Daniel Hiernaux-Nicolas
Las imágenes proveen de un marco hermenéutico para el actuar. El poder de la imaginación es esencial para habitar de manera diferente nuestro mundo y, en especial, las ciudades.
Pierron, 2012
Presentación
Al principio de su obra Imaginarios. El asombro social (Silva, 2016: 29-30) Armando Silva expresa que la ciudad actual está sometida a un significativo proceso de transformación por la presencia creciente de objetos desmaterializados ‒más etéreos o incluso invisibles‒ que definen la forma de la ciudad y se superponen o, en su caso, rebasan en relevancia a los objetos materiales resultantes de la arquitectura o de la configuración del terreno donde se aplica. Complementariamente, apunta que la creciente extensión física de la ciudad modela suburbios infinitos, y se delinea de esta manera una suerte de “ciudad difusa” que concurre a una “urbanización sin ciudad”, tema que caló hondo en los discursos urbanísticos de las últimas décadas (Monclus, 1998). Con esta advertencia, el autor ofrece el concepto de urbanismo ciudadano para referirse a la producción de la ciudad que portan en sí sus habitantes y que no se anclan forzosamente en el espacio material.
En cierta forma, esta manera de presentar la producción del espacio ofrece tintes similares a lo que expresó Henri Lefebvre y que retomaría posteriormente Edward Soja en textos muy difundidos (Lefebvre, 2013; Soja, 2008). No hay aquí lugar para discutir este posible y probablemente necesario acercamiento conceptual entre autores, sino para insistir en la necesidad de asumir abordajes de la ciudad capaces de rebasar su dimensión estrictamente material. Para ello, el concepto de imaginario social se torna central (Baeza, 2003; Castoriadis y Ricoeur, 2016). Una gran cantidad de trabajos académicos publicados en los últimos veinte años insisten en la necesidad de considerar que el imaginario social es parte de esos factores que modelan la ciudad quizás en una manera aún más profunda que su producción material, sea por transformación o por extensión. Para ello se pueden consultar, por ejemplo, los trabajos de Alicia Lindón (2012, entre otros), Paula Vera (Vera, Gravano y Aliaga, 2019), Vergara (2015), Daniel Hiernaux (p. e. Lindón y Hiernaux, dirs., 2012) y obviamente al mismo Armando Silva.
En respuesta a la invitación para participar en esta obra colectiva, el presente ensayo tratará entonces de los llamados “centros históricos”; planteamos, como hipótesis medular, que las transformaciones actuales y en el pasado reciente de los centros de las ciudades se pueden entender nodalmente como una evolución de los imaginarios sobre sus formas y sus modos de existir, los cuales acaban modificando lo edificado a partir de esa “sobrecapa” sugerida por Silva. Podemos afirmar así que la dimensión imaginaria de la ciudad en general y, según este ensayo, de su centro, es un constructo social flexible en el tiempo que adquiere especificidades locales, resultado de las condiciones multidimensionales de su producción en sociedades diversas y también de los grupos sociales que lo portan.
Más aun, no es posible que se diera un imaginario único para una ciudad, salvo en caso de que fuera impuesto por la fuerza por un grupo de poder, en cuyo caso no sería más un imaginario sino que tendería a ser una ideología nacida de la imposición de unos pocos y del acallamiento de los demás. Se puede tomar, a manera de ejemplo, el caso de Pol Pot y su peculiar manera de pensar la sociedad como no urbana, la ciudad como construcción negativa para el progreso de la sociedad, lo que llevó, en abril de 1975, a un abandono forzado de las ciudades, en particular de la capital camboyana Nom Pen, y a un genocidio de más de dos millones de personas. Con la excepción de unos pocos casos de este tipo, cada ciudad ha sido y será producida por una variedad de imaginarios que compiten sobre el espacio. Esta es la segunda hipótesis que manifestamos para tratar de dar sentido a la evolución de los centros históricos.
Con lo anterior, es evidente que este escrito es un modesto ensayo que deriva de la observación de varios centros históricos, particularmente en América Latina y en Europa, y que no pretende imponerse como verdad universal sino como una serie de pistas dedicadas al entendimiento de su evolución, que es el epicentro de una fuerte polémica sobre la cual regresaremos posteriormente.
Introducción: la emergencia de nuevos discursos sobre los centros urbanos
No cabe duda de que la expresión “Centro Histórico” ‒con mayúsculas‒ es un invento reciente. Hasta hace unas décadas, se vivía en una ciudad que tenía “un centro”. Introducir la calificación de “histórico” en lo que se ha llamado “centro” ha sido el resultado de un interés particular asignado a esa porción específica de las ciudades, en buena medida y en una primera etapa, por las destrucciones ocasionadas por la Segunda Guerra Mundial y el interés de proteger lo que quedaba en pie para restaurarlo o inclusive reconstruirlo, como en el caso de Dresden, en Alemania, entre otras ciudades. Desde luego, detrás de este fin proteccionista se movilizaron arquitectos, urbanistas, políticos e intereses diversos a partir de la creación de la UNESCO. Se organizaron varias reuniones internacionales desde los años sesenta para activar una suerte de política pública de carácter internacional, la cual fue asumida como propia por numerosos países del Norte, pero también del Sur.
Así, las condiciones fueron creadas para que la UNESCO impusiera su marca y su potente voz sobre los quehaceres locales a escala nacional y regional por doquier, en un mundo que se aprestaba a quitar ciertas barreras físicas e ideológicas, como la Cortina de Hierro que separaba Este y Oeste. No por ello abandonaban sus sangrientas querellas, que solían derivar en un sinfín de guerras abiertas y de conflictos diversos a lo largo de la segunda mitad del siglo XX, incluyendo el fomento de golpes de Estado para mantener vigentes intereses particulares y lealtades a tal o cual potencia económica y política. De esas situaciones, las que tuvieron ocurrencia en nuestra América Latina, como bien se sabe, no son las menores.
Es interesante analizar las acciones llevadas a cabo en torno a los centros históricos desde los preceptos de los organismos internacionales y su resonancia en las administraciones locales. Sin embargo, este ensayo tiene la pretensión de interrogar unas dimensiones distintas de las que evidencian los estudios sobre las políticas públicas nacionales e internacionales: nos referimos a los imaginarios urbanos sobre los centros históricos. Conviene reconocer que las narrativas internacionales y nacionales en torno a ellos han sido esenciales, en ciertos momentos y espacios, para orientar el andamiaje subjetivo que se ha servido para erigir diversos imaginarios. Es claramente el caso de la narrativa “proteccionista patrimonial” que emanó de la UNESCO.
En un primer momento, nos referiremos a ciertos conceptos básicos sobre los imaginarios urbanos que guiarán nuestras reflexiones; entre otros, la relevancia de las imágenes y el trabajo sobre ellas, que son esenciales en la edificación de los imaginarios actuales. En un segundo momento, a partir de estudios de caso propios y ajenos que han sido ampliamente difundidos, trataremos de trazar lo que podemos llamar los ejes estructuradores que explican la relación entre “Centros Históricos” e “imaginarios urbanos”.
La última parte del ensayo pretende sintetizar las cuestiones centrales puestas en la mesa en las páginas anteriores y, a la vez, ofrecer algunas reflexiones finales sobre la conceptualización particular y el tema de la metodología para el estudio de esta relación entre un espacio tan particular como los centros urbanos y el tema boyante de los imaginarios.
1. De la imagen al imaginario urbano: cuando la ficción deviene realidad
Las representaciones de las ciudades suelen derivarse de las imágenes que de ellas hemos recibido y de las que se construyen y emiten día a día. Imágenes múltiples en sus contenidos y soportes, aquellas con las cuales se muestra la ciudad, no son solamente una calca de una cierta realidad material: son mucho más que eso. Silva recuerda en Álbum de familia que las fotografías son una materia prima que permite recomponer una cierta lectura del pasado (Silva, 1999); claramente no son solo las fotos de familia, sino que también diarios, cartas y objetos diversos pueden contribuir a reconstruir el pasado; sin embargo, Cornelius Castoriadis recuerda que existe un “principio de clausura” por el cual “lo antiguo entra en lo nuevo con la significación que le confiere lo nuevo – y no podría entrar ahí de otro modo” (Castoriadis, 2006: 87, en el capítulo “Las significaciones imaginarias”, texto de 1981), de tal modo que la imbricación entre pasado y presente muestra en sí una gran dosis de subjetividad.
La rápida eclosión de herramientas informáticas de deformación, embellecimiento, selección, colorización de la totalidad o partes de una obra original ha permitido a cualquier persona con un mínimo de destreza en el manejo informático imponerse como autor de una cierta visión de un paisaje urbano; a la vez, la dimensión humana toma la posición corporal del fotógrafo y la del instrumento de captura fotográfica con relación al espacio circundante entre otros, impone una visión propia de cada tomador de foto. Entonces, la pregunta que puede formularse es: ¿cuál es el realismo de la foto? ¿Podemos asumir que la representación fotográfica es fiel reproducción de la realidad o en sí es una representación de esta?
El boom de fotografías que se suben diariamente a la nube en Instagram, por ejemplo, no puede ser considerado como una simple acumulación de datos “reales” y fortuitos, porque cada una de ellas deviene de una mirada particular, singular y no reproducible, y de una probable posproducción de la representación del objeto, persona o paisaje atrapado por quien realiza la toma mediante un artefacto que, a su turno, es productor de una cierta visión del mundo[1]. A ello falta agregar la reciente irrupción de la inteligencia artificial, capaz de crear imágenes urbanas que reinventan el espacio material urbano con la conjugación altamente fantasiosa de fragmentos de la materialidad existente.
Lo antes expresado puede adaptarse a la videograbación e inclusive a técnicas más tradicionales como la cartografía. La reflexión anterior lleva a sugerir que los diversos medios de producción de reproducción de la “realidad” de hecho son, en su esencia misma, transformadores de esta y, por ende, introducen cierto grado de imaginación fantasiosa en los productos.
Dos “productos” cinematográficos relativamente recientes, la película Amélie Poulain de 2001 y la serie Emily en París de 2020, ambas sobre París, son ejemplos fehacientes de reconstrucciones específicas de la Ciudad-Luz o por lo menos de partes de ella, para fines de comercialización de un producto-película o serie. En la primera, la intensificación de los colores en sí es síntoma de una lectura particular de la ciudad y sus personajes, técnica que se adapta a sus sitios emblemáticos, de modo que transforma el relato en una suerte de street movie digna de una guía de viajes: de hecho, existen en la actualidad tours urbanos para seguir las huellas de Amélie en su barrio y en los sitios representativos donde ocurre la trama de la película, como la Basílica del Sagrado Corazón, la Estación de trenes del Este, el Canal San Martín y el café donde labora la protagonista. Solo el primer lugar podría considerarse como lugar emblemático previo (“Haut-Lieu”) mientras que los demás pudieron adquirir esta categoría gracias a la película. En el caso de Emily in Paris, sus recorridos por la ciudad construyen una nueva lectura de la ciudad que trastorna la vida cotidiana y maquilla los espacios visitados hasta volverlos trampas para que los turistas (muy particularmente los asiáticos) tomen fotografías ‒frecuentemente selfies‒ en el mismo lugar que la protagonista de la serie. Curiosamente, la ficción rediseña la realidad y la vuelve más agradable para el visitante[2].
Se asiste entonces a una suerte de banalización de la mentira a través de la imagen, una suerte de “posverdad”, como lo afirma la filósofa valenciana Adela Cortina, o un “simulacro” a lo Baudrillard (1978). Si bien la película Amélie recibió buenas reseñas en su tiempo, desde la aparición del trailer de Emily en Paris, se publicaron críticas acérrimas de algo que dista tanto de la realidad que podría leerse como ciencia-ficción, no solo sobre los paisajes y las tomas cinematográficas sino sobre los personajes y los clichés usados para representar a los franceses y sus comportamientos. La clave para entender estas representaciones es ofrecida por Yoshio Nakamura, citado por Hélene Saule-Sorbé, cuando recoge el planteamiento del primero según el cual “El paisaje es un objeto de dos caras. Una es el espacio real y el otro es un molde psicológico que resume el paisaje en una imagen” (Saule-Sorbé, 2003: 103).
El grado de “irrealidad” o “mentira” de las imágenes que nos ofrecen los medios de comunicación y los gigantescos bancos de imágenes en línea, como Instagram, hace presagiar que las representaciones de la ciudad en general y de los centros urbanos en particular son múltiples, confusas y susceptibles de interpretaciones contradictorias. A lo que se agregan ciertas tendencias del pensamiento que suelen aplicar juicios de valor sobre lo que se ve o lo que se imagina sin acceder a la realidad: la “aporofobia”, por ejemplo, término acuñado por la misma Adela Cortina (2017) y que significa un miedo al pobre que tiende a generalizarse; la “gentrificación”, que eliminaría a los pobres de ciertos espacios de la ciudad; la “financiarización”, que haría de los dueños de las finanzas los verdaderos manipuladores de las ciudades para sus intereses.
Las múltiples lecturas de las ciudades, en particular de sus centros, están entonces sobredeterminadas por diversas corrientes de análisis o por lo pronto de representación de los espacios urbanos, susceptibles de ser portados por diversos grupos sociales, a partir de las cuales se pueden definir tanto políticas públicas como comportamientos individuales y colectivos.
Para ciertas corrientes de la izquierda, entonces, los centros son vistos como hábitat de los pobres, afectados por una representación aporofóbica de sus espacios y sus modos de vida, sometidos a intentos de gentrificación por parte de las clases medias. Estas últimas, por su parte, desarrollan un discurso orientado a apoyar la recuperación de los espacios centrales, que no deberían ser dejados en manos de los pobres, que los mutilan y los desaprovechan, todo ello también signado por una renovada tendencia al higienismo. Otros autores, como por ejemplo Michael Porter y los seguidores de sus teorías sobre la economía, consideran que un manejo de los espacios centrales por el capital sería a la vez más lucrativo que los usos actuales; para algunos, estos espacios son susceptibles de ser gozados gracias a una nueva arquitectura capaz de volverlos “espacios de placer”, siguiendo la concepción de Lefebvre de la “arquitectura del placer” para beneficio de las nuevas clases ociosas.
Con base en lo anterior quisiéramos afirmar que la construcción de los imaginarios sociales se efectúa en un contexto en el cual las adjetivaciones sobre los espacios urbanos sobredeterminan las interpretaciones posibles de la ciudad, de modo que los imaginarios urbanos ‒sean sobre los centros tradicionales de las ciudades o sobre las periferias‒ integran un alto grado de ideologización (Hiernaux y González, 2017), por lo que se encuentran afectados por un proceso de “ingeniería” a partir del cual se modelan a conveniencia de los portadores de cierto discurso en particular.
2. Los nuevos imaginarios sobre los centros: diversidad, conflictos y políticas
Esta segunda parte del ensayo propone una breve presentación y discusión de los imaginarios sobre centros históricos que se recogieron al analizar numerosísimos textos sobre el tema, y que se han vuelto ineludibles en la investigación urbana internacional.
El centro como espacio de ganancias capitalistas
La decadencia física de los centros históricos se inició cuando se consolidó y se hizo dominante el imaginario burgués de las periferias (Beauregard, 2006). En síntesis, se contempla a los centros como espacios donde el capital puede realizar ganancias en la producción material del espacio céntrico. No siempre será un imaginario portado por el gran capital, sino que se adecúa a pequeños-medianos inversionistas que juegan con la atractividad del espacio como reservorio de historia, como lugares previamente dotados de cierta atractividad y reconocimiento social (a pesar de la degradación física), aunque requieran la renovación potencial de las infraestructuras urbanas (redes, sistemas de transporte, nuevos modos de movilidad que exigen transformar las vías de comunicación). Importa también que los espacios centrales ofrezcan grandes potencialidades para la captación de una renta simbólica asociada a hechos históricos y a la calidad de ciertos edificios, entre otras.
El centro como “espacio de juego” turístico (playground)
Quizás la rama de producción más interesada es la de hoteles-restaurantes-cafés: “horeca”, como se conoce en el mundo francófono, y es la que se relaciona con el turismo urbano (Hiernaux y González, en prensa). Por diversas razones que no se tiene espacio para analizar acá, el turismo ha sido interpretado como una manera de dinamizar las economías centrales de las ciudades, las cuales, en numerosos casos, se encuentran declinantes. Esto ha impulsado al capital turístico a diversificar los modelos de alojamiento, con la introducción no solo del turismo en hoteles boutiques con una oferta reducida de habitaciones y servicios, sino de la oferta no hotelera en casas y departamentos bajo el dominio de las plataformas de renta, como Airbnb, que han generado una transformación radical del turismo. Esto indujo la “uberización” de las ciudades, como la llamó Ian Brossat (2019), es decir, un proceso de gentrificación y a la vez de desplazamiento de personas de ingreso medio así como de comercios y servicios, remplazados por el mucho más rentable alquiler del parque habitacional mediante la intermediación electrónica cliente-oferente que ofrecen las plataformas y negocios adaptados a este tipo de consumidores. También genera la llegada de nuevos inversionistas que se insertan en la actividad, como bares, hoteles pequeños, tiendas de souvenirs, etc.
Vale también notar que la regulación de estos modelos por las instancias locales es extremadamente difícil y puede llevar, en caso de interdicción, a que se pase de las rentas urbano-turísticas a la informalidad a través de las redes (Telegram, Facebook, etc.), que reemplazan las plataformas sin control alguno. Este fenómeno ocurre ya en Nueva York, pero también en Barcelona, entre otras ciudades que intentan controlar en cierta forma las plataformas electrónicas. La atractividad de los centros es entonces sustentada sobre imágenes, representaciones e imaginarios fuertemente marcados por el sello de la comercialización y sustentados por el manejo de los productos desde perspectivas que borran de la ciudad real toda historicidad y elogian la fiesta, el desbordamiento de pasiones y, en muchos casos, el uso intensivo de drogas (Onfray, 2023).
El centro como espacio patrimonial
Como ya se explicó más arriba, la dimensión patrimonial de los centros históricos fue dominante durante muchas décadas; no se ha extinguido pero sí ha mutado, ya que el enfoque no es (o no lo es tanto) el patrimonio como acervo de la sociedad y soporte de la historia, sino como pretexto para generar visitas consumistas y sendas ganancias. Es fácil observar que los turistas conocen la existencia de elementos patrimoniales y los valoran como motivación del viaje, aunque muchos los usan solamente como sitios para selfies (aun si por eso tienen que sufrir colas larguísimas para entrar), que les generará ganancias afectivas (los likes) o inclusive monetarias, cuando se trata de influencers conocidos. En nuestra experiencia, se nota también que los planes urbanos dirigidos a centros históricos con frecuencia son más tributarios de los imaginarios turísticos que de los patrimoniales.
El centro como reflejo de la vitalidad urbana
En un trabajo pasado, insistíamos sobre las características centrales que hacen a una ciudad, que son lo laberíntico, lo fugaz y lo fortuito (Hiernaux, 2006). Consideramos también, siguiendo a Georges Durand, que los imaginarios integran, con frecuencia, los arquetipos que “… constituyen el punto de junción entre el imaginario y los procesos racionales” (Durand, 1992: 63). Nos podemos preguntar si la ciudad podría ser un arquetipo. En nuestra opinión, es así, ya que “los arquetipos se asocian a imágenes muy diferenciadas y en las cuales varios esquemas llegan a imbricarse” (id. 65). Resulta evidente que “la ciudad” no es una ciudad en particular sino el constructo social emprendido por culturas muy diferentes entre sí y sobre bases similares, cuyo fundamento son las tres características señaladas arriba, pero que se construyen mental y materialmente de manera muy distinta según las culturas. Del arquetipo urbano se puede pasar a la ciudad modelo, o sea, la ciudad tal y como la entiende y la han querido habilitar diversas culturas.
El factor disruptivo de la modernidad que insiste en la primacía de la racionalidad implicó que sus mayores impulsores en el campo de las propuestas de ciudades nuevas o de renovación de la ciudad hayan optado por la generación desde cero de proyectos de ciudad en los cuales las características primas se eluden para ser reemplazadas por lo racional (en la traza de vías de comunicación, entre otros aspectos), lo permanente (obras estables y duraderas) y lo predecible (sé dónde voy y lo hago por la vía más corta y racional, usando mi cartografía digital disponible en mi portátil si es necesario). Este nuevo manojo de características de la ciudad ha sido capaz de reorientar la producción de la ciudad real hacia su antítesis, la no-ciudad.
Sin embargo ‒y es aquí donde los centros históricos adquieren todo su valor‒ ha habido a través del tiempo movimientos en sentido contrario, que han impulsado ciudades complejas y, por ende, más habitables, como la propuesta de Fourier del falansterio o las reflexiones situacionistas sobre la ciudad. Más aún, algunas ciudades que se han quedado al margen de la ola arrasadora de la modernidad urbana ofrecen, aunque de manera parcial, una representación atractiva de la ciudad que anida en nuestros imaginarios. Esto explica, desde nuestro punto de vista, lo particularmente atractivo de cierto regreso a la ciudad central conducido por jóvenes, pero abierto a todas las generaciones. Existe una discusión en el ámbito académico sobre si se trata de una “clase creativa” (a la Richard Florida) de bobos (burgués-bohemios) u otros “engendros” sociales particularmente detestados por los sectores de izquierda que defienden la autenticidad de los centros tradicionales. En nuestro esquema explicativo, entonces, los centros históricos están recubiertos por uno o varios imaginarios superpuestos, de relevancia diferencial y en ocasiones contradictorios, que propulsan varias representaciones de los centros históricos como centros de vida urbana densa y compleja.
El centro como espacio de rechazo
Si bien hasta ahora se han expuesto diversos imaginarios sobre los centros históricos, queda por señalar que ciertos grupos sociales no son portadores de esta corriente, sino que muestran un rechazo bien definido sobre ellos. Conviene entonces distinguir cuáles son los principales esquemas que sustentan este rechazo. El primero es el higienismo: si bien no es nuevo y se puede observar claramente en las propuestas haussmanianas sobre París que se han replicado a lo largo del planeta, al final del siglo XX y en estas dos primeras décadas del XXI se ha manifestado una nueva crítica a la ciudad como parte inherente del movimiento de preservación de la naturaleza. Este rechazo incluye criterios como el hacinamiento, los riesgos epidemiológicos (un criterio que cobró mayor importancia por la covid-19), la dificultad del control social asociada con la voluntad de control de la población por medios electrónicos, y la preservación de la naturaleza, gran ausente de las ciudades.
Por ende, la ciudad actual aparece como la antítesis de la ciudad arquetípica que se mantuvo por miles de años, y se encuentra en tela de juicio por el influjo de la racionalidad a ultranza. Así como se visita una reserva de indígenas estadunidenses, los centros históricos se vuelven confinados a un papel secundario de “lugar de memoria” de las civilizaciones urbanas. Al mismo tiempo, luchando contra sus “enfermedades sociales”, la patrimonialización y la turistificación (Hiernaux y González, en prensa), el cuerpo supuestamente enfermo de los centros históricos sigue padeciendo embates por todas partes.
En la introducción de este mismo texto, hemos señalado que la atractividad actual de los centros sea para vivirlos o más simplemente visitarlos, parece emerger de un “estado de carencia” de la población en general, pero más específicamente de la periférica, que siente haber perdido el contacto con su pasado y con modos de vida más tranquilos por estar viviendo en periferias a veces muy alejadas, donde son casi inexistentes las figuras básicas de la ciudad a las cuales nos referimos varias veces más arriba. Esto es lo que explica ‒aunque no únicamente‒ cierto éxodo de personas desde la periferia hacia las áreas más pobladas de los centros urbanos.
3. Mirando al futuro: repensar los imaginarios y su análisis
Parecería que la complejidad que engendra la multiplicidad de imaginarios sobre los centros históricos pudiera actuar como un freno o una limitación para descifrar lo que significa esta porción de ciudad y para intervenir en ella mediante políticas públicas. Por lo contrario, resulta evidente que los imaginarios pueden ser la clave para construir un análisis integral de los centros históricos y, a la vez, una entrada a políticas públicas de factura muy diferente a las actuales. Más aun, como lo menciona Georges Balandier, “Lo imaginario se hace más necesario que nunca; es, en alguna forma, el oxígeno sin el cual decaería toda vida personal y toda vida en colectividad” (Balandier, 1987: 241).
La crisis actual de la ciudad es el resultado previsible de la aplicación de los tratamientos racionalizadores de cuño positivista; pero no solamente: también nuevos modelos urbanísticos están afectando la vida urbana actual, las ciudades están dirigidas a partir de políticas poco fundamentadas y distantes de la vida cotidiana de los habitantes, aun si se presentan como políticas sociales, “cercanas” a las necesidades sociales y respetuosas del ambiente.
Analizando a manera de ejemplo algunas situaciones urbanas actuales, como la ciudad de París bajo el dominio del Partido Socialista y en especial del equipo de la actual alcaldesa Anne Hidalgo (en el puesto desde 2014), se puede verificar que se proponen e imponen intervenciones urbanas que obedecen a algunos modelos poco claros. En estos se vierten numerosos elementos originados en la peculiar sensibilidad urbana del Zeitgeist actual, que reclama más espacios verdes, calles cerradas a los vehículos de motores, una movilidad blanda sustentada en la bicicleta tradicional, las eléctricas y el conjunto de nuevas formas de desplazamientos (patinetas y otras) que pululan en las ciudades que pretenden mostrarse a la punta de las tecnologías suaves. Estas intervenciones, que de por sí carecen de cohesión y se llegan a contraponer, no se construyen a partir de imaginarios compartidos ni de consensos sociales.
El resultado en París es aterrador: numerosos conflictos vehiculares por cerrar el acceso a algunas vías estratégicas (como la Calle Rivoli) a los vehículos privados; la multiplicación de accidentes toda vez que los que se desplazan sobre una o dos ruedas desprecian las reglas de circulación; algunos proyectos por el momento detenidos, como el de eliminar el icónico Mercado de Flores para edificar un proyecto inmobiliario masivo; la destrucción en curso de los parques sobre la avenida Richard-Lenoir (están sobre la parte enterrada del Canal Saint-Martin, aquel que aparece en la película “Amélie”) para construir una Alameda al puro estilo español (con los resultados que se conocen bien en el caso barcelonés) y quitar los cajones de libros de los famosos “bouquinistes” (libreros de viejo) a lo largo del Sena para dejar libre espacio a lugares pagados para ver el desfile de inauguración de los Juegos Olímpicos 2024 sobre el Sena.
No es necesario entrar en más explicaciones o reseñas para evidenciar que estas políticas públicas no tienen ni pie ni cabeza porque responden a múltiples sensibilidades sobre la ciudad. Peor aún, mezclan elementos de des-simbolización de espacios tradicionales aventándolos a la hoguera racionalizadora mientras crean nuevas simbolizaciones sobre espacios que justamente contaban ya con una sensibilidad no racional, en el sentido de Enrique Carretero (2019). Actualmente, se ha montado una crítica acérrima a la eliminación de los cajones de libros viejos que bordean parte del Sena, aun si se insiste desde los palacios del poder que es “solo temporal”. Finalmente, hace falta resaltar la decisión del gobierno de Emmanuel Macron de sacar a la fuerza de las calles de París a los SDF (“sin domicilio fijo”, personas en situación de calle) con el pretexto de que su presencia “molestaría” a los turistas que llegarían en 2020 para asistir a la mega-fiesta de los Juegos Olímpicos (Monzo, 2023).
Lo central quizás es que el gobierno actual parisino (y se puede pensar que así ocurre en muchas otras ciudades) juega en satisfacer las demandas de sectores bien distintos a manera de un equilibrista: de un lado el capital inmobiliario, en la coyuntura actual el interesado en los grandes eventos deportivos; las generaciones más jóvenes ‒cada vez más individualistas‒, que exigen una ciudad a su modo, en la cual no caben, por ejemplo, los adultos mayores o las personas con discapacidades, entre otros grupos relegados. Obviamente, estas aparentes confusiones políticas también son fruto de una voluntad de mantenerse en el poder en las próximas elecciones apoyando a los sectores más redituables electoralmente, como los más jóvenes. Esta breve reseña de algunas intervenciones en París muestra la desconexión entre las políticas públicas y los imaginarios urbanos, entre otros elementos que integran la capa que se superpone a la ciudad material y que puede considerarse como “dispositivo” en el sentido de Agamben.
Este filósofo propone una interpretación de esta voz acorde con los escritos y propuestas de Michel Foucault:
… Resumamos brevemente en tres puntos: 1) [El dispositivo] se trata de un conjunto heterogéneo que incluye virtualmente cada cosa, sea discursiva o no: discursos, instituciones, edificios, leyes, medidas policíacas, proposiciones filosóficas. El dispositivo, tomado en sí mismo, es la red que se tiende entre estos elementos. 2) El dispositivo siempre tiene una función estratégica concreta, que siempre está inscrita en una relación de poder. 3) Como tal, el dispositivo resulta del cruzamiento de relaciones de poder y de saber (Agamben, 2011: 250).
Se hace necesario entonces entender que el conjunto de medidas tomadas sobre un espacio, como se ilustró brevemente mediante el caso parisino, se compone de una serie de referencias-imágenes que inducen la formación de imaginarios, los cuales construyen con paciencia, como si fuera una maqueta, las diversas vertientes de las sensibilidades a veces exaltadas en torno al futuro de París o por doquier. Los políticos, conscientes de la necesidad de entender esas sensibilidades, suelen tomar el pulso ‒si es que lo hacen‒ de consejeros o “coaches”, luminarias de lo urbano. Conocer las sensibilidades desplegadas sobre París, por ejemplo, exige una propia y bien definida, o el recurso a verdaderos expertos en la materia. Quizás el punto central es saber detectar los grupos en presencia (y en ocasiones en conflicto), conocer sus formas de pensar, sus anhelos, al fin de cuenta sus sensibilidades y sus imaginarios: se estima que trabajos como el de Pierre Sansot (1998), en particular “Les gens de peu” (La gente de poco), sirven a ese propósito aun si emergió de un trabajo académico que no estuvo ligado con intereses de grupos del capital o de funcionarios.
A este reconocimiento de las sensibilidades, a esta detección de imaginarios conviene agregar la necesidad de reconstruir los conflictos entre ellos que han surgido por el pasado y entender cómo operan en la actualidad. Construir un mapa de los imaginarios, tanto como mapa mental como mapa geográfico de sus anclajes territoriales, podría derivar en un mapa estratégico de gestión política sensible de una ciudad. Experiencias de este tipo han sido llevadas a cabo en algunos países/ciudades, pero han sido poco estudiadas y menos replicadas.
Los centros históricos son, con toda certeza, espacios de confluencia y de conflictos de imaginarios. Es evidente que, por su enorme poder simbólico, merecen una atención inmediata para evitar que solo de la ciudad queden las piedras y no las personas, que la des-simbolización deje un cascarón vacío solo útil para la diversión y el ocio. La tarea es además mucho más amplia ya que falta que se la lleve a cabo sobre los espacios particularmente racionalizados de las periferias, sea de conjuntos habitacionales tipo “countries” o “conjuntos cerrados”, o de las periferias de vivienda social empobrecidas por décadas de abandono, vastos espacios urbanos que merecen ser atendido desde perspectivas similares a las que se acaban de esbozar. Todo ello es un trabajo de titanes, aunque más que necesario.
En preludio a lo anterior, conviene recordar como una tarea primaria insoslayable la de “… defender la imaginación como una facultad de acceso a la realidad, a ‘más’ realidad y no solo como una puerta de entrada a lo irreal, lo mítico y lo fantasioso” (Fleury, 2006, 9-20). Implica también traducir el discurso sobre imaginarios, confuso para las mayorías, a un lenguaje que puedan entender y asumir como propio los habitantes de nuestras ciudades.
Bibliografía
Agamben, Giorgio (2011). ¿Qué es un dispositivo? En Sociológica, año 26, número 73, mayo-agosto, pp. 249-264.
Baeza, Manuel Antonio (2003). Imaginarios sociales. Apuntes para la discusión teórica y metodológica. Concepción: Editorial Universidad de Concepción.
Balandier, Georges (1987). Images, images, images. Cahiers Internationaux de Sociologie, 82, 7-22.
Baudrillard, Jean (1978). Cultura y simulacro. Madrid: Editorial Kairos.
Beauregard, Robert A. (2006). When America became suburban. University of Minnesota Press.
Benjamin, Walter (1999). Petite histoire de la photographie. En Études Photographiques, Société Française de Photographie, 38 p.
Brossat, Ian (2019). Airbnb. La ciudad uberizada. Iruñea-Pamplona: Katakrak Liburuak.
Carretero Pasin, Ángel Enrique (2019). Des-simbolización y re-simbolización de la ciudad: en busca del espacio urbano perdido. En Paula Vera; Ariel Aravano y Felipe Andrés Aliaga Sáez (coords.). Imaginarios y representaciones sociales de lo urbano, Colombia: editorial UNICEN y Editorial USTA.
Castoriadis, Cornelius (2006). Una sociedad a la deriva. Entrevistas y debates (1974-1997). Buenos Aires: Katz Editores.
Castoriadis, Cornelius y Paul Ricoeur (2016). Dialogues sur l’histoire et l’imaginaire social. Paris: Editions de l’École des Hautes Études en Sciences Sociales.
Cortina, Adela (2017). Aporofobia, el rechazo al pobre: un desafío para la sociedad democrática. Barcelona: Paidos Ibérica.
Durand, Gilbert (1992). Les structures anthropologiques de l’imaginaire. Paris: Dunod.
Fleury, Cynthia (2006). Imagination, imaginaire, imaginal. Paris: Presses Universitaires de France, collection Détats Philosophiques.
Gebauer Muñoz, María Adriana (2013). Imaginarios urbanos y su potencial aporte a la activación de los centros históricos en ciudades intermedias. En Roldán López, Horacio y Gladis Beatriz Mascareño López (coords.). Imaginarios urbanos en las ciudades red. Culiacán, Sinaloa, México: Universidad Autónoma de Sinaloa, pp. 159-181.
Hiernaux, Daniel (2006). Repensar la ciudad: la dimensión ontológica de lo urbano. En LiminaR, estudios sociales y humanísticos, año 4, vol. IV, número 2, diciembre, pp. 7-17.
Hiernaux, Daniel y Carmen Imelda González (en prensa). ¿Conservación o desmantelamiento del patrimonio en espacios urbanos turistificados?
Hiernaux, Daniel y Carmen Imelda González (coords.) (2017). La ciudad latinoamericana a debate: perspectivas teóricas. Querétaro, México: Universidad Autónoma de Querétaro.
Hiernaux, Daniel y Carmen Imelda González (2017). La ciudad maquillada: las nuevas caras de la ciudad en el siglo XXI. En Hiernaux, Daniel y Carmen Imelda González (coords.). La ciudad latinoamericana a debate: perspectivas teóricas. Querétaro, México: Universidad Autónoma de Querétaro, pp. 93-124.
Lefebvre, Henri (2013). La producción del espacio. Madrid: Capitán Swing.
Lindón, Alicia (2012). ¿Geografías de lo imaginario o dimensión imaginaria de las geografías del Lebenswelt? En Lindón, Alicia y Daniel Hiernaux (dir.). Geografías de lo imaginario. Barcelona: Anthropos Editores y Universidad Autónoma Metropolitana Unidad Iztapalapa, pp. 65-86.
Lindón, Alicia y Daniel Hiernaux (dirs.) (2012). Geografías de lo imaginario. Barcelona: Anthropos Editores y Universidad Autónoma Metropolitana Unidad Iztapalapa.
Monclús, Francisco Javier (1998). La ciudad dispersa. Barcelona: Centro de Cultura Contemporánea.
Monzo, Kim (2023). Hacia París 2024. Periódico La Vanguardia, 2 de noviembre. https://www.lavanguardia.com/opinion/20231102/9345833/paris-2024.amp.html.
Onfray, Michel (2023). Le fétiche et la marchandise : Capitalisme et réification. Bouquins.
Pierron, Jean Philippe (2012). Les puissances de l’imagination. París: Les Éditions du Cerf.
Sansot, Pierre (1998). Les gens de peu. París: Payot.
Saule-Sorbé, Hélène (2003). La photographie à l’épreuve de la ville. En Baudry, Patrick; Thierry Paquot (coords.). L’urbain et ses imaginaires. Pessac: Maison des Sciences de l’Homme d’Aquitaine, pp. 89-103.
Silva, Armando (1999). Álbum de familia. Bogotá: Norma Editores.
Silva, Armando (2016). Imaginarios. El asombro social. Culiacán, Sinaloa, México: Universidad Autónoma de Sinaloa.
Soja, Edward W. (2008). Postmetrópolis. Estudios críticos sobre la ciudad y las regiones. Madrid: Traficantes de Sueños.
Vera, Paula (2019). Imaginarios urbanos. Dimensiones, puentes y deslizamientos en sus estudios. En Vera, Paula; Gravano, Ariel y Aliaga Sáez, Felipe Andrés (coords.). Ciudades (in)descifrables. Imaginarios y representaciones sociales de lo urbano. Bogotá: Ediciones USTA, pp. 13-40.
Vergara, Abilio (2015). Horizontes teóricos de lo imaginario. Mentalidades, representaciones sociales, imaginario, simbolismo, ideología y estética. México: Navarra.
- Vale recordar aquí las reflexiones de Walter Benjamin sobre la fotografía (1999), en particular cuando se refiere a las tomas decimonónicas de París antes de su “haussmannización”, para las cuales la duración de la apertura del aparato permite observar el movimiento de los transeúntes como fantasmas en tomas aparentemente fijas. ↵
- Véase por ejemplo https://tinyurl.com/mrymfcv2.↵






