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4 El mundo como problema: limitación y objetividad

El egoísmo práctico y el problema de la praxis

Gentile, en su escrito La filosofía di Marx (1899), señala una característica del materialismo feuerbachiano que lo distingue del materialismo histórico de Marx y Engels. Aquel se representaría la realidad sensible como dato, no como producto[1]. Este “reproche” (rimprovero) ¿es justo? A continuación, un agregado de carácter explicativo: “[…] de modo que el sujeto humano, el pensamiento, entrando en relación con eso [el objeto], debe limitarse a una pura visión, a un simple reflejo, que lo sitúa en un estado de quieta pasividad”[2]. ¿Es justo tal reproche, a saber: el de concebir la realidad sensible como dato más que como producto? Creemos que no. Por el simple hecho de que Feuerbach concibe el mundo, desde nuestra interpretación, también como producto del egoísmo práctico; y es, a la vez, dato: en él se cristaliza la creatio ex nihilo, así como la subjetividad ilimitada y la lectura de la naturaleza y el mundo como nada (nihil).

Si bien el tratamiento específico al problema de la praxis corresponde al capítulo doce de La esencia del cristianismo, titulado “La significación de la creación en el judaísmo” (“Die Bedeutung der Kreation im Judentum”) comenzaremos algunas páginas antes, en el capítulo once, amén de alguna referencia aislada que nos sirva de elemento de análisis del tema en cuestión (puntualmente, V 268, 325). Los pasajes a analizar serán los siguientes: V 202-222.

En el capítulo dos, estudiamos la creatio ex nihilo, y básicamente planteamos lo siguiente: así como Dios creó el mundo de la nada, el hombre recrea el mundo, pues la creatio le está vedada por ser estructuralmente limitado. Dios, en cambio, crea a partir de la nada. La nada (das Nichts) es concebida por nuestro autor como indeterminación e ilimitación absoluta, la máxima abstracción posible de todo contenido; por ello en Aportes (IX 56) la concibe como un límite a la razón, a lo genuinamente pensable. Es que no puede concebirse más que como límite del pensar, so pena de convertirla en “algo” (Etwas). Así, esta ilimitación propia de la nada, como carencia total e indeterminación absoluta, actúa en el principio de todo lo creado. La creación tendrá esta marca indeleble, la de ser en el fondo nada. Asimismo, el mundo y la naturaleza.

El hombre, imagen y semejanza del Ser Supremo, recrea a partir de la nada su nada misma, puesto que él también es creado. Hay un abismo de deseo insatisfecho en el individuo que viene de allí: el mundo no lo satisface porque siempre le opone ante sí su límite, pero él mismo es su reflejo, su complemento, ambos son nada. Solo Dios como entidad absolutamente ilimitada le “complace” al corresponderle con el milagro; empero, lo mantiene en su elemento. Ahora bien, ¿cuál es su elemento?, ¿en qué consiste? En la tensión entre la actividad y la pasividad, el hacer y el padecer (V 126, 365)[3]. Su elemento descansa en la eterna dicotomía propia del ser creado: es pasivo y está en consonancia con la naturaleza, también ella creada, pero, a la vez, es imagen y semejanza del creador; en ello es activo, si bien no le es posible crear a partir de la nada (V 365, 368)[4], sí puede (y debe, so pena de perecer) recrear (y recrearse) una y otra vez. Reza y espera el milagro; pero, a la vez, trabaja para sostenerse diariamente en el mundo. El individuo no es solo religioso cuando reza, sino cuando trabaja, pues, además de responder a un mandato divino luego de la expulsión del Paraíso (Gen., 3: 19), debe actualizar la creatio ex nihilo, al ser imagen y semejanza de Dios. De este modo, por un lado, la plegaria implora la intervención divina, pero, por otro, el hombre no puede sino crear a partir de lo creado. De hecho, la oración no es permanente, ella requiere la intervención divina de modo extraordinario y ante lo ineluctable, es el último recurso por sobre la férrea cadena de causas segundas; pero, además, perece el hombre si intermitentemente reza. Es falso atribuir la negación de la praxis por la plegaria, ello es no reconocer la actividad humana mediada por el mundo: el trabajo. Debe quedar claro aquí que el individuo produce[5], y por ello es activo, imagen y semejanza de la Divinidad. Sin comprender ello, no podemos abordar correctamente el concepto de “egoísmo práctico (V 210)[6].

El creador del mundo, entiende el filósofo de Bruckberg, es la subjetividad (Subjektivität) (V 202): verdadera creadora de la nada. El problema reside, desde la perspectiva religiosa, en el estigma de ser creado propio del mundo, de ser –en esencia– mera nada: de allí emerge la posibilidad de su dominio[7]. Consecuentemente, el mundo se convierte en un mero accidente de la subjetividad, en apéndice de la actividad, por sí divina (V 202)[8]. Pero esta idea de dominio alza la cabeza desde el egoísmo y por el egoísmo, más que en virtud de la subjetividad. Veamos el siguiente pasaje (V 205):

La doctrina de la creación proviene del judaísmo; es la doctrina característica y fundamental de la religión judaica. Pero el principio que tiene por base no es tanto el principio de la subjetividad, sino más bien del egoísmo. La doctrina de la creación en su significado característico, se origina solamente a partir del punto de vista en el que el hombre somete prácticamente la naturaleza a su voluntad y a su necesidad, y la reduce, por lo tanto, en su representación al estado de pura y simple materia prima, a ser un producto de la voluntad. Entonces se explica su existencia en tanto en cuanto el hombre se la explica y la interpreta a partir de sí mismo[9] (el destacado es del autor).

Pero el egoísmo ¿acaso no es lo mismo que la subjetividad? Vimos que la subjetividad no concibe al mundo en su verdad, sino como nada (V 202). ¿Qué diferencia al egoísmo de ella? Nuestra hipótesis es que la subjetividad no es aquí en sí ilimitada, pero sí el egoísmo. El egoísmo es la especie, y la subjetividad, el género. Pero esto nos lleva a perfilarnos hacia una interpretación que no justifica el texto, al menos explícitamente; empero, las características que da del egoísmo son las mismas que de la subjetividad ilimitada. Ahora bien, de ser así, habría un tipo de subjetividad limitada, mediada por el mundo, y una ilimitada, egoísta[10]. El punto es ver entonces en qué consiste el egoísmo práctico: puntualmente, qué es lo que no se expuso en el tratamiento de la subjetividad. El aspecto donde no hizo hincapié y será central, sobre todo para refundar la praxis desde la fundamentación en la naturaleza, es que el egoísmo práctico supone dominio. La naturaleza se encuentra expoliada por el sujeto ilimitado, lo cual está plenamente justificado desde el cristianismo dado que Dios dio la naturaleza para el hombre, y también a los animales, para que este se sirva de ellos (Gen., 2: 19). Y digo “naturaleza” porque, como sostenemos más arriba, Feuerbach entiende que tanto el mundo como la naturaleza ejercen presión material, determinan, actúan –por decirlo así– sobre el sujeto, lo limitan. Pero el mundo es efecto de la praxis, la naturaleza no[11]. Veamos el siguiente pasaje (V 207):

Por el contrario, cuando el hombre se sitúa sólo en el punto de vista práctico y considera desde allí el mundo convirtiendo el punto de vista práctico en teórico se enemista con la naturaleza y la convierte en la sierva más humilde de su propio interés, de su egoísmo práctico. La expresión teórica de esta intuición egoísta y práctica según la cual la naturaleza, en sí y por sí misma, es nada, reza del modo siguiente: la naturaleza o el mundo ha sido creado, es el producto de una orden. Dios habló: que el mundo sea, y el mundo se hizo, es decir, Dios ordenó: que el mundo sea, y sin demora se originó según aquella orden[12] (el destacado es del autor).

El objeto (Gegenstand) habíamos visto que es la esencia objetivada, proyectada[13], del sujeto (V 46). Tomando esta proposición tout court, no habría otro modo de entender al sujeto como egoísta: puesto que el mecanismo de proyección no supone un vínculo que medie desde una exterioridad sobre él. Su consecuencia sería, como cree Amengual, una concepción antropológica cerrada[14]. Podríamos decir que se trata solamente del objeto específico de la esencia religiosa, puesto que se presenta la proposición (en V 46) como válida “sin restricción alguna” (ohne alle Einschränkung). Pero, a poco de avanzar en esta hipótesis, nos damos cuenta que tal principio resulta de la explicitación de una idea presentada con anterioridad, puntualmente en el capítulo inicial del escrito “La esencia del hombre” (“Das Wesen des Menschen im allgemeinen”). Veamos el pasaje en cuestión (V 33):

Sin objeto, el hombre es una nada. Hombres grandes y ejemplares, como aquellos que nos revelaron la esencia del hombre, confirmaron este principio con su vida. Solamente tuvieron una pasión dominante y fundamental: la realización del fin que fue el objeto esencial de su actividad. Pero el objeto (Gegenstand) al que refiere esencial y necesariamente un sujeto sólo puede ser la propia esencia objetivada de este sujeto. Si este mismo objeto es común a varios individuos iguales según el género pero diferentes según la especie, entonces es su propia esencia objetivada en cuanto es objeto de cada uno de estos individuos distintos [15] (el destacado es del autor).

Aquí el principio no se aplica solo al hombre como género, sino también a los hombres tomados desde su individualidad, pues no podría entenderse que exista una sola pasión para la totalidad. La palabra “una” (eine) es subrayada en el pasaje. E inmediatamente afirma la posibilidad de que distintos individuos (Individuen) compartan el mismo objeto. La manera, entonces, de salir de la identidad sujeto-objeto –en ello consiste la propuesta de Amengual– reside en considerar la no identidad de la díada, y a partir de allí establecer la distinción entre individuo-género[16]. De este modo, se superaría la inmediatez de la díada sujeto-objeto. Ahora bien, el problema que surge aquí es cómo salir de Dios, amén de la distinción planteada por Amengual, esto es, cómo se sale del género individualizado (cf. V 269); lo que nos llevaría más allá del punto de vista de la religión y con ello el egoísmo práctico.

Estamos de acuerdo en que el individuo se distingue del género al tomar parte en la constitución de objetividad (Gegenständlichkeit), esto es, asignándole a la esencia objetivada su propia particularidad, su singularidad. Pero he aquí un problema: impresiona al sentimiento la unidad de Dios en la individualidad, por lo cual se explica que satisfaga más que el género al individuo limitado (V 269)[17]. Entonces, respecto a esta no identidad y a la distinción de individuo-género, la pregunta es cómo se anula la unidad inmediata con Dios. Amengual cree que esto será posible solo cuando se asuma en el individuo la otredad, sea del mundo, sea del tú, para poder recién detectar el carácter ilusorio de Dios[18]. De modo que la única forma de superar el solipsismo de esta identificación individuo-Dios, propia de la visión religiosa y que sostiene el egoísmo práctico, sería establecer una ruptura: si no con el género en su diferenciación con el individuo, con los géneros. Feuerbach mantiene la idea de que el individuo se satisface en el género. Pero Dios reemplaza al género (V 265)[19]. Concebir el género no es suficiente, pues, mientras reina Dios en la conciencia, está capturado por este, y obturado, por ende, en el individuo. Si emerge el género humano en un segundo plano, es solo en función de Dios, como un cumplido por haber cedido el puesto, si se me permite la expresión. La manera de hacer factible la ruptura con la perspectiva religiosa consiste en rectificar la comprensión teórica en el objeto, y la forma –que presenta el mismo Feuerbach– es la teoría como ciencia.

Al comienzo del escrito, define a la ciencia como “conciencia de los géneros” (V 28)[20]. Nos presenta, con ello, la salida de la visión religiosa justo en el umbral. Ello hace que sea atingente el recurso a la naturaleza como límite, oposición de la subjetividad. Así, la comprensión teórica a la que dará forma, en contraposición al egoísmo práctico, debe poner toda su intención en romper el carácter inmediato del individuo-Dios; sin ello, no es factible salir de la inmediatez de la interioridad, por lo cual se dificulta, justamente, el reconocimiento del individuo como parte, miembro, del género humano. El recurso a la naturaleza y a la rectificación de la comprensión teórica allende la visión religiosa es la única salida al solipsismo del individuo-Dios[21]. Pero ¿por qué no se conduce como los materialistas franceses, esto es: catalogar a Dios como pura ilusión y a la religión como su soporte, igual de ilusoria[22] que Dios, y retomar sin más el camino de la ciencia[23]? La diferencia está en que Feuerbach no es un autor irreligioso, a diferencia de los materialistas franceses, sino que ve en la religión una forma de la conciencia humana, como primera autoconciencia de la humanidad (V 47)[24]. La objetivación de la esencia implica la divinización del objeto, su sacralización: sea este Dios, dioses, propiedades humanas o naturales divinizadas, o bien un objeto al que un hombre dedica su vida (V 33). Resaltamos esta idea central para la teoría del objeto feuerbachiana y que lo distingue del materialismo del siglo xviii: nuestro autor concibe el objeto como sagrado por ser expresión de la esencia humana[25]. El objeto (Gegenstand) patentiza la esencia. Hay en este autor, entonces, una sacralización de la naturaleza: no solo se manifiesta en V 205 y ss., implícitamente al menos, sino al concebir la contemplación como estética, cuya función central es recuperar la referencia objetiva –o, a secas: la objetividad (Gegenständlichkeit)– en pos del género humano, perdido en el Dios personal. Por ese motivo, Feuerbach no va directamente a la ciencia sino es de la mano del género y, por ende, de la religiosidad, la sacralización es parte de su concepción del objeto. Pero el argumento es el siguiente: el monoteísmo es la expresión teórica del egoísmo práctico, el politeísmo, del sujeto contemplativo de la naturaleza; por lo tanto, el pasaje a la ciencia es precedido por el politeísmo, o bien, por la revaloración del paganismo. Desde otro aspecto, es el reemplazo de la fe por el amor. El amor une al hombre con el mundo[26], la fe lo separa. Y no solo eso: la fe niega el mundo, el amor lo afirma[27].

Si la religión es la autoconciencia primera cuyo objeto inmediato es Dios, y la forma de romper la identidad consistiría exponer la no identidad de la relación sujeto-objeto desde la distinción individuo-género (Amengual), el modo de establecer la conciencia de los géneros (ciencia) no puede llevarse a cabo sino desde la consideración de la multiplicidad de individuos como géneros propia del politeísmo. Y la pluralidad genérica de individuos –en que cada uno constituye un género o esencia– no es otra cosa que el politeísmo: este pasaje se halla ausente en Amengual[28]. Tal movimiento en la filosofía feuerbachiana es central además, insistimos, porque el objeto no pierde su carácter sacro (V 207)[29], no solo por cristalizarse en él la expresión de la esencia, sino en pos de conservar a través del amor la permanencia del objeto. En este último sentido se pensará la teoría y luego la praxis (V 210)[30]. Dicho por el propio Feuerbach: “El sentido politeísta, repito, es el fundamento de la ciencia y del arte” (el destacado es del autor). El fundamento de la ciencia no reside en sí mismo, ni en la razón ni en la empiria, sino en el politeísmo, esto es: en la cosmovisión de la pluralidad de géneros como constitutiva de la ciencia que, por otro lado, otorga valor sagrado al objeto de la contemplación teórica[31]. No lo dice explícitamente, pero, al hacer referencia a la divinidad de la naturaleza (V 206), nos da a entender una relación específica entre el hombre y lo que se constituirá en su fundamento: la dependencia a ella, la referencia a ella, la limitación a partir de ella. Hay que distinguir en qué tipo de objeto se acentúa la sacralidad, si respecto al mundo o respecto a la naturaleza. La propuesta feuerbachiana consiste en rectificar el sentido de la actividad práctica en el mundo a través de la referencia a la naturaleza; sin esta referencia puntual, nunca es seguro que el género reemplace a Dios y que continúe –bajo el mandato absoluto de la humanidad– el dominio utilitarista. Sacra, entonces, es la naturaleza, solo ella es divina, no el mundo. Veremos al final del capítulo por qué no.

En síntesis, Feuerbach reformula el egoísmo práctico atacando sus fundamentos teóricos. Y ello lo hace desde una reivindicación del politeísmo y de la contemplación estética de la naturaleza. A partir de allí, construye un nuevo enfoque teórico, en que el amor (V 212) forme parte en el abordaje del objeto y no la fe, y con ello la utilidad, la violencia y el dominio.

Ahora bien, ¿en qué consiste la praxis desde esta reivindicación del politeísmo? La praxis ¿es teoría?, ¿es solo práctica, pero no en sentido de dominio, sino de conservación del objeto? De seguro que conservar el objeto no quiere decir comportarse con impotencia frente a él, por el solo hecho de que reconoce la validez de la cultura y el trabajo como lo contrario de la plegaria y el milagro (V 222).

Según Xhaufflaire, la praxis consiste básicamente en tres aspectos[32]: la concepción teórica de la mano de una antropología superadora de la religión; la consiguiente comunicación y reflexión en las masas de esta nueva concepción del mundo; y, por último, el realizarse de dicha cosmovisión (Weltanschauung) en la política, esto es, en el Estado. Los tres momentos implican, en resumidas cuentas, la reflexión y su puesta en acto, el hacerse una verdad para la mayoría, para muchos, y llegar a partir de ahí “desde abajo” al Estado. Ahora bien, ¿en qué consiste tal concepción antropológica? En realizarse in mente la identidad problemática del género consigo mismo[33]. Pero ¿ello no nos conduciría a salir de Dios para entrar en otro género de la totalidad pero, en vez de individual, de carácter plural? Al parecer. es una lectura que se sigue al concebirse la praxis desde un “antropologismo” absoluto[34]. Véase el siguiente pasaje:

Para vivir prácticamente o existencialmente de manera humana, el hombre tiene necesidad de liberarse teóricamente. Debe poder desmitificar la forma de pensamiento idealista y metafísica y poseer una teoría general que corresponda a la realidad de su ser. Esta teoría es la antropología, o la nueva filosofía. Mientras que otros autores oponen al sistema hegeliano y a la ideología la irreductibilidad (en vista a la teoría) de la “praxis” luego de la “revolución”, y pretendiendo de cierta manera “realizar” y luego “suprimir” esa filosofía, Feuerbach antepone ante todo el hombre real, empírico, sensible, el hombre receptivo y pasivo en relación a la naturaleza y a sus semejantes. La no-identidad o la negatividad absoluta de los sistemas de la identidad del pensamiento no son para él la “praxis” como tal, sino la referencia teórica a la identidad desde el punto de vista de la sensibilidad. Y este punto de vista lo tematiza elaborando un “antropologismo” (sic) absoluto. Un pensamiento “secularizante” reemplaza aquí la inteligencia de la “praxis[35].

Citamos este pasaje para analizar una postura que, entendemos, es otra forma de alienación, indiferente a la referencialidad natural y a la sensibilidad, que toma como punto de partida el pensamiento feuerbachiano. El autor denomina “antropologismo” absoluto en vez de “concepción antropológica” o “antropología”. Con anterioridad a este pasaje, sostiene la opinión de que, en vez de ciencia, hay en Feuerbach una serie de presupuestos ideológicos que operan como lineamientos generales para la ciencia, pero que no son para nada científicos; y a eso llama “antropologismo”[36], o bien, una “ideología del hombre”. Pero ¿no sería otra forma de ideología sostener retóricamente la referencia a la naturaleza, a la sensibilidad y a los semejantes para luego entronizar el género humano como divinidad? ¿En qué cambia, en efecto, abolir a Dios para restaurar en el trono al género, pero que su vinculación con la naturaleza –lo otro del género humano– sea accesoria, accidental? Este es el problema del antropologismo: de la lógica que comprende al hombre escindido de la naturaleza.

Estamos de acuerdo en que la praxis debe “hacerse carne” entre la “masa”, como dice Xhaufflaire siguiendo al mismo Feuerbach (IX 342), pero, a la vez, es clave que la praxis, como teoría de la contemplación no solo humana, sino también de la naturaleza, se erija en mediación del género con lo otro de sí. Pensar la divinidad del género humano es solo un momento de la praxis, representado por la divinización del hombre luego de la pérdida de sí del individuo en el Dios absoluto, pero este pasaje, sin tener en cuenta la referencialidad a la naturaleza, deriva en otra forma de dominio[37]. Ya no sería egoísta el individuo, sino el hombre, la humanidad, quien utilizaría la naturaleza para sus propios fines. Recordemos que este encumbrar al hombre por sobre Dios no justifica el no reconocimiento de la naturaleza, sino, muy por el contrario, sin esto el egoísmo cambia de forma, pero perdura (V 444)[38] y, peor aún, con la justificación de poner la naturaleza “al servicio de la humanidad”.

Ahora bien, indica Osier que en Feuerbach toda práctica es subjetiva y utilitarista, por ello le otorga preeminencia a la contemplación[39]. Véase, al respecto, el siguiente pasaje (V 206):

La actividad subjetiva, aquella en la que el hombre encuentra satisfacción y campo libre, es aquí únicamente la imaginación sensible. Satisfecho, deja, al mismo tiempo, subsistir en paz a la naturaleza, mientras que construye sus castillos en el aire, sus cosmogonías poéticas a partir únicamente de materiales naturales[40] (el destacado es del autor).

Ahora bien, confróntese asimismo (V 222):

El hombre que no libera su mente de la representación del mundo según la cual todo aquí es simplemente un medio, que todo efecto tiene naturalmente su causa, que todo deseo se alcanza solamente cuando es convertido en objeto, y se toman los medios correspondientes; un hombre semejante no reza, simplemente trabaja[41](arbeitet); transforma los deseos alcanzables en fines de la actividad mundana, los restantes deseos que reconoce como subjetivos los reprime o los considera, precisamente en cuanto subjetivos, piadosos deseos. En una palabra, limita y condiciona su ser por el mundo del que se considera miembro, y sus deseos mediante la idea de necesidad. En la oración, en cambio, excluye el hombre el mundo y con él todo pensamiento de mediación, de dependencia, de triste necesidad; convierte sus deseos, sus asuntos del corazón en objetos del ser independiente, todopoderoso y absoluto, es decir, se afirma ilimitado (unbeschränkt)[42] (el destacado es del autor)

Respecto al primer pasaje citado (V 206), el “aquí” es central. El filósofo de Bruckberg hace referencia a la actividad subjetiva de tipo contemplativa, sin excluir (de ahí la importancia del término “ahí”) otro tipo de actividad; así, no solo cuestiona la actividad individual de carácter egoísta o utilitarista: La actividad subjetiva, aquella en la que el hombre encuentra satisfacción y campo libre, es aquí únicamente la imaginación sensible. Por otro lado, el segundo pasaje citado (V 222) es mucho más rico en contenido que el anterior, dice mucho más para nuestro objeto de estudio en lo que hace a la noción de “actividad” (Tätigkeit): no solo contrapone el trabajo a la plegaria, sino que indica el modo de relacionarse con el mundo de quien ejerce una actividad práctica en lugar de rezar. En esta actividad práctica, este se siente limitado (por el mundo), mientras que, en la oración, “se afirma ilimitado”; y podríamos agregar: por sobre el mundo y a costa de él (V 226)[43]. Sí es verdad que no hay en la filosofía feuerbachiana referencias siquiera recurrentes a las instituciones y a otros elementos del ámbito económico, social, político e histórico, pero ello no significa que niegue su realidad y efectividad. La finalidad del escrito es analizar un tipo de conciencia religiosa, alienada, en pos de liberar al hombre de ella y establecer los lineamientos de una nueva praxis. No es poco ser “ancestro” –retomando la expresión de Xhaufflaire– de “Marx y Freud”[44].

Las críticas de Marx a la praxis feuerbachiana aparecen en Tesis sobre Feuerbach (Thesen über Feuerbach) y –en colaboración con Engels– La ideología alemana (Die Deutsche Ideologie). Ambos escritos conforman una sola obra y datan del año 1845, en que se hace efectiva la ruptura de Marx luego de una clara influencia feuerbachiana a lo largo del periodo 1841-1845[45]. Arvon cree que lo que influyó en el viraje de Marx –pasó de declararse en espíritu feuerbachiano a considerarlo un ideólogo– es la lectura del libro de Stirner El único y su propiedad (Der Einzige und sein Eigentum)[46] (1844). Sea el motivo que sea, entendemos que hay razones de peso para el distanciamiento de Marx respecto a Feuerbach en lo que hace a la conciencia de la praxis, esto es: a la vinculación dialéctica –en Marx– entre teoría y práctica. No haremos un análisis puntual de cada una de las once tesis que conforman Tesis sobre Feuerbach porque excede a nuestro trabajo, sino que solo estudiaremos algunos puntos que consideramos relevantes.

Marx[47] apunta a que la falla del materialismo feuerbachiano, y de todo el materialismo anterior, consiste en considerar el objeto (Objekt) como meramente contemplativo, no como –a la vez– actividad sensorial y humana (tesis uno y cinco). Desde esta interpretación, la teoría –como contemplación– y la práctica subjetiva en su unilateralidad serían entendidas de manera abstracta, pues les faltaría el entronque específicamente materialista: de la teoría, por la falta de toma de conciencia sobre la transformación del mundo por la intervención humana; y de la práctica, por la no comprensión de la esencia humana, que implica la producción –siempre de acuerdo a Marx– de las condiciones de vida de la especie[48]. Así, Feuerbach sería un idealista contemplativo y a la vez práctico, porque la actividad no la concibe sino en su forma judaica, esto es: egoísta-utilitaria, individualista, no social, o sea, humana[49]. La práctica no respondería al género, sino al individuo-Dios que produce en el mundo, vestigio de nada. Es menester para Marx, entonces, elaborar una teoría de la praxis que reconozca la intervención y transformación del mundo y del hombre desde el reconocimiento de la realidad sensorial humana y su efecto para sí mismo en dicha transformación. Por ello denomina a tal actividad “objetiva” y “crítico-práctica”[50]. Reconocemos esta crítica como válida, pero con ciertas reservas: cuando Feuerbach trata la actividad, la concibe como subjetiva, es verdad, pero su intento responde a rectificarla, resignificarla de la visión religiosa; partiendo de este problema, el tratamiento consiste en inclinar al hombre a la objetividad de la naturaleza, responde a esta cuestión precisa[51]. Marx, como decimos más arriba, cree que la subjetividad de la actividad descrita por Feuerbach no se contrapone al egoísmo práctico por no introducir en ella la conciencia de ser una actividad genérica al mismo tiempo que individual. Pero no olvidemos que la armonía con el mundo se da no desde el individuo, sino desde el vínculo genérico que este tiene con la naturaleza[52]. El individuo no llega a ella sino desde su ser genérico. Empero, para tal empresa, es preciso superar el paradigma que halla en la acción la individualidad absoluta: a ello se aboca con su reformulación de la actividad y su relación con la contemplación, esto es, la praxis.

Si bien introduce la diferencia en la identidad inmediata individuo-Dios, de ahí no se sigue que tal inmediatez cobre de nuevo forma en la actividad contemplativa, máxime entendiendo que la enfoca hacia la naturaleza como objeto (Objekt), y no en dirección al género. Esta no-identidad se hace presente asimismo en Marx[53]. Lo que no quiere decir que deban concebirse escindidas la práctica y la teoría, pues en ese caso derivaría en abstracción, de uno u otro modo. Lo que falta es la toma de conciencia del género en la actividad, es decir: el pasaje de la subjetividad a la objetividad en el seno de la praxis. La contemplación torna objetiva la subjetividad, pero de modo abstracto, esta es en el fondo la crítica marxiana en las tesis uno y cinco. Este breve análisis refiere solo a lo que hace a la contemplación, que es el punto tratado en la crítica al egoísmo práctico.

Ahora bien, según Marx, al no admitir el filósofo de Bruckberg la actividad contemplativa sino en su modalidad abstracta, tampoco llega a plantearse la transformación del mundo, esto es: la revolución, como actividad “crítico-práctica” (tesis uno y cuatro)[54]. Pero, esta lectura particular ¿no merece ser sopesada, someterla a crítica?; ¿va de suyo que la actividad contemplativa deba tener consecuencias tales que conduzcan a derrocar el orden existente?[55] Ello supone la idea de “aniquilar teórica y prácticamente” (tesis cuatro). Cabada Castro[56], Schmidt[57] y Mondolfo[58] interpretan el aporte feuerbachiano sea como formulación de lineamientos relevantes para una verdadera praxis (asimismo Xhaufflaire), o como una toma de conciencia de la realidad alienada. El mismo Marx admite su aporte a la praxis revolucionaria, al menos como teórico[59]. Ahora bien, Feuerbach no la aborda tal como pretende Marx porque, desde nuestra interpretación, se aboca a estudiar la conciencia religiosa[60]. Entendemos que intenta llevar a cabo un análisis a fondo, una especie de fenomenología de la conciencia religiosa[61]. Y halla que en ella el individuo se siente ilimitado, que la subjetividad ilimitada es el verdadero sujeto de la religión, que Dios como objeto (Gegenstand) se extiende en la conciencia del individuo que pasa de la penosa limitación a la ilimitación absoluta. El punto final de esta perspectiva religiosa consiste en limitar la conciencia a través del mundo[62], de la naturaleza (V 222, 242)[63], y, a partir de allí, la tarea subsiguiente es limitar el individuo por el género humano (V 267, 268)[64]. En síntesis: si el problema es la lógica del individuo, en que se expresa la subjetividad ilimitada, Feuerbach intenta reconducirla a la objetividad mediante la contemplación de la naturaleza, pero introducir la naturaleza implica abolir a Dios (IX 20; V 271). En el mismo gesto en que Feuerbach recupera al hombre de Dios, introduce la naturaleza, para luego limitar el individuo por el género. Pero el primer paso de la constitución de la objetividad se realiza mediante este redireccionar la mirada del hombre hacia la naturaleza, el mundo. Pero ¿son lo mismo?

Habíamos dicho más arriba que, si bien Feuerbach funda al hombre en la naturaleza (IX 259), a la que también considera base del hombre (Basis des Menschen) (IX 337)[65], no sucede lo mismo para con el mundo. El mundo, para Feuerbach, es cultura, “exteriorización de sí”. Veamos el siguiente pasaje (V 237):

El elemento de la cultura, el principio nórdico de la exteriorización de sí falta totalmente al sentimiento. El espíritu clásico, el espíritu de la cultura, es el espíritu objetivo (objektive) que se limita por las leyes, determina el sentimiento y la imaginación por la contemplación del mundo, por la necesidad y la verdad de la naturaleza de las cosas. En el lugar de este espíritu puso el cristianismo la subjetividad ilimitada (unbeschränkten Subjektivität), desmesurada, trascendente y sobrenatural; un principio que en su esencia más íntima se opone al principio de la ciencia y de la cultura[66] (el destacado es del autor).

Estamos de acuerdo con Osier al vincular cultura y contemplación[67], pero la cuestión aquí es la siguiente: Feuerbach no puede juzgar sin más como evidente que toda exteriorización de sí conlleve la superación de la religión[68]. El mundo producto del egoísmo práctico implica objetivación de la esencia, exteriorización de sí del hombre religioso: si no, ¿cómo podría hacerse efectivo el dominio de la naturaleza? Este mundo utilitario ¿coincide con el mundo que opera como límite de la subjetividad? El mundo presenta este carácter dual. Pero la naturaleza es una: ella opera como límite de la subjetividad y como paradigma estético del mundo del futuro, en que el hombre se erigiría sobre las ruinas de la pérdida de sí en el principio religioso, suprimiendo al Dios cristiano. Pero el mundo en que vive Feuerbach no representa otra cosa que realización del egoísmo práctico (V 210)[69]. Por ende, el mundo –al menos como exteriorización del egoísmo práctico– no puede operar como límite, por ser efecto de la subjetividad ilimitada. Sería algo así como un espejo que refractara la falta de límite del ánimo, la esencia absolutizada del individuo ante la nada creada. Este producto del individuo egoísta limita pero condiciona por su ilimitación de base, es paradójico en este sentido, o bien lo uno y lo otro a la vez. Es en parte Gegenstand, en parte Objekt[70]. Gegenstand, no solo por ser exteriorización de la esencia, como todo objeto, sino porque expresa materialmente, realmente, como objeto de los sentidos la arbitrariedad de la productividad utilitaria. Es Objekt porque, indefectiblemente, rigen las causas segundas, la ley de causa-efecto, y hace que el individuo “se dé la cabeza contra él” (V 325)[71]. De modo que no alcanza para superar el estadio del egoísmo práctico con establecer el límite de la subjetividad por el mundo (puesto que este es también expresión de la subjetividad ilimitada, como argumentamos), sino que la referencia como límite de la subjetividad implica –ante la equivocidad de considerar al mundo y la naturaleza como límite (V 263)[72]– el pasaje del mundo a la naturaleza. Que la naturaleza sea considerada como Objekt, a diferencia del mundo, implica la crítica a la creatio ex nihilo: que la concibe como objetivación de la esencia divina (lo otro de la idea, en clave hegeliana). Esto es: la naturaleza, a diferencia del mundo, no es jamás Gegenstand[73], no representa objetivación de la esencia, porque la naturaleza no se identifica con la esencia humana[74]. Al contrario, en la perspectiva judaica –y cristiana–, ella es la exteriorización de sí de Dios: es su objeto (Gegenstand); pero es Objekt para el paganismo, para el materialismo, que la considera eterna, increada.

El verdadero objeto que limita al hombre es, entonces, la naturaleza. La equivocidad en los términos del tratamiento feuerbachiano impide una crítica a la consideración del mundo como expresión utilitaria, salvo una mínima referencia ya señalada, pero no desarrollada (V 210). Ahora bien, sin este desarrollo, ¿cómo hacer efectiva una crítica a fondo del egoísmo práctico?, ¿cómo mantener dos reinos de la objetividad, considerando que uno de ellos está alterado por la subjetividad ilimitada? Es verdad que se podría decir, con Marx y Engels, que la naturaleza impoluta no existe sino en algunas “islas coralíferas australianas”[75], pero ello no impide que opere como referencia, fundamento y base del hombre y rectifique en ese gesto el carácter alienado de la humanidad: he aquí la verdadera superación del subjetivismo religioso[76]. El mundo no puede hacerlo. No al menos hasta no ser expresión material de la esencia humana, pero mediatizada por lo otro de sí, a saber, la naturaleza[77].


  1. Gentile, G., La filosofia di Marx, Pisa, Enrico Spoerri Libraio Editori, 1899, p. 66. “Y en verdad, ¿cuál era, en el fondo, el reproche respecto a la teoría del conocimiento? Este: el de acreditar el objeto, la intuición sensible, la realidad externa como dato, en vez de considerarlo un producto” (el destacado es del autor).
  2. Ibidem.
  3. Feuerbach, L., op. cit., pp. 113 y 262. “El hombre no tiene sólo conciencia de poseer una fuente de actividad en sí mismo, sino también de poseer una fuente de actividad de sentimientos. Yo siento y siento la sensación (no solamente la voluntad o el pensar, que con demasiada frecuencia están en oposición conmigo y con mis sensaciones) como perteneciente a mi esencia y aunque sea la fuente de mis sufrimientos, mis debilidades y dolores, lo considero, al mismo tiempo, como un poder y una perfección divinas y gloriosas”. Y más adelante (V 365): “El concepto de actividad, del hacer, del crear, es un concepto divino en y por sí mismo; se aplica a Dios sin vacilar. En la acción el hombre se siente libre, ilimitado, feliz; en la pasividad, limitado, agobiado, desgraciado” (el destacado es del autor).
  4. Ibidem. pp. 262 y 264. “Dios no ha producido, como el hombre, algo particular, esto o aquello, sino que ha producido todo, su actividad es absolutamente universal e ilimitada []. Dios ha producido todo, de manera global, indistintamente”. Y más adelante (V 368): “Esta diferencia entre la actividad divina y la humana es la nada (das Nichts)” (el destacado es del autor).
  5. Si bien en un pasaje distingue la actividad del hombre respecto de la producción de la naturaleza (V 368), en otros hace de ella un producto divino (V 366), y del individuo egoísta un sujeto que produce (V 212). Sin producción no hay mundo ni cultura y, en efecto, no tendría sentido el problema del dominio de la naturaleza por parte del individuo desde el atributo de ser supremo. Ibidem, pp. 264, 263 y 162: “La naturaleza genera, produce (zeugt, bringt hervor), el hombre hace (macht)” (V 368); “Dios ha producido (hervorgebracht) todo, de manera global, indistintamente” (V 366); “[…] mediante el mero “yo quiero” produce (hervorbringt) el objeto (Gegenstand)” (V 212) (el destacado es del autor).
  6. Ibidem, p. 161. “Los judíos han conservado hasta hoy mismo su manera de ser. Su principio, su Dios, es el principio práctico del mundo; el egoísmo, y en concreto, el egoísmo bajo la forma de la religión” (el destacado es del autor).
  7. Por ello dice Kamenka, E., op. cit., p. 87: “La divinidad destruye el mundo”.
  8. Feuerbach, L., op. cit., p. 157. “Cuando dices: el mundo ha sido hecho de la nada, te representas al mundo mismo como nada, eliminas de tu cabeza todos los límites de tu imaginación de tu sentimiento, de tu voluntad, pues el mundo es el límite de tu voluntad y de tu sentimiento; únicamente el mundo obliga a tu alma; únicamente él es el tabique divisorio entre tú y Dios, que es tu esencia perfecta y feliz. Niegas, entonces, subjetivamente el mundo; te representas a Dios por sí mismo, es decir, como subjetividad absolutamente ilimitada (die schlechthin unbeschränkte Subjektivität), el alma que goza únicamente de sí misma, que no necesita del mundo, que no sabe nada de los vínculos dolorosos de la materia. En el fondo más íntimo de tu alma deseas que no exista ningún mundo, pues donde existe el mundo, hay materia, y donde existe la materia, allí hay presión y choque, espacio y tiempo, límite y necesidad”. Y concluye: “Aquí no existe el mundo en su verdad; sólo es objetivo como límite opresivo del alma y de la personalidad humana. ¿Cómo se podría fundar y deducirse el mundo en su verdad y realidad de un principio que niega el mundo?” (el destacado es del autor). Hasta aquí, Feuerbach no distingue entre el mundo y la naturaleza, para el caso le es lo mismo, pues quiere oponer a la subjetividad ilimitada el mundo como límite. Pero jamás va a fundar al hombre en el mundo, ni lo considerará su base (IX 337); sí la naturaleza (IX 259).
  9. Ibidem, p. 159.
  10. Así lo entienden, creemos, Wartofsky y Mondolfo: “Feuerbach introduce una vez más la distinción entre la praxis de la imaginación religiosa y la mundana, concreta, praxis humana” (Wartofsky, M., op. cit., p. 393); “Aquí es necesario observar que la palabra praxis tiene en Feuerbach dos significados muy distintos entre sí. En todos los puntos ya expuestos, el concepto de praxis se identifica con el de satisfacción de los deseos en la imaginaria omnipotencia del milagro (y éste es el concepto inherente a la religión); pero en otros la praxis es la actividad que precisamente en la religión era suprimida por el aniquilamiento del objeto, sin el cual el propio sujeto pierde toda posibilidad de acción activa, falto de un fin real (y éste es el concepto al cual tiende Feuerbach)” (Mondolfo, R., op. cit., p. 47). Pero luego el mismo autor atribuye al milagro la negación de la praxis, y por extensión a la oración: “Pero tal concepción [el punto de vista religioso] destruye todo principio de actividad efectiva tanto en Dios como en el hombre, así del duplicado como del original. Lo destruye en Dios porque él está desde la eternidad en plena acción y excluye de sí todo desarrollo y progreso, es decir, toda actividad o praxis. Dios produce, sí, el milagro; pero a éste le faltan los caracteres necesariamente intrínsecos de la actividad real. Ésta, siendo dirigida a un fin, encuentra el término en su mismo principio, describiendo casi un círculo en la gradual actuación de los medios; el milagro, en vez, realizándose sin medios, representa la unidad inmediata del fin y su actuación; es decir, más que tener la pretensión de describir el círculo en una línea recta, según la expresión de Feuerbach (V 234), reduce a un solo punto inextenso, o sea a la nada, el camino que recorre. La actividad real está precisamente en la superación de la distancia entre la concepción del fin y su actuación; suprimida tal distancia por la coincidencia de ambos extremos en un mismo punto, también la actividad queda suprimida en su realidad concreta” (el destacado es nuestro) (Ibidem, p. 50). ¿Qué tipo de actividad o praxis sería entonces la oración sino la negación de todo tipo de actividad y praxis? Por ello distinguimos la praxis de la oración, no solo para ser consistentes con el planteo general, sino porque el creyente no solo reza, sino que actúa, opera, produce en el mundo considerándolo como accidente, su apéndice, en pos de su propia utilidad sin concebirlo más que como medio. Ello es expresión del punto de vista religioso o, lo que es lo mismo, del egoísmo práctico.
  11. Esta cuestión será trabajada en detalle en el capítulo siguiente.
  12. Feuerbach, L., op. cit., p. 160.
  13. Sobre la noción de “proyección”, véase Cabada Castro (1975: 67) y Kamenka (1969: 46). Entendemos la proyección como objetivación, esto es: el acto de escindir, separar in mente la esencia del sujeto. Con respecto a la hipótesis de reducción sostenida por Amengual (1980), vemos en ella la operación inversa a la proyección, así es que hay reducción porque previamente algo se proyecta.
  14. Amengual, G., op. cit., p. 63. “La identidad inmediata, la conciencia total y sin mediación de la conciencia y su objeto, de la que Feuerbach deducía la infinitud y autosuficiencia de la esencia se muestra más bien como cerrazón en sí misma e imposibilidad siquiera de comunicación, da como consecuencia una antropología cerrada, y en cuanto autosuficiencia una antropología empequeñecida y empobrecida. La nueva identidad se ha conseguido por la pérdida de un elemento: el objeto, y por eso resulta una reducción de la antropología misma […]. La reducción no consiste en convertir a Dios en objeto de conciencia, en declararlo la esencia del hombre, y el subjetivismo no es más que una consecuencia o un aspecto de la reducción. La reducción consiste en afirmar que el objeto de la conciencia no es más que la esencia propia objetivada, y no puede ser otra cosa, pues en esta identidad consiste su ser, infinitud, autosuficiencia, autonomía” (el destacado es del autor).
  15. Feuerbach, L., op. cit., p. 56.
  16. Amengual, G., op. cit., p. 63. “Que hay una identidad entre el objeto y la esencia es claro, en esta identidad se basa la posibilidad de la percepción, de que sea objeto ‘para’ la conciencia; por el hecho de ser objeto ‘de’ conciencia no tiene que ser necesariamente sólo objeto de conciencia, es decir, totalmente idéntico a ella o subjetivista, irreal. Pero para mostrar la no irrealidad hay que mostrar la no total identidad”. Y concluye: “La búsqueda de la inmediatez ha conducido a Feuerbach a este subjetivismo idealista; para encontrar salida de este círculo o para darle justificación ante la experiencia intersubjetiva tendrá que caer en un dualismo; la inmediatez, que debía salvar la sima entre Dios y el hombre, va a crear una nueva escisión, la de entre el individuo y el género humano”.
  17. Feuerbach, L., op. cit., p. 198. “Precisamente en razón de esta inmediata unidad del género y de la individualidad, de esta concentración de todas las generalidades y esencialidades en un ser personal, dios es un objeto que afecta profundamente al sentimiento y que excita la imaginación”.
  18. Amengual, G., op. cit., p. 64. “Esta falta de diferencia o identidad inmediata, exclusividad subjetivista, se muestra en la ausencia de cualquier alteridad y mediación. Así es que la religión sólo se entiende como la relación conciencia-esencia propia objetivada, fundando una antropología cerrada o totalmente subjetivista, que no tematiza la relación con el mundo, los demás, la historia, tomados precisamente en su diferencia con respecto a la propia conciencia. En una tal antropología la idea de Dios no puede más que aparecer como ilusoria, sustitución u objetivación de la propia esencia, ya que en el campo de la conciencia no reside más que la propia esencia. Mientras se quiera hacer surgir la idea de Dios sólo de la propia interioridad o identidad total de conciencia y esencia, de una conciencia que no asuma la situación y relación del hombre con el mundo, la sociedad, la historia, de un antropocentrismo subjetivista en el que no queda más que la consideración de la esencia humana, no podrá superarse la sospecha que tal idea de Dios es ilusoria”.
  19. Feuerbach, L., op. cit., p. 196. “El cristianismo, por el contrario, abandonaba la especie y consideraba sólo al individuo”.
  20. Ibidem, p. 53. “La ciencia es la conciencia de los géneros” (el destacado es del autor).
  21. Véase Mondolfo, R., op. cit., p. 51: “Para destruir la ilusión peligrosa que la religión crea, es necesario, pues, presentar como fin lo que la religión presenta como medio, elevar al puesto de causa y de principio lo que ella reduce a condición accesoria […]. Este término, al cual hay que dar el valor que le pertenece, es la naturaleza: restituyéndole su realidad se reconquista la efectividad concreta de la relación de sujeto-objeto, sólo en la cual puede realizarse la praxis entendida como actividad operosa y productora. Éste es el carácter diferencial de la filosofía de Feuerbach, que se opone como naturalismo a la teología e igualmente al idealismo: la afirmación de la realidad de la naturaleza como condición de la realidad misma del sujeto y de su praxis en el conocimiento y en la operosidad externa”.
  22. Véase un fragmento del Prólogo de la obra maestra de Holbach, B., Sistema de la naturaleza, tr. José M. Bermudo, Barcelona, Granada y Cía. Editores, 1906, p. VII: “Voluntariamente ciego [el hombre], quiere ser metafísico; siempre despreciando la razón pura por llenarse de sistemas y conjeturas; sin atreverse a consultar jamás su entendimiento, contra el cual desde su infancia le infunde la mayor desconfianza; y en fin, queriendo siempre adivinar su suerte en las imaginarias religiones de la otra vida, sin acordarse jamás de que lo principal es saber ser dichoso en ésta. En una palabra, el hombre desprecia el sencillo estado de naturaleza, y se ocupa únicamente en correr tras fantasmas, que semejantes a los fuegos ambulantes y engañadores que el viajero suele encontrar por la noche, le amedrentan y le apartan del camino recto de la verdad, el único que conduce a la verdadera felicidad”.
  23. Cf. Xhaufflaire, M., op. cit., p. 178: “La actividad pretendidamente ‘científica’ de Feuerbach nos parece hoy día haber suscitado nada más que aseveraciones de índole ideológica. Hijo de su tiempo, adopta una concepción puramente ‘empirista’ de la actividad teórica. El Feuerbach teórico ‘contempla’ e ‘interpreta’, no ‘trabaja’ y no produce conocimientos válidos y decisivos a nivel científico. Su concepto de la actividad científica es incompleto. No inventa ningún método nuevo. A lo sumo, queriendo contemplar la realidad tal cual es constata la irreductibilidad de la historia humana en relación a la evolución de la naturaleza. Pero esta perspectiva no revela más que un ‘antropologismo’ dependiente estructuralmente de la forma de pensamiento idealista que él mismo critica. Este género de antropologismo resulta tan ineficaz e irreal que un espiritualismo. Feuerbach, justamente, no inventa ninguna ciencia válida para el hombre. Él prepara –aun ideológicamente– las vías sobre las que otros pondrán científicamente los puntos. Feuerbach no es ni Freud ni Marx, sino su ancestro”. Algunos aspectos a tener en cuenta. Estamos de acuerdo con el planteo general del autor, Feuerbach no presenta nuevos conocimientos científicos ni presenta un nuevo método, como dice. Pero tampoco se propuso semejante faena; por ende, no sería una crítica válida de acuerdo al plan trazado por el autor. Ahora bien, la perspectiva teórico-contemplativa que propone implica una perspectiva ética ausente para su época, en ello sí que no es “hijo de su época”; tampoco en la consideración de la ciencia empírica, máxime como la define, de un modo no común por lo menos desde una concepción experimental, a saber, como conciencia de los géneros (V 28). Si bien es, como en toda su obra, un autor que no utiliza de manera unívoca los términos, no por ello su tratamiento de la ciencia es superficial. Al contrario, se diferencia del materialismo francés por partir de la conciencia genérica para pensar la ciencia, y a partir de allí abordar el objeto. Por último, respecto a que allane el camino al materialismo histórico y al psicoanálisis –al parecer, modelos científicos para el Xhaufflaire–, por cierto que sí. Es más, no hay una concepción de la ciencia más que como contemplación estética. Pero ello no es poco, teniendo en cuenta que la técnica tendrá consecuencias nefastas para el siglo xx y de la mano, justamente, de la ciencia. Sobre ello, Feuerbach no fue escuchado, al menos en su planteo de fondo. Véase Horkheimer, M. y Adorno, T., Dialéctica de la Ilustración, tr. Juan José Sánchez, Madrid, Editorial Trotta, 1994, p. 51: “Lo que nos habíamos propuesto era nada menos que comprender por qué la humanidad, en lugar de entrar en un estado verdaderamente humano, se hunde en un nuevo género de barbarie. Habíamos subestimado las dificultades de la exposición porque aún teníamos demasiada fe en la conciencia actual. A pesar de haber observado, desde hacía muchos años, que en la actividad científica moderna las grandes invenciones se pagan con una creciente decadencia de la cultura teórica”. Y más adelante: “Si el cultivo y el examen atentos de la tradición científica constituyen un momento indispensable del conocimiento, en especial allí donde los depuradores positivistas la abandonan al olvido como lastre inútil, en la quiebra actual de la civilización burguesa se ha hecho cuestionable no sólo la organización sino el sentido mismo de la ciencia”. Creemos que Feuerbach no depura el objeto salvo lo que de fantástico tenga en relación con el hombre, ni la ciencia, ni la percepción al modo positivista; y ello, junto al examen crítico del egoísmo práctico en el dominio de la naturaleza, nos sirve de guía para una nueva comprensión teórica del mundo, superadora de la perspectiva egoísta y utilitaria. Lo que faltó, eso sí, es trabajar las consecuencias, los efectos en la conciencia humana de la praxis subyugadora de la naturaleza. No obstante, sentó las bases para dicho análisis.
  24. Feuerbach, L., op. cit., 65. “[…] la religión es la autoconciencia primaria e indirecta del hombre” (el destacado es del autor).
  25. Ibidem, V 206, p. 159. “Para quien la naturaleza es un ser (Wesen) hermoso, aparece como fin de sí misma, y teniendo el fundamento de su existencia en sí misma, no llega a plantearse la cuestión de por qué existe. El concepto de naturaleza y de divinidad no se separan en su conciencia de su intuición del mundo. La naturaleza, tal como se presenta a sus sentidos, la puede concebir como originada, engendrada, pero no como creada en sentido propio, en el sentido de la religión, es decir, no hecha como un producto arbitrario” (el destacado es del autor). Tres breves comentarios: donde dice “ser (Wesen)”, expresión que corresponde a la segunda edición, en la tercera y última edición el término será “objeto” (Objekt). La segunda cuestión hace a la traducción: Iglesias traduce Natur und Gottheit identifiziert sich” como “naturaleza y divinidad no se separan”, pero que se identifiquen contiene una significación más enfática, más precisa, y nos ayuda sostener mejor la idea de que el objeto en Feuerbach no deja de ser sacralizado. Lo sacro no refiere a algo estrictamente religioso, sino también contemplativo; como bien dice Wartofsky, se resuelve en una “sensación estética” (aesthetic sensation) (Wartofsky, M., op. cit., p. 281). Por último, en este pasaje se presentan dos formas de objetividad, que coinciden: una, del objeto proyectado (expuesto desde el atributo de la divinidad del objeto: la divinidad de la naturaleza); otra, que mienta el objeto independiente de su constitución desde la subjetividad (la naturaleza sentida, percibida). Así se supere en el filósofo de Bruckberg el carácter religioso en la consideración acerca de la naturaleza (expresión teórica del egoísmo práctico), el objeto nunca deja de estar vinculado a la sacralidad, nunca es un mero asunto de la percepción sensible, al menos en el periodo que abordamos en nuestro trabajo (retomando las distinciones althusserianas del objeto en Feuerbach [1960: 7]. Puede hacerse hincapié más en uno que en otro sentido, pero nunca hay una clara distinción teórica o práctica de la objetividad, al menos en el periodo 1839-1843.
  26. El amor recupera el vínculo de amistad no solo con la naturaleza, sino entre los hombres. Mientras la fe es particular y exclusiva, y no reconoce más que lo que ella pone como válido, como verdad, el amor es la forma humana de recuperar de la particularidad abstracta del individuo absoluto la esencia, que es múltiple (corazón, razón y voluntad), así como el género (multiplicidad de individuos finitos, la infinitud como in-finito). La fe enemista al hombre con la naturaleza, porque, además de negarla a esta, niega el cuerpo que siente, pues expresa el pecado y la mortalidad. Véase Feuerbach, L., ibidem, V 410, p. 290: “El amor identifica a los hombres con Dios, a Dios con el hombre, y, por eso, a los hombres con el hombre; la fe separa a Dios del hombre y, por consiguiente, al hombre del hombre; pues Dios es el concepto genérico místico de la humanidad, la separación de Dios del hombre, por lo tanto, la separación del hombre del hombre, la disolución del lazo comunitario”. Y más adelante (V 438), p. 307: “El amor es la ley universal de la inteligencia y de la naturaleza; es la realización de la unidad del género por medio del sentimiento moral” (el destacado es del autor).
  27. Feuerbach, L., op. cit., V 212, p. 163. “Lo que el egoísmo exterminador consagra a la muerte, la teoría, llena de amor, lo devuelve a la vida “.
  28. Así, entre la conciencia de los géneros (ciencia) y la perspectiva de sostener la totalidad de géneros en un individuo (monoteísmo), el pasaje de uno a otro es la consideración de múltiples individualidades como género (politeísmo). Esto explica la referencia al politeísmo como el fundamento de la ciencia. Consideramos pertinente realizar dicha aclaración.
  29. Ibidem, p. 160. “Así piensa el hombre que se relaciona con el mundo estética o teóricamente –pues la intuición teórica es originariamente estética y la estética es la prima philosophia– y aquel para quien el concepto del mundo es el concepto del cosmos, de la gloria y de la divinidad misma. Sólo allí donde una tal intuición animaba al hombre, podían ser concebidos y expresados pensamientos como los de Anaxágoras: el hombre ha nacido para la contemplación del mundo. El punto de vista de la teoría es el punto de vista de la armonía con el mundo. La actividad subjetiva, aquella en la que el hombre encuentra su satisfacción y campo libre, es aquí únicamente la imaginación sensible (sinnliche Einbildungskraft)” (el destacado es del autor).
  30. Ibidem, p. 162. “La ciencia, como el arte, surgen, por lo tanto, solamente del politeísmo, pues el politeísmo es el sentido abierto y carente de envidia para todo lo bueno y bello sin distinción, el sentido del mundo y del universo. Los griegos recorrían el vasto mundo para extender su horizonte; los judíos rezan todavía hoy con el rostro vuelto a Jerusalén; en una palabra, el egoísmo monoteísta privaba a los israelitas del impulso y sentido libre de la teoría. Ciertamente Salomón aventajaba ‘a todos los hijos de oriente’ en entendimiento y sabiduría, y hasta hablaba (actuaba, agebat) ‘de árboles, de los cedros del Líbano, hasta del hisopo que crece en las paredes, también de animales, pájaros, reptiles y peces’. Pero Salomón no servía a Jehová con todo su corazón; Salomón servía a dioses y mujeres extranjeros; poseía un sentido y gusto politeístas. El sentido politeísta, repito, es el fundamento de la ciencia y del arte” (el destacado es del autor).
  31. Entendemos que esta sacralidad tiene que ver con el cuidado del mundo, de la naturaleza, de ahí la referencia al amor, so pena de caer de nuevo en el egoísmo práctico ya no del monoteísmo, sino del individuo egoísta de la sociedad burguesa.
  32. Xhaufflaire, M., op. cit., pp. 205 y ss.
  33. Ibidem, p. 192. Cuando consideramos de modo problemático intentamos romper el carácter identitario en la constitución de la praxis, pues toda identidad –que no implique ruptura con lo otro de sí– deviene alienación. Recordemos que Feuerbach es un autor de mediación; por lo mismo, no es un autor que sostenga sin más cualquier tipo de identidad, así se trate de la identidad del género humano sin abordarse a la vez la diferencia, la ruptura, la diversidad. Al parecer, en este problema cae Xhaufflaire al presentar la praxis desde una lógica de la identidad, en este caso del género humano en la idea de realizar la “divinidad del hombre”: “En suma Feuerbach no opone la teoría como teoría a la praxis, sino al fin de cuentas un sistema de la identidad del espíritu a un sistema de la identidad de la realidad empírica y sensible que culmina en el hombre. Feuerbach estima, justamente, que esta experimentación de la realidad deja aparecer como indubitable la esfera específica y autónoma de la humanidad. El hombre no puede querer existir a la manera de un animal o un ángel. Tiene el poder de conocer la ‘realidad’ en sí, tal cual es. Su verdadera praxis debe alinearse con lo que él es. Ella consiste en realizar concretamente, por las diversas conductas inspiradas por el amor y la amistad, lo que el hombre es esencial y genéricamente. Debe obrar en todo como si la humanidad genérica fuese la divinidad. Y sí, ella es la divinidad del hombre. Vivir humanamente, es vivir divinamente, por el hombre. Realizar concretamente lo que él es, he ahí la vida del hombre. Y esto que él es, es la teoría suprema, aquella que tiene el ser del hombre por objeto, que dice lo que él es. La antropología es la teoría suprema. Ella piensa no en expresar un ideal abstracto del hombre, sino, luego de una ‘contemplación’ objetiva, hacer depender exactamente de lo que el hombre es y siempre fue ‘realmente’”.
  34. Ibidem, p. 206.
  35. Ibidem.
  36. Ibidem, p. 179.
  37. Desde esta línea de pensamiento, pero cuestionando la reducción antropológica de la teología, véase Robinson, J., Sincero para con Dios, tr. E. G. Forsyth y E. Jiménez, Barcelona, Ediciones Ariel, S. A., 1967, p. 90: “Pero es evidente asimismo que hemos llegado a un terreno peligroso. Pues cuando Feuerbach afirma que ‘la teología no es otra cosa que antropología’, eso significa, para él, que ‘el conocimiento de Dios no es otra cosa que el conocimiento del hombre’. Y su sistema, que desemboca en la deificación del hombre, alcanza su conclusión lógica en el Superhombre de Nietzsche y en la religión de la Humanidad de Auguste Comte”.
  38. Feuerbach, L., La esencia del cristianismo, p. 311. “Sólo por la unión del hombre y de la naturaleza podemos triunfar del egoísmo sobrenaturalista del cristianismo”.
  39. Osier, J-P., op. cit., p. 68. “Este tratamiento privilegiado de la contemplación en detrimento de la práctica, se explica […] en la medida en que tiene por objeto no la cosa misma sino la relación finalista y utilitaria del sujeto a la cosa, lo que es conforme a la distinción de dos objetos, mejor: de dos modalidades de la objetivación del mismo objeto”.
  40. Feuerbach, L., op. cit., p. 160.
  41. Llama la atención la altivez e intención de vapulear y tergiversar el pensamiento feuerbachiano en Heller sobre la ausencia en el escrito del término “trabajo” (Arbeit). No solo este está presente, sino que su empleo es claro, y justamente en oposición a la plegaria, afirmando con ello la actividad práctica –no contemplativa– en el mundo. Véase Heller, A., op. cit., p. 111: “A veces, el destino de toda una filosofía depende de un único punto. Así, si se comparan los elementos constitutivos de la genericidad según Feuerbach con los que Marx expone en los Manuscritos económicos-filosóficos, lo primero que salta a la vista es una desconcertante similitud. Un solo punto, sin embargo, está ausente en el concepto de genericidad de Feuerbach y figura en el concepto marxiano, a saber: el trabajo, esto es, la objetivación en general […]. Pero el trabajo no ‘falta’ en Feuerbach sólo en la serie de elementos constitutivos de la genericidad que él propone; es que no existe en general y en absoluto a sus ojos. Y no se trata de un ‘déficit’ casual, puesto esto precisamente constituye la esencia de su filosofía. No menciona el ‘trabajo’ porque también excluye las instituciones en general, porque también excluye la economía en general. A consecuencia de esta única ‘carencia’ el hombre feuerbachiano flota, por así decirlo, en una ‘espacio vacío’. Feuerbach analizaba el proceso de alienación religiosa porque ésta –al menos así lo creía él– puede superarse cuando se toma consciencia de ella. Pero excluía y consideraba inexistente cualquier otra relación humana que estuviese alienada y cuya alienación no fuese susceptible de superación a través del simple ‘reconocimiento’, de la mera ‘vivencia’, del encuentro con los otros hombres, del contacto de alma a alma” (el destacado es de la autora).
  42. Feuerbach, L., op. cit., p. 170.
  43. Ibidem, p. 172. “La omnipotencia a la que se dirige el hombre en la oración no es más que la omnipotencia de la bondad que para salvar al hombre hace posible lo imposible; en realidad no es más que la omnipotencia del corazón, del sentimiento que rompe todos los límites (Schranken) del entendimiento, que desborda toda las fronteras de la naturaleza, que no quiere que haya otra cosa que sentimiento, que no exista nada que contradiga a la razón. La creencia en la omnipotencia es la creencia en la nada del mundo exterior, de la objetividad (Objektivität), la creencia en la absoluta verdad y validez del sentimiento” (el destacado es del autor).
  44. Xhaufflaire, M., op. cit., p. 179. “Este género de antropomorfismo permanece teóricamente tan ineficaz e irreal como un espiritualismo. Justamente, Feuerbach no inventa ninguna ciencia válida del hombre. Prepara, todavía ideológicamente, las vías en que otros pondrán científicamente a punto. Feuerbach no es ni Freud ni Marx: él es su ancestro”.
  45. Los textos en que la referencia es explícita son los siguientes: Introducción a la crítica de La Filosofía del Derecho de Hegel (Zur Kritik der Hegelschen Rechts-Philosophie) (1841), Manuscritos económico-filosóficos (Ökonomisch-philosophische Manuskripte aus dem Jahre 1844) (1844) y La sagrada familia (Die heilige Familie) (1845).
  46. Arvon, H., op. cit., pp. 122-123. “Apenas seis meses separan La sagrada familia donde Marx pronuncia una vez más y con el mismo calor persuasivo que precedentemente elogia en las críticas filosófica y religiosa de Feuerbach, de las Tesis sobre Feuerbach que, nacidas de la intención firme de Marx de volverse en adelante contra aquello que había defendido con tanta obstinación, llevar a cabo despiadadamente el proceso del humanismo feuerbachiano. Se comprueba, al constatar esta ruptura súbita, cierta sorpresa”. Y más adelante: “La decisión de Marx de terminar con su pasado feuerbachiano, lejos de resultar de una evolución autónoma de su pensamiento, parece corresponder a la historia de la izquierda hegeliana. Contrariamente a la opinión admitida, no es la desavenencia con Bruno Bauer que pone fin a su carrera de ‘joven hegeliano’, sino la toma de conciencia definitiva que le debe a El único y su propiedad, obra maestra de Max Stirner”.
  47. Marx, K. y Engels, F., La ideología alemana, tr. Wenceslao Roces, Barcelona, Ediciones Grijalbo, S. A., 1970, pp. 665 y ss.
  48. Tomamos algunos pasajes de los Manuscritos: “El hombre es un ser genérico no sólo porque en la teoría y en la práctica toma como objeto suyo el género, tanto el suyo propio como el de las demás cosas, sino también, y esto no es más que otra expresión para lo mismo, porque se relaciona consigo mismo como el género actual, viviente, porque se relaciona consigo mismo como un ser universal y por eso libre”. Hasta aquí estaría en consonancia con Feuerbach (Cf. V 28 y ss.). Ahora bien, veamos cómo continúa el análisis: “La vida productivad es, sin embargo, la vida genérica. Es la vida que crea vida. En la forma de la actividad vital reside el carácter dado de una especie, su carácter genérico, y la actividad libre, consciente, es el carácter genérico del hombre. La vida misma aparece sólo como medio de vida”. Y, por último, concluye: “Por eso precisamente es sólo en la elaboración del mundo objetivo en donde el hombre se afirma realmente como un ser genérico. Esta producción es su vida genérica activa. Mediante ella aparece la naturaleza como su obra y su realidad. El objeto del trabajo es por eso la objetivación de la vida genérica del hombre, pues éste se desdobla no sólo intelectualmente, como en la ciencia, sino activa y realmente, y se contempla a sí mismo en un mundo creado por él” (el destacado es del autor) (Cf. Marx, K., Manuscritos, tr. Francisco Rubio Llorente, Barcelona, Editorial Altaya, S. A., 1997, pp. 114, 115 y 116, respectivamente). Respecto a la alienación y la interpretación que Marx da de ella en los Manuscritos, haciendo énfasis en la toma de conciencia sobre la producción de las condiciones de vida de la especie humana como lo propio del ser genérico, Lefèbvre entiende que la fuente de la reflexión marxiana está más cerca de Hegel que de Feuerbach: “La teoría de la alienación, en los Manuscritos de 1844, permanece más próxima al racionalismo hegeliano que al naturalismo de Feuerbach. Ella exige por tanto la superación de la filosofía especulativa, en nombre de la acción y de la práctica; la práctica es concebida como comienzo y fin, como origen de todo pensamiento y fuente de toda solución, como relación fundamental del hombre viviente con la naturaleza y con su propia naturaleza” (Cf. Lefèbvre, H., Le matérialisme dialectique, París, Presses Universitaires de France, 1949, p. 84).
  49. Sánchez Vázquez cuestiona a Feuerbach por haber esfumado el aspecto sensible de la praxis, que halla en Hegel, aunque en forma mistificada. Véase Sánchez Vázquez, A., Filosofía de la praxis, México, Editorial Grijalbo, 1980, p. 114: “El materialismo contemplativo de Feuerbach es incompatible con una verdadera filosofía de la praxis. La crítica que ha sometido a Hegel deja un balance negativo, o más bien desigual, por lo que toca a la concepción de la praxis. Si comparamos la situación a que ha quedado esta concepción después de la ruptura de Feuerbach con Hegel y nos preguntamos: ¿en qué lugar se encuentra la praxis después del descubrimiento –aunque en términos especulativos, mistificados– de Hegel? A esto cabe responder: por un lado, se ha logrado un avance importante hacia una verdadera concepción de la praxis, como actividad material, real, humana; por otro, se registra un retroceso en la marcha hacia esa concepción […] en cuanto en este tránsito o viraje radical de lo Absoluto universal o lo absoluto humano, o del teoricismo absoluto de Hegel al teoricismo antropológico de Feuerbach, se ha evaporado la práctica real, humana, que, aunque en forma mistificada, hallamos en Hegel (particularmente en la Fenomenología y en la Ciencia de la Lógica)”.
  50. Marx, K. y Engels, F., op. cit., p. 665. “Feuerbach aspira a objetos sensibles, realmente distintos de los objetos conceptuales, pero no concibe la actividad humana misma como una actividad objetiva (gegenständliche). Por eso, en La esencia del cristianismo, sólo se considera como auténticamente humano el comportamiento teórico, y en cambio la práctica sólo se capta y se plasma bajo su sucia forma judía de manifestarse. De ahí que Feuerbach no comprenda la importancia de la actividad ‘revolucionaria’, de la actividad ‘crítico-práctica’”. Heller diría, no hace falta comprenda la actividad como revolucionaria, basta que no la conciba como trabajo para anular su carácter objetivo (Heller, op. cit., p. 111). Feuerbach, cuando teoriza sobre la actividad subjetiva de tipo contemplativa (V 206), no lo hace desde la individualidad, sino poniendo el foco en el hombre, en el género; no solo para distinguir el individuo del egoísmo práctico que es lo que sigue en su argumentación, sino porque se llega a la armonía con el mundo a través del vínculo con el género: ¿cómo podría darse tal armonía solo desde el individuo, sino únicamente desde el encuentro del género con su alter ego, a saber, la naturaleza? El individuo por sí no se encuentra en ella sino mediante el género: pensemos que Feuerbach está intentando superar el individualismo sacralizado por la religión. En la exposición acerca del hombre que trabaja (V 222) –como actividad práctica, no teórico-contemplativa–, que no reza, el hombre reconoce los límites del mundo, pero no es consciente de ese vínculo desde su ser genérico; la objetividad aquí está implícita, en oposición a la subjetividad del ánimo (Gemüt). Pero no está claro que se reivindique una modalidad de actividad práctica más allá de este reconocerse en el trabajo como actuando sobre el mundo, pero no objetivamente. Este es el elemento que Marx señala como faltante para una verdadera conciencia de praxis.
  51. Véase Mc Lellan, D., Marx y los jóvenes hegelianos, tr. Marcial Suárez, Barcelona, Ediciones Martínez Roca, S. A., 1971. pp. 130-131.: “La crítica general de Marx a Feuerbach consistía en que las doctrinas de Feuerbach eran puramente ‘contemplativas’; sólo se relacionaban con la interpretación y, por consiguiente, no daban guía alguna para la acción. Parecían ignorar el desarrollo económico e histórico. Marx creía que esta contemplación no era el único modo de conocimiento; tenía que ser complementado por la ‘praxis’”. Más adelante, y en relación con la crítica de la Tesis uno: “Acaso esto no sea totalmente justo para Feuerbach, porque [Marx] le censura por no hacer lo que él no se propuso hacer nunca. Feuerbach, ciertamente, no subestimaba la importancia de la ‘actividad práctica’ […] [pero] nunca prosiguió esta línea de pensamiento: primero, porque el problema religioso fue el único que realmente le interesó a lo largo de su vida, y, segundo, porque no consideraba que la situación de Alemania, en los años centrales de 1840, estuviese madura para una transición de la teoría a la práctica –y los acontecimientos subsiguientes demostraron que tenía razón–. Feuerbach no se oponía, en absoluto, a la actividad práctica en el tiempo adecuado, pero consideraba disparatado el actuar antes de que las mentes de los hombres estuviesen suficientemente preparadas”.
  52. Seguimos en esto a Schmidt, A., Feuerbach o la sensualidad emancipada, tr. Julio Carabaña, Madrid, Editorial Taurus, 1975, p. 44: “De ahí la –instintiva– repugnancia de Feuerbach a abandonarse a la praxis real, que (como Marx nota en la primera Tesis) él fija en su ‘forma fenoménica’ interesado-comercial. Para él es odiosa: negación de su ideal antropológico; pues necesita y engendra hombres particulares, no universales; la naturaleza física no es nada para ella, se la convierte en ‘mero objeto de la voluntad’”. Asimismo, Hook, S., op. cit., p. 257: “El punto es que la naturaleza no se experimenta como algo aislado. Cualquiera sea la realidad en sí misma, la sentimos, la palpamos, y la conocemos como algo para nosotros” (el destacado es del autor).
  53. Véase Post, W., La crítica de la religión en Karl Marx, tr. Rufino Jimeno, Barcelona, Editorial Herder, 1972, p. 56: “Al contrario que en Hegel, para el que las contradicciones de sujeto y objeto quedaban superadas en la última identidad del sujeto, para Marx perdura y se impone la no-identidad. La materia, la naturaleza, los elementos objetivos existenciales del trabajo, etc., son términos sinónimos para designar el ‘fuera-del-yo’”.
  54. De esta manera concluye la tesis cuatro: “Así, pues, por ejemplo, después de descubrir la familia terrenal como el secreto de la familia sagrada, hay que aniquilar teórica y prácticamente la primera” (Marx, K. y Engels, F., op. cit., p. 666). En Feuerbach se daría el primer momento, no el segundo.
  55. Ibidem, p. 45. “Feuerbach aspira, pues, como los demás teóricos, a crear una conciencia exacta acerca de un hecho existente, mientras que lo que al verdadero comunista le importa es derrocar lo que existe” (el destacado es del autor).
  56. Cabada Castro, M., op. cit., pp. 199 y 207. “Pero analicemos, sin embargo, la reflexión misma, más o menos inmediata, sobre la praxis, en el propio Feuerbach. Porque creemos que la diferencia entre Feuerbach y Marx no consiste en que Marx hable sobre la praxis y Feuerbach no, sino en que Marx actúa directamente en la praxis (se entiende, praxis política y revolucionaria), mientras que Feuerbach se muestra más cauto y prudente en lo que se refiere a la actuación inmediata en la dimensión de la praxis revolucionaria. Su praxis es –si se quiere usar el término–, de momento, una “praxis teórica”, de resultados no tan inmediatos, pero quizá –a la larga– más eficaces y duraderos, y que no excluye, en todo caso, en sí misma la praxis revolucionaria en un momento dado”. Y más adelante: “Feuerbach cree, por lo tanto, necesario insistir aún más en los presupuestos teóricos de cualquier crítica política o social. El mismo Marx consideraba de hecho también –como se ha visto– la crítica de la religión como ‘el presupuesto de toda crítica’. Frente al temperamento predominantemente activo de Marx, poseía Feuerbach buena dosis de espíritu ‘contemplativo’ (no entendiendo, sin embargo, este término como simple oposición a la praxis, como hace Marx en sus Tesis sobre Feuerbach) […] [así] Feuerbach no se opone a la ‘acción’, sino que quiere que la acción se realice dentro del marco de las posibilidades reales, para evitar los resultados de una mayor imposibilitación de la acción misma” (el destacado es del autor).
  57. Schmidt, A., op. cit., p. 46. “Feuerbach (al menos el primero) no conoce la praxis más que en contraposición abstracta con la teoría; su órgano de conocimiento es la sensibilidad adiestrada estéticamente, y también científica y filosóficamente, percepción inmediata que deja intacta la independencia de los objetos naturales sin perjuicio de su ‘significatividad’ humana (que los eleva a más de meras porciones de un árido mundo de cuerpos). Esto es precisamente lo que retorna, como hemos dicho, en la idea marxiana de una praxis auténticamente creativa (‘poética’ en sentido estricto)”.
  58. Mondolfo, R., Feuerbach y Marx, tr. M. Alberti, Buenos Aires, Editorial Claridad, 2006, p. 59. “El estímulo para el pensamiento es también estímulo para la actividad práctica; y en esto consiste la fuerza revolucionaria de la palabra; en cuanto que la comunicación del pensamiento es comunicación del impulso para obrar. Es fuerza revolucionaria (la palabra es usada por el mismo Feuerbach), en suma, en cuanto es expresión de la actividad práctico-crítica de la mente, cuyo significado revolucionario Marx declaraba que no había sido entendido por Feuerbach. El tránsito de la teoría a la praxis es un tránsito necesario, inevitable, para Feuerbach, tanto que la praxis se convierte en criterio de la misma verdad de la teoría y ‘lo que se niega en la praxis ya no tiene fundamento en el hombre, no es más que un fantasma imaginario’ […]. Si la teoría es actividad desinteresada, no está por eso en oposición con la praxis, como lo está en vez con el egoísmo. La praxis verdadera, que el egoísmo termina por sofocar y destruir, encuentra, por el contrario, en la teoría su fuente inexhausta. Ésta es la superioridad que Feuerbach ensalza en el paganismo sobre el cristianismo: la civilización es la praxis progresivamente generada por la teoría” (el destacado es del autor).
  59. Marx, K. y Engels, F., op. cit., p. 45. “Reconocemos plenamente, por lo demás, que Feuerbach, al esforzarse por crear precisamente la conciencia de este hecho, llega todo lo lejos a que puede llegar un teórico sin dejar de ser un teórico y un filósofo” (el destacado es del autor). Al respecto, véase Schmidt, A., op. cit., p. 45: “No obstante –sobre ello instruyen los Manuscritos de París– precisamente la abstinencia de Feuerbach frente a la praxis existente se convirtió en fermento de una teoría de la praxis futura”.
  60. Seguimos, en este punto, la perspectiva de Mc Lellan, D., op. cit., p. 131.
  61. Tomamos esta expresión de la lectura que tiene Dilthey sobre Schleiermacher: “El centro, por lo tanto, de su teología lo constituye la fenomenología de la conciencia religiosa” (Dilthey, W., Hegel y el idealismo, tr. Eugenio Imaz, México, Fondo de Cultura Económica, 1944. p. 352). Véase también Kamenka, E., op. cit., p. 35: “La religión llega a ser para Feuerbach el fenómeno fundamental en la historia de la cultura humana; entenderla es entender al hombre. Fue por esta razón que negó ansiosamente se lo considere ateo: no quiere destruir la religión, sino explicarla”.
  62. Mondolfo, R., op. cit., pp. 52, 60 y 61. “Pero para que la capacidad potencial se convierta en fuerza operosa y en praxis, se requiere que sienta su propia incumplida actuación, que encuentre el impulso para el desenvolvimiento en la conciencia de los límites que se le oponen”. Más adelante: “Pero el concepto real de la actividad presupone una determinación definida; quiere ser relación concreta de sujeto y objeto, contraste concreto de tendencia y de límite, de necesidad y de obstáculo […]. He ahí por qué tal concepto real puede existir solamente en el naturalismo; he ahí por qué sin teoría, que en el conocimiento de la naturaleza dé consciencia de los límites opuestos a las tendencias humanas y suscite de la necesidad la aspiración a convertir la potencia en acto, no es posible verdadera praxis u operosidad concreta y efectiva”. Y por último: “Así el objeto, oponiéndose como límite o negación al sujeto, se convierte en el móvil de propulsión dialéctica no sólo del desarrollo individual, sino también del de toda la humanidad, y la historia se revela como una sucesión de victorias sobre los obstáculos que de cuando en cuando se presentaban casi como límites del desenvolvimiento humano”. Respecto a esta última lectura, es evidente la influencia de Fichte; baste reemplazar al sujeto por el Yo y resignificar el objeto como no-yo. El problema es el siguiente, que también lo tiene Fichte y nos permite entender por qué el objeto de referencia central será la naturaleza: el objeto como límite a ser superado no es otra cosa que la naturaleza como no-yo, y ello expresa –veladamente– el punto de vista del egoísmo práctico, esto es, del dominio utilitarista. Feuerbach pondera el trabajo como superación de la subjetividad del ánimo, pero este no debe comprenderse como expresión del egoísmo práctico, sino como actividad en que el sujeto actualiza su esencia –dejando de lado la plegaria– en el mundo, del cual es miembro y por el cual se halla limitado. En este sentido, el mundo es límite (V 222). La cuestión radica en qué tipo de relación tiene el sujeto con el objeto, es decir: con el mundo y con la naturaleza, esta es la intención de la crítica feuerbachiana (V 205 y ss.).
  63. Feuerbach, L., op. cit., pp. 170 y 182. “En una palabra, [el hombre] limita (beschränkt) y condiciona su ser por el mundo del que se considera miembro, y sus deseos mediante la idea de necesidad”. Y más adelante: “Cuanto más el hombre se aleja de la naturaleza, tanto más subjetiva se hace su percepción”.
  64. Ibidem, pp. 197-198. “Todas las determinaciones divinas, todas aquellas que constituyen a Dios en cuanto Dios, son determinaciones del género –determinaciones que están limitadas (beschränkt) en el particular, en el individuo, mientras que estos límites (Schranken) son suprimidos en la esencia del género y hasta en su existencia– en cuanto él tiene su correspondiente existencia en todos los hombres tomados en su conjunto”. Y concluye: “El género es ilimitado (unbeschränkt), sólo el individuo es limitado (beschränkt)” (el destacado es del autor).
  65. En La esencia del cristianismo, no hay una lectura de la naturaleza como base ni como fundamento del hombre, sino, a lo sumo, como objeto de contemplación. La referencia en V 444 de que solo se triunfa del egoísmo sobrenaturalista del cristianismo a través de la unión del hombre con la naturaleza pertenece a la “Aplicación Final” (Schlussanwendung) y se incorpora como capítulo veintiocho en la segunda edición (1843); asimismo, el autoproclamarse “naturalista espiritual” (geistiger Naturforscher) (V 15) es una expresión que no hallamos más que vagamente en la primera edición. Esto es: en 1841 la naturaleza tiene un tratamiento ambiguo, no orgánico, pero no así desde 1842 en adelante. Véase, al respecto, Feuerbach, L., op. cit., V 307, p. 223: “El hombre es lo que es gracias a la naturaleza, cualquiera que sea el campo de su propia actividad; pero hasta su propia actividad tiene su fundamento en la naturaleza, en relación a su naturaleza. ¡Hay que dar las gracias a la naturaleza! El hombre no se puede separar de ella; el germano, cuya dignidad es la espontaneidad, debe su carácter a su naturaleza, de la misma manera que el oriental”. Vemos que hay una ambigüedad en el uso del término “naturaleza”: como mundo real, objeto de la sensibilidad, y como esencia, especificidad, carácter.
  66. Ibidem, p. 179.
  67. Osier, J-P., op. cit., p. 68. “La humanidad se manifiesta, en efecto, por su función cultural, que el Cristianismo desposee (dépposédée). Respecto a esto, es interesante notar que Feuerbach no relaciona este predominio de la cultura a la actividad humana por excelencia en la Fenomenología: el trabajo como Bildung del esclavo. En él, al contrario, la cultura depende esencialmente de la contemplación (Anschauung, Beschauung, Beobachtung): el ojo constituye el instrumento teórico por excelencia, y esto es porque la filosofía comienza por la astronomía: ‘El cielo le recuerda al hombre su destino: él no está puramente ni simplemente destinado a actuar, sino también a contemplar’. Este tratamiento privilegiado de la contemplación, en detrimento de la práctica, se explica fácilmente siempre y cuando no se olvide que toda práctica es para Feuerbach interesada y subjetiva” (el destacado es del autor).
  68. Ibidem. Osier se sorprende, en apariencia, de que Feuerbach no conciba el trabajo como cultura. Ahora bien, en V 222 Feuerbach contrapone el trabajo al subjetivismo del ánimo; pero, si toda actividad práctica es subjetiva e interesada –tal como explica Osier–, ¿a qué hacer referencia al trabajo y su relación con el mundo en que este opera como límite?, ¿a qué distinguirlo de la oración? Veamos el comentario que hace del pasaje de V 222, Ibidem, p. 41: “Así, el trabajo es la realización objetiva, mediada, de un deseo, que no puede ser objetivo más que si se lo realiza mediatamente. La serie indefinida de estas mediaciones se manifiesta como obra de la cultura”. Pero resulta que la contemplación es la actividad de la cultura por excelencia, no el trabajo. Feuerbach, no siempre coherente, no pudo sacar las consecuencias de sus puntos de vista: si la contemplación es una praxis pagana, el “principio nórdico” (nordische Prinzip) ¿no sería lo propio del trabajo? Al parecer, no percibe el trabajo como cultura, al menos no cuando habla de ella. Es sorprendente, más allá de la reserva de reducir toda actividad práctica al egoísmo que intenta superar a través de la contemplación, que no haya profundizado la Bildung de la Fenomenología: máxime si el esclavo se emancipa del Dios absoluto a través del trabajo y su relación con el mundo. Es más, continuando con el símil: el amo permanecería más bien ocioso, entregado a la contemplación, al goce estético (Cf. Hegel, G. W. F., Fenomenología del espíritu, pp. 113 y ss.; Feuerbach, L., op. cit., p. 170).
  69. Ibidem, p. 161. “Los judíos han conservado hasta hoy mismo su manera de ser. Su principio, su Dios, es el principio práctico del mundo” (el destacado es del autor).
  70. Retomamos aquí la distinción que establece Althusser (Feuerbach, 1960: 7) con relación al objeto: Gegenstand y Objekt. Aquí se percibe con claridad el mundo dual, el objeto dual, en función de operar como límite o bien como extensión ilimitada de la subjetividad.
  71. Ibidem, p. 236. “El limitado entendimiento humano se escandaliza por la existencia independiente del mundo porque sólo la considera, desde un punto de vista práctico y subjetivo, como algo vulgar, como máquina-instrumento, no en su gloria y majestad, no como cosmos. Su cabeza choca contra el mundo. El choque conmueve su cerebro, y en esta sacudida objetiva exteriormente su propio choque como choque primordial que arroja el mundo a la existencia, de tal manera que el mundo prosigue su curso eternamente a la manera como la materia es puesta en movimiento por medio de un impulso matemático: es decir, su pensamiento le asigna un origen mecánico. Una máquina debe tener un comienzo; lo exige su mismo concepto, pues no tiene en sí misma el principio de movimiento”.
  72. Ibidem, p. 196. “[…] la verdadera libertad es sólo la que se limita por la contemplación del mundo, de la naturaleza” (el destacado es del autor).
  73. Recordemos que, cuando se refiere a ella como objeto en La esencia del cristianismo, el término que utiliza es Objekt, no Gegenstand (V 205).
  74. Cf. al respecto Tomassoni, F., Ludwig Feuerbach e la natura non umana. Ricostruzione genetica dell’Essenza della religione con pubblicazione degli inediti, Firenze, La Nuova Italia, 1986.
  75. Marx, K. y Engels, F., La ideología alemana, p. 48. “Por lo demás, esta naturaleza anterior a la historia humana no es la naturaleza en que vive Feuerbach, sino una naturaleza que, fuera tal vez de unas cuantas islas coralíferas australianas de reciente formación, no existe ya hoy en parte alguna, ni existe tampoco, por tanto, para Feuerbach”. Notemos algo: ¿en qué momento escribe algo semejante Feuerbach?, ¿cuándo interpretó la naturaleza como lo absolutamente puro de la percepción? Sin embargo, esta interpretación caricaturesca de Marx sin más se la da por sentado. En su trabajo sobre el concepto de “naturaleza” en Marx, Schmidt retoma a Lefèbvre y refuerza esta línea de interpretación. Véase el siguiente pasaje: “No sólo la naturaleza, como afirma con razón Lefébvre, es siempre algo ya trabajado por el hombre, sino que también los dominios naturales aún no incorporados a la producción humana –la selva virgen o el atolón del Pacífico de que habla Lefèbvre– sólo se pueden visualizar y concebir bajo las categorías de la naturaleza ya apropiada. Igual que en la Estética de Hegel, cuando afirma contra la opinión corriente que la percepción de la belleza natural ya presupone la belleza artística, también en Marx la naturaleza aún no socialmente mediada sólo se vuelve relevante bajo el aspecto de su posible laboriosidad” (Cf. Schmidt, A., El concepto de naturaleza en Marx, tr. Julia Ferrrari de Prieto y Eduardo Prieto, México, Siglo xxi Editores, S. A., 1976. p. 60). Ahora bien, y hablando de ciencia, ¿no la define explícitamente Feuerbach como conciencia de los géneros, y no dice que el hombre es el único ser que tiene por objeto su género y los otros géneros (V 28)? ¿Qué significa ello sino que, a partir de la conciencia de sí, conocerá la naturaleza? Y, a la vez, ¿cómo va a tener conciencia de sí sino es por los otros? Y es a partir de allí, de este encuentro del yo con el tú, a partir de lo cual se llega a la naturaleza, a tomar conciencia de ella, y no antes. Todo esto lo dice explícitamente (V 165). No se entiende cómo podría concebirse una lectura pura de la naturaleza en Feuerbach, cosa que nunca dijo. Por lo demás, la misma confusión constante en La esencia del cristianismo, la misma ambivalencia al establacer el límite de la subjetividad por el mundo o la naturaleza, a veces uno a veces otro (V 222, 242), a veces ambos (V 263; VI 43), ¿no es también prueba de que no la concibe en su pureza, tal como pretende Marx y con ella toda la estela marxista? Por último, de ser esta la lectura, ¿cómo podría ser el caso que el pagano se vincule a la naturaleza y no más vale el buen salvaje rousseauniano? Véase, por ejemplo, el siguiente pasaje (V 263), tan precioso además para nuestro objeto de estudio: “En el cristianismo el hombre se concentró sobre sí mismo, se desprendió de toda conexión con el mundo (Zusammenhang des Weltganzen), se convirtió en una totalidad autosuficiente, en un ser absoluto, extra y supramundano. Precisamente por eso, ya no se consideraba como un ser perteneciente al mundo; habiendo roto toda conexión con él, se sentía como un ser ilimitado –pues el límite de la subjetividad es el mundo, la objetividad (Objektivität)–, no tenía ya ningún motivo para dudar de la verdad y validez de sus deseos y sentimientos subjetivos. Los paganos, en cambio, no ensimismados ni ocultos en sí mismos ante la naturaleza, limitaban su subjetividad por la visión del mundo. La manera como los antiguos celebraban la gloria de la inteligencia y de la razón era tan liberal y objetiva como para permitir que lo otro del espíritu, la materia, viviera, y viviera, por cierto, eternamente, tanto teórica como prácticamente. Los cristianos acreditaban su intolerancia tanto práctica como teórica: creían asegurar la vida subjetiva eterna creyendo en el fin del mundo (Untergang der Welt), aniquilando lo contrario de la subjetividad: la naturaleza (Natur)” (el destacado es del autor) (Cf. Feuerbach, L., op. cit., p. 195). Una lectura semejante tenemos en Lecciones sobre la esencia de la religión. Véase el siguiente pasaje (VI 43): “El teísmo, la teología, es precisamente lo que ha arrancado al hombre de su conexión con el mundo, convirtiéndolo en un yo aislado, en un ser que, soberbio, se eleva por sobre la naturaleza. Y es sólo desde este punto de vista que se identifica a la religión con la teología, con la creencia en un ser externo a la naturaleza y trascedental como el ser verdadero, divino. Pero originariamente la religión no expresa otra cosa que el sentimiento humano de conexión, de unidad con la naturaleza o el mundo” (Natur oder Welt) (el destacado es del autor) (Cf. Feuerbach, L., La esencia de la religión, p. 59).
  76. Hook, S., op. cit., p. 253. “Aquellos que destruyen la continuidad entre el hombre y la naturaleza reintroducen de forma mística y enmascarada al Dios sobrenatural”.
  77. Kamenka, E., op. cit., p. 72. “Si el hombre no reconoce la naturaleza, no puede reconocerse a sí mismo”.


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