Nuevas promesas: ¿más de lo mismo?
El extractivismo no solo representaría un lastre del pasado, sino también una barrera para el futuro. Sostiene Peters (2016, pág. 34) que
… si bien en el contexto del boom el neo-extractivismo hizo posible una mejora notable de las condiciones de vida de la población y la estabilización de los gobiernos progresistas, éste al mediano y largo plazo, representa a su vez un obstáculo para una transformación estructural de las economías y sociedades latinoamericanas.
Esta tesis adquiere mayor fuerza luego del desencanto de una década dorada, que se reveló incapaz de establecer condiciones sostenibles de crecimiento y mecanismos duraderos de alivio de la pobreza e inequidad social. Surge entonces el desafío de imaginar nuevas respuestas o alternativas para una transición hacia una economía posextractivista; es decir, un nuevo modelo de acumulación que permita superar las patologías del extractivismo, causas del atraso y subdesarrollo, y sentar las bases futuras para un cambio estructural.
Ante la visión del extractivismo como una barrera para el desarrollo, el discurso posextractivista es reiterativo en la necesidad de implementar alternativas al modelo de acumulación sustentado en la exportación de recursos naturales. Sin embargo, persiste una incertidumbre respecto a la forma específica de las alternativas que se plantean; no está claro qué es lo que se desea, cuáles son las aspiraciones realistas, ni cómo se podría conectar deseo y realidad. Cuando una referencia se torna casi obligada, las escasas propuestas de superación del modelo extractivista se limitan a menciones generales sobre tres salidas posibles: ecoturismo, bioconocimiento y agroforestería, alrededor de las cuales un nuevo imaginario de desarrollo empieza a emerger. Efectivamente, “el desarrollo sostenible para alcanzar el buen vivir implica reestructurar nuestra economía mediante la transición [desde el extractivismo] hacia una economía basada en el bioconocimiento, la agroforestería y el turismo ecológico y comunitario” (Senplades, 2017).
Estas alternativas son presentadas bajo un discurso económico prometedor y al mismo tiempo benevolente con la naturaleza y los pueblos que la habitan. En efecto, la conjunción de las tres alternativas propuestas permitiría alcanzar simultáneamente múltiples objetivos. En primer lugar, generar fuentes de ingreso que permitan al país financiar un nuevo modelo de desarrollo alternativo al modelo de acumulación sustentado en la explotación de petróleo. Segundo, asegurar la conservación de ecosistemas amenazados ya que los recursos generados por el ecoturismo, la comercialización del material genético y la producción ecológica agroforestal constituyen incentivos para la conservación en lugar de su explotación en otras actividades productivas o extractivas que amenazan su degradación y destrucción. El tercer objetivo, ingrediente que no puede faltar en el discurso ambientalista, se refiere al alivio de la pobreza de los pueblos y comunidades asentadas en las reservas de biodiversidad. En este caso, además de la explotación de la riqueza genética, los grupos indígenas poseen otra riqueza, los conocimientos ancestrales, que pueden también ser canalizados en los circuitos comerciales y constituir una importante fuente de ingresos para las comunidades y para el país.
Estas promesas son difíciles de resistir. La bioprospección, el ecoturismo y la agroforestería ecológica, es decir, las nuevas modalidades de extracción de valor de la naturaleza, ofrecen un mundo en el que es posible “disfrutar el pastel de la conservación y la equidad y al mismo tiempo saborear el postre del desarrollo”. Pero, en el fondo, siempre persiste la idea de la naturaleza como una fuente de riqueza generadora de rentas, como un stock que genera flujos y servicios que pueden ser monetizados mediante su conversión en mercancías para su comercialización.
Sin embargo, estas nuevas soluciones llamadas a compensar las rentas por el abandono del extractivismo convencional suponen otras formas de extractivismo, nuevas formas de explotación intensiva de la naturaleza que acentúan y consolidan las patologías de la enfermedad que se pretende superar. Bajo este nuevo régimen extractivista, las relaciones mercantilistas van más allá de las formas convencionales de explotación de los recursos con el objetivo de producir y asignar un valor abstracto de mercado a la naturaleza sobre la base de hipótesis especulativas, categorías y representaciones sobre cómo la naturaleza debería ser o debe transformarse para y por los seres humanos dentro y fuera de sus entornos locales. De acuerdo con esta visión, coincidente o parte del amplio proyecto de neoliberalización de la naturaleza (Villavicencio, 2020), la racionalidad económica del capital es asegurada ya sea mediante la privatización, la territorialización o la demarcación de territorios con el propósito de controlar pueblos y recursos y facilitar su manejo y explotación o mediante el reconocimiento de los derechos de propiedad a las poblaciones para permitirles la entrada en negocios y joint-ventures ligadas al suministro de servicios ambientales (captación carbono, ecoturismo o información genética, por ejemplo), o también mediante la renta, concesión o transferencia de control de territorios a empresas, ONG u otros arreglos institucionales. En este caso, las patologías del extractivismo convencional a las que nos hemos referido a lo largo de los capítulos anteriores se manifestarían bajo las tres dimensiones arriba señaladas y cuya explicación es como sigue[1].
El extractivismo de la biodiversidad
El tema de la explotación de los ecosistemas tropicales con fines productivos no puede aislarse del amplio debate sobre la degradación ambiental y las relaciones entre naturaleza y sociedad, en cuyo centro se encuentra el problema de la conservación de la biodiversidad. El razonamiento según el cual a la biodiversidad hay encontrarle importantes aplicaciones comerciales de tal manera que su explotación “sostenible” pueda garantizar su conservación en el largo plazo no se sostiene. Este argumento simplemente no tiene en cuenta la contribución consuntiva de esta explotación a los problemas de degradación ambiental en varias escalas. La bioprospección consiste en un proceso de capitalización de la naturaleza en donde la dinámica del capital privilegia las nuevas biotecnologías, las cuales capitalizan la naturaleza al plantar valor en ella por medio de la investigación científica (Escobar, 1999; Igoe y Brockington, 2007; Sullivan, 2009). De acuerdo a esta visión, la clave para la conservación de la biodiversidad estaría en hallar formas de utilización de los recursos de los bosques tropicales fundamentadas en el conocimiento científico, en sistemas apropiados de administración y en mecanismos adecuados que establezcan los derechos de la propiedad intelectual y que protejan los descubrimientos que podrían ofrecer las aplicaciones comerciales.
Entonces, la conservación de la biodiversidad es básicamente concebida y entendida como un problema de manejo y gestión de la naturaleza en el marco de una estrategia de modernización ecológica (Villavicencio, 2020). Es así como la tarea de prospección biológica o “cacería de genes” se presenta como un protocolo respetable para salvar la naturaleza porque se considera que la fuente de los beneficios y ganancias de la conservación está en los genes de las especies” (Escobar, 1999). Añade este autor que
… bajo esta forma de bio-imperialismo, la conservación basada en la biotecnología terminará por erosionar la biodiversidad puesto que toda biotecnología depende de la creación de mercados uniformes de mercancías. La diversidad de las mercancías no puede resultar en la diversidad de culturas y especies.
No se debe ignorar que la destrucción de los hábitats por los proyectos de desarrollo y por la “monocultura mental y agrícola son las principales fuentes de destrucción de la biodiversidad, y no las actividades de los habitantes pobres de la selva”. “Con la bioprospección, la enfermedad se ofrece como la cura: las estrategias dominantes son como colocar las ovejas al cuidado del lobo” (pág. 217).
Además de la afectación del extractivismo biogenético a los ecosistemas, esta actividad implica también mecanismos de control (comercial, financiero y tecnológico) por parte de actores de la economía global que manejan este inmenso negocio. La explotación de la biodiversidad y su aprovechamiento con fines comerciales no puede ser vista como una actividad aislada, sino como parte de un gigantesco negocio, intensivo en conocimiento y capital, monopolizado por las gigantes transnacionales farmacéuticas que controlan la investigación, desarrollo y comercialización en este campo. En este contexto, cualquier alternativa orientada al aprovechamiento del material biogenético de la naturaleza significa el sometimiento de la naturaleza a los circuitos del capital transnacional con escasas o nulas posibilidades de un desarrollo autónomo.
Pero esta nueva modalidad extractivista no se limita únicamente a la naturaleza, sino a la explotación con fines comerciales de los conocimientos ancestrales que, en definitiva, constituyen un ingrediente esencial para la capitalización de los recursos genéticos. El discurso convencional no admite ambigüedades al respecto: “La combinación de los saberes ancestrales con la tecnología de punta puede generar la reconversión del régimen de desarrollo, apoyada en el bio-conocimiento” (Senplades, 2009). Este es otro de los mitos recurrentes en el discurso sobre las promesas de la bioprospección que tiene como una de sus causas una persistente confusión entre información y conocimiento y cuya distinción es clave para la comprensión del significado y alcance de los conocimientos ancestrales. Se olvida que el conocimiento es ante todo un proceso social de interacción, una capacidad cognitiva codificada en símbolos y en un lenguaje particular que permite la interpretación y el uso de información, mientras que esta última se refiere a un volumen de data que permanece pasiva e inerte hasta ser usada por aquellos con el conocimiento necesario para interpretarla y procesarla (Foray, 2000). El discurso sobre la explotación de los conocimientos ancestrales ignora esta distinción y asume que la apropiación y comercialización de los conocimientos ancestrales pasa simplemente por una recodificación, en términos modernos, del conocimiento original, sin tener en cuenta el carácter tácito y circunstancial de estos conocimientos. Como acertadamente lo señala A. Escobar (1999, pág. 89),
Los discursos sobre los conocimientos ancestrales no respetan la lógica de dichos conocimientos. Por el contrario, juzgan, a la manera occidental estos conocimientos como una suerte de conocimiento [información] almacenado en “la mente” de algunas personas –shamanes, ancianos, curanderos, etc.–, y que se refieren a objetos discretos –plantas, especies–, cuyo valor o “utilidad” médica, económica o científica será revelado por su poseedor al experto moderno que entra en dialogo con este.
Añade este autor que, al intentar recodificar el conocimiento original en términos modernos, los “expertos” y los burócratas no tienen en cuenta que “los conocimientos populares son complejas construcciones culturales que involucran no los objetos en sí, sino procesos que son profundamente históricos y relacionales”. En el mejor de los casos, se podría reconocer en el discurso oficial un esfuerzo por rodear de una aureola de romanticismo a los conocimientos ancestrales, asumiendo implícitamente un esnobismo en reversa según el cual estos son superiores o iguales a la ciencia occidental, “equiparando el misticismo de los chamanes a la ley de la gravedad” (Peet y Hartwick, 2009).
Por último, aun los conocimientos ancestrales o propiamente los conocimientos etnobotánicos pueden ser de utilidad muy limitada para los fines de la bioprospección ya que las enfermedades que son comunes en una determinada sociedad pueden ser muy raras en otras o, a su vez, las causas pueden ser muy diferentes. Comunidades con un rico conocimiento etnobotánico pueden tener una estructura de edad, dieta y grupo genético muy diferente de los pacientes adultos mayores de las sociedades desarrolladas (Firn, 2003). Es un hecho que las compañías farmacéuticas buscan productos para los cuales existe una demanda solvente en los estratos económicos medios y altos; por consiguiente, el conocimiento etnobotánico, de gran relevancia en estratos pobres, no es una guía muy valiosa para el desarrollo de nuevos productos comerciales para las sociedades opulentas. El problema radica en la proyección de la ciencia moderna como un sistema de conocimiento universal, neutro en valores, superior a otros sistemas de creencias y conocimientos por su supuesta universalidad y neutralidad y por la lógica de sus métodos que reclaman objetividad acerca de la naturaleza (Shiva, 1998, pág. 162). Bajo esta perspectiva, cada proyecto o acción es legitimado como científico mediante la operacionalización de conceptos reduccionistas que se revelan funcionales para asegurar uniformidad, centralización y control.
El extractivismo de la cultura y el paisaje
Frente a la evidente constatación de deforestación por las actividades de exploración y explotación de petróleo, la contaminación del suelo y los ríos por los derrames persistentes de crudo y los impactos sobre los modos de vida de las comunidades indígenas, surge la idea del ecoturismo como alternativa para generar recursos económicos que compensen una suspensión definitiva de la explotación en ciertas zonas (Parque Nacional Yasuní) o una eventual moratoria de la expansión de la “frontera petrolera” (Amazonia Centro-Sur). Esta estrategia posextractivista permitiría, además de detener el deterioro ambiental de extensas regiones de la Amazonia, generar empleo, aliviar la pobreza, proveer un modo de vida sustentable a los habitantes de la zona y, por supuesto, constituir el pivote para el inicio de un nuevo modelo de acumulación de la economía nacional. A partir de estas hipótesis, altamente simplificadoras, se codifican narrativas que prácticamente se han convertido en un nuevo “paradigma del desarrollo” cuya insistente circulación y repetición crea la peligrosa idea de que los problemas de inequidad y pobreza pueden ser resueltos sin confrontar el sistema establecido. Estas imágenes son amplificadas e internalizadas en los discursos sociales, económicos y ambientales mediante la incorporación de símbolos dominantes, ideologías y experiencias reales o imaginarias.
La tesis del ecoturismo gira alrededor de un discurso construido sobre tres mitos: el mito del desarrollo, el mito de la conservación y el mito de la inmaterialidad. El primero, el del ecoturismo como un nuevo motor de desarrollo para los países, en especial aquellos menos avanzados, es quizá el más persistente de los tres. Promovido como un mecanismo positivo de desarrollo económico para muchos países y comunidades que han perdido sus industrias tradicionales o para aquellos que simplemente anhelan mejorar sus condiciones económicas (Reid, 2003), los beneficios económicos como fuente de divisas y efectos multiplicadores sobre las economías son magnificados por organismos internacionales, agencias de desarrollo y gobiernos, creando expectativas más allá del sentido común.
No se puede negar el aporte de esta actividad como generadora de divisas y como fuente de efectos multiplicadores de las economías, particularmente sobre el empleo. Sin embargo, por lo menos en el caso del Ecuador, plantear el turismo, bajo cualquiera de sus etiquetas (ecológico, cultural, de aventura, etc.), como uno de los motores de un nuevo patrón de desarrollo resulta ilusorio. En realidad, se trata de un negocio global, manejado por corporaciones transnacionales que dominan el mercado, creando una división internacional del trabajo dentro del cual los países en desarrollo contribuyen con su infraestructura social, facilidades físicas y entorno natural, con escaso control sobre el flujo de ingresos.
El mito de la conservación está enraizado en la difundida percepción del turismo como una “industria sin chimenea”; es decir, una actividad económica que no ocasiona o produce leves efectos sobre el ambiente y, aun cuando se reconoce que pueden producirse ciertos impactos negativos, estos pueden ser mitigados por medidas de compensación. Entonces, frente a la constatación de una alarmante degradación ambiental, en particular la acelerada pérdida de la biodiversidad, el ecoturismo es presentado bajo la promesa de inyectar nuevos recursos para la conservación de la naturaleza, especialmente en aquellas partes pobres del mundo donde los Estados no disponen de los recursos y la capacidad para una efectiva protección de sus ecosistemas. Sin embargo, no se puede ignorar que el ecoturismo, al igual que el turismo convencional, con su demanda de transporte, alojamiento, servicios y entretenimiento, conduce, paradójicamente, a degradar el entorno que precisamente sirve de espacio para la realización de sus actividades. Los impactos negativos sobre los ecosistemas son evidentes.
Pero además de la conservación de la naturaleza, el ecoturismo promete mucho más. El ecoturismo promete fortalecer la democracia y la participación mediante el desmantelamiento de las estructuras y prácticas restrictivas del Estado; promete la protección de las comunidades locales garantizándoles sus derechos de propiedad y ayudándolas a entrar en el negocio de la conservación; promete la promoción de prácticas verdes en los negocios, demostrando a las corporaciones transnacionales que las estrategias verdes también producen ganancias. Finalmente, el ecoturismo se presenta como el mecanismo más idóneo para la protección y conservación de las culturas y modos de vida de las comunidades ancestrales (Igoe y Brockington, 2007). En esto consiste el mito de la inmaterialidad al que nos referimos anteriormente: aquella imagen del turismo descontextualizado de sus circunstancias sociales y ambientales, una “mercancía fetiche”, sin ningún costo social para las poblaciones o centros de los destinos turísticos, “como si las personas de las aldeas culturales o los puestos de artesanías estuviesen esperando el consumo de su cultura” (Brockington, Duffy e Igoe, 2008, pág. 190). El hecho mismo de promover emprendimientos, negocios y entrar en un mundo de competencia, prácticas totalmente ajenas y contrarias a tradiciones ancestrales, socava la cultura que se pretende proteger y termina destruyendo, o por lo menos debilitando, el tejido social de las comunidades. De ahí la paradoja: al mismo tiempo que el ecoturismo intenta integrar las comunidades indígenas en el sistema económico de mercado, tiende a mantenerlas como piezas “arqueológicas con el fin de estimular el deseo nostálgico de los turistas por lo ‘primitivo’, lo ‘intocado’, y lo ‘salvaje’”. Este proceso de mercantilización y comercialización termina erosionando la autenticidad y valores de las culturas tradicionales.
Agroforestería
La agroforestería es otro de los mecanismos de mercado propuesto como una de las estrategias que compensarían la salida del modelo extractivista. La idea consiste en conectar a los campesinos y comunidades que habitan en los ecosistemas tropicales de manera más efectiva con los mercados, especialmente con los mercados internacionales, mediante la oferta de productos cuyo cultivo, recolección y procesamiento cumplen con ciertos estándares ecológicos. Se asume la existencia de consumidores que valoran estos productos no solamente en los términos convencionales de costo y utilidad, sino también bajo las condiciones en las cuales son producidos, procesados y transportados. Este es el principio de lo que se conoce como consumo ético o consumo responsable. Entonces, cualquier análisis sobre la agroecología necesariamente exige abordar simultáneamente estos dos tópicos que, en definitiva, corresponden a dos caras de una misma moneda.
La agroforestería se presenta bajo dos objetivos, uno ambiental y otro redistributivo. Bajo el primero, la protección de los bosques tropicales, mediante el empleo de prácticas y técnicas “ecológicas”, ya sea en la explotación de sus productos o en el desarrollo limitado de cultivos, ayuda a su conservación o minimiza los efectos de estas actividades sobre la integridad de los ecosistemas. El segundo asume que los productos agroecológicos reciben un reconocimiento en el mercado que se traduce en precios superiores a los productos “convencionales”, generando de esta manera incentivos a los campesinos y pequeños productores para continuar con sus prácticas agroecológicas. En este contexto, se espera que la relación emergente entre propietarios o administradores de pequeñas parcelas de bosques y los mercados emergentes de servicios ambientales permita por un lado mantener tanto los bosques como los servicios ambientales y, por otro, mejorar el bienestar de los pueblos locales. No deja de llamar la atención en este punto una especie de doble discurso alrededor de las bondades de la agroforestería: los mismos actores considerados parcialmente responsables de la degradación de los recursos naturales son al mismo tiempo valorados por su capacidad de implementar sistemas de producción ambientalmente apropiados y adaptados a las condiciones locales.
Al igual que la bioprospección y el ecoturismo, la agroforestería tampoco escapa a la lógica de apropiación de la renta por parte de corporaciones transnacionales, esta vez en función de los gustos y preferencias de los consumidores del Norte. El comercio de productos derivados de esta actividad está sujeto a mecanismos del floreciente negocio de certificación por parte de empresas de los países consumidores que, en definitiva, son las que imponen normas y estándares de producción. En otras palabras, sin necesidad de involucrarse directamente en los procesos extractivos-productivos-comerciales, son empresas y organizaciones externas las que efectivamente controlan los precios y los mercados. En resumen, estas modalidades neoextractivistas no conducen sino a una acentuación de la situación de dependencia.
Las fases del extractivismo
En realidad, las observaciones anteriores confirmarían la tesis de J. Moore, quién afirma que “el capitalismo no es un sistema económico; no es un sistema social; es una manera de organizar la naturaleza” (2015, pág. 2); organización que a lo largo de la historia ha tenido lugar alrededor de la extracción del valor. Entonces, este neoextractivismo debe ser visto no únicamente como un cambio cuantitativo en términos de una acumulación extensiva del capital, sino en términos cualitativos de una nueva producción intensiva de la naturaleza, distinción que nos lleva a plantear tres modalidades de extractivismo.
Un primer régimen extractivista estaría caracterizado por lo que Moore llama “la-humanidad-en-la-naturaleza” (2015). Se refiere a pueblos locales que producen en la naturaleza y esencialmente para ellos. El significado social y el trabajo son parte del valor de uso de la producción en la medida que las mercancías permanecen incrustadas en las relaciones sociales y en la economía doméstica. En una forma idealizada, este régimen se asemejaría al funcionamiento de las sociedades y sistemas económicos prevalecientes hasta antes de la Gran Transformación (Polanyi, 2001 [1944]) en los cuales el mercado es un elemento secundario en la organización social y económica.
Un segundo régimen extractivista puede ser caracterizado como la fase de “el-capital-en-la-naturaleza”. Esta modalidad de extractivismo se refiere a las formas convencionales de extractivismo y corresponde a una formación socioeconómica basada en la explotación extensiva de la naturaleza, centrada en la exportación de materias primas como motor del crecimiento y en la que la explotación extensiva de la naturaleza se erige como principal patrón organizador de sus estructuras económicas, socioterritoriales y de poder (Machado Aráoz, 2015, pág. 21). Este proceso, que empieza con la conquista y colonización, y abarca la transición del feudalismo al capitalismo, se erige en el centro de articulación y estructuración de las sociedades latinoamericanas, continúa hasta nuestros días.
Nos recuerda Polanyi que esta transición es la que da origen al “mercado” como principio básico de organización de las sociedades. Su creación requirió la transformación de la naturaleza en la tierra, la vida en trabajo y el patrimonio en capital. La conversión de los medios de producción (no únicamente sus productos) en mercancías pasó a ser manejada a través del mercado. En este proceso, la tierra fue abstraída del mundo natural y tratada como una mercancía intercambiable, el trabajo fue abstraído de la vida y tratado como una mercancía para ser valorada e intercambiada de acuerdo a la oferta y la demanda y el capital fue abstraído de su contexto social, no más tratado como un patrimonio colectivo o individual, sino como una fuente intercambiable de ingreso para los individuos.
Polanyi detalló las tensiones inherentes entre la naturaleza y la tendencia ilimitada del crecimiento del capital originadas en el tratamiento de insumos no producidos como mercancías (naturaleza, trabajo y capital) como si estos fuesen mercancías. Debido a que estos insumos son la base misma de la producción de mercancías y circulan como mercancías, aunque nunca pueden ser producidas como verdaderas mercancías, sostiene este autor que se trata de “mercancías ficticias” y si su mercantilización se lleva a cabo sin control esto eventualmente conducirá a su degradación, escasez y en última instancia a su desaparición, y por lo tanto también al colapso de la sociedad de mercado: “Permitir que el mecanismo del mercado sea el único director de los seres humanos y de su entorno natural, independientemente de la cantidad y el poder de compra, resultará en la demolición de la sociedad” (pág. 76).
Un tercer régimen extractivista puede ser entendido como una extensión del fenómeno calificado por O’Connor como la “fase ecológica del capital” (2001) o por Buscher como la intensificación de los “usos no transformativos de la naturaleza” (2013, pág. 21). Bajo este régimen, la naturaleza ya no es vista únicamente como una fuente de materia prima para ser usada en otros procesos productivos, sino como una fuente de valor en sí misma (Escobar, 1999). En esta fase, el valor de la naturaleza es liberado para el capital por medio de nuevas modalidades de explotación y apropiación como son la bioprospección (el conocimiento científico), el ecoturismo, los servicios ambientales y la mitigación del clima, en particular. En este nuevo contexto de explotación de la naturaleza, las relaciones mercantilistas se extienden más allá para producir y asignar un valor abstracto de mercado sobre la base de hipótesis especulativas, categorías y representaciones sobre cómo la naturaleza debería ser o debe transformarse para y por los humanos dentro y fuera de sus entornos locales.
En esta línea de razonamiento, por ejemplo, en el caso de la Amazonia, el primer régimen extractivista correspondería a los pueblos locales que producen en la naturaleza por y para ellos. El segundo tiene que ver con la fase de la explotación petrolera, el monocultivo (palma africana) y la explotación de madera, y el tercero estaría atado a la bioprospección, el ecoturismo, la agroforestería y, en general, la provisión de servicios ambientales. El proceso de ninguna manera es lineal o secuencial: las tres etapas coexisten, pero la confluencia de la ideología de la conservación neoliberal con intereses empresariales promueve un movimiento de la primera y la segunda hacia la tercera, con prácticas de conservación contradictorias bajo las cuales la explotación de materias primas y entornos productores de mercancías se entrelazan con relaciones virtuales especulativas (bioinformación, paisaje, CO₂) que atan su valor a los mercados globales. Lo sorprendente de estas nuevas propuestas es que, después de más cincuenta años de explotación y expoliación, la región Amazónica siga siendo en el imaginario desarrollista nada más que un vasto depósito de recursos y, por lo tanto, una frontera por descubrir.
El “neoextractivismo” y la acumulación del capital
El concepto de la fase ecológica del capital ofrece una guía para entender el verdadero significado de las alternativas al modelo extractivista. Este concepto nos aclara cómo la conjunción de fuerzas ambientales y de mercado surge como visión y práctica en la partición y sujeción de la naturaleza a la valoración económica. La explicación y los rasgos distintivos de una fase ecocapitalista neoextractivista son resumidos a continuación (Villavicencio, 2020).
- Ante todo, este nuevo régimen extractivista debe ser entendido en un contexto más amplio que lo engloba, como es la crisis de acumulación que afecta al sistema capitalista. Los capitalistas, al persistir en su esfuerzo por aumentar su capital (la fuerza productiva de la sociedad) más rápido que lo garantizado por el poder de consumo de la sociedad, llevan al sistema económico a confrontar una insuficiencia de demanda efectiva y, de este modo, las barreras al consumo conducen eventualmente a barreras en la inversión (Foster y McChesney, 2009; Castree, 2010; Harvey D., 2016; Streeck, 2016; Wallerstein, Collins, Mann, Derluguian y Calhoun, 2013; O’Connor, 2001). Esta tendencia a la sobreacumulación, dominante en el capitalismo monopólico, disminuye sus tasas de rentabilidad y da lugar al espectro de una recesión de largo plazo. Ante la imposibilidad de encontrar una salida en la economía real para el creciente excedente, el capital (vía corporaciones o inversionistas individuales) vierte el exceso en la especulación financiera. Sin embargo, las burbujas financieras que se forman no han sido suficientes para contrarrestar la crisis; de ahí la necesidad de buscar nuevos espacios de acumulación del capital, siendo la naturaleza probablemente el último de ellos (Foster y McChesney, 2009, págs. 6-13).
- Lo que es diferente en la actualidad es que ahora nos encontramos en un punto de inflexión en el crecimiento exponencial de la actividad capitalista (Wallerstein, Collins, Mann, Derluguian y Calhoun, 2013; Streeck, 2016). Esto tiene un impacto exponencial sobre los niveles de estrés ambiental como resultado de una intensa presión para mercantilizar, privatizar e incorporar, cada vez más, aspectos del mundo biofísico en los circuitos del capital con la consecuente expansión cancerosa y degradación de la integridad de los ecosistemas (Castree, 2010). Entonces, ante el discurso neoextractivista se pueden entender dos cosas: primero, la importancia para el capital de adoptar un discurso ambientalista como el fundamento legítimo para los grandes negocios ambientales del futuro. Así, él puede dominar los discursos ecológicos, definir la naturaleza en sus propios términos y buscar el manejo de la contradicción capital-naturaleza en su amplio interés de clase. Segundo, mientras mayor es el dominio del capital en las diferentes formaciones sociales que constituyen el mundo del capitalismo, mayores son las reglas de las relaciones metabólicas con la naturaleza que dominan el discurso público y las políticas (Foster, 2000).
- La explotación intensiva de la naturaleza como un nuevo espacio de realización del capital tiene la enorme ventaja de ser presentada como la opción más efectiva para su protección. Así, el proyecto neoliberal de conservación de la naturaleza parte del dogma según el cual la asignación de un valor económico a la naturaleza y su sumisión a los procesos de mercado es la clave para una exitosa conservación. La lógica es relativamente simple: una vez que el valor de un ecosistema particular es puesto al descubierto (por ejemplo, la capacidad de un ecosistema de almacenar carbono, de atraer turistas o como depósito de biodiversidad), el ecosistema adquiere un valor económico ya sea como proveedor de un servicio en el primer caso, como un recurso no consumible en el segundo o como fuente de información en el tercero. Esta transformación de la naturaleza desde una realidad vívida y comprensible a una abstracción mercantil que ofrece oportunidades para lucrativos negocios simboliza el potencial para una futura apropiación. Esta percepción desde el lado del capital repercute a su vez en los grupos conservacionistas, quienes están sometidos a una constante presión por demostrar las ventajas económicas de sus proyectos. De ahí que la relación entre los proyectos de conservación y la realidad del capital como una relación necesariamente benéfica sea dada por sentado. Esta idea adquiere un status casi hegemónico cuando es promovida de manera intensiva y sistemática y consigue la apariencia de ser la única visión factible de cómo perseguir y lograr la protección y conservación del entorno natural.
- En el fondo de todo este proceso se encuentra como fuerza motriz la acumulación por apropiación del surplus ecológico o plusvalía ecológica,
… noción que hace referencia al efecto integral de apropiación y consumo desigual de la naturaleza que se diseña a través de una geografía de la extracción completamente diferente a la geografía del consumo. La una, como reverso y medio de subsidio de la otra (Machado Aráoz, 2015, págs. 28-29).
- Pero no se trata únicamente de un excedente de materia y energía como en el extractivismo de “viejo cuño”. Esta nueva modalidad extractivista añade un componente adicional a la ecuación, aquel de la información. Se pregunta N. Castree: ¿cómo puede la naturaleza ser información cuando pensamos de ella como algo físico y tangible? (2003). Añade este autor que la respuesta está dada por la constante des- y rematerialización, en todo sentido, a la que es sometida la naturaleza, de tal manera que la distinción entre la naturaleza real y sus relaciones artificiales se vuelve no solamente difusa, sino absolutamente frágil (pág. 287). La abstracción de la naturaleza en un espectáculo (ecoturismo) que la convierte en dinero por la contemplación (Igoe, 2013, pág. 38); la “cacería de genes” (Escobar, 1999, pág. 216) que transforma la naturaleza en bites de información para la mercantilización y especulación (bioprospección) o el comercio molecular del CO₂ que reduce los bosques tropicales a sumideros de carbono (Lohmann, 2012) son, en definitiva, la esencia del proyecto de neoliberalización global de la naturaleza que busca transformar las relaciones biofísicas-sociales-culturales en mercancías para ser vendidas o compradas en los mercados.
Esta nueva modalidad del extractivismo no solamente conserva las características del extractivismo convencional, sino que las acentúa. La mercantilización de los recursos naturales no es, por supuesto, un fenómeno nuevo. La transformación de la naturaleza en “mercancías ficticias” (Polanyi, 2001 [1944]) ha tenido lugar a lo largo de la colonización de nuevos espacios, pueblos y procesos de acumulación capitalista (Harvey, 2005). Lo que es un fenómeno relativamente reciente es el amplio esfuerzo de la industria capitalista para internalizar los recursos naturales como un componente integral de la producción bajo el discurso de un manejo sustentable de los recursos en el largo plazo. Ya no se trata simplemente de externalizar los costos ambientales (y sociales) en el interés de una ganancia a corto plazo. Se trata de encontrar formas más eficientes de explotación de la naturaleza bajo la apariencia de un desarrollo ecológicamente sostenible que requiere únicamente ajustes menores en la articulación conservación-mercado (Fletcher, Dressler y Buscher, 2014; Brockington, Duffy e Igoe, 2008).
En resumen, al igual que el extractivismo de “viejo cuño”, el neoextractivismo
… profundiza la separación entre las metrópolis y sus satélites; establece el centro y sus periferias; delinea la geografía de la extracción como geografía subordinada, dependiente, proveedora, estructurada por y para el abastecimiento de la geografía del centro, la del consumo y la acumulación (Machado Aráoz, 2015, pág. 15).
Lo que cambia es la dinámica primaria de acumulación del capital, que pasa “de la acumulación y crecimiento con base en una realidad externa a la conservación y autogestión de un sistema de naturaleza cerrada sobre sí misma” (O’Connor, 2001). Este nuevo proceso de capitalización de la naturaleza –más profundo que el precedente– es efectuado a nivel de la representación: aspectos que antes no estaban capitalizados ahora se convertirán en internos al capital a través del fenómeno que Escobar denomina la “conquista semiótica del territorio” (1999, pág. 88); es decir, el hecho de que todo –hasta los genes mismos– caen bajo la dictadura del código de la producción, de la visión económica y de la ley del valor.
Concluimos señalando que pareceríamos seguir condenados a continuar con las trayectorias económicas cíclicas que han jalonado la historia del Ecuador y que han estado marcadas por la aparición casi milagrosa de un producto (el cacao, el banano, el petróleo) y ahora la explotación intensiva de la naturaleza. La explotación de nuestra “mayor ventaja comparativa”, la biodiversidad y el paisaje, se presenta ahora como la nueva fórmula salvadora que nos abrirá las puertas hacia un “buen vivir”. De esta manera, una naturaleza prístina, entornos primitivos, culturas exóticas y una megadiversidad biológica, única en el planeta, serían ahora los elementos de una nueva identidad nacional para el consumo externo y explotación de transnacionales; elementos que, “hábilmente manejados” y promocionados, se convertirán en los insumos de una nueva industria que sustituirá al petróleo y se constituirá en el pivote de un nuevo modelo de desarrollo. Pero, y quizá esto resulta lo más sorprendente, además de constituirse en elementos dinamizadores de una nueva economía como ejes de generación de divisas, creación de empleo y espacios de inversión, estas actividades económicas, según sus proponentes, son los mecanismos más apropiados para la protección de la naturaleza.
- Para una amplia discusión sobre el tema, remitimos al lector al texto Neoliberalizando la naturaleza: el capitalismo y la crisis ecológica (Villavicencio, 2020).↵







