El análisis de los usos y significados de las palabras políticas
El presente trabajo pretende ser un aporte al estudio del populismo. Sabido es que la literatura sobre dicho tema es prácticamente inabarcable. Sin embargo, hemos intentado explorar una arista que no parece tan explorada. Nos referimos a los usos y significados que recibió el concepto. En este sentido, son múltiples los autores que, proviniendo de diferentes disciplinas pertenecientes al campo de las ciencias sociales, han señalado la importancia que tienen para el estudio de los fenómenos políticos los significados y los usos que hacemos de las palabras con las cuales nombramos dicho mundo[1]. Dentro de la teoría sociológica, nos basamos, en primer lugar, en la obra de Alfred Schütz (2008), para quien el lenguaje funcionaba como el medio tipificador por excelencia de la vida social. En este sentido, las palabras con las cuales se denominan las experiencias sociopolíticas tienen inscriptos algunos significados que contribuyen a la conformación del sentido común en torno a ellas (Schütz, 2008). Por otro lado, también Pierre Bourdieu remarcará la importancia del lenguaje en relación con la organización de la vida social. En varios de sus trabajos, el sociólogo francés pondrá de manifiesto el poder performativo que posee el lenguaje al ser productor de efectos reales a nivel social (Bourdieu, 1999). Pero, además, en el análisis que lleva adelante Bourdieu, el lenguaje, lejos de ser un espacio neutral, se constituye en un campo de batalla donde se libran luchas por la dominación simbólica (Bourdieu, 1996; 1999).
El segundo conjunto de referencias con las cuales trabajamos proviene de la historia conceptual, donde sobresale la obra de Reinhart Koselleck. En varios de sus escritos, el historiador alemán señaló que para los estudios históricos resulta una tarea fundamental el análisis de los usos y significados de los conceptos sociopolíticos que priman en una determinada época. Solo a través del lenguaje podemos dar cuenta de cómo cada sociedad tematiza “los estados sociales y sus cambios” (Koselleck, 1993, p. 110). Dentro de esta misma disciplina, también se encuentran los trabajos de Quentin Skinner (2000), quien afirma que todo texto político es una respuesta a una polémica que se libra en un determinado contexto lingüístico. Por tal motivo, quien desee llevar adelante una historia de los conceptos tendrá siempre que apuntar a la reconstrucción de dicho contexto para poder desentrañar cuáles fueron las intenciones del autor al escribir un determinado texto (Skinner, 2000, p. 1). En este sentido, las palabras que se utilizan para nombrar al mundo político tienen una carga de litigiosidad en sí misma, lo cual nos aleja de aquellas perspectivas que ven al lenguaje como una simple herramienta descriptiva de la realidad. En línea con la perspectiva de Skinner, Pierre Rosanvallon (2003) señala que la “historia conceptual de lo político” no puede limitarse al estudio de las grandes obras. También debe tener en cuenta cómo fue la recepción de estas, el análisis de la prensa, de los panfletos, de las imágenes y de otros soportes que históricamente quedaron fuera de lo que se conoce como “historia de las ideas” (Rosanvallon, 2003).
En tercer lugar, nos apoyamos en los estudios culturales, en especial en la versión del marxismo británico de Raymond Williams. Este autor remarca la importancia que tienen los significados de determinadas palabras compartidas socialmente –sobre todo aquellos términos que pasan a formar parte del vocabulario cotidiano– y que se muestran como “palabras claves” a la hora de interpretar los procesos sociales (Williams, 2003). En este sentido, su interés no se centra en el análisis de las palabras del vocabulario de las ciencias sociales, sino de aquellas que, aun pudiendo provenir de alguna disciplina especializada, pasan a formar parte del vocabulario general. Son estas “palabras en común”, en definitiva, las que organizan la vida y la experiencia compartida de una sociedad (Williams, 2003).
Finalmente, desde el campo de la filosofía política, Sheldon Wolin sostendrá que para la teoría política las prácticas políticas no pueden ser analizadas sin tener presentes al mismo tiempo los significados que se les otorgan a las palabras con las cuales se denominan estas (Wolin, 2001). Dichas palabras, y los significados adheridos a ellas, permiten “establecer conexiones entre los fenómenos políticos […] median entre nosotros y el mundo político que procuramos hacer inteligible” (ibid., p. 15). De esta manera, lo que podría parecer un conjunto caótico de fenómenos sin relación entre sí termina teniendo –a través del lenguaje que los ordena– un sentido asequible y una estabilidad provisoria.
De estas múltiples aproximaciones a la relación entre el lenguaje y el mundo político, se desprenden al menos tres dimensiones que se presentan como relevantes a la hora de emprender un análisis de las palabras que conforman el vocabulario político en un momento histórico determinado. En primer lugar, los conceptos con los cuales interpretamos dicho mundo poseen una historicidad que se relaciona con el uso analítico y explicativo que poseen las palabras políticas (Lesgart, 2003). Siguiendo a Schütz, podemos decir que en dichos conceptos se encuentran sedimentados ciertos significados[2]. En virtud de esta característica, los conceptos políticos nos brindan un marco interpretativo en relación con los hechos sociopolíticos cotidianos sin necesidad de tener que construir todo el tiempo nuevos sentidos para estructurarlos lógicamente.
Ahora bien, estos significados no permanecen inalterables, sino que se transforman conforme a los usos que se hagan de dichas palabras (Lesgart, 2003; Skinner, 2000). En virtud de dichos cambios y quiebres de sentido, Pierre Rosanvallon (2003) afirma que los significados de los términos políticos deben ser analizados históricamente. Según este autor, “los conceptos políticos (se trate de la democracia, la libertad, la igualdad, etcétera) no pueden comprenderse sino en el trabajo histórico de su puesta a prueba y de sus intentos de elucidación” (Rosanvallon, 2003, p. 44).
Este doble aspecto que estamos señalando con relación a la noción de historicidad de los términos políticos –es decir, tanto el hecho de que los significados sedimentados en los conceptos son un producto histórico, como la necesidad de observar la manera en que los términos son usados históricamente en cada contexto– nos permite analizar los significados de los conceptos políticos en términos de continuidades y rupturas[3].
Una primera cuestión que podemos preguntarnos con relación a lo que venimos diciendo es de dónde provienen los significados de los términos que conforman el vocabulario político. En este sentido, si bien muchos de estos significados se constituyen en el campo[4] especializado de las ciencias sociales, los usos que se hacen en los espacios no académicos los modifican. Ahora bien, es posible señalar que también ocurre la situación inversa, ya que muchas nociones que se utilizan en el mundo lego pasan al campo académico y son allí resignificadas por los actores que pertenecen a él (Rinesi, Vommaro y Muraca, 2010, p. 9)[5].
En línea con esto último, al analizar la relación que existe entre el saber experto y la política, Morresi y Vommaro van a remarcar la confluencia que existe entre estos diferentes campos sociales. Al respecto afirman que
mostrar los mecanismos de funcionamiento de una actividad experta debe permitirnos contribuir al conocimiento de la forma en que se produce y se reproduce el mundo social en una particular articulación entre diferentes campos sociales…el conocimiento producido en un ámbito llega a ser movilizado por actores de otros espacios sociales que se muestran capaces de imponer visiones del mundo, de sus problemas y de sus soluciones (Morresi y Vommaro, 2011, pp. 12-13).
En virtud de lo que venimos señalando, podemos afirmar que existe un ida y vuelta constante de los conceptos políticos entre el mundo académico y el de los medios de comunicación donde dichos conceptos se utilizan corrientemente y donde se libran los debates públicos (Vommaro y Combes, 2016, p. 20). Y será, precisamente, en este hecho donde radique el punto de partida de nuestro análisis: es en la circulación y en la confluencia de los diferentes campos sociales –más que en la separación de estos– donde las sociedades producen el conocimiento en torno a los fenómenos sociopolíticos y los conceptos con los cuales estos se nominan[6].
En segundo lugar, los términos políticos no son unívocos, sino que se encuentran sometidos a continuas disputas por establecer cuáles de los múltiples significados que tienen inscriptos son los correctos. En este sentido, las batallas semánticas que se dan en torno a dichos términos son, a la vez, luchas simbólicas que traen consigo una apuesta política: la construcción de la visión legítima del mundo[7]. Tal como lo sostiene Pierre Bourdieu (1996):
las categorías de percepción, los sistemas de clasificación, es decir, en lo esencial, las palabras, los nombres que construyen la realidad social tanto como la expresan, son la apuesta por excelencia de la lucha política, lucha por la imposición del principio de visión y de división legítimo, es decir por el ejercicio legítimo del efecto de teoría (p. 137).
La tercera dimensión que queremos señalar permite poner de relieve otra característica que tienen los términos y conceptos que componen el lenguaje político. Junto con el uso analítico-explicativo que venimos señalando, estos poseen también una dimensión evaluativa-descriptiva[8]. De esta manera, los términos políticos movilizan ciertos atributos que clasifican y califican de manera positiva o negativa a los actores y a los hechos del mundo político (Koselleck, 1993)[9]. En este sentido, los conceptos políticos funcionan como “etiquetas” (Becker, 2010)[10] que se utilizan para elogiar o vilipendiar a quienes se aplican. Tal como ha sido señalado desde la perspectiva de la sociología interaccionista, no existen palabras neutrales para hablar del mundo social, sino que estas poseen una carga valorativa positiva o negativa. Esto permite afirmar que
existen “símbolos de status” o “símbolos de prestigio”. Estos últimos se contraponen con los “símbolos de estigma” […]. Al examinar los símbolos de prestigio, los símbolos de estigma y los desidentificadores, hemos considerado los signos que transmiten rutinariamente información social (Goffman, 2001, p. 58).
Hay otro elemento que queremos remarcar con relación a lo que hemos venido diciendo hasta aquí y que resultará particularmente relevante para la tarea que nos hemos propuesto. Los términos del léxico político se presentan las más de las veces como “conceptos polares” (Lesgart, 2003, p. 141). Dicho en palabras de Koselleck (1993): “… como en la vida cotidiana, el uso lingüístico de la política se basa una y otra vez en esta figura fundamental de los conceptos contrarios asimétricos” (p. 207).
Esta manera dicotómica de ordenar los hechos está presente tanto en el análisis que llevan adelante cientistas sociales, como en otros actores vinculados al análisis social y político. De esta manera, se elaboran a través del lenguaje político antinomias donde uno de los términos tiene una connotación o valoración positiva, mientras que su opuesto moviliza un sentido negativo y desacreditador, lo cual conduce a una visión binaria de la realidad social[11].
Ahora bien, el denominador común que encontramos entre los diferentes autores mencionados en esta introducción –y que, como hemos visto, se inscriben en tradiciones teóricas distintas como son la sociología, la “historia conceptual”, la filosofía política y la “fenomenología”– es que todos ellos reconocen la importancia que tienen los usos y significados de los conceptos en relación con las prácticas políticas. Y esto es así porque el sentido que adquieran estas dependerá –al menos parcialmente– de los procesos de nominación a través de los cuales se construyen dichas prácticas.
Además –y en este punto es quizás la perspectiva sociológica la que más ha hecho hincapié–, existe un uso estratégico por parte de los actores que movilizan los términos que se utilizan en el debate político (Elster, 1995). Es decir, de los múltiples sentidos que dichos términos tienen sedimentados, se movilizan solo aquellos funcionales para sostener un determinado argumento o posición ideológico-política[12].
El concepto de “populismo” en el campo de las ciencias sociales. Los debates clásicos
Decíamos que los conceptos políticos tienen una polisemia que los caracteriza y los constituye en términos sujetos a interpretaciones contrapuestas (Koselleck, 1993). En este sentido, palabras como “democracia”, “república”, “hegemonía” o “populismo” han estado atravesadas por fuertes discusiones en torno a cuáles de los significados que se les otorgan son los correctos o legítimos.
Con relación al populismo, podemos señalar que, si bien había sido utilizado en la literatura del campo de las ciencias sociales para caracterizar algunas experiencias políticas que tuvieron lugar hacia finales del siglo xix y principios del xx en Rusia y en los EE. UU. (Mackinnon y Petrone, 1998, pp. 17-20), será en el campo de las ciencias sociales latinoamericanas donde cobrará su sentido más relevante[13]. Desde mediados del siglo xx, el concepto ha estado atravesado por fuertes controversias teóricas y se lo ha utilizado para dar cuenta de una multiplicidad de fenómenos sociopolíticos (Mackinnon y Petrone, 1998; Burbano de Lara, 1998, p. 10; Gidron y Bonikowski, 2013). Sin embargo, a pesar de la diversidad de realidades y significados que tiene este concepto en la literatura especializada, es posible clasificar las aproximaciones a él en dos grupos principales[14].
En el primero de estos grupos, podemos incluir las perspectivas funcionalista, estructuralista y marxista (Groppo, 2009). Si bien estas divergen entre sí tanto en cuanto a cuáles fueron las causas que condujeron a la aparición de los gobiernos populistas en la región, como en cuanto a la valoración que tienen en torno a ellos, comparten, no obstante, la idea de que con el concepto de “populismo” se está haciendo referencia a un fenómeno de carácter sociopolítico factible de ser situado históricamente. Veamos más en detalle cada una de dichas aproximaciones que comparten el hecho de situar al populismo en determinadas coordenadas espaciotemporales bien definidas.
Por el lado del funcionalismo, Gino Germani (1962) y Torcuato Di Tella (1965) llevaron adelante un análisis del populismo en clave “modernizadora”. Aquí el populismo –los autores se están refiriendo sobre todo al peronismo– aparece ligado a ciertos cambios socioculturales que se dieron en la Argentina hacia mediados de siglo xx. Puntualmente, a los que tuvieron lugar cuando se produjo la denominada “transición” de una sociedad “tradicional” a una “moderna”. Para estos autores el apoyo político de los (nuevos) obreros a la figura de Perón se podía explicar en virtud de las características socioculturales de estos, entre ellas el hecho de que estos carecieran de la suficiente experiencia sindical y política como para actuar de manera autónoma, lo que los llevó a convertirse en “masas en disponibilidad” (Germani, 1962, p. 242) de la cual un líder como Perón podía utilizar en su construcción política:
En los países en desarrollo, la revolución de las aspiraciones inculca en las masas el deseo de contar con representación aun cuando no tributen impuestos. En otras palabras, grupos que no disponen de suficiente poder económico u organizativo exigen participación en los bienes y en las decisiones políticas de la sociedad. Ya no saben “guardar su lugar” como lo supieron los obreros europeos hasta tiempos muy recientes. Forman una masa disponible de adeptos más vasta y más exigente que cualquiera con que hubiera podido soñar Luis Napoleón (Di Tella, 1965, p. 4).
Desde la perspectiva de Germani, el peronismo se mostraba como un régimen
híbrido que combina elementos democráticos –la integración de las masas a la vida política como sujeto central en la conformación del demos legítimo– y autoritarios –la centralidad del líder y la escasa autonomía del sistema representativo y las asociaciones obreras respecto del Estado en el proceso de toma de decisiones– (Pérez, 2017, p. 268).
Esto último implicaba una ambigüedad constitutiva que marcaba la figura de Perón. Por un lado, podía ser visto como un líder carismático y autoritario que, aprovechándose de las características socioculturales de la clase obrera argentina, había movilizado desde el poder estatal a dichos sectores[15]. Pero, a la vez, el peronismo también aparecía como un movimiento político que había hecho posible una “democratización fundamental” (Pérez, 2017, p. 266) en la sociedad argentina a partir de la integración de las masas a la vida política.
Desde otra perspectiva, e influidos por el pensamiento marxista, algunos autores estudiaron el populismo teniendo en cuenta los intereses de clases que estaban en juego cuando se produjo la emergencia de estos. Tal es el caso de Murmis y Portantiero (2006), quienes analizaron el surgimiento del peronismo discutiendo, en gran medida, con la conceptualización anterior. Sobre todo, cuestionaron la idea presente en los citados trabajos de Germani y Di Tella acerca de la primacía de la dimensión afectiva de los sectores obreros que habían apoyado a Perón. Para Murmis y Portantiero, había ocurrido lo contrario: la clase trabajadora había acompañado a Perón en virtud de las mejoras concretas que las políticas llevadas adelante desde que este había ocupado el cargo de secretario de trabajo y previsión habían traído en sus condiciones de vida. Este apoyo pragmático de la clase obrera al peronismo implicaba un cambio importante con respecto a lo que se sostenía en los trabajos de Germani y Di Tella. Para Murmis y Portantiero, el comportamiento de los trabajadores no podía ser analizado con el concepto de “masas anómicas” ya que este sector se había comportado como un actor consciente y no manipulable.
Al igual que estos últimos autores, Juan Carlos Torre (2011) destacó no solo la racionalidad en el apoyo de la clase obrera al peronismo en virtud de las ventajas materiales que este había traído para los trabajadores, sino que también hizo una lectura del fenómeno peronista en términos políticos:
En esta visión de las cosas, el énfasis está puesto en la racionalidad del comportamiento obrero. De allí que para analizar la trayectoria que aproxima a las masas a Perón se subraye la importancia de la apertura política y social realizada desde la Secretaría de Trabajo, para ver en ella la satisfacción de reivindicaciones largamente postergadas durante los años previos de industrialización (Torre, 2011, p. 30).
De este modo, las posibilidades de participación política que el peronismo había abierto a sectores históricamente marginados habían reconfigurado las lealtades previas, posibilitando la aparición de una nueva identidad política.
Finalmente, otros análisis (Cardoso y Faletto, 2011; Vilas, 1998; 2003) vincularon a los populismos latinoamericanos con un determinado momento de desarrollo económico de la región:
El populismo latinoamericano correspondió a un momento determinado del desarrollo capitalista –predominio de la producción orientada hacia el consumo final, industrialización sustitutiva de importaciones, mercados regulados, distribución progresiva de ingresos, gestión estatal de variables macroeconómicas consideradas estratégicas, etcétera– que poco tienen que ver con el capitalismo actual y en general con el de los últimos 30 o 40 años (Vilas, 2003, p. 15).
Esta última perspectiva hará hincapié en la “alianza de clases” que caracterizaron a los gobiernos populistas[16]. Además, pondrá de relieve el papel que cumplió el Estado como factor de desarrollo interno sin desconocer, a la vez, la dependencia económica externa que dicho Estado populista había generado en los países latinoamericanos (Mackinnon y Petrone, 1998).
Para un segundo conjunto de explicaciones, lo propio de los populismos no pasará por haber sido un fenómeno circunscripto a un momento del desarrollo del capitalismo periférico ni podrá analizarse exclusivamente en términos sociológicos como hemos visto hasta aquí. En este grupo, encontraremos una serie de autores que han estudiado el populismo como un hecho ideológico-discursivo (De Ípola, 1982; 1989; Laclau, 1979; 2005; 2008; Panizza, 2009; Mouffe, 2018). Para esta perspectiva[17], el populismo se trata de una dimensión y una forma que puede adquirir la política en cualquier momento histórico. En este sentido, y tal como lo sostiene Ernesto Laclau (1979), “el populismo comienza en el punto donde los elementos democrático-populares son presentados como una opción antagónica contra la ideología del bloque dominante” (p. 173). O, en los términos en los que lo formula Chantal Mouffe (2018),
estas objeciones [sobre todo las que provienen de aquellos que ven en el populismo una tendencia a la homogeneización que pone en riesgo la pluralidad propia de las democracias] derivan de la incapacidad para entender que una estrategia populista de izquierda se basa en un enfoque antiesencialista según el cual el “pueblo” no constituye un referente empírico, sino una construcción política discursiva (p. 86).
De esta manera, el populismo será entendido como un discurso político cuya característica central será que divide a la sociedad en dos grupos enfrentados a partir de un antagonismo fundamental (en el sentido de “fundante”) imposible de erradicar –al menos de manera definitiva– y que da forma a dos actores en disputa: el pueblo y el antipueblo (Panizza, 2009; De la Torre, 2013)[18].
Populismo y neopopulismo: el regreso de un viejo tópico a finales de los 80 y principios de los 90
Como veníamos diciendo, el análisis del populismo animó gran parte de la discusión de las ciencias sociales latinoamericanas a partir de la segunda mitad del siglo xx. Ahora bien, a partir de los años 90, la discusión en torno al populismo tomará un nuevo impulso dentro del campo de las ciencias sociales[19].
El regreso de este viejo tópico será a propósito de los tipos de liderazgos que se dieron durante esa década en América Latina y las políticas económicas que sus respectivos gobiernos implementaron. Es que, si bien estas figuras políticas habían llegado al poder contando con un fuerte apoyo popular, una vez alcanzado este, terminaron aplicando recetas neoliberales contrarias a los intereses de los sectores más postergados (Burbano de Lara, 1998; Conniff, 2003; De la Torre, 1998)[20]. A partir de entonces, la cuestión del populismo ha pasado a ser nuevamente un punto de discusión constante en los análisis sociológicos, politológicos y filosóficos (Follari, 2010; Gaete, 2013; Laclau, 2005; Novaro, 2007; Panizza, 2008; 2009; Retamozo, 2006; Vilas, 2005; Zanata, 2015)[21].
Al igual que lo que dijimos en el apartado anterior en relación con las conceptualizaciones “clásicas”, este retorno del populismo ha estado acompañado de múltiples y disímiles lecturas en torno a él. En primer lugar, el populismo aparecerá como un tipo de intervención del Estado en la sociedad. Para quienes así lo hayan definido, se trata de una particular forma de incorporar las “fuerzas y demandas sociales al proyecto nacional del Estado” (Touraine, 1998, p. 358)[22].
Una segunda manera de aproximarse a los populismos tiene que ver con el tipo de medidas económicas que los gobiernos caracterizados como tales llevaron adelante (Dornbush y Edwards, 1992; Sachs, 1989). Para estos autores el populismo es fundamentalmente una política económica –de carácter cortoplacista, podríamos agregar–. En este sentido, el populismo tiene que ver fundamentalmente con políticas redistributivas en lo económico que conducen tasas elevadas de inflación con el consiguiente deterioro de las cuentas fiscales de los países donde se aplican[23].
Sin embargo, será en términos de su análisis a partir de categorías políticas que el concepto de “populismo” ha tenido mayor desarrollo conceptual durante las últimas dos décadas (Casullo, 2019). Ahora bien, también aquí –es decir, entre quienes lo analizan teniendo en cuenta variables políticas– podemos establecer dos grupos diferentes teniendo en cuenta la valoración que se haga de él (Frei y Rovira Kaltwasser, 2008).
Entre aquellos análisis que mantienen una mirada crítica del populismo, están quienes lo ven como un tipo de liderazgo carismático y personalista que, al no dar lugar a las mediaciones institucionales propia de las democracias liberales, tiene como consecuencias comportamientos autoritarios de los líderes que lo encabezan (Coniff, 2003; Freidenberg, 2012). También están aquellos que abogarán por una definición “mínima” y lo ven como una “estrategia política” para alcanzar las posiciones de poder en la que se busca el apoyo directo de seguidores desorganizados –retomando de este modo la “clásica” conceptualización germaniana– (Weyland, 2004). En una versión mucho más crítica, el populismo se emparentaría con los totalitarismos al presentarse como la auténtica encarnación de la “voluntad popular”, eliminando cualquier forma de pluralismo (Zanata, 2015). Más allá de las diferencias que podríamos establecer entre estas lecturas, en todas ellas el cuestionamiento al populismo se vincula a que este aparece como una forma política reñida con las instituciones representativas propias de las democracias liberales (Peruzzotti, 2008).
Entre aquellos que han hecho del fenómeno una relectura que no necesariamente conduce a una mirada condenatoria de él, podemos señalar una gran cantidad de autores. Hay una serie de trabajos que entienden al populismo como un fenómeno constitutivo de la política y, por lo tanto, imposible de eliminar (Frei y Rovira Kaltwasser, 2008; Panizza, 2009; Casullo, 2019). Para estos, si bien el populismo aparece como un discurso anti statu quo que se sostiene sobre la base de un antagonismo político, esto último no aparece como una práctica necesariamente reñida con el funcionamiento de la democracia (Panizza, 2008; De la Torre, 2013; Casullo, 2014). O, en todo caso, el populismo plantea un conflicto y un desafío con una forma particular de esta última: la “democracia liberal” (Arditi, 2009; Panizza, 2009; Frei y Rovira Kaltwasser, 2008). En esta misma línea de crítica matizada, podemos señalar también los trabajos de Gerardo Aboy Carlés (2001b; 2005; 2007; 2010; 2013), para quien el populismo –presente en las identidades políticas como el radicalismo y el peronismo– se basa en un discurso caracterizado por alternar momentos de ruptura política con otros de integración. En palabras del autor, el populismo sería “un mecanismo específico de gestión de la tensión entre la afirmación de la propia identidad diferencial y la pretensión de una representación hegemónica de la sociedad” (Aboy Carlés, 2005, p. 145).
En este sentido, lo propio del populismo estaría dado en la manera en que mediante un juego pendular “agudiza esas tendencias contrapuestas a través de la alternativa exclusión/inclusión de la alteridad constitutiva del propio marco de solidaridades” (Aboy Carlés, 2001b, p. 34).
En una línea de lectura claramente positiva del populismo, podemos señalar los trabajos de varios autores que ven en él una práctica política reivindicativa (Barros, 2005, 2006, 2009, 2013; Rinesi, 2013, 2015) que pone en tela de juicio el modelo hegemónico de democracia procedimental (Gaete, 2013). Sebastián Barros, por ejemplo, tomará en parte la definición de Aboy Carlés, pero agregará que la “ruptura populista” no es cualquier tipo de ruptura. En una lectura atravesada por la obra de Jaques Ranciere (2007), el populismo se trataría de una ruptura que pretende incluir a una heterogeneidad social que no tiene lugar dentro de la representación institucional. Esta heterogeneidad social es, precisamente, “el pueblo”. Lo propio del populismo sería, entonces, que pone en duda el propio espacio comunitario al buscar incluir a aquello que hasta entonces no contaba dentro del orden simbólico (Barros, 2005)[24].
Por su parte, Eduardo Rinesi analiza el populismo en relación con otro concepto político que es el de “república”. Al respecto, su interés está centrado en reconciliar dos tradiciones que en el campo académico se han visto como contrapuestas (Rinesi y Muraca, 2010; Rinesi, 2013; 2015). Para Rinesi (2013), la dimensión conflictivista que implica el populismo –y también la “institucionalista”, que generalmente se pasa por alto– no necesariamente está reñida con la idea de “república”.
También es posible señalar aproximaciones culturales del populismo. En estos trabajos se pone el foco en la permanencia del populismo en la vida política (Auyero, 1998; Ostiguy, 1997; 2015). En particular resulta de gran interés la obra de Pierre Ostiguy, quien hace referencia a lo “alto” y lo “bajo” en un sentido sociocultural para dar cuenta del significado de las identidades políticas en argentina –sobre todo con relación al peronismo y el antiperonismo– (Ostiguy, 1997). Específicamente, la definición que da del populismo sostiene que este “es una forma de interpelación, de llamamiento político que recurre a formas concretas y establecidas de lo culturalmente popular […] por razones políticas” (Ostiguy, 1997, p. 181)[25].
Finalmente, se encuentra toda una serie de trabajos que estudian los “populismos de derecha”, fenómenos que se ubican fundamentalmente en el hemisferio norte. En el caso de los Estados Unidos, se deben tener en cuenta dos aspectos que son relevantes para el análisis de estos. Por un lado, la conformación de las identidades políticas –lo que implica tener en cuenta una dimensión histórica–. Por otro, la articulación de dichas identidades con las diferentes coyunturas políticas. En este sentido, “el surgimiento del populismo de derecha no puede reducirse ni a la determinación histórica ni a una contingencia radical del momento político. Es el producto de ambas y es moldeado continuamente por ellas” (Lowndes, 2009, pp. 206-207). Recientemente la categoría de “populismo de derecha” se utilizó para identificar a figuras como la de Donald Trump o el Tea Party (Greven, 2016). En relación con Canadá, es posible señalar al Partido Conservador como un típico partido populista de derecha que se construyó con base en la conformación de un antagonismo entre las “elites” y el “pueblo” (Laycock, 2009). Pero, además, los líderes populistas de derecha suelen sumar otro antagonismo referido a “nosotros” y “ellos”, donde el primero de los términos quiere transmitir una idea de “homogeneidad cultural”, mientras que el segundo representa las minorías (étnicas, de género, inmigrantes, etc.). De este modo, buscan la conformación de un enemigo cultural representado en dichas minorías, las cuales se terminan transformando en las responsables de todos los “males” que aquejan a la sociedad (Greven, 2016).
También en el caso de Europa, encontramos una corriente de estudios en relación con los populismos de derecha (Mudde, 2004; Reyes, 2009; Mudde, 2017; Rovira Kaltwasser y Mudde, 2019). Para Mudde (2004), el populismo es
una ideología que considera a la sociedad dividida en última instancia en dos grupos homogéneos y antagónicos, “el pueblo puro” versus “la elite corrupta”, y que sostiene que la política debe ser una expresión de la volonté générale (voluntad general) del pueblo (p. 543).
Son precisamente estos conceptos (“el pueblo”, “la elite” y la “voluntad general”) los que se encuentran en el corazón de los populismos (Mudde, 2017). Esta “ideología delgada” tiene que articularse con otras ideologías más “robustas” que funcionan como “huéspedes”, llámese esta última “socialismo”, “nacionalismo” o “neoliberalismo” (Mudde, 2004; Rovira Kaltwasser y Mudde, 2019)[26]. Si bien en América Latina, y sobre todo teniendo en cuenta la historia reciente, se suele utilizar el concepto de “populismo” para referirse a posiciones de “izquierda”, la atención de Mudde (2004) se centró en los populismos de derecha. De hecho, cuando se habla de populismo en Europa, el concepto –según su perspectiva– está íntimamente vinculado a los líderes y partidos de “derecha radical”.
“La Razón populista”: los fundamentos teórico-políticos del populismo
En relación con este retorno del populismo como objeto de debate académico, creemos que la obra de Ernesto Laclau merece una atención especial en virtud de la importancia que tuvo esta en el debate académico y político en Argentina. Su análisis del populismo tuvo un fuerte impacto en el campo de las ciencias sociales y condujo a una revaloración del concepto y de los fenómenos asociados a él. En este sentido, la publicación de La Razón populista (Laclau, 2005) marcará un punto de inflexión en los estudios académicos sobre el tema, sobre todo en aquellos sectores políticos e intelectuales de izquierda y centroizquierda quienes históricamente se habían mostrado críticos de este. En la obra del intelectual argentino, el populismo aparece como un componente esencial de la vida política y perfectamente compatible con la democracia. También estará dotado de una “racionalidad propia” (Laclau, 2005, p. 32), cuestionando a todas aquellas perspectivas que lo condenaban a ser un elemento desviado o marginal de la política[27].
Además, es importante remarcar el contexto político en el cual se dio la aparición de la obra de Laclau. Esta se publicó en el marco del denominado “giro a la izquierda” que estaba teniendo lugar en la región (Laclau, 2006; Paramio, 2006; Reano, 2012; 2013). El concepto de “populismo” comenzó a ser utilizado para nominar a los gobiernos que implementaron políticas económicas heterodoxas, las cuales iban a contramano de las que se habían aplicado durante la década del 90 bajo la influencia del “Consenso de Washington”. Más allá de la discusión de cuán transformadores fueron estos gobiernos en relación con la matriz social regresiva de sus respectivos países y de cuánto efectivamente estos redujeron la desigualdad y otros indicadores sociales que se asocian a cambios progresivos, lo que sí se verificó fue una mejora en las condiciones de vida de los sectores sociales más postergados[28]. En este sentido, se vinculó la obra de Laclau a estos gobiernos no solo porque el filósofo argentino se mostró cercano a ellos[29], sino también porque la conceptualización que hacía del populismo acompañaba la emergencia de los fuertes liderazgos que encabezaban dichos gobiernos[30].
En el caso de la argentina –y tal como veremos en el análisis del populismo que haremos en Página/12–, la obra de Laclau será utilizada en pleno “conflicto con el campo” por sectores de izquierda y centroizquierda para hacer una defensa del gobierno de Cristina Fernández de Kirchner. Desde entonces una versión progresista del peronismo y la intelectualidad afín se apropiará del concepto[31] y hará de él una herramienta de combate teórico contra los sectores liberal-conservadores[32].
Del campo de las ciencias sociales al espacio de la comunicación política: los usos y significados del populismo en la prensa gráfica
Ahora bien, junto con este resurgir del populismo como concepto en el campo de las ciencias sociales, asistiremos en las últimas décadas a una migración del término hacia otros espacios sociales como el de los medios de comunicación, entre ellos, el de la prensa gráfica (Bale, Van Kessel y Taggart, 2011)[33]. Tal como lo señala Pierre-André Taguieff (1996), “la palabra ‘populismo’ ha sufrido una irónica desventura: se ha hecho popular. Tras haber escapado a las garras del discurso académico, el populismo prospera hoy en el espacio de debate ocupado por políticos, periodistas e intelectuales de los medios…” (p. 29).
En este otro campo, los usos y significados del populismo serán reapropiados y movilizados por múltiples actores vinculados a la “producción simbólica” de la sociedad[34]. Y será en virtud de la circulación del término por estos espacios no académicos lo que lo hará formar parte del vocabulario cotidiano de la política en los últimos años.
De acuerdo a autores como Ricardo Sidicaro, los diarios establecen “una matriz de decodificación de los hechos sociales” (1993, p. 7) a través de la cual se instituye una determinada forma de conocimiento de la realidad que es, a la vez, una construcción de esta. Ahora bien, como señala Habermas, no todos los actores sociales tienen la suficiente legitimidad para participar de las discusiones que se libran en la esfera pública de lo político. En este sentido, algunos diarios son considerados como palabra autorizada y cuentan con el suficiente reconocimiento social para llevar adelante dicha tarea (cit. en Sidicaro, 1993, p. 239).
Además, al adoptar posiciones en torno a los debates que se generan en el espacio público, los diarios se convierten en actores del sistema político (Goldstein, 2013, p. 7; González-Reyna, 2010, p. 99; Sidicaro, 1993, p. 11). En palabras de Héctor Borrat (1989b):
La concepción del periódico como medio de comunicación masiva da por supuesto que ese medio es un actor puesto en interacción con otros actores del sistema social […]. Si por actor político se entiende todo actor colectivo o individual capaz de afectar el proceso de toma de decisiones en el sistema político, el periódico independiente de información general ha de ser considerado como un verdadero actor político (p. 67).
Al respecto, los diarios participan de las luchas políticas clasificando y calificando a los diferentes actores, a los gobiernos y a las medidas que estos implementan (Martín Barbero, 2010; Sidicaro, 2001)[35]. Pero, además, son “difusores de ideología” (Beltrán, 2005b) ya que sostienen valoraciones en torno a un conjunto de cuestiones que son de relevancia para la vida social: cómo debe ser la relación entre Estado y sociedad, acerca de las características de los diferentes procesos y momentos políticos, así como también de las decisiones que se toman en materia económica (Camou, 2007a; Sidicaro, 1993).
Hay otra cuestión que queremos remarcar en relación con la prensa gráfica. Los diarios forman parte del “espacio de la comunicación política” (Vommaro, 2008a)[36]. En este sentido, no solo se comportan como actores del sistema político a través de sus líneas editoriales, sino que también funcionan como una plataforma de intervención para actores provenientes de otros campos sociales interesados en participar en el análisis y discusión de los problemas público-políticos que se van suscitando (Borrat, 1989; Kircher, 2005). En definitiva, la prensa gráfica se presenta como una “tribuna” y como un “campo de batalla” (Martín Barbero, 2010) donde los múltiples actores –ya sean intelectuales, académicos o profesionales del comentario político– expresan sus concepciones sobre la política y la sociedad.
Ahora bien, llegados a este punto, podemos hacernos dos preguntas que se encuentran íntimamente vinculadas entre sí. Por un lado, ¿qué relación es posible establecer entre los distintos usos y significados que adquirió el concepto de “populismo” en el campo académico con la descripción que acabamos de hacer en torno al modo en que funcionan los medios gráficos? Y, por otro, ¿qué relevancia tiene para el análisis de este concepto dicha relación?
La respuesta a la primera pregunta tiene dos aristas que quisiéramos poner de relieve. En primer lugar, si tenemos en cuenta que el significado del mundo social y político es en gran medida construido por el lenguaje[37], las discusiones en torno a los usos y significados de los términos con los cuales nominamos dicho mundo se muestran como una tarea central para el análisis sociopolítico. Ahora bien, no son solo los actores que pertenecen al campo académico quienes llevan adelante esta tarea de construcción. También participan periodistas y profesionales del comentario político[38] (Vommaro y Combes, 2016). Por tal motivo, la prensa se muestra como un campo de análisis de los conceptos políticos más amplio que el estrictamente académico[39].
En segundo lugar, el concepto de “populismo” vehiculiza, como hemos dicho más arriba, distintas valoraciones. De ahí que los intereses y los posicionamientos políticos-ideológicos, tanto de los diarios a través de sus líneas editoriales, como de quienes los utilizan como plataformas de intervención para expresar sus opiniones, determinará qué usos y significados del populismo se movilizarán con el fin de evaluar a los diferentes actores del sistema político. En este sentido, que los periodistas o intelectuales que participan en los periódicos que hemos seleccionado tildasen a un gobierno o a un político de “populista” no constituyó en ningún momento una operación política inocente, sino que se buscó crear a través de esta un determinado efecto de sentido.
La respuesta a la segunda pregunta tiene que ver con que la prensa gráfica brinda la posibilidad de aproximarnos de manera privilegiada a la doble dimensión que presentan los conceptos políticos que mencionamos al comienzo. Por un lado, nos permite dar cuenta de cómo algunos sentidos y significados de estos términos cuyo origen está en el campo académico son movilizados por aquellos intelectuales que participan en otros campos sociales. Por otro, permite observar la manera en que dichos conceptos son apropiados por otros actores que participan del espacio de la comunicación política transformándose en una etiqueta del sentido común político (Vommaro, 2010)[40]. Pero, además, y yendo al caso particular del populismo, dicho término funcionó como un “concepto polémico” que organizó varias de las querellas público-políticas que tuvieron lugar en el espacio de la comunicación política de la Argentina en los últimos años.
“Momentos políticos” y usos del populismo: la persistencia del concepto en la historia reciente argentina
Este trabajo se estructura en torno a un conjunto de preguntas que se desprenden del planteo que hemos presentado hasta aquí, entre ellas: ¿cómo se relacionan los diferentes usos y significados del populismo con cada uno de los momentos políticos propuestos?[41]; ¿con qué otros conceptos del vocabulario político se enlaza o contrapone dicho concepto en cada uno de ellos?; ¿es posible establecer alguna relación entre estos usos y significados y las posiciones ideológicas de los diarios?; ¿cuál es la relación que se establece entre los significados académicos del populismo y aquellos usos evaluativos del término?; ¿de qué manera se utiliza el populismo en las querellas políticas que se libran en el espacio público?
Nuestro objetivo principal apunta a dar cuenta de las continuidades y rupturas de los usos y significados públicos del concepto de “populismo” en tres períodos de la historia reciente de nuestro país. Además, ensayaremos algunas hipótesis en relación con qué responden las inflexiones en dichos usos y significados teniendo en cuenta los diferentes escenarios en las cuales son movilizados. Este análisis arrojó tres momentos que se presentaron como relevantes para el estudio de los usos y significados del populismo[42]. El primero de estos períodos es el que se da entre comienzos del año 1998 y las elecciones presidenciales de 1999[43]. Tres serán los hechos que en esta primera coyuntura se ligarán con el concepto. El primero se refiere al giro en materia económica que buscará implementar el gobierno de Carlos Menem frente al creciente deterioro de varios de los principales indicadores sociales –sobre todo el aumento de la desocupación, la pobreza y la indigencia[44]–. En segundo lugar, la fuerte controversia política y jurídica que generará el intento de este último de ir por un tercer mandato presidencial. Finalmente, y una vez echada por tierra la posibilidad de la re-reelección, las críticas al modelo económico vigente que llevará adelante durante la campaña electoral el entonces candidato a presidente por el Partido Justicialista Eduardo Duhalde.
El segundo escenario será el de la crisis que se desencadenó el 19 y 20 de diciembre de 2001, cuyos coletazos y consecuencias se prolongaron durante gran parte del año 2002[45]. Las movilizaciones y protestas que caracterizaron a aquellas jornadas no solo condujeron a la caída del gobierno de Fernando de la Rúa, sino que además pusieron en cuestión las creencias sociales que ordenaban la vida colectiva de los argentinos hasta entonces. Dos son los elementos que queremos remarcar aquí. En primer lugar, esta crisis iba a poner fin a la convertibilidad, dispositivo que el tándem Menem-Cavallo había implementado para superar la hiperinflación con la que había terminado el gobierno de Raúl Alfonsín. La importancia que había tenido la convertibilidad radicaba, precisamente, en que había puesto fin a esa experiencia tan traumática para la sociedad argentina[46]. En consecuencia, el abandono de la convertibilidad iba a ser vivido no solo como el abandono de un régimen de acumulación y su reemplazo por otro, sino también como el fin de un modelo económico que abarcaba una multiplicidad de dimensiones: social, política y cultural (Schuster, 2013). Desde un plano estrictamente político, la crisis fue leída por algunos analistas como una crisis de representación de los partidos políticos, la cual se iba a extender hasta la década siguiente inclusive[47].
Finalmente, tomamos como escenario para nuestro análisis el conflicto entre el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner y “el campo”[48]. Dicho conflicto tuvo lugar entre marzo y julio de 2008, a los pocos meses de haber asumido como presidenta[49]. La importancia de este no se limitó al aspecto económico, sino que tuvo también una clara dimensión política. De acuerdo con algunos autores, a partir de ese momento, se va a producir un “retorno de lo nacional-popular –todavía tímido– de la mano de la revalorización del rol del Estado” (Svampa, 2011, p. 24). Esta situación va a conducir “a una reactualización de aquellos antagonismos que atravesaron nuestra historia como el de ‘pueblo versus oligarquía’” (Sidicaro, 2011, p. 91). De este modo, lo que había comenzado siendo un reclamo sectorial frente al gobierno terminó generando una fortísima polarización política que atravesó al conjunto de la sociedad argentina. En el transcurso de los casi seis meses que duró la disputa, se produjeron movilizaciones donde fue posible observar fuertes muestras de apoyo tanto a uno como a otro sector, así como también protestas de una masividad tal que solo serán comparables con las que se vivieron durante los años de la crisis de 2001. Por último, podemos señalar que la trascendencia de este conflicto no solo radica en que va a marcar al resto de la presidencia de Cristina Fernández, sino que también va a tener importantes implicancias para la conformación de las identidades políticas que se conformaron en torno a él (Vommaro, 2017, p. 37).
La Nación y Página/12: dos actores centrales del campo de la prensa argentina
Como hemos dicho, nuestro trabajo toma como fuente a dos diarios de circulación nacional, es el caso de La Nación y Página/12. Dicha selección se realizó con base en dos criterios fundamentales. En primer lugar, estos matutinos cuentan con un importante reconocimiento social, lo que los convierte en actores con capacidad para influir en el establecimiento de las discusiones de la agenda pública:
Para persuadir o disuadir a aquellos sobre quienes influye –a una audiencia de masas que incluye a gobernantes y gobernados, políticos profesionales y muy diversos tipos de lectores–, el periódico tiene que contar con una imagen pública de prestigio, que es el fruto de las sucesivas actuaciones que ha venido realizando desde que se echó a andar en la escena pública como narrador, comentarista y participante del proceso político (Borrat, 1989a, p. 142).
En este sentido, ambos medios gráficos han sido narradores privilegiados de la Argentina reciente. Además, se muestran como espacios relevantes para aquellos actores que, proviniendo del campo intelectual, quieren expresar sus posturas y valoraciones en torno a la realidad social, política y económica.
En segundo lugar, hemos tenido en cuenta la dimensión ideológica de estos[50]. El hecho de encontrarse ambos medios en posiciones antagónicas en el espectro ideológico-político (Camou, 2007a, p. 215) nos permitió realizar un análisis comparativo de los usos y significados del populismo[51]. Esta dimensión nos posibilitó poner de relieve la manera en que los sentidos que se movilizarán a través del término, así como también los múltiples actores y hechos sociales que se adjetivaron con él, están relacionados con los posicionamientos políticos de cada diario.
El diario La Nación fue fundado por Bartolomé Mitre en 1870 y puede ser considerado el diario del establishment argentino (Díaz, 2010, p. 162)[52]. En este sentido, ha tenido históricamente una orientación liberal-conservadora. Según Sidicaro, su característica principal es la de haber dirigido su mensaje a “quienes estaban estratégicamente ubicados en las estructuras de poder social, político y económico” (Sidicaro, 1993, p. 524). De allí que uno de sus interlocutores privilegiados hayan sido los diferentes gobiernos y aquellos sujetos que –aunque no se encontraran en las posiciones de poder– “tenían, o se suponía que así era, capacidad de intervención en los procesos de toma de decisiones” (ibid., p. 524)[53]. Si tenemos en cuenta quiénes son sus lectores, también estos pertenecen a los sectores de ingresos y de nivel educativo más alto (Díaz, 2010).
En el caso de Página/12, este se trata de un diario mucho más nuevo que el anterior ya que hizo su aparición en 1988 durante la presidencia de Raúl Alfonsín. En términos ideológicos ha tenido una orientación de centroizquierda (Camou, 2007a), mostrándose afín a “una mirada ‘progresista’ y, en alguna medida, manifiesta una lectura crítica de la realidad social y política” (Artese, Cresto, Gielis y Barrera, 2013, p. 18). En este sentido, su “contrato fundacional” estuvo marcado por el compromiso con la democracia y la defensa de los derechos humanos. Además, ha privilegiado las notas de opinión firmadas por sus periodistas por sobre lo informativo[54]. Este matutino porteño se convirtió en un fenómeno de ventas masivo a partir de las denuncias de corrupción que varios de sus periodistas llevaron adelante durante la presidencia de Carlos Menem (Vommaro, 2008).
En relación con las notas con las cuales trabajamos, podemos señalar que, de la numerosa cantidad de columnas, artículos de opinión y editoriales que en cada momento político contuvieron el concepto de “populismo”, hemos optado por seleccionar únicamente aquellas que hacían referencia a la situación de nuestro país[55]. Además, solo pasaron a formar parte de nuestro corpus aquellos artículos donde las explicaciones o valoraciones de los hechos fueron abordadas a través de dicho concepto, descartando aquellos artículos donde el populismo no representaba su núcleo problemático. Estos últimos casos, si bien dichos artículos fueron registrados desde un punto de vista cuantitativo, no los tuvimos en cuenta a la hora de elaborar el corpus ya que no aportaban elementos importantes para el análisis conceptual que intentamos llevar adelante.
Finalmente, podemos señalar un elemento más que tuvimos presente a la hora de seleccionar las notas que formaron parte de nuestro análisis. Si bien el mensaje de los diarios puede ser entendido como un “discurso polifónico” (Borrat, 1989) –en virtud de que en cada uno de ellos intervienen una multiplicidad de actores con diferentes visiones sobre los hechos–, no todos quienes escriben en ellos tienen la misma importancia[56]. En este sentido, nuestro interés estuvo en tener las voces con mayor reconocimiento dentro de cada periódico, motivo por el cual seleccionamos únicamente a quienes representaban esas posiciones de poder. En línea con esto, tomamos en primer lugar las notas editoriales y las notas de aquellos periodistas que formaban parte del elenco permanente de cada diario[57]. Con respecto a los artículos de aquellos actores que provenían del campo intelectual, tuvimos en cuenta únicamente la de quienes participaban como columnistas habituales. Por tal motivo, decidimos dejar de lado las notas de aquellos que, si bien utilizaron el concepto de “populismo” en sus análisis, solo participaban ocasionalmente o de manera coyuntural en cada uno de estos medios.
El primer capítulo estará dedicado al análisis del concepto de “populismo” en el diario La Nación. La línea editorial de este periódico ha tenido históricamente un fuerte cuestionamiento de la política económica, estilos de liderazgos y gobiernos identificados con dicho concepto. Esta valoración negativa del término estará presente en cada uno de los escenarios que hemos tomado como marco para realizar nuestro trabajo. Por un lado, y a partir de los sentidos económicos movilizados en el concepto de “populismo”, este será una etiqueta que se utilizará para nominar cualquier intento de regulación del mercado o de política redistributiva por parte del Estado. Este tipo de acciones serán condenadas por los periodistas y las editoriales del diario ya que se consideraban contrarias a la “autorregulación” del mercado. Por otro lado, a partir de lo que hemos denominado “racionalidad política”, también será utilizado para connotar una valoración negativa de gobiernos, procesos y actores políticos identificados con dicho término. En relación con esto último, aparecerá vinculado a prácticas contrarias a las vigentes en las democracias liberales de los países desarrollados. En este sentido, el populismo hará referencia a modos de construcción política basados en antagonismos y divisiones sociales. Ahora bien, también veremos cómo el término tendrá un uso explicativo-descriptivo al proporcionar un esquema de inteligibilidad en relación con las diferentes crisis políticas que marcaron el período de tiempo en el cual transcurre nuestro trabajo.
En el segundo capítulo, tomaremos como fuente para nuestro análisis a Página/12. También en este diario el populismo aparecerá como un concepto estigmático a finales de los años 90 y durante la crisis de 2001. En este sentido, los periodistas más importantes del diario y los intelectuales que fungían como sus columnistas lo relacionarán con los liderazgos políticos demagógicos y autoritarios. Sin embargo, y a diferencia de lo que sucedió en el diario La Nación, las políticas económicas implementadas por el presidente Eduardo Duhalde a partir del año 2002 harán que el concepto comience a adoptar un cariz positivo en virtud del sentido económico productivista con el que se movilizará. Ahora bien, también podremos observar la reconversión positiva del término que se produjo durante la denominada “crisis del campo”. A partir de allí, el populismo perderá para los sectores progresistas cualquier connotación negativa y se transformará en una herramienta de disputa política frente a los sectores políticos y sociales que apoyaban al sector del campo.
En el tercer capítulo, haremos un análisis comparativo entre ambos periódicos poniendo de relieve las continuidades y rupturas de los usos y significados que estudiamos en los capítulos precedentes, así como también de aquellos elementos contextuales que pensamos influyeron en las transformaciones de estos. Esto último nos llevará a formular algunas hipótesis tentativas acerca de por qué se produjo el predominio de cada una de las racionalidades de lectura del término que pudimos reconocer.
Finalmente, elaboraremos algunas conclusiones que se desprenden del presente trabajo y que a nuestro juicio revisten importancia para el análisis sociopolítico. En primer lugar, la manera en que la circulación del concepto de “populismo” por el campo de la prensa puso de relieve la forma en que se construye el sentido común en torno a los significados de las palabras del vocabulario político utilizadas en un momento determinado. Por otro lado, también pudimos observar la manera en que los debates que periodistas y profesionales del comentario político entablaron por el significado del populismo implicó los sentidos de otros términos políticos como el de “democracia” o “república”. Por último, “populismo” se constituyó en una palabra clave a la hora de formularse los diferentes problemas político-económicos de cada escenario y en la interpretación de los hechos más relevantes que marcaron cada uno de estos.
- Si bien hemos adoptado una perspectiva teórica que se nutre de las diferentes corrientes que desarrollaremos en esta introducción, debemos señalar que el estudio de los conceptos y las categorías con los cuales damos cuenta del mundo político ha sido abordado desde otros enfoques. Las “teorías del discurso”, por ejemplo, han puesto el foco tanto en las condiciones sociales de producción del discurso político, como en la recepción de estos (De Ípola, 1983; Verón, 1987; Verón y Sigal, 2008). También se han ocupado de los significados del lenguaje político –y en general de los “textos políticos” que produce la cultura– las “teorías de la ideología” (Conh, 2008). Reconociendo la importancia de estas lecturas, sin embargo, nos hemos inclinado para llevar adelante nuestra investigación por las fuentes teóricas que desarrollaremos en esta introducción.↵
- Afirmar, como hace Schütz (2008), que los significados se encuentran “sedimentados” o “adheridos” a los conceptos implica que estos forman parte del acervo de sentido que poseen las palabras (en este caso nos ocupamos de las políticas), pudiendo ser reactualizados en diferentes coyunturas del devenir sociopolítico. En este sentido, dichos significados están “a la mano” para ser utilizados por múltiples actores conforme a las circunstancias lo requieran. Con ligeras diferencias, también desde la “historia conceptual” se reconoce la importancia de esta idea de “sedimentación de sentidos” presente en los términos políticos. De allí que, por un lado, todo concepto tiene un “contexto situacional” (Koselleck, 1993, p. 113) en el cual se carga de ciertos sentidos. Pero, por otro, a lo largo de la historia a dichos sentidos se van adhiriendo nuevos significados que pasan a formar parte del concepto.↵
- Tal como afirma Raymond Williams en relación con el análisis de los significados de las palabras: “cualquier estudio del lenguaje, [revela] que hay efectivamente comunidad entre pasado y presente, pero […] que también hay cambio radical, discontinuidad y conflicto, y que todos ellos todavía están en cuestión y, en rigor, aún se producen” (Williams, 2003, p. 27).↵
- Tomamos el concepto de “campo” de Pierre Bourdieu (2003) para quien “un campo se define entre otras cosas definiendo objetos en juego e intereses específicos, que son irreductibles a los objetos en juego y a los intereses propios de otros campos […] Para que un campo funcione es preciso que haya objetos en juego y personas dispuestas a jugar el juego, dotadas con los hábitus que implican el conocimiento y el recogimiento de las leyes inmanentes del juego, de los objetos en juego, etc.” (p. 113).↵
- Creemos que en esta dirección también apunta Raymond Williams (2003) cuando afirma que el vocabulario general que utilizamos está constituido por “palabras fuertes, difíciles y persuasivas del uso cotidiano hasta otras que, surgidas en determinados contextos especializados, se han vuelto bastante comunes […] Significativamente, éste es el vocabulario que compartimos con otros, a menudo de manera imperfecta, cuando deseamos discutir muchos de los procesos fundamentales de nuestra vida en común” (p. 18).↵
- Esta manera de abordar la cuestión nos permitirá observar cómo los usos y significados que se le atribuyen al populismo en campos no académicos remiten a aquellos que se produjeron en el campo académico y a la inversa: cómo los usos legos del populismo influyen en los significados que se movilizan en el mundo académico.↵
- Esta idea de lucha semántica como lucha política ha sido señalada por Cecilia Lesgart, “la política democrática no ha cesado de constituirse como lucha –a veces consensualmente deliberativa y otras vibrantemente agonística-, en torno a los múltiples y diversos significados con el que usamos los términos y los conceptos políticos” (Lesgart, 2014, p. 501). Un trabajo muy ilustrador de esta aproximación a los conceptos políticos es “Usos de la transición democracia”, op. cit.↵
- Como trataremos de mostrar en este trabajo, ya sea que se utilicen las palabras como conceptos que movilizan ciertos sentidos o como etiquetas que sirven para adjetivar a determinados actores, políticas o regímenes políticos, ambos usos se entrelazan en las disputas y polémicas que tienen lugar en el espacio público de los medios de comunicación. En este último campo, los términos políticos son movilizados por una diversidad de actores: periodistas, profesionales del comentario político, intelectuales y políticos del campo profesional. ↵
- De acuerdo con Koselleck, calificarse a sí mismo como a los demás es parte de la sociabilidad habitual de las personas. Ahora bien, en ciertos casos estas calificaciones implican un reconocimiento positivo, mientras que en otras tienen una función despreciativa. Precisamente, en virtud de eso último, son asimétricas – además de contrarias– y son aplicadas de manera unilateral por quienes las utilizan (Koselleck, 1993). ↵
- Según Howard Becker (2010), una etiqueta sirve para otorgar determinadas cualidades a quienes se les endilga. De esta manera, funciona como una estrategia de poder al ser utilizada para descalificar o legitimar a determinados actores.↵
- En este sentido, desde la vuelta de la democracia, podemos observar cómo términos como “democracia” han aparecido opuestos a “dictadura” o “autoritarismo” (Lesgart, 2002; 2003). O también, y más recientemente, “república” a “populismo” (Rinesi y Muraca, 2010). Este último par conceptual será analizado en el presente trabajo.↵
- Ahora bien, el uso estratégico no implica que se puede utilizar cualquier término para decir cualquier cosa. En este sentido, el “margen de maniobra” de quienes los utilizan está acotado a los significados sedimentados en ellos (Schütz, 2008).↵
- Originariamente se utilizará el término “populismo” en Latinoamérica para referirse a ciertas experiencias que se dieron en algunos países del continente. Los casos canónicos son el de Lázaro Cárdenas en México, Getulio Vargas en Brasil y Juan Domingo Perón en la Argentina. Más allá de las diferencias entre los gobiernos de estos tres presidentes, existe cierto consenso en clasificarlos dentro de las experiencias populistas “clásicas” (Véase Mackinnon y Petrone, 1998; Ansaldi y Giordano, 2012).↵
- Esta manera de clasificar las diferentes aproximaciones al populismo sigue en gran medida al trabajo de Alejandro Groppo (2009: 103). Para otras clasificaciones muy ilustrativas y completas, véase también Biglieri y Perello (2007); Frei y Rovira Kaltwasser (2008); Freidemberg (2012), Gidron y Bonikowski (2013). En todas ellas se reconoce la complejidad y las múltiples aproximaciones al concepto.↵
- La mirada condenatoria sobre el populismo –a pesar de que la perspectiva del propio Germani no conducía a ello– dejará una fuerte huella en los estudios posteriores sobre el tema. Esto puede deberse en parte a que, en el momento en que aparecieron los análisis sobre el populismo, predominaron en las ciencias sociales miradas normativas que cuestionaban el apoyo de los “obreros a un caudillo proveniente del ejército en lugar de inclinarse por la izquierda, como suponían los criterios normativos y la filosofía de la historia acerca de lo que debía ocurrir con los desenvolvimientos políticos de los procesos de industrialización” (Sidicaro, 2011, p. 79). Como señala Carlos de la Torre, “los estudios basados en las teorías de la sociedad de masas construyeron a los seguidores populistas como desorganizados y en estado de anomia […]. Argumentaron que, al vivirse en condiciones de aislamiento, desorganización y sin reglas claras estos sectores estaban disponibles para la movilización populista” (De la Torre, 2004, p. 54).↵
- El análisis del populismo a partir de las condiciones estructurales que hicieron posible su emergencia no implica dejar de lado los componentes políticos que coadyuvaron al surgimiento de los mismos. El pasaje de una “situación populista” a una “estrategia populista” fue posible gracias, precisamente, a la acción de los aparatos de Estado (Vilas, 1988). Hay aquí un reconocimiento de la política llevada adelante desde el control estatal.↵
- En este punto vale lo mismo que hemos dicho en relación con el primer grupo de aproximaciones al populismo: hay importantes diferencias entre los autores en torno a la valoración del mismo. Sin embargo, comparten una característica central que tiene que ver con una lectura política –más que sociológica– del fenómeno. Esto es, una lectura donde lo que prima son las variables políticas mucho más que las histórico-estructurales.↵
- En términos “laclausianos” podemos decir que estas categorías son “significantes vacíos” ya que tanto el “pueblo” como el “antipueblo” pueden identificar a actores –e inclusive a sectores sociales– muy diferentes en cada uno de los contextos donde los líderes populistas llevan adelante sus prácticas discursivas. Solo como ejemplo podemos señalar que la categoría de “antipueblo” ha sido en diferentes momentos “la oligarquía”, “el neoliberalismo”, “la partidocracia”, “el imperialismo”, etc.↵
- En el caso particular de la Argentina, y sobre todo a partir del retorno de la democracia, el debate en torno a este concepto y sus significados pasó a un segundo plano. En realidad, podríamos decir que durante gran parte de la década del 80 la cuestión del populismo estuvo directamente fuera de la agenda de la discusión en pos de otros conceptos como el de “liberalismo” y, sobre todo, el de “democracia” (Retamozo, 2006; Rinesi, 2013; 2014).↵
- Será el concepto de “neopopulismo” el que utilizarán algunos autores para hacer referencia a esta unión entre líderes o partidos políticos populares y reformas de corte neoliberal (Coniff, 2003; Hermet, 2003). Otros autores se resistirán a utilizar dicha categoría ya que a su juicio esa terminología implica dar por hecho la continuidad entre los gobiernos neoliberales y los populismos clásicos (Novaro, 1996; Nun, 1998; Vilas, 2003). Carlos Vilas (2003) –por brindar solo un ejemplo– rechaza el concepto de “neopopulismo” ya que considera que aceptarlo implica caer en un “reduccionismo” analítico (p. 18 y ss.). En este sentido, quienes utilizan dicha categoría para dar cuenta de algunos de los líderes latinoamericanos que irrumpieron en la escena política durante los años 90 están tomando algunos de los componentes de los denominados “populismos clásicos” –que serían partes del fenómeno– y lo terminan convirtiendo en el rasgo definitorio del populismo –totalidad del fenómeno–.↵
- Debemos decir que, a la par de la copiosa bibliografía que apareció en torno a los populismos en América Latina, también encontramos varios autores que utilizaron el concepto de “populismo” para hacer mención a la oleada de líderes y partidos políticos de derecha y extrema derecha que emergieron en Europa a partir de la década del 90 (Taguieff, 1996; Reyes, 2009; Rovira Kaltwasser, 2019). Más abajo haremos una reseña de estos últimos trabajos.↵
- Esta lectura del populismo viene en línea con la interpretación histórica-estructural de autores como Ianni (1973) y Cardoso y Faletto (2011). En este sentido, se pondrá en duda la pertinencia de la categoría para la caracterización de los gobiernos de Menem, Fujimori o Bucarám. En resumidas cuentas, aquellos que retoman la categoría de populismo lo hacen para mostrar lo inapropiado de su aplicación en el contexto latinoamericano de gobiernos neoliberales (Vilas, 2003).↵
- Para algunos economistas de enfoque monetarista, el populismo es “un enfoque al análisis económico que hace hincapié en el crecimiento y la redistribución del ingreso, y minimiza los riesgos de la inflación y el financiamiento deficitario, las restricciones externas y la reacción de los agentes económicos ante las políticas ‘agresivas’ que operan fuera del mercado” (Dornbusch y Edwards, 1989, p. 121). En un trabajo reciente, Gerchunoff, Rapetti y De León (2020) hacen un recorrido crítico por los diferentes autores que analizaron el populismo desde lo que ellos denominan “hipótesis económica”.↵
- Un ejemplo que da Barros y que es muy ilustrativo al respecto de su definición de “populismo” es la inclusión que llevó adelante el peronismo “de las masas que ahora podrán aspirar a realizarse como si fueran gente” (2005, p. 10).↵
- En un trabajo más reciente, define al populismo como “el alarde antagónico de lo ‘bajo’” (Ostiguy, 2015, p. 169). ↵
- En este trabajo sostendrán que el populismo es una ideología mínima y esquemática, que contiene siempre tres elementos: un “pueblo”, la “élite” (política, económica o mediática) y una “voluntad popular” que los populismos dicen representar. Esta representación puede materializarse bajo la forma de “líderes personalistas”, a través de “movimientos sociales” o mediante “partidos políticos” (Mudde y Rovira Kaltwasser, 2019). ↵
- Como se ha señalado desde el mismo título de la obra, podemos observar el compromiso de Laclau por demostrar que la lógica política populista es absolutamente “racional” y, por lo tanto, perfectamente racionalizable por aquellos cientistas sociales que pretendan comprenderlo (Balsa, 2010). Pero, además, los seguidores de los líderes populistas también aparecen como actores racionales, alejándose de lo que veíamos al inicio de nuestro trabajo de todos aquellos autores que presentaban a los seguidores del peronismo como “masas en disponibilidad”.↵
- Como dijimos, si bien gran parte de los y las analistas estarían de acuerdo en denominar a los gobiernos “posneoliberales” como “populistas”, no todos comparten la mirada acerca de que con ellos se produjo un verdadero giro hacia la izquierda. En este sentido, es posible señalar lecturas críticas en torno a ellos; sobre todo en virtud de lo que algunos autores han denominado “neoextractivismo” (Svampa y Viale, 2014). De acuerdo con esta lectura, el modelo de desarrollo que aplicaron los gobiernos progresistas de la región condujo a estos países a una creciente “desposesión” de sus recursos naturales en beneficio del capital trasnacional. ↵
- Laclau no va a ocultar su simpatía personal con las figuras de Néstor y Cristina Kirchner y por otros líderes latinoamericanos como Hugo Chávez, Evo Morales, Rafael Correa e Inacio Lula Da Silva (Melo y Aboy Carlés, 2014, p. 409).↵
- Recordemos que en La razón populista la figura del “líder” aparece como el factor aglutinante de la construcción del “pueblo”. Esto daba pie a que se vinculase el andamiaje conceptual laclausiano con los liderazgos populistas latinoamericanos de entonces. De alguna manera creemos que el libro de Laclau brindaba un marco teórico desde donde interpretar los comportamientos y las decisiones políticas de estos. ↵
- Creemos que esta resignificación del populismo por el progresismo será un hecho clave a tener en cuenta a la hora de analizar el devenir de los significados otorgados al término hasta la actualidad.↵
- Un buen ejemplo de la apropiación del concepto de “populismo” por intelectuales progresistas es el libro de Ernesto Semán (2021), en el cual se cuestionan varios de los supuestos históricos y sociológicos sobre los cuales se asientan todas las vertientes del “antipopulismo”. ↵
- Si, tal como señalamos más arriba, en el campo académico es posible señalar la existencia de una discusión en torno a lo apropiado del término “populismo” para caracterizar a algunos gobiernos desde la década del 90 en adelante, los usos legos del término lo entenderán como una práctica política factible de ser reactualizada en cualquier momento histórico. En este sentido, durante todo el período de tiempo que tuvimos en cuenta para llevar adelante nuestro análisis, los usos y significados que se harán del populismo en la prensa gráfica lo reconocerán como un elemento real o potencial de la vida política y económica.↵
- Según Bourdieu, entran en esta categoría todos aquellos individuos que pretenden –en virtud del poder simbólico con el que cuentan– la representación legítima del mundo sociopolítico: ya sean cientistas sociales, periodistas o políticos profesionales (Bourdieu, 2011).↵
- Como veremos en el desarrollo de la tesis, en esta tarea de clasificación, el uso de los conceptos políticos como el de “populismo” cumplen un papel central.↵
- Según Gabriel Vommaro (2008b), en dicho espacio se pone en juego “la construcción del mundo social como espacio de sentido, como un mundo significativo con sus jerarquías, la definición de sus ‘problemas acuciantes de la hora’ y de las soluciones que aquellos requieren. Este espacio […] es conflictivo y está atravesado por al menos tres lógicas: la de la comunicación (legitimada por la ilusión de transparencia de los medios), la de la política (legitimada en términos de la primacía de ‘la mayoría’) y la de la técnica (es decir la del discurso experto, legitimado por el saber)” (p. 10). ↵
- Según Schütz, el mundo social es el producto de la acción intersubjetiva de los sujetos mediada por el lenguaje (2008). En línea con esta perspectiva, el filósofo Ludwig Wittgenstein nos recuerda que toda práctica u objeto social tiene sentido a partir del uso que se haga del lenguaje y solo a partir de él (2002). ↵
- Al respecto, creemos que la noción de “intelectual” que propone Silvia Sigal es la que mejor encuadra a este conjunto de actores: todo “agente de circulación de nociones comunes que conciernen al orden social” (Sigal, 1991, p. 19). En este sentido, entendemos por intelectuales no solo las intervenciones de aquellos sujetos que pertenecen al campo académico, sino de todos aquellos que se colocan en la escena pública y ofrecen una visión más o menos estructurada del mundo político-social (Beltrán, 2005a).↵
- Tal como señala Rosanvallon (2003), el análisis conceptual de lo político implica prestarles atención no solo a las obras consagradas del pensamiento, sino también a la prensa, los panfletos, los movimientos de opinión y otras manifestaciones donde se vehiculizan los conceptos políticos.↵
- Aquí se produce el recorrido inverso al señalado, ya que estos nuevos sentidos que se construyen en el campo de la prensa van a nutrir al académico.↵
- Preferimos utilizar el concepto de “momento político” más que el de “coyuntura” porque con él estamos haciendo referencia a un período de mayor duración temporal que el que habitualmente se denomina con el de “coyuntura”. Para una conceptualización en estos términos de la historia reciente de nuestro país, véase Svampa (2011).↵
- En cada uno de los momentos seleccionados, es posible reconocer un aumento significativo en el número de artículos que contienen el concepto de “populismo” (véase el Cuadro 1). Por otro lado, la importancia del término no se limita a los escenarios que tomamos para realizar el presente trabajo ya que tendrá una fuerte presencia durante los años que siguieron al conflicto del gobierno de Cristina Fernández con el “campo”. También durante los años de Mauricio Macri como presidente, el término funcionó como una suerte de “exterior constitutivo” del gobierno de Cambiemos. En síntesis, el populismo se transformó en un concepto recurrente del espacio de la comunicación política hasta hoy. ↵
- Analizamos las notas comprendidas desde el 1 de marzo de 1998 hasta el 24 de octubre de 1999. A diferencia de los otros dos períodos que estudiaremos, este no está marcado por una fuerte crisis –ya sea económica, política o una combinación de ambas–. Aunque sí podemos señalar como elemento distintivo de este desde el punto de vista económico el ciclo recesivo que se inicia entonces y los signos de agotamiento de la convertibilidad (Varesi, 2014). Desde el punto de vista político, tendrá gran relevancia para el análisis del populismo la campaña electoral de cara a las elecciones presidenciales de 1999. Durante ella los diferentes candidatos expresarán sus posturas frente a los problemas de entonces, así como también acerca de cuáles eran los desafíos que debía encarar la Argentina. ↵
- Si bien ya había habido una muestra de la fragilidad del modelo a partir de la “crisis del tequila” en 1995 (Fair, 2009), desde mediados de 1998 la economía argentina va a entrar en una fuerte declinación que culminará de manera dramática en diciembre de 2001 y que conducirá al abrupto fin de la convertibilidad en 2002 (Basualdo, 2011).↵
- Tomamos los artículos periodísticos que contenían el concepto de “populismo” desde el 19 de diciembre de 2001 hasta el 31 de diciembre de 2002.↵
- Como señala el antropólogo Alejando Grimson, las consecuencias de la hiperinflación no se habían limitado a la dimensión económica, sino que esta también había conducido a “la destrucción de los lazos sociales básicos y de la confianza más elemental. Se trató de una situación de socavamiento de las bases primordiales de la vida social. Obviamente, esa situación traumática fue una condición necesaria para la legitimidad que adquirió la convertibilidad” (2013, p. 35).↵
- Afirma Sidicaro –hablando de la importancia y la permanencia de la crisis de representación de los partidos políticos más importantes de la Argentina que se hizo patente durante ese escenario– expresó que “los sucesos de finales de 2001 expresaron la sobredeterminación de las crisis superpuestas, entre las cuales la del sistema de partidos reveló ser la de efectos más persistentes, ya que la economía nacional se recompuso en un año, los salarios y los niveles de ocupación formales en alrededor de tres años volvieron a sus situaciones anteriores a la crisis, y los paliativos aplicados a la desestructuración social absorbieron sus efectos más disruptivos” (2011, p. 76). Por otro lado, Levitsky y Murillo también apuntan en esta dirección al señalar que la crisis económica y de gobernabilidad de 2001 y 2002 “provocó una gran pérdida de confianza de las personas en la élite política” (2008, p. 83). Para dar cuenta de esta situación, estos últimos autores se apoyan en datos de la consultora Latinobarómetro. Esta indicaba que la confianza en los partidos políticos había pasado del 29 % en 1997 a un 4 % en 2002. De alguna manera, esta crisis de representación ya podía observarse si se miraban los resultados de las elecciones de medio término de 2001, cuando un 22 % de la ciudadanía había votado en blanco –convirtiendo al voto en blanco en la segunda “fuerza” más votada después del peronismo–. ↵
- “El campo” fue la denominación que este sector se otorgó a sí mismo intentando abarcar con ella a la totalidad de los productores agropecuarios (Yabkowski, 2010.). Pero también dicha denominación fue producto de la acción discursiva del propio gobierno en conjunción con la de los medios de comunicación. La representación principal de este sector la llevaba adelante la “Mesa de enlace” –conformada por las principales cámaras empresariales del sector–, que va a fungir como el adversario político principal –aunque no el único– del gobierno.↵
- El análisis que realizamos de los diarios abarcó el período que se inicia con esta resolución hasta el 17 de julio de 2008, cuando el proyecto de ley de suba de retenciones fue rechazado en el Senado por el entonces vicepresidente Julio Cobos. El 11 de marzo, el entonces ministro de Economía Martín Lousteau anunció la Resolución 125/08, que establecía un aumento de entre un 7 % y 11 % en las retenciones a las exportaciones de soja y girasol. Según el argumento del gobierno, a través de la suba de retenciones, se pretendía aumentar la recaudación fiscal gravando la renta diferencial que generaban estos productos. Por otro lado –y siempre siguiendo el discurso gubernamental–, se buscaba morigerar el impacto inflacionario que podría traer la suba de los precios de estos productos en el mercado internacional. El análisis que realizamos de los diarios abarcó el período que se inicia con esta resolución hasta el 17 de julio de 2008, cuando el proyecto de ley de suba de retenciones fue rechazado en el Senado por el entonces vicepresidente Julio Cobos.↵
- Si bien hacia el interior de cada periódico es posible reconocer cierta polifonía de voces y opiniones distintas a la hora de interpretar los fenómenos políticos, es posible reconocer un núcleo ideológico que caracteriza a cada medio (Gonzalez Reyna, 2010; Frankenberg y Lozano, 2010; Sidicaro, 1993). Esto significa que cada periódico brinda un cierto “modelo de legibilidad” de la realidad social (Kircher, 2005). Además, veremos a lo largo de los capítulos como de las diferentes posturas que ambos diarios tuvieron con respecto a los actores políticos también se derivaron distintos usos y significados del populismo.↵
- En un trabajo posterior, y con el fin de abarcar un espectro ideológico más amplio, sería importante estudiar los usos y significados del populismo en el diario Clarín.↵
- Tal como señala Sidicaro (1993), a través de sus editoriales el diario se ha propuesto mirar los hechos “desde arriba” manteniéndose al margen de los conflictos entre los diferentes sectores sociales. Sin embargo, en el análisis que hemos realizado se ha mostrado defendiendo a los sectores económicamente dominantes.↵
- Esto hace del diario La Nación un actor particular dentro de la prensa: “… a diferencia de los otros dos diarios más importantes de tirada nacional [los autores se refieren a Clarín y Página/12], el diario La Nación ocupa un pretendido lugar de observatorio del funcionamiento institucional del país, una suerte de ‘reservorio moral’ desde el cual eventualmente se sugieren mejoras o cambios para un ejercicio gubernamental más ‘eficiente’” (Artese, Cresto, Gielis y Barrera, 2013, p. 18). ↵
- Este contrato es el que pone de manifiesto cuáles son las características del diario: los propósitos que la publicación tiene, la definición que hace de sí mismo y de cuáles son sus lectores ideales (Kircher, 2005).↵
- A lo largo de estos años, el concepto de “populismo” se utilizó en ambos diarios para referirse no solo al contexto nacional, sino también al plano internacional. Hemos dejado de lado este último debido a que requeriría un análisis que desborda las posibilidades del presente trabajo. Sin embargo, cuando el concepto de “populismo” estuvo vinculado a líderes, regímenes o situación económica de otro país y fue utilizado, a la vez, para hacer referencia a la Argentina, decidimos tomar dichos artículos como parte de nuestro corpus.↵
- Como dijimos al principio de esta introducción, hay individuos que tienen un mayor poder que otros en relación con la construcción de la agenda de los problemas público-políticos. Siguiendo a Bourdieu (2011), diríamos que en cada diario este “poder simbólico” pertenece a los periodistas más reconocidos dentro de cada uno de ellos. Dicho poder no necesariamente se deriva de las palabras que utilizan estos, sino de la posición de quien las pronuncia.↵
- Las editoriales representan la opinión de cada periódico. En este sentido, es la voz institucional la que está hablando a través de esta. El resto de las notas que analizamos –artículos periodísticos, columnas y notas de opinión– expresan las ideas de los periodistas o intelectuales que los firman (Borrat, 1989). Si bien la opinión de estos últimos no reproduce necesariamente la de cada diario, es posible reconocer cierta confluencia ideológica entre ellos y la línea editorial.↵






