Introducción
En los capítulos anteriores, hemos podido observar el importante papel que tuvo el concepto de “populismo” en las discusiones y explicaciones que llevaron adelante las líneas editoriales, intelectuales y periodistas –tanto del diario La Nación como de Página/12– en diferentes escenarios políticos de nuestra historia reciente.
Los múltiples usos y las transformaciones que sufrieron los significados del populismo, tanto en intelectuales y periodistas de izquierda o centroizquierda, por un lado, como en aquellos otros vinculados a ideas liberales y conservadoras, reveló no solo la ambigüedad y las polémicas que existen en torno a dicho concepto y a los significados asociados a él. También puso de manifiesto el hecho de que las luchas por establecer el sentido legítimo de los términos con los cuales nominamos el mundo sociopolítico forman parte de una “disputa política”.
Por otro lado, también hemos podido observar en los capítulos anteriores que las mutaciones de dichos sentidos no pueden explicarse únicamente desde la “semántica” del lenguaje, sino que están relacionadas con las diferentes configuraciones que adquiere la vida política y socioeconómica en un momento dado[1].
En este último capítulo, retomaremos algunas de estas cuestiones haciendo hincapié en aquellos elementos que, en cada uno de los contextos que hemos abordado, nos permiten formular algunas hipótesis tentativas acerca de los motivos que condujeron al predominio de algunas de las racionalidades de lectura del concepto de “populismo” por sobre otras posibles.
Además, intentaremos poner de relieve cómo se relacionan los diferentes usos del concepto y las disputas por el sentido de este con los distintos posicionamientos políticos que irán teniendo ambos diarios en relación a actores políticos, gobiernos y las medidas que fueron tomando estos últimos en cada uno de los momentos que hemos tomado para nuestro análisis.
Hegemonía neoliberal y significados del populismo
En el primer capítulo, hemos visto cómo entre los años 1998 y 2001 los significados del populismo se estructuraron alrededor del sentido económico del concepto. Para la línea editorial y los periodistas de La Nación, el cambio en las estructuras económico-sociales que había instituido la convertibilidad la había convertido en el fundamento incuestionable del modelo vigente. Junto con la paridad cambiaria, la apertura económica, la desregulación de los mercados y las privatizaciones aparecían como aquellas medidas que habían creado las condiciones óptimas para el crecimiento, la inversión y la inserción de lleno de la Argentina en el “primer” mundo.
Precisamente, creemos que fue en virtud de la importancia dada al “modelo” y su defensa lo que explica el uso del concepto de “populismo” desde una racionalidad económica en las páginas de La Nación. Este se utilizó en ese momento para condenar lo que se calificaba como un “giro regulacionista” dado por Menem hacia el final de su gobierno. Propio del clima ideológico de entonces, cualquier intento de intervención por parte del Estado iba a ser condenado de antemano por representar los intereses espurios de la “política”. En contraposición a esta última, el “mercado” se presentaba como un universo de intercambios transparentes donde los actores se comportaban de manera racional[2].
Esta lectura económica del concepto será la que predominará durante la campaña presidencial de 1999. Como habíamos visto en el primer capítulo, uno de los ejes de esta tendrá que ver con los cuestionamientos que Eduardo Duhalde le formulará al modelo económico. En sus discursos de campaña, el candidato del Partido Justicialista condenará reiteradamente el agravamiento de las condiciones sociales de gran parte de la población, que desde su perspectiva eran el producto de las políticas neoliberales aplicadas durante la década del 90. Esa retórica de Duhalde calificada como “populista” por periodistas y editoriales había sido cuestionada por ir en contra del “modelo” que tanto éxito había tenido para nuestro país.
Ahora bien, lo que nos parece importante remarcar en relación con estas cuestiones que acabamos de señalar es que durante todo este primer escenario el concepto de “populismo” cumplirá, por así decirlo, dos funciones. En primer lugar, se movilizará como un “fantasma” del pasado que amenazaba con revertir los logros alcanzados por el modelo económico. Para la línea editorial del diario, el evidente empeoramiento de los indicadores sociales no podía ser visto como consecuencia de las políticas pro-mercado. Si la prometida prosperidad social se hacía esperar, se debía a una falla en la implementación política de la propuesta económica y no a los fundamentos de esta. La salida que se proponía desde las páginas de La Nación era la de profundizar las reformas en materia de salud, educación y trabajo, que –según se juzgaba– habían quedado a mitad de camino durante el gobierno de Menem. De esta manera, agitando los fantasmas de un posible regreso del populismo, desde el diario se exhortaba a que se mantuviesen los pilares del modelo, también como una manera de marcar la agenda de transformaciones que quedaban pendientes y que debía encarar el próximo gobierno. Quien saliese victorioso de la contienda electoral debía continuar con la apertura económica y la política de privatizaciones y, sobre todo, tener un verdadero compromiso con la reducción del déficit fiscal, que, a pesar de todos los avances en materia económica que se habían dado durante la presidencia de Menem, no había sido controlado durante toda esa década. De esta manera, a lo largo de todo este escenario, la aparición del concepto en las páginas del diario se transformaba en una especie de señal de alarma frente a ciertos hechos y comportamientos de algunas de las figuras políticas principales de entonces –fundamentalmente, como hemos visto, Menem y Duhalde–, cuyas acciones y discursos eran juzgados como un retroceso para el país.
En segundo lugar –y también según la racionalidad económica imperante–, el término se proponía como una clave de interpretación histórica que permitía entender el devenir económico-social de las últimas décadas de nuestro país. Esto es, el concepto designaba al Estado interventor y las políticas redistributivas que había inaugurado el primer peronismo, las cuales aparecían como la fecha de inicio de la “decadencia” de la Argentina. En este sentido, el término representaba el punto de partida de la espiral descendente que había llevado a nuestro país a dejar de ser una potencia mundial –tal como lo era a finales del siglo xix–, para convertirlo en uno “subdesarrollado”. Según esta lectura, tanto las medidas impulsadas por Menem hacia el final de su gobierno, como la propuesta electoral de Duhalde representaban el retorno de este “flagelo” que tanto daño nos había causado.
Ahora bien, podemos preguntarnos cuál fue el motivo del predominio en La Nación de dicha racionalidad económica a la hora de movilizar el concepto “populismo”. Es posible arriesgar una respuesta señalando el hecho de que la hegemonía del “paradigma neoliberal” imperante entonces no se limitaba exclusivamente al plano de lo que llamamos habitualmente “economía”[3]. Dicho paradigma conducía, además, a una determinada lectura de los hechos sociales y de los significados de las palabras del vocabulario político. En este sentido, el término “populismo” podía ser utilizado en un diario afín al modelo neoliberal en consonancia con dicha racionalidad económica dominante y, a la vez, como una manera de reforzar el predominio de esta a la hora de explicar la realidad social.
En el caso de Página/12, dijimos que fueron tanto los periodistas como aquellos actores provenientes del campo intelectual que participaban en él quienes movilizarán al término durante todo este escenario desde una racionalidad política. Ahora bien –y en este aspecto podemos decir que los dos periódicos no se diferenciaban–, serán Carlos Menem y Eduardo Duhalde quienes cargarán con la calificación de “políticos populistas”[4].
Por el lado de Menem, lo que se movilizaba a través del término desde las páginas del diario era la imagen de una figura que se caracterizaba por la “concentración” y “personalización” del poder político. Además, habíamos visto cómo se vinculaba dicho concepto con el de “decisionismo”, buscando reforzar la imagen negativa que se quería construir del entonces presidente[5]. En este sentido, ambos términos –“populismo” y “decisionismo”, los cuales eran dos tópicos de análisis por aquellos años de la ciencia y la sociología política– migraban del campo académico al periodístico para cimentar el perfil de político inescrupuloso y poco apegado a las normas que se había construido en Página/12 en torno a la figura de Menem. Según los periodistas del diario, una muestra cabal de esto último era el hecho de que Menem no había dudado en intentar violentar el funcionamiento de las instituciones en pos de la conservación de su poder, por ejemplo, al intentar ir por una nueva reelección cuando la Constitución lo prohibía expresamente[6]. Pero también pudimos dar cuenta de un segundo significado del término vinculado a la figura de Duhalde. El populismo pasaba aquí a estar vinculado con prácticas políticas de manipulación del electorado peronista, tal como estaba sucediendo durante la campaña electoral de cara a las elecciones presidenciales de 1999. En este sentido, la línea editorial del diario calificaba a Duhalde como un político demagógico que sostenía su liderazgo sobre la base de promesas que nunca iría a cumplir –situación semejante a lo que había pasado con Menem una década atrás–.
De estos sentidos con los cuales se movilizará el concepto, podemos extraer dos implicancias teóricas relacionadas entre sí. En primer lugar, que la crítica “institucionalista” al populismo no será exclusiva de aquellos actores vinculados al pensamiento liberal-conservador –cosa que sí pudimos observar durante los años del kirchnerismo–. Por el contrario, hemos visto que quienes cuestionaban desde esta perspectiva al “populismo menemista” se inscribían en posiciones ideológicas enmarcadas en la izquierda y la centroizquierda. Y, en segundo lugar, también quedaba claro que la desconfianza que despertaban en dichas posiciones los liderazgos caracterizados como populistas tenía su origen en que el populismo había sido considerado –sobre todo en el campo académico– como un fenómeno desviado en relación con lo que se consideraban eran los parámetros políticos a los cuales debían ajustarse las democracias desarrolladas[7]. Esta comunión de miradas críticas tanto de la izquierda como de la derecha liberal-conservadora sobrevivió al paso del tiempo a pesar de reevaluaciones hechas en torno al peronismo en los sesenta y setenta. Podemos suponer que esto se debió a que la marca de origen negativa con la cual cargaba el populismo clásico para ambas fue tan fuerte, que hacía difícil que el concepto dejase de tener un sentido peyorativo.
Para finalizar el análisis en relación con el uso del concepto en Página/12 durante los años de hegemonía neoliberal, es posible decir lo siguiente. Como ha sido señalado, durante la década del noventa los problemas políticos fueron leídos en clave moral (Frederic, 2004, p. 21). En este sentido, podemos entender las críticas que se hicieron por aquellos años al “clientelismo” y al “nepotismo”, así como también las campañas anticorrupción azuzadas desde los medios de comunicación de manera permanente (ibid., p. 23). Ahora bien, si, por un lado, la reprobación por parte de muchos analistas, intelectuales y periodistas de Página/12 a la figura de Menem había tenido como base las denuncias de hechos de corrupción –lo que había conducido a una “lectura moral” de los hechos políticos–, por otro, y esto es lo que queremos remarcar, el concepto de “populismo” permitía desplegar una crítica desde una racionalidad estrictamente política, alejándose de dicha “moralización” de la política. De esta manera, y sirviéndose de parte del reservorio de significados que el populismo tenía para las tradiciones de izquierda, se lo utilizará tanto para condenar el “estilo político autoritario” del presidente Menem, como para denunciar el discurso “demagógico” del candidato a presidente Eduardo Duhalde, quien se valía de una retórica peronista para acceder a posiciones de poder.
La crisis de 2001 y los significados del populismo
Como ya hemos señalado, el escenario que se abre con las jornadas de diciembre del 2001 y que continuó durante 2002 marcó un quiebre en la historia reciente de nuestro país. Fue esta una crisis social, política y económica que puso a la Argentina al borde de la disolución. A lo largo de todo este escenario, el concepto de “populismo” fue utilizado en los análisis que se hicieron de ambos diarios como un concepto explicativo a través del cual se intentó dar sentido a algunos de los hechos más trascendentales de entonces.
En primer lugar, y tal como hemos visto en el primer capítulo, se vinculará al concepto de “populismo” con la declaración del default. Para la línea editorial de La Nación, la medida tomada por Rodríguez Saá durante su breve presidencia no podía ser vista solamente en su aspecto económico. Lo que se estaba jugando con esta era el papel que nuestro país tendría en el futuro en el conjunto de los países desarrollados. Si durante más de una década la Argentina podía jactarse de haber pertenecido al “primer mundo”, a partir de esta decisión quedaba marginada del contexto internacional. En este sentido, el significado con el cual se utilizaba el término rebasaba la simple racionalidad económica característica del primer escenario y pasaba a sintetizar una situación de extrema gravedad representada por la ruptura de los lazos que unían al país con el “mundo civilizado”.
Desde el punto de vista de la situación interna, a la incertidumbre económica y la extrema fragilidad política-institucional, había que sumarle la fuerte conflictividad social que se estaba viviendo. Los cortes de calles protagonizados por los movimientos piqueteros en diferentes zonas del país motivaban la preocupación de los periodistas y de aquellos intelectuales que escribían habitualmente sus columnas en La Nación. En este sentido, el concepto de “populismo” también será utilizado para nominar a estas protestas sociales que, a la luz de los observadores y analistas del diario, aparecían como resabios de un populismo que buscaba echar por tierra los pilares de la democracia representativa.
Con relación a esto último, es posible reconocer otro uso del término que se movilizó en el diario –además del explicativo que analizamos en el primer capítulo– que es importante remarcar. En este escenario el concepto de “populismo” cumplió lo que podríamos denominar “función clasificatoria” de las acciones emprendidas por los actores sociales que intervenían en el espacio público. Es decir, se lo utilizó para diferenciar entre lo que desde la perspectiva de La Nación se consideraban protestas “violentas” y aquellas otras que eran presentadas como “pacíficas”. En este sentido, para los profesionales del comentario político del diario, los cacerolazos aparecían como el producto legítimo del malestar de una ciudadanía que se sentía estafada por la “clase política” de nuestro país. En cambio, las protestas de las agrupaciones piqueteras y las movilizaciones de trabajadores desocupados serán desacreditadas e identificadas como provenientes de sectores que utilizaban el clima de descontento político que se estaba viviendo para horadar los cimientos de la democracia representativa. Si los reclamos de aquellos cuyos ahorros habían quedado atrapados por el corralito podían ser justificados, era necesario diferenciarlos de los grupos piqueteros, cuya finalidad tenía un carácter claramente desestabilizador del sistema político vigente hasta ese momento.
Sumado a lo anterior, a partir de la crisis de 2001, se producirá en La Nación un deslizamiento de sentido en el concepto de “populismo” que habilitará una interpretación de este desde una racionalidad política –a diferencia de lo que había sucedido durante los años de vigencia de la convertibilidad, donde la lectura económica del término era la hegemónica–. Podemos pensar que este cambio en el sentido con el que se movilizaba el término tuvo que ver con lo inesperado de la crisis política desatada y con la envergadura que alcanzó. Esta situación de desmadre obligaba a los analistas políticos, intelectuales y periodistas del diario a echar mano de algunos conceptos del vocabulario político que tenían inscriptos una fuerte carga significativa, lo cual permitía arrojar algo de luz a lo que estaba ocurriendo. En este sentido, el concepto de “populismo” “cerraba” analíticamente ya que permitía designar la situación de desorden que estaba viviendo el país por aquellos días y arrojaba algo de certeza en torno a lo que estaba ocurriendo.
En el caso de Página/12, pudimos diferenciar las racionalidades con las cuales se movilizó el concepto de “populismo” de acuerdo a los actores que lo utilizaron. Aquellos provenientes del campo intelectual compartían con los de La Nación la idea de que lo que se había puesto de manifiesto el 19 y 20 de diciembre era una crisis de representación política. Sin embargo, extraían de este diagnóstico conclusiones diametralmente opuestas y sostenían, a la vez, miradas acerca del futuro de la Argentina muy diferentes. Como hemos visto, en el caso de aquellos que escribían en La Nación, el peligro que aparecía a la vista era que la Argentina se alejase del modelo de democracia liberal. Para quienes así pensaban la crisis, la salida de esta pasaba por la recomposición del sistema político, que solo se lograría volviendo a construir instituciones creíbles a los ojos de la ciudadanía.
En cambio, para aquellos actores provenientes del campo intelectual que participaban en Página/12, crecía la convicción de que esta crisis de la democracia representativa abría la posibilidad histórica para la construcción de un nuevo modelo de democracia. En este sentido, la ampliación del “ideal democrático de construcción autónoma de la voluntad popular” (Pereyra, Vommaro y Pérez, 2013, p. 13) que de alguna manera se había iniciado con las jornadas de diciembre de 2001 llevó a varios de los intelectuales con posiciones ideológicas cercanas a la izquierda o la centroizquierda a creer en la posibilidad de dejar atrás al peronismo y el radicalismo, identidades políticas que eran identificadas con el concepto de “populismo” y señaladas como las responsables del fracaso de la democracia. En este sentido, el concepto iba a tener en este contexto una significación política negativa ya que remitía a la “partidocracia” que había roto los lazos políticos con el conjunto de la sociedad. El cambio histórico que se creía posible llevar adelante tenía que ver con cómo la ciudadanía podía, a partir de ese momento, “gestionarse” políticamente a sí misma de manera autónoma.
Con respecto a los periodistas del diario, pudimos ver en el segundo capítulo cómo movilizaron el término desde una racionalidad diferente a la de los intelectuales y con una valoración también distinta de él. En este sentido, utilizaron el concepto de “populismo” para nominar el nuevo modelo económico que se iniciaba con la salida de la convertibilidad, el cual había sido apoyado fuertemente por dichos periodistas. Ahora bien, la pregunta que nos surge en relación con esto último es la siguiente: ¿qué hizo posible esta inflexión en el significado del término y la revalorización de este por parte de los periodistas del diario? Creemos que la respuesta tiene que ver con los alcances y la magnitud que tuvo la crisis de 2001-2002. Esta echó por tierra muchas de las certezas que la sociedad argentina había tenido durante más de una década acerca del rumbo económico trazado a partir del menemismo. Si durante los años noventa la mirada ortodoxa había sido el tamiz a través del cual se leían los procesos económicos, el fracaso de esta experiencia provocará una crisis de dicha racionalidad neoliberal y el consecuente repliegue de los economistas neoclásicos, quienes habían sido hasta ese momento las voces legítimas a la hora de interpretar dichos procesos. En este sentido, es posible pensar que, si bien el quiebre definitivo del “consenso ortodoxo” se produjo con la llegada del kirchnerismo al poder, la crisis de 2001 va a implicar una incipiente “vuelta” de la política a un primer plano en detrimento de aquellos actores –sobre todo quienes provenían del campo económico– que hasta ese momento se habían erigido como la única palabra autorizada[8].
La resolución 125: el populismo como lógica político-discursiva
Hemos señalado en el apartado anterior que la crisis del 2001 produjo un quiebre en la hegemonía de la racionalidad económica a la hora de analizar los procesos sociales. Si desde mediados de la década del 80 había comenzado a producirse en nuestro país una progresiva colonización del discurso político por el económico (Rinesi y Vommaro, 2007, p. 436), la crisis habilitará un cuestionamiento a la legitimidad de los profesionales de la economía para intervenir con sus explicaciones en el ámbito público[9].
Pero será a partir de la llegada a la presidencia de Néstor Kirchner cuando se producirá una revalorización de la política y la palabra presidencial (Cremonte, 2007). A partir de entonces, lo que hemos denominado en la introducción como “racionalidad política” volverá a tener un papel preponderante a la hora de analizar la vida social. En este sentido, nos parece que la manera en que el kirchnerismo llevó adelante no solo su discurso, sino también su acción de gobierno será un elemento fundamental para explicar por qué en esta coyuntura los usos y significados del populismo remitirán principalmente a la dimensión política sedimentada en el término.
Como hemos analizado con más detenimiento en el primer capítulo, tanto los periodistas como las figuras del campo intelectual que participaban en La Nación identificarán al kirchnerismo como un gobierno populista más de los tantos que había tenido la Argentina a lo largo de su historia. Desde la perspectiva del diario, esta caracterización se patentizaba en el “estilo político” confrontativo que había adoptado Cristina Kirchner en relación con el campo. Esta forma de hacer política no solo agravaba el conflicto, sino que también resultaba claramente antagónica con el modelo de comportamiento político pregonado desde el diario, el cual apuntaba a la búsqueda de diálogo y consensos entre los diferentes sectores sociales. En este sentido, habíamos podido ver cómo el concepto de “populismo” había pasado a significar una práctica política que aparecía como la responsable de la profunda división que se estaba produciendo en la sociedad argentina.
Ahora bien, la movilización en este escenario de los significados políticos del populismo en el diario La Nación no implicó la ausencia de los sentidos económicos inscriptos en él. En primer lugar, hemos visto cómo desde el análisis económico la resolución 125 aparecía como el producto de la presencia de un “Estado expoliador” característico de los gobiernos populistas. En este sentido, la lectura que se hacía de dicha medida ponía al kirchnerismo en relación con la tradición redistributiva del primer peronismo –de la cual el diario había sido un histórico antagonista– (Díaz, 2010).
En segundo lugar –y creemos que esto es un hecho a destacar en virtud de una nueva articulación de sentidos que se produce en este escenario–, también se llevaba adelante un entrecruzamiento entre lo moral y lo económico a la hora de analizar la medida. De este modo, el cobro de retenciones a lo producido por el campo aparecía como una apropiación que hacía el gobierno populista a los fines de hacer un uso indiscriminado de la “caja” favoreciendo el desarrollo de prácticas corruptas[10].
Respecto de esto último, se llevará adelante una oposición entre los conceptos de “populismo” y “república”, pero con la novedad de que este último no remitirá principalmente al respeto institucional por la división de poderes, tal como había sucedido en otros escenarios que estuvimos analizando. La “república” y lo “republicano” pasarán a significar ciertos valores ético-políticos vinculados a la transparencia en el manejo de los fondos públicos. En este sentido, la idea de que lo que estaba en juego en el conflicto entre el gobierno y el campo era la “defensa de la república” funcionará como una estrategia que unificará los reclamos de las fuerzas de la oposición en el enfrentamiento con lo que se consideraba la “corrupción de los gobiernos populistas”. De allí que este último concepto apareciera vinculado, sobre todo, a prácticas políticas consideradas “espurias” de las cuales el kirchnerismo era el ejemplo actual y más acabado[11].
En lo que respecta al caso de Página/12, lo que nos parece importante señalar en relación con este último escenario es la “reconfiguración valorativa” que sufrió el concepto. A diferencia de lo que hemos visto en el segundo capítulo, donde dicha revalorización se fundó en la relación que se establecía entre el populismo y las políticas económicas heterodoxas, en esta última coyuntura el término pasará a representar valores políticos y culturales que serán juzgados de manera positiva por los analistas del diario. Si leemos este cambio en términos de la obra de Schütz, podemos afirmar que en los momentos políticos anteriores el concepto de “populismo” se utilizaba para remitir a un conjunto “típico” de experiencias políticas negativas (Schütz, 2008). Por el contrario, en este momento político se inscribirá el término en un nuevo conjunto de experiencias políticas –y creemos que a partir de allí el concepto de “populismo” se vinculará a una nueva “tipicidad” que continúa hasta hoy– como eran las que estaban teniendo lugar en América Latina a partir del denominado “giro a la izquierda”.
En virtud de esto último, el populismo ya no será un término con el cual se hará referencia a liderazgos autoritarios y demagógicos, sino que se lo utilizará para caracterizar a un gobierno –en este caso, el kirchnerista– que se estaba enfrentando a un sector que representaba a las élites económicas y políticas que, salvo contadas excepciones, habían conducido históricamente los destinos de nuestro país. A su vez, la insistencia en que estaba en juego en esta disputa la permanencia de un gobierno elegido democráticamente frente a un sector “destituyente” conducirá a una reconfiguración del par conceptual “democracia” y “populismo”. Este último ya no será presentado por periodistas y analistas de Página/12 como la contracara de aquella, sino como un rostro virtuoso de ella[12]. En este sentido, se vinculará al populismo con los procesos de “democratización”, de inclusión económica y expansión en materia de derechos de los sectores populares.
A partir de este nuevo entramado de significados en el cual pasaba a formar parte el populismo, la tan vilipendiada “división social” por parte de los sectores liberal-conservadores no aparecía como un elemento negativo, sino que iba a ser refrendada por la línea editorial del diario. Esta pasará a ser vista como un accionar político ineludible si se quería construir una sociedad más justa y equitativa. Por tal motivo la conformación de un campo antagónico entre un “nosotros” y un “ellos” que llevaban adelante los gobiernos populistas será vista, a partir de ahora, como una “virtud política”. O, para decirlo en términos de Jacques Rancière en línea con la lectura que se hacía en Página/12 del kirchnerismo, el gobierno había producido una “distorsión” en el cuerpo social direccionando las políticas públicas en favor de “la parte de los sin parte” (Rancière, 2007).
De ese sentido político –y en íntima relación con él–, también hemos visto que se desprendía el significado económico con el cual se movilizaría el término. En este sentido, se utilizará el concepto para hacer mención de lo que el kirchnerismo estaba intentando llevar adelante a través de la resolución 125: una política económica redistributiva propia de los gobiernos peronistas en beneficio de los más necesitados.
Ahora bien, ¿qué circunstancias hicieron que un término que durante la década del 90 se utilizaba en este diario para cuestionar la figura de Carlos Menem se transformara ahora en un concepto positivo para hacer referencia al gobierno de Cristina Fernández? Podemos esbozar una posible respuesta a esta pregunta a partir de dos hechos relacionados entre sí. En primer lugar, el alineamiento con el kirchnerismo que llevarán adelante amplios sectores políticos –tanto de izquierda como de centroizquierda– a partir del conflicto por la resolución 125. Este habilitará una lectura del peronismo desde una perspectiva ideológica claramente distinta a lo que habíamos visto en los escenarios anteriores. Si el concepto de “populismo” había sido utilizado por estos sectores para identificar y cuestionar la experiencia política peronista –sobre todo la menemista–, se producía a partir de este conflicto una reconciliación entre estas dos tradiciones políticas con la consecuente revalorización de lo que el concepto significaba[13].
Un segundo elemento que nos parece central tuvo que ver con la importancia de la obra de Ernesto Laclau La razón populista (2005)[14]. Esta tuvo un fuerte impacto tanto en el mundo académico, como en otros campos como el periodístico. Sin pretender entrar en un análisis exhaustivo de dicha obra, queremos remarcar algunos de los puntos centrales sobre su análisis del populismo que explican el importante papel que tuvo este en la resignificación del término en Página/12 durante este escenario. Como señalamos en el capítulo anterior, la figura de Laclau va a conducir a un acercamiento entre los sectores intelectuales afines al progresismo con el peronismo. Este acercamiento creará las condiciones de posibilidad para un uso positivo y no condenatorio del concepto de “populismo” por parte de estos sectores intelectuales.
Ahora bien, señalados estos dos elementos –el alineamiento de algunos sectores de izquierda y centroizquierda con el kirchnerismo y la aparición de La razón populista–, quisiéramos detenernos sobre todo en este último ya que nos parece central para entender lo sucedido en este escenario político con el uso del concepto. Laclau llevó adelante una conceptualización que permitía caracterizar como populistas a varios de los gobiernos de izquierda y centroizquierda latinoamericanos, incluyendo al kirchnerismo. Si durante la década del 90 el denominado “neopopulismo” aparecía relacionado con líderes que habían llevado adelante políticas de “derecha”, Laclau vinculará los liderazgos populistas con los procesos de transformación social y de democratización que se estaban viviendo en América Latina durante toda la primera década del 2000. En este sentido, presidentes como Cristina Fernández, Evo Morales, Hugo Chávez y Rafael Correa aparecían como figuras que representaban a las mayorías populares en virtud de que habían podido articular políticamente la pluralidad de demandas que provenían de dichos sectores. En este sentido, La razón populista funcionaba como una fuente conceptual para quienes, proviniendo de posiciones no necesariamente vinculadas al peronismo, hacían una defensa del kirchnerismo. Por otro lado, y creemos que esto es también una cuestión importante, Laclau se había mostrado muy cercano al gobierno de los Kirchner, lo que reforzaba la identificación que hacían intelectuales y periodistas de todo el arco ideológico entre esta fuerza política y el concepto de “populismo”.
Pero además, y tal como hemos afirmado más arriba, la cuestión no se limitaba a una aproximación de tipo personal, sino que toda la obra de Laclau brindaba elementos conceptuales para hacer una defensa del kirchnerismo. De acuerdo con Laclau (2005), uno de los rasgos característicos de los populismos era que llevaban adelante una “dicotomización del espacio político”. Según este punto de vista, los gobiernos populistas se sostenían sobre la base de la construcción de antagonismos que atravesaban a la sociedad. De la perspectiva de análisis del filósofo argentino, se desprendía una lectura distinta de los conflictos como forma de acumulación de poder político. Si la construcción política que los populismos llevaban adelante se asentaba en el trazado de esta “frontera” política que dividía a la sociedad en dos polos antagónicos, la tan vilipendiada “grieta” que se originaba dejaba de ser vista como algo negativo. No solo eso, podríamos decir que aparecía como algo inevitable si lo que se pretendía era modificar el statu quo socioeconómico.
A modo de cierre, queremos señalar que en este último escenario los diferentes significados dados al populismo remitían, en el fondo, a un debate sobre cuál era la “esencia” misma de la política. Así como en La Nación el “consenso” aparecía como un valor político supremo y el populismo como la antítesis de él, en el caso de Página/12 será la dimensión “jacobina” del kirchnerismo lo que generaba adhesión del diario y permitía entenderlo como un populismo (Rinesi, 2011; 2013). Para los intelectuales y periodistas de este último, la política era inescindible de la idea de conflicto y no podía ser reducida a una mera “administración” de la cosa pública. En este sentido, y a diferencia de lo ocurrido a finales de los 90, cuando el peronismo había sido impugnado por intelectuales y periodistas de Página/12 por haber servido a los intereses del establishment, el kirchnerismo reactualizaba la faceta agonal y transformadora del peronismo.
Conclusión
En este capítulo hemos intentado poner de relieve aquellos hechos y circunstancias que consideramos más relevantes para entender los usos y significados del concepto de “populismo” en los diferentes momentos políticos que analizamos. Apuntamos, a través de ello, a arrojar alguna luz sobre la relación existente entre los sentidos que adquirió el término y los contextos en los cuales se movilizó.
En el caso de La Nación, pudimos ver que el uso del concepto estuvo vinculado a una racionalidad económica que fue la preponderante en los tres escenarios. Esta lectura económica se erigió como el “mascarón de proa” en la defensa del libre mercado y la iniciativa privada, disputando con aquellos gobiernos y actores políticos que propugnaban por un Estado interventor y redistributivo. Este último apareció identificado con el concepto de “populismo” y fue señalado como el gran enemigo del crecimiento económico y como el responsable de los males que había sufrido nuestro país a lo largo de la historia. Ahora bien, junto con esta lectura económica, pudimos observar la aparición de un uso político del término. Para que pudiera darse esta apertura a dicho sentido, creemos que fueron claves dos hechos: por un lado, el ciclo de movilizaciones y protestas a partir de diciembre de 2001; por otro –y quisiéramos remarcar esto último como elemento determinante–, la disputa política entre el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner y el “campo”. Allí el concepto de “populismo” pasó a significar no solo la presencia de un Estado “asfixiante” en la vida económica, sino también una herramienta de acumulación de poder político y de polarización social. Estos sentidos inscriptos en el concepto de “populismo” serán fuertemente cuestionados por los periodistas, los intelectuales y la línea editorial de La Nación.
En el caso del diario Página/12, pudimos observar durante el primer escenario que analizamos cómo el populismo se utilizó como un concepto político con un sentido condenatorio en relación con las figuras de Carlos Menem y Eduardo Duhalde. A partir de la crisis de 2001, comenzó a dibujarse un sentido económico del término para señalar una orientación productivista encarnada ahora en la figura de un “reciclado” Duhalde, quien, una vez en la presidencia, iba a impulsar medidas que iban a poner fin al modelo de acumulación financiera que había regido durante la década del 90. Finalmente, durante el conflicto por la resolución 125, el populismo pasará a convertirse en un “concepto totalizador” que unificó las dimensiones política, económica y cultural que estaban en juego durante la disputa entre el gobierno y las patronales agrarias.
- En este punto seguimos a Raymond Williams (2003), quien sostiene que no es posible estudiar los significados de las palabras separadas del contexto en el cual se utilizan.↵
- Como señala Rodrigo Contreras Osorio (2006), esta idea de un mercado que se “autorregulaba” sin necesidad de la intervención estatal implicaba la separación de la política y la economía: “Así, durante los 90, en América Latina el Estado intentó consolidar su rol de agente subsidiario en el dominio económico. Al sistema político se le atribuye el papel de administrador y la función de control de la acción del Estado […]. Lo económico deviene así autónomo de lo político y, al mismo tiempo, de lo social. El sistema económico, autorregulado, es regido únicamente por las leyes del mercado, y ya no por la racionalidad política” (p. 27).↵
- Tomamos esta idea de Rinesi y Nardacchione, quienes afirman que “la influencia de ese paradigma [neoliberal] y de esas políticas no se agota, desde luego, en el puro plano de la economía (y esto por algo tan sencillo como que, como esperamos haber dejado suficientemente dicho, no existe ‘el puro plano de la economía’), sino que tiene influencias decisivas sobre los modos de pensarse el conjunto de las dimensiones de la vida de una sociedad” (2007, p. 19).↵
- Es decir, tanto La Nación como Página/12 compartían la utilización del término “populismo” para referirse a ambas figuras. Ahora bien, como hemos mostrado, los sentidos movilizados del término eran bien diferentes.↵
- El concepto de “decisionismo” de raíz schmittiana se utilizó por entonces en el campo académico, entre otras cosas, para referirse a una característica “patológica” que tendría la democracia argentina y latinoamericana. Por lo tanto, tenía un sentido fuertemente negativo ya que connotaba cierta arbitrariedad en el ejercicio del poder por parte del Poder Ejecutivo. Más allá de que esta interpretación del concepto está siendo actualmente revisada en el campo de las ciencias sociales, lo que nos interesa remarcar es que para el sentido común político tenía –y creemos que lo sigue teniendo aún– un significado fuertemente negativo.↵
- Por ejemplo, Juan Carlos Portantiero (1995) definía a Menem de la siguiente manera: “… el populismo conservador de Menem no hace más que continuar, en su relación con las instituciones, con un legado pragmatista de hacer política apegado a las formas decisionistas del poder y hostil el estilo democrático republicano, como lo fuera el peronismo clásico” (p. 107).↵
- Esto último se modificará cuando en parte de Latinoamérica se produzca el denominado “giro a la izquierda” y lleguen al poder presidentes como Néstor y Cristina Kirchner, Lula da Silva, Hugo Chávez, Evo Morales y Rafael Correa.↵
- Muestra de dicho consenso había sido la aceptación por gran parte de la sociedad argentina de las ideas promercado (Camou, 1998). Ahora bien, tal como señala Mariana Heredia (2011), “es innegable que luego de la crisis de 2001, la repolitización de la economía y el repliegue de los economistas neoliberales han marcado una ruptura importante con el ciclo anterior” (p. 299). Esta caída en desgracia del discurso económico ortodoxo permitía vincular positivamente al populismo con las experiencias económicas anteriores a la de las políticas neoliberales de la década del 90.↵
- Nos referimos, fundamentalmente, a aquellos economistas cuyos enfoques formaban parte del mainstream de la ciencia económica.↵
- Al respecto véase Vommaro (2010).↵
- En relación con esto, en una columna de opinión, el escritor Marcos Aguinis afirmaba que los gobiernos populistas “buscan imponer la hegemonía o el partido único, seducen con prebendas al empresariado, hipnotizan con subsidios, se apoderan de las riquezas del país mediante fideicomisos y testaferros, dividen la sociedad en buenos y malos para ganar en río revuelto, mantienen intacta la pobreza y la ignorancia” (La Nación, 4/04/2008). Resaltado nuestro.↵
- Como hemos señalado a lo largo de este trabajo, para esta nueva manera de plantear la relación entre democracia y populismo, fue fundamental el camino abierto por Ernesto Laclau. En línea con este autor, otro gran estudioso del populismo dirá que “la reivindicación democrática es parte del imaginario populista” (Arditi, 2017, p. 126). Así como existe toda una tradición teórico-política que contrapone ambos términos, podemos afirmar que también existe una línea interpretativa de este que los enlaza. Véase entre otros Panizza (2008); De la Torre (2013); Casullo (2019).↵
- Las críticas al populismo/peronismo por parte de la izquierda se remontan a los orígenes mismos de este movimiento político. “Autoritarismo”, “demagogia”, “ambigüedad ideológica” y otros tantos epítetos fueron la manera que tuvieron las izquierdas académicas y políticas de referirse al fenómeno populista y a la figura de Perón. Para un análisis de la relación entre peronismo e izquierda, véase el trabajo de Carlos Altamirano (2015) y también el de Alejandro Groppo (2009).↵
- A partir de la publicación de Política e ideología en la teoría marxista (1978), Ernesto Laclau será uno de los intelectuales que más estudió el fenómeno populista. Por tal motivo, será un actor clave para cuestionar el lugar de desprestigio que tenía el concepto de “populismo” y las experiencias políticas asociadas a él en el campo de las ciencias sociales.↵






