quienes ya piensan como nosotros, reforzándose así las creencias que ya teníamos. De esa manera, no llega a producirse nunca un verdadero contacto intelectual entre personas con ideas diferentes dispuestas al diálogo, y si ocurre que nos encontremos con quienes piensan distinto, muy rápidamente la argumentación toma la forma de una guerra en la que se trata de derrotar, de domar o humillar a la otra parte.
Las cosas son, en efecto, más complicadas: nuestra era no es simplemente la era del egoísmo lógico. Como dice el filósofo español Fernando Broncano, estamos sufriendo una verdadera tormenta: “la era de la posverdad. Que no es otra cosa que la indiferencia generalizada hacia la responsabilidad epistémica en los diversos ámbitos y niveles de la organización social” (2020, Introducción). La idea de (ir)responsabilidad epistémica refiere, según parece, a una actitud de indiferencia hacia lo que los griegos antiguos llamaron epistēmē, es decir, hacia el conocimiento en su sentido más loable. Parece que ya no nos importa formar nuestras creencias, nuestras opiniones, nuestros saberes o conocimientos de modo responsable: no nos interesa formarnos juicios sólidos sobre la base de una reflexión crítica sostenida, sino que estamos dispuestos a creer cualquier cosa que nuestros teléfonos “inteligentes” nos muestren, a condición de que nos sirva, de que nos reafirme en nuestras creencias y en nuestras identidades. En este contexto las así llamadas fake news y las teorías conspirativas proliferan por todas partes, y son hábilmente utilizadas para influir sobre las preferencias electorales de las personas. En vistas de todo ello, detenernos a reflexionar sobre la dimensión lógica, sobre la dimensión racional de nuestras prácticas argumentativas resulta fundamental, y puede ofrecer incluso un modelo: señalar un camino que vale la pena seguir, si es que queremos hacer las cosas de una mejor manera.
Pero ¿qué tiene que ver la lógica, esa milenaria área del saber, con los problemas que señalamos? ¿Qué relación hay entre la lógica y la práctica real de la argumentación? Cuando en 1958 el filósofo británico Stephen Toulmin planteó esta última cuestión, no sabía que estaba contribuyendo de manera decisiva al surgimiento de una nueva disciplina que llegaría a conocerse como teoría de la argumentación. Desde entonces esta disciplina se ha consolidado como un área más o menos independiente e interdisciplinaria que se encarga de estudiar el fenómeno de la argumentación desde diferentes perspectivas y considerando también distintas dimensiones. Pero si la teoría de la argumentación es la encargada del estudio de la argumentación, ¿de qué se ocupa la lógica?, ¿tiene algo que decir de la argumentación?
Cuando Toulmin planteó aquella pregunta, su objetivo no era fundar una nueva disciplina sino más bien reorganizar la lógica. Si la reorganización era algo buscado, ello se debía a una serie de problemas que encontraba en la lógica tal como era desarrollada en su época. En sus palabras:
Si todo marchara bien (y claramente bien) en la lógica filosófica[1], no tendría sentido haberme embarcado en estas investigaciones: nuestra excusa está en la convicción de que se necesita una reorganización radical de la teoría lógica para acercarla a la práctica crítica. (2007 [1958], p. 320)
En opinión de Toulmin el problema era básicamente que, al convertirse en una disciplina formal, similar en algunos aspectos a la matemática, la lógica se había alejado o desentendido de la práctica real de la argumentación, de la práctica de justificar y criticar puntos de vista. Muy probablemente, quienes hayan tomado un curso de lógica formal, de lógica proposicional o de lógica de predicados, comprenderán la idea de que hay un alejamiento de la lógica, y sus métodos formales de evaluación de argumentos, respecto de la práctica real de la argumentación, en la que las personas presentan y evalúan argumentos sin recurrir a tales métodos, y algunas de ellas lo hacen de hecho bastante bien. Pero ¿es la lógica en sentido propio necesariamente una disciplina formal con una relación escurridiza con la práctica real de la argumentación? ¿No tuvo acaso la lógica, desde sus comienzos, la pretensión de decir algo sobre la argumentación entendida como una actividad humana, de ofrecer herramientas para mejorar de hecho nuestras prácticas argumentativas?
En lo que sigue, trataremos de responder a estas preguntas explorando el vínculo histórico entre la lógica como disciplina y la práctica de la argumentación, o mejor, las prácticas de la argumentación, en plural, reconociendo desde el comienzo que lidiamos no con una única práctica sino con una multiplicidad de actividades en las que se presentan, se piden y se evalúan razones. Sostendremos que la lógica es de hecho, y en alguna medida siempre ha sido, una investigación sobre las prácticas de la argumentación. Para justificar este punto comenzaremos nuestra investigación volviendo al inicio: al tiempo en el que se escribieron los primeros tratados de lógica, o al menos los tratados más antiguos que se conservan hasta nuestros días, a saber, los libros sobre argumentación escritos por Aristóteles en el siglo IV a. C. Sostendremos que en verdad Aristóteles no es, como suele decirse, el creador de una disciplina para estudiar la argumentación llamada lógica, sino de tres, y que esas tres disciplinas, a saber la analítica, la dialéctica y la retórica, estaban destinadas al estudio de prácticas distintas que no se pueden reducir las unas a las otras, aunque tienen de hecho algunos puntos en común. Sin embargo, la obra de Aristóteles dio lugar a tres paradigmas o tradiciones que rivalizaron entre sí, reduciendo en alguna medida la riqueza y la variedad del abordaje Aristotélico: una tradición epistemológica, un paradigma formal, y una tradición argumentativa o civil. Presentaremos brevemente las concepciones de la lógica supuestas en cada uno de esos paradigmas o tradiciones, para analizar cómo se piensa, en el marco de cada una de ellas, la relación entre la disciplina y la práctica de la argumentación. Para finalizar, haremos una suerte de balance que nos permita comprender los problemas y las ventajas que cada una de esas tradiciones han supuesto.
Un parto múltiple: las tres disciplinas de Aristóteles
¿Un nombre para tres criaturas?
Suele decirse que Aristóteles es el padre de la lógica. Sin embargo, no siempre se recuerda que, más allá del momento exacto en que tuvo lugar el parto, allí nacieron tres áreas del conocimiento y no solo una. Tampoco se suele recordar que ninguna de sus criaturas fue bautizada con el nombre de lógica. En efecto, como señalan los expertos, Aristóteles no empleó el término lógica para referirse a sus estudios sobre los argumentos o razonamientos, sobre los silogismos [συλλογισμός], para usar la palabra griega empleada por dicho filósofo. En su lugar, utilizó tres nombres para referirse a las distintas investigaciones que desarrolló: analítica, para las investigaciones plasmadas fundamentalmente en los escritos Analíticos primeros y Analíticos segundos, y que parecen tener como objeto de estudio principal el silogismo demostrativo propio de las ciencias; dialéctica, para referirse a las pesquisas desarrolladas en Tópicos y en Refutaciones sofísticas, que estudian los silogismos que se construyen dialógicamente a través de preguntas y respuestas; y retórica para referirse a los estudios contenidos en los libros agrupados bajo ese mismo título Retórica, y que abordan los medios de prueba que pueden usarse para persuadir a distintos tipos de auditorios. El término lógica no es utilizado para referirse a ninguna de estas investigaciones por separado y tampoco a las tres como un todo. Según señalan António Pedro Mesquita y Ricardo Santos (2024, p. 1), Aristóteles no tiene un nombre general establecido para referirse a la lógica, y de hecho señalan que
En ocasiones, se le puede encontrar utilizando el término ἀναλυτικός [analytikós] en relación con los estudios lógicos, pero parece tener en estos casos un sentido más restringido, más cercano, de hecho, a nuestra concepción moderna de la lógica que al conjunto más amplio de temas que abarcan los escritos lógicos de Aristóteles. (2024, p. 1)
Este señalamiento resulta valioso en la medida en que explicita una cierta distancia entre la “moderna” concepción de la lógica y los escritos de Aristóteles, sugiriendo que la concepción moderna de lógica implica de hecho una reducción de los temas que abarcan los escritos del filósofo. En efecto, cuando se sostiene que Aristóteles fue el fundador de la lógica, usualmente se tiene en mente exclusivamente el estudio formal del silogismo categórico desarrollado por el filósofo en los Analíticos primeros.
Sin embargo, si continuamos con nuestro argumento, hablar de los escritos lógicos de Aristóteles es problemático pues no es ese el nombre usado por el filósofo. Está bien documentado que fueron los estoicos, al menos un siglo después, quienes usaron el término lógica para referirse a la parte de la filosofía que se ocupa del logos [λόγος], un término complejo que podemos traducir como discurso racional. Como se señala en los Placita atribuidos al doxógrafo Aecio (cfr. Mansfeld y Runia, 2020), un nombre alternativo utilizado por los estoicos para referirse a los estudios de logos fue el de dialéctica, nombre este que sería el más utilizado durante siglos. En efecto, todavía en el siglo XVII, en épocas en que René Descartes realizó su crítica a la lógica escolástica, el estudio del silogismo categórico era considerado como una parte de una disciplina más amplia denominada dialéctica (cfr. Cerpa Estremadoyro, 2013, p. 59)
Así, si nos quedamos con los propios escritos de Aristóteles y evitamos usar el concepto posterior de lógica para referirnos a sus estudios sobre el logos o los silogismos, resulta que aquél no es el padre de la lógica, sino el padre de tres disciplinas distintas encargadas todas ellas de estudiar silogismos, o razonamientos, es decir, logos. Aunque es cierto que el propio Aristóteles da muestras de que hay relaciones múltiples y complejas entre esas disciplinas, no parece haber considerado, no al menos de modo sistemático, a todas ellas como partes de una misma gran disciplina. Un argumento adicional para apoyar esta interpretación es que Aristóteles clasifica en varios de sus escritos a las ciencias, según su fin, en teóricas, productivas o prácticas. La lógica, en el sentido del estudio general del silogismo o el razonamiento, no parece caer bajo ninguna de estas categorías, porque “carece de un objetivo concreto, ya sea la producción de algo, la acción humana o el propio conocimiento” y parece ser más bien “un medio para alcanzar los objetivos que persiguen las demás ciencias” (Mesquita y Santos, 2024, p. 2). Esta idea acerca del carácter instrumental o tal vez propedéutico o preparatorio de los distintos estudios sobre el logos parece ser el fundamento en virtud del cual Andrónico de Rodas, en el siglo I a. C., habría reunido algunos de los escritos vinculados con el estudio del logos y el silogismo del filósofo bajo el nombre de Órganon, término este que puede traducirse como instrumento. En efecto, ni ese título, ni el orden, ni la unión misma de sus escritos sobre temas “lógicos” son cosas que debamos a Aristóteles mismo, sino a la tradición posterior. Como se sabe, los escritos reunidos por Andrónico bajo el rótulo de Órganon son seis: Categorías, Sobre la interpretación, Analíticos primeros, Analíticos segundos, Tópicos, y Refutaciones sofísticas, dejando afuera los libros que componen la Retórica.
Tres disciplinas para tres prácticas
Si Aristóteles no funda una lógica, sí resulta claro entonces que desarrolló tres disciplinas, la analítica, la dialéctica y la retórica, distintas, pero fuertemente relacionadas. Pero ¿cuál es el asunto o tema sobre el que trata cada una de ellas? Un primer modo de caracterizar y distinguir estas disciplinas es decir que cada una de ellas se centra en un tipo especial de silogismo o razonamiento. Esta es la línea de interpretación de van Eemeren y otros (1996), quienes sostienen que en Aristóteles puede encontrarse una clasificación tripartita entre silogismos demostrativos, dialécticos y retóricos y que cada una de las disciplinas y que cada una de las disciplinas se ocupan de uno de esos tipos de silogismos.
Aunque en ningún momento de la obra de Aristóteles puede encontrarse esta exacta clasificación tripartita entre silogismos, es cierto que en distintos lugares el filósofo se refiere a silogismos demostrativos o simplemente a demostraciones (ἀπόδειξις) [apódeixis], a silogismos dialécticos (διαλεκτικός) [dialektikós], y a silogismos retóricos, a los que llama también entimemas (ἐνθύμημα) [enthýmēma].
Por ejemplo, en el comienzo de los Tópicos podemos encontrar una distinción entre silogismos demostrativos y dialécticos. Antes de distinguirlos Aristóteles define a los silogismos o razonamientos en general del siguiente modo: “Un razonamiento es un discurso (lógos) en el que, sentadas ciertas cosas, necesariamente se da a la vez, a través de lo establecido, algo distinto de lo establecido” (Top. I, 1 100a 25-30). Aunque mucho se podría decir y se dijo sobre esta definición, aquí resaltaremos solamente la idea de que el razonamiento implica una suerte de paso desde algo establecido, desde algo que se ha “sentado” a una cosa distinta a aquello previamente establecido. Es decir, el razonamiento o silogismo es, en principio, el paso de una premisa (establecida, sentada) a una conclusión.
A partir de allí, los silogismos demostrativos y los dialécticos se distinguen en función de las cosas diferentes de las que parten. Mientras que los demostrativos parten de cosas “verdaderas y primordiales”, de cosas que tienen credibilidad por sí mismas, es decir, de cosas evidentes, los dialécticos se construyen a partir de cosas plausibles (ἔνδοξος) [éndoxos], de cosas que “parecen bien a todos, o a la mayoría, o a los más conocidos y reputados” (Top. I, 1 100b 20). Podríamos decir que las premisas plausibles refieren a posiciones o puntos de vista que son presumiblemente verdaderos. No son verdades completamente evidentes, pero sí afirmaciones que pueden sostenerse porque son las que, para la mayoría de las personas o al menos a los sabios, les parecen aceptables. Los silogismos demostrativos parecen ser el objeto de la analítica, pues según se lee en los Analíticos primeros (I, 1), la investigación allí desarrollada versa sobre la demostración [apódeixis], mientras que los razonamientos dialécticos, son obviamente el objeto de la dialéctica, tal como se desarrolla en los Tópicos y en las Refutaciones sofísticas.
En el pasaje que estamos comentando, Aristóteles no se refiere a argumentos retóricos o entimemas. Sin embargo, estos últimos son diferenciados de los argumentos analíticos y se presentan, tanto en los Analíticos primeros (II, 27), como en la Retórica (I, 2), como razonamientos a partir de probabilidades o signos. Se trata de una caracterización muy cercana a la de los argumentos dialécticos, y en efecto se usa también allí la palabra éndoxos. ¿Cómo se distinguen entonces estos razonamientos de los dialécticos? Si cada una de las disciplinas desarrolladas por Aristóteles se ocupa de un tipo de razonamiento y sólo tenemos dos tipos, los que parten de cosas evidentes y los que parten de cosas plausibles o verosímiles, ¿no deberíamos tener entonces solo dos disciplinas?
En este punto, y para obtener una mayor claridad conviene alejar la vista de las definiciones y mirar las cosas de una manera más general. Aunque se definan de un modo muy similar, en verdad no hay mucho riesgo en confundir un razonamiento dialéctico y uno retórico. Si no podemos distinguirlos considerando aquello de lo que parten, lo plausible, ¿de qué manera trazaremos la distinción? ¿Qué quiere decir que uno sea dialéctico y otro retórico?
Como menciona Juan Felipe González Calderón en el estudio preliminar que acompaña a su edición del Libro I de los Tópicos, “La palabra griega διαλεκτική (‘dialéctica’) es un adjetivo derivado del verbo διαλέγομαι (‘dialogar’)” (2010, p. 17). La palabra retórica, por su parte, proviene de ῥήτωρ (rhḗtōr), que significa orador, la persona que habla en público. Así, pues, un argumento dialéctico es un argumento que se despliega en un diálogo mientras que uno retórico es un argumento que un orador desarrolla cuando habla en público. Aunque tal vez alguien pueda pensar que argumentar dialogando, es decir, intercambiando preguntas y respuestas con un interlocutor, es lo mismo que argumentar frente a un público, lo cierto es que se refieren a actividades, a prácticas distintas. Podríamos incluso señalar que las reglas y las habilidades que una persona debe tener para desarrollar un argumento frente alguien que pregunta y cuestiona lo que aquella dice, y las que tiene que desplegar para argumentar frente, y persuadir, a un público más amplio que solo escucha no son exactamente las mismas. Como sea, lo cierto es que, como suelen señalar los especialistas, tales actividades o prácticas, estaban claramente diferenciadas en el entorno cultural en el que vivió y escribió Aristóteles. La defensa de Platón de la dialéctica y la encarnizada crítica que dirigió contra la retórica es una muestra clara de la diferencia entre esas formas de argumentar, al menos en aquellos tiempos.
En esta misma línea, y en referencia a los diálogos, González Calderón señala que se trata de una “manifestación propia de la cultura en la que estaba inmerso Aristóteles” y agrega que no es posible entender lo que el filósofo dice sobre la dialéctica “ignorando ese mismo contexto o trasfondo histórico-filosófico” (2010, p. 18). Sin embargo, podríamos ir un poco más allá y sostener que los diálogos, o los discursos públicos no son meramente el contexto o el trasfondo en función de los cuales podemos entender la dialéctica o la retórica de Aristóteles: no son su contexto sino, propiamente, su tema, su asunto, aquello sobre lo que se pretende investigar. Desde este punto de vista, un silogismo dialéctico es el que se construye en la forma de un diálogo, es una suerte de empresa (en cierta medida) cooperativa en la que dos interlocutores, uno que pregunta y uno que responde, construyen un argumento que permite mantener o refutar un punto de vista. Las preguntas y las respuestas no son meramente un revestimiento superfluo que adopta el silogismo, sino sus partes. A su vez, un silogismo retórico es aquel que un orador dirige a un cierto público con el objetivo de persuadirlo o convencerlo de algo. No es que esté por un lado el silogismo y por otro su función o su uso para persuadir: el silogismo retórico es el discurso cuando es usado para persuadir. ¿Y qué pasa con los silogismos demostrativos? A juzgar por el modo en que Aristóteles habla de ellos, son los argumentos mediante los cuales construimos conocimiento o ciencia demostrativa (apodeiktikés epistḗmēs), cuyo estudio no se reduce al sistema formal de los Analíticos primeros, sino a esa suerte de metodología o epistemología desplegada en los Analíticos segundos.
Así, según lo que hemos dicho, Aristóteles no dio a luz una disciplina encargada del estudio de los silogismos en general, sino tres disciplinas ocupadas de estudiar, no tanto razonamientos aislados, sino tres prácticas argumentativas o lógicas, tres prácticas del logos distintas: la práctica de la ciencia demostrativa cuyo estudio es la analítica, desarrollada fundamentalmente en los Analíticos primeros y los Analíticos segundos, la práctica del razonar dialógico, de cuyo estudio se ocupa la dialéctica, desarrollada en los Tópicos y las Refutaciones sofísticas, y la práctica de los discursos públicos persuasivos, de cuyo estudio se ocupa la retórica, desarrollada en el libro que lleva ese mismo nombre. Como dijimos antes, si bien Aristóteles señaló una y otra vez que se trata de disciplinas emparentadas y mutuamente relevantes, no parece haberse preocupado mucho por considerarlas como partes de un todo unificado o por encontrar un núcleo mínimo común a las tres, más allá de algunos señalamientos esporádicos cuyas interpretaciones resultan discutibles (cfr. Mesquita y Santos, 2024).
Esta manera de pensar a las disciplinas aristotélicas tiene además otra ventaja y es que permite lidiar con una suerte de contradicción o perplejidad que genera la idea de que las disciplinas se ocupan de estudiar no tanto prácticas, sino uno de los componentes de esas prácticas, a saber, los silogismos. En varios lugares, Aristóteles señala que las disciplinas que desarrolla, las tres, no se ocupan sólo de los silogismos, sino también de la ἐπαγωγή (epagōgē), un término que se suele traducir como inducción, pero que, siguiendo a Miguel Candel Sanmartin, conviene traducir como comprobación, para no confundir el sentido aristotélico con el sentido moderno de inducción. La comprobación es el camino desde los particulares hacia lo universal, y una forma de comprobar lo universal en lo particular. Silogismo y comprobación, parecen ser dos formas que pueden adoptar los discursos propios analizados en cada una de las disciplinas. Ello, al menos en el caso de la analítica, es problemático, pues ese paso de los particulares a lo universal no puede pensarse, como en el caso de los razonamientos demostrativos o apodícticos, como el paso de una verdad primera a otra nueva verdad. Sin embargo, Aristóteles señala explícitamente que la comprobación tiene una función en la ciencia e incluso dedica un capítulo de los Analíticos primeros a estudiarla. Si las disciplinas creadas por Aristóteles tematizan tres prácticas distintas, la de la ciencia, la de los diálogos y la del discurso público, nada impide que en cada una de esas prácticas se utilicen tanto razonamientos (silogismos) como comprobaciones, más aun teniendo en cuenta la utilidad que tienen estas últimas pues, en opinión del filósofo, se trata de una forma de discurso “más convincente y claro, más accesible a la sensación y común a la mayoría” (Top. I, 12 105a 15, y en sentido similar, An. Pr. 68b35).
Así, las disciplinas lógicas se ocupan de tres prácticas distintas. No es este el lugar para exponer en detalle el contenido de esas tres disciplinas. El punto que queremos señalar es que, si los libros a los que nos hemos referido, a saber, los Analíticos primeros y los segundos, los Tópicos y las Refutaciones sofísticas y la Retórica contienen el pensamiento lógico de Aristóteles, entonces si quisiéramos buscar un sentido unificado, un sentido general para una disciplina llamada lógica, parece que deberíamos pensarla como el estudio de una práctica, la práctica del discurso racional, del ejercicio del logos en sus diferentes formas, en definitiva, de las (diferentes) prácticas lógicas.
De las disciplinas a las tradiciones
A pesar de esta variedad con la que Aristóteles abordó las cuestiones que podemos llamar lógicas, en algún momento de la historia, y de manera inconfundible desde mediados del siglo XIX, la lógica se redujo a algo muy similar a la analítica, e incluso a algo aún más pequeño: al estudio formal de los silogismos o razonamientos deductivos. A partir de entonces, la concepción de la lógica como una ciencia formal se volvió dominante, y con ello, la lógica pareció desentenderse de todas las prácticas argumentativas, salvo tal vez, de la práctica de demostración de teoremas matemáticos, si es que cabe usar la palabra práctica para referirnos a una actividad que se pretende puramente mental, que parece ocurrir fuera del tiempo, en el espacio metafísico de las relaciones formales. ¿Cómo ocurrió eso?
El derrotero histórico de las tres disciplinas aristotélicas es complejo, y un seguimiento más o menos detallado de ello demandaría un libro completo. Sin embargo, en la historia posterior pueden rastrearse algunas concepciones que, adoptando la forma de paradigmas o tradiciones, y tomando como punto de partida la obra de Aristóteles, fueron convirtiéndose en concepciones rivales, que explican, en buena medida el estado actual de la disciplina, y el alejamiento de la lógica formal respecto de la práctica real de la argumentación que mencionamos en la introducción. Presentar al menos brevemente estas concepciones nos permitirá comprender mejor las relaciones entre la lógica y la argumentación en la actualidad.
La tradición epistemológica
Es posible identificar una primera tradición lógica, que fue de hecho muy temprana. Se trata de una tradición que procede, en alguna medida, de una cierta interpretación de Aristóteles e insiste en la idea de que la lógica es una suerte de ciencia auxiliar o instrumental respecto del logro del conocimiento. El estudio de la lógica sería así una suerte de preámbulo metodológico en la medida en que su estudio implicaría incorporar las herramientas necesarias para la producción de conocimiento.
Si bien hay dudas respecto de la posibilidad de atribuirle a Aristóteles mismo esta concepción, lo cierto es que se trata de una concepción muy antigua que se remonta al menos al siglo II o I a. C. En efecto, ya entre los peripatéticos, los seguidores de Aristóteles, y los estoicos se dio un debate interpretativo, filosófico e incluso pedagógico acerca del lugar de la lógica en el estudio de la obra de Aristóteles. Este debate llevó a Andrónico de Rodas, en el siglo I a. C. a organizar los escritos lógicos de Aristóteles bajo el rótulo de ὄργανον [órganon], palabra que puede traducirse como herramienta. Aunque hay versiones del Órganon de Aristóteles que incluyen a los libros que componen la Retórica, en la versión canónica, en la que todavía hoy siguen todas las ediciones, fueron excluidos. [2] Esta exclusión resulta coherente con la idea acerca de la relación instrumental entre lógica y conocimiento: la Retórica trata sobre la práctica de la persuasión de un cierto público, ya sean los ciudadanos reunidos en asamblea, los jueces del jurado, o el pueblo reunido en la plaza. La ciencia, o el conocimiento, por su parte, y según una concepción que será dominante hasta mediados del siglo XX, no busca persuadir a nadie de nada, sino demostrar verdades.
Si bien es posible pensar que la dialéctica podría haber corrido una suerte similar, pues trata con lo plausible y no opera con argumentos demostrativos propios del saber, lo cierto es que la relación entre conocimiento y dialéctica fue siempre más estrecha. Por un lado, ya para Platón la dialéctica era el camino adecuado para conducirnos a la verdad. Por otro lado, el propio Aristóteles señala en los Tópicos la utilidad de la dialéctica para las “ciencias filosóficas”, pues mediante la contraposición dialógica de los puntos de vista puede distinguirse “más fácilmente la verdad y la falsedad en todo.” (Top. 101a 35) Además, señala que la dialéctica es útil para los “primeros principios” de cada ciencia, en la medida en que, pese a ser indemostrables dado su carácter de “primeros”, se puede tratar sobre ellos a partir de las opiniones plausibles. Esto es propio de la dialéctica, dice Aristóteles, en la medida en que es investigativa (Top. 101b).
Si este vínculo entre lógica y dialéctica, y el de ambas con el conocimiento, puede rastrearse al menos a las disputas entre estoicos y peripatéticos, si resultaba todavía vigente en la época en la que René Descartes lanza sus agudas críticas contra la dialéctica medieval en busca un nuevo método, lo cierto es que, para mediados del siglo XIX, la idea de que la lógica tiene una función especial en la obtención del conocimiento comienza a resquebrajarse. El filósofo de la ciencia Larry Laudan lo presenta del siguiente modo:
Un acontecimiento de gran importancia ocurrió en el curso de la filosofía de la ciencia del siglo XIX. La tarea de articular una lógica del descubrimiento científico y la formación de conceptos, una tarea que había estado en el centro de la epistemología desde los Analíticos primeros de Aristóteles, fue abandonada. En su lugar se colocó la tarea muy diferente de formular una lógica de la evaluación post hoc de teorías, una lógica que no se preocupa por cómo se generan los conceptos o cómo se formulan las teorías por primera vez. Esta transformación marca uno de los parteaguas centrales en la historia del pensamiento filosófico, una división fundamental entre dos perspectivas muy diferentes sobre cómo el conocimiento ha de ser legitimado. (Laudan, 1980, 175)
Una de las maneras de comprender las diferencias entre las dos perspectivas o proyectos a los que hace referencia Laudan es recordando la distinción entre descubrimiento y justificación, o entre génesis y validez. Aunque se trata de una dicotomía central, casi un dogma, para la filosofía de la ciencia de la primera mitad del siglo XX, lo cierto es que al menos desde fines del siglo XIX era una distinción corriente. Una cosa, se decía, es el problema de cómo llegamos a un (nuevo) conocimiento, es decir, cómo un individuo o una comunidad realiza un descubrimiento científico, cómo llega a formular una ley, una hipótesis o una teoría, y otra muy distinta es cómo se la justifica. El primer proceso, el descubrimiento, es un proceso sujeto a factores psicológicos, sociales o históricos, lo que significa, en este contexto, que se trata de un proceso que no es racional, al menos no completamente. Si no es racional, no puede ser reducido a reglas, por lo que no puede haber una lógica del descubrimiento. En cambio, al justificar una idea, una conclusión, no debemos llegar a nada nuevo. La conclusión está ya ahí, y se trata de encontrar las premisas, y las reglas a partir de las cuales es posible inferir o deducir la conclusión. Si el proceso de descubrimiento o de producción de conocimiento, puede verse como el paso desde la ignorancia al saber, el proceso de justificación, de demostración, es comúnmente visto como el paso de una premisa evidente y ya establecida, a una conclusión ya disponible pero cuya justificación se logra al mostrar que se “sigue” de premisas evidentes.
La idea de que la lógica es la reconstrucción de las reglas y los procedimientos que permiten llegar a nuevos conocimientos ha tenido algunos defensores a fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX. Fue la tradición del pragmatismo clásico norteamericano, especialmente a través de dos de sus más destacados representantes, Charles Sanders Peirce y John Dewey,[3] la que intentó recuperar el vínculo entre lógica y conocimiento.[4] Incluso en la actualidad, hay autores que desde la lógica informal han intentado recuperar la idea de que la lógica debe ser también comprendida como la reflexión sobre un proceso de investigación que permita arribar a conocimientos y opiniones bien fundadas (Pratt. 2010; Blair, 2007; Bailin y Battersby, 2016; Battersby y Bailin 2018). Más aún, algo de esta tradición sobrevive en el hecho de que en varios niveles e instituciones de enseñanza haya una materia llamada lógica que se enseña en primer año, pues se asume que su aprendizaje resulta instrumental respecto de la incorporación del conocimiento de cada disciplina.
Sin embargo, con el establecimiento de lo que llamaremos paradigma formal en la próxima sección, esta concepción de la lógica fue claramente marginalizada. Frente a los avances indiscutidos de la lógica formal, y sus usos por ejemplo en computación, la idea de que la lógica es una reconstrucción del proceso mediante el cual es posible llegar al conocimiento, idea que había sido muy común hasta ese momento, fue considerada como una simple confusión. Cuando en 1938 John Dewey publicó un libro que se llamaba Lógica: la teoría de la investigación, la respuesta de los lógicos fue la indiferencia total o la acusación a su autor de estar confundiendo las cosas: la de Dewey no es en absoluto una lógica, sino, en todo caso, una metodología.
El paradigma formal
Esa diferencia dicotómica entre lógica y metodología es ya un resultado de la adopción de otra concepción sobre la lógica. Se trata de una concepción más reciente y todavía muy influyente, que comprende a la lógica no como el estudio del modo de llegar al conocimiento, o a afirmaciones bien fundadas, sino como el estudio del silogismo, entendido fundamentalmente como razonamiento. Esta concepción, supone una interpretación de la obra lógica de Aristóteles que privilegia el sistema desarrollado por aquél en los Analíticos primeros, y sostiene que la lógica es básicamente el estudio formal del silogismo. Las otras disciplinas aristotélicas, en el mejor de los casos, serían estudios del modo en que ese mecanismo formal abstracto puede ser aprovechado o usado en los diálogos, en el discurso público e incluso en la ciencia.
Cabe referirse al período en el que esta concepción fue dominante utilizando el concepto de paradigma acuñado por el físico y filósofo de las ciencias Thomas Kuhn (1996). Las ciencias, sostiene ese pensador, al menos las que llegan a un estadio maduro, se caracterizan por atravesar períodos de ciencia normal que se identifican por la vigencia de un paradigma, es decir, por la aceptación, sin cuestionamientos significativos, de un conjunto de supuestos, teorías, leyes y procedimientos considerados como definitorios de esa ciencia. Este carácter definitorio implica que la aceptación o rechazo de los supuestos que componen el paradigma funciona a la vez como un criterio de inclusión/exclusión a la comunidad científica de esa disciplina: quienes no aceptan el paradigma son expulsados o no son considerados como integrantes de esa comunidad. La lógica formal bien puede considerarse como un paradigma, como el paradigma formal de la lógica, de modo que, al menos durante algún tiempo, se consideró que quienes no encaran el estudio de los razonamientos con herramientas formales, simplemente no hacen lógica sino algo distinto. Esto explicaría por qué, cuando a fines de la década de 1950 algunos pensadores comenzaron a estudiar los argumentos sin recurrir a formalismos, no fueron considerados como verdaderos lógicos, y tuvieron que emplear otro nombre, el de teoría de la argumentación, para referirse a su disciplina.
Aunque es difícil establecer fechas precisas, resulta más o menos claro que el momento paradigmático de la lógica formal, es decir el momento en que la concepción formalista de la lógica es claramente dominante, e incluso excluyente, se extiende desde mediados del siglo XIX, con los trabajos formales de Augustus De Morgan (1806-1871), George Boole (1815-1864) y Gottlob Frege (1848-1925)[5] hasta mediados del siglo XX. El año 1958 puede servir bien como año simbólico de finalización del período paradigmático de la lógica formal: ese año Toulmin, por su parte, y Chaïm Perelman y Lucie Olbrechts-Tyteca, por la suya, publicaron dos libros, Los usos de la argumentación (2007) y Tratado de la argumentación. La nueva retórica (2006) respectivamente, que cuestionaban de manera abierta el hecho de que la lógica formal sea la teoría, e incluso una teoría, dedicada al estudio de la argumentación. Por supuesto, no es que la lógica formal haya terminado ese año, ni que se haya abandonado su estudio en algún momento posterior. La lógica formal sigue siendo una disciplina vigente y valiosa. Lo que comenzó a cuestionarse desde ese momento es precisamente la identificación de la lógica sin más con la lógica formal e incluso la idea de que la lógica formal tenga por tema u objeto de estudio a los razonamientos o a los argumentos.[6]
Sin embargo, en el marco de este paradigma, la lógica sí llegó a identificarse con la lógica formal. Si consultamos los diccionarios y textos más comunes, los que todavía hoy se usan para enseñar lógica, descubrimos que para sus autores la lógica nada (o poco) tiene que ver con diálogos o discursos públicos. Por ejemplo, según el conocido diccionario de Ferrater Mora, “El término ‘lógica’ abarca todas las investigaciones lógicas formales” (1999, p. 2175), y según parece solo las formales. En efecto, si bien se reconoce en ese diccionario que “se ha hablado” de otros tipos de lógica, como la lógica dialéctica, la histórica o la vital, lo cierto es que, se afirma allí, tales lógicas “son, en rigor, metafísicas y en muchos casos bosquejos ontológicos o programas de filosofía” (ídem). En otros términos, no son lógicas en sentido propio sino algo distinto. Por su parte, y en una dirección próxima, en su conocido libro, Irving Copi nos dice que “La Lógica es el estudio de los métodos y principios usados para distinguir el buen (correcto) razonamiento del malo (incorrecto)” (1980, p. 3), y agrega un poco más adelante que “El lógico se interesa por todos los razonamientos, sin tomar en cuenta su contenido” (p. 5). Por paradójico que suene, la lógica se desentendería del contenido de los razonamientos, pero conseguiría a la vez ocuparse de todos ellos. Ello se debe a que la lógica se ocupa de la forma (lógica) de los razonamientos, pudiendo, o más bien debiendo, prescindir de su contenido. Más aún, no solo se deja de lado el contenido, sino que el razonamiento mismo no es estudiado aquí como algo que alguien hace en cierto contexto; no es considerado como una práctica, sino simplemente como una mera entidad lingüística, como un conjunto de enunciados, compuesto por una conclusión y al menos una premisa.
Una idea similar puede encontrarse en otro destacado manual de lógica, a saber, el volumen I de Lógica, verdad y significado de L.T.F. Gamut. Allí, se afirma que la lógica se ocupa del razonamiento, y se señala que la argumentación es una de las “aplicaciones” del razonar (2009, p. 1). La palabra sugiere que la lógica puede comprenderse como una suerte de ciencia básica o pura, desligada de cualquier uso o aplicación práctica, uso o aplicación que resultaría secundario o posterior y no algo estrictamente necesario.
Si los manuales de lógica escritos en el marco del paradigma formal “enseñan” que la lógica es eso, los libros de historia escritos en ese mismo marco parecen “confirmar” además que siempre fue eso. En su conocido libro titulado El desarrollo de la lógica, William y Martha Kneale (1972), se proponen “presentar una visión de la evolución y progreso de la lógica” (p. xiii). Allí, en su primera línea señalan que “La lógica se ocupa de los principios de la inferencia válida” (p. 2). Al hacerlo, parecen estar ya comprometidos con el paradigma formal, lo que supone un punto de partida problemático para un libro de historia de una disciplina científica que en principio debería estar abierto a concepciones alternativas de la disciplina. Este sesgo es en alguna medida reconocido por los autores, pues señalan que, aunque incluyeron algunas “curiosidades” y referencias a obras que “no merecerían ser recordadas por su intrínseco valor” para la lógica, su “objetivo primordial ha sido, en cualquier caso, reseñar la primera aparición de aquellas ideas que nos parecen más importantes dentro del propio panorama contemporáneo de la lógica” (p. xiii).
Más allá del valor que tiene el libro de William y Martha Kneale como una historia del surgimiento de las ideas y conceptos centrales de la lógica formal, su abordaje resulta en efecto sesgado. Ello se evidencia en el tratamiento que hacen estos autores de la lógica en la antigüedad, período en el que ubican el surgimiento de la disciplina. En su opinión la lógica surge cuando las personas comenzaron a estudiar los principios y las reglas de la inferencia válida, lo que supone que, previamente, los “hombres llevaban a cabo inferencias, y sometían a crítica las inferencias ajenas” (p. 1, énfasis añadido). Además, añaden, si bien es cierto que puede rastrearse una cierta discusión en torno a los principios o reglas de la inferencia previa a la obra de Aristóteles, es con este filósofo que nos encontramos con los primeros escritos o tratados de lógica. En particular, “Los Analíticos primeros y segundos, (…) contienen lo más maduro del pensamiento lógico de Aristóteles”. Más aún, prosiguen los autores, los “hallazgos lógicos de mayor fuste en la obra de Aristóteles, que en su conjunto constituyen el ‘sistema aristotélico’ se hallan contenidos en De Interpretatione, (…) y en los Analíticos primeros (…)” (p. 23). Tales escritos contienen el estudio aristotélico de la relación de oposición entre enunciados y el sistema formal comúnmente conocido como silogística aristotélica que constituye, efectivamente, el primer sistema formal de lógica.
De este modo, si el paradigma formal de la lógica reduce el estudio de la argumentación a sus abordajes formales, las historias de la lógica escritas en el marco de tal paradigma vienen a confirmar lo que previamente habían asumido: la lógica es exclusivamente una ciencia formal y Aristóteles es el gran fundador de la lógica, disciplina que llega a identificarse con la analítica. En este contexto, tanto la retórica como la dialéctica son vistas como unos primeros intentos por parte de Aristóteles de analizar el silogismo, intentos que habrían pasado a segundo plano cuando el filósofo “descubrió” el sistema que expuso en los Analíticos primeros. Si al menos hasta el siglo XVII, la lógica fue vista como parte de la dialéctica y la retórica tuvo un cierto desarrollo autónomo, desde que el paradigma formal entró en vigor, tanto la dialéctica como la retórica fueron olvidadas, e incluso menospreciadas en su valor filosófico, hasta su resurgimiento a mediados del siglo XX, resurgimiento al que haremos alusión a continuación.
La tradición civil
Junto con la tradición epistemológica y el paradigma formal, es posible identificar en el curso de la historia de las reflexiones sobre el logos una tradición de lógica civil. Si bien la expresión lógica civil fue acuñada por uno de los pioneros del estudio de la argumentación en el ámbito iberoamericano, Luis Vega Reñón (2004), como él mismo señala, se trata de una expresión que viene sugerida por una larga tradición, que se remonta al renacimiento y más allá, nuevamente a la Grecia antigua.
Si buscamos la palabra civil en el diccionario, nos encontramos con una primera acepción que resulta valiosa aquí: civil es un adjetivo que significa “perteneciente a la ciudad o a los ciudadanos”. Si en griego polis refiere a las ciudades-estado, la expresión lógica política podría haber sido una opción, aunque sería difícil evitar la asociación con el sentido actual de “política”. La lógica civil es la lógica de los ciudadanos, la lógica del discurso civil, la lógica del discurso público. También podría decirse que es la lógica de la argumentación, entendiendo aquí argumentación no ya como un término intercambiable con razonamiento, sino en su sentido usual o cotidiano. Argumentar, dice el diccionario de la Real Academia Española, es “aducir, alegar, dar argumentos.” Los verbos elegidos por el diccionario son verbos transitivos que sugieren además un objeto indirecto, un destinatario de la acción del verbo: se aduce algo frente a alguien, se alega algo frente a alguien, se da a alguien un argumento. Razonar, en cambio, en la mayoría de sus usos es un verbo intransitivo, que significa “ordenar y relacionar ideas para llegar a una conclusión.” Razonar es entonces una acción que realiza un sujeto o un agente sin necesidad de que haya otra persona: yo razono, yo llego a una conclusión. Argumentar en cambio, y usando la definición de otro pionero de la teoría de la argumentación en el ámbito iberoamericano, a saber, Hubert Marraud (2020), es presentar algo a alguien como una razón para otra cosa.
Así, según su acepción más corriente, la argumentación es una actividad, una práctica realizada por personas frente a otras personas. Es una práctica social, que tiene además pretensiones de racionalidad o razonabilidad: se ofrecen razones de o para alguna otra cosa. Se trata de la práctica civil, de una práctica civilizada casi podríamos decir, de la práctica política por excelencia. Como sugerimos antes, la lógica formal no trata de la argumentación en este sentido. Más bien, reduce la argumentación a los argumentos, y no entiende a estos últimos en su sentido cotidiano de razones ofrecidas a alguien, como ocurre cuando alguien le pide a alguien que de los argumentos en los que apoya su punto de vista, sino en el sentido técnico de un conjunto de enunciados compuesto al menos por una premisa y una conclusión.
La lógica civil es, entonces, una lógica de la argumentación comprendida como práctica social y racional. Se trata de una lógica que puede vincularse a todas luces con la dialéctica y la retórica griegas, y que encuentra en los Tópicos, las Refutaciones sofísticas y la Retórica de Aristóteles la exposición más antigua con la que contamos aún hoy. El arte de construir (y destruir) argumentos de manera colectiva en el diálogo, y el arte de persuadir a un cierto auditorio fueron las prácticas sociales y racionales, las prácticas civiles, sobre las que se centraron esos primeros abordajes de lógica. Además, esta lógica civil o lógica de la polis versaba sobre cuestiones humanas, sociales, sobre cuestiones opinables o debatibles en el ámbito público.
Esta tradición sobrevivió y tuvo un cierto desarrollo en la Roma antigua y durante la etapa medieval (cfr. Vega 2017), e incluso una cierta recuperación durante el renacimiento pero que, al menos desde la época de Descartes, fue fuertemente opacada por la tradición epistemológica primero y luego por el paradigma formal. Sin embargo, a mediados del siglo XX, esta tradición resurgió como teoría de la argumentación. Cuando en 1958, Chaïm Perelman y Lucie Obrechts-Tyteca publicaron su Tratado de la Argumentación. La Nueva Retórica, eran plenamente conscientes de que estaban propiciando una ruptura significativa. Tan clara era su comprensión, que abren su libro, libro que será considerado como uno de los pilares del resurgimiento de la teoría de la argumentación afirmando que:
La publicación de un tratado dedicado a la argumentación y su vinculación a una antigua tradición, la de la retórica y la dialéctica griegas, constituyen una ruptura con la concepción de la razón y del razonamiento que tuvo su origen en Descartes y que ha marcado con su sello a la filosofía occidental de los tres últimos siglos. (2006, p. 30)
Como dijimos en la introducción, la propuesta de Toulmin también parte de la pretensión de revitalizar la reflexión sobre, y las herramientas de análisis de, la práctica de la construcción y la crítica de los argumentos. A partir del trabajo pionero de estos autores, desde la década de 1960 se fue consolidando una disciplina académica encargada del estudio de la argumentación, que si bien pareció renunciar al nombre de “lógica” a secas, en una suerte de concesión tácita de que la lógica es formal o no es propiamente lógica, prefiriendo las expresiones lógicas informales o teoría de la argumentación, con el tiempo ha ido reivindicando también la idea de que la lógica es el estudio de los argumentos entendidos como los productos de esa actividad social y racional que es la argumentación.[7]
No es este el lugar para exponer en detalle los distintos enfoques y teorías que pueden vincularse con esta tradición civil o argumentativa. Quienes tengan interés en conocer con más profundidad tales enfoques y teorías podrán consultar una ya extensa bibliografía al respecto.[8] Vale la pena, sin embargo, señalar dos cuestiones. La primera es que esta tradición de lógica civil no se centró solamente en el discurso público, sino también en el discurso propio de las humanidades y las ciencias sociales, en la argumentación en el campo de la ética, la política, la filosofía, el derecho, etc. Todas ellas, son áreas cuyas formas específicas de “probar” sus puntos de vista habían sido poco tenidas en cuenta por las otras tradiciones, a tal punto de que fueron consideradas muchas veces como ámbitos irracionales respecto de las cuales sólo cabe ser escépticos. La segunda cuestión a señalar es que en el contexto del resurgimiento de esta tradición se han realizado importantes esfuerzos por integrar las viejas disciplinas aristotélicas, la analítica (más comúnmente llamada lógica), la dialéctica y la retórica. Así, distintas teorías trataron de integrar en su propio seno intuiciones lógicas, dialécticas y retóricas en el estudio de la argumentación. Un claro ejemplo de ello lo constituye la influyente teoría pragmadialéctica de la argumentación. Tal teoría, aunque parte de considerar a la argumentación como el intento de resolver una diferencia de opinión, es decir, aunque asume un punto de vista dialéctico, incorporó luego la idea de que, en el contexto de un diálogo, las partes no solo apuntan a resolver racionalmente una diferencia de opinión. Además, las partes tratan de ser efectivas respecto de sus fines retóricos, es decir, tratan de resolver la diferencia de opinión a favor suyo (cfr. Van Eemeren, 2019).
Consideraciones finales
Este capítulo comenzó con la pregunta acerca de la relación entre la lógica como disciplina o área del saber y la práctica de la argumentación. Ahora, luego de un recorrido que nos llevó desde las tres disciplinas desarrolladas por Aristóteles, a tres tradiciones posteriores en pugna, estamos en condiciones de ofrecer una respuesta matizada a esa pregunta. En primer lugar, podemos decir que la lógica, o mejor algo que luego recibió tal nombre, surgió como un estudio diversificado de las distintas prácticas humanas que involucraban el discurso racional, el logos. Tales prácticas no eran meramente el contexto de la obra de Aristóteles como suele decirse, sino más bien su tema. Se trata de prácticas lógicas o prácticas argumentativas: la práctica de la ciencia, la práctica de la argumentación dialógica y la práctica de la argumentación pública. Esta primera diversidad de disciplinas paralelas, mutuamente relevantes pero que no compiten entre sí en la medida en que se fijan en prácticas distintas, fue luego sustituida por tradiciones que en algún sentido intentaron hacer de la lógica una disciplina unitaria que adopta un cierto aspecto de una cierta práctica lógica como elemento fundamental desde el que construir la disciplina: la función instrumental de la lógica respecto de la obtención de conocimiento en el caso de la tradición epistemológica; la posibilidad de construir sistemas formales en el caso del paradigma formal; la práctica de defender y refutar puntos de vista en la tradición civil.
Cada una de estas tradiciones supone aportes muy valiosos a la vez que trajo consigo algunas limitaciones importantes. La tradición epistemológica resulta valiosa en la medida en que piensa la cuestión de los instrumentos o herramientas que nos permitan formar creencias y opiniones bien fundadas, lo que a la luz de los problemas que nuestra era de posverdad enfrenta resulta claramente encomiable. Más aún, esta idea acerca del papel instrumental de la lógica respecto de la opinión verdadera ha servido muchas veces para justificar la inserción de la asignatura lógica dentro de la currícula en distintos niveles. Sin embargo, al menos en su versión moderna, implicó una reducción del ámbito de la argumentación a las ciencias formales, por ejemplo, en el intento de Descartes de encontrar un método que nos lleve de verdades evidentes a sus conclusiones necesarias, o a las ciencias empíricas, en la reducción empirista de todo conocimiento a “hechos empíricos” pretendidamente neutrales, objetivos e indiscutibles.
La tradición formal, por su parte, desarrolló sistemas de lógica tan potentes como espectaculares que condujeron finalmente al desarrollo de la computación y la inteligencia artificial. Su valor y su relevancia como área del saber, como ciencia formal, están más allá de discusión.[9] Sin embargo, la lógica formal fue desentendiéndose en los hechos cada vez más de la práctica real de la argumentación, sin que ello fuera reconocido, a veces, por la propia disciplina que siguió pretendiendo ser la ciencia, la única ciencia, sobre el razonamiento o la argumentación.
La tradición civil no sólo se centró sobre formas de argumentación que muchas veces habían sido relegadas, y cuyo carácter racional había sido muchas veces negado, sino que produjo un claro avance en cuanto a las técnicas para el análisis, la reconstrucción y la evaluación de argumentos reales. Al hacerlo recuperó la práctica aristotélica de hacer lógica analizando y evaluando las formas reales de argumentación tal como se despliegan en la práctica. Podríamos decir que, de la mano de esta tradición, la lógica finalmente se asume, sin reparos, como reflexión sobre las prácticas argumentativas. Por supuesto aún queda mucho por hacer y hay varias limitaciones o problemas que podrían señalarse, y que de hecho han sido señaladas en el marco de esta misma tradición, lo que sugiere que es todavía una tradición viva. Señalemos brevemente, para finalizar algunas de esas limitaciones.
En primer lugar, y como dijimos, en el marco de esta tradición argumentativa, se ha intentado integrar las disciplinas aristotélicas en una muestra de dar cuenta de manera cabal de las dimensiones de la argumentación como práctica real. Sin embargo, el modo en que ha pretendido integrar tales disciplinas no está exento de problemas. En la medida en que no se las consideró como estudios independientes sobre tres prácticas argumentativas distintas, sino como abordajes de distintos “aspectos” de un mismo fenómeno, de una misma y única práctica, ello produjo problemas y tensiones teóricas importantes, tal como lo muestra Lilián Bermejo Luque (2009). De acuerdo con la interpretación de Aristóteles ofrecida antes analítica, dialéctica y retórica no son dimensiones y aspectos de la argumentación que puedan componerse en un todo unificado, como ocurre por ejemplo con las dimensiones de un cubo (alto, ancho y profundidad).
Por esa misma razón, la distinción usual entre producto, proceso y procedimiento, que se suele usar para integrar las tres disciplinas tampoco resulta clara. Se suele decir que la lógica (la analítica) estudia los argumentos entendidos como productos de la actividad de argumentar, la dialéctica de los procedimientos para resolver una diferencia de opinión mediante el diálogo argumentativo y la retórica del proceso de persuasión de un auditorio. Sin embargo, en su misma formulación está claro que esos tres términos, producto, procedimiento y proceso, no refieren en teoría de la argumentación a la misma cosa. Esa tríada de palabras funciona muy bien si pensamos, por ejemplo, en la realización de una torta: la torta misma es el producto, el resultado en que debe terminar la acción, mientras que la receta sería el procedimiento, las reglas que nos dicen cómo obtener un buen producto, y el proceso es la actividad misma de realización de la torta siguiendo (bien o mal) una receta. En el caso de la argumentación las cosas no funcionan así: el argumento no parece ser el producto de la argumentación, no al menos en el sentido de su resultado. El argumento parece ser más bien la razón, o la razón junto con la tesis, es decir, lo que se dice al argumentar; por otro lado, la argumentación como procedimiento no parece que tenga un vínculo especial con la resolución de una diferencia de opinión, pues podemos argumentar para persuadir, o simplemente para posicionar un cierto punto de vista en el contexto de la esfera pública; por último, el proceso de la argumentación, en el sentido de las fases en el desenvolvimiento de una acción o fenómeno no tiene por qué conducir a la persuasión. En principio es posible pensar en formas de argumentación como la deliberación, por ejemplo, en las que no necesariamente una parte trata de persuadir a la otra. Dicho de otra manera, la correspondencia entre la tríada lógica, dialéctica y retórica y la tríada producto, procedimiento y proceso, tan común en la literatura especializada para producir la unidad de las disciplinas aristotélicas parece forzada. Esto no implica que no sea valioso el intento de integrar en nuestra concepción de la argumentación las pretensiones de razonabilidad y de efectividad propias de la argumentación, sino tan solo que al hacerlo no estaríamos integrando intuiciones dialécticas y retóricas, pues tanto en la argumentación dialogada como en el intento de persuadir mediante argumentos, las dimensiones efectividad y racionalidad se encuentran presentes.
En segundo lugar, en nuestra opinión, la tradición argumentativa ha sido excesivamente retrospectiva y justificatoria. Se ha centrado muchas veces en la defensa o el ataque de puntos de vista, asumiendo que el proceso argumentativo tiene que comenzar siempre con un punto de vista preestablecido. De allí su carácter retrospectivo: primero está el punto de vista y luego su defensa o su ataque. Esta dinámica tiende a reforzar la idea de la argumentación como una suerte de guerra de opiniones[10] en la que hay que defender los propios puntos de vista, en los que hay que defenderse, a toda costa, a la vez que atacar o demoler el punto de vista de la otra parte. Pero la argumentación no tiene por qué partir siempre de allí: a veces, simplemente no tenemos un punto de vista y lo que se requiere no es justificar o criticar nada, sino llevar adelante un proceso reflexivo de pensamiento crítico, de pensamiento lúcido, que nos lleve desde los problemas a la formación de una opinión de un modo virtuoso.
Respecto de ese último punto, resulta alentador reconocer, al interior de la propia tradición argumentativa, un fuerte impulso hacia el estudio de las virtudes epistémicas y los sesgos cognitivos, que en diálogo con la epistemología social y la psicología del razonamiento, están desarrollando herramientas muy valiosas para comprender las prácticas argumentativas, y los sesgos y rasgos del carácter, tanto como los condicionamientos sociales y políticos que hacen que, en nuestra era, el problema del egoísmo lógico del que hablaba Kant sea apenas un problema más el marco de la tormenta de la posverdad que caracteriza nuestra época. Si la lógica tiene algo que decirnos para comprender estos fenómenos e incluso para combatirlos, no sólo puede permitir comprender nuestras prácticas argumentativas sino, lo que es más valioso aún, mejorarlas.
Referencias bibliográficas
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- La expresión lógica filosófica era una expresión común en la época utilizada para hablar simplemente de la lógica (formal).↵
- Además de las ediciones antiguas de los escritos de Aristóteles sí incorporaron a la Retórica dentro del Órganon, otras ediciones incluían otro libro de Aristóteles, a saber, la Poética (cfr. Mesquita y Santos, 2024, p. 7 y ss.).↵
- Para una presentación de las concepciones de la lógica en Peirce y Dewey, véase López (2025) y López y Marraud (2023). ↵
- Otro antecedente que puede mencionarse como parte de esta tradición epistemológica es la obra de John Stuart Mill A System of Logic, Ratiocinative and Inductive de 1843.↵
- El libro de Kneale y Kneale (1972) ofrece reconstrucciones accesibles de los pormenores de tales aportes.↵
- Por ejemplo, de modo reciente, Marraud (2020) sostiene que la lógica formal no estudia a los razonamientos, que son procesos psicológicos, ni argumentos que forman parte de prácticas sociales, sino relaciones abstractas y formales de implicación que no tienen una relación directa ni sistemática ni con los razonamientos ni con los argumentos. ↵
- Otro punto clave que puede mencionarse aquí como un factor determinante en este giro hacia la práctica de la argumentación es la adopción por parte de la filosofía del siglo XX de una perspectiva pragmática sobre el lenguaje, es decir, de la idea de que el lenguaje, y el significado no pueden comprenderse adecuadamente si no se los considera como actos de habla que se realizan en un cierto contexto. Bajo el influjo de autores como Wittgenstein, Austin y Grice, pero también de los pragmatistas clásicos, se comprendió que hay algo fundamental que se pierde al estudiar el lenguaje si dejamos afuera el contexto comunicativo y de acción en el que el lenguaje se usa.↵
- Además del texto de van Eemren y otros (1996) ya mencionado, una buena opción para conocer los distintos enfoques en teoría de la argumentación es Vega (2022). Para una presentación de las razones del resurgimiento véase Vega (2017).↵
- Para una representación literaria del impacto de la lógica en la computación y la IA, véase la maravillosa novela de Benjamin Labatut Maniac (2023).↵
- Sobre las metáforas bélicas para hablar de la argumentación, y sus problemas, véase Cohen (2022).↵






