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7 Ética y política

“Vivir de acuerdo con la naturaleza” (“in Übereinstimmung mit der Natur leben”). Con esta cita estoica concluye Feuerbach Aportes (IX 62). Si leemos con atención todo el escrito y a la vez tomamos esta idea como hilo conductor del pensamiento del autor, desde allí hasta el final de la década siguiente, este puede funcionar sin inconvenientes como un bajo continuo. La crítica que inicia con Hegel (IX 17 y ss.) se centra –en principio– en la unilateralidad: solo concibe la naturaleza desde la subordinación, olvidando la coordinación, la coexistencia (IX 17). Y todo lo que existe existe como limitado espacio temporalmente (coordinación y subordinación; existencia y subordinación), como autolimitación (Selbstbeschränkung) (IX 20). Sería imposible que la Encarnación se realice, porque anularía la condición misma de todo lo existente, a saber: el limitarse espaciotemporalmente (IX 20, 21; V 271) sería el fin de la historia (Ende der Geschichte), el fin del mundo (Ende der Welt). Dios, por lo mismo, tampoco podría existir (V 342)[1]. Claro que –en cuanto objeto religioso– pertenece a la intimidad (V 45)[2]: existe en los individuos singulares y en el plano de la conciencia[3].

Partiendo de la tesis central de La esencia del cristianismo, de que Dios es –en esencia– el género humano (V 18, 35), la cuestión de la autolimitación (IX 20) –y esto es central para la referencia a la naturaleza– deja por fuera del análisis tanto al hombre como a Dios. De hecho, en Aportes no se habla ni de uno ni de otro, pero sí del yo en clave empírica (IX 36, 45)[4] y, como vimos, de Cristo como el Dios-individuo encarnado, es decir: del yo absoluto[5]. Nuestra interpretación, somos conscientes de ello, se acerca a la perspectiva crítica de Stirner. Pero diferimos con él en lo central: él rechaza la esencia genérica, percibiendo detrás de ella a un nuevo Dios. Así, reconoce solamente el yo particular, absoluto, singularísimo, egoísta[6]. Nosotros partimos de Feuerbach, porque entendemos que a través del planteamiento del límite –así no lo explicite– de modo genético-crítico responde al problema de la escisión del hombre con su propia esencia, esto es, al problema de la alienación (Entfremdung) (IX 247)[7].

Si bien no lo desarrolla el filósofo de Bruckberg, interpretamos que hay una perspectiva ética de la autolimitación (Selbstbeschränkung)[8]. Se trata de una expresión utilizada en dos oportunidades por Feuerbach (IX 20 y V 437). Veamos los pasajes (IX 20):

Todo lo que acontece en el espacio y el tiempo debe plegarse a las leyes del espacio y el tiempo. El Dios Término (GottBegrenzung”) se erige en guardia de la entrada del mundo. Autolimitación: tal es la condición para entrar. Lo que es siempre real, sólo es real como algo determinado[9].

Véase además (V 437):

La única limitación que no contradice la esencia del amor es la auto-limitación del amor por la razón, por la inteligencia. El amor que desprecia el rigor, la ley de la inteligencia, es, teóricamente, un amor falso y, prácticamente, un amor funesto[10] (el destacado es del autor).

Estamos de acuerdo con Martínez Hidalgo[11] en que la ética precisamente debe responder al problema de la religión, pero, y siguiendo la interpretación que hace Bloch de la filosofía feuerbachiana[12], ¿cómo no ver el límite como elemento central? La imaginación, organon de la religión, anula los límites de la sensibilidad (V 360); el tipo de subjetividad propio de la religión es la subjetividad ilimitada (V 230, 237), ¿a qué ir con el principio de felicididad de la mano de una ética eudemonista[13] si la cuestión reside en limitar genuinamente la subjetividad?

Este interés por el límite no es exclusivo del periodo 1839-1843, sino que está presente en la primera página de la tesis doctoral, como también en Pensamientos sobre muerte e inmortalidad (Gedanken über Tod und Unsterblichkeit) (1830). Véase una mirada retrospectiva en Lecciones (VI 21):

Del mismo modo que en mis escritos posteriores, los últimos, puse a la naturaleza antes que al hombre, en aquel escrito [los Pensamientos] polemizaba también contra una personalidad no natural, absoluta y, consecuentemente, eternamente perdurable; en resumen, contra la personalidad fantástica, expandida sin límites más allá de la realidad, tal como es concebida en la creencia habitual en Dios y la inmortalidad. El primer párrafo se denomina “El fundamento metafísico o especulativo de la muerte” […]. Allí sostengo que el límite de la personalidad es la naturaleza, por el sentido cuando no por las palabras; cada cosa externa a mí es un indicio de mi finitud, una prueba de que no soy un ser absoluto, que tengo mi límite en la existencia de otros seres y que, por lo tanto, no soy una persona inmortal[14].

Y en una lectura comprehensiva, en una analogía entre naturaleza y hombre, hallamos este pasaje en Lecciones sobre lógica y metafísica (Vorlesungen über Logik und Metaphysik) (1834):

El límite es también la igualdad de sí, identidad consigo mismo, el ser, lo positivo. Ese algo determinado tiene su límite en esta determinación, su fin (Ende); no es él el otro, tiene su límite en el otro, como el color blanco, en tanto cualidad, no es el negro; tiene su límite en él, tiene una limitación en lo que hace al ser color; pero este límite también constituye su naturaleza, es él mismo, no sólo es uno con el ser, sino el ser de este ser determinado como algo determinado. Es precisamente este límite lo que define su vida en sí mismo, su ser-en-sí, el límite no es una barrera (Schranke) para él, es uno consigo, está satisfecho consigo mismo. Esto aparece en todas partes en la naturaleza. El pez está en el agua; este poder ser sólo en el agua es una limitación; el pez no puede ir más allá del agua, es su límite infranqueable; con la abolición de este límite, su ser deja de existir. Pero precisamente porque la negación de este límite niega su ser, este límite es su ser. El agua no es una barrera para él; está satisfecho en ella, no desea estar allende a ella. Lo mismo pasa con el hombre, le cuesta decidirse: de joven le gusta vagar por todo indefinidamente, no quiere meterse en algo en concreto, la determinación le resulta una pérdida de su libertad, [le resulta] ilimitación e indeterminación. Pero aparece así sólo al principio, solamente al comienzo emerge en la determinación el momento de la negación; luego uno se encuentra a sí mismo en este límite, luego se siente como en casa, feliz en él; es precisamente este límite, al que sólo se entra con desgana como limitación, pero que luego constituye la paz del alma, su felicidad; ya no lo siente más como una barrera, se vuelve uno consigo mismo, uno con el ser[15].

Al analizar esta analogía de la vaga y vana juventud, por un lado, y la madurez del hombre, por otro, nos es lícito interpretar en ella el pasaje de la subjetividad ilimitada del individuo religioso al hombre que se afirma a sí en un vínculo contemplativo con la naturaleza. Este pasaje, esta transferencia de un sentido a otro expresa, precisamente, la autolimitación. En Aportes autolimitación es del hombre en la naturaleza, a la que considera el patrón de medida de la moralidad en el vínculo con ella (la libertad racional no se contrapone a la naturaleza) (IX 61); en esta misma línea continúa en las Tesis, en que se manifiesta la intención de naturalizar la libertad (IX 262)[16]. En La esencia del cristinismo, específicamente, la autolimitación es el amor racional mediado por el compromiso del matrimonio, pero esto último es un caso particular, porque el punto es que el amor es universal (IX 437).

Ahora bien, el hombre, como ser genérico (Gattungswesen), es efecto de la recuperación de la esencia en el individuo singular[17], perdido en la subjetividad ilimitada del Dios cristiano. Tal reivindicación del hombre, en esta ética de la autolimitación, no estaría completa sin a la vez limitarlo por algo allende al género mismo (IX 444)[18]. Este es el rol que cumple la naturaleza[19]: base y fundamento del hombre (IX 337, 259).

Pongamos en consideración, entonces, cómo opera el límite en relación con la comunidad abstracta, indeterminada, de los hombres. Veamos los siguientes pasajes (IX 252):

Espacio y tiempo son las formas de existencia de todo ser (Wesen). Sólo la existencia en espacio y tiempo es existencia. La negación de espacio y tiempo es siempre, únicamente, la negación de sus límites, no la de su ser (Wesen). Una sensación intemporal, una voluntad intemporal, un pensamiento intemporal, un ser (Wesen) intemporal, son quimeras (Undinge). Quien no tiene ningún tiempo, tampoco tiene ni urgencia para querer y para pensar[20] (el destacado es del autor).

Y a continuación:

La negación de espacio y tiempo en la metafísica, en el ser (Wesen) de las cosas, tiene las más funestas consecuencias prácticas. Sólo aquel que se sitúa por doquiera en el punto de vista del tiempo y del espacio, tiene también en la vida tacto y entendimiento práctico. Espacio y tiempo son los primeros criterios de la praxis. Un pueblo que excluye el tiempo de su metafísica y diviniza la existencia eterna, es decir, abstracta, separada del tiempo, también excluye consecuentemente de su política al tiempo y diviniza el principio de estabilidad opuesto al derecho y a la razón y antihistórico[21] (el destacado es del autor).

Tal contextualización –que supone necesariamente la espacio-temporalidad– implica desarrollo, movimiento, dinamismo en el seno de la praxis[22]. A continuación, ajusta la mirada en una crítica a la filosofía hegeliana, de la mano de la noción de “desarrollo” (Entwicklung) (IX 252). No olvidemos que este pasaje se expone a continuación de la praxis situada[23]:

La filosofía especulativa ha convertido al desarrollo, separado del tiempo, en una forma, un atributo de lo absoluto. Pero esta separación entre el desarrollo y el tiempo es una verdadera obra maestra de arbitrariedad especulativa y prueba concluyente de que los filósofos especulativos han hecho precisamente con su absoluto lo mismo que los teólogos con su Dios, el cual tiene todas las pasiones del hombre pero sin pasiones, ama sin amor y se irrita sin ira. Desarrollo sin tiempo es tanto como desarrollo sin desarrollo. La proposición: el ser (Wesen) absoluto se desarrolla desde sí mismo es una proposición verdadera y racional únicamente si es invertida. Debe decirse, por tanto: sólo un ser (Wesen) que se desarrolla, que se despliega temporalmente, es un ser (Wesen) absoluto, es decir, verdadero, real[24] (el destacado es del autor).

Y seguido a esto: “Espacio y tiempo son las formas de revelación del infinito real[25] (el destacado es del autor).

De modo que la idea de política se consagra en el pasaje de la comunidad celeste, abstracta (V 136, 277)[26] al Estado, prototipo de la comunidad política[27]: limitar significa aquí contextualizar la comunidad, situarla, establecer un juego de mediaciones, pero de un mismo sujeto, que es el hombre (IX 261)[28]. Véase el siguiente pasaje (IX 262):

El Estado es la totalidad realizada, desarrollada y explicitada, de la esencia (Wesen) humana. En el Estado son realizadas las cualidades o actividades esenciales del hombre en estados particulares, pero son reducidas de nuevo a la identidad en la persona del jefe de Estado. El jefe del Estado tiene que representar a todos los estados sin distinción; ante él, todos son igualmente necesarios y están igualmente justificados. El jefe del Estado es el representante del hombre universal[29].

El Estado es la comunidad realizada, desarrollada –recordemos que, luego de caracterizar a la praxis como situada, continúa con la elucidación del concepto de “desarrollo” (Entwicklung) (IX 252)–, explicitada de la esencia. Por el Estado el hombre se realiza[30], se torna efectivamente real, esencia contextualizada, espaciotemporalmente determinada.

Pero no es solo eso: el Estado es principio de identidad. La misma identidad postulada para el hombre por sobre las múltiples cualidades de ciudadano, sujeto, persona, juez, artista, etc. (IX 261). Esta variedad también expresa la multiplicidad de objetos en La esencia del cristianismo (V 33)[31]. Pero manifiesta, sobre todo, la relación entre la esencia una y el género múltiple (V 276).

El jefe de Estado es el hombre universal porque no hay Dios. Y no hay Dios porque la idea de comunidad política conlleva operar en clave espaciotemporal: ya habíamos visto que la autolimitación refiere directamente al límite espaciotemporal (IX 20), allí no cabe el ente absoluto (sea Cristo, sea Dios) porque implicaría el fin de la historia, al anularse la temporalidad, justamente por su carácter absoluto (IX 20; V 271). Lo interesante de este movimiento radica no solo en el señalamiento del extrañamiento (Entfremdung) como el poner la esencia por fuera de sí (IX 247), sino a la vez en el señalar sus consecuencias funestas en el plano político (IX 252, 261). De modo que, una vez concebida la comunidad política como necesariamente contextualizada, se devela la verdad de la política, a saber: Dios niega la política por su carácter ilimitado. Sin límite, no habría política –genuina al menos–, porque no habría praxis (IX 252)[32].

Ahora bien, el hombre-Dios ¿no encarnaría a su vez la negación de la política por su carácter ilimitado? Entendemos válida la crítica de Stirner[33]. Pero, en este segundo cuestionamiento, queda claro que la esencia del hombre se determina en el género como multiplicidad existente (V 267, 272). Es verdad que en el otro, en cuanto representante de la humanidad, reside un sesgo de inmanencia, pero cada individuo actualiza el género en su vincularse a otro, a un tú, y no a un tú cualquiera (V 277)[34]:

En efecto, la esencia del hombre es una, pero esta esencia es infinita; su existencia real es, pues, una infinita variedad que se complementa mutuamente para revelar la riqueza de la esencia. La unidad en la esencia es pluralidad en la existencia. Entre yo y el otro –pero el otro es el representante del género; aunque sólo sea uno reemplaza para mí la necesidad de muchos otros, tiene para mí una significación universal; es el diputado de la humanidad que habla en su nombre a mi soledad; tengo, por lo tanto, una vida humana y comunitaria, aunque esté unido con uno solo–, entre yo y el otro existe una diferencia esencial cualitativa[35] (el destacado es del autor).

Este vincularse es lo que forja el lazo y con ello la comunidad, pero no en sentido abstracto: ¿qué rol cumpliría entonces la comunidad política contextualizada si no es el de presentar la unidad del género existente en un Estado? El género existente sin una idea de Estado o de comunidad política particular devendría en una indefinida multitud desperdigada sin más (V 277)[36], que es lo que Feuerbach rechaza de antemano, justamente por ser una opción abstracta, indeterminada, indefinida.

Ahora bien, y por último, ¿cuál es aquí el rol que le cabe a la religión?, ¿por qué superado y suprimido Dios de la comunidad política, del Estado –en cuanto ente absoluto, ilimitado–, no se erradica con él la religión de la política?

Compartimos el punto de vista de Abensour, pero desde otros supuestos, que pasaremos a explicar brevemente y que se deducen de todo lo anterior.

Para este autor, la política debe volverse religión, sacralizarse, no sin antes negarse, en un tipo de mediación dialéctica[37]. No olvidemos que la conciencia humana restituye sus derechos en el develamiento de la esencia, esto es: a través del antropoteísmo, consecuencia teórica y práctica de la reducción de Dios a la esencia del hombre. Dios, objeto más íntimo (V 45), se descubre como unidad inmediata de género e individuo (V 269).

Si bien la religión es la primera conciencia humana (V 46), esa mirada al interior que suplanta las relaciones con el mundo –luego de la vuelta a sí del sujeto limitado por el mundo o la naturaleza, e ilimitado por el género– se dirige al exterior (V 20):

Todo lo que hago a la religión (como a la filosofía o teología especulativa) es abrirle los ojos o, más bien, volver hacia el exterior los ojos que ella dirige hacia el interior, en otras palabras, me contento con transformar el objeto de la representación o de la imaginación en objeto de la realidad[38].

Por ello, la política no preexiste a la religión, sino al revés. Hay política porque hubo religión, esto es: autoconciencia de sí, pero mediada por Dios[39]. En este sentido, Abensour encuentra en la primera la negación de la segunda, y en la sacralización de la política, el hacer de ella la forma más alta de religión: autoconciencia sin Dios de la divinidad del hombre[40]. Empero, radica aquí un problema: ¿cómo situamos espaciotemporalmente al hombre en el Estado desde una concepción religiosa, sabiendo que ella tiende a suplantar los límites de la sensibilidad? Así la religión extienda una mirada al exterior, no deja de operar el corazón, el sentimiento: de ahí la crítica de Engels[41].

Se comprende, entonces, que, en el plantemiento de la praxis (IX 252) y del Estado (IX 262), Feuerbach no hable explícitamente de religión[42]. Y ello creemos porque anula los límites de la sensibilidad[43], así se trate de un tipo de religión que divinice al hombre por sobre las ruinas de Dios[44].

O Dios o naturaleza, o religión o política son disyunciones excluyentes. O, en clave de mediación dialéctica, son opuestos. A la naturaleza se llega superando la conciencia de Dios, pues, a través de los otros, nos hacemos conscientes de ella (V 166)[45], ¿cómo podríamos abordarla– desde la lectura crítica del cristianismo– sin abolir primero a Dios (V 444)[46]? Del mismo modo, a la política se llega suprimiendo la religión. Pero nuestra lectura, a diferencia de Abensour, y ello es específicamente nuestro aporte, consiste en señalar el problema siempre abierto en lo que hace a la especificidad de la religión, en cuanto suprime los límites de la sensibilidad a través de la imaginación (V 361)[47] –su organon– y en perjuicio de la praxis. Este gesto de sacralizar, como indica críticamente Abensour, ¿no podría derivar en la vuelta al misticismo estático de un presente eterno? Aut, aut.


  1. Feuerbach, L., op. cit., p. 247. “Existencia, existencia empírica y real sólo me la dan los sentidos. Y la existencia tiene en la cuestión de la existencia de Dios no el significado de realidad interior, de verdad, sino el significado de existencia formal y exterior, de una existencia tal como compete a toda realidad sensible, fuera del hombre y existente independientemente de su convicción, de su espíritu” (el destacado es del autor).
  2. Ibidem, p. 64. “Con relación a los objetos sensibles la conciencia del objeto es separable de la conciencia de sí; pero en el caso del objeto religioso coincide inmediatamente la conciencia con la autoconciencia. El objeto sensible es exterior al hombre, el objeto religioso está en él, le es interior; por eso es un objeto que no le puede abandonar, como tampoco le abandona su autoconciencia o su conciencia moral. Es un objeto íntimo, el más íntimo y próximo de todos los objetos” (el destacado es del autor).
  3. Cf. Osier, J.-P., op. cit., p. 23. Para este autor, la conciencia es la relación entre finitud e infinitud.
  4. Feuerbach, L., Aportes para la crítica de Hegel, p. 36. “¿Acaso desde el comienzo de la ciencia no tropezamos aquí con la misma contradicción que en la filosofía de Fichte? Allá, la contradicción entre el yo puro y el yo empírico real; aquí, la contradicción entre el ser puro y el ser empírico real”. Véase también p. 45: “El árbol limita mi espalda; me despoja del lugar que ya ocupa”.
  5. Tal es el paralelismo que hace con Hegel, en cuanto pensador absoluto (IX 22). “Lo mismo rige para la teoría de la Encarnación en el dominio del arte y de la ciencia. Si la filosofía hegeliana fuera la realidad absoluta de la idea de la filosofía, la detención de la razón en la filosofía hegeliana tendría necesariamente que acarrear la detención del tiempo; pues si el tiempo prosiguiera como antes su triste curso, la filosofía hegeliana perdería infaliblemente el predicado de lo absoluto” (ibidem, p. 21).
  6. Cf. Stirner, M., op. cit., p. 214. “¿Qué soy, pues, para ti? ¿Soy ese yo en carne y hueso que va y viene? ¡De ningún modo! Ese yo, con sus pensamientos, sus determinaciones y sus pasiones, es ‘algo derivado’ que no te concierne, ‘una cosa para sí’. Como ‘cosa para’ ti no existe más que mi concepto, el concepto de la especie a la que pertenezco, el Hombre, que se llama tal vez Pedro, pero podría llamarse lo mismo Juan o Miguel. Tú ves en mí, no a mí, el real, el corporal, sino al irreal, al fantasma: un Hombre”. Y más adelante: “¿Estamos por eso más avanzados que al comienzo del Cristianismo? Nuestro espíritu debía entonces ser divino, hoy debe ser humano; pero si lo divino no bastaba a expresarnos, ¿cómo podría lo humano expresar todo lo que nosotros somos? Feuerbach, por ejemplo, cree haber descubierto la verdad cuando humaniza lo divino. Si el Dios nos ha hecho sufrir cruelmente, ‘el Hombre’ está en situación de martirizarnos más cruelmente aún”.
  7. Feuerbach, L., La filosofía del futuro, p. 31. “Abstraer significa colocar la esencia (Wesen) de la naturaleza fuera de la naturaleza, la esencia (Wesen) del pensar fuera del acto de pensar. La filosofía hegeliana ha extrañado (entfremdet) al hombre de sí mismo al apoyar su sistema completo en estos actos de abstracción” (el destacado es del autor).
  8. Cf. Dacuy, M., “Deus como resposta ao caráter absoluto das determinações essenciais na filosofia de Ludwig Feuerbach”, en Chagas, E., et al., A filosofia critica de Feuerbach, Porto Alegre, Fi Editora, 2020, pp. 38-52. En la bibliografía no hay referencias, en general, a la relevancia ética del límite. Solo a modo de señalamiento que conlleva un posterior desarrollo, véase Martínez Hidalgo, F., op. cit., p. 17: “La ética feuerbachiana soslaya el modelo imperativo centripetado en el obsesivo qué hay que hacer y sintoniza con las raíces originarias de la misma ética, es decir, la experiencia existencial humana que pivota en torno a realidades fundamentales como la naturaleza, la responsabilidad, la libertad, el límite y la contingencia”.
  9. Feuerbach, L., Aportes para la crítica de Hegel, p. 20.
  10. Feuerbach, L., La esencia del cristianismo, p. 306.
  11. Véase Martínez Hidalgo, F., op. cit., p. 37. “La matriz de la ética feuerbachiana hay que situarla en su crítica a la religión. La ética, así deducida, se apropia de las funciones y de los valores religiosos tras la liberación que comporta el método genético-crítico aplicado a la religión”.
  12. Bloch, E., op. cit., p. 379. “La religión nace por el hecho de que el hombre se desdobla de sí mismo, se duplica, de una parte como lo limitado (el individuo), de otra parte como lo ilimitado, lo exaltado hasta el infinito (Dios), poniéndose a adorar a este yo divinizado”.
  13. Martínez Hidalgo, F., op. cit., p. 37. “Un estudio atento de las ideas éticas de Feuerbach evidencia que son una consecuencia de su evolución con respecto a la crítica de la religión, evolución que lo llevó a posiciones tan radicalmente opuestas como una inicial condena de las teorías de la felicidad y a una ulterior ética eudemonista y materialista”.
  14. Feuerbach, L., La esencia de la religión, p. 40.
  15. Feuerbach, L., Sämtliche Werke, Band IV, p. 373.
  16. Feuerbach, L., La filosofía del futuro, p, 53. “Únicamente la nueva filosofía logrará naturalizar a la libertad que hasta ahora era una hipótesis antinatural y supranatural” (el destacado es del autor).
  17. Cf. Martínez Hidalgo, F., op. cit., pp. 90 y 106. “La versión ético-antropológica del idealismo feuerbachiano se resuelve en conceptos totalmente inmanentes como el de Gattungswesen, que se corresponde con el de esencia”. Y más adelante: “El hombres es considerado por el filósofo de Bruckberg como la suprema realidad. Pero bien entendido que no se trata sólo del individuo humano concreto, aislado, sino del conjunto de la comunidad humana, Das Gattungswesen, la esencia, el ente del género humano, el cual, aun distinguiendo en sí mismo el yo y el tú, el hombre y la mujer, contiene asimismo en sí la característica de la universalidad. El hombre es el universale concretum, el principio, el punto central, el fin de la nueva filosofía y la consecuencia de esta realidad es la disolución de la teología en antropología”.
  18. Feuerbach, L., La esencia del cristianismo, p. 311. “Sólo por la unión del hombre y de la naturaleza podemos triunfar del egoísmo sobrenaturalista del cristianismo”. Por ello Cabada Castro entiende que Feuerbach reemplaza a Dios por la naturaleza para no derivar en un subjetivismo: “El ateísmo de Feuerbach se presenta, por lo tanto, como un ateísmo ‘naturalista’. La ‘naturaleza’ ejerce las funciones de un Dios laico, que está por detrás y por encima del hombre mismo. Lo interesante es constatar aquí, sin embargo, no tanto la sustitución de Dios por la naturaleza (como aparece claro) cuanto el cambio de perspectivas ocurrido en el Feuerbach posterior, en su pensamiento teológico: hasta ahora se trataba únicamente de fundamentar o explicar el fenómeno religioso-teológico en o por el hombre mismo, como proyección o reflejo de sí mismo, mientras que desde ahora –desde la entrada en escena de la ‘naturaleza’– tanto la experiencia religiosa como el hombre mismo comienzan a ser interpretados o explicados desde algo superior a ellos, desde la ‘naturaleza’. Claro está que Feuerbach se guardará muy bien de fundamentar a su vez esta naturaleza en algo todavía superior a ella, que podría ser el Dios de la religión o de la teología, pero en todo caso ha ocurrido –con la inclusión de la naturaleza– algo de importancia ontológica y que cambia la perspectiva de la discusión filosófico-teológica en torno a Feuerbach habida hasta aquí. En efecto, Feuerbach parece haber salido de su refugio subjetivista, desde el que consideraba y al que reducía la experiencia religiosa, para buscar la explicación de ésta en algo superior y anterior al hombre mismo; haber roto con el subjetivismo supone –al menos en principio– una apertura a lo real y lo objetivo, que podría conducir a resultados más positivos”. Respecto al reemplazo de Dios por la naturaleza y a la acusación de divinizar al hombre, debemos señalar que en las Lecciones Feuerbach tomará nota de ello (VI 46): “Así como en La esencia del cristianismo no divinizo al hombre –como se me reprocha absurdamente– es decir, que haya querido convertir al hombre en un dios en el sentido de la fe religiosa, como meta del hombre, ya que, precisamente, lo reduzco a sus elementos humanos y antiteológicos, del mismo modo tampoco quiero divinizar a la naturaleza en el sentido de la teología o del panteísmo al concebirla como el fundamento de la existencia humana, como el ser del que el hombre depende y del que se sabe inseparable. Así como puedo adorar y amar a un individuo sin por ello divinizarlo, sin por ello dejar de ver sus errores y carencias, del mismo modo puedo reconocer a la naturaleza como el ser sin el cual no soy nada, sin por ello olvidar su falta de corazón, entendimiento y conciencia, que recién adquiere en el hombre, es decir, sin caer en los errores de la religión natural y del panteísmo filosófico, que hacen de la naturaleza un dios” (Feuerbach, L., La esencia de la religión, p. 62).
  19. Claramente que fundamentar y operar como base del hombre no implica pensar directamente en términos de límite. Pero, en La esencia del cristianismo, introduce Feuerbach la naturaleza y el mundo –aunque sin ver en él el producto del egoísmo práctico– como límite de la subjetividad (V 165, 263, 307). Véase, por otro lado, el siguiente razonamiento de Principios (IX 298): “Así como la esencia (Wesen) divina no es otra cosa que la esencia (Wesen) del hombre liberada del límite de la naturaleza, asimismo la esencia (Wesen) del idealismo absoluto no es más que la esencia (Wesen) del idealismo subjetivo liberada del límite de la subjetividad y precisamente del límite racional, vale decir, de la sensibilidad u objetividad en general” (el destacado es del autor) (Feuerbach, L., La filosofía del futuro, p. 99).
  20. Ibidem, p. 38.
  21. Ibidem, p. 39. Véase Damiani, A., “Reforma religiosa y revolución política. De la Aufklärung al Vormärz”, en Devs Mortalis, Buenos Aires, Cuadernos de Filosofía Política, n.° 2, 2003, p. 374. “El idealismo alemán es una metafísica que ha establecido sus principios sobre la denegación y el olvido del carácter esencialmente finito de toda existencia temporal. Este residuo teológico contenido en la filosofía especulativa alemana no se reduce a un error de la esfera teórica, no consiste sólo en un espectro teológico que la reforma filosófica viene a exorcizar. Para Feuerbach, el idealismo alemán es una filosofía nacional, la metafísica de un pueblo particular. Sus principios tienen, por tanto, una significación práctica: social, jurídica y política. La exclusión del tiempo de la metafísica alemana conduce a una consideración estática de las instituciones. Éstas se presentan a la conciencia del pueblo alemán bajo una apariencia de estabilidad que está lejos de implicar la reconciliación que Hegel atribuye a la Reforma luterana. A pesar de esta aparente estabilidad jurídico-política, el tiempo todo lo modifica. Por lo tanto, se establece una tensión entre la sensación de la finitud temporal, experimentada por los seres humanos finitos, y la dimensión de eternidad metafísica en que aparecen las instituciones. La reforma de la filosofía consiste justamente en elevar la experiencia de la finitud temporal y de la afección sensorial al grado de principios filosóficos”.
  22. Abensour advierte sobre esta idea de inmanencia política, de fundación inmanente, que precisa ser pensada a la vez desde un principio trascendente de lo político so pena de que se perpetúe en el tiempo presente la estabilidad metafísica cuestionada por el filósofo de Bruckberg: “Temporalidad democrática, decíamos. Pero, ¿se trata de una temporalidad? ¿Puede pensarse la temporalidad a partir solamente del presente? ¿Puede suponerse que invertir ‘el principio de estabilidad’ para sustituirlo por el de fundación permanente alcance para introducir el tiempo en la política como proponía Feuerbach, en 1842, en las Tesis provisionales para la reforma de la filosofía?” ( Abensour, M., La democracia contra el Estado, tr. Eduardo Rinesi, Buenos Aires, Editorial Colihue, 1998, p. 86). Desde una lectura de carácter coyuntural, véase Kamenka, E., op. cit., p. 115. “Feuerbach era, básicamente, un demócrata que creía que el gobierno no podría continuar mucho tiempo sin el consentimiento de los gobernados. Vio los gobiernos reaccionarios de su propia época y del pasado descansar, de un modo vital para su continuidad, sobre la ilusión de los gobernados. La religión, creía, era la más importante de esas ilusiones; lo hacía al hombre servil. Cuando fue destruida, cuando el hombre reconoció sus propias capacidades, un estado de ánimo democrático y republicano se siguió de ello. A largo plazo, el despotismo político no podría resistir las consecuencias de las ilusiones religiosas y del servilismo que las sostiene” (el destacado es del autor). Esta idea es criticada por Althusser, quien, consecuentemente, tilda de “manifiestos” los textos feuerbachianos del periodo 1839-1845.
  23. Lo que no deja de ser para Althusser una expresión más del idealismo feuerbachiano. Véase Althusser, L., La revolución teórica de Marx, tr. Marta Harnecker, México, Siglo xxi Editores, 1967, pp. 33 y 35. “¿Por qué ese título: Manifiestos filosóficos? […]. La expresión no es de Feuerbach. La he arriesgado por dos razones: una subjetiva, la otra objetiva […]. Léanse los textos sobre la Reforma de la filosofía y el prefacio de los Principios. Son verdaderas proclamas, el anuncio apasionado de esa revelación teórica que va a liberar al hombre de sus cadenas. Feuerbach se dirige a la Humanidad. Hace pedazos los velos de la Historia universal, destruye los mitos y las mentiras, descubre y devuelve al hombre su verdad. El tiempo ha llegado. La Humanidad espera una revolución inminente que le dará la posesión de su ser. Que los hombres tomen al fin conciencia y serán en la realidad lo que son en verdad: seres libres, iguales y fraternales […]. Tales discursos son propios de los autores de manifiestos”. Y más adelante: “Cuando se ha leído los textos feuerbachianos del periodo 39-43, uno no se puede dejar engañar sobre la atribución de la mayor parte de los conceptos que justifican tradicionalmente las interpretaciones ‘éticas’ de Marx. Fórmulas tan célebres como “llegar a ser-mundo de la filosofía’, ‘la inversión sujeto-atributo’, ‘la raíz del hombre es el hombre’, ‘el Estado político es la vida genérica del hombre’, la ‘supresión y la realización de la filosofía’, ‘la filosofía es la cabeza de la emancipación humana, el proletariado es el corazón’, etc., etc., son fórmulas sacadas directamente de Feuerbach o inspiradas directamente con él. Todas las fórmulas del ‘humanismo’ idealista de Marx son fórmulas feuerbachianas. Y sin duda Marx no ha hecho sino citar, tomar o repetir a Feuerbach, quien, como se ve en los Manifiestos, piensa siempre en la política, pero no habla nunca de ella. Todo se juega según él en la crítica de la religión, de la teología, y en ese disfraz profano de la teología que es la filosofía especulativa. El joven Marx, por el contrario, está obsesionado por la política, y luego por aquello en que la política no es sino el ‘cielo’: la vida concreta de los hombres enajenados” (el destacado es del autor). En consonancia con ello, véase Cabada Castro, M., op. cit., p. 192: “Marx cree que Feuerbach –pese a todo– no ha salido todavía del mundo de los pensamientos hasta llegar a convertir verdaderamente su filosofía en realidad. Para Marx, lo decisivo es la ‘realización’ de la filosofía, como acabamos de ver, y esta ‘realización’ ha de poseer una proyección eminentemente política. Esto último es lo que echa de menos Marx en las Tesis provisionales para la reforma de la filosofía (1842), de Feuerbach, según confiesa en carta a Ruge del 13 de marzo de 1843: ‘El único aspecto –dice Marx– en el que no me agradan los aforismos de Feuerbach consiste en que habla demasiado de la naturaleza y demasiado poco de la política. Esta última es el único medio de que la filosofía actual pueda convertirse en una realidad’”. Por último, véase la reflexión sobre la relevancia política en Feuerbach desde el prisma de Martínez Hidalgo: “Por consiguiente, la filosofía de Feuerbach está fundamentada en su concepción de la religión. Ahora bien, su interés fundamental, tanto en la consideración de la religión y de la filosofía, es la situación social y política en la que se encuentra el hombre” (Martínez Hidalgo, F., op. cit., p. 32).
  24. Ibidem. Véase también, Damiani, A., op. cit., p. 374. “El carácter incompleto de la secularización llevada a cabo por la filosofía alemana puede advertirse claramente en el tratamiento puramente lógico del desarrollo de lo absoluto. El residuo teológico de la filosofía especulativa, que Feuerbach pretende eliminar mediante su programa de reforma filosófica, consiste justamente en que la esencia de lo real sigue siendo pensada como eterna y atemporal. La experiencia de la finitud, del paso del tiempo y del límite temporal es eliminada por la filosofía especulativa recurriendo al desarrollo lógico de lo absoluto, que pone todo lo finito como un momento suyo. Esta filosofía no se ha podido desprender de su origen teológico porque ha insistido en la glorificación de un absoluto que deja fuera de sí el punto de vista finito, empírico y humano. Este punto de vista es el de un ser humano individual y concreto, que se siente finito y limitado porque, por un lado, sabe que el conjunto de la realidad natural que lo rodea no es una mera posición suya, sino que se ve afectado de diversos modos por un mundo natural independiente de su conocimiento y de su actividad y, por el otro, se siente afectado por el paso del tiempo y los límites temporales de su existencia práctica”.
  25. Ibidem, p. 40. Una ética que valora el límite y una política no pueden prescindir de la sensibilidad. De ahí la valorización del arte como modalidad en que lo infinito se despliega desde lo finito (IX 251 y ss., 322); pero, además, la religión será concebida en este momento (1842-1843) en función de una mirada de dentro –desde la intimidad de la conciencia perdida en el objeto absoluto– hacia afuera. Véase el siguiente fragmento del segundo prólogo a La esencia del cristianismo (1843) (V 20): “Todo lo que hago a la religión (como a la filosofía o teología especulativa) es abrirle los ojos o, más bien, volver hacia el exterior los ojos que ella dirige hacia el interior, en otras palabras, me contento con transformar el objeto de la representación o de la imaginación en objeto de la realidad”. Con respecto a la deuda que ya en este periodo tiene la ética con la sensibilidad, Cf. este pasaje de las Tesis (IX 251): “Hasta ahora, la marcha de la filosofía especulativa de lo abstracto a lo concreto, de lo ideal a lo real, es una marcha invertida. Por este camino nunca se llega a la realidad verdadera, objetiva, sino siempre únicamente a la realización de sus propias abstracciones y, precisamente por eso, nunca se llega a la verdadera libertad del espíritu; pues, sólo la intuición de las cosas y seres (Wesen) en su realidad objetiva libera y limpia al hombre de todo prejuicio. El tránsito de lo ideal a lo real tiene su sitio únicamente en la filosofía práctica” (el destacado es del autor) (Feuerbach, L., La filosofía del futuro, p. 37). Ahora bien, Heller entiende que, al no determinar el espacio y tiempo en objetivaciones, Feuerbach se enrieda en contradicciones: “Pero la ‘construcción del mundo’ sin objetivaciones suscita numerosos problemas que Feuerbach es incapaz de resolver. Esto significa que él mismo incurre en contradicciones en el interior de su propio sistema. Tenemos, ante todo, el problema del espacio y el tiempo. No pocas veces subraya que el espacio y el tiempo son efectivamente meras formas de la percepción; pero con igual frecuencia afirma que no lo son: ‘Espacio y tiempo son condiciones del ser […] leyes del ser y el pensar’. En el llamado ‘dualismo’ de Feuerbach es posible encontrar enfoques en ambas direcciones. El primero es un enfoque puramente fenomenológico. El segundo –que es el más importante– indica que la ‘existencia’ (es decir, el espacio) sólo se constituye cuando el otro, la diferencia en relación a mí, la ‘unidad básica’ de la filosofía ya ha aparecido. Consiguientemente, la idea del espacio no puede ser innata al yo, pues la existencia del propio yo supone de facto reconocimiento del otro: en esta medida ‘aquí’ y ‘ahora’ son premisas del ser. Yo y tú son idénticos (juntos somos la especie); el espacio es una categoría social y también una categoría natural: ambas son, en el fondo, una. Lo mismo sucede con el tiempo: ‘El medio de unificar sin contradicción en un mismo ser determinaciones contrapuestas o contradictorias es, únicamente, el tiempo’. Sobre esta base se podría interpretar el tiempo como mera forma de la percepción; pero como todas nuestras determinaciones se generan en nuestra relación con el otro, con el tú (en nuestro amor) y viceversa, el tú y el yo tienen ontológicamente un tiempo común; el tiempo, así, es una categoría del ser, simultáneamente una categoría social y una categoría natural: ambas son, igualmente, una sola” (el destacado es de la autora) (Heller, A., op. cit., p. 119).
  26. Feuerbach, L., La esencia del cristianismo, pp. 118 y 203. “Sólo la vida en comunidad es la verdadera vida divina que se satisface a sí misma; este simple pensamiento, esta verdad natural e innata al hombre es el secreto del misterio sobrenatural de la Trinidad”. Más adelante: “En el otro alcanzo la conciencia de la humanidad; mediante el otro experimento y siento que soy hombre; en el amor hacia él me doy cuenta de que él me pertenece a mí y yo a él, que no podemos existir el uno sin el otro, que sólo la comunidad constituye la humanidad” (el destacado es del autor).
  27. Cf. Amengual, G., op. cit., p. 156: “El estado realiza la suma de las perfecciones humanas, es el hombre absoluto. El estado toma el puesto de Dios”. Subrayamos la idea de comunidad política, de interconexión entre los individuos en el seno del Estado. Véase, al respecto, Kamenka, E., op. cit., p. 144. “Mucho de lo que dice [Feuerbach] se entiende mejor como un programa político, como una expresión flexible de esa ética individualista acompañada de un sentido de la responsabilidad e interconexión social que ha sentado las bases del pensamiento social-demócrata. Los paralelos entre el punto de vista feuerbachiano de la ética y de los socialdemócratas sobre la sociedad, son en efecto extremadamente llamativos”. Ecos de ello hallamos al inicio de las Lecciones de Heidelberg (VI 7): “[…] [vivimos] en una época en la que el interés político se traga todos los otros intereses: los sucesos políticos nos mantienen en tensión y agitación perpetuas; una época en la que incluso es un deber –sobre todo para nosotros, los alemanes apolíticos– olvidar todo en nombre de la política: puesto que, así como un individuo no alcanza ni rinde nada si no tiene el poder de dedicarse en exclusividad durante cierto tiempo a aquel [ámbito] donde quiere producir algo, del mismo modo, la humanidad, en determinadas épocas, tiene que olvidar toda otra tarea o actividad en nombre de una tarea o actividad [determinada], si es que quiere realizar algo eficiente y acabado […]. La religión, objeto de estas lecciones, se encuentra sin duda íntimamente relacionada con la política. Pero, por el momento, nuestro interés principal no es la política teórica, sino la práctica. Queremos participar activa e inmediatamente en la política; nos falta la tranquilidad, la inclinación, el placer de leer y escribir, de enseñar y aprender. Ya nos hemos ocupado suficientemente y por mucho tiempo del discurso y la escritura. Exigimos que finalmente la palabra se convierta en carne, y el espíritu, en materia. Estamos hartos del idealismo tanto del filosófico como del político. Ahora queremos ser materialistas políticos” (Feuerbach, L., La esencia de la religión, p. 27).
  28. Este detalle no es menor, y lo que antecede al punto cúlmine de la exposición sobre la política en las Tesis –a saber–, la idea del Estado, indica una advertencia para no montarlo sobre un tipo de subjetividad abstraída en cualidades hipostasiadas. Y, a la vez, cabría sostener la interpretación de que el Estado es nada más y nada menos que la rectificación de la propuesta hegeliana plasmada en los Principios de la filosofía del derecho o Derecho natural y ciencia política (Grundlinien der Philosophie des Rechts oder Naturrecht und Staatswissenschaft im Grundrisse) (1821), §§ 257 y ss. Véase el siguiente pasaje (IX 261): “El nombre ‘hombre’ significa comúnmente sólo el hombre con sus necesidades, sensaciones y convicciones –el hombre como persona, a diferencia de su espíritu, sobre todo de sus cualidades públicas generales– a diferencia, por ejemplo, del artista, del pensador, del escritor, del juez; como si no fuera una propiedad característica, esencial, del hombre el ser pensador, artista, juez, etc., como si el hombre en el arte, en la ciencia, etc., estuviera fuera de sí. La filosofía especulativa ha fijado teóricamente esta separación del hombre de sus cualidades esenciales y, de esa manera, ha divinizado cualidades puramente abstractas como seres (Wesen) autónomos. Así, se dice, por ejemplo, en el ‘Derecho natural’, de Hegel, párrafo 190: ‘En el derecho, el objeto es la persona; en el punto de vista moral, es el sujeto; en la familia, es el miembro de la familia; en la sociedad civil en general, es el ciudadano (como bourgeois), y aquí, desde el punto de vista de las necesidades (Bedürfnisse), el concreto de la representación (?) (sic) es lo que se llama hombre. Por tanto, primeramente aquí, y también expresa y únicamente aquí, es cuestión del hombre en este sentido’. En este sentido: por tanto, cuando es cuestión del ciudadano, del sujeto, del miembro de la familia, de la persona, también se trata en verdad, siempre y únicamente, de uno y el mismo ser (Wesen), sólo que en otro sentido, sólo que en otra cualidad” (el destacado es del autor) (Feuerbach, L., La filosofía del futuro, p. 52). Hallamos aquí implícita la crítica a la religión, en cuanto proyección objetivada de una determinación por sobre las otras: tal es el planteamiento del final del capítulo uno de La esencia del cristianismo (IX 40-44). Aquí también resuena la sentencia de Marx, a saber: “[…] la crítica de la religión es el presupuesto de toda crítica” (Marx, K., Introducción a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel, tr. José María Ripalda, Valencia, Pre-Textos, 2013, p. 41).
  29. Feuerbach, L., op. cit., p. 64. McLellan percibe una aproximación a Hegel en el concepto de Estado, pero no ve en él un conservador: “Lo que Feuerbach decía acerca del Estado demostraba que él no era, ciertamente, conservador”. Y más adelante: “[…] la penúltima de las ‘Thesen’ revela un punto de vista acerca del Estado, sorprendentemente próximo al de Hegel” (McLellan, D., op. cit., p. 130).
  30. Sobre la idea de realizar, de realización, véase Amengual, G., op. cit., p. 170. “Feuerbach usa con mucha frecuencia el término realizar, realización, [Realisation (IX 295), Verwicklichung (IX 282), (IX 293), realisieren (IX 277, 315); (IX 282-285)] y tienen el mismo sentido que cuando Hegel afirma que la figura superior es la verdad (realización) de la inferior o anterior, o que ésta tiene su verdad en aquella, explicando así el movimiento necesario dialéctico. Realizar significa, pues, dar realidad, concreción, llevar a concepto, explicitar o actualizar la potencialidad, llevar el universal a concreto, pasar del reino de la idea al de la realidad, superar la apariencia y descubrir la verdad, hacer aparecer lo que en realidad es. Ya en La esencia del cristianismo consideró el género humano como la realización de la idea de Dios, la suma de individuos como la realización de la idea de género. También significa llevar a la práctica una idea: realizar la teología equivale a llevar a la práctica lo que de hecho resulta ser la verdad o intención verdadera de la teología y no quedarse con una fijación de su forma”.
  31. Feuerbach, L., La esencia del cristianismo, p. 56. “Sin objeto, el hombre es una nada. Hombres grandes y ejemplares, como aquellos que nos revelaron la esencia del hombre, confirmaron este principio con su vida. Solamente tuvieron una pasión dominante y fundamental: la realización del fin que fue el objeto esencial de su actividad. Pero el objeto al que se refiere esencial y necesariamente un sujeto sólo puede ser la propia esencia objetivada de este sujeto. Si este mismo objeto es común a varios individuos iguales según el género pero diferentes según la especie, entonces es su propia esencia objetivada en cuanto es objeto de cada uno de estos individuos distintos” (el destacado es del autor).
  32. Recordemos la referencia a la praxis en este planteamiento: “Espacio y tiempo son los primeros criterios de la praxis” (Feuerbach, L., La filosofía del futuro, p. 40).
  33. Cf. Stirner, M., op. cit., p. 78. “A la doctrina teológica de Feuerbach, oponemos en algunas palabras las objeciones que nos sugiere: ‘el ser del hombre es para el hombre el Ser Supremo. A este Ser Supremo, la religión lo llama Dios, y hace de él un ser objetivo; pero no es en realidad más que el propio ser del hombre; y estamos en un recodo de la historia del mundo, porque desde ahora, para el hombre, no es ya Dios, sino el Hombre al que encarna la divinidad”. Y continúa: “A esto respondemos: el Ser Supremo es el ser o la esencia del hombre, concedido; pero precisamente porque esta esencia suprema es ‘su esencia’ y no ‘él’, es totalmente indiferente que la veamos fuera de él y hagamos de ella ‘Dios’, o que la veamos en él y la hagamos ‘esencia del Hombre’ o el ‘Hombre’. Yo no soy ni Dios ni el hombre, yo no soy ni la esencia suprema ni mi esencia, y en el fondo, es todo uno que yo conciba la esencia en mí o fuera de mí”.
  34. Cf. Feuerbach, L., La esencia del cristianismo, p. 203 (V 277). “El otro es mi “tú” –aunque esto sea mutuo–, mi otro “yo”, el hombre objetivado para mí, mi interioridad manifestada, el ojo que se objetiva a sí mismo. En el otro alcanzo la conciencia de la humanidad; mediante el otro experimento y siento que soy hombre; en el amor hacia él me doy cuenta de que él me pertenece a mí y yo a él, que no podemos existir el no sin el otro, que sólo la comunidad constituye la humanidad”. Y más adelante: “El otro es mi conciencia objetivada” (el destacado es del autor).
  35. Ibidem, p. 202.
  36. Así como el otro es representante del género, el jefe de Estado es el representante del hombre y, con ello, de todos los individuos a los que los une un lazo no meramente de humanidad, sino de comunidad. Véase al respecto Mondolfo, R., op. cit., p. 66. “Hasta ahora tenemos un principio fundamental, expresado en estas páginas: que no hay conciencia real completa sino en la comunidad. Y por más que muchas veces el número dos se halla en Feuerbach como afirmación de una condición elemental indispensable para el ejercicio del pensamiento, para la autoconciencia y la conciencia del mismo mundo externo, estas frases no deben interpretarse rigurosamente como reducción de la sociedad humana a la abstracción de dos individuos, sustituida a la análoga abstracción de uno solo, sino como expresión del mínimum, que de cuando en cuando es necesario para la actividad de la mente humana. El sujeto aislado en lucha con la naturaleza física es, dice Feuerbach, una abstracción irreal; no es posible originariamente un acto mental consciente de sí mismo sino en la realización entre dos personas. Pero es evidente que para tener la posibilidad de tal relación es menester la suposición de la sociedad; la cual, por lo tanto, viene a ser declarada la primera condición para ‘la producción del hombre espiritual, de igual modo que para la del hombre físico’”.
  37. Abensour, M., op. cit., p. 32. “Es pues la necesidad política, a la que se reconoce el estatuto de necesidad de un nuevo periodo de la historia humana, la que orienta y exige la reforma de la filosofía. Remarquemos, además, la verdadera inversión que efectúa Feuerbach en el seno de un movimiento típicamente dialéctico, ya que la negación de la religión es presentada como condición de posibilidad de la reapropiación de lo político: la desvinculación de lo político y de lo teológico, la emancipación de lo político respecto a lo religioso, vale como momento preparatorio a una trasnformación de la política en religión, por mediación de la filosofía. Además, esta nueva sacralización de la política informa por completo el concepto de Estado tal como es construido por Feuerbach”. En la misma línea, véase Amengual, G., op. cit., p. 155. “La política debe devenir nuestra religión, pero esto es sólo posible si cae el viejo Dios separado de los hombres. La religión ‘en el sentido usual’ del término no es de hecho el fundamento de los vínculos societarios y ético-políticos, sino más bien su disolución, porque en la religión (en el sentido usual, es decir, teológico) el hombre singular se relaciona sólo con Dios, no con los hombres, a no ser sólo accidentalmente. Los hombres se unen cuando desesperan de Dios y tienen necesidad y confianza mutua. Por eso el estado ha sido creado sobre la fe en ‘el hombre como el Dios del hombre’. El estado es la verdadera providencia del hombre, el verdadero compendio de todas las realidades”.
  38. Feuerbach, L., op. cit., p. 43. Véase también, las Lecciones (VI 7): “La religión, objeto de estas lecciones, se encuentra íntimamente relacionada con la política” (Feuerbach, L., La esencia de la religión, p. 27).
  39. Cf. Kamenka, E., op. cit., p. 59. “El hombre obtiene las ideas contenidas, reorganizadas y elaboradas en la religión, precisamente [desde] donde obtiene todas las demás ideas –de la experiencia humana. Feuerbach a menudo tomó esta posición, especialmente al principio de los años cuarenta, como supuesto de que el contenido de la religión es el hombre o que la religión debe reducirse a él. Esta piadosa formulación se sigue por razones políticas, ya que quería proclamar una nueva religión del hombre: la religión de la política democrática que haría libre al hombre de la subordinación a los fetiches que él mismo había creado”. Véase también p. 126: “La democracia es la verdadera religión del hombre, su verdadera moralidad”.
  40. Cf. Abensour, M., op. cit., p. 33. “La superación de lo teológico-político se opera pues en un movimiento de estallido y de reunión, de desconexión y de reconexión que, al mismo tiempo que devuelve los sujetos humanos a su finitud, abre una nueva secuencia ascendente, abre paso al surgimiento de un nuevo sujeto infinito que levanta vuelo sobre el terreno de la incompletud de los sujetos finitos. Subrayemos las características otorgadas a este nuevo sujeto que emerge de la actividad humana vuelta sobre sí misma. El Estado es presentado como un ser infinito, como una totalidad, como actividad pura, como autodeterminación; en fin: como dotado de todos los atributos de la divinidad”.
  41. Engels, F., op. cit., p. 45. “Donde el verdadero idealismo de Feuerbach se pone de manifiesto, es en su filosofía de la religión y en su ética. Feuerbach no pretende, en modo alguno, acabar con la religión; lo que él quiere es perfeccionarla. La filosofía misma debe disolverse en la religión”. Kamenka, desde una perspectiva diferente, entiende que la religión en Feuerbach permite al hombre imaginar lo que luego llevará a cabo en la política, a través de la industria. Kamenka, E., op. cit., pp. 41 y 121: “Religión, luego, es una forma de deseo – la expresión de una falta o necesidad y el intento (en la imaginación) de superar tal falta o necesidad. ‘Deseando’, Feuerbach escribe, ‘es esclavo de la necesidad – pero un esclavo con el anhelo de liberarse’. La religión es, por lo tanto, práctica y no teorética, actividad revolucionaria y no conocimiento meramente contemplativo. Es un intento de trabajar sobre la realidad en algo satisfactorio para el hombre. Pero sólo en la fantasía, porque el hombre no está aún preparado, no tiene el poder o conocimiento suficiente para llevarlo a cabo en la realidad. Cuando el hombre se vuelve conocedor [de la realidad] y lo suficientemente poderoso, la religión se marchita y muere; toma su lugar la política y la tecnología como la expresión de los deseos del hombre firmemente centrados y reales, y como base real en oposición a una transformación imaginaria”. Y más adelante (p. 121): “La desintegración del dualismo religioso comenzó con el protestantismo, el cual trajo de nuevo a Dios al corazón del hombre, y se fortaleció con la practicidad creciente y la confianza industrial y científica del hombre moderno; que ya no se puede detener. El hombre conoce sus propios poderes: más temprano que tarde él hará uso de ellos, tanto en la política como en la industria”. En sintonía con ello, pero no partiendo del supuesto de que la religión deviene política, sino al revés: la política deviene religión, véase Löwith, K., op. cit., p. 119: “La tesis de que la filosofía ocupa el puesto de la religión, conduce necesariamente a esta otra, más amplia: que la política se vuelve religión si el hombre terrenal y menesteroso ocupa el puesto del cristianismo, y la comunidad del trabajo, el de la plegaria”.
  42. Abensour, M., op. cit., 33. “Desde el punto de vista de su génesis, de acuerdo con Feuerbach, el Estado se deduce de la negación de la religión: es cuando el lazo religioso se quiebra o se disuelve que puede surgir la comunidad política, es cuando la relación con Dios se esfuma que puede instaurarse el lazo interhumano. Tal es el trabajo del nuevo principio supremo bajo su forma negativa, a saber: el ateísmo”. Incluso, luego del pasaje sobre la noción de Estado que analizamos más arriba (IX 262), lo que continúa y concluye las Tesis es el señalamiento de una verdad nueva, más allá del cristianismo –aunque deudora de él–, más allá de la religión (IX 263): “La religión cristiana ha unido el nombre del hombre con el nombre de Dios en el nombre del hombre-Dios y ha elevado, por tanto, el nombre del hombre a atributo del ser (Wesen) supremo. La nueva filosofía, conforme a la verdad, ha convertido a este atributo en substancia, ha convertido al predicado en sujeto –la nueva filosofía es la idea realizadala verdad del cristianismo. Pero, precisamente por tener en sí misma la esencia (Wesen) del cristianismo, renuncia al nombre del cristianismo. El cristianismo ha expresado la verdad sólo en contradicción con la verdad. La verdad sin contradicción, pura, infalsificada, es una verdad nueva, una acción nueva y autónoma de la humanidad” (el destacado es del autor) (Feuerbach, L., La filosofía del futuro, p. 54).
  43. Por ello Kamenka entiende que el vivir en comunidad implica necesariamente un cambio en el conducirse el hombre respecto al uso de sus facultades: la sensibilidad, la empiria tendrán en el Estado un papel crítico fundamental. Véase Kamenka, E., op. cit., p. 121. “[…] los sentidos son democráticos: ellos tratan la realidad, el hombre y la naturaleza, el cognoscente y lo conocido, como pertenecientes al único nivel de existencia. Empiricismo [empiricism] y ciencia niegan las ficciones, autoridades y jerarquías erigidas por la ley y el Estado”.
  44. Tomamos distancia de Xhaufflaire, Kamenka y Amengual, quienes ven en el planteamiento feuerbachiano la consagración de la religión en el Estado. Véase Xhaufflaire, M., op. cit., p. 204. “En este sentido [comentando el pasaje citado en IX 262], el Estado es la realización de la nueva religión. No habría más división entre el mundo de la religión y el mundo del Estado. El ideal que la religión representaba en imágenes devendría realidad”. En consonancia con esto, Kamenka, E., op. cit., p. 90: “Política, a menudo enfatiza Feuerbach, debería convertirse en la nueva religión de la humanidad: el Estado (como republicano, Estado democrático que representa a los hombres) es la nueva expresión de la humanidad”. Por último, Amengual, G., op. cit., p. 156: “El estado es la realización de la religión, no sólo en el sentido de que su configuración a lo largo de la historia dependiera por siempre circunstancia cultural en cada caso de la respectiva religión, sino que ambos se relacionan como ideal y realidad; y en este sentido forman una unidad. La religión toma cuerpo, realidad, concreción en el estado; en cambio, éste toma su idea o ideal de la religión”.
  45. Feuerbach, L., La esencia del cristianismo, p. 132. “La conciencia del mundo es mediatizada por el yo mediante la conciencia del tú. Así el hombre es el Dios del hombre. Que él sea se lo debe a la naturaleza, pero que sea hombre se lo debe al hombre” (el destacado es del autor).
  46. Ibidem, p. 311. “Sólo por la unión del hombre y de la naturaleza podemos triunfar del egoísmo sobrenaturalista del cristianismo”.
  47. Ibidem, p. 259. “La imaginación es el órgano y la esencia originaria de la religión”. Y más adelante: “La esencia de Dios es la esencia objetiva de la imaginación. Dios es un ser sensible, pero separado de los límites de la sensibilidad; es el ser sensible ilimitado. Pero, ¿qué es la imaginación?: la sensibilidad absoluta e ilimitada” (el destacado es del autor).


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