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Prólogo

La nación argentina y la invención
de la madre eugénica

Francisco Vázquez García[1]

En el plan previsto por Michel Foucault y presentado en La volonté de savoir (1976) para la redacción de una genealogía de la sexualidad en Occidente, se contemplaba una secuencia añadida de cinco volúmenes además del publicado, cuya última entrega habría de titularse Population et races. En ese texto, después de haberse ocupado en tomos anteriores de la “histerización del cuerpo femenino”, de la “pedagogización del sexo del niño” y de la “psiquiatrización del placer perverso”, el pensador francés debería explorar la “socialización de las conductas procreadoras”. Le tocaba así el turno a las “parejas” y al modo en que sus conductas reproductivas se convertían en asunto de interés público y de interrogación médica debido a sus consecuencias para la supervivencia y la salud de las naciones. Los problemas de la política demográfica, el racismo de Estado, la inmigración, la eugenesia y la planificación familiar conformarían el argumento central de ese sexto y último volumen. Como es sabido, el programa previsto no se ejecutó, de modo que lo que Foucault pensaba sobre este asunto solo lo podemos conocer parcialmente a través de algunos cursos, borradores e intervenciones datados en la década de 1960.

¡Madre y patria!, de Marisa Miranda, puede entenderse como una continuación, muy mejorada y aplicada a un estudio de caso, el de Argentina desde finales del siglo XIX hasta hoy, de esa sexta entrega proyectada por Foucault. Lo que este pretendía exponer de manera compartimentada, separando a las mujeres de los niños, de los hombres adultos y de las parejas, aparece tratado en el presente libro de una manera transversal, aunando la historia de las racionalidades biopolíticas, los estudios de género y el análisis acerca de la construcción de las identidades nacionales. En la estela de Foucault, pero también de Roberto Esposito, el elemento que articula este triángulo lo constituye la historia del biopoder, pero, a diferencia de lo que sucede con el pensador francés, Marisa Miranda no olvida mostrar que el gobierno de la vida está sesgado por la dominación de género. Por eso esta investigadora, autora de un sinnúmero de trabajos fundamentales –en solitario o en coautoría con Gustavo Vallejo principalmente– de historia de la eugenesia, del cuerpo, del darwinismo social o de la sexualidad en Argentina, pone este trasfondo al servicio de una reconstrucción genealógica de la figura de la madre y de la maternidad, afrontada como garantía del vigor y de la supervivencia de la gran nación sudamericana.

No es habitual encontrar investigaciones que sinteticen el estudio de las formas de biopoder con los procesos de sujeción patriarcal, pero aún resulta más infrecuente la incorporación añadida de la perspectiva sobre la maternidad junto al interés por la conformación histórica de las identidades nacionales. El estudio de este último proceso, al menos desde los trabajos clásicos de Robert A. Nye (Masculinity and Male Codes of Honor in Modern France, 1993) y George L. Mosse (The Image of Man, 1996), suele entrecruzarse a menudo con la historia de las masculinidades, pero no tanto con la historia de las identidades femeninas, y más específicamente con la figura de la madre, a pesar del tópico que presenta a esta como símbolo de la patria.

Lejos de la rigidez metodológica, pero también del mero devaneo ensayístico, el trabajo de Marisa Miranda exhibe con amenidad los tres ejes de interés propios de un estudio genealógico: poder, saber y subjetividad. Las dimensiones del poder y del saber se examinan simultáneamente al concentrarse en los avatares del discurso eugenésico en Argentina. Este es meticulosamente periodizado, diferenciando cuatro jalones en su dilatada existencia; desde su despegue a finales del siglo XIX hasta su lento apagamiento a mediados de la década de 1980. La eugenesia involucra al mismo tiempo el despliegue de mecanismos de poder disciplinarios (como la instauración del certificado médico prenupcial obligatorio) y reguladores (como los incentivos fiscales dirigidos a parejas prolíficas o la educación de la maternidad difundida en revistas femeninas), pero también configura un vasto saber acerca de las poblaciones, afectando a disciplinas como la demografía, la criminología, el derecho, la medicina social, la puericultura y la pedagogía, entre otras. En este aspecto, uno de los principales desafíos del libro, como advertirá el lector, consiste en dilucidar las peculiaridades de la eugenesia argentina explicando al mismo tiempo las causas de su prolongada vigencia. A diferencia de lo sucedido en buena parte de Occidente, donde el discurso eugénico se vio desprestigiado y recusado tras el descubrimiento del genocidio nazi, en Argentina su fortaleza institucional y su difusión no se vieron menoscabadas. Marisa Miranda documenta por ejemplo la tentativa de la Sociedad Argentina de Eugenesia para hacer aprobar en 1949 un ambicioso anteproyecto legislativo, o la propuesta del odontólogo Ramón Riba en 1952 para crear un Ministerio de Eugenesia, o la instauración en 1957 de una Facultad de Eugenesia, única en el mundo.

Para dar cuenta de esta obstinada perduración, la autora tiene que poner entre paréntesis una división ideal típica consolidada por la historiografía, que distingue entre una eugenesia anglosajona, más dada a subrayar la primacía de la herencia y de la intervención directa sobre los organismos (v. g. la esterilización obligatoria a anormales y delincuentes), y una eugenesia latina que resalta el papel desempeñado por el medio ambiente y la importancia de las medidas educativas. En Argentina, en cambio, aunque la situación varió a tenor de las cambiantes coyunturas, tendió a prevalecer una suerte de eugenesia mixta, donde la hegemonía de los argumentos ambientalistas alternó con la relevancia otorgada a la dotación biológica. Conformada no como un bloque, sino como un “campo”, en el sentido de Bourdieu, como recuerda la profesora Miranda, estructurado por las luchas entrecruzadas de médicos y juristas, la eugenesia argentina mostró una extraordinaria maleabilidad, de modo que, tras la Segunda Guerra Mundial, tendió a enfatizar más la importancia del medio, alejándose del duro hereditarismo nacionalsocialista y tejiendo una fuerte alianza con los planteamientos de la Iglesia católica, de forma que se garantizó así una duradera existencia.

Para cifrar la singularidad del caso argentino, Marisa Miranda recurre ampliamente a la historia comparada de la eugenesia. Destaca los intercambios con las tradiciones española (Vallejo-Nágera, Marañón, Martínez Vargas) e italiana (Pende, Gemelli) y la proyección internacional de eugenistas argentinos (en particular Aráoz Alfaro), pero también las relaciones con las variantes estadounidense y alemana.

Las prácticas de poder-saber cristalizadas en la eugenesia contaron en Argentina con un tupido tejido institucional y con una considerable incidencia en la legislación estatal. La tensión entre la biopolítica disciplinaria y reguladora, por un lado, y el poder de soberanía democratizada, esto es, la tradición del derecho liberal, por otro, fue una constante en esta historia y compone uno de los principales enclaves del libro. Las disciplinas y las regulaciones eugenésicas apuntaban a maximizar la fuerza de la comunidad nacional inmunizándola frente a sus potenciales enemigos; esto requería la producción de una progenie abundante –el natalismo es uno de los supuestos de la eugenesia argentina– y saludable, lo que exigía que las mujeres se encauzaran fundamentalmente a su cometido de madres prolíficas y solícitas en el cuidado de su descendencia. Se impuso así el prototipo de la “madre eugénica” como forma de subjetividad femenina que las instituciones debían fabricar. La salvaguarda de una patria vigorosa y cohesionada requería por tanto una rígida estabilización y naturalización de roles de género polarizados y complementarios.

La educación de los géneros debía ajustarse, pues, a la diferenciación biológica de los sexos, evitando todo uso pedagógico que favoreciera la masculinización de las mujeres y garantizando al mismo tiempo la reproducción a través de la única pauta erótica que la hacía posible: la heterosexualidad. De este modo, la producción de la subjetividad normativa representada por la madre eugénica tenía su contrapartida en aquellos sujetos abyectos que ponían en riesgo la perpetuidad de la comunidad nacional. La prostituta, con su secuela de contagios venéreos que amenazaban con inficionar a los hijos legítimos a través de la afectación de los padres casados que frecuentaban el burdel, aparecía como el reverso de la madre eugénica. Se unía así a ese elenco de tarados (homosexuales, débiles mentales, locos, idiotas, disidentes políticos, vagabundos, inmigrantes indeseables) que conformaban “lo otro” de la nación, aquello de lo que esta debía inmunizarse.

En las páginas que cierran el volumen, Marisa Miranda acompaña al lector para visitar, empuñando el instrumental genealógico suministrado, algunas de las escenas más desconcertantes y también más siniestras de la reciente historia argentina. Se sigue de cerca la recepción que tuvo en este país la “revolución de la píldora” a partir de la década de 1960 y posteriormente la acogida periodística del nacimiento de Louise Brown en 1978, primera bebé-probeta”. Ambas circunstancias abrían una brecha inédita entre el placer sexo-genital y la reproducción, disociando la condición de madre y de consumidora de disfrutes genitales. La alianza entre los eugenistas y los representantes de la Iglesia católica argentina no se hizo esperar para dar respuesta a las nuevas variaciones de la maternidad que estos cambios tecnológicos hacían emerger, como si se tratara de “puntos de fuga” deleuzianos, afirmando la autonomía del placer femenino y desbaratando el rostro de la madre eugénica. Al mismo tiempo, la jerarquía eclesiástica, los eugenistas y los valedores de la dictadura militar instaurada en 1976 encapsulaban en el personaje del “subversivo” a todas las subjetividades abyectas que suponían un peligro para la continuidad de la nación. El “subversivo” era aniquilado, pero su descendencia, reconducida gracias a los protocolos de una eugenesia ambientalista, podía ser secuestrada para reubicarla en el seno de familias decentes y patrióticas. La necropolítica de la dictadura y su desafío, encarnado por la “maternidad desgarrada” que representaban las Madres de Mayo, encuentran así su lugar dentro de un relato que no deja de interpelar al presente, y no solo al de Argentina. Hoy, acompañando al revival de lo que Thomas Piketty denomina “ideologías nativistas”, sea en los Estados Unidos de Trump, en el Brasil de Bolsonaro, en la Hungría de Orban, en la Italia de Salvini, en la España de Abascal o en la Francia de Le Pen, regresan también viejas pesadillas, como el proyecto para restaurar un paisaje de sexos, de géneros y de sexualidades polarmente estabilizadas, de una patria donde la fecundidad de sus naturales sirva de contrapeso a la multiplicación de los inmigrantes, de una nación amurallada y robusta, de una comunidad de sangre y de suelo, liberada al fin de todo aquello que la hace temer y temblar.

 

Cádiz, octubre de 2020


  1. Catedrático de Filosofía de la Universidad de Cádiz y presidente de la Asociación Centro Iberoamericano de Estudios sobre Sexualidad.


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