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Prólogo

Los tiempos y las perspectivas de los movimientos sociales en América Latina

Sergio De Piero[1]

La región atraviesa un nuevo momento político en diversos sentidos. Los partidos políticos del denominado ciclo del giro a la izquierda, también llamados populistas, han sido recientemente derrotados en las urnas, o bien han ejercido el gobierno con características muy distintas a las que tuvieron en la primera década del siglo XXI. Es cierto que han emergido nuevas construcciones en algunos casos, como en Chile donde se impuso una coalición partidaria que no parece deudora de aquella construcción política de principios de siglo. Otros países, como Perú y Ecuador, atraviesan una situación extremadamente compleja en donde los ejes de debate se encuentran muy lejanos a los propuestos por aquel giro a la izquierda. A su vez, en la actualidad, es difícil enmarcar los principios movilizadores que se generan en la sociedad civil de cada país, o encontrar un eje dominante que logre interpretar el conjunto de manifestaciones (como lo fue por ejemplo, la democratización en los 80 o la protesta social a fines de los 90), pues lo que se observa, y este libro da cuenta de ello, es que mientras surgen y se fortalecen movimientos emancipatorios, estos conviven con expresiones quizás menos articuladas que reniegan e incluso enfrentan a aquellos movimientos sociales de características democratizantes.

Tampoco se revela, de manera exclusiva, una potestad de estos movimientos derivada de la situación económico – social. Esto a pesar de que, aún con variaciones, en nuestra región persisten las situaciones de alta desigualdad, donde órdenes macroeconómicos relativamente estables (salvo para el caso de Argentina) conviven con situaciones de economías fuertemente subdesarrolladas e incluso bajo economías de subsistencia. También se distingue el presente por un enfriamiento en las relaciones internacionales entre los estados de la región; mucha más si uno contrasta en particular con la Sudamérica de hace apenas 10 años.

Existen sin dudas dificultades para leer este momento político y en particular otorgarle un tipo de calificación, una adjetivación que lo distinga. Consecuentemente es complejo imaginar escenarios inmediatos, porque también ingresaron en una zona de incertidumbre los relatos políticos de izquierda y derecha, no porque hayan desaparecido, sino porque sufren mutaciones más o menos permanentes. Solo la perseverancia de la inestabilidad que no deriva en quiebres, parece ser la característica.

Este libro se adentra en la cuestión de los nuevos movimientos sociales (NMS) en América Latina. Quisiera presentar dos niveles de análisis diferentes para problematizar estos movimientos que se presentan en los distintos artículos. Por una parte, un primer nivel es la lectura sobre el impacto que los movimientos sociales generan en el conjunto del sistema político. Esto es, el tipo de propuestas que enarbolan y las alianzas o los enfrentamientos que se dan con el sistema de partidos y con el Estado. En ese marco, los análisis sobre los NMS han estado influenciados en no pocas ocasiones por miradas performativas que les asignan a ellos un protagonismo notable y venturoso; en particular a principios de los 90 durante lo que se denominó la crisis de representación la cual planteaba un agotamiento (en algunas voces, terminal) del sistema de representación política que ejercían los partidos. Ante esa situación, a no pocos analistas les costó separar sus expectativas sobre los NMS de lo que ellos efectivamente estaban construyendo; se pensó que esa crisis encubría un agotamiento y que estos actores venían a imponer un nuevo momento histórico en términos políticos, de representación, pero en particular en el proceso de toma de decisiones, ya no solo como una externalidad al sistema político, sino sentando bases al interior del mismo. Desde luego, en una década en la que abundaba la inestabilidad de los presidentes y estos movimientos adquirieron una gran capacidad para vetar gobiernos (y muchas veces producir su caída), era dable pensar que estaban construyendo también una alternativa. Esta visión nació al calor en particular de movimientos fundamentales de finales del siglo XX: Los Sin Tierra (MST) en Brasil, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en México, y otros numerosos movimientos que surgieron a lo largo de toda América Latina en la mayor parte de los casos distanciados de los partidos políticos tanto en términos de estrategia de intervención sobre la realidad, como en identidad, organización interna, discurso, y lectura que realizaban de la historia política. Tras la transformación social que implican las reformas promercado y el notable crecimiento de la pobreza, con partidos políticos que se percibían (y de hecho lo eran) limitados para transformar esa realidad, era razonable que la mirada se posara sobre estas nuevas expresiones sociales. Muchas de ellas no eran sólo la manifestación de una situación social crítica, sino que apuntaron a imaginar un futuro en términos políticos nuevos (El MST y el EZLN tuvieron algunas de esas orientaciones). Mientras que durante el siglo XX el campo popular se caracterizó por partidos políticos populares o de izquierda que lograron incluir en su estrategia a movimientos sociales (el obrero, el indígena, el campesinado), estos movimientos nacidos en el final del siglo XX comenzaron a pararse en un lugar de cierta autonomía de los partidos y poniendo en cuestión esa construcción para proponer (o insinuar) alternativas.

Tal vez sea apresurado afirmar que esa etapa ha concluido, pero seguro asistimos a miradas mucho más conservadores respecto a las posibilidades de un reordenamiento de la representación política sostenida en los NMS. La corriente autonomista había comprendido ese camino de construcción como una ruptura definitiva y veía en las prácticas culturales, educativas, sociales y políticas de los movimientos sociales el germen de algo nuevo que tomaría distancia de manera definitiva del sistema político existente. Se multiplicaron las experiencias que anclaron en esta lógica generando debates y afirmaciones en este sentido. Cuando Evo Morales llegó a la presidencia de Bolivia, de la mano del Movimiento al Socialismo (MAS), se refirió a la conformación de un gobierno de los movimientos sociales. Otras experiencias siguieron caminos más ajustados a la dinámica partidaria. Por ejemplo, el Partido Trabalista de “Lula” Da Silva, buscó contener al interior de su armado a diversos movimientos sociales. Una política semejante realizó el kirchnerismo en Argentina, incorporando, una vez en el gobierno, a movimientos de derechos humanos y organizaciones de protesta como los denominados piqueteros. El caso chileno en 2022 reflejó un proceso con alto protagonismo de movimientos sociales que también culmina en una coalición partidaria triunfante que obtiene la presidencia de la República, pero que, en el ejercicio de la gestión, se ha encontrado con diversos problemas para consolidar una hegemonía.

A pesar de constituir experiencias distintas, lo que observamos en los casos mencionados es que, en general, la dinámica política fue organizada por, y en clave de, los partidos políticos; esto es, una prevalencia de los procesos institucionales marcados, por ejemplo, por lo electoral. Desde luego, en muchos de estos países, se llevaron adelante reformas constitucionales que impulsaron la participación de movimientos sociales con algún nivel de incidencia (pienso en el plurinacionalismo instaurado por la Constitución Política del Estado en Bolivia; la distinción entre partidos políticos y movimientos políticos en la Constitución de Ecuador; la cuestión indígena en varias Constituciones). Esto para indicar que la intervención de los NMS no fue inocua. De hecho, los sistemas de partidos han sufrido notables transformaciones en los últimos años y no cabe duda que los movimientos sociales tuvieron participación en esos cambios. Lo que no parece haber ocurrido, es que las transformaciones fueran en la dirección de una autonomía de los movimientos que les permitiera intervenir en el sistema de representaciones y en el proceso de toma de decisiones, de una manera autónoma y constante.

Un segundo nivel de análisis podría estar vinculado a la sociología política: los NMS como productores de identidades y como expresión de nuevos clivajes en el interior de la sociedad. El fin de la sociedad salarial, como enunció Robert Castels, (casi) se llevó consigo la construcción de ese actor clave del siglo pasado que fue la clase obrera organizada, que había generado sindicatos y partidos políticos para representar y defender sus intereses. Esas construcciones, a su vez, habían engendrado otras comprendidas dentro de su dinámica, en un período en donde las identidades de clase, las identidades nacionales, y las ideologías con pretensiones abarcadoras, definían un conjunto de pertenencias. Sin embargo, esto no indicaba que los sindicatos habían desaparecido, sino que su poder, capacidad e incidencia en la orientación del Estado, se había visto afectada de manera decisiva. La causa radica en que aquella sociedad en la que los sindicatos se forjaron ya no existía más, pero no solo en términos identitarios, sino principalmente en la estructura que le había dado origen: la sociedad industrial. La desestructuración llevada adelante desde la década del 70, que implicó el crecimiento del desempleo, la precariedad en las condiciones de trabajo, nuevas migraciones y el crecimiento descomunal del empleo informal, se tradujo en la instalación de altos niveles de pobreza e indigencia. A esta situación debemos sumarle, y sin duda vinculada a esta realidad, la emergencia de identidades referidas al campo de lo subjetivo, del mundo de la vida, de vivencias de los sujetos. Adquieren relevancia las identidades de género, étnicas, culturales, vivenciales, todas ancladas menos en la referencia a la estructura económica y mucho más en lo cercano, lo vivido, también en ocasiones en términos individuales. Esta “novedad” comenzó a ocupar el espacio público de manera decidida en los últimos 50 años, y generó acciones colectivas e identidades, que si bien partieron de lo subjetivo, impulsaron también cruces con lo estructural; el feminismo es sin duda un espacio clave, como lo son también en la región los pueblos originarios. En medio de la crisis y la reforma del Estado, estos movimientos tuvieron un anclaje que ya no se reconocía necesariamente en la lógica nacional y articulaban en un péndulo entre lo global y lo local. En la década del 80, con el retorno a la democracia luego de la imposición de terrorismos de Estado en varios países de la región y el consecuente estímulo a la participación, también se dio un marco propicio para la generación de movimientos que articulan demandas de este campo para llevarlas al espacio público. No cabe duda que el movimiento de derechos humanos surgido en medio de la represión de las dictaduras ocupó un lugar central en estas nuevas construcciones. Estos fenómenos despertaron el interés del campo académico lo que originó las primeras investigaciones sobre los NMS en la región[2]. Muchos emergentes llamaron la atención, pero en particular destacan las formas de organización por fuera de los partidos políticos y las identidades que desde allí se desplegaban. La literatura desde esos años ha sido sumamente rica en suscitar interesantes debates, que este libro viene a continuar. Ya en el siglo XXI los movimientos vinculados a la economía social-popular-solidaria, son una clara expresión de esa desestructuración que implicó el fin de la sociedad industrial y el desempleo crónico. En una esfera diferente, el ambientalismo también surge como un espacio relevante.

Y para este segundo punto quisiera sumar otra afirmación que puede sonar en exceso contundente. A pesar de todas las acciones desplegadas e identidades desarrolladas, no parece existir hasta el presente una organización semejante, en poder, identidad y organización, a los sindicatos de trabajadores. No me refiero a la relevancia como representación de lo social, sino a su capacidad sostenida de incidencia en las políticas públicas y en el sostenimiento de la identidad, aunque este punto admito que es más discutible. Y con este aspecto volvemos al punto inicial, que se refiere a la articulación entre Estado y movimientos sociales. Las demandas de los sindicatos en algunos países de la región no solo lograron canalizarse cuando un partido político logró construir una alianza sostenida y alcanzar el poder vía elecciones, sino que en muchos casos participaron de esas coaliciones de gobierno, lo que fortaleció su poder e identidad. Esto es, y es la pregunta que deseo plantear, ¿las debilidades de los nuevos movimientos sociales en América Latina son las mismas que aquejan a los partidos políticos, o los NMS se encuentran recorriendo un camino de construcción cuyo trazo es divergente? Es decir, ¿se compondrá cierta capacidad de articulación con el sistema político para construir estrategias de poder, o primará la generación de espacios autónomos anclados en temas limitados, específicos?

Señalo un último aspecto que mencioné más arriba: la aparición de movimientos sociales que no se inscriben en claves emancipatorias, al menos como tendemos a catalogarlas. Pienso en los movimientos “antivacunas” durante la pandemia, los grupos sociales contrarios a la emancipación de otros, como cierto “antifeminismo”. Espacios que no refieren a la emancipación de derechos, sino a la limitación de los derechos de otros… y otras. ¿Podemos denominarlos movimientos sociales? No cabe duda que construyen identidades y, en Argentina, han sido parte de los espacios que permitieron a Javier Milei llegar a la Presidencia de la Nación. Creo que estas preguntas, están íntimamente ligadas a las que propuse en el párrafo anterior.

Este libro aborda muchas facetas y procesos de los NMS de la región. Nos regala una profunda y elaborada lectura de un presente que, como dije, nos desafía a comprenderlo. Leer este libro, nos acerca un poco a entender el siglo que estamos construyendo.

   

Buenos Aires, marzo de 2024


  1. Director del Instituto de Ciencias Sociales y Administración de la UNAJ. Docente UBA, UNLP y FLACSO. Fue el impulsor y coordinador académico del Diploma Superior en Organizaciones de la Sociedad Civil de la FLACSO Argentina del 2005 al 2018. Autor de diversas publicaciones entre las que se destaca el libro: De Piero, S. (2020). Organizaciones de la Sociedad Civil. Tensiones de una agenda en construcción. UNAJ – Universidad Nacional Arturo Jauretche.
  2. Pienso en particular en los trabajos de: Ballon, E. (1986). Movimientos sociales y democracia: la fundación de un nuevo orden. DESCO. Y de: Jelin, E. (1989). Los nuevos movimientos sociales. Mujeres. Rock nacional. Derechos humanos. Obreros. Barrios. CEAL.


1 comentario

  1. alfajor 03/02/2025 02:14

    Buen prólogo.

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