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Introducción

Apropiación(es) biopolítica(s) de la maternidad

Marisa Adriana Miranda

Según la Real Academia Española, “madre” es aquella mujer que ha concebido o ha parido uno o más hijos; se destaca, a su vez, el ejercicio de su función protectora. “Patria”, por su parte, significa la tierra natal o adoptiva a la que el ser humano se encuentra ligado por vínculos jurídicos, históricos y afectivos; se utiliza este término, en general, para indicar el lugar, ciudad o país en que se ha nacido. Su etimología, proveniente del vocablo latín patria, apela a las raíces de un individuo, siendo asociada a los términos pater y patris, que remiten a “padre” y “antepasado, respectivamente. Con el transcurso del tiempo, el concepto será en parte confundido con la idea moderna de nación, emergente en la Europa del siglo XVIII, cuya raíz es compartida con las palabras latinas nationationis, identificadas con el ‘lugar de nacimiento’ o ‘pueblo, tribu, raza’. Y, aun remitiéndonos a épocas muy anteriores, la referencia de Platón nos induce a interpelarnos sobre la afectividad que la rodea, toda vez que sostiene “La patria nos engendra, nos cría y nos educa”, tal como recuerda el clásico texto La ciudad antigua (Fustel de Coulanges, 1876, p. 229).

Los lazos emotivos predominantes ya en aquella idea son evidentes al identificársela con la “tierra de los padres”, teniendo en cuenta que allí descansaban los huesos de sus mayores y, por lo tanto, era suelo sagrado. En la patria, el ser humano hallaba su propiedad, su seguridad, su derecho, su fe y su dios; y perdiéndola, lo perdía todo, volviéndose casi imposible que su interés privado se encontrase en oposición con el público.

Además, la patria fue percibida desde antiguo como una madre todopoderosa, transmitiendo aún hasta nuestros días una impronta en la cual subyacen derechos, pero también obligaciones, para quienes se encuentran bajo su protección. Ahora bien, cabe advertir que ese vínculo se presume construido con base en relaciones no individualizadas, es decir, ideadas en términos de un otro generalizado, ya sea pasado, presente o futuro, que comparte –con sus compatriotas– uno o varios atributos. Puede pensarse, entonces, que el concepto de “patria requiere, en paralelo, de la comprensión de esa mismidad ajena, la cual, aunque separada, mantiene fuertes lazos de unión. Mientras tanto, “expatriado” y “apátrida nos remiten a una especie de orfandad y consecuente estado de desprotección, del cual derivan interpretaciones que contribuyen a calificarlos como una potencial amenaza al cuerpo social en el cual tuvieron origen.

A su vez, la palabra “patria” también fue utilizada desde otros lugares y con objetivos muy distanciados de su noción prístina,[1] siendo corrompida aquella unidad primigenia a la que apela hasta llegar a una escisión casi mortal merced a su validación como elemento determinante de las categorías de identificación, clasificación, jerarquización y exclusión, propias de los autoritarismos de base biológica instaurados en Occidente durante el siglo XX. En ellos, la raza fue considerada responsable de las gradaciones humanas políticamente diseñadas que constituían esa patria. Desde esta idea, la patria consistía en una unión entre iguales, entre “yoes”, es decir, entre quienes compartían la raza, de la cual los “otros” –aunque nacidos en el mismo territorio y teniendo allí yacentes los huesos de sus mayores serían segregados.

Articulándose así con una forma de ejercicio del poder sobre la vida de los individuos y las poblaciones, la cuestión nos remite al concepto mismo de “biopolítica”. Esta noción, si bien se remonta a comienzos del siglo XX, tal como hoy es entendida fue utilizada por Foucault en 1974 en la segunda de sus conferencias sobre medicina social dadas en la Universidad de Río de Janeiro, titulada “La naissance de la médicine sociale” (Foucault, 1977).[2] Un concepto que incluye tecnologías políticas alejadas, si se quiere, del patrón bélico, las cuales, además, no se dirigen a modificar el organismo individual, sino a regular grandes procesos biológicos desde donde quedan involucradas poblaciones íntegras ostentatorias de determinadas características (Vázquez García, 2009, p. 10).

Ahora bien, ya sea merced al sesgo amoroso que inspira su raíz etimológica o ya por la utilización non sancta hecha por distintos regímenes políticos modernos, se advierte, por una parte, la impronta afectiva que envuelve al concepto de patria” y, por otra, la apropiación del término por diversas ideologías para las cuales la raza resulta un factor determinante de la cohesión y su contracara de análisis impostergable, la exclusión.[3]

La idea de raza y su biopolítica concomitante constituyeron un lugar común durante la pasada centuria. Asimismo, una versión maquillada trasmutó un burdo racismo hacia el denominado racialismo” (Todorov, 1991), cuya matriz también se asentó sobre una base desigualitaria, siendo la eugenesia –en cuanto disciplina diseñada con la intención manifiesta de cultivar la raza humana, animal y vegetal– su formulación más acabada. No obstante, más allá de la indudable cercanía de las nociones de racismo, racialismo y eugenesia, existen, empero, ciertas distancias teóricas. Mientras que el racismo apela a la ambigüedad de la variable raza para valerse de ella al momento del diseño de la exclusión y el racialismo justifica esas exclusiones mediante pretensas teorías científicas sustentadas en ideas supremacistas, la eugenesia –en cuanto expresión potenciada de ese racialismo– incorpora una mirada heterófoba que ha permitido diseñar diversas estrategias biopolíticas construidas en torno a una inasible concepción de la otredad, inclusiva pero excedentaria de la raza, fijando la mira en la reproducción humana. Reproducción en la cual también corresponde advertir la necesidad de una lectura de género, desde donde apreciar la apropiación de la maternidad por la eugenesia. En efecto, ante el evidente pasaje de la gestión de la maternidad del ámbito privado al público habido hacia finales del siglo XIX y ayudado, en gran parte, por la doctrina eugénica, la mujer tendría sobre sus espaldas una función planteada como ineludible: el logro de una buena descendencia y, por lo tanto, de una buena patria.

Valiéndose, pues, de estos marcos interpretativos, ¡Madre y patria! revisa, desde una historia situada en la Argentina, aunque también dotada de ineludibles referencias a Italia y España, aspectos centrales de la biopolítica eugénica bajo la perspectiva de su funcionalidad para la construcción de la identidad nacional.[4] Íntimamente ligadas a ella, se encuentran diversas producciones intelectuales emergentes en el país hacia comienzos del siglo XX, entre las cuales se hallan las del jurisconsulto Carlos Octavio Bunge, quien mediante el neologismo “aspirabilidad” connotaba ese impulso de perfeccionarse al infinito” que poseían solo ciertos individuos (Bunge, 1902, p. 156). Un atributo identificatorio que permitía reconocer al “ser superior pues, por contraste, carecían de él las “razas inferiores”, como lo eran los negros y los esquimales, no muy distantes de los animales”.[5]

Si bien la eugenesia detenta en su telos la mejora de la raza, pensada como una entidad concentrada en un objetivo general, futuro e incierto, integrando de este modo un colectivo que abarca, de manera indistinta, los conceptos de “nación” o “patria”, existe, además, un aspecto que impone detenernos en él. Nos referimos a que, presuponiendo toda eugenesia la faz reproductiva, subyace en ella (o, al menos, subyacía hasta años recientes) una consigna heterosexual.

En ese sentido, la presente propuesta avanza en torno a la reconstrucción genealógica de una heteronormatividad reductible a la pareja varón-mujer, unidos en matrimonio legítimo, asociada, sin más, a la necesidad de control exhaustivo de las condiciones físicas, pero también morales, de la madre o futura madre. Las preocupaciones biomédicas, jurídicas y religiosas avaladas por la eugenesia se concentraron, primero, en seleccionar a quienes, según se predecía, serían óptimas procreadoras, para luego reforzar sus dotes, convirtiéndolas en “buenas madres”. De este modo, se alejaba, al menos de la reproducción matrimonial, a quienes detentaban un potencial deformador de un promisorio acervo hereditario de la patria.

En esta línea, las condiciones físicas y morales requeridas a varones y mujeres para lograr una descendencia óptima serían medidas con distinta vara, de manera indefectible. Así, si bien aquellos también estuvieron sujetos al control de enfermedades transmisibles (o hipotéticamente transmisibles) a la descendencia, existuna marcada indulgencia en materia del abordaje de su sexo-genitalidad. Al respecto, se los solía caracterizar como indefensos ante el accionar seductor de las “malas mujeres” o “mujeres de bajos fondos”, focalizando en la prostituta con el fin de proteger a una descendencia legítima, compuesta por los hijos habidos durante el matrimonio entre el varón y una “buena mujer. Los cuidados hacia la prostituta se limitaban al resguardo de quien se valía de sus servicios, y no al de ella misma en cuanto madre: el “hijo de puta” era, entonces, un ser degradado médica, jurídica y socialmente (Miranda, 2017). [6]

Afianzadas las aparentes distancias éticas, psicológicas y biológicas entre las buenas y las malas mujeres, y descartados, en general, los cuidados para el fruto de una unión ilegítima, era la mujer-decente-madre, es decir, la “buena mujer”, a quien el Estado debía concentrarse en tutelar. Y ello enfatizado más en términos poblacionales que individuales. Discursos consolidados en torno a la necesidad de ciudadanos sanos física y moralmente para lograr una patria sana ubicaban a la madre en el lugar de garante de una generación óptima.

Estos mandatos, de indudable funcionalidad a diversas estrategias vinculadas a gestionar la sexo-genitalidad de la mujer en cuanto responsable del futuro de la patria, pervivirían durante gran parte del siglo XX. Sin embargo, a comienzos de la década de 1960 adquirieron mayor entidad sus cuestionamientos, otrora intentados desde ciertos ámbitos, aunque sin éxito. Por ese entonces, la difusión de la anticoncepción femenina coadyuvó a cierta liberalización de las uniones; se llegó, hacia las postrimerías del siglo, a una creciente aceptación social y consecuente visibilidad de las uniones homosexuales, cuya legalidad matrimonial adquiriría corporeidad en la Argentina durante los primeros años de la presente centuria.

Podría decirse que ¡Madre y patria! propone repensar la figura materna a partir de la tensión existente entre lo público y lo privado, los autoritarismos políticos y la democracia, para, finalmente, aportar insumos que nos permitan desentrañar aquellos mandatos cisheterosexuales constituidos a partir de una rígida identificación de la tríada sexo-género-procreación con la patria.

En lo formal, el texto se divide en tres partes. La primera de ellas se ocupa de una característica central de la eugenesia: la procreación. Desde este lugar, reflexiona sobre el telos mismo de la razón reproductiva, aplicable –según la tradicional bipolaridad sexo-genérica imperante– tanto a varones como a mujeres. Y, al hacerlo, se detiene en un aspecto sustancial para un abordaje integral de la eugenesia que intenta echar luz sobre las denominadas “eugenesia anglosajona”, geneticista”, “dura”, o “esterilizadora”, y eugenesia latina”, “ambiental”, blanda” o “no esterilizadora”. En este sentido, señala la hibridación que ha caracterizado al discurso eugénico en la Argentina, país en el cual, pese al predominio de la versión latina, puede vislumbrarse una llamativa ambigüedad (¿aceptación?) respecto a los postulados de la variante anglosajona. Ahora bien, llegados hasta aquí, se impone revisar la compatibilidad (o, mejor aún, incompatibilidad) entre eugenesia y derecho, en un marco constitucional liberal. La Constitución Nacional argentina sancionada en 1853 representa un insumo válido también para otras geografías que permite tensar el denominado “principio de reserva” en ella establecido con políticas estatales vinculadas a la aplicación de la eugenesia. En efecto, si conforme a ese principio las acciones privadas que no ofenden a la moral ni al orden público, ni perjudican a un tercero, están exentas de la autoridad de los magistrados y su juzgamiento solo le corresponde a Dios, vale la pena preguntarse desde qué lugar cupo interpretar la legitimidad de las intervenciones eugénicas sobre la sexualidad y reproducción humanas en cuanto ejemplos emblemáticos de la custodia del ámbito privado amparada por la Carta Magna. O si, en verdad, esta pregunta fue efectivamente realizada por los intérpretes de las normas y, en tal caso, cuáles fueron las bases teóricas que les sirvieron de apoyo. De ahí son revisadas algunas estrategias de control poblacional de base eugénica debatidas en el país.

La segunda parte del libro está centrada en exhumar la maternidad como cuestión de Estado y su involucramiento en el porvenir de la patria. En línea con lo que Foucault ha denominado “sociedades de normalización”, se pone el foco en el rol otorgado al factor ambiente por la versión eugénica predominante en el país, reacia, en principio, a las intervenciones directas sobre los órganos reproductivos. Marco conceptual que, retomando las ideas debatidas ya en el siglo XIX por Alphonse de Candolle y Francis Galton, permite explorar la influencia otorgada a los aspectos educativos (identificados con el concepto de nurture) en cuanto su potencialidad para resolver ciertos desatinos biológicos de la naturaleza (nature). Desde este lugar, el libro profundiza en el rol adjudicado a la mujer en la conformación de la raza y su responsabilidad para el logro de una “buena raza”, deteniéndose en las discursividades de los máximos referentes del cuerpo médico y jurídico como formadores privilegiados del discurso autorizado. Entre ellos, se concentra particularmente en la obra del emblemático Gregorio Aráoz Alfaro, quien, en su Libro de las Madres y aún más allá de este, incluye los mandatos de la eugenesia entre los consejos exclusivamente dirigidos a las mujeres, orientados a la concepción y crianza de la prole. Asimismo, ¡Madre y patria! propone una visión de la institucionalización del control de la reproducción en la Argentina en franco paralelismo con la relectura de los –por entonces muy arraigados– lazos con España e Italia de los períodos franquista y fascista. Estos países integraron una red de eugenesia latina cuya imbricación con la Iglesia católica la hizo más proclive a controles de la procreación que, si bien no necesariamente esterilizadores, tampoco se mantuvieron exentos de coercitividad, fuera esta legal o confesional. Circunstancia que permite explicar el aval dado por sectores opositores a la esterilización eugénica a diversas intervenciones públicas en las decisiones reproductivas, por naturaleza, privadas. A continuación, se hace hincapié en la educación materna, en el contexto del combate de los males venéreos, tarea en la cual la Liga Argentina de Profilaxis Social sería la institución más emblemática. Las estrategias lideradas por su mentor, Alfredo Fernández Verano, la convirtieron en una entidad que, si bien se mantuvo concentrada en impedir la transmisión de enfermedades venéreas desde el varón que acudía a un ámbito prostibulario hacia su esposa, mujer-decente-madre, también la dotaron de un sesgo netamente eugénico. Además, se contempla aquí la educación formal de la mujer en cuanto dispositivo normalizador por excelencia de la madre o futura madre, ocupando un lugar impostergable de este libro, cuya segunda parte concluye con la revisión de una particular e ignota disciplina jurídica, creada en la Argentina por el abogado Carlos Bernaldo de Quirós: el derecho eugénico. Esta novísima rama del saber caracterizada por su transversalidad epistemológica abarcaba una serie casi infinita de temáticas, que oscilaban desde aspectos del derecho laboral hasta la constitución del matrimonio y la familia, organizados siempre en sintonía con los parámetros de heterosexualidad, monogamia e indisolubilidad del vínculo; ideario cuya larga duración se integraría a la doctrina de la dictadura cívico-militar-religiosa (1976-1983).

La tercera, y última, parte está compuesta por indagaciones respecto a la suerte seguida por la eugenesia en la región luego de la posguerra de la Segunda Guerra Mundial, repensando, a su vez, el impacto generado en aquella por la crisis del mandato procreativo de las últimas décadas. Así, por un lado, se reconstruye la recepción de una genitalidad sin maternidad, vinculada a la difusión en la Argentina de la píldora anticonceptiva en cuanto habilitadora de la disociación entre sexo-genitalidad y reproducción, y donde, en definitiva, el placer femenino adquiriría independencia de la otrora concomitante obligación procreativa. Por otro lado, se reflexiona sobre la eventualidad de una maternidad sin genitalidad, a partir de la utilización de las técnicas de reproducción asistida, con el resonante caso del nacimiento de la niña inglesa Louise Brown, en 1978. Ambas cuestiones catalizarían la tan temida amenaza de escisión entre genitalidad y maternidad. Para finalizar, el libro cierra con un inevitable sobrevuelo por la problemática de ser “madre” –y de las “Madres” y “Abuelas” (dos veces madres)– durante la última dictadura, advirtiendo la subsistencia de un sesgo eugénico en las políticas genocidas instrumentadas.

Sin embargo, el tránsito hermenéutico por las fuentes que se presentan en este trabajo, visitadas desde una necesaria larga duración, no quedó exento de hipótesis rivales. Entre ellas, una de las más significativas ha sido la que se interroga sobre los verdaderos propósitos habidos en el uso del término “patria”. Es decir, si su invocación constituyó una retórica funcional a los fines de incorporar a la población los avances médicos desarrollados durante el siglo pasado en materia de protección de la madre y el hijo; o si, por el contrario, esa tutela fue un beneficio colateral o secundario obtenido a partir de intencionadas lecturas hechas por las elites en busca de optimizar la gestión de la reproducción. O bien, si coexistieron ambos propósitos.

Así, y siguiendo el derrotero adoptado por la eugenesia y su inmanente imperativo procreacional, ¡Madre y patria! explora la maternidad desde las raíces mismas de la heteronormatividad protagónica en la Argentina. Circunstancia en la cual la mujer adquirió particular entidad, por lo cual quedó constituida, en cuanto productora de hijos, como sujeto/objeto a ser disciplinado mediante una biopolítica legitimada en un pretenso bien de la patria.

 

La Plata, octubre de 2020


  1. Para ampliar, ver Turda y Weindling (2007).
  2. A los aportes fundamentales de Foucault, se agregan, por nombrar algunos, las relecturas del francés hechas por Agamben (1998, 2004), Esposito (2005, 2009) y Negri (2007).
  3. Para profundizar en las ideas de nación y patria en el contexto regional, sugerimos ver: Quijada, Bernand y Schneider (2000), Funes (2006), Biagini (2009) y Di Meglio (2014).
  4. Sobre la influencia del evolucionismo y la eugenesia en la conformación de identidades latinoamericanas, ver Álvarez Peláez (2003).
  5. Carta de Carlos Octavio Bunge a Roberto Bunge, escrita tras el impacto que le produjo ver en el Zoológico de Londres a un grupo de esquimales en una jaula cercana a la de los osos blancos ( Terán, 2000, p. 156). Ver, además, Miranda y Vallejo (2006).
  6. Nuestro trabajo se distancia, pues, del abordaje de diversos institutos regulados por el derecho penal, tales como el aborto y el infanticidio. Para un análisis reciente desde esta perspectiva, ver Di Corleto (2018).


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