Del territorio “imperfectamente conocido” a la construcción de un discurso irredentista (1900-1945)
Agustín Daniel Desiderato
Introducción
La producción académica argentina dedicada a Malvinas es amplia. La mayor parte gira en torno al Conflicto del Atlántico Sur de 1982 –a veces posicionándose también sobre las décadas inmediatamente anteriores o los años de posguerra– y aborda cuestiones de índole social, cultural, política o militar.[1] Un cuerpo más reducido de trabajos se concentra en los siglos XVIII y XIX, insertando así a las Islas en una trama más amplia y compleja.[2] Sin embargo, ese dinamismo que sostiene la literatura sobre Malvinas no parece replicarse en la primera mitad del siglo XX. Si bien existen algunas investigaciones, la etapa todavía permanece raramente examinada.[3]
Uno de los asuntos pendientes, por ejemplo, es el que aborda el presente capítulo: las diferentes visiones y apreciaciones que los oficiales de la Armada Argentina –cuadro profesional integrado por individuos que habían ingresado voluntariamente al servicio, para formarse e instruirse en la dirección y el comando– tenían de las Islas Malvinas, entre 1900 y 1945. Se trata de una investigación importante y a la vez necesaria, no solo porque se concentra en un periodo poco explorado, del que existe un conocimiento limitado y donde perduran ciertas ideas erróneas y extemporáneas, sino porque lo hace sobre la trama de un sector del campo militar que no suele tener protagonismo en la producción académica. Vale destacar que incluso los propios historiadores especializados en estudios navales no han indagado mucho en el tema; y cuando lo hicieron, se enfocaron casi exclusivamente en el descubrimiento y ocupación del archipiélago, la usurpación británica de 1833 y, sobre todo, la guerra de 1982 (Scheina 1987; Pertusio 1989; Tanzi 1994; Destéfani 1980, 1982, 1990, 1991, 1993). A modo de hipótesis se sostiene que, contrario a algunas ideas instaladas, la cuestión Malvinas no estuvo siempre presente en la Armada. Se construyó durante la primera mitad del siglo XX, por efecto de un discurso, elaborado con base en las opiniones, apreciaciones y sentidos de diferentes oficiales, que rescataba la importancia de las Islas en el marco de los intereses marítimos y la defensa nacional.
El corpus documental consultado es diverso. Se compone de notas y artículos publicados en revistas especializadas, además de libros, conferencias, comunicaciones personales, estudios e informes, que en su mayoría provienen del archivo y biblioteca del Departamento de Estudios Históricos Navales (DEHN) y la Biblioteca “Capitán Ratto” de la sede central del Centro Naval.
Malvinas a principios del siglo XX
La Armada Argentina que había ingresado al 1900 respondía a los lineamientos de una marina poderosa, con proyección marítima, luego de una acentuada transformación desarrollada en las últimas décadas del siglo XIX, por la cual se abandonó la idea de que el único centro de riqueza estaba en el Río de la Plata. A ese cambio de vista geopolítico y estratégico, respondió la construcción de Puerto Militar, en Bahía Blanca, y la adquisición de modernas unidades de mar que cambiaron completamente la fisonomía de la flota argentina, como los destructores Corrientes, Entre Ríos y Misiones, el crucero Buenos Aires, la fragata escuela Presidente Sarmiento, y los acorazados Garibaldi, Pueyrredón, San Martín y General Belgrano (Oyarzábal 2005, 324-325). Fue entonces cuando la Armada comenzó a desarrollar una mayor presencia en los mares australes, con base en tres sucesos fundamentales: el viaje de la corbeta Uruguay y el rescate de los integrantes de la expedición sueca de Otto Nordenskjöld; la cesión de la estación meteorológica y magnética formada por el explorador escocés Williams Bruce en la isla Laurie de las Orcadas del Sur; y la formación de una Compañía de Pesca Argentina instalada en las Islas Georgias del Sur, dedicada a la caza y faena de ballenas (Tanzi 1994, 372).
Ahora bien, sería natural suponer que Malvinas ocuparía un rol clave, dentro de esa proyección que la Armada desarrolló en el Atlántico Sur; sin embargo, el análisis de la documentación disponible muestra que, de hecho, no fue así. Las Islas están prácticamente silenciadas de las fuentes institucionales. No se mencionan en ninguna de las memorias que el Ministerio de Marina publicó anualmente entre 1900 y 1914. Por entonces, las preocupaciones e intereses giraban alrededor de otros temas, como, por ejemplo, las tensiones limítrofes con Chile y el poder naval de Brasil, la reciente aprobación de la ley de conscripción naval, la producción petrolera de Comodoro Rivadavia, la adquisición de unidades para la Escuadra y la votación de una nueva Ley Orgánica, que pudiera atender algunos de los defectos e inconvenientes existentes en el régimen de ascensos y retiros del personal de la Fuerza.[4]
La referencia al archipiélago en los escritos de los oficiales navales es muy escasa, casi inexistente. Una de las excepciones corresponde al alférez de navío José María Sobral, que acompañó a la expedición de Nordenskjöld, en calidad de representante de la Marina, desempeñando tareas de geodesta y observador meteorológico.[5] Cuando arribó a las Malvinas, a bordo del ballenero Antarctic, escribió en sus memorias el siguiente comentario, respecto a la sensación que le generaba pisar las Islas: “Hoy a las 6 am fondeamos en Port Stanley ¡Pensar que soy extranjero en mi tierra!”.[6]
En 1903, un autor bajo el seudónimo G.A. –que muy probablemente sea Gabriel Albarracín– escribió “Relación abreviada de la cuestión de las islas Malvinas”, texto que repasaba los argumentos y derechos históricos argentinos, la usurpación británica y el estado actual de la controversia.[7] Una de las razones del artículo había sido el “imperfecto conocimiento” que se tenía del tema, tanto dentro como fuera de la Armada, a pesar de que constituía uno de los pleitos internacionales que más había sido tratado por el derecho. El autor advertía que, desde aquel reclamo de Manuel Moreno ante el Reino Unido en 1833, la cuestión había perdido terreno, mientras Inglaterra se ocupaba de establecer nuevos títulos de posesión, invertía cuantiosos capitales en las Islas y la “raza” de sus ocupantes se “[arraigaba] con los años”. La usurpación, que en un momento parecía “flamante” y “abierta a la discusión”, se presentaba entonces como un hecho sancionado por los años, algo que eventualmente haría más difícil el reclamo y con “menos esperanzas de éxito”.[8]
G. A. aseguraba que era sencillo comprender las razones que tuvo Inglaterra para convertir a las Malvinas en colonia, “poseyéndolas de todo y dotándolas de fortificaciones”. Eran uno de los eslabones más importantes dentro de la cadena de rutas interoceánicas que sostenían el poderío marítimo inglés.[9]
A quien no le parezca de gran peso esta razón, que piense en el número de buques de vela que, aun en el siglo del vapor, doblan el cabo de Hornos, llevando la bandera inglesa, y con ella las riquezas de un océano al otro. Que piense que desde las Malvinas, la nación que posee la más fuerte armada del mundo, corta y domina por completo las rutas del sur de la América Meridional. Que recuerde que el mismo fin la impulsó en 1807 contra el Río de la Plata y la Colonia del Cabo; y como la política del gabinete inglés desde esa época no ha variado, antes más bien se ha reforzado con las doctrinas imperialistas, apreciará qué clase de dificultades tiene que combatir la elocuencia diplomática del que representa a una débil república sudamericana.[10]
Para el autor, la usurpación de Malvinas demostraba que el derecho del más fuerte primaba sobre la justicia y la razón, y denunciaba que la cuestión se encontraba casi paralizada, porque mientras la corona británica guardaba silencio, el gobierno nacional era poco activo en los reclamos. Eso se debía, en parte, a la “desorganización política” y a la sujeción económica y comercial que Argentina tenía con Gran Bretaña. De hecho, el capital e influencia que la “industria del gran pueblo sajón” tenía sobre el argentino eran “avasalladoras”.[11]
Otro hecho destacable de esta primera etapa fue la publicación de “Les îsles Malouines” (1910), del francés Paul Groussac, escritor y director de la Biblioteca Nacional. El Centro Naval decidió adquirir rápidamente la obra, para difundirla entre sus miembros, pues consideraba que era
[…] un estudio razonado y jurídico de la historia de las Malvinas y de los diversos acontecimientos que las llevaron a poder de Inglaterra […] prestará algún servicio al país, contribuyendo a la difusión de las causas por que la República ha perdido las Islas, como también haciendo recordar a los gobernantes que la Argentina está en el deber de no abandonar una reclamación que podría ser contestada después amparándose en el recurso de la prescripción.[12]
Sin embargo, no debería sobredimensionarse el impacto real que esto tuvo en los círculos navales de aquel entonces. En primer lugar, la obra apareció traducida al español recién en 1936 y no todos los oficiales hablaban francés. Los cadetes de la Escuela Naval Militar tenían la posibilidad de estudiarlo, como opción al inglés, pero eso no siempre ocurría, dada la relevancia que en ese entonces tenía la Royal Navy en el modelo profesional de la Armada (Rouquié 1986, 102-103). En segundo lugar, la cuestión Malvinas no fue un tópico recurrente en las publicaciones especializadas, como el Boletín del Centro Naval y la Revista de Publicaciones Navales.[13] De hecho, en los inicios del siglo XX solo se publicó un artículo y es el que ya hemos mencionado.
Malvinas en clave estratégica
La Primera Guerra Mundial provocó varios efectos e impactos en el seno de la Armada, que por entonces esperaba renovar parte de su escuadra, con la compra de acorazados y destructores. El inicio de las hostilidades interrumpió ese proceso, cuando todos esos buques, salvo los acorazados, terminaron siendo requisados por los beligerantes; del mismo modo, la guerra provocó el cierre del mercado mundial de armamentos, dejando a la Argentina sin alternativas de compra, por no disponer de una industria naval de envergadura (Desiderato 2019).
La situación general se tornó más compleja, cuando las potencias emprendieron una carrera tecnológica que causó una pérdida de valor militar en la flota nacional. Los buques que presentaban cierta antigüedad, o algunas limitaciones operativas, habían quedado en casi completa obsolescencia. Sin acceso al mercado de armas, no fue posible reacondicionar las unidades más comprometidas, que terminaron desactivadas o en condición de desarme. Por otra parte, la decisión del Reino Unido de prohibir sus exportaciones de carbón, por considerarlo material estratégico, fue otro factor que afectó a la Armada. La falta de combustible repercutió en los movimientos de la Escuadra y, en consecuencia, en las prácticas y entrenamientos del personal, en las maniobras y ejercicios navales, y en los patrullajes de soberanía que se realizaban sobre aguas territoriales (Desiderato 2019).
El 8 de diciembre de 1914 se produce la Batalla de Malvinas, un acontecimiento relevante dentro del frente naval de la Gran Guerra. El Escuadrón de Asia Oriental del vicealmirante Maximilian Johannes von Spee, que había acabado momentáneamente con la presencia británica en el Pacífico Sur, luego de la Batalla de Coronel, planeó hacerse con las Islas Malvinas. Con los cruceros acorazados Scharnhorst y Gneisenau, y los cruceros ligeros Nürnberg, Leipzig y Dresden, intentó apoderarse de la estación telegráfica y el depósito de carbón, y atacar los buques británicos fondeados en Puerto Stanley, pero no lo logró. Sus fuerzas resultaron completamente aniquiladas por la escuadra del vicealmirante sir Frederick Doveton Sturdee. De la escuadra de Spee, solo escapó el Dresden, que posteriormente sería hundido a la altura del archipiélago Juan Fernández, el 8 de marzo de 1915 (Halpern 2015).
Desde el comienzo de la guerra, el Imperio Alemán invocó la cuestión Malvinas para hacerse con las simpatías de la opinión pública argentina y, al mismo tiempo, erosionar la adhesión que Gran Bretaña tenía en el país. La estrategia de propaganda alemana empleó varios argumentos. Uno de ellos había sido el tenor imperialista y expansionista que había caracterizado al Reino Unido a lo largo de su historia, cuya prueba más palpable había sido la propia usurpación ilegítima que había hecho de las Malvinas en 1833. Otro argumento era insistir en la posibilidad de que, si Alemania ganaba la guerra, le devolvería las Islas a la Argentina (Tato 2020, 38).
En 1917, la cuestión Malvinas cobró nuevo impulso, luego de la crisis diplomática provocada por el incidente Luxburg y los hundimientos de algunos buques de bandera argentina por parte de submarinos alemanes. La posición netamente neutralista que venía sosteniendo la Argentina entró en tensión y la movilización de la opinión pública alcanzó una enorme intensidad. Temiendo que el gobierno se uniera al bando de los Aliados, los partidarios de la causa alemana intensificaron su propaganda y los sectores neutralistas reflotaron el tema Malvinas, exclamando que Argentina jamás podría alinearse con Gran Bretaña, cuando esta le había quitado las Islas (Tato 2020, 38).
Este acaloramiento de los ánimos no encontró réplica entre los oficiales de la Armada, quienes se mantuvieron estrictamente profesionales, durante los críticos años de guerra. De cualquier modo, el desarrollo de la Batalla de Malvinas no dejó de llamarles la atención, sobre todo, dada su proximidad con el territorio nacional. Muchos querían conocer los pormenores del enfrentamiento con el mayor detalle posible, por lo que el Ministerio de Marina le solicitó a la comisión naval argentina en Londres que remitiera informes al respecto. La tarea no resultó sencilla, pues los beligerantes se mostraban celosos a la hora de facilitar información militar sensible. El capitán de navío Julián Irizar, jefe de la Comisión, advertía:
[…] no se tienen más noticias de la guerra que las que publican los diarios… Se sabe lo que la censura quiere que se sepa y nada más. Hay gente más conversadora que otra pero no más enterada. Yo me veo a menudo con los Agregados Navales y con los otros Jefes de Comisión y todos estamos al nivel de los que pueden leer diarios. Oficialmente no se consigue un dato, es una guerra en secreto y eso que en Inglaterra es donde hay más liberalidad. […] en Francia y sobre todo en Alemania y Austria se vive completamente en la luna. Allí no hay más noticias que las que da el Gobierno, de acuerdo a lo que quiere hacer creer.[14]
Pese a sus limitaciones, la Comisión consiguió elaborar dos informes: el primero con base en datos del periódico Times, que había publicado algunos croquis y esquemas facilitados por uno de los marinos que participó de la batalla; el segundo, con datos extraídos del parte oficial que el Almirantazgo británico difundió tiempo después. Ambos informes se publicaron en la Revista de Publicaciones Navales, para acercar los contenidos al resto de la oficialidad.[15] El Boletín del Centro Naval también colaboró en la empresa, publicando “Combates navales de Santa María y de las Malvinas”, del contraalmirante alemán Eugen Kalau vom Hofe, para que los socios pudieran elaborar una “crítica militar” de esa acción, cuya ubicación la hacía “verdaderamente” interesante para los “estados navales sudamericanos”.[16]
Por su proximidad con el territorio nacional, la Batalla de Malvinas generó preocupación entre los oficiales argentinos. Esteban de Loqui, capitán de fragata retirado, señalaba que el país necesitaría de “todos los elementos y clases del combate naval”, para hacer valer sus derechos y soberanía en el contexto bélico imperante.[17]
Las Malvinas se encontraban ubicadas frente al estrecho de Magallanes, próximas al pasaje de Drake y al canal de Beagle, y eran un punto de control bioceánico entre el Atlántico y el Pacífico. Para algunos oficiales, la Primera Guerra Mundial volvió a confirmar el valor estratégico de ese enclave. En junio de 1916, Segundo Rosa Storni, entonces capitán de fragata, dictó dos conferencias en el Instituto Popular de Conferencias del diario La Prensa, donde reflexionaba sobre los diversos problemas que planteaban los intereses marítimos argentinos.[18] En la primera disertación, que portaba el título “Razón de ser de los intereses marítimos argentinos. Factores que facilitan u obstaculizan el poder naval de la Nación”, opinaba que las Islas Malvinas tenían poco valor comercial y que su naturaleza era “pobrísima”, pero que habían sido ocupadas por el Reino Unido, prosiguiendo con un “gigantesco plan de flanquear y dominar todas las rutas comerciales del mundo” (Storni 1916, 26-27). El interés argentino por las Islas también era estratégico, y para Storni iba en sintonía con cuestiones de defensa nacional.
Si llegamos un día a ver plenamente asegurada la defensa nacional contra cualquier riesgo, si podemos contar con el apoyo o la neutralidad de los flancos y la retaguardia, quedarían, como única base posible para operar contra nuestras costas, las islas Malvinas (Storni 1916, 27).
Malvinas era un territorio próximo a las costas nacionales y, por ello, no era conveniente que estuviera bajo el control de una potencia extranjera. No obstante, eso no significaba que había que recuperarlas y Storni lo dejó claro en su conferencia, al afirmar que no traería a colación la cuestión de “los derechos”, sino únicamente la de “los intereses” de la Nación (Storni 1916, 27). Por un lado, sostenía que la presencia naval británica en las Islas menoscaba los intereses marítimos argentinos, pero, por otro lado, también creía que Gran Bretaña siempre había manifestado una actitud “favorable y benevolente” con el país, y que la riqueza nacional era inseparable de la de “ese gran foco de cultura y de consumo”. En ese sentido, dada las buenas relaciones entre ambos, pensaba que la devolución de Malvinas era posible y que aquello no afectaría “en lo más mínimo” la “grandeza y poderío” del Imperio Británico; por el contrario, despejaría “la única nube” que existía en la amistad de los dos pueblos (Storni 1916, 28).
Otro oficial de la Armada que pensó en Malvinas en términos estratégicos fue el teniente de fragata Esteban Repetto.[19] En 1916, en medio de la guerra mundial, escribió Contribución al Estudio de la Defensa Naval, donde analizó la situación argentina, en materia de armamentos y defensa. Una de las cuestiones que le interesaban puntualmente era la posibilidad de conflictos futuros, uno de ellos con Gran Bretaña. Repetto sostenía que, como eventualmente la Argentina alcanzaría un desarrollo industrial y comercial de magnitud y dejaría de depender de los productos británicos, para convertirse en competidora directa de ellos, se originarían tensiones y conflictos entre ambos países.
¿Quién puede decir que nuestras lanas, en un futuro no lejano, se conviertan en riquísimos paños de características tan buenas o mejores que la de los paños ingleses, y que nuestros petróleos, cueros, maderas, así como también la incalculable riqueza mineralógica de todas nuestras regiones montañosas, donde el carbón de piedra, los aceites minerales, el estaño y los numerosos metales de mayor valor, desde el oro a las tierras colorantes y de manufactura cocida (cerámica, etcétera), que existen en pleno olvido, produzcan una revolución en el intercambio mundial que nos obligue a ver una serie de rivales en los mercados extranjeros con quienes hoy mantenemos relaciones posibles por razones de necesidades mutuas… (Repetto 1916, 134).
De existir rivalidades con Gran Bretaña, Argentina debería atender sus problemas estratégicos y prepararse en materia de defensa. En ese punto, las Malvinas ocupaban un rol clave, pues, si bien se encontraban “olvidadas en el rincón más meridional de la América”, su cercanía las convertía en “una formidable amenaza [para] las costas patagónicas”. Desde allí podría aproximarse una escuadra enemiga, por lo que era urgente ubicar un centro estratégico en el sur, para defender “los principales centros de riqueza” y otros puntos “de orden militar” (Repetto 1916, 134).
Parece que hasta la opinión pública coincidiera con esta manera de pensar. Cuántas veces hemos oído decir a personas completamente ajenas a cuestiones militares, qué es lo que haríamos si corrientes de fuerzas procedentes [de] las Malvinas nos infestaran los vastos mares de la Patagonia, y preguntar: ¿Tenemos algo previsto para su defensa, en consideración al rápido desarrollo progresivo de las costas patagónicas? (Repetto 1916, 135).
En 1917, Benjamín Villegas Basavilbaso, por entonces alférez de navío retirado, director del Boletín del Centro Naval y profesor en la Escuela Naval Militar, publicó un artículo sobre la importancia del conocimiento histórico en la educación militar, detallando al mismo tiempo el contenido de los programas de historia con los que estudiaban los cadetes.[20] La lectura de ese trabajo permite observar que por entonces la cuestión Malvinas era un tópico de estudio dentro de la formación de los oficiales. Integraba la bolilla XI del programa de historia argentina y americana. “La cuestión Malvinas no puede pasar sin el conocimiento de sus antecedentes históricos. Tiene para nosotros singular interés; por lo menos no se debe ignorar las causas de su pérdida y los derechos indiscutibles que nos acompañan”.[21]
Inmediata posguerra y década de 1920
Los años que siguieron al fin de la Primera Guerra Mundial coincidieron con un momento en el que la oficialidad de la Armada realizó una importante introspección. Por entonces, la Fuerza transitaba por un agudo cuadro de obsolescencia, en parte, producto de los efectos del conflicto. Muchos oficiales analizaron la situación y elaboraron planes de modernización, con base en las lecturas y enseñanzas que habían extraído de la guerra (Desiderato 2022).
La Batalla de Malvinas era sumamente estudiada; de hecho, los alumnos de la Escuela Naval Militar la aprendían en detalle.[22] Algo parecido ocurrió con muchos oficiales, que escribieron sobre el tema, a partir de sus propios intereses profesionales. Por ejemplo, el teniente de fragata Gregorio Báez se ocupó de los códigos de señales utilizados en el enfrentamiento, mientras Esteban de Loqui expresaba que la escuadra británica había sido superior a la alemana, por su mejor coeficiente de fuego y velocidad, y el teniente de navío Jorge Games comprobaba que el buque de superficie y el cañón seguían siendo factores decisivos en la guerra naval.[23]
Fuera de lo estrictamente militar, las Malvinas también aparecen mencionadas en algunos trabajos. El 11 de julio de 1924, en una conferencia dictada en el Colegio de Abogados de la Ciudad de Buenos Aires, Segundo Storni afirmaría categóricamente que la importancia de las Islas era prácticamente nula, pues no tenían “valor comercial ni intrínseco ni de escala” (Storni 1924, 10). Por su parte, diferente fue la mirada de Juan Pablo Sáenz Valiente, quien veía en las Malvinas una cuestión de soberanía nacional.[24] Este vicealmirante retirado –ministro de Marina durante las presidencias de Roque Sáenz Peña y Victorino de la Plaza– había publicado El desarme como política internacional, en 1923, un trabajo que dialogaba con la experiencia reciente de la Gran Guerra y el contexto de pacifismo y desarme que caracterizó a los años veinte. En líneas generales, Sáenz Valiente señalaba que Argentina debería contar con fuerzas navales bien equipadas y entrenadas, pues la guerra era natural en el hombre y representaba un peligro siempre latente.
No son pues, suficientes los pactos de desarme para prevenir la guerra, quizá son contraproducentes, porque, admitidos de buena fe por algunas de las partes, obran en contra en el instante mismo que las partes se levantan contra lo pactado, nada más que porque son más fuertes y así conviene a sus ambiciones (Sáenz Valiente 1923, 12).
La clave del trabajo de Sáenz Valiente era la desconfianza hacia el derecho internacional, al entender que, como medio de resolución de controversias, no había sido eficaz al momento de evitar el estallido de la última guerra. Por ello, sostenía que la fuerza era el único medio práctico para proteger la soberanía de las naciones; y ponía a Malvinas como ejemplo. Decía que:
[…] la alegación de derechos entre naciones, tiene su trámite, sus bases más o menos deleznables y sus fórmulas, que en conjunto permiten, sin menoscabar lo que se titula soberanía, buscar soluciones aceptables unas veces, equitativas otras y justas las menos. Y bien entendido, que ninguna de estas soluciones es realizable, sino cuando el valor de la organización militar y el poder de los armamentos son de éxito dudoso, pues, en el caso contrario, tiene siempre el mejor derecho y la justicia, aquél que posee mayor fuerza, circunstancia que elimina por inútil la discusión, como nos ocurre a nosotros con nuestros buenos y justos derechos sobre Malvinas (Sáenz Valiente 1923, 8).
En 1927, el Boletín del Centro Naval publicó “Bordejeando”, un ensayo sobre los descubrimientos, exploraciones y levantamientos de las costas patagónicas que había ganado el “Premio Almirante Brown”, uno de los certámenes literarios que organizaba el Centro Naval.[25] El trabajo tenía la firma de Teniente H. Doserres, seudónimo del teniente de navío Héctor Raúl Ratto, retirado luego como capitán de fragata y director del Museo Naval. Contenía varias páginas dedicadas a la extensa historia de las Malvinas, con su descubrimiento y ocupación, sin dejar de mencionar que se trataba de una “tierra irredenta de las generaciones argentinas” que había sido ilegítimamente usurpada por Gran Bretaña.[26] En un artículo posterior, Ratto volvió a retomar el tema, para refutar algunas hipótesis que atribuían el primer descubrimiento de las Islas a Américo Vespucio o a las expediciones de Magallanes, y resaltó el importante papel que debería ocupar el Museo Naval en la investigación de todo lo relacionado con Malvinas.
Tales hipótesis, que constituyen unos de los argumentos que algunas personas mal informadas utilizan para consolidar nuestros derechos de posesión de las islas Malvinas, deben ser desechados sin remordimiento patriótico, porque nada sería más opuesto al triunfo de una buena causa […] que fundamentarlo sobre bases históricas inexactas…
Si los internacionalistas […] necesitan saber a ciencia cierta quién fue el primero que avistó las islas Malvinas, que lo pregunten porque no es un asunto difícil de dilucidar. El Museo Naval de reciente creación puede abocarse desde ya [a] tal estudio, con tal, claro está, que se le den los elementos necesarios o, lo que es mejor, que se los busque…[27]
El capitán de fragata Teodoro Caillet-Bois, dedicado a la historia naval luego de su retiro, fue otro oficial que escribió sobre Malvinas. En 1928 publicó un resumen en español de The Struggle for the Falkland Islands, a Study in legal and diplomatic History, obra de Julius Goebel, profesor de derecho y filosofía en la Universidad de Columbia. Caillet-Bois consideraba al texto un “prolijo estudio sobre la cuestión de las Malvinas”, realizado con base en un “profundo conocimiento”, que serviría para aclarar algunos “puntos oscuros” y sería de “gran interés” para los oficiales de la Armada.[28]
En 1929, Caillet-Bois publicó Ensayo de historia naval argentina, una obra de carácter didáctico, que intentaba explicar el extenso devenir histórico naval argentino, desde el período hispánico hasta el presente. Dentro de los numerosos temas tratados, dedicó algunas páginas a lo que consideraba un acto “de gran importancia en la cuestión diplomática de las Malvinas”: la toma de posesión de las Islas que había hecho David Jewett, comandante de la fragata Heroína, en cumplimiento de instrucciones dispuestas por el gobierno de las Provincias Unidas (Caillet-Bois 1929, 176). En otros apartados, la obra trabajó el episodio de la usurpación británica, a la que calificó de “atropello”, pues Gran Bretaña, que siempre había “codiciado” las Islas, se apoderó de ellas con un “zarpazo a mansalva”, “hollando” los legítimos títulos de posesión argentinos. Caillet-Bois confiaba en que las Islas “tarde o temprano” volverían a ser argentinas, pero no luego de un esfuerzo militar, sino por voluntad inglesa, ya que era mayor el daño que su posesión causaba “al buen nombre” de aquella “potencia ocupante” que el “aprovechamiento material” que realmente reportaba (Caillet-Bois 1929, 351-353).
Malvinas en clave nacional
Durante la década de 1930, la cuestión Malvinas fue intensamente utilizada en la arena política e intelectual argentina. Se popularizaron intentos gubernamentales por generar construcciones y relatos sobre la historia de las Islas, para intentar colocar el tema en el imaginario social de los argentinos (Rubio García 2020, 56). La actividad de los oficiales de la Armada responde a ese contexto, aunque su producción literaria comienza a vislumbrarse recién al finalizar la década.
En 1938, Héctor Ratto publicó “Hacia una doctrina argentina sobre Malvinas”. El propósito del trabajo era mejorar la comprensión de un tema “trascendente”, “doloroso”, “intrincado” y “palpitante”, incorporando planteos “fehacientes y valederos”, que hasta entonces no habían sido considerados, mientras se desechaban otros, por “inconsultos e inconsistentes”, que no aportaban “nada nuevo” y “oscurecían” la cuestión (Ratto 1938, 711-712). Ratto repasaba los antecedentes históricos, con abundantes mapas y documentos, hasta llegar al “ingrato año” de 1833, cuando el dominio británico de Malvinas pasó a ser, para los argentinos, “una espina dolorosamente incrustada en la parte más sensible de su joven organismo”.[29]
Malvinas se vuelve un tópico recurrente y aparece en la revista Caras y Caretas del 10 de junio de 1939, en el contexto de los debates por la provincialización de la Patagonia, un “grave problema” que, se indicaba, debía ser resuelto para que al país no le “quitaran” ese territorio como “ya le habían quitado” las Malvinas. La culpa era de Juan Manuel de Rosas, que había “olvidado” a las Islas, por entender que la Argentina “terminaba” en el Río Colorado.[30]
No nos engañemos como el avestruz. Si alguna potencia soñara el sueño delirante de quitarnos la Patagonia, la culpa será nuestra: la hemos dejado en el olvido, en el abandono, en la miseria. ¿Por qué nos quitaron los ingleses las islas Malvinas? Porque Rosas las había olvidado. Porque para Rosas la República Argentina terminaba en el Río Colorado.
El crimen de Rosas no es haber degollado a 200 enemigos. Si no los degüella, lo degüellan a él. El crimen de Rosas es haber degollado a su patria en las Malvinas.[31]
La nota pertenecía a Juan José de Soiza Reilly y se había redactado con base en los comentarios y aportes de varios especialistas, entre ellos, algunos oficiales navales de máxima jerarquía, como los almirantes Segundo Storni e Ismael Galíndez. Ambos creían necesario fomentar el sentir nacional en los territorios patagónicos, mediante educación e inversiones en infraestructura, así como protegerlos y defenderlos, incrementando allí la presencia del Ejército y la Armada.[32]
Humberto Burzio, oficial vinculado al escalafón de Intendencia y activo historiador marítimo y naval, también compartió el pensamiento de que las Malvinas se habían perdido por responsabilidad de Juan Manuel de Rosas. En un escrito publicado en 1944, aseguraba que el “tirano”, figura que por entonces se pretendía “reivindicar”, apelando a una “propaganda sofística” y a una dialéctica de “dudosa habilidad”, había sido el artífice de una “tentativa de renunciamiento de los derechos incuestionables” sobre las Islas. Burzio señalaba que la delicada situación fiscal de Buenos Aires había llevado a Rosas a gestionar, a través de Felipe Arana, su ministro de Relaciones Exteriores, y Manuel Moreno, el representante argentino en Londres, la decisión “antipatriótica” de renunciar a Malvinas, a cambio de saldar el empréstito de la casa Baring Brothers.[33] Las categóricas afirmaciones de Burzio provocaron tensiones entre los miembros del Centro Naval. Miguel Rodríguez, uno de los socios, le escribiría una nota al contraalmirante Héctor Vernengo Lima, presidente del Centro, para manifestarle su malestar ante la “severa diatriba” y la “viva detracción” que Burzio había hecho de Rosas, con un artículo que, a su entender, tenía graves contradicciones y no resistía el menor análisis.[34]
Fuera de este último hecho casi anecdótico, vale la pena indicar la multiplicidad de rumbos que por entonces tomó la temática Malvinas. Algunos oficiales de la Armada ya hablaban de las Islas como “nuestras”, resaltando así su condición de territorio usurpado.[35] Durante aquellos años, el capitán de fragata Esteban Repetto escribió Marina Mercante, una obra de varios capítulos, íntegramente publicada en el Boletín del Centro Naval, que insistía en la necesidad de contar con una marina mercante nacional. Uno de los planteos era la extensión del litoral marítimo argentino, que era de “riquezas incalculables” y se extendía desde la costa hasta “300 millas mar afuera”, anexando allí a las Malvinas, a las que Repetto consideraba “un patrimonio innegable” del país.[36]
El tema Malvinas también comenzó a figurar con cierta regularidad en “Inteligencia a media driza”, sección del Boletín del Centro Naval que publicaba notas anónimas de lectores, con opiniones y noticias vinculadas a la profesión y al contexto nacional e internacional. Por ejemplo, en “Alrededor de las Malvinas”, se comunicaba cómo el senador Robert Reynolds, de Carolina del Norte, había traído a colación la cuestión Malvinas en uno de los debates del Congreso que trababa la neutralidad estadounidense frente a la Segunda Guerra Mundial. Según el autor de la nota, eso había “reavivado” un “interesante movimiento de opinión pro recuperación” de ese “archipiélago irredento de los argentinos”.[37] A eso, otro escritor anónimo agregó que no le parecía “desagradable” que en esa “gran república” se comprendiera “la justicia de los derechos argentinos”.[38] Otra intervención, titulada “La propaganda oficial y lo argentino”, alertaba de la “falla grave” en uno de los números de MAN –la revista del Ministerio de Agricultura– que había publicado un mapa de la Argentina sin las “irredentas islas Malvinas”. El autor de la nota opinaba que, con ese error, uno juzgaría que el Ministerio realizaba una “labor de propaganda destinada al extranjero”.[39] Finalmente, en “Los congresos de historia”, se insistía en lo importante que era debatir y presentar trabajos sobre el mar argentino, en los distintos congresos de temas históricos que tenían lugar en el país. Se decía esto, pues, generalmente los expositores se concentraban únicamente en “exaltar” la actuación de los personajes ligados al pasado nacional y desestimaban otros asuntos, que también eran importantes, como aquellos relacionados con las expediciones marítimas e hidrográficas realizadas en las costas patagónicas y “los problemas del descubrimiento de las islas Malvinas”.[40]
¿Recuperar Malvinas?
El estallido de la Segunda Guerra Mundial otra vez demostraría la importancia estratégica de las Islas Malvinas. En 1939, la corona británica formó allí fuerzas de defensa y levantó puestos de vigilancia, y en 1942, con la entrada de Japón en la guerra, colocó una guarnición para proteger las Islas en caso de ataque. El archipiélago también fue un punto logístico clave para los buques de la Royal Navy; por ejemplo, fue allí donde se retiró el HMS Exeter, para realizar reparaciones de emergencia, luego de su enfrentamiento con el crucero alemán Admiral Graf Spee, en la Batalla del Río de la Plata, en diciembre de 1939.
La cercanía de ese enfrentamiento puso en alerta al presidente Roberto M. Ortiz, que suponía que la neutralidad argentina podría ser fácilmente vulnerada por las escuadras beligerantes. Por ello, le ordenó al almirante León L. Scasso, su ministro de Marina, que organizara patrullajes sobre las aguas nacionales. En ese contexto, una sección de tres aviones de la Escuadrilla de Patrulleros realizó el primer vuelo a las Islas Malvinas (Arguindeguy 1981, 601).[41]
Como medida inicial, se había establecido una Estación Aeronaval Auxiliar en Bahía Uruguay, próxima a Puerto Deseado, bajo la jefatura del teniente de navío Urbano de la Fuente Olleros, que contó con el apoyo del teniente de navío Rafael Ojeda, comandante del rastreador Bouchard. Allí se fondearon tres puertos de amarre para los hidroaviones y se establecieron depósitos de combustible y algunas instalaciones menores. El 19 de enero de 1940 volaron desde la Base Aeronaval de Puerto Belgrano hasta la Bahía Uruguay, tres aviones Consolidated P2Y-3A, de la Escuadrilla de Patrulleros, a las órdenes del teniente de navío Salustiano Mediavilla. Fueron destacados, además, como apoyo naval en el área del Atlántico Sur, los destructores Cervantes, Garay, Mendoza y La Rioja (Arguindeguy 1981, 601).[42]
Con condiciones meteorológicas favorables, se inició el vuelo en la madrugada del 22 de enero. Los tres hidroaviones se detuvieron frente a las Islas Los Salvajes, al noroeste de Malvinas, sin ser detectados por los británicos. Alcanzado el objetivo y fotografiadas las Islas, se emprendió el regreso. Esta acción demostró la factibilidad de unir por aire y con los medios existentes el archipiélago con el continente, aunque el operativo nunca fue hecho público (Arguindeguy 1981, 601).
En el marco de la Segunda Guerra Mundial, la Armada siguió con especial atención la situación de las Malvinas. El 18 de junio de 1940, el Ministerio de Marina presentó un informe secreto titulado “Ligera apreciación de la situación”, que esgrimía algunas probables hipótesis de conflicto, si las hostilidades llegaban al continente sudamericano. La fecha del documento coincidía con uno de los momentos más críticos de la guerra: los ejércitos alemanes habían entrado en París y Francia negociaba un armisticio, mientras Winston Churchill, recién nombrado primer ministro, pronunciaba su famoso discurso “Their finest hour” ante la Cámara de los Comunes, buscando mantener la moral alta en el pueblo británico, que había quedado solo frente a la Alemania de Hitler. El estudio del Ministerio de Marina advertía que, como consecuencia del giro que habían tomado los acontecimientos, resultaba evidente que tarde o temprano se producirían cambios fundamentales que afectarían a todas las naciones, tanto en lo político, como en lo económico y social, pues “[esa] guerra” no era “simplemente un encuentro entre potencias militares sino una lucha de sistemas que probablemente [introducirían] reformas sustanciales en todos los órdenes de la actividad mundial”. La Argentina eventualmente también afrontaría esos efectos, a pesar de su “posición de relativa comodidad”.[43]
Uno de los escenarios que intuía el informe era la “base presumiblemente cierta”, de que se produzca un triunfo de Alemania lo “suficientemente decisivo” como para imponer condiciones a Gran Bretaña respecto a su imperio colonial, del cual las Malvinas formaban parte. Ese era el “único motivo de preocupación” que tenía Argentina, a saber, que otra potencia ejerciera su dominio sobre las Islas.[44]
[…] la historia no tolerará sin severas críticas para los responsables, el traspaso del dominio que Gran Bretaña ejerce sobre esas islas a cualquier otra nación que no sea la nuestra… si tal cosa estuviera por suceder, se producirá dentro del país una reacción que estamos en el deber de evitar, para que no influya peligrosamente en la política interna de la nación.
Nada permite afirmar hoy por hoy, que tal cambio de dominio tenga efecto entre Gran Bretaña y otra nación que no sea la nuestra: pero, muchos indicios hay para presumir que ello pueda suceder, si con toda previsión no tomamos por nuestra cuenta las medidas oportunas para evitarlo.[45]
No solo se temía que otra potencia ocupara Malvinas; también generaba preocupación lo que podría ocurrir con Estados Unidos. Por entonces, ese país era neutral, pero esa condición podría cambiar fácilmente en el futuro. Si entraba en guerra contra Japón y Alemania, y una perturbación afectaba transitoriamente al canal de Panamá, el gobierno estadounidense podría observar con interés “la importancia estratégica” de las Malvinas. Y en caso de mantenerse neutral, tampoco podría “dejarse de ver la importancia de esas islas para la política de expansión y absorción económica y comercial que [caracterizaba] a EE. UU. y a todas las naciones de origen sajón”.[46] Después de todo:
[…] los gobernantes de EE. UU. han tomado ya en cuenta este aspecto estratégico de su país. Sus amplias y divulgadas declaraciones referentes a la necesidad de protección y ayuda a todo el continente, amparándolas en la Doctrina de Monroe que nunca hemos aceptado; la extraordinaria propaganda de las mismas y su insistencia ante el silencio, que pareciera deliberado, de las autoridades responsables de las naciones sudamericanas; informaciones reservadas y frecuentes de nuestros representantes en aquel país y más que todo y sobre todo, su última gestión ante la Marina Argentina en demanda del otorgamiento de bases navales para su escuadra y de un entendimiento recíproco para la confección de planes de guerra; son indicios fehacientes de una intención deliberada de inmiscuirse en nuestros problemas.[47]
Asimismo, el informe señalaba la preocupación que producía la coincidencia de que, en esos “momentos angustiosos”, Estados Unidos haya dispuesto que dos cruceros y un destructor navegaran hacia al Atlántico Sur. Su presencia allí podría hacerse permanente, formando “el clima propicio para una ocupación definitiva”, lo cual era el “procedimiento normal” que seguían “los pueblos de [esa] raza”. Si eso ocurría, Argentina perdería las Malvinas “para siempre”. Para evitarlo, se recomendaba “adelantarse a los acontecimientos” y movilizar una importante parte de la Flota a la isla de los Estados, para mantenerse a la espera y acudir a las Malvinas a la primera orden. Si los buques estadounidenses efectivamente llegaban al archipiélago, se encontrarían con los buques argentinos; y de esa forma, sin anteponer ningún espíritu agresivo, se mantendrían “irreductiblemente” los derechos nacionales.[48]
El Ministerio de Marina presentó otro informe secreto al día siguiente –19 de junio– proponiendo algunos escenarios, con lo que podría ocurrir con las Malvinas dentro del contexto de guerra. En primer lugar, estaba la posibilidad de que las Islas cayeran en manos de Alemania e Italia, lo que supondría una grave amenaza a las comunicaciones de Estados Unidos, en caso de destrucción del canal de Panamá.[49] Si eso ocurría:
[…] los Estados Unidos tendrán tanto interés como nosotros de que dichas islas no pasen a poder de los totalitarios.
En consecuencia, corresponde que el país con o sin el apoyo de los Estados Unidos, tome posesión de las islas Malvinas y Georgias antes de que pasen a poder definitivo de Alemania e Italia.[50]
El documento presentaba varios modos de acción para concretar la recuperación de las Islas: primero, conseguir que Inglaterra las devolviera; segundo, lograr que Alemania e Italia las regresaran, si las obtenían como botín de guerra; tercero, tomarlas por la fuerza.[51] El primero de los casos, sería una cuestión de:
[…] habilidad política [que] podría tener éxito solo en el caso de que Inglaterra viera próxima su derrota y tuviera la seguridad de perder su flota o que se llegara a exigir la entrega de posesiones a los alemanes e italianos, como precio de la paz. Es un procedimiento que no debemos perder de vista por si la situación llegará a presentarse en la forma supuesta y no hubiéramos encontrado otra mejor solución a tan importante problema.[52]
Por su parte, el segundo caso resultaba “factible”, siempre y cuando las “intenciones futuras” de Alemania e Italia no incluyeran operaciones militares en Sudamérica ni contemplaran una mirada de índole estratégica sobre Malvinas. Por consiguiente, se estimaba que ese modo de acción no era efectivo y que solo debía tenerse en cuenta en caso de que fallaran las “otras soluciones seguras y ventajosas”. En definitiva, el informe sentenciaba que el “único medio seguro de llegar a entrar en posesión de las islas Malvinas y Georgias”, era el tercer y último caso: tomarlas por la fuerza. Eso entrañaría un “serio peligro”, dependiendo de si se producía o no un enfrentamiento entre Estados Unidos, Alemania e Italia.[53] Si no había conflicto:
[…] el interés de dichos países por las islas Malvinas […] será menor y no asumirá la condición de vital importancia. En este supuesto, se estima factible realizar una operación marítima, probablemente de carácter limitado, para apoderarse de dichas islas, acción que puede y debe ir apoyada de una hábil gestión diplomática ante los países indicados inclusive Inglaterra, buscando también el apoyo diplomático de los países de América.
Claro está que la elección del momento para realizar dicha operación marítima, debe ser elegido con sumo cuidado y preparar su camino haciéndolo preceder por la acción diplomática ya mencionada; procedimiento este que permitirá apreciar mejor la situación y por consiguiente, tener mayor seguridad en la elección del momento para llevarla a cabo.[54]
Ahora bien, en caso contrario, si efectivamente existía un conflicto entre Estados Unidos, Alemania e Italia, la situación se volvería “gravísima” para el continente americano, particularmente para Estados Unidos, que necesitaba mantener libres las comunicaciones con el Atlántico Sur, en el caso no improbable de que el canal de Panamá fuera inutilizado. También resultaría de suma importancia para Alemania e Italia disponer en Malvinas de una base conveniente en la región, para operar eficazmente contra el comercio marítimo estadounidense. Ambas circunstancias serían igualmente perjudiciales para la Argentina, por lo que el informe decía tajantemente que no era conveniente “bajo ningún concepto que países europeos se instalen frente a nuestras costas apoderándose de las Malvinas” y que había que recuperarlas, apelando al apoyo de los Estados Unidos, si fuera necesario. Como compensación, podría permitírsele a ese país utilizar las Islas como base de operaciones hasta el final de la guerra. Ese parecía ser el procedimiento que “mejor cubriría las apariencias”. Además, por “propia conveniencia” no se debería “ir en contra de Estados Unidos”. Era mejor “aceptar la realidad impuesta por las circunstancias”.[55]
En 1940, la Escuadra de Mar elaboró un informe confidencial y de carácter reservado, titulado “Memoria sobre las Islas Malvinas”, que había sido redactado en Puerto Belgrano y llevaba las firmas del jefe del Estado Mayor de la Armada, capitán de navío Ernesto Basilico, y del jefe de operaciones, capitán de fragata Mario Leoni. El documento describía la situación general de las Islas, haciendo foco en la población, las condiciones sanitarias, las fuerzas militares, las telecomunicaciones, y los establecimientos más importantes, como Puerto Stanley, Goose Green y Darwin. Advertía que a las Islas las defendía la Falkland Islands Defence Force, dispositivo compuesto por dos pelotones de infantería, un destacamento de artillería, una sección de ametralladoras y otra de comunicaciones, apoyadas por algunas baterías, de mediano y grueso calibre, de ubicación desconocida; también existían algunas estaciones radiotelegráficas, pero “informaciones de muy buena fuente” aseguraban que las Islas no estaban comunicadas con el exterior “por ningún cable telegráfico submarino”.[56] El informe evidenciaba el interés particular de la Armada por conocer las características del terreno, la distribución de los núcleos urbanos y, sobre todo, la composición y número de los efectivos militares. Y ese interés cobra especial relevancia cuando se observa que, al año siguiente, en 1941, durante el ministerio de Marina del vicealmirante Mario Fincati, se materializan dos documentos claves que proponen recuperar Malvinas mediante la opción militar: “Apreciación general de la situación política internacional de la República Argentina” y “Ocupación de las Islas Malvinas”.[57]
El primero fue un extenso estudio, de carácter secreto, que el Estado Mayor General de la Armada había elaborado para sintetizar los posibles modos de acción de la Argentina, frente a las distintas rivalidades y controversias existentes en Sudamérica y los intereses extranjeros en la región.[58] Las Malvinas se mencionan en el trabajo, como uno de los litigios territoriales que el país tenía pendiente y que podía ocasionar “rozamientos” con otras naciones. Luego de repasar los argumentos y derechos argentinos sobre las Islas, el estudio concluía que, si no era posible recuperarlas por la vía diplomática, no debería descartarse la vía militar.[59]
Las declaraciones sistemáticas de los derechos de la República Argentina sobre las mencionadas islas, se estrellan contra la necesidad político-militar de su actual poseedor.
Existe una conciencia nacional formada acerca de su valor moral, político y militar para la Argentina.
Dos necesidades vitales para las dos naciones, la que sostiene sus derechos y la que las ocupa, no parecen tener cabida en una solución pacífica.
Por la misma razón que éstas islas son una necesidad político-militar para Inglaterra, lo serán también para cualquier potencia mundial que las ocupara.
Debe crearse la situación favorable. La actual guerra puede llevar a una situación favorable por lo cual nuestra política debe ser vigilante y provocar dicha situación.
De no obtener una solución pacífica favorable a los intereses argentinos, el tiempo conducirá al conflicto violento.[60]
Como se observa, el Estado Mayor General de la Armada no descartaba la opción militar para recuperar las Malvinas, valiéndose de alguna ventana de oportunidad en el contexto de la Segunda Guerra Mundial. Ahora bien, lo que el estudio no precisaba era cómo hacerlo. Es allí donde cobra relevancia el segundo de los documentos, presentado a continuación.
El 26 de septiembre de 1941, mientras Alemania avanzaba sobre el Frente Oriental y la Unión Soviética perdía Kiev, el capitán de fragata Ernesto Villanueva entregaba un trabajo titulado “Ocupación de las Islas Malvinas”, para la cátedra “Operaciones combinadas” que dictaba el entonces teniente coronel Benjamín Rattenbach, en la Escuela de Guerra Naval.[61]
Villanueva sabía que Argentina tenía derechos “inalienables” sobre Malvinas, pero temía que las Islas fueran ocupadas por otra potencia, por efecto de la guerra mundial. Por eso, proponía apoderarse de ellas mediante un “golpe de mano”, restituyendo así un territorio que le pertenecía al país y cuya “situación estratégica” era de “vital importancia” para la defensa marítima, la vida económica y la riqueza de la Nación.[62] La toma se haría mediante una operación combinada, con efectivos de la Armada y el Ejército.[63] El factor sorpresa era fundamental, por lo que uno de los primeros objetivos de la misión era cortar el cable submarino y destruir las estaciones radiotelegráficas de Puerto Stanley y Bahía Fox (Fox Bay). El desembarco se realizaría en la playa de la Bahía Urania (Uranie Bay), al sur de la Bahía Anunciación (Berkeley Sound), mientras la Escuadra tomaba a la Bahía Cow (Cow Bay) como base de operaciones.[64]
El Estado Mayor General del Ejército se interesó por el estudio de Villanueva y le pidió una copia a Rattenbach, quien la envió junto con algunos comentarios y apreciaciones personales. En síntesis, opinaba que el plan no ofrecería “mayores dificultades”, aunque lo complejo sería defender las Islas “frente a una tentativa de reconquista de los ingleses”; y de eso, el trabajo de Villanueva nada decía.[65]
Algunas conclusiones
Este capítulo se ocupó de algunas de las apreciaciones y observaciones que la oficialidad de la Armada Argentina hacía de Malvinas, en la poca explorada primera mitad del siglo XX. Luego de los diferentes artículos, libros, estudios, trabajos e informes analizados, se advierten una serie de hallazgos que se resumen a continuación.
La cuestión Malvinas no estuvo siempre instalada en la Armada ni generó el interés de sus oficiales. Entre 1900 y 1914 las menciones son prácticamente inexistentes. Nada dicen las memorias del Ministerio de Marina, por ejemplo, ni los números de la Revista de Publicaciones Navales, que dependía oficialmente del Servicio de Inteligencia Naval. El único artículo aparece en el Boletín del Centro Naval y su autor, bajo un seudónimo, no hace más que alertar acerca del poco dinamismo que tenía el tema y lo “imperfectamente conocido” que era dentro de la Marina.
Durante la Primera Guerra Mundial y los años de la década de 1920, las Islas se encuentran referenciadas en varios artículos y conferencias; sin embargo, el interés de los oficiales se limitó a la Batalla de Malvinas (8 dic. 1914), especialmente en la conducción, los medios y las armas empleadas por los combatientes. Las Malvinas solo se analizaron por su importancia estratégica, dentro del contexto bélico global, y no por su condición de territorio argentino usurpado por una potencia extranjera.
En la década de 1930 comienzan a observarse algunos cambios. La temática se hace más presente en los escritos de gran parte de la oficialidad, la cual emplea un discurso en clave nacionalista, para reclamar por la recuperación de las Islas, aunque sin apelar a la confrontación ni a la retórica bélica. Muchos consideraban que Gran Bretaña, si bien había ocupado ilegítimamente el archipiélago, era una potencia benévola, con buenas relaciones y vínculos históricos con Argentina, que eventualmente devolvería pacíficamente las Islas.
Con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, por primera vez la cuestión Malvinas se inserta de lleno en la Armada, a nivel institucional, y comienza a aparecer en la documentación oficial del Ministerio de Marina. La situación del archipiélago fue detenidamente analizada por las autoridades navales, que elaboraron varios informes reservados, con posibles escenarios y cursos de acción. La mayor preocupación era que otra potencia ejerciera su dominio sobre las Islas, si Gran Bretaña resultaba decisivamente derrotada; pues, de ese modo, se creía que Argentina perdería definitivamente el territorio. Fue entonces cuando comenzó a plantearse la necesidad de recuperarlas, incluso mediante la opción militar, si era necesario, lo que demuestra el cambio discursivo que para entonces se había desarrollado en la Armada. El territorio imperfectamente conocido, pobre y sin valor alguno, como señalaban algunos oficiales en las primeras décadas del siglo XX, había pasado a ser considerado, a partir de la década de 1940, una cuestión de interés estratégico, que se vinculaba con la defensa y la soberanía nacional.
Referencias bibliográficas
Arguindeguy, Pablo (1981). Historia de la Aviación Naval Argentina, tomo 1. Buenos Aires: Departamento de Estudios Históricos Navales.
Barriera, Darío (2019). “Un rumor insistente. Saberes y circuitos de información para gobernar un archipiélago (las Islas Malvinas entre la corte y el territorio, 1756-1767)”. Diálogo Andino 60: 57-70.
Barriera, Darío (2020). “Malvinas: de periferia del mundo conocido a centro de una disputa global (1758-1767)”. Investigaciones y Ensayos 69: 1-18.
Barriera, Darío (2021). “¿Quiénes se mueven y qué movilizan? Una lectura de la colonización francesa de Malvinas en el Atlántico Sur (1764-1767)”. Rivista Mediterranea 53: 621-650.
Barriera, Darío (2022). “Un gobernador para el Sur del mundo: Felipe Ruiz Puente y los inicios del gobierno español de las Islas Malvinas (1767-1770)”. Mélanges de la casa de Velázquez 52: 249-276.
Caillet-Bois, Teodoro (1929). Ensayo de historia naval argentina. Buenos Aires: s/e.
Caillet-Bois, Teodoro (1939). Costa sur y plata. I – Episodios. Buenos Aires: s/e.
Desiderato, Agustín (2019). “La Primera Guerra Mundial y su influencia en la Armada Argentina, 1914-1927. Una aproximación”. En Guerras del siglo XX: experiencias y representaciones en perspectiva global, coordinado por María Inés Tato, Ana Paula Pires y Luis Esteban Dalla Fontana, 63-76. Rosario: Prohistoria.
Desiderato, Agustín (2022). “Discussing Maritime Defence Programmes during the Interwar Period: Argentine Navy Officers and the Lessons of the First World War (1919-1924)”. War in History.
Destéfani, Laurio (1980). Manual de Historia Marítima Argentina. Buenos Aires: Tall. Gráf. De la DIAB.
Destéfani, Laurio (1982). Malvinas, Georgias y Sandwich del Sur, ante el conflicto con Gran Bretaña. Buenos Aires: Edipress.
Destéfani, Laurio (1990). “Malvinas y la Antártida”. En Historia Marítima Argentina, tomo 8, dirigido por Laurio H. Destéfani, 411-437. Buenos Aires: Departamento de Estudios Históricos Navales.
Destéfani, Laurio (1991). “Las Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur (1900-1950)”. En Historia Marítima Argentina, tomo 9, dirigido por Laurio H. Destéfani, 295-325. Buenos Aires: Departamento de Estudios Históricos Navales.
Destéfani, Laurio (1993). “Malvinas de 1950 a 1982”. En Historia Marítima Argentina, tomo 10, dirigido por Laurio H. Destéfani, 115-140. Buenos Aires: Departamento de Estudios Históricos Navales.
Haller, Sofía (2020). “Malvinas y el mundo: registros portuarios históricos de las Islas (1826-1832 y 1842-1914)”. Prohistoria 34: 315-337.
Halpern, Paul (2015). “Battle of the Falklands”, en 1914-1918-online. International Encyclopedia of the First World War, editado por Ute Daniel, Peter Gatrell, Oliver Janz, Heather Jones, Jennifer Keene, Alan Kramer, and Bill Nasson. Berlin: Freie Universität Berlin.
Lorenz, Federico (2011). “El malestar de Krímov. Malvinas, los estudios sobre la guerra y la historia reciente argentina”. Estudios 25: 47-65.
Oyarzábal, Guillermo (2005). Los marinos de la Generación del Ochenta. Buenos Aires: Emecé.
Pertusio, Roberto (1989). Una Marina de Guerra ¿Para hacer qué? Buenos Aires: Instituto de Publicaciones Navales.
Ratto, Héctor (1928). Bordejeando. Trabajo de vulgarización sobre los descubrimientos, exploraciones y levantamientos de las costas patagónicas. Buenos Aires: Tixi y Schaffner.
Ratto, Héctor (1936). Batallas navales adaptadas al programa de historia de la Escuela Naval Militar. Buenos Aires: Tall. Gráf. de Luis Bernard.
Repetto, Esteban (1916). Contribución al Estudio de la Defensa Naval. Buenos Aires: Ministerio de Marina.
Rodríguez, Andrea (2017). “Por una Historia Sociocultural de la guerra y posguerra de Malvinas. Nuevas preguntas para un objeto de estudio clásico”. PolHis 20: 161-195.
Rouquié, Alain (1986). Poder militar y sociedad política en la Argentina, tomo 1. Buenos Aires: Hyspamérica.
Rubio García, Gonzalo (2020). “Las posturas intelectuales y políticas en torno al reclamo de las Islas Malvinas (1930-1940)”. En La cuestión Malvinas en la Argentina del siglo XX. Una historia social y cultural, dirigido por María Inés Tato y Luis Esteban Dalla Fontana, 39-58. Rosario: Prohistoria.
Sáenz Valiente, Juan Pablo (1923). El desarme como política internacional. Buenos Aires: L. J. Rosso y Cía.
Santos La Rosa, Mariano (2019). “Malvinas. La construcción histórica de una causa nacional en el ámbito escolar (1870-1945)”. Clío & Asociados 28: 20-32.
Scheina, Robert (1987). Iberoamérica. Una Historia Naval 1810-1987. Madrid: Editorial San Martín.
Storni, Segundo. 1916. Intereses Argentinos en el Mar. Buenos Aires: A. Moen y hermanos.
Storni, Segundo. 1924. Mar territorial. Buenos Aires: Imp. Tixi y Schaffner.
Tanzi, Héctor. 1994. Compendio de Historia Marítima Argentina. Buenos Aires: Instituto de Publicaciones Navales.
Tato, María Inés. 2020. “La cuestión Malvinas y las batallas por la neutralidad argentina durante la Gran Guerra”. En La cuestión Malvinas en la Argentina del siglo XX. Una historia social y cultural, dirigido por María Inés Tato y Luis Esteban Dalla Fontana, 17-38. Rosario: Prohistoria.
- Para un repaso historiográfico, consultar Lorenz (2011) y Rodríguez (2017).↵
- Sin ánimo de exclusividad, recomendamos los trabajos de Barriera (2019, 2020, 2021, 2022) y Haller (2020).↵
- Algunos de los autores que abordaron el periodo son Santos La Rosa (2019), Tato (2020) y Rubio García (2020).↵
- Tampoco aparecen en las memorias ministeriales del resto del periodo (Ministerio de Marina, Memorias, 1900-1945).↵
- José María Sobral (1880-1961) egresó de la Escuela Naval Militar, en la promoción n° 24, con el grado de guardiamarina. Integró la dotación de la fragata escuela Presidente Sarmiento, en el primer viaje de instrucción (1899-1900) y luego fue trasladado a la División de Hidrografía del Ministerio de Marina. Con 21 años, representó a la Armada y a la Argentina en la expedición antártica internacional que encabezó el geólogo sueco Otto Nordenskjöld. A su regreso, solicitó su baja de la Fuerza, para viajar a Suecia y estudiar geología, obteniendo allí el doctorado en Ciencias Naturales de la Universidad de Upsala. Contrajo matrimonio con Elna Wilhelmina Klingström, con quien tuvo nueve hijos, cuatro en Suecia y cinco en Argentina. Volvió al país a fines de 1914, para trabajar en la Dirección de Minas, Geología e Hidrología, repartición de la que posteriormente sería nombrado director general. Tras jubilarse, se dedicó al estudio del carbón y el petróleo, publicando interesantes trabajos sobre geología y exploración en la Antártida.↵
- Argentina, Buenos Aires, Departamento de Estudios Históricos Navales (DEHN), Fondo Sobral, Diario referente al viaje a la Antártida del Alférez Sobral, 31/12/1901, p. 13. Puerto Stanley es el poblado principal de las Islas Malvinas. Fue fundado en 1845, es decir, con posterioridad a la ocupación británica de 1833, y durante el Conflicto del Atlántico Sur –entre abril y junio de 1982– la Junta Militar decidió rebautizarlo con el nombre de “Puerto Argentino”. En este capítulo se utiliza “Puerto Stanley” y no “Puerto Argentino”, para respetar la toponimia a la que hacen referencia las fuentes utilizadas.↵
- G. A. (seudónimo), “Relación abreviada de la cuestión de las islas Malvinas”, Boletín del Centro Naval, tomo 21, nº 235-236 (1903): 23-29; G. A., “Relación abreviada de la cuestión de las islas Malvinas. Continuación”, Boletín del Centro Naval, tomo 21, nº 237 (1903): 149-155; G. A., “Relación abreviada de la cuestión de las islas Malvinas. Continuación”, Boletín del Centro Naval, tomo 21, nº 238 (1903): 285-292; G. A., “Relación abreviada de la cuestión de las islas Malvinas. Conclusión”, Boletín del Centro Naval, tomo 21, nº 239 (1903): 389-398. Gabriel Albarracín (1874-1928) cursó sus estudios en la Escuela Naval Militar, egresando de la 21° promoción, en 1897. Desarrolló una importante carrera militar. Formó parte de la Comisión Naval en Europa, fue director de la Escuela Nacional de Pilotos y luego profesor de la Escuela Superior de Aplicación y de la Escuela Superior de Guerra. Llegó a escribir numerosos trabajos navales, militares y técnicos. Se retiró con el grado de capitán de navío en 1926.↵
- G. A., “Relación abreviada”, 23-24.↵
- Ibíd, 24.↵
- Ibíd.↵
- Ibíd., 25.↵
- “Crónica Nacional. Bibliografía”, Boletín del Centro Naval, tomo 28, nº 319 (1910): 210.↵
- El Boletín del Centro Naval fue la publicación del Centro Naval: sociedad creada en mayo de 1882 por un grupo de jóvenes oficiales de la Armada. Era una revista paga, que se publicaba cada dos o tres meses, con artículos especializados, contribuciones originales y noticias de la prensa nacional e internacional. La mayoría de los autores y lectores eran los propios socios del Centro. Por su parte, la Revista de Publicaciones Navales apareció, por primera vez, en mayo de 1901. A diferencia del Boletín del Centro Naval, se basó en la traducción y publicación de artículos de interés profesional ya editados en periódicos y revistas extranjeras. Dependía del Servicio de Inteligencia Naval, el cual facilitaba el material entregado por agregados navales y otros representantes de las armadas más importantes. Se distribuía gratuitamente entre el personal superior de la Armada, las embajadas argentinas y los oficiales extranjeros destinados en Buenos Aires.↵
- DEHN, Fondo Sáenz Valiente, Caja 2, Legajo 1, “Carta de Julián Irizar a Juan Pablo Sáenz Valiente”, Londres, 22/09/1914, foja 2. Julián Irizar (1869-1935) egresó de la Escuela Naval Militar, con el segundo lugar de su promoción. Formó parte de la comisión que vigiló la construcción de la fragata Presidente Sarmiento, en Inglaterra, y fue el oficial de derrota en el primer viaje de circunnavegación. Al mando de la corbeta Uruguay, protagonizó su acción más recordada: el rescate de la expedición antártica del geólogo sueco Otto Nordenskjöld. Fue jefe de Estado Mayor General y de casi todas las direcciones generales de la Armada, y en varias oportunidades estuvo a cargo de las comisiones de armamentos en Europa y Estados Unidos. Supervisó las tareas de modernización de los acorazados Rivadavia y Moreno y llegó a ser presidente del Centro Naval. Pidió el pase a retiro, con el grado de vicealmirante, en 1932.↵
- Informe de la Comisión Naval en Londres, “Batalla de las Malvinas”, Revista de Publicaciones Navales, tomo 27, n.º 231 (1915): 353-355; Informe de la Comisión Naval en Londres, “El combate naval de las Malvinas. Parte oficial del almirantazgo inglés”, Revista de Publicaciones Navales, tomo 28, nº 238 (1915): 553-560; “Crónica extranjera. El combate de las Malvinas. Visto desde el buque almirante”, Boletín del Centro Naval, tomo 33, n.º 376-377 (1915): 94-99.↵
- Eugen Kalau Vom Hofe, “Combates navales de Santa María y de las Malvinas”, Boletín del Centro Naval, tomo 33, n.º 384-385 (1916): 567.↵
- Esteban De Loqui, “Carta al Director”, Boletín del Centro Naval, tomo 32, n.º 366-367 (1914): 347. Esteban De Loqui (1857-1937) ingresó a la Armada en calidad de aspirante, en 1881, y egresó al año siguiente como guardiamarina, por poseer estudios previos en Europa. Fue expedicionario del desierto a bordo de los buques Cabo de Hornos, Uruguay y Villarino, estuvo a cargo de la Dirección de Transportes de la Armada en Tierra del Fuego, Río Negro y Santa Cruz, y llegó a ser gobernador de Tierra del Fuego. Se retiró en 1906, con el grado de capitán de fragata.↵
- Segundo Rosa Storni (1876-1954) fue el mejor alumno de su promoción en la Escuela Naval Militar. Navegó en gran parte de los buques de la Armada y llegó a ocupar puestos destacados, como, por ejemplo, profesor y director de la Escuela Naval Militar, profesor y director de la Escuela de Aplicación para Oficiales, profesor de la Escuela Superior de Guerra, jefe de Comisiones Hidrográficas, jefe del Estado Mayor General en dos oportunidades, director general de Material y comandante de la 1° División Naval. Se retiró con el grado de vicealmirante en 1935, luego de 44 años de servicios computados, la mayor parte de ellos a bordo de la Escuadra.↵
- Esteban Repetto (1882-1972) comenzó su carrera en la Marina a los 19 años. Egresó de la Escuela Naval Militar, en la 31° promoción, en 1906, y se retiró como capitán de fragata en 1929.↵
- Benjamín Villegas Basavilbaso, “La enseñanza de la Historia en la Escuela Naval Militar”, Boletín del Centro Naval, tomo 35, n.º 406-408 (1917-1918): 397-470.
Benjamín Villegas Basavilbaso (1884-1967) inició su formación en la Escuela Naval Militar, de donde egresó con el segundo lugar de su promoción. En 1911 pidió su retiro con el grado de alférez de navío, para estudiar Derecho en la Universidad de Buenos Aires, aunque igualmente continuó vinculado a la Armada, como profesor de historia en la Escuela Naval Militar, director del Boletín del Centro Naval y asesor letrado del Ministerio de Marina. Publicó numerosos artículos y libros sobre historia marítima argentina. La Escuela Naval Militar se creó en 1872, durante la presidencia de Domingo F. Sarmiento. Los profesores eran tanto civiles como militares y los alumnos se dividían en dos grupos: los que tomaban estudios de oficialidad para el Cuerpo General y los que lo hacían para el Cuerpo de Ingenieros.↵ - Ibid, 448.↵
- “[…] habiéndose librado en aguas meridionales de nuestro continente, [estuvo sujeta] a condiciones geográficas y estratégicas que nos interesan” (Ratto 1936, 85).↵
- Esteban De Loqui, “Cartas al director. La libertad de los mares y del aire”, Boletín del Centro Naval, tomo 36, n.º 415 (1919): 684-689; Gregorio Báez, “Sobre señalización de combate”, Boletín del Centro Naval, tomo 39, n.º 429 (1921): 137-145; Jorge Games, “Utilización táctica de las diferentes armas en la Guerra Naval”, Boletín del Centro Naval, tomo 40, n.º 456 (1922): 251-263. Gregorio Báez (1889-1959) egresó de la Escuela Naval Militar en 1911, en la promoción número 36. Se retiró de la Armada en 1934, con el grado de capitán de fragata; Jorge Games (1885-1929) egresó de la Escuela Naval Militar, con el primer puesto de su promoción. En 1910 fue enviado a la escuadra estadounidense en el Pacífico, en comisión de estudios por seis meses, para perfeccionarse en artillería, tiro y torpedos. Integró las tripulaciones de varios buques y desempeñó diversas tareas para el Ministerio de Marina. Falleció en servicio, en 1929, con el grado de capitán de fragata.↵
- Juan Pablo Sáenz Valiente (1861-1925) egresó de la 3° promoción de la Escuela Naval Militar en 1883. Durante sus más de tres décadas de servicio, ocupó importantes cargos, como, por ejemplo, prosecretario de la Junta Superior de la Marina, jefe de la Comisión de Estudios Hidrográficos del Río de la Plata, director de Hidrografía, Faros y Balizas, jefe de Estado Mayor, y ministro de Marina durante las presidencias de Roque Sáenz Peña y Victorino de la Plaza. Se retiró con el grado de vicealmirante en 1916.↵
- “Concursos. Premio Almirante Brown”, Boletín del Centro Naval, tomo 44, n.º 459 (1926): 273.↵
- Teniente Doserres (seudónimo), “Bordejeando. Trabajo de vulgarización sobre los descubrimientos, exploraciones y levantamientos de las costas patagónicas”, Boletín del Centro Naval, tomo 45, n.º 465 (1927): 108; este trabajo sería más tarde publicado en formato libro (Ratto 1928).
Héctor Raúl Ratto (1892-1948) egresó de la Escuela Naval Militar en 1912, dentro de la promoción n.º 38. En 1928, se le destinó en comisión a España, para visitar archivos y museos y reunir antecedentes sobre navegaciones y trabajos hidrográficos. Con ese material, publicaría más tarde algunas investigaciones que reafirmarían los derechos argentinos sobre los territorios patagónicos. Fue jefe de estudios en el viaje de instrucción de la fragata Sarmiento de 1930 y profesor en la Escuela Naval Militar. Una vez retirado de la actividad, fue director del Museo Naval y director de la Biblioteca de Marina con sede en el Centro Naval.↵ - Teniente Doserres, “El tercer viaje de Américo Vespucio”, Boletín del Centro Naval, tomo 46, nº 470 (1928): 123. El Museo Naval fue fundado en 1892 por el Centro Naval, con donaciones de objetos y modelos de buques facilitados por los propios socios. Funcionó bajo la órbita del Centro hasta que pasó a cargo del Ministerio de Marina. Para la década de 1940, las colecciones del museo habían aumentado tanto que se dispuso su traslado a los depósitos de los Talleres de Marina, en el Tigre, donde hoy funciona el actual Museo Naval de la Nación.↵
- Teodoro Caillet-Bois, “Un libro norteamericano sobre la cuestión de las Malvinas”, Boletín del Centro Naval, tomo 45, n.º 468 (1928): 519. Ese texto sería nuevamente publicado, esta vez junto a diversos recuerdos y ensayos históricos (Caillet-Bois 1939). Teodoro Caillet-Bois (1879-1949) egresó de la Escuela Naval Militar, con el primer lugar de la 24° promoción. Durante su carrera obtuvo varios ascensos y comandos, y fue un prolífico autor de obras y artículos sobre historia marítima argentina. Solicitó su retiró, como capitán de fragata, en 1927.↵
- Héctor R. Ratto, “Hacia una doctrina argentina sobre Malvinas”, Boletín del Centro Naval, tomo 56, n.º 532 (1938): 370.↵
- Juan José Soiza Reilly, “¿Nos quieren quitar la Patagonia como nos quitaron las islas Malvinas?”, Caras y Caretas (CyC), 10/06/1939.↵
- Ibíd.↵
- Ibíd.↵
- Humberto F. Burzio, “Rozas, el empréstito inglés de 1824 y las islas Malvinas”, Boletín del Centro Naval, tomo 62, nº 564 (1944): 641 y 656.
Humberto Francisco Burzio (1902-1980) ingresó a la Armada como auxiliar contador en 1923 y desarrolló su carrera en el escalafón de Intendencia. En 1952 solicitó su retiro y cuatro años después pasó al Cuerpo de Retiro Activo. En 1957, organizó y comandó la División Historia Naval, de la Subsecretaría de Marina, y tres años después impulsó su transformación en el Departamento de Estudios Históricos Navales (DEHN), del que fue jefe hasta marzo de 1970. Fue un inagotable autor sobre historia naval argentina, que llegó a ser vicepresidente segundo de la Academia Nacional de la Historia, presidente del Instituto Bonaerense de Numismática y Antigüedades, y director del Museo Histórico Nacional.↵ - Miguel Rodríguez, “A propósito del artículo ‘Rozas, el empréstito inglés de 1824 y las islas Malvinas’”, Boletín del Centro Naval, tomo 62, nº 565 (1944): 898-900.↵
- Red (seudónimo), “La batalla, prueba máxima de teorías y prácticas y esos buques ‘emparchados’”, Boletín del Centro Naval, tomo 58, n.º 537 (1939): 187; Melchor Z. Escola, “Antecedentes para una expedición científica argentina a la Antártida”, Boletín del Centro Naval, tomo 59, n.º 542 (1940): 95; Melchor Z. Escola, “Las naciones australes de América y la continuidad geológica continental antártico-sudamericana”, Boletín del Centro Naval, tomo 59, n.º 547 (1941): 95; Martín Rodríguez, “La isla ‘Pepys’ y el banco ‘Subra’”, Boletín del Centro Naval, tomo 59, n.º 543 (1940): 266, 268 y 273; Carlos E. Constantino, “Nieblas”, Boletín del Centro Naval, tomo 60, n.º 553 (1942): 792.↵
- Esteban Repetto, “Marina Mercante”, Boletín del Centro Naval, tomo 59, n.º 542 (1940): 50.↵
- “Inteligencia a media driza”, Boletín del Centro Naval, tomo 58, n.º 538 (1939): 433.↵
- “Inteligencia a media driza”, Boletín del Centro Naval, tomo 59, n.º 547 (1941): 1046.↵
- Ibíd., 1048.↵
- “Inteligencia a media driza”, Boletín del Centro Naval, tomo 60, n.º 550 (1941): 495-496.↵
- León Lorenzo Scasso (1882-1954) egresó de la Escuela Naval Militar, en el sexto lugar de la 26° promoción. Su carrera militar fue extensa, con varios cargos, jefaturas y comandos, entre ellos: agregado naval de la legación argentina en Londres; jefe de la División de Operaciones del Estado Mayor General; director de la Escuela de Aplicación para Oficiales en dos oportunidades; adscripto a la Comisión Naval en Europa, como asesor para la Conferencia Mundial del Desarme; jefe del Estado Mayor de la Escuadra de Mar; jefe del Estado Mayor General; jefe de la Flota de Mar; y ministro de Marina entre 1938 y 1940. Se retiró con el grado de almirante, en 1942.↵
- El Consolidated P2Y era un hidroavión de fabricación estadounidense, dedicado al patrullaje marítimo. La Armada Argentina utilizó seis de ellos, del modelo P2Y-3A, entre 1936 y 1949.↵
- DEHN, Fondo Scasso, Caja 5, Legajo 4, “Ligera apreciación de la situación”, Buenos Aires, 18/06/1940, foja 1.↵
- Ibíd., 1.↵
- Ibíd, 1-2.↵
- Ibíd., 2.↵
- Ibíd. El fragmento de la cita se refiere a un hecho ocurrido a principios de junio de 1940, poco después de la Batalla de Dunkerque, cuando un capitán de navío de la US. Navy –de nombre Spears– llegó a la Argentina para consultar oficiosamente al gobierno nacional si estaría dispuesto a cooperar militarmente con Estados Unidos, en caso de agresión por parte de Alemania, Italia o Japón; y, si eso efectivamente ocurría, determinar cuáles serían las bases navales y aéreas que podrían facilitarles a las fuerzas estadounidenses.↵
- DEHN, “Ligera apreciación”, 3-5.↵
- DEHN, Fondo Scasso, Caja 5, Legajo 4, “Apreciación de una situación estratégica”, Buenos Aires, 19/06/1940, foja 17.↵
- Ibíd, 17.↵
- Ibíd.↵
- Ibíd, 18.↵
- Ibíd., 18-19.↵
- Ibíd, 19-20.↵
- Ibíd., 20-22.↵
- DEHN, Fondo DEHN, Caja 200, “Escuadra de Mar. Memoria sobre las Islas Malvinas”, Puerto Belgrano, 28/09/1940, foja 20.↵
- Mario Fincati (1885-1962) estudió en la Escuela Naval Militar y en la Escuela de Aplicación de Oficiales. Fue jefe de personal en la Base Naval Puerto Belgrano, jefe de la división de faros de la Dirección General de Navegación y Comunicaciones de la Nación, director de la Escuela de Máquinas y Señales y subdirector de la Escuela Naval Militar, jefe del Servicio Hidrográfico, jefe de la Comisión Naval en Europa, agregado naval en Reino Unido, y ministro de Marina del presidente Ramón S. Castillo hasta su derrocamiento. Pasó a retiro en 1944, con el grado de vicealmirante.↵
- DEHN, Fondo DEHN, Caja 216, “Apreciación general de la situación política internacional de la República Argentina”, Estado Mayor General, 1941.↵
- Ibíd., 58-59 y 211.↵
- Ibíd, 212.↵
- La Escuela de Guerra Naval fue creada el 30 de julio de 1934, durante la presidencia de Agustín Pedro Justo y por iniciativa del entonces ministro de Marina y capitán de navío Eleazar Videla (1933-1938). El establecimiento aspiraba a convertirse en un espacio de formación académica destinado a consolidar los conocimientos profesionales de los jefes navales.↵
- DEHN, Fondo DEHN, Caja 200, “Ocupación de las Islas Malvinas”, Buenos Aires, 26/09/1941, fojas 2-3.↵
- Ibíd., 21-23.↵
- Ibíd., 20-21 y 23-33.↵
- Ibíd., 1. Para más información sobre este trabajo de Ernesto Villanueva, véase el capítulo que Luis Esteban Dalla Fontana elaboró para este mismo volumen. ↵






