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1 El telos de la razón reproductiva

La eugenesia (del griego eu-genes, de buen linaje) fue definida en 1883 por Francis Galton en Inquires into Human Faculty and its Developement como ciencia del cultivo de la raza, aplicable al hombre, a las bestias y a las plantas (Álvarez Peláez, 1988, p. 104); las palabras relacionadas a ella “eugénica”, “eugenésica” y “eugenética” detentan el mismo significado de eugenics. Su concepto mismo implica necesariamente un proceso selectivo organizado en torno a detectar las características deseables en los individuos presentes procurando reproducirlas en futuras generaciones, de donde resulta inmanente la idea de procreación. Al respecto, es impensable una eugenesia sin el trazado de un plan biopolítico concomitante, el cual, gestionando la vida, se inmiscuye también, paralela y fatalmente, en la gestión de la muerte.[1] Una muerte que, si bien puede distar de la muerte física, se acerca, empero, a la capitis diminutio romana; es decir, una especie de muerte civil.

Así las cosas, toda formulación eugenésica involucra aspectos selectivos a los que se les agrega, como requisito indisociable, la dimensión del porvenir; esto último, a través de una clara focalización en la transmisibilidad hereditaria a las futuras generaciones de aquellas características valoradas como ideales.

Es bastante habitual encontrar la agrupación de estas ideas, según su tipo de implementación, en las dos variantes que signaron su trayectoria en Occidente durante el siglo XX, conocidas como “eugenesia anglosajona” y “eugenesia latina”. La primera de ellas –cuyos ejemplos más gráficos lo constituyen las esterilizaciones a criminales y locos practicadas en su nombre en los Estados Unidos y, de más está recordarlo, el régimen nazi– fue instrumentada mediante las intervenciones directas en los órganos reproductivos de los seres humanos portadores de características consideradas indeseables. La segunda, latina, cercana a la Iglesia católica –y leída desde la versión biotipológica adoptada por el régimen de Mussolini– sin desconocer la necesidad de implementar la ciencia de Galton, ofrecería una mayor resistencia a las intromisiones del poder en los órganos reproductivos (Stepan, 1991; Turda y Gillete, 2014, p. 240; Miranda, 2018).

No obstante, más allá de estas disimilitudes, puede convenirse en que ambas versiones comparten, en cierta medida, relecturas del principio de escasez malthusiano y, a la vez, una idéntica base de sustentación: la legitimidad otorgada a la gestión pública de la vida privada.[2] De manera que la constitución disciplinar de toda eugenesia está organizada en torno a la integración epistemológica de dos dominios, el científico y el político; fenómeno que nos impone profundizar su exploración hasta acercarnos al núcleo mismo de las interacciones entre ciencia y poder o, para decirlo mejor, del uso de la ciencia en el contexto de justificación de diversas estrategias de control social diseñadas desde el poder.[3] En atención a ello, y advirtiendo sobre la existencia de un espacio de lucha competitiva tendiente a monopolizar la autoridad científica en la materia, es decir, de un campo en sentido bourdiano, se reconocen distintos estadios en el camino transitado por la eugenesia en el ámbito argentino, al cual se deben integrar necesariamente las diversas redes interinstitucionales e interestatales que incluyeron a este país sudamericano, advirtiendo su rol como faro de la eugenesia en la región. Al respecto, señalamos cuatro momentos o estadios evolutivos cuyos límites temporales obedecen a hitos o acontecimientos claves en el ámbito interno o internacional, y para lo cual seguiremos las lógicas de recepción descriptas por Glick y Henderson (1999). Al primer momento lo denominamos “de recepción de la tesis de Galton” (1883-1930); al segundo, “de consolidación del campo” (1930-1945); al tercero, ·de eugenesia tardía” (1945-1983); y al último, “de eugenesia liberal” (1983 en adelante) (Miranda, 2007).

El estadio inicial está comprendido por el período que va desde la enunciación formal de la disciplina por Francis Galton (1883) hasta la irrupción en la Argentina de la vertiente eugénico-biotipológica enunciada por el endocrinólogo fascista Nicola Pende en 1930. En este lapso, la recepción tética de la eugenesia estuvo directamente vinculada a una creencia más o menos generalizada respecto a su utilidad, probable razón por la cual integró el programa de los más variados sectores del espectro político. Por entonces, la ciencia del cultivo de la raza sería aceptada en diversos ámbitos, algunos de los cuales la consideraron como un insumo básico para el progreso y la nivelación de los grupos sociales más desposeídos, mientras que otros ponderaron sus premisas en cuanto recurso legitimador de múltiples gradaciones y exclusiones. Sin pretender sugerir aquí una inicial apropiación correctiva o cuasi científica de la tesis del primo de Darwin, cabe, empero, afirmar que las hipótesis centrales de la eugenesia constituyeron una batería teórica legitimadora de una mejora infinita de las condiciones sociales en las cuales nacían y se desarrollaban los individuos; pero también dieron lugar a una propuesta de selección artificial que, anticipándose a la propia obra de la naturaleza, les impedía de antemano a los “menos aptos” participar en la struggle for life, augurándoles que saldrían “perdedores”. Esta última interpretación, y su manifiesta potencialidad de operar, en cierto modo, como profecía autorrealizadora, sedujo a los grupos más conservadores de la dirigencia argentina: mediante la propia ambigüedad del concepto de “aptitud”, se concibieron políticas excluyentes de quienes se predefinía como ineptos. Esta lógica, funcional a los proyectos de diversos gobiernos habidos durante el siglo XX, permitió afianzar tanto las posiciones de clase como las de poder.[4]

Sin embargo, a esa policromía que caracterizó al periodo de recepción de la eugenesia, le seguiría un definitivo viraje hacia la derecha que puede vincularse a la recepción local de la biotipología –en cuanto relectura fascista de la eugenesia– a partir de la admiración sentida hacia el médico italiano Pende y materializada institucionalmente con la fundación, en 1932, de la Asociación Argentina de Biotipología, Eugenesia y Medicina Social.[5] En efecto, aquel endocrinólogo fascista que tuvo profunda influencia en el régimen de Mussolini sería invitado por el Instituto Argentino de Cultura Itálica y por la cátedra de Clínica Médica de la Universidad de Buenos Aires, a cargo de Mariano Castex, lugar donde dictó un curso de ocho lecciones de perfeccionamiento para graduados durante el mes de noviembre de 1930. No obstante, Pende ya era reconocido en el país, circunstancia que ameritó, por ejemplo, que la revista Caras y Caretas publicara, de inmediato a su llegada, una elogiosa nota celebrando su visita y destacando los antecedentes del huésped, haciendo particular hincapié en su labor como creador del Instituto Bio-Patológico-Ortogenético de Génova, “patrocinado por el Estado y cuyos beneficios tienden principalmente a la niñez escolar” (“Nicola Pende”, 1930); resaltó, días más adelante, la visita del italiano al Hospital Rivadavia (“Actualidades”, 1930). No caben dudas, pues, de que la presencia en el país del endocrinólogo italiano consolidaría el campo eugénico (a partir de ahora, “eugénico-biotipológico”, o “biotipológico” a secas) y, a la vez, le permitiría al país afianzar los lazos con el régimen fascista.

Y, si convenimos la necesidad de evitar un uso deshistorizado del concepto de “biopolítica”, considerándolo inseparable de una morfología de la gubernamentalidad (Vázquez García, 2009, p. 15), hay que tener presente que el 6 de septiembre de 1930 tuvo lugar el primer golpe de Estado en la Argentina. Desde ese momento, las Fuerzas Armadas y la Iglesia católica consolidaron sus afinidades también en el plano de lo político, considerándose “aristócratas de la salvación y como virtuosos no contaminados” (Mallimaci, 2012, p. 166), e, integrando poderes terrenos y divinos, aunaron estrategias de dominación que, en su afán totalizante, también recurrirían a la eugenesia. En efecto, siendo gobernante de facto, el general José Félix Uriburu se dispuso que los médicos Arturo Rossi y Octavio López viajaran a conocer las políticas eugénicas implementadas en Italia por Pende en cuanto brazo científico de Mussolini. Rossi y López regresaron impresionados con la doctrina pendeana, y conformaron de inmediato la mencionada Asociación Argentina de Biotipología, Eugenesia y Medicina Social, entidad civil con significativo aval oficial que luego, a poco más de una década de su creación, quedaría diluida en la órbita del Estado nacional. En ella, unirían sus fuerzas reconocidos científicos e intelectuales, tales como Víctor Delfino, Ernesto Nelson, Víctor Mercante, Gustavo Martínez Zubiría, José María Paz Anchorena, Oscar Ivanissevich, Eugenio Galli, Nicolás Besio Moreno, Alberto Coni Molina, Enrique Romero Brest, Carlos Bernaldo de Quirós, Raúl Cibils Aguirre, Gregorio Aráoz Alfaro, Salvador Mazza y Ramón Carrillo, entre otros.

Arturo Rossi quedaría constituido en directivo de la entidad, así como de su órgano de difusión, los Anales de Biotipología, Eugenesia y Medicina Social, asumiendo un rol central en la afirmación doctrinaria del eugenismo argentino a partir de la década de 1930. Para Rossi, quien creía que el problema racial era reductible a un argumento de “biología política”, la biotipología de Pende facilitaba la detección del peligroso universo de la otredad, considerando que el peligro podía permanecer oculto y adoptar diversas formas. En este sentido, y pese a que en el manifiesto fundacional de la Asociación de Biotipología se afirmaba abogar por la no distinción de razas, esa institución se sustentaba en una hipotética gradación humana. De ahí que impetraba a “determinar el biotipo étnico de la población del país” para contribuir a su mejoramiento, considerando el estudio de la inmigración como uno de los principios fundamentales de la eugenesia, junto, claro está, a la cuestión sexual visibilizada como problema, a la prostitución y al matrimonio (Sociedad Argentina de Biotipología, Eugenesia y Medicina Social [sic], 1932).

Así, a partir del sustrato teórico provisto por las tesis de aquel médico italiano, se apoyaron diversos planteos médico-criminológicos en los cuales el “mal”, que para Pende podía estar presente aun en individuos sanos en apariencia, debía ser detectado y repelido desde el aparato estatal. Para identificar ese mal, asociado no solo al alcoholismo, a la prostitución y a la homosexualidad, sino también a la disidencia política, era menester destinar parte de los recursos y esfuerzos públicos, procurando, a la vez, evitar erogaciones para quienes seguramente saldrían perdidosos en la lucha por la vida.

Este período, que denominamos “de consolidación del campo eugénico”, se extendió, sin mayores sobresaltos, hasta el inicio de la posguerra de la Segunda Guerra Mundial.

Hacia 1945, y además del clima posbélico que identificó con indudable razón a la eugenesia con el nazismo, ocurrió en el país una significativa escisión institucional. Un grupo de miembros de la Asociación Argentina de Biotipología, Eugenesia y Medicina Social, liderado por Carlos Bernaldo de Quirós, en evidente desacuerdo con la complacencia que le dispensaba aquella institución al ascendente Juan Domingo Perón, se organizaron para fundar, en ese mismo año, la Sociedad Argentina de Eugenesia, entidad privada que se afirmaría como baluarte del eugenismo antiperonista.

El período que va desde entonces hasta el advenimiento democrático de 1983 podría denominarse “tardoeugénico” o “de eugenesia tardía”. En efecto, conocida ya la funcionalidad que implicara para el régimen alemán, el mismo vocablo “eugenesia” comenzó a ser impugnado en Occidente, pese a lo cual la realidad argentina fue otra.[6] Aquí, la eugenesia siguió un itinerario en constante ascenso, que solo reconoce algunos altibajos basados más en asuntos político-partidarios que en cuestionamientos axiológicos. Sus postulados estuvieron sustentados en idéntico anclaje teórico que su período anterior, aun cuando, si se quiere, se agregó a ello una revalorización del protagonismo de la variable ambiental, a la que se le adjudicaron repercusiones “cualitativas” tanto a nivel de los individuos considerados aisladamente, como a nivel poblacional. Esta versión tardía de la disciplina galtoniana, representada por la Sociedad Argentina de Eugenesia, perduraría, al menos, hasta el final de la última dictadura cívico-militar religiosa instaurada en 1976, cuya impronta eugenésica también se apoyó en los mismos argumentos de otrora, aun cuando podría ser identificada siguiendo las categorías de Todorov (1991), más cercana a un torpe racismo que a un elaborado, aunque igualmente repugnante, racialismo.

El lapso que va desde 1983 hasta la actualidad está caracterizado por las diversas medidas neoliberales compatibles con la confianza acrítica dispensada a los descubrimientos científicos vinculados a la biotecnología, tanto agropecuaria como humana. Vale, pues, recuperar aquí el interrogante de Habermas respecto a la existencia de un eventual repotenciamiento del paradigma eugenésico, ahora en su forma liberal (2002). En efecto, ya no sería el Estado quien organice –al menos de manera explícita– los planes selectivos de aptitudes, ni quien tome decisiones respecto a la reproducción de los individuos, sino que sería el mercado, a partir de un laissez faire estatal, el que defina los términos de una nueva biopolítica que amenazaría con llegar hasta el shopping in the genetic supermarket (Singer, 2002).

Ahora bien, hecha esta periodización de la eugenesia tal como impactó en la Argentina, vale enfatizar las continuidades discursivas que sobrevivieron en el tiempo con indiferencia a cambios contextuales más o menos superficiales o profundos. Circunstancia que nos permite, en términos epistemológicos, advertir sobre la fortaleza del paradigma. Así, cabe pues retomar las ideas deudoras de la mirada braudeliana en cuanto a que el hecho, el acontecimiento, el episodio operan como datos de relevancia relativa al momento de escribir “la” historia, pero no ocupan un lugar central en la construcción de esa historia, sea esta bajo la forma de historia total o de nueva historia (Miranda, 2013). Sobre la historia de la eugenesia en particular, podría identificarse esa larga duración como parte de un fenómeno cultural trascendente, y cuya persistencia en el tiempo está afianzada en la fortaleza biopolítica de sus postulados para subsistir más o menos incólumes ante eventos habidos en el entorno que, desde otra mirada, hubieran implicado su inevitable rechazo. Esa fortaleza paradigmática, legible también como resistencia, es la que, precisamente, coadyuva a dotar a la teoría eugenésica de cierta inmunidad, permitiéndole a la vez fabricar sus propios anticuerpos para asegurarse la subsistencia (Esposito, 2005). Dicho esto, si puede afirmarse la vigencia de un paradigma más allá de la existencia de cambios contextuales relevantes que lo involucran, queda habilitado su abordaje mediante una perspectiva de larga duración. En este sentido, la eugenesia –en cuanto teoría y en cuanto praxis– constituye un ejemplo relevante toda vez que involucró en Argentina un prolongado proceso caracterizado por su pervivencia al nazismo y al fascismo, en cuyo contexto contó en su haber con dispositivos de control social que, lejos de desactivarse luego de la caída de esos regímenes, resultaron significativamente fortalecidos hasta la década de 1980. Y la ausencia de una reformulación estructural obligada luego del Holocausto, aun en países que suscribieron con mayor ahínco a una eugenesia no esterilizadora, nos sugiere la necesidad de asociar su inmunidad con la estructura de poder que la sostuvo y le aseguró su supervivencia.

A la vez, la larga duración que le atribuimos a la pervivencia de la eugenesia en el país nos impone interrogarnos sobre sus eventuales discontinuidades. Y de ahí que la sobrevida a la Segunda Guerra Mundial de discursos y prácticas eugénicas en el contexto argentino implica, en sí misma, un aspecto en cierto modo disruptivo, que amerita ser pensado como discontinuidad. Dicho esto, la eugenesia local puede ser bien definida a partir de la metáfora de su viscosidad, característica también advertida por Stern para otros ámbitos, quien utiliza –en análoga interpretación– la palabra malleability (Stern, 2010, p. 173). Lo viscoso no es sólido, pero tampoco líquido. Penetra lentamente, sin fluir, se infiltra, se adapta, pero a la vez resulta inasible, ya que, al intentar sujetarlo, retoma su movilidad. En definitiva, cambia la forma de manera permanente, conservando siempre su capacidad adaptativa al molde que lo contiene. Esta metáfora nos permite visibilizar las dificultades halladas al momento de buscar la definición a largo plazo de un proceso como el relatado, facultándonos a comprender cómo pudo un paradigma validar la mutilación y exterminio de millones de seres humanos y operar, a la vez, con un pretendido tono aséptico, para propiciar la “correcta elección de pareja previo aval o consejo experto, así como instrumentar diversas políticas educativas y sanitarias amparadas en sus postulados (Vallejo y Miranda, 2017). Y, lo más extraño aún, valiéndose de su mismo nombre.

Cabe advertir, además, que la dimensión futuro ínsita en toda lógica reproductiva se integró en la Argentina a un pensamiento de raigambre católica también dotado de un particular sesgo eugénico. En él, encontramos una marcada pretensión de disciplina social y sexual desde donde se articularon discursividades dirigidas a fortalecer, apoyadas en un contexto normativo considerado en su más amplio sentido (es decir, de la medicina al derecho, pasando por la religión), mandatos de preselección de los cónyuges, para fijar, de este modo, un imperativo de prolificidad matrimonial en el cual la maternidad era la única opción válida para la mujer.


  1. Para profundizar, puede verse Deutscher (2019).
  2. Buenos ejemplos de esta afirmación se encuentran en Bashford y Levine (2010).
  3. Reflexiones sobre la eventual cientificidad de la eugenesia pueden verse en Palma (2005).
  4. Armus y Belmartino afirman que lo que ellos denominan “higiene defensiva” perdió presencia a comienzos del siglo XX, mientras que, “desde muy diversas posturas políticas e ideológicas, un dominante e impreciso discurso eugenésico positivo” habría permeado el tema de la salud (Armus y Belmartino, 2001, p. 325). Por nuestra parte, pese a que sostenemos la escasa utilidad analítica de la diferenciación entre eugenesia positiva y negativa, coincidimos con estos autores respecto al peculiar consenso inicial que tuvo la eugenesia entre conservadores, socialistas, radicales y nacionalistas argentinos.
  5. Para profundizar sobre las instituciones eugénicas en el país, pueden visitarse: Miranda y Vallejo (2004) y Vallejo y Miranda (2005). Sobre Pende ver: Vallejo (2004), Galera (2005), Vallejo (2005) y Cassata (2006).
  6. La historiografía clásica ha destacado que a partir de 1945 solo continuaron en algunos contextos puntuales y moderadas versiones eugénicas no racistas, tras lo cual desapareció la palabra “eugenesia” del discurso público desde la década de 1960 (Roll-Hansen, 2010, p. 91).


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