La construcción del bolsonarismo desde el Gobierno
Amílcar Salas Oroño[1]
Las características de las movilizaciones sociales contemporáneas vinculadas de forma directa o indirecta con espacios políticos de derecha –en América Latina y en otras latitudes– requieren muchas veces de ciertos ajustes en los dispositivos y en los instrumentos usados para su correcta descripción e interpretación. Ajustes que tienen que ver no sólo con sus singulares discursos políticos y los desdoblamientos de estos en principios de acción, sino también con el uso que hacen de ciertos dispositivos como las redes sociales, cuestión que abre todo un capítulo de reflexiones acerca de su incidencia sobre los sistemas políticos y sociales. Al margen de estos reparos y de otros, también es cierto que algunos casos terminan condensando tantos elementos, que su análisis permite la identificación de una serie de aspectos que luego –o antes en el tiempo– se manifiestan en otros países. Es lo que sucede si nos focalizamos en lo ocurrido en Brasil desde el 2013 en adelante: en varios sentidos, el país se convirtió en todo un laboratorio de la derecha/extrema derecha y en un caso prototípico de una “nueva frontera democrática” (Salas Oroño, 2019b), cuestión que fue confirmada durante el gobierno de Bolsonaro (2018-2022) gracias, precisamente, a otros fenómenos de movilización social.
No es intención de las páginas siguientes establecer conexiones y comparaciones con otras formas de movilizaciones sociales de la derecha/extrema derecha de otros países u otros períodos históricos, como tampoco se realizará un contrapunto con los prototípicos elementos de los “movimientos fascistas” del siglo pasado, cuyos análisis bastante pueden iluminar al respecto de lo que ocurre hoy en día (y que han inspirado varios de los análisis para el caso brasileño reciente: Ricupero, 2022 y Rodrigues y Sarti, 2021, entre otros), pero que obligarían extender los argumentos que aquí se presentan.
En este trabajo la contribución seguirá dos líneas de argumentación: por un lado, que el bolsonarismo no es un fenómeno construido únicamente “de arriba hacia abajo”, esto es que como fenómeno político no va de forma exclusiva desde el mando gubernamental hacia la sociedad –o hacia su propia comunidad política–, sino que es un fenómeno que modula sus principales elementos ideológico-políticos a partir de una intensa interacción con la movilización social, que le es indispensable. En segundo lugar, aquí se revisará la relación entre movilización social y agenda pública, en relación con el caso de un gobierno de derecha/extrema derecha como lo fue el de Bolsonaro. Un aspecto que permitirá, hacia las conclusiones de este artículo, realizar algunas consideraciones más generales para la época.
El empoderamiento de los movimientos antidemocráticos
Si bien los “ciclos” de la protesta social en el Brasil contemporáneo deben ser revisados teniendo en cuenta las particularidades de un sistema político fuertemente marcado por los regionalismos y los tiempos políticos locales –variable que se vuelve fundamental sobre todo con la fuerte retracción económica que evidenciará el país a partir del 2015, por los condicionamientos que tendrán los recursos públicos estaduales– hay, sin embargo, un punto de inflexión (histórico) para la reflexión y el balance sobre el tema a partir de las denominadas “jornadas de junio” del 2013. Aquellas movilizaciones sociales y políticas del mes de junio del 2013 han sido interpretadas desde diferentes prismas metodológicos e ideológicos, impulsando un debate muy fecundo que aún continúa. Además de los reemplazos y las sustituciones entre los actores que tomaban las iniciativas, y de locación de las protestas –comenzaron en San Pablo y fueron nacionalizándose de forma bastante rápida–, hubo un cambio de fondo en la naturaleza de aquella movilización social: de ser organizada y pautada por reivindicaciones específicas y sociales se pasó a una serie de eventos y convocatorias con claros objetivos universales y políticos[2]. Desde un punto de vista general, las “jornadas de junio” se fueron transformando en ese momento inaugural de un tipo de crítica al gobierno de Dilma Rousseff (que había iniciado su mandato en enero del 2011), que cada vez más fue escalando en agresividad, lo que también marcó los tonos y los léxicos de la “estructura semántica” de la disputa política desde entonces.
A grandes rasgos, las “jornadas de junio” del 2013 marcaron la confluencia de dos transformaciones socio-económicas-culturales amplias. Por un lado, los efectos metropolitanos producidos por un intenso ciclo de crecimiento económico (2005-2010), con consecuencias en diversos planos, por ejemplo, el hacinamiento poblacional urbano, la especulación inmobiliaria y la movilidad transurbana (hay que recordar que fue precisamente un aumento en el precio del pasaje de transporte público en San Pablo lo que dio inicio al ciclo de protestas ese año). Por otro lado, ese mes coincidía con la realización en Brasil de la Copa de las Confederaciones, un evento organizado por la Federación Internacional de Fútbol Asociado (FIFA), que pretendía dar impulso al Mundial del Fútbol (que se realizaría el año siguiente), pero que, por aquel momento, sólo podía exhibir demoras en las obras de los estadios, importantes desplazamientos de conjuntos poblacionales y sobrefacturaciones irregulares. Este último aspecto resulta central para el desarrollo de los hechos de esos meses, y para las revisiones del sistema político brasileño de los años siguientes: la “corrupción estatal”, la “corrupción política”, “los políticos corruptos” como un denominador (cultural) que encontraría a Dilma Rousseff y a los gobiernos del Partidos dos Trabalhadores (PT) como objetos principales de identificación[3].
Cuando las “protestas sociales” fueron ampliándose en número y en ciudades, los reclamos se hicieron diferentes en magnitud y en sujetos que los impulsaban: al margen de renovarles vitalidad en los movimientos de avances y retrocesos –hubo, también, mucha creatividad política durante el período–, se percibía que el inicial carácter de “reclamo social” de la protesta se iba desviando en sus impactos, e ingresaba con fuerza la visión de que el responsable de toda la situación era el gobierno, llevando el proceso a la identificación de la responsabilidad política. Si bien es cierto que el gobierno de Dilma Rousseff intentó establecer algunos canales de negociación con los movimientos sociales e impulsó la convocatoria a una “reforma política”, lo cual también confirmaba el giro de los acontecimientos, la dinámica de los hechos fue desgastando fuertemente a la Presidenta, generando incluso que algunos actores sociales (y políticos) cercanos al Partido dos Trabalhadores fueran tomando distancia, al mismo tiempo que dentro del Congreso comenzaba a quebrarse la sustentabilidad política del oficialismo.
De este proceso de “decantación” de las “jornadas de junio” fueron quedando, hacia la derecha del escenario político, nuevos tipos de agrupamientos juveniles, como el Movimiento Brasil Livre (MBL), Revoltados on Line y Vem pra Rua, entre muchos otros grupos (o sitios y comunidades digitales, que funcionaron como aglutinadores), con fuerte capacidad para pautar la agenda de los nuevos encuentros, con figuras que pasaron a tener tránsito directo con los tradicionales medios de comunicación y a ser cada vez más destacados, por esos mismo medios, como la “renovación política” que el país requería. Si bien los orígenes y las pertenencias de estos grupos eran muy variados, algunas investigaciones mostraron ciertas conexiones con organismos tales como Student for Liberty y otros desdoblamientos de la Red Atlas. Lo más relevante es que desde estos sectores se reforzó el discurso “anticorrupción” –y en paralelo, “antipetista” –, circunstancia que se iría a potenciar con algunas denuncias públicas puntuales los meses subsiguientes y el robusto operativo mediático que acompañó las primeras investigaciones judiciales de la Operación Lava-Jato, abierta a principios del 2014.
Este contexto marcó decididamente las elecciones presidenciales de ese mismo 2014, donde se volvió a repetir el habitual patrón de competencia en segunda vuelta entre el Partido dos Trabalhadores (PT) y el Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), esta vez entre la presidenta Dilma Rousseff, que se reeligió en el cargo, y Aecio Neves, que perdió por una mínima diferencia. La campaña por las elecciones tuvo un contenido mucho más estridente y agresivo que las anteriores, con intervenciones que cruzaron los límites de una compartida “cultura democrática de la alternancia”, con foco en la figura de Dilma Rousseff, abriéndose no sólo hacia elementos de deslegitimación de la autoridad e investidura presidencial, sino también instalando un abanico de léxicos, interpretaciones y juicios misóginos, golpistas, autoritarios, sin argumentos, que cambian el clima político antes, durante y después de la campaña presidencial[4]. Esta situación también agudiza las fugas –y la forma de estas salidas– de sectores aliados al gobierno, lo que termina de acelerarse a partir de la elección de Cunha como Presidente de la Cámara de Diputados a principios del 2015. Cunha, integrante del Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB), mismo partido que el vicepresidente de Dilma Rousseff, Temer, será una pieza fundamental para la instalación y la tramitación del juicio político a la Presidenta, que comenzará a finales del 2015 y concluirá en agosto del 2016, con su salida del cargo. Durante todo ese tiempo, el Congreso Nacional será lugar de resonancia precisamente de ese discurso impugnador, antidemocrático, de derecha, que comienza a ganar, primero, cierto grado de unidad y homogeneización en sus términos, y luego una expansión superestructural como lenguaje de las elites dirigenciales y capilaridad y penetración social. En ese sentido, tal como fue revisado en otros trabajos (Salas Oroño, 2019a; Salas Oroño, 2016), estos años son muy intensos en lo que respecta a una retroalimentación de ideas entre los poderes públicos, los tradicionales y nuevos dispositivos comunicacionales, determinados grupos de interés, como la poderosa Federación de Industriales de San Pablo (FIESP), y grandes conjuntos poblaciones que encuentran en esta “onda antipolítica” una interpretación del momento.
Las multitudinarias movilizaciones en la Avenida Paulista del 15 de marzo del 2015 y del 12 de marzo del 2016 serán dos momentos decisivos de los cambios que vienen ocurriendo. El Estado de São Paulo colocó en su edición del 13 de marzo del 2016 simplemente una foto y “12/03/16” como titular. Adentro, en la primera de sus más de 11 páginas de cobertura, encabezó: “Mayor manifestación de la historia del país aumenta la presión por la salida de Dilma”. La repetición de la “noticia” durante varios días permitió no solo construir la imagen de una “sociedad completamente decidida a sacar a Dilma” –como se explicitaba desde los medios de comunicación–, sino también organizar una serie de léxicos y lenguajes políticos a partir de los cuales la referencia a aquella movilización –la de la Avenida Paulista del 12 de marzo de 2016– era mencionada como fundante y fundamental para cualquier trayectoria institucional resultante del país.
La movilización del 12 de marzo de 2016 fue clave por lo que significó como elemento acelerador del proceso de impeachment y, respecto de lo que aquí se ha colocado como cuestión central, como componedor del exclusivo y episódico sujeto (histórico) social. Esa movilización constituyó, precisamente, ese sujeto social que el proceso (político) del impeachment necesitaba: un sujeto que era esa foto de portada, esa imagen a repetir en los medios, en las redes sociales, en los vehículos de comunicación, que tenía principalmente los colores nacionales, que se mostraba sin ninguna filiación partidaria, organizado, sin incidentes, cuya consigna era clara –“hay que sacar a Dilma”– y que se sostuvo durante semanas como tema de agenda social, y por meses como tema de agenda mediática. No se trató de un sujeto histórico propositivo, a diferencia del que puede haber surgido durante las movilizaciones de junio de 2013, sino más bien de un sujeto histórico complementario y subsidiario (y, en ese sentido, pasivo) del sujeto político. Tampoco resultó espontáneo como muchas veces se mencionó, sino que fue meticulosamente organizado y fuertemente financiado en sus elementos. (Salas Oroño, 2019a, p. 87)
La magnitud de las movilizaciones volvió a impactar y a remarcar su importancia como factor de impacto político, con consecuencias sobre el sistema, algo que no se observaba de forma similar desde el 2013, aunque en este caso en un sentido histórico mucho más concreto.
El proceso histórico superestructural se iba acoplando a las manifestaciones sociales: las maniobras de compra de votos de Diputados y Senadores para la tramitación del impeachment, la circulación de absurdos argumentales sobre el gobierno de Dilma Rousseff en las Comisiones Investigadoras del Juicio Político y toda la atmósfera política generada no hubiese podido avanzar si no hubiera existido esa serie de grandes movilizaciones en las calles. Desde un ángulo ideológico: la “derecha” no se hubiera vuelto protagonista de esos años, como lo terminó siendo, sin ese respaldo de las calles; a fin de cuentas, el PSDB (que ocupaba anteriormente este espacio, llevando las posiciones más hacia el “centro ideológico”) lo había intentado durante cuatro elecciones presidenciales consecutivas y siempre había sido derrotado por el PT: ahora era un sujeto no electoral el que lograba la tarea.
Es que el panorama político brasileño estaba mutando al compás de las enormes movilizaciones ciudadanas, desdoblamiento de aquel activismo del 2013. Movilizaciones que por el momento no estaban conformando un sujeto político en un sentido estricto (se terminará de moldear durante el gobierno Bolsonaro), pero sí un (determinante) sujeto social de notable capacidad de presión hacia el interior sistema político.
La llegada de Jair Bolsonaro al gobierno: la campaña presidencial de 2018
Durante la presidencia de Temer, los cambios institucionales introducidos se convierten en las principales características del período[5], sin embargo, existen dos tipos de circunstancias en el plano de las movilizaciones sociales que deben ser destacadas sobre todo para poder comprender lo que vino luego con el Gobierno de Bolsonaro. Por un lado, se van organizando, de forma muy gradual y progresiva, diferentes articulaciones político-sociales de “resistencia” frente al juicio político a Dilma Rousseff y los retrocesos evidentes (sociales, geopolíticos, económicos) que se instalan en muy poco tiempo durante el gobierno de Temer: se trata de dos grandes frentes de masas, Frente Povo Sem Medo y Frente Brasil Popular, contenedores de partidos, sindicatos y organizaciones sociales en general, de carácter opositor al gobierno. Desde estas dos grandes plataformas, en el período 2016-2018 (y durante la campaña presidencial de ese año) se coordinarían eventos y movilizaciones de diverso tipo, incluidas aquellas actividades que tuvieron que ver con la prisión de Lula –que a partir de abril del 2018 pasará más de quinientos días detenido– en lo que será un capítulo aparte en lo que respecta a los activismos y participaciones ciudadanas de la época: la Campaña Lula Livre[6].
Las movilizaciones sociales de los partidos políticos (de izquierda y centroizquierda) –que tuvieron un retroceso en las elecciones municipales del 2016– y los frentes Povo Sem Medo y Brasil Popular evidenciarán una gradual disminución en su presencia y resonancia. En parte, por las propias dificultades que acarrea un contexto institucional y político muy complejo y agresivo con esos mismos sectores –con la muerte de Marielle Franco como emblema–, y en segundo lugar, porque el protagonismo social (y político) pasa a estar representado precisamente por esos grupos que se han consolidado con la llegada de Temer. Grupos que ganarán presencia a partir de intervenciones de diverso tipo, funcionales a una “primera versión del bolsonarismo”, aquella que aparece de cara a la campaña presidencial del 2018: aglomeraciones puntuales, no tan importantes en número, filmadas y reproducidas por las redes sociales, donde los contenidos se destacan con mucha estridencia. Como las “recepciones espontáneas” en los aeropuertos al candidato Bolsonaro, organizadas siguiendo un cierto patrón y donde comienza a instalarse la idea del “mito” del candidato. Similar tipo de intervenciones específicas a las acciones directas realizadas por algunos miembros del MBL en ocasión de algunas muestras artísticas –durante el segundo semestre 2017[7]– que fueron, en términos de representaciones y prácticas, preparatorias de esa ofensiva cultural y política de la derecha en curso.
En el marco de estos cambios, Bolsonaro irá construyendo su candidatura presidencial para octubre del 2018, con consecuencias sobre las propias dinámicas del sistema. Serán indispensables tres aspectos, que se retroalimentan entre sí. En primer lugar, las redes sociales, que ya están consolidadas como resortes clave de la comunicación política, en conexión con la agenda que sostienen los tradicionales medios de comunicación (que conforme se acerca la elección, aumentan la exposición de las figuras políticas)[8]. En segundo lugar, una nueva “frontera discursiva democrática”, que trastoca los contenidos circulantes hasta ese momento en la agenda política y establece una “novedad” en las opciones de la competencia política; una circunstancia propia del oportunismo del personaje en cuestión habida cuenta de que Bolsonaro oficia de político profesional hace décadas. Finalmente, las mencionadas “intervenciones políticas” episódicas, puntuales, fluctuantes en número y repercusión, que impiden tener real dimensión de su proyección, pero que refuerzan la idea de que se trata de una personalidad pública federal. Todos aspectos que, en su propia estrategia, se acomodan a una identidad de contraste ante Dilma Rousseff: hombre, militar, de derecha, que viene con ánimo de “limpieza de todo lo que está allí” según sus propios dichos.
Desde principios del 2018 hasta que el candidato recibe la puñalada en Juiz de Fora (Minas Gerais) en septiembre del 2018, Bolsonaro va a canalizar un tipo de movilización social y política multiactoral que no constituye, por el momento, un unificado sujeto político, aunque sí es una posibilidad electoral real que ha desplazado al PSDB de su tradicional lugar, corriendo toda la oferta electoral aún más hacia la derecha del espectro ideológico. Esta heterogeneidad de respaldos (aunque tenga algunos actores de primer orden, como los pastores evangélicos, claves para lograr una rápida capilaridad social) es compatible con una campaña segmentada y por eso no hubo demasiados eventos de confluencia entre todos sus apoyadores (realizará tan sólo un gran acto final en la Avenida Paulista a una semana de la segunda vuelta, el 22 de octubre del 2018; desde su lugar de convalecencia se comunicará por medio de su celular con la multitud reunida en San Pablo). Efectivamente, se trata de una candidatura en la que confluyen diversos actores que se han activado los últimos años, desde las “jornadas de junio” del 2013 en adelante.
No hubo necesidad real de contar con un partido político, de una estructura específica, al margen de la pertenencia puntual exigida por la legislación para ser candidato. La novedad vino del lado de las formas de protagonismo, de intervención, de movilización: participaciones fragmentadas, instantáneas. Por eso también es fundamental que el bolsonarismo sea estudiado en lo que conecta con las formas contemporáneas de la movilización social, no siendo ni el único ni el último caso de “movimentismo de derecha”. Pero que tiene, sí, un actor que le otorga una fisonomía particular al proceso: los grupos militares (en actividad o retirados; vale también para las fuerzas de seguridad, con las que Bolsonaro tendrá importantes vínculos), que se han empoderado de manera tal que logran apuntalar a uno de los suyos en la competencia presidencial.
En pocos meses, “lo militar” se ha vuelto una presencia cotidiana. Michel Temer colocando a un General a cargo de (las cuestiones de seguridad pública de) un Estado de la Federación, y a otro General a cargo del Ministerio de Defensa; el Comandante del Ejército dando sus advertencias sobre qué supone la consideración de un hábeas corpus (respecto de la libertad de Lula), y otros subordinados suyos reforzando en coro cuáles son los “momentos” para una intervención. Y como corolario, un capitán de reserva que saca 46% de los votos en la primera vuelta, y un candidato a vicepresidente que –ante la hospitalización de su camarada– funciona de vocero de un plan económico ultraneoliberal y estrambótico. Una situación a la que se suma una (supuesta; conocida por algunas informaciones en off) lista de militares que serían convocados por Bolsonaro ante una eventual victoria, preparados para asumir “varios cargos en el gabinete”, como obvia señal de copamiento legítimo. Lo que no había sucedido en el intervalo de una generación se reposiciona en poco menos de un año. […] Y así, otra vez a prestarles atención a los nombres propios de los “hombres de armas”, las gradaciones, los proyectos de unos y otros, las competencias para tales tareas civiles y, como si fuera poco, el discurso negacionista del candidato respecto de lo que fue la última dictadura militar. (Salas Oroño, 2018, p. 156)
En pocos meses hay una “militarización” de la escena pública del país: todo el 2018 puede comprenderse en esa clave. No será necesario esperar la conformación del gabinete de Bolsonaro –que tendrá por momentos la misma paridad de militares y civiles que durante la dictadura militar del ’64– para comprender este fenómeno inusual; inusual no para la historia latinoamericana en general, pero sí para las características de los sistemas políticos de la democratización en adelante. Una vez conocidos los resultados de la segunda vuelta, los “festejos” traían las marcas de lo que vendría: imágenes de militares o fuerzas de seguridad (retirados o en actividad) festejando con sus armas, disparando, desfilando, en formación o no, en una muestra del lugar que ocuparía la “cultura armamentística” del bolsonarismo en el marco más amplio de las referencias democráticas de un gobierno.
Las movilizaciones bolsonaristas desde el Estado
Los argumentos hasta aquí expuestos podrían resumirse en dos afirmaciones: por un lado, que para poder realizar un balance y una caracterización de la movilización social en el Brasil actual, al margen del enfoque metodológico que se utilice, es fundamental tener en cuenta dos convocatorias históricas puntuales a la Avenida Paulista[9], 15 de marzo del 2015 y 12 de marzo del 2016, realizadas con un alto grado de logística y organización, convocatorias que sintetizaron procesos que se venían desarrollando hasta entonces (expresiones de una variedad diferente de grupos de derecha/extrema derecha). Estas manifestaciones, a su vez, determinaron un clivaje para los procesos que vinieron después, en la medida que a) establecieron una identificación puntual entre los “colores nacionales” (verde y amarillo) y el sector ideológico-político que participaba de ellas; b) intensificaron la estructura de la “gramática política” del país (“ellos, los corruptos; nosotros, los ciudadanos de bien”, luego será “el mal y el bien”; entre otras antinomias, sin más espacio que un conflicto agonístico entre ambas facciones); c) dejaron “en disponibilidad” una escena político-social donde la llegada de una opción de carácter refundacional, estrambótica, militar, y lo religioso, tuvieran un peso gravitante y pudieran prevalecer.
Por otro lado, es importante comprender la profundidad de algunas transformaciones comunicacionales, de construcción de noticias, difusión de información, coordinación mediática, circulación de demandas sociales y confección de la agenda política: nuevas combinaciones con diferentes elementos, y retroalimentación entre dispositivos distintos. Sumado al enorme salto en términos de relevancia cognitiva que tienen los dispositivos celulares y las redes sociales en general en la esfera pública contemporánea. Todas transformaciones que van a impactar desde el punto de vista de la estructuración de cómo se moverán los actores políticos y sociales. Si no se analizan con cierto detalle estos aspectos, no se entiende cómo Bolsonaro, un político sin un propio partido político, con una base electoral restringida a Río de Janeiro, incluso sin una gravitación predominante en su propio ámbito militar, accede a la Presidencia del país en octubre del 2018[10].
Bolsonaro se adaptará a ambas trayectorias, y una vez en el gobierno, las utilizará a su favor: desde el aparato estatal federalizará aún más su figura mediante pequeños mítines o las denominadas “motociatas”[11] (aún durante el período en pandemia, con su perfil negacionista y absurdas declaraciones públicas) reforzando la consolidación de grupos que no estaban representados por ningún partido. Esto prolongará esa multiactoralidad abierta desde el 2013, profundizada durante todo el ciclo del impeachment, de inequívoco signo político de derecha/extrema derecha, con pautas conservadoras, de profunda apelación religiosa (sobre todo evangélicos) y ahora, en parte, compactadas con el discurso negacionista frente a la pandemia. Al mismo tiempo, Bolsonaro, y el bolsonarismo en general sacarán mucha ventaja desde las estructuras del gobierno[12] en lo que respecta a presencia en redes sociales, discursos para circulación en redes de mensajería y demás dispositivos vinculados.
Hay un aspecto paralelo que empujará a Bolsonaro –ya como Presidente– a reforzar estas relaciones directas con la “movilización social de derecha” (Medeiros, 2020; Salas Oroño, 2019), esa misma que se encuentra segmentada en varias manifestaciones, enfatizando aún más un tipo de discurso político estridente y desorbitado. El hecho de que, progresivamente, con el correr de los meses[13], el bolsonarismo vaya perdiendo la simpatía de aquellas clases medias que anteriormente votaban por el PSDB (de perfil urbano, universitario, de identificación liberal en lo económico, más del orden de la centro/centroderecha) y que lo habían hecho por el excapitán en el 2018, esto empujó a Bolsonaro a una mayor dedicación para con aquellos seguidores de intereses específicos como los evangélicos, los militares o grupos con pautas muy concretas como, por ejemplo, los grupos a favor de la portación y uso de las armas[14]. Por eso, las movilizaciones sociales (de la derecha/extrema derecha) que se registrarán durante el ciclo 2020-2022 irán en aumento respecto de su causa antidemocrática, con el Presidente yendo en esa misma dirección. La pandemia acelera aún más esa confluencia, y comienza a delinear los contornos ideológicos del proyecto bolsonarista.
Si en un primer momento de su gobierno el bolsonarismo coloca en el centro de sus críticas al Congreso Nacional (prácticamente durante todo el 2019), la pandemia trasladará la atención de la diatriba bolsonarista hacia la Corte Suprema de Justicia (STF). Hay que recordar que la Corte Suprema, iniciada ya la pandemia, al tener que ponderar respecto del carácter negacionista de algunas decisiones sanitarias tomadas por Bolsonaro, le otorgó la potestad a los Estados para decidir sobre los confinamientos y la circulación de la población. Casi automáticamente la Corte Suprema se convirtió en el blanco principal de las críticas de Bolsonaro y en pieza clave de la argumentación bolsonarista, estilizando su discurso: el Poder Judicial, más específicamente la Corte Suprema, sobre todo algunos de sus integrantes, sería uno de los obstáculos institucionales que impedirían el avance del gobierno.
El bolsonarismo irá al encuentro con su propia narrativa política: no hay posibilidad de realizar las transformaciones (prometidas) justamente por la propia arquitectura constitucional vigente. De lo que se trata entonces es de modificar la institucionalidad, y en la medida en que esto no es posible, desobedecerla. Es así que en su horizonte aparece la noción de instigador destituyente frente al sistema, que se pliega a otros elementos nodales (la conspiración geopolítica, el negacionismo científico, la teología política, el culto a las armas, la homofobia, etc.). Su disputa inmediata es contra el sistema en el que él mismo está incluido: al estar en el Gobierno, y dado que los resultados de la gestión no permitían mostrar demasiados logros, Bolsonaro apuntará contra los desestabilizadores internos del sistema. Ese será su discurso político central desde mediados del 2021 hasta las elecciones del 2022.
Esta opción retórica requería que el bolsonarismo mostrara que la desobediencia, el ánimo destituyente, la acción de amenaza dictatorial –en una acepción específica, lo que tiene que ver con la suspensión de los Poderes Públicos, algo que fue expresado por Bolsonaro en varias oportunidades– fuera una real posibilidad de su acción política. De allí que durante el año 2021 y el 2022 se persiguió el objetivo de mostrar que había, por parte de la ciudadanía, una autorización para tales medidas. Aquí la movilización no era para desautorizar a una Presidenta –el impeachment a Dilma Rousseff– sino para autorizar a una Presidente a medidas drásticas. Este fue el principio buscado en las “movilizaciones desde arriba” emprendidas por Bolsonaro, tanto en las más pequeñas y capilares, las mencionadas “motociatas”, como en las dos grandes convocatorias realizadas a la Esplanada dos Ministerios en Brasilia, ambas con motivo del aniversario de la Independencia del País (7/09/21 y 7/09/22).
Bolsonaro debía atraer a la mayor cantidad posible de adherentes para dar una idea de que su discurso –y sus amenazas– tenían fundamento de resolución (para el caso, de forma muy similar a la Marcha sobre Roma anunciada por Mussolini). Y así ocurrió: en ambos aniversarios las convocatorias fueron multitudinarias –alrededor de 500.000 personas, según la mayoría de los cálculos– fuertemente organizadas (sobre todo la logística para llegar hasta la capital del país) y donde el tono del discurso, en ambos casos, fue ciertamente agresivo y provocador. El denominador común era la crítica a la Corte Suprema –y a uno de sus miembros, De Moraes[15]– aunque al ser el discurso del 7/09/22 muy cerca de las elecciones, también hay una referencia más explícita a los términos de la competencia.
La insistencia en la desobediencia, la libertad y la falsedad que implican las elecciones en los términos actuales fueron los núcleos del discurso del 7 de septiembre del 2021:
Já no nosso Supremo Tribunal Federal infelizmente isso não acontece. Temos um ministro do Supremo que ousa continuar fazendo aquilo que nós não admitimos. Logo um ministro que deveria zelar pela nossa liberdade, pela democracia, pela Constituição faz exatamente o contrário. Ou esse ministro se enquadra ou ele pede para sair. Não podemos admitir que uma pessoa, um homem apenas turve a nossa democracia e ameace a nossa liberdade. Dizer a esse indivíduo que ele tem tempo ainda para se redimir. Tem tempo ainda para arquivar seus inquéritos. Ou melhor, acabou o tempo dele. Sai, Alexandre de Moraes.
Deixa de ser canalha. Deixe de oprimir o povo brasileiro. Nós devemos sim, porque eu falo em nome de vocês, determinar que todos os presos políticos sejam postos em liberdade. Dizer a vocês que qualquer decisão do senhor Alexandre de Moraes, esse presidente não mais cumprirá. A paciência do nosso povo já se esgotou. Ele tem tempo ainda […] de cuidar da tua vida. Ele para nós não existe mais. Liberdade para os presos políticos. Fim da censura. Fim da perseguição aqueles conservadores, aqueles que pensam no Brasil.
Nós queremos eleições limpas, auditáveis e com contagem pública dos mesmos. Não posso participar de uma farsa como essa patrocinada ainda pelo presidente do Tribunal Superior Eleitoral. Hoje temos uma fotografia para mostrar para o Brasil e o mundo. Não de quem está agora nesse carro de som, mas uma fotografia de vocês para mostrar para o mundo e para o Brasil que as cores da nossa bandeira são verde e amarelo. Cada vez mais nós somos conservadores. Cada vez mais respeitamos as leis e nossa Constituição.
Un año después, el 7 de septiembre del 2022, en el mismo lugar, prácticamente con la misma concurrencia –hubo ese día también una convocatoria masiva en Río de Janeiro unas horas más tarde–, Bolsonaro insistirá con las mismas posiciones, pero dará un paso más en la definición de su propio entendimiento de la política y de lo que implica su tarea:
A vontade do povo se fará presente no próximo dia 2 de outubro. Vamos todos votar. Vamos convencer aqueles que pensam diferente de nós, vamos convencê-los do que é melhor para o nosso Brasil que estava à beira do abismo.
(…) há uma luta do bem contra o mal. O mal que perdurou por 14 anos no nosso país, que quase quebrou nossa pátria e que deseja voltar à cena do crime. Não voltarão, o povo está do lado do bem, o povo sabe o que quer.
Ahora lo teológico ya había ingresado con fuerza: es una lucha “del bien contra el mal”. Las críticas de Bolsonaro a la Corte Suprema no sólo tenían que ver con sus intereses personales, también era un pedido de los propios apoyadores del Presidente; por ejemplo, uno de los ministros –dos días antes de la movilización del 7 de septiembre de 2022– restringió el número de armas y municiones que podían ser obtenidos por los inscriptos en el registro CAC (de cazadores, tiradores y coleccionistas). Los CAC eran un grupo movilizador importante en la campaña electoral, un elemento de federalización del bolsonarismo.
Conclusión: movilización social y sistema político en Brasil
En estas páginas se ha pretendido realizar algunas observaciones respecto de las características de la movilización social en el Brasil contemporáneo a partir de la ponderación de cinco multitudinarias manifestaciones ciudadanas: el 15 de marzo de 2015, el 12 de marzo de 2016, el 22 de octubre de 2018, el 7 de septiembre de 2021 y el 7 de septiembre de 2022. Estas movilizaciones sociales no sólo pueden ser analizadas en relación con la particular y fragmentada representación de intereses que convocaron, en sus características ideológicas, o en lo profesionalmente organizadas que fueron, sino que, además, resultan indispensables para comprender cómo se fue enhebrando el discurso político del bolsonarismo, su proyecto político. En ese sentido, este trabajo ha querido conectar el desarrollo de un tipo de convocatoria multitudinaria (extraordinaria) que por el impacto que tiene, su resonancia, su extensión en el tiempo y el saldo organizativo que deja, termina teniendo un impacto decisivo en las opciones políticas, reforzando algunas, desplazando otras. Es lo que sucede, para el caso, con las manifestaciones citadas: terminarán desplazando, por ejemplo, al PSDB de uno de los polos de la competencia política sustituyéndolo por el bolsonarismo que, a su vez, terminará de diseñar su propio perfil en el marco de ese tipo de convocatorias.
Sin querer establecer un estricto curso metodológico, el análisis de ese tipo de manifestaciones puede acercar algunas premisas para comprender también las características de las derechas/extremas derechas contemporáneas en nuestra región, y más allá. Son fenómenos de masas, de movilizaciones. También allí se anida un aspecto social –y quizás popular en un sentido amplio– que forma parte de estos fenómenos políticos, lo que puede ser interesante para especular sobre sus desdoblamientos y prospectivas venideras. Afortunadamente, el bolsonarismo fue derrotado en el 2022 en las urnas por una coalición muy amplia que incluía, precisamente, a sectores que habían acompañado a Bolsonaro en el 2018. El hecho de que la diferencia entre Lula y Bolsonaro fuera tan estrecha también habla de una competitividad electoral con la que termina el bolsonarismo que no es para nada desdeñable y que evidencia un bloque social y político de cierta envergadura. Eso es lo que está por detrás de su fuerza postelectoral, sea en los cortes de ruta promovidos durante semanas luego del segundo turno, los acampes frente a los cuarteles militares y, ya en el marco del nuevo gobierno, los hechos vandálicos del 8 de enero del 2022[16].
No es interés aquí especular sobre el devenir del bolsonarismo ni si se repetirán algunas de las características de las movilizaciones mencionadas. Incluso puede ser que, ya fuera del gobierno, algunos trazos se desdibujen o que algunos núcleos identitarios bolsonaristas pasen a formar parte de otros proyectos políticos, con otras características. También es muy probable que aquellas movilizaciones no vuelvan a registrarse, por lo menos no próximamente[17]. Sin embargo, hay algo sobre lo que el registro de los hechos mencionados puede alertar: dado que la sociedad brasileña es una sociedad muy dinámica en términos de formas de creatividad, lucha, protesta y movilización social, al ser el caso mencionado en estas páginas –el bolsonarismo– muy singular en su expresión concreta, pero con características que aparecen en otros ejemplos, habrá que estar atentos a las próximas manifestaciones de la sociedad civil brasileña –como lo fue en su momento “junio del 2013”, y la secuencia de movilizaciones derivadas aquí descripta– porque seguramente serán estos hitos sociales los que se introduzcan en el sistema político de los próximos años.
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- IEALC-UBA. amilcarsalas@yahoo.com.↵
- No es intención de este trabajo cerrar el debate aún hoy abierto respecto del carácter de las “jornadas de junio del 2013”, porque los efectos de aquellas movilizaciones están –o pueden estar aún– desplegándose sobre las caracterizaciones actuales del sistema político. Reparo que, sin embargo, no inhabilita a poder “organizar” las interpretaciones en tres grande bloques: por un lado, las lecturas que ubican aquellos días como un quiebre fundamental en la representación, inaugural de un ciclo político que no pudo volver a establecer el mismo “compromiso político” logrado de los años noventa en adelante; un segundo grupo, enfático con el carácter de “derecha”, que terminó asumiendo la gran mayoría de los actores sociales y políticos activados en las “jornadas de junio”; finalmente, aquellas interpretaciones que pusieron el acento en el propio acontecimiento histórico, destacando la propia encadenación de los hechos, y la variedad de protagonistas que los estimularon. En estas páginas se subrayan algunos aspectos destacados por las lecturas del segundo grupo, aunque de ninguna manera se excluyen autores y observaciones de los otros dos. ↵
- La cuestión de cómo la “corrupción” se convierte en un tema central de las agendas mediáticas para luego trasladarse a pauta organizadora de determinadas posiciones político-partidarias no es una exclusividad brasileña: de una forma u otra es un elemento clave de las competencias político-electorales contemporáneas. En el caso brasileño, hay que destacar que la asociación Partido dos Trabalhadores/corrupción ya venía siendo construida desde el 2005, con lo que se denominó el “escándalo del mensalao”.↵
- Colaboró con esta circunstancia el hecho de que, luego de la derrota, Aecio Neves recurriera a la justicia para impugnar los resultados, cuestión que fue desestimada.↵
- Lo que llevó a que una gran parte de los sectores políticos e intelectuales del país y otros mediadores socio-culturales caracterizaran al “impeachment” como un verdadero golpe y a la etapa histórica como una “descaracterización del Estado democrático de Derecho” (Salas Oroño, 2017).↵
- Si bien la Campaña Lula Livre tendrá el respaldo y el acompañamiento de muchísimos actores –colectivos y a título personal– dentro y fuera de Brasil, cuestión que merecería un análisis detallado y singular sobre todo por el abanico amplio de solidaridades generadas, será el Movimiento de Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST) quien tendrá un protagonismo clave en el Campamento Lula Livre en la ciudad de Curitiba, indicativo también del protagonismo de uno de los principales movimientos sociales organizados del país.↵
- Es importante resaltar el papel que pasan a ocupar las redes sociales durante estos años, no sólo como engranajes de aglutinamiento colectivo (virtual o presencial), sino también por las capacidades para poder incidir sobre los tiempos políticos: uno de los eventos marcantes del período son los mensajes vía red social twitter que realizan varios militares a propósito de temas varios; como ejemplo emblemático suele recordarse la presión ejercida por varios Generales al momento en que la Corte Suprema debía decidir acerca de la libertad de Lula (abril 2018).↵
- Al respecto es interesante notar como emisoras como Red Globo o periódicos como Folha de Sao Paulo, que fueron fundamentales para instalar a Jair Bolsonaro como candidato, luego serán objeto de crítica por parte del ex-Capitán. Esta relación de Bolsonaro con los medios ha sido estudiada con profundidad y es un aspecto clave para comprender, también, su perfil ideológico (Rocha, 2021).↵
- Lugar emblemático y destacado de la capital del Estado de San Pablo, que es la 10º mayor aglomeración urbana del mundo, con aproximadamente 21 millones de personas. Si bien el cálculo de la Policía Militar de San Pablo sobre la cantidad de participantes fue de 450.000 el 15/03/15 y de 600.000 el 12/03/16, la mayoría de los cálculos mencionaban que se habían acercado más de 1 millón de personas, sobre todo en la del 2016.↵
- Sobre el proceso de llegada de Bolsonaro a la Presidencia la reflexión es abundante (Almeida, 2019; Goldstein, 2020; Salas Oroño, 2018; entre muchos otros).↵
- Recorridos que el presidente Bolsonaro haría en moto, en general por ciudades de medio porte en prácticamente todas las regiones del país. En las “motociatas” –una actividad frecuentemente realizada por el propio Mussolini casi un siglo antes– Bolsonaro se mostraría custodiado por las diferentes policías militares de los Estados, un gremio más capilar y numeroso que la propia oficialidad del ejército y con capacidad para ser protagonista de las agendas locales (como pudo verse, por ejemplo, en la rebelión policial en Ceará en 2020).↵
- Si bien nunca trascendieron muy claramente sus características institucionales, C. Bolsonaro –uno de los hijos del Presidente– habría organizado un “gabinete comunicacional” encargado de profundizar el perfil digital del padre, que ya mostraba un desarrollo no menor desde el 2014 en adelante.↵
- Bolsonaro termina el primer año de mandato con una popularidad en baja y con varias dificultades de viabilidad política en general, principalmente en el Congreso Nacional.↵
- Una de las primeras medidas del presidente Bolsonaro tuvo que ver con la liberalización en la portación y el uso de armas.↵
- De Moraes tendría un protagonismo especial durante estos años, en relación con los temas que preocupaban a Bolsonaro. Por un lado, sería uno de los ministros de la Corte Suprema encargados de habilitar las investigaciones en las causas que se fueron abriendo para investigar acciones del propio Gobierno Bolsonaro y, por otro, a partir del año 2022 fue quien presidió el Tribunal Supremo Electoral, máximo órgano de fiscalización del proceso electoral, situación que complicó bastante las pretensiones de Bolsonaro de tumultuar las formas de la elección.↵
- Incidentes ocurridos sobre todo en las inmediaciones de la plaza de los Tres Poderes y en los edificios del Congreso Nacional, la sede Presidencial (Palacio do Planalto) y la sede de la Corte Suprema (STF); hubo otros sabotajes e incidentes fuera de Brasilia, pero no revistieron la gravedad de los hechos ocurridos en la capital del país ese día.↵
- Es importante registrar el hecho de que, más allá de la polémica respecto del número en las movilizaciones del 15/03/15 y el 12/03/16, todas las interpretaciones y los comentarios giraron sobre una misma comparación histórica, la que ubicaba como referencia las movilizaciones de la democratización, al inicio de los años ochenta. Entre aquellas movilizaciones y éstas habrían pasado casi 35, lo que agrandaba aún más las percepciones sobre la magnitud de acciones presentes.↵






