Nuestros cursos:

Nuestros cursos:

10 Hacia la evitación de hábitos disgénicos

La disgenesia, en cuanto contracara de la eugenesia, constituyó una constante preocupación para procurar el resguardo de una “buena” descendencia, en especial legítima, siendo, en ese sentido, un desvelo central el morbo venéreo. Para contrarrestarlo, se idearon diversas medidas, asociadas a la educación no formal, en las cuales se destaca la prolífica labor de la longeva Liga Argentina de Profilaxis Social, entidad fundada a comienzos de la década de 1920 por el médico Alfredo Fernández y cuya lógica de trabajo se extendería en el tiempo hasta las postrimerías de la década de 1960 (Miranda, 2012a).[1] Esta liga constituyó, ya desde sus orígenes, un enclave de la ortodoxia del campo científico local, dotada de cierto anclaje en un pensamiento político liberal que, salvo algunas honrosas excepciones, detentaba un marcado sesgo conservador que homogeneizaba toda eventual distancia partidaria. Situación que se mantuvo constante en el transcurso del tiempo, pese a los ulteriores conflictos entre Fernández Verano y la corporación médica (Fernández Verano, 1933).

La labor primordial de esa entidad se orientó a consolidar un discurso médico-legal funcional a la legitimidad científica necesaria para complementar una biopolítica organizada en torno al combate de la prostitución, pretendidamente garantizado, hacia la década de 1930, gracias a la ley abolicionista de Profilaxis de las Enfermedades Venéreas, sancionada en 1936 bajo el número 12.331.[2] Desde esta liga, y en paralelismo con las sexualidades permitidas y las no permitidas, encontraría su lugar la maternidad deseable y la no deseable, o, mejor dicho, la maternidad permitida y la no permitida. El argumento utilizado para articular el control del comercio sexual bajo pretexto eugénico radicaba en el prejuicio de que toda prostituta estaba enferma y que, infectando a un futuro padre de familia legalmente constituida, hacía peligrar la salud de una descendencia legítima, a quien era necesario proteger para el bien de la nación.[3]

La temprana adscripción de su mentor a los postulados eugénicos lo acompañaba ya desde tiempos de la redacción de su tesis doctoral, aprobada en la Universidad de Buenos Aires el mismo año en el cual fundó la Liga Argentina de Profilaxis Social. Concentrado en desarrollar un panorama propositivo de la medicina social en el país, su autor sugirió un programa para su enseñanza y propuso la creación de un instituto de medicina social que otorgara el título de médico-sociólogo a quienes allí se formaran, previendo una duración de tres años para la carrera. El contenido del plan de estudios procuraba, claramente, focalizar en la formación de eugenistas (o protoeugenistas) para que, con sus conocimientos, fueran orientadas las políticas a seguir en materia sanitaria (Fernández Verano, 1921a). Esta tesis, apadrinada por Emilio Coni, se ocupaba de la eugenesia desde su primer capítulo, el que también sería editado años después en forma de libro, titulado Las doctrinas eugénicas (ensayo de sistematización) (Fernández Verano, 1929). Y, más adelante, este trabajo doctoral sería transformado –detentando variaciones menores respecto al original–, con prólogo de otro eugenista, Nicolás Greco (Fernández Verano, 1939).

La identificación de la liga con la eugenesia quedó, así, de manifiesto desde sus comienzos, advirtiéndose, por ejemplo, que la disertación brindada con motivo de la inauguración de la entidad fuera editada bajo el sugerente título de Por la Salud y el Vigor de la Raza. Plan de Defensa Social contra las Enfermedades Venéreas (Liga Argentina de Profilaxis Social, 1921, pp. 3-16). Exclamaba entonces su presidente la admiración que sentía por la naturaleza, quien, mediante los abortos espontáneos producidos por la sífilis, no hacía sino “subordinar un mal a otro mayor” (Liga Argentina de Profilaxis Social, 1921, p. 7).

Entre los fines de esta entidad, patrocinada por el Círculo Médico Argentino y el Centro de Estudiantes de Medicina, la relación entre enfermedad y defensa social ocuparía un lugar prioritario. Y, mediante un agresivo plan de acción prolongado también por la actividad de las diversas filiales instaladas en el país (Casella, 1922) –en el cual estaba siempre presente cierta pedagogía del cuidado de la descendencia–, la Liga de Profilaxis Social proclamaba la necesidad de combatir las enfermedades venéreas valiéndose de la divulgación popular de variadas medidas profilácticas. Podría asegurarse, pues, que desde esta institución se facilitó la publicidad de un discurso hegemónico en ciernes, focalizado en la prostitución como un aspecto esencial en políticas de defensa social diseñadas en Argentina durante la primera mitad del siglo XX cuyo norte era, claramente, la ciencia de Galton.

Precisamente, entre las estrategias de educación no formal adoptadas por la Liga Argentina de Profilaxis Social, se encuentra, por ejemplo, la publicación de folletos de divulgación donde se transcribían obras de autores extranjeros que focalizaban sobre el tema. Uno de los más difundidos ha sido el texto de la francesa Jeanne Leroy-Allais, cuya traducción fue realizada por Emilio Coni y publicada como folleto 14 de la liga bajo el título “De como he instruido a mis hijas sobre las cosas de la maternidad” (Liga Argentina de Profilaxis Social, 1924). En él, la autora se concentra en las enseñanzas dirigidas a su hija mayor, Genoveva, cuando transitaba su adolescencia. Las ideas trasuntadas en el texto se sustentaban en el rol de la mujer considerado (y focalizado) con exclusividad en su función materna, en cuyo contexto se destacaban las diversas obligaciones concomitantes. A su vez, durante el año 1931 se publicaba una segunda edición del folleto n.° 3, escrito por el Dr. C. Burlureaux, en su carácter de miembro de la Sociedad Francesa de Profilaxis Sanitaria y Moral. El trabajo, denominado “Para nuestras hijas. Cuando sus madres estimen oportunos estos consejos”, también traducido por Coni, da una serie de recomendaciones a las madres para evitar el contagio venéreo, exponiendo crudamente los síntomas de las enfermedades de transmisión sexual y refiriendo sus formas de transmisión, coadyuvando desde ahí al afianzamiento de un hermético mandato de género: “Sin duda alguna, el lugar de la mujer está en el hogar conyugal” (Liga Argentina de Profilaxis Social, 1931, p. 23).

La incansable labor de esta liga estaba centrada en una pedagogía de la sexualidad asentada, siempre, sobre el presupuesto básico de la maternidad legítima. Es que, por entonces, tomaba cuerpo definitivo la hipótesis que vinculaba la lucha contra la sífilis con la maternidad y, a ambas, con la eugenesia. Una demostración de ello se encuentra en la publicación de Germinal Rodríguez, quien, en su proyecto de creación de Dispensarios de Eugenesia en las Maternidades y Dispensarios Infantiles, presentado ante el Consejo Deliberante de Buenos Aires en agosto de 1929, pretendería unificar las estrategias tuitivas de la descendencia bajo el nombre de “puericultura prenatal”. Desde este encuadre, la maternidad era considerada una “función social más que un accidente del individuo”, donde el recién nacido era un “bien social” y la madre, por ende, “una máquina creadora de bienes sociales”. De manera que, considerada la maternidad como una “excusa para pescar al sifilítico”, los dispensarios de eugenesia constituirían un eficaz instrumento (Rodríguez, 1930, pp. 18, 20). La idea sobre la cual estaba estructurado este enfoque hacía particular hincapié en la importancia de organizar una puericultura preconcepcional y prenatal en un país como la Argentina, en el cual se afirmaba era imprescindible “seguir una política pobladora” y donde la sífilis, en atención al número de abortos, partos prematuros, degeneraciones e invalideces que ocasionaba, constituía “una de las calamidades sociales más grandes de nuestra hora” (Rodríguez, 1930, p. 15).

Con este desolador panorama de fondo, la liga instauró, a partir de 1935, el Día Antivenéreo, cuyas celebraciones tuvieron significativa repercusión social, asegurándole, además, a aquella institución una firme inserción en el contexto internacional (Miranda, 2012a). Los fastos correspondientes al Día Antivenéreo tuvieron lugar de manera ininterrumpida durante una década; tal fue la envergadura asumida por aquellos que, en 1946, ya bajo la presidencia de Juan Domingo Perón, se declaró Día de la Higiene Social al primer domingo del mes de septiembre. Decisión gubernamental anunciada por el secretario de Salud Pública de la Nación Ramón Carrillo durante la decimosegunda celebración del Día Antivenéreo (Carrillo, 1948). Este anuncio le permitió a Fernández Verano ver reconocida su obra, y expresó en la ocasión la bienaventuranza de que los destinos del país estuvieran regidos por un gobierno inspirado en la defensa de los “verdaderos intereses de la patria y de su mayor riqueza, la salud de sus habitantes”, y de que, recién “después de un cuarto de siglo de estériles promesas”, se adoptara “una política positiva en materia sanitaria” (Fernández Verano, 1948a, pp. 41-42). Esta afinidad del fundador de la liga con el gobierno peronista le sería recompensada con su designación como delegado de la Secretaría de Salud Pública de la Nación en la celebración oficial del Día Antivenéreo (Fernández Verano, 1948b). Oportunidad aprovechada por él para denunciar con marcada vehemencia un “complot táctico” en contra de la profilaxis antivenérea, al que identificaba con los “enemigos más acérrimos de toda profilaxis”, calificándolos como “más peligrosos que los mismos gérmenes morbosos” que se trataba de combatir y a quienes responsabilizaba de un incremento del 700 % de los casos de sífilis (Fernández Verano, 1948b, p. 55).

Sin embargo, la cercanía al peronismo del mentor de la liga no impidió la confluencia de su accionar con el de Carlos Bernaldo de Quirós, un ferviente antiperonista, quien también participaría del referido evento de 1948 y, pese a ser fundador de la recientemente creada Sociedad Argentina de Eugenesia, acudiría a él como delegado de la Sociedad Mexicana de Eugenesia. En esa ocasión, Quirós propuso, sin más, “higienizar la mente de los niños” (varones) en su condición de “artífices naturales de su propio destino, de conservadores de su capital humano, de futuros esposos y padres responsables y de ciudadanos eugenésicos”. Aun cuando, sin olvidarse de las niñas, propuso para ellas regular eugénicamente su higiene mental, para convertirlas, de esta manera, en una especie de “artífices cósmicas” de una gran nación, en su carácter de “futuras madres educadoras eugénicas”, de “esposas hogareñas y directoras de reeducación social” (Bernaldo de Quirós, 1948, pp. 58-59).

Este esquema de protección materno-filial fundado en el bien de la patria requeriría, además de la lucha contra el morbo venéreo, de una educación reforzadora de la lactancia materna, contexto en el cual se inscribe la preocupación, iniciada a comienzos de siglo, de la primera industria láctea argentina, La Martona, vinculada a desanimar la lactancia mercenaria ofreciendo leche maternizada, y la organización, por ejemplo, en 1901 de un certamen en honor del nuevo siglo en el cual se premió a la madre más prolífica y que no hubiera recurrido a la lactancia mercenaria (“Premio a la maternidad”, 1901). Asimismo, el campo científico local había manifestado ya, desde temprano, su gran interés en resolver estas cuestiones, las cuales fueron uno de los temas centrales del Primer Congreso Nacional del Niño, celebrado en 1913. Allí se instó a reglamentar la lactancia mercenaria, insistiéndose en que esa práctica llevaba a las mujeres pobres a racionar el alimento natural de su propio hijo para vendérselo a familias necesitadas de él (AA. VV., 1913); mientras tanto, desde el Congreso Americano de Ciencias Sociales reunido en Tucumán en 1916 también se insistiría con los beneficios de la lactancia materna (Fernández, 1917). Emilio Coni, por su parte, reafirmaba la propuesta de instrumentar medidas eficaces para poner en práctica el mandato sintetizado en la necesidad de que las madres fueran las nodrizas de sus propios hijos (Coni, 1921, p. 9).[4]

Las advertencias de reconocidos intelectuales locales condujeron a debatir la conveniencia de dar un soporte institucional sin fin de lucro y dependiente del Estado o de instituciones de beneficencia debidamente controladas (Nari, 2004, p. 182). De ahí la instrumentación, hacia finales de la década de 1920, de la normalización de la lactancia mediante los lactarios creados por Saúl Bettinotti, organismo emblemático en la materia que gozó de amplio reconocimiento internacional.[5] La definición acuñada por su creador era por demás elocuente: “El Lactarium es una institución del Estado, que sin fines de lucro tiene un propósito médico-social que consiste en extraer, conservar y distribuir leche materna y evitar los inconvenientes de la lactancia mercenaria” (Bettinotti, 1937).

Esta temática también sería integrada a la agenda del campo eugénico local, tal como puede advertirse en la Segunda Conferencia Panamericana de Eugenesia y Homicultura. En este encuentro se sintetizaron las preocupaciones básicas de cualquier programa de mejoramiento racial a partir del control y la normalización de la maternidad y la infancia, por lo cual fue protagónica la participación de obstetras y pediatras en cargos directivos y ejecutivos de aquella conferencia.[6] Por detenernos tan solo en uno de los artífices de ese evento celebrado en Buenos Aires, cabe señalar a Josué Beruti, cuyos vínculos con ideólogos nazis son bien conocidos (Reggiani, 2005), y quien fue un activo integrante de la Asociación Argentina de Biotipología, Eugenesia y Medicina Social, donde presidiría, además, la Sección Eugenesia, Maternidad e Infancia (“Reglamento, Organización y Plan de Acción de la Sección Eugenesia, Maternidad e Infancia de la Asociación Argentina de Biotipología, Eugenesia y Medicina Social que preside el Prof. Dr. Josué A. Beruti”, 1934).

No obstante, una protección materno-infantil de sesgo eugénico y que, como tal, tuviera en mira el bien de la patria requería además de una institución específica, tal como lo advirtieran desde hacía más de una década Gregorio Aráoz Alfaro y Tiburcio Padilla, en el antes mencionado proyecto presentado al ministro del Interior, Nicolás Matienzo, en septiembre de 1923. En él se propuso la creación de una Dirección de Eugénica, Protección y Asistencia de la Infancia, dotada de diversas funciones, entre las que pueden mencionarse la de estudiar todo lo referido a la morbilidad y mortalidad de la infancia; a la eugénica en general, especialmente a la higiene antematrimonial, pre y posconcepcional y a la protección de la madre; a la higiene escolar; a la educación intelectual y física del niño; a la habitación y trabajo del mismo; a la delincuencia infantil y sus correctivos; y a todo lo vinculado a la formación armoniosa, sana y fuerte de la infancia (Diario de Sesiones de la Cámara de Diputados 1936, 1937, pp. 630-631). Proyecto que, como anticipáramos páginas atrás, viera la luz por Decreto del Presidente de la Nación, Marcelo T. de Alvear, en noviembre de aquel año, aunque desprovisto de toda referencia a la eugenesia.

Sin embargo, será merced al dictado de la Ley 12.341 merced a lo cual estas cuestiones tendrían efectiva encarnación normativa. Mediante ese corpus legislativo, se creó la Dirección de la Maternidad e Infancia, [7] que se instauró en 1937, como organismo tendiente a propender al perfeccionamiento de las generaciones futuras combatiendo la morbi-mortalidad infantil y amparando a la mujer en su condición de madre o futura madre; esta se constituyó, paralelamente, en un soporte fundamental para la práctica de la eugenesia. Y, además, el aval científico sobre el que se justificaba la conveniencia social de instaurar un organismo como esa dirección estaba basado en las mismas ideas sobre las que, años antes, el fascismo había creado la Opera Nazionale per la Maternitá e l’infanzia.[8]

Insistiéndose en el consabido recurso de pensar la maternidad como un rol de género impostergablemente asociado al bien de la patria, su tutela instaurada por la referida ley estaba orientada a las mujeres, quienes, según el diputado Enrique Mouchet, tenían “otro servicio militar” del de los hombres, que correspondía a la maternidad. Así, la verdadera intención de la norma trascendía el cuidado individual de la salud de la madre y del niño, toda vez que pretendía influir, de manera directa, en el “porvenir de la raza y de la estructura futura del país” (Diario de Sesiones de la Cámara de Diputados 1936, 1937, pp. 618-620). Y aportaba, según el diputado Enrique Ocampo, importantes insumos para lograr “el mejoramiento de la raza argentina”, dado que cuidar al niño era propender a que el varón de mañana, en su desarrollo físico y moral, fuera un factor fundamental en la grandeza de la patria (Diario de Sesiones de la Cámara de Diputados 1936, 1937, p. 630). De esta manera, se insistía sobre la necesidad de procurar el nacimiento de “niños sanos, formados en las rodillas de madres dignas”, para lograr el objetivo de “fortificar la familia, mejorar la raza, para dar a la Nación obreros capaces, ciudadanos probos y soldados valerosos”.[9]

De ahí se comprenden, además, las alabanzas dadas desde Argentina a la Opera fascista, caracterizando a la Ley de Protección Integral de la Niñez italiana como principal responsable no solo de la disminución de la morbi-mortalidad infantil en su país, sino también de la “formación de una raza fuerte”.[10] Según Donato Boccia, subdirector general de la Asociación Argentina de Biotipología, Eugenesia y Medicina Social, la concepción de Mussolini sobre estas cuestiones era “realista y humana”, atento a estar ella fundada sobre el principio biológico de la “conservación de la raza” (Boccia, 1936, p. 28).

Ahora bien, entre las tareas encomendadas a la nueva Dirección de la Maternidad e Infancia argentina, estaba la de realizar constantes campañas de difusión y práctica de los postulados de la higiene social, de la eugenesia y, en particular, de los conocimientos sobre puericultura e higiene materno-infantil, que incluían un seguimiento oficial del cumplimiento efectivo del deber de lactancia natural. Y, partiendo de las consignas ampliamente difundidas, entre otros, por Aráoz Alfaro respecto a que la leche de la madre era propiedad del hijo y que la maternidad constituía una función social, el incumplimiento de los deberes vinculados a la lactancia materna, establecida ahora en la ley como obligatoria, exponía a la progenitora a diversas sanciones, entre ellas, multa y prisión.

Esta política integral estaba destinada a reforzar el estímulo a la prolificidad y al buen tino en la crianza de los hijos, dotes que quedarían visibilizadas en ocasión de las exposiciones permanentes y ambulantes de puericultura previstas en la misma norma. Muestras que, aun sin un mandato legal, habían sido ya implementadas años antes por Ernestina L. de Nelson, en ocasión de la celebración de la Semana del Nene y cuya discontinuidad fue lamentada por Coni, quien había valorado muy satisfactoriamente tales muestras de puericultura (1921, p. 24). Estas exposiciones de bebés sintetizaban su compromiso eugénico, afirmándose ya en su convocatoria que tenían por finalidad el bien de “la patria y de la raza” (“La Semana del Nene”, 1918, p. 657).

A su vez, el plan previsto mediante la Ley 12.341 reglamentaba desde las maternidades y el servicio maternal a domicilio hasta las salas de lactancia, salas cunas y de cuidado de niños de no más de tres años, las cantinas maternales, cantinas infantiles y lactarios. Desde la Asociación Argentina de Biotipología, Eugenesia y Medicina Social, se festejaría la emergencia de aquella norma cuya intención de mejora de la raza impulsaba la protección efectiva del “sagrado binomio madre-hijo”, proyectándose en el “horizonte sociológico argentino” en forma dignificante (Rossi, 1936c, p. 3). Mientras tanto, un cercano colaborador de Pende en el Instituto de Biotipología y Ortogénesis de la Raza de Roma, Antonio Menotti Nardi, se jactaba del impulso dado por Mussolini a la eugenesia, avalando la regulación de la lactancia materna hecha en la ley argentina de 1937 (Menotti Nardi, 1938).

Además, pocos años después, coincidirían en la propuesta de gestión eugénica de la maternidad los participantes del Primer Congreso de la Población, desde el cual se sugirió la creación de centros de higiene maternal e infantil en todo el país, “en defensa eugénica del binomio madre-hijo y de la fortaleza de las nuevas generaciones” (AA. VV., 1941b, pp. 162-163).

Se advierte así que el sustrato biopolítico sobre el que reposó la normalización de la lactancia en el marco de una pretensa eugenización legislativa tuvo también en mira el mejoramiento de las generaciones futuras a través del cultivo armónico de la personalidad del niño, organizado desde la asistencia antes de su concepción hasta el amparo de la mujer en su condición de madre o futura madre (Bernaldo de Quirós, I, 1943, p. 62). Y los diversos organismos encargados de la maternidad en el ámbito de incidencia de la eugenesia latina detentaron una función asistencial, pero básicamente política, propiciando reforzar la natalidad para salvaguardar la raza (Coronado, 2008).


  1. Hacia 1921, este médico, junto a otros reconocidos profesionales como José C. Belbey, Osvaldo Loudet, Julio Iribarne, Carlos S. Damel, Oreste Calcagno, José J. Puente, Páride T. Panza, Alberto Cildoz, Oscar Bonfiglio, Vicente A. Fiori, Julio Prebisch, Horacio C. Trejo, Pedro Pinto y Marcos A. Victoria, le daría forma a la Liga Argentina de Profilaxis Social. Y, entre los referentes de esta nueva institución, cabe destacar, entre otros, a personalidades de la talla de Gregorio Aráoz Alfaro, Mariano R. Castex, Alfredo L. Palacios, Augusto Bunge, Manuel V. Carbonel, Emilio R. Coni, Estanislao Zeballos, José Ingenieros y Joaquín V. González (Liga Argentina de Profilaxis Social, 1921, portadilla); este último, unos años antes, ya había concebido a la patria como una “madre ideal”, además de “la más poderosa abstracción que haya creado el lenguaje humano” (González, 1900, pp. 8, 27).
  2. Las posturas básicas en la materia pueden sintetizarse en tres regímenes: el abolicionista, el reglamentarista y el prohibicionista. El sistema abolicionista consiste en un régimen que, sin llegar a la punición del simple ejercicio de la prostitución (como lo hace el sistema prohibicionista), no admite tampoco la reglamentación de los prostíbulos (como propone el sistema reglamentarista), sino que tiende a su supresión.
  3. En efecto, con frecuencia se reiteraba la consigna “toda prostituta es sifilítica, por el solo hecho de ejercer su profesión” (Fernández Verano, 1921b, p. 686). Estas ideas fueron retomadas, a su vez, durante los debates parlamentarios de la Ley de Profilaxis Antivenérea, en los cuales Enrique Mouchet afirmó: “Mejor es que se sepa esta verdad general: que toda mujer que ejerce la prostitución, sea en casa reglamentada o sin ninguna reglamentación, sin excepción, por ser prostituta, está enferma, fatalmente enferma y es contagiosa” (Diario de Sesiones de la Cámara de Diputados 1936, 1937, p. 936).
  4. Para un estudio en perspectiva histórica de las nodrizas en Buenos Aires, ver Pagani y Alcaraz (1988).
  5. Estos lactarios fueron elogiados desde diversos países del mundo. Ver, por ejemplo, las loas vertidas desde Francia y receptadas por una publicación argentina (Comby, 1937).
  6. La simple observación de la pertenencia disciplinar de quienes conformaron su Comisión Organizadora resulta elocuente. Además de la mencionada presidencia a cargo de Raúl Cibils Aguirre (profesor adjunto de Clínica Pediátrica) y la vicepresidencia, en cabeza de Gregorio Aráoz Alfaro (presidente de la Comisión Organizadora de la IX Conferencia Sanitaria Panamericana), integraron la mencionada comisión: Miguel Sussini (presidente del Departamento Nacional de Higiene) y Juan M. Obarrio (director de la Asistencia Pública de Buenos Aires); Saúl I. Bettinotti (docente de Clínica Pediátrica) y Jorge Figueroa Gacitúa (jefe de Clínica Pediátrica del Hospital Fernández) como secretarios; Mamerto Acuña (profesor titular de Clínica Pediátrica, Buenos Aires), Josué Beruti (profesor titular de Clínica Obstétrica), Rafael Bullrich (decano de la Facultad de Ciencias Médicas), Mariano R. Castex (presidente de la Academia Nacional de Medicina), Víctor Delfino (miembro de la Comisión Internacional Permanente de Eugenesia), Juan P. Garrahan (profesor adjunto de Clínica Pediátrica), Juan B. González (profesor adjunto de Clínica Obstétrica), Camilo Muniagurria (profesor titular de Clínica Pediátrica, Rosario), Tiburcio Padilla (miembro de la Cámara de Diputados de la Nación), Alberto Peralta Ramos (profesor titular de Clínica Obstétrica), Luis M. Podestá Costa (director general del Ministerio de Relaciones Exteriores), José M. Valdés (profesor titular de Clínica Pediátrica, Córdoba) y Alberto Zwanck (director del Instituto de Higiene de la Facultad de Ciencias Médicas) como vocales (AA. VV., 1934, p. 5).
  7. Para un análisis del funcionamiento de la Dirección de la Maternidad e Infancia, puede verse Biernat y Ramacciotti (2008).
  8. En este sentido, cabe señalar que también Diego Armus ha advertido la influencia de la biotipología italiana en el articulado de la Ley 12.341 (Armus, 2007, p. 257).
  9. Conceptos vertidos por el diputado Juan Cafferata (Diario de Sesiones de la Cámara de Diputados 1936, 1937, p. 629).
  10. Palabras de Enrique Mouchet (Diario de Sesiones de la Cámara de Diputados 1936, 1937, p. 624).


Deja un comentario