El significado de extractivismo
El debate alrededor del extractivismo como un proyecto de desarrollo ha concitado un marcado interés que no deja de multiplicarse en estudios, artículos y comunicaciones. El tema es expuesto en cursos, seminarios, conferencias y talleres; es un tema privilegiado de monografías y tesis de estudiantes y, sin embargo, el extractivismo es objeto de una enorme “inflación textual y discursiva”. El tema ha sido explorado y analizado desde diversos ángulos y, a pesar de la multiplicidad de enfoques e interpretaciones, como acertadamente los señala Burchardt, “estos análisis tienen un aspecto en común: consideran el extractivismo un fantasma”. Añade este autor que
… este concepto tiene grandes vaguedades, tanto desde el punto de vista empírico como desde el metodológico y analítico, por lo que solo permite hasta cierto punto un análisis diferenciado de los efectos del boom de las materias primas en América Latina, y esto impide por hora que se lo pueda definir claramente como modelo de desarrollo (2014, pág. 169).
Al hablar de extractivismo como una modalidad de desarrollo, es necesario empezar por acotar su significado en el marco de una categoría o concepto que nos permita entender y evaluar sus implicaciones políticas, sociales, económicas y ambientales. Siguiendo las ideas de Goertz (2006), sostenemos aquí que el concepto de extractivismo carece de una visión causal, ontológica y realista, las condiciones necesarias para que un concepto pueda ser usado como categoría de análisis o como base de un proyecto político. Según este autor, una manera de pensar acerca de la conceptualización de un objeto, evento o fenómeno es a través de la metáfora enfermedad-síntoma. La teoría ontológica de un objeto, evento o fenómeno idealmente se enfoca en la enfermedad y, solamente de manera secundaria, en los síntomas. Empezamos por notar que la conceptualización del extractivismo reinvierte estas prioridades.
Quizá el concepto de extractivismo más citado en la literatura, en particular en la literatura local y andina, y que es tomado como punto de partida para análisis y estudios, es aquel propuesto por Gudynas. Según este autor,
Se define extractivismo en un sentido preciso y acotado: extracción de grandes volúmenes de recursos, que en su mayor parte son exportados, sin procesar o con un procesamiento limitado. Bajo esta definición, el extractivismo incluye los sectores de explotación minera y petrolera, algunos monocultivos de exportación y varios rubros tradicionales como el banano, la caña de azúcar o los camarones (2013, pág. 190).
De acuerdo a esta definición, el extractivismo es caracterizado de manera multidimensional como la presencia simultánea de tres fenómenos: uno físico, la remoción de grandes volúmenes de material, y los otros dos de carácter económico: por un lado, la exportación de recursos, y por otro, la ausencia (o escaso) nivel de procesamiento. A continuación, señalamos algunas limitaciones de esta definición.
En primer lugar, la dimensión física de la definición se inscribe en la corriente de la economía ecológica de contabilidad o análisis del flujo de materiales, que responde a la preocupación por cuantificar el conjunto de materiales procedentes de la naturaleza que los humanos extraen o remueven y que mantienen el llamado “metabolismo social” o económico (Martínez-Alier y Roca Jusmet, 2000). Sin embargo, al asumir que todo uso de materiales causa potencialmente impactos ambientales negativos, la definición en cuestión cae en una visión esencialista al no hacer referencia al tipo de materiales y a la manera como son extraídos y los residuos vertidos. Así, por ejemplo, la caracterización del extractivismo como una actividad que moviliza “grandes volúmenes de recursos” no hace referencia a una proporcionalidad clara entre el volumen de materiales removidos e impactos ambientales. El término “grandes volúmenes” es uno sin referencia concreta, lo que hace suponer que algunas modalidades de extracción, como la explotación de petróleo mediante el uso de la tecnología de perforación direccionada o la minería subterránea, que en ambos casos desplazan volúmenes de materiales significativamente menores que otras tecnologías convencionales, no entrarían en esta categoría. Por otra parte, si lo que nos interesa es el aspecto del agotamiento de recursos, también es obvio que el volumen de materiales utilizados es, en el mejor de los casos, “un indicador interesante, pero muy burdo”, ya que se trata de un agregado que suma materiales renovables y no renovables: renovables utilizados de forma sostenible o insostenible, no renovables abundantes o escasos. En definitiva, el volumen de materiales removidos en una actividad extractivista no nos dice nada acerca de los impactos ambientales, tampoco acerca del agotamiento de los recursos y, lo que es más relevante, no tiene nada que ver con el fenómeno que pretende englobar: aquel del modo de acumulación económica de una sociedad.
En segundo lugar, la definición no provee ninguna referencia que asocie el fenómeno del extractivismo a una realidad concreta que permita caracterizar un país como una economía extractiva. De ahí que el término extractivismo sea usado indistintamente para referirse ya sea a la abundancia de recursos en un país o a la dependencia de su economía de la explotación de recursos naturales. El problema no es únicamente semántico, sino que la confusión puede dar lugar a interpretaciones distintas y opuestas de una realidad (Lederman y Maloney, 2007a). Es importante aclarar que abundancia de recursos naturales y dependencia de los recursos naturales son dos realidades diferentes. Abundancia se refiere al stock de recursos naturales que posee un país, mientras que dependencia se refiere a un flujo de recursos naturales que genera una renta. Un país puede ser abundante en recursos (los Estados Unidos, por ejemplo) pero no dependiente (Oskarsson y Ottosen, 2010, pág. 1069). Evidentemente, el tema que nos ocupa tiene que ver con la dependencia de la economía de un país de la exportación de sus recursos naturales.
Una tercera observación a la definición de extractivismo tiene que ver con la mezcla de dos realidades sociales, económicas y políticas distintas bajo una misma categoría. La dinámica de la explotación y exportación de recursos mineros y energéticos es diferente de aquella de la producción agrícola, y la diferencia tiene que ver básicamente con la apropiación y participación de las rentas generadas bajo cada una de estas actividades. En el primer caso, las rentas son apropiadas directamente por el Estado; en el segundo, estas tienen que negociarse entre el Estado y los productores. Estas dos realidades tienen profundas repercusiones en la política, en la distribución de poder en el interior de los países (Coronil, 2011).
Los recursos naturales
Las puntualizaciones anteriores evidencian que el término extractivismo como expresión de un modelo de desarrollo sufre de una notable inflación teórica. La misma definición, las tipologías de extractivismo y sus características, lejos de ofrecer un cuerpo articulado de ideas e instrumentos conceptuales que puedan sustentar un proyecto político viable, se reducen a planteamientos difusos que abordan la realidad con una terminología que se diluye en propuestas con escaso contenido para un análisis del modelo actual de acumulación. Se torna indispensable empezar por destacar algunos rasgos relevantes del significado de un régimen extractivista; el alcance e implicaciones del extractivismo como un núcleo de actividades sociales y económicas alrededor de las cuales sería posible articular una alternativa coherente de desarrollo. Aunque estos temas van más allá del objetivo del presente ensayo, consideramos pertinente precisar algunos conceptos.
- Ante todo, se debe partir de la constatación de que no existen recursos naturales en sí, sino recursos cuyo aprovechamiento depende de i) el estado del conocimiento de los elementos que determinan su disponibilidad; ii) el avance de las tecnologías susceptibles de permitir su explotación; y iii) la estructura del sistema de costos y de precios que determinan la explotación y el consumo (Decouflé, 1978).
- La producción de bienes y servicios que requiere cualquier sociedad no puede ocurrir sin alguna forma continua de extracción de recursos del entorno natural. Entonces, no tiene sentido argumentar contra la extracción per se ya que toda actividad económica y la reproducción social no pueden ocurrir sin un proceso extractivo. Los recursos naturales, o más concretamente la materia y la energía, los componentes esenciales de la producción, no pueden ser creados, únicamente transformados, y cada transformación aumenta la entropía, es decir, la disipación de la materia-energía en formas inutilizables por los seres humanos (Georgescu-Roegen, 1971). El problema consiste en concebir maneras en las que una economía extractiva pueda funcionar en un sistema-mundo de intercambios sin destruir los entornos humanos y naturales en los que ocurre.
- La visión de los recursos naturales, ya sea como “maldición” o “bendición”, ignora que el valor fundamental de los recursos minerales y energéticos es inherente a estos recursos en sí y no al trabajo humano incorporado. Es el contenido entrópico de los recursos minerales y energéticos el que crea valor. La diferencia fundamental entre las actividades extractivas y otro tipo de actividades (industrial, agrícola, servicios, etc.), es decir, actividades productivas, consiste en que mientras estas últimas son creadoras de valor por medio del trabajo incorporado, las primeras extraen valor de la naturaleza. El término economías extractivas se refiere entonces a una formación social basada principalmente en la extracción de valor de la naturaleza en oposición a economías productivas que se basan en la apropiación del valor creado por el trabajo. Esta distinción permite dar cuenta y analizar los patrones diferenciados de acumulación económica, relaciones sociales e impactos sobre la naturaleza de estos dos tipos de formaciones sociales; pero, sobre todo, permite explicar estas diferencias sobre la base de las leyes de la termodinámica, que son, en definitiva, las que realmente explican la evolución y el desarrollo (Bunker, 1988).
- La focalización en el trabajo humano como estándar de valor para explicar el intercambio desigual entre regiones geográficas desconoce una asimetría inherente a las economías extractivas: el valor de la naturaleza es apropiado en una región y el valor del trabajo incorporado en otra. Solamente una vez que se reconoce que no únicamente el valor del trabajo sino también el de la naturaleza pueden ser apropiados, es posible considerar los efectos de la explotación del trabajo y de la explotación de los ecosistemas como fenómenos separados pero complementarios que afectan el desarrollo de regiones particulares.
- El análisis de los flujos de recursos entre regiones y de los diferentes usos de estos recursos en las diferentes formaciones sociales provee una explicación más completa del desarrollo desigual que las explicaciones centradas en la tesis del deterioro de los términos de intercambio. La exportación de recursos desde las economías extractivas a las productivas, por la baja entropía de los recursos exportados, induce a una intensificación y aceleración de los procesos sociales en las segundas, aumentando su complejidad, mientras que estos procesos son más difusos y aún tienden a desacelerase en las primeras, creando barreras hacia su diversificación (Bunker, 1988; Templet, 1999; Harvey y Reed, 1997).
- En efecto, la energía y la materia provenientes de las regiones extractivas no fluyen en el interior de sus economías; no aumentan la productividad del trabajo o la complejidad social; no engendran aceleradores en la relación consumo-producción local y no permanecen incorporadas en la infraestructura física y en la compleja organización social. Una desarticulada economía extractiva exportadora no puede generar ni sostener las estructuras costosas y complejas de un Estado moderno o las organizaciones e instituciones que el Estado moderno presupone y de las cuales depende su funcionamiento. Por el contrario, los flujos de recursos hacia las economías productivas articuladas (de Janvry, 1981) permiten un aumento de la sustitución de energía humana por energía no humana; permiten el aumento de escalas, complejidad y coordinación de las actividades humana; estimulan el aumento de la división del trabajo y expanden los campos especializados de información que esto implica. Es posible, entonces, la emergencia de sistemas económicos y sociales más complejos y el desarrollo de medios de innovación tecnológica y administrativa por medio de los cuales las crisis recurrentes de escasez de recursos son superadas. En definitiva, es el contenido entrópico de los recursos el que crea valor, el que permite el aumento de complejidad de los sistemas ecológicos y sociales (Bunker, 1988; Templet, 1999).
La explotación de recursos naturales genera una fuente de ingresos alrededor de los cuales está organizada y depende la economía del país productor. Las rentas generadas por la actividad extractiva son apropiadas por el Estado, que a través de políticas y programas determina finalmente su asignación entre producción y consumo. De ahí que resulta inapropiado incluir en la categoría extractivista a la agricultura, ya sea en la forma de monocultivos o cultivos para la exportación. Las rentas provenientes de la agricultura y las rentas originadas en la minería desempeñan papeles diferentes y tienen implicaciones sociales distintas como elementos de conjuntos específicos de relaciones sociales (Coronil, 2011). Mientras que las tierras agrícolas son de propiedad privada y constituyen la base de las clases terratenientes que se benefician de ellas, los recursos minerales son generalmente controlados por el Estado, y sus rentas contribuyen a su importancia económica y política[1]. Los pactos y negociaciones del Estado con las élites son el factor determinante de las decisiones que se toman sobre el destino de los ingresos provenientes de la extracción de recursos, decisiones que afectan profundamente el margen y las opciones para el desarrollo (Karl, 1997). Al respecto, subraya Coronil que
En el contexto de América Latina, el dominio de las rentas de la agricultura a nivel nacional generalmente va acompañado de una dispersión del poder económico, una economía relativamente diversificada, un sector comercial fuerte y un conflicto estructural entre los exportadores y consumidores alrededor de la distribución de bienes agrícolas ya sea como fuente de divisas o como bienes de consumo doméstico. Al contrario, las rentas minerales tienden a promover la concentración de poder en el Estado, la creación de un sector comercial dependiente y subsidiado y un conflicto estructural sobre la distribución de las rentas colectivas entre ciudadanos con iguales derechos, pero con una influencia desigual sobre el Estado que los distribuye. […]. Mientras destaco la importancia de los recursos naturales, mi argumento se opone a la noción de la “maldición de los recursos” ya que los recursos en sí mismos no significan nada sino únicamente a través de las relaciones sociales que los vuelven significantes (2011, pág. 242).
Las observaciones anteriores son de profunda importancia porque permiten resituar el problema del extractivismo en su verdadera dimensión política y social. Las dos dimensiones económicas que afectan en definitiva las relaciones entre el Estado y la sociedad, especialmente notorias a lo largo de los últimos quince años, están dadas por la manera como el excedente de la nación es producido y como el Estado obtiene las divisas indispensables para el funcionamiento de su economía. Así, mientras la generación del excedente depende de la relación entre el capital, la tierra y el trabajo (una preocupación central de las teorías liberal y marxista), la captura de las divisas depende de la relación entre las economías nacionales e internacionales. Al ser analizados conjuntamente, estos dos factores visibilizan el papel crítico, pero insuficientemente analizado, de las rentas del suelo en las economías “intensivas en naturaleza” o economías basadas en los recursos de América Latina.
El modo extractivista
A lo largo de la presente exposición, nos referimos a las economías en las que predominan actividades extractivas como economías extractivas y al resto como economías productivas. Evidentemente, estas dos actividades, la mayoría de las veces, están presentes de manera simultánea; su proporción varía, por lo que, como se discute más adelante, no es posible establecer una división categórica entre ambas. En este sentido, usaremos el concepto de economías extractivas, países extractivos o sociedades extractivas para referirnos a las conexiones sistémicas entre la apropiación extractiva, las modalidades de acumulación económica y los impactos ecológicos. Estas conexiones tienen que ver con la estructura social, la organización del trabajo, los sistemas de intercambio y propiedad, el papel del Estado, la distribución de la población, el desarrollo de la infraestructura física, las creencias e ideologías que moldean la organización social y el comportamiento de la economía.
La diferencia entre economías extractivas y economías productivas es sustancial para entender y analizar los diferentes patrones de localización, asentamientos humanos, modelos de acumulación económica e impactos ambientales. Entre las características más sobresalientes de las economías extractivas, señalamos las siguientes (Bunker, 1988):
- Las economías extractivas por lo general no pueden beneficiarse de los patrones de continuidad espacial e infraestructura que generalmente emergen y se desarrollan en las economías productivas. Las actividades productivas generalmente se desarrollan en proximidades cercanas unas de otras, de tal manera que ellas pueden compartir costos de infraestructura (transporte, comunicación, energía) (Castells y Hall, 1994). Así, nuevas empresas pueden empezar sin necesidad de asumir los costos totales de la infraestructura que requieren. Por el contrario, las actividades extractivas deben localizarse en las proximidades de los recursos naturales que ellas explotan, generando un problema de dislocación de población (asentamientos humanos, colonización), problema denominado como efecto enclave. Sin embargo, es necesario tener en cuenta la distinción entre enclave geográfico y enclave económico. Evidentemente, la explotación de recursos no renovables, como señalamos anteriormente, implica enclaves geográficos, pero no necesariamente enclaves económicos. Generalmente, existe una confusión entre ambos conceptos, confusión que ha contribuido a alimentar la percepción negativa sobre las actividades extractivas.
- Una diferencia crucial entre producción y extracción consiste en que la dinámica de escala en las economías extractivas funciona de manera inversa a la escala en las economías productivas. Las fuerzas productivas se desarrollan progresivamente en los sistemas productivos porque los costos unitarios de producción tienden a decrecer en la medida que la escala de producción aumenta. En los sistemas extractivos ocurre lo contrario: los costos unitarios tienden a aumentar a medida que aumenta la escala de extracción debido al carácter finito de los recursos. Cuando los sistemas extractivos responden a la creciente demanda externa, ellos tienden a empobrecerse ellos mismos debido al agotamiento de un recurso no renovable o a la explotación de recursos renovables más allá de su capacidad regenerativa. En cualquier caso, los costos unitarios de producción tienden a aumentar con una tendencia a incentivar el desarrollo de materiales o tecnologías sustitutivas (backstop technology). Un ejemplo evidente es el decrecimiento de la tasa de retorno energético (energía extraída/energía invertida en el proceso extractivo), un indicador que afecta negativamente a las economías extractivas.
- El desarrollo económico y social basado en economías extractivas tiende a ser discontinuo no solamente en el espacio sino en el tiempo. En efecto, la combinación de factores que conducen a un eventual empobrecimiento o colapso de economías extractivas en regiones específicas o subregiones, por una parte, y por otra, factores que limitan la posibilidad de compartir con otras actividades las ventajas de concentración de población e infraestructura crean ciclos en los que costosas infraestructuras y asentamientos humanos son periódicamente abandonados o experimentan una severa reducción en su utilidad económica. En los sistemas productivos, el sistema como un todo tiende a ser más estable y continuo.
- En general, los procesos extractivos implican niveles elevados en la composición orgánica del capital, de tal manera que estos procesos inicialmente se traducen en rápidos aumentos del ingreso. Este fenómeno puede ser seguido de un igualmente rápido colapso cuando el agotamiento de los recursos fácilmente accesibles requiere insumos adicionales de capital sin aumentos correspondientes del volumen de extracción, o cuando los precios en el mercado mundial disminuyen.
- En contraste con las economías productivas articuladas (o desarrolladas), la energía y la materia provenientes de las regiones extractivas, como se señaló anteriormente, no fluyen hacia el interior de estas economías; no aumentan la productividad del trabajo o la complejidad social; no engendran aceleradores en la relación consumo-producción local y no permanecen incorporadas en la infraestructura física y en la compleja organización social. Una desarticulada economía extractiva exportadora no puede generar ni sostener las estructuras costosas y complejas de un Estado moderno o las organizaciones e instituciones que el Estado moderno presupone y de las cuales depende su funcionamiento.
- Los flujos de ingresos o rentas generados por las actividades extractivas, ya sea a través de regalías, impuestos, pagos de concesiones y otros mecanismos, son generalmente apropiados y distribuidos por el Estado. Esta característica es de suma importancia porque, como se señaló anteriormente, el control gubernamental de las rentas permite aprehender las dimensiones sociales y políticas de los regímenes extractivistas. Las “patologías” del extractivismo, ya mencionadas y analizadas en detalle en la primera parte de este trabajo, tienen precisamente su origen en las modalidades de asignación y gasto de las rentas.
- Por último, es importante tener en cuenta que los recursos naturales se sitúan en el centro de dos procesos relacionales complementarios de inclusión y explotación (Arrighi, 1990). Este último se refiere al hecho de que la pobreza absoluta o relativa de los Estados periféricos y semiperiféricos induce continuamente a estos países a participar en la división internacional del trabajo por recompensas que dejan el grueso de los beneficios a los países del núcleo. Por el contrario, el proceso de exclusión se refiere al hecho de que la riqueza de los países del núcleo los provee de los medios necesarios para excluir o desplazar a los países de la periferia de los beneficios de los recursos que son escasos.
Economías extractivas y rentas
El término renta es comúnmente usado para referirse (no siempre de manera precisa) a ingresos que en cierto sentido están por encima de lo normal. Una definición más útil se refiere a rentas como un ingreso que es superior al mínimo que los individuos o empresas estarían dispuestos a aceptar en un mercado competitivo (Kahn y Komo, 2000). En el caso de los recursos naturales no renovables, los precios de mercado son muy superiores a los costos de producción, por lo que la diferencia, la renta, se justifica por el carácter finito del recurso: se trata en el fondo de una renta de escasez. A estas rentas se pueden sumar otras, como las rentas tecnológicas (eficiencia), rentas de posición (geográficas) o rentas por la calidad del recurso (Percebois, 1989).
Auty (2001, pág. 6) introduce la noción de dos tipos de rentas: las “rentas puntuales” (point rents), que se refieren a las rentas que emanan de recursos puntuales (point resources), como la minería, el petróleo y el gas, y las “rentas difusas”, que tienen su origen en actividades no concentradas, como las que tienen lugar en el uso de la tierra bajo un régimen de pequeñas plantaciones, por ejemplo. Las primeras están asociadas con bienes primarios (staples) que son relativamente intensivos en capital y, por consiguiente, de propiedad concentrada. Por el contrario, “cuando los productos primarios enfrentan barreras de entrada más modestas a la inversión, como el arroz, maíz, café, cacao, las rentas son ampliamente dispersas en la población”. De acuerdo a esta categorización, las rentas puntuales no solamente incluyen la minería y la energía, sino aquellas grandes plantaciones donde los productos requieren procesamiento inmediato como la caña de azúcar.
La distinción entre rentas puntuales y rentas difusas constituye un primer elemento para acotar el significado y alcance del concepto de economías extractivas. Sin embargo, la posibilidad de incluir entre las rentas puntuales a algunas rentas provenientes de la agricultura (grandes plantaciones), además de diluir la distinción entre economías extractivas y economías productivas, ignora el hecho fundamental de que las rentas provenientes de la agricultura y las rentas provenientes de la explotación de recursos minerales desempeñan papeles diferentes y tienen implicaciones sociales distintas como elementos de conjuntos específicos de relaciones sociales.
F. Coronil distingue dos categorías de rentas (2011). En primer término, las rentas que tienen su origen en las actividades agrícolas, caracterizadas por una relativa dispersión del poder económico y que dan lugar a un conflicto estructural entre los grupos exportadores y el Estado por la apropiación o participación en las rentas de exportación como fuente de divisas. Las rentas minero-energéticas, por el contrario, tienden a promover la concentración del poder en el Estado y el conflicto estructural se da entre el Estado y los grupos ciudadanos, con iguales derechos, pero una influencia desigual en la distribución de las rentas. Esta distinción se revela como un elemento de primera importancia para la comprensión de las dinámicas sociales y políticas de las economías extractivas.
En un lúcido análisis sobre la evolución política de los países sudamericanos a lo largo del período del boom de los commodities, Coronil señala cómo el tipo de rentas en el período del boom de los recursos incidió o moldeó la política de estos países (2011). Así, aquellos países en los que las rentas agrícolas ocupan un papel central en la economía se forjaron alianzas entre clases y grupos de interés y se negociaron las políticas de distribución de las rentas entre el Estado y los agentes económicos. En este caso, los gobiernos enfatizaron en mecanismos democráticos formales, procurando establecer amplias alianzas y restaron importancia a las nociones de “revolución y socialismo” y más bien proyectaron principios socialistas en un futuro distante. Claros ejemplos pertenecientes a esta categoría son la Argentina, Brasil, Chile y Uruguay, países que en tiempos recientes experimentaron regímenes dictatoriales y una severa represión política. En un segundo grupo de países (Bolivia, el Ecuador y Venezuela), las rentas mineras ocuparon un lugar central en sus economías, favoreciendo una concentración de poder en el Estado y dando lugar a estilos políticos autoritarios y radicales que intensificaron los conflictos entre clases y regiones. Son países que han experimentado períodos de agitación e inestabilidad social y la insurgencia de grupos de poblaciones indígenas o sectores populares excluidos y los gobiernos han estado enfocados en promover cambios constitucionales básicos en el marco de estrategias más bien de confrontación bajo un discurso cargado de un léxico de revolución y socialismo.
Esta dualidad refleja las dos condiciones fundamentales que determinan las relaciones entre el Estado y la sociedad: cómo se produce el excedente económico o rentas y cómo estas son distribuidas. Mientras que la generación del excedente depende de la relación entre el capital, el trabajo y la naturaleza, la captación de las divisas depende de las relaciones entre las economías nacionales e internacionales. El análisis conjunto de estos dos factores visibiliza el papel crítico, pero insuficientemente reconocido, de las rentas provenientes de los recursos naturales en América Latina.
En resumen, de las observaciones anteriores podemos concluir que las economías extractivas se caracterizan por: i) la explotación y exportación de recursos mineros y energéticos no renovables que son el origen de rentas significativas; ii) las rentas son propiedad del Estado y, en principio, su uso y distribución son materia de negociación entre el Estado y la sociedad; iii) las rentas tiene un peso muy importante en la economía por el nivel de actividad de la explotación; la participación de la exportación en el total de las exportaciones y como una fuente importante de financiamiento del gasto público.
- Señala Collier que el impacto económico y político de la renta de un millón de dólares provenientes de exportaciones de petróleo es mucho mayor que la renta generada por las exportaciones de un millón de dólares de café (2007, p. 43).↵







