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1 Saberes y propuestas en y desde América Latina

La dimensión constructiva de los movimientos sociales en el pensamiento crítico latinoamericano

Verónica Soto Pimentel[1] y Agustina Gradin[2]

Introducción[3]

El escenario actual latinoamericano es tan complejo como diverso. Toda la humanidad atraviesa una profunda crisis del modelo civilizatorio moderno-colonial, cuya expresión más acabada, el capitalismo y su modelo de progreso y desarrollo, está socavando incluso las condiciones de vida en el planeta Tierra (Lander, 2019). En efecto, en la actualidad la crisis del capitalismo no sólo se trata del conflicto capital-trabajo, sino también de lo que el ecologismo y el feminismo han denominado el conflicto capital-vida: el capital se apropia no sólo del plusvalor del trabajo, sino también del trabajo gratuito y feminizado que reproduce la mano de obra a un costo menor del que tendría si se adquiriese en el mercado (Pérez Orozco, 2021). Por otra parte, el capitalismo concibe a la naturaleza como un recurso al servicio del crecimiento económico, negando los límites físicos del planeta y apropiándose de los recursos que pertenecen a futuras generaciones u otras partes del planeta (Pérez Orozco, 2015; 2021). De este modo, la ganancia también se obtiene mediante la depredación ecosistémica: el capitalismo está “en conflicto estructural con la vida del planeta” y es “inherentemente ecocida” (Pérez Orozco, 2021, pp. 55-56). Una de las consecuencias de esta crisis sistémica es el cambio climático, un problema real y serio, resultado de las actividades humanas, mayormente por la emisión de gases de efecto invernadero. Esto ha causado fenómenos climáticos extremos que afectan a la naturaleza y a las personas, impactos que se distribuyen inequitativamente entre sistemas, regiones y sectores, amenazando las condiciones de vida humana y planetaria (IPCC, 2023; Rivera Ferre, 2021).

Entre los cambios sociales, políticos, económicos y ambientales que se han dado como consecuencia de esta crisis, en lo que va del siglo XXI en América Latina los movimientos sociales se han destacado por su capacidad de hacer frente y recorrer dichas transformaciones. En efecto, las resistencias y las propuestas han marcado el devenir de la sociedad civil organizada en la región, tanto para mostrar los límites de modelos civilizatorios basados en la acumulación por desposesión (Harvey, 2004) y el neoliberalismo tardío (García Delgado y Gradin, 2017), como para trabajar por la transformación y contención social, y la construcción de saberes y propuestas alternativas. La organización comunitaria y territorial, la agricultura campesina y la agroecología, las propuestas del buen vivir de las comunidades indígenas, los movimientos de mujeres y disidencias, las asambleas urbanas y las organizaciones de la economía popular son algunas de las experiencias que en los últimos 20 años han cumplido un rol central para enfrentar y dar salida a esta crisis sistémica.

Como señala Lander, en este momento histórico “la humanidad precisa con urgencia de la diversidad y multiplicidad de culturas, formas de conocer, pensar y vivir, como fuentes de alternativas para responder a esta crisis civilizatoria” (2019, p. 15). Sin embargo, las propuestas de los movimientos sociales muchas veces son desestimadas o excluidas de los debates académicos y de políticas públicas por no tener “validez científica” (Lander, 2015; Castro-Gómez, 2015). Aun cuando algunos de ellos tienen, al menos, el potencial para convertirse en lugares de articulación de proyectos alternativos y de permitir una pluralidad de configuraciones socio-naturales (Escobar, 2010b).

Sin perjuicio de lo anterior, en los últimos años, ha habido importantes contribuciones académicas para dar cuenta de la actualidad de los movimientos sociales a nivel global y en la región. Por ejemplo, Della Porta y Diani en 2015 editaron el libro The Oxford Handbook of Social Movements. Los autores consideran esta publicación un importante reconocimiento a la consolidación de los movimientos sociales como campo de investigación y teorización. Buscaron “explorar los criterios sobre los cuales ciertas líneas de investigación y sus defensores pueden ser reconocidos como académicos de los movimientos sociales”[4] (Della Porta and Diani, 2015, p. 2). Evitando reconstruir la evolución del campo de estudio de los movimientos sociales desde los setenta o la identificación de las “escuelas” tradicionales en estos (como la norteamericana y europea), optaron por “focalizarse en las respuestas que los investigadores de los movimientos sociales han intentado proveer sobre algunos temas y cuestiones clave, mapeando algunas de las diferentes líneas de investigación que han sido desarrolladas en los años recientes”[5] (Della Porta and Diani, 2015, p. 6). Este mapeo, según los autores, recupera investigaciones arraigadas en las preguntas clásicas que han surgido desde los setenta, como también aquellas que se han esforzado por trascender sus limitaciones geográficas y disciplinarias. Sin perjuicio de ello, señalan que el libro está organizado en partes utilizando los conceptos tradicionales sobre los movimientos sociales.

En el mismo año, Federico Rossi y Marisa Von Bülow (2015) editaron el libro Social Movements Dynamics. New perspectives on Theory and Research from Latin America, el cual pretende expandir “los horizontes actuales de los estudios en movimientos sociales, proponiendo nuevos conceptos y preguntas”[6] (1). Se organiza en tres temas que, para los autores, constituyen los debates actuales clave en la teoría de los movimientos sociales: “las interacciones entre las políticas rutinarias y contenciosas, la relación entre protesta y contexto y las configuraciones organizacionales de los movimientos sociales”[7] (1). Este libro, señalan, contribuye al “que consideramos es un necesario y todavía no desarrollado diálogo de construcción teórica para el estudio sobre los movimientos sociales, tanto entre académicos del Sur y del Norte, como entre académicos especializados en diferentes regiones”[8] (2). El libro se divide en tres partes: una dedicada a la interacción entre políticas rutinarias y contenciosas (o entre formas convencionales y no convencionales de participación política); otra sobre la relación entre las protestas y las oportunidades ambientales, económicas y políticas; y una última dedicada a nuevos repertorios organizacionales con y más allá de las fronteras.

En el año 2020, The Oxford Handbook of the Sociology of Latin America dedicó una de sus secciones a los movimientos sociales y la acción colectiva en la región. Además de una revisión de la literatura sobre el tema, se presentan capítulos dedicados a las cinco familias de movimientos en Latinoamérica que han tenido, según Somma (2020), mayores consecuencias en términos de cambios sociales: los movimientos de trabajadores, mujeres, estudiantes, indígenas y de antiglobalización.

En 2022, Bringel y Pleyers editaron el libro Social Movements and Politics in Global Pandemic, uno de sus objetivos era construir una sociología comprometida y pública que acompañara y contribuyera a las luchas por un mundo más justo, haciendo asequible el conocimiento que produce y abriendo espacios de articulación entre las universidades y los movimientos sociales para la coproducción de conocimiento, lo cual se materializa en la política de acceso abierto del libro. En este marco, se compilan las experiencias de los movimientos sociales relacionados con: la construcción o fortalecimiento de la solidaridad, resiliencia y resistencia a la pandemia en comunidades, barrios populares y ciudades; las problemáticas relacionadas con la pandemia, como las medioambientales, el cambio climático, la economía solidaria y la agroecología; el feminismo; y los movimientos conservadores o reaccionarios y el ciberactivismo. Por otra parte, se presentan los movimientos de protesta previos a la pandemia y cómo continuaron sus acciones a pesar de la situación sanitaria.

El Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO) cuenta con una importante producción en castellano y con acceso abierto sobre los movimientos sociales en América Latina, que refleja la acción colectiva más relevante en el espacio público regional y sus agendas en la actualidad. En este sentido, por medio de diferentes publicaciones es posible mapear la agenda de los movimientos sociales y la emergencia de la conflictividad social en la región de manera bastante actualizada.

Por último, en el año 2023, Federico Rossi compiló el libro The Oxford Handbook of Latin America Social Movements, en el que se revisan los múltiples paradigmas existentes para comprender América Latina como “región movilizada”, es decir, las “principales perspectivas teóricas en el debate sobre los movimientos sociales en la región, algo que no ha sido hecho nunca antes”[9] (Rossi, 2023, p. 2). Esta compilación teórica desarrollada en la primera parte del libro es relevante, pues además de recuperar las perspectivas clásicas del campo (como el marxismo, la teoría de la movilización de recursos, y los procesos políticos, la teoría de los nuevos movimientos sociales, la perspectiva relacional e interseccional, el feminismo y las teorías queer), incluye un capítulo específico para discutir sobre los aportes del pensamiento decolonial en el análisis de los movimientos sociales, escrito por Juliana Flórez Flórez y Carolina Olarte Olarte. Las cuatro partes siguientes dan cuenta de los movimientos sociales en el contexto latinoamericano según los siguientes tópicos: principales procesos y dinámicas históricas en la región, principales movimientos sociales, dimensión ideológica y estratégica de los movimientos sociales, y política institucional y movimientos sociales.

Estas publicaciones son de una enorme relevancia, pues nos ofrecen tanto un panorama y un mapa teórico conceptual, a nivel global y regional, sobre el campo de los movimientos sociales, como un análisis de casos y experiencias desarrolladas por ellos en los últimos años. Pero pese a su contundente contribución, a excepción de la de Bringel y Pleyers y las de CLACSO, aquellas obras que tienen mayor capacidad abarcativa se publican sin una política de acceso abierto y con altos costos de adquisición, a lo que se suma que están en el idioma inglés. Esto constituye un obstáculo para la difusión de las experiencias de los movimientos sociales en América Latina (propias y de otras latitudes), pero también para el acercamiento entre la sociedad civil organizada y la academia. Asimismo, produce desigualdades en el acceso al conocimiento, lo que puede generar una merma en la capacidad productiva y creativa de las universidades, de los centros de investigación y los equipos académicos del sur de América.

Por otra parte, si bien estas publicaciones visibilizan la diversidad de experiencias y perspectivas teóricas sobre los movimientos sociales, observamos una tendencia a invisibilizar, o pormenorizar la utilización de perspectivas críticas latinoamericanas en el estudio de los movimientos sociales. De este modo, creemos que estas publicaciones han fortalecido, al menos por omisión de otras, la validez científica de las perspectivas clásicas (paradigma de la identidad, estratégico, de la elección racional y los marcos interpretativos), focalizando los estudios en ciertos tipos de preguntas y problematizaciones, y dejando de lado otras perspectivas valiosas para el análisis desde estas latitudes y que permitirían visibilizar otras dimensiones de los movimientos sociales.

El objetivo de este capítulo es, justamente, mostrar las potencialidades de lo que entendemos como perspectivas del pensamiento crítico latinoamericano para estudiar los movimientos sociales, las acciones colectivas, sus demandas, y propuestas en nuestra región. Para esto, llevaremos a cabo una revisión de las perspectivas mediante las cuales se han analizado desde la academia los movimientos sociales, haciendo una distinción analítica entre las interpretaciones sobre y desde el centro, y las interpretaciones que han emergido en América Latina. Posteriormente, describiremos las particularidades del pensamiento crítico latinoamericano y mostraremos sus posibles aplicaciones analíticas a partir de los trabajos realizados en el marco del Programa de Estudios sobre Organizaciones de la Sociedad Civil de la FLACSO Argentina.

Perspectivas teóricas sobre los movimientos sociales desde el centro

El siglo XX, que según el historiador Eric Hobsbawm comienza de alguna manera con la revolución bolchevique de 1917, fue testigo de la emergencia de grandes movimientos sociales que irrumpen en la realidad del norte global en la década de 1960 y 1970 de la mano de la sociedad posindustrial y de consumo, y el avance de la agenda de los derechos humanos, tales como los movimientos estudiantiles de Francia de 1968, o los movimientos de mujeres y los movimientos por los derechos civiles en Estados Unidos, entre otros. Estos “nuevos” sujetos colectivos no habían sido considerados por las instituciones clásicas de mediación sociopolítica como los partidos políticos y los sindicatos, ya que no formaban parte del activismo político de la época. La emergencia de estos actores, con nuevas agendas políticas y con capacidad de generar acciones colectivas novedosas, obligó a la sociedad a poner el foco en las desigualdades e injusticias que aún en democracias consolidadas se profundizaban. Los resultados y los impactos fueron muy dispares y no es el objetivo de este apartado realizar un balance, pero sí nos interesa señalar que esto repercutió en que desde los centros de investigación científica y académica se comenzará a prestar atención a las transformaciones sociales que expresaban estos movimientos sociales, tanto en términos de las formas de acción colectiva como en las identidades y subjetividades que se construían.

En este marco, los movimientos sociales como objeto de estudio fueron abordados por las ciencias sociales hegemónicas desde diferentes perspectivas analíticas, en la búsqueda de herramientas teóricas que permitieran comprender el fenómeno en su compleja relación con el sistema político institucional y las pujas distributivas en las sociedades modernas, de consumo y pleno empleo desde la mitad del siglo pasado en adelante. La sociología política, la ciencia política y la teoría política, entre otras áreas disciplinares, propusieron diferentes paradigmas teóricos para comprender cómo y por qué la sociedad se moviliza y genera acciones colectivas que buscan incidir y transformar el orden instituido. Siguiendo a Cohen (1985), podemos señalar que la academia europea y norteamericana fueron las primeras en poner el foco de estudio en estos fenómenos y que abordaron la cuestión desde dos modalidades interpretativas muy diferentes. Mientras que la perspectiva norteamericana observó a los movimientos sociales como actores dentro del sistema político, y, por lo tanto, en sus relaciones con el contexto, la perspectiva europea se centró en su estudio como sujetos portadores de una identidad, de una cultura y de una práctica, y, por lo tanto, en sus relaciones internas. Estas dos matrices interpretativas, que posteriormente fueron encasilladas en la matriz estratégica (norteamericana) y la matriz identitaria (europea), prevalecieron en el abordaje de los movimientos sociales tanto en el mundo desarrollado como en nuestra región. Esto respondió a la necesidad de dar cuenta de procesos sociales estructurales como las transformaciones en los modos de producción y reproducción de la vida, y los cambios en los sistemas políticos y las formas de mediación y representación de las identidades, intereses y agendas. Los nuevos movimientos sociales, como las organizaciones estudiantiles, las organizaciones de mujeres, los colectivos de la diversidad sexo-genérica y el ecologismo, entre otros, fueron considerados una expresión de cambios sociales más profundos y estructurales, que permitieron la emergencia de estos actores colectivos considerados novedosos frente a las clásicas mediaciones realizadas por los partidos políticos de masas, sindicatos, organizaciones de trabajadores, etcétera.

La perspectiva norteamericana o estratégica surgió en la década de 1970, como respuesta a las limitaciones que encontraba entonces la sociología norteamericana clásica del estructuralismo de Parsons (1976), o de las teorías del conflicto de Coser (1957), para explicar los procesos de movilización y acción colectivas en la sociedad de esa época. Según la perspectiva estratégica, estas nuevas expresiones sociales no responden a “un comportamiento anormal que brota como respuesta a los cambios estructurales y a las tensiones que estos generan” (McAdam, 1982, p. 48). Más bien nos encontrábamos frente a organizaciones socialmente integradas, con objetivos claros y estrategias que denotaban una racionalidad en términos de medios y fines. Siguiendo a Cohen (1985), esta perspectiva que se conoció como Teoría de la movilización de los recursos (McAdam, 1982; Tilly, 1978; Tarrow, 1998) propuso comprender los movimientos sociales dentro de un modelo de conflicto de la sociedad, y por lo tanto enmarcar sus acciones dentro de las relaciones de poder y de la búsqueda racional de intereses de un grupo social determinado. De esta forma, los elementos centrales para entender y explicar la acción colectiva de los movimientos sociales fueron las asimetrías existentes en la distribución y la apropiación de los recursos, y en las oportunidades y la capacidad de organización entre los diferentes agentes de un sistema social determinado. Influenciados por el clima de época, los científicos norteamericanos incorporaron la racionalidad estratégica como elemento fundamental para explicar la acción colectiva. Esta mirada fue fuertemente criticada por su simplificación de la racionalidad de los movimientos sociales como meramente instrumental, en una lógica medio–fines, sin incluir en sus análisis otros elementos como la cultura, la ideología y los lazos afectivos. A su vez, esta perspectiva tendió a ver las nuevas demandas y los nuevos actores siempre dentro de la lógica del régimen político y cuyo inevitable devenir era su incorporación dentro del sistema. En este devenir su relación con el ambiente fue fundamental para entender su surgimiento y permanencia en el tiempo.

Los diferentes autores de esta perspectiva acuerdan en señalar la importancia de la cuestión relacional en la construcción de los movimientos sociales como sujetos políticos. El papel de las oportunidades políticas[10], del repertorio de las acciones colectivas[11], de los ciclos de protestas[12], y de los procesos enmarcadores de la acción[13] fueron claves analíticas fundamentales para explicar estos fenómenos sociales. De cara al sistema político ampliado, entendido como el Gobierno, Estado y actores políticos, esta perspectiva permitió desarrollar un análisis contextualizado de los movimientos sociales enfatizando su matriz eminentemente política y su participación y relación con todos los actores del sistema. Haciendo posible observar la relación de estos con el ambiente, esta perspectiva aporta herramientas conceptuales para analizar la relación y el impacto entre estos, el gobierno y el Estado. Sin embargo, se excluyeron del análisis elementos que también fueron fundamentales para analizar esta relación política, y que se relacionaron con la construcción de la subjetividad social. Estos elementos, en cambio, fueron abordados desde la perspectiva europea.

La perspectiva europea tuvo su raíz teórica en el marxismo y en el estructuralismo. Sin embargo, y siguiendo nuevamente a Cohen (1985), el paradigma de la identidad (Melucci, 1994; Touraine, 1985) se caracterizó por pensar los movimientos sociales desde el proceso de descentramiento del conflicto de clases como el elemento estratégico-explicativo del cambio estructural, y desde el proceso de abandono del Estado como locus central de la lucha de poder. La crisis de la sociedad industrial y del Estado de Bienestar de posguerra, así como la crítica del marxismo estructuralista, enmarcaron el surgimiento de una perspectiva que, como contrapunto de la norteamericana, puso el énfasis en estos actores como construcción de prácticas e identidades divergentes en el ámbito de la sociedad civil (Melucci, 1994). Desde una matriz claramente gramsciana de la sociedad civil, esta perspectiva puso el foco de interés en la forma de organización más que en sus medios y sus fines. Emergió así, en palabras de Touraine (1985), una nueva modalidad de organización social exclusiva de las sociedades postindustriales. De la crisis de la sociedad salarial (Castel, 1995) emergieron nuevas demandas, vinculadas a la complejización de la cuestión social, que fueron canalizadas por los nuevos movimientos sociales. Según este paradigma, estos nuevos movimientos sociales se gestaron tomando distancia del Estado y de las modalidades político–institucionales clásicas. La dimensión cultural y subjetiva asumió así, para esta perspectiva, un papel central en el proceso de transformación de una sociedad. De esta forma, estos nuevos actores sociales se distanciaron de las luchas clásicas por la distribución de las riquezas, para centrarse en cuestiones referidas a los estilos y la calidad de vida, la ampliación de derechos para minorías o derechos posmateriales, cuestiones ambientales y de bienes públicos.

A su vez, esta forma de entender las transformaciones de los actores sociales implicó una crítica a la estrategia de transformación de la sociedad de arriba hacia abajo. Es decir, de acceder al Estado para tomar el poder y desde ahí generar los cambios en la sociedad. La perspectiva identitaria centró su foco de preocupación en la construcción de una identidad colectiva (Melucci, 1999) de actores históricamente situados (Touraine, 1985). En este marco, la acción colectiva de los nuevos movimientos sociales fue comprendida como un proceso identitario, histórico y culturalmente orientado, en el que estos debían ser entendidos como construcciones sociales que pusieron en juego una amplia gama de procesos, actores, sentidos y formas de acción que interaccionan entre sí. La capacidad de construir sentidos y significados que hicieran socialmente inteligibles los conflictos sociales presentes en las relaciones de dominación fueron las condiciones de posibilidad para llevar adelante acciones colectivas. Los nuevos movimientos sociales fueron entendidos como procesos intersubjetivos de organización, en los que el foco de análisis se orientó a las relaciones internas y la construcción de una identidad colectiva, de una práctica orientada a la transformación y de formas de organización distintivas.

Estas perspectivas aportaron diferentes elementos clave para analizar la transformación social a finales del siglo pasado. Mientras que la perspectiva de la teoría de la movilización de los recursos nos permite enfocarnos en el contexto político y la capacidad de acción de la sociedad civil por medio de sus organizaciones y acciones colectivas, la perspectiva identitaria nos recuerda la importancia de la construcción de un sentido de la acción, de una cultura y de una práctica hacia dentro de los movimientos sociales. A su vez, desde la mirada estratégica se destacan las continuidades con respecto a los repertorios de acción presentes en otros momentos históricos, mientras que la matriz de la identidad destaca aquellos elementos novedosos y que significan una ruptura con las tradicionales organizaciones de masas, como las formas de democracia interna, y la construcción de subjetividades. Consideramos que estos paradigmas hegemónicos, que fueron revisitados y nutridos con aportes de diferentes autores de la sociología política, presentan claves analíticas que permiten saldar las limitaciones de las teorías clásicas de la acción colectiva para el análisis de los nuevos movimientos sociales.

A partir de la década de 1980 la sociología norteamericana asistió a un “giro cultural” (Acevedo, 2013) que implicó la revalorización de la cultura como marco de la acción colectiva. Este enfoque se desarrolló como complementación del abordaje causal y del abordaje empirista hegemónicos de la teoría de la elección racional, la teoría de los procesos políticos y la teoría de la movilización de recursos (Olson, 1992; McAdam et al., 1999; Tarrow, 1998; Jenkins, 1994). Esta corriente propuso el análisis de los marcos de la acción colectiva”, a partir de las premisas del frame analysis de Erving Goffman[14], para el estudio de los movimientos sociales. Pensando la cultura en términos de “marcos”, se focalizó en la producción y el uso de esquemas de interpretación que permitieran dar inteligibilidad a los contextos de acción colectiva. Conceptualmente inscripta en el construccionismo social, la propuesta del frame analysis intentó superar las limitaciones de la teoría de la movilización de recursos respecto del abordaje de los factores simbólicos de la acción colectiva, realizando una apropiación particular de la teoría goffmaniana de los marcos (Acevedo, 2013).

Estos paradigmas interpretativos fueron utilizados por una variedad muy importante de estudios empíricos en diferentes partes del mundo, dando cuenta de su productividad a la hora de explicar o comprender los múltiples y heterogéneos movimientos sociales que caracterizaron las últimas décadas.

Entrado el nuevo siglo, Jasper (2012) nos invita a situar la mirada en los micro-fundamentos de la acción y en las interacciones cara a cara, incorporando al análisis de los movimientos sociales los discursos, los códigos y los límites morales, las emociones y los rituales colectivos. Según este autor, los estudios culturales (incorporando tanto el frame analysis como la perspectiva identitaria) han sido altamente “cognitivos” en su mirada sobre los movimientos sociales, dejando afuera las emociones fuertes que acompañan a todo proceso de movilización y organización. Discutiendo con las perspectivas racionalistas de la acción, Jasper (2012) plantea que las emociones acompañan toda acción social, proporcionando a esta motivación y objetivos y, por lo tanto, deben ser consideradas por el mundo académico. Los movimientos sociales son influidos por emociones transitorias e inherentes al contexto, que a menudo son reacciones a acontecimientos o a información, así como por lealtades y lazos afectivos más estables. Algunas emociones existen o surgen en las personas antes de que se unan a grupos de protesta; otras se forman o se fortalecen dentro de la acción colectiva misma. Este último tipo se puede incluso dividir en emociones compartidas y recíprocas, entendiendo por emociones recíprocas los sentimientos que los manifestantes sienten el uno por el otro. Esta clave de análisis permite profundizar la mirada sobre por qué las personas participan de acciones colectivas y, por lo tanto, de movimientos sociales.

Pleyers (2018; 2019) retomando la pregunta inicial de Touraine (1973), se cuestiona si los movimientos sociales producen sociedad, es decir, producen y reproducen organización social y sujetos, y si las protestas ciudadanas como punta del iceberg de estos, cuestionan, amplían o fortalecen las democracias. Según Pleyers (2019), la sociología de los movimientos sociales, ya sea europea o norteamericana, reproduce un sesgo epistemológico al reducir sus estudios a los impactos en la política institucional, es decir, a los resultados, dejando de lado las prácticas cotidianas y la variedad de articulaciones que constituyen los espacios de experiencias. En este sentido, el autor llama la atención sobre las falsas dicotomías entre la vida privada, el compromiso político de las personas, y el mundo virtual y el espacio público (la plaza y la calle) en tanto “arenas públicas” en términos de Cefai (2011), y propone desplazar la mirada de los actores hacia sus contextos de experiencias y las situaciones problemáticas que generan los procesos de movilización.

En esta línea, la sociología pragmática ha realizado aportes interesantes desde posiciones antiesencialistas y constructivistas (Lemieux, 2018), poniendo en el centro del análisis los procesos organizativos y de movilización a partir de la premisa de que “el mundo físico y social, en lugar de estar considerado como fijo y estable, (…) debe ser sistemáticamente contemplado como en acción y en devenir” (Lemieux, 2018, p. 21). En este marco la sociología pragmática francesa ha puesto el foco de estudio en la “cultura de la manifestación” considerada como mecanismos de intervención política adecuados para influir sobre los gobiernos y los Estados (Filieule y Tartakowsky, 2015). También ha destacado que las formas de construcción comunitaria desplegadas son “modos de involucramiento” específicos, como señala Thévenot (2019), para explicar la acción y la participación de los individuos en los movimientos sociales, donde la cercanía de las relaciones sociales es un elemento explicativo fundamental. Cercanía que comúnmente se asocia con el territorio o la comunidad. Como señala el autor, “el involucramiento tiende a transformar una dependencia en un poder” (Thévenot, 2019, p. 254), y esto sucedió durante esta etapa. Desde los movimientos sociales se promovieron, así, formas de involucramiento comunitarias o territoriales, y de representación legítima de intereses que politizaron la participación de los individuos mediante sus acciones, construyendo nuevas subjetividades sociales.

En otro orden de ideas, Castells (2015) plantea que estamos frente a una nueva oleada de movimientos sociales en la era de la información y las nuevas tecnologías y, por lo tanto, es necesario repensar la articulación política de las protestas y las demandas, pero señala que estos movimientos en red buscan transformar las instituciones desde afuera y que los partidos políticos tradicionales ya no son canales válidos y eficaces para hacerlo. Es necesario, entonces, repensar la representación política de las demandas, las acciones colectivas y los movimientos sociales en el escenario actual, donde la comunicación es un campo de poder. Al contrario, Laclau (2013), desde su perspectiva de los procesos de subjetivación política en nuestras sociedades, aporta una forma muy interesante para pensar la forma de articulación de las demandas sociales a partir de su teoría sobre el populismo. En nuestras sociedades conflictivas conviven diferentes demandas particulares en el espacio público. La emergencia de una demanda particular con capacidad de contener y representar a otras demandas es el elemento que caracteriza el momento populista, incorporando una disrupción en las relaciones de poder de una sociedad determinada. Los movimientos sociales contienen y representan diferentes demandas sociales que se articulan en procesos políticos situados históricamente.

Todas estas perspectivas teóricas tienen en común el supuesto de que los “nuevos movimientos sociales” son un emergente de las sociedades postindustriales y con democracias representativas consolidadas, donde el piso de condiciones materiales para la reproducción de la vida está garantizado por el funcionamiento del Estado aún en su vertiente neoliberal. ¿Cómo analizar entonces los procesos de movilización y acción colectiva en contextos de democracias restringidas o de autoritarismos? ¿Qué implicancias tiene pensar los movimientos vinculados a la tenencia y producción de la tierra? ¿Qué significancia tiene para los nuevos movimientos sociales las desigualdades crecientes y la pobreza extrema? ¿Qué sucede cuando estos actores colectivos tienen fuertes vínculos con la política institucional? La academia latinoamericana hizo aportes significativos en estas problemáticas.

El análisis de los nuevos movimientos sociales en América Latina

Sobre la acción colectiva en América Latina hay un amplio acervo teórico-analítico que aquí describiremos brevemente. Nuestro punto de partida son los “nuevos movimientos sociales”, que presentan como “novedad” su diferenciación con las formas de movilización clásicas asociadas al sindicalismo o al movimiento obrero-revolucionario cuyas demandas son materiales y su identidad está ligada a la clase y al conflicto capital-trabajo.

En la región, este “novedoso” actor colectivo adquiere notoriedad pública a partir de la década de 1980 por su lucha contra los regímenes autoritarios y las violaciones a los derechos humanos, y por sus reclamos asociados al constante deterioro de los niveles de vida, producto de la implementación del neoliberalismo en la región. Emerge en el contexto de transformaciones en el movimiento sindical, cercenado por los regímenes autoritarios, pero también por los efectos de las políticas neoliberales de precarización del trabajo y el consecuente desempleo (Seoane, Taddei y Algranati, 2018; Svampa, 2006; Zibechi, 2003; Somma, 2020; De Piero, 2020). Estos movimientos ciudadanos, con múltiples y diversas orientaciones y demandas, pedían mayores niveles de democratización y que los procesos de modernización incorporaran las identidades y las diferencias como parte constitutiva de la integración social (Garretón, 2001, citado en De Piero, 2020). Se constituyeron “en verdaderos espacios de reacción y resistencia a los impactos de las crisis y (…) [en] portadores de nuevos horizontes colectivos” (Calderón, 1986ª, p. 11). No tenían una orientación político-estatal e indicaban la obsolescencia de los partidos políticos, cuestionando el monopolio de la representación y buscando “sus propias identidades culturales y espacios para la expresión social, política o de otro tipo” (Calderón, Piscitelli y Reyna, 2018, p. 25), sobre todo en un contexto donde sus demandas no eran escuchadas o procesadas por el Estado.

Las teorías existentes para el análisis de la acción colectiva no podían dar cuenta de la realidad de las nuevas acciones. El movimiento obrero sindical y el movimiento revolucionario habían sido analizados desde el enfoque estructural-funcionalista y las teorías desarrollistas, en el contexto de los procesos de modernización y en función del orden económico, estatal o político partidario característico de las décadas de 1950 y 1960; y desde las teorías marxistas, basados en la lucha de clases y el rol del proletariado en la revolución, en un contexto de dominación internacional por las potencias imperialistas (Somma, 2020). Estos enfoques dejaban fuera la comprensión de otras formas de acción colectiva, y por ende, impedían visualizar las características particulares de los nuevos movimientos sociales, asociadas a cuestiones políticas y culturales (Calderón, 1986a; Escobar & Alvarez, 2018b). Estos enfoques, por tanto, eran

buenos para capturar las tensiones perdurables entre grupos y clases en una región muy desigual como América Latina. Pero son menos útiles para comprender movimientos no orientados por agravios materiales (…) y tienden a ignorar los procesos por medio de los cuales los activistas transforman las condiciones estructurales en acción colectiva. (Somma, 2020, p. 4)

Según algunos autores, en este período las y los intelectuales latinoamericanos, más que construir enfoques teóricos nuevos o acabados, utilizaron herramientas de los paradigmas estratégico e identitario para el análisis de los movimientos sociales, poniendo foco en la novedad y la capacidad de injerencia en la transformación social de estos movimientos (Flórez Flórez, 2015; De Piero, 2020; Escobar y Álvarez, 2018b; Svampa, 2010; Tapia, 2008; García Linera, 2009; Zibechi, 2003; Garretón, 2001; Boaventura de Sousas Santos, 2000; Hellman, 1992; Calderón y Jelin, 1987; Calderón, 1986b)[15]. Además, destacaron su descripción en el contexto específico de América Latina, su importante proliferación y su gran diversidad, cuestiones que lo distinguían del contexto estadounidense y europeo.

En este sentido, y a contracorriente de los diagnósticos y las evaluaciones de la época que describieron a los ochenta como “la década perdida” en América Latina dada la crisis económica que sufrió, hay quienes la describen como “la década ganada”. Precisamente para destacar las múltiples formas de organización de las resistencias que muchas personas pudieron mantener durante 1980, aunque tal vez menos glamorosamente y contra todo pronóstico” (Escobar y Alvarez, 2018a, p. ix). Esta década ganada “testifica no sólo la capacidad de microrresistencias, sino también la capacidad de algunos actores colectivos para traducir tales resistencias en propuestas e incluso alternativas al poder” (Álvarez y Escobar, 2018, p. 317).

Según Seoane, Taddei y Algranati (2018) la utilización de los paradigmas identitarios y estratégicos también encontrarán sus limitaciones para analizar lo que denominan la segunda oleada de protestas y de movilizaciones sociales en América Latina, es decir aquellas que emergen hacia fines de los años noventa y principios de los dos mil, con la doble crisis económica y de legitimidad del neoliberalismo. Dichos paradigmas habrían desplazado la problemática del conflicto en el análisis de los movimientos sociales, lo que se vio potenciado por el triunfo del neoliberalismo en los noventa y su incidencia en las ciencias sociales, al punto de que la “nueva racionalidad social de mercado” constituyó el pensamiento único o conservador para el estudio de la acción colectiva (Seoane, Taddei y Algranati, 2018; Seoane y Taddei, 2000). Esto significó, por una parte, “la relativa desaparición del estudio científico de los conflictos sociales (que constituyó una temática central del pensamiento social crítico) conminándolo a los ámbitos más marginales de la vida académica” (Seoane y Taddei, 2000, p. 61). Por otra parte, un desplazamiento y retroceso del “pensamiento social crítico latinoamericano, entendido como pensamiento cuestionador de las estructuras sociales y los mecanismos de dominación vigentes” (Seoane y Taddei, 2000, p. 61). Por último, significó que las protestas y la acción colectiva fueran tildadas como desestabilizadoras de la racionalidad de mercado o de la democracia formal, o bien fueran invisibilizadas tras la preponderancia analítica por describir los procesos de globalización, implementación neoliberal y crisis económica de la década de 1990 en América Latina, desatendiendo el “amplio proceso de resistencia social a las políticas neoliberales; así como (…) la conformación de una poderosa coalición social dominante capaz de vencer estas resistencias” (Seoane y Taddei, 2000, p. 62).

Ante esta advertencia, diversos autores propusieron retomar el análisis del conflicto social mediante una recuperación del marxismo y sus conceptos de clase, lucha de clases, y de la relación entre las clases subordinadas y el orden social dominante, como uno de los elementos determinantes de la acción colectiva (Izaguirre, 2003; Seoane, Taddei y Algranati, 2009). Así, se propusieron trascender la concepción genérica y descriptiva de movimiento social en función de las diferencias con el movimiento obrero y sindical, para transitar hacia una problematización de la relación entre movimiento social y clases sociales, enfatizando “el papel del conflicto o la lucha como su principal elemento constitutivo” (Seoane, Taddei y Algranati, 2009, p. 14). El conflicto, como el espacio donde se constituyen y recrean los sujetos colectivos, “puede considerarse como un operador epistémico que permite abordar y desenvolver la tensión entre asignarle la prioridad al sujeto o la estructura en el análisis sociohistórico” (Seoane, Taddei y Algranati, 2009, p. 14). Por último, retoman la importancia del análisis de la historicidad de los movimientos sociales y las acciones colectivas (Seoane, Taddei y Algranati, 2018; 2009; Seoane y Taddei, 2000; Zemelman, 2003; Izaguirre, 2003).

Un buen ejemplo de este análisis crítico de los movimientos sociales son las investigaciones desarrolladas por Algranati, Seoane y Taddei en el marco del Observatorio Social de América Latina (OSAL-CLACSO). En ellas, proponen un análisis de los movimientos sociales desde una perspectiva crítica e histórica del conflicto, donde este último se constituye en

una “puerta de acceso” importante a la comprensión de las transformaciones estructurales que signan al capitalismo latinoamericano y a las dinámicas sociales en que dichas transformaciones se inscriben y despliegan. El conflicto, entendido como alteración del orden social en curso, permite dar “visibilidad” a las tensiones y contradicciones originadas por las profundas transformaciones sociales, así como a la trama de relaciones de fuerzas y sujetos que estas transformaciones suponen. (Seoane y Taddei, 2000, p. 61)

Por otra parte, la descripción histórica de los conflictos que aquejan a América Latina desde el inicio del siglo XXI y en el largo plazo permitía identificar la

aparición de ciertas tendencias y prácticas democráticas que nacen y se desarrollan al margen de la lógica institucional pero que pueden, en ciertos momentos, generalizarse y universalizarse contribuyendo así a la conquista de nuevos derechos políticos, sociales y económicos. (Seoane y Taddei, 2000, p. 61)

Con el pasar de los años hasta la actualidad estos abordajes y reflexiones sobre los movimientos sociales en la región se han ido complejizando y enriqueciendo con nuevas perspectivas, cuestión que abordaremos a continuación. Para ello, retomamos las contribuciones de Somma (2020) y Flórez Flórez y Olarte Olarte (2023), dos de las más recientes construcciones de un mapa teórico-conceptual del análisis de los movimientos sociales en América Latina.

Somma (2020) identifica siete perspectivas en el análisis de los movimientos sociales latinoamericanos, elaboradas desde la sociología, la ciencia política y, en menor medida, la antropología: 1) la perspectiva estructuralista, que analiza la emergencia de los movimientos sociales y la utilización de tácticas violentas o no violentas, suponiendo que las desigualdades estructurales en la distribución de la riqueza, el poder y el privilegio llevan a relaciones de dominación y subordinación entre los grupos, donde los que están arriba quieren preservar su statu quo, y los que están abajo quieren subvertirlo (Eckstein, 1989; Wickham-Crowley y Eckstein, 2015, citado en Somma, 2020); esta perspectiva destaca los reclamos de naturaleza material incluso en movimientos sin una definición de clase clara, como el movimiento de mujeres, de indígenas o de estudiantes (Somma, 2020); 2) la economía política, cuya utilización es identificada por Somma desde la década de 1990 y que explora cómo la globalización económica y la implementación de políticas neoliberales en la región han moldeado los movimientos sociales latinoamericanos; 3) el contexto político, que analiza cómo el tipo de régimen político, los partidos políticos y la apertura de los actores institucionales moldea los movimientos sociales en América Latina (Somma, 2020); 4) la perspectiva de los campos organizacionales, focalizada en la relevancia de las organizaciones de la sociedad civil (como las organizaciones religiosas o el movimiento estudiantil) para los movimientos sociales latinoamericanos (Somma, 2020); 5) la de los nuevos movimientos sociales, que fue influyente para el análisis de los movimientos sociales latinoamericanos a partir de 1980, combinando la teoría europea de los nuevos movimientos sociales y los enfoques posmodernos de la cultura, enfatizando la importancia del lenguaje, el discurso y las identidades (Somma, 2020); 6) la perspectiva analítica identificada por el autor con la cultura, los marcos y las emociones; y 7) la perspectiva del activismo transnacional (Somma, 2020).

Estas perspectivas, afirma el autor, “tienen claras articulaciones con las teorías desarrolladas en el Norte avanzado, lo que no es sorprendente dada la globalización de la academia en las décadas recientes”[16] (Somma, 2020, p. 14). Sin embargo, señala, ha habido importantes desarrollos para construir una teoría de los movimientos sociales latinoamericana, es decir, adaptada a la realidad de la región y sus diferencias contextuales. Entre ellos menciona a Mariestela Svampa, Manuel Antonio Garretón, Raúl Zibechi y Diane Davis.

Juliana Flórez Flórez y Carolina Olarte Olarte (2023), haciendo una breve recapitulación de los estudios sobre los movimientos sociales en América Latina, se detienen en las que denominan las teorías contemporáneas. Aquellas que emergen en la década de 1980 por la crisis de plausibilidad de los enfoques clásicos (Mendiola, 2002, citado en Flórez Flórez y Olarte Olarte, 2023) y que amplían el análisis más allá de la lucha obrera, dejando de entender todas las identidades sociales desde la categoría de clase y todas las jerarquías a partir del capitalismo. Entre estas distinguen tres tipos (Flórez Florez, 2010, 2014, citado en Flórez Flórez y Olarte Olarte, 2023): las teorías disciplinares, que estudian los movimientos sociales como actores racionales desde la Teoría de Movilización de Recursos, la Teoría de Procesos Políticos, las Teorías Identitarias y la Teoría de los Marcos Interpretativos; las interdisciplinares, que cruzan fronteras disciplinares para el estudio de los movimientos sociales acudiendo a metodologías específicas como la etnografía, la georreferenciación o el método biográfico; y las transdisciplinares, que “procuran colapsar la frontera moderna entre doxa (opinión de activistas de los movimientos sociales) y episteme (conocimiento científico custodiado por los académicos que los estudian)”, mostrando que los movimientos sociales son productores de conocimiento crítico (Flórez Flórez y Olarte Olarte, 2023). Entre estas identifican los estudios culturales, posdesarrollistas, subalternos y poscoloniales, las teorías críticas feministas, la ecología política, la geografía crítica y las aproximaciones descolonizantes. Sobre estas últimas focalizan su escrito.

Las aproximaciones descolonizantes parten del supuesto de que

las teorías disciplinares e interdisciplinares, aun cuando son críticas de la modernidad todavía son coloniales. Esto, en la medida que tienden a llegar al desalentador diagnóstico según el cual los movimientos sociales latinoamericanos tienen poco potencial para denunciar la crisis de la modernidad, mucho menos para ofrecer alternativas a ellas. (Flórez-Flórez y Olarte-Olarte, 2023)

En este sentido, observan tres expresiones coloniales en la literatura sobre los movimientos sociales latinoamericanos: evaluar las luchas de la región en términos de carencias; estratificar los movimientos sociales según el cumplimiento de criterios establecidos a priori; y catalogarlos como luchas extemporáneas (premodernas) (Flórez Flórez, 2010, 2014, citado en Flórez Flórez y Olarte Olarte, 2023).

Para evitar estas lecturas coloniales, las aproximaciones descolonizantes proponen herramientas conceptuales para “cambiar los términos del debate” (Mignolo 2003, citado en Flórez Flórez y Olarte Olarte, 2023) y promover una lectura sobre los movimientos sociales que permita derivar los criterios de evaluación de su potencial transformador del diálogo con ellos y no sobre ellos (Flórez Flórez y Olarte Olarte, 2023). Identifican tres contribuciones de las aproximaciones para este cambio: una comprensión de temporalidad expandida (los procesos coloniales todavía están vivos en la construcción de la Modernidad en la región); una geopolítica del conocimiento enriquecida (la región no es objeto de estudio sino un lugar de enunciación autónomo y válido para construir conocimiento); y una cercanía a los movimientos sociales profundamente situada (reconocerlos como productores de conocimiento y desarrollar procesos de formación e investigación con ellos). A su vez, identifican cuatro tipos de conceptos que permiten cambiar los términos del debate: aquellos que amplían la temporalidad de las luchas; los que van más allá y contra el Estado; los de la diversidad epistémica; y aquellos que expanden los sentidos de la lucha.

En el texto las autoras desarrollan cada uno de estos puntos con ejemplos de autores/as y estudios de caso. Además, diseñan una genealogía intelectual de las aproximaciones descolonizantes con el fin de mostrar que éstas no emergen de la nada, sino que son resultado de trayectorias teóricas previas que resistieron a las hegemónicas. Finalizan con la revisión de las lecturas descolonizantes en las luchas por el territorio en América Latina.

Pensar los movimientos sociales desde el pensamiento crítico latinoamericano: la dimensión epistemológica y propositiva

Como señalamos en la Introducción, en este capítulo queremos abordar la riqueza del pensamiento crítico latinoamericano para pensar los movimientos sociales, como una perspectiva analítica que ha sido invisibilizada o pormenorizada en la literatura, y que permite abrir otras interrogantes y dimensiones sobre las organizaciones de la sociedad civil. Como adelantamos en el apartado anterior y como describiremos a continuación, esta perspectiva nos invita a focalizarnos en la dimensión epistemológica y propositiva de los movimientos sociales. Con ello nos referimos, por una parte, a los saberes y los conocimientos que utilizan, construyen y disputan los movimientos sociales para visibilizar y dar significado a sus principales demandas y reclamos. Por otra parte, a la sistematización de éstos en proyectos sociales de mayor complejidad, como por ejemplo, las propuestas legislativas, económicas, territoriales y de defensa de derechos en directa relación con las experiencias histórico-culturales de quienes componen las organizaciones (Soto Pimentel, 2021; Soto Pimentel y Gradin, 2023).

Para llegar a este punto, en lo que sigue ofrecemos una conceptualización del pensamiento crítico latinoamericano. Luego, ahondamos en su dimensión epistemológica y propositiva, como parte de las interrogantes que esta perspectiva nos abre. Por último, mostramos sus posibles aplicaciones analíticas a partir de los trabajos realizados en el marco del Programa de Estudios sobre Organizaciones de la Sociedad Civil de la FLACSO Argentina.

El pensamiento crítico latinoamericano y el análisis de los movimientos sociales

Siguiendo a Argumedo (2009), comprendemos el pensamiento crítico latinoamericano como los aportes y las tradiciones que desde una perspectiva autónoma y crítica perciben la realidad social de forma distinta a algunas teorías tradicionales que han tendido a invisibilizar el aporte de actores colectivos, populares y de las clases subalternas al desarrollo de las ciencias políticas y sociales, en cuanto se asocian a la opinión. En otras palabras, esta perspectiva parte del supuesto de que dentro de las ciencias sociales se ha establecido como hegemónica una forma normal y universal de adquisición y construcción del saber que excluye, como sujetos de conocimiento, las experiencias y los saberes de los pueblos del sur y los grupos subalternos por su naturaleza supuestamente no racional.

Rodolfo Kusch explica esta problemática reflexionando sobre la distinción entre opinión y conocimiento que existe en ciertas pautas sociales: se dice que “para pensar hay que tener condiciones personales, conocimiento y método”, y que, además, “pensar implica en cierto modo un mejoramiento” (Kusch, 2008, p. 20). Así, de Platón a la fecha se ha establecido una distinción entre conocimiento (episteme) y opinión (doxa), donde la primera se asocia al pensar y a las ciencias, y la segunda al pensamiento popular. A diferencia del conocimiento, la opinión se considera un juicio difuso e indefinido, “inseguro por ser aparente, y esto conduce al afán de buscar otro nivel en donde la seguridad se afirme y pase de lo aparente a lo esencial” (Kusch, 2008, p. 21). La racionalidad científica, en cambio, fundamenta el saber en juicios objetivos y verdaderos basados en la realidad, obteniendo allí su seguridad y su validez. En consecuencia, afirma Kusch, estas pautas sociales han llevado “a despreciar en general la opinión en tanto es propia del pueblo” (2008, p. 21).

Esta clasificación de los saberes populares como mera opinión sería entonces lo que habría permeado el carácter eurocéntrico que ha predominado en las ciencias sociales: la lógica de conocimiento del sujeto racional moderno y sus metodologías de investigación basadas en la objetividad y neutralidad científica determinan los criterios que hacen relevante una u otra corriente de ideas y marcan una línea divisoria entre saberes legítimos y no legítimos para entrar al debate científico. Esto ha generado un sentido común difundido según el cual “determinadas corrientes teóricas son las corrientes teóricas; fuera de ellas sólo se dan opacidades, manifestaciones confusas, malas copias de las originales” (Argumedo, 2009, p. 10).

A contracorriente de estas posturas, el pensamiento crítico latinoamericano cuestiona esta forma de construcción del saber, indagando en su relación con las estructuras de dominación de nuestras sociedades. Por ejemplo, Walter Mignolo (2003) afirma que esta clasificación euro centrada de los saberes emerge de una diferencia colonial y no cultural, pues deriva de un sujeto que se autoconcibe como superior y más avanzado por su naturaleza racional, representante de un proyecto civilizatorio que presenta a la “doxa” como saberes carentes, atrasados, inútiles, o simplemente como un no saber. En esta línea, Lander (2015; 2005) señala que las pretensiones de objetividad y neutralidad de las ciencias sociales son los principales instrumentos de legitimación y naturalización del orden de dominio social capitalista moderno/colonial, y su versión más acabada el neoliberalismo. En consecuencia, la exclusión de saberes alternativos podría ser una herramienta para obstruir sus aportes a la transformación de un modelo en crisis que ha mermado las condiciones de vida de las personas y del planeta. Para visibilizar lo anterior plantea la importancia de preguntarnos: ¿para qué y para quién es el conocimiento que creamos y reproducimos? ¿Qué valores y qué posibilidades de futuro son alimentados y cuáles son socavados? ¿El conocimiento que se produce y reproduce en nuestras universidades constituye un aporte a la posibilidad de un mayor bienestar y mayor felicidad para la mayoría de la (presente y futura) población del planeta o lo contrario? ¿Los saberes contribuyen o no a la preservación y el florecimiento de una rica diversidad cultural en nuestro planeta, a la preservación de la vida, o por el contrario se han convertido en un agente activo de las amenazas de su destrucción? (Lander, 2015).

El pensamiento crítico latinoamericano se dirige al “afuera” donde han sido desterrados los saberes y las experiencias de las clases subalternas y los movimientos sociales y populares, a fin de visibilizar su aporte para la transformación social. Ahora bien, este rescate no pretende negar el pensamiento racional científico o subordinarlo a la opinión, sino que busca reconocer que si hablamos de opinión y conocimiento, “no anunciamos dos distintos modos de pensar, sino dos aspectos de un solo pensar” (Kusch, 2008, p. 21). Por otra parte, no tiene como objetivo visibilizar la opinión en un sentido pintoresco sino que se plantea como una batalla por reconocer a los actores que lo producen como constructores de saberes legítimos y aportes significativos para problemáticas que la academia y los gobiernos, durante años, no han podido resolver (Escobar, 2014). Como señala Escobar:

Las propuestas de algunos movimientos sociales (indígenas, afrodescendientes, ambientalistas, campesinos y de mujeres) (…) están a la vanguardia del pensamiento sobre estos temas (y de algunos otros, tales como la autonomía alimentaria, por ejemplo, y los modelos alternativos de desarrollo), y (…) no son rezagos del pasado, ni expresiones románticas que la realidad se encargará de desvirtuar. La mayoría de los conocimientos “expertos” desde el estado y la academia sobre estos temas, por el contrario, son anacrónicos y arcaicos, y solo pueden conducir a una mayor devastación ecológica y social. Han dejado de estar a tono con los tiempos. (2014, p. 14)

En este sentido, se reconoce que “en las tradiciones de las clases subalternas no sólo existen sentimientos o intuiciones, sino herramientas de fundamentación capaces de cuestionar muchos de los supuestos que guían los saberes predominantes en la política y en las ciencias sociales” (Argumedo, 2019, pp. 9-10). Asimismo, como señala Kusch, “lo aparente de la doxa contiene algo que brinda seguridad para vivir, aunque podría no servir para la ciencia” (2008, 22). La opinión es una fuente de significados que dan sentido al existir y, en parte, surgen del existir mismo, sirviendo para “clasificar desde un punto de vista cualitativo lo que está ocurriendo y legitiman además esa valoración” (Kusch, 2008, p. 28).

Al contrario de las ciencias tradicionales que otorgan validez científica sólo a los saberes racionales y reducen los movimientos sociales a objetos de conocimiento o informantes clave, parte del pensamiento crítico latinoamericano los reconoce como sujetos de conocimiento con el mismo estatuto de legitimidad para participar del debate público y las políticas públicas que el que tienen los saberes construidos en el mundo científico o de la clase dominante (Florez Florez, 2015; Flórez Flórez y Olarte Olarte, 2023; Soto Pimentel, 2021).

Ahora bien, este esfuerzo crítico no significa desechar las formas de construcción del saber basadas en la racionalidad científica, ni desconocer su relevancia, sino cuestionar su carácter eurocéntrico para transitar hacia una apertura epistemológica de la academia que permita incluir otros criterios y otras voces al quehacer científico, reivindicando el valor teórico-conceptual de los saberes que han sido clasificados como mera opinión (Flórez Flórez, 2015; Flórez Flórez y Olarte Olarte, 2020; 2023). Y, en efecto, también estas reflexiones contribuyen a afirmar que los movimientos sociales no sólo construyen saberes basados en la opinión y la experiencia, sino también en las ciencias.

De este modo, la propuesta del pensamiento crítico latinoamericano es, como propone la perspectiva decolonial, superar las contradicciones de los dispositivos de saber hegemónicos para construir unas ciencias sociales basadas en el diálogo de saberes, es decir, en la convivencia en el mismo espacio académico de diferentes formas culturales de conocimiento, aportando a la legitimación y visibilización de las alternativas para la supervivencia planetaria (Castro-Gómez, 2015).

En el campo de estudios de los movimientos sociales, esto es de relevancia en cuanto el análisis crítico de los saberes de estos actores ha sido una arista menos explorada por las perspectivas clásicas. En efecto, si bien los paradigmas estratégico e identitario, las teorías de la elección racional y de los marcos interpretativos, como señalan Della Porta y Diani (2015), han sido un aporte fundamental para el desarrollo del campo, han tendido a invisibilizar ciertos aspectos complejos y ricos del fenómeno de los movimientos sociales. A su vez, diversos autores afirman que estos paradigmas han dado por supuesta la importancia del conocimiento y sus significados en la acción colectiva, aun cuando son esenciales para comprender los reclamos y las luchas de los movimientos sociales (Simmons, 2014; Snow, 2004).

Saberes y propuestas situadas de los movimientos sociales

Analizar los saberes y propuestas desde las perspectivas críticas latinoamericanas (Tapia, 2009) nos permite resituar los movimientos sociales en el entramado de relaciones de poder y en el modelo acumulación de nuestra región, reconociendo las “historias locales” por fuera de los relatos de la modernidad euro centrista. Estas historias locales se inscriben en la perspectiva decolonial y hacen referencia al “surgimiento de conocimientos e identidades subalternas en las grietas del sistema mundo moderno colonial”, producto de la imposición, desde la conquista de América, de “diseños globales dentro de los cuales los grupos subalternos han tenido que vivir” (Escobar, 2010b, p. 188) y cuyos fundamentos epistemológicos hegemónicos tienden a invisibilizarlos, negarlos y deslegitimarlos (Soto Pimentel, 2017, 2021, 2023).

De este modo, los conocimientos y las propuestas de los movimientos sociales son comprendidos como resistencia y confrontación a los proyectos civilizatorios que les son impuestos, en un marco político-económico donde los saberes hegemónicos, arraigados en las estructuras de poder del orden social capitalista y neoliberal, intentan invisibilizar, acallar o deslegitimar las propuestas transformadoras de los movimientos sociales, para así mantener sus privilegios (Botero et al., 2018; Escobar, 2010a, 2010b, 2014; Flórez Flórez, 2015). Esto permite afirmar que más allá de los saberes hegemónicos que definen la realidad social desde la modernidad, hay un mundo pluriverso donde cohabitan diferentes versiones de la historia, de los fenómenos sociales, de la economía y de la política (Mignolo, 2003, 2007a, 2007b, 2014; Restrepo y Rojas, 2009). En este sentido, afirmamos que junto a las luchas materiales y simbólicas, los movimientos sociales también se dan luchas epistemológicas en orden a disputar la hegemonía conceptual de los modelos modernizadores y de desarrollo que les son impuestos (Soto Pimentel, 2021).

¿Qué son concretamente estos saberes y propuestas? Un ejemplo puede ayudar a clarificar estas reflexiones. Tomemos el caso de un movimiento social cuyas luchas están inscritas en la resistencia a las reformas previsionales neoliberales impulsadas por el gobierno de Mauricio Macri en 2017, el Frente de Personas Mayores de Argentina. El Frente basó su resistencia a estas reformas en el concepto de persona mayor, que definió como personas activas, sujetos políticos y sexuados, con derecho a participar de las decisiones de política pública. Esta definición tenía como objetivo disputar el concepto hegemónico de vejez que los identificaba como personas “pasivas”, con el ser “abuelos”, “pobres” u “objetos de políticas”, definición que para ellos/as era funcional a reformas previsionales que buscaban beneficiar a una minoría sobre la base del lucro y la apropiación de los fondos previsionales. Como señalaban en las entrevistas, si fueran consideradas como personas activas, la clase política no se atrevería a ir contra sus ahorros y sus derechos (Soto Pimentel, 2020, 2021).

Otro ejemplo de la dimensión epistemológica y propositiva de los movimientos sociales lo podemos observar en los procesos y mecanismos que los movimientos sociales emplean para construir saberes y para determinar quiénes son las personas legítimas para hacerlo. También en relación con movimientos y demandas previsionales, la Coordinadora NO+AFP de Chile entre 2015 y 2019 utilizó diferentes formas participativas y horizontales para la construcción de conocimientos. Éstas tuvieron como objetivo denunciar el fracaso del Sistema de Capitalización Individual para asegurar pensiones dignas y cuestionar los sujetos legítimos para diseñar modelos alternativos a éste (como el parlamento o el gobierno de turno), subrayando que constitucionalmente la ciudadanía estaba eximida de hacerlo de manera directa. Entre estas construcciones, se sistematizó una propuesta técnica para un nuevo sistema de pensiones universal, público, de reparto y tripartito, que luego fue transformada en una iniciativa popular de ley, para lo cual se contó con el apoyo de instituciones de investigación aliadas, como la Fundación Sol. Con estas actividades se buscó incidir en la agenda política para conseguir la eliminación del sistema privado de pensiones, denunciar cómo este beneficiaba a los dueños de las AFP a costa del empobrecimiento de las personas jubiladas y demandar mecanismos de democracia directa en Chile, para que las personas pudieran decidir, sin intermediación de representantes que no velaban por sus intereses, sobre asuntos públicos que les incumben (Soto Pimentel, 2021, 2023).

Este entramado conceptual crítico latinoamericano, entonces, nos permite abordar el carácter constructivo de los movimientos sociales y su capacidad de visibilizar demandas en el espacio público y generar propuestas y saberes para incidir en las políticas públicas, en la agenda legislativa y la transformación de la realidad social (De Piero y Gradin, 2020; Gradin y De Piero, 2018; Gradin y Soto Pimentel, 2018a, 2018b, 2020; Soto Pimentel, 2017, 2021).

Reflexiones desde el Seminario interno de Pensamiento Crítico Latinoamericano (FLACSO Argentina)

Retomando la preocupación por indagar en la dimensión constructiva de los movimientos sociales, y para finalizar este apartado, nos gustaría presentar una experiencia analítica que hemos desarrollado en el marco del Seminario Interno de Pensamiento Crítico Latinoamericano, un espacio de reflexión colectiva promovido desde el año 2018 por el Programa de Estudios sobre Organizaciones de la Sociedad Civil perteneciente al Área Estado y Políticas Públicas de la FLACSO Argentina. El Seminario tiene como objetivo, por una parte, revisar los principales debates teóricos latinoamericanos sobre la relación entre Estado y sociedad civil, poniendo el foco en aquellas miradas con una perspectiva crítica que han intentado pensar la región “desde sí misma”, es decir, a partir de sus propias particularidades históricas, políticas, económicas, culturales y geopolíticas. Por otra parte, se plantea la tarea de mirar la acción colectiva actual desde el prisma de estas reflexiones. En este marco, hemos desarrollado diferentes producciones que, a partir del estudio teórico-conceptual de los primeros años de desarrollo del Seminario, tuvieron como objetivo pensar diferentes movimientos sociales de la región desde el pensamiento crítico latinoamericano[17].

Uno de estos trabajos tuvo como objetivo analizar los procesos de consolidación del colectivo argentino que agrupa a organizaciones de la economía popular, la Central de Trabajadores de la Economía Popular y la Unión de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP-UTEP), para poner el foco en su rol en la construcción de la agenda política del país y su capacidad propositiva en el debate de ideas, a partir de sus propios “saberes” (Soto Pimentel y Gradin, 2023). Para ello, desde perspectivas latinoamericanas y decoloniales, observamos la dimensión propositiva de esta organización a partir de la sistematización de datos empíricos sobre tres espacios de participación en el período 2020 y 2021. Primero, identificamos los hechos de protesta protagonizados por la CTEP-UTEP en el espacio público, seleccionando aquellos que hemos denominado en otro lugar como las “acciones propositivas” (Gradin y Soto Pimentel 2020; Gradin, Soto Pimentel y Reiri, 2022); es decir, aquellas que visibilizan problemas no tematizados en la agenda pública y política o que proponen saberes y propuestas alternativas para solucionar una problemática social, incidir en las políticas públicas, la agenda legislativa y la transformación de la realidad social. Segundo, elaboramos un mapa de la participación en la gestión pública nacional de los movimientos de la economía popular, identificando las entidades en las que están presentes, los cargos, y su nivel de responsabilidad dentro de la jerarquía estatal, que ocuparon los militantes y el movimiento al que pertenecen. Tercero, sistematizamos la agenda legislativa impulsada en el Congreso Nacional, determinando los proyectos de ley en los que miembros de la CTEP-UTEP fueron firmantes o cofirmantes.

Como resultados de este análisis, entre los más relevantes, obtuvimos que de las demandas enarboladas en los hechos de protesta, el 47% fueron acciones propositivas, entre las cuales se identificaron tres proyectos legislativos (para el acceso a la tierra, la protección del medio ambiente y el trabajo de los recicladores y la alimentación). Esto permite suponer que en las protestas se expresan saberes construidos por las organizaciones para describir problemáticas sociales y proponer alternativas de solución. En los espacios de gestión pública, la participación de militantes de organizaciones de la CTEP-UTEP estuvo situada en el Ministerio de Desarrollo Social y en el Ministerio de Agricultura, Ganadería y Pesca, permitiendo incorporar en la agenda de estos ministerios las temáticas relacionadas con el fortalecimiento de la economía popular, el hábitat y la agricultura familiar. En las propuestas legislativas identificamos una diversidad de demandas y preocupaciones basadas en el reconocimiento y la garantía de derechos asociados a lo productivo, pero también incorporando otros aspectos de la reproducción de la vida, como la cuestión habitacional, la alimentaria, los cuidados, etc. Algunas de sus propuestas, además, daban cuenta de otros modos de comprender la relación entre los procesos de producción, la naturaleza y el medio ambiente, cuestión que se observó en la promoción de la agroecología, la protección de la pesca artesanal, el acceso al agua como un derecho humano, la gestión ambiental de envases y el reciclaje (Soto Pimentel y Gradin, 2023).

En otro trabajo, a contracorriente de quienes afirman que la participación de los movimientos sociales en las políticas estatales se daría al modo de la cooptación de éstos por el Estado, desde el concepto de “fagocitación” de Rodolfo Kusch nos propusimos desarrollar la siguiente tesis: en esta relación se da un proceso de fagocitación en el que ocurre, en realidad, una absorción del Estado por parte de los movimientos sociales. Para ello, analizamos dos experiencias de educación popular construidas por movimientos sociales y que el Estado incorporó como alternativas oficiales de educación. El primer caso fue el de los bachilleratos de adultos del Movimiento Popular Nuestramérica de Argentina y el segundo fue el Instituto Universitario Latinoamericano de Agroecología “Paulo Freire” (IALA) de Venezuela (Soto Pimentel et al., 2022).

Como principales hallazgos, encontramos que los procesos de oficialización de las experiencias de educación popular no implicaron la neutralización de las luchas políticas e ideológicas ni una mera transacción de favores, sino que se volvieron una herramienta de ellas. Así, por ejemplo, cuando luego de una larga lucha, los bachilleratos populares del movimiento NuestrAmérica obtuvieron el reconocimiento oficial de sus espacios educativos y pudieron emitir títulos, para evitar que el Estado impusiera su ideología y su burocracia en la gestión de las escuelas, rechazaron recibir salarios docentes y tener una relación contractual con el gobierno. De este modo, buscaron preservar su autonomía y su inscripción política ideológica. En el caso del IALA, que es un instituto que emerge de una relación de colaboración entre el Estado venezolano y los movimientos sociales, fue el Estado el que se propuso recuperar los saberes populares como elemento estratégico de desarrollo. Pero ello no significó que el Estado interviniera en sus formas de acción, pues si bien aportó financiamiento y recursos formativos a los movimientos campesinos, el uso de estos y la decisión sobre los contenidos curriculares se realizaron de manera horizontal y participativa entre toda la comunidad educativa. También se incorporaron como docentes del instituto los “Maestros Pueblos”, como una forma de validar la experiencia agroecológica del campesinado en la formación universitaria.

Por último, en un tercer trabajo, nos preguntamos cuáles podrían ser los aportes, para el análisis de los movimientos sociales actuales, de cuatro pensadores latinoamericanos que han reflexionado sobre la desigualdad y los sujetos subalternos en Nuestra América: José Carlos Mariátegui, René Zavaleta, Rodolfo Kusch y Arturo Escobar. Tomando sus preguntas sobre la persistencia de la desigualdad en América Latina, los límites de la “modernidad” para superarla y el lugar que se les da a las y los sujetos subalternos en la transformación social, nos propusimos analizar dos tipos de movimientos de Argentina, los de la economía popular y los feministas (Martínez Araujo et al., 2021). Para ello, desarrollamos la concepción crítica del desarrollo y de los protagonistas de su resistencia en Mariátegui y Escobar; el concepto de momento constitutivo y crisis de Zavaleta; y las nociones de hedor, pulcritud y fagocitación de Kusch. Luego, planteamos algunas hipótesis interpretativas para ensayar la potencialidad teórica de estos conceptos y abordar la emergencia y trayectoria de estos movimientos sociales y su potencial como actores de cambio social.

Aunque no podemos extendernos acá en los argumentos teóricos-conceptuales de este artículo, nos interesa compartir algunas reflexiones y hallazgos que se derivan de estos y que abonan el análisis de la dimensión constructiva de los movimientos sociales. Recuperamos de estos autores la crítica al argumento que afirma que la frustrada implementación del desarrollo en América Latina tiene su causa en las características culturales de la región, para afirmar que dicha imposibilidad es resultado de las estructuras homogéneas y homogeneizantes del proyecto “pulcro” de la Modernidad, que niega las cualidades históricas y culturales de las sociedades de la región. Lo anterior obstaculizaría el desarrollo e incluso establecería las condiciones para no emprenderlo. Por otra parte, observamos que las organizaciones de la economía popular y las feministas son portadoras de un cuestionamiento al modelo capitalista y neoliberal como vía para alcanzar la igualdad y el desarrollo, en cuanto éste los y las ha excluido, y los/las ha llevado a buscar otras formas de integración social. En efecto, la economía popular como actor social y político tiene sus antecedentes en la crisis del trabajo asalariado producto de las políticas neoliberales de las décadas de 1980 y 1990, que expulsó a un número creciente de personas de la relación capital-trabajo, obligándolas a resolver sus necesidades básicas por fuera de esta. Por su parte, la trayectoria y las demandas vigentes de los movimientos feministas dan cuenta de cómo el sistema económico capitalista ha excluido a las mujeres desde sus cimientos, negándoles sus derechos políticos, civiles y económicos. Junto con ello, si consideramos estos movimientos como expresión de una sociedad abigarrada, siguiendo a Zavaleta, podemos pensarlos como sujetos históricos de transformación en nuestras sociedades que, en el marco de sus propias particularidades y circunstancias históricas, intentan reponer sus propias formas de lógicas de apropiación política, económica y cultural. De hecho, hasta el año 2018 la economía popular había logrado institucionalizarse como un movimiento social-gremial en lucha por el reconocimiento de los derechos de protección social para los y las trabajadoras que estaban por fuera de la relación capital-trabajo. En el caso del movimiento feminista, sobre todo a partir de 2015 y de las manifestaciones masivas clamando el #niunamenos, este ha mantenido viva la demanda por el fin del patriarcado, incluso con conflictos internos dadas las demandas por la interseccionalidad y las críticas a la colonialidad al interior del movimiento. También ha logrado empujar la transformación social en distintas esferas sociales como la política, los medios, los hogares, las juventudes, etcétera.

Reflexiones finales

El objetivo de este capítulo ha sido recuperar los aportes del pensamiento crítico latinoamericano para iluminar la dimensión constructiva de los movimientos sociales que se expresan en sus saberes, y se materializan en demandas y propuestas frente a una realidad social compleja y profundamente desigual. Una mirada situada en y desde el pensamiento crítico latinoamericano nos invita a indagar nuevamente en la potencia de los movimientos sociales, las acciones colectivas y las organizaciones de la sociedad civil en la construcción cotidiana de nuestra realidad, a la vez que interpela los límites de nuestras democracias y del desarrollo.

Para ello, hemos hecho una revisión de la literatura sobre el tema que emerge desde el centro y lo propio desde el sur, para luego aventurarnos en una definición del pensamiento crítico latinoamericano y las preguntas que abre para reflexionar sobre la acción colectiva y las organizaciones de la sociedad civil en la región.

A continuación y como cierre, presentamos lo que consideramos puntos clave de esta línea de indagación.

En primer lugar, y como señalamos anteriormente, las teorías del centro sobre los movimientos sociales han sido un significativo aporte al campo, que ha permitido analizar la acción colectiva en la región preguntándonos por su relación con el sistema político, la organización e identidad de las organizaciones, su cultura, sus marcos de interpretación, sus emociones y su relación con el conflicto, en el contexto latinoamericano. La aplicación de estas al caso de América Latina ha significado, como ya mostramos, un esfuerzo de la academia por considerar estas teorías en un marco histórico, social y económico diferente al de los “nuevos movimientos sociales” que emergieron en Estados Unidos y Europa, rescatando cómo las nuevas demandas posmateriales como el respeto a la identidad y la inclusión de las diferencias, se mixturan con problemáticas asociadas a democracias restringidas, el hambre, las condiciones materiales de vida, el acceso a la tierra y la desigualdad.

Más allá de la utilización crítica o euro centrada de estas teorías (Flórez Flórez y Olarte Olarte, 2023) –que es un tema que el pensamiento crítico latinoamericano pone en debate y sin duda es necesario seguir problematizando–, el lugar privilegiado que se les ha dado a estas ha tendido a desplazar otro tipo de preguntas sobre los movimientos sociales que, como hemos postulado acá, el pensamiento crítico latinoamericano trae a escena.

En efecto, el pensamiento crítico latinoamericano permite recuperar y preguntarnos por la opinión y la experiencia de las y los sujetos subalternos, y su aporte a la construcción de las ciencias sociales. En ese sentido, considera que los movimientos sociales son sujetos constructores de conocimiento válido para entrar al debate científico y de las políticas públicas. Por otra parte, observa estos saberes y propuestas como saberes situados, es decir, constituidos y emergentes de lógicas de poder y dominación que se conjugan con formas de silenciamiento de los movimientos sociales y sujetos subalternos por parte de los poderes hegemónicos.

Como observamos en los casos de los movimientos sociales analizados, la observación crítica de los saberes y las propuestas de los movimientos sociales, comprendidos en el contexto de relaciones de dominación y conflicto, nos permite identificar otro aporte del pensamiento crítico latinoamericano: destacar a los movimientos sociales como sujetos de transformación social en sociedades profundamente desiguales, mediante propuestas y proyectos alternativos que emergen de demandas materiales y simbólicas insatisfechas y que tienen por objetivo transformar los mecanismos de exclusión de las sociedades latinoamericanas en las que habitamos.

Lejos estamos de dar por cerradas estas reflexiones. Creemos que todavía hay un camino abierto para explorar el potencial interpretativo del pensamiento crítico latinoamericano que no podemos reducir sólo al ámbito de los saberes. Somos conscientes del extenso campo de estudio y de acción que integra el universo de los movimientos sociales, y creemos que para aportar a los procesos de transformación de las injusticias sociales es fundamental recuperar una mirada que permita valorar sus aportes epistemológicos y metodológicos a la praxis política emancipatoria de nuestra región.

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  1. IICSAL/CONICET-FLACSO Argentina. vsoto@flacso.org.ar.
  2. IICSAL/CONICET-FLACSO Argentina. agradin@flacso.org.ar.
  3. Agradecemos al Dr. Marcelo Salas, director de la Escuela de Sociología de la Universidad del Salvador en Argentina, por su atenta lectura y recomendaciones para el capítulo primero. También a Juliana Flórez Flórez, Nicolás Somma y Federico Rossi, por su disposición a compartir sus publicaciones académicas, fundamentales para las reflexiones que aquí hemos desplegado.
  4. Traducción propia.
  5. Traducción propia.
  6. Traducción propia.
  7. Traducción propia.
  8. Traducción propia.
  9. Traducción propia.
  10. Las oportunidades políticas refieren a las dimensiones no necesariamente formales o permanentes del ambiente político, que crean incentivos para la acción colectiva al afectar las expectativas de fracaso o éxito (Tarrow, 1998, p. 77). Según Tarrow (1998), esas dimensiones son cinco principalmente: el grado de liberalización del sistema político, los realineamientos políticos dentro del sistema, la aparición de aliados, los conflictos y divisiones dentro de las elites, y el declive de las capacidades del Estado para reprimir a los disidentes.
  11. Tilly (1978) se refiere con este concepto al conjunto de medios de que dispone un grupo específico para realizar sus demandas.
  12. Por ciclos de protesta, Tarrow (1998) se refiere a un periodo de intensificación de los conflictos y las confrontaciones. Estos ciclos se producen en momentos de apertura de las oportunidades políticas.
  13. Los procesos enmarcadores mediatizan la relación de los movimientos sociales y su contexto, encuadrando la acción colectiva.
  14. Para un análisis de la propuesta de Goffman, ver Acevedo (2013).
  15. Entre los primeros y destacados aportes están: Calderón (1986), Escobar y Álvarez (2018), Camacho (2005) y Jelin (1985).
  16. Traducción propia.
  17. En este período formamos parte de este Seminario y sus reflexiones quienes escriben, Zahiry Martínez Araujo y Darío Di Zácomo Capriles.


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