Nuestros cursos:

Nuestros cursos:

Jornada III

(Salen CELIA y DOÑA LEONOR.)

DOÑA LEONOR

Celia, yo me he de matar

si tú salir no me dejas

de esta casa, o de este encanto.

CELIA

Repórtate, Leonor bella,

y mira por tu opinión.

DOÑA LEONOR

¿Qué opinión quieres que tenga,

Celia, quien de oír acaba

unas tan infaustas nuevas,

como que quiere mi padre,

porque con engaño piensa

que don Pedro me sacó,

que yo ¡ay Dios! su esposa sea?

Y esto cae sobre haber

antes díchome tú mesma

que Carlos ¡ah falso amante!

a doña Ana galantea,

y que con ella pretende

casarse, que es quien pudiera,

como mi esposo, librarme

del rigor de esta violencia.

Conque estando en este estado

no les quedan a mis penas

ni asilo que las socorra,

ni amparo que las defienda.

CELIA

(Aparte.)

(Verdad es que se lo dije,

y a don Carlos con la mesma

tramoya tengo confuso,

porque mi ama me ordena

que yo despeche a Leonor

para que a su hermano quiera

y ella se quede con Carlos;

y yo viéndola resuelta,

por la manda del vestido

ando haciendo estas quimeras.)

-Pues, señora, si conoces

que ingrato Carlos te deja,

y mi señor te idolatra,

y que tu padre desea

hacerte su esposa, y que

está el caso de manera

que, si dejas de casarte,

pierdes honra y conveniencia,

¿no es mejor pensarlo bien

y resolverte discreta

a lograr aquesta boda,

que es lástima que se pierda?

Y hallarás, si lo ejecutas,

más de tres mil congrüencias,

pues sueldas con esto solo

de tu crédito la quiebra,

obedeces a tu padre,

das gusto a tu parentela,

premias a quien te idolatra,

y de don Carlos te vengas.

DOÑA LEONOR

¿Qué dices, Celia? Primero

que yo de don Pedro sea,

verás de su eterno alcázar

fugitivas las estrellas;

primero romperá el mar

la no violada obediencia

que a sus desbocadas olas

impone freno de arena;

primero aquese fogoso

corazón de las esferas

perturbará el orden con que

el cuerpo del orbe alienta;

primero, trocado el orden

que guarda naturaleza,

congelará el fuego copos,

brotará el hielo centellas;

primero que yo de Carlos,

aunque ingrato me desprecia,

deje de ser, de mi vida

seré verdugo yo mesma;

primero que yo de amarle

deje…

CELIA

Los primeros deja

y vamos a lo segundo:

que pues estás tan resuelta,

no te quiero aconsejar

sino saber lo que intentas.

DOÑA LEONOR

Intento, amiga, que tú,

pues te he fiado mis penas,

me des lugar para irme

de aquí, porque cuando vuelva

mi padre, aquí no me halle

y me haga casar por fuerza;

que yo me iré desde aquí

a buscar en una celda

un rincón que me sepulte,

donde llorar mis tragedias

y donde sentir mis males

lo que de vida me resta,

que quizás allí escondida

no sabrá de mí, mi estrella.

CELIA

Sí, pero sabrá de mí

la mía, y por darte puerta,

vendrá a estrellarse conmigo

mi señor cuando lo sepa,

y seré yo la estrellada,

por no ser tú la estrellera.

DOÑA LEONOR

Amiga, haz esto por mí

y seré tu esclava eterna,

por ser la primera cosa

que te pido.

CELIA

Aunque lo sea;

que a la primera que haga

pagaré con las setenas.

DOÑA LEONOR

¡Pues, vive el cielo, enemiga,

que si salir no me dejas,

he de matarme y matarte!

CELIA

(Aparte.)

(¡Chispas, y qué rayos echa!

¿Mas qué fuera, Jesús mío,

que aquí conmigo embistiera?

¿Qué haré? Pues si no la dejo

ir, y a ser señora llega

de casa, ¿quién duda que

le tengo de pagar ésta?;

y si la dejo salir,

con mi amo habrá la mesma

dificultad. Ahora bien,

mejor es entretenerla,

y avisar a mi señor

de lo que su dama intenta;

que sabiéndolo, es preciso

que salga él a detenerla,

y yo quedo bien con ambos,

pues con esta estratagema

ella no queda ofendida

y él obligado me queda.)

-Señora, si has dado en eso,

y en hacerlo tan resuelta

estás, ve a ponerte el manto,

que yo guardaré la puerta.

DOÑA LEONOR

La vida, Celia, me has dado.

CELIA

Soy de corazón muy tierna,

y no puedo ver llorar

sin hacerme una manteca.

DOÑA LEONOR

A ponerme el manto voy.

CELIA

Anda, pues, y ven apriesa,

que te espero.

(Vase DOÑA LEONOR.)

No haré tal,

sino cerraré la puerta,

e iré a avisar a Marsilio

que se le va Melisendra.

(Vase.)

(Sale DON JUAN.)

DON JUAN

Con la llave del jardín,

que dejó en mi poder Celia

para ir a lograr mis dichas,

quiero averiguar mis penas.

¡Qué mal dije averiguar,

pues a la que es evidencia

no se puede llamar duda!

Pluguiera a Dios estuvieran

mis celos y mis agravios

en estado de sospecha.

Mas ¿cómo me atrevo, cuando

es contra mi honor mi ofensa,

sin ser cierta mi venganza

a hacer mi deshonra cierta?

Si sólo basta a ofenderme

la presunción, ¿cómo piensa

mi honor, que puede en mi agravio

la duda ser evidencia,

cuando la evidencia misma

del agravio en la nobleza,

siendo certidumbre falsa

se hace duda verdadera?

Que como al honor le agravia

solamente la sospecha,

hará cierta su deshonra

quien la verdad juzga incierta.

Pues si es así, ¿cómo yo

imagino que hay quien pueda

ofenderme, si aun en duda

no consiento que me ofendan?

Aquí oculto esperaré

a que mi contrario venga;

que ¿quién, del estado en que

está su correspondencia,

duda que vendrá de noche

quien de día sale y entra?

Yo quiero entrar a esperarlo.

¡Honor, mi venganza alienta!

(Vase.)

(Salen DON CARLOS y CASTAÑO con un envoltorio.)

DON CARLOS

Por más que he andado la casa

no he podido dar con ella

y vengo desesperado.

CASTAÑO

Pues, señor, ¿de ver no echas

que están las puertas cerradas

que a esotro cuarto atraviesan,

por el temor de doña Ana

de que su hermano te vea,

o porque a Leonor no atisbes;

y para haceros por fuerza

casar, doña Ana y su hermano

nos han cerrado entre puertas?

DON CARLOS

Castaño, yo estoy resuelto

a que don Rodrigo sepa

que soy quien sacó a su hija

y quien ser su esposo espera;

que pues por pensar que fue

don Pedro, dársela intenta,

también me la dará a mí

cuando la verdad entienda

de que fui quien la robó.

CASTAÑO

Famosamente lo piensas;

pero ¿cómo has de salir

si doña Ana es centinela

que no se duerme en las pajas?

DON CARLOS

Fácil, Castaño, me fuera

el salir contra su gusto,

que no estoy yo de manera

que tengan lugar de ser

tan comedidas mis penas

Sólo lo que me embaraza

y a mi valor desalienta,

es el irme de su casa

dejando a Leonor en ella,

donde cualquier novedad

puede importar mi presencia;

y así, he pensado que tú

salgas (pues aunque te vean,

hará ninguno el reparo

en ti que en mí hacer pudieran),

y este papel que ya escrito

traigo, con que le doy cuenta

a don Rodrigo de todo,

le lleves.

CASTAÑO

¡Ay, santa Tecla!

¿Pues cómo quieres que vaya,

y ves aquí que me pesca

en la calle la Justicia

por cómplice en la tormenta

de la herida de don Diego,

y aunque tú el agresor seas

porque te ayudé al rüido

pago in solidum la ofensa?

DON CARLOS

Éste es mi gusto, Castaño.

CASTAÑO

Sí, mas no es mi conveniencia.

DON CARLOS

¡Vive el cielo, que has de ir!

CASTAÑO

Señor ¿y es muy buena cuenta,

por cumplir el juramento

de que él viva, que yo muera?

DON CARLOS

¿Ahora burlas, Castaño?

CASTAÑO

Antes ahora son veras.

DON CARLOS

¿Qué es esto, infame; tú tratas

de apurarme la paciencia?

¡Vive Dios, que has de ir o aquí

te he de matar!

CASTAÑO

Señor, suelta;

que eso es muy ejecutivo,

y en estotro hay contingencia;

dame el papel, que yo iré.

DON CARLOS

Tómalo y mira que vuelvas

aprisa, por el cuidado

en que estoy.

CASTAÑO

Dame licencia,

señor, de contarte un cuento

que viene aquí como piedra

en el ojo de un vicario

(que deben de ser canteras):

Salió un hombre a torear,

y a otro un caballo pidió,

el cual, aunque lo sintió,

no se lo pudo negar.

Salió, y el dueño al mirallo,

no pudiéndolo sufrir,

le envió un recado a decir

porque valía un tesoro,

y el otro muy sosegado

respondió: «Aquese recado

no viene a mí, sino al toro».

Tú eres así ahora que

me remites a un paseo

donde, aunque yo lo deseo,

no sé yo si volveré.

Y lo que me causa risa,

aun estando tan penoso,

es que, siendo tan dudoso,

me mandes que venga aprisa.

Y así, yo ahora te digo

como el otro toreador,

que ese recado, señor,

lo envíes a don Rodrigo.

(Sale CELIA.)

CELIA

Señor don Carlos, mi ama

os suplica vais a verla

al jardín luego al instante,

que tiene cierta materia

que tratar con vos, que importa.

DON CARLOS

Decid que ya a obedecerla voy.

(A CASTAÑO.)

Haz tú lo que he mandado.

(Vanse DON CARLOS y CELIA.)

CASTAÑO

Yo bien no hacerlo quisiera,

si me valiera contigo

el hacer yo la deshecha.

¡Válgame Dios! ¿Con qué traza

yo a don Rodrigo le diera

aqueste papel, sin que él

ni alguno me conociera?

¡Quién fuera aquí Garatuza,

de quien en las Indias cuentan

que hacía muchos prodigios!

Que yo, como nací en ellas,

le he sido siempre devoto

como a santo de mi tierra.

¡Oh tú, cualquiera que has sido;

oh tú, cualquiera que seas,

bien esgrimas abanico,

o bien arrastres contera,

inspírame alguna traza

que de Calderón parezca,

con que salir de este empeño!

Pero tate, en mi conciencia,

que ya he topado el enredo:

Leonor me dio unas polleras

y unas joyas que trajese,

cuando quiso ser Elena

de este Paris boquirrubio,

y las tengo aquí bien cerca,

que me han servido de cama;

pues si yo me visto de ellas,

¿habrá en Toledo tapada

que a mi garbo se parezca?

Pues ahora bien, yo las saco;

vayan estos trapos fuera.

(Quítase capa, espada y sombrero.)

Lo primero, aprisionar

me conviene la melena,

porque quitará mil vidas

si le doy tantica suelta.

Con este paño pretendo

abrigarme la mollera;

si como quiero lo pongo,

será gloria ver mi pena.

Ahora entran las basquiñas.

¡Jesús, y qué rica tela!

No hay duda que me esté bien,

porque como soy morena

me está del cielo lo azul.

¿Y esto qué es? Joyas son éstas;

no me las quiero poner,

que ahora voy de revuelta.

Un serenero he topado

en aquesta faltriquera;

también me lo he de plantar.

¿Cabrame esta pechuguera?

El solimán me hace falta;

pluguiese a Dios y le hubiera,

que una manica de gato

sin duda me la pusiera;

pero no, que es un ingrato,

y luego en cara me diera.

La color no me hace al caso,

que en este empeño, de fuerza

me han de salir mil colores,

por ser dama de vergüenza.

-¿Qué les parece, señoras,

este encaje de ballena?

Ni puesta con sacristanes

pudiera estar más bien puesta.

Es cierto que estoy hermosa.

¡Dios me guarde, que estoy bella!

Cualquier cosa me está bien,

porque el molde es rara pieza.

Quiero acabar de aliñarme,

que aún no estoy dama perfecta.

Los guantes: aquesto sí,

porque las manos no vean,

que han de ser las de Jacob

con que a Esaú me parezca.

El manto lo vale todo,

échomelo en la cabeza.

¡Válgame Dios!, cuánto encubre

esta telilla de seda,

que ni hay foso que así guarde,

ni muro que así defienda,

ni ladrón que tanto encubra,

ni paje que tanto mienta,

ni gitano que así engañe,

ni logrero que así venda.

Un trasunto el abanillo

es de mi garbo y belleza,

pero si me da tanto aire,

¿qué mucho a mí se parezca?

Dama habrá en el auditorio

que diga a su compañera:

«Mariquita, aqueste bobo

al tapado representa».

Pues atención, mis señoras,

que es paso de la comedia;

no piensen que son embustes

fraguados acá en mi idea,

que yo no quiero engañarlas,

ni menos a vuexcelencia.

Ya estoy armado, y ¿quién duda

que en el punto que me vean

me sigan cuatro mil lindos

de aquestos que galantean

a salga lo que saliere,

y que a bulto se amartelan,

no de la belleza que es,

sino de la que ellos piensan?

Vaya, pues, de damería:

menudo el paso, derecha

la estatura, airoso el brío;

inclinada la cabeza,

un si es no es, al un lado;

la mano en el manto envuelta;

con el un ojo recluso

y con el otro de fuera;

y vamos ya, que encerrada

se malogra mi belleza.

Temor llevo de que alguno

me enamore.

(Va a salir y encuentra a DON PEDRO.)

DON PEDRO

Leonor bella,

¿vos con manto y a estas horas?

(Aparte.)

(¡Oh qué bien me dijo Celia

de que irse a un convento quiere!)

-¿Adónde vais con tal priesa?

CASTAÑO

(Aparte.)

¡Vive Dios! que por Leonor

me tiene; yo la he hecho buena

si él me quiere descubrir.

DON PEDRO

¿De qué estás, Leonor, suspensa?

¿Adónde vas, Leonor mía?

CASTAÑO

(Aparte.)

¡Oiga lo que Leonorea!

Mas pues por Leonor me marca,

yo quiero fingir ser ella,

que quizá atiplando el habla

no me entenderá la letra.

DON PEDRO

¿Por qué no me habláis, señora?

¿Aun no os merece respuesta

mi amor? ¿Por qué de mi casa

os queréis ir? ¿Es ofensa

el adoraros tan fino,

el amaros tan de veras

que, sabiendo que a otro amáis,

está mi atención tan cierta

de vuestras obligaciones,

vuestro honor y vuestras prendas,

que a casarme determino

sin que ningún riesgo tema?

Que en vuestra capacidad

bien sé que tendrá más fuerza,

para mirar por vos misma,

la obligación, que la estrella.

¿Es posible que no os mueve

mi afecto ni mi nobleza,

mi hacienda ni mi persona,

a verme menos severa?

¿Tan indigno soy, señora?

Y, doy caso que lo sea,

¿no me darán algún garbo

la gala de mis finezas?

¿No es mejor para marido,

si lo consideráis cuerda,

quien no galán os adora

que quien galán os desprecia?

CASTAÑO

(Aparte.)

(¡Gran cosa es el ser rogadas!

Ya no me admiro que sean

tan soberbias las mujeres,

porque no hay que ensoberbezca

cosa, como el ser rogadas.

Ahora bien, de vuelta y media

he de poner a este tonto.)

-Don Pedro, negar quisiera

la causa porque me voy,

pero ya decirla es fuerza:

yo me voy porque me mata

de hambre aquí vuestra miseria;

porque vos sois un cuitado,

vuestra hermana es una suegra,

las crïadas unas tías,

los criados unas bestias;

y yo de aquesto enfadada,

en cas de una pastelera

a merendar garapiñas voy.

DON PEDRO

(Aparte.)

(¿Qué palabras son éstas,

y qué estilo tan ajeno

del ingenio y la belleza

de doña Leonor?)

-Señora, mucho extraña mi fineza

oíros dar de mi familia

unas tan indignas quejas,

que si queréis deslucirme,

bien podéis de otra manera,

y no con tales palabras

que mal a vos misma os dejan.

CASTAÑO

Digo que me matan de hambre;

¿es aquesto lengua griega?

DON PEDRO

No es griega, señora, pero

no entiendo en vos esa lengua.

CASTAÑO

Pues si no entendéis así,

entended de esta manera.

(Quiere irse.)

DON PEDRO

Tened, que no habéis de iros,

ni es bien que yo lo consienta,

porque a vuestro padre he dicho

que estáis aquí; y así es fuerza

en cualquiera tiempo darle

de vuestra persona cuenta.

Que cuando vos no queráis

casaros, haciendo entrega

de vos quedaré bien puesto,

viendo que la resistencia

de casarse, de mi parte

no está, sino de la vuestra.

CASTAÑO

Don Pedro, vos sois un necio,

y ésta es ya mucha licencia

de querer vos impedir

a una mujer de mis prendas

que salga a matar su hambre.

DON PEDRO

(Aparte.)

(¿Posible es, cielos, que aquéstas

son palabras de Leonor?

¡Vive Dios, que pienso que ella

se finge necia por ver

si con esto me despecha

y me dejo de casar!

¡Cielos, que así me aborrezca;

y que conociendo aquesto

esté mi pasión tan ciega

que no pueda reducirse!)

-Bella Leonor, ¿qué aprovecha

el fingiros necia, cuando

sé yo que sois tan discreta?

Pues antes, de enamorarme

sirve más la diligencia,

viendo el primor y cordura

de saber fingiros necia.

CASTAÑO

(Aparte.)

(¡Notable aprieto, por Dios!

Yo pienso que aquí me fuerza.

Mejor es mudar de estilo

para ver si así me deja.)

-Don Pedro, yo soy mujer

que sé bien dónde me aprieta

el zapato, y pues ya he visto

que dura vuestra fineza

a pesar de mis desaires,

yo quiero dar una vuelta

y mudarme al otro lado,

siendo aquesta noche mesma

vuestra esposa.

DON PEDRO

¿Qué decís, señora?

CASTAÑO

Que seré vuestra

como dos y dos son cuatro.

DON PEDRO

No lo digáis tan apriesa,

no me mate la alegría,

ya que no pudo la pena.

CASTAÑO

Pues no, señor, no os muráis,

por amor de Dios, siquiera

hasta dejarme un muchacho

para que herede la hacienda.

DON PEDRO

¿Pues eso miráis, señora?

¿No sabéis que es toda vuestra?

CASTAÑO

¡Válgame Dios, yo me entiendo;

bueno será tener prendas!

DON PEDRO

Ésa será dicha mía;

mas, señora, ¿habláis de veras

o me entretenéis la vida?

CASTAÑO

¿Pues soy yo farandulera?

Palabra os doy de casarme,

si ya no es que por vos queda.

DON PEDRO

¿Por mí? ¿Eso decís, señora?

CASTAÑO

¿Qué apostamos que si llega

el caso, queda por vos?

DON PEDRO

No así agraviéis la fineza.

CASTAÑO

Pues dadme palabra aquí

de que, si os hacéis afuera,

no me habéis de hacer a mí

algún daño.

DON PEDRO

¿Que os lo ofrezca

qué importa, supuesto que

es imposible que pueda

desistirse mi cariño?

Mas permitid que merezca,

de que queréis ser mi esposa,

vuestra hermosa mano en prendas.

CASTAÑO

(Aparte.)

(Llegó el caso de Jacob.)

-Catadla aquí toda entera.

DON PEDRO

¿Pues con guante me la dais?

CASTAÑO

Sí, porque la tengo enferma.

DON PEDRO

¿Pues qué tenéis en las manos?

CASTAÑO

Hiciéronme mal en ellas

en una visita un día,

y ni han bastado recetas

de hieles, ni jaboncillos

para que a su albura vuelvan.

(Dentro, DON JUAN.)

DON JUAN

¡Muere a mis manos, traidor!

DON PEDRO

Oye, ¿qué voz es aquélla?

(Dentro, DON CARLOS.)

DON CARLOS

¡Tú morirás a las mías,

pues buscas tu muerte en ellas!

DON PEDRO

¡Vive Dios, que es mi casa!

CASTAÑO

Ya suena la voz más cerca.

(Salen riñendo DON CARLOS y DON JUAN, y DOÑA ANA deteniéndolos.)

DOÑA ANA

¡Caballeros, deteneos!

(Aparte.)

(¡Mas, mi hermano! ¡Yo estoy muerta!)

CASTAÑO

¿Mas si por mí se acuchillan

los que mi beldad festejan?

DON PEDRO

¿En mi casa y a estas horas

con tan grande desvergüenza

acuchillarse dos hombres?

Mas yo vengaré esta ofensa

dándoles muerte, y más cuando

es don Carlos quien pelea.

DOÑA ANA

(Aparte.)

¿Quién pensara ¡ay infelice!

que aquí mi hermano estuviera?

DON CARLOS

(Aparte.)

Don Pedro está aquí, y por él

a mí nada se me diera,

pero se arriesga doña Ana

que es sólo por quien me pesa.

CASTAÑO

¡Aquí ha sido la de Orán!

Mas yo apagaré la vela;

quizá con eso tendré

lugar de tomar la puerta,

que es sólo lo que me importa.

(Apaga CASTAÑO la vela y riñen todos.)

DON PEDRO

Aunque hayáis muerto la vela

por libraros de mis iras,

poco importa, que aunque sea

a oscuras, sabré mataros.

DON CARLOS

(Aparte.)

Famosa ocasión es ésta

de que yo libre a doña Ana,

pues por ampararme atenta

está arriesgada su vida.

(Sale DOÑA LEONOR con manto.)

DOÑA LEONOR

(Aparte.)

¡Ay Dios! Aquí dejé a Celia,

y ahora sólo escucho espadas

y voy pisando tinieblas.

¿Qué será? ¡Válgame Dios!

Pero lo que fuere sea,

pues a mí sólo me importa

ver si topo con la puerta.

(Topa a DON CARLOS.)

DON CARLOS

(Aparte.)

(Ésta es sin duda doña Ana.)

-Señora, venid apriesa

y os sacaré de este riesgo.

DOÑA LEONOR

(Aparte.)

¿Qué es esto? ¡Un hombre me lleva!

Mas como de aquí me saque,

con cualquiera voy contenta,

que si él me tiene por otra,

cuando en la calle me vea

podrá dejarme ir a mí,

y volver a socorrerla.

DOÑA ANA

(Aparte.)

No tengo cuidado yo

de que sepa la pendencia

mi hermano, y más cuando ha visto

que es don Carlos quien pelea,

y diré que es por Leonor.

Solamente me atormenta

el que se arriesgue don Carlos.

¡Oh, quién toparlo pudiera

para volverlo a esconder!

DON PEDRO

¡Quien mi honor agravia, muera!

CASTAÑO

¡Que haya yo perdido el tino

y no tope con la puerta!

Mas aquí juzgo que está.

¡Jesús! ¿Qué es esto? Alacena

en que me he hecho los hocicos

y quebrado diez docenas

de vidrios y de redomas,

que envidiando mi belleza

me han pegado redomazo.

DOÑA ANA

Ruido he sentido en la puerta;

sin duda alguna se va

don Juan, porque no lo vean,

y lo conozca mi hermano:

y ya dos sólo pelean.

¿Cuál de ellos será don Carlos?

(Llega DOÑA ANA a DON JUAN.)

DON CARLOS

La puerta, sin duda, es ésta.

Vamos, señora, de aquí.

(Vanse DON CARLOS con DOÑA LEONOR.)

DON PEDRO

¡Morirás a mi violencia!

DOÑA ANA

(Aparte.)

(Mi hermano es aquél, y aquéste

sin duda es Carlos.)

-¡Apriesa,

señor, yo os ocultaré!

DON JUAN

Ésta es doña Ana, e intenta

ocultarme de su hermano;

preciso es obedecerla.

(Vase DOÑA ANA con DON JUAN.)

DON PEDRO

¿Dónde os ocultáis, traidores,

que mi espada no os encuentra?

– ¡Hola, traed una luz!

(Sale CELIA con luz.)

CELIA

Señor, ¿qué voces son éstas?

DON PEDRO

¡Qué ha de ser!

(Aparte.)

(¡Pero qué miro!

Hallando abierta la puerta,

se fueron; mas si Leonor

-que sin duda entró por ella

aquí don Carlos- está

en casa, ¿qué me da pena?

Mas, bien será averiguar

cómo entró.)

-Tú, Leonor, entra

a recogerte, que voy

a que aquí tu padre venga,

porque quiero que esta noche

queden nuestras bodas hechas.

CASTAÑO

Tener hechas las narices

es lo que ahora quisiera.

(Vase CASTAÑO y cierra DON PEDRO la puerta.)

DON PEDRO

Encerrar quiero a Leonor,

por si acaso fue cautela

haberme favorecido.

Yo la encierro por de fuera,

porque si acaso lo finge

se haga la burla ella mesma.

Yo me voy a averiguar

quién fuese el que por mis puertas

le dio entrada a mi enemigo,

y por qué era la pendencia

con Carlos y el embozado;

y pues antes que los viera

los vio mi hermana y salió

con ellos, saber es fuerza

cuando a reñir empezaron,

dónde o cómo estaba ella.

(Vase DON PEDRO.)

(Frente a la casa de DON PEDRO.)


(Salen DON RODRIGO y HERNANDO.)

DON RODRIGO

Esto, Hernando, he sabido:

que don Diego está herido,

y que lo hirió quien a Leonor llevaba

cuando en la calle estaba,

porque él la conoció y quitarla quiso,

con que le fue preciso

reñir; y la pendencia ya trabada,

el que a Leonor llevaba, una estocada

le dio, de que quedó casi difunto,

y luego al mismo punto

cargado hasta su casa le llevaron,

donde luego que entraron

en sí volvió don Diego;

pero advirtiendo luego

en los que le llevaron apiadados,

conoció de don Pedro ser crïados;

porque sin duda, Hernando, fue el llevalle

por excusar el ruido de la calle.

Mira qué bien viene esto que ha pasado

con lo que esta mañana me ha afirmado

de que Leonor fue sólo a ver su hermana,

y que yo me detenga hasta mañana

para ver si Leonor casarse quiere;

de donde bien se infiere

que de no hacerlo trata,

y que con estas largas lo dilata;

mas yo vengo resuelto

-que a esto a su casa he vuelto-

a apretarle de suerte

que ha de casarse, o le he de dar la muerte.

HERNANDO

Harás muy bien, señor, que la dolencia

de honor se ha de curar con diligencia,

porque el que lo dilata neciamente

viene a quedarse enfermo eternamente.

(Sale DON CARLOS con DOÑA LEONOR tapada.)

DON CARLOS

No tenéis ya que temer,

doña Ana hermosa, el peligro.

DOÑA LEONOR

(Aparte.)

¡Cielos! ¿que me traiga Carlos

pensando ¡ah fiero enemigo!

que soy doña Ana? ¿Qué más

claros busco los indicios

de que la quiere?

DON CARLOS

(Aparte.)

(¡En qué empeño

me he puesto, cielos divinos,

que por librar a doña Ana

dejo a Leonor al peligro!

¿Adónde podré llevarla

para que pueda mi brío

volver luego por Leonor?

Pero hacia aquí un hombre miro.)

-¿Quién va?

DON RODRIGO

¿Es don Carlos?

DON CARLOS

Yo soy.

(Aparte.)

(¡Válgame Dios! Don Rodrigo

es. ¿A quién podré mejor

encomendar el asilo

y el amparo de doña Ana?

Que con su edad y su juicio

la compondrá con su hermano

con decencia, y yo me quito

de aqueste embarazo y vuelvo

a ver si puedo atrevido

sacar mi dama.)

-Señor don Rodrigo, en un conflicto

estoy, y vos podéis solo

sacarme de él.

DON RODRIGO

¿En qué os sirvo, don Carlos?

DON CARLOS

Aquesta dama

que traigo señor, conmigo,

es la hermana de don Pedro,

y en un lance fue preciso

el salirse de su casa,

por correr su honor peligro.

Yo, ya veis que no es decente

tenerla, y así os suplico

la tengáis en vuestra casa,

mientras yo a otro empeño asisto.

DON RODRIGO

Don Carlos, yo la tendré;

claro está que no es bien visto

tenerla vos, y a su hermano

hablaré si sois servido.

DON CARLOS

Haréisme mucho favor;

y así, yo me voy.

(Vase.)

DOÑA LEONOR

(Aparte.)

¿Qué miro?

¡A mi padre me ha entregado!

DON RODRIGO

Hernando, yo he discurrido

(pues voy a ver a don Pedro,

y Carlos hizo lo mismo

que él sacándole a su hermana,

que ya por otros indicios

sabía yo que la amaba)

valerme de este motivo

tratando de que la case,

porque ya como de hijo

debo mirar por su honor;

y él quizá más reducido,

viendo a peligro su honor,

querrá remediar el mío.

HERNANDO

Bien has dicho, y me parece

buen modo de constreñirlo

el no entregarle a su hermana

hasta que él haya cumplido

con lo que te prometió.

DON RODRIGO

Pues yo entro. -Venid conmigo,

señora, y nada temáis

de riesgo, que yo me obligo

a sacaros bien de todo.

DOÑA LEONOR

(Aparte.)

A casa de mi enemigo

me vuelve a meter mi padre;

y ya es preciso seguirlo,

pues descubrirme no puedo.

DON RODRIGO

Pero allí a don Pedro miro.

-Vos, señora, con Hernando

os quedad en este sitio,

mientras hablo a vuestro hermano.

DOÑA LEONOR

(Aparte.)

¡Cielos, vuestro influjo impío

mudad, o dadme la muerte,

pues me será más benigno

un fin breve, aunque es atroz,

que un prolongado martirio!

DON RODRIGO

Pues yo me quiero llegar.

(Sale DON PEDRO.)

DON PEDRO

(Aparte.)

(¡Que saber no haya podido

mi enojo, quién en mi casa

le dio entrada a mi enemigo,

ni haya encontrado a mi hermana!…

Mas buscarla determino

hacia el jardín, que quizá,

temerosa del rüido,

se vino hacia aquesta cuadra.

Yo voy; pero don Rodrigo

está aquí. A buen tiempo viene,

pues que ya Leonor me ha dicho

que gusta de ser mi esposa.)

-Seais, señor, bien venido,

que a no haber venido vos,

en aqueste instante mismo

había yo de buscaros.

DON RODRIGO

La diligencia os estimo;

sentémonos, que tenemos

mucho que hablar.

DON PEDRO

(Aparte.)

Ya colijo que a lo que podrá venir

resultará en gusto mío.

DON RODRIGO

Bien habréis conjeturado

que lo que puede, don Pedro,

a vuestra casa traerme

es el honor, pues le tengo

fiado a vuestra palabra;

que, aunque sois tan caballero,

mientras no os casáis está

a peligro siempre expuesto;

y bien veis que no es alhaja

que puede en un noble pecho

permitir la contingencia;

porque es un cristal tan terso,

que, si no le quiebra el golpe,

le empaña sólo el aliento.

Esto habréis pensado vos,

y haréis bien en pensar esto,

pues también esto me trae.

Mas no es esto a lo que vengo

principalmente; porque

quiero con vos tan atento

proceder, que conozcáis

que teniendo de por medio

el cuidado de mi hija

y de mi honor el empeño,

con tanta cortesanía

procedo con vos, que puedo

hacer mi honor accesorio

por poner primero el vuestro.

Ved si puedo hacer por vos

más; aunque también concedo

que ésta es conveniencia mía:

que habiendo de ser mi yerno,

el quereros ver honrado

resultará en mi provecho.

Ved vos cuán celoso soy

de mi honor, y con qué extremo

sabré celar mi opinión

cuando así la vuestra celo.

Supuesto esto, ya sabéis

vos que don Carlos de Olmedo,

demás del lustre heredado

de su noble nacimiento…

DON PEDRO

(Aparte.)

A don Carlos me ha nombrado.

¿Dónde irá a parar aquesto,

y el no hablar en que me case?

Sin duda, sabe el suceso

de que la sacó don Carlos.

¡Hoy la vida y honra pierdo!

DON RODRIGO

El color habéis perdido,

y no me admiro: que oyendo

cosas tocantes a honor,

no fuerais noble, ni cuerdo,

ni honrado si no mostrarais

ese noble sentimiento.

Mas pues de lances de amor

tenéis en vos el ejemplo,

y que vuestra propia culpa

honesta el delito ajeno,

no tenéis de qué admiraros

de lo mismo que habéis hecho.

(Sale DOÑA ANA al paño.)

DOÑA ANA

Don Rodrigo con mi hermano

está. Desde aquí pretendo

escuchar a lo que vino;

que como a don Carlos tengo

oculto, y lo vio mi hermano,

todo lo dudo y lo temo.

DON RODRIGO

Digo, pues, que aunque ya vos

enterado estaréis de esto,

don Carlos a vuestra hermana

hizo lícitos festejos;

correspondiole doña Ana…

No fue mucho, pues lo mesmo

sucedió a Leonor con vos.

DON PEDRO

¿Qué es esto? ¡Válgame el cielo!

¿Don Carlos quiere a mi hermana?

DOÑA ANA

¿Cómo llegar a saberlo

ha podido don Rodrigo?

DON RODRIGO

Digo, por no deteneros

con lo mismo que sabéis,

que viéndose en el aprieto

de haberlo ya visto vos

y de estar con él riñendo,

la sacó de vuestra casa.

DON PEDRO

¿Qué es lo que decís?

DON RODRIGO

Lo mesmo

que vos sabéis y lo propio

que hicisteis vos. Pues ¿es bueno

que me hicierais vos a mí

la misma ofensa, y que cuerdo

venga a tratarlo, y que vos,

sin ver que permite el cielo

que veamos por nosotros

la ofensa que a otros hacemos,

os mostréis tan alterado?

Tomad, hijo, mi consejo:

que en las dolencias de honor

no todas veces son buenos,

si bastan sólo süaves,

los medicamentos recios,

que antes suelen hacer daño;

pues cuando está malo un miembro

el experto cirujano

no luego le aplica el hierro

y corta lo dolorido,

sino que aplica primero

los remedios lenitivos;

que acudir a los cauterios,

es cuando se reconoce

que ya no hay otro remedio.

Hagamos lo mismo acá:

don Carlos me ha hablado en ello,

doña Ana se fue con él

y yo en mi poder la tengo;

ellos lo han de hacer sin vos…

¿Pues no es mejor, si han de hacerlo,

que sea con vuestro gusto,

haciendo, cuerdo y atento,

voluntario lo preciso?

Que es industria del ingenio

vestir la necesidad

de los visos del afecto.

Aquéste es mi parecer;

ahora consultad cuerdo

a vuestro honor, y veréis

si os está bien el hacerlo.

Y en cuanto a lo que a mí toca,

sabed que vengo resuelto

a que os caséis esta noche;

pues no hay por qué deteneros,

cuando vengo de saber

que a mi sobrino don Diego

dejasteis herido anoche,

porque llegó a conoceros

y a Leonor quiso quitaros.

Ved vos cuán mal viene aquesto

con que vos no la sacasteis;

y en suma, éste es largo cuento.

Pues sólo con que os caséis,

queda todo satisfecho.

DOÑA ANA

Temblando estoy qué responde

mi hermano; mas yo no encuentro

qué razón pueda mover

a fingir estos enredos

a don Rodrigo.

DON PEDRO

Señor: digo, cuanto a lo primero,

que el decir que no saqué

a Leonor, fue fingimiento

que me debió decoroso

mi honor y vuestro respeto;

y pues sólo con casarme

decís que quedo bien puesto,

a la beldad de Leonor

oculta aquel aposento

y ahora en vuestra presencia

le daré de esposo y dueño

la mano; pero sabed

que me habéis de dar primero

a doña Ana, para que,

siguiendo vuestro consejo,

la despose con don Carlos

al instante.

(Aparte.)

Pues con esto,

seguro de este enemigo

de todas maneras quedo.

DON RODRIGO

¡Oh qué bien que se conoce

vuestra nobleza y talento!

Voy a que entre vuestra hermana

y os doy las gracias por ello.


(Sale DOÑA ANA.)

DOÑA ANA

No hay para qué, don Rodrigo,

pues para dar las que os debo

estoy yo muy prevenida.

-Y a ti, hermano, aunque merezco

tu indignación, te suplico

que examines por tu pecho

las violencias del amor,

y perdonarás con esto

mis yerros, si es que lo son,

siendo tan dorados yerros.

DON PEDRO

Alza del suelo, doña Ana;

que hacerse tu casamiento

con más decencia pudiera,

y no poniendo unos medios

tan indecentes.

DON RODRIGO

Dejad aquesto, que ya no es tiempo

de reprensión; envïad

un criado de los vuestros

que a buscar vaya a don Carlos.

DOÑA ANA

No hay que envïarlo, supuesto

que, como a mi esposo, oculto

dentro en mi cuarto le tengo.

DON PEDRO

Pues sácale, luego al punto.

DOÑA ANA

¡Con qué gusto te obedezco;

que al fin mi amante porfía

ha logrado sus deseos!

(Vase.)

DON PEDRO

¡Celia!

(Sale CELIA.)

CELIA

¿Qué me mandas?

DON PEDRO

Toma la llave de ese aposento

y avisa a Leonor que salga.

¡Oh amor, que al fin de mi anhelo

has dejado que se logren

mis amorosos intentos!

(Recibe CELIA la llave y vase.)

DOÑA LEONOR

(Aparte.)

Pues me tienen por doña Ana,

entrarme quiero allá dentro

y librarme de mi padre,

que es el más próximo riesgo;

que después, para librarme

de la instancia de don Pedro,

no faltarán otros modos.

Mas subir a un hombre veo

la escalera. ¿Quién será?

(Sale DON CARLOS.)

DON CARLOS

(Aparte.)

A todo trance resuelto

vengo a sacar a Leonor

de este indigno cautiverio;

que supuesto que doña Ana

está ya libre de riesgo,

no hay por qué esconder la cara

mi valor; y ¡vive el cielo,

que la tengo de llevar,

o he de salir de aquí muerto!

(Pasa DON CARLOS por junto a DOÑA LEONOR.)

DOÑA LEONOR

(Aparte.)

Carlos es, ¡válgame Dios!

y de cólera tan ciego

va, que no reparó en mí.

Pues ¿a qué vendrá, supuesto

que me lleva a mí, pensando

que era yo doña Ana? ¡Ah, cielos,

que me hayáis puesto en estado

que estos ultrajes consiento!

Mas ¿si acaso conoció

que dejaba en el empeño

a su dama, y a librarla

viene ahora? Yo me acerco

para escuchar lo que dice.

DON CARLOS

Don Pedro, cuando yo entro

en casa de mi enemigo,

mal puedo usar de lo atento.

Vos me tenéis… Mas, ¿qué miro?

¿Don Rodrigo, aquí?

DON RODRIGO

Teneos, don Carlos, y sosegaos,

porque ya todo el empeño

está ajustado; ya viene

en vuestro gusto don Pedro,

y pues a él se lo debéis,

dadle el agradecimiento;

que yo el parabién os doy

de veros felice dueño

de la beldad que adoráis,

que gocéis siglos eternos.

DON CARLOS

(Aparte.)

(¿Qué es esto? Sin duda ya

se sabe todo el suceso,

porque Castaño el papel

debió de dar ya, y sabiendo

don Rodrigo que fui yo

quien la sacó, quiere cuerdo

portarse y darme a Leonor;

y sin duda ya don Pedro

viendo tanto desengaño

se desiste del empeño.)

-Señor, palabras me faltan

para poder responderos;

mas válgame lo dichoso

para disculpar lo necio,

que en tan no esperada dicha

como la que yo merezco,

si no me volviera loco

estuviera poco cuerdo.

DON RODRIGO

Mirad si os lo dije yo:

quiérela con grande extremo.

DOÑA LEONOR

(Aparte.)

¿Qué es esto, cielos, que escucho?

¿Qué parabienes son éstos,

ni qué dichas de don Carlos?

DON PEDRO

Aunque debierais atento

haberos de mí valido,

supuesto que gusta de ello

don Rodrigo, cuyas canas

como de padre venero,

yo me tengo por dichoso

en que tan gran caballero

se sirva de honrar mi casa.

DOÑA LEONO

(Aparte.)

Ya no tengo sufrimiento.

¡No ha de casarse el traidor!

(Llega DOÑA LEONOR con manto.)

DON RODRIGO

Señora, a muy lindo tiempo

venís; mas ¿por qué os habéis

otra vez el manto puesto?

Aquí está ya vuestro esposo.

-Don Carlos, los cumplimientos

basten ya, dadle la mano

a doña Ana.

DON CARLOS

¿A quién? ¿Qué es esto?

DON RODRIGO

A doña Ana, vuestra esposa.

¿De qué os turbáis?

DON CARLOS

¡Vive el cielo,

que éste es engaño y traición!

¿Yo a doña Ana?

DOÑA LEONOR

(Aparte.)

¡Albricias, cielos,

que ya desprecia a doña Ana!

DON PEDRO

Don Rodrigo, ¿qué es aquesto?

¿Vos, de parte de don Carlos,

no vinisteis al concierto

de mi hermana?

DON RODRIGO

Claro está;

y fue porque Carlos mesmo

me entregó a mí a vuestra hermana

que la llevaba, diciendo

que la sacaba porque

corría su vida riesgo.

-¿Señora, no fue esto así?

DOÑA LEONOR

Sí, señor, y yo confieso

que soy esposa de Carlos,

como vos vengáis en ello.

DON CARLOS

Muy mal, señora doña Ana,

habéis hecho en exponeros

a tan público desaire

como por fuerza he de haceros;

pero, pues vos me obligáis

a que os hable poco atento,

quien me busca exasperado

me quiere sufrir grosero;

si mejor a vos que a alguno

os consta que yo no puedo

dejar de ser de Leonor.

DON RODRIGO

¿De Leonor? ¿Qué? ¿Cómo es eso?

¿Qué Leonor?

DON CARLOS

De vuestra hija.

DON RODRIGO

¿De mi hija? ¡Bien, por cierto,

cuando es de don Pedro esposa!

DON CARLOS

¡Antes que logre el intento,

le quitaré yo la vida!

DON PEDRO

¡Ya es mucho mi sufrimiento,

pues en mi presencia os sufro

que atrevido y desatento

a mi hermana desairéis

y pretendáis a quien quiero!

(Empuñan las espadas; y salen DOÑA ANA y DON JUAN de la mano, y por la otra puerta CELIA y CASTAÑO de dama.)

DOÑA ANA

A tus pies, mi esposo y yo,

hermano…

(Aparte.)

¿Pero qué veo?

A don Juan es a quien traigo,

que en rostro el ferreruelo

no le había conocido.

DON PEDRO

Doña Ana, ¿pues cómo es esto?

CELIA

Señor, aquí está Leonor.

DON PEDRO

¡Oh hermoso, divino dueño!

CASTAÑO

(Aparte.)

Allá veréis la belleza;

mas yo no puedo de miedo

moverme. Pero mi amo

está aquí; ya nada temo,

pues él me defenderá.

DON RODRIGO

Yo dudo lo que estoy viendo.

-Don Carlos, ¿pues no es doña Ana

esta dama que vos mesmo

me entregasteis y con quien

os casáis?

DON CARLOS

Es manifiesto

engaño, que yo a Leonor

solamente es a quien quiero.

DOÑA ANA

(Aparte.)

(Acabe este desengaño

con mi pertinaz intento;

y pues el ser de don Juan

es ya preciso, yo esfuerzo

cuanto puedo, que lo estimo,

que en efecto es ya mi dueño.)

-Don Rodrigo, ¿qué decís?

¿Qué Carlos? Que no lo entiendo;

y sólo sé que don Juan,

desde Madrid, en mi pecho

tuvo el dominio absoluto

de todos mis pensamientos.

DON JUAN

Don Pedro, yo a vuestros pies estoy.

DON PEDRO

Yo soy el que debo

alegrarme, pues con vos

junto a la amistad al deudo;

y así porque nuestras bodas

se hagan en un mismo tiempo,

dadle la mano a doña Ana,

que yo a Leonor se la ofrezco.

(Llegáse a CASTAÑO.)

DON CARLOS

¡Antes os daré mil muertes!

CASTAÑO

(Aparte.)

Miren aquí si soy bello,

pues por mí quieren matarse.

DON PEDRO

Dadme, soberano objeto

de mi rendido albedrío,

la mano.

CASTAÑO

Sí, que os la tengo

para dárosla más blanda,

un año en guantes de perro.

DON CARLOS

¡Eso no conseguirás!

(Descúbrese DOÑA LEONOR.)

DOÑA LEONOR

Tente, Carlos, que yo quedo

de más, y seré tu esposa?

que aunque me hiciste desprecios,

soy yo de tal condición

que más te estimo por ellos.

DON CARLOS

Mi bien, Leonor, ¿qué tú eras?

DON PEDRO

¿Qué es esto? ¿Por dicha sueño?

¿Leonor está aquí y allí?

CASTAÑO

No, sino que viene a cuento

lo de: No sois vos, Leonor…

DON PEDRO

¿Pues quién eres tú, portento,

que por Leonor te he tenido?

(Descúbrese CASTAÑO.)

CASTAÑO

No soy sino el perro muerto

de que se hicieron los guantes.

CELIA

La risa tener no puedo

del embuste de Castaño.

DON PEDRO

¡Matarete, vive el cielo!

CASTAÑO

¿Por qué? Si cuando te di

palabra de casamiento,

que ahora estoy llano a cumplirte,

quedamos en un concierto

de que si por ti quedaba

no me harías mal; y supuesto

que ahora queda por ti

y que yo estoy llano a hacerlo,

no faltes tú, pues que yo

no falto a lo que prometo.

DON CARLOS

¿Cómo estás así, Castaño,

y en tal traje?

CASTAÑO

Ése es el cuento:

que por llevar el papel,

que aún aquí guardado tengo,

en que a don Rodrigo dabas

cuenta de todo el enredo

y de que a Leonor llevaste,

para llevarlo sin riesgo

de encontrar a la Justicia

me puse estos faldamentos;

y don Pedro enamorado

de mi talle y de mi aseo,

de mi gracia y de mi garbo,

me encerró en este aposento.

DON CARLOS

Mirad, señor don Rodrigo,

si es verdad que soy el dueño

de la beldad de Leonor,

y si ser su esposo debo.

DON RODRIGO

Como se case Leonor

y quede mi honor sin riesgo,

lo demás importa nada;

y así, don Carlos, me alegro

de haber ganado tal hijo.

DON PEDRO

(Aparte.)

(Tan corrido ¡vive el cielo!

de lo que me ha sucedido

estoy, que ni a hablar acierto;

mas disimular importa,

que ya no tiene remedio

el caso.) -Yo doy por bien

la burla que se me ha hecho,

porque se case mi hermana

con don Juan.

DOÑA ANA

La mano ofrezco

y también con ella el alma.

DON JUAN

Y yo, señora, la acepto,

porque vivo muy seguro

de pagaros con lo mesmo.

DON CARLOS

Tú, Leonor mía, la mano me da.

DOÑA LEONOR

En mí, Carlos, no es nuevo,

porque siempre he sido tuya.

CASTAÑO

Dime, Celia, algún requiebro,

y mira si a mano tienes

una mano.

CELIA

No la tengo,

que la dejé en la cocina;

pero ¿bastarate un dedo?

CASTAÑO

Daca, que es el dedo malo,

pues es él con quien encuentro.

-Y aquí, altísimos señores,

y aquí, senado discreto,

Los empeños de una casa

dan fin. Perdonad sus yerros.



Deja un comentario