Un extensivo cuerpo de literatura sobre el ciclo de bonanza que vivieron los países de América Latina, en particular las economías dependientes de la exportación de recursos mineros y energéticos, se ha enfocado en destacar los logros alcanzados en su desempeño económico y social, así como en acentuar el discurso progresista y antineoliberal que caracterizó a algunos gobiernos en la administración de sus recursos naturales. Menor importancia se ha dado a estudiar cómo la extracción y exportación de recursos naturales afectó la dinámica interna y el potencial de un crecimiento, quizá menos espectacular en ciertos casos, pero más duradero. El análisis de la manera como los países hicieron uso de las rentas y su distribución, como algunos países privilegiaron ciertas políticas y otros no, requiere trascender dicotomías simplificadoras de tipo conservador-progresista, nacionalismo-neoliberalismo para dar paso a una reflexión y respuesta a la pregunta que se revela fundamental: ¿por qué, en general, los países desaprovecharon la oportunidad que ofreció el boom de los commodities para reestructurar sus economías, diversificarlas, hacerlas más sostenibles y, al mismo tiempo, introducir reformas estructurales en la distribución del ingreso?
Las respuestas a esta pregunta adquieren relevancia y urgencia porque los países de América Latina han entrado en un nuevo ciclo político y de acumulación económica. El fin de la llamada década dorada (Ocampo, Bastian y Reis, 2018) ha provocado un clima de desencanto e incertidumbre que abre nuevos interrogantes sobre trayectorias posibles de cambio y progreso. No se trata simplemente de una nueva crisis, de aquellas recurrentes que periódicamente afectan a la región y que una vez resueltas (un aumento de los precios de los recursos naturales en este caso) permitirían regresar a un estado normal de las cosas. La idea de crisis como una situación que nos aleja momentáneamente de una situación de equilibrio no tiene cabida. Tampoco se trata de una inflexión de tendencias, sino más bien de un momento de bifurcación. La ruptura, quizá la de mayor peso en el futuro inmediato, es de carácter político y cuya expresión es la desconfianza generalizada en las instituciones y los sistemas de representación (las protestas en Chile, Colombia y el Ecuador son una manifestación evidente). Pero esta desconfianza no es sino la respuesta inmediata a la fragilidad de las políticas implementadas. Los gobiernos y la sociedad (empresarios, partidos políticos, organizaciones gremiales) se revelaron incapaces de idear políticas y reformas estructurales requeridas para una transición hacia economías menos dependientes, más diversificadas y sustentables.
Estas observaciones nos llevan a la necesidad de profundizar el análisis de los cambios ocurridos, a abrir un espacio interpretativo sustentado en categorías menos subjetivas y a sacar lecciones de las experiencias positivas y negativas con el fin de plantear opciones de respuestas en el corto y mediano plazo, más aún teniendo en cuenta que los recursos naturales continuarán siendo por algún tiempo el factor dinamizador de las economías. Los capítulos de la presente sección apuntan en esta dirección. Para ello, nos parece necesaria una aclaración y reinterpretación del significado y alcance de las políticas y estrategias que adoptaron los países dependientes de la exportación de recursos naturales en respuesta a las circunstancias excepcionales que rodearon su realidad social y económica.







