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1 El problema del límite en Kant y Hegel

El límite de toda experiencia posible

Immanuel Kant, en Crítica de la razón pura (Kritik der reinen Vernunft) (1781), propone una vuelta al sujeto cognoscente, cuya relación consigo mismo y con el mundo supere el aislamiento de la sustancia individual leibniziana[1]. La idea de mónada conlleva a un solipsismo radical, en que los sentidos –como instrumentos de conocimiento–, no juegan ningún papel[2]: cada sustancia individual está determinada por su naturaleza, que es su esencia, y a la vez depende de Dios. Conocer, según Leibniz, consiste en establecer la noción de una cosa, allí residen todas sus posibilidades futuras, toda la serie de avatares que le sucederá[3]. Kant –en contraposición con Leibniz– intentará poner en valor los sentidos como órganos del conocimiento, siguiendo el legado del empirismo, pero desde una perspectiva idealista.

La posición de Kant es a la vez de ruptura y continuidad con la filosofía alemana. Ruptura, porque introduce los aportes del empirismo inglés. Continuidad, porque parte de la tradición leibniziano–wolffiana. Por eso el punto de partida en el modo de concebir la sustancia individual lo diferencia de Leibniz. El sujeto cognoscente, desde la perspectiva kantiana, tiene puertas y ventanas. Y ellas son los sentidos. Solo lo que puede ser configurado por las formas puras de la intuición se considera fenómeno y puede conocerse. Lo que no, es noúmeno; incognoscible, aunque pensable.

Kant propone, entonces, una vuelta al sujeto, que siente para conocer. Pero ello no obedece solo a un desiderátum gnoseológico, o a un problema no resuelto por Leibniz. El acto mismo de conocer es en Kant una cuestión de límites, puesto que estos configuran la experiencia (toda experiencia posible), y conocer –para Kant– es poner en acto la experiencia. Empero, si bien Leibniz no parte de los sentidos para conocer, sí concibe en la materia el límite del entendimiento: la materia es para él un problema irresuelto, un obstáculo, por ello Feuerbach[4] estudia en su filosofía precisamente ese concepto[5], porque a partir de allí sitúa el límite –como criterio de demarcación– en función del entendimiento. Asimismo, observa que este será un problema recurrente en el idealismo[6], incluido Kant, a saber: establecer un criterio de demarcación, de delimitación. Veamos el siguiente pasaje de Principios de la filosofía del futuro (IX 276):

Quien no tiene el entendimiento desavenido con sus sentidos, quien no tiene a sus sentidos por barreras [Schranken], tampoco se representa como entendimiento supremo y verdadero, un entendimiento sin sentidos. ¿Pero qué es la idea de una cosa sino su esencia (Wesen), depurada de las limitaciones [Beschränkungen] y oscuridades de que adolece en la realidad donde se encuentra en relación con otras cosas? Así, según Leibniz, el límite [Schranke] del entendimiento está en que se encuentra afectado de materialismo, o sea, de representaciones oscuras, pero estas mismas representaciones oscuras se originan ellas mismas en que el ser (Wesen) humano está en conexión con otros seres (Wesen), con el mundo como tal[7].

De la lectura del pasaje, se sigue que la utilización que da al término “límite” nos lleva a pensarlo como criterio de demarcación del entendimiento, que reconoce algo ajeno, extraño a él, y esto Leibniz lo expresaría como carencia, defecto: el entendimiento estaría limitado por estar teñido de materia, de sensación.

Ahora bien, el filósofo de Koenisberg presenta recurrentemente una propuesta a lo largo de la primera parte de la Crítica de la razón pura. Tanto en ambos prólogos como en la introducción y a lo largo del desarrollo de la obra, señala una modalidad genuina en lo que hace al uso de la razón, a saber: debe tenerse en cuenta el límite[8] (Grenze) de toda experiencia posible, como criterio gnoseológico, al momento de preguntarnos por las condiciones de todo conocimiento[9]. El límite aquí es valorado positivamente. Así es que, si la metafísica descarriló –por decirlo de alguna manera–, es porque se excedió en sus límites[10]. Prohibiendo de plano ensanchar el conocimiento humano por sobre los límites de toda experiencia posible[11], siendo esta la condición de todo pensar genuino[12]. Y es que, más allá de toda experiencia posible, no tenemos un objeto que corresponda a esa experiencia[13], y, si no tenemos un objeto (Gegenstand), no podemos conocer. Por otro lado, señala Kant la inconveniencia de emplear los principios a priori del entendimiento más allá de la experiencia, ya que ella aporta la materia para que puedan aplicarse[14].

¿A qué exponer el límite a toda experiencia posible en el marco de un trabajo sobre Feuerbach? Kant da con la clave del problema. Pero, ¿cuál es el problema? No es el uso genuino de la razón teórica, a esta cuestión da una respuesta concreta con el uso limitado de la razón especulativa[15]. El problema que queda abierto es en qué consiste un uso genuino de la razón en la esfera práctica. Kant da una respuesta a ello. Pero la da justamente en un sentido opuesto al de Feuerbach. Para Kant la esfera práctica es per se ilimitada, en ella impera el noúmeno. El límite es del fenómeno, y propiamente de él: de ahí que aquel sea entendido como “concepto límite”[16] (Grenzbegriff) (B311). Pero Feuerbach rechaza el noúmeno[17].

En Principios de la filosofía del futuro, Feuerbach dedica un parágrafo (§22) a la cuestión epistemológica que inaugura Kant con la noción de “noúmeno”. Veamos lo expuesto en Principios (IX 298):

Los objetos (Gegenstände) de los sentidos, de la experiencia son, pues, para el entendimiento mero fenómeno, no son ninguna verdad; no satisfacen, por consiguiente, al entendimiento, vale decir, no corresponden a su esencia (Wesen). En consecuencia, el entendimiento no está limitado en modo alguno en su esencia (Wesen) por la sensibilidad, de lo contrario no tomaría a las cosas sensibles por fenómenos sino por la verdad pura[18] (el destacado es del autor).

Empero, no es el punto si se acepta allí o no el límite; desde el vamos, Feuerbach niega la validez de la cosa en sí. Veamos cuál es precisamente la crítica que le formula al abordaje kantiano del límite.

El límite kantiano en Aportes para la crítica de Hegel

En la primera etapa del pensamiento de Feuerbach, que podemos situar grosso modo hasta 1839[19], año de ruptura con su maestro Hegel, recoge la cuestión del límite reconociendo el aporte kantiano. Es Kant –en verdad– su precursor, y a quien criticará por haber traspasado el límite trazado a la razón: si bien no de derecho, sí de hecho, y contra su propio dictamen[20]. Kant llevaría a cabo, en su filosofía, las dos operaciones: por un lado limita la razón, determinando la frontera de la experiencia; por otro lado, reconoce la necesidad de traspasar las fronteras puestas de hecho, esto es: de ir de lo condicionado a lo condicionante, del fenómeno al noúmeno[21]. Así, la escisión generada por la primera operación, en el establecimiento de férreas fronteras de la razón, marcará la necesidad natural de la razón para la superación de dicha escisión y de la identidad perdida.

Ahora bien, veamos la lectura del límite kantiano en Aportes (IX 51):

Kant incurrió en la contradicción –necesaria para él, aunque aquí no la examinaremos– de concebir e interpretar erróneamente los límites [Grenzen] positivos y racionales de la razón, concibiéndolos como barreras [Schranken]. Las barreras son límites arbitrarios, no obligatorios y superables. Con esas barreras, la Filosofía de la Identidad también rechazó los límites positivos de la razón y de la filosofía. La unidad del pensar y del ser o de la intuición no constituía en ella sino la unidad del pensar y la imaginación[22] (el destacado es del autor).

Los “límites positivos de la razón y la filosofía” fueron establecidos nada menos que por Kant; la filosofía tiene una misión crítica: la de ser celadora de tales límites, de estar en guardia del uso desmedido de la razón. Pero aquí se reconoce, al mismo tiempo, una intención natural de traspasar los límites de la experiencia, con lo cual se da lugar a la puesta en acto de una dialéctica trascendental (B XXXI). Como dijimos más arriba, lo propuesto de iure se anula de facto. Establecer los límites de la razón y de la filosofía supone comprometerse, también, en el velar por ellos[23]. Pero no solo esta inconsecuencia representa una demanda feuerbachiana al planteo de Kant, sino que la distinción terminológica entre límite (Grenze) y limitación (Schranken) da lugar a separar las aguas en su misma filosofía. Kant deja en claro que el límite y la limitación hacen referencia a ámbitos diversos en el uso de las facultades: el límite es límite de la razón, la separación aquí es radical; la limitación está en relación con lo fenoménico y con ello a la sensibilidad mediada por el entendimiento[24]. Si el límite se prohíbe –de iure–, se legitima el acrecentamiento en la limitación[25]. Pero tal –entiende Feuerbach– se transmuta en regla: la frontera se transforma en barrera, y lo que era de iure y por ende racional pasará a ser arbitrario. Y ello no debido a que se trate de un incremento –en cuanto a la limitación o barrera (Schranke, ambas acepciones permite el término alemán)– en el desarrollo del saber disciplinar (propuesto por Kant), sino porque implica un trasvasamiento[26] semántico de un término al otro, que se cristaliza en el pasaje –vedado por Kant– a lo otro de sí en el uso legítimo de la razón, esto es: un concepto se reduce al otro, con la consiguiente pérdida de lo que mentaba uno de ellos, a saber, el límite (Grenze), la separación radical de los ámbitos propios del ser y del pensar en lo que hace al conocimiento. Se pierde con ello la referencialidad a lo otro de la experiencia y, por ende, la posibilidad de mentar una legítima, genuina, mediación entre razón y empiria; o, parafraseando a Feuerbach, se hace a un lado la posibilidad de hacer efectivo un verdadero diálogo, una auténtica dialéctica entre razón y empiria (IX 37), por lo cual se queda la “filosofía de la identidad” en un recurrente monólogo; y es en este monólogo de la razón en donde se pierde la experiencia, ¡por no estar limitada la razón! De ahí que la pretendida unidad del pensar no radicaría en el en sí de la razón y lo otro de sí (la empiria, el ser, la intuición), sino en la unidad del pensar y la imaginación.

Ahora bien, el planteo kantiano, que establece una escisión entre el plano teórico y práctico, encuentra en Feuerbach un tratamiento especial.

El deber ser instaura una nueva modalidad de separación[27] en la conciencia, esto es, puntualmente, la determinación esencial de la voluntad se erige –en cuanto absolutamente condicionada– en primus inter pares respecto de las otras determinaciones esenciales: corazón y razón. Se trata, entonces, de una forma de alienación, que entiende como una religión de la moralidad. Veamos el planteamiento en La esencia del cristianismo (V 77):

El entendimiento es en los otros el ser neutral, indiferente, incorruptible, no apasionado; luz pura, impasible de la inteligencia. Es la conciencia categórica, brutal de las cosas en cuanto tal, porque el entendimiento mismo es de naturaleza objetiva; es la conciencia de lo no-contradictorio, porque él mismo es unidad sin contradicción, fuente de identidad lógica. Conciencia de ley, de la necesidad, de la regla, de la medida, porque el entendimiento es la actividad de la ley, la necesidad de la naturaleza de las cosas como autoactividad, regla de reglas, absoluta medida, medida de medidas. Sólo por el entendimiento puede el hombre juzgar y actuar en contradicción con sus sentimientos más caros, es decir, personales, siempre que lo mande el Dios del entendimiento, de la ley, de la necesidad, del derecho. El padre que como juez condena a muerte a su propio hijo porque lo reconoce culpable, sólo puede hacerlo como hombre de entendimiento, no como hombre sentimental. El entendimiento nos muestra hasta las faltas y debilidades de nuestros seres queridos, e incluso las nuestras. Por eso nos sitúa tan frecuentemente en penosa colisión frente a nosotros mismos y a nuestro mismo corazón[28] (el destacado es del autor).

En una crítica velada, cuestiona la escisión que erige el deber ser en el plano de la conciencia, por las consecuencias deshumanizadoras del planteo kantiano[29]: aquí la posición humanista del filósofo de Bruckberg se cristaliza en la unidad de la esencia, producto de la armonía de las determinaciones esenciales (V 30)[30]. El uso genuino de la razón no puede ser posible más que como un efecto de equilibrio de la esencia humana. La alienación reside en la escisión y ponderación por sobre las otras determinaciones esenciales de una de ellas, en un desequilibrio de la esencia, tal es el ejemplo del sentimiento en la parte final del primer capítulo de La esencia del cristianismo (V 43):

El sentimiento es tu fuerza más íntima y, sin embargo, es, al mismo tiempo, lo más diferente e independiente de ti, se encuentra en ti y a la vez sobre ti; constituye tu esencia más propia y, al mismo tiempo, te domina como una cosa extraña; en una palabra, es tu Dios. ¿Cómo quieres, pues, distinguir de esta esencia que se halla en ti otra esencia objetiva y extraña? ¿Cómo quieres ir más allá de tu sentimiento? El sentimiento ha sido tomado aquí sólo como ejemplo. El mismo valor posee toda fuerza, facultad, potencia, realidad, actividad –el nombre es indiferente– que se defina como órgano esencial de un objeto. Lo que posee subjetivamente o por parte del hombre el significado de la esencia, también tiene el significado de esencia objetivamente o por parte del objeto. El hombre no puede ir más allá de su verdadera esencia[31] (el destacado es del autor).

La ética feuerbachiana, en este periodo al menos (1839-1841), responde a un criterio distinto al eudaimonismo, como habitualmente se lo suele catalogar[32], y en el que hallamos elementos recién a partir de 1843, puntualmente en Principios de la filosofía del futuro, a saber: el límite, precisamente la autolimitación (Selbstbeschränkung) (IX 20). Negando la validez del noúmeno (objeto propio de la esferea práctica), cobra sentido el vínculo con la naturaleza, la que se presenta al final de Aportes (IX 61) como salvadora y en consonancia con la verdadera libertad racional[33]. En Kant la naturaleza representa el “conjunto de todos los fenómenos” (B163), o bien el “conjunto de los objetos de la experiencia” (B XIX, A114); en Feuerbach es mucho más, y no determina solamente el plano teorético. En el desborde mismo de la sensibilidad ilimitada propia de la religión, entiende como único recurso la vuelta a la objetividad (¿perdida?) de la naturaleza. Este es el planteamiento general de la cuestión en Aportes (IX 61) y en La esencia del cristianismo (V 205 y ss.)[34].

Nominalismo y certeza sensible: “El árbol limita mi espaldaˮ

La recurrente referencia a la naturaleza no es un mero recurso estilístico en este periodo –1839–, sino que representa una clave hermenéutica[35]. Así, al principio de Aportes el estilo es no solo metafórico, lleno de imágenes, sino que abundan las comparaciones con animales y plantas[36]. Además de ello, el uso de este tipo de expresión introduce un gesto en el filosofar feuerbachiano: la separación de Hegel marca el inicio del periodo de investigación de las ciencias de la naturaleza. Y así es que, terminadas las lecciones con el maestro, Feuerbach vuelve su interés hacia la anatomía[37]. Por ello, la decisión de reivindicar la naturaleza en el uso de la palabra es una clara postura discursiva ante el estilo abstracto de la filosofía especulativa.

La crítica a la filosofía de la naturaleza no está enlazada solo al reproche del exotismo u orientalismo de Schelling (IX 17), sino a un modo de entenderla como límite, en función de la autolimitación[38] del hombre (este se autolimita en la naturaleza). Por ello esta lectura insta a pensar el problema en el único ámbito posible en que el hombre puede desbordarse, a saber: la conciencia. La conciencia es el escenario en que se juega el límite para el hombre: el animal no podría autolimitarse, y por ello no tiene religión. Es decir, el hombre tiene religión porque puede sobrepasar los límites de la naturaleza.

Al llevar a cabo un estudio crítico de la tradición del idealismo alemán, encuentra Feuerbach que Hegel, filósofo de la diferencia (Differenz), es quien más se acerca al reconocimiento de la empiria, la verdadera diferencia (Unterschied). Tal elemento es lo inasequible (unerreichbar) al lenguaje, lo inefable de la certeza sensible, lo irreductible, lo radicalmente inmediato: lo que no se deja mediatizar. Hegel –siguiendo la lectura de Feuerabach– en el principio de la Fenomenología da en el clavo con la ruptura entre empiria y razón al presentar la prueba de la filosofía en general y de la razón en particular: intenta demostrar la validez del universal, pero en la superación de lo otro de sí, de la radical alteridad, esto es, de lo que se le contrapone. Dirá Feuerbach en Tesis provisionales:La filosofía no tiene que comenzar consigo misma sino con su antítesis, con la no-filosofíaˮ[39] (el destacado es del autor) (IX 254). En línea con esto, sostiene en Aportes (IX 38):La única filosofía que comienza sin supuestos es aquella que tiene la libertad y el valor como para cuestionarse a sí misma, la que se engendra a partir de su contrarioˮ[40] (el destacado es del autor). La filosofía, en cuanto pensamiento, debe mediarse con lo otro de sí, desde el ser sensible y no al revés, que es lo que sucedería con el idealismo.

Ahora bien, Hegel pretende erigir una filosofía sin supuestos, indicando con ese gesto su carácter de absoluto, de ser La Filosofía, y en última instancia el saber absoluto. Pero esto conduciría a la abolición del pensamiento, prosigue Feuerbach, en cuanto se paralizaría el tiempo o se agotaría la razón en un pensamiento particular, a saber: el de Hegel (IX 21). Primer planteamiento: llegar al saber absoluto desde un sistema específico de filosofía implica la figura del pensador absoluto, y esto no es otra cosa que el fin de la historia, la reducción de la pluralidad del género humano a un individuo[41] (IX 19). Otra forma de decirlo: conllevaría a la abolición del espacio–tiempo y, con ello, de la naturaleza (IX 22)[42]. Por otra parte, no olvidemos que la naturaleza es, para Feuerbach, criterio último del filosofar[43]. Segundo cuestionamiento: ya que no hay filosofía sin supuestos (IX 23)[44], debe haber siempre un principio del filosofar, y este debe probarse a partir de lo otro del elemento sobre el cual se erige. Hegel, al partir del “puro saber”, del “pensamiento libre que existe para sí”[45], ¿sobre qué elemento se probaría dicho comienzo (Anfang) del filosofar[46]?. O, al partir de la identidad de la razón consigo misma, ¿qué conformaría precisamente su diferencia, lo otro de sí[47]? Pues supone probar (Beweisen) la validez de una filosofía, esto es, su carta de presentación. Pero la prueba aquí no radica solo en el comienzo, sino también en su devenir pensamiento concreto. Esto es, en la puesta en escena y mantenimiento del diálogo entre empiria y razón. Véase el siguiente pasaje de Aportes (IX 41):

Probar en el dominio de la filosofía es superar la contradicción que existe entre el entendimiento sensible y el pensamiento puro, es hacer que el pensamiento sea verdadero no sólo para sí, sino también para su oponente; pues, aunque todo pensamiento verdadero no sea verdadero más que por sí mismo, el testimonio que siempre lleva en sí un pensamiento que expresa una oposición (Gegensatz) no es sino subjetivo, parcial, dudoso, hasta tanto no se apoye más que en sí. Luego el ser lógico constituye una contradicción directa, no mediatizada, sorprendente, con el ser de la intuición intelectual empírico– concreta, y de otro modo no es más que una concesión, una condescendencia de la idea, por consiguiente ya es en sí lo que primero solicita que se pruebe: no penetro, pues, en la Lógica, como tampoco en la intuición intelectual, si no es por un esfuerzo, por un acto trascendente, por una ruptura inmediata con la intuición real[48] (el destacado es del autor).

Un pensamiento que no se prueba por su opuesto, sino que niega enteramente su validez no es tal, sino una elucubración yacente contra la razón; lo irracional es –según Feuerbach– lo imposible de mediatizarse, lo que no se constituye en relación con lo otro de sí. No habría así, en su sistema[49], un diálogo entre empiria y razón (IX 37), sino un monólogo, en que se brinda la palabra para inmediatamente hacerla a un lado por no tratarse más que de un susurro, un ruido extraño que no logra articularse. Con esta imagen inauguramos el tratamiento de la certeza sensible en el capítulo primero de la Fenomenología, no sin antes dejar en claro algo: la misma intención de absolutizar el pensamiento implica negar el límite. El presupuesto del filosofar es, en Feuerbach, el ser real y sensible (IX 249). Este comienzo del filosofar supone el límite espaciotemporal; implica, entonces, autolimitación (IX 20). Esta discusión es esencial, no se trata meramente de reconocer el contexto en que se produce un pensamiento, sino de dar lugar a un verdadero filosofar desde una comprensión precisa de la realidad, desde el ser real y efectivo. Notaremos a lo largo del trabajo esta intención metodológica. Señalamos aquí nada más el hilo conductor de introducir tal problema reconociendo el límite espaciotemporal en el presupuesto de todo filosofar (IX 252)[50].

Volvamos a Aportes. Se pregunta Feuerbach (IX 42): “¿Hegel ha engendrado la idea del pensamiento, partiendo de la alteridad del pensamiento o de la idea en general?ˮ (el destacado es del autor)[51]. Hay aquí una breve alusión al método genético-crítico[52]. En él el filósofo de Bruckberg indaga sobre la génesis de la representación en la conciencia (IX 52, 60). Y es esto lo que no encuentra en Hegel: tenemos una representación, pero ¿cómo se engendra en la conciencia? O en otras palabras: ¿cómo y con qué se mediatiza? Es verdad que en la Fenomenología, a diferencia de los otros exponentes del idealismo alemán, Hegel comienza por la certeza sensible, esto es: por lo otro de la idea[53]. En este sentido, podríamos decir que Hegel cumpliría con el requisito de filosofar a partir de lo que no filosofa[54]. Pero la pregunta por el comienzo no queda solamente en él, sino que implica a la vez desarrollo: su devenir consciente, su mediarse en idea, pero a la vez seguir operando como oposición. Feuerbach, entonces, critica de la dialéctica hegeliana esta necesidad imperiosa de poner algo solo a los fines de su superación (Aufhebung). Sigamos el planteo de Aportes (IX 42):

“El aquí es un árbolˮ; mas continúo y digo: “El aquí es una casaˮ. La primera verdad desapareció. “El ahora es nocheˮ; pero no se demorará en decir: “El ahora es díaˮ. La primera verdad propuesta ha devenido ahora “trivialˮ. El ahora se revela así como un ahora universal, un múltiple (negativo) simple. Lo mismo ocurre con el “aquíˮ. El aquí mismo no desaparece, subsiste con la desaparición de la casa, del árbol, etc., indiferente a que sea casa o árbol. El aquí se demuestra en su momento como simplicidad mediatizada o universalidad[55] (el destacado es del autor).

Veamos: en el universal se recoge lo múltiple de la singularidad[56]. He ahí el reconocimiento de lo otro de la idea al intentar dar cuenta del “estoˮ. Este conjunto de “estosˮ (este día, esta noche, este árbol, esta casa), esa multiplicidad, es negada por el universal[57], y negándolos los conserva (aufbewahrt). Con dicha negación se evidencia, por un lado, el carácter ilusorio de la realidad (Realität), de la singularidad a la que refieren los aquí (Hier) y ahora (Jetzt)[58]; pero, por otro lado, se conforma una imposibilidad que Hegel presenta de entrada: solo se puede dar cuenta de la aprehensión sensible mediatizándola, pero ello le está vedado a la certeza sensible, pues a tal efecto habría que articular el “estoˮ en un universal, y a través de este gesto perdería el “estoˮ su carácter de inmediato.

Siguiendo a Feuerbach –pero señalando al pasar que esta postura está presente en Hegel[59]–, la singularidad es la que ejerce negación, pero estrictamente no contra el yo tal como lo entiende Hegel –esto es: contra aquello que quiere establecer una relación y, con ello, mediatizarlo[60]–, sino contra el cuerpo. Por lo pronto: lo que cuestiona Feuerbach es la apreciación de falsedad solo por el hecho de tratarse de lo inmediato, por tratarse de lo irreductible al universal expresado en los conceptos de “aquí” y “ahora”. Esto es, Hegel intentaría justificar un prejuicio, y es propio del tipo de vínculo entre teología y filosofía especulativa. Allí, la actitud frente al mundo de la primera halla su eco en la segunda (IX 295, 297)[61]. Por otra parte, ¿qué es lo trivial?: la verdad que deja de ser tal. Y deja de ser tal porque el referente de la singularidad permanece siendo el mismo, pero ha cambiado de objeto. El aquí que es una casa antes era un árbol, pero este permanece, no el árbol, sí la casa: siempre y cuando continúe vinculándose con ella el aquí o, más bien, ella con este. Lo que determina la existencia de la singularidad es su referencia a un aquí. Convengamos en algo: no es que Hegel niegue la existencia del “estoˮ, sino que entiende que en su especificidad es “pobre” por ser inmediato, al estarle vedada cualquier tipo de mediación. Lo mismo sucede con el ahora. Este aquí y este ahora se manifiestan como “simplicidad mediatizada o universalidadˮ (vermittelte Einfachheit oder Allgemenheit) respecto a la singularidad de la certeza sensible. El universal expresa mediación, puesto que articula términos, palabras que nombran lo innombrable de la cosa sensible, la cual se sustrae a la mediación, y por ende no se puede decir de ello –de la radical singularidad a que refieren el aquí y ahora– sino que son, o bien, es[62]. En este su decir que “esˮ se manifiesta la pobreza de contenido. Pues en esto radica tal pobreza, como decimos más arriba, en ser absoluta inmediatez, esto es: el no dejarse aprehender por el lenguaje y, por ende, no decir de ello sino que “esˮ, para luego enmudecer[63]. Y, así, el lenguaje es lo más verdaderoˮ[64].

Pero ¿qué es lo que lo hace verdadero y respecto a qué? También en el mismo texto Feuerbach asigna una función central al lenguaje en la realización de la especie (Gattung) –específicamente desde la relación yo-tú (IX 27)[65]–, pero no en lo que hace a la aprehensión del ser sensible (IX 43)[66]. Lo verdadero del lenguaje –también lo es para Feuerbach en relación con la especie– radica en su propiedad de constituirse –y constituirla– en mediación. Ante la radical inmediatez de lo inaprehensible de la certeza sensible, el lenguaje es lo único que permanece, según Hegel, puesto que es universal respecto de la multiplicidad a que hace referencia, y, ante el devenir siempre lo otro de sí de la facticidad (como lo “no-estoˮ), este se conserva en la palabra dicha, en el acto de nombrar “Esto es un árbolˮ. Pero el problema para Feuerabach no radica en que permanezca el universal y no el “estoˮ, sino en que este desaparezca. El universal puede permanecer todo lo que quiera, Feuerbach no dice que desaparece, pero para Hegel desaparece el “estoˮ a que hace referencia el universal, para pasar a mediar a otro[67]. Y así el universal recorre un camino de “estosˮ sin posarse más que en uno, en otro y en otro, sucesivamente[68]. De ahí la “indiferenciaˮ a que hace alusión Hegel[69]. Pero retomemos el problema del lenguaje. Ya adelantamos que Feuerbach no le niega relevancia en lo que hace a la articulación de la especie en el vínculo yo-tú, lo que reniega es el hecho de concebir al nombre (nomina propria) como permanente con la consecuente desaparición de la cosa[70], es decir, a la función que se le asigna. Feuerbach mismo se ajusta a Hegel en este carácter indiferente del universal (IX 43), mas no así en relación con un tipo de simplicidad mediatizada que es la que toma Hegel, y que expresa elestoˮ temporal y espacialmente: el aquí y ahora. Veamos el siguiente pasaje (IX 45):

El aquí fenomenológico en nada se distingue de otro aquí que yo señalé; si éste se revela también como un aquí universal, es de hecho un aquí universal. Por el contrario, el aquí real, se distingue justamente de otro aquí de manera real, es un aquí exclusivo. “Por ejemplo, el aquí es el árbol. Doy media vuelta y esta verdad ha desaparecidoˮ. Así es en efecto en la Fenomenología, en que la media vuelta no cuesta más que una palabreja; mas en la realidad en que debo hacer actuar mi pesado cuerpo, el aquí se me revela, aun detrás de mí, dotado de una existencia muy real. El árbol limita [begrenzt] mi espalda; me despoja del lugar que ya ocupa. Hegel no refuta el aquí, que es objeto de la conciencia sensible y objeto para nosotros, a diferencia del pensar puro, sino el aquí lógico, el ahora lógico[71] (el destacado es del autor).

Al “aquí fenomenológicoˮ de Hegel contrapone el “aquí realˮ. Habíamos visto que la simplicidad mediatizada es indiferente respecto del “estoˮ que en cada caso es. Feuerbach mismo, como decimos más arriba, había señalado la indiferencia de los nomina propria en la designación de la cosa. Ahora bien, ¿en qué se distingue el “aquí realˮ del “aquí fenomenológicoˮ? El primero está claro que no es una mera designación lingüística: “real” quiere decir que existe en la forma de árbol, de casa, esto es, espacialmente. En el apartado anterior, indagamos sobre la validez del criterio espaciotemporal en Aportes, a partir del cual algo existe en la naturaleza y es susceptible de ser intuido. El árbol está aquí, y seguirá estando aunque el aquí fenomenológico se dirija a la casa y haya apartado su vista de él. La diferencia en uno y otro caso es que el yo –quien pronuncia el aquí e introduce en tal pronunciamiento la mediación– es quien comunica la verdad al “estoˮ, mediante el aquí fenomenológico; el yo no participa en el aquí real, sino que lo constata, y se constata a él en ello, puesto que –como afirma Feuerbach– “el árbol limita mi espaldaˮ, es decir, a mi yo. El aquí del árbol, de la casa, el ahora del día, de la noche son expresiones verbales del eje de coordenadas espaciotemporal que reside en la naturaleza, no en el yo: este simplemente lo constata, y puede aprehender sensiblemente algo únicamente con la condición de estar determinado bajo esa modalidad. Por ello en un caso el yo –como mediación: recordemos que ahí está el límite de la inmediatez del esto, en su imposibilidad de ser mediado, ahí reside su pobreza ontológica– determina la cosa, y en el otro la cosa determina al yo. Y así, a la idea de que “el lenguaje es lo más verdaderoˮ, puesto que es universal, y permanece en la desaparición de la cosaˮ, Feuerbach opondría la siguiente: “El esto es lo más verdaderoˮ[72], puesto que limita mi espalda, y de lo que se trata es de la aprehensión sensible, no de los modos de decirla ni de las cualidades que el yo debería articular en su lectura de la cosa. Y no solo que el árbol, el esto, limita mi espalda, sino que “me despoja del lugar que ocupaˮ: actúa como un yo pesado y determinante sobre mí, sobre mi yo. Feuerbach entiende que Hegel no responde genuinamente ante el objeto de la aprehensión sensible, sino ante la universalidad o, más bien, el ser de la cosa, el ser (como simplicidad mediatizada o universal) del ser sensible[73]. O bien, en palabras de Feuerbach: “[…] comienza no con lo otro del pensamiento sino con el pensamiento del ser-otro del pensamientoˮ[74].

Ahora bien, ¿por qué cobra relevancia el límite físico “a mi espalda” en un texto en que se formula la crítica de la lógica fenomenológica, que no puede dar cuenta de su ser otro? Porque es también una crítica a la razón ilimitada. El pensamiento del “ser-otro del pensamientoˮ es solo eso, pensamiento, y en cuanto tal, es ilimitado. Recobra sentido entonces la pretensión en lo que hace al buen uso de la razón en la esfera teorética impulsada por Kant en Crítica de la razón pura. El límite opera en clave fenomenológica: no se trata de limitar la razón por la razón misma, sino de reconocer el límite en el cuerpo, en el yo corporizado.

Retomemos entonces la idea: el árbol limita mi espalda, me despoja del lugar que ocupa (IX 45). Un lugar en el aquí real, no en el “aquí fenomenológico”, del yo que mediatiza el “esto” (Diese)[75]. Habito, en este aquí real, este “aquí exclusivo” (ausschlieβliches Hier), en cuanto yo corporizado, un lugar enmarcado espacio temporalmente en la naturaleza (IX 21). Todo lo que existe existe en la naturaleza[76]: el dios Término[77] se erige en la entrada del mundo (IX 20).

El esfuerzo intelectual aquí reside en revincular al hombre con la naturaleza. Su especificidad como ser pensante debe orientarse por el ser real y efectivo[78]. Así, el yo corporizado que se enmarca espaciotemporalmente, articulando la subordinación y sucesión temporal con la coordinación y coexistencia espacial –elemento este último que faltaría en la filosofía de Hegel (IX 17)–, actualiza la verdad en el vínculo con otros (IX 29) a través del lenguaje: la palabra dicha por la voz incluso se yergue en el elemento del aire (IX 27). La verdad, en Feuerbach, es de carácter intersubjetivo (porque realiza al género), pero a la vez –como todo lo que existe– se mediatiza con la naturaleza a través del elemento del aire. Los hombres mismos están en la naturaleza; ¿cómo podría ser esta lo otro de sí de la Idea, su exteriorización?[79]

Este vincularse el hombre con la naturaleza no es, entonces, un tópico exclusivo de La esencia del cristianismo (IX 205 y ss., 263, 444), sino que se presenta como el alfa y omega de Aportes: comienza con el problema en Hegel (IX 17 y ss.), no sin pasar por una crítica a Schelling (IX 16, 47, 50), y concluye con la necesidad de vínculo del hombre a ella en pos de la realización de la libertad racional, siendo ella la fuente de salvación (IX 61). Salvación… ¿de qué? De la pérdida del cuerpo en el yo abstracto; de la anulación de la verdadera dialéctica entre empiria y razón (IX 37) por el monólogo de la razón; se valora el carácter disruptivo del pensar que introduce en su seno la intuición sensible (IX 42)[80]. En esto reside el caráceter terapéutico –siguiendo la lectura de Xhaufflaire[81]– de la crítica de Feuerbach.

Desde esta perspectiva, el sujeto absoluto hegeliano (IX 21), el Yo fichteano (IX 36), el sujeto-objeto absoluto schellinguiano (IX 53) expresan la subyugación del sujeto mediatizado en la naturaleza.

La filosofía abstracta[82] del idealismo se presenta entonces como contraparte de la teología: en ella campea el sujeto absoluto ilimitado hecho sistema, en el molde de la lógica moderna (IX 258)[83].


  1. La sustancia individual, en Leibniz, está solamente en relación consigo misma y con Dios: […] “Cada sustancia es como un mundo aparte, independiente de todo excepto de Dios. Así pues, todos nuestros fenómenos, es decir, todo lo que nos puede llegar a suceder sólo es consecuencia de nuestro ser […]. Se podría decir en cierta forma y con buen sentido, aunque sea alejarse de su uso, que una sustancia particular no actúa jamás sobre otra sustancia particular, ni tampoco la padece, si se considera que lo que sucede a cada una es únicamente consecuencia de su idea o noción completa, puesto que esa idea encierra ya todos los predicados o acontecimientos y expresa todo el universo” (Leibniz, G. W., Discurso de metafísica, tr. T. E. Zwanck, Madrid, Editorial Gredos, S. A., 2011. p. 95). Cf. sobre este tema: Granja Castro, D. M., “¿Es solipsista el “yo” kantiano?”, en Granja Castro, D. M., (comp.), Kant: de la Crítica a la filosofía de la religión, Barcelona, Editorial Anthropos, 1994. pp. 45-67.
  2. Empero, Leibniz reconoce que la sustancia individual se relaciona con el cuerpo a través de los sentidos y por simpatía con los otros cuerpos, pero esta relación dista de ser de índole gnoseológica: “[…] todo lo que sucede al alma y a cada sustancia se sigue de su noción, pues la propia idea o esencia del alma conlleva que todas sus apariencias o percepciones le deben nacer de su propia naturaleza y precisamente de modo que respondan por sí mismas de lo que sucede en todo el universo, pero más particular y perfectamente de lo que sucede en el cuerpo que le está afectado, puesto que el alma expresa el estado del universo en alguna forma y durante algún tiempo, según la relación de los otros cuerpos con el suyo […]. Se ve también que las percepciones de nuestros sentidos, incluso cuando son claras, deben necesariamente encerrar algún sentimiento confuso, pues como todos los cuerpos del universo simpatizan, el nuestro recibe la impresión de todos los otros, y aunque nuestros sentidos se refieren a todo, no es posible que nuestra alma pueda atender a todo en particular” (Leibniz, G. W., op. cit., pp. 120-121).
  3. Véase el siguiente pasaje de “Máximas para las artes de razonar bien, inventar y recordar. Sobre la sabiduría”: “Para conocer una cosa, hay que considerar todos sus requisitos, es decir, todo lo que basta para distinguirla de cualquier otra cosa. A eso se le llama definición, naturaleza, propiedad recíproca”. Ibidem, p. 4.
  4. Citamos a Feuerbach desde la edición de Werner Schuffenhauer de la Gesammelte Werke, publicada por Akademie Verlag: señalamos en números romanos el tomo y luego la página en números arábigos. Utilizamos, además, la edición de Bolin y Jodl de la Sämtliche Werke, indicada con las iniciales SW, seguido del número de tomo en numeración romana y la página correspondiente en números arábigos.
  5. Véase la carta a Riedel (1839) (IX 6): “Lo que en realidad me estimuló y determinó a exponer y desarrollar [a Leibniz] fue solamente un muy difícil punto de esta filosofía, el significado de la materia, sobre lo cual yo, fuera de una alusión completamente accidental y superficial de Jacobi, no había encontrado ninguna aclaración en los libros, al menos en los que se han dado a conocer” (el destacado es del autor) (Tr. Santiago Santillán Zabaljauregui).
  6. Véase el siguiente pasaje (IX 276): “Pero lo que en Leibniz era sólo idea llegó a ser verdad y realidad en la filosofía posterior. El idealismo absoluto no es otra cosa sino el entendimiento divino del teísmo leibniziano realizado, el entendimiento puro elaborado sistemáticamente, el entendimiento que despoja a todas las cosas de su sensibilidad, convirtiéndolas en seres (Wesen) del entendimiento puro, en cosas del pensamiento, el entendimiento que no es afectado por nada extraño y que sólo se ocupa de sí mismo en cuanto ser de los seres (Wesen der Wesen)” (el destacado es del autor). Feuerbach, L., “Principios de la filosofía del futuro”, en La filosofía del futuro, tr. Julio Vera, Buenos Aires, Ediciones Calden, 1968. p. 70. Respecto a esto, véase Amengual: “Dios es ya en Descartes y Leibniz un ser completamente idealista, puro entendimiento, exento de sensibilidad y materialidad, para él las cosas son puros seres de razón. El hombre, en cambio, tiene su entendimiento preso de la sensibilidad, limitado por los sentidos. Esta contradicción en que se encuentra el hombre será superada por el idealismo”. Amengual, G., Crítica de la religión y antropología de Ludwig Feuerbach, Barcelona, Editorial Laia, 1980, p. 171. Creemos, no obstante, que Feuerbach no solo es consciente de dicha “superación”, sino que la dialéctica que propone habilita la oposición entre sensibilidad y entendimiento, lo que no implica una posición escéptica y menos dogmática; su “entendimiento sensible” (sinnliche Verstand) (IX 41) es un concepto siempre en tensión y para nada resuelto desde una teoría del conocimiento.
  7. Ibidem.
  8. Tan importante es la cuestión del límite para Kant respecto al uso teórico de la razón que en carta a Marcuse Herz (7 – VI – 1771) le comunica que está trabajando sobre una obra que se intitulará Los límites de la sensibilidad y la razón, lo que conocemos como La crítica de la razón pura. Véase el “Estudio preliminar” de Dulce María Granja Castro, en Kant, I., Crítica de la razón práctica, tr. Dulce María Granja Castro, México, Fondo de Cultura Económica, 2005. p. XII.
  9. Vale decir “de todo conocimiento”, puesto que el límite de las categorías reside en el plano gnoseológico y no en el uso de la razón para pensar sus objetos. Respecto a esto último, las categorías tienen un “campo ilimitado”. Véase la nota al pie de Kant en B 166: […] “las categorías no están limitadas [eingeschränkt], en el pensar, por las condiciones de nuestra intuición sensible, sino que tienen un campo ilimitado [unbegrenztes]”. (El destacado es del autor). (Cf. Kant, I., Crítica de la razón pura, tr. Mario Caimi, Buenos Aires, Editorial Colihue, 2007. p. 230. Utilizamos la siguiente edición alemana: Kant, I., Kritik der reinen Vernunft, Hamburg, Felix Meiner Verlag, 1956). En KrV Kant utiliza casi siempre el término Grenze para referirse a los límites de la experiencia, salvo en contadas excepciones en que el vocablo empleado es Schranke. Estos usos son señalados oportunamente. Ahora bien, cuando hace explícita referencia a la “limitación” utiliza el término Schranke.
  10. Ibidem, p. 6. Véase el siguiente pasaje (A VIII): “Pero así se precipita [la facultad de la razón humana] en oscuridad y en contradicciones, a partir de las cuales puede, ciertamente, concluir que en alguna parte, en el fundamento, debe de haber errores escondidos, que ella empero no puede descubrir, porque los principios de los que se sirve, pues sobrepasan los límites de toda experiencia, no reconocen ya ninguna piedra de toque de la experiencia. El campo de batalla de estas disputas sin fin se llama metafísica” (el destacado es del autor) (Cf. también pp. 23 y ss., y p. 77; B XIX y B22).
  11. Ibidem, pp. 9, 46, 48 y 63; respectivamente: A XIV, A3 y A5.
  12. Ibidem, pp. 23, 120 y 214; respectivamente: B XIX, B71 y B148. Debemos resaltar que en B71 el término utilizado por Kant no es Grenze, sino Schranke.
  13. Ibidem, p. 64; B6.
  14. Ibidem, pp. 133 y 168; respectivamente: B88 y A96. En B88 el término utilizado por Kant aquí es Schranke [unbeschränkten Gebrauchs].
  15. De todos modos, como veremos a continuación, el filósofo de Bruckberg reprocha a Kant el limitar de iure pero no de facto la razón precisamente en su uso teorético (IX 51).
  16. Véase el siguiente pasaje: “Además, este concepto [de ‘noúmeno’] es necesario, para no extender la intuición sensible hasta las cosas en sí mismas, y por consiguiente, para limitar la validez objetiva del conocimiento sensible (pues lo restante, a lo cual aquel [conocimiento] no alcanza, se llaman noumena, precisamente para indicar con ello que aquellos conocimientos no pueden ensanchar su dominio sobre todo lo que el entendimiento piensa) […]. Por consiguiente, el concepto de noumenon es tan sólo un concepto límite para limitar la pretensión de la sensibilidad, y por tanto, es sólo de uso negativo. Sin embargo, no está inventado caprichosamente, sino que está en interdependencia con la limitación de la sensibilidad, sin que pueda, sin embargo, establecer algo positivo fuera de los términos de ésta” (el destacado es del autor) (Kant, I., op. cit., p. 348) (B310). Véase, al respecto, el siguiente pasaje de Gómez Caffarena: “Así, pues, el concepto de noúmeno no es más que un concepto límite (Grenzbegriff), destinado a poner coto a las pretensiones de la sensibilidad. Esto es, para Kant, excluir un materialismo o sensismo dogmático. Así, por lo pronto. Después veremos que esa problematicidad teórica es también el ámbito en el que puede inscribirse un válido acceso práctico a determinados noúmenos, a partir de nuestra autoconciencia. Y restaurarse por ahí un auténtico sentido del ‘mundo inteligible’ como mundo primariamente moral” (el destacado es del autor) (Cf. Gómez Caffarena, J., El teísmo moral de Kant, Madrid, Ediciones Cristiandad, S. L., 1984. p. 65).
  17. Cf. Feuerbach, L., “Gedanken”, en Sämtliche Werke, Stuttgart, Frommann Verlag Gunther Holzboog, 1959. p. 383. “El verdadero límite (Grenze), lo positivo de mi naturaleza, es la autosatisfacción, la autosuficiencia, que Kant rechaza como la cosa en sí, como incognoscible, [como] no siendo para nosotros. Luego, lo primero no es el discernimiento de la imposibilidad del conocimiento, sino una indiferencia, una flema, el sentirse a gusto dentro del límite”. Este pasaje, hay que observar, es de 1834.
  18. Feuerbach, L., La filosofía del futuro, p. 99.
  19. La mayor parte de la bibliografía sobre la periodicidad del pensamiento feuerbachiano coincide en este punto. Véase al respecto: Hook (1950), Althusser (1960), Rawidowicz (1964), Xhaufflaire (1970), Amengual (1980), Cabada Castro (1980), Martínez Hidalgo (1997).
  20. Véase, Cabada Castro, M., Feuerbach y Kant: dos actitudes antropológicas, pp. 29 y ss. Por otro lado, Schuffenhauer sostiene que Feuerbach toma de Hegel el abordaje sobre el límite, en vez de Kant, cf. Enciclopedia, §60. Véase Hegel, G. W. F., Enciclopedia de las ciencias filosóficas en compendio, tr. Ramón Valls Plana, Madrid, Alianza Editorial, 1997, p. 215; Schuffenhauer, W., “Anmerkungen”, en Feuerbach, L., Das Wesen des Christentums, Berlín, Akademie Verlag, 1956, p. 687. Cabada Castro (p. 48) está en desacuerdo con la lectura de Schuffenhauer porque entiende que Feuerbach –en Aportes– está lejos de la influencia hegeliana, encaminado ya en una vuelta a Kant y a la finitud de la conciencia. Pero entendemos que la ruptura con Hegel no invalida su influencia. Feuerbach es deudor del idealismo alemán, de Hegel sobre todo, quien no deja de influir en él a lo largo de toda su obra (en consonancia con este punto de vista, Wartofsky, M., Feuerbach, Cambridge, University Press, 1977, pp. 8 y 141).
  21. Hacemos referencia al planteamiento kantiano sobre los límites de la razón en los § 57-60 de los Prolegómenos. Cf. Kant, I., “Prolegomena zu einer jeden künfttigen Metaphysik, die als Wissenschaft wird auftreten können”, en Die Kritiken, Frankfurt am Mein, Zweitausendeins, 2008, pp. 590-602.
  22. Feuerbach, L., Aportes para la crítica de Hegel, tr. Alfredo Llanos, Buenos Aires, Editorial La Pléyade, 1974, p. 52.
  23. No podemos dejar de lado el reproche que hace a Kant de no ser “su propio adversario”, esto es, de no ser un verdadero pensador. Veamos el siguiente pasaje (IX 37 y ss.): “El pensador no es dialéctico más que en la medida en que es su propio adversario. Dudar de sí mismo, son el arte y la virtud supremos”. Y, más adelante: “Kant fue crítico respecto de la antigua metafísica, pero no con relación a lo propio” (el destacado es del autor) (ibidem, pp. 38 y ss.).
  24. Feuerbach, separándose de Kant, no verá como dos facultades la sensibilidad y el entendimiento, sino que la oposición será entre el entendimiento sensible (sinnliche Verstand) y el pensamiento puro (reinen Gedanken). Veamos el siguiente pasaje (IX 41) en que se hace luz –además– sobre lo que este entiende por “contradicción” (Widerspruch): “Por lo demás, lo otro del pensamiento puro [reinen Gedanken] en general es el entendimiento sensible [sinnliche Verstand]. Probar en el dominio de la filosofía es pues superar la contradicción [Widerspruch] que existe entre el entendimiento sensible y el pensamiento puro, es hacer que el pensamiento sea verdadero no sólo para sí, sino también para su oponente” (el destacado es del autor) (ibidem, p. 42).
  25. Cf. Kant, I., op. cit., p. 591.
  26. Cabada Castro ve en ese gesto una “reconversión fáctica” de la frontera a la “simple” barrera. Véase Cabada Castro, op. cit., p. 45.
  27. Feuerbach, L., La esencia del cristianimo, p. 85. “La desunión tiene lugar entre seres que se diferencian mutuamente, pero que deberían y podrían formar una unidad, y, en verdad y esencia, son una sola cosa. Por esta razón general, es necesario que el ser, en relación al cual el hombre se siente desunido, le sea innato, pero, al mismo tiempo, que sea un ser de cualidad diferente del ser o fuerza que le da el sentimiento, la conciencia de la reconciliación de la unidad con Dios o, lo que es igual, consigo mismo” (el destacado es del autor).
  28. Ibídem, p. 86.
  29. Para una perspectiva crítica de Feuerbach y que reconoce en Kant un planteo estrictamente humanista, véase Heller, A, Crítica de la ilustración, tr. Gustau Muñoz y José Ignacio López Soria, Barcelona, Editorial Península, 1999, p. 75. “La idea de humanidad (el valor de la humanidad para sí, de la humanidad no alienada) es de hecho la idea práctico-reguladora más alta que el hombre es capaz, en general, de llegar a formular. O, por decirlo con mayor exactitud –y con las palabras de Kant–, es la idea inmanente más alta. Sólo la idea trascendente de Dios puede ser considerada como aún más elevada. Pero si la planteamos así, entonces –y ahora seguimos el razonamiento kantiano– privamos a la humanidad de su bien supremo, la libertad, el cual, sin embargo, es un componente inherente –más aún, núcleo esencial– de la idea de humanidad. Por eso según Kant el concepto de Dios no puede ser una idea moral reguladora (guía de mis actos derivados de la libertad), sino postulado o ideal o necesidad de la razón pura (Kant lo formula ora de un modo, ora de otro). Así, pues, el razonamiento de Kant es: no es posible concebir una idea reguladora más alta que la idea de valor de la humanidad” (el destacado es de la autora). Sin duda que este aspecto de la humanidad “no alieanada” no está presente en Kant, y esto es lo que justamente critica Feuerbach de la moral kantiana. Empero, este se distingue de la crítica hegeliana al imperativo categórico en que la humanidad se constituye en la unidad de la esencia (V 31): “La divina Trinidad en el hombre, por encima del hombre individual, es la unidad de la razón, del amor, de la voluntad” (el destacado es del autor) (Cf. Hegel, G. W. F., Enciclopedia de las ciencias filosóficas en compendio, § 60, pp. 213 y ss).
  30. Feuerbach, L., op. cit., p. 54. “¿Qué es, entonces, la esencia del hombre, de la que éste es consciente, o qué es lo que constituye en el hombre el género de la humanidad propiamente dicha? La razón, la voluntad, el corazón. El hombre perfecto debe poseer la facultad del pensamiento, la facultad de la voluntad, la facultad del corazón. La facultad del pensamiento es la luz del conocimiento, la facultad de la voluntad es la energía del carácter y la facultad del corazón es el amor. Razón, amor y voluntad son perfecciones, son facultades supremas, constituyen la esencia absoluta del hombre en cuanto hombre y el fin de su existencia” (el destacado es del autor).
  31. Ibidem, p. 62.
  32. Cf. Cabada Castro, M., Feuerbach y Kant: dos actitudes antropológicas, p. 125. “En su elaboración posterior de la concepción moral, Feuerbach mantendrá la ‘autonomía’ kantiana de la moral frente a un posible legislador suprahumano, pero su aparente antipatía con respecto a las ‘teorías de la felicidad’, que se revela en su primera fórmula de adhesión al imperativo categórico kantiana, se trastocará pronto en una amplia aceptación de la felicidad como elemento importante de la moralidad […]. En 1848 sintetizaba Feuerbach su diferencia con la concepción moral kantiana en que él coloca ‘la verdad de la naturaleza en el lugar de la norma rígida’ de Kant. En esta formulación parecen estar presentes las crítica de Hegel a la desvalorización moral de la naturaleza, tal como ésta es concebida por la razón práctica kantiana. Feuerbach pretende con ello hacer del hombre, con todos sus impulsos naturales, el centro de referencia de la moralidad. La dependencia de la moralidad humana de una “norma rígida” superior, al estilo de Kant, no puede compaginarse con la antropología feuerbachiana, en la que el hombre es el centro y la síntesis de toda la realidad”. Desde una perspectiva que reconoce el eudaimonismo en contraposición a Kant, pero a la vez le otorga relevancia al límite, véase Martínez Hidalgo, F., op. cit., p. 17: “La voluntad de liberar al hombre de la angustia del deber ser le impele a sustituir el principio abstracto y racional de la moralidad por el principio sensible del impulso a ser felices que se autorregula evidenciando una conexión natural entre la felicidad propia y la ajena, la cual inspira en la praxis máximas de moderación […]. La ética feuerbachiana soslaya el modelo imperativo centripetado en el obsesivo qué hay que hacer y sintoniza con las raíces originarias de la misma ética, es decir, la experiencia existencial humana que pivota en torno a realidades fundamentales como la naturaleza, la responsabilidad, la libertad, el límite y la contingencia”.
  33. Feuerbach, L., Aportes para la crítica de Hegel, p. 63. “La filosofía es la ciencia de la realidad en su verdad y su totalidad; pero la esencia de la realidad es la naturaleza, la naturaleza en el sentido más universal de la palabra. Los más profundos secretos yacen en las cosas naturales más simples con las que el soñador que suspira por el más allá se da de patadas. Sólo el regreso a la naturaleza es la fuente de salvación. Es erróneo concebir la naturaleza en contradicción con la libertad moral”. Y concluye: “La naturaleza sólo se erige contra la libertad caprichosa pero no contradice la libertad racional” (el destacado es del autor). El mismo tinte sanador, salvífico de la naturaleza, se presenta en Lecciones sobre la esencia de la religión (Vorlesungen über das Wesen des Religion) (1848). Véase el siguiente pasaje (VI 10): “Para un pensar verdaderamente libre, despreocupado, extraordinario –al menos para un pensar fecundo, decisivo– se necesita también una vida extraordinaria, libre y despreocupada. Y aquel que quiere acercarse espiritualmente al fundamento de las cosas humanas, también debe posicionarse sensorialmente, corporalmente, sobre ese fundamento. Y ese fundamento es la naturaleza. Sólo en contacto directo con la naturaleza el hombre recupera su salud, rectifica todas sus ideas exageradas, sus fantasías antinaturales o sobrenaturales” (Cf. Feuerbach, L., La esencia de la religión, tr. Sandra Giron, Buenos Aires, Editorial Prometeo, 2009, p. 29).
  34. En la “Aplicación final” (Schluβanwendung) (V 443) que introduce en la segunda edición (1843), no sorprende la nota inicial a pie de página (V 444): “Sólo por la unión del hombre y de la naturaleza podemos triunfar del egoísmo sobrenaturalista del cristianismo” (Cf. Feuerbach, L., La esencia del cristianismo, p. 311).
  35. En el sentido en que Jean-Pierre Osier ve en La esencia del cristianismo una interpretación, esto es: una hermenéutica del texto religioso. Ahora bien, es verdad que Feuerbach introduce una hermenéutica, pero su preocupación es por el fenómeno religioso en sí. Parafraseando a Kant, realizaría esta pregunta desde el método genético-crítico: ¿cómo es posible la religión?. Y pasa luego a estas preguntas: ¿qué es la religión? y ¿qué es –específicamente (esencialmente)– el cristianismo? Por último, ¿qué consecuencias tiene para el hombre el ser religioso, el ser cristiano? y ¿cómo debe pensarse el hombre en cuanto hombre y qué función cumple Dios en ese pensamiento? Estas últimas preguntas son importantes para entender el aporte feuerbachiano –por ejemplo– a la teología de la secularización (Xhaufflaire) (Cf. Osier, J-P., “Présentation”, en Feuerbach, L., L’essence du christianisme, tr. Jean-Pierre Osier, París, Maspero, 1968, p. 10; Xhaufflaire, M., Feuerbach et la théologie de la sécularisation, París, Les Éditions du Cerf, 1970). Otro autor que encuentra en Feuerbach una interpretación hermenéutica de la religión es Martínez Hidalgo: “El humanismo ateo feuerbachiano se fundamenta en la hermenéutica antropológica de la religión que concluye que lo divino expresa exactamente lo que, de esencia humana, falta al individuo” (Martínez Hidalgo, op. cit., p. 18).
  36. Feuerbach, L., op. cit., pp. 15 y ss. (IX 16 y ss.) “La Filosofía de la Naturaleza no ha podido superar, en su realización, los poderes de los zoófitos y de los moluscos a los que, como se sabe, pertenecen los acéfalos y los gasterópodos; Hegel nos ha pasado a la clase superior: la de los Articulata, cuyo género superior es el de los insectos”. Y, más adelante: “Siempre la naturaleza agrega a la tendencia monárquica del tiempo el liberalismo del espacio. Es cierto que la flor rechaza a la hoja, ¿mas la planta sería perfecta si las flores resplandecieran sólo sobre un tallo desprovisto de hojas? Sin duda numerosas plantas sacrifican realmente sus hojas para consagrar todo su vigor a producir la floración, pero en otras plantas, por el contrario, vemos aparecer la hoja ya sea después de la flor, ya al mismo tiempo, como para probar que la hoja no contribuye menos que la flor a la presentación de la totalidad de la planta”. (El destacado es del autor). Del mismo año que Aportes es la carta a Karl Riedel, véase el siguiente pasaje, por lo demás clarividente en lo que atañe a la predilección de Feuerbach por todo aquello que permanezca “en su elemento” (IX 13): “Por el contrario, amo lo que en todas partes es simple, entero e indiviso. Aprecio, por ejemplo, esas decididas criaturas acuáticas, los albúlidos [peces óseos] y los condrictios [peces cartilaginosos], por encima de la clase de los reptiles, así como los animales que están por debajo del hombre, solamente porque su vida es una vida desgarrada, si bien altamente organizada. A menudo me ha ocurrido, como al pescador de Goethe, el estar ya atraído hacia un pececito mudo [que nada] en su elemento claro, pero nunca, jamás me ha venido la tentación de envidiar, por las ventajas de su organización, los fuelles inflados de aire de los batracios (las ranas, los sapos) o la [lengua] bifurcada de los crótalos, las culebras y las lagartijas, por delante de los peces óseos y cartilaginosos. ¡No! Tengo más afecto por el pececito que permanece en su elemento que por el sapo, que comparte el mismo suelo con los hombres, y cuyo origen y esencia pertenece al barro; prefiero al camachuelo con su canto natural, monótono pero propio, antes que al papagayo que parlotea palabras ajenas; prefiero al burro, que no quiere ser más que un burro, que al mono, que quiere pasar por encima de su condición de animal y en verdad es una maldita bestia”. (El destacado es del autor) (Tr. Santiago Santillán Zabaljauregui).
  37. Así lo expresa: […] “las palabras con las que me despedí de Hegel fueron más o menos estas: ‘Durante dos años he asistido a sus clases y durante el mismo tiempo me he entregado totalmente a su filosofía; ahora siento en mí la necesidad de dedicarme exactamente a lo contrario; ahora estudio anatomía’”. (Citado por Cabada Castro, op. cit., p. 40).
  38. Esta lectura de la ética feuerbachiana en Aportes, de la máxima de autolimitarse en relación a la naturaleza por el hombre, está en consonancia con Martínez Hidalgo: sólo que ponemos el acento en el límite, y específicamente el auto – limitarse, como la modalidad concebida por Feuerbach para este vínculo entre el hombre y la naturaleza. Véase Martínez Hidalgo, F., op. cit., p. 104. “La alternativa filosófica ofrecida por Feuerbach al idealismo absoluto tiene caracteres de razón práctica, de ética cuyos pilares fundamentales son el hombre y la naturaleza”.
  39. Feuerbach, L., La filosofía del futuro, p. 41.
  40. Feuerbach, L., Aportes para la crítica de Hegel, p. 38.
  41. Ibidem, p. 19. “Por otra parte, por más penetrante que sea el autor, desde el comienzo procede de manera no crítica al omitir formular la siguiente pregunta: ¿es posible entonces que la especie sólo se realice de manera absoluta en un solo individuo, el arte en un solo artista, la filosofía en un solo filósofo?” (el destacado es del autor). Igualmente, el saber absoluto conlleva el fin de la historia si el sujeto de este logro es la humanidad, si este es de carácter colectivo.
  42. Ibidem, p. 21. “Si la filosofía hegeliana fuera la realidad absoluta de la idea de la filosofía, la detención de la razón en la filosofía hegeliana tendría necesariamente que acarrear la detención del tiempo; pues si el tiempo prosiguiera como antes su triste curso, la filosofía hegeliana perdería infaliblemente el predicado de lo absoluto”. En sintonía con ello, pero vinculando la filosofía absoluta a la lógica de sistema, véase Engels: “El ‘sistema’ es, cabalmente, lo efímero en todos los filósofos, y lo es precisamente porque brota de una necesidad imperecedera del espíritu humano: la necesidad de superar todas las contradicciones de una vez y para siempre, hemos llegado a la llamada verdad absoluta, la historia del mundo se ha terminado, y, sin embargo, tiene que seguir existiendo, aunque ya no le quede nada por hacer, lo que representa, como se ve, una nueva e insoluble contradicción” (Cf. Engels, F., Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana, Buenos Aires, Editorial Polémica, 1975, p. 21).
  43. Véase Martínez Hidalgo, op. cit., p. 113. “Para tener un adecuado conocimiento de la realidad hay que atribuir un valor fundamental a la naturaleza. Con este planteamiento la filosofía se constituye como la ciencia de lo real, es decir, de lo concreto y lo sensible”.
  44. Feuerbach, L., op. cit., p. 22. “Así toda filosofía comienza, en tanto que acontecimiento temporal determinado, por un supuesto” (el destacado es del autor).
  45. Véase Hegel, G. W. F., La ciencia de la lógica, tr. Rodolfo y Augusta Mondolfo, Buenos Aires, Ediciones Solar, S.A., 1968, p. 64: “El comienzo [de la filosofía] es lógico, en cuanto debe efectuarse en el elemento del pensamiento libre, que existe para sí, es decir, en el puro saber” (el destacado es del autor). Asimismo, cf. Löwith, K., De Hegel a Nietzsche, tr. Emilio Estiú, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1968, p. 111. “Feuerbach criticó a Hegel con los ojos puestos en su planeada transformación. Necesariamente, la filosofía se encontraba ahora ‘desengañada de sí misma’. El engaño en que se hallaba hasta ese momento fue el de creer en su pensar autosuficiente, en el cual el espíritu se podría fundamentar a sí mismo; y frente a éste la naturaleza, tanto la del mundo como la del hombre, sólo se ponía como tal por el espíritu. El supuesto antropológico de semejante ‘idealismo’ o ‘espiritualismo’ estaba en el modo aislado de existir del pensador, en tanto pensador. También Hegel, no obstante la superación de los contrastes cumplida por él, fue un idealista extremo: su ‘identidad absoluta’ era, en verdad, una ‘absoluta unilateralidad’, basada sobre el aspecto de un pensar seguro de sí mismo”.
  46. Ibidem, p. 112. “El comienzo crítico de la pregunta de Feuerbach por el ‘tú sensiblemente dado’ ocupaba, pues, el lugar del punto de partida tradicional de la filosofía del espíritu, ofrecido por el cogito ergo sum”.
  47. Feuerbach, L., op. cit., p. 41. “En su fuero íntimo, Hegel consideraba la idea absoluta como certeza; aquí fue crítico, escéptico; pero la idea debía probarse a sí misma, debía sustraerse a los límites de la intuición intelectual subjetiva, y debía también ser para otro” (el destacado es del autor).
  48. Ibidem, p. 42. El traductor comete el error conceptual de poner “contradicción” (“[…] el testimonio que siempre lleva en sí un pensamiento que expresa una contradicción no es sino subjetivo, parcial, dudosoˮ), cuando el término empleado es “oposición” (Gegensatz): (“wenn auch jeder wahre Gedanke nur wahr durch sich selbst ist, so ist doch, bei einem Gedanken, der einen Gegensatz ausdrücktˮ). Como dijimos más arriba: con el término “contradicción” (Widerspruch), Feuerbach mienta algo imposible, como la nada absoluta en cuanto límite del pensamiento, y es por tanto inmediatizable. En cambio, cuando emplea el término “oposición” (Gegensatz), pone en juego algo mediatizable; en este caso, el vincular en el comienzo del filosofar un elemento con otro que no es contradictorio, sino opuesto.
  49. El filósofo de Bruckberg critica la filosofía que declara su verdad por su carácter sistemático. Lo sistemático no es la verdad del pensamiento, no hace a ello, sino a su exposición. Véase el siguiente pasaje (IX 32): “Todo sistema, no reconocido ni asimilado como simple medio, limita y corrompe el espíritu, puesto que reemplaza el pensar inmediato, original y material por el pensar mediato y formal. Destruye el espíritu de investigación, no permite diferenciar el espíritu de la letra, porque es necesario que todo pensamiento –y allí precisamente se revela la limitación de cualquier sistema como existencia exterior– se vincule con la letra, y de esa manera el significado y el destino original de toda expresión pensada, de todo sistema, resultan negados y se malogran por completo. Toda exposición, toda demostración –la exposición del pensamiento es demostración– en virtud de su destino original, tiene por fin –y es a este último al que debemos atenernos– el acto por el cual el otro conoce” (el destacado es del autor) (ibidem, p. 32). Cf. Hegel, G. W. Fenomenología del espíritu, tr. Wenceslao Roces, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, S. A., 2007, p. 19: “El que lo verdadero sólo es real como sistema o el que la sustancia es esencialmente sujeto se expresa en la representación que enuncia, lo absoluto como espíritu” (el destacado es del autor). Véase la lectura que tiene Engels de ello, pero refiriéndose al influjo de La esencia del cristianismo: “El maleficio quedaba roto; el ‘sistema’ saltaba hecho añicos y se le daba de lado. Y la contradicción, como sólo tenía una existencia imaginaria, quedaba resuelta” (Cf. Engels, F., op. cit., p. 25). Por último, Martínez Hidalgo retoma la crítica feuerbachiana a la lógica de sistema, pero encuentra en la comunicación el modo en que este se torna verdad: “Feuerbach entiende la necesidad lógica que impulsa a Hegel a establecer su propio pensamiento en un sistema. En su opinión, este hecho es una respuesta a la identificación hegeliana del pensamiento como acto y a la identificación establecida por el filósofo absoluto entre pensamiento esencial y sistemático. Según nuestro autor, el pensamiento esencial trasciende la sucesión, es contemporaneidad, intuición. En cambio, el pensamiento sistemático es el mismo pensamiento esencial, pero articulado en varias fases: actividad pensante, lenguaje, demostración. El pensamiento se aliena haciéndose palabra, pero tras el contacto e intercambio social supera la propia alienación y se convierte en intuición no de un individuo solo sino de muchos. En esta armonía comunicativo-demostrativa del pensamiento se fundamenta la verdad del mismo ya que el impulso a la comunicación se identifica con el impulso a la verdad” (Cf. Martínez Hidalgo, M., op. cit., p. 108).
  50. Véase Feuerbach, L., La filosofía del futuro, p. 38: “Espacio y tiempo son las formas de existencia de todo ser (Wesen). Sólo la existencia en espacio y tiempo es existencia. La negación de espacio y tiempo es siempre, únicamente, la negación de sus límites no la de su ser (Wesen). Una sensación intemporal, una voluntad intemporal, un pensamiento intemporal, un ser (Wesen) intemporal, son quimeras (Undinge). Quien no tiene ningún tiempo, tampoco tiene tiempo ni urgencia para querer y para pensar” (el destacado es del autor).
  51. Feuerbach, L., Aportes para la crítica de Hegel, p. 43.
  52. Ibidem, pp. 53-54. “Nada pertenece verdaderamente a la filosofía como la forma, el concepto. En cuanto al contenido, si bien la filosofía debe engendrarlo en su propio interior, en la medida en que ésta ya lo condujo a la forma del concepto, es un contenido dado; la filosofía no tiene sino que concebirlo por medio de la distinción crítica entre lo esencial y lo inesencial, es decir, lo que le agrega la forma específica de la representación, la sensibilidad, etc. Por eso es que la filosofía tiene en Hegel en alto grado, una significación crítica, pero no genético-crítica. La filosofía genético-crítica es la que no demuestra ni concibe dogmáticamente un objeto dado por la representación –puesto que se trata de objetos inmediatos, vale decir, dados por la naturaleza, objetos verdaderamente reales, lo que sostiene Hegel está perfectamente válido–, sino que estudia su origen: esta filosofía se pregunta si el objeto es un objeto real o bien sólo una representación, un fenómeno puramente psicológico; ella distingue pues, de la manera más estricta entre lo subjetivo y lo objetivo” (el destacado es del autor).
  53. Sin embargo, esta es una apreciación general de la filosofía hegeliana para Feuerbach, amén del planteamiento particular de la Fenomenología. Véase Feuerbach, L., La filosofía del futuro, §21 (IX 295), p. 95: “Pero Hegel se distingue de la filosofía anterior en que determina de otro modo la relación entre el ser (Wesen) material, sensible y el ser (Wesen) inmaterial. Los filósofos y teólogos anteriores a Hegel pensaban al ser (Wesen) verdadero y divino como un ser (Wesen) desligado y liberado de la naturaleza, como un ser (Wesen) per se desligado y liberado de la sensibilidad o materia; sólo colocaban en ellos mismos el esfuerzo y el trabajo de la abstracción y emancipación de lo sensible para llegar a lo que en sí mismo es libre de ello. En este ser libre (Freisein) colocaban la beatitud del ser (Wesen) divino y en este hacerse libre (Freimachen) la virtud del ser (Wesen) humano. Hegel en cambio convirtió esta actividad subjetiva en la autoactividad del ser (Wesen) divino. Dios mismo tiene que someterse a este trabajo y conquistar su divinidad mediante la virtud como los héroes del paganismo. Sólo así viene a ser acción y verdad, viene a ser libre lo absoluto respecto a la materia, la cual, aparte de eso, es sólo presuposición, sólo representación. Pero esta autoliberación de la materia sólo puede ser colocada en Dios si al mismo tiempo la materia es colocada en él. ¿Pero cómo puede ser colocada en él? Sólo que él mismo la coloque. Pero en Dios sólo está Dios. Por tanto, sólo que él mismo se coloque a sí mismo como materia, como no-Dios, como lo otro de él. Por tanto, la materia no es ningún contrario presupuesto de manera incomprensible al yo, al espíritu: ella es la autoalienación (Selbstentäusserung) del espíritu” (el destacado es del autor).
  54. Véase Hegel, G. W. F., op. cit., p. 21. “El saber en su comienzo, o el espíritu inmediato (unmittelbare Geist), es lo carente de espíritu (Geistlose), la conciencia sensible. Para convertirse en auténtico saber o engendrar el elemento de la ciencia, que es su mismo concepto puro, tiene que seguir un largo y trabajoso camino. Este devenir, como habrá de revelarse en su contenido y en las figuras que en él se manifiestan, no será lo que a primera vista suele considerarse como una introducción de la conciencia acientífica a la ciencia, y será también algo distinto de la fundamentación de la ciencia –y nada tendrá que ver, desde luego, con el entusiasmo que arranca inmediatamente del saber absoluto como un pistoletazo y se desembaraza de los otros puntos de vista, sin más que declarar que no quiere saber nada de ellos” (el destacado es del autor). Notable es la idea de entender el comienzo del saber como lo “carente de espíritu”, puesto que este implica mediación; de no ser así, no podría superar el carácter de inmediatez propio de la certeza sensible; por ello no puede captar lo inefable, la facticidad radical, comprehendido en esta imagen que refleja tal imposibilidad, en el oxímoron “espíritu inmediato”. Tengamos en cuenta también la sugerencia metodológica al inicio del primer capítulo: “Debemos mantener aquí un comportamiento igualmente inmediato o receptivo, es decir, no alterar nada de este saber tal y como se nos ofrece y mantener la aprehensión completamente aparte de la concepción” (el destacado es del autor) (ibidem, p. 63).
  55. Ibidem.
  56. Tengamos en cuenta que no se trata de lo que Hegel entiende por singularidad, sino de lo que entiende por el “esto”, lo que Feuerbach concibe como “el ser sensible y concreto (IX 38), e Hyppolite por “existentes singulares” (Cf. Feuerbach, L., op. cit., p. 38; Hyppolite, J., Genèse et structure de la Phénomenologie de l’esprit, París, Aubier, Éditions Montaigne, 1946. p. 87). Asimismo, véase Hegel, G. W. F., op. cit., p. 64: “Al decir este aquí, este ahora, algo singular, digo todos los estos, los aquí, los ahora, los singulares” (el destacado es del autor).
  57. Véase la nota al pie de Jean Hyppolite: “El universal es aquí abstracto puesto que está condicionado por la multiplicidad, de la cual es su negación” (Cf. Hegel, G. W. F., La phénomenologie de lesprit, tr. Jean Hyppolite, París, Aubier, Éditions Montaigne, 1939, p. 85).
  58. Así, en Hegel, el universal es un “no-esto” (Nichtdieses). Cf. La fenomenología del espíritu, p. 65: “A este algo simple, que es por medio de la negación, que no es esto ni aquello, un no esto al que es también indiferente el ser esto o aquello, lo llamamos un universal; lo universal, es, pues, lo verdadero de la certeza sensible” (el destacado es del autor).
  59. Ibidem, p. 66. “Lo que aquí [en este carácter inmediato del ver] no desaparece es el yo, en cuanto universal, cuyo ver no es un ver del árbol ni de esta casa, sino un simple ver mediado por la negación de esta casa, etc.” (el destacado es del autor).
  60. Ibidem.
  61. Feuerbach, L., La filosofía del futuro, § 21, pp. 93 y 97. “¿De dónde viene esta escisión entre el entendimiento y los sentidos? Sólo de la teología”. Y, más adelante: “La filosofía hegeliana es el último y grandioso intento para restaurar al cristianismo perdido e ido a pique, mediante la filosofía, y esto, como generalmente ocurre en los tiempos modernos, identificando la negación del cristianismo con el cristianismo mismo” (el destacado es del autor).
  62. Véase Hyppolite, J., op. cit., p. 87. “Uno de los vicios profundos del hegelianismo se revela en su filosofía del lenguaje y en su concepción de la singularidad […]. La singularidad, para Hegel, es negación y no originalidad irreductible; o bien ella se manifiesta por una determinación que es negación, o bien –en tanto que verdadera singularidad– ella es negación de la negación, negación interna, lo que podría conducirnos a un sujeto universal, pero tendiendo a hacer desaparecer los existentes singulares” (el destacado es del autor).
  63. Feuerbach, L., op. cit., p. 43. “Por ello es que no podemos ni aun expresar lo singular como lo mentamos en la certeza sensible”.
  64. Hegel, G. W. F., op. cit., p. 65. Esto es justamente lo que cuestiona Feuerbach. Véase el siguiente pasaje (IX 44): “Para la conciencia sensible el lenguaje es justamente lo irreal, lo nulo. ¿Cómo la conciencia sensible puede hallar entonces o ver su refutación en la imposibilidad de expresar el ser singular? Es justo una refutación del lenguaje lo que halla en tal hecho la conciencia sensible, pero no una refutación de la certeza sensible, y en su esfera tiene perfecta razón en este punto; de lo contrario nos conformaríamos con palabras” (el destacado es del autor) (Cf. Feuerbach, L., op. cit., p. 44).
  65. Ibidem, p. 27. “El lenguaje no es distinto que la realización de la especie, la puesta en relación del yo y del tú, destinada a representar la unidad de la especie por la supresión de su aislamiento individual. Por ello el elemento de la palabra es el aire, el vínculo vital más espiritual y más universal. Así la demostración no encuentra su fundamento más que en la actividad de la mediación del pensamiento para otro” (el destacado es del autor). En Feuerbach el lenguaje no es un elemento meramente universal, en el sentido de considerarlo como simplicidad mediada o mediatizada. ¿En qué consiste la universalidad del lenguaje? En que realiza la especie a través del yo-tú, la palabra implica la negación de la individualidad, en el sentido de que se comparte, so pena de no ser entendida por los interlocutores. Que el elemento sea el aire implica una vinculación entre el hombre y la naturaleza, es universal en cuanto sella un vínculo que solo existe en el lenguaje y por él. La verdad es un producto social y está vinculada estrechamente con el lenguaje. Por ello, la autolimitación humana solo es posible porque hay a la vez yo y tú, esto es: la subjetividad es a la vez intersubjetividad. Y ello resulta del análisis tanto del pensamiento como del lenguaje. La verdad se comunica y se vive, porque no hay sujeto sin yo y tú. Del mismo modo, no hay en Feuerbach una ética posible que no implique la intersubjetividad, máxime en la autolimitación, en que el tú opera siempre como límite del yo, pero a la vez como límite en general, esto es, partiendo de la otredad se llega al yo, al objeto, a la naturaleza (V 165).
  66. Ibidem, p. 44. “El lenguaje no tiene absolutamente nada que ver con la cosa (Sache)”. Porque la cosa es irreductible, el lenguaje es un atajo en reemplazo de la cosa, sirve solamente a los fines de la referencia. Pero tengamos en cuenta que una cosa –valga la redundancia– es nombrar un objeto y otra muy distinta es nombrar un vínculo que existe en el lenguaje y por él, como sería la articulación de la especie a través de él. No obstante, Feuerbach en Principios mediará la intuición con la historia de la especie en su tratamiento de la objetividad (Gegenständlichkeit). Véase al respecto Feuerbach, L., La filosofía del futuro, § 44 (IX 326), p. 136: “Sólo en los tiempos modernos la humanidad ha vuelto, como antaño en Grecia después de haber precedido el mundo onírico oriental, a la intuición sensible, a la intuición genuina, objetiva (objektive), de lo sensible, es decir, de lo real” (el destacado es del autor).
  67. Hegel, G. W. F., op. cit., p. 65. “El aquí mismo no desaparece, sino que es permanentemente en la desaparición de la casa, del árbol, etc.” (el destacado es del autor).
  68. Cf. Feuerbach, L., op. cit., p. 45. “El ser sensible, el esto, pasa; mas otro ser lo reemplaza y que también es un esto. La naturaleza refuta así este singular, pero de pronto vuelve a corregirse; impugna la impugnación, mientras pone en su lugar otro singular. Y por ello el ser sensible es el ser permanente e inmutable para la conciencia sensible” (el destacado es del autor).
  69. Hegel, G. W. F., op. cit., p. 65. “El aquí mismo no desaparece […] indiferente al hecho de ser casa, árbol, etc.” (el destacado es del autor).
  70. Véase Feuerbach, L., op. cit., p. 43. “Mi hermano se llama Juan, Adolfo; pero fuera de él existen infinidad de otros hombres que también se llaman Juan, Adolfo. ¿Surge que mi Juan no es una realidad? ¿Se deduce que la juanidad es una verdad? Para la conciencia sensible todos son nombres propios, Nomina propria; ellos son en sí indiferentes respecto del propio ser; para la conciencia sensible no son más que signos que le permiten alcanzar su meta por la vía más corta. El lenguaje no tiene nada que ver con la cosa. La realidad del ser sensible singular es para nosotros una verdad sellada con nuestra sangre” (el destacado es del autor). He aquí la exposición del nominalismo de Feuerbach, posición que tendrá un viraje, de acuerdo a Hook, hacia un realismo aristotélico que se hace efectivo en el periodo de 1842-1843 (Cf. Hook, S., op. cit., p. 265). Cabada Castro, en cambio, ve un cuasinominalismo (Cabada Castro, M., op. cit., p. 5). Empero, tenemos que entender el ámbito de discusión con la filosofía especulativa y precisamente con Hegel: este último es quien aborda el “esto”, lo irreductible e inmediato, el ser real y concreto, y Feuerbach tiene que defender radicalmente su postura atacando el argumento de que “el lenguaje es lo verdadero”. Desde esa perspectiva sostenemos aquí un nominalismo, en que la palabra es flatus vocis (IX 43).
  71. Feuerbach, L., op. cit., p. 45.
  72. No olvidemos que esta expresión está en función de la contraposición a Hegel. Ya vimos que Feuerbach determina el criterio de verdad a través de la especie (IX 29) y, en Aportes al menos, no reside ello en la intuición. Ibidem, p. 29: “Lo verdadero no es exclusivamente ni lo mío ni lo tuyo sino lo universal. El pensamiento es verdadero cuando se unen el yo y el ” (el destacado es del autor). Ahora bien, podríamos inferir que lo universal es la constatación del ser real y efectivo a través de la intuición objetiva, empírica y concreta; y, a su vez, que el yo-tú expresa la unión de entendimiento y sensibilidad, partiendo de que Feuerbach concibe el entendimiento como sensible (sinnlichen Verstandes) (IX 41). Pero se trata de una interpretación, Feuerbach no lo explicita de este modo, más bien deja la cuestión abierta.
  73. Ibidem. “[Hegel] refuta el pensamiento del ser-esto, la haeccitas; muestra la no verdad del ser singular fijado en la representación como realidad (teórica). La Fenomenología no es sino la Lógica fenomenológica. Sólo desde este punto de vista se puede disculpar el capítulo de la certeza sensible. Pero justamente porque Hegel no se ha introducido en la realidad ni se ha situado en la conciencia sensible, porque la conciencia sensible no es objeto sino en el sentido de la autoconciencia, del pensamiento, porque sólo es alienación del pensamiento en el interior de la certeza de sí, por ello es que la Fenomenología o la Lógica –pues ésta se vuelve sobre lo mismo– comienza por un supuesto inmediato de sí y por consiguiente con una contradicción no mediatizada, con una ruptura absoluta respecto de la conciencia sensible” (el destacado es del autor).
  74. Ibidem.
  75. Cf. Hegel, G. W. F, Phӓnomenologie des Geistes, Berlín, Verlag Ullstein GmbH, 1970, p. 68.
  76. Véase el célebre pasaje de Engels en el que señala este aspecto revelador de la filosofía feuerbachiana: “Fue entonces cuando apareció La esencia del cristianismo, de Feuerbach. Esta obra pulverizó de golpe toda contradicción, restaurando de nuevo en el trono, sin más ambages, al materialismo. La naturaleza existe independientemente de toda filosofía; es la base sobre la que crecieron y se desarrollaron los hombres, que son también, de suyo, productos de la naturaleza; fuera de la naturaleza y de los hombres, no existe nada, y los seres superiores que nuestra imaginación religiosa ha forjado no son más que otros tantos reflejos fantásticos de nuestro propio ser. El maleficio quedaba roto; el ‘sistema’ saltaba hecho añicos y se le daba de lado. Y la contradicción, como sólo tenía una existencia imaginaria, quedaba resuelta. Sólo habiendo vivido la acción liberadora de este libro, podría uno formarse una idea de ello. El entusiasmo fue general: al punto todos nos convertimos en feuerbachianos. Con qué entusiasmo saludó Marx la nueva concepción y hasta qué punto se dejó influir por ella –pese a todas sus reservas críticas–, puede verse leyendo La Sagrada Familia” (Cf. Engels, F., op. cit., p. 25).
  77. Dios “Término”, dice Feuerbach, y aclara entre paréntesis: Dios “limitación“ (Gott “Begrenzung”).
  78. A partir de la articulación espacio-tiempo como criterios de realidad de los entes, Lima Filho concibe una “ontología de la singularidad”. Consiste ella en presentar el espacio y el tiempo como criterios básicos de una singularidad que solamente se afirma en ellos, negando en ese mismo gesto el carácter absoluto del ente existente (habla de “precariedad del ser sensible”). Sería ocioso expresar en términos absolutos toda referencia al ámbito del ser real y efectivo desde esta perspectiva. Y esto es contra Hegel, pero también contra Feuerbach: en respuesta a su intención de absolutizar el ser sensible no solo como piedra de toque del límite de la subjetividad (IX 45), sino también como problema insoluble para el lenguaje, en que este no puede abordarlo sino a través de los nomina propria. Así, Lima Filho interpreta la autolimitación (Selbstbeschränkung) a que hace alusión Feuerbach (IX 20) desde el plano óntico. La autolimitación sería el criterio primero, la condición primera y relativa del ser existente en función de su enmarcarse en el esquema espacio temporal, este sí de carácter absoluto. Tal esquema es, como dice Lima Filho, “el Dios Término”. Lo novedoso de esta perspectiva es que relativiza la preeminencia óntica en la posición marcadamente nominalista que asume Feuerbach en este escrito. Véase Lima Filho, J. E., “Ontología de la singularidad y el problema del lenguaje en L. Feuerbach: para una lectura de Zur Kritik der Hegelschen Philosophie (1839)”, en El Arco y la Lira: Tensiones y Debates Filosóficos, n.° 7 (diciembre de 2019), pp. 19-33.
  79. Cf. Hegel, G. W. F., Enciclopedia de las ciencias filosóficas en compendio, § 247, pp. 447 y ss.
  80. Véase Feuerbach, L., op. cit., p. 42. “Luego el ser lógico constituye una contradicción directa, no mediatizada, sorprendente, con el ser de la intuición intelectual, empírico-concreta, y de otro modo no es más que una concesión, una condescendencia de la idea, por consiguiente ya es en sí lo que primero solicita que se pruebe: no penetro, pues, en la Lógica, como tampoco en la intuición intelectual, si no es por un esfuerzo, por un acto trascendente, por una ruptura inmediata con la intuición. Por eso la filosofía hegeliana se hace pasible del mismo reproche que toda la filosofía moderna de Descartes y Spinoza: reproche por una ruptura no mediatizada con la intuición sensible, reproche por la suposición inmediata de la filosofía” (el destacado es del autor).
  81. Cf. Xhaufflaire, M., Feuerbach et la théologie de la sécularisation, París, Les Éditions du Cerf, 1970, p. 207. “Más concretamente, el rol práctico del filósofo consiste en hacer el diagnóstico de su tiempo y de su sociedad, en elaborar la ‘patología’. Lo hace con un propósito ‘terapéutico’. Es así que contribuirá a la cura de la enfermedad”.
  82. Véase el siguiente pasaje de las Tesis provisionales para la reforma de la filosofía (IX 247), en Feuerbach, L., La filosofía del futuro, p. 31. “Abstraer significa colocar la esencia (Wesen) de la naturaleza fuera de la naturaleza, la esencia (Wesen) del pensar fuera del acto de pensar. La filosofía hegeliana ha extrañado (entfremdet) al hombre de sí mismo al apoyar su sistema completo en estos actos de abstracción. Es cierto que ella identifica de nuevo lo que ella separa, pero sólo de una misma manera de nuevo separable, mediata. La filosofía hegeliana carece de unidad inmediata, de certeza inmediata y de verdad inmediata” (el destacado es del autor).
  83. Ibidem, p. 47. “La filosofía hegeliana es el último refugio, el último apoyo racional de la teología. Así como antaño los teólogos católicos se hicieron aristotélicos de facto para poder combatir al protestantismo, asimismo ahora los teólogos protestantes deben hacerse hegelianos de iure para poder combatir el “ateísmo” (el destacado es del autor).


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