Marcelo Sili
La discusión sobre los modelos de desarrollo rural es un tema recurrente en América Latina y en Argentina, debate que es planteado por organismos de cooperación, organismos nacionales y organizaciones de productores agropecuarios. Así, los organismos internacionales plantean en forma permanente, y con diferentes ritmos, propuestas y recomendaciones de política para la mejora de las capacidades de producción y de las condiciones de vida en las áreas rurales. Estos documentos son en ocasiones adoptados por los gobiernos nacionales con diferente suerte, a veces se siguen dichas recomendaciones, y se intentan aplicar propuestas e iniciativas, con el apoyo de la banca multilateral y los organismos de cooperación, en otros casos son tenidos en cuenta solo como referencia técnica o instrumental (CEPAL, Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA), 2015).
Los gobiernos nacionales también plantean una discusión sobre los modelos de desarrollo rural a seguir, aunque estas propuestas suelen ser mucho más cambiantes y de carácter más informal, eventualmente con limitaciones a nivel técnico e informacional, lo cual no les permite construir un sustento sólido a las acciones de política.
Actualmente la discusión sobre modelos de desarrollo agropecuario y rural vuelve a estar vigente, en Argentina, como en América Latina (Betancourt Morales & Zartha Sossa, 2020). En líneas generales, esta discusión se centra en la construcción de tres posibles senderos de desarrollo rural en la región (Rieutort, 2023).
Sendero de la tecnología y la producción. Este primer sendero o propuesta de modelo constituye la continuidad y amplificación del modelo de la modernización tecnológica, es decir, se plantea la necesidad de potenciar el cambio tecnológico y la aplicación de nuevos conocimientos científicos y tecnológicos para aumentar el crecimiento y la competitividad del sector agropecuario y de producción de bienes derivados de los recursos naturales. Este sendero se basa en la idea de que es a través de la tecnología y los nuevos conocimientos que se podrá aumentar la producción y revertir los problemas ambientales derivados del modelo de la modernización vigente en las últimas décadas. Este discurso está sostenido en gran parte por las organizaciones de productores y los sectores empresariales, especialmente los de mayor escala (Trivelli y Berdegué, 2019).
Sendero de la producción y el ambiente. Este sendero de desarrollo rural considera que es necesario e imperativo conciliar el desarrollo productivo y el ambiente. Sin una atención adecuada a la problemática ambiental, no podrá sostenerse el desarrollo productivo en el largo plazo. Este sendero se sustenta en gran parte en los discursos de los organismos internacionales y desde el punto de vista conceptual e instrumental en los objetivos de desarrollo sostenible. Existe en esta formulación una creencia de que, a través del crecimiento productivo ambientalmente sustentable, se podrá generar un efecto derrame y se podrán revertir los problemas de la pobreza rural (Adloff & Neckel, 2019).
Sendero del bienestar rural. Emerge un tercer sendero o propuesta de modelo de desarrollo que ya no considera al cambio tecnológico y al aumento de la producción sustentable de bienes primarios como el camino para el desarrollo, sino que, por el contrario, pone el foco en la mejora de las condiciones y en el bienestar de la población rural como estrategia para el desarrollo rural (Yin et al., 2022). Este sendero plantea que el desarrollo productivo constituirá un derivado de la mejora sustancial de las condiciones de vida de la población rural (Bourquia & Sili, 2021; Camarero, de Grammont & Quaranta, 2020; Garambois et al., 2020).
A través de estas páginas se pretende contribuir a una reflexión amplia sobre el sentido del bienestar rural y entender las razones por las cuales sería posible, en este momento histórico, avanzar con la construcción y consolidación de un nuevo modelo de desarrollo basado en esta idea de bienestar rural. Para ello se hará en primer lugar un repaso de las consecuencias del modelo de la modernización agraria, específicamente para el caso de la Argentina y de la región pampeana. Luego observaremos cómo las nuevas dinámicas e innovaciones emergentes están transformando la organización y la dinámica de los territorios rurales y están abriendo las puertas a la construcción de un nuevo modelo de desarrollo. Por último, pretendemos señalar algunas pistas que permitirían avanzar en la construcción de esta nueva propuesta de organización y dinámica de los territorios rurales.
La herencia del modelo de modernización agraria
A través de su historia, los espacios rurales de la Argentina tuvieron diferentes períodos o modelos de organización social y territorial (Chonchol, 1994). Algunos de estos modelos estuvieron estrechamente ligados a la acción de los actores privados, por ejemplo, los estancieros de fines del siglo XIX muchas veces vinculados a mercados internacionales y a los sectores de poder. En otras ocasiones, se construyeron y modelaron los espacios rurales a partir de las acciones directas del Estado en su esfuerzo por controlar y diseñar las formas de organización de estos, como en el caso de la creación de colonias agrícolas o las zonas de irrigación. Estos diferentes períodos o modelos de organización social y territorial dieron como resultado variadas formas de organización de los pueblos, del parcelamiento de la tierra, a las vías de comunicación, a las infraestructuras y equipamiento, a las identidades locales y regionales, en definitiva, a la vida social y cultural de los vastos espacios rurales de la Argentina (Sili, 2018, 2021; Sili et al., 2015).
Más allá de quién ejerció el control y la organización de los territorios rurales, estas etapas o modelos históricos tuvieron algo en común: fue la valorización de los recursos naturales disponibles, a través de la agricultura y la ganadería, lo que estructuró y organizó los territorios rurales. Así, en la Argentina el sector agropecuario ha sido sinónimo indiscutible de rural.
El último modelo histórico, vigente desde mediados de siglo XX, ha sido denominado de modernización agraria, el mismo se caracterizó por un fuerte proceso de modernización tecnológica en la producción y en los transportes y comunicaciones, la adopción de nuevas formas y pautas de consumo y el aumento sustancial de la producción agropecuaria. A partir de las últimas décadas del siglo XX este modelo también incluyó políticas de desregulación y descentralización (Sili, 2021). Este conjunto de políticas impactó sobre las infraestructuras, los equipamientos y los servicios en las áreas rurales (cierre de ramales ferroviarios, reorganización administrativa, etc.) y también obligó necesariamente a las empresas agropecuarias a aumentar las escalas productivas, a mejorar los sistemas de gestión y a modernizar los sistemas productivos de manera que pudieran encontrar un nuevo punto de equilibrio y rentabilidad. Se privilegió así la expansión agraria hacia otras regiones (región chaqueña especialmente) y la rentabilidad de las empresas más grandes, que pueden continuar su proceso expansivo incorporando capital y nuevas tierras en todos los sectores productivos. Estos cambios dieron lugar a un modelo de más complejidad rural, con mayores tensiones por la ocupación y el uso de la tierra y por los impactos sociales y ambientales que se generan (Gras y Hernández, 2009; Manzanal, 2013).
Más allá del fuerte crecimiento productivo y de generación de recursos, este modelo de desarrollo ha tenido impactos claramente reconocidos en el caso argentino. Se estima que entre la década de 1980 y la actualidad más de 400.000 agricultores dejaron los campos y los pequeños pueblos y parajes, especialmente aquellos que no podían generar mayores ingresos en sus unidades productivas debido a la reducida superficie de sus tierras, el bajo nivel tecnológico y las dificultades para la comercialización. La población rural disminuyó sistemáticamente, pasando de 6 millones de habitantes en las zonas rurales en la década de 1950 a menos de 2 millones al año 2020. Desde el punto de vista ambiental la situación también ha sido crítica, el fuerte crecimiento productivo tuvo su correlato en la desaparición de pastizales, montes y bosques nativos, la disminución de la biodiversidad y la pérdida de numerosas especies de flora y fauna, con una fuerte homogeneización y simplificación de los ecosistemas. Y finalmente la contaminación de suelos y agua por la masiva utilización de insumos químicos (fertilizantes, herbicidas, pesticidas), lo cual ha sido fuertemente criticado desde diversos ámbitos debido al impacto sobre la salud (especialmente cáncer, trastornos respiratorios y afecciones de la piel) (Sili, 2021).
Bajo este modelo, lo rural es considerado como un “mero espacio productivo”, lugar de producción y marginalmente un lugar para vivir y construir un proyecto de desarrollo personal. Frente a esta imagen de lo rural, la ciudad se asocia como “La Meca” del progreso, la modernidad y el desarrollo, asociando crecimiento y desarrollo con urbanización e industria (Guibert & Sili, 2011). Como producto de una mirada reductora sobre lo rural no se han construido las políticas y los procesos que permitan mejorar sustancialmente la vida en el medio rural. Vivir, trabajar y construir un futuro de desarrollo personal en las áreas rurales de la Argentina ha sido una tarea de gran dificultad porque se carece de las infraestructuras, equipamientos y servicios necesarios comparativamente con lo que sucede en la Argentina urbana. Así la provisión de bienes y servicios, el acceso a la salud, la capacitación y la educación en general, el acceso a bienes culturales, el ocio y la recreación implican siempre un gran esfuerzo que genera una división social entre quienes pueden movilizarse para acceder a los mismos y aquellos que no pueden hacerlo, manteniendo situaciones de marginalidad e inaccesibilidad a servicios que constituyen para la mayoría de los habitantes de las ciudades elementos cotidianos. Evidentemente el histórico éxodo rural refleja en parte esta carencia y esta imposibilidad de vivir mejor en el medio rural.
Innovaciones, nuevas dinámicas y oportunidades para los territorios rurales
Este modelo de organización rural se enfrenta a nuevas dinámicas de cambio en la actualidad. Más allá de la globalización, la urbanización, el cambio climático y ambiental, que son procesos de larga data y que afectan a todo el mundo, hay otros factores claves o innovaciones, que están generando nuevas condiciones en los territorios rurales, en especial a partir de la pandemia del COVID-19, tanto en Argentina como a nivel global.
Un primer factor emergente, disruptivo y clave para el futuro son las nuevas miradas sobre la naturaleza y las crecientes demandas para resolver la crisis ambiental global. A pesar de las evidencias sobre el desastre ecológico en todo el mundo, los países mantienen una lógica de producción, crecimiento y consumo que tiene efectos críticos sobre el ambiente y los recursos; frente a esta realidad emerge una nueva preocupación por los efectos del cambio climático, por las condiciones de los hábitats, por la generación de nuevas formas de relación con la naturaleza y por el acceso a una alimentación sana y natural. Esta conciencia impulsa la aparición de modos alternativos de producir, consumir, moverse y habitar. Por ejemplo, crece la producción y el consumo de productos orgánicos y locales, los productores agropecuarios ponen en marcha prácticas más sustentables, se difunden campañas masivas destinadas a reducir el uso del plástico y a promover el reciclado de materiales y residuos, se desarrolla la bioconstrucción, y se crean nuevos espacios verdes y recreativos. Estas demandas y prácticas han dado lugar al surgimiento de grupos, redes o movimientos que abogan por la conservación de un recurso y contra la contaminación del agua y del aire, el uso de plásticos y otros productos no degradables, el maltrato de los animales, la minería a cielo abierto y el uso de agroquímicos, entre muchos otros.
Un segundo factor lo constituye la demanda de más espacio disponible para vivir, de un mayor equilibrio territorial y de mejores condiciones de los hábitats. La pandemia de COVID-19 amplificó y visibilizó más que nunca estas problemáticas ya que la enfermedad y la cuarentena no se vivieron de la misma manera en el campo, los pueblos y las ciudades. La inmovilidad impuesta por la cuarentena puso de manifiesto la importancia del lugar donde vivimos, nuestras casas, nuestros barrios, nuestros pueblos y ciudades. Las personas que habitan en viviendas precarias en las ciudades, en condiciones de hacinamiento, donde el patio es la calle y la calle es la vida social, viven la pandemia como un nuevo drama que se suma a su histórica pobreza. Para ellos tiene gusto a abandono y a reclusión en espacios mínimos e insalubres de los que no pueden salir por el temor a la enfermedad y a la muerte. Los habitantes de nuestras ciudades, abigarradas, congestionadas, hechas a fuerza de especulación y concentración, también descubren con la cuarentena que vivir en espacios minúsculos, alejados de toda relación con la naturaleza, se ha convertido en un problema central en sus vidas. En cierto modo existe un imaginario colectivo según el cual en el campo y los pequeños pueblos se dispone de espacio, acceso a áreas verdes y a la naturaleza, y la posibilidad de transitar de mejor forma la pandemia y la cuarentena. Esta idea se manifestó en la tendencia de muchos habitantes de las ciudades a informarse sobre pueblos donde establecerse y construir un nuevo proyecto de vida. Así, la pandemia y la cuarentena han puesto al descubierto más que nunca el hecho de que la disponibilidad de un lugar individual y familiar, de una vivienda digna, de cercanía con la naturaleza y de espacios colectivos es determinante en la calidad de vida de una sociedad, más allá de los ingresos y la capacidad de consumo. La pandemia aparece, entonces, como una oportunidad para emprender cambios en las formas de organizar nuestros campos, pueblos y ciudades.
Un tercer factor que está impulsando cambios en la Argentina rural es la demanda de la población de una mayor seguridad personal. El aumento de hechos delictivos, especialmente en las medianas y las grandes ciudades, es un elemento crítico en la Argentina de las últimas décadas. La falta de respuesta a este problema también impulsó la migración de muchas personas hacia las áreas rurales, especialmente a pueblos pequeños y medianos de todo el país.
Por último, un factor clave, y que viabiliza cambios estructurales en las áreas rurales, es el cambio tecnológico en las comunicaciones, los transportes y la producción. El desarrollo de la telefonía móvil e internet permitió realizar cambios notables en los sistemas de producción, la educación y la cultura, y mejorar la calidad de vida en general. Si bien la brecha tecnológica entre el campo y las ciudades es importante, los habitantes de las zonas rurales pueden acceder a nuevos conocimientos, difundir más información, generar nuevos contactos y redes, y encarar emprendimientos productivos impensados décadas atrás. Los cambios en el transporte también contribuyeron a generar nuevas oportunidades. A pesar de las limitaciones impuestas por las grandes distancias y, muchas veces, por el mal estado de los caminos, la movilidad de la población rural se ha incrementado significativamente gracias a la mayor disponibilidad de vehículos automotores. Finalmente, las tecnologías orientadas a la producción experimentaron cambios profundos en el sector agropecuario –especialmente las AgTech (agricultural technology)–, donde la robótica, la información satelital, la digitalización de tareas y la utilización de softwares específicos permitieron revolucionar las formas de trabajo y producción (Dürr y Sili, 2022). Puede afirmarse que este factor de cambio tecnológico constituye una profundización del proceso de modernización tecnológica que vivió el mundo rural argentino en las últimas décadas.
Todos estos factores están contribuyendo a la emergencia de dinámicas o innovaciones en las áreas rurales, como son nuevas dinámicas migratorias desde las ciudades hacia pequeñas ciudades, pueblos y campos, iniciativas de recuperación y valorización del patrimonio y la identidad, y una dinámica de diversificación de actividades productivas, entre otras (Camarero y Oliva, 2016).
Desde el punto de vista conceptual podemos entender a estas innovaciones como el proceso de creación de un nuevo producto, proceso, servicio o modelo de gestión, que puede incrementar la eficiencia o abrir nuevos caminos o alternativas de solución a diferentes problemas. Estas innovaciones no se centran únicamente en la incorporación de nuevas tecnologías, sino en procesos sociales que permiten crear elementos y procesos nuevos capaces de brindar soluciones a la sociedad. En síntesis, la innovación nunca es una sola tecnología o actividad de aportación de factores, sino un proceso complejo de construcción de ciencia, tecnología, políticas, sistemas y redes (O’Shaughnessy et al., 2023). Estas innovaciones dependen también de las especificidades geográficas, sociales y culturales de los lugares donde se producen, ya que las características geográficas generan condiciones y dirigen en buena medida las iniciativas. En este sentido, la innovación se considera una construcción social condicionada por el contexto geográfico en el que se produce (Madureira y Torre, 2019).
De esta manera la innovación atraviesa muchas esferas de la vida comunitaria, materializándose en una variedad de dinámicas que incluyen la protección del medio ambiente, la preservación del paisaje, la recuperación y valorización del patrimonio, la reconstrucción del tejido social, la animación socioterritorial, entre otros (Pyburn y Woodhill, 2014). Esparcia, plantea varios tipos de innovaciones en los territorios rurales: nuevos productos (agroturismo y otras actividades rurales relacionadas con la protección del medio ambiente), innovaciones tecnológicas (tecnologías para el riego, el control de la contaminación, el tratamiento de residuos y de productos agrícolas, etc.), procesos innovadores (proyectos basados en la cooperación de las partes interesadas), innovaciones organizativas (nuevas estructuras de cooperación entre los actores locales) e innovaciones actitudinales (promoción de la cooperación, desarrollo de modelos más resilientes para afrontar nuevos retos, etc.) (Esparcia, 2014).
Más allá de los diferentes tipos de innovaciones posibles, lo importante a destacar es que en las áreas rurales de la Argentina y de las región pampeana en general, los procesos de innovación son potencialmente disruptivos y creadores de nuevos mundos (Yin et al., 2022; Wang et al., 2023), ya que tendrían la capacidad de cambiar agendas, instituciones y agencias y, por lo tanto, de influir en los roles y rutinas sociopolíticas, las creencias, el conocimiento, los flujos de poder y los recursos (de Fátima Ferreiro et al., 2023).
Para poder interpretar estas dinámicas de innovación y su contribución al cambio de modelo de organización y desarrollo de los territorios rurales, seguimos el enfoque o método multinivel planteado por Geels, que analiza los procesos de innovación teniendo en cuenta tres niveles (Geels, 2019):
Las actividades innovadoras. La aparición de innovaciones o actividades o procesos novedosos que inicialmente pueden considerarse actividades nicho, pero que representan un embrión de nuevos modelos de desarrollo. Estas actividades pueden permanecer como actividad de nicho, como casos únicos, o bien pueden escalar y consolidarse como actividades dominantes (Havas et al., 2023; Jia, 2021). Un caso paradigmático en la historia reciente argentina ha sido la aparición del cultivo de la soja y los modelos de gestión asociados. Esa actividad fue inicialmente de nicho, pero luego, y gracias a diferentes condiciones de contexto, se pudo consolidar como un modelo productivo dominante. Actualmente, en las áreas rurales de la Argentina se observan otras diversas innovaciones, como son la aparición del turismo rural, las iniciativas bioeconómicas, los procesos de rescate y valorización del patrimonio biocultural, entre muchas otras, estas pueden permanecer como simples actividades de nicho, o bien escalar y construir otros regímenes sociotécnicos.
El funcionamiento de un régimen sociotécnico. El régimen sociotécnico se refiere a los diversos elementos que constituyen un modo de producción, como las tecnologías existentes, las prácticas de producción y organización, las regulaciones y normas, las formas de gobernanza, las infraestructuras, las condiciones de organización de los recursos (tierra, propiedad, organización espacial) y los discursos socioculturales que sustentan el régimen de producción (en el caso argentino este discurso claramente se basa en el aumento de la producción agropecuaria como clave del desarrollo rural). Un régimen sociotécnico se vuelve estable, pero cambia a medida que surgen nuevas innovaciones o procesos disruptivos que lo transforman sistémicamente (Markard y Truffer, 2008; Truffer, 2016). De este modo, las innovaciones no solo deben considerarse un elemento novedoso, capaz de generar empleo o mejorar las condiciones de gobernanza o la sostenibilidad medioambiental, sino que también deben valorarse por su capacidad para modificar el régimen de organización productiva y social de un territorio, contribuyendo así a generar cambios profundos en su dinámica y, por lo tanto, en la dinámica de un territorio. En el caso del mundo rural argentino, por ejemplo, la aparición de nuevas variedades genéticas y el advenimiento de prácticas como la siembra directa u otras formas de financiamiento de la agricultura fueron innovaciones que rápidamente se extendieron y modificaron el régimen sociotécnico de la agricultura, gracias también al discurso predominante y, por ende, transformaron los territorios rurales.
Las condiciones de contexto. El tercer elemento a considerar es el contexto territorial, político, económico y cultural de un territorio, una provincia o un país en el cual se producen las innovaciones. Estas condiciones de contexto ejercen presión sobre el régimen sociotécnico existente para transformarlo (por ejemplo, el cambio cultural en torno al medio ambiente, las nuevas demandas de productos alimenticios, entre otras), pero estas condiciones también son transformadas por el propio régimen, de modo que los territorios cambian según la dinámica del régimen sociotécnico (Fuenfschilling y Binz, 2018). Nuevamente, en el caso de las áreas rurales de la Argentina, las condiciones del mercado internacional, los nuevos hábitos de consumo y las nuevas demandas ambientales son elementos de contexto que contribuyen a moldear los procesos de innovación y, por ende, los regímenes sociotécnicos.
En resumen, los procesos o nichos innovadores pueden reconocerse como un fenómeno específico, como una novedad o un caso especial que destaca en relación con el resto de las actividades de la zona. Dependiendo de las condiciones del contexto socioeconómico, político e institucional (incluyendo la ideología o las expectativas y visiones de desarrollo de los actores), estos procesos innovadores pueden integrarse en los sistemas de producción dominantes de un territorio (régimen sociotécnico actual) y transformarlo. Como resultado de esta dinámica se transforma el régimen actual y se rediseñan las condiciones del contexto socioterritorial, creando un nuevo modelo de organización y dinámica rural (Santhanam-Martin et al., 2015).
Este modelo general propuesto por Geels (2002) es extremadamente útil para analizar los diferentes tipos de innovaciones que se están dando actualmente en las áreas rurales, cómo se generan, los factores que las impulsan y la capacidad que tienen para transformar los regímenes sociotécnicos imperantes.
Teniendo en cuenta este proceso en la Argentina, y más específicamente en la región pampeana, se observa la existencia de un conjunto importante de iniciativas y dinámicas (nuevos productos y formas de producir, turismo rural, migración hacia el campo, valorización del patrimonio, entre otras), que actualmente constituyen novedades o actividades de nicho, y que se van insertando en el régimen sociotécnico actual, propio del modelo de la modernización. Se produce así una co-presencia de actividades, en un régimen sociotécnico que está en transformación, bajo un contexto general de nuevas pautas de consumo, de mayor demanda por calidad ambiental y de crisis de la ciudad. Estas condiciones definen territorios rurales mucho más complejos, híbridos, diversos, no exentos de grandes conflictos.
La Figura 1 presenta este esquema del análisis multinivel, con los diferentes modelos de organización del mundo rural observados a través de la historia reciente.
Figura 1. Procesos de innovación y evolución de los modelos de desarrollo rural en Argentina

Fuente: elaboración propia en base a Geels (2002).
La idea de bienestar como vertebrador de un nuevo paradigma de desarrollo rural
Para que estos procesos de innovación, que hoy constituyen actividades novedosas o de nicho, puedan transformar el régimen de desarrollo actual y consolidar un nuevo modelo de organización y dinámica de los territorios rurales es necesario escalar estas iniciativas. Deben adquirir otra escala, volumen y complejidad, para así avanzar hacia un proceso de transición y transformar el modelo dominante (Neumann-Silkow, 2010).
Pero, ante todo, lo que se requiere es salir del discurso actual de la modernización y el crecimiento, y construir un nuevo discurso, capaz de dar un sentido teleológico a las dinámicas actuales en función de una visión de desarrollo sostenible (Gaudin y Padilla Pérez, 2023).
La idea de bienestar puede constituirse en un discurso potente, capaz de vertebrar un nuevo modelo de desarrollo rural, que articule las nuevas dinámicas emergentes y los nuevos factores de cambio global de los territorios rurales como son, la nueva relación entre sociedad y naturaleza, las nuevas formas de consumo, las demandas de un hábitat más sano y seguro, la disponibilidad de espacio, la valorización del patrimonio, y también la aparición de nuevas formas de producción más sustentables (bioeconomía, cadenas densas y localizadas de agregado de valor, turismo, servicios, teletrabajo, entre otras). Esto constituiría un cambio radical en la trayectoria rural de la Argentina, pues implicaría pasar de una lógica rural de producir más a cualquier costo, a una lógica de vivir mejor en lo rural (Ares et al., 2024; Jousseaume, 2018).
El bienestar rural es entendido como un estado y un proceso de mejora de variables claves para la vida rural como son la mejora educativa de la población, el acceso a servicios de salud de calidad, el desarrollo institucional y la capacidad de gobernanza y autonomía, las formas de organización y de calidad del hábitat respetuosa de las condiciones ambientales, el enriquecimiento de la biodiversidad y la sostenibilidad ambiental, la reducción de riesgos, la generación de empleo de calidad que permita la autonomía y la construcción de oportunidades de desarrollo personal, y un conjunto de valores psicosociales fundamentales como las sólidas relaciones comunitarias, el sentimiento de seguridad y protección, la relación identitaria y afectiva con el lugar, entre otros (Glendinning et al. 2003; Scott et al., 2018; Veréb et al., 2024).
Una lógica de bienestar y de vivir mejor en los territorios rurales no renuncia a mejorar las condiciones de desarrollo económico, sino que revierte la ecuación de los factores que viabilizan el mismo. Bajo un enfoque centrado en la mejora del bienestar, se considera que el desarrollo económico y productivo sostenible no es la condición básica del desarrollo rural, sino una resultante derivada de un elevado bienestar rural. En definitiva, un nuevo paradigma de desarrollo de los territorios rurales se sustenta como idea clave, en la construcción del bienestar para su población, y no sólo en el crecimiento de la producción de bienes primarios (Knickel et al., 2021).
La idea de bienestar como objetivo de política rural ha sido planteada en diferentes momentos históricos, con diferente suerte según las condiciones de contexto político e ideológico. La evolución histórica en la utilización de este concepto en las políticas rurales muestra que el bienestar rural ha sido siempre una variable subordinada a la lógica del crecimiento productivo (de Arce y Salomón, 2020). Sin dejar de reconocer esta experiencia histórica, lo que se quiere resaltar es que actualmente existen condiciones de contexto, por un lado, y procesos de innovación por otro, que podrían combinarse para permitir la construcción de un nuevo modelo o régimen de desarrollo vinculado al bienestar.
La emergencia de los múltiples procesos de innovación en la Argentina rural abre las puertas a la construcción de un proceso de transición o de cambio hacia nuevos regímenes sociotécnicos, lo cual no es lineal ni está exento de conflictos y contradicciones; por el contrario, depende en gran medida de otros factores, como las formas en que se articulan los diferentes niveles (local, regional, nacional e internacional), las condiciones estructurales del territorio, y especialmente los factores y lógicas de poder que intervienen en estos procesos (gobernanza). En el caso de la Argentina y de la región pampeana consideramos que existirían dos escenarios evolutivos muy diferentes en este proceso de cambio.
Un primer escenario posible sería la co-presencia de regímenes sociotécnicos (el de la modernización agraria y las iniciativas que apuntan hacia un mayor bienestar). Esto implica que dos o más regímenes (Albaladejo, 2018), encarnados por diversos actores y actividades, con sus propias instituciones, redes y lógicas productivas, están presentes en la zona, pero no tienen ninguna articulación funcional o sinérgica entre ellos; por el contrario, los modelos y las actividades pueden yuxtaponerse, y los actores pueden negarse o ignorarse mutuamente, o puede haber violencia física o verbal, intimidación, dominación o manipulación. En estos casos, los procesos de innovación emergentes (por ejemplo, la agroecología, el turismo rural, la introducción de nuevas tecnologías) están presentes en la zona, pero no se integran en el régimen sociotécnico dominante, ni tienen la capacidad de estructurar un nuevo régimen sociotécnico. Este escenario es muy evidente en muchas regiones rurales de América Latina y de Argentina, donde, por ejemplo, los procesos de innovación en múltiples ámbitos rurales (agricultura familiar, turismo rural, teletrabajo, protección ambiental, entre otros) se enfrentan al modelo más hegemónico de la agricultura corporativa altamente tecnológica, creando un escenario de competencia y conflicto por los recursos.
Un segundo escenario se ha denominado de coexistencia, lo que implica un consenso y la aceptación de la existencia de múltiples regímenes, encarnados por diferentes actores y actividades, y la posibilidad de construir un nuevo régimen sociotécnico, superando el modelo anterior (Gasselin et al., 2020). En este caso, estos actores y actividades pueden articularse entre sí manteniendo sus identidades y proyectos. En otras palabras, no solo pueden existir relaciones funcionales entre múltiples actores (como en el caso de los distritos industriales o los milieux innovateurs), sino que también existe un proceso de construcción de una identidad compartida y superadora. Estas situaciones son evidentes en regiones donde la actividad hegemónica o predominante incorpora a otros actores o actividades de forma complementaria, generando sinergias, por ejemplo, en zonas vitivinícolas donde se desarrollan nuevas actividades de turismo rural o nuevos cultivos de frutas u hortalizas que aprovechan la dinámica del empleo local o las infraestructuras ya disponibles, creando una red más diversa y compleja en la que la viticultura deja de ser dominante.
Las capacidades organizativas del territorio, sus itinerarios de desarrollo y su capacidad para construir nuevos regímenes sociotécnicos no son las mismas en condiciones de co-presencia o coexistencia (Sili et al., 2022). En el caso de la co-presencia de modelos, es probable que se generen escenarios de mayores conflictos, bloqueos o pérdida de oportunidades para el desarrollo del territorio; en el caso de los escenarios de coexistencia, la sinergia y la colaboración entre actores y actividades pueden dar lugar a condiciones para la construcción de nuevos regímenes sociotécnicos e itinerarios de desarrollo más sólidos. Así, la innovación no se limita únicamente a la creación de nuevas actividades y productos, sino que también desempeña un papel clave en la construcción de dinámicas de gobernanza social e institucional que permitan el paso de situaciones de co-presencia a escenarios de coexistencia (Gasselin y Hostiou, 2020; Perrin y Baysse-Lainé, 2020). De hecho, para garantizar la transición se requieren nuevas innovaciones en términos de gobernanza y gestión territorial (nuevas formas de gestión de las actividades, de articulación y organización de las instituciones y de las normativas locales) (Carrizo y Sili, 2018). La innovación, entendida en sentido amplio, no solo acompaña la aparición de nuevas actividades de nicho, sino que también desempeña un papel clave en su consolidación y en la construcción de un nuevo régimen de desarrollo rural estable.
¿Qué se necesita para avanzar en la construcción de un nuevo modelo de desarrollo rural?
Las iniciativas para generar un mayor desarrollo de los territorios rurales no han dado los resultados esperados, pues en definitiva los esfuerzos concretos han estado puestos en mejorar la producción y la productividad de bienes primarios, y no en resolver los problemas estructurales. Así, los problemas rurales persisten a pesar de los esfuerzos realizados durante décadas a través de planes, programas y proyectos de diversos tipos y organismos. Indudablemente se requiere repensar y modificar las formas de planificar, promover y gestionar el desarrollo en los territorios rurales. Es necesario trabajar bajo nuevas formas y mecanismos compatibles con una sociedad mucho más compleja, más democrática, en el contexto de la revolución tecnológica. Consideramos que construir un nuevo proceso de transición hacia un nuevo modelo de desarrollo, sólo será posible si se camina inicialmente bajo una lógica de coexistencia de modelos, de manera que se pueda ir avanzando hacia un modelo superador que posicione al bienestar rural como eje y objetivo de este. A priori, consideramos que sería necesario avanzar con tres grandes acciones:
- Pensar el futuro desde una perspectiva de vida común. Un primer tema clave es generar espacios y métodos para que la sociedad pueda reflexionar en torno a los siguientes interrogantes: ¿qué tipo de territorios se pretende construir?, ¿cómo se imaginan los pueblos y ciudades?, ¿cómo deseamos vivir?, ¿qué modelo de organizaciones de nuestro hábitat y nuestras infraestructuras pretendemos desarrollar?, ¿qué tipo de actividades productivas y empleos deseamos generar?, entre otras (Groves, 2019).
- Pensar el futuro del territorio es clave porque permite generar un ideal de futuro hacia el cual se quiere llegar más allá de los problemas a resolver y genera una energía social necesaria para crear y sostener un proceso de transición hacia nuevos modelos de desarrollo. Este es un ejercicio colectivo, que involucra a todos los actores de un territorio, pues permite transformar a las personas en sujetos activos de la construcción de sus territorios (Osobajo et al., 2022).
- Construir nuevos mecanismos de gobernanza para el desarrollo rural. Consiste en crear mecanismos de gobernanza adecuados a las nuevas condiciones del contexto y en vistas a construir nuevas dinámicas de desarrollo de los territorios rurales. La gobernanza puede definirse como un sistema de normas, reglas y prácticas que permiten organizar y articular la acción pública, colectiva y privada con vistas a construir un proyecto concertado para el futuro (Beer, 2014; Morrison, 2014). Es a través de esta forma de gobernanza que múltiples actores a diferentes niveles (local, regional, nacional e internacional) pueden articular y resolver los conflictos que limitan la acción de cada uno de ellos. Teniendo en cuenta esta definición, consideramos que la construcción de procesos de gobernanza adecuados y la articulación de los actores es clave en la transición hacia un nuevo modelo de desarrollo, bajo una lógica de coexistencia, ya que implica generar las condiciones sociales y político-institucionales para armonizar las visiones, demandas e iniciativas de los múltiples actores involucrados en el territorio.
Construir nuevos modos de gobernanza territorial implica considerar que los actores interactúan y se movilizan en diferentes niveles según sus redes de cooperación y solidaridad o sus intereses, y que esto ha cambiado sustancialmente en las últimas décadas. En efecto, la organización y la dinámica de los territorios ya no depende sólo del Estado (el cual planificaba, desarrollaba infraestructuras, organizaba el uso del suelo y definía los modelos de desarrollo en general), sino que ahora se ha generado un nuevo escenario de poder relacional de múltiples actores también colectivos y privados que intervienen en ámbitos multisectoriales y a múltiples niveles de escala (regional, nacional e internacional). Así, no solo prevalece la acción pública en la construcción de las dinámicas de innovación y desarrollo, sino también los actores privados y colectivos con lógicas múltiples, muy diferentes entre sí, con tiempos y necesidades diferentes. Las lógicas de cada tipo de actor no son arbitrarias, sino que responden a contextos culturales e históricos que influyen en sus acciones (Konefal, 2015).
Teniendo en cuenta estas condiciones, es necesario pensar y reorganizar los esquemas de gobernanza territorial, especialmente a nivel local y provincial, de manera que puedan asumir los retos del desarrollo de los territorios rurales. Para ello es necesario abrir la participación y el trabajo conjunto con las organizaciones de la sociedad civil y el sector privado, será necesario pensar en la formación de nuevas redes que estimulen la vinculación y la cooperación entre múltiples actores –de diferentes escalas y niveles organizacionales– a partir de las cuales se puedan generar acciones y proyectos compartidos, esto permitirá superar la rigidez que generan los modelos gubernamentales sectoriales propios del modelo de la modernización y del modelo estatal burocrático. Por otro lado, será necesario organizar las estructuras burocráticas y administrativas de los gobiernos locales y provinciales, para que puedan asumir los retos de la administración y gestión de los territorios rurales, tema que ha estado ausente en las agendas públicas en las últimas décadas.
Construir una nueva cultura de planificación rural centrada en el bienestar. Las agendas de desarrollo y la planificación territorial de muchos países, como Argentina, por ejemplo, se han centrado en gran medida en las zonas urbanas, las cuales siguen siendo consideradas como los motores de las economías nacionales “modernas”, en tanto en las zonas rurales, la planificación del desarrollo ha sido mínima y ha estado dominada por agendas de crecimiento agropecuario (Sili, 2022). La carencia o fragmentación de las iniciativas de planificación, su sesgo hacia la producción agropecuaria y la falta de mecanismos de gobernanza eficaces han dejado a las zonas rurales a merced de la dinámica de los negocios agropecuarios, y más recientemente de la minería y la energía. En muchos casos, esto exacerba y perpetúa procesos de despoblamiento, desigualdad y degradación de los recursos naturales, generando círculos viciosos que afectan no solo a las zonas rurales, sino también, como consecuencia, a las zonas urbanas.
En una lógica de transición hacia un nuevo paradigma, las prácticas de planificación rural deberían estar puestas en mejorar y mantener la vida en los territorios rurales, orientadas al cuidado del territorio, con prácticas de mejora de las condiciones de vida de la población rural, lo cual incluye no solo las infraestructuras, equipamientos y servicios, sino también la mejora del hábitat y el paisaje (Carrión et al., 2020). Hay que pensar en estrategias de protección de los recursos y el patrimonio biocultural, permitiendo la sostenibilidad ambiental y la generación de nuevas oportunidades de empleo y producción.






