Aut, Aut
O Dios o la naturaleza[1]. Distinción tajante entre Feuerbach y Spinoza[2]. Superación de la exterioridad de la Idea hegeliana. Diferencia irreconciliable con la naturaleza schellinguiana, atravesada por el “alma del mundo”. La vuelta a la naturaleza[3], ya en 1839, significa nada más y nada menos que la salvación para el hombre, perdido en sus propias quimeras (IX 61; VI 10), y cuya sofisticación lógica culmina en la filosofía especulativa. Pero ¿cómo hace su aparición la objetividad? En contraposición al egoísmo práctico mediante la teorización, la contemplación de la naturaleza (V 205 y ss.). Ahora bien, no solo la teoría nos lleva a ella, sino una leve sospecha en el orden del mundo. Véase el siguiente pasaje de La esencia del cristianismo (V 323):
La religión no sabe por sí misma nada de la existencia de las causas segundas; éstas son más bien para ella piedra de escándalo; en efecto el reino de las causas segundas, el mundo de los sentidos, la naturaleza, es precisamente lo que separa a los hombre de Dios, aunque Dios, en cuanto Dios real, es, a su vez, sensible[4]. Por eso cree la religión que un día caerá el muro de separación. Un día no habrá ninguna naturaleza, ninguna materia, ningún cuerpo o, al menos, ninguno que separe el hombre de Dios; un día no existirá más que Dios y el alma piadosa […]. Pero a esta idea religiosa se opone el entendimiento y el sentido natural que atribuye a las cosas naturales una real actividad autónoma[5] (el destacado es del autor).
Las causas segundas introducen “el escándalo”. Pero a tal desbarajuste la conciencia religiosa encuentra nuevamente la armonía a través de la alternativa al teísmo, a saber: el deísmo. Mientras que el teísmo es la doctrina teológica que supone a Dios como una persona que no solo crea el mundo, sino que también tiene un vínculo personal con el hombre, en el deísmo Dios crea el mundo –este no es más que un mecanismo al modo de un sistema de engranajes y poleas, como un reloj–, pero está ajeno a él. Él es quien inicia el ordenamiento natural con sus leyes y regulaciones. Dios, para el deísmo, impera como causa primera; con la naturaleza se introducen las causas segundas[6]. De modo que se señala el escándalo, ¿cuál es, en qué consiste?: la naturaleza actúa. Pero ¿cómo se explica que actúe y además autónomamente? Solo podría actuar porque el Ser Supremo imprimió en su materialidad el principio de la actividad (Tätigkeit), divino por sí, pero, a la vez, mantiene la actividad en la mera materialidad natural (concursus Dei) (V 323)[7].
Pero, dejando de lado por el momento el punto en cuestión, hay en el pasaje sujeto a análisis otro nudo problemático: ¿por qué la naturaleza separa a Dios de los hombres? No se ahonda en este punto, el cual es, justamente, lo central. ¿En qué sentido la actividad autónoma de la naturaleza separaría a Dios de los hombres? No es un autor que anule la subjetividad, he ahí la diferencia con el materialismo vulgar: este ve en el hombre un apéndice de la naturaleza, “una ola en el Océano del movimiento eterno de la materia”, como dice Lange[8]. Lo que debe hacer el hombre en su vínculo con la naturaleza es, mediante la serie de causas segundas, suprimir en el plano de la conciencia el ánimo ilimitado[9], no solo de Dios, sino también de su efecto y su sostén: el individuo egoísta. Por ello, antes de toda actividad práctica sobre ella, antes de toda praxis, es menester contemplarla, para encontrarse con ella y en ella no desde la subjetividad ilimitada, sino a partir de un tipo de subjetividad en vistas a la objetividad[10]. En el plano de la conciencia, porque se introduce la dualidad Dios-naturaleza en el intento de sortear la perspectiva negadora de la realidad humana a partir del vínculo ilusorio del hombre con su esencia[11]. Véase el siguiente pasaje, por lo demás central (V 324):
La religión resuelve esta contradicción (Widerspruch) entre la visión de los sentidos y la visión religiosa transformando la incontestable efectividad de las cosas en efectividad de Dios por mediación de estas cosas. Aquí es Dios lo esencial y principal; lo no esencial y secundario el mundo […]. Por el contrario, allí donde se atribuye actividad a las causas segundas, allí donde, por decirlo así, están emancipadas, sucede el caso contrario: la naturaleza es lo esencial, Dios lo inesencial[12] (el destacado es del autor).
El dualismo –contradictorio– entre Dios y la naturaleza[13], téngase presente, no es el mismo que entre Dios y el hombre. Hay entre estos últimos oposición, mas no contradicción[14]. Esta manifiesta la esencia falsa, por sí insoluble. La oposición, más bien, conlleva un vínculo de tipo dialéctico. De hecho, una de las tesis principales de La esencia del cristianismo es que Dios es la esencia humana objetivada: no hay aquí contradicción, sino que el hombre recupera su esencia (el género humano) a través de la crítica a la idea de Dios. Pero hay algo más que aparece en la oposición Dios-naturaleza. A través de la segunda, se introducen las mediaciones. En cambio, Dios actúa en el hombre y en la naturaleza “inmediatamente”. De ahí que impere la lógica del milagro en el creyente que implora la asistencia divina. La naturaleza no tiene saltos. De modo que la actividad autónoma no es más que un modo de contraponer la actividad ilimitada divina a la natural. Respecto a la expresión feuerbachiana de que la naturaleza produce: ella no produce, genera, y, si bien en un pasaje equipara producción y generación en la esfera de la naturaleza, Feuerbach no vuelve con lo mismo (V 368, 371)[15]. La actividad es solo humana: producen el hombre o Dios (V 365, 366)[16], siendo Dios una proyección humana, solo hay producción humana. Empero, la actividad humana es un acto mediado por la naturaleza y en ella. Con la naturaleza el hombre encuentra el medio de realizar una actividad, es decir: introducir mediaciones, actuar, producir[17]. En Dios no hay mediaciones, su efecto es inmediato. Si hay mediaciones en la intervención divina, se dan en la naturaleza: de modo que hay causas segundas y nada más que ellas[18].
Ahora bien, la naturaleza no es modelo de acción, de producción, no solo porque ella genera desde un patrón que llamamos “regularidad” o “ley”, sino también porque en ella no hay saltos, no hay imaginación. Quien produce, como dice Marx, se diferencia del animal en que se representa en imagen lo que va a producir[19]. La naturaleza no es creativa; la producción y creatividad llega a la naturaleza por el hombre. Esta actividad creativa, esta acción que afirma su esencia es en sí ilimitada, tal como dice Feuerbach (V 365)[20]. No afirmamos con ello que el concepto de “trabajo” de Marx lo tome de Feuerbach ni mucho menos, ya hemos trabajado las críticas sobre la praxis feuerbachiana en Tesis sobre Feuerbach; solo queremos resaltar que lo que se presenta en este –y asume como un presupuesto Marx, aunque solo como punto de partida de la praxis– es la idea de que la naturaleza se manifiesta como objetividad materializada, el ser determinado como objeto que condiciona la subjetividad y opera como límite, pero, a la vez, como subjetividad[21], ya que actúa a través de causas segundas. La actividad autónoma a que hace referencia Feuerbach (V 325) es la generación natural, como decimos más arriba. Y el hombre actúa en concordancia con la generación, su actividad se transforma y modela merced al desarrollo del orden temporal, de los procesos naturales, pero sumándole la creatividad, su marca personalísima. Si Dios intercede inmediatamente, instantáneamente, anulando con ello la validez temporal, en contraposición el vínculo con la naturaleza forma en él la consideración del espacio y del tiempo como criterios de objetividad. Veremos las consecuencias políticas de esto. Empero, la objetividad (Objektivität) tout court se presenta solamente en la naturaleza[22].
Ya vimos en Aportes (IX 20, 21)[23] que todo lo que existe existe en la naturaleza. La condición de lo existente –y solo ello– se estructura en coordenadas espaciotemporales. Pero el espacio y el tiempo son criterios de la existencia, no de la esencia. Esto es importante, porque, a partir de aquí, el límite será un elemento configurador de la realidad, del ser existente (V 361, 363)[24], y la ilimitación a la esencia, a la esencialidad (IX 298)[25]. Así, el género y Dios son ilimitados, y el individuo está limitado por su singularidad, por ser un tipo de particularidad que existe en el mundo (IX 252; V 363)[26]. En definitiva, negar el espacio y el tiempo es negar el límite: un elemento más que nos permite justificar el límite como noción estructural en el vínculo hombre-naturaleza, objeto del presente trabajo. Veamos el siguiente pasaje (IX 253):
Donde no hay límite (Grenze) ni tiempo ni necesidad, tampoco hay cualidad ni energía ni espíritu ni fuego ni amor. Sólo el ser (Wesen) que padece necesidad (notleidende) es el ser (Wesen) necesario (notwendig). Existencia sin necesidad es una existencia superflua. Lo que está libre de necesidades en general, tampoco tiene ninguna necesidad de existencia. Si es o no es, es lo mismo –lo mismo para sí mismo, lo mismo para otro. Un ser (Wesen) sin necesidad es un ser (Wesen) sin fundamento. Sólo lo que puede padecer, merece existir. Sólo el ser (Wesen) rico en dolores es ser (Wesen) divino. Un ser (Wesen) sin padecer es un ser (Wesen) sin ser (Wesen). Pero un ser (Wesen) sin padecer es nada más que un ser (Wesen) sin sensibilidad, sin materia[27] (el destacado es del autor).
Nótese que el límite determina la energía, el espíritu, el fuego, el amor. Y el límite nos remite a la idea de necesidad y padecimiento. Pero ¿qué tipo de padecer?, ¿qué tipo de necesidad? La necesidad de existir, y existe lo que se yergue en espacio y tiempo. Fuera de él, no hay necesidad ni padecimiento, porque no hay límite. El límite adquiere aquí una connotación ambivalente, expresa el pathos de existir por un lado; por otro, la plena afirmación de sí de lo existente. Lo relevante aquí es la centralidad que adquiere para la perspectiva materialista de Feuerbach en contraposición, una vez más, a la perspectiva religiosa. Pero ¿cómo es el ser (Sein)[28], el objeto (Objekt), que, a través del limitarse en espacio y tiempo, existe? Es un objeto o ser –permítasenos establecer la paridad semántica en este caso– que es objeto de la intuición, de los sentidos, del sentimiento, del amor. Pero ¿es que se trata de lo mismo? ¿El ser limitado y existente es el mismo que el amado y sentido? De ser así, ¿cómo el amor puede vincularse al límite?, ¿no es a su vez el hombre al amar ilimitado? Veamos el siguiente pasaje (IX 317):
La nueva filosofía contempla y considera al ser (Sein) como él es para nosotros, no solamente como ser (Wesen) pensante sino como ser (Wesen) realmente existente –al ser (Sein) por tanto como objeto (Objekt) del ser (Sein) – como objeto (Objekt) de sí mismo. El ser (Sein) como objeto del ser (Sein) –y sólo este ser (Sein) es ser (Sein) y sólo él merece el nombre del ser (Sein) – es el ser (Sein) de los sentidos, de la intuición, del sentimiento, del amor. El ser (Sein) es, por tanto, un secreto de la intuición, del sentimiento (Empfindung), del amor […]. Sólo en el sentimiento, sólo en el amor, tiene el “esto” –esta persona, esta cosa–, es decir, lo individual, valor absoluto; es infinito lo finito: en ello y sólo en ello consiste la infinita profundidad, la divinidad y verdad del amor.
Y más adelante:
Pero precisamente porque el “esto” tiene valor únicamente en el amor, se revela también sólo en él y no en el pensar abstracto, el secreto del ser (Sein). El amor es pasión y únicamente la pasión es el distintivo de la existencia. Sólo lo que es objeto (Objekt) real o posible de la pasión, existe[29] (el destacado es del autor).
Ya al principio, lo que se pone en escena es la identidad de sujeto y objeto en la contemplación del ser (Sein) real y existente. Es el supuesto de todo realismo, que tendrá su versión más acabada en el § 32 de Principios (IX 316)[30], solo que ahora el ser sensible y real es objeto del sentimiento (Empfindung)[31]. La intuición redefine la relación con el objeto: como aprehensión y pathos. Esta nueva modalidad de la percepción sensible se debe a un elemento que pasa a conformar la intuición, a saber: el tú (IX 316)[32]. El objeto, al concebirse como un tú, agrega el carácter de la esencialidad propia del yo y de las relaciones interpersonales. Es decir, la objetividad estará concebida como Gegenständlichkeit. La intuición sensible (sinnliche Anschauung) no tratará con un objeto solamente limitado espacio-temporalmente, sino que se introduce en este movimiento especulativo el carácter esencialmente ilimitado del objeto subjetivizado (IX 331, 304). Se conforma un compuesto de sensibilidad y sentimiento, existencia y esencialidad, limitación (Begrenztheit) e ilimitación (Unbeschränkung)[33]. Con el amor se introduce la esencia humana[34], y con ella el objeto está atravesado por la ilimitación: aquí el ser objetivo (objektive Sein) es el ser amado, objetivado (gegenständliche) por la esencia (Gattung)[35]. Es así como, en palabras de Feuerbach, “sólo en el amor, tiene el ‘esto’ –esta persona, esta cosa–, es decir, lo individual, valor absoluto; es infinito lo finito”[36] (el destacado es del autor).
Llegados a este punto, se altera el criterio de la praxis (IX 253) de acuerdo a los cánones de las Tesis. Y lo existente solo en principio es limitado (begrenzt) espacio-temporalmente: es decir, de asumir el límite un carácter absoluto se transmuta en relativo, solo al comienzo: y ello es así porque la intuición debe liberar al objeto en el acto de aprehensión (IX 331)[37]. Véase el desarrollo del vínculo entre límite y espacio-tiempo en Principios de la filosofía del futuro (1843), §45 (IX 326 y ss.):
Espacio y tiempo no son meras formas de aparición: son condiciones del ser (Wesen), formas racionales, leyes tanto del ser (Sein) como del pensar […]. La existencia (Dasein) es el primer ser (Sein), el primer ser (Sein) determinado. Aquí estoy yo; tal es la primera señal de un ser (Wesen) real, vivo. El índice es el indicador que conduce de la nada al ser (Sein). Aquí está el primer (erste) límite (Grenze), la primera separación.
Más adelante:
Limitación en espacio y tiempo es la primera (erste) virtud, la diferencia de lugar es la primera diferencia de lo decente y lo indecente que inculcamos al niño, al hombre inculto […]. Pero el estar aquí es positivo. Yo no estoy allá porque estoy aquí –este no-estar-allá es, por tanto, una consecuencia del estar-aquí positivo, expresivo. Sólo es un límite (Schranke) para tu representación y no un límite (Schranke) en sí el hecho de que el aquí no sea allá, que el uno esté fuera del otro[38] (el destacado es del autor).
Aquí todo depende, en lo que hace al límite, de cómo entendamos el erste (primero, primera): si lo pensamos en sentido cardinal, como aquello primero que determina la intuición[39]; o bien lo fundamental, lo esencial y por ello lo principal en la percepción del objeto. Sabemos, con la reestructuración que de la intuición sensible hace Feuerbach (IX 331), que no es esta última la clave para la interpretación del texto. Si bien el acto de aprehensión es uno, y solo por el análisis se desarticularía en momentos, no deja de haber síntesis en la aprehensión de un objeto, y, desde este punto de vista, supone poner en juego tanto la esencia como la existencia. Pero no solo del objeto, sino del sujeto que percibe: el tú que representa el objeto que irrumpe en la sensibilidad le habla al yo; el yo le comunica al objeto (al tú) su esencia de ser sujeto percipiente (le va su esencia en la contemplación estética y en la praxis que surge a partir de ella). La modalidad en que se configura la esencialidad que parte del ser existente –en esta doble articulación de yo-tú– determina el carácter específico de la objetividad (Gegenständlichkeit) feuerbachiana y de su perspectiva gnoseológica; peculiar, por cierto.
Por último, Feuerbach no parte del mero objeto sensible como de una realidad dada en sí a la que hay que captar y que los sentidos solamente reflejan. Los sentidos construyen realidad, sobre todo, y esto es una novedad para lo que hace al ser real y existente, pero que tiene fuertes implicancias en el plano de la praxis en general, y en el político[40] en particular, el ser también se construye socialmente (IX 304)[41]. De modo que la sensibilidad no se reduce a ser mero reflejo del ser determinado, del objeto (Objekt), sino que este objeto (Gegenstand) se construye, se articula, la objetividad (Gegenständlichkeit) es un producto social e históricamente determinado[42]. Véase el siguiente pasaje (IX 325):
Lo sensible no es lo inmediato, en el sentido de la filosofía especulativa, en el sentido de que es lo profano, lo que se encuentra en la palma de la mano, lo que carece de pensamiento, lo que se comprende por sí mismo. La intuición sensible inmediata es más bien posterior a la representación y a la fantasía. La primera intuición del hombre es ella misma sólo la intuición de la representación y de la fantasía. La misión de la filosofía y de la ciencia en general no consiste por eso en alejarse de las cosas sensibles, reales, sino en llegar a ellas; no consiste en transformar a los objetos (Gegenstand) en pensamientos y representaciones sino en hacer visible lo invisible para el ojo común, es decir, en hacerlo objetivo (gegenständlich)[43] (el destacado es del autor).
De modo tal que la sensibilidad, mediatizada siempre por el pensamiento y los sentidos, los cuales son un producto de carácter social, debe sortear la representación y la fantasía para llegar a su –en términos ilustrados– “edad adulta”. Llegamos aquí a un momento de suma relevancia para el periodo estudiado: a partir de aquí, comprendemos no solo por qué la religión tergiversa el vínculo del hombre consigo mismo, absolutizando su individualidad y expoliando la naturaleza desde el ejercicio continuo del egoísmo práctico, sino el porqué de la necesidad de recuperarla. La naturaleza encauza al hombre –perdido en la idea de Dios– a partir del vínculo teórico-contemplativo con ella. Es por eso por lo que la reducción antropológica de la teología no puede residir solo en derivar el género de la idea de Dios, reivindicar el carácter divino del género humano, sino en restablecer el vínculo hombre y naturaleza. Y ello a partir de la construcción de la objetividad (Objektivität primero, propiamente en La esencia del cristianismo [V 226, 237, 263]; Gegenständlichkeit después, en Principios de la filosofía del futuro [IX 326]).
Recuperar la naturaleza es tanto limitar la subjetividad a través de la objetividad (Objektivität) en La esencia del cristianismo (V 205 y ss.), como liberar y reconstruirla a través de la sensibilidad: si la subjetividad era entendida como egoísmo práctico en La esencia del cristianismo, en Principios concebirla desde su realidad sensible, desde la corporalidad (o corporeidad), será la tarea a realizar (IX 315)[44]. Y desde la reconstrucción de la subjetividad, se pretende, asimismo, profundizar la objetividad (Gegenständlichkeit): desde la sensibilidad como un producto social, esto es, intersubjetivo. De ahora en más, ahondaremos hasta el final del trabajo sobre el devenir social de la sensibilidad a partir de la recuperación del género y del hombre. Resta tratar, en este capítulo, la corporeidad, para pasar luego al género y su realización en la comunidad.
El cuerpo, límite racional de la subjetividad
Lo que falta a la filosofía, desde su máxima de filosofar “a partir de lo que no filosofa, de la no-filosofía”, es dejar irrumpir en ella lo que no pertenece al texto filosófico (IX 254); lo mismo se afirma sobre el vínculo entre pensar e intuición sensible, también planteado en términos de irrupción (IX 330)[45]. El lugar de ese entrecruzamiento es el cuerpo, y con él, del límite. No se puede hablar de límite natural (Naturgrenze) sin hablar del cuerpo: tal expresión debe ser tomada –creemos– en su literalidad. Véase el siguiente pasaje (IX 311):
Como el hombre allí donde se descorporiza, donde él niega el cuerpo, este límite racional (vernünftige Schranke) de la subjetividad, cae en una práctica fantástica y trascendente, trata con apariciones corporales de Dios y espíritus, suprimiendo, por tanto, prácticamente la diferencia entre imaginación e intuición, asimismo se pierde también teóricamente la diferencia entre pensar y ser (Sein), entre lo subjetivo y lo objetivo (objektive), entre lo sensible y lo no-sensible, una vez que la materia ya no es una realidad para el hombre y, por consiguiente, ya no es límite (Grenze) de la razón pensante, una vez que la razón, la esencia (Wesen) intelectual, la esencia (Wesen) de la subjetividad en general, en esta su ilimitabilidad, es la esencia (Wesen) única y absoluta para él. El pensar niega a todo pero únicamente para poner todo en él. Ya no tiene límite alguno fuera de él pero, por ello mismo sale de su límite inmanente, de su límite natural (Naturgrenze)[46] (el destacado es del autor).
En nuestro trabajo, la primera referencia a la corporalidad –central, por cierto, para nuestro objeto de estudio– aparece con la refutación del lenguaje –por decirlo en un modo un tanto provocador, polémico–, pero en palabras del autor, en su contraposición a la negación del ser empírico en el tratamiento hegeliano de la certeza sensible, el árbol es quien me despoja del lugar, a mí, que soy un cuerpo (IX 51). Si no fuera un ser corpóreo, no me limitaría y, por ende, tendría razón Hegel: puesto que desaparecería el “esto” frente a la permanencia del universal. En La esencia del cristianismo, no hay algo así como la eliminación del cuerpo, ya que Dios como ser existente debería ser sensible y, por lo tanto, corpóreo (V 50), solo que la razón se extravía por el sentimiento; la imaginación opera sobre la representación y, por ende, el cuerpo de Dios o de los dioses no es más que un ser abstracto descorporizado (V 185, 313)[47], esto es: un absurdo. Pero en ese absurdo, en esa nada, actúa la ilimitación absoluta. El cuerpo es también en este escrito límite de la subjetividad, por lo cual recuperar la naturaleza a través de la contemplación teórica conlleva valorizar los sentidos, el cuerpo y el ser sensible en general (V 14)[48].
Pero con la Reforma el Dios Carnal, Cristo, se hace hombre, esto es, Dios se muestra sensible, de carne y hueso, es decir, Dios es esencial y existencialmente humano, un ser sensible[49]. La teología, así, deviene cristología (IX 265). Con la sensibilidad como atributo divino –ya no del Objekt del teísmo, sino del hombre devenido objetivo (objektive)–, la sensibilidad diviniza y expresa la corporalidad. El Dios sufriente por el hombre es Cristo, Dios de carne y hueso, que murió en la cruz. Ahora bien, aún se afirma a Dios en el protestantismo, aunque se declare un Dios para el hombre, un objeto (Gegenstand) para sí. De modo que la sensibilidad, si bien halla su reivindicación a través de la Reforma por la revelación del Dios sensible, y por el consecuente traspaso del carácter objetivo de Dios al hombre, con ello aún no es sujeto de sí misma (Subjekt seiner selbst), esto es: continúa todavía en la esfera religiosa.
A esta altura del análisis, podemos vislumbrar que, al aplicar el método genético-crítico a las representaciones, a los objetos, Feuerbach no elimina la religión. Esta puede cambiar de forma, pero siempre hay un vínculo con la esencia en todo lo que el hombre hace (IX 333)[50], siempre el género mediatiza la sensibilidad, y la naturaleza es concebida como piedra de toque del equilibrio humano[51]. La subjetividad se limita por la naturaleza[52] (V 314), ella es fundamento (IX 259) y base (IX 337) del hombre, pero a la vez también el hombre es fundamento (IX 333)[53]. Y lo es por ser el punto de contacto entre la esencia y la existencia[54]. Sin la esencialidad humana, la objetividad no puede liberarse, la corporeidad no da cuenta solo de la existencia, sino de la esencia[55]. El quid de la cuestión está en liberar la sensibilidad –cuyo instrumento es el cuerpo (IX 334)[56]– de la limitación (Beschränkung) de la mera percepción empírica[57]. Pero el hombre no puede erigirse en fundamento si no se reconoce la “autonomía”, tomando esta expresión de Chagas, no de la naturaleza, sino del hombre y específicamente de la sensibilidad –puesto que sensibilidad solo hay en el hombre–, “convirtiéndola en sujeto de sí mismo (Subjekt seiner selbst)” (IX 315)[58] en que, como vimos, es la forma humana de dar cuenta existencial y esencialmente de un objeto, inclusive del propio hombre (IX 323)[59]. Recuperando la sensibilidad, reestructurando su carácter religioso –en el que anida la divinidad[60]– por la genericidad del percibir, se establecen los pilares del hombre. El hombre es un fundamento fundado (IX 259, 333). He ahí el secreto del humanismo materialista[61] de Feuerbach.
Entonces, ¿cómo se supera la escisión que genera el yo abstracto[62]? ¿Cómo se da ese encuentro del mundo como realidad personalísima, en que confluyen el yo del pensamiento y el tú del ser existente? Y aquí el camino es uno solo: el cuerpo, la corporalidad[63]. Allí reside el punto de encuentro de la realidad, su ápice, puesto que se da la conjunción entre naturaleza y persona[64]. El cuerpo es, entonces, la personalidad, la singularidad materializada; es sujeto y objeto a la vez, empiria y razón, es el ser sensible (sinnliche) que experiencia objetos (Gegenstand), empezando por sí mismo. Ahora bien, proponemos esta lectura de ser el cuerpo la personalidad materializada en consonancia con la idea del cuerpo como “límite racional de la subjetividad” (IX 311). Esta interpretación de la corporalidad es relevante porque, en su laconismo, expresa todo el problema de la religión en Feuerbach: la religión, cuya madre “es la noche” (V 329), moviliza la imaginación en pos de la realización de los deseos del corazón, anulando la intuición, la sensibilidad que limita: recordemos que, a través de la imaginación, no se anula sino los límites del ser sensible; por ello el sentimiento se alza ilimitado en la imaginación. La racionalidad queda de lado, en el hombre religioso, por un tipo de representación ilusoria, cercana por momentos al delirio, puesto que trastoca los límites de lo percibido (V 313)[65]. Que el cuerpo sea límite: se sigue de la oposición que ejerce al yo, en Aportes (IX 45). Pero como objeto (Objekt) material se afirma como existente (en La esencia del cristianismo) e impide con ello su negación como nada, su aniquilamiento por la razón religiosa, que rechaza con él la concupiscencia, germen de todos los males[66]. Pero este cuerpo siente: es la cristalización del objeto (Gegenstand) como un tú (en Principios), es más bien el verdadero tú, puesto que es uno con un yo, es su sede. El yo no existe más que corpóreamente. Pero el límite corporal es racional, no solamente porque en modo alguno Feuerbach asume un límite irracional; al contrario, es racional en un doble sentido: limita al yo en su desmesura, pues se ve enlazado por él a la realidad (Wirklichkeit), en relación –claro está– con otros cuerpos y objetos, y con el mundo y la naturaleza; pero además, es límite de la mera materialidad del orden de las cosas. Esto es, el cuerpo es una materialidad sensible, percibe, siente, sufre, y se constituye por ello en organon de la filosofía (IX 335). La filosofía sin los sentidos no puede incluir en ella lo que no filosofa, lo que no forma parte del texto filosófico (IX 254). A partir del reconocimiento de la corporeidad, el yo sensible se constituye en “sujeto de sí mismo” (Subjekt seiner selbst) (IX 315), superando la unilateralidad del sujeto abstracto: portador de un cuerpo no como límite racional, sino mediado por la imaginación (Phantasie), esto es, “puramente subjetivo” (rein subjektive Körper) (V 313).
Por último, ante la indeterminación feuerbachiana producto de la mística naturalista –como sostiene Cesa[67]–, y en que se desdibujan los límites al concebir al objeto como sujeto, siendo este por sí ilimitado, el cuerpo es el punto de anclaje de la realidad en Feuerbach. Es el non plus ultra de la lógica de la ilimitación e indeterminación: vinculada a la vida, al sentimiento, al amor en el acto de intuir. El cuerpo, límite racional de la subjetividad, es el alfa y omega, sea en Aportes (1839) como en Principios (1843), esto es, al principio y al final del periodo estudiado; lo que no cambia es justamente esto: el límite determinado y determinante de la subjetividad corpórea, corporizada, cualquiera sea el planteo o problema que se aborde con él. Es lo que permanece, en un modus operandi del nuevo filosofar que, recordemos, también es religión (IX 340).
- Véase Chagas, F., en Chagas, F., Redyson, D. y Gimenes de Paula, op. cit., p. 49. “Feuerbach no quiere más una identificación de la sustancia con la naturaleza, una inmanencia de Dios en el mundo, esto es: no más un ‘Deus sive natura’ (un Dios que es tal como la naturaleza), designaciones como substancia única, infinita (Dios y la naturaleza son una = panteísmo), sino la separación entre Dios y la naturaleza, o sea, la decisión ‘aut Deus, aut natura’. Eso significa: quiere esclarecer ni la naturaleza como algo divino, ni Dios como algo inmanente a la naturaleza, sino al contrario: la naturaleza autónoma sin Dios” (el destacado es del autor). Por ello, Robinson –siguiendo a Tillich– cree que el cristianismo debe ir más allá del teísmo, en que se concibe a Dios como un ente supranatural. Véase Robinson, J., op. cit., p. 97: “Ésta es, a mi parecer, la gran contribución de Tillich a la teología –haber reinterpretado la trascendencia de tal modo que preserva su realidad aunque liberándola de la proyección del supranaturalismo. ‘Lo Divino –tal como Tillich lo ve– no habita en un mundo trascendente encima de la naturaleza; sino que se encuentra en el carácter ‘extático’ de este mundo, como su Profundidad y su Fondo trascendentes’” (el destacado es del autor).↵
- Si bien en La esencia del cristianismo Feuerbach no se ocupa en detalle de Spinoza, salvo en contadas ocasiones (V 16, 61, 175, 359), en Aportes a la crítica de Hegel, en que aparece una sola vez citado (IX 38), la crítica a su filosofía inaugura las Tesis. De hecho, es el primer filósofo que aparece, ya en su segundo párrafo, y nada menos que como creador de la filosofía especulativa moderna (IX 243): “Spinoza es el verdadero creador de la filosofía especulativa moderna; Schelling, su restaurador y Hegel su perfeccionador” (el destacado es del autor) (ibidem, p. 25). Esta idea, pero ligeramente diferente, aparece en Aportes a la crítica de Hegel (IX 38): “Por una parte, Schelling igualmente supuso la filosofía de Fichte como la verdad acabada, mas por otra parte, en oposición con Fichte, es el restaurador de Spinoza” (Feuerbach, L., Aportes a la crítica de Hegel, p. 39). En Principios (§15) (IX 286), reconoce la influencia de Spinoza en la historia del materialismo moderno, considerándolo su precursor: “Asimismo, en los tiempos modernos, la humanidad perdió los órganos para el mundo suprasensible y sus secretos, sólo porque junto con la fe en ellos perdió también el sentido para ellos, porque su tendencia esencial era anticristiana y antiteológica, es decir, era una tendencia antropológica, cósmica, realista y materialista. Por eso, Spinoza dio en el blanco con su proposición paradójica: Dios es un ser (Wesen) extenso, vale decir, un ser (Wesen) material. Encontró la expresión filosófica verdadera, por lo menos en cuanto a su tiempo, para la tendencia materialista de los tiempos modernos, la legitimó y sancionó: Dios mismo es materialista”. Y lo llama, a la vez, “el Moisés de los librepensadores y materialistas modernos” (Feuerbach, L., La filosofía del futuro, pp. 83-84). Lo que no quiere decir que tomara de él su concepto de “materia”. Así, la crítica puntual que hace a Spinoza es que su concepción de la materia –a diferencia de Leibniz (IX 276)– radica en que no parte del padecer, de la patencia. La consecuencia de ello es que deviene abstracta, transmutándose en su opuesto, a saber: el pensamiento. Este carácter abstracto e indistinto de la materia, al ser atributo, determinará el ser entero: sea la naturaleza, sea el hombre, pues el atributo en Spinoza “expresa una esencia eterna e infinita” (Ética, primera parte, definición VI) (Spinoza, B., op. cit., p. 11). Si la materia es abstracta pues todo modo que exprese el atributo lo será: este sería el planteamiento (IX 253). Véase Feuerbach, L., La filosofía del futuro, p. 40: “Una filosofía que no tiene en sí misma ningún principio pasivo, una filosofía que especula sobre existencia sin tiempo, sobre el ser ahí sin duración, sobre la cualidad sin sensación, sobre el ser (Wesen) sin ser (Wesen), sobre la vida sin vida, sin carne ni sangre, una filosofía semejante, como la filosofía de lo absoluto en general, tiene necesariamente, en cuanto filosofía absolutamente unilateral, a la empiria como su contrario. Spinoza hizo de la materia un atributo de la sustancia pero no hizo de ella un principio del padecer sino que, precisamente porque la materia no padece, porque es única, indivisible e infinita, la convirtió en el atributo opuesto, en el atributo del pensar, en cuanto tiene las mismas determinaciones del pensar, en suma, porque ella es una materia abstracta, una materia sin materia, tal como el ser (Wesen) de la Lógica de Hegel es el ser (Wesen) de la naturaleza y del hombre, pero sin ser (Wesen), sin naturaleza, sin hombre” (el destacado es del autor). Sobre esta crítica, véase Schmidt, A., Feuerbach o la sensualidad emancipada, p. 131: “Con razón se pone continuamente de relieve en la literatura sobre Feuerbach que su crítica de la religión suprime a Dios como sujeto absoluto, pero no los predicados divinos; a Feuerbach se le representan éstos como predicados de la naturaleza humana y exterior al hombre, ascendida de rango. Identificando a Dios con la naturaleza, y declarando a ésta como origen del hombre, Spinoza anticipa el antropologismo naturalista. El reparo que, pese a esto, le opone Feuerbach es el modo demasiado abstracto en que aparece en él el atributo divino-natural de la ‘extensio’; la naturalidad, que se reconocía al mismo tiempo, se volatiliza, el ‘amor dei’ se hace ‘amor intellectualis’. De ahí se desprende necesariamente que a la sustancia de Spinoza le falta todo elemento subjetivo-intensivo, histórico-evolutivo; ‘se mantiene’, como ya Hegel (y tras él el Marx feuerbachiano) nota, ‘en la rigidez, en la petrificación, sin fuentes böhmianas’” (el destacado es del autor). Por último, en Lecciones sobre la esencia de la religión, se le hace justicia –al repasar su curriculum vitae filosófico– a un filósofo de tal envergadura (VI 14): “Es el único [Spinoza] entre los filósofos modernos que ha proporcionado los primeros elementos para una crítica y un conocimiento de la religión y de la teología; es el primero en ponerse en contradicción positiva con la teología; el primero en decir de manera clásica que el mundo no puede ser considerado como efecto u obra de un ser personal que actúa según intenciones y fines; el primero en hacer valer a la naturaleza en su significado filosófico-religioso. Por eso expresé con alegría mi admiración por él; sólo le critiqué –aún cohibido dentro de las antiguas concepciones teológicas– que haya determinado que aquel ser que no actúa ni según fines ni según voluntad ni conciencia sea el ser más acabado, [el ser] divino, separándose así de un desarrollo que concibiera al ser humano consciente sólo como una parte, un modus –tal como Spinoza lo expresa en su lengua– en lugar de la culminación del ser inconsciente” (el destacado es del autor) (Cf. Feuerbach, L., La esencia de la religión, p. 33).↵
- Sobre la idea de vuelta a la naturaleza en Feuerbach, véase Amengual, G., op. cit., p. 206: “La vuelta a la naturaleza, a lo sensible e inmediato no es simplemente un retorno a lo que fácticamente fue ya desde siempre, sino también una nueva vuelta a la naturaleza que supera la actitud o relación alienante actual, realizar la reconciliación ya conseguida en el pensamiento, pero no necesariamente una vuelta a la filosofía de la naturaleza de los griegos”. ↵
- Feuerbach, L., La esencia del cristianismo, p. 235. Aquí Feuerbach introduce una nota en que recogemos lo siguiente (V 324): “El concepto del más allá no es más que el concepto de la religión verdadera, perfecta, liberada de los límites (Schranken) y de los obstáculos de este mundo”. ↵
- Ibidem. ↵
- Véase la distinción expresada, algo jocosamente, en Robinson, J., op. cit., p. 61: “La caricatura de esta manera de pensar es la concepción deísta de la relación de Dios con el mundo. Aquí Dios es el Ser supremo, el gran Arquitecto, que existe en algún lugar afuera y más allá del mundo –como una tía rica en Australia–, que un buen día lo puso en marcha, que periódicamente interviene en su curso, y que suele evidenciar el benevolente interés que por él siente […]. Nada resulta tan sencillo como invalidar esta caricatura y decir que nuestra creencia no estriba en un deísmo sino en un teísmo, y que la relación de Dios con el mundo es plena e íntimamente personal, sin ninguna similitud con esta relación de relojero remoto descrita por los deístas. Pero es fácil modificar la calidad de la relación y dejar inalterada su estructura fundamental, de modo que continuemos representando a Dios como una Persona que, desde ‘fuera’, baja su mirada sobre este mundo que Él ha creado y al que ama. Sabemos, naturalmente, que Dios no existe en el espacio. Pero no por eso dejamos de pensar en Él como si así fuera, es decir como distinto de los demás seres y por ellos definido. Y esto es lo que es decisivo. Pensamos en Dios como en un Ser, cuya existencia separada, por encima y más allá de la totalidad de las cosas, ha de ser demostrada y establecida” (el destacado es del autor). Feuerbach no concibe otra distinción que la se da entre teísmo y ateísmo, ya que el deísmo niega esencialmente a Dios, no es una posición teológica consecuente, a sus ojos (V 325): “[En el deísmo] El mundo es independiente en su existencia, en su duración; sólo es dependiente en su comienzo. Dios es aquí solamente un ser hipotético, deducido, originado por la necesidad de un entendimiento limitado, para el que la existencia del mundo, convertido por él en una máquina, es inexplicable sin un principio automotor; pero en este caso ya no es un ser originario, necesario absolutamente. Dios existe no por sí mismo, sino por el mundo, no existe sino para explicar en cuanto causa primera la máquina del mundo” (el destacado es del autor) (Feuerbach, L., op. cit., p. 236). Nótese que el argumento es similar a la reducción antropológica llevada adelante por el protestantismo: si Dios es para el hombre, depende de él, y no al revés; Dios, o lo divino en ese caso, es el hombre. Aquí sucede lo mismo, Dios es para la naturaleza: para su comienzo y su sostén (concursus Dei); es, entonces, dependiente de ella. Ella es el objeto (Objekt).↵
- Ibidem, p. 235. “Aquí encuentra su lugar la doctrina carente de espíritu y de contenido, o más bien la doctrina sofística del concursus Dei, en la que Dios no da solamente el primer impulso sino que coopera también en la acción de la causa segunda. Por lo demás esta doctrina es sólo una manifestación particular del dualismo contradictorio de Dios y de la naturaleza que se prosigue a través de la historia del cristianismo” (el destacado es del autor). ↵
- Cf. Lange, A., Historia del materialismo, tr. Vicente Colorado, Buenos Aires, Ediciones Procyon, 1946. t. II, p. 209.↵
- Chagas, F., en Chagas et al., p. 54. “Precisamente porque la naturaleza expresa objetividad, necesidad, corporalidad, sensibilidad es ella lo negativo, por decir así una prueba de los límites de la interioridad, del sentimiento religioso, esto es: una barrera concreta que se opone a la ilusión de una existencia sobrenatural” (el destacado es del autor).↵
- El supuesto aquí es que la incomprensión de la actividad natural autónoma entiende el movimiento solo desde la causa eficiente, es decir, teológicamente (véase al respecto Cabada Castro, M., op. cit., pp. 83 y ss.). El movimiento no precisa necesariamente un móvil cuando surge de sí mismo, pues en sí ese es el móvil. Por ello, un principio del panteísmo spinoziano es que la naturaleza no solo es la única sustancia, sino que es causa sui. ↵
- Cf. Fabro, C., op. cit., p. 32. “Para quien considera el cristianismo en su fuente y práctica originaria, es su contraste con la naturaleza y con el hombre natural lo que sobre todo salta a la vista”. En la misma línea de interpretación, Cabada Castro, para quien Feuerbach no puede explicar la causalidad humana, que es superior a la naturaleza y negando en su reivindicación a Dios: “No es difícil darse cuenta de la serie de aporías o contradicciones en las que está envuelto el razonamiento o la explicación de Feuerbach, que aquí se enfrenta con la cuestión decisiva. En efecto: ¿cómo puede ser el hombre resultado o efecto de una esencia de calidad o categoría ontológica inferior a él mismo, como afirma el mismo Feuerbach? ¿Cómo puede proceder lo que es más de lo que es menos, a no ser que en esto actúe la realidad y la dinámica de un ser en plenitud que ponga en movimiento y sostenga la evolución de lo inferior a lo superior? Y, en fin, ¿puede ser denominada la naturaleza eterna, incausada, etc., cuando ella misma es menos que el hombre? […]. Cuando se denomina a la naturaleza eterna e incausada, ¿no se está de hecho afirmando ya la necesidad de una realidad eterna e incausada, por más que se la confunda con la simple naturaleza? […]. Pero Feuerbach, que ve la influencia del hombre y de su contorno natural en la formación de la idea de Dios, no es capaz de experimentar el hombre y la naturaleza como inmersos y sustentados a su vez en y por una realidad más profunda que ellos mismos, que es la que en definitiva eleva al pensamiento a la idea de Dios. Para él es la naturaleza la última explicación” (Cabada Castro, M., op. cit., p. 83). Lo que no ve Cabada Castro es que el señalamiento de la personalidad –a la que parece aludir como elemento que lo hace al hombre ontológicamente superior a la naturaleza– no significa que se identifique la esencia humana a ella. El hombre no solo es persona, sino un ser sensible, y en relación con otros entes distintos a él. De modo que la crítica es infundada, porque se toma un elemento por el todo: considerando que el hombre depende absolutamente de la naturaleza, sin ella siquiera podría desplegar su personalidad, así sea contra ella, como en el egoísmo práctico. La búsqueda de trascendencia humana no deriva necesariamente en la existencia de Dios, como aquello que impele a ser deseado y conduce al hombre hacia él, sino la necesidad interior (innere Notwendig) de proyectar la esencia. Ella es lo divino, y a partir allí el hombre busca encontrarse en lo otro de sí por una intencionalidad de mediación cuya expresión antigua es el paganismo pero que el cristianismo suplantó por una lógica del egoísmo, al menos al negar el carácter objetivo de la naturaleza.↵
- Feuerbach, L., op. cit., p. 236.↵
- Ibidem, V 187, p. 146. “La verdad de la personalidad se apoya en la no verdad de la naturaleza. Atribuir la personalidad a Dios significa afirmar la personalidad como un ser absoluto, pero la personalidad se concibe a diferencia, prescindiendo de la naturaleza”. ↵
- De hecho, nunca confunde oposición y contradicción, salvo excepciones, como en V 61: “El tiempo es el medio por el cual podemos unir en el mismo ser oposiciones y contradicciones” (ibidem, p. 74). Asimismo, en IX 329: “El medio para conciliar determinaciones contrarias o contradictorias de una manera que corresponda a la realidad en uno y el mismo ser (Wesen), es únicamente el tiempo”. Y más adelante: “Sólo allí donde una representación desplaza a la otra, donde no se llega a ninguna decisión, a ninguna determinación permanente, encontrándose el alma en un cambio continuo de estados opuestos, sólo allí se encuentra ella en el tormento infernal de la contradicción” (el destacado es del autor) (Feuerbach, L., La filosofía del futuro, § 48 p. 140). ↵
- Feuerbach, L., La esencia del cristianismo, pp. 264 y 266. “La naturaleza genera, produce (bringt hervor), el hombre hace”. Véase también (V 371): “Dios no genera como la naturaleza, ni es padre ni hijo como nosotros” (el destacado es del autor).↵
- Ibidem, pp. 262-263. “Dios no ha producido (hervorgebracht), como el hombre, algo particular, esto o aquello, sino que ha producido todo, su actividad es absolutamente universal e ilimitada”. Y más adelante (V 366): “Dios ha producido (hervorgebracht) todo, de manera global, indistintamente” (el destacado es del autor). ↵
- Es esta parte de la praxis la que falta y Marx –con justicia– reclama a Feuerbach. La producción aparece en La esencia del cristianismo como trabajo una sola vez (V 222), en contraposición con la oración. Sin embargo, presenta como opuestos la actividad autónoma de la naturaleza (Natura Naturans) y la actividad divina ilimitada (Concursus Dei). Ahora bien, esta equivocidad –una vez más–, esta confusión entre el producir, el hacer, el generar hacen que no distinga justamente la parte central: la naturaleza genera, el hombre produce; y lo que produce el hombre no lo genera la naturaleza. La generación espontánea prescinde del hombre. Lo que genera la naturaleza mediada por el hombre se llama “producto”. De haber desarrollado esta contraposición entre trabajo y oración, como un vincularse a la objetividad natural y forjar el carácter a través de la cultura, la cuestión sería radicalmente otra. Asimismo, el individuo egoísta expolia la naturaleza para sus fines egoístas. Pero sin Dios, ante la conciencia de que divino es el hombre, y partiendo de que la esencia del hombre es comunidad, y a la par, siendo consciente de que el hombre produce, actúa, ¿cómo no ver la producción en la comunidad y no el individuo aislado, una vez superada esa extensión divina del Dios judeo-cristiano?↵
- Feuerbach, L., Aportes para la crítica de Hegel, (IX 60) p. 62. “[…] las causae secundae, que con frecuencia no son más que las causae primae”. Cf. Cabada Castro, M., op. cit., p. 86. “Sin embargo, Feuerbach insiste en que la idea de Dios resulta en definitiva superflua, puesto que no se dice en realidad nada de Dios que no se haya dicho ya antes de la naturaleza o esté en función de ella; de Dios se puede, por tanto, prescindir, pero no del mundo, puesto que, si se prescinde del mundo, desaparece Dios”. Y más adelante: “Efectivamente, Feuerbach tiene razón en insistir en la necesaria ‘mediación’ del mundo como lugar y epifanía de Dios, de tal forma que Dios no puede ser pensado si no es en y a través de las categorías mundanas y humanas; de Dios no se puede decir nada que no tenga relación con nuestro mundo. Pensamiento y lenguaje son así siempre mundanos y naturales. Pero ¿se sigue de aquí que la reflexión o el pensamiento humano sobre Dios no expresa sino una simple repetición o reiteración tautológica de lo mismo que se piensa con respecto al mundo o a la naturaleza? El hombre pretende, por el contrario, expresar, y es consciente de que expresa, aunque –eso sí– a su modo y de manera, por ende, muy imperfecta, aquello que es su propio fundamento y que, por lo mismo, lo supera; es decir, el conocimiento humano, cuando se plantea y formula el problema del Absoluto y adquiere de este modo la concepción humana de Dios, es muy consciente de que, al referirse a Él, se refiere, no a la naturaleza ni a una repetición o abstracción de la misma, sino a un fundamento u origen último o primero, y ello aun siendo consciente de que no deja de utilizar entonces conceptos humanos y ‘naturales’”. Hasta aquí Cabada Castro. Es verdad que la imposibilidad del lenguaje por nombrar la cosa hace evidente que ella misma –en este caso, Dios– sea inexpresable en lenguaje humano, pero podemos decirlo no solo de Dios, sino de cualquier entidad a la que se desee expresar a través del lenguaje, lo que implica ajustar la cosa a categorías universales y abstractas. El filósofo de Bruckberg realizó una crítica desde un incipiente nominalismo en Aportes (IX 44), argumentando que lo que se hace patente en la no-aprehensión del “esto” no es su invalidez, sino la del lenguaje mismo, que no puede más que nombrar (nomina propria) lo que le ofrece la intuición. Este trata de expresar la esencia de la cosa, pero lejos está el suponer que su infructuosidad se debe a la cosa y no al lenguaje: esto sería, en términos jurídicos –de los que Feuerbach tenía conocimientos por su padre– invertir la carga de la prueba . Pero la refutación de Dios se da por la incompatibilidad entre mediación e inmediación. En la naturaleza se sigue ininterrumpidamente el efecto a la causa, porque el milagro no toma partida, porque no hay Dios. La causalidad primera resulta una inferencia, una suposición, y por ende no tiene entidad más que como hipótesis. ↵
- Marx, K., El capital, tr. Pedro Scaron, Buenos Aires, Siglo xxi Editores, S. A., 2002, p. 216. “Concebimos el trabajo bajo una forma en la cual pertenece exclusivamente al hombre. Una araña ejecuta operaciones que recuerdan las del tejedor, y una abeja avergonzaría, por la construcción de las celdillas de su panal, a más de un maestro albañil. Pero lo que distingue ventajosamente al peor maestro albañil de la mejor abeja es que el primero ha modelado la celdilla en su cabeza antes de construirla en la cera. Al consumarse el proceso de trabajo surge un resultado que antes del comienzo de aquél ya existía en la imaginación del obrero, o sea idealmente” (el destacado es del autor).↵
- Feuerbach, L., La esencia del cristianismo, p. 262. “Una actividad alegre es aquella que coincide con nuestra esencia, la que nosotros no experimentamos como límite y, por consiguiente, tampoco como obligación. Ahora bien, la actividad más dichosa y feliz es la que produce”. ↵
- Desde el § 25 de Principios de la filosofía del futuro en adelante, veremos que el objeto actúa contra o ante el sujeto percipiente, es el otro tú. Ya esta idea aparecía –si se la toma en su literalidad– en Aportes (IX 45), al decir que el árbol “me limita y despoja del lugar que ocupo” (Feuerbach, L., Aportes para la crítica de Hegel, p. 45). Paradójicamente, lo que critica a Schelling (IX 46) es el concebir la naturaleza como un alter ego del yo, es decir, desde la subjetividad. Cae en lo mismo Feuerbach no solo al acentuar la actividad natural de las causas segundas, cuya idea de generación no plantea mayores inconvenientes, sino al ver el objeto como una subjetividad, un otro yo, esto es, como un tú (IX 304): “En el pensar, soy sujeto absoluto, dejo que todo valga como objeto (Objekt) o predicado mío, dejo que todo valga sólo como objeto (Objekt) o predicado del pensante, soy intolerante; en la actividad de los sentidos, en cambio, soy liberal, dejo que el objeto (Gegenstand) sea lo que yo mismo soy: sujeto, ser (Wesen) efectivo que actúa por sí mismo. Sólo los sentidos, sólo la intuición, me da algo como sujeto” (el destacado es del autor) (Feuerbach, L., La filosofía del futuro, § 25, p. 107).↵
- De ahí que Chagas haga hincapié en la autonomía de la naturaleza. Fundar al hombre en ella parte de la aplicación a su representación (Vorstellung) del método genético-crítico: todo está en ella, todo depende de ella, la sensibilidad reconoce en ella su piedra de toque. Véase Chagas, F., en Chagas et al., op. cit., p. 53: “Siguiendo la primacía de la naturaleza, que tiene su fundamento en sí misma, y en la consideración de su autonomía como objeción (Einwand) al teísmo y al idealismo, se ve, en la segunda fase del pensamiento de Feuerbach, su concepto de naturaleza en conexión con su crítica al cristianismo y, al mismo tiempo, en discusión con la filosofía hegeliana, esto es, en el segundo periodo de su concepción de la naturaleza que envuelve, especialmente, los escritos de 1839-1843” (el destacado es del autor). Asimismo, véase Schmidt, A., op. cit., p. 40: “Conforme con su planteo antropológico, la filosofía de Feuerbach –a la que él caracteriza como ‘hecho nuevo, autónomo’– tiene ciertamente en cuenta la naturaleza exterior al hombre sólo en tanto condiciona la existencia humana y se encuentra referida a ella; pero eso no significa de ningún modo que –apareciendo desde siempre en el horizonte humano– se la reduzca a mero ser para otro y por otro. Al contrario. Vimos ya que Feuerbach no entiende la filosofía como acto de ‘puro’ engendrar o poner objetos, sino como acto de un yo que es ya él mismo objeto natural: el hombre. Este es ‘no un ser idéntico o simple, sino esencialmente dualista, activo y pasivo, independiente y dependiente, autosuficiente y social o simpatizador, teórico y práctico’” (el destacado es del autor). Por último, Mondolfo, R., op. cit., p. 52: “Éste es el carácter diferencial de la filosofía de Feuerbach, que se opone como naturalismo a la teología e igualmente al idealismo: la afirmación de la realidad de la naturaleza como condición de la realidad misma del sujeto y de su praxis en el conocimiento y en la operosidad externa”.↵
- Feuerbach, L., Aportes para la crítica de Hegel, pp. 19 y 21. “Todo lo que acontece en el espacio y tiempo debe plegarse a las leyes del espacio y tiempo. El Dios Término se erige en guardián de la entrada del mundo. Autolimitación (Selbstbeschränkung): tal es la condición para entrar. Lo que es siempre real, sólo es real como algo determinado”. Y más adelante (IX 21): “Pues lo que está más allá de la naturaleza debe asimismo actuar y manifestarse como tal más allá de los límites (Schranken) del tiempo” (el destacado es del autor).↵
- Véase Hook, S., op. cit., p. 257. “En cuanto criatura de espacio y tiempo el hombre es un ser limitado, por el espacio y tiempo es finito. Sin limitación no hay existencia” (el destacado es del autor). Por su parte, tomemos a consideración el tratamiento de los atributos divinos con relación al espacio y el tiempo en Feuerbach, L., La esencia del cristianismo, pp. 260-261. “La eternidad y la omnipresencia son propiedades sensibles, porque en ellas no se niega la existencia en el tiempo ni en el espacio, se niega exclusivamente la limitación (Beschränkung) a un determinado tiempo y a un determinado lugar”. Y más adelante (V 363): “En la divina omnisciencia, el hombre se eleva sobre los límites (Schranken) de su saber, por la divina omnipresencia sobre los límites de su punto de vista local, por la divina eternidad sobre los límites de su tiempo” (el destacado es del autor). Obsérvese que la eternidad y la omnipresencia son conceptos espaciales y temporales, pero abstractos, es decir: sin manifestar un tiempo y espacio determinados, de ahí la eliminación de todo tipo de limitación. Por otro lado, véase el siguiente pasaje (V 60), ibidem, p. 74: “Solamente en la sensibilidad, en el espacio y en el tiempo puede existir un ser infinito, realmente infinito y perfecto”. ¿En la sensibilidad del hombre puede existir un ser infinito? Dios no puede ser, porque de lo que se trata aquí es de un objeto de la intuición sensible. No nos queda más que pensar en la naturaleza. Siguiendo este razonamiento, Dios es un ente que, además de propiedades humanas, tiene a su vez atributos naturales. Para esta interpretación, nos basamos en el siguiente pasaje de las Tesis (IX 253): “Espacio y tiempo son las formas de revelación del infinito real” (el destacado es del autor) (Feuerbach, L., La filosofía del futuro, p. 40).↵
- Ibidem, p. 99. “Así como la esencia (Wesen) divina no es otra cosa que la esencia (Wesen) del hombre liberada del límite (Schranke) de la naturaleza, asimismo la esencia (Wesen) del idealismo absoluto no es más que la esencia (Wesen) del idealismo subjetivo liberada del límite de la subjetividad y precisamente del límite racional, vale decir, de la sensibilidad u objetividad (Gegenständlichkeit) en general. Por eso, la filosofía hegeliana se puede derivar inmediatamente del idealismo kantiano y fichteano” (el destacado es del autor). ↵
- La esfera política se realiza en la comunidad por un conjunto organizado de individuos. Por ello el límite espacio-temporal también es criterio de la praxis. Ibidem, p. 39: “La negación de espacio y tiempo en la metafísica, en el ser (Wesen) de las cosas, tiene las más funestas consecuencias prácticas. Sólo aquel que se sitúa por doquiera en el punto de vista del tiempo y del espacio, tiene también en la vida tacto y entendimiento práctico (praktischen Verstand). Espacio y tiempo son los primeros criterios de la praxis. Un pueblo que excluye el tiempo de su metafísica y diviniza la existencia eterna, es decir, abstracta, separada del tiempo, también excluye consecuentemente de su política al tiempo y diviniza el principio de estabilidad opuesto al derecho y a la razón y antihistórico” (el destacado es del autor) (ibidem, p. 39). Asimismo, véase también La esencia del cristianismo, p. 260: “La acción beneficiosa de la religión se apoya en esta extensión de la conciencia sensible. En la religión, el hombre está al aire libre (im Freien); en la conciencia sensible se encuentra en su morada estrecha y limitada. La religión se relaciona esencialmente, originalmente –y sólo en su origen es algo santo, verdadero, puro y bueno– a la conciencia inmediatamente sensible, inculta; es la eliminación de los límites (Schranken) sensibles. Pueblos y hombres aislados y de mentalidad estrecha conservan la religión en su sentido primitivo, porque ellos mismos permanecen en el origen, en la fuente de la religión. Cuanto más reducido es el horizonte del hombre, y tanto menos sabe de historia, naturaleza y filosofía, tanto más intrínsecamente depende de su religión” (el destacado es del autor). ↵
- Ibidem, p. 40.↵
- Véase Fabro, C., op. cit., p. 27. “El término Wesen, que es de uso constante en Feuerbach (mientras que Sein es más raro), puede significar tanto “esencia” como “ser”, “realidad”, “naturaleza””. En la paulatina introducción del término Sein en Principios, se mentará con él al ser en tanto exista efectivamente. Así, a partir del §34 (IX 317 y ss.) el ser objetivo (objektive) será expresado por el vocablo Sein, no por Wesen.↵
- Feuerbach, L., op. cit., p. 124. Este pasaje es relevante al momento de entender la crítica marxiana y, precisamente, el cambio en la actitud acerca de Feuerbach. En La sagrada familia, el amor –en claro sentido feuerbachiano– es concebido como el principio que hace posible la irrupción del materialismo en el seno del idealismo alemán: “¿Cómo la subjetividad absoluta, el acto puro, no vería en el amor su bestia negra, a Satán en persona, en el amor que más que todo hace creer al hombre en el mundo material y no sólo le enseña hacer del hombre un sujeto, sino también del objeto un hombre?”. Y más adelante: “Pero el amor es un materialista desprovisto de sentido crítico y de sentimiento religioso” (Marx, K. y Engels, F., La sagrada familia, tr. Carlos Liacho, Buenos Aires, Editorial Claridad, 1938, pp. 36-37). Pero, luego de esta expresión de epifanía materialista, amar lo que existe implica sostener –en la praxis– la conservación de lo existente como absoluto o, más directamente, amar lo existente, “mientras que lo que al verdadero comunista le importa es derrocar lo que existe” (Marx, K. y Engels, F., La ideología alemana, p. 45). Aquí se da una ruptura respecto al materialismo feuerbachiano asumido por Marx, que significa –por su parte– interpretar a Feuerbach desde una perspectiva hegeliana, esto es: amar el objeto hombre y la realidad material sería un momento del pensamiento en la crítica a la ideología, para socavar el basamento ideológico de la “crítica-crítica”; pero, como tal, debe superarse (aufheben). El amor feuerbachiano, si bien nos lleva a la diferencia (IX 318) –en términos hegelianos, más bien a la diversidad (Verschiedenheit)–, contraponiéndose a la identidad abstracta, no implica ruptura del orden. Véase Feuerbach, L., op. cit., § 34, p. 125: “El pensamiento abstracto, carente de sentimiento y de pasión, suprime la diferencia entre ser y no-ser (Sein und Nichtsein), pero para el amor esta diferencia, evanescente para el pensamiento, es una realidad. Amor no significa otra cosa que enterarse de esta diferencia” (el destacado es del autor). Entendemos que, desde Marx, el amor feuerbachiano pone en evidencia la verdad de la materia por sobre el carácter ilusorio del espíritu abstracto propio del idealismo, expresado en la “crítica-crítica”, solo eso. La praxis, en cambio, conduce a la irrupción de la diferencia real, expresada en términos de contradicción, en el seno de la identidad, pero del orden establecido. Véase asimismo Engels, F., op. cit., p. 56: “¡Pero el amor! Sí, el amor es, en Feuerbach, el mago que ayuda a vencer siempre y en todas partes las dificultades de la vida práctica; y esto, en una sociedad dividida en clases, con intereses diametralmente opuestos. Con ello, desaparece de su filosofía hasta el último residuo de su carácter revolucionario, y volvemos a la vieja canción: amaos los unos a los otros, abrazaos sin distinción de sexos ni de posición social. ¡Es la orgía de la reconciliación universal!”. Por último, Heller, A., op. cit., pp. 120-121: “El amor es para Feuerbach la esencia más importante y al mismo tiempo la menos susceptible de alienación (la única inalienable) de la especie. Recuérdese que el amor reviste en Feuerbach una significación ontológica central. Podríamos añadir ahora también que reviste una significación epistemológica. Constituye la única relación en la que la relevancia de su concepto de verdad está fuera de dudas, donde deja de ser un lugar común de tipo cotidiano”. Y más adelante: “La filosofía de Feuerbach es la apoteosis del amor y ‘apoteosis’ debe entenderse aquí literalmente. El amor sensual –la forma suprema del amor en general– es al mismo tiempo ‘deificación’, el acto sexual es simultáneamente acto religioso y también el supremo acto moral. Una vez más: el amor es inalienable” (el destacado es de la autora).↵
- Ibidem, p. 122. “Lo real en su realidad o en cuanto real, es lo real en cuanto objeto (Objekt) de los sentidos, es lo sensible. Verdad, realidad, sensibilidad, son idénticos. Sólo un ser (Wesen) sensible es un ser (Wesen) verdadero, un ser (Wesen) real. Sólo mediante los sentidos se da un objeto (Gegenstand) en el sentido verdadero y no se da mediante el pensar para sí mismo. El objeto (Objekt) dado por el pensar o idéntico es sólo pensamiento” (el destacado es del autor).↵
- Si bien este término puede traducirse por “sensación”, tanto Llanos como Vera utilizan el vocablo “sentimiento”. No se identifica con el sentimiento religioso –a menudo emplea para ello el vocablo Gefühl y con relación al “ánimo” (Gemüt), al menos en La esencia del cristianismo–, pero sí introduce la esencialidad a través del amor.↵
- Ibidem, p. 123. “Un objeto (Objekt), un objeto (Objekt) real, pues, sólo me es dado donde me es dado un ser (Wesen) que actúa sobre mí, donde mi autoactividad –si parto del punto de vista del pensar– encuentra su límite (Grenze), su resistencia, en la actividad de otro ser (Wesen). El concepto del objeto (Objekt) originalmente no es más que el concepto de otro yo –así interpreta el hombre durante su niñez a todas las cosas como seres (Wesen) espontáneos, arbitrarios –y por eso el concepto del objeto (Objekt) en general está mediatizado por el concepto del tú, del yo objetivo” (el destacado es del autor). ↵
- Cabada Castro, M., op. cit., p. 12. “Lo que ha hecho Feuerbach es ampliar el concepto de lo sensible y de la sensibilidad, para evitar así, por una parte, la reducción o rebajamiento del conocimiento, y mantener, por otra parte, la importancia de la encarnación del hombre total en su realidad visible y concreta. Por ello, el espíritu (‘Geist’) pertenece también a lo ‘sensible’, más aún, es la esencia misma de la sensibilidad, aun cuando, por otro lado, se le pueda considerar no-sensible o superior a los sentidos, en cuanto que, mientras los sentidos están limitados a un campo particular, el espíritu abarca todo lo sensible”. ↵
- Véase al respecto, Marx, F. y Engels, F., La sagrada familia, p. 37: “El amor, finalmente, llega hasta hacer de un hombre ‘ese objeto exterior de la afección’ de otro hombre, un objeto donde encuentra su satisfacción el sentimiento egoísta de otro hombre, sentimiento egoísta porque es su propia esencia lo que cada uno busca en otro”. ↵
- Aquí se esperaba –con seguridad– que el término que exprese la esencia fuera Wesen y no Gattung. Pero introducir el tú implica a su vez traer a colación el género (V 165). La esencia humana es genérica: voluntad, razón y corazón son esenciales y genéricos a la vez (V 30): “¿Qué es, entonces, la esencia del hombre, de la que éste es consciente, o qué es lo que constituye en el hombre el género de la humanidad propiamente dicha? La razón, la voluntad, el corazón” (el destacado es del autor) (Feuerbach, L., La esencia del cristianismo, p. 54). Ibidem, (V 165, 166), pp. 132 y 133: “[…] la primera piedra de escándalo en la que se quiebra el orgullo del yo es el tú (Du), el otro yo”. Y más adelante: “La conciencia del mundo es mediatizada por el yo mediante la conciencia del tú […] que él sea se lo debe a la naturaleza, pero que sea hombre se lo debe al hombre” (el destacado es del autor). Por esta introducción del género de la mano del tú en la intuición, Wartofsky decía que Feuerbach habla de “sensación estética” (aesthetic sensation) cuando mienta la percepción y opera la imagen (Wartofsky, M., op. cit., p. 281). Esto es: en la carga teórica de toda observación, va con ello la esencia, pero –al parecer– no solo la del hombre, sino de la realidad en su totalidad, de la naturaleza. Respecto a esto último, véase también Amengual, G., op. cit., p. 57: “Pues no hay duda que en el conocer hasta de objetos sensibles y exteriores me conozco a mí mismo, en la conciencia de objetos cobro conciencia de mi esencia”. No está mal ser conscientes de que nuestra esencia determina la intuición, el problema radica en el proceder acrítico, pues nos conduce a un probable retorno a la religión que niega la objetividad al determinar el objeto (Gegenstand) de acuerdo a la subjetividad ilimitada. El problema, entonces, reside en la confusión de planos: el sentimiento (ilimitado y subjetivo) con la sensibilidad (limitada y objetiva). Véase, por último, en Principios, § 41 (IX 322): “Lo que ocurre con el arte, ocurre con la religión. La intuición sensible (sinnliche Anschauung), y no la representación, es la esencia (Wesen) de la religión cristiana, la forma, el órgano del ser (Wesen) supremo y divino. Pero donde la intuición sensible se considera el órgano del ser (Wesen) divino, del ser (Wesen) verdadero, allí se expresa y se reconoce al ser (Wesen) divino como un ser (Wesen) sensible y al ser (Wesen) sensible como un ser (Wesen) divino, pues como el sujeto así es el objeto (Objekt)” (el destacado es del autor) (Feuerbach, L., La filosofía del futuro, p. 131).↵
- Véase asimismo el final del § 38 (IX 320), ibidem, p. 128: “Indubitable, inmediatamente cierto, es solamente lo que es objeto (Objekt) de los sentidos, de la intuición y del sentimiento (Empfindung)” (el destacado es del autor).↵
- Traigamos nuevamente a colación el pasaje citado: “La intuición toma las cosas en un sentido amplio; el pensar, en un sentido más restringido; la intuición deja las cosas en su libertad ilimitada (unbeschränkte Freiheit)” (el destacado es del autor) (ibidem, § 49, p. 142).↵
- Ibidem, pp. 136 y ss. Véase el comentario que hace a este pasaje puntualmente y a la concepción feuerbachiana del espacio-tiempo Heller, A., op. cit., p. 119: “Tenemos, sobre todo, el problema del espacio y el tiempo. No pocas veces subraya que el espacio y el tiempo son efectivamente meras formas de la percepción; pero con igual frecuencia afirma que no lo son: ‘Espacio y tiempo son condiciones del ser […] leyes del ser y del pensar’. En el llamado ‘dualismo’ de Feuerbach es posible encontrar enfoques en ambas direcciones. El primero es un enfoque puramente fenomenológico. El segundo –que es el más importante– indica que la ‘existencia’ (es decir, el espacio) sólo se constituye cuando el otro, la diferencia en relación a mí, la ‘unidad básica’ de la filosofía ya ha aparecido. Consiguientemente, la idea del espacio no puede ser innata al yo, pues la existencia del propio yo supone de facto reconocimiento del otro: en esta medida ‘aquí’ y ‘ahora’ son premisas del ser. Yo y tú son idénticos (juntos somos la especie); el espacio es una categoría social y también una categoría natural: ambas son, en el fondo, una. Lo mismo sucede con el tiempo: ‘El medio de unificar sin contradicción en un mismo ser determinaciones contrapuestas o contradictorias es, únicamente, el tiempo’ (§ 48, IX 329). Sobre esta base se podría interpretar el tiempo como mera forma de la percepción; pero como todas nuestras determinaciones se generan en nuestra relación con el otro, con el tú (en nuestro amor) y viceversa, el tú y el yo tienen ontológicamente un tiempo común; el tiempo, así, es una categoría del ser, simultáneamente una categoría social y una categoría natural: ambas son, igualmente, una sola” (el destacado es de la autora).↵
- Así, al parecer, lo entiende Kamenka. Véase Kamenka, E., op. cit., p. 36: “Cree [Feuerbach] que no hay nada fuera o por sobre el mundo ordinario de nuestros sentidos, nada existe fuera del espacio y tiempo. Este es uno de los aspectos centrales de su materialismo”. ↵
- El aspecto político de la propuesta de Feuerbach –siguiendo a Althusser en este punto– tiene un cariz de manifiesto. Pero nuestras razones difieren de las que da este autor. Los postulados de la objetividad en el periodo 1842-1843 desarrollan progresivamente un criterio de la praxis, cuya formulación explícita hallaremos en una carta a Ruge de 1843. La objetividad –que en la primera parte de los Principios se delimita espacio-temporalmente– toma un matiz social a medida que el objeto expresa un tú y que la sensibilidad está cada vez más mediada socialmente. Esto último no es nuevo; ya desde Aportes la verdad se concibe como un producto social: pertenece al ámbito del lenguaje y la comunicación, pero, con el reconocimiento de la sensibilidad y la intención de superar todo tipo de dualismo en su búsqueda del hombre total y real, el desenlace es que la objetividad y la praxis que se construye a partir de ella también sean de carácter social. Podríamos decir que todo ello no implica la política, es verdad. Así como lo estamos planteando, hay a lo sumo una idea de objeto y una concepción epistemológica desde lo social. Nada más. Independientemente de las pocas reflexiones sobre política que hace el autor, como aquella en que expone las consecuencias nefastas para un pueblo que no tome como punto de partida el límite espacio-temporal, explícitamente dice: “Espacio y tiempo son los primeros criterios de la praxis” (IX 252) (ibidem, p. 39). Pero ¿la praxis es política? Y antes aún, ¿qué entiende como praxis? En la carta a Ruge de junio de 1843, Feuerbach dice: “¿Qué es teoría, qué es praxis? ¿En qué consiste su diferencia? Teórico es aquello que sólo está en mi cabeza; práctico, aquello que está en muchas. Lo que une muchas mentes se hace masa, se extiende y se hace un lugar en el mundo” (IX 342). Hay un matiz de manifiesto, de panfleto –como dice Althusser–, pero hay más. La praxis es eminentemente comunicativa, en ello reside su eficacia. Que la realidad se transforme depende del enraizamiento de las ideas, de su “encarnación” en muchas cabezas (vielen Köpfen). De modo que la praxis consiste en la toma de conciencia de la delimitación espacio-temporal como criterio primero, pero esa lectura debe poder comunicarse. La praxis es, entonces, toma de conciencia de la situación coyuntural y construcción de hegemonía.↵
- Feuerbach, L., op. cit., § 25, p. 107. “Ser (Sein) es algo en lo cual participan no sólo yo sino también los otros, y ante todo también el objeto (Gegenstand) mismo” (el destacado es del autor).↵
- Ibidem, § 44 (IX 325), p. 135. “Al comienzo, los hombres ven las cosas sólo como ellas les aparecen y no como ellas son; no ven las cosas a ellas mismas sino sólo sus imaginaciones de ellas, introduciendo en ellas su propio ser (Wesen) sin distinguir el objeto (Gegenstand) y la representación del objeto (Gegenstand). Al hombre inculto, subjetivo, la representación [le] está más cercana que la intuición, pues en la intuición él es sacado fuera de sí, mientras que en la representación él permanece en sí mismo. Pero lo que ocurre con la representación, ocurre también con el pensamiento. Los hombres se ocupan antes y durante mucho más tiempo de las cosas celestes y divinas que de las cosas terrestres y humanas, es decir, se ocupan antes y durante mucho más tiempo de las cosas traducidas al pensamiento que de las cosas en el original, en la lengua original. Sólo en los tiempos modernos la humanidad ha vuelto, como antaño en Grecia después de haber precedido el mundo onírico oriental, a la intuición sensible, a la intuición genuina, objetiva (objektive), de lo sensible, es decir, de lo real. Pero justamente sólo así ha llegado también a sí misma, pues un hombre que sólo se entrega al ser (Wesen) de la imaginación o del pensamiento abstracto, es él mismo sólo un ser (Wesen) abstracto o fantástico, no un ser (Wesen) real, verdaderamente humano. La realidad del hombre depende únicamente de la realidad de su objeto (Gegenstand). Si nada tienes, nada eres” (el destacado es del autor).↵
- Ibidem. Véase el comentario a este pasaje de Amengual, G., op. cit., p. 205: “Primero es la representación y sólo como negación y realización de ella se llega a la verdad, al objeto o ser en sí. La misión de la filosofía consiste en negar la representación, lo cual ‘no consiste en transformar a los objetos en pensamientos o representaciones, sino en hacer visible lo invisible para el ojo común; es decir, en hacerlo objetivo’ (IX 325). La insistencia en la inmediatez es históricamente mediada, no es simplemente una ingenuidad, tiene como presupuesto toda la historia de la filosofía, frente a la cual adopta una actitud crítica: niega su carácter de representación, de pensamiento en cuanto alcanza la realidad en sí, la realidad sensible”. Y más adelante: “La afirmación de la inmediatez supone histórica y gnoseológicamente la prioridad del pensamiento, de la representación (de una tradición, de una fenomenología), frente a la cual se propone la tarea de volver a lo sensible realizando el pensamiento. Ontológicamente supone ciertamente la prioridad de lo sensible y de la naturaleza, lo cual nos es con todo sólo conocido por la negación; y en este sentido toda realización del pensamiento no será una creación nueva, sino una vuelta al original, un redescubrimiento de lo que ya es, de la naturaleza, y, en este sentido, un paso histórico”. Solo queremos señalar que no implica una vuelta a lo que es “en sí”. Sino que el en sí aquí es la representación, esto es, “lo dado”. Con la sensibilidad (Sinnlichkeit) al transformar el Objekt en Gegenstand se articula el “para sí”. Los sentidos están mediados socialmente porque interviene el para sí, la toma de conciencia del carácter ilusorio de la mera representación. En ello consiste “hacer visible lo invisible” (IX 325). Por su parte, Hook ve en este pasaje (IX 325) una ampliación de la teoría social de la evidencia feuerbachiana, en que participa la sensibilidad a más del diálogo yo-tú, en que se expresa la intersubjetividad en la constitución de la verdad: “Desarrollando este argumento [IX 325] Feuerbach combina su principio de la sensibilidad (algunas veces presentado de forma grandilocuente como ‘amor’ y ‘pasión’) con su teoría social de la evidencia en una modalidad interesante. Sin intentar encuadrarlo en lo más mínimo con su habitual doctrina en que la sensación es la fuente de lo inmediato, no-derivado […] mantiene el punto de vista consistente en que el testimonio de los sentidos tiene valor de evidencia no al comienzo sino sólo al final de la indagación intelectual, no al ojo rudo y crudo sino sólo al ojo educado” (Hook, S., op. cit., p. 262). ↵
- Si bien en Principios aún se presenta la subjetividad como unilateralidad, del hombre preso en la representación (IX 326) o bien como un mero criterio formal (IX 331), la forma de superar la contradicción entre pensamiento y sensibilidad, o bien, la forma de mediatizarlos, conlleva otorgar autonomía a la sensibilidad, al ser sensible (IX 315). Véase Feuerbach, L., op. cit., pp. 135, 142 y 122: “Al hombre inculto, subjetivo, la representación [le] está más cercana que la intuición, pues en la intuición él es sacado fuera de sí, mientras que en la representación él permanece en sí mismo”; “Así, sólo por sí mismo el pensar no llega a ninguna diferencia y oposición positivas de sí mismo; pero, precisamente por eso, tampoco tiene otro criterio de verdad sino que algo no contradice a la idea, no contradice al pensar –por tanto, únicamente tiene un criterio formal, subjetivo, que no decide si la verdad pensada es también una verdad real. El criterio que decide respecto a esto es únicamente la intuición”; y “Sólo se exige al pensamiento que se realice, que se sensibilice, porque inconscientemente está presupuesto al pensamiento la realidad, la sensibilidad, independiente del pensamiento como verdad […]. Nos libramos de esta contradicción únicamente si convertimos a lo real, a los sensible, en sujeto de sí mismo (Subjekt seiner selbst)” (el destacado es del autor). Véase, al respecto, Schmidt, A., op. cit., p. 29: “Feuerbach (en ello reside su importancia para la crítica de la ideología) quería discutir de nuevo en el terreno antropológico una subjetividad hasta entonces idealistamente exaltada. Para él se trata de incorporar un correctivo pasivo a una actividad espiritual que no negaba en modo alguno como tal. Este correctivo es en primer lugar el cuerpo humano, el ‘límite razonable de la subjetividad’ (IX 311), la naturaleza inherente a ella” (el destacado es del autor). ↵
- Ibidem, p. 141. “[…] el pensar no progresa en línea recta, en identidad consigo mismo, sino que se interrumpe por la intuición sensible. Sólo el pensar que se determina y rectifica por la intuición sensible es pensar real y objetivo (objektives), pensar de la verdad objetiva (objektiver)” (el destacado es del autor).↵
- Ibidem, p. 116. Véase también la recensión sobre J. F. Reiff “Sobre ‘El comienzo de la filosofía’” (1841) (IX 150 y ss.): “El yo es corpóreo no quiere decir otra cosa que el yo no es sólo activo, sino también pasivo. Y es falso deducir esta pasividad del yo inmediato de su actividad o querer presentarla como actividad. Por el contrario: la pasividad del yo es la actividad del objeto. Porque también el objeto es activo, el yo padece –por cierto– un padecimiento por el que el yo no tiene que avergonzarse, pues el objeto pertenece a la misma esencia más íntima del yo”. Y más adelante: “Pero el yo no está abierto ‘abierto al mundo’ de ningún modo ‘a través de sí mismo’ como tal, sino a través de sí como ser corporal, precisamente a través del cuerpo, el ‘mundo abierto’ (Welt offen). Respecto al yo realizado, el cuerpo es el mundo objetivo. A través del cuerpo el yo no es yo, sino objeto. Ser en el cuerpo significa ser en el mundo. Tantos sentidos – tantos poros, tantos puntos desnudos. El cuerpo es nada más que el yo poroso” (el destacado es del autor) (Tr. Santiago Santillán Zabaljauregui).↵
- Feuerbach, L., La esencia del cristianismo, pp. 145 y 226. “Hasta los dioses homéricos con figuras abstractas, tienen cuerpos como los hombres; cuerpos, sin embargo, de los que se han suprimido los límites (Schranken) e incomodidades humanas; es un ser aislado, destilado”. Y más adelante (V 313): “El cuerpo sobrenatural es un cuerpo de la imaginación, pero precisamente por eso satisface el sentimiento del hombre, porque no le importuna; es un cuerpo puramente subjetivo” (el destacado es del autor).↵
- Véase el célebre pasaje del segundo prólogo a La esencia del cristianismo (1843): “Existe un mundo entre mí y esos filósofos que se arrancan los ojos de la cabeza para poder pensar mejor; tengo necesidad de los sentidos para pensar, y sobre todo de los ojos; fundo mis pensamientos en realidades, ya que nosotros no podemos nunca apoyarnos más que por medio de la actividad sensible; no engendro el objeto (Gegenstand) a partir del pensamiento, sino a la inversa, el pensamiento a partir del objeto (Gegenstand): sólo es objeto (Gegenstand) aquello que existe fuera de la cabeza”. ↵
- Amengual, G., op. cit., p. 165. “Esta determinación humana de Dios, el hecho que hasta en Dios lo humano es la medida y criterio, pues sólo así podría ser ‘para nosotros’, adquiere certeza sensible en la aparición de Dios como hombre en Cristo. En Cristo Dios ha dejado de ser pensamiento, ser dudoso y se ha convertido en ser sensible, cierto”. ↵
- Feuerbach, L., La filosofía del futuro, § 51, p. 144. “La nueva filosofía se basa, por tanto, no en la divinidad de la razón, vale decir, en la verdad de la razón sola para sí; ella se basa en la divinidad del hombre, vale decir, en la verdad del hombre total. O mejor: ella sí se basa en la razón pero en la razón cuya esencia (Wesen) es la esencia (Wesen) humana y, por tanto, no en un razón sin esencia (Wesen) ni color ni nombre, sino en la razón impregnada de la sangre del hombre. Por eso, si la antigua filosofía decía: sólo lo racional es lo verdadero y real, la nueva filosofía dice en cambio: sólo lo humano es lo verdadero y real, pues sólo lo humano es lo racional: el hombre es la medida de la razón” (el destacado es del autor).↵
- En la relación esencia y existencia, radica la distinción (o indistinción) entre hombre y naturaleza. Véase el siguiente pasaje (IX 259): “La naturaleza es la esencia (Wesen) que no se distingue de la existencia; el hombre, la esencia (Wesen) que se distingue de la existencia. La esencia (Wesen) que no distingue es el fundamento de la esencia (Wesen) que distingue –por tanto, la naturaleza es el fundamento del hombre” (el destacado es del autor) (ibidem, p. 49). Solo el hombre mediatiza, porque en él reside la diferencia entre esencia y existencia. Precisamente, solo en él hay discordancia entre una y otra, hay esencialmente diferenciación en la esfera del ser. Si hay diferencia, hay hombre. La naturaleza sería, desde esta lectura, pura identidad, la unidad que conserva la diferencia: es la concordancia de lo que es; mientras que el hombre es lo que no es y no es lo que es. Esto último también explica por qué en el hombre y solo en él puede haber religión. Un ser coincidente consigo no podría tener un Dios, ni sentirse limitado. ↵
- Si bien esta idea está clara en La esencia del cristianismo, empieza a desdibujarse su claridad, su precisa significación en Tesis y en Principios, más allá de que cumple la función de fundamento en el primero y de base en el segundo: lo que se pierde específicamente es su función de límite. Creemos que el motivo es que, a partir de 1843, sobre todo, Feuerbach atribuye al objeto (Gegenstand) un carácter ilimitado al concebirlo desde el amor, desde el sentimiento, pero sobre todo al atribuirle subjetividad (IX 304). Véase Cesa, C., op. cit., p. 35: “El verdadero defecto de la posición feuerbachiana es no tanto una ‘contradicción’, cuando una indeterminación que, teniendo en cuenta el lenguaje exaltado con el que habla de la naturaleza, se podría definir de ‘mística’. Se entiende cuando afirma que el objeto es parte de la esencia del yo, y que, por otra parte, el yo es en el mundo –pero lo que no es en efecto claro es cuál sea la diferencia entre pensamiento y mundo sensible. Cada uno de estos dos términos, a su vez, se articula en otros dos: el pensamiento es una vez esencia del género que contiene y determina pensamientos singulares, y otra vez el pensamiento del hombre singular que intuye, reflexiona, conoce. Por su parte, el mundo sensible es un todo que incluye a los hombres como seres corpóreos y todas las demás cosas materiales, en una interpenetración de vitalidad respaldada por leyes necesarias, indiferentes a la individualidad; y es el cuerpo singular, el ‘cuerpo especulativo’ que desde su ángulo visual ve su mundo” (el destacado es del autor). ↵
- Feuerbach, L., op. cit., § 52, p. 145. “La unidad de pensar y ser (Sein) sólo tiene sentido y verdad si el hombre es concebido como el fundamento, como el sujeto de esta unidad. Sólo un ser (Wesen) real conoce cosas reales; sólo donde el pensar no es sujeto para sí mismo sino predicado de un ser (Wesen) real, sólo allí el pensamiento tampoco está separado del ser (Sein). Por esto, la unidad de pensar y ser no es una unidad formal, de modo que al pensar en sí y para sí corresponda el ser (Sein) como una determinación; ella depende únicamente del objeto (Gegenstand), del contenido del pensar” (el destacado es del autor). No hay trabajos en la bibliografía sobre el fundamento en Feuerbach, pero entendemos que mienta con ello la unidad en el seno de la diferencia, esto es, la identidad mediada, en términos hegelianos. A medida que avanza la exposición en Principios, el mensaje es progresivamente en función de la idea de unidad, identidad, fundamento. Todo ello, claro está, sin negar la diferencia (IX 339, 259). Véase, al respecto, p. 151: “La esencia del hombre está contenida únicamente en la comunidad, en la unidad del hombre con el hombre –pero una unidad que se basa únicamente en la realidad de la diferencia del yo y del tú” (el destacado es del autor). ↵
- Amengual, G., op. cit., p. 208. “La unidad de pensar y ser se realiza ahora en el hombre, en cuanto éste es el sujeto y el objeto de la filosofía, en cuanto éste une en sí el pensar y el ser, es decir, pensar (sujeto) y ser o sensibilidad u objetividad”. Punto de contacto en que se evidencia una distancia ontológica estructural (IX 259). ↵
- Disiente en esto Fabro, para quien la objetividad en el filósofo de Bruckberg se presenta como el aprehender fenomenológicamente la existencia del objeto (Objekt), no a su vez la esencia. Así, este autor no llegó, entendemos, a la Gegenständlichkeit feuerbachiana (IX 298). Véase Fabro, C., op. cit., p. 166: “La inmanencia del conocer. Admito que a este propósito Feuerbach protestaría con extrema energía, pero la realidad es que el proceso de Feuerbach no es un retorno al realismo sino al sensualismo, o sea, la inversión del cogito en sentio y, por tanto, se trata de una sustitución de un tipo de subjetividad por otro, pero permaneciendo en la cerrazón de la inmanencia moderna que sigue todavía como fundamento de su antropología. Más aún, se puede añadir, me parece, que esta inmanencia sensualista –donde la realidad sensible (entendiendo la “realidad” en sentido fenomenológico como presencia de datos) es inicio, medio y fin– es de una subjetividad radical insuperable. Feuerbach conoce probablemente el realismo aristotélico del conocimiento sensible y su enganche natural al ‘concepto’ del intelecto, pero ha preferido el fenomenismo del sentio, ergo sum; es decir, ha preferido referir el ser, la presencia y el contenido del existente (Seiende), a la inmediatez de la presencia sensible de lo sensible” (el destacado es del autor). ↵
- Feuerbach, L., op. cit., § 52 p. 146. “El mundo está abierto únicamente para la cabeza abierta, y únicamente los sentidos son las aperturas de la cabeza. Pero el pensar aislado para sí, encerrado en sí, el pensar sin sentidos, sin el hombre, fuera del hombre, es el sujeto absoluto, que no puede ni debe ser el objeto (Objekt) para otro. Mas, precisamente por eso, pese a todo su esfuerzo, nunca encuentra ni encontrará una transición al objeto (Objekt), una transición al ser (Sein), al igual que una cabeza que esté separada del tronco, tampoco encuentra una transición a la aprehensión de un objeto (Gegenstand) porque faltan los medios, los órganos de aprehensión” (el destacado es del autor). ↵
- Véase Schmidt, A., op. cit., p. 102. “‘Sensualismo’ (por recoger de nuevo este pensamiento, tan importante para Feuerbach) significa, por consiguiente, comprender filosóficamente en su relevancia fundamental la experiencia primaria del mundo de la conciencia prefilosófica. Los órganos de los sentidos se convierten en órganos de la filosofía, porque son esta praxis humana. La sensibilidad, como vimos, deja de ser considerada en Feuerbach mera receptividad”. Asimismo, Arvon, H., op. cit., p. 95: “La percepción es amplificada por la sensación (Empfindung). Si por la primera entramos en comunicación con el exterior de los seres existentes, con la segunda nos unimos a su interior. Una ayuda a descubrir su aspecto material, la otra agrega el espíritu y los sentimientos que las habitan”. ↵
- Feuerbach, L., op. cit., p. 122.↵
- Ibidem, p. 132. “No sólo las cosas ‘exteriores’ son objetos (Gegenstand) para los sentidos. El hombre es dado a sí mismo sólo mediante los sentidos: él mismo se es objeto (Gegenstand) como objeto de los sentidos (Sinnenobjekt). La identidad de sujeto y objeto, que en la autoconciencia es sólo pensamiento abstracto, es verdad y realidad sólo en la intuición sensible del hombre por el hombre […]. No sólo sentimos piedras y maderas, no sólo sentimos carne y huesos, también sentimos sentimientos al apretar las manos o los labios de un ser (Wesen) que siente; percibimos por los oídos no sólo el murmullo del agua y el susurro de las hojas, sino también la voz llena de alma del amor y de la sabiduría; no sólo vemos superficies reflectantes y espectros coloreados, miramos también en la mirada del hombre. Por tanto, no sólo lo exterior sino también lo interior, no sólo la carne sino también el espíritu, no sólo la cosa sino también el yo, es objeto (Gegenstand) de los sentidos” (el destacado es el autor). ↵
- Por cierto, por más autonomía que se le otorgue a la sensibilidad, nunca deja de ser divina (IX 315). Véase ibidem, § 31, p. 122: “Nos libramos de esta contradicción únicamente si convertimos a lo real, a lo sensible, en sujeto de sí mismo, si le damos significación absolutamente autónoma, divina, primitiva, y no solamente derivada de la idea” (el destacado es del autor). ↵
- Esta interpretación del hombre como fundamento fundado, por paradójica que sea, se apoya en la perspectiva dual acerca del fundamento que presenta en las Tesis provisionales para la reforma de la filosofía el filósofo de Bruckberg, y he aquí que semejante dualidad no pretenda resolver en modo alguno, hasta este momento al menos (1842), a saber, qué es lo que sostiene al hombre, cuál es su fundamento. El hombre se sostiene por sí mismo luego de superarse la idea del Dios absoluto como proyección del individuo creyente, o bien, en la escisión de sí respecto de la naturaleza: en ese sentido, el hombre es fundamento y base de lo absoluto (IX 262). Ahora bien, ¿qué es aquí lo absoluto?, ¿qué se mienta con ello? Tres lecturas posibles: la primera, Dios, interpretación que deja al descubierto el análisis crítico de La esencia del cristianismo; la segunda, el hombre mismo, en una lectura claramente autorreferencial, pero no por ello menos coherente con el planteo general (Homo hominis Deus); la tercera, la naturaleza, pero, si ella es fundamento del hombre (IX 259), ¿cómo podría serlo a su vez él de ella y pretender aún mantener un mínimo de consistencia en el análisis de la cuestión? El hombre se presenta como fundamento gnoseológico de la naturaleza (V 165), pero lo es solo desde este punto de vista, el fundamento ontológico sigue perteneciendo a ella. A partir de 1846, se elimina esta dualidad, por demás coherente, del fundamento desde una clave gnoseológica, por un lado, y ontológica, por otro. Esta resolución tomará forma a partir de la segunda mitad de la década del cuarenta, y en ella será central la referencia, desde luego, a Spinoza. En ese sentido, y desde esta dualidad, reside la riqueza de la concepción materialista de Feuerbach. Por otro lado, el hombre es materia espiritual o espíritu material, indistintamente. ¿Espiritualidad encarnada? No hay tal cosa: es amalgama indisoluble entre espíritu y materia, sin ningún tipo de preeminencia ni de jerarquía, a contrapelo tanto del idealismo alemán y de la teología especulativa, como del materialismo vulgar. Véase Arvon, H., op. cit., p. 70: “Visto a un siglo de distancia, Feuerbach, lejos de retrasarse sobre los materialistas, parece superarlos. Opone de entrada su afirmación de un humanismo que engloba el hombre total a la preocupación de una ciencia que, constituida sobre una noción exclusiva de la materia, verá desmoronarse bajo el mismo efecto de su progreso. En verdad, Feuerbach lanza un debate que no será reanudado sino por la teología moderna, en su intento de restablecer la armonía de la especulación y de la acción, del pensamiento y del mundo. Decidido a superar el antagonismo estéril del idealismo y el materialismo por una toma de posición resueltamente realista, afirma, en efecto, que ni el espíritu ni la materia se construyen por pura abstracción, lo que sería concebir un centro sin circunferencia o una circunferencia sin centro. El espíritu y la materia, irreductibles el uno al otro e inseparables, forman un todo indisoluble”. En esta conjunción hombre-naturaleza, ve Mondolfo un “real humanismo” que sería superado por el materialismo histórico. Señala, como veremos a continuación, el carácter dinámico del hombre en contraposición al estático de la naturaleza, como un problema insoluble en el seno de la praxis feuerbachiana: “Feuerbach supo situarse sólidamente en el terreno concreto del naturalismo con su realer Humanismus, que reconquistaba en la acción humana la unidad de las dos realidades (naturaleza y hombre), dividida y evanescente en la inerte contemplación religiosa; pero esta unidad de los mismos dos términos la había transferido sin variación al terreno de la historia. En él veía y afirmaba el cumplimiento de un camino de avance y de victoria progresiva de la humanidad contra los obstáculos y las dificultades que se le oponen en el terreno del conocimiento y en el de la acción; pero el obstáculo, el límite, es para él esencialmente siempre el mismo (esto es, la naturaleza en su perenne identidad estática), aunque la fuerza superadora (la humanidad) esté en continuo proceso de desarrollo progresivo”. Y continúa: “De los dos términos de la antítesis, de cuya relación debería resultar el desenvolvimiento de la historia, uno es dinámico y en infinito desarrollo de energía y capacidades, de voluntades y de formas de acción siempre nuevas; el otro es estático y siempre idéntico en sus eternas características. El hombre, que continuamente se transforma y se eleva, tiene ante sí siempre la misma naturaleza; pero con este único e inmutable adversario, ¿cómo se explica y entiende en toda su multiplicidad y complejidad el proceso del continuo cambio del hombre? ¿Cómo se apresa y se comprende la historia en su plenitud?”. Pero ¿es estática la naturaleza? Por un lado, sí; por otro, no. Hay en Feuerbach un remanente spinoziano de la distinción Natura naturans y Natura naturata. Natura naturans podemos hallar implícita en los siguientes elementos: por un lado, la acción autónoma de la naturaleza, que pone en evidencia su autonomía respecto al Dios del deísmo (V 324), y, asimismo, la actividad generadora desde ella, en contraposición a la producción humana (V 368); por otro, el hecho de percibir el objeto como sujeto (IX 315 y ss.), la subjetividad implica siempre ruptura de la quietud, puesto que es un tú para el yo percipiente, otro yo, un alter ego. En lo que hace a la Natura naturata: la idea de naturaleza como Objektivität (V 205 y ss.), objeto de la actividad contemplativa, que pone límite a la subjetividad (V 263, 314). Podría plantearse una verdadera antítesis –tal como sostiene Mondolfo– en el caso de que Feuerbach no hubiera otorgado el matiz subjetivo al objeto, pero, una vez realizado este movimiento, ¿cómo no ver que hay en ello una concepción –problemática, por cierto– tanto estática como dinámica de la naturaleza? A partir de dónde pongamos el acento, si en una u otra, tendremos una noción de objetividad (Objektivität o Gegenständlichkeit) y de subjetividad limitada o ilimitada. Ya que no podemos sostener la idea de que opera el límite objetivo de la realidad cuando esta misma está atravesada por el carácter ilimitado de la subjetividad. Tal es así que la intuición, antes limitada a diferencia de la imaginación (V 184), pasará a constituirse en ilimitada (IX 331). ↵
- Véase Schmidt, A., op. cit., pp. 105 y 159: “Un yo que se agota en el pensamiento, con el que los idealistas pretextan comenzar la filosofía, es imposible. ‘Sin principio pasivo’ nada sensible podría serle dado; ninguna sensación, por hablar con Fichte, sería deducible de él”. Y más adelante: “Volvamos ahora a la crítica antropológica del concepto idealista del yo. No piensa la res cogitans, la autoconciencia o el pensamiento, sino el hombre corpóreo, individualmente acuñado. La identidad de la conciencia, de la persona, no es algo absoluto; siempre pertenece a ella la del cuerpo: con él se destruye también ella” (el destacado es del autor). ↵
- Ibidem, p. 104: “Mientras tanto, lo objetivo, el mundo exterior, del que el sujeto necesita ineludiblemente para preservarse, está presente originariamente en él mismo: como cuerpo. El conflicto epistemológico entre sujeto y objeto tiene un rango secundario, se fundamenta en el antropológico entre espíritu y carne, yo y cuerpo” (el destacado es del autor).↵
- Ibidem, p. 160. “El cuerpo ‘representa’ en Feuerbach, en sentido perfectamente leibniziano, la naturaleza toda; es principio monadológico, individualizador, aquello que distingue a un hombre nítidamente de otro, ‘aquella fuerza […] negadora, limitadora, sin la que no puede pensarse ninguna personalidad’. Constituye, con otras palabras, una porción de mundo con la que la inteligencia se encuentra genéticamente ligada y por la que es trascendida. Pero si el ‘Cogito’ tradicional se sustituye por el consecuente reconocimiento de la sensualidad, se pone de manifiesto que el ‘cuerpo pertenece a mi esencia; más aún, el cuerpo en su totalidad es mi yo, mi esencia misma’. El momento genético de la relación se impone aquí de tal modo que la ‘esencia’ tradicional del hombre (alma, espíritu, razón) es literalmente ‘incorporada’ en su existencia real” (el destacado es del autor).↵
- Feuerbach, L., La esencia del cristianismo, p. 226. “El cuerpo sobrenatural es un cuerpo de la imaginación, pero precisamente por eso satisface el sentimiento del hombre, porque no le importuna; es un cuerpo puramente subjetivo”. ↵
- Tal es, al parecer, el planteamiento de Agustín y Ambrosio. Véase Agustín de Hipona, Tratados sobre la gracia, p. 451: “Asimismo, escribiendo [Ambrosio] contra los novacianos, dice: “Nacemos bajo el pecado todos los hombres, cuyo nacimiento mismo es vicioso, como se lee en David, que dice: Mira que he sido concebido en la iniquidad y en pecados me dio a luz mi madre. Por esta razón, la carne de San Pablo era cuerpo de pecado, como él mismo dice: ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? Mas la carne de Cristo ha condenado al pecado, el cual no experimentó en su nacimiento, y lo crucificó en su muerte, para que la justificación residiese por la gracia en nuestra carne, donde antes residía la inmundicia por la culpa””. (El destacado es del autor). Véase, al respecto, Prete, S., Pelagio y el pelagianismo, tr. Faustino Martínez, Barcelona, Editorial Litúrgica Española, S. A., 1962. p. 155: “Se reconoce que el doctor de Hipona admitía que la concupiscencia era un verdadero mal, ofreciendo en todas sus manifestaciones una oposición continua a la finalidad del bien: es inconcebible no admitir como mal lo que inclina a realizarlo”. ↵
- Cesa, C., op. cit., p. 35. ↵









