Introducción
En este segundo capítulo, analizaremos los usos y significados del populismo en el diario Página/12. En el primer apartado, veremos cómo hacia fines de la década del 90 el término fue utilizado predominantemente a partir de lo que llamamos “racionalidad política”. En este sentido, los periodistas y los intelectuales que participaban en el diario utilizaron el populismo como un concepto evaluativo negativo para descalificar a Carlos Menem y a Eduardo Duhalde, quienes por entonces eran las dos figuras principales del peronismo.
En el segundo escenario, se utilizará el populismo de dos maneras. En primer lugar, y en continuidad con la racionalidad política anterior, funcionará como un concepto explicativo de la crisis desatada durante las jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001. En este sentido, se responsabilizará al populismo por lo que se entendía era una crisis de representación de los partidos políticos tradicionales. Pero, además, asistiremos en el diario a la aparición de una racionalidad económica en el uso del término por el cual se lo identificará con el cambio de modelo de acumulación que comenzará a llevar adelante Duhalde desde el comienzo de su presidencia.
Finalmente, durante el enfrentamiento del gobierno de Cristina Fernández de Kirchner con el sector del “campo”, el término sufrirá una modificación no solo en su significado, sino también en los valores políticos que se movilizarán a través de él. Se producirá en este momento un cambio sustancial que llevará a que el concepto se relacione con valores políticos y sociales como el de “democratización” o “inclusión”, que hasta entonces estaban ausentes.
Menemismo y liderazgos autoritarios
Como hemos señalado al comienzo de nuestro trabajo, la reaparición en el campo de las ciencias sociales del debate en torno al populismo durante la década del 90 tuvo que ver con la emergencia de fuertes liderazgos políticos en Latinoamérica. Como ejemplos más importantes de estos, podríamos señalar los casos Carlos Menem[1] en la Argentina, Alberto Fujimori en Perú, Carlos Salinas de Gortari en México y Collor de Mello en Brasil. Más allá de las diferencias entre estos países y las características particulares de dichos liderazgos, existía cierto consenso entre los cientistas sociales respecto a que su aparición podía explicarse a partir del desencanto que la ciudadanía estaba experimentando con –según la célebre frase de Norberto Bobbio– las “promesas incumplidas” de la democracia. En este sentido, el agotamiento de las capacidades estatales y el deterioro en las condiciones de vida de estas sociedades habían corroído la confianza en las instituciones del régimen político democrático. Dicho cuadro de situación lo sintetizaba muy bien, por entonces, el sociólogo ecuatoriano Burbano de Lara (1998):
La razón por la cual los nuevos liderazgos han revivido el debate sobre el populismo es por la relevancia que muestra el ‘líder’ –imprecisamente definido– en los procesos abiertos por ellos. Se trata de una forma de liderazgo muy personalizada que emerge de la crisis institucional de la democracia y del Estado, de un agotamiento de las identidades conectadas con determinados regímenes de partidos y ciertos movimientos sociales, de un desencanto general frente a la política, y del empobrecimiento generalizado tras la crisis de la “década perdida” (p. 10).
Como vemos, el populismo reaparecía como un concepto vinculado a la idea de los liderazgos personalistas surgidos en la región. Este fuerte sentido crítico que se le daba estaba en línea con lo que podía observarse en Página/12 hacia finales de los 90, donde figuras del campo intelectual que escribían habitualmente en el diario lo utilizaban para caracterizar la figura de Menem. En este sentido, uno de los hechos más importantes que se darán en este momento tendrá que ver con el intento de Menem de acceder a un tercer mandato presidencial a contramano de lo establecido en la Constitución Nacional. La “década perdida” había generado las condiciones de posibilidad para la aparición de figuras políticas de carácter “salvífico” que no respetaban las instituciones:
El líder populista se maneja al margen o en contra de las reglas del juego democrático. El líder populista se considera la directa encarnación de la voluntad popular, vale por sí mismo y no por ser parte de algún estamento político integrado a la dinámica constitucional. El líder populista se maneja desde la autoridad y la soberbia: el pueblo lo ha elegido, y eso no sólo lo transforma en su representante, sino también en su misma alma, en su voluntad. El pueblo le pertenece y él lo encarna, de aquí que se sienta autorizado a actuar por sobre las leyes institucionales, que devienen basura arcaica, escoria débil del pasado, ya que la voluntad fuerte del pueblo, ahora, se ha encarnado en algo más elevado, puro, verdadero y representativo: él, el líder populista (José Pablo Feinmann, Página/12, 14/12/98).
Lo que Carlos Menem cree que aportará su re-reelección: sólo él en la presidencia puede sostener el país de la Convertibilidad, de la confianza del establishment y la banca extranjera. De aquí que anduviera yo diciendo que el proyecto oficialista de la re-re (que es, ante todo, el proyecto de Carlos Menem) era un proyecto cesarista […] el jefe cesarista está en la más dramática encrucijada de su vida: necesita ser re-reelecto, necesita votos, debe, para salvar su pellejo y el de los suyos, ser populista. Ser populista para durar (José Pablo Feinmann, Página/12, 04/04/98).
En virtud del sentido negativo con el que había reaparecido el populismo como objeto de debate, el filósofo y escritor José Pablo Feinmann –habitual columnista del diario– podía utilizarlo para calificar a Menem de dos maneras. En primer lugar, para hacer referencia a su intención re-reeleccionista, lo que creaba la imagen de un líder político con poco de apego a las normas constitucionales. Pero, además –y aquí se produce un fenómeno interesante ya que esta forma de proceder de Feinmann no se diferenciaba de lo que habíamos visto en el caso del diario La Nación–, se relacionaba el concepto de “populismo” con otro término del vocabulario político que también tenía un sentido peyorativo. Nos referimos al de “cesarismo”, que en el lenguaje académico –al igual que el de “bonapartismo”– era utilizado para definir a los liderazgos que tendían a la concentración y la personalización del poder[2]. A través de esta caracterización, se reforzaba la idea de que el “estilo político” que mostraba el presidente tenía un claro tinte autoritario. En relación a esto último, debemos recordar la discusión que tenía lugar por aquellos años en el campo académico en torno a la cuestión del hiperpresidencialismo, lo cual abonaba la idea de que los líderes populistas –como el de Menem– se caracterizaban por situarse por sobre las reglas de juego de las democracias liberales (Bosoer, 2003).
Pero, además, dichos liderazgos tampoco ocultaban –tal como señalaba Feinmann– lo que se podría denominar una “vocación unanimista” a través de la cual pretendían encarnar al pueblo como una totalidad indivisa y homogénea. En este sentido, Menem aparecía como un político que pretendía personificar dicha voluntad popular que lo “impulsaba” a continuar en el poder entrando en una clara contradicción con la idea de pluralismo político[3].
A partir de este entramado de significados con los cuales cargaba el concepto de “populismo”, aquellos intelectuales más cercanos a las posiciones ideológicas de izquierda o centroizquierda podían plantear una oposición conceptual entre dicho término y la democracia, entendida esta última en un sentido liberal-representativo, el cual aparecía como el dominante por entonces.
La campaña presidencial de 1999: populismo y demagogia
Hasta aquí hemos visto cómo el populismo fue un término que se utilizó en Página/12 como una etiqueta condenatoria respecto de la figura de Carlos Menem. Pero, tal como hemos señalado más arriba, no fue este el único actor del campo político adjetivado de ese modo. También Eduardo Duhalde, quien por entonces era gobernador de la provincia de Buenos Aires, será señalado como un líder populista. Hablando más específicamente, durante la campaña presidencial de 1999 el término fue utilizado por los periodistas e intelectuales del diario para posicionarse críticamente en relación con la figura del candidato peronista.
Tal como lo hemos señalado en el primer capítulo, las dos fuerzas políticas con posibilidades de ganar la elección eran la Alianza y el Partido Justicialista. El discurso de campaña de la Alianza se sostenía sobre la base de tres elementos principales que marcaban sus diferencias con el menemismo. En primer lugar, el cuestionamiento de la “farandulización” (Corral, 2007) a la que había conducido la “cultura política menemista”. En segundo lugar, al estilo de liderazgo del presidente caracterizado como autoritario, sobre todo, a partir del uso que hará Menem de los DNU (decretos de necesidad y urgencia). Y, por último, la crítica a los casos de corrupción de su gobierno que habían ganado espacio público durante toda la década del 90.
Como podemos ver, si desde el plano político eran varias las críticas que se le hacían a la figura de Menem, desde el punto de vista económico los dirigentes principales de esta fuerza política habían manifestado su intención de continuar con los principios fundamentales de la política económica[4]. En reiteradas oportunidades –ya sean declaraciones a la prensa o en entrevistas en la televisión–, los integrantes de la fórmula presidencial Fernando de la Rúa y Carlos “Chacho” Álvarez habían rechazado cualquier intento de salirse de la convertibilidad o de modificar los lineamientos principales del modelo económico neoliberal (Portantiero, 2001, p. 84). En este sentido, la propuesta económica que sostendrá la Alianza durante la campaña presidencial no difería demasiado del modelo que el tándem Menem-Cavallo habían cimentado hacía casi una década[5]. Esta conformidad con las políticas económicas que se venían aplicando motivará las críticas de muchos de los periodistas principales del diario, quienes habían cuestionado las políticas neoliberales que se habían implementado durante el menemismo[6]. Esta situación la sintetizan muy bien Dikenstein y Gené (2014) al evaluar cuál fue el comportamiento posterior a las elecciones presidenciales que tuvo la Alianza:
Luego de un largo trayecto, la Alianza salió victoriosa en las elecciones nacionales de 1999, con un programa que aseguraba la continuidad de los principios básicos del modelo económico vigente (convertibilidad, privatizaciones, apertura y equilibrio fiscal), pero prometía impulsar las correcciones necesarias) […] lo que estaba claro era que la convertibilidad, el principal pilar del modelo económico, constituía un dispositivo intocable. Así se procuraba enviar señales tranquilizadoras tanto al establishment como a la opinión pública, en un intento de disipar los temores de que se repitiera una crisis de gobernabilidad similar a la de 1989 (p. 43).
Ahora bien, a pesar del cuestionamiento que podía leerse en la línea editorial del diario en relación con la propuesta económica de la Alianza, esto no iba a implicar un posicionamiento en favor de Eduardo Duhalde. Si, tal como hemos afirmado en el primer capítulo, este último se había mostrado crítico del modelo económico durante toda la campaña[7], su figura aparecía para los periodistas de Página/12 y los intelectuales que participaban en el diario como una de las responsables de la grave situación económico-social por la que estaba atravesando el país y de la cual no iba a poder despegarse fácilmente[8]. Precisamente, respecto de esto último radicará el uso condenatorio del concepto de “populismo”: se lo utilizará para caracterizar lo que se consideraba un “transformismo” discursivo que estaba llevando adelante el entonces candidato a presidente del Justicialismo:
[Los representantes de la Alianza] cuentan con la colaboración del inmovilismo opositor, que a su vez les permite correrse a la izquierda sin moverse del lugar. Es tal la preocupación de la Alianza por no enojar al poder económico, que el flanco de la esperanza queda libre para cualquier vocinglería populista [en relación a la figura de Duhalde] (Eduardo Aliverti, Página/12, 02/07/1999).
El mecanismo de Duhalde es seducir desde Perón. Luego gobernará con el neoliberalismo de Menem y le adosará más dureza en el encuadre autoritario, apelando a la seguridad como justificación […]. Cuando el seductor deje de seducir, cuando el electorado se someta a sus encantos y a sus palabras convocantes, veremos su verdadero rostro: un populismo autoritario, meramente asistencialista y sólo eso. Los días felices seguirán atrás, en ese lejano, idílico pasado al que una y otra vez apelan los políticos peronistas para seducir. O sea, para ganar elecciones (José Pablo Feinmann, Página/12, 10/05/99).
Según los análisis que se hacían en el diario, la única semejanza que se podía encontrar entre Duhalde y Perón era a nivel del “discurso”, ya que las políticas económicas que habían implementado cada uno de ellos cuando estuvieron en el poder habían sido radicalmente distintas entre sí. El concepto de “populismo” se movilizaba con un nuevo sentido y terminaba siendo utilizado para referirse a liderazgos “demagógicos” que, en el caso de nuestro país y en pos de ampliar su base de sustentación electoral, echaban mano de la retórica peronista clásica[9]. Desde este punto de vista, según los análisis políticos que se hacían en Página/12, se estaba viviendo una situación similar a lo que había sucedido durante la campaña presidencial de 1989, un intento de engaño que se repetía y que era denunciado en las páginas del diario a través del concepto de “populismo”.
La “crisis de 2001” y los nuevos sentidos del populismo
Hemos dicho en la introducción que la crisis del modelo de acumulación neoliberal ocurrida a finales del año 2001 marcó un punto de inflexión en la historia argentina reciente. Como se ha señalado, las secuelas de esta en el plano social, político y económico llegarían hasta el presente (Schuster, 2013; Varesi, 2014). Fue una “crisis de hegemonía” que se transformó en “orgánica”, que trajo como consecuencia la horadación de los supuestos básicos que hasta entonces organizaban la vida en común de la sociedad argentina (Pucciarelli, 2014).
En esta segunda parte, veremos cómo el concepto de “populismo” estará vinculado a los aspectos políticos y económicos implicados en el nuevo ciclo que se abría a partir de las jornadas del 19 y 20 de diciembre. En primer lugar, el populismo será utilizado por algunos columnistas de Página/12 para identificar a los principales partidos políticos, esto es, al peronismo y al radicalismo, como los responsables de la crisis. Pero, además, funcionará como un concepto que se opondrá a un modelo de democracia alternativo que parecía estar surgiendo a partir de la movilización popular que caracterizó a todo ese período. Por otro –y ahora en un sentido económico–, el populismo será un término que utilizarán los periodistas del diario para hacer referencia a la nueva orientación económica que implementará el gobierno de Duhalde a partir de la sanción de la Ley de Emergencia Pública y Reforma del Régimen Cambiario.
La partidocracia populista y “revitalización” de la democracia
Para comenzar el análisis del sentido político con el cual se utilizó el concepto de “populismo” durante esta coyuntura, debemos señalar un hecho importante. Si, como hemos visto, en el escenario político de finales de los 90 el término había funcionado como una etiqueta condenatoria para descalificar a las figuras más importantes del peronismo – esto es, Menem y Duhalde–, en este contexto ampliará su referencia y abarcará también al radicalismo[10]. En este sentido, será utilizado por los columnistas del diario que provenían del campo intelectual para señalar y responsabilizar de la debacle socioeconómica del país al conjunto de los partidos políticos tradicionales. De esta manera, aprovechaban la oportunidad para realizar una crítica al funcionamiento del sistema político en su conjunto[11]:
Ahora tenemos un gobierno aceptado por los dos populismos. Gobiernan los que el pueblo no quiere, los representantes del poder político destruido y saqueado. Nadie representa a nadie. En eso nos hace acordar a la Década Infame […]. Ahora es el resto final de los populismos que tratan de conformar y recomponer algo con sus clientelas. Pero la población no les cree ni los quiere […]. No podemos creer en la solución que nos quiere dar ahora un populismo totalmente en decadencia con la aquiescencia del otro populismo. El pueblo debe prepararse y ser protagonista en un gran cambio democrático. Debe formar nuevas fuerzas que no fueron corrompidas jamás en el ejercicio del gobierno y preparar organizaciones nacidas de la honradez y la vocación de servir a toda la comunidad (Osvaldo Bayer, Página/12, 28/01/2002).
Ya basta de populismos […]. Si nos creemos democráticos y tenemos fe que los días de diciembre fueron el principio de una nación en serio, debemos hacer desaparecer también toda la maraña de las mafias familiares y de intereses en el populismo que resta y que va a tratar ahora de tomar todos los timones. Para eso, las agrupaciones que con su presencia y su actitud fueron capaces de lograr esta quiebra de una política de cada vez más hambre, desocupación y miseria, tienen que seguir sintiéndose protagonistas en la vida del país, seguir en asamblea permanente y dar todo el poder a las asambleas, cuyos delegados llevarán y traerán los conceptos y las ideas de los otros grupos del pueblo (Osvaldo Bayer, Página/12, 23/12/2001).
En gran medida, esta lectura que hacía Osvaldo Bayer estaba en consonancia con el “clima de época” reinante por entonces, cuando parte de la intelectualidad de izquierda mostraba una cuota importante de entusiasmo de cara al futuro a partir del escenario de crisis orgánica que estaba teniendo lugar. Las manifestaciones y las asambleas que caracterizaron a esas jornadas fueron interpretadas por dichos intelectuales como elementos que recreaban el ideal de una ciudadanía activamente involucrada en los asuntos políticos y como una herramienta política necesaria para la construcción de una sociedad diferente. Según esta lectura, la magnitud de la crisis y la puesta en cuestión del orden vigente habían generado la posibilidad para que la propia sociedad instituyese un régimen político alternativo. El reclamo popular de “Que se vayan todos” se presentaba, a la vez, como una oportunidad para que los ciudadanos estableciesen un nuevo orden basado en lazos políticos horizontales. Dicho orden era identificado como la “verdadera democracia” representada por las asambleas que se estaban desarrollando en varias ciudades del país. Parecía que había llegado el fin de la “ficción democrática” que servía de sostén a los gobiernos populistas y su reemplazo por una forma de democracia directa. Muy cerca de las visiones “participacionistas”, y cuestionando las instituciones de la democracia representativa, estas lecturas celebraban el escenario de movilización que se estaba viviendo por entonces.
Por último, podemos señalar que, al igual que en el primer escenario político analizado, el concepto de “populismo” aparecerá en Página/12 en una relación dicotómica con la democracia. Pero, si hacia finales de los años 90 el significado de esta última se limitaba a su dimensión “representativa” –y la impugnación que se hacía de los “líderes populistas” era en virtud de la adopción de posturas juzgadas como autoritarias y por violentar la institucionalidad–, lo que ahora se impugnaba era un tipo de democracia identificada con el concepto de “populismo”[12]. En contraposición a este modelo de democracia –sea en su vertiente peronista o radical–, aparecía en el horizonte la esperanza de una forma de “democracia directa”.
Tiempo después, la euforia y optimismo que parte de la izquierda tuvo en relación con estas jornadas irá quedando atrás en virtud del proceso de normalización política y económica que encabezará el presidente Duhalde. Sin embargo, algo del fragor de esa movilización popular pervivirá y será capitalizada por el kirchnerismo años después en el proceso de su construcción como fuerza política.
“Hacer de la necesidad virtud”: hacia una revisión de la figura de Eduardo Duhalde
Como hemos adelantado al inicio del capítulo, además de los significados políticos del populismo, nos encontraremos en esta coyuntura con un sentido económico del término. Si para los actores que provenían del campo intelectual el concepto de “populismo” había tenido durante todo este período un sentido negativo, a partir de la racionalidad económica con la que lo utilizarán los periodistas del diario, se producirá una transformación en la evaluación de dicho término y los significados asociados a él. Para comprender este último cambio, es necesario tener presente cuáles eran los modelos económicos que se encontraban en disputa a inicio del año 2002 y también quiénes eran los principales actores políticos y sociales que se enfrentaban.
En primer lugar, hay que señalar la existencia de una fuerte puja entre el por entonces presidente Eduardo Duhalde y algunos sectores del establishment económico. Estos últimos demandaban una salida de la crisis diferente a la que estaba llevando adelante el presidente y su equipo económico[13]. La intención de Duhalde era abandonar la convertibilidad mediante una devaluación que pudiese beneficiar a los sectores ligados al capital productivo-exportador. Dicha devaluación les iba a permitir ganar competitividad al facilitar la introducción de sus productos en el mercado externo. Por el contrario, aquellos grupos económicos vinculados al capital financiero, a las empresas privatizadas y a las grandes firmas extranjeras plantearán una profundización del esquema convertible, es decir, la dolarización de la economía (Castellani y Szkolnik, 2011; Varesi, 2014).
Además, en el plano del discurso, desde el comienzo mismo de su gobierno Duhalde adoptará una retórica contraria al modelo económico anterior[14]. En este sentido, si el modo de acumulación que se querrá dejar atrás había estado timoneado por el capital financiero, el mandatario argentino se preocupará por adoptar públicamente un perfil productivista[15]. De allí que Duhalde va a bregar desde el comienzo mismo de su mandato por la presencia de un Estado que tenga un lugar preponderante en el ordenamiento de los procesos económicos. Y será precisamente para dar cuenta de una nueva “gramática discursiva” del presidente –que remitirá a algunos de los tópicos del imaginario peronista clásico– que los periodistas del diario utilizarán el concepto de “populismo”[16]:
El crecimiento podrá ser planteado como un slogan político, pero sería sorprendente que sobreviniera en este escenario. Se puede aspirar, como mucho, a escabullirse ordenadamente de la convertibilidad. Es la apuesta a la que se jugará Eduardo Duhalde, pero si las cosas le salen mal o franjas de la población se le sublevan, será su instinto político el que le dicte con quién le convendrá agarrárselas. Por de pronto, los bancos y las privatizadas no se sienten a gusto con este Poder Ejecutivo porque, después de la izquierda, lo que más aborrecen es el populismo regulador. Mientras tanto, el Presidente debe de estar muy ocupado con sus propios fantasmas, en primer lugar la clase media y sus latosas cacerolas (Julio Nudler, Página/12, 04/01/2002).
Eduardo Duhalde profundizará el perfil “social” de su gestión. El Presidente no sólo tiene decidido multiplicar los encuentros del denominado gabinete social, sino que también apuesta a una mayor presencia oficial en las zonas postergadas […] Duhalde no reniega de la impronta justicialista, pese a los fantasmas que se echaron a rodar por su marcado “populismo”. De todos modos, el acercamiento a la gente variará en forma y contenido […]. El propio mandatario, en su reciente viaje a Tucumán, también había establecido que la asistencia a los más necesitados sería la prioridad. A las palabras, ahora prometen sumarle gestos, y también hechos (Diego Schurman, Página/12, 07/03/2002).
En reiterados discursos el presidente hará mención del hecho de que para superar la crisis y alcanzar un verdadero desarrollo social era necesario que el país se encaminase hacia una “comunidad productiva”, donde cada uno de los sectores sociales pusiesen el “interés nacional” por sobre los particulares. Esto implicaba, como hemos dicho, un cambio en la relación entre el Estado, el mercado y las políticas sociales llevadas adelante. En este sentido, plantear como hacía el presidente la necesidad de un Estado interventor y regulador en materia económica, que no se desentendiese de la grave situación social que se estaba viviendo y priorizase el apoyo a los sectores más postergados, remitía a las políticas implementadas por el primer peronismo[17]. De alguna manera, el retorno a un discurso y a medidas que apuntaban a la recomposición del empleo, del mercado interno y el consumo –todos indicadores que se habían visto severamente dañados por la crisis– generaba las condiciones “analíticas” para que los periodistas del diario empezaran a utilizar uno de los sentidos económicos sedimentados en el concepto de “populismo”. A diferencia del uso político que estos mismos periodistas habían hecho en la coyuntura previa a la crisis de la convertibilidad para cuestionar la falta de apego a las instituciones del presidente Menem, el término aplicaba ahora a la figura de Duhalde. Este último parecía recrear ciertas virtudes de las políticas económicas del peronismo clásico en contraposición a las del modelo económico de valorización financiera iniciado con la última dictadura y llevado hasta su máxima expresión durante el menemismo y el gobierno de la Alianza.
De esta manera, si, por un lado, Duhalde podía generar cierta desconfianza en el progresismo, por otro, la disputa política que estaba llevando adelante con los sectores más concentrados de la economía hacía que los periodistas del diario sopesaran la correlación de fuerzas y matizaran las críticas a él. Entendían que este giro en materia de política económica –que volvía a poner en el centro el trabajo y la producción en detrimento de los sectores financieros de la economía– encendía una luz de esperanza frente al escenario desolador que en materia social se estaba viviendo. Ya no será, entonces, el concepto de “populismo” como un “estilo político demagógico” el que harán circular los periodistas de Página/12 durante este escenario, sino como sinónimo de un nuevo modelo de acumulación que remitía a las raíces peronistas del mandatario.
Para finalizar este segundo apartado, queremos remarcar una cuestión en relación con el uso de “populismo” que consideramos importante. Las dos racionalidades de lectura del concepto que hemos visto hasta ahora en Página/12 correspondieron a dos clases de actores distintos. Por el lado de los intelectuales vinculados a las tradiciones de izquierda que escribían en el diario, y al igual que en la coyuntura anterior, movilizaron un significado político del término. Ahora bien, en esta nueva coyuntura, el populismo se transformaba en sinónimo de “partidocracia”, es decir, ya no solo se hacía referencia al peronismo, sino al conjunto de los partidos políticos mayoritarios que aparecían como los responsables de la crisis. En este sentido, el populismo pasaba a representar un tipo de vínculo político que había predominado en nuestro país, el cual se oponía a la “verdadera democracia” encarnada en este momento en las movilizaciones populares y las asambleas que pujaban por la construcción de un régimen político distinto.
En cambio, los periodistas del diario introducirán el sentido económico del término para hacer referencia a algunas de las políticas económicas heterodoxas que eran impulsadas por Duhalde. En este sentido, es posible señalar que, si bien a lo largo de la historia había existido un “desencuentro” entre el peronismo[18] y lo que podría denominarse genéricamente como “progresismo” –del cual la línea editorial de Página/12 formaba parte–, podemos decir que los periodistas del diario reconocían los beneficios que dicho movimiento había traído a los sectores populares en sus condiciones de vida. Si la salida a la crisis que proponía Duhalde era de corte “populista”, no era descabellado llevar adelante una defensa del presidente teniendo en cuenta con qué actores se estaba enfrentando. En este sentido, lo que parecía primar en los periodistas del diario era una cuota de “realismo político” que los llevaba a avalar la política económica que estaba llevando adelante el presidente, frente a las otras alternativas que se planteaban de cara al futuro para nuestro país.
Política y populismo durante los años del kirchnerismo
Por último, analizaremos el lugar que ocupó el concepto de “populismo” en los análisis que se hicieron durante el conflicto entre el gobierno de Cristina Fernández y las patronales del agro. Como hemos dicho en la introducción, la naturaleza de esta disputa y la multiplicidad de actores que involucró convirtieron este escenario en uno de los de mayor litigiosidad política desde el retorno de la democracia[19].
Como han señalado algunos autores, durante los años de hegemonía neoliberal, el lazo social se fundaba en una racionalidad económica que instituía a la esfera privada como el fundamento de la sociedad (Svampa y Pereyra, 2003, p. 52). Esto había conducido a que durante los gobiernos de Carlos Menem y de Fernando de la Rúa la esfera económica estuviera por sobre cualquier otra dimensión de la vida social, no solo a la hora de analizar la realidad, sino también al momento de justificar cualquier decisión de gobierno.
Ahora bien, si en cierta medida la crisis de 2001 había significado una impugnación al predominio de esta racionalidad económica, serán los gobiernos kirchneristas los que llevarán adelante una “politización de la economía” cuestionando los supuestos básicos de dicha racionalidad[20]. Esta característica que tuvieron tanto las presidencias de Néstor Kirchner como de Cristina Fernández se vio exacerbada a partir del conflicto con el campo. Tal como afirma Maristella Svampa (2011), en este contexto se producirá una exacerbación de la lógica confrontativa del gobierno que sirvió “para reactualizar viejos esquemas de carácter binario, que [atravesaron] la historia argentina y han anclado fuertemente en la tradición nacional-popular: civilización o barbarie; peronismo o antiperonismo; pueblo y antipueblo” (p. 27).
De esta manera, el kirchnerismo iba a otorgarle a la política un sentido agonal y adversativo dividiendo el campo político entre un “nosotros” y unos “otros” enfrentados entre sí (Vommaro, 2008, p. 84). Si esta había sido una nota distintiva de la presidencia de Néstor Kirchner, podemos decir que a partir de la presidencia de Cristina Fernández dicha característica se irá acentuando.
La reedición que llevaba adelante el gobierno de algunos de los clivajes que habían caracterizado a la sociedad argentina –sobre todo desde la segunda mitad del siglo xx– cumplía una doble finalidad: en primer lugar, era utilizado como mecanismo de acumulación política y, en segundo lugar, como dispositivo conceptual que servía para dar “sentido” y poder explicar los acontecimientos que se desataron con la resolución 125.
A los fines de nuestro análisis, nos interesa remarcar fundamentalmente la oposición entre “pueblo” versus “oligarquía” que adquirirá un lugar central durante esta disputa política[21]. Dicha oposición será utilizada por el gobierno de Cristina Fernández para intentar imponer la lectura del conflicto en términos de un enfrentamiento entre un gobierno que representaba a las mayorías populares, y unas minorías “privilegiadas”[22]. Esta manera de leer los hechos será apoyada por gran parte de los periodistas e intelectuales del diario. Identificarán al gobierno con el polo popular de la antinomia, mientras que el campo será definido como un sector que se abroquelaba a sus privilegios haciendo de estos el fundamento último de la sociedad.
Como decíamos, la utilización de este clivaje como clave interpretativa de la naturaleza del conflicto hacía que el populismo funcionase también como un concepto explicativo que le daba inteligibilidad a lo que acontecía y, en este sentido, lo ponía en una perspectiva histórica más amplia. De esta manera, el término se utilizará para ubicar a la disputa en torno a la resolución 125 como un episodio más de los tantos que habían tenido lugar en la sociedad argentina cada vez que el peronismo había desafiado el orden establecido:
Los grandes grupos de la burguesía fueron principales beneficiarios del populismo peronista al que denostaron. El peronismo les cuidó sus intereses, aunque no tanto como ellos querían porque, repitamos, el capital no se satisface nunca y suele no entender de necesidades políticas […]. Guardando distancias de todo tipo, el kirchnerismo se enfrenta hoy con los mismos contendientes, reales y simbólicos, que enfrentaron los peronistas cada vez que se corrieron hacia izquierda (Eduardo Aliverti, Página/12, 17/07/2008).
[…] Ninguna racionalidad económica explica la virulencia de un movimiento de contenido político, similar al que enfrenta el gobierno boliviano de Evo Morales y a los que padecieron antes el presidente de Venezuela, Hugo Chávez y el de Ecuador, Rafael Correa. Cada uno tiene sus características nacionales propias, pero en todos los casos expresan el cuestionamiento de los sectores tradicionales de poder y de sus aliados externos contra procesos populistas que cuestionan el discurso único del neoliberalismo y el alineamiento automático con la superpotencia […]. [El kirchnerismo es el] primer gobierno que en medio siglo puso en debate la apropiación individual de la riqueza generada por procesos colectivos (Horacio Verbitsky, Página/12, 11/05/2008).
En este sentido, el término “populismo” se utilizaba para hacer referencia a un gobierno que después de varios años de hegemonía neoliberal tomaba la iniciativa en la aplicación de políticas económicas que apuntaban a la redistribución de la riqueza. De acuerdo con esta lectura, en el conflicto lo que estaba en juego era mucho más que la legalidad o no de una medida tributaria. Era la disputa acerca de quién era el actor legítimo en la asignación de recursos y quién se debía convertir en el principal ordenador de la vida social: el Estado o el mercado[23].
El término pasaría a significar a un gobierno que no solo pretendía regular la economía privilegiando a los sectores productivos, tal como había sido el sentido que había adquirido el concepto de “populismo” durante el escenario político de los años 2001-2002. Al igual que otros procesos políticos populistas que estaban teniendo lugar en Latinoamérica, el concepto se utilizaba para nominar a los gobiernos que tomaban partido en favor de los sectores populares y que se enfrentaban a los sectores socioeconómicos privilegiados. En este sentido, funcionaba como una categoría que permitía dar cuenta de un nuevo “clima de época” que se estaba viviendo en gran parte de la región.
Podemos señalar otro elemento relevante en relación con el uso del populismo en este escenario y que va a ampliar el significado de este. Hemos visto que para los periodistas del diario el sentido del conflicto no se podía limitar exclusivamente al aspecto económico-tributario que estaba en juego en la resolución 125. Pero, a su vez, el enfrentamiento que se había generado no aparecía solo como un conflicto político. O, en todo caso, lo político no aparecía separado de la dimensión “cultural”.
De ahí que el conflicto iba a aparecer en Página/12 como revelador de las características tanto de los actores en pugna como de quienes participaban en las movilizaciones en apoyo a uno u otro sector. En este sentido, para el diario quedaba claro el componente “plebeyo” del kirchnerismo[24] en contraposición a los grupos que apoyaban al “campo”, quienes aparecían como aquellos que históricamente habían despreciado a los sectores populares. De acuerdo con esta mirada, la fractura social y política que había puesto de manifiesto el conflicto con el campo adquiría un estatus más profundo.
En este sentido, se producía una suerte de “red conceptual” (Lesgart, 2014, p. 505) por la cual el significado económico del populismo se relacionaba con el significado político, pero del sentido político del término se desprendía una tercera dimensión –que, como dijimos, podríamos denominar “sociocultural”– que también se estaba poniendo en juego. Estos diferentes sentidos que se condensaban en el concepto hicieron que este se convirtiese en el organizador cognitivo a través del cual se podían entender los múltiples aspectos que estaban presentes en la disputa entre el gobierno y el campo:
Son las entidades rurales, dicen, las que quieren “esmerilar” el poder presidencial, y si tienen éxito sobrevendrá el ataque masivo de la derecha económica y política que tiene nostalgias de los años ’90, nada de Estado, mucho mercado. Dado que el pleito, en algunos momentos, se mueve como una partida de ajedrez, no hay que ser muy vivo para entender que algo de eso guía las conductas de los protagonistas centrales de estos últimos cien días. Puede ser, claro, que algunos de ellos piensen que la historia lo puso en ese lugar para que deje su marca en nombre de sus personales tradiciones ideológicas o sus valores estéticos: Los “gorilas” no soportan el olor a negro del populismo (J. M. Pasquini Durán, Página/12, 28/06/2008).
De salida –memorable declaración– se aclaró que éstos no eran cortes “de negros” sino “de blancos”. No hay por qué adherir (nadie lo hace) a semejante desglose racista: basta con señalarlo “como un hecho” […]. Los medios que diferenciaron y diferencian entre manifestantes/piqueteros y “la gente” reflejan con desfasada exactitud esa “diferencia” de calidad entre unas y otras manifestaciones […]. Es evidente, además, que –según estas opiniones y lecturas– ahora se corta por lo sano y antes se cortaba por lo enfermo. Para ciertos intérpretes oficiosos, los cortadores de hoy representan –según ese imaginario ideológico– la salud moral y física, la reserva ética, lo natural, lo simple, lo verdadero de la economía y del sentimiento de la nación. Todo lo demás es corrupción, populismo, intermediación, burocracia, estatismo, clientelismo (Juan Sasturain, Página/12, 02/06/2008).
De esta manera, el uso del populismo –a partir de una clara resignificación positiva del concepto que tendrá lugar en este contexto– no tendrá que ver únicamente con la defensa de un gobierno que retomaba la tradición peronista “clásica” con sus intenciones redistributivas, como había sido el caso durante el segundo de los escenarios que estudiamos. El término será utilizado para llevar adelante una revalorización de los sectores populares frente a la estigmatización que sufrían estos por parte de quienes apoyaban al campo[25]. Si el gobierno podía ser defendido en esta contienda a pesar de las críticas que inicialmente habían recaído sobre la medida, era porque esta disputa ponía en escena una cesura social más profunda. Como hemos querido mostrar más arriba, dicho conflicto no estaba fundado exclusivamente en lo económico o en lo político, sino también en la “batalla cultural por el reconocimiento” que se libraba entre los sectores sociales que se enfrentaban y que hundía sus raíces en la historia argentina.
Conclusión
En este capítulo hemos intentado dar cuenta de cuáles fueron los usos y significados del populismo en un diario cuya línea editorial se identifica con posiciones progresistas. Una primera cuestión que se desprende de nuestro análisis tiene que ver con la menor centralidad –tanto en términos cuantitativos como cualitativos– que editorialistas y columnistas le van a otorgar al concepto en comparación con lo que habíamos visto en el caso de La Nación. Durante los dos primeros escenarios políticos –cuando Menem y Duhalde eran las figuras centrales del peronismo–, aquellos intelectuales que participaban en el diario usaron el concepto de “populismo” para identificar prácticas políticas autoritarias y demagógicas con un claro sentido condenatorio. Solo a partir de la crisis de 2001, se podrá observar una tibia aceptación del populismo por parte de los periodistas principales de Página/12 a partir de la asociación que harán de dicho concepto con algunas políticas económicas de corte heterodoxo que llevó adelante el presidente Duhalde.
Ahora bien, el quiebre de esta situación se dio durante el conflicto entre el gobierno de Cristina Fernández y el campo. En ese escenario el populismo pasó a ser a la vez una categoría económica, política y cultural, transformándose en un concepto central para entender la disputa que estaba llevando adelante el gobierno. En relación con esto último, podemos decir que, a partir de la polarización política que se derivó de la resolución 125, comenzó a tener lugar una reivindicación del concepto de “populismo” tanto por algunos sectores de izquierda y centroizquierda, como por la versión progresista del peronismo y la intelectualidad afín a él. En este sentido, el término se utilizó en Página/12 para convalidar la dirección emprendida por el gobierno en relación a la disputa política que estaba llevando adelante, dando muestras de este modo de su pertenencia al conjunto de gobiernos que protagonizaron el denominado “giro a la izquierda” en Latinoamérica. Después de años de hegemonía neoliberal, el populismo se utilizó para graficar un nuevo tiempo político, el cual parecía estar marcado por la “primacía de la política” por sobre las lógicas económicas imperantes hasta entonces. En línea con esto último, el concepto de “populismo” se utilizó para nominar a un gobierno que, según se podía leer en el diario, tenía como objetivo no solo la “inclusión social”, sino también la reivindicación –política y cultural– de los sectores populares.
- En relación con la estrategia política del gobierno, Nardacchione y Taraborelli (2010) afirman: “La estrategia del Gobierno nacional fue fiel a su tradición: negociación dura e ideologización del conflicto para consolidar las posiciones en la disputa […]. En todos los casos, el Gobierno, sostenido en un discurso fuertemente ideológico, amenazaba a la ruptura sin ofrecer tregua” (p. 130).↵
- En relación con la caracterización que se hacía de la figura de Menem en el campo académico, podemos citar a José Nun, quien afirmaba por entonces: “En síntesis, Menem ha llevado a sus límites extremos ese proceso de concentración y de personalización del poder que, como vimos, ya se había iniciado con Alfonsín, y que, por lo demás, es evidentemente sintomático con su visión básicamente populista de la representación política, compartida por muchos de sus seguidores” (Nun, 1998, p. 65). Respecto del concepto de “cesarismo”, afirmaba que “esta propensión cesarista ha sido siempre vigorosa en el peronismo y es lo que permite que el aura populista del menemismo no se haya disipado del todo” (ibid., p. 73).↵
- La vocación unanimista contraria al liberalismo que estaría presente en la tradición peronista había sido señalada por gran parte de la historiografía (Slipak, 2019). El “unanimismo” ilustraba una distancia que existía entre la idea de “representación” característica de las democracias liberales y el concepto de “identidad” que los populismos sostenían –especialmente en los regímenes “presidencialistas”–. Esto último no conducía necesariamente a afirmar que el populismo era una opción antidemocrática. Pero sí hacía posible la construcción de una oposición entre “democracia representativa” y “democracia populista”. Véase Peruzzotti (2008).↵
- Tal como afirma Damián Corral en relación con la postura de Chacho Álvarez, quien años antes “inició una serie de reuniones con empresarios, en las que se arrepentía de no haber votado la convertibilidad, aseguró que de ser presidente mantendría la paridad peso-dólar y no revisaría las privatizaciones, y clausuró la posibilidad de volver al ‘estado propietario’” (Corral, 2007, p. 187). Véase también Beatriz Alem (2007).↵
- Aun lo que podía considerarse como el ala centroizquierdista de la Alianza aparecía defendiendo un programa económico de centroderecha. Este sector progresista estaba personificado en las figuras de Carlos Chacho Álvarez y Graciela Fernández Meijide. Véase las notas de H. Verbitsky, 27/09/98 y 24/01/99; J. Nudler, 5/10/98.↵
- Véase, por ejemplo, las notas de H. Verbitsky, 27/09/98 y 24/01/99 y J. Nudler, 5/10/98.↵
- Durante la campaña Duhalde formulará reiteradas críticas al modelo económico, sobre todo cuestionará la desregulación de los servicios públicos. Sus propuestas apuntarán a una mayor participación del Estado en la economía y una defensa de los sectores productivos por sobre los financieros. A pesar de ello, Duhalde no logró el apoyo del diario.↵
- Recordemos que Duhalde había acompañado la aplicación de las políticas neoliberales durante la presidencia de Menem: primero como vicepresidente y luego como gobernador de la provincia de Buenos Aires.↵
- En consonancia con esta lectura del populismo y de la figura de Duhalde, un actor clave del sistema político por entonces –nos estamos refiriendo a “Chacho” Álvarez– afirmaba lo siguiente en una entrevista que le hacía Martín Granovsky: “Duhalde busca protagonizar una nueva película, pero es como una remake mala de Menem, actor central de una película de la que ya conocemos el principio, el argumento y el final. Por suerte, esta vez, el final será otro porque De la Rúa va a ganar la presidencia. Además, ya conocemos la fórmula. Para la tribuna, populismo. Para los factores de poder, pragmatismo salvaje. Y eso que el establishment sabe que declaraciones como las de Duhalde son para la tribuna” (Página/12, 27/06/99).↵
- Si hasta la crisis de 2001 el uso del término en Página/12 aparecía relacionado únicamente con el peronismo, a partir de esta pasará a incluir al radicalismo. Esto que aparecía como una novedad en el campo de la prensa no lo era tanto en el de las ciencias sociales, donde la figura del líder radical Hipólito Yrigoyen ya había sido analizado bajo este concepto.↵
- Esta mirada “optimista” en torno a las jornadas del 19 y 20 de diciembre y del ciclo de movilizaciones que se abría era compartida por muchos actores del campo intelectual. Véase por ejemplo: “Colectivo Situaciones” (2001) y Svampa y Pereyra (2003).↵
- Podríamos decir que el uso del concepto de “populismo” revitalizó –al menos en las páginas del diario– la discusión sobre el sentido de la democracia. Por supuesto que gran parte de esa discusión tenía que ver, como ya lo hemos señalado, con el escenario de movilizaciones y protestas que estaba viviendo la Argentina.↵
- Entre aquellos grupos económicos que se mostraban más en desacuerdo con el cambio de rumbo que estaba intentando implementar Duhalde, podemos señalar los bancos y los sectores ligados al mundo financiero. Estos pujaban por una “salida dolarizadora” de la crisis y no por la devaluación como efectivamente ocurrió. Véase Castellani y Szkolnik (2011).↵
- En este sentido, Duhalde parecía estar en consonancia con el cuestionamiento que gran parte de los movimientos sociales hacían del modelo económico neoliberal. Sin embargo, esta “sintonía” no se traducirá en un acuerdo entre el presidente y los movimientos sociales ya que gran parte de esas marchas serán reprimidas. El desenlace más dramático estará dado por la muerte de los militantes piqueteros Maximiliano Kosteki y Darío Santillán en el Puente Pueyrredón. Este hecho obligará a Duhalde a adelantar las elecciones presidenciales. Por otro lado, es necesario aclarar que no todas las protestas eran contra el “modelo económico”; lo que se pondrá de manifiesto en la importante cantidad de votos que obtendrá Menem en las elecciones de 2003. Esta “ambigüedad” será una de las características que tuvo la crisis: en ella podían reconocerse una multiplicidad de demandas no siempre capaces de ser articuladas entre sí. Habrá que esperar a la presidencia de Néstor Kirchner para una (relativa) confluencia de estas.↵
- Este perfil estará afianzado en su acercamiento de Duhalde al autodenominado “Grupo productivo”.↵
- Nuestra intención es poner de relieve con qué sentidos se movilizó el término en los análisis de los periodistas de Página/12, independientemente de si efectivamente las políticas de Duhalde se asemejaron a las del peronismo clásico. Sin embargo, creemos que este imaginario peronista se sustentaba en medidas que efectivamente estaba implementando el gobierno. Por nombrar solo algunas: el congelamiento de tarifas de electricidad, gas y teléfonos, la implementación de planes sociales para paliar la crisis (como el plan Jefas y Jefes de Hogar) y las retenciones a las exportaciones.↵
- En el discurso de asunción como presidente ante el Congreso, Duhalde remarcará su pertenencia “a un movimiento político que a través del presidente Juan Domingo Perón y de Eva Perón fundaron la justicia social en la Argentina y levantaron las banderas de independencia económica y soberanía política. Banderas que con el tiempo, fueron asumidas por todas las fuerzas políticas de origen popular. Esas banderas han sido arriadas y tenemos que preguntarnos y preguntarles a los argentinos, si verdaderamente queremos vivir en un país soberano e independiente” (Duhalde, 1/1/2002).↵
- Desde los inicios del peronismo la figura de Perón será calificada por la izquierda como la de un líder “demagógico” y “autoritario”. Como hemos visto, esta interpretación del peronismo fue lo que predominó en la primera coyuntura.↵
- Esto incluyó a los propios medios de comunicación que no se mantuvieron al margen de la disputa tomando partido por uno u otro de los contendientes. Si, como hemos dicho en el primer capítulo, el diario La Nación jugó en favor del sector agrícola, tanto los periodistas como los intelectuales que participaban en Página/12 apoyaron de manera decidida al gobierno.↵
- Desde su misma aparición como fuerza política, el kirchnerismo cuestionó el “sentido común neoliberal” imperante durante la década de los 90. Más allá de los estilos particulares y las diferencias en las políticas que implementaron tanto Néstor como Cristina Kirchner, la preponderancia que le otorgaron a la política por sobre la economía contribuirá a que ambos presidentes fueran caracterizados como populistas por gran parte de la prensa, los políticos profesionales y los intelectuales.↵
- Tal como señala Sidicaro (2011): “los voceros del kirchnerismo actuaron como si creyesen que podían hacer de la derrota de las resistencias agrarias una especie de gesta política susceptible de fusionar contra los ‘dueños de la tierra’ a sus apoyos peronistas y de centroizquierda […]. El gobierno, por su parte, activó el viejo clivaje ‘pueblo versus oligarquía’” (p. 91). En este sentido, podemos decir que pretendió reactualizar –infructuosamente– una lucha contra la “oligarquía” sin tener en cuenta los cambios y las transformaciones que habían acontecido en el “campo” en las dos últimas décadas.↵
- Cristina se referirá a los cortes de ruta que llevaban adelante los sectores del agro como los “piquetes de la abundancia” no solo como una manera de descalificarlos, sino también para dar cuenta de las características socioeconómicas de los sectores que los llevaban adelante. Sin embargo, este intento fue poco eficaz para generar una política de alianzas sociales más amplias. Un desarrollo más completo de esto último se puede encontrar en el trabajo de Nardacchione y Taraborelli (2010).↵
- Si bien este giro en la orientación de la intervención económica estatal había tenido lugar a partir de la crisis del 2001 y luego con la presidencia de Eduardo Duhalde, durante el kirchnerismo se producirá una profundización de esta característica.↵
- Seguimos aquí a Pierre Ostiguy (2015), quien conceptualiza al populismo “como gramática plebeya antagonista, representada y manifestada tanto en la forma del lazo político (y la forma de tomar decisiones) como del componente sociocultural (plebeyo gramaticalmente)” (p. 134).↵
- Al respecto se pueden consultar las notas de Ricardo Forster (19/05/08) y de Horacio González (13/07/2008), quienes por entonces participaban asiduamente en el diario.↵






